25 de Mayo: Día Mun­dial de Áfri­ca. Ani­ver­sa­rio 57 de la fun­da­ción de la Orga­ni­za­ción de la Uni­dad Afri­ca­na (OUA)

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano*, 25 de mayo de 2020.

Cada 25 de mayo se cele­bra el Día de Áfri­ca, des­ta­can­do la diver­si­dad cul­tu­ral de este con­ti­nen­te, pero ¿por qué se celebra?

Áfri­ca
es un con­ti­nen­te con­for­ma­do por 55 paí­ses, más de mil millo­nes de
habi­tan­tes y 30 millo­nes de kiló­me­tros cua­dra­dos de super­fi­cie, lleno de
mul­ti­cul­tu­ra­li­dad, y hete­ro­ge­ne­nei­dad que cele­bra este 25 de mayo el
Día de Áfri­ca, fecha en la que sur­gió la Orga­ni­za­ción de la Unidad
Afri­ca­na (OUA).

¿Cuál es el ori­gen del Día de África? 

El
ori­gen de esta cele­bra­ción se remon­ta al 25 de mayo de del año 1963
cuan­do 32 líde­res de esta­dos afri­ca­nos se reu­nie­ron en Addis Abe­ba para
for­mar la Orga­ni­za­ción de la Uni­dad Afri­ca­na (OUA), hoy Unión Africana
(UA).

Gue­rras en África

La
misión ori­gi­nal de la OUA era pro­mo­ver la liber­tad a aque­llos países
del con­ti­nen­te afri­cano que esta­ban toda­vía bajo el domi­nio colo­nial en
los años 60, defen­der sobe­ra­nía y los dere­chos huma­nos así como la
dig­ni­dad de los africanos.

Esta orga­ni­za­ción se con­ver­ti­ría en el ger­men de la actual Unión Afri­ca­na (UA), renom­bra­da en el año 2001.

¿Por qué se celebra?

Aun­que
el colo­nia­lis­mo ya no es un enemi­go común, la actual Unión Africana
uti­li­za el Día de Áfri­ca para poner en relie­ve cier­tos temas.

La
cele­bra­ción es una opor­tu­ni­dad impor­tan­te para refle­xio­nar sobre los
avan­ces y las tras­for­ma­cio­nes que han ocu­rri­do en el con­ti­nen­te africano
así como los pro­ble­mas que obs­ta­cu­li­zan el desa­rro­llo de la región,
como la gue­rra, la des­igual­dad, la ham­bru­na, la corrup­ción entre otros.

Asi­mis­mo,
este día se ha con­ver­ti­do en ha con­ver­ti­do en fies­ta nacio­nal en muchos
Esta­dos afri­ca­nos, se con­me­mo­ran la unión de los pue­blos afri­ca­nos, su
libe­ra­ción y, la “afri­ca­ni­dad”.

Por
otra par­te, en el mar­co de esta cele­bra­ción, dis­tin­tas ONG han alertado
sobre difí­cil situa­ción que viven millo­nes de per­so­nas en ese
con­ti­nen­te, ante la devas­ta­do­ra cri­sis ali­men­ta­ria pro­vo­ca­da por una de
las sequías más gra­ves de las últi­mas déca­das, suma­do a los conflictos
que azo­tan la región.

(Granma/​Fuente: TelesurTV)

La situa­ción de la mujer en Áfri­ca: entre el acti­vis­mo y la desigualdad

Por: María José Becerra*
Publi­ca­do: 24/​05/​2020

Entre los muchos tópi­cos que exis­ten sobre Áfri­ca qui­zás el más
difun­di­do es el refe­ri­do a la situa­ción de la mujer. Este tra­ta sobre la
con­di­ción de sumi­sión e infe­rio­ri­dad en la que se encuen­tran las
muje­res tan­to en la vida públi­ca como en la pri­va­da, tan­to en las zonas
urba­nas como en las rura­les. En par­ti­cu­lar, es en el cam­po don­de empeora
esta situa­ción debi­do a todas las tareas que deben rea­li­zar (cui­da­do de
la casa y de los hijos, reco­gi­da de agua y leña, pre­pa­ra­ción de
ali­men­tos, tra­ba­jos agrí­co­las y aten­ción del gana­do domés­ti­co). Este
argu­men­to se refuer­za con la idea de que los hom­bres se dedi­can a tareas
más de tipo comu­ni­ta­rio, dedi­ca­dos a dis­cu­tir todo el tiem­po que sea
nece­sa­rio para lograr un acuer­do. En las ciu­da­des, su situa­ción no
mejo­ra mucho, pues ade­más de rea­li­zar todas las tareas del hogar (por
las que no reci­ben sala­rio alguno), si tra­ba­jan fue­ra del ámbito
domés­ti­co reci­ben una menor remu­ne­ra­ción que los hom­bres por la misma
tarea.

