Femi­nis­mos. Krysty­na Skar­bek, la mujer sin mie­do

Por Fáti­ma Fru­tos, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 30 de agos­to de 2020.

Naci­da en Polo­nia, de madre judía, fue la mejor espía bri­tá­ni­ca duran­te la II Gue­rra Mun­dial. Amó más que nada su liber­tad y sir­vió a la cau­sa anti­fas­cis­ta con un arro­jo casi inigualable.Krystyna Skar­bek (Var­so­via, 1908 – Lon­dres, 1952) no temió nun­ca a la muer­te. Jamás tuvo mie­do a nada. Su vida fue de una épi­ca apa­bu­llan­te. Pero en su intre­pi­dez hubo un res­qui­cio por el que se coló la mal­di­ta vio­len­cia de géne­ro. Ella, que había sido la mejor espía bri­tá­ni­ca duran­te la Segun­da Gue­rra Mun­dial, fue ase­si­na­da, una vez ter­mi­na­da la con­tien­da y tras ser des­pe­di­da con un mes de sala­rio, en un hote­lu­cho del muni­ci­pio lon­di­nen­se de Ken­sing­ton por un hom­bre que la aco­sa­ba. Krysty­na amó más que nada su liber­tad y fue ama­da por muchos, pero, sobre todo, sir­vió a la cau­sa anti­fas­cis­ta con un arro­jo casi inigua­la­ble.

Krysty­na pro­ce­día de la noble­za pola­ca y como tal se crio, lle­gan­do a domi­nar varios idio­mas. Su padre era un con­de veni­do a menos que pare­cía sali­do de Tarás Bulba, la nove­la de Niko­lái Gógol. Cria­ba caba­llos en la fin­ca don­de en 1810 había naci­do Cho­pin, a quien un parien­te de Krys­ti­na lle­vó has­ta la pila bau­tis­mal. Krys­ti­na podría haber sido, sin duda, una heroí­na de las nove­las de Geor­ge Sand si esta la hubie­se cono­ci­do.

Su padre, un hom­bre pró­di­go y pen­den­cie­ro, se casó con una rica here­de­ra, Ste­fa­nia Gold­fe­der, hija de ban­que­ros judíos, exper­ta en la nove­lís­ti­ca fran­ce­sa del XIX y en tra­tar de incul­cár­se­la a su hija, que solo se dedi­ca­ba a mon­tar a caba­llo y a esquiar. A Krysty­na le qui­sie­ron reba­jar ese carác­ter indó­mi­to del que daba cum­pli­das mues­tras envián­do­la a la escue­la de las bene­dic­ti­nas del Sacré-Coeur de Mont­mar­tre. De allí fue expul­sa­da por pegar­le fue­go a la sota­na de un cura y por lle­var a las otras niñas a la per­di­ción de la rebel­día más sagaz. Así que, de vuel­ta a Polo­nia, le impu­sie­ron estric­tas nor­mas que dura­ron poco por­que la fami­lia se arrui­nó. El crack del 29 en Polo­nia resul­tó catas­tró­fi­co. El con­de Jerzy Skar­bek murió al año siguien­te de tubercu­losis y Krysty­na se puso a tra­ba­jar como con­ta­ble para la Fiat. Allí tomó con­cien­cia de las terri­bles con­di­cio­nes labo­ra­les de los tra­ba­ja­do­res y ella mis­ma con­tra­jo una enfer­me­dad para el res­to de su vida, fibro­sis pul­mo­nar, debi­do al humo que inha­la­ba des­de los tubos de esca­pe. Los médi­cos le acon­se­ja­ron que se reti­ra­se a la natu­ra­le­za y se tras­la­dó a Zako­pa­ne, a los pies de los Tatras, el sec­tor más alto de los Cár­pa­tos y fron­te­ra natu­ral entre Polo­nia y Eslo­va­quia.

Con 23 años tuvo un matri­mo­nio bre­ve con un hom­bre de nego­cios. Des­pués comen­zó a dedi­car­se al con­tra­ban­do de taba­co. En un des­cen­so por aque­llas empi­na­das pen­dien­tes del Rysy, a pun­to de estre­llar­se, es sal­va­da por el escri­tor y diplo­má­ti­co Jerzy Giżyc­ki, un bus­ca­vi­das de fami­lia pola­ca naci­do en la Unión Sovié­ti­ca. No solo con­si­guió evi­tar que se des­pe­ña­ra, sino que deci­die­ron casar­se. Lue­go, el gobierno pola­co le ofre­ció a él el pues­to de cón­sul en Addis Abe­ba, la capi­tal etío­pe, y mien­tras iban en un bar­co has­ta Kenia les lle­ga­ron noti­cias de la inva­sión de Polo­nia. Retor­na­ron a Lon­dres ipso fac­to y allí Krysty­na deci­dió pre­sen­tar­se, alen­ta­da por el escri­tor Fre­de­rick Voigt, en las ofi­ci­nas del Ser­vi­cio Secre­to bri­tá­ni­co, pese a ser mujer, extran­je­ra y haber per­ge­ña­do un plan kami­ka­ze. Este con­sis­tía en infil­trar­se en Var­so­via para con­se­guir infor­ma­ción de los ale­ma­nes e intro­du­cir pro­pa­gan­da des­de Buda­pest. Todo esto cru­zan­do los mon­tes Tatras, la úni­ca fron­te­ra que no esta­ba vigi­la­da por lo impo­si­ble que resul­ta­ba cru­zar­la en invierno.

