Vene­zue­la. El ase­dio y los colap­sos (Opi­nión)

Por José Rober­to Duque. Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 14 de junio de 2020. 

José
Toro Hardy, rico de cuna y ficha de Esta­dos Uni­dos rum­bo a la
res­tau­ra­ción de la colo­nia nor­te­ame­ri­ca­na que fui­mos, ha sido un
entu­sias­ta defen­sor de las medi­das impe­ria­les rum­bo a la ren­di­ción de
los vene­zo­la­nos por can­san­cio, por ham­bre, por colap­so de nues­tro acceso
a la ener­gía. Hace unos días se lan­zó un tui­ta­zo de colec­ción:

“Duran­te
mes y medio no lle­gó agua a mi casa. Por fin lle­gó. Enton­ces la
gaso­li­na, nada en casi dos meses. Pero por fin ayer pude lle­nar el
tan­que des­pués de horas de cola. Y ano­che, para rema­te se fue la luz.
¿Has­ta cuan­do dura­rá esta desgracia?”

Dice la can­ción de Gino Gon­zá­lez: “El mun­do va majo­me­nos /​por­que aho­ra no se aca­ba sola­men­te pal pendejo…”.

Esta­mos
vivien­do la era de la demo­cra­ti­za­ción del colap­so, de la uniforme
lan­za­da por el tobo­gán o barran­co de los tiem­pos que corren. Habrá quien
toda­vía pue­de esquivarla.

***

Mucha
gen­te no recuer­da o no sabe lo que es un ase­dio o “sitio” (lo pongo
entre comi­llas para no con­fun­dir de entra­da con el sinó­ni­mo más obvio,
lugar), con­cep­to o méto­do de la gue­rra de todos los tiem­pos en los que
un ejér­ci­to rodea a una pobla­ción y pro­ce­de a blo­quear total­men­te el
acce­so de ali­men­tos, agua, bie­nes y todo lo que per­mi­te el
fun­cio­na­mien­to social e inclu­so la vida huma­na, con el obje­to de ren­dir a
la pobla­ción y tam­bién al ejér­ci­to que la defiende.

El
sitio arque­tí­pi­co, la ciu­dad sitia­da por anto­no­ma­sia, es la Troya
rodea­da por los aqueos duran­te diez años. Miles de rela­tos y noti­cias de
sitios o ase­dios han tras­cen­di­do en dis­tin­tas épo­cas de la historia
huma­na, que es la his­to­ria de la guerra.

Car­ta­ge­na
de Indias (Colom­bia) fue sitia­da varias veces en su his­to­ria. En el más
famo­so de estos sitios o ase­dios (agos­to-diciem­bre de 1815, en plena
Gue­rra de Inde­pen­den­cia) el ejér­ci­to defen­sor esta­ba al man­do del
gene­ral neo­gra­na­dino Manuel del Cas­ti­llo y Rada, cuya misión era impedir
que Pablo Mori­llo y Tomás Mora­les entra­ran con sus tropas.

Había
un gru­po de vene­zo­la­nos en la ciu­dad: José Fran­cis­co Ber­mú­dez, Antonio
José de Sucre, Pedro Gual, Pedro León Torres, Mariano Mon­ti­lla, Carlos
Sou­blet­te: la his­to­ria de Vene­zue­la y la de Amé­ri­ca hubie­ra sido
dis­tin­ta si Mori­llo hubie­ra per­pe­tra­do una masa­cre con semejantes
per­so­na­jes dentro.

Car­ta­ge­na
que­dó total­men­te blo­quea­da por tie­rra, por mar y por el río Magdalena,
sus vías tra­di­cio­na­les de sumi­nis­tro de insu­mos. Al pasar los días y
sema­nas los habi­tan­tes empe­za­ron a morir de ham­bre en masa; varios
tes­ti­mo­nios dicen que se lle­gó a prac­ti­car el cani­ba­lis­mo. Y el
inter­cam­bio de dis­pa­ros no cesa­ba; la defen­sa tenía una reser­va de
muni­cio­nes limi­ta­da, pero la tenía.

Caba­llos,
perros, ratas y todo ani­mal que iba murien­do pasa­ron a ser par­te de la
fuen­te de pro­teí­nas de los car­ta­ge­ne­ros, y la con­se­cuen­cia más dramática
de la pro­fu­sión de cadá­ve­res fue la pes­te. El agua pota­ble se convirtió
en un char­co inmun­do, no apto para el con­su­mo humano; la ciu­dad colapsó
en casi todas sus for­mas de funcionamiento.

