Perú. La hija de Sawe­to per­sis­te en su lucha por justicia

Ara­mis Castro/​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 16 de sep­tiem­bre de 2020

Defen­der sin mie­do: pro­te­ger los bos­ques duran­te la pandemia

En la Ama­zo­nía perua­na, ade­más de bos­ques, ríos ser­pen­tean­tes y espe­cies que la cien­cia aún no aca­ba de des­cu­brir, habi­ta la mei­ri, una ardi­lla cuya cola pare­ce repli­car­se en el pei­na­do de las niñas indí­ge­nas ashé­nin­kas. Para Jor­ge Ríos Pérez ‑líder ase­si­na­do por made­re­ros ile­ga­les, jun­to a otros tres diri­gen­tes el 1 de setiem­bre de 2014– el pare­ci­do era indu­da­ble: cada vez que veía a su hija mayor pen­sa­ba en aquel ani­ma­li­to escu­rri­di­zo. Por eso, cuan­do era niña, comen­zó a lla­mar­la así.

Acep­tar la muer­te de un padre es dolo­ro­so. Hacer­lo sin un cuer­po que llo­rar, aún peor. A seis años del ase­si­na­to de Ríos Pérez, las auto­ri­da­des no han bus­ca­do sus res­tos. Y hoy, aun­que no la acom­pa­ña de mane­ra físi­ca, Dia­na Ríos Ren­gi­fo sien­te que él per­du­ra en la natu­ra­le­za. Ese espa­cio des­de el que le ense­ñó a luchar. 

“Él está den­tro del bos­que: el bos­que es vida y, gra­cias a él, estoy viva”, dice.

Ríos Ren­gi­fo es una mujer reser­va­da, que dis­tri­bu­ye su tiem­po entre la crian­za de sus hijos y la defen­sa de los terri­to­rios. “A veces, qui­sie­ra que hubie­ra más de 40 Dia­nas. Que ten­gan luchas, que se pro­pon­gan cosas y cum­plan todo”, cuen­ta, acen­tuan­do las últi­mas palabras. 

A seis años del ase­si­na­to de su pro­ge­ni­tor, ella está deci­di­da a apo­yar a toda comu­ni­dad indí­ge­na que ini­cie el pro­ce­so para titu­lar su terri­to­rio o pre­ten­da ampliar las áreas reco­no­ci­das por el Esta­do peruano; una lucha que Ríos Pérez le enco­men­dó poco antes de su muerte. 

Diana Ríos junto a su madre

JUSTICIA.Des­de hace seis años, Dia­na Ríos jun­to a su madre Ergi­lia Ren­gi­fo aguar­dan por las sen­ten­cias con­tra los ase­si­nos de su padre y otros tres diri­gen­tes de Saweto. 
Foto: Geral­di­ne San­tos /​Ojo­Pú­bli­co. 

El domin­go 31 de agos­to de 2014 –la últi­ma vez que Dia­na vio a su padre – , él se diri­gía a la comu­ni­dad nati­va de Apiwx­ta, cer­ca de la fron­te­ra con Bra­sil, para reu­nir­se con otros diri­gen­tes que se habían alia­do a la lucha de Sawe­to con­tra el trá­fi­co ile­gal de made­ra. Antes de ini­ciar aquel via­je, hizo una bre­ve para­da en la casa de su hija para reco­ger unas héli­ces que nece­si­ta­ba para su peque peque, peque­ña embar­ca­ción lla­ma­da así por el rui­do del motor.

En ese encuen­tro, Dia­na le dio una bote­lla de masa­to –una bebi­da tra­di­cio­nal de la Ama­zo­nía pre­pa­ra­da a base de yuca fer­men­ta­da– con la con­vic­ción de ver­lo, a más tar­dar, el vier­nes de la sema­na siguien­te. Esa maña­na, recuer­da, se le veía ansio­so por la reu­nión. Y, poco antes de des­pe­dir­se, le sol­tó una fra­se que le segui­ría ron­dan­do en la cabe­za duran­te el día: “Si es que algo me pasa­ra en el trans­cur­so del camino, tú te que­das a car­go de cui­dar a tu mamá, a tus her­ma­ni­tos y de seguir la lucha”, le dijo. 

La muer­te de Ríos Pérez no solo enviu­dó a su madre, Ergi­lia Ren­gi­fo López, tam­bién dejó a nue­ve her­ma­nos sin el líder del hogar, uno de ellos de ape­nas un mes de naci­do. Por eso, Dia­na –la mayor– tuvo que asu­mir un nue­vo rol: con­ver­tir­se en una líder para encon­trar jus­ti­cia por los ase­si­na­tos y per­sis­tir en la defen­sa del anta­mi­ki (bos­que ama­zó­ni­co). 
 

