Eco­lo­gía Social. “Los eco­fe­mi­nis­mos se enfren­tan a una for­ma de hacer que vio­len­ta los cuer­pos, las per­so­nas y la tierra”

Por Júlia Mar­tí, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 29 de sep­tiem­bre de 2020.

Habla­mos sobre eco­fe­mi­nis­mo, de sus pro­pues­tas y prác­ti­cas polí­ti­cas, con dos acti­vis­tas eco­fe­mi­nis­tas que nos com­par­ten sus refle­xio­nes des­de Bue­nos Aires y Madrid. Maris­te­lla Svam­pa es pro­fe­so­ra en la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de La Pla­ta, su inves­ti­ga­ción se cen­tra en temá­ti­cas socio­eco­ló­gi­cas, el neo­ex­trac­ti­vis­mo y las alter­na­ti­vas; es impul­so­ra del Pac­to Eco­so­cial del Sur. Y Mar­ta Pas­cual es pro­fe­so­ra, for­ma par­te de Eco­lo­gis­tas en Acción y del gru­po Femi­nis­tas por el Cli­ma, que tie­ne como obje­ti­vo teñir de femi­nis­mo las movi­li­za­cio­nes por la jus­ti­cia climática.

Júlia Mar­tí: Antes de empe­zar, ¿podéis resu­mir de for­ma bre­ve qué es para voso­tras el ecofeminismo?

Mar­ta Pas­cual: El eco­fe­mi­nis­mo o los eco­fe­mi­nis­mos son el encuen­tro de prác­ti­cas y de lec­tu­ras del mun­do que se enfren­tan a una for­ma de hacer que vio­len­ta los cuer­pos, vio­len­ta las per­so­nas y vio­len­ta la tie­rra. Y plan­tean, fren­te a esta for­ma de hacer vio­len­ta, otra for­ma de enten­der­nos como espe­cie, como seres huma­nos, como habi­tan­tes de la tie­rra. Una mira­da que no es des­de arri­ba sino de igual a igual con los eco­sis­te­mas, no es una mira­da hacia aden­tro como indi­vi­duo autó­no­mo sino que es una mira­da hacia la comu­ni­dad. De ahí los dos ejes de la inter­de­pen­den­cia y la eco­de­pen­den­cia. Esta for­ma de leer­nos supo­ne des­mon­tar todo el sis­te­ma polí­ti­co eco­nó­mi­co cul­tu­ral en el que vivi­mos, un sis­te­ma bru­tal, capi­ta­lis­ta, geno­ci­da, colo­nial, hete­ro­pa­triar­cal, etc.

Maris­te­lla Svam­pa: Es impor­tan­te sub­ra­yar la com­ple­ji­dad de los eco­fe­mi­nis­mos. El eco­fe­mi­nis­mo es una corrien­te de pen­sa­mien­to, pero de otro lado, tam­bién es una fuer­za social arti­cu­la­da en expre­sio­nes diver­sas. Una suer­te de movi­mien­to social que apa­re­ce ilus­tra­do por una plu­ra­li­dad de voces y suje­tas. Y en tan­to corrien­te de pen­sa­mien­to y movi­mien­to social, lo que tie­ne en común es que pone de mani­fies­to la afi­ni­dad que hay entre la opre­sión de las muje­res y la opre­sión sobre la natu­ra­le­za, que están conec­ta­das en un esque­ma bina­rio de domi­na­ción. Y, des­de ahí, hay tres ideas cen­tra­les que apa­re­cen for­mu­la­das en tér­mi­nos más con­cep­tua­les y teó­ri­cos, y al mis­mo tiem­po en las luchas.

Una es la nece­si­dad de des­mon­tar el para­dig­ma dua­lis­ta que es esen­cial en la cul­tu­ra moder­na, que opo­ne el hom­bre a la mujer, la socie­dad a la natu­ra­le­za, pero tam­bién occi­den­te a no occi­den­te, lo públi­co a lo pri­va­do, inclu­si­ve el nor­te al sur, civi­li­za­ción o bar­ba­rie. Son todos para­dig­mas bina­rios que se fun­dan no solo en la idea de domi­na­ción, sino en la deva­lua­ción del otro que es con­si­de­ra­do como dife­ren­te. Enton­ces, es nece­sa­rio des­mon­tar el para­dig­ma dua­lis­ta y pro­po­ner un para­dig­ma rela­cio­nal en el que la inter­de­pen­den­cia –leí­da en la rela­ción socie­dad-natu­ra­le­za como eco­de­pen­den­cia– sea el eje fun­da­men­tal para poder avan­zar en la sos­te­ni­bi­li­dad de la vida.