Pero
el man­do mili­tar deci­dió no clau­di­car, no ren­dir­se. En octu­bre los
pobla­do­res de Car­ta­ge­na des­ti­tu­ye­ron de la jefa­tu­ra a Cas­ti­llo y Rada, y
al man­do de aquel roli­tran­co de paque­te que­dó desig­na­do el oriental
José Fran­ci­co Ber­mú­dez. En una juga­da espa­ño­la, un bata­llón intentó
apo­de­rar­se del cerro de La Popa, ele­va­ción al lado de las mura­llas, y
Car­los Sou­blet­te los bajó a tiros y a coña­zos con un gru­po de locos al
bor­de de la muer­te por ham­bre. Dime tú si esos tipos no se mere­cen la
can­ti­dad de calles y pla­zas que lle­van sus nombres.

La
ter­ce­ra par­te de los 18 mil habi­tan­tes que tenía Car­ta­ge­na murió en ese
sitio. El 5 de diciem­bre hubo una Jun­ta de Jefes y Veci­nos Notables,
tras la cual el gober­na­dor civil Elías López de Tagle orde­nó un intento
deses­pe­ra­do: embar­car a los prin­ci­pa­les jefes mili­ta­res y civi­les y
rom­per el cer­co por mar. Con­tra­ta­ron a un cor­sa­rio fran­cés lla­ma­do Luis
Aury, quien empren­dió la hui­da (hacia ade­lan­te) en varias embarcaciones.

Dos mil per­so­nas iban en esos bar­cos, la mayo­ría de las cua­les fue inter­cep­ta­da y cap­tu­ra­da por los espa­ño­les. Otras nau­fra­ga­ron en la noche del Cari­be. Unos 600 sobre­vi­vie­ron, entre ellos los prin­ci­pa­les jefes vene­zo­la­nos, que no se fue­ron a des­can­sar ni a jar­tar­se de comi­da sino que lle­ga­ron a Hai­tí, a embar­car­se con Bolí­var en la Expe­di­ción de Los Cayos.

Fusi­la­mien­to de los pró­ce­res de Car­ta­ge­na, por par­te de la expe­di­ción paci­fi­ca­do­ra, el 24 de febre­ro de 1816. Foto: Gene­ro­so Jaspe 

Ese
mis­mo día entró el ejér­ci­to espa­ñol a apo­de­rar­se de la ciu­dad y así
con­clu­yó el sitio. Dicen las pri­me­ras cró­ni­cas de lo que vie­ron los
sitia­do­res al entrar:

“Hom­bres
y muje­res, vivos retra­tos de la muer­te, se aga­rra­ban de las paredes
para andar sin caer­se; tal era el ham­bre horri­ble que habían sufrido…
vein­te y dos días hacía que no comían otra cosa que cue­ros remo­ja­dos en
tan­ques de tenería”.

De
los sitios más nota­bles del mun­do con­tem­po­rá­neo hay que citar al de
Israel sobre Pales­ti­na, y uno par­ti­cu­lar­men­te cruel de hace ape­nas 24
años: el de Sara­je­vo por par­te de las fuer­zas serbias.

La
resis­ten­cia bos­nia, infe­rior en núme­ro y en capa­ci­dad mili­tar, poco
podía hacer apar­te de defen­der pre­ca­ria­men­te el terri­to­rio, pero la
pobla­ción se vio enfren­ta­da a una situa­ción de una inhu­ma­ni­dad pocas
veces vis­ta: los bom­bar­deos con mor­te­ros cau­sa­ban estra­gos en per­so­nas y
edi­fi­cios resi­den­cia­les, y los fran­co­ti­ra­do­res “caza­ban” en las calles a
los ciu­da­da­nos que salían a bus­car ali­men­tos. Salir de la casa era una
odi­sea que muchas veces ter­mi­na­ba con la muerte.

Un
enor­me túnel cava­do has­ta el aero­puer­to per­mi­tió en algún momen­to la
entra­da de elec­tri­ci­dad, agua y comi­da a la ciu­dad, pero la gen­te tenía
que inge­niár­se­las para salir a bus­car el sus­ten­to sin ser despedazada
por las bom­bas y la metra­lla. El ase­dio duró cua­tro años; 64% de la
pobla­ción murió, des­apa­re­ció o huyó de la ciu­dad en ese período.

***

En
el Atlán­ti­co, solo esta sema­na, media doce­na de bar­cos con combustibles
y bie­nes, y car­gue­ros que se diri­gían a Vene­zue­la a car­gar petróleo
rum­bo a dis­tin­tas refi­ne­rías en Asia, tuvie­ron que dar un giro y devol­ver­se por­que Esta­dos Uni­dos ame­na­zó con que­brar a las empre­sas que se atre­vie­ran a ingre­sar a aguas venezolanas.

