El Sal­va­dor. Tes­ti­gos rela­tan un «pac­to en el Ejér­ci­to» sal­va­do­re­ño para no inves­ti­gar la matan­za de jesuitas

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 11 de junio de 2020

Los pri­me­ros tes­ti­gos en el jui­cio por la matan­za del jesui­ta vas­co Igna­cio Ella­cu­ría y otros cua­tro reli­gio­sos en El Sal­va­dor han rela­ta­do que en el pro­ce­so que se cele­bró en ese país en 1991 exis­tía la opi­nión mayo­ri­ta­ria de «que no esta­ban sen­ta­dos los auto­res inte­lec­tua­les» de los crí­me­nes por­que «hubo un pac­to de silen­cio en el Ejer­ci­to».

José Luis Nava­rro y Enri­que Arnal­do fue­ron los letra­dos de las Cor­tes que acom­pa­ña­ron y redac­ta­ron los infor­mes de sen­das dele­ga­cio­nes par­la­men­ta­rias espa­ño­las que se des­pla­za­ron allí, una en 1990 para apo­yar el pro­ce­so de paz así como la inves­ti­ga­ción en cur­so por la masa­cre de los jesui­tas, y la segun­da en 1991 para asis­tir al jui­cio como obser­va­do­res internacionales.

Sus tes­ti­mo­nios ante la Audien­cia Nacio­nal en el que jui­cio que se sigue con­tra el exco­ro­nel y exvi­ce­mi­nis­tro de Defen­sa sal­va­do­re­ño Ino­cen­te Mon­tano han des­cri­to las «com­pli­ca­cio­nes», «pre­sio­nes» y lo «par­cial» que resul­tó tan­to la ins­truc­ción como el jui­cio en el que se con­de­nó a dos man­dos inter­me­dios y se absol­vió a otros sie­te mili­ta­res, los supues­tos auto­res mate­ria­les de los hechos.

Pero ante todo han des­ta­ca­do que ni duran­te la inves­ti­ga­ción ni en la vis­ta estu­vie­ron pre­sen­tes los auto­res inte­lec­tua­les, es decir, los que die­ron la orden de matar a los jesuitas.

«Había una opi­nión mayo­ri­ta­ria de las fuer­zas polí­ti­cas, socia­les, sin­di­ca­les y los jesui­tas de que había unos auto­res inte­lec­tua­les, inclu­so el juez Zamo­ra (ins­truc­tor y sen­ten­cia­dor) tam­bién lo dijo: que no esta­ban todos los que habían par­ti­ci­pa­do», ha dicho Nava­rro, al rela­tar su via­je en 1990 en el pri­mer ani­ver­sa­rio de la matan­za en la Uni­ver­si­dad Cen­tro­ame­ri­ca­na (UCA).

Tan­to es así que la con­clu­sión del infor­me que Nava­rro redac­tó es que exis­tía el «con­ven­ci­mien­to» de la exis­ten­cia de auto­res inte­lec­tua­les –«las pala­bras más escu­cha­das y teni­das en cuen­ta en este via­je»– y de que «hubo un pac­to de silen­cio en el Ejér­ci­to» para no seguir la investigación.

Arnal­do, pre­sen­te ya en la vis­ta oral, ha recor­da­do cómo se insis­tía en que «fal­ta quien empu­jó y orde­nó» las muertes.

«Se habló de los auto­res pero no se mane­ja­ron nom­bres», ha seña­la­do el letra­do del Con­gre­so, a quien le lla­mó la aten­ción las can­ti­dad de alu­sio­nes que escu­chó a «los auto­res inte­lec­tua­les», que no pro­ce­dían solo de los jesui­tas –como ha tra­ta­do de pro­bar insis­ten­te­men­te la defen­sa– sino de diver­sos ámbi­tos polí­ti­cos y socia­les, aun­que le sor­pren­dió que, fue­ra de la sala, «nadie opi­na­ba» sobre ello, no se pro­fun­di­za­ba o espe­cu­la­ba más allá.

«No se pre­gun­tó a nadie nada»

Pero si algo ha des­ta­ca­do fue la esce­no­gra­fía de aquel jui­cio, de ape­nas tres días. No hubo inte­rro­ga­to­rios a los acu­sa­dos ni a tes­ti­gos, ni por par­te de defen­sa ni acu­sa­ción. «No se pre­gun­tó a nadie nada. El jui­cio con­sis­tió más bien en la lec­tu­ra de docu­men­tos, nadie con­tras­tó nada, nin­gún infor­me», ha dicho.

Y mien­tras se hacía esa «lec­tu­ra lar­guí­si­ma» que lle­vó «12 o 14 horas», los acu­sa­dos, sen­ta­dos de fren­te miran­do hacia el públi­co, per­ma­ne­cían inmu­ta­bles. «No se movían, no hacían nin­gún gesto».

Ese, el jura­do, fue otro asun­to con­tro­ver­ti­do. Se des­co­no­cía por com­ple­to cómo fue el pro­ce­so de selec­ción y se les colo­có «en un cajón», fue­ra de la vis­ta del res­to de la Sala y sin poder ape­nas escu­char nada de lo que se decía cuan­do se acer­ca­ban las partes.

Cues­tión apar­te fue el vere­dic­to, que fue «inme­dia­to», lo que demues­tra según el tes­ti­go, que «el jura­do que­ría que esto ter­mi­na­ra cuan­to antes».

Pero no solo había pre­sión en el inte­rior –«el juez no esta­ba nada cómo­do y la defen­sa era muy crí­ti­ca con la pre­sen­cia de obser­va­do­res»– sino espe­cial­men­te en el exte­rior y con­tra la pre­sen­cia de esos obser­va­do­res inter­na­cio­na­les. Esta se ejer­cía con mani­fes­ta­cio­nes, sire­nas, mega­fo­nía rui­do­sa e inclu­so con el sobre­vue­lo de heli­cóp­te­ros, a veces volan­do bajo.

Des­de el prin­ci­pio, «la dele­ga­ción sin­tió que no era bien­ve­ni­da por toda la socie­dad sal­va­do­re­ña», ha aña­di­do el letra­do, para quien aque­llo «no era un via­je cómo­do, más bien todo lo con­tra­rio», algo que con­tras­ta con el via­je del año anterior.

Ruiz Nava­rro ha recor­da­do que en 1990 las auto­ri­da­des «les blin­da­ron todo tipo de faci­li­da­des, sin nin­gu­na cen­su­ra para hablar con mili­ta­res, fuer­zas polí­ti­cas y sin­di­ca­tos», si bien pre­ci­sa­men­te con el enton­ces pre­si­den­te Alfre­do Cris­tia­ni «no se habló del tema».

Sí que lo hicie­ron con el juez Zamo­ra que les dio cuen­ta de las «difi­cul­ta­des que tenía para inves­ti­gar al Ejér­ci­to», ya que enton­ces no exis­tía poli­cía judi­cial, sino que depen­día de las Fuer­zas Arma­das y, por tan­to, «aque­llo era com­pli­ca­do». Tam­bién para la cita­da dele­ga­ción, pues el obje­ti­vo de su via­je era apo­yar las nego­cia­cio­nes de paz, no inves­ti­gar los crímenes. 

Itu­rria /​Fuen­te

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