Argen­ti­na. Fallo his­tó­ri­co: obli­gan a poli­cías a capa­ci­tar­se con­tra el racismo

Por Lore­na Oli­va, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 25 de octu­bre de 2020. 

El mili­tan­te afro­uru­gua­yo Ángel Acos­ta Mar­tí­nez recuer­da que, en 1982, deci­dió traer­se a vivir a su her­mano a la Argen­ti­na para ter­mi­nar con la per­se­cu­ción y las cons­tan­tes gol­pi­zas que el joven reci­bía en Uru­guay por moti­vos racia­les. Por una iro­nía del des­tino, José Del­fín Acos­ta Mar­tí­nez murió en nues­tro país en 1996, a los 32 años, víc­ti­ma de vio­len­cia poli­cial impul­sa­da por el racis­mo. Un fallo recien­te de la Cor­te Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos con­clu­yó, 24 años más tar­de, que “los agen­tes de poli­cía actua­ron movi­dos más por un per­fil racial, que por una ver­da­de­ra sos­pe­cha de comi­sión de un ilícito”.

Meses antes de la sen­ten­cia, dada a cono­cer el 14 de este mes, el Esta­do argen­tino reco­no­ció la res­pon­sa­bi­li­dad local en la vio­la­ción de los dere­chos huma­nos con­tra Acos­ta Mar­tí­nez, lue­go de haber­la nega­do duran­te más de una déca­da. Se tra­ta de la pri­me­ra reso­lu­ción en Amé­ri­ca lati­na en la que el orga­nis­mo inter­na­cio­nal con­si­de­ra que el ori­gen étni­co de una per­so­na fue deter­mi­nan­te para que se efec­tua­ra su arres­to arbi­tra­rio y discriminatorio.

La sen­ten­cia reco­no­ce la exis­ten­cia del racis­mo estruc­tu­ral en nues­tro país y, entre las medi­das de repa­ra­ción, obli­ga al Esta­do a ela­bo­rar un regis­tro de deten­cio­nes por cau­sas arbi­tra­rias y dis­cri­mi­na­to­rias. Tam­bién esta­ble­ce que se debe capa­ci­tar a las fuer­zas de segu­ri­dad sobre el carác­ter dis­cri­mi­na­to­rio que tie­nen los este­reo­ti­pos de raza, color, nacio­na­li­dad u ori­gen étni­co, así como la sen­si­bi­li­za­ción sobre el impac­to nega­ti­vo que la uti­li­za­ción de per­fi­les racia­les tie­ne sobre las per­so­nas afrodescendientes.

“Hay quie­nes me dicen ‘hicis­te jus­ti­cia’, pero yo no lo veo así. Se hará jus­ti­cia cuan­do estén en la cár­cel los ase­si­nos, pero tam­bién los cóm­pli­ces y los encu­bri­do­res del cri­men de mi her­mano”, expli­ca Acos­ta Mar­tí­nez a LA NACION.

Cri­men y encubrimiento

Duran­te el pro­ce­so –lle­va­do pri­me­ro ante la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos y lue­go remi­ti­do a la Cor­te del orga­nis­mo inter­na­cio­nal– que­dó demos­tra­do que, en la madru­ga­da del 5 de abril de 1996, José Del­fín Acos­ta Mar­tí­nez se encon­tra­ba en la entra­da del boli­che Malu­co Bele­za, ubi­ca­do en el Cen­tro por­te­ño. Allí fue dete­ni­do jun­to a otros ciu­da­da­nos afro­des­cen­dien­tes por poli­cías que lle­ga­ron al lugar. Los dete­ni­dos fue­ron con­du­ci­dos a la comi­sa­ría 5ta. en don­de, según la ver­sión poli­cial, el hom­bre de 32 años se habría arran­ca­do la ropa y comen­za­do a gol­pear­se con­tra las pare­des y una mesa sin que los efec­ti­vos pudie­ran con­tro­lar­lo, y que murió camino al hos­pi­tal Ramos Mejía.

“Cuan­do fui a reco­no­cer el cuer­po, le vi gol­pes por todos lados. Algu­nos pare­cían mar­cas de bas­to­na­zos. Cuan­do me entre­ga­ron sus ropas, la cami­sa esta­ba lim­pia, sin res­tos de trans­pi­ra­ción, y José era de trans­pi­rar mucho. Ade­más, me decían que se había arran­ca­do la ropa, y la cami­sa tenía todos los boto­nes. Esta­ba lava­da. El pan­ta­lón tenía mar­cas de zapa­tos, en ese momen­to no lo enten­dí, pero des­pués caí en la cuen­ta que eran pro­duc­to de las pata­das que le pro­pi­na­ron. Me die­ron sus cade­ni­tas en per­fec­to esta­do, pero nun­ca me entre­ga­ron las lla­ves de la casa”, recuer­da Ángel Acos­ta Martínez.