Nues­tro
pre­ca­rio túnel con Irán ha fun­cio­na­do, pero no hay garan­tías de que le
per­mi­ti­rán seguir fun­cio­nan­do. Vene­zue­la es un país al que ingresa
efec­ti­va­men­te muy pocos recur­sos. No hay dine­ro y nues­tra maquinaria
pro­duc­ti­va tie­ne déca­das de pará­li­sis o anqui­lo­sa­mien­to. Si se cierra
total­men­te el tapón que ya los paí­ses más pode­ro­sos del mun­do están
ator­ni­llan­do alre­de­dor de nues­tros res­pi­ra­de­ros, la situa­ción actual va a
pare­cer pri­vi­le­gia­da en com­pa­ra­ción con lo que viene.

Está
en mar­cha uno de los más fero­ces sitios o ase­dios con­tra un país
sobe­rano, en pleno siglo XXI, y toda­vía per­sis­ten acti­tu­des personales
egoís­tas, indi­vi­dua­lis­tas, coñoe­ma­dres. Por ejem­plo la de idiotas
ilus­tra­dos como el Toro Hardy, que se can­só de soli­ci­tar y aplau­dir el
anun­cio del sitio o ase­dio por par­te de Esta­dos Uni­dos y aho­ra anda
per­so­nal­men­te des­trui­do o colap­sa­do por­que le fal­ta el agua, la gasolina
y la electricidad.

Da
un fres­qui­to que tam­bién los ricos y trai­do­res estén sufrien­do algo
remo­ta­men­te pare­ci­do a una cala­mi­dad. Y otras acti­tu­des más
inex­pli­ca­bles, o más difí­ci­les de cali­fi­car: cha­vis­tas que saben qué es
un sitio o ase­dio, que entien­den per­fec­ta­men­te cuál es el obje­ti­vo, los
efec­tos y el alcan­ce de un blo­queo, sitio o ase­dio sobre una pobla­ción, y
sin embar­go se ven tan alti­vos y voci­fe­ran­tes exi­gien­do que sus
sala­rios sean igua­les a los de paí­ses com­pla­cien­tes con Esta­dos Unidos.
¿O será que no han enten­di­do que el blo­queo no es una retó­ri­ca sino una
ame­na­za con­cre­ta y efec­ti­va­men­te en marcha?

En
Colom­bia hay pre­pa­ra­ti­vos de gue­rra con­tra Vene­zue­la. Ya ha habido
ensa­yos e inten­tos fir­mes de inva­sión y de mag­ni­ci­dio; eso se llama
gue­rra. Des­de ese mis­mo país que alber­ga a la Car­ta­ge­na sufrien­te de
1815 está todo dis­pues­to para tapo­near­nos mien­tras se nos descuartiza;
los otros tapo­nes serían Bra­sil, la incom­pren­si­ble Guya­na y el
mul­ti­fac­to­rial Caribe.

Pero
hay gen­te exi­gien­do a gri­tos que este país fun­cio­ne nor­mal­men­te, como
si no estu­vie­ra pasan­do nada (y nos hemos nega­do a hablar de la pandemia
en cur­so, para que no sue­ne más apo­ca­líp­ti­co el recuento).

***

Hay
muchas for­mas de colap­sar: como país, como pue­blo, como socie­dad, como
ciu­dad, como fami­lia; gru­pal­men­te. Se colap­sa per­so­nal­men­te, colapsa
cor­po­ral­men­te el sis­te­ma ner­vio­so, colap­san los sis­te­mas digestivo,
cir­cu­la­to­rio, res­pi­ra­to­rio. Pero hay un colap­so que pare­ce habernos
alcan­za­do antes que otros: éti­ca­men­te anda­mos por el suelo.

A
la putre­fac­ción ins­ti­tu­cio­nal de cuer­pos uni­for­ma­dos que se han
con­ver­ti­do en ban­das cri­mi­na­les due­ñas de carre­te­ras y de territorios,
hay que agre­gar la manía mul­ti­pli­ca­do­ra del caos, la corrup­ción como
fenó­meno ciu­da­dano, por­que “todos los días sale a la calle un güe­vón y
el que lo aga­rre es de él”.

La ciu­dad capi­ta­lis­ta colap­sa y se vie­ne aba­jo, pero lo úni­co que no ha per­mi­ti­do nues­tro colap­so gene­ral como país es la exis­ten­cia de un con­glo­me­ra­do que se empe­ña en creer en Chá­vez, en Bolí­var y en el poten­cial del pue­blo para la orga­ni­za­ción o para la coña­za. A esos fac­to­res segui­re­mos aferrados.

* Fuen­te: Misión Verdad


Itu­rria /​Fuen­te

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