Bur­ki­na Faso. Atra­pa­dos entre la cri­sis cli­má­ti­ca y la vio­len­cia arma­da

Por Sam Med­nick, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 5 de sep­tiem­bre de 2020.

Tra­du­ci­do del inglés para Rebe­lión por Bea­triz Mora­les Bas­tos

Las fami­lias deses­pe­ra­das en este país del Sahel pade­cen una doble car­ga que ha pro­vo­ca­do que muchas per­so­nas estén des­pla­za­das y e la indi­gen­cia.

KI (pre­fie­re no uti­li­zar su nom­bre com­ple­to por razo­nes de segu­ri­dad), que cre­ció en una comu­ni­dad agrí­co­la al nor­te de Bur­ki­na Faso, nun­ca nece­si­tó mucho para vivir. Su fami­lia comía lo que había plan­ta­do y cria­ba gana­do sufi­cien­te para sen­tir­se segu­ra eco­nó­mi­ca­men­te. Pero aho­ra, por pri­me­ra vez en su vida, este hom­bre de 65 años no sabe cómo va a sobre­vi­vir los pró­xi­mos meses.

Déca­das de cam­bio cli­má­ti­co y años de una vio­len­cia cada vez mayor por par­te de gru­pos arma­dos vin­cu­la­dos tan­to a al-Qae­da y al ISIL (ISIS) como a fuer­zas de defen­sa loca­les (una mez­cla de volun­ta­rios de la comu­ni­dad arma­dos por el gobierno y gru­pos que han toma­do las armas por su cuen­ta) han lle­va­do a la pobre­za a la antes aco­mo­da­da fami­lia de KI. No ha podi­do cul­ti­var ya que varios hom­bres arma­dos lo expul­sa­ron de su gran­ja en noviem­bre. Su reba­ño de 30 vacas, la mayor par­te del cual se dis­per­só y per­dió duran­te el ata­que, ha que­da­do redu­ci­do a solo dos cabe­zas.

Su fami­lia, que aho­ra está des­la­za­da, vive entre la ciu­dad de Titao, don­de que­dan dos pri­mos, y Ouahi­gou­ya, el mayor cen­tro urbano de la pro­vin­cia de Yaten­ga, una ciu­dad seca y pol­vo­rien­ta con un bulli­cio­so mer­ca­do rodea­do de lo que anta­ño fue­ra un den­so bos­que, pero aho­ra no es más que un ári­do desier­to. KI cre­ció a unos 65 kiló­me­tros de la ciu­dad, pero es la pri­me­ra vez que vive en ella.

“Nun­ca había esta­do en esta situa­ción”, nos expli­có sen­ta­do en una tenua­men­te ilu­mi­na­da ofi­ci­na en Ouahi­gou­ya per­te­ne­cien­te a un parien­te. “Es devas­ta­dor”, aña­dió en una rara mues­tra de vul­ne­ra­bi­li­dad este estoi­co padre de 15 hijos. A lo lar­go de las horas que duró la con­ver­sa­ción Ki, sen­ta­do en el bor­de de un sofá, sólo dejó vis­lum­brar oca­sio­nal­men­te su dolor tras per­der casi todo por lo que había tra­ba­ja­do toda su vida.

La región del Sahel, una exten­sión ári­da situa­da al sur del desier­to del Sáha­ra en la que está situa­do Bur­ki­na Faso, es una de las zonas del mun­do más afec­ta­das por el cam­bio cli­má­ti­co. Apro­xi­ma­da­men­te el 80 % de la tie­rra agrí­co­la del Sahel está degra­da­da debi­do a unas tem­pe­ra­tu­ras que han ascen­di­do 1.5 veces más rápi­do que la media mun­dial, según el Foro Eco­nó­mi­co Mun­dial.

Foto: KI cami­na con su hijo Sou­mai­la en la ciu­dad de Ouahi­gou­ya (Sam Mednick/​Al Jazee­ra).

