Argen­ti­na. Car­ta abier­ta de la hija del pia­nis­ta Mano­lo Juá­rez: «A mi papá lo mató un sis­te­ma perverso»

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 4 de agos­to de 2020.

Mora Juá­rez, hija de Mano­lo Juá­rez, el gran pia­nis­ta falle­ci­do el pasa­do 25 de julio, publi­có en Face­book una des­ga­rra­do­ra car­ta abier­ta sobre la ago­nía y muer­te de su padre. En ella cuen­ta que el músi­co fue inter­na­do por una afec­ción car­día­cas y que con­tra­jo la Covid-19 en la Fun­da­ción Fava­lo­ro, don­de estu­vo ingre­sa­do un mes has­ta su fallecimiento.

A con­ti­nua­ción, el tex­to completo:

Mi papá, Mano­lo Juá­rez, falle­ció una tar­de de invierno, en medio de un tiem­po nue­vo. En medio de una pan­de­mia. En medio de un tiem­po sin precedentes.

Este tiem­po ha cola­bo­ra­do para que me inter­pe­le. Millo­nes de pre­gun­tas acu­dien­do; casi todas sin res­pues­tas. Casi siem­pre, regre­san las mis­mas pre­gun­tas: ¿Cuál es el pro­to­co­lo ade­cua­do para apli­car a adul­tos mayores?

Mucho al res­pec­to dicen médi­cos reco­no­ci­dos en los medios; tam­bién dicen auto­ri­da­des. Hablan de una salud inte­gral. Del deli­ca­do cui­da­do a los adul­tos mayo­res. Se escu­cha decir en todos los medios: a ellos tene­mos que cuidarlos.

Pues enton­ces comen­ce­mos a defi­nir qué quie­re decir cui­dar­los. Qué quie­re decir inte­gral, y por sobre todo pre­gun­tar­nos si hay capa­ci­dad huma­na para tal cues­tión ‑y lean que escri­bo capa­ci­dad huma­na, no hablo de aca­dé­mi­cos-. Hablo de humanidad.

Seño­res: una pan­de­mia no jus­ti­fi­ca EL ABANDONO. En reali­dad, nada jus­ti­fi­ca tal cosa.

Hace unos días escu­ché al Dr. Facun­do Manes con­tar sobre los dos tipos de empa­tía que el ser humano tie­ne: la cog­ni­ti­va (pen­sar lo que está pen­san­do el otro: ¿que­rrá que hable de tal mane­ra?, etc.) y la emo­cio­nal (sen­tir lo que el otro está sin­tien­do, poner­nos en el lugar del otro). Inten­ta­ba así expli­car lo que esta­mos atra­ve­san­do en varios nive­les: eco­nó­mi­co, social y psi­co­ló­gi­co, para enten­der lo que este tiem­po de pan­de­mia y “cui­da­do” nos está pro­du­cien­do en las dimen­sio­nes emo­cio­na­les. Mien­tras lo escu­cha­ba, refle­xio­na­ba acer­ca del dise­ño del pro­to­co­lo. ¿For­ma par­te del mis­mo la empa­tía emo­cio­nal? ¿LA HUMANIDAD?

Vuel­vo sobre la idea: NADA JUSTIFICA EL ABANDONO.

Creo que sólo aque­llos que han teni­do a su cui­da­do un adul­to mayor, pue­den com­pren­der cabal­men­te lo que inten­to escri­bir. Seño­res, un adul­to mayor es, por lo gene­ral, alta­men­te depen­dien­te afec­ti­vo de su entorno, de sus hábi­tos, depen­dien­te del amor (mucho más que en cual­quier otro momen­to de nues­tras exis­ten­cias). Dema­sia­da vul­ne­ra­bi­li­dad, dema­sia­da fra­gi­li­dad, dema­sia­da resig­na­ción ante lo inexorable.

Escu­ché decir “son muy deman­dan­tes” Síííí… Seño­res! La esca­sa movi­li­dad y la exce­si­va fra­gi­li­dad de sus cuer­pos deman­dan aten­ción. Y aquí quie­ro poner el foco:

Si no pue­den ocu­par­se, OCUPARSE, per­mi­tan que jun­to al adul­to mayor se inter­ne el fami­liar, que cono­ce sus más intrín­se­cas nece­si­da­des. Así les pro­me­to no serán víc­ti­mas de sus demandas.

El Hos­pi­tal Ros­si de la ciu­dad de La Pla­ta ha com­pren­di­do aca­ba­da­men­te estas cir­cuns­tan­cias y ha gene­ra­do un pro­to­co­lo en el que el adul­to mayor es res­pe­ta­do y teni­do en cuen­ta en toda su dimen­sión, per­mi­tien­do que un fami­liar, pre­vio acuer­do de res­pon­sa­bi­li­dad se inter­ne jun­to al paciente.