Krysty­na era una mujer de una apa­ren­te fra­gi­li­dad, del­ga­da y con una enfer­me­dad cró­ni­ca, pero poseía unas increí­bles dotes de per­sua­sión y un cora­je incon­men­su­ra­ble. Su plan fue acep­ta­do y, mien­tras su mari­do se diri­gió a Fin­lan­dia para orga­ni­zar accio­nes anti­na­zis, ella mar­chó a una Buda­pest ates­ta­da de refu­gia­dos. Allí halló al gran amor de su vida, Andrzej Kowers­ki, un hom­bre alto y atrac­ti­vo, que había per­di­do par­te de una pier­na duran­te una cace­ría antes de la gue­rra, pero que, pese a ello, per­te­ne­ció a la la míti­ca Bri­ga­da Negra del ejér­ci­to pola­co que hizo fren­te a la inva­sión nazi. Cuan­do Krys­ti­na le cono­ció tra­ba­ja­ba como agen­te bri­tá­ni­co ayu­dan­do a esca­par a miles de com­pa­trio­tas.

Andrzej, que sabía que la misión de Krys­ti­na era sui­ci­da, la pone en con­tac­to con el esquia­dor olím­pi­co Jan Maru­sarz para que le ayu­da­se a cru­zar los Tatras. Jan y Krys­ti­na se enfren­ta­ron a una tra­ve­sía con tem­pe­ra­tu­ras de menos 30 gra­dos, tor­men­tas de nie­ve que les sepul­ta­ban, ascen­sos de más de 2.500 metros… Y, lo peor de todo, los gri­tos de dece­nas de pola­cos que pere­cían inten­tan­do huir y la terri­ble visión de los cadá­ve­res con­ge­la­dos que se fue­ron encon­tran­do. Aque­lla odi­sea de ida y vuel­ta por los Tatras la repi­tió al menos seis veces en dis­tin­tas misio­nes, lo que pro­vo­có cica­tri­ces en los pul­mo­nes, que lejos de acom­ple­jar­la, le sal­va­ron la vida en una oca­sión.

De espía en Var­so­via no pudo visi­tar nun­ca la casa de su madre, vigi­la­da por judía y que jamás qui­so mover­se de su domi­ci­lio, ni aban­do­nar su tra­ba­jo como pro­fe­so­ra de fran­cés en la clan­des­ti­ni­dad. Esta Demé­ter sin su Pené­lo­pe murió tor­tu­ra­da por la Ges­ta­po en la cár­cel de Pawiak días des­pués de que su hija salie­se de Polo­nia.

Son innu­me­ra­bles los epi­so­dios arries­ga­dí­si­mos en don­de la auda­cia y el valor de Krysty­na que­dó paten­te. No es que fue­se una mujer empo­de­ra­da, es que ella era el empo­de­ra­mien­to en sí cuan­do el femi­nis­mo toda­vía no había inven­ta­do ese voca­blo.

Las rela­cio­nes en tiem­pos de gue­rra se inten­si­fi­ca­ban y Krysty­na tuvo amo­res con varios agen­tes a la vez que esta­ba casa­da con Jerzy Giżyc­ki y com­par­tía su vida con Andrzej Kowers­ki. For­mó trío en Buda­pest con Andrzej y el con­de Wla­di­mir Ledó­chows­ki, ambos ami­gos. El ter­ce­ro en con­cor­dia era un inge­nie­ro y hom­bre cul­tí­si­mo que tra­ba­jó para la resis­ten­cia pola­ca y para los alia­dos en el nor­te de Áfri­ca. Aca­bó sus días como escri­tor en Sudá­fri­ca.