Según un infor­me del gobierno, Bur­ki­na Faso se ha vis­to afec­ta­do por el aumen­to de la mag­ni­tud e inten­si­dad de las sequías, las llu­vias, las olas de calor, los fuer­tes vien­tos y las tor­men­tas de pol­vo. Según Richard Munang, coor­di­na­dor regio­nal de cam­bio cli­má­ti­co de Áfri­ca para el Pro­gra­ma de las Nacio­nes Uni­das para el Medio Ambien­te, este país es el vigé­si­mo país más vul­ne­ra­ble al cam­bio cli­má­ti­co y tri­gé­si­mo quin­to menos pre­pa­ra­do del mun­do. Tam­bién expli­có que más de una ter­ce­ra par­te de la tie­rra de Bur­ki­na Faso está degra­da­da y esa degra­da­ción avan­za a un rit­mo de 360.000 hec­tá­reas al año.

Según Inter­na­tio­nal Cri­sis Group, el cam­bio cli­má­ti­co es en par­te res­pon­sa­ble del “ori­gen de la cri­sis que afec­ta al Sahel Cen­tral”. Las sequías de las déca­das de 1970 y 1980 cam­bia­ron la diná­mi­ca agro­pas­to­ral a favor de los agri­cul­to­res dedi­ca­dos al cereal y la ver­du­ra, que se vie­ron menos afec­ta­dos que las mar­gi­na­das comu­ni­da­des de pas­to­res. Años de sequía devas­ta­ron los reba­ños de los pas­to­res, que depen­dían de mover su gana­do de unos pas­tos a otros. Aun­que los agri­cul­to­res tam­bién se vie­ron afec­ta­dos, siguie­ron pro­du­cien­do comi­da y con el exce­den­te de dine­ro invir­tie­ron en gana­do y emplea­ron a los enton­ces empo­bre­ci­dos pas­to­res. Según Inter­na­tio­nal Cri­sis Group, la mar­gi­na­ción de los pas­to­res empe­zó en ese perio­do.

La devas­ta­ción cli­má­ti­ca y eco­nó­mi­ca de Bur­ki­na Faso ha ido acom­pa­ña­da de un con­flic­to arma­do en la zona. Tras el gol­pe de Esta­do mili­tar de 2012 en el vecino Mali varios gru­pos arma­dos se apro­ve­cha­ron de la ines­ta­bi­li­dad y toma­ron par­te del nor­te del país. Des­de enton­ces la vio­len­cia regio­nal ha lle­ga­do a unos nive­les sin pre­ce­den­tes y ha pro­vo­ca­do una atroz cri­sis huma­ni­ta­ria en Mali, Niger y Bur­ki­na Faso. Según la ONU, hay más de un millón de per­so­nas des­pla­za­das por estos tres paí­ses.

Varios ata­ques vin­cu­la­dos a al-Qae­da y el ISIL han con­ver­ti­do recien­te­men­te a Bur­ki­na Faso en el epi­cen­tro de la cri­sis. Esta antes pací­fi­ca nación se man­tu­vo duran­te años al mar­gen del con­flic­to que pade­cían sus veci­nos. Pero el derro­ca­mien­to en 2014 del que duran­te mucho tiem­po había sido el pre­si­den­te del país, Blai­se Com­pao­re, y el des­man­te­la­mien­to de la uni­dad de fuer­zas espe­cia­les, pre­pa­ró el camino a los ata­ques. Des­de enton­ces la vio­len­cia que empe­zó en el Sahel y en las regio­nes del nor­te se ha exten­di­do por todo el país hacia el este y oes­te, y pro­vo­ca­do el des­pla­za­mien­to de casi un millón de per­so­nas y la muer­te de casi 2.000 el año pasa­do. Los gru­pos arma­dos exa­cer­ba­ron los con­flic­tos por la pose­sión de la tie­rra y los recur­sos, y los rela­cio­na­dos con el ori­gen étni­co, pro­vo­ca­ron vio­len­cia y lle­va­ron a comu­ni­da­des como la de KI a la deses­pe­ra­ción.