Esta visión que se ins­ta­ló des­de la eta­pa colo­nial no solo apun­ta a
deni­grar a las muje­res, sino que tam­bién lo hace con los hom­bres, a
quie­nes se los ve como poco pre­dis­pues­tos al tra­ba­jo, aun­que con ciertas
capa­ci­da­des de man­do. En este sen­ti­do, la nor­ma­ti­va colo­nial europea
refor­zó esto al negar­les dere­chos lega­les a las muje­res en favor de los
hom­bres (el dere­cho a la pro­pie­dad pri­va­da de la tie­rra, el dere­cho a
par­ti­ci­par polí­ti­ca­men­te, a la edu­ca­ción, a casar­se libremente,
etcé­te­ra), situa­ción que las pri­me­ras cons­ti­tu­cio­nes y normativas
nacio­na­les de los Esta­dos inde­pen­dien­tes –que en su mayo­ría fueron
dic­ta­das por las eli­tes mas­cu­li­nas– con­ti­nua­ron y consolidaron.

Sin embar­go, y pese a todo este esfuer­zo, la situa­ción de la mujer
afri­ca­na no dis­ta dema­sia­do de las con­di­cio­nes de vida de las muje­res de
los otros con­ti­nen­tes. Si tene­mos en cuen­ta que las fémi­nas representan
casi la mitad de la pobla­ción mun­dial (según datos de Nacio­nes Unidas
del 2015 son el 49,6% del total), las cifras sobre su situa­ción son
alar­man­tes: repre­sen­tan el 60% de todos los pobres del mun­do, dos
ter­cios de los enfer­mos de HIV en todo el glo­bo y el mis­mo por­cen­ta­je se
repi­te en el gra­do de anal­fa­be­tis­mo, una de cada tres muje­res ha
sufri­do algu­na for­ma de vio­len­cia de géne­ro, y solo el 10% de los
gobier­nos del mun­do están en manos de muje­res. Estas circunstancias
pro­vo­can que muchas muje­res se encuen­tren en situa­ción de desigualdad,
infe­rio­ri­dad y vul­ne­ra­bi­li­dad, pues­to que no pue­den desa­rro­llar­se como
per­so­nas con pleno dis­fru­te de sus derechos.

En Áfri­ca, el segun­do con­ti­nen­te más pobla­do del mun­do, las mujeres
cons­ti­tu­yen el 51% de la pobla­ción total, es decir, el 11% de la
pobla­ción feme­ni­na mun­dial. Son un gru­po bási­ca­men­te joven y no
homo­gé­neo, ya que se lo pue­de dife­ren­ciar por regio­nes, cla­ses sociales,
carac­te­rís­ti­cas cul­tu­ra­les y gene­ra­cio­na­les. Por ejem­plo, si analizamos
por regio­nes, en Áfri­ca Sub­saha­ria­na pre­do­mi­na la pobla­ción femenina
excep­to en Ango­la, Mozam­bi­que, Eri­trea, Soma­lia y Yibu­tí, mien­tras que
en el nor­te pre­do­mi­na la pobla­ción mas­cu­li­na, sal­vo en Marruecos,
Mau­ri­ta­nia y Chad. Por otra par­te, den­tro del ran­king de los diez países
en don­de la situa­ción de la mujer es la peor del mun­do, según los datos
de World Eco­no­mic Forum de 2015, cua­tro de ellos son africanos,
situán­do­se del peor al mejor, pri­me­ro Marrue­cos, cuar­to Cos­ta de Marfil,
sex­to Mali y octa­vo Chad.

