Nues­tra­mé­ri­ca. No fue des­cu­bri­mien­to, fue genocidio

Por Opal Pren­sa, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 12 de octu­bre de 2020.

El 12 de octu­bre de 1492 ini­ció el geno­ci­dio más gran­de de la his­to­ria. Al menos 90 millo­nes de indí­ge­nas fue­ron exter­mi­na­dos. La inva­sión del impe­rio espa­ñol dejó a su paso muer­te, deso­la­ción, el saqueo de los recur­sos y rique­zas natu­ra­les. Los pue­blos ori­gi­na­rios fue­ron escla­vi­za­dos, tor­tu­ra­dos, des­po­ja­dos de su tie­rra, de su cul­tu­ra y “evan­ge­li­za­dos”.

“El 12 de octu­bre de 1492, Amé­ri­ca des­cu­brió el capi­ta­lis­mo. Cris­tó­bal Colón, finan­cia­do por los reyes de Espa­ña y los ban­que­ros de Géno­va, tra­jo la nove­dad a las islas del mar Cari­be. En su dia­rio del Des­cu­bri­mien­to, el almi­ran­te escri­bió 139 veces la pala­bra oro y 51 veces la pala­bra Dios o Nues­tro Señor”, rese­ñó en 2007 el escri­tor uru­gua­yo Eduar­do Galeano.

El Paseo.

Se aden­tra­ron los cuer­vos en la inmen­si­dad de los bos­ques logra­dos.
Devo­ra­ron las entra­ñas espar­ci­das a la veda del camino.
Des­per­ta­ron de su letar­go a los esca­ra­ba­jos dora­dos e indó­mi­tos.
Qui­sie­ron escla­vi­zar la llu­via, los ríos y las casas pobres por doquier.

Tala­ron has­ta el hue­so de la cane­la rebel­de en su ham­bre de poder.
Y así, codi­cio­sos de todo lo que no era de ellos,
Comen­zó el fes­tín de mor­tan­dad.
Lo que no cabía en sus bol­si­llos, caía en las fau­ces criollas.

Todo era ensan­gren­ta­do con el sol entre­me­dio como testigo.

Nues­tro carác­ter hos­pi­ta­la­rio les abrió la puer­ta a esos perros san­gui­na­rios.
Creí­mos que eran los hijos de un Dios mayor.
En un pac­to con el dia­blo nos hubie­se ido mejor.
Ala­ba­dos los que abrie­ron los ojos ante tan­to despojo.

Los ejér­ci­tos más fie­ros de su épo­ca aplas­ta­ban a los infie­les, has­ta hacer­los
Ver el infierno sin nece­si­dad de morir.
Cayó la espa­da en nom­bre de reyes pará­si­tos, díga­se de paso,
Per­pe­tuos en el tiem­po. Ayer, hoy y siempre.

La mitad de lo que apren­die­ron del desier­to lo sem­bra­ron a pun­ta
De cuchi­llo sobre la fren­te de los here­jes.
Aún sal­pi­ca­ba are­na de sus bocas, pero sen­tían­se due­ños del dis­cur­so,
Díga­se de paso, hoy, ayer y siempre.

II

Tra­je­ron la brú­ju­la y la sar­na, el com­pás y las armas, el espe­jo y los com­ple­jos.
Cual­quier inten­to de rebel­día calla­ban con la Biblia aplas­tan­te, mien­tras lucían a sus aman­tes.
Tra­je­ron los cerro­jos y los pio­jos, el astro­la­bio y los tara­dos, el can­da­do y la pes­te.
Tra­je­ron las tasas y la des­gra­cia, repar­tie­ron los sola­res y los males.
Tra­je­ron la cora­za y la mor­da­za, la espa­da y la cela­da.
Tra­je­ron los asen­ta­mien­tos y los degollamientos.

Se lle­va­ron las rosas en sus lomos de mula, deja­ron el estiér­col como recuer­do.
Se lle­va­ron las son­ri­sas en sus bar­cos de gue­rra,
Y nos deja­ron óleos, con sus caras de san­tos.
Se lle­va­ron todo lo que bri­lla. Todo lo que man­tie­ne y con­di­men­ta su carne.

Qué bueno, que nun­ca fue­ron muy ami­gos del agua.

¿Cuán­tos indios deca­pi­ta­ron, para robar­les cho­co­la­te y cacao?
Y noso­tros les mata­mos el ham­bre con nues­tras papas,
Les ador­na­mos sus mesas con pal­tas y toma­tes.
Y para uste­des no era deli­to matar un sal­va­je.
Se lle­va­ron el cau­cho, el hule, el maní y los pimien­tos,
Nos deja­ron de heren­cia, siglos de sufrimientos.

Se lle­va­ron el taba­co, nos deja­ron el mal olor de sus soba­cos.
Se lle­va­ron el maíz, y deja­ron epi­de­mias en cada país.
Ade­más, les fas­ci­nó el true­que,
Se lle­va­ron el gira­sol, los fri­jo­les y las bata­tas,
Y nos deja­ron un nue­vo tipo de rata.