Un segun­do ele­men­to es la noción del cui­da­do, el para­dig­ma del cui­da­do apa­re­ce como cen­tral ante la ame­na­za de extin­ción de nues­tra espe­cie y del pla­ne­ta en sí mis­mo. Y, en ter­cer lugar, el eco­fe­mi­nis­mo sub­ra­ya el rol de las muje­res en la defen­sa de la vida, de la super­vi­ven­cia, de la salud, de los terri­to­rios. Sobre todo enfa­ti­za la idea de que nues­tros mis­mos cuer­pos son natu­ra­le­za y des­con­fía de la cien­cia y la tec­no­lo­gía, que se empe­ñan en ocul­tar los impac­tos que el para­dig­ma domi­nan­te tie­ne sobre los terri­to­rios y los cuer­pos de las muje­res. Esto es lo que ilus­tra Van­da­na Shi­va en su visión sobre el eco­fe­mi­nis­mo de la super­vi­ven­cia, que en Amé­ri­ca Lati­na ha toma­do otros nom­bres, femi­nis­mos popu­la­res, femi­nis­mos comunitarios…

J. M.: Pre­gun­ta obli­ga­da sobre la pan­de­mia: ¿qué cam­bios (para bien o para mal) creéis que pue­de traer la cri­sis gene­ra­da por la Covid?

M. S.: Hay tres cues­tio­nes fun­da­men­ta­les que debe­mos visi­bi­li­zar en la agen­da. La pri­me­ra es la acen­tua­ción de las des­igual­da­des, que mues­tra cómo los impac­tos de la pan­de­mia son dife­ren­cia­les según el tipo de socie­dad y los sec­to­res socia­les. En segun­do lugar está la aso­cia­ción estre­cha que hay entre cri­sis sani­ta­ria y cri­sis socio­eco­ló­gi­ca, vin­cu­la­da a la defo­res­ta­ción, la des­truc­ción de eco­sis­te­mas o la expan­sión de las gran­jas de cría ani­ma­les a gran esca­la. Y, en ter­cer lugar, está la cues­tión del rol del Esta­do: por un lado esta­mos fren­te a un levia­tán sani­ta­rio ilus­tra­do por el Esta­do de excep­ción que tie­ne dife­ren­tes varian­tes (des­de el con­trol digi­tal has­ta el con­trol terri­to­rial), pero, por otro lado, tam­bién apa­re­ce de nue­vo el Esta­do social, que es res­ca­ta­do has­ta por aque­llos orga­nis­mos mul­ti­la­te­ra­les más con­ser­va­do­res o neoliberales.

Es en este mar­co en el que debe­mos inter­ve­nir en la dispu­ta de sen­ti­dos por cons­truir una socie­dad dife­ren­te. Sin duda, la pan­de­mia abrió, con todo lo terri­ble que trae, una opor­tu­ni­dad para ins­ta­lar los gran­des deba­tes socia­les, des­de la des­igual­dad has­ta las cau­sas socio­sa­ni­ta­rias y eco­ló­gi­cas, has­ta si es nece­sa­rio repen­sar el Esta­do como pun­to de par­ti­da para la cons­truc­ción de lo común. Segu­ra­men­te esta dispu­ta será muy des­igual por­que las ten­den­cias indi­can una suer­te de retorno a la nor­ma­li­dad, con más pre­ca­rie­dad, con más extrac­ti­vis­mo, con más colap­so socio­eco­ló­gi­co. Pero es nece­sa­rio dar esta dispu­ta para avan­zar en una agen­da que apun­te a una socie­dad de la resi­lien­cia, más soli­da­ria, don­de jus­ti­cia social, jus­ti­cia ambien­tal, jus­ti­cia de géne­ro y jus­ti­cia étni­ca estén articuladas.

