Esta­dos Uni­dos. La chis­pa de Minneapolis

Por Ati­lio A. Boron, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 2 junio 2020

Ima­gen: EFE

En
1944 Gun­nar Myr­dal, un sue­co que había reci­bi­do el Pre­mio Nobel de
eco­no­mía, escri­bió un libro titu­la­do “El dile­ma nor­te­ame­ri­cano” para
des­en­tra­ñar las raí­ces del lla­ma­do “pro­ble­ma negro” en Esta­dos Unidos.
Su inves­ti­ga­ción demos­tró que los afro­ame­ri­ca­nos eran per­ci­bi­dos y
tra­ta­dos por los blan­cos ‑sal­vo un sec­tor que no com­par­tía esa creencia-
como una “raza infe­rior” a la cual se le nega­ba el dis­fru­te de los
dere­chos supues­ta­men­te garan­ti­za­dos por la Cons­ti­tu­ción. Por eso los
afro­ame­ri­ca­nos que­da­ban en situa­ción estruc­tu­ral de des­ven­ta­ja con los
blan­cos: bajos ingre­sos, menor edu­ca­ción y mayor des­em­pleo construyeron
la tra­ma pro­fun­da de un círcu­lo vicio­so here­da­do de la lar­ga his­to­ria de
la escla­vi­tud y cuyas som­bras se pro­yec­tan has­ta el pre­sen­te. Myrdal
con­clu­yó su estu­dio dicien­do que Esta­dos Uni­dos tenía un pro­ble­ma, pero
era de otro color: blan­co. Una pobla­ción denos­ta­da, agre­di­da y
dis­cri­mi­na­da, que inclu­so des­pués de un siglo de abo­li­da la esclavitud
debía luchar con­tra la cul­tu­ra del escla­vis­mo que sobre­vi­vió lar­ga­men­te a
la ter­mi­na­ción de esa institución

El Infor­me de la Ofi­ci­na del Cen­so de EEUU del año
2019 con­fir­ma la vali­dez de aquel lejano diag­nós­ti­co de Myr­dal al
demos­trar que si el ingre­so medio de los hoga­res esta­dou­ni­den­ses era de $
63.179 y el de los hoga­res “blan­cos” $ 70.642 el de los afroamericanos
se derrum­ba­ba has­ta los $ 41.361 y el de los “his­pa­nos” caía pero
esta­cio­nán­do­se en $ 51.450. Los blan­cos son el 64 por cien­to del país,
pero el trein­ta por cien­to de la pobla­ción car­ce­la­ria; los negros suman
el 33 por cien­to de los con­vic­tos sien­do el doce de la pobla­ción. El 72
por cien­to de los jóve­nes blan­cos que ter­mi­nan la secun­da­ria ingresan
ese mis­mo años a una ins­ti­tu­ción ter­cia­ria, cosa que sólo hace el 44 de
los afro­des­cen­dien­tes. Las recu­rren­tes revuel­tas de esa etnia oprimida
ates­ti­guan el fra­ca­so de las tími­das medi­das adop­ta­das para integrarla,
como la tan dis­cu­ti­da “acción afir­ma­ti­va.” La pan­de­mia de la covid-19
agra­vó la situa­ción, ponien­do de mani­fies­to la escandalosa
dis­cri­mi­na­ción exis­ten­te: la tasa de mor­ta­li­dad gene­ral por ese virus es
de 322 por millón de habi­tan­tes y baja a 227 para los blan­cos, pero
sube brus­ca­men­te entre los negros a 546 por millón. Y la depresión
eco­nó­mi­ca que la pan­de­mia poten­ció expo­nen­cial­men­te tie­ne entre sus
pri­me­ras víc­ti­mas a los afro­des­cen­dien­tes. Son ellos quie­nes figuran
mayo­ri­ta­ria­men­te entre los ins­crip­tos para obte­ner el módi­co y
tem­po­ra­rio segu­ro de des­em­pleo que ofre­ce el gobierno fede­ral. Y además
son el gru­po étni­co mayo­ri­ta­rio que está en la pri­me­ra línea del combate
a la pandemia.

Esta explo­si­va com­bi­na­ción de cir­cuns­tan­cias sólo nece­si­ta­ba un
chis­pa­zo para incen­diar la pra­de­ra. El ase­si­na­to de Geor­ge Floyd a manos
de la poli­cía de Min­nea­po­lis fil­ma­do minu­to a minu­to y vira­li­za­do en
ins­tan­tes apor­tó ese ingre­dien­te con los resul­ta­dos ya cono­ci­dos. La
cri­mi­nal estu­pi­dez de un Trump des­qui­cia­do por más de cien mil muer­tos a
cau­sa de su nega­cio­nis­mo y por el abis­mo eco­nó­mi­co que se abrió a sus
pies a cin­co meses de la elec­ción pre­si­den­cial hicie­ron el res­to. En un
tuit ame­na­zó a los mani­fes­tan­tes con “meter bala” si pro­se­guían los
dis­tur­bios, igual que los escla­vó­cra­tas sure­ños del siglo diecinueve.
Sig­nos ine­quí­vo­cos de un fin de ciclo, con vio­len­cia des­ata­da, saqueos y
toques de que­da desa­fia­dos en las prin­ci­pa­les ciu­da­des. Cualquier
pre­ten­sión de “vol­ver a la nor­ma­li­dad” que pro­du­jo tan­ta bar­ba­rie es una
melan­có­li­ca ilusión. 

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