Se rie­ron de bue­na gana en nom­bre del señor, al pare­cer fue el úni­co que vino con ellos.
Su feal­dad la apla­ca­ban con acei­te, de algún indio sober­bio achi­cha­rra­do.
Si sólo hubie­sen sabi­do que ni toda la gra­sa del mun­do mejo­ra un cere­bro malogrado.

Tra­je­ron la enco­mien­da y toda su mier­da, los curas y la basu­ra.
Tra­je­ron la pelu­ca y la san­gre, las balas y el ham­bre, las botas y el sudor.
Tra­je­ron la pól­vo­ra y la sífi­lis, la cucha­ra y la ama­rra, el hacha y los escla­vos.
Tra­je­ron los sacos y el des­fal­co.
El sui­ci­dio y los men­di­gos, el láti­go y los cas­ti­gos. El caba­llo y los lacayos.

El cabil­do y los cinis­mos. Los embal­ses y los pilla­jes.
Tra­je­ron la ven­gan­za y las matanzas,

Qué día de cam­po se die­ron estos colo­ni­za­do­res, sí has­ta las hor­mi­gas se escon­dían de sus dien­tes.
Qué tiem­pos aque­llos para estos sol­da­dos, si al pare­cer eran hijos de un ser sagra­do.
Que no haya ren­cor ni que­bran­to, sólo fue­ron un par de siglos de espan­to.
Que no se hable con envi­dia, alguien tenía que vio­lar a las indias.

Todo era ensan­gren­ta­do con el sol entre­me­dio como un quejido.

Pau­sa. Entre paréntesis.

Todo no podía ser tris­te­za, sole­dad y des­tie­rro.
Son­rien­tes apos­ta­ban, cuán­to dura­ba un indio cer­ca­do,
Con­tra diez perros ham­brien­tos.
Una pie­za de oro, del mejor ban­co, a que mis indios no gri­tan
Cuan­do se lan­zan de los barran­cos.
Mas­ti­can­do nues­tro chi­cle o goma de mas­car, siem­pre fue más entre­te­ni­do saquear.

III

Pero en sus corre­rías san­gui­na­rias encon­tra­ron su tope,
Un indio más gran­de que todas las Arau­ca­rias.
Cre­ye­ron que eran Yana­co­na, ya se sen­tían due­ños de la zona.

Uno de los tan­tos caci­ques les habla en for­ma cla­ra:
Mien­tras aún se escu­che el alien­to de un inva­sor, nues­tro pue­blo sen­ti­rá el dolor.
Puño a puño, mano a mano, ya vere­mos quién sale ganan­do.
No gana­ron ayer, no gana­ron hoy día, no gana­ran maña­na.
Puño a puño, mano a mano, ya vere­mos quién sale ganan­do.
Mien­tras sople vien­to en estas tie­rras, a cual­quier explo­ta­dor le dare­mos guerra.

En el cenit de los pro­ble­mas, por supues­to cam­bia­ron de estra­ta­ge­ma.
Per­mu­ta­ron la riña por la Biblia.
Y así, entre cru­ces, sota­nas y ora­cio­nes, comen­zó nue­va­men­te el fes­tín de los ladro­nes.
Que con­ve­nien­te es ser cris­tiano.
Dios qui­zás es feliz con lo robado.

Tra­je­ron el rosa­rio y los sica­rios. Los ante­ojos y los des­po­jos.
Cam­pos y bos­ques había que ocu­par, mejor que lo haga un capellán.

Lue­go, sin regi­mien­tos vinie­ron los des­acre­di­ta­mien­tos y los fingimientos.

¿Cómo pue­de un indio hol­ga­zán y bebi­do, ser due­ño de su des­tino?.
Si son infe­rio­res, son como monos.
Sin embar­go, nues­tros her­ma­nos meno­res.
Pero, no tie­nen moda­les, edu­ca­ción, ni cul­tu­ra, mejor que duer­man entre la basu­ra.
Y así, un tem­po­ral de men­ti­ras y estig­mas aún cabal­ga por las coli­nas.
No sólo mata­ron, todo lo bello ter­gi­ver­sa­ron, lo enajenaron.

Des­pués, como si fue­ra una nue­va moda se levan­ta­ron los gua­chos, con­tra sus padres.
Ava­ri­cio­sos, crio­llos y bas­tar­dos no acep­ta­ron miga­jas, que­rían todo el far­do.
Y así, entre nobles peni­ten­tes y euro­peos de segun­da, nació nues­tro con­ti­nen­te.
Su rebel­día, cre­cía como un male­fi­cio, pero aún seguían admi­ran­do sus ini­cios.
¿Cómo no ser amos de todo?, sí aquí no saben de ropa, hay que impor­tar­la des­de Euro­pa.
Sólo un puña­do de estos crio­llos mere­ce ser honrados.

Su odio, resen­ti­mien­to y com­ple­jo de infe­rio­ri­dad, mol­deó nues­tra nacio­na­li­dad.
Al indio se le des­pre­cia por su cara y su color, aun­que fue­ra nues­tro úni­co defen­sor.
Somos poca cosa, a veces los peo­res, pero hay que bus­car la cau­sa,
En la his­to­ria de los invasores.