M. P.: Estoy muy de acuer­do con el aná­li­sis que hace Maris­te­lla y creo que no pode­mos dejar de mirar a toda la cri­sis de la Covid como un espa­cio no tan­to de espe­ran­za sino como el atis­bo de grie­tas por las que se nos abren cami­nos nue­vos y, por otro lado, como un espa­cio de mie­do e inten­si­fi­ca­ción de dolor humano. Los dos lados se colo­can delan­te. Lo que hemos vivi­do en nues­tro con­tex­to ha teni­do un impac­to muy fuer­te: en Madrid, reali­da­des como la vejez con­fi­na­da en resi­den­cias y las muer­tes en sole­dad nos han impac­ta­do pro­fun­da­men­te a muchas per­so­nas y nos ha hecho pre­gun­tar­nos sobre qué es lo esen­cial en la vida. Esto da un poco de espe­ran­za por­que nos hace recu­pe­rar una cier­ta cons­cien­cia en un mun­do desa­rro­llis­ta y tri­via­li­za­dor. Tam­bién ha ocu­rri­do aquí que unas redes veci­na­les frá­gi­les o inexis­ten­tes se han for­ta­le­ci­do o han apa­re­ci­do en un medio, en la ciu­dad, en el que millo­nes de per­so­nas no saben ni el nom­bre de sus veci­nas y veci­nos. Para mí eso es una grie­ta de esperanza.

Otro tema cla­ve ha sido el tér­mino de tra­ba­jos esen­cia­les. Des­de la eco­no­mía femi­nis­ta se lle­va déca­das repi­tien­do la idea de que tene­mos que pre­gun­tar­nos cuá­les son las acti­vi­da­des nece­sa­rias y cuá­les son inne­ce­sa­rias o des­truc­ti­vas. Y de pron­to, casi que los tele­dia­rios hacían la pre­gun­ta, y se visi­bi­li­zó, tam­bién, la fuer­te femi­ni­za­ción y racia­li­za­ción de estos tra­ba­jos. Apa­re­ció, asi­mis­mo, una idea mucho más valo­ra­da de lo públi­co, muy impor­tan­te en un momen­to de embes­ti­da de la extre­ma derecha.

Esto como ele­men­tos espe­ran­za­do­res. Pero, ¿dón­de está la par­te oscu­ra? Creo que el ries­go está en vol­ver a las men­ti­ras de antes. Es decir, a la men­ti­ra del tec­no­en­tu­sias­mo –lo resol­ve­re­mos todo – , la men­ti­ra del Green New Deal –vamos a crear una socie­dad ver­de y seguir cre­cien­do – , y todo esto en unas con­di­cio­nes, como decía antes Maris­te­lla, de agu­di­za­ción de las des­igual­da­des, de estas peri­fe­rias aban­do­na­das que van a estar abso­lu­ta­men­te deja­das a su suer­te. Para mí, el gran mie­do aho­ra mis­mo es el pro­ce­so de des­hu­ma­ni­za­ción de los seres huma­nos. Creo que toda la dere­cha está pre­pa­ran­do una cam­pa­ña para que vol­va­mos a la idea de la trin­che­ra, del gue­to, de yo y los míos, para que estas fron­te­ras que ya se han cerra­do a nivel esta­tal se vayan cer­can­do cada vez más has­ta lle­gar a mi pue­blo, mi barrio, mi fami­lia, mi casa. Ahí tene­mos la lucha cen­tral; y creo que los eco­fe­mi­nis­mos tene­mos gran­des herra­mien­tas para hacer­lo, por­que pre­ci­sa­men­te los cui­da­dos y la comu­ni­dad son dos ban­de­ras centrales.

J. M.: Esta pan­de­mia lle­ga des­pués de un ciclo de auge de las movi­li­za­cio­nes femi­nis­tas y eco­lo­gis­tas. ¿Con­si­de­ráis que los movi­mien­tos socia­les están pre­pa­ra­dos para res­pon­der a la ofensiva?

M. P.: Ante una situa­ción de des­bor­da­mien­to gene­ra­da por el con­fi­na­mien­to, se empie­za a bus­car for­mas crea­ti­vas de denun­cia, de encuen­tro y de con­fron­ta­ción, pero creo que no ha habi­do tiem­po de cons­ti­tuir­se. El movi­mien­to femi­nis­ta, y tam­bién el eco­lo­gis­ta, se han cen­tra­do en gene­rar espa­cios de apo­yo mutuo para sos­te­ner la ali­men­ta­ción, la vivien­da, el apo­yo emo­cio­nal… Aho­ra mis­mo la fuer­za está en la calle y en la defen­sa de la vida coti­dia­na, de la super­vi­ven­cia mis­ma de las per­so­nas. Esta­mos en el espa­cio de emer­gen­cia, que es don­de toca estar aho­ra mis­mo, aun­que no hay que olvi­dar que hay que reto­mar estos espa­cios más estruc­tu­ra­les de pen­sa­mien­to y de lucha general.