Seño­res, la pan­de­mia vie­ne tam­bién a des­per­tar­nos, a sacu­dir la estruc­tu­ras rígi­das y obso­le­tas. Vie­ne a expli­car el tan pro­cla­ma­do con­cep­to del espa­cio ópti­mo (todo el per­so­nal de salud com­pren­de de qué tra­ta este con­cep­to). Refle­xio­ne­mos: nadie les pide se invo­lu­cren emo­cio­nal­men­te con el pacien­te de modo que no pue­dan aten­der­lo, pero por favor!!!! El mis­mo con­cep­to dice ÓPTIMO, NO ABANDÓNICO!!! Creo que exis­te una amplia dis­tan­cia entre ambos conceptos.

Aho­ra sí, con­cen­trán­do­me espe­cí­fi­ca­men­te en lo que acon­te­ce actual­men­te, pro­pon­go que refle­xio­ne­mos jun­tos: una per­so­na ais­la­da no sien­te ni resuel­ve del mis­mo modo; ni a los 83, los 50 ni a los 4 años.

Alguien segu­ra­men­te pen­só que un niño requie­re del cui­da­do de sus padres, pues hay cosas que aún no pue­de resol­ver ni com­pren­der. Acor­da­mos todos que los niños deben estar acom­pa­ña­dos del fami­liar al cual se encuen­tra habi­tua­do (aten­dien­do las múl­ti­ples posi­bi­li­da­des de crian­za de las dife­ren­tes individualidades).

Escu­ché muchas veces sos­te­ner una y otra vez en los medios, con­fe­ren­cias, semi­na­rios, papers, libros, etc, que los adul­tos mayo­res deben tener un cui­da­do simi­lar al que reci­ben los niños (al menos los niños que pue­den tran­si­tar su infan­cia en con­di­cio­nes socio eco­nó­mi­cas fami­lia­res y afec­ti­vas salu­da­bles). Pues bien, creo seño­res que es tiem­po de que vaya­mos ponién­do­lo en práctica.

Es cier­to que mi papá esta­ba enfer­mo (tenía varias enfer­me­da­des pre­vias), y su cora­zón, que ya fun­cio­na­ba al 25%, más tar­de o más tem­prano se apagaría.

Cuan­do lo lle­vé a la clí­ni­ca, el 25 de junio, él cami­na­ba, habla­ba, y el día ante­rior había esta­do com­po­nien­do. En el via­je me pre­gun­tó si me gus­ta­ba comer piz­za con él los vier­nes. Tam­bién me recor­dó que tenía que hablar con Die­go Fis­cher­man por cosas que no le ter­mi­nó de con­tar, y que esta­ba preo­cu­pa­do por Gaby Pla­za, ya que nun­ca com­pren­dió la razón del dia­rio para des­vin­cu­lar­lo. Cuan­do ingre­só por guar­dia, nadie me comu­ni­có que no lo iba a abra­zar has­ta un mes des­pués. Nadie nos anti­ci­pó que al inter­nar­se se ponía en fun­cio­na­mien­to el tan men­cio­na­do pro­to­co­lo de pan­de­mia, ese tan cruel que no nos per­mi­tió ni un beso de des­pe­di­da, ni poder expli­car­le el moti­vo de su inter­na­ción, ni el modo en que per­ma­ne­ce­ría­mos en con­tac­to, para aun­que fue­ra, se supie­se sos­te­ni­do a la distancia.

Y vuel­vo a acla­rar: NO FUE INTERNADO POR COVID; FUE INTERNADO POR UNA AFECCIÓN CARDÍACA, SEÑORES!

Per­ma­ne­ció en tera­pia inter­me­dia por una sema­na, y antes de su inter­ven­ción qui­rúr­gi­ca, le rea­li­za­ron el hiso­pa­do que el pro­to­co­lo exi­ge. Este sis­te­ma tan res­tric­ti­vo, el que “nos cui­da”, o el que “los cui­da”, no lo sal­vó de que se con­ta­gia­ra el virus den­tro de la mis­ma “for­ta­le­za”.

Hablé, hablé y hablé. Pedí ver­lo con pro­tec­ción, inclu­si­ve antes de saber que ya era por­ta­dor del virus. Nun­ca enten­dí por qué podía entrar el cafe­te­ro (y ojo que no ten­go nada en con­tra del cafe­te­ro, pues me encan­ta el café). Sin embar­go, su fami­lia no podía, esta­ba impe­di­da. Pare­ce­ría que el bicho lo por­tan sólo los familiares.

