Esta­dos Uni­dos. Bitá­co­ra Inter­na­cio­na­lis­ta: una noche en el Harlem

Por Gon­za­lo Armúa, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, Notas, 11 junio 2020.-

En el año 1960 tuvo lugar una reu­nión his­tó­ri­ca entre Fidel Cas­tro y Mal­colm X. De Cuba a los Esta­dos Uni­dos, de Nue­va York a Min­nea­po­lis, del racis­mo de ayer al racis­mo de hoy, su his­to­ria se actualiza.

Es la noche del 19 de sep­tiem­bre de 1960, el epi­cen­tro es el Hotel The­re­sa, en el Har­lem, al nor­te de Manhat­tan, en la ciu­dad de Nue­va York. Afue­ra se agol­pa un gen­tío de perio­dis­tas, poli­cías y sim­ples curio­sos del barrio que quie­re pre­sen­ciar el acon­te­ci­mien­to. Aden­tro, en un cuar­to ape­nas alum­bra­do y lleno de humo de taba­co, los dos per­so­na­jes inter­cam­bian sus ideas como pue­den, en dos len­guas dis­tin­tas pero no tan leja­nas. “Mien­tras el Tío Sam esté con­tra ti, sabrás que eres un hom­bre bueno”, le dice de for­ma iró­ni­ca Mal­colm X a Fidel Cas­tro. Nin­guno de los dos nece­si­ta presentación.

Fidel se encon­tra­ba en ese enton­ces en Nue­va York para par­ti­ci­par de la Asam­blea Gene­ral de las Nacio­nes Uni­das. Como Pri­mer Minis­tro y en tan­to pre­si­den­te de la dele­ga­ción cuba­na era el foco de todas las cam­pa­ñas y ope­ra­cio­nes de la pren­sa yan­kee. Con su mochi­la al hom­bro y su tra­je de cam­pa­ña ver­de oli­vo, como si estu­vie­ra aún en las estri­ba­cio­nes de la Sie­rra Maes­tra, se pre­sen­tó ante las ofi­ci­nas de la ONU. Acam­pa­rían en los jar­di­nes de la mis­mí­si­ma sede, ya que nin­gún hotel local acep­ta­ba alo­jar a la dele­ga­ción de la Cuba revo­lu­cio­na­ria. Los mis­mos hote­les que a menu­do fre­cuen­ta­ban dic­ta­do­res y mafio­sos de anta­ño, y no tanto.

Cuan­do la comu­ni­dad afro­es­ta­dou­ni­den­se se ente­ró del asun­to, no tar­dó en hacer­le lle­gar una invi­ta­ción a Fidel Cas­tro y a toda la dele­ga­ción cuba­na para que se alo­ja­ran en el Hotel The­re­sa, en pleno cora­zón del Har­lem, el míti­co barrio obre­ro y negro de la ciu­dad de Nue­va York. Allí los reci­bió Mal­colm X, en ese enton­ces diri­gen­te de la Nación del Islam, una orga­ni­za­ción polí­ti­ca y reli­gio­sa de gran influen­cia y pre­di­ca­men­to. Ralph D. Matthews, un perio­dis­ta cer­cano a “los her­ma­nos”, fue uno de los pocos que pudo pre­sen­ciar este encuen­tro, y su artícu­lo para el sema­na­rio New York Citi­zen-Call per­mi­te res­ca­tar­lo del olvido.

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El líder de la fla­man­te Revo­lu­ción Cuba­na inten­ta­ba no entro­me­ter­se en los asun­tos inter­nos de los EE.UU., cons­cien­te del pre­ca­rio equi­li­brio de fuer­zas de una Revo­lu­ción que aún no había sido inva­di­da en las cos­tas de Pla­ya Girón ni había pro­nun­cia­do la Segun­da Decla­ra­ción de La Haba­na. Por eso Fidel bus­ca­ba lle­var la con­ver­sa­ción hacia el otro lado del Atlán­ti­co: la situa­ción del Con­go. Mien­tras Mal­colm X res­pon­día con una gran son­ri­sa al escu­char el nom­bre de Lumum­ba, Cas­tro alzó la mano solem­ne­men­te y se com­pro­me­tió a defen­der­lo enér­gi­ca­men­te en la Asam­blea General.

Y, como siem­pre, Fidel cum­plió con su pala­bra: “Esa Áfri­ca que se yer­gue aquí con líde­res como Nekru­ma y Sekou Tou­ré, o esa Áfri­ca del mun­do ará­bi­go de Nas­ser, esa ver­da­de­ra Áfri­ca, el con­ti­nen­te opri­mi­do, el con­ti­nen­te explo­ta­do, el con­ti­nen­te de don­de sur­gie­ron millo­nes de escla­vos, esa Áfri­ca que tan­to dolor lle­va en su his­to­ria, a esa Áfri­ca, con esa Áfri­ca tene­mos un deber: pre­ser­var­la del peli­gro de la des­truc­ción. Com­pen­sen en algo los demás pue­blos, com­pen­se en algo el occi­den­te de lo mucho que ha hecho sufrir al África”.