M. S.: En Amé­ri­ca Lati­na apa­re­cen femi­nis­mos anti­pa­triar­ca­les, con una agen­da más urba­na, y femi­nis­mos popu­la­res, con una agen­da más liga­da a las luchas con­tra el extrac­ti­vis­mo o el cui­da­do del terri­to­rio. En Argen­ti­na, por ejem­plo, el movi­mien­to Ni Una Menos colo­có gran­des temas en la agen­da públi­ca y con­si­guió inter­pe­lar a la socie­dad acer­ca del cues­tio­na­mien­to del man­da­to de mas­cu­li­ni­dad, la vio­len­cia de géne­ro y los femi­ni­ci­dios. Los femi­nis­mos popu­la­res, por su par­te, se vie­nen exten­dien­do en las luchas con­tra la mega­mi­ne­ría, con­tra el frac­king, con­tra la expan­sión de la fron­te­ra petro­le­ra y los agro­tó­xi­cos, y, des­de una pers­pec­ti­va más espi­ri­tua­lis­ta, colo­can en el cen­tro la figu­ra de la mujer cui­da­do­ra y arti­cu­lan nocio­nes cen­tra­les como la de mujer-terri­to­rio-natu­ra­le­za, por lo que están mucho más en sin­to­nía con lo que pro­mue­ve el ecofeminismo.

Que no haya cone­xio­nes entre un femi­nis­mo más anti­pa­triar­cal y estos femi­nis­mos popu­la­res, para mí es un pro­ble­ma. Sobre todo al calor de esta cri­sis, por­que esto impli­ca tam­bién par­cia­li­zar las agen­das a la hora de deba­tir en el espa­cio públi­co. En el con­tex­to actual es pro­ba­ble que los gobier­nos bus­quen una reac­ti­va­ción de la eco­no­mía a tra­vés de más extrac­ti­vis­mo y que sec­to­res del femi­nis­mo no emer­jan como voces crí­ti­cas es preo­cu­pan­te. Des­de mi pers­pec­ti­va, es nece­sa­rio que los femi­nis­mos en Amé­ri­ca Lati­na se nutran más del eco­fe­mi­nis­mo, que incor­po­ren más la figu­ra del cui­da­do como un valor uni­ver­sa­li­za­ble para cons­truir una socie­dad resi­lien­te, demo­crá­ti­ca y solidaria.

J. M.: Apro­ve­chan­do que habéis habla­do del para­dig­ma del cui­da­do, que­ría pedi­ros que pro­fun­di­céis un poco más, espe­cial­men­te en el deba­te sobre el peli­gro de esen­cia­li­zar los cui­da­dos o aca­bar refor­zan­do los roles de género.

M. S.: Yo no estoy tan de acuer­do en la divi­sión tan tajan­te que se hace entre eco­fe­mi­nis­mos cul­tu­ra­lis­tas y eco­fe­mi­nis­mos esen­cia­lis­tas, por­que creo que efec­ti­va­men­te cuan­do habla­mos del cui­da­do y del rol de la mujer y su esen­cia­li­za­ción en el mode­lo patriar­cal esta­mos hablan­do de un cons­truc­to his­tó­ri­co cul­tu­ral. Pero tam­bién con­si­de­ro que hay dife­ren­tes expre­sio­nes del eco­fe­mi­nis­mo y que no pode­mos con­si­de­rar que uno sea más libe­ra­dor que otro. En Amé­ri­ca Lati­na encon­tra­mos dife­ren­tes expre­sio­nes, des­de femi­nis­mos comu­ni­ta­rios más tra­di­cio­na­les has­ta femi­nis­mos comu­ni­ta­ris­tas crí­ti­cos que ven, como dicen en la Asam­blea Femi­nis­ta de Boli­via, un entron­que colo­nial entre ambos mode­los. Pero todas ellas colo­can el rol cen­tral de las muje­res en las luchas terri­to­ria­les, en la defen­sa del cuer­po de la mujer que es agre­di­do ante el avan­ce del capi­ta­lis­mo, y la defen­sa de la natu­ra­le­za. Y en esta línea yo encuen­tro que hay rela­cio­nes de afi­ni­dad entre los eco­fe­mi­nis­mos, los femi­nis­mos popu­la­res y la eco­no­mía femi­nis­ta, por­que todas ellas tie­nen en común la defen­sa de un para­dig­ma rela­cio­nal y por ende la recu­sa­ción de un para­dig­ma dua­lis­ta bina­rio, y la nece­si­dad de apun­tar al sos­te­ni­mien­to de la vida que está ame­na­za­da por el avan­ce de la lógi­ca del capital.