Días mejo­res

La agri­cul­tu­ra mar­có la vida de KI des­de que tie­ne recuer­do. Cuan­do era un mucha­cho ayu­da­ba a su padre a cul­ti­var maíz, arroz, sésa­mo y mijo en su peque­ña aldea de Bou­na, en la pro­vin­cia de Loroum de Bur­ki­na Faso, don­de vivió has­ta que fue ata­ca­da por hom­bres arma­dos en noviem­bre. Recor­dó que a prin­ci­pios de la déca­da de 1960 bas­ta­ba un poco de tra­ba­jo en par­ce­las peque­ñas para obte­ner unos resul­ta­dos inmen­sos. Una cose­cha podía pro­du­cir comi­da para un año e inclu­so pro­du­cir sufi­cien­te cose­cha para rega­lar­la a veci­nos con menos recur­sos. “No uti­li­zá­ba­mos nin­gún pes­ti­ci­da ni téc­ni­cas espe­cia­les, ni siquie­ra burros o bue­yes, tra­ba­já­ba­mos a mano”, afir­mó KI. Son­rien­do con nos­tal­gia, recor­dó las cose­chas y que se nece­si­tan 30 o 40 per­so­nas más para aca­rrear en la cabe­za des­de la gran­ja a la casa los aba­rro­ta­dos ces­tos de fru­ta y ver­du­ra. El ren­di­mien­to era tan gran­de que cada per­so­na tenía que andar varias veces unos cin­co kiló­me­tros para poder trans­por­tar­lo todo.

En aque­llos días rara vez se nece­si­ta­ba dine­ro, vivían sim­ple­men­te de la tie­rra. La gran­ja pro­du­cía más que sufi­cien­te para que comie­ran él y sus diez her­ma­nos, y algo­dón sufi­cien­te para que las muje­res hicie­ran ropa. Si alguien que­ría via­jar podía o bien cami­nar o uti­li­zar un burro.

Foto: Una mujer cava en un cam­po ári­do en las afue­ras de Uaga­du­gú en bus­ca de pie­dras para ven­der en el mer­ca­do y ganar dine­ro para com­prar comi­da, por­que ya no pue­de cul­ti­var en la tie­rra (Sam Mednick/​Al Jazee­ra).

Recor­dó que aun­que la escue­la era gra­tui­ta, la mayo­ría de las fami­lias solo envia­ban a un hijo a la escue­la ya que solo había escue­las en las ciu­da­des más gran­des y la edu­ca­ción no se con­si­de­ra­ba una prio­ri­dad. El her­mano mayor de KI fue a la escue­la en Ouahi­gou­ya mien­tras el res­to de los hijos se que­da­ron en la gran­ja.

KI afir­mó que inclu­so cuan­do se nece­si­ta­ba dine­ro, este no era como el actual. Has­ta jus­to des­pués de nacer él la gen­te paga­ba con con­chas mari­nas en vez de con dine­ro. Pero hoy es raro ver una con­cha vie­ja, la mayo­ría se han inter­cam­bia­do por artícu­los, aun­que toda­vía se pue­de ver algu­na en los esca­pa­ra­tes de las tien­das, un recuer­do de otros tiem­pos más fáci­les y sen­ci­llos. “Cuan­do pien­so en aque­llos tiem­po y los com­pa­ro con los actua­les, la gen­te no sufría como aho­ra”; afir­mó KI.

“La cose­cha fue muy mala”

Años de cam­bio cli­má­ti­co y de vio­len­cia han pro­vo­ca­do una espan­to­sa cri­sis huma­ni­ta­ria en el Sahel. El pasa­do mes de abril el Pro­gra­ma Mun­dial de Ali­men­tos advir­tió que la situa­ción “se esta­ba des­con­tro­lan­do” y había más de cin­co millo­nes de per­so­nas que se enfren­ta­ban a una gra­ve inse­gu­ri­dad ali­men­ta­ria en todo el Sahel Cen­tral.

En Bur­ki­na Faso hay más de dos millo­nes de per­so­nas que sufren una inse­gu­ri­dad ali­men­ta­ria gra­ve, fren­te a más de 680.000 el año pasa­do por estas fechas, una can­ti­dad mayor que en los veci­nos Mali y Níger. En las pro­vin­cias del nor­te, como Loroum, don­de KI tie­ne su gran­ja, se espe­ra que la situa­ción nutri­cio­nal siga sien­do gra­ve has­ta julio, según un infor­me de la Orga­ni­za­ción de las Nacio­nes Uni­das para la Agri­cul­tu­ra y la Ali­men­ta­ción.