Resis­ten­cia ashé­nin­ka 
 

Sawe­to es una comu­ni­dad indí­ge­na perua­na ubi­ca­da cer­ca de la fron­te­ra con Bra­sil. Para lle­gar has­ta allí es nece­sa­rio nave­gar duran­te una sema­na des­de Pucall­pa, la capi­tal de la región Uca­ya­li. En su terri­to­rio, con una exten­sión titu­la­da ‑reco­no­ci­da por el Esta­do- de 77 mil hec­tá­reas, cre­cen árbo­les cuya made­ra tie­ne un alto valor en el mer­ca­do: el cedro, la cao­ba y el shihuahua­co, este últi­mo ame­na­za­do por la tala indiscriminada.

La pre­sen­cia de made­re­ros ile­ga­les no es inusual en sus bos­ques, y el padre de Dia­na jun­to a los tres diri­gen­tes ase­si­na­dos con él ‑Edwin Cho­ta Vale­ra, Leon­cio Quin­tí­si­ma y Fran­cis­co Pine­do- ya habían sido ame­na­za­dos en varias oportunidades. 

Des­de su muer­te, Dia­na ha lidia­do con suce­si­vos retra­sos en la bús­que­da de los res­pon­sa­bles y eva­si­vas por par­te de los fun­cio­na­rios públi­cos a car­go de la inves­ti­ga­ción. Algo que ya había ocu­rri­do en el pasa­do, con las denun­cias pre­sen­ta­das por Edwin Cho­ta Vale­ra, exje­fe ashé­nin­ka de la comunidad.

Seis años antes, Cho­ta había ini­cia­do una bata­lla legal para pedir que se inves­ti­ga­ra la pre­sen­cia de tala­do­res ile­ga­les en los bos­ques de Sawe­to. Y, aun­que las auto­ri­da­des sabían que la comu­ni­dad era aco­sa­da por los made­re­ros, las inda­ga­cio­nes de la fis­ca­lía ambien­tal de Uca­ya­li no empe­za­ron has­ta que se cono­ció el crimen.

La inves­ti­ga­ción de este orga­nis­mo, ana­li­za­da en el infor­me Sawe­to: La vio­len­cia de la impu­ni­dad en la Ama­zo­nía de Ojo­Pú­bli­co, evi­den­ció una cade­na de irre­gu­la­ri­da­des y des­es­ti­mó la infor­ma­ción pre­sen­ta­da por los diri­gen­tes como sus­ten­to de la denun­cia ‑foto­gra­fías de los invo­lu­cra­dos en la tala ile­gal y coor­de­na­das de don­de ope­ra­ban ilí­ci­ta­men­te-. Duran­te cua­tro años, ade­más, la fis­ca­lía igno­ró el tes­ti­mo­nio de un tes­ti­go sobre la iden­ti­dad de los auto­res inte­lec­tua­les y mate­ria­les del ase­si­na­to.
 

Ilustración: Enrique Casanto.
VÍCTIMAS. Según la cos­mo­vi­sión ashé­nin­ka, los diri­gen­tes ase­si­na­dos hoy repre­sen­tan a cua­tro gue­rre­ros que murie­ron por defen­der su tierra. 
Ilus­tra­ción: Enri­que Casan­to Shingari.

A la par de estos pro­ble­mas, la repre­sen­ta­ción del caso ante los medios de comu­ni­ca­ción y orga­nis­mos inter­na­cio­na­les reca­yó en Dia­na. Tenía solo 22 años. Esa res­pon­sa­bi­li­dad la lle­vó a via­jar por pri­me­ra vez fue­ra de Sawe­to, en noviem­bre de 2014. Salió de su comu­ni­dad, inte­gra­da por trein­ta fami­lias, y reco­rrió más de cin­co mil kiló­me­tros de dis­tan­cia, a Nue­va York, la cos­mo­po­li­ta ciu­dad esta­dou­ni­den­se de más de 8.6 millo­nes de habi­tan­tes. El moti­vo, un reco­no­ci­mien­to entre­ga­do por la Fun­da­ción Ale­xan­der Soros a los ashé­nin­kas caí­dos por la lucha con­tra la tala ilegal. 

Fue­ron días de cam­bios brus­cos para ella: de una ruti­na en una comu­ni­dad peque­ña y sin ser­vi­cios bási­cos, pasó a inter­ac­tuar con agen­cias de pren­sa y orga­ni­za­cio­nes de la socie­dad civil en una ciu­dad con habi­tan­tes de dife­ren­tes nacio­na­li­da­des y culturas. 