M. P.: Cuan­do habla­mos de poner la vida –o las vidas– en el cen­tro, esta­mos hablan­do no solo del cui­da­do direc­to de los cuer­pos, que des­de lue­go es nece­sa­rio, sino tam­bién de los sis­te­mas orga­ni­za­ti­vos comu­ni­ta­rios ins­ti­tu­cio­na­les y eco­nó­mi­cos que per­mi­ten que este cui­da­do se dé. No que­re­mos esta sim­pli­fi­ca­ción de pen­sar que cui­dar es ama­man­tar o lim­piar la casa. Aho­ra se habla más del enfo­que de la sos­te­ni­bi­li­dad de la vida, y ahí sí incor­po­ra­mos el cui­da­do de todos los pro­ce­sos mate­ria­les y emo­cio­na­les que son nece­sa­rios para que la vida exis­ta en con­di­cio­nes de dig­ni­dad para todo el mun­do. Esta amplia­ción del con­cep­to nos qui­ta el ries­go de esen­cia­lis­mo sim­pli­fi­ca­dor que des­de lue­go aquí en Occi­den­te ha hecho que se nos mira­ra con des­con­fian­za a los eco­fe­mi­nis­mos y que está lejos de ser nues­tra mira­da. En últi­mo tér­mino, nues­tro hori­zon­te es una huma­ni­dad diver­sa, eco­rres­pon­sa­ble y que se enfren­te al con­cep­to de géne­ro (esta cons­truc­ción social que ha sido la excu­sa de un mon­tón de jerarquías).

Y en este últi­mo aspec­to del que habla­ba Maris­te­lla sobre las agen­das, para mí el reto es no enten­der­las como agen­das con­tra­pues­tas, sino agen­das que pue­den coexis­tir y que en momen­tos dados pue­den encon­trar siner­gias. Para mí esta siner­gia entre dife­ren­tes femi­nis­mos está en la lucha con­tra la vio­len­cia del suje­to hege­mó­ni­co, que igual te arra­sa una mon­ta­ña que te da una pali­za, que dic­ta una ley para que no pue­das abor­tar. Esta sim­pli­fi­ca­ción del enemi­go común es qui­zás la que nos une, pero es ver­dad que a veces los mis­mos femi­nis­mos se con­tra­po­nen, como si estu­vie­ran dicien­do cosas que les inva­li­da­ran uno a otro. Creo que es un error estra­té­gi­co fuer­te y a veces un error interesado.

J. M.: Cada vez se habla más de la nece­si­dad de impul­sar tran­si­cio­nes eco­fe­mi­nis­tas. ¿Cuá­les serían para voso­tras las polí­ti­cas o ini­cia­ti­vas que con­si­guen aunar femi­nis­mo y ecologismo?

M. P.: Nece­si­ta­mos defen­der un sue­lo social de míni­mos, de acce­so a la ali­men­ta­ción, vivien­da, ener­gía, edu­ca­ción, cui­da­dos, par­ti­ci­pa­ción social, acce­so a la comu­ni­dad…, pero tam­bién hay que mar­car con cla­ri­dad cuál es el techo eco­ló­gi­co de con­su­mos. El pro­ble­ma está en cómo man­te­ner­nos entre este techo eco­ló­gi­co y el sue­lo social, y para ello habría que aña­dir­le una serie de polí­ti­cas de máxi­mos, por­que evi­den­te­men­te en un pla­ne­ta limi­ta­do y para que haya unos míni­mos acce­si­bles a toda la pobla­ción, tie­ne que haber unos máxi­mos que ase­gu­ren el repar­to. Den­tro de este mar­co pode­mos pre­gun­tar­nos cómo hacer la tran­si­ción y qué polí­ti­cas ener­gé­ti­cas, de trans­por­te, de urba­nis­mo y de cui­da­dos –un tema casi des­apa­re­ci­do en la agen­da pos­co­vid– vamos a impul­sar. La eco­no­mía femi­nis­ta hace varias pre­gun­tas cla­ves para res­pon­der a esto: qué nece­si­ta­mos, qué hay que pro­du­cir para esto que nece­si­ta­mos, qué tra­ba­jos hay que hacer y cómo los repar­ti­mos y orga­ni­za­mos. Estas son las pre­gun­tas ejes para ir reco­rrien­do todas las áreas, y todo esto den­tro del mar­co de los lími­tes pla­ne­ta­rios que es el que ha esta­do his­tó­ri­ca­men­te olvidado.