Duran­te años KI vio dete­rio­rar­se gra­dual­men­te la segu­ri­dad eco­nó­mi­ca y ali­men­ta­ria de su fami­lia. Lo que empe­zó como una llu­via menos cons­tan­te lle­vó a la degra­da­ción del sue­lo y a la esca­sez de cose­chas. KI, que no pue­de recor­dar meses o años espe­cí­fi­cos, rela­cio­na todos los momen­tos sig­ni­fi­ca­ti­vos con el diri­gen­te del país en aquel momen­to. Recuer­da que cuan­do las cosas cam­bia­ron brus­ca­men­te a peor esta­ba en el car­go el pri­mer minis­tro Gerard Kan­go Oue­drao­go. Aque­llo fue a prin­ci­pios de la déca­da de 1970. En el Sahel murie­ron cien mil per­so­nas a con­se­cuen­cia de la sequía y las ham­bru­nas de las déca­das de 1970 y 1980. “La cose­cha fue tan mala que la gen­te tuvo que bus­car hojas y fru­ta en la sel­va para vivir”, recor­dó KI. En una oca­sión al menos el gobierno envió ali­men­tos por avión a la ciu­dad de Titao, la más gran­de cer­ca de la aldea de KI, para tra­tar de ali­viar el ham­bre. KI recuer­da haber lle­va­do bol­sas de mijo rojo a su fami­lia en un carro tira­do por una vaca.

Pero cuan­do se le pre­gun­tó cómo le afec­tó el ham­bre, pre­fi­rió hablar de cómo había afec­ta­do a los demás habi­tan­tes del pue­blo. “En aque­lla épo­ca cono­ci­mos a per­so­nas que solo comía una vez al día… Resul­ta­ba difí­cil ver sufrir a la aldea», afir­mó

Foto: Una mujer coci­na en un cam­po para per­so­nas des­pla­za­das en Bur­ki­na Faso (Archi­vo: Reuters).

A medi­da que pasa­ban los años la tie­rra se secó, los árbo­les des­apa­re­cie­ron y la llu­via se hizo más esca­sa. Las llu­vias que solían empe­zar en mayo aho­ra empie­zan en junio o julio. “No llo­vía sufi­cien­te o a veces, cuan­do llo­vía, salías al poco rato y la tie­rra esta­ba seca”, dijo KI .

Para cuan­do su padre murió en 1985 la vida que había cono­ci­do de joven había des­apa­re­ci­do. Su her­mano mayor y él se encar­ga­ron de la gran­ja, y fue­ron los res­pon­sa­bles de que todos tuvie­ran lo sufi­cien­te para comer. “Des­pués de que nues­tro padre murie­ra había mucha pre­sión para pro­por­cio­nar comi­da”, dijo. KI comen­zó a racio­nar las cose­chas y alma­ce­nar­las para pre­pa­rar­se para los años difí­ci­les, y com­pró fer­ti­li­zan­te para hume­de­cer el sue­lo.

En aque­llos años algu­nos de sus tíos que lucha­ban por sacar ade­lan­te sus gran­jas se tras­la­da­ron al pue­blo occi­den­tal de Bobo-Diou­las­so, don­de el gobierno dis­tri­buía par­ce­las de tie­rra fér­til. Pero KI no qui­so dejar la gran­ja de su fami­lia y eli­gió aguan­tar. Algu­nos años pro­du­jo mucho y otros nada, y cada año tuvo que aho­rrar lo sufi­cien­te para futu­ras difi­cul­ta­des.

Con el tiem­po se hizo difí­cil encon­trar tie­rra fér­til para cul­ti­var y los agri­cul­to­res tuvie­ron que aven­tu­rar­se cada vez más den­tro del bos­que para cul­ti­var ali­men­tos.

A dife­ren­cia de cuan­do KI era un niño que tra­ba­ja­ba con su padre y la tie­rra bue­na de cul­ti­vo esta­ban jus­to al lado de su casa, su hijo tuvo que pasar dos meses dur­mien­do en la gran­ja duran­te la cose­cha, por­que la tie­rra de cul­ti­vo via­ble esta­ba mucho más lejos. Ten­di­do en el sofá fren­te a su padre en la ofi­ci­na de Ouahi­gou­ya, Sou­mai­la, de 26 años, dijo que estu­vo diez años vivien­do en la gran­ja duran­te la cose­cha. “Es duro ir a los cam­pos, es menos segu­ro que dor­mir en casa y hay ser­pien­tes y ani­ma­les sal­va­jes”, dijo. Cuan­do en 2014 Sou­ma­lia dejó el pue­blo para ir a la escue­la en Ouahi­gou­ya uno de sus her­ma­nos lo sus­ti­tu­yó duran­te la cose­cha. Las cosas con­ti­nua­ron así has­ta que el pasa­do mes de noviem­bre unos hom­bres arma­dos los echa­ron de la gran­ja.

