Cró­ni­ca del mode­lo de tra­ba­jo de EEUU: miles de per­so­nas vagan­do por el país para encon­trar un empleo mal pagado

por RedE­co, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 17 de octu­bre de 2020.

Jes­si­ca Bru­der reco­rrió duran­te tres años 24.000 kiló­me­tros para escri­bir País nóma­da (Capi­tán Swing), una cró­ni­ca sobre el nue­vo mode­lo de tra­ba­jo esta­dou­ni­den­se: cien­tos de miles de tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes vivien­do en fur­go­ne­tas y vagan­do por el país para encon­trar un empleo mal paga­do, exte­nuan­te y con ape­nas dere­chos. Y, como telón de fon­do, una crí­ti­ca demo­le­do­ra de Ama­zon como para­dig­ma del capi­ta­lis­mo de Esta­dos Unidos.

Una cró­ni­ca sobre el fin de la cla­se media y sobre un mode­lo eco­nó­mi­co que se está impo­nien­do con un ímpe­tu que desa­fía el Esta­do de dere­cho y la esta­bi­li­dad social. Esto es lo que retra­ta la perio­dis­ta y pro­fe­so­ra de perio­dis­mo Jes­si­ca Bru­der en País nóma­da. Super­vi­vien­tes del siglo XXI, que aca­ba de edi­tar Capi­tán Swing: un repor­ta­je de 300 pági­nas pro­duc­to de tres años de tra­ba­jo que lle­va­ron a Bru­der a reco­rrer 24.000 kiló­me­tros a lo lar­go y ancho de Esta­dos Uni­dos. El balan­ce es rotun­do y deso­la­dor: «Este capi­ta­lis­mo [en Esta­dos Uni­dos] está expul­san­do a la cla­se media y a las per­so­nas mayo­res de la socie­dad», dice Bru­der a Público.

La pelí­cu­la basa­da en el libro, pro­du­ci­da y pro­ta­go­ni­za­da por Fran­ces McDor­mand, obtu­vo el León de Oro el pasa­do 12 de sep­tiem­bre en el Fes­ti­val de Vene­cia. McDor­mand inter­pre­ta a Fern, un tra­sun­to de la per­so­na­je prin­ci­pal del libro, Lin­da Ches­ser, una exase­so­ra aca­dé­mi­ca en la Uni­ver­si­dad del Esta­do de Washing­ton que tenía de 68 años cuan­do cono­ció a Bru­der y que es una de los cien­tos de miles de tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes que deam­bu­lan por las carre­te­ras y los cam­pos de tra­ba­jo de ese país nóma­da, como si fue­ran de nue­vo los años treinta.

Ese telón de fon­do de País nóma­da está pobla­do con dos tipos de per­so­na­jes: Por un lado, empre­sas como Ama­zon, res­pon­sa­bles del auge del mode­lo eco­nó­mi­co y labo­ral cada vez más agre­si­vo para el tra­ba­ja­dor, un mode­lo que se extien­de como un tsu­na­mi a con­se­cuen­cia del decli­ve de la indus­tria manu­fac­tu­re­ra esta­dou­ni­den­se (Bru­der cuen­ta los casos del cie­rre en 2011 de una plan­ta de US Gypsum, fabri­can­te de pla­cas de yeso, y de la empre­sa de fun­di­ción de cobre pro­pie­dad de Phelps Dod­ge que cerró en 1987).

Por otra par­te, los de aba­jo, los ciu­da­da­nos de ese país nóma­da: las per­so­nas, en su mayo­ría, de más de 60 o 70 años que habían sido cla­se media y has­ta media alta duran­te déca­das y que, de pron­to, a esa edad, se que­da­ron sin nada debi­do a un capi­ta­lis­mo sin red de cober­tu­ras socia­les públi­cas. Así que para sobre­vi­vir tuvie­ron que decla­rar­se en ban­ca­rro­ta o ven­der­lo todo, com­prar­se una fur­go­ne­ta y con­ver­tir­se en tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes. Como aque­llos que ya retra­tó John Stein­beck en Las uvas de la ira, libro y autor que Bru­der cita en varias oca­sio­nes. Los Esta­dos Uni­dos de aque­llos años trein­ta de la Gran Depre­sión retra­ta­dos por Stein­beck regre­san casi un siglo más tar­de, esta vez a los Esta­dos Uni­dos del capi­ta­lis­mo finan­cie­ro y la eco­no­mía tele­má­ti­ca y digital.