No obs­tan­te y pese a estas dife­ren­cias, es posi­ble analizar
glo­bal­men­te su situa­ción con cier­to rigor, ya que las sociedades
afri­ca­nas han pasa­do por los mis­mos pro­ce­sos his­tó­ri­cos (escla­vi­za­ción,
colo­ni­za­ción, pro­ce­so de inde­pen­den­cia, cri­sis del Esta­do independiente,
neo­li­be­ra­lis­mo, glo­ba­li­za­ción). Aun­que se debe tener cui­da­do para no
caer en dis­tor­sio­nes al gene­ra­li­zar. Como seña­la Remei Sipi, lideresa
afri­ca­na: o todas las muje­res son idea­li­za­das madres fecun­das y
gene­ro­sas, o son pobres muje­res sojuz­ga­das y entre­ga­das al matri­mo­nio en
su pubertad.

Se las pone así en un lugar de exo­tis­mo don­de solo son un mero objeto
pasi­vo de las fuer­zas socia­les y de los impe­ra­ti­vos masculinos,
enmar­ca­dos en un con­tex­to “tra­di­cio­nal” den­tro del cual se justifican
cier­tas prác­ti­cas cul­tu­ra­les deno­mi­na­das “fol­kló­ri­cas”, como las
orna­men­ta­les o cere­mo­nias ritua­les –por ejem­plo el uso del barra­cano en
Libia; el uso de más­ca­ras bun­du en la socie­dad san­dé de Sie­rra Leo­na; en
Mau­ri­ta­nia las niñas y muje­res son engor­da­das para estar más hermosas–
que son explo­ta­das por el turis­mo; y en otras oca­sio­nes estas prácticas
son cri­ti­ca­das –como es el caso de la abla­ción feme­ni­na– des­de una
posi­ción pasi­va en don­de pri­man los “bue­nos” sen­ti­mien­tos de la sociedad
inter­na­cio­nal, en espe­cial de los paí­ses desa­rro­lla­dos, pero que no se
con­cre­tan en accio­nes que modi­fi­quen la situa­ción de la mujer africana.

Estas visio­nes está­ti­cas sobre la situa­ción de la mujer par­ten de
con­ce­bir­la fue­ra de un pro­ce­so his­tó­ri­co con­cre­to, dis­cri­mi­nán­do­las al
con­si­de­rar que no pue­den tener un papel des­ta­ca­do en el pro­ce­so de
desa­rro­llo de su loca­li­dad, de su nación, de su región o
internacionalmente.

La mujer motor del desarrollo

Las muje­res afri­ca­nas están adqui­rien­do –a un ele­va­dí­si­mo precio–
auto­no­mía en todos los cam­pos de la vida, ganan­do cada vez más espacios
de poder. Aun­que son pie­zas cla­ve en todos los aspec­tos de la realidad
social, eco­nó­mi­ca, polí­ti­ca y cul­tu­ral en cada uno de los paí­ses, su
par­ti­ci­pa­ción en el desa­rro­llo del con­ti­nen­te ha permanecido
his­tó­ri­ca­men­te invisibilizado.

Las muje­res son agen­tes de desa­rro­llo en todo el pla­ne­ta, y en África
no son menos, ya que repre­sen­tan el 40% de la fuer­za labo­ral. Sin
embar­go resul­ta suma­men­te difí­cil men­su­rar­lo y cono­cer su situación
labo­ral ya que no están inclui­das en las pocas esta­dís­ti­cas oficiales.
Esto se debe, en par­te, a que no son una varia­ble de inte­rés para la
pla­ni­fi­ca­ción de futu­ras polí­ti­cas públicas.

Si dife­ren­cia­mos la situa­ción de la mujer en el ámbi­to rural y en el
urbano, obser­va­mos que en el pri­me­ro está expues­ta a un mayor gra­do de
vul­ne­ra­bi­li­dad como con­se­cuen­cia del poco acce­so a la salud, a la
edu­ca­ción y a la pro­pie­dad de la tie­rra, aun­que en nume­ro­sos casos es la
úni­ca fuen­te de ingre­sos dis­po­ni­ble en la estruc­tu­ra fami­liar –ya sea
por diver­sas cau­sas como la migra­ción de los varo­nes a la ciu­dad, o a
otras regio­nes de Áfri­ca o hacia otros con­ti­nen­tes en bus­ca de una mejor
situa­ción eco­nó­mi­ca; por los con­flic­tos béli­cos que provocan
des­pla­za­mien­tos inter­nos y exter­nos, o por la mer­ma de la población
mas­cu­li­na, por desas­tres natu­ra­les, entre otros – . En las zonas rurales,
la divi­sión del tra­ba­jo por sexo y la des­pro­por­ción con la población
mas­cu­li­na acen­túan la desigualdad.