Ame­na­zas de ata­ques arma­dos

La comu­ni­dad de KI, que está situa­da en uno de los epi­cen­tros de la vio­len­cia, es una de las muchas comu­ni­da­des que se encuen­tran atra­pa­das entre las omni­pre­sen­tes ame­na­zas del cam­bio cli­má­ti­co y los ata­ques vio­len­tos.

El 30 de mayo el gobierno afir­mó que los “terro­ris­tas” había mata­do al menos a 15 per­so­nas, niños inclui­dos, en un ata­que con­tra un gru­po de comer­cian­tes que via­ja­ban por ciu­da­des del nor­te, no lejos del pue­blo de KI. Según un infor­me de segu­ri­dad inter­na des­ti­na­do a orga­ni­za­cio­nes de ayu­da al que tuvo acce­so al Jazee­ra, el 28 de abril cua­tro muje­res, una de ellas emba­ra­za­da, fue­ron ase­si­na­das por un arte­fac­to explo­si­vo case­ro cuan­do salían del mer­ca­do en la comu­na de Titao, la mis­ma zona en la que está la gran­ja del KI. Fue la segun­da explo­sión en esa zona en un mes.

Cuan­to más lejos tie­nen que ir los agri­cul­to­res en bus­ca de tie­rras, más se expo­nen al peli­gro de ser secues­tra­dos por hom­bres arma­dos, dijo Mamou­dou Oue­drao­go, fun­da­dor de la Aso­cia­ción para la Edu­ca­ción y el Medio Ambien­te, un gru­po de ayu­da local. Afir­mó que en octu­bre unos “terro­ris­tas” habían secues­tra­do a un mecá­ni­co de la ciu­dad de Titao cuan­do esta­ba bus­can­do un buen terreno. “No hemos vuel­to a saber de él has­ta aho­ra”, aña­dió.

Foto: Sol­da­dos de Bur­ki­na Faso patru­llan en un pue­blo de la zona del Sahel (Archi­vo: Reuters).

Oue­drao­go tam­bién ha oído hablar de muje­res secues­tra­das y a veces vio­la­das cuan­do bus­ca­ban leña. Afir­mó que los secues­tros rela­cio­na­dos con el cli­ma son más fre­cuen­tes en la tem­po­ra­da de llu­vias, que comien­za en torno a mayo o junio, por­que la gen­te via­ja más lejos para cul­ti­var. En 2019 los secues­tros aumen­ta­ron con res­pec­to al año ante­rior, aun­que no pudo pro­por­cio­nar cifras con­cre­tas.

Oue­drao­go, que tie­ne más de vein­te años de expe­rien­cia tra­ba­jan­do en cues­tio­nes medioam­bien­ta­les por todo el país, ha cons­ta­ta­do que hay una corre­la­ción direc­ta entre el cam­bio cli­má­ti­co y el reclu­ta­mien­to por par­te de gru­pos arma­dos. “Cuan­do lo has per­di­do todo, inclu­so los ali­men­tos, estás al bor­de de la deses­pe­ra­ción, de modo que estás dis­pues­to a encon­trar una solu­ción don­de sea posi­ble, inclui­dos los terro­ris­tas”, afir­mó. Y aña­dió que muchos de los reclu­ta­dos pro­vie­nen de las par­tes más empo­bre­ci­das del país.

Sin embar­go, algu­nas per­so­nas que han sido ata­ca­das por los terro­ris­tas afir­man que por muy deses­pe­ra­dos que estén nun­ca se uni­rían a ellos. “Si per­so­nas de estos gru­pos te per­si­guen, ¿por qué unir­te a ellos? Aun­que te pro­por­cio­nen dine­ro o comi­da. Pre­fe­ri­ría morir”, dijo Sou­mai­la.