Robert Gui­ma­raes, enton­ces diri­gen­te de la Fede­ra­ción de Comu­ni­da­des Nati­vas de Uca­ya­li y Afluen­tes (Feco­nau) y úni­co peruano que la acom­pa­ñó en esa tra­ve­sía, recuer­da el cho­que cul­tu­ral: “Le sor­pren­día estar una ciu­dad así de gran­de y con edi­fi­cios tan altos. Le lla­ma­ban la aten­ción las cosas moder­nas. Pero siem­pre esta­ba tris­te por­que los hechos [ase­si­na­tos] eran recientes”. 

Gui­ma­raes tam­bién evo­ca un momen­to de la cere­mo­nia don­de cree que Ríos Ren­gi­fo asu­mió que debía con­ti­nuar la defen­sa de la Ama­zo­nía. “Ella se que­bró cuan­do nos hicie­ron ver el vídeo de la lucha de Sawe­to. Cuan­do pasa­ron imá­ge­nes de Edwin Cho­ta y su comu­ni­dad, se le salie­ron las lágri­mas. Pero creo que esta­ba cons­cien­te de que su lucha tenía que con­ti­nuar y eso le daba fuer­za”, dice. 
 

El peso de ser líder
 

Repre­sen­tar a una comu­ni­dad ame­na­za­da por la tala ile­gal no es sen­ci­llo. Menos, cuan­do se tra­ta de un lega­do repen­tino. Para Mar­goth Quis­pe, ami­ga de Dia­na y abo­ga­da que acom­pa­ña el pro­ce­so de Sawe­to, la here­de­ra de Ríos nece­si­ta­ba un res­pi­ro para su due­lo pero ocu­rrió lo con­tra­rio: Dia­na, jun­to a las viu­das, empe­za­ron a tener una expo­si­ción en la pren­sa que las lle­gó a satu­rar. Ella, dice Quis­pe, no mos­tra­ba su inco­mo­di­dad de for­ma tajan­te, pero se nota­ba en sus decla­ra­cio­nes escue­tas a los reporteros.

“No esta­ba pre­pa­ra­da para eso. Nece­si­ta­ba enten­der qué había pasa­do y qué iba a ser de su fami­lia y de ella. No tuvo una pau­sa para decir ‘a par­tir de esto voy a hacer tal o cual cosa’. Esa pre­sión era pesa­da”, ase­gu­ra Quis­pe, quien ade­más ha sido tes­ti­go de sus ini­cios en las reunio­nes para defi­nir las estra­te­gias en la titu­la­ción de la comu­ni­dad, algo que con­si­guie­ron casi un año des­pués del múl­ti­ple asesinato. 

Avan­ces como ese, hicie­ron que Dia­na per­sis­ta en la defen­sa de los terri­to­rios ama­zó­ni­cos. Des­pués de una déca­da de par­ti­ci­pa­ción acti­va en Sawe­to, ella se ha con­ver­ti­do en una refe­ren­te de la lucha ambien­tal e indí­ge­na. Ese com­pro­mi­so, sin embar­go, no ha rele­ga­do la bús­que­da de jus­ti­cia y la nece­si­dad de encon­trar algún día los res­tos de su padre. 
 Diana Ríos retrato

LÍDER. Hoy Dia­na Ríos con­vi­ve con sus hijos, her­ma­nos y madre a las afue­ras de Pucall­pa, capi­tal de la región Uca­ya­li. Toda­vía espe­ra jus­ti­cia por el ase­si­na­to de su padre. 
Foto: Archi­vo per­so­nal Dia­na Ríos.
 

En la acu­sa­ción fis­cal con­tra Euri­co Mapes, José Car­los Estra­da, Hugo Soria y los her­ma­nos Segun­do y Josi­mar Ata­chi Félix, los pre­sun­tos ase­si­nos de los diri­gen­tes ashé­nin­kas, se sugi­rió la bús­que­da e iden­ti­fi­ca­ción de los res­tos óseos de las víc­ti­mas no iden­ti­fi­ca­das: el padre de Dia­na y Fran­cis­co Pine­do Ramí­rez. El pro­ce­so, sin embar­go, se man­tie­ne en pau­sa por fal­ta de res­pues­tas del Poder Judi­cial de Ucayali. 

