Nues­tra­mé­ri­ca. Los nue­vos desa­fíos de la juven­tud de izquier­da

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 16 de sep­tiem­bre de 2020.

Duran­te los últi­mos años la demo­cra­cia elec­to­ral se ha ins­ti­tu­cio­na­li­za­do en la región. Sola­men­te has­ta el 2009, cer­ca de 500 millo­nes de lati­no­ame­ri­ca­nos vota­ban regu­lar­men­te. Esto sig­ni­fi­ca que el pro­ta­go­nis­mo de los pro­ce­sos polí­ti­cos ya no radi­ca en las estruc­tu­ras y los apa­ra­tos mili­ta­res sino en las agru­pa­cio­nes polí­ti­cas y las fuer­zas de los movi­mien­tos socia­les. En ese con­tex­to, los dere­chos civi­les y polí­ti­cos han mere­ci­do y toma­do mayo­res espa­cios que en el pasa­do. Las juven­tu­des des­de sus espa­cios orga­ni­za­ti­vos, han toma­do un rol impor­tan­te en moto­ri­zar estos espa­cios de masi­fi­ca­ción polí­ti­ca.

Duran­te los últi­mos años la demo­cra­cia elec­to­ral se ha ins­ti­tu­cio­na­li­za­do en la región. Sola­men­te has­ta el 2009, cer­ca de 500 millo­nes de lati­no­ame­ri­ca­nos vota­ban regu­lar­men­te. Esto sig­ni­fi­ca que el pro­ta­go­nis­mo de los pro­ce­sos polí­ti­cos ya no radi­ca en las estruc­tu­ras y los apa­ra­tos mili­ta­res sino en las agru­pa­cio­nes polí­ti­cas y las fuer­zas de los movi­mien­tos socia­les. En ese con­tex­to, los dere­chos civi­les y polí­ti­cos han mere­ci­do y toma­do mayo­res espa­cios que en el pasa­do. Las juven­tu­des des­de sus espa­cios orga­ni­za­ti­vos, han toma­do un rol impor­tan­te en moto­ri­zar estos espa­cios de masi­fi­ca­ción polí­ti­ca.

Sin embar­go, se han des­que­bra­ja­do y vul­ne­ra­do los pro­ce­sos demo­crá­ti­cos en Lati­noa­mé­ri­ca por las gran­des éli­tes polí­ti­cas que res­pon­den a los intere­ses de la oli­gar­quía lati­no­ame­ri­ca­na. Es muy lar­go con­sig­nar la his­to­ria del inter­ven­cio­nis­mo como polí­ti­ca exte­rior esta­dou­ni­den­se en Amé­ri­ca Lati­na y otros paí­ses del mun­do.

Vio­len­tos o inte­li­gen­tes, dis­fra­za­dos de lega­li­dad o no, los gol­pes de esta­do han sido el meca­nis­mo que EE.UU. y las oli­gar­quías nacio­na­les uti­li­zan para recu­pe­rar el poder cuan­do sec­to­res pro­gre­sis­tas o popu­la­res que, por la vía de la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va y pro­ta­gó­ni­ca, acce­den al Gobierno, y comien­zan a rea­li­zar refor­mas socia­les que bus­can el bien­es­tar de las amplias mayo­rías.

Lo antes cita­do reve­la que nada de esto fue­se posi­ble sin la efer­ves­cen­cia, con­cien­cia, poli­ti­za­ción y orga­ni­za­ción de la juven­tud. La izquier­da y las dis­tin­tas corrien­tes pro­gre­sis­tas, han con­tri­bui­do enor­me­men­te a la vida social y polí­ti­ca de las nacio­nes duran­te más de 20 años en la región, hoy que rena­ce la nece­si­dad de vigo­ri­zar­se ante la cri­sis eco­nó­mi­ca y social exis­ten­te, vién­do­se refle­ja­da en la pobla­ción más vul­ne­ra­ble. Es menes­ter for­ta­le­cer­se a tra­vés de una auto­crí­ti­ca sin­ce­ra y vol­vien­do al tra­ba­jo de masas, pla­nes de acción y uni­dad abso­lu­ta.