«En aque­lla cri­sis hubo mucha gen­te que tuvo que recu­rrir a la iti­ne­ran­cia, pero cuan­do las cosas se recu­pe­ra­ron vol­vie­ron a sus tra­ba­jos y a su vida de cla­se media del sis­te­ma tra­di­cio­nal», dice Bru­der. «Sin embar­go, creo que aho­ra es dife­ren­te –aña­de – , por­que la deri­va de este capi­ta­lis­mo hace indi­car que no vamos a regre­sar al mode­lo pre­vio, a la situa­ción ante­rior. Todos los tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes pien­san que ya no hay ni habrá en la socie­dad un espa­cio para ellos, así que están for­man­do una nue­va comu­ni­dad en la carre­te­ra de per­so­nas en su mis­ma situación».

Bru­der cuen­ta en País nóma­da que en enero de 2011 visi­tó la plan­ta de US Gypsum. El exdi­rec­tor de la cade­na de sumi­nis­tros dijo: «He envia­do algu­nos currícu­los, pero sin resul­ta­do… Pue­de que aca­be talan­do leña para ganar­me la vida». Moni­ka Baker, una joven de 22 años que bus­ca­ba tra­ba­jo en la plan­ta y se encon­tró con su cie­rre, dijo: «Ten­dré que tra­ba­jar en una tien­da de Wal­mart o de Lowe». Empi­re, el pue­blo cons­trui­do jun­to a la fábri­ca que­dó vacia­do en pocas sema­nas y has­ta su códi­go pos­tal (89405) fue anu­la­do por las auto­ri­da­des. Situa­cio­nes así son la ante­sa­la de la fur­go­ne­ta, la carre­te­ra y los cam­pos de trabajo.

Bezos y su rique­za de 200.000 millo­nes de dólares

Esta situa­ción eco­nó­mi­ca, uni­da a la prác­ti­ca inexis­ten­cia de un mode­lo social públi­co en Esta­dos Uni­dos (la sani­dad, la edu­ca­ción y las pen­sio­nes son emi­nen­te­men­te pri­va­das, el des­pi­do es libre, no hay bajas labo­ra­les paga­das ni des­em­pleo, etcé­te­ra), fue el terreno abo­na­do que ter­mi­na­ría por deno­mi­nar­se como el mode­lo Ama­zon, que aca­ba­ría implan­tán­do­se tras la cri­sis eco­nó­mi­ca de 2008 y sigue hacién­do­lo con la actual de la pan­de­mia. De hecho, el pro­pie­ta­rio y fun­da­dor de la com­pa­ñía Jeff Bezos no ha deja­do de incre­men­tar su rique­za des­de la lle­ga­da del coro­na­vi­rus, con un patri­mo­nio que el pasa­do 27 de agos­to un valor récord de 200.000 millo­nes de dólares.

«Esta­mos en una situa­ción tre­men­da en la que el 1% más rico de Esta­dos Uni­dos ha dobla­do la por­ción de su rique­za des­de 1980 al mis­mo tiem­po que el país regis­tra datos récords en des­igual­da­des socia­les», dice Bru­der, quien denun­cia en el libro que «la socie­dad esta­dou­ni­den­se es la más des­igual de todos los paí­ses desarrollados».

Si a un capi­ta­lis­mo sin red de cober­tu­ras públi­cas, con los sala­rios estan­ca­dos des­de hace años y los pre­cios de la vivien­da en alza se le aña­de una cri­sis eco­nó­mi­ca (2008) o dos (2020), la situa­ción de máxi­mo ries­go recae prin­ci­pal­men­te en la pobla­ción de mayor edad. Esas fue­ron las que Bru­der encon­tró como tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes en su peri­plo por las carre­te­ras y cam­pos de tra­ba­jo de Esta­dos Uni­dos. Todas ellas, ade­más, cum­plían un patrón común: per­so­nas que sufren un gol­pe de la vida (un divor­cio, que­dar­se en el paro en los últi­mos años de la vida labo­ral, con­traer una deu­da médi­ca por una enfer­me­dad repen­ti­na) que, en un sis­te­ma como el esta­dou­ni­den­se, resul­ta ser fatal, de mane­ra que a sus 60 o 70 años sólo les que­da una opción para huir de la indi­gen­cia: hacer­se como sea con una vie­ja fur­go­ne­ta y echar­se a la carre­te­ra en bus­ca de un tra­ba­jo por mal paga­do don­de­quie­ra que esté. Todo eso de un hogar fijo, una comu­ni­dad don­de arrai­gar, unos veci­nos esta­bles, se acabó.