M. S.: En los últi­mos tiem­pos, des­de Amé­ri­ca Lati­na hemos esta­do tra­ba­jan­do con Enri­que Via­le, Alber­to Acos­ta, Espe­ran­za Mar­tí­nez, Tatia­na Roa, Edgar­do Lan­der, Artu­ro Esco­bar, entre otros, en una pro­pues­ta de pac­to eco­ló­gi­co, eco­nó­mi­co, inter­cul­tu­ral des­de el sur. Nos pare­ce esen­cial pre­sen­tar una pro­pues­ta que no sea sola­men­te un pac­to ver­de, nece­si­ta­mos inter­pe­lar a todo un sec­tor de la socie­dad que tie­ne a la cues­tión eco­ló­gi­ca como un pun­to cie­go, y para ello nece­si­ta­mos pre­sen­tar una pro­pues­ta holís­ti­ca, inte­gral, que arti­cu­le las dife­ren­tes deman­das. Y en este sen­ti­do, unir jus­ti­cia social y jus­ti­cia ambien­tal, sobre todo en las socie­da­des peri­fé­ri­cas, nos pare­ce fun­da­men­tal. Acá, en Amé­ri­ca Lati­na, ha habi­do un esfuer­zo des­co­mu­nal para diso­ciar lo social de lo ambien­tal. Duran­te el ciclo pro­gre­sis­ta, hemos teni­do que com­ba­tir que des­de los gobier­nos se qui­sie­ra jus­ti­fi­car la des­truc­ción de los terri­to­rios en fun­ción de un mode­lo de reduc­ción de las des­igual­da­des. El resul­ta­do es que, al final del ciclo pro­gre­sis­ta, no hubo trans­for­ma­ción de la estruc­tu­ra pro­duc­ti­va, pero tam­po­co reduc­ción de las desigualdades.

Enton­ces, tene­mos una agen­da ener­gé­ti­ca ante el extrac­ti­vis­mo extre­mo, una agen­da liga­da al cam­bio de mode­lo ali­men­ta­rio (fren­te a la defo­res­ta­ción, la con­cen­tra­ción de tie­rras y el uso de agro­tó­xi­cos), en favor de un mode­lo agro­eco­ló­gi­co pro­ta­go­ni­za­do por muje­res, y tam­bién está el mode­lo urbano. En la pan­de­mia, las ciu­da­des se han con­ver­ti­do en una suer­te de tram­pa mor­tal para los sec­to­res más vul­ne­ra­bles, las mega­ló­po­lis son cla­ra­men­te insus­ten­ta­bles, lo que ins­ta­la tam­bién el desa­fío de pen­sar la rela­ción rural-urbano o el pro­ce­so de rura­li­za­ción de las ciudades.

J. M.: Habéis nom­bra­do la ren­ta bási­ca, un tema que está gene­ran­do mucho deba­te. ¿Cuál es vues­tra opi­nión sobre esta medida?

M. S.: En el con­tex­to de emer­gen­cia social, con­si­de­ro que es una puer­ta de entra­da para cons­truir una socie­dad más jus­ta, que en el caso de Amé­ri­ca Lati­na va nece­sa­ria­men­te liga­da a la refor­ma fis­cal. En este mar­co de jus­ti­cia redis­tri­bu­ti­va, pro­po­ne­mos el ingre­so uni­ver­sal ciu­da­dano como puer­ta de entra­da a una trans­for­ma­ción social mayor que va liga­da al para­dig­ma del cui­da­do y a la tran­si­ción socio­eco­ló­gi­ca. Asi­mis­mo, cree­mos que es una puer­ta de entra­da para dis­cu­tir cues­tio­nes de repar­to de tra­ba­jo en una línea de géne­ro y que apun­te a for­ta­le­cer acto­res colec­ti­vos como los pro­pios sin­di­ca­tos, esta­ble­cien­do un umbral que gene­re con­di­cio­nes para acce­der a la ciudadanía.