Son insó­li­tos los rela­tos sobre cómo al ser dete­ni­da en una oca­sión, Krys­ti­na sol­tó su collar y empe­zó a gri­tar que eran dia­man­tes para zafar­se de unos poli­cías eslo­va­cos y así huir al bos­que. O cuan­do enga­ñó a la Ges­ta­po al mor­der­se la len­gua y escu­pir san­gre, hacién­do­se pasar por tubercu­losa con una ima­gen radios­có­pi­ca lle­na de boque­tes en sus pul­mo­nes que cau­só pavor entre los nazis. O cuan­do subió al Col de Lar­che (casi 2.000 metros), megá­fono en mano, para que toda una guar­ni­ción de pola­cos, obli­ga­dos a ser­vir a los nazis bajo ame­na­zas de muer­te, se amo­ti­na­sen. O cuan­do una patru­lla ale­ma­na la detu­vo obli­gán­do­le a levan­tar las manos y ella lo hizo con dos her­mo­sas gra­na­das al gri­to de “Sol­tad­me o vola­mos todos”. O cuan­do el emba­ja­dor bri­tá­ni­co en Hun­gría y su espo­sa la escri­to­ra Ann Brid­ge la saca­ron de la emba­ja­da en un male­te­ro y con­ti­nuó el via­je has­ta El Cai­ro en un Opel des­tar­ta­la­do lle­van­do en su poder un micro­film con las pri­me­ras imá­ge­nes de los tan­ques ale­ma­nes, en la fron­te­ra sovié­ti­ca, pre­pa­ra­dos para la Ope­ra­ción Bar­ba­rro­ja. Ade­más, de a la capi­tal egip­cia, en sus misio­nes Krysty­na se des­pla­zó a Tur­quía –en Estam­bul coin­ci­de con su mari­do y le expre­sa su deseo de divor­ciar­se. Él pasa­rá a sus­ti­tuir­la en sus acti­vi­da­des de inte­li­gen­cia en Hun­gría – , Siria y Pales­ti­na, has­ta que la Direc­ción de Ope­ra­cio­nes Espe­cia­les la envía al que fue su encar­go más tras­cen­den­tal, ser par­te de la Ope­ra­ción Dra­gón, el dis­po­si­ti­vo que per­mi­tió el des­em­bar­co de los alia­dos en el sur­es­te de Fran­cia.

Para ello Krysty­na via­ja has­ta Argel, ya que ten­dría que tirar­se en para­caí­das y es Andrzej quien le pro­por­cio­na­rá el entre­na­mien­to pre­ci­so. Él aban­do­nó su vida en Lon­dres y a la joven con la que con­vi­vía y voló a Arge­lia a su encuen­tro. Ade­más del arte de sal­tar de un avión, ins­tru­yó a Krysty­na en el mane­jo de armas y le ense­ñó a mon­tar en bici­cle­ta, algo a lo que ella se resis­tía.

Krys­ti­na se arro­jó en para­caí­das la noche del 6 al 7 de julio de 1944, con un fuer­te vien­to, sobre un maci­zo roco­so rodea­do de des­fi­la­de­ros, bos­ques y cue­vas en tie­rras fran­ce­sas. Debía sus­ti­tuir, den­tro de la red de Fran­cis Cam­maerts –anti­guo paci­fis­ta e hijo del poe­ta bel­ga Émi­le Cam­maerts – , a la bri­tá­ni­ca Cecily Lefort, que había sido cap­tu­ra­da por la Ges­ta­po y depor­ta­da a Ravens­brück. Cam­maerts, que diri­gía los gru­pos de resis­ten­cia en la ori­lla izquier­da del río Ródano, el este de los Alpes y a los maquis de Ver­cors, la encon­tró kiló­me­tros más allá de lo pre­vis­to con la espal­da des­tro­za­da.

Nun­ca le impor­tó el sacri­fi­cio ni el dolor que la lucha infrin­gía a su per­so­na. Krysty­na fue de una gene­ro­si­dad asom­bro­sa y tuvo arres­tos para libe­rar a sus com­pa­ñe­ros Fran­cis Cam­maerts, Xan Fiel­ding –quien años des­pués sería el tra­duc­tor al inglés de obras de Pie­rre Bou­lle como El puen­te sobre el río Kwai y El pla­ne­ta de los simios, y del escri­tor, pas­tor y lucha­dor de la resis­ten­cia grie­ga Geor­ge Psy­choun­da­kis– y Chris­tian Soren­sen, dete­ni­dos en Dig­ne-les-Bains. Y lo hizo como lo que fue toda su vida: una valien­te. Se pre­sen­tó en la pri­sión con una extra­or­di­na­ria san­gre fría, tras reco­rrer más de 40 kiló­me­tros en bici­cle­ta, infor­mó a los car­ce­le­ros de que era una espía y les expli­có que si sol­ta­ban a sus com­pa­ñe­ros libra­ría a los cap­to­res de ser ahor­ca­dos cuan­do lle­ga­sen las tro­pas alia­das, de cuyo inmi­nen­te des­em­bar­co les con­ven­ció. Horas antes de que los fue­ran a eje­cu­tar los libe­ra­ron. Ella les espe­ra­ba con una son­ri­sa al volan­te de un coche para salir zin­gan­do. Así me la ima­gino yo, triun­fan­te tras haber sal­va­do a sus cama­ra­das y no acu­chi­lla­da en un vie­jo ves­tí­bu­lo, pre­ca­ri­za­da, sin que nadie le hubie­ra pro­por­cio­na­do un empleo digno en tiem­pos de paz y sin que Andrzej la hubie­se hecho su espo­sa, aun­que lue­go pidie­ra ser ente­rra­do jun­to a ella. La dig­ni­dad de Krysty­na no la pue­de borrar ni la san­gre ni la desidia. Ella estu­vo siem­pre por enci­ma de todo eso. Ella fue la dig­ni­dad en per­so­na.

Fuen­te: AnRed

Itu­rria /​Fuen­te

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