«La gen­te que yo cono­cí en la carre­te­ra pien­sa sobre todo en poder ganar algo dine­ro para poder jubi­lar­se defi­ni­ti­va­men­te. Cla­ro que no hay muchas opcio­nes para eso en Esta­dos Uni­dos, con un sala­rio míni­mo fede­ral de ape­nas 7,25 dóla­res la hora [6,15 euros]. Es dis­pa­ra­ta­do. Nadie debe­ría estar con­de­na­do a endeu­dar­se para pro­veer­se de lo bási­co y poder cubrir cubrir sus nece­si­da­des bási­cas como ser humano», dice Bruder.

La vivien­da y la edu­ca­ción, dos dere­chos bási­cos fun­da­men­ta­les, atra­vie­san malos momen­tos en Esta­dos Uni­dos. En febre­ro, la deu­da por estu­diar alcan­zó su récord his­tó­ri­co de 1,54 billo­nes de euros. Es muy fre­cuen­te que en EEUU cual­quie­ra que haya estu­dia­do una licen­cia­tu­ra en la uni­ver­si­dad y des­pués un más­ter ama­se una deu­da de 100.000 o 200.000 dólares.

Por otro lado, los desahu­cios están tam­bién en cotas récords. A fal­ta de datos ofi­cia­les para todo el país, una base de datos crea­da por unos inves­ti­ga­do­res de la Uni­ver­si­dad de Prin­ce­ton reve­la que en 2016 un total de 2,3 millo­nes de per­so­nas fue­ron expul­sa­das de sus vivien­das. El Esta­do de Vir­gi­nia ocu­pó el tris­te pri­mer pues­to nacio­nal en esa cla­si­fi­ca­ción con una ratio de des­alo­jos del 5,12% (más del doble que la media nacio­nal). Es decir, que cada cada año cin­co de cada cien vivien­das reci­ben una orden de des­alo­jo. En algu­nas ciu­da­des del Esta­do esa cifra lle­ga­ba al 10%.

Ama­zon creó en 2008 su pri­me­ra estra­te­gia de con­tra­ta­ción de tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes, el pro­gra­ma Cam­per­For­ce. Según cuen­ta Bru­der, la empre­sa había teni­do pro­ble­mas para con­tra­tar a per­so­nas en momen­tos de acti­vi­dad pun­ta. Ama­zon lan­zó enton­ces de for­ma expe­ri­men­tal esta ini­cia­ti­va para el alma­cén de Cof­fey­vi­lle, Kan­sas, para el perío­do de navi­de­ño de máxi­ma acti­vi­dad. Resul­tó ser un éxi­to y aho­ra es un patrón para toda la com­pa­ñía en Esta­dos Uni­dos. Los alma­ce­nes de Ama­zon son el lugar don­de aca­ban esos cien­tos de miles de seres huma­nos con­ver­ti­dos en hor­mi­gas casi invi­si­bles que van yen­do y vinien­do a lo lar­go y ancho de su país en bus­ca de un tra­ba­jo mal paga­do, con malas con­di­cio­nes, exte­nuan­te, con esca­sas cober­tu­ras y sin ape­nas dere­chos labo­ra­les aso­cia­dos. Olví­de­se de un sala­rio míni­mo decen­te, de una cober­tu­ra médi­ca dig­na, de una aso­cia­ción sin­di­cal, de un hora­rio razo­na­ble o de una baja labo­ral pagada.

Medi­do­res de pro­duc­ti­vi­dad en tiem­po real

El retra­to que hace Bru­der de las con­di­cio­nes de tra­ba­jo en los alma­ce­nes de Bezos son la dis­to­pía hecha reali­dad. Y no sólo por lo que le cuen­tan a Bru­der sino por lo que la pro­pia perio­dis­ta expe­ri­men­tó en car­ne pro­pia: se hizo con­tra­tar por uno de ellos, en Has­let, Texas, con un tama­ño de 19 cam­pos de fútbol.