Tam­bién hay que tener en cuen­ta que, en Amé­ri­ca Lati­na, la polí­ti­ca social de los últi­mos 20 – 30 años ha esta­do domi­na­da por pro­gra­mas socia­les foca­li­za­dos que han frag­men­ta­do aún más la socie­dad y que han esta­do muy direc­cio­na­dos hacia la mujer. Tene­mos que des­man­te­lar estos pro­gra­mas que no han hecho más que con­so­li­dar la dife­ren­cia de géne­ro y entram­par a un grue­so de la pobla­ción en la pobre­za y, en muchos casos, en rela­cio­nes clien­te­la­res. Y para ello la ren­ta ciu­da­da­na es un pun­to de par­ti­da, pero la tran­si­ción debe arti­cu­lar­se con la idea de trans­for­ma­ción, la ren­ta ciu­da­da­na no es un fin en sí mis­ma, es un medio para trans­for­mar la socie­dad en cone­xión con una agen­da eco­ló­gi­ca y de cuidado.

M. P.: Aho­ra mis­mo, en esta situa­ción de emer­gen­cia tan bru­tal, me pare­ce que hay que tomar medi­das inme­dia­tas y la ren­ta bási­ca es la que per­mi­te que las fami­lias y las per­so­nas pue­dan resol­ver su vida maña­na. Pero yo creo que tie­ne un pro­ble­ma impor­tan­te, que es que pone de nue­vo el foco en el dine­ro, mone­ta­ri­za las nece­si­da­des. Aun­que tran­si­to­ria­men­te las polí­ti­cas de ren­ta bási­ca pue­dan ser úti­les, me pare­cen mucho más intere­san­tes las polí­ti­cas de recur­sos y ser­vi­cios bási­cos, por­que se tra­ta de que los seres huma­nos ten­ga­mos resuel­tas las nece­si­da­des básicas.

J. M.: Habéis habla­do de las nue­vas dere­chas, del Green New Deal, del peli­gro de que cier­tos gobier­nos uti­li­cen el femi­nis­mo para legi­ti­mar­se… ¿Ante esta serie de desa­fíos, cuá­les creéis que serían los ele­men­tos cen­tra­les para ir tejien­do estra­te­gias ecofeministas?

M. P.: En pri­mer lugar, me plan­teo cuá­les ten­drían que ser los ras­gos que defi­nan cual­quier polí­ti­ca públi­ca. Des­de aquí, des­de el nor­te enri­que­ci­do tam­bién en cri­sis, uno de los ejes que tene­mos que tra­ba­jar es la idea de la sufi­cien­cia o el decre­ci­mien­to en todos los sec­to­res en los que hemos sobre­pa­sa­do los con­su­mos que nues­tro sue­lo nos per­mi­tía. La idea de vida sen­ci­lla y de fru­ga­li­dad en un mon­tón de con­su­mos mate­ria­les es uno de los ejes de los que par­tir. Otro de los ejes es cla­ra­men­te la redis­tri­bu­ción, la jus­ti­cia, que es la asig­na­tu­ra pen­dien­te del capi­ta­lis­mo des­de que nació. Y redis­tri­buir no solo los bie­nes nece­sa­rios para la super­vi­ven­cia, sino tam­bién los tra­ba­jos nece­sa­rios para cui­dar­nos como seres vivos y cuer­pos que somos, y para dis­tri­buir las res­pon­sa­bi­li­da­des, las ins­ti­tu­cio­na­les y las comu­ni­ta­rias. Y el ter­cer eje esta­ría vin­cu­la­do a lo comu­ni­ta­rio, comu­ni­da­des inte­gra­das, pode­ro­sas y soli­da­rias que nos van a dar una espe­ran­za de futu­ro. El eco­fe­mi­nis­mo está en esta defen­sa de la jus­ti­cia, de la sos­te­ni­bi­li­dad y de lo comunitario.

En este camino, como dice Amaia Pérez Oroz­co, las polí­ti­cas de cui­da­do pue­den ser un faro que nos orien­te hacia dón­de ir y que vaya con­vir­tien­do y tiñen­do todo el res­to de polí­ti­cas. ¿Qué pasa­ría si decla­rá­ra­mos el dere­cho colec­ti­vo al cui­da­do como un dere­cho humano bási­co, igual que el dere­cho al agua o a un ambien­te sano, y des­de ahí ges­tio­ná­ra­mos toda la orga­ni­za­ción social de tra­ba­jos, de pro­duc­ción, de responsabilidades?