Foto: Par­te del con­flic­to arma­do que afec­ta a Bur­ki­na Faso se ori­gi­nó en el vecino Malí en 2012 (Archi­vo: Reuters).

KI tie­ne una casa peque­ña en Titao don­de vive con sus tres espo­sas e hijos, pero dijo que es dema­sia­do peque­ña para alber­gar a todos, aun­que no tie­ne sufi­cien­te dine­ro para cons­truir una mayor. Como no pue­den cul­ti­var, viven de la comi­da de la cose­cha del año pasa­do y depen­den de lo que les dan ami­gos y fami­lia­res.

Pero cuan­do se le pre­gun­ta qué pasó cuan­do fue ata­ca­da su aldea, KI no quie­re hablar de ello. Tam­po­co quie­re hablar de la cada vez mayor ines­ta­bi­li­dad del país, que le ha obli­ga­do a dejar sus tie­rras y ha para­li­za­do su medio de vida. En vez de hablar, per­ma­ne­ce en silen­cio, miran­do al fren­te y tra­tan­do de encon­trar solu­cio­nes.

Afir­mó que la fal­ta de esta­bi­li­dad finan­cie­ra le había impe­di­do cons­truir una nue­va casa, arre­glar la moto y com­prar maqui­na­ria más moder­na, como una aza­da eléc­tri­ca, lo que faci­li­ta­ría el cul­ti­vo de las cose­chas, dijo. Pero sobre todo, le preo­cu­pa su situa­ción eco­nó­mi­ca. Es el pri­mer año que la fami­lia no pue­de acce­der a la gran­ja debi­do a la inse­gu­ri­dad. Aun­que cul­ti­van una par­ce­la más peque­ña en el pue­blo al que los han des­pla­za­do, no cul­ti­va­rán lo sufi­cien­te para todo el año y a KI le preo­cu­pa que su fami­lia no ten­ga sufi­cien­te comi­da para sobre­vi­vir.

Adap­tar­se al cam­bio cli­má­ti­co

Se sue­le vin­cu­lar la vio­len­cia en el Sahel con la com­pe­ten­cia por los recur­sos natu­ra­les, aun­que los obser­va­do­res inter­na­cio­na­les advier­ten que el gobierno y los gru­pos de ayu­da deben abor­dar el cam­bio cli­má­ti­co des­de una pers­pec­ti­va dife­ren­te a la hora de pro­por­cio­nar solu­cio­nes a las comu­ni­da­des. “Es esen­cial luchar con­tra el cam­bio cli­má­ti­co y sus efec­tos, lo que inclu­ye una mayor pre­sión sobre la tie­rra, en par­ti­cu­lar en las zonas rura­les. Pero la esca­sez de recur­sos no es ni el úni­co fac­tor ni el deter­mi­nan­te de la cada vez mayor inse­gu­ri­dad”, seña­ló en abril Inter­na­tio­nal Cri­sis Group en un infor­me.

Foto: Per­so­nas des­pla­za­das, que huye­ron de los ata­ques de mili­tan­tes arma­dos, se reúnen cer­ca de un cam­po de la ONU (Archi­vos: Reuters).

El infor­me seña­la que a menu­do hay muchos recur­sos, pero las auto­ri­da­des care­cen de la capa­ci­dad o de la legi­ti­mi­dad para mediar en los con­flic­tos sobre el acce­so a ellos. Las polí­ti­cas cli­má­ti­cas debe­rían cen­trar­se más en la adap­ta­ción que en la pre­mi­sa de que los recur­sos no son lo sufi­cien­te­men­te abun­dan­tes.

Hace unos cin­co años el gobierno de Bur­ki­na Faso modi­fi­có el nom­bre del Minis­te­rio de Medio Ambien­te para incluir las pala­bras “eco­no­mía ver­de y cam­bio cli­má­ti­co”, en un inten­to de dar un enfo­que adap­ta­do y más fir­me ante el cam­bio cli­má­ti­co, indi­có Colet­te Kabo­re, direc­to­ra para la pro­mo­ción de la acción para la resi­lien­cia cli­má­ti­ca del Minis­te­rio.