Tan­to el cubano como el afro­es­ta­dou­ni­den­se enten­dían algo tan llano y tan sim­ple como que el impe­rio nor­te­ame­ri­cano, esa “demo­cra­cia blan­ca” está sos­te­ni­da ( y fun­da­da) a pun­ta de armas, que apun­tan hacia el sur y hacia aba­jo, hacia sus pro­pios barrios y comu­ni­da­des negras.

W.E.B. Du Bois, pro­ba­ble­men­te el más gran­de soció­lo­go de todo el siglo XX, aun­que invi­si­ble para las aca­de­mias por el doble peca­do de ser negro y comu­nis­ta, afir­mó en su pro­lí­fi­ca obra que el colo­nia­lis­mo era la ten­den­cia prin­ci­pal en la polí­ti­ca exte­rior de los EE.UU. y que las estruc­tu­ras opre­si­vas del racis­mo y la supre­ma­cía blan­ca eran la “infra­es­truc­tu­ra” del capi­ta­lis­mo impe­ria­lis­ta. “¿Y quié­nes son los paí­ses colo­nia­lis­tas, quié­nes son los paí­ses impe­ria­lis­tas?” ‑la voz de Fidel Cas­tro vol­vió a retum­bar en los recin­tos de la ONU-. “No cua­tro o cin­co paí­ses, sino cua­tro o cin­co gru­pos de mono­po­lios son los posee­do­res de la rique­za del mundo”.

En aque­lla noche del Har­lem, en un cuar­to de hotel, Mal­colm X refle­xio­nó en voz alta, mien­tras obser­va­ba a Fidel con una risa cóm­pli­ce: “Nadie cono­ce al amo mejor que sus sir­vien­tes. Hemos sido sir­vien­tes des­de que nos tra­jo aquí. Cono­ce­mos todos sus tru­cos. ¿Se da cuen­ta? Sabe­mos todo lo que va a hacer el amo antes de que lo sepa el mismo”.

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El racis­mo exis­te, no por­que es una “denun­cia de moda”, sino por­que es el cri­te­rio que deter­mi­na, jun­to a la cla­se social, si la poli­cía te mata o te salu­da con res­pe­to, si te atien­den en un hos­pi­tal o te dejan morir, si un perio­dis­ta te con­fun­de con extran­je­ra o como una ciu­da­da­na. Eso esta­ba bien cla­ro para Mal­com, como para Fidel y el pue­blo cubano, que envia­rá, unos años más tar­de, 50 mil per­so­nas para luchar, asis­tir y ense­ñar jun­to al pue­blo negro de Angola.

Ya en la des­pe­di­da Mal­colm expli­có a un perio­dis­ta cubano el carác­ter de su orga­ni­za­ción: “Somos segui­do­res de Muham­mad. Él dice que podría­mos sen­tar­nos a limos­near por 400 años más. Pero si que­re­mos nues­tros dere­chos aho­ra, tene­mos que…”. Son­rien­do enig­má­ti­ca­men­te deci­dió no com­ple­tar una fra­se de pre­vi­si­ble final. Tan pre­vi­si­ble qui­zás como su pro­pio ase­si­na­to, suce­di­do cin­co años des­pués de aquel memo­ra­ble e impro­vi­sa­do encuen­tro. Tan pre­vi­si­ble como el secues­tro y ase­si­na­to de Patri­ce Lumum­ba por agen­tes de la CIA. Tan pre­vi­si­ble como la rodi­lla poli­cial en el cue­llo de Geor­ge Floyd.

Lo que nun­ca fue pre­vi­si­ble fue la soli­da­ri­dad y la uni­dad en la lucha, eso se cons­tru­ye con­tra corrien­te del poder, como el abra­zo entre Mal­colm y Fidel aque­lla noche oto­ñal del ‘60. Como la rebe­lión de una Min­nea­po­lis en lla­mas. Como los múl­ti­ples ges­tos de soli­da­ri­dad entre la colo­nia inter­na y las colo­nias exter­nas de los Esta­dos Uni­dos. Como el coman­dan­te Chá­vez en 2005, reci­bi­do con los bra­zos abier­tos de ese Har­lem que fes­te­ja­ba la rebel­día cari­be­ña de decir­le “dia­blo” al pre­si­den­te de ese EE.UU., el otro EE.UU. Como el inter­na­cio­na­lis­mo prac­ti­ca­do por los pue­blos del Ter­cer Mun­do con­tra el racis­mo, el capi­ta­lis­mo y el colonialismo.

Dicen que esa noche del ´60 un entu­sias­ma­do vecino de Har­lem lan­zó un gri­to: “¡Viva Castro!”

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