Todo era ensan­gren­ta­do, con el sol entre­me­dio como un castigo.

Tra­je­ron un tipo de escri­tu­ra y un mar de tipos cara­du­ra.
Tra­je­ron los caño­nes y los mato­nes, el hora­rio y los mer­ce­na­rios.
Tra­je­ron los arca­bu­ces y los embus­tes.
Tra­je­ron la real hacien­da y toda su vio­len­cia. Los car­ni­ce­ros y los flo­re­ros
Tra­je­ron lo más selec­to de su país, dejan­do cár­ce­les y pute­ríos sin su habi­tual cariz.

IV
Indi­ca­ción colo­nial par el buen vivir entre los indí­ge­nas,
Abo­rí­ge­nes, pue­blos ori­gi­na­rios o vernáculos.

Si no lo sopor­ta, se le ahor­ca, si no obe­de­ce, se le cue­ce.
Si no quie­re a su amo, se le cor­tan las manos, si es obs­ti­na­do, debéis que­mar­lo.
Si es un rebel­de con­su­ma­do, no per­dáis tiem­po, sim­ple­men­te empa­lad­lo.
Menes­ter es deci­ros que si no le gus­tan los setos, mejor os enten­de­rá en el cepo.

Lo que se mue­ve, se come. Lo que sir­ve, se lle­va.
Lo que no, se que­ma
Otra de sus boni­tas estratagemas.

En el col­mo de lo absur­do y sinies­tro, si vamos a sus paí­ses
Nos tra­tan como excre­men­tos.
Sólo que­re­mos ver como bri­lla el oro, la pla­ta y el cobre de nues­tros ances­tros.
Sólo que­re­mos sen­tir como sabe la car­ne, con espe­cias y sangre.

Dis­cul­pen si delin­qui­mos por fal­ta de edu­ca­ción, aun­que, fijo,
Uste­des saben, tene­mos cien años de per­dón.
Si la igle­sia acep­ta sus erro­res, ¿Por qué no imi­tan
A sus san­tos patro­nes, a sus ges­to­res y cla­man per­do­nes?
Todos a coro como en un ras­gueo, pidan dis­cul­pas por los saqueos.
Una cosi­ta más, se les olvi­dó lle­var­se un poqui­to de humildad.

Tra­je­ron los con­ven­tos y los tor­men­tos, los doc­to­res y los horro­res.
Tra­je­ron algu­nas artes y todos los desas­tres. La inqui­si­ción y toda su corrupción.

Todo era ensan­gren­ta­do, con el sol entre­me­dio como mendigo.

No sola­men­te tra­je­ron, aún nos siguen tra­yen­do.
Ade­más, no nece­si­tan enviar­nos trai­do­res,
Aquí en Amé­ri­ca lati­na, cre­cen por montones.

¿Cuán­tas cele­bra­cio­nes indí­ge­nas encuen­tras en el calen­da­rio?
No muchas por supues­to, son mejo­res las de tono publi­ci­ta­rio.
Y es que algu­nos se acos­tum­bra­ron al fac­tor here­di­ta­rio
De entre­gar nues­tras rique­zas al mejor depo­si­ta­rio.
Se repro­du­je­ron en el tiem­po todas esas fami­lias ingra­tas,
Pien­san que el país de allá es el mejor socio.
Y ven a nues­tra patria sola­men­te como un negocio.

Si alguien pien­sa que exa­ge­ro con decir parias y trai­do­res
Vayan echán­do­le una mira­da a los alre­de­do­res.
¿Cuán­tas calles y pla­zas lle­van el nom­bre
De los ase­si­nos de nues­tra raza?
¿Cuán­tos bille­tes cir­cu­lan de mano en mano
Lle­van­do impre­sa la cara de los pri­me­ros tira­nos?
Si es por dar ejem­plos, me fal­ta­ría tiempo.

Aho­ra somos here­de­ros de su sapien­cia
Mar­ca­mos a fue­go las dife­ren­cias.
Su tris­te escue­la nos dejó secue­las…
Nues­tro con­ti­nen­te divi­di­do como par­ce­la.
Cada país, el péta­lo de una flor…
Una flor lla­ma­da América.

Qué iro­nía, uste­des fumán­do­se nues­tro taba­co
Y pre­ten­den que bese­mos vues­tros zapa­tos.
Que horri­ble sar­cas­mo, les ense­ña­mos a reem­pla­zar vues­tros per­fu­mes por el baño y aún nos miran como un reba­ño.
¿De qué les sir­vió todo lo roba­do?, sí al final de cuen­ta
Su pue­blo pobre sabe lo que es vivir en un país subdesarrollado.

No nece­si­tan enviar­nos trai­do­res,
En Amé­ri­ca Lati­na cre­cen por montones.

Sin embar­go;
No gana­ron ayer.
No gana­ron hoy día.
No gana­ran maña­na.
Puño a puño.
Mano a mano.
Ya vere­mos quién sale ganando.

Itu­rria /​Fuen­te

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *