Argen­ti­na. Las cosas por su nom­bre: un pedófilo

Por Andrés Borre­llo, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 21 de julio de 2020

Una per­so­na for­ma una pare­ja con un hom­bre. Él es un per­ver­so sexual, que duran­te años abu­só de las hijas de su mujer. Des­de la niñez has­ta la ado­les­cen­cia, se sir­ve de su situa­ción de poder para acce­der car­nal­men­te a dos niñas duran­te años. Pro­duc­to de esas vio­la­cio­nes, nacie­ron tres niñas.

El hom­bre en cues­tión es un pedó­fi­lo, es decir, un hom­bre que sien­te atrac­ción y exci­ta­ción sexual per­ma­nen­te hacia niñas y niños meno­res, y abu­sa sexual­men­te de ellos y ellas uti­li­zan­do para su some­ti­mien­to el enga­ño, la mani­pu­la­ción y la mentira.

Las iden­ti­da­des no son nece­sa­rias. Lo mis­mo que el lugar don­de ocu­rrie­ron, ni el tiem­po. Sí pode­mos decir que fue en Argen­ti­na, en el inte­rior del país, en esas peque­ñas ciu­da­des don­de le hacen honor a la fra­se “pue­blo chi­co, infierno gran­de”. Don­de la opi­nión públi­ca es más impor­tan­te que los hechos en cues­tión, y don­de “cada casa es un mun­do”. Pero cual­quier otra men­ción sería direc­ta­men­te una revic­ti­mi­za­ción para las muje­res que sufrie­ron a este per­ver­so suje­to, que hoy cum­ple una con­de­na de 24 años de prisión.

Pri­me­ra parte

El hom­bre en cues­tión, a quien lla­ma­re­mos Car­los, es un tra­ba­ja­dor rural del nor­te de nues­tro país, que esta­ba en nues­tras lati­tu­des des­de hacía muchos años. For­mó pare­ja con una mujer de la loca­li­dad don­de tra­ba­ja­ba, quien tenía dos hijas que ape­nas supe­ra­ban los 10 años.

De acuer­do a las decla­ra­cio­nes de las víc­ti­mas, los pri­me­ros indi­cios de abu­so sexual era los mano­seos que Car­los come­tía con ellas, para vol­ver­se lue­go en acce­so car­nal, uti­li­zan­do el len­gua­je jurí­di­co. Pocos años des­pués, una de ellas que­da emba­ra­za­da, en cir­cuns­tan­cias poco cla­ras, y Car­los apli­ca toda su per­ver­sión con su her­ma­na, quien sufre igual des­tino unos años des­pués, para lue­go pade­cer otro emba­ra­zo de par­te su abusador.

Sí, Car­los abu­só de sus hijas­tras en reite­ra­das oca­sio­nes, y en al menos tres situa­cio­nes emba­ra­zó a las niñas. El acu­sa­do sos­tu­vo en su decla­ra­ción inda­ga­to­ria que no todo lo que se decía era ver­dad, aun­que sí una par­te. Se nega­ba a reco­no­cer los mano­seos, pero no tem­bló en reco­no­cer que abu­só sexual­men­te de las niñas cuan­do eran pequeñas.

Las voces de las víc­ti­mas fue­ron con­tun­den­tes, así como los tes­ti­gos que apun­ta­ron a Car­los como el res­pon­sa­ble. Del mis­mo modo, las prue­bas de ADN a las hijas de las niñas abu­sa­das (dos nacie­ron con un mes de dife­ren­cia, lo que corro­bo­ra que abu­só de ellas al mis­mo tiem­po) apun­ta­ban a él como el progenitor.

Pero no solo se com­pro­bó el acce­so car­nal, sino tam­bién la pri­va­ción de la liber­tad y las agre­sio­nes a ter­ce­ros, ami­gos de las niñas, que se acer­ca­ban a la casa. Car­los era amo y señor, y ejer­cía ese poder con todas las muje­res de la vivien­da. Las ence­rra­ba en su casa, les tenía ter­mi­nan­te­men­te prohi­bi­do tener novio, y era cono­ci­do en el pue­blo como alguien agre­si­vo, que en algu­nas opor­tu­ni­da­des agre­dió a algu­nos jóve­nes cono­ci­dos de las víctimas.

Segun­da parte

El juez de la cau­sa sos­tu­vo que las víc­ti­mas pade­cie­ron la volun­tad de Car­los, que dis­po­nía la moda­li­dad y la fre­cuen­cia de los abu­sos sexua­les y cuán­to dura­ban. No pue­de cal­cu­lar­se el daño que cau­só en ellas, y por con­si­guien­te en las niñas que nacie­ron de esos abu­sos, ni tam­po­co la influen­cia que tuvo en la for­ma­ción de su per­so­na­li­dad y su desa­rro­llo emo­cio­nal. En nin­gún momen­to, sos­tu­vo el magis­tra­do, el acu­sa­do mos­tró remor­di­mien­to cuan­do reco­no­ció los abu­sos. Como si asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de sus actos lo exi­mie­ra de algún tipo de arre­pen­ti­mien­to. No mani­fes­tó preo­cu­pa­ción por las niñas abu­sa­das, ni por el mal cau­sa­do, ni lo injus­ti­fi­ca­ble de su con­duc­ta. Sólo se preo­cu­pó por los años que debe­rá pasar ence­rra­do en prisión.

De acuer­do con el infor­me del psi­quia­tra, la peri­cia indi­có que Car­los poseía ras­gos mani­pu­la­do­res con fuer­tes sem­blan­tes coer­ci­ti­vos, y una incli­na­ción por el inte­rés sexual con meno­res, sin mani­fes­tar nin­gún tipo de cul­pa o remor­di­mien­to, y mini­mi­zan­do sus responsabilidades.

Las denun­cias se rea­li­za­ron des­pués de una déca­da y media de abu­so sos­te­ni­do. Las niñas, con­ver­ti­das aho­ra en muje­res (y for­za­das y obli­ga­das a ser madres de la vio­la­ción de la pare­ja de su mamá) se ani­ma­ron a hablar cuan­do lle­ga­ron a los 30 años. Has­ta don­de pudi­mos ave­ri­guar, a raíz de estas denun­cias, Car­los habría suma­do otra cau­sa por abu­so sexual de una mujer aje­na a su círcu­lo familiar.

La moti­va­ción de la denun­cia por par­te de una de las dam­ni­fi­ca­das tie­ne múl­ti­ples inter­pre­ta­cio­nes, y debe­mos ser res­pe­tuo­sos en eso. Solo una víc­ti­ma de vio­la­ción sabe cuán­do es momen­to de hablar, y como socie­dad debe­mos res­pe­tar y acom­pa­ñar esa deci­sión. Las con­di­cio­nes sub­je­ti­vas tam­bién son fun­da­men­ta­les para com­pren­der la situa­ción: su per­cep­ción de los hechos, la natu­ra­li­za­ción de los abu­sos y la vio­len­cia, la com­pren­sión de que eran actos ile­ga­les, entre otros.

Quien tomó la ini­cia­ti­va fue la menor de las her­ma­nas, que sos­pe­cha­ba que Car­los inten­ta­ba abu­sar de las hijas que él había con­ce­bi­do con ellas. En su decla­ra­ción, a la que des­pués se sumó la her­ma­na mayor, rela­ta­ron los pade­ci­mien­tos sufri­dos por casi 15 años.

Situa­ción par­ti­cu­lar vivía la madre de las víc­ti­mas. Ni Car­los ni sus hijas se refi­rie­ron al rol que tuvo la mujer. Des­de el pri­mer momen­to la fis­ca­lía no tenía cla­ro si era una dam­ni­fi­ca­da más, e inclu­so si sufría vio­len­cia de géne­ro, o bien era cóm­pli­ce y par­tí­ci­pe de los abu­sos, o sim­ple­men­te omi­tió todo, lo que no con­fi­gu­ra nin­gu­na acu­sa­ción posi­ble. En el deba­te, que fue a puer­tas cerra­das por tra­tar­se de una cau­sa con meno­res, se pudo reco­no­cer que ella sabría de la exis­ten­cia de los hechos, aun­que no con cla­ri­dad si los cono­ció antes o des­pués de la denuncia.

El juez con­si­de­ró que las víc­ti­mas pade­cie­ron la pasi­vi­dad de la madre, pro­duc­to de la depen­den­cia eco­nó­mi­ca y el pro­fun­do entra­ma­do de temor que ejer­ció Car­los. Él las for­za­ba a vivir en un ais­la­mien­to que con­tro­la­ba y diri­gía a su anto­jo. Mani­pu­la­ba la vivien­da, no solo puer­tas aden­tro, sino tam­bién los posi­bles víncu­los de las niñas con el exte­rior. Esta­ble­ció una suje­ción que le per­mi­tía ele­gir, sin nin­gún tipo de inhi­bi­ción, a cuál de las muje­res de la casa que­ría abu­sar, a pun­to tal de natu­ra­li­zar la situación.

En el desa­rro­llo del jui­cio se cono­ció que Car­los reco­no­ció legal­men­te a las víc­ti­mas como sus hijas, si bien no era el padre bio­ló­gi­co. Y aun­que el vio­la­dor argu­men­tó que fue a fines de cobrar un sala­rio fami­liar y tener un ingre­so extra, este cam­bio en la situa­ción legal lo con­vir­tió en padre, y no solo empeo­ró su situa­ción jurí­di­ca, sino que, y esto es lo más impor­tan­te, redo­bló el some­ti­mien­to de las niñas con él.

Median­te el uso de la ame­na­za, la inti­mi­da­ción, la vio­len­cia psi­co­ló­gi­ca y físi­ca, ade­más de la con­su­ma­ción de abu­sos sexua­les, todo pro­lon­ga­do por más de una déca­da y media, con­fi­gu­ró una rela­ción de some­ti­mien­to que se trans­for­mó en una rela­ción de depen­den­cia. El abu­so de auto­ri­dad y poder de nin­gu­na mane­ra pue­de tra­du­cir­se en con­sen­ti­mien­to para las víc­ti­mas, que sufrie­ron a Car­los des­de niñas sin poder hacer nada.

Epí­lo­go

Hay una fra­se que sos­tie­ne que el infierno es ese momen­to en que espe­ra­mos que la muer­te lle­gue a noso­tros y noso­tras. Pero Car­los, como hom­bre vio­len­to y abu­sa­dor sexual de las hijas de su pare­ja, se ocu­pó de

con­ver­tir la vida de dos niñas de poco más de 10 años en un cal­va­rio per­ma­nen­te. Esas niñas, hoy muje­res, demos­tra­ron una valen­tía inusi­ta­da al denun­ciar a su padrastro.

“Yo estoy arre­pen­ti­do” dijo Car­los en su decla­ra­ción. “En cier­tas cir­cuns­tan­cias pen­sé que no iba a lle­gar a esto, más de una vez dije que que­ría sacar a la luz esto, pero ellas dije­ron que no”, sos­tu­vo el cíni­co vio­la­dor, quien de una for­ma des­ca­ra­da e impú­di­ca inten­tó posi­cio­nar­se como un arre­pen­ti­do de la situa­ción, e inclu­so como víctima.

¿Podría haber­se evi­ta­do? Sí, si hubie­ra exis­ti­do la pers­pec­ti­va de géne­ro nece­sa­ria. Cuan­do las víc­ti­mas eran peque­ñas, la Jus­ti­cia local fue noti­fi­ca­da de la situa­ción de ais­la­mien­to de dos meno­res, que en con­di­cio­nes poco cla­ras esta­ban emba­ra­za­das. El desin­te­rés por el futu­ro de dos niñas pobres vio­la­das del inte­rior del país no des­per­tó la volun­tad de bus­car jus­ti­cia por par­te de los funcionarios.

Este caso demues­tra que la Ley 27.499, cono­ci­da como Ley Micae­la, que esta­ble­ce la capa­ci­ta­ción obli­ga­to­ria en géne­ro para los y las fun­cio­na­rias del Esta­do y demás orga­nis­mos públi­cos, es más que una sim­ple capa­ci­ta­ción vir­tual, o una char­la de algu­nas horas don­de se repi­ten tra­ta­dos inter­na­cio­na­les y la legis­la­ción vigen­te. Asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad que requie­re la fun­ción públi­ca impli­ca una real toma de con­cien­cia sobre las múl­ti­ples situa­cio­nes de vio­len­cia que exis­ten en nues­tra socie­dad. En ese sen­ti­do, cree­mos, deben pen­sar­se estra­te­gias prag­má­ti­cas para cada esta­men­to públi­co en con­cre­to, espe­cí­fi­co con el área de trabajo.

Si esta ley hubie­ra exis­ti­do en su momen­to, y si se apli­ca­ra de mane­ra real y genui­na, y con un com­pro­mi­so sin­ce­ro en la nece­si­dad de ins­truir­se, estas niñas ten­drían una vida dife­ren­te. Esta ausen­cia, esta negli­gen­cia judi­cial, arras­tró a las niñas a per­ma­ne­cer bajo la sumi­sión de Car­los, que vio­len­tó y abu­só de ellas, y que gozó de impu­ni­dad por más de 15 años.

Fuen­te: Dia­rio femenino

Itu­rria /​Fuen­te

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