La abo­ga­da de la fami­lia, Myriam Car­sen, denun­cia que la Jus­ti­cia local se negó a inves­ti­gar y a los vein­te días cerró la cau­sa. “En el juz­ga­do N° 10 toma­ron la ver­sión poli­cial lle­na de incon­sis­ten­cias como cier­ta. El juez la acep­tó y recha­zó los plan­teos de la que­re­lla. Es un caso en el que se lle­ga­ron a fra­guar, inclu­so, los resul­ta­dos de la autop­sia. El comi­sa­rio salió en con­fe­ren­cia de pren­sa a hablar de sobre­do­sis de dro­gas y alcohol cuan­do toda­vía no esta­ban los resul­ta­dos de las peri­cias toxi­co­ló­gi­cas. Cuan­do la fami­lia tras­la­da el cuer­po a Uru­guay para que se le rea­li­za­ra una nue­va autop­sia, allí figu­ra la exis­ten­cia de gol­pes que el Cuer­po Médi­co no había vis­to”, expli­ca Car­sen, hija de Octa­vio Car­sen, el abo­ga­do que lle­vó ade­lan­te la cau­sa casi des­de sus ini­cios, recien­te­men­te fallecido.

Acos­ta Mar­tí­nez recuer­da que, tras la muer­te de su her­mano, comen­za­ron las ame­na­zas y el hos­ti­ga­mien­to tan­to hacia su fami­lia como hacia algu­nos tes­ti­gos. “Me atro­pe­lla­ron dos veces, me ame­na­za­ron de dife­ren­tes mane­ras. Todo eran palos en la rue­da. Me cos­tó seis meses lograr lle­var el cuer­po a Uru­guay para la nue­va autop­sia. Pero el cuer­po esta­ba sin órga­nos. Sin embar­go, los médi­cos de allá con­si­de­ra­ron inve­ro­sí­mil la can­ti­dad de alcohol y dro­gas que supues­ta­men­te mi her­mano había inge­ri­do. Si hubie­ra teni­do tal can­ti­dad, hubie­ra lle­ga­do a la comi­sa­ría en coma”, expli­ca el hom­bre, un reco­no­ci­do mili­tan­te afro­des­cen­dien­te, quien agre­ga que su her­mano ni siquie­ra toma­ba alcohol por­que esta­ba bajo tra­ta­mien­to médico.

Tiempos felices para Angel (izq) y José (centro): tocando los tambores de candombe en el Parque Lezama
Tiem­pos feli­ces para Angel (izq) y José (cen­tro): tocan­do los tam­bo­res de can­dom­be en el Par­que Lezama

Des­pués de años idas y vuel­tas judi­cia­les a fines de los noven­ta, los Acos­ta Mar­tí­nez –una de las fami­lias afro­des­cen­dien­tes más anti­guas de Uru­guay, reco­no­ci­da por la pre­ser­va­ción y difu­sión del can­dom­be como for­ma de vida– lle­va­ron el caso de José Del­fín ante la Comi­sión Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Humano en el año 2000. “Duran­te todo el tiem­po que duró el liti­gio, el Esta­do argen­tino, repre­sen­ta­do por fun­cio­na­rios de la Secre­ta­ría de Dere­chos Huma­nos y de Can­ci­lle­ría, negó cual­quier vio­la­ción a los dere­chos huma­nos. De hecho, el año pasa­do, cuan­do el caso lle­gó a la Cor­te, el Esta­do argen­tino vol­vió a rati­fi­car su posi­ción. Sin embar­go, en una audien­cia cele­bra­da en mar­zo de este año, los mis­mos orga­nis­mos, cam­bio de gobierno median­te, reco­no­cie­ron la res­pon­sa­bi­li­dad”, expli­ca Carsen.

Andrea Pochak, sub­se­cre­ta­ria de Pro­tec­ción y Enla­ce Inter­na­cio­nal en Dere­chos Huma­nos de la Secre­ta­ría de Dere­chos Huma­nos, con­fir­ma que el reco­no­ci­mien­to de la res­pon­sa­bi­li­dad inter­na­cio­nal por las vio­la­cio­nes a los dere­chos huma­nos no era la pos­tu­ra que el Esta­do había man­te­ni­do duran­te todos los años ante­rio­res. La fun­cio­na­ria men­cio­na dife­ren­tes razo­nes para tan rotun­do cam­bio de posición.