Debe­mos redi­ri­gir nues­tros espa­cios polí­ti­cos, como una alter­na­ti­va radi­cal a la polí­ti­ca bur­gue­sa o ade­más de algún debi­li­ta­mien­to de la uni­dad de izquier­da, que se enfren­ta a una serie de cri­sis y desa­fíos: ideo­ló­gi­co-pro­gra­má­ti­ca, una cri­sis en la defi­ni­ción de sus polí­ti­cas fren­te al esta­do y las cla­ses domi­nan­tes y en la for­mu­la­ción de estra­te­gias de movi­li­za­ción polí­ti­ca.

La pre­sen­cia de la izquier­da en los movi­mien­tos de masas y las movi­li­za­cio­nes de base sobre cues­tio­nes rela­cio­na­das con la cali­dad de vida de las per­so­nas, aun­que sigue sien­do sus­tan­cial, ha dis­mi­nui­do. No está abor­dan­do con sufi­cien­te vigor y tena­ci­dad temas tras­cen­den­ta­les como las des­igual­da­des en cuan­to a sala­rios y redis­tri­bu­ción de la rique­za.

La for­ma­ción polí­ti­ca e ideo­ló­gi­ca no pue­de con­ver­tir­se en aña­di­du­ras en la cons­ti­tu­ción de espa­cios polí­ti­cos, la influen­cia den­tro de la inte­lec­tua­li­dad pro­gre­sis­ta o de izquier­da está dis­mi­nu­yen­do y dejan­do, a lar­go pla­zo, un vacío gene­ra­cio­nal.

Ideo­ló­gi­ca­men­te, la izquier­da es el úni­co opo­nen­te con­se­cuen­te de las polí­ti­cas neo­li­be­ra­les en el espec­tro polí­ti­co domi­nan­te de la región. Nues­tros diri­gen­tes deben refle­jar­se, de una mane­ra más ade­cua­da, en sus pro­pias polí­ti­cas y prác­ti­cas, espe­cial­men­te a nive­les esta­ta­les. La prác­ti­ca polí­ti­ca no pue­de care­cer de empa­tía y cone­xión con las reali­da­des del pue­blo.

Opo­ner­se efi­caz­men­te al neo­li­be­ra­lis­mo tam­bién sig­ni­fi­ca luchar con­tra los esta­dos repre­si­vos, y defen­der los dere­chos y liber­ta­des fun­da­men­ta­les de los ciu­da­da­nos. Esto plan­tea dos dile­mas para la izquier­da. ¿Cómo pue­de desem­pe­ñar un papel dual como par­ti­do de Gobierno (aun­que solo sea en unos pocos paí­ses) y como par­ti­do u orga­ni­za­ción de opo­si­ción sin el ries­go de ser vis­to como par­te del sis­te­ma y per­der en par­te la cohe­ren­cia o cre­di­bi­li­dad? En segun­do lugar, ¿cómo pue­de la izquier­da lograr un equi­li­brio entre la polí­ti­ca par­la­men­ta­ria y la polí­ti­ca de movi­li­za­ción de masas para pro­mo­ver su cau­sa?

La reso­lu­ción de estos dile­mas exi­ge teo­rías crea­ti­vas y pra­xis ima­gi­na­ti­va. La izquier­da pue­de estar a la altu­ra de estos y otros desa­fíos a los que se enfren­ta sólo si enun­cia una visión cla­ra­men­te eman­ci­pa­do­ra de la trans­for­ma­ción social basa­da en el mar­xis­mo, neo-mar­xis­mo, o en teo­rías pro­gre­sis­tas que ofrez­can una alter­na­ti­va con­vin­cen­te a las polí­ti­cas eco­nó­mi­cas neo­li­be­ra­les y socia­les retró­gra­das. Dise­ñar estra­te­gias inno­va­do­ras de movi­li­za­ción polí­ti­ca y ampliar su atrac­ti­vo al par­ti­ci­par en luchas sobre temas que preo­cu­pan pro­fun­da­men­te a los tra­ba­ja­do­res y la pobla­ción vul­ne­ra­ble.

Para esto es nece­sa­rio desa­rro­llar una visión con­tem­po­rá­nea del desa­rro­llo y rela­cio­nar esto con sus pro­gra­mas y polí­ti­cas públi­cas. Tam­bién debe desa­rro­llar un aná­li­sis agu­do de las cau­sas de los reve­ses elec­to­ra­les que haya sufri­do, inclu­so a tra­vés de las polí­ti­cas socia­les y eco­nó­mi­cas segui­das por sus gobier­nos esta­ta­les, y sus defi­cien­cias para brin­dar pers­pec­ti­vas alter­na­ti­vas y gru­pos socia­les que bus­ca repre­sen­tar.