Cuen­ta Bru­der que en las ins­ta­la­cio­nes de Ama­zon hay medi­do­res de pro­duc­ti­vi­dad per­so­na­les en tiem­po real y cual­quier des­cen­so pun­tual en la cur­va de pro­duc­ti­vi­dad es acom­pa­ña­do de una repri­men­da, dis­pen­sa­do­res de anal­gé­si­cos en las pare­des para com­ba­tir el dolor, pasi­llos inter­mi­na­bles pobla­dos por tra­ba­ja­do­res que lle­gan a cami­nar vein­te y trein­ta kiló­me­tros dia­rios en jor­na­das exte­nuan­tes entre robots sher­pas «de color naran­ja, 100 kilos de peso y que pare­cen aspi­ra­do­res gigan­tes», y cin­tas trans­por­ta­do­ras… Todo ello, por supues­to, con el recor­da­to­rio gene­ro­so de que la empre­sa valo­ra enor­me­men­te que no estén sin­di­ca­dos ni organizados.

«Para este tipo de tra­ba­ja­do­res, que están yen­do y vinien­do y no tie­nen arrai­go en un sitio con­cre­to, es muy com­pli­ca­do aso­ciar­se en un movi­mien­to orga­ni­za­do a medio o lar­go pla­zo», dice Bru­der, que denun­cia que «hay muchos ejem­plos de ges­to­res de Ama­zon que impe­len a sus tra­ba­ja­do­res a no que se orga­ni­cen ni se aso­cien, hay has­ta vídeos sobre esto». A pesar de todo, aña­de la escri­to­ra: «Creo que exis­te en Esta­dos Uni­dos un inte­rés reno­va­do por estas orga­ni­za­cio­nes y por el poder del tra­ba­ja­dor fren­te al empre­sa­rio y por cómo pue­den orga­ni­zar­se los tra­ba­ja­do­res para luchar por sus dere­chos y sus con­di­cio­nes labo­ra­les. En diciem­bre de 2019 cubrí una his­to­ria para la revis­ta Wired sobre cómo la comu­ni­dad afri­ca­na en Mineá­po­lis (Mine­so­ta), fun­da­men­tal­men­te soma­líes, se había con­ver­ti­do en la pri­me­ra orga­ni­za­ción de ges­tión labo­ral esta­ble en Ama­zon en tér­mi­nos de recla­mar mejo­res con­di­cio­nes de tra­ba­jo para los emplea­dos». En cual­quier caso, Bru­der recuer­da en su libro que una inves­ti­ga­ción de Mor­ning Call de 2011 «reve­ló [en los alma­ce­nes de Ama­zon] unas con­di­cio­nes de explo­ta­ción simi­la­res a las de los talle­res clandestinos».

«De todos modos», dice Bru­der, «yo mis­ma tra­ba­jé en Ama­zon [tam­bién lo hizo en una plan­ta de remo­la­cha azu­ca­re­ra en Dako­ta del Nor­te], pero el libro no es sobre mí. Entré en Ama­zon para enten­der las con­di­cio­nes en que tra­ba­ja­ban las per­so­nas sobre las que escri­bía y qué podían sen­tir vivien­do situa­cio­nes así, pero no para con­ver­tir­me en un per­so­na­je del libro. Real­men­te la idea no era infil­trar­me sino estar duran­te unos días en el mis­mo mun­do que esos tra­ba­ja­do­res itinerantes».

Aun­que en País nóma­da son men­cio­na­das otras empre­sas como Wal­mart o Uber, Ama­zon es la que tie­ne una pre­sen­cia nuclear. «Ama­zon es enor­me y domi­na muchí­si­mo el mer­ca­do en Esta­dos Uni­dos y la gen­te no sabe de la exis­ten­cia de estos tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes», dice Bru­der, que aña­de: «Tene­mos un sis­te­ma que en teo­ría fomen­ta la com­pe­ti­ción y tie­ne leyes anti­mo­no­po­lio, pero eso ha deja­do de fun­cio­nar: Ama­zon es una com­pa­ñía muy sin­gu­lar en tér­mi­nos de lo que hace y del poder que tie­ne en la economía».