Esa incer­ti­dum­bre hizo que, duran­te mucho tiem­po, Dia­na pen­sa­ra que su padre no había muer­to. “He encon­tra­do su polo, su mochi­la, pero menos a mi papá. Enton­ces, para mí era como si él estu­vie­ra vivo”, dice con la voz entrecortada. 

En 2018, sin embar­go, hizo un ritual de ayahuas­ca –una bebi­da tra­di­cio­nal de la Ama­zo­nía con efec­tos alu­ci­nó­ge­nos– como par­te del pro­ce­so de due­lo. “Qui­se hacer una sesión, para ver den­tro de mí mis­ma [y com­pro­bar] si mi papá esta­ba vivo o muer­to. Para mí, en todo momen­to esta­ba vivo. Pero, cuan­do tomé [ayahuas­ca], vi lo que le hicie­ron ese día. Sí, era él”, rela­ta.
 

Nue­va con­vi­ven­cia
 

Hoy, si Dia­na repre­sen­ta el ros­tro de Sawe­to hacia el mun­do, su madre hace lo pro­pio al inte­rior de la comu­ni­dad. Ergi­lia Ren­gi­fo López tra­ba­ja en el con­se­jo direc­ti­vo de la loca­li­dad, espa­cio des­de el que orga­ni­za y coor­di­na pro­gra­mas socia­les. A ini­cios de 2020 ambas deci­die­ron mudar­se a las afue­ras de Pucall­pa para acom­pa­ñar el pro­ce­so judi­cial des­de la capi­tal depar­ta­men­tal, pero siguen en con­tac­to con los diri­gen­tes para estar infor­ma­das sobre lo que ocu­rre en el día a día en el territorio. 

En esta nue­va con­vi­ven­cia jun­to a su nume­ro­sa fami­lia –inte­gra­da por su mamá, her­ma­nos e hijos – , Dia­na no ha per­di­do la opor­tu­ni­dad de ense­ñar­le a los más peque­ños de la casa la impor­tan­cia de su cul­tu­ra. Les expli­ca en ashé­nin­ka la rele­van­cia de defen­der la Ama­zo­nía, qui­zá con la año­ran­za de que sigan sus pasos y se vuel­va reali­dad aquel deseo de tener ‘40 Dianas’. 

Ilustración: Enrique Casanto

ASHÉNINKAS. Repre­sen­ta­ción de Alto Tama­ya Sawe­to, comu­ni­dad perua­na ubi­ca­da en la fron­te­ra con Brasil. 

Ilus­tra­ción: Enri­que Casan­to Shingari.

“[Quie­ro] que vean que un arbo­li­to es como un niño, que lo plan­tas y lo cui­das. Si no lo hace­mos y lo depre­da­mos, va murien­do; y es como si fue­ra murien­do un niño”, cuen­ta, emu­lan­do al maes­tro que fue su padre. 

En medio de una pan­de­mia que para­li­zó a todo el apa­ra­to esta­tal, aguar­da el reini­cio del pro­ce­so judi­cial lejos de Sawe­to, pero con la espe­ran­za de regre­sar. No hay fecha exac­ta para ese retorno. Tam­po­co para el ini­cio de la audien­cia con­tra los acu­sa­dos del ase­si­na­to. El pasa­do 21 de agos­to la cita en el Poder Judi­cial de Uca­ya­li fue sus­pen­di­da por quin­ta vez. 

Entre­tan­to, como par­te de las acti­vi­da­des más urgen­tes, Dia­na lle­vó prue­bas rápi­das y medi­ci­nas a comu­ni­da­des indí­ge­nas colin­dan­tes a Sawe­to –San Miguel de Cham­bi­ra, Putaya y Toma­jau– que luchan con­tra la covid-19. En Uca­ya­li, la región don­de se encuen­tran estas y otras comu­ni­da­des indí­ge­nas, los con­ta­gios ya supe­ran los 15 mil casos positivos. 

Duran­te el sobre­vue­lo de ese tra­yec­to, mien­tras veía la natu­ra­le­za des­de la avio­ne­ta, la líder ashé­nin­ka sin­tió emo­cio­nes encon­tra­das. Ver de nue­vo el bos­que le tra­jo recuer­dos de su infan­cia. Pero, a la vez, pen­sa­ba en el ase­si­na­to de su padre.

“Yo nací den­tro de ese bos­que y cre­cí alre­de­dor de él. Depen­de de cada uno enten­der­lo, pero para mí sig­ni­fi­ca mucho”, dice una noche de agos­to, mien­tras, des­de su celu­lar, moni­to­rea las últi­mas urgen­cias del día en Saweto.

FUENTE: Ojo Público

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