La bio-sus­ten­ta­bi­li­dad, la izquier­da reco­no­ce las depre­da­cio­nes y el saqueo de los recur­sos natu­ra­les por par­te de los capi­ta­lis­mos neo­li­be­ra­les. Pero toda­vía no ha hecho de la eco­lo­gía un com­po­nen­te cen­tral como mode­lo de desa­rro­llo que defien­de esta como una opor­tu­ni­dad úni­ca de lle­var la eco­lo­gía al cen­tro del esce­na­rio, en medio de la explo­sión de movi­li­za­cio­nes de base en prác­ti­ca­men­te todos los paí­ses en con­tra de los pro­yec­tos des­truc­ti­vos de irri­ga­ción, frac­king, ener­gé­ti­cos y sobre todo el con­trol de la tie­rra, el agua, los mine­ra­les y otros recur­sos natu­ra­les.

Ade­más de esbo­zar tales pers­pec­ti­vas y estra­te­gias pro­gra­má­ti­cas como par­te inte­gral de una polí­ti­ca huma­na que empo­de­ra a los tra­ba­ja­do­res, la izquier­da pue­de ganar enor­me­men­te en cre­di­bi­li­dad y acep­ta­ción popu­lar desa­rro­llan­do alter­na­ti­vas sec­to­ria­les en temas como dere­chos a la tie­rra, el agua y la vivien­da, el acce­so equi­ta­ti­vo a fuen­tes de ener­gía, agri­cul­tu­ra sus­ten­ta­ble, gene­ra­ción de empleo rural, desa­rro­llo urbano, trans­por­te, espa­cios aca­dé­mi­cos (edu­ca­ción libe­ra­do­ra), cul­tu­ra, sis­te­ma de pen­sio­nes, pro­gra­mas espe­cia­les a los tra­ba­ja­do­res infor­ma­les, muje­res sol­te­ras, comu­ni­dad LGBTI+, comu­ni­da­des étni­cas, reli­gio­sas, entre otras.

La lucha con­tra el patriar­ca­do no pue­de dejar­se para el futu­ro; des­pren­der­se de cual­quier polí­ti­ca patriar­cal, que soca­ve el esta­do de jus­ti­cia de igual­dad social. Esta debe inte­grar­se en la agen­da cen­tral de la izquier­da.

Aho­ra depen­de de los dife­ren­tes múscu­los de la izquier­da deci­dir si se deben desa­rro­llar más allá de una alian­za par­ti­dis­ta fle­xi­ble o con­ver­tir­se en acto­res polí­ti­cos más sig­ni­fi­ca­ti­vos. Para ello, los miem­bros deben ampliar el con­sen­so polí­ti­co que cons­ti­tu­ye la base de la izquier­da y reto­mar aque­llas dis­cu­sio­nes que has­ta aho­ra se han evi­ta­do en aras de man­te­ner la UNIDAD polí­ti­ca.

La pre­gun­ta cen­tral sigue sien­do: ¿cuál de las for­mas de demo­cra­cia y auto­de­ter­mi­na­ción iden­ti­fi­ca­das pue­de rea­li­zar­se en las con­di­cio­nes de la inte­gra­ción lati­no­ame­ri­ca­na? Para ello y para evi­tar que­dar­nos en un “com­pro­mi­so for­mal”, es cru­cial una estra­te­gia real­men­te con­vin­cen­te, que ten­ga en cuen­ta las con­tra­dic­cio­nes reales y con­ten­ga pro­pues­tas via­bles para tra­ba­jar­las. Depen­de de noso­tros (lo asu­mo) hacer fren­te a los nue­vos desa­fíos y con­ver­tir­nos en una fuer­za influ­yen­te para los desa­rro­llos futu­ros, o si que­da­mos atra­pa­dos en la vorá­gi­ne de la cri­sis polí­ti­ca que se ha apo­de­ra­do de muchos par­ti­dos y movi­mien­tos socia­les. Toda­vía se pue­de ele­gir si for­mar par­te de la «tera­pia» o un sín­to­ma del decli­ve de unión lati­no­ame­ri­ca­na.

Fuen­te: Tele­sur

Itu­rria /​Fuen­te

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