Lin­da Ches­ser es la per­so­na cen­tral de esa odi­sea hacía nin­gu­na par­te que narra Bru­der. Pero ense­gui­da Bru­der des­cu­brió que no era un per­fil estram­bó­ti­co entre los tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes. La repor­te­ra encon­tró a gen­te como Don Whee­ler, de 69 años, quien en su ante­rior vida había tra­ba­ja­do con un buen pues­to en una empre­sa de infor­má­ti­ca; su sala­rio había lle­ga­do a ser tal que gas­ta­ba 100.000 dóla­res anua­les (85.000 euros) pero «en la nue­va vida», cuen­ta Bru­der en libro, «ha apren­di­do a sobre­vi­vir con 75 dóla­res [64 euros] a la sema­na». Tam­bién apa­re­ce LaVon­ne Ellis, una perio­dis­ta de 77 años, que había tra­ba­ja­do para la cade­na nacio­nal ABC y como direc­ti­va de una emi­so­ra de Mineá­po­lis. Tam­bién reco­rría el país en su fur­go­ne­ta y acam­pa­ba aquí y allá según el tra­ba­jo que encontrara.

«En Esta­dos Uni­dos hay cien­tos de miles de per­so­nas así, hay esti­ma­cio­nes y las reco­jo en su libro, aun­que no hay datos, y esto es muy preo­cu­pan­te. Aho­ra, ade­más, debe haber mucha más gen­te por la cri­sis des­ata­da por la pan­de­mia», dice Bru­der. «Real­men­te deseo que alguien estu­die este fenó­meno por­que es uno de esos terre­nos don­de es impres­cin­di­ble tener datos. El pro­ble­ma es que para ejer­cer tus dere­chos real­men­te en Esta­dos Uni­dos es muy impor­tan­te tener un tra­ba­jo en un lugar esta­ble: el segu­ro de salud depen­de del tra­ba­jo, para obte­ner el per­mi­so de con­du­cir uno ha de tener una direc­ción esta­ble en algún sitio, para votar tam­bién, etcé­te­ra, y esta­mos hablan­do de una gran can­ti­dad de población».

Entre los datos indi­rec­tos que ofre­ce Bru­der en País nóma­da des­ta­ca éste: casi nue­ve millo­nes de per­so­nas de 65 años o más siguen tra­ba­jan­do en Esta­dos Uni­dos, un 60% más que diez años antes, y sólo un 17% de los esta­dou­ni­den­ses pre­vé dejar de tra­ba­jar en sus últi­mos años de vida.

«Arrui­na­do, solo y sin casa»

A lo lar­go de las 300 pági­nas de País nóma­da las per­so­nas con las que habla Bru­der comen­tan su situa­ción, unos con más pesar que otros, pero nin­guno de ellos car­ga con­tra las gran­des for­tu­nas o las empre­sas que están pro­mo­vien­do este mode­lo eco­nó­mi­co y labo­ral y tam­po­co se cues­tio­na fron­tal­men­te el sis­te­ma del país, sim­ple­men­te, comen­tan con resig­na­ción que el mode­lo en el que vivían se ha ter­mi­na­do. Como hace Bob, un tra­ba­ja­dor iti­ne­ran­te que lan­zó una web para con­tar su expe­rien­cia y refle­xio­nes; escri­bió: «Hubo un tiem­po en que tenía­mos un con­tra­to social que esta­ble­cía que, si una per­so­na cum­plía las nor­mas (estu­dia­ba, con­se­guía un empleo y tra­ba­ja­ba duro), todo iría bien. Ya no es así. Uno pue­de hacer­lo todo bien […] y aun así aca­bar arrui­na­do, solo y sin casa».

Para expli­car esto, Bru­der recu­rre a sen­das fra­ses de los escri­to­res nor­te­ame­ri­ca­nos Kurt Von­ne­gut y John Stein­beck. Los esta­dou­ni­den­ses pobres se bur­lan de sí mis­mo y ensal­zan a los más afor­tu­na­dos que ellos, dijo el pri­me­ro. «Y Stein­beck dijo algo pare­ci­do: que los ame­ri­ca­nos no se reve­la­ban por­que se con­si­de­ra­ban todos no como obre­ros sino como capi­ta­lis­tas tem­po­ral­men­te aver­gon­za­dos», dice Bruder.