Mí papá pasó por ine­na­rra­bles situa­cio­nes duran­te ese mes, se sos­tu­vo con una fuer­za increí­ble, como lo hacen casi todos los adul­tos mayo­res que conoz­co, ponien­do en prác­ti­ca toda la expe­rien­cia que han adqui­ri­do a lo lar­go de sus vidas. Duran­te ese tiem­po, muchas veces reco­rrí su vida, su lucha por con­se­guir el man­go, en remar con­tra la corrien­te (como siem­pre decía), su crea­ti­vi­dad y su ser mara­vi­llo­so (y bueno… ha sido mi padre ama­do, no quie­ran que escri­ba otra cosa). Pen­sé en todo eso que lo hizo un león.

En fin…. Lo ope­ra­ron del cora­zón, le rea­li­za­ron las diá­li­sis que su insu­fi­cien­cia renal exi­gía, se con­ta­gió un ger­men (lo tra­ta­ron tam­bién por ello); le bajó la pre­sión, iba y venía de inter­na­ción de piso a tera­pia inten­si­va, y así varias veces.

Siem­pre, siem­pre ais­la­do de sus fami­lia­res. Duran­te algu­nos días no pudi­mos ni tomar con­tac­to tele­fó­ni­co con él. En algu­nas opor­tu­ni­da­des, algu­nas enfer­me­ras nos aten­dían y nos decían ‑como si estu­vie­sen come­tien­do un deli­to-: “yo le voy a dar el telé­fono a su padre para que pue­da hablar­les, le va a hacer bien, pero no le cuen­ten a nadie…”. Esas almas que sí prac­ti­ca­ban la men­ta­da empa­tía emo­cio­nal, aque­llas huma­ni­za­das, temían las repri­men­das de sus incon­duc­tas. ¿De qué se tra­ta todo esto? ¿De qué esta­mos hablan­do? ¿Qué esta­mos haciendo?

En su últi­ma sema­na no pudo comu­ni­car­se con su fami­lia por 4 días. Debi­do a su lar­ga inter­na­ción mi padre fue per­dien­do fuer­za mus­cu­lar, y pre­ci­sa­ba que lo asis­tie­ran para comer, para res­pon­der el telé­fono, para tomar agua…

Sin embar­go, lamen­ta­ble­men­te han sido muy pocos, allí aden­tro, quie­nes lo han asis­ti­do en sus necesidades.

La pan­de­mia no jus­ti­fi­ca EL ABANDONO.

A mí papá, lo fue­ron matan­do de a poco. Paradójico.

Tan­ta insis­ten­cia logró su fru­to. Lo pudi­mos ver un día antes de su par­ti­da. Su últi­ma fra­se fue que tenía ver­güen­za de que lo vie­se así. Que­dé en shock. Su esta­do era terri­ble. La pan­de­mia, el virus y la apli­ca­ción de un pro­to­co­lo des­pia­da­do no jus­ti­fi­ca la fal­ta de amor y cui­da­do hacia las personas.

Me pre­gun­to si el per­so­nal de salud, que hoy es nues­tra ban­de­ra, se ha con­ver­ti­do en una máqui­na estric­ta des­pro­vis­ta de humanidad.

A mi papá ya no me lo devuel­ven… pero seño­res: Debe­mos exi­gir un CAMBIO QUE NOS CONDUZCA HACIA LA PRACTICA DE UNA MEDICINA HUMANIZADA.

A mí papá lo mató un sis­te­ma per­ver­so. Leí que lo mis­mo sos­tu­vo hace unos meses el actor Mar­ce­lo Maz­za­re­llo, pues su padre per­ma­ne­ció tam­bién inter­na­do en situa­cio­nes de extre­mo des­cui­do. Y tam­bién a la perio­dis­ta Fer­nan­da Igle­sias, cuya abue­li­ta falle­ció sin poder tener con­tac­to con su fami­lia, pade­cien­do un des­tra­to o mal­tra­to del per­so­nal de salud, que tam­bién impi­dió en su caso el con­tac­to tele­fó­ni­co y per­so­nal con ese fami­liar tan ama­do. Y debe haber tan­tos casos más de per­so­nas que no conozco…

Nadie nos devuel­ve a nues­tros fami­lia­res. Pero seño­res, la muer­te no pue­de pasar inad­ver­ti­da. El aban­dono no pue­de ignorarse.

Estas líneas sólo pre­ten­den visi­bi­li­zar lo que está suce­dien­do. No pue­de seguir ocu­rrien­do. Nin­guno de nues­tros vie­ji­tos debe per­ma­ne­cer solo de afectos.

Esto que vivió mi padre NO pue­de seguir pasando.

Mi vie­jo murió del cora­zón, no de coronavirus.

Murió por un sis­te­ma que lo apa­gó, lo devas­tó y lo abandonó.

Pien­so que has­ta su últi­mo alien­to trae una ense­ñan­za, des­pués de todo, eso hacen los Maes­tros. Por eso escri­bo estas líneas, para que se sepa que una pan­de­mia NO jus­ti­fi­ca el ABANDONO.

Mora Juá­rez

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