En el ámbi­to urbano las muje­res se dedi­can mayo­ri­ta­ria­men­te a la
eco­no­mía popu­lar, pro­du­cien­do todo tipo de bie­nes que luego
comer­cia­li­zan de mane­ra for­mal o infor­mal. Esto les posi­bi­li­ta obtener
una mayor auto­no­mía eco­nó­mi­ca, que se refle­ja en un mayor y mejor acceso
a la sani­dad, a la edu­ca­ción, a bie­nes cul­tu­ra­les, a un mejor nivel de
vida, más aún si la com­pa­ra­mos con las muje­res que viven en el campo.

Las muje­res, tan­to en el ámbi­to rural como en el urbano, están
logran­do avan­ces sus­tan­cia­les en mejo­rar su situa­ción gra­cias a la
obten­ción de cier­to tipo de cré­di­tos con meno­res con­di­cio­nes para su
otor­ga­mien­to, al acce­so a empleos de cali­dad en el sis­te­ma for­mal, y a
la pro­mo­ción de cam­bios en la nor­ma­ti­va que posi­bi­li­ta el dere­cho de
pro­pie­dad de la tie­rra para las muje­res. Estos cam­bios son el resultado
de un pro­ce­so de lucha por el reco­no­ci­mien­to y la rei­vin­di­ca­ción de sus
dere­chos. Las muje­res afri­ca­nas, sobre todo las de las áreas urba­nas, se
movi­li­zan y tie­nen una par­ti­ci­pa­ción acti­va en dife­ren­tes contextos.

Esto se debe a que en Áfri­ca la noción de per­so­na está sus­ten­ta­da en
la per­te­nen­cia, en la rela­ción con el colec­ti­vo y tam­bién en su
vin­cu­la­ción con el tiem­po –tan­to con los ante­pa­sa­dos como con sus
con­tem­po­rá­neos y con sus des­cen­dien­tes – . La reali­dad es vis­ta como una
inter­re­la­ción entre todos los ele­men­tos que la for­man. La per­so­na es
enten­di­da simul­tá­nea­men­te como uni­dad y como plu­ra­li­dad. Combinándose
así accio­nes colec­ti­vas y lide­raz­gos individuales.

Acti­vis­mo y liderazgo

Hace ya tiem­po que las muje­res comen­za­ron a par­ti­ci­par acti­va­men­te en
espa­cios con­si­de­ra­dos tra­di­cio­nal­men­te como ámbi­tos de poder de los
hom­bres. Uno de estos espa­cios es el finan­cie­ro, pues­to que pueden
acce­der a prés­ta­mos por fue­ra del cir­cui­to ban­ca­rio. Este sistema
per­mi­te obte­ner sumas de dine­ro a una baja tasa de inte­rés y sin
dema­sia­dos requi­si­tos pre­vios. Bajo estas con­di­cio­nes, las que más uso
hacen de estos micro­cré­di­tos son las muje­res, quie­nes los uti­li­zan para
rea­li­zar empren­di­mien­tos que sos­ten­gan o com­ple­men­ten la economía
fami­liar, o para resol­ver pro­ble­mas espe­cí­fi­cos –como la com­pra de
medi­ca­men­tos, pagar cesá­reas, ampliar sus vivien­das, pagar la educación
de los niño.

Estos micro­cré­di­tos son impul­sa­dos des­de los gobier­nos nacionales,
des­de las orga­ni­za­cio­nes inter­na­cio­na­les, y des­de las ONG como una
alter­na­ti­va para solu­cio­nar el ham­bre y la pobre­za en Áfri­ca. Sin
embar­go, las aso­cia­cio­nes de muje­res cri­ti­can este sis­te­ma por­que las
esta­fan, las endeu­dan y las arrui­nan, ya que los intere­ses que deben
pagar son mucho más de lo que ganan, de mane­ra que deben endeu­dar­se para
devol­ver el prés­ta­mo. Es así que se enca­de­nan un prés­ta­mo sobre otro,
“envol­vién­do­se” en un círcu­lo vicio­so de endeu­da­mien­to. Las mujeres
víc­ti­mas de este sis­te­ma sufren ame­na­zas cons­tan­tes –se lle­ga a publicar
radial­men­te el lis­ta­do de las deu­do­ras– e inclu­so la cár­cel, si no
pue­den pagar, como en Malí; o han per­di­do a sus fami­lias o han caí­do en
la pros­ti­tu­ción, como en Marrue­cos; o se han endeu­da­do para no morir por
no poder pagar una cesá­rea, como en Congo.