“El gobierno que asu­mió el 10 de diciem­bre de 2019 reco­no­ce como su colum­na ver­te­bral la defen­sa de los dere­chos. Cuan­do adver­ti­mos que hay vio­la­cio­nes de dere­chos huma­nos, nues­tro deber como abo­ga­dos del esta­do es no liti­gar y reco­no­cer la res­pon­sa­bi­li­dad. Pero ade­más había un infor­me de 2015 muy cate­gó­ri­co, de la Pro­cu­ra­du­ría de Vio­len­cia Ins­ti­tu­cio­nal del Minis­te­rio Públi­co Fis­cal, que había con­clui­do que en el caso se habían come­ti­do vio­la­cio­nes a los dere­chos huma­nos. Se había ela­bo­ra­do en el mar­co del liti­gio inter­na­cio­nal y tenía has­ta peri­cias que habían deter­mi­na­do que el joven no se murió por sobre­do­sis sino por gol­pes. No podía­mos seguir defen­dien­do lo inde­fen­di­ble”, men­cio­na la funcionaria.

Una pro­ble­má­ti­ca vigente

Pochak con­si­de­ra que que­dó pro­ba­do que la deten­ción esta­ba basa­da en ses­gos racia­les, abso­lu­ta­men­te dis­cri­mi­na­to­rios. Y aun­que se tra­ta de un hecho ocu­rri­do hace 24 años, cree que da en el cen­tro de una pro­ble­má­ti­ca que sigue vigen­te en el país. “Se tra­ta de un caso para­dig­má­ti­co, sobre todo si aho­ra uno ve que hay deten­cio­nes y vio­len­cia poli­cial que se ensa­ña, por ejem­plo, con la colec­ti­vi­dad sene­ga­le­sa. En ese sen­ti­do, este fallo pue­de ayu­dar a las dis­tin­tas auto­ri­da­des del Esta­do y el Esta­do es uno solo –nacio­nal, pro­vin­cial, local– a mejo­rar”, ana­li­za Pochak.

Por su par­te, si bien Acos­ta Mar­tí­nez cele­bra el fallo en lo que hace a la deten­ción ile­gal de su her­mano, sien­te que toda­vía hay mucho por decir sobre el pos­te­rior encu­bri­mien­to. “Ante la Cor­te, la posi­ción del Esta­do estu­vo repre­sen­ta­da todos estos años por fun­cio­na­rios de la Secre­ta­ría de Dere­chos Huma­nos y de Can­ci­lle­ría que, sis­te­má­ti­ca­men­te, nega­ron cual­quier deli­to. Inclu­so, a sabien­das de la exis­ten­cia del dic­ta­men de la Pro­cu­ra­du­ría que decía lo con­tra­rio y que, por otra par­te, a noso­tros nos ocul­ta­ron”, denuncia.

En este sen­ti­do, el fallo de la Cor­te IDH hace una obser­va­ción al res­pec­to: “No deja de lla­mar la aten­ción que ‘el Esta­do no haya hecho del cono­ci­mien­to públi­co, ni del de la Comi­sión y ni siquie­ra de la fami­lia’ el con­te­ni­do del infor­me téc­ni­co rea­li­za­do por la Pro­cu­ra­du­ría Espe­cia­li­za­da con­tra la Vio­len­cia Inter­ins­ti­tu­cio­nal”, pue­de leer­se en uno de sus pasajes.

En fun­ción del men­cio­na­do infor­me y del avan­ce del caso en la Cor­te IDH, el año últi­mo la cau­sa judi­cial se reabrió en el mis­mo juz­ga­do. “No ten­go el poder para pedir que se cam­bie de juz­ga­do, pero que se tra­mi­te ahí no me da segu­ri­dad, me afec­ta has­ta emo­cio­nal­men­te que esté ahí. Y apar­te ya sabe­mos que los jue­ces pasan, pero los juz­ga­dos son como fami­lias, que se cubren entre ellos”, afir­ma Acos­ta Martínez.

Si bien hoy cuen­ta con el res­pal­do del fallo y el infor­me téc­ni­co de la Pro­cu­ra­du­ría, el hom­bre se mues­tra escép­ti­co ante los posi­bles alcan­ces del jui­cio. “A mi her­mano no lo mata­ron por negro sino por defen­der los dere­chos de los negros. En el epi­so­dio que da ori­gen a su deten­ción, la Poli­cía esta­ba hos­ti­gan­do a un afro­bra­si­le­ño y él se invo­lu­cró para defen­der­lo. Más de 20 años des­pués, la vida de un negro o de un ori­gi­na­rio siguen sin valer nada en la Argen­ti­na. Si has­ta el mis­mo pre­si­den­te Fer­nán­dez dice que los argen­ti­nos des­cien­den de los bar­cos. El racis­mo está tan ins­ta­la­do que no se dan cuen­ta”, ana­li­za. Es por eso que Acos­ta Mar­tí­nez sue­ña con un ins­tru­men­to legal que, a la mane­ra de la Ley Micae­la, sen­si­bi­li­ce sobre el racis­mo y la dis­cri­mi­na­ción. “Se podría lla­mar José Del­fín”, concluye.

Itu­rria /​Fuen­te

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