M. S.: Qui­zás empe­za­ría dicien­do que en Amé­ri­ca Lati­na es nece­sa­rio con­ce­bir a los femi­nis­mos y eco­fe­mi­nis­mos en arti­cu­la­ción con otras narra­ti­vas rela­cio­na­les. No pode­mos diso­ciar la éti­ca del cui­da­do de los dere­chos de la natu­ra­le­za, del buen vivir, del posex­trac­ti­vis­mo, de las alter­na­ti­vas al desa­rro­llo, de las auto­no­mías, que apun­tan a esta cons­te­la­ción de con­cep­tos que no se apo­yan sobre el vacío, sino que tie­nen líneas de acu­mu­la­ción de luchas detrás.

Si una pen­sa­ra una agen­da, yo nom­bra­ría cua­tro ejes, siguien­do un poco el sis­te­ma orde­na­do que nom­bra­ba Mar­ta. En pri­mer lugar, insis­ti­ría en la nece­si­dad de pen­sar arti­cu­la­da­men­te lo social y lo ambien­tal por­que, al menos aquí en Amé­ri­ca Lati­na, ha sido uno de los prin­ci­pa­les res­pon­sa­bles de la des­co­ne­xión de líneas eman­ci­pa­to­rias. En segun­do lugar, insis­ti­ría en la noción de cui­da­do como un dere­cho fun­da­men­tal que debe ser inser­ta­do en un sis­te­ma de pro­tec­ción social. En ter­cer lugar, creo que es nece­sa­rio cam­biar el per­fil meta­bó­li­co de nues­tras socie­da­des, lo que exi­ge tam­bién un cam­bio en nues­tras pro­pias estruc­tu­ras cog­ni­ti­vas. Y, por últi­mo, está el eje de la demo­cra­cia, que es fun­da­men­tal en un con­tex­to en el que el mie­do y la incer­ti­dum­bre apa­re­cen ins­ta­la­dos en la socie­dad y hay un peli­gro de cie­rre polí­ti­co y cog­ni­ti­vo enor­me, que las extre­mas dere­chas pue­den aprovechar.

Por otra par­te, yo no soy tan crí­ti­ca con la pro­pues­ta de Green New Deal por­que reco­noz­co que hay dife­ren­tes pro­pues­tas y un diá­lo­go intere­san­te para desa­rro­llar. Pero sin duda no des­de la lógi­ca del cre­ci­mien­to, aun­que aquí sí, entre nor­te y sur hay dife­ren­cias. El nor­te es res­pon­sa­ble y tie­ne una deu­da eco­ló­gi­ca en rela­ción al sur; sin embar­go, esto no auto­ri­za a que des­de el sur pro­mo­va­mos un mode­lo de desa­rro­llo insus­ten­ta­ble en nom­bre de la deu­da ecológica.

J. M.: Antes de ter­mi­nar, ¿que­réis aña­dir algo más?

M. P.: A mí me gus­ta­ría aña­dir que es cier­to que los eco­fe­mi­nis­mos tie­nen una gran fuer­za trans­for­ma­do­ra, pero aquí hace fal­ta en muchos colec­ti­vos la cons­cien­cia de ser, de nom­brar­se así. ¿Para qué sir­ve nom­brar­se eco­fe­mi­nis­ta? Creo que sir­ve para saber­se par­te de todo un movi­mien­to difu­so, de bor­des difu­mi­na­dos, pero que cami­na en una direc­ción. La cons­cien­cia de ser eco­fe­mi­nis­tas es en sí mis­ma una herra­mien­ta muy fuer­te, creo que tene­mos mucho por andar ahí.

M. S.: En esta línea me gus­ta­ría agre­gar que en Amé­ri­ca Lati­na, sobre todo del lado del femi­nis­mo popu­lar, hay tam­bién bas­tan­tes difi­cul­ta­des por reco­no­cer­se no solo como eco­fe­mi­nis­tas sino tam­bién como femi­nis­tas, y este tra­ba­jo se logra sobre todo al calor de la lucha. Esta diná­mi­ca de cons­truc­ción de una narra­ti­va femi­nis­ta y eco­fe­mi­nis­ta es muy rica por­que lle­va tam­bién a cons­truir lo que Carol Gilli­gan lla­ma “la voz hones­ta”, esta voz pro­pia de la que las muje­res se han vis­to pri­va­das duran­te mucho tiem­po, tan nece­sa­ria tam­bién para la recons­truc­ción de nues­tra sociedad.

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