Argen­ti­na. Un «agua­fuer­tes» de Mar­ce­lo Val­ko: Cerró el legen­da­rio res­tau­ran­te «Pip­po» tras 83 años

Por Mar­ce­lo Val­ko. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 2 sep­tiem­bre 2020.

En medio de todo lo que ocu­rre, a algu­nos esto les pare­ce­rá estú­pi­do, tal vez lo sea, tal vez no. La cri­sis de la pan­de­mia barre con las vidas, con tra­ba­jos y tam­bién con recuer­dos que lle­va­mos den­tro. Cuan­do empe­cé a estu­diar en la Facul­tad, una de las sedes esta­ba en Corrien­tes al 2000, en lo que hoy es el Cen­tro Cul­tu­ral Rojas. Ingre­sé a la UBA al filo de los 17 años y comen­za­ba la épo­ca de plo­mo de la Dic­ta­du­ra cívi­co mili­tar ecle­siás­ti­ca. Yo venía de vivir seis años en Para­guay debi­do al tra­ba­jo de mi vie­jo y Bue­nos Aires me des­lum­bra­da cada minu­to. Todo y todas. Nací en esta ciu­dad de Bue­nos Aires y tam­bién mis dos hijas y la amo. Yo tra­ba­ja­ba de cade­te de 8 a 17 horas y por eso iba a cur­sar en los hora­rios noc­tur­nos a las comi­sio­nes y teó­ri­cos que podía aga­rrar. Era muy buen alumno. Con algu­nos de los com­pa­ñe­ros a veces íba­mos a comer empa­na­das a La Ame­ri­ca­na “La Rei­na de la Empa­na­das” en Callao y Mitre (asco ese nom­bre del lava­dor de la his­to­ria) pero en oca­sio­nes con un poqui­to más de dine­ro íba­mos a Pip­po que como todos saben esta­ba (aún está) en Mon­te­vi­deo a metros de la Av. Corrien­tes. Con el paso de los años tan­to a La Ame­ri­ca­na como a Pip­po fui con todas y cada una de mis amo­res des­de la épo­ca de la facul­tad has­ta no hace mucho.

En otra oca­sión habla­ré de La Ame­ri­ca­na, aho­ra dado lo ocu­rri­do me deten­go en Pip­po un lugar muy pecu­liar al que fui duran­te déca­da y déca­da. Sus salas gran­des con el des­ni­vel en el medio, mesas en su mayo­ría cua­dra­da y en el últi­mo tiem­po como cosa eso­té­ri­ca habían agre­ga­do un par de mesas cir­cu­la­res cer­ca de las ven­ta­nas. En invierno, cuan­do entra­bas superan­do sus dos puer­tas vai­vén te arro­pa­ba un aro­ma a comi­da, a pas­tas, a tuco bien hecho, a rui­do de cubier­tos y el mur­mu­llo de comen­sa­les satis­fe­chos, cada uno en lo suyo. Nadie jodía. Los mozos del turno noche, los recuer­do con niti­dez a todos, te cono­cían, pero bien cono­ci­do, y te traían la car­ta por traer nomás, sabien­do que el que te jedi siem­pre pedía lo mis­mo: cane­lo­nes con sal­sa doble, cer­ve­za de litro y de pos­tre almen­dra­do con esos cho­rri­tos de char­lo­te que el “chef” des­pa­rra­ma­ba medio chin­ga­do. Cla­ro, las chi­cas solían variar, obvio, y les encan­ta­ba. Y ellos, los mozos enfun­da­dos en su cha­que­ta blan­ca abo­to­na­da has­ta el cue­llo, impe­ca­bles, musa… jamás me habían vis­to y menos con alguien, aun­que a veces des­li­za­ban una mira­da soca­rro­na. Pero yo con mi orto­do­xia dis­fru­ta­ba de lo mis­mo siem­pre, siem­pre igual pero dis­tin­to y sabro­so. La pane­ra que apa­re­cía de inme­dia­to con las man­te­qui­tas, y ese espa­cio para ser en el mun­do con tran­qui­li­dad. Lo úni­co que rom­pía esa… lla­mé­mos­le paz, era el baño que esta­ba arri­ba de la épo­ca en que tam­bién se lle­na­ba el pri­mer piso y que a algu­nas chi­cas le pare­cía medio deso­la­do con todas las mesas y sillas amon­to­na­das. Y al ter­mi­nar de cenar, sus­pi­ra­bas, te ponías de pie, te abri­ga­bas y salías afue­ra al frio del invierno por­te­ño. Era la hora de aban­do­nar un hogar cáli­do y enfren­tar lo des­co­no­ci­do de la ciu­dad que lo com­pen­sa­bas cla­ro, abra­zan­do la talla de la com­pa­ñe­ra que me acom­pa­ña­ba.

Y aho­ra, en medio de toda ésta ver­da­de­ra por­que­ría, Pip­po como otros nego­cios no aguan­tó. Todos los que tene­mos un par de dedos de fren­te sabe­mos que en el “Pri­mer Mun­do” tan­to EEUU., Espa­ña, Ita­lia y demás, cerra­ron infi­ni­dad de comer­cios debi­do a la cua­ren­te­na y aquí todos tam­bién lo vimos, suma­do al des­ca­la­bra eco­nó­mi­co de mag­ni­tud deja­do por el macris­mo. Más allá de movi­das empre­sa­ria­les que apro­ve­chan o no la vola­da, 25 fami­lias que­da­ron en la calle. No voy a com­pa­rar mi desa­zón con gen­te que per­dió su tra­ba­jo y vaya a saber cómo serán las indem­ni­za­cio­nes y cobros y cuan­do habrá un tra­ba­jo pos­te­rior. Pero el cie­rre de Pip­po me cau­sa un dolor pro­fun­do, saber que ya nun­ca más vol­ve­ré a esas mesas a pedir los cane­lo­nes con sal­sa doble, una cer­ve­za de litro y almen­dra­do. Es como morir un poco, aban­do­nar par­te de la vida de uno que esta­ba siem­pre allí, siem­pre igual y de la mis­ma mane­ra espe­ran­do que uno entre, eli­ja una mesa para dos y se sien­te como tan­tos comen­sa­les des­de 1937.

Itu­rria /​Fuen­te

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