Según cuen­ta Bru­der en el libro, muchos no se cali­fi­can de tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes, sim­ple­men­te se ven den­tro de una fase tran­si­to­ria para ganar algo de dine­ro por­que pun­tual­men­te les ha ido mal. Inclu­so, hay quien pre­su­me con orgu­llo de ser uno de esos que tra­ba­ja duro. Un tra­ba­ja­dor iti­ne­ran­te le con­tó a Bru­der: «Hay muchí­si­mos que­ji­cas indo­len­tes, hol­ga­za­nes y vagos deseo­sos de que­jar­se de casi cual­quier cosa y no es difí­cil encon­trar­los. Yo no soy uno de ellos».

Bru­der des­cri­be algu­na ofer­ta de tra­ba­jo sin sala­rio aso­cia­do y otras en la que seña­lan que lo impor­tan­te es la expe­rien­cia de tra­ba­jar y de cono­cer a gen­te nue­va, qué más da las con­di­cio­nes. En el fon­do de esto, como cuen­ta la perio­dis­ta en País nóma­da, hay una con­cep­ción casi nacio­na­lis­ta o reli­gio­sa del tra­ba­jo. Como le dijo el anti­guo super­vi­sor de cali­dad de la ins­ta­la­ción de la plan­ta de US Gypsum, Cal­vin Ryle, que había tra­ba­ja­do 39 años y 7 meses en la mis­ma has­ta que cerró: «Lo peor que pue­de ocu­rrir en una fábri­ca es echar el cie­rre. Aquí par­ti­ci­pa­mos en la cons­truc­ción del país».

«Sin embar­go», dice Bru­der, «todo esto se pro­du­ce en un sis­te­ma que se basa en poner todo el ries­go sobre los hom­bros del tra­ba­ja­dor, que tie­ne la fal­sa apa­rien­cia de que todo es posi­ble y eso se tra­du­ce como la exis­ten­cia de un gra­do máxi­mo de liber­tad. Y cuan­do las cosas te van mal el sen­ti­mien­to más común es la vergüenza».

«Mucha gen­te que cono­cí y que tra­ba­ja­ban en alma­ce­nes de Ama­zon aca­ban sus jor­na­das labo­ra­les exhaus­tos y su vida depen­de del che­que con el que cobra­ban su suel­do. Para pro­tes­tar o cla­mar con­tra esa situa­ción supon­dría poner toda esa res­pon­sa­bi­li­dad sobre sus hom­bros. Es una situa­ción real­men­te difí­cil para ellos«, dice Bruder.

Lin­da Ches­ser reco­rría con su fur­go­ne­ta los cam­pos de tra­ba­jo de Esta­dos Uni­dos, pero tenía un plan. Se acer­ca­ba a los 70 años y no podía seguir así toda la vida. Que­ría com­prar un terreno e ins­ta­lar­se. Una casa sos­te­ni­ble. Muchos tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes, cuen­ta Bru­der, tie­nen sue­ños anti­con­su­mis­tas: hacer­se una casa sen­ci­lla con sus pro­pias manos y mate­ria­les dura­de­ros, que use ener­gía solar o eóli­ca, pozos de agua, que apro­ve­che el agua de la llu­via y vivir así con lo míni­mo. Nada de esa cul­tu­ra de com­prar en el cen­tro comer­cial o por inter­net para tirar­lo todo al poco tiem­po o que se rom­pa y vol­ver a la mis­ma rue­da una y otra vez a cos­ta de la tar­je­ta de crédito.

Lin­da encon­tró pri­me­ro un terreno muy bara­to en el ári­do sue­lo de Ari­zo­na. Lo alla­nó y tra­tó de cons­truir una casa. «Pero aque­llas tie­rras eran dema­sia­do cáli­das», dice Bru­der, «fue dema­sia­do para ella, así que las donó a una orga­ni­za­ción, Home in Wheels Allian­ce, que ayu­da a las per­so­nas nóma­das y los tra­ba­ja­do­res iti­ne­ran­tes. Des­pués de eso, Lin­da se mudó cer­ca de Taos, un pue­blo de unos 5.000 habi­tan­tes en el Esta­do de Nue­vo Méxi­co. Allí pla­nea cons­truir sus pro­yec­tos de vida sos­te­ni­ble y sen­ci­lla jun­to a otros cua­tro ami­gos que encon­tró en la carre­te­ra: Gary, La Von­ne y una pare­ja que vivía en un auto­bús esco­lar». Todos ellos tie­nen más de 70 años. Será la Íta­ca que dé el car­pe­ta­zo final a tan­tos años en la carretera.

Fuen­te: RedE­co

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