El Minis­te­rio se cen­tra en com­bi­nar la sil­vi­cul­tu­ra y la agri­cul­tu­ra, lo que Kabo­re deno­mi­na rege­ne­ra­ción natu­ral. Afir­mó que si se quie­ren cor­tar árbo­les, el gobierno acon­se­ja no cor­tar todos los árbo­les de la vecin­dad, sino dejar algu­nos en pie. El Minis­te­rio tam­bién ayu­da a las indus­trias afec­ta­das por el cli­ma a adap­tar­se a la sequía fomen­tan­do el plan­tar tan­to árbo­les que pue­dan sobre­vi­vir con menos agua, como fru­ta­les (por ejem­plo, el ballan­ti­ne), para pro­por­cio­nar más ali­men­to a la pobla­ción. Kabo­re aña­dió que el Minis­te­rio tam­bién pro­mue­ve prác­ti­cas que no con­ta­mi­nen el entorno, como el uso de ener­gías reno­va­bles, por ejem­plo, bom­bas sola­res.

En los diez últi­mos años la con­ta­mi­na­ción ha teni­do un impac­to devas­ta­dor, en par­ti­cu­lar para los gana­de­ros. Un 30 % del gana­do mue­re debi­do a la inges­ta de plás­ti­co, dijo Oue­drao­go, direc­tor del gru­po eco­lo­gis­ta local. Las vacas supo­nen una impor­tan­te fuen­te de ingre­sos para los agri­cul­to­res pues­to que pro­por­cio­nan leche, car­ne y estiér­col para fer­ti­li­zar. Una vaca se pue­de ven­der por unos 300 dóla­res, de modo que cuan­do los agri­cul­to­res tie­nen menos vacas, tie­nen menos esta­bi­li­dad finan­cie­ra.

Foto: Una cabra come res­tos de plás­ti­co en un ver­te­de­ro de basu­ra en las afue­ras de Uaga­du­gú (Sam Mednick/​Al Jazee­ra).

Oue­drao­go dijo que hace cua­tro años per­dió nue­ve de cada diez vacas, que murie­ron por inge­rir plás­ti­co cuan­do pas­ta­ban dema­sia­do cer­ca de la ciu­dad, dijo. “Al abrir­las tenían el estó­ma­go lleno de plás­ti­co”. Su orga­ni­za­ción tra­ba­ja con comu­ni­da­des loca­les de Titao y de la comu­na veci­na de Ouin­di­gui para reco­ger y trans­for­mar las bol­sas de plás­ti­co en bal­do­sas, bol­sos y bol­sas de com­pras. Pla­nean empe­zar a hacer mesas y ban­cos. El gru­po tam­bién tra­ta de plan­tar árbo­les en las zonas don­de los han cor­ta­do todos, pero es difí­cil. Muchos árbo­les mue­ren por­que no hay agua sufi­cien­te.

En un via­je a Ouahi­gou­ya en abril al Jazee­ra visi­tó una zona que las per­so­nas que vivían ahí afir­ma­ron que hace cua­tro déca­das era un den­so bos­que reple­to de flo­ra y fau­na. Hoy en día es un tro­zo de tie­rra ári­da con unos cuan­tos arbus­tos A lo lar­go de los años los gana­de­ros obli­ga­dos a aban­do­nar el Sahel debi­do a la deser­ti­za­ción se fue­ron des­pla­zan­do más al sur y muchas par­tes de Ouahi­gou­ya sufrie­ron un pas­to­reo exce­si­vo.

Los cria­do­res de gana­do como KI afir­man que la fal­ta de pas­tos ha hecho impo­si­ble ocu­par­se de tan­tas vacas como antes. “Si en el pasa­do tenías diez vacas, aho­ra pue­des ocu­par­te de cin­co”, dijo.

Des­de que KI per­dió casi todas sus vacas en el ata­que de noviem­bre, no quie­re pen­sar en ven­der las dos úni­cas que le que­dan. Pero pue­de que no ten­ga opción si no pue­de pro­du­cir comi­da sufi­cien­te para su fami­lia esta tem­po­ra­da. “Si no hay comi­da, ten­dré que ven­der­las”, afir­ma miran­do al sue­lo con ojos tris­tes. “Pero toda­vía ten­go la espe­ran­za de que algu­nos pue­dan vol­ver”.

Sam Med­nick es una perio­dis­ta que tra­ba­ja en Bur­ki­na Faso.

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Fuen­te: Rebe­lión.

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