Para rom­per con esta cade­na de endeu­da­mien­to –cuyas ramificaciones
vin­cu­lan a las empre­sas loca­les de prés­ta­mo con gran­des financistas
inter­na­cio­na­les, orga­nis­mos inter­na­cio­na­les como el Ban­co Mun­dial y el
Fon­do Mone­ta­rio Inter­na­cio­nal y per­so­na­li­da­des– se están promocionando
accio­nes con­cre­tas orga­ni­za­das por aso­cia­cio­nes de muje­res. Por ejemplo,
la Aso­cia­ción de Muje­res Rura­les de Nige­ria (COWAN) creó su propio
sis­te­ma de cré­di­tos en 1982. Comen­zó a desa­rro­llar­se con 24 muje­res y un
fon­do de 45 dóla­res, y hoy cuen­ta con 8 millo­nes de dóla­res y 24 mil
socias. En Benín suce­dió algo simi­lar, basán­do­se en un sis­te­ma de
colec­ta tra­di­cio­nal en Áfri­ca, lla­ma­do ton­ti­na, se creó el Círcu­lo de
Auto­pro­mo­ción para un Desa­rro­llo Dura­de­ro que fun­cio­na como un ban­co de
muje­res. Este ban­co pres­ta dine­ro a un bajo inte­rés y sus bene­fi­cios son
emplea­dos para la capa­ci­ta­ción y for­ma­ción de mujeres.

Ade­más, en las zonas urba­nas, las muje­res recla­man por una democracia
de géne­ro, con igual­dad de dere­chos ya que en la mayo­ría de los países
la dis­cri­mi­na­ción legal es habi­tual, aun­que más acen­tua­da en los del
nor­te del con­ti­nen­te. Se han logra­do avan­ces en varios países
sub­saha­ria­nos que han desa­rro­lla­do una legis­la­ción igua­li­ta­ria como es
el caso de Kenia –la Cons­ti­tu­ción kenia­na plan­tea la pro­tec­ción igual de
dere­chos y liber­ta­des para hom­bres y muje­res, y posee una nor­ma­ti­va de
géne­ro que prohí­be la muti­la­ción geni­tal, pro­por­cio­na dere­cho a la
heren­cia, entre otros pun­tos – ; de la legis­la­ción elec­to­ral en Burundi,
Sudá­fri­ca y Ugan­da; de la ley de igual­dad del gobierno sene­ga­lés; o la
apro­ba­ción de la polí­ti­ca de Edu­ca­ción para Todos en la mayo­ría de los
paí­ses, por citar solo algu­nos ejemplos.

La adop­ción de una legis­la­ción favo­ra­ble a la igual­dad de derechos
eco­nó­mi­cos, socia­les y cul­tu­ra­les entre hom­bres y muje­res, en don­de se
con­de­na la vio­len­cia de géne­ro y se garan­ti­zan los dere­chos sexua­les y
repro­duc­ti­vos, se debe a un cam­bio sus­tan­cial en la situa­ción jurídica
de la mujer: el reco­no­ci­mien­to de sus dere­chos polí­ti­cos. Ade­más de
poder votar –todos los paí­ses afri­ca­nos reco­no­cen el sufra­gio femenino–
las muje­res par­ti­ci­pan en dis­tin­tos ámbi­tos de poder, como por ejemplo
en los órga­nos judi­cia­les nacio­na­les e inter­na­cio­na­les; en los
par­la­men­tos, asam­bleas loca­les y en el poder eje­cu­ti­vo, como jefas de
Esta­do y de gobierno, minis­tras, emba­ja­do­ras, etcétera.

Esto se plas­ma en un mayor com­pro­mi­so por par­te de los gobier­nos de
los paí­ses afri­ca­nos con la adop­ción de mar­cos polí­ti­cos capa­ces de
pro­mo­ver la igual­dad de géne­ro y la defen­sa de los dere­chos huma­nos de
las muje­res. Por ejem­plo en el año 2009, duran­te la Cum­bre anual de
Jefes de Esta­do y de Gobierno de la Unión Afri­ca­na, se deci­dió adoptar
al año 2010 como el Año de la Paz, y la déca­da 2010 – 2020 como la Década
de la Mujer. Otros hitos rele­van­tes son que, para la fecha, la mayoría
de los paí­ses de este con­ti­nen­te han rati­fi­ca­do la Con­ven­ción sobre la
Eli­mi­na­ción de todas las For­mas de Dis­cri­mi­na­ción con­tra la Mujer de
Nacio­nes Uni­das, y más de la mitad ya han rati­fi­ca­do el Pro­to­co­lo sobre
los Dere­chos de la Mujer en Áfri­ca de la Unión Africana.

La repre­sen­ta­ción feme­ni­na en todos los par­la­men­tos de África
sig­ni­fi­ca un 16,8% del total de todos los esca­ños. Pero hay paí­ses donde
este por­cen­ta­je es mayor. Por ejem­plo, Ruan­da tie­ne el mayor núme­ro de
muje­res legis­la­do­ras del mun­do, con el 48% de sus representantes
par­la­men­ta­rias feme­ni­nas, mien­tras que en Sudá­fri­ca y Mozam­bi­que las
legis­la­do­ras ocu­pan el 30% de los escaños.

Tal pre­sen­cia feme­ni­na baja nota­ble­men­te en los car­gos ejecutivos.
Pero en aten­ción a que solo el 10% de los gobier­nos del mun­do están en
manos de muje­res, la situa­ción en Áfri­ca no es tan mala. En la
actua­li­dad Libe­ria cuen­ta con una mujer como pre­si­den­ta, Ellen
John­son-Sir­leaf, quien ejer­ce ese car­go des­de el año 2006. Tam­bién en la
Repú­bli­ca de Mau­ri­cio, una mujer, Amee­nah Gurib-Fakim, ejer­ce el cargo
des­de el 5 de junio de 2015. Has­ta hace unos pocos meses (entre el 23 de
enero de 2014 y el 30 de mar­zo de 2016) la pre­si­den­ta inte­ri­na de
Repú­bli­ca Cen­troa­fri­ca­na era Cathe­ri­ne Sam­ba-Pan­za. Mien­tras que en la
Repú­bli­ca Cen­troa­fri­ca­na, Sam­ba-Pan­za fue la pri­me­ra mujer en alcanzar
ese car­go, en el caso de Libe­ria y Mau­ri­cio no suce­dió lo mis­mo. En
Libe­ria, entre 1996 y 1997, Ruth Perry ya había alcan­za­do ese cargo,
mien­tras que Moni­que Ohsan Belle­peau fue pre­si­den­ta inte­ri­na de Mauricio
en dos oca­sio­nes (31 de mar­zo de 2012 al 21 de junio del mis­mo año, y
del 29 de mayo al 5 de junio de 2015). Se pue­de men­cio­nar a otros países
cuyos pre­si­den­tes fue­ron muje­res, como es el caso de Car­men Perei­ra en
Gui­nea Bis­sau (1984), o Syl­vie Kini­gi en Burun­di (entre 1993 y 1994), o
Joy­ce Ban­da en Mala­wi (des­de 2012 al 2014) y Rose Fran­ci­ne Rogom­bé como
pre­si­den­ta inte­ri­na de Gabón (en 2009).

Otras lide­re­sas polí­ti­cas ocu­pa­ron el car­go de pri­me­ra minis­tra, como
es el caso de Lui­da Dio­go quien entre 2004 y 2010 lo hizo en
Mozam­bi­que, al tiem­po que en Sene­gal ejer­cie­ron esa res­pon­sa­bi­li­dad Mame
Madior Boye, entre 2001 y 2002, y Ami­na­ta Tou­re, entre 2013 y 2014, y
en San­to Tomé y Prín­ci­pe lo hizo María do Car­mo Sil­vei­ra, entre 2005 y
2006. Ade­más, encon­tra­mos muje­res en car­gos de gobierno como
vice­pre­si­den­cias, minis­te­rios, emba­ja­das, gober­na­cio­nes, municipios,
etc.; y en pues­tos impor­tan­tes de nego­cios o finan­cie­ros. Como ejemplo,
Phum­zi­le Mlam­bo-Ngcu­ka, vice­pre­si­den­ta de Sudá­fri­ca entre 2005 y 2008 y
actual­men­te direc­to­ra eje­cu­ti­va de ONU Muje­res; o Isa­bel dos Santos,
hija del actual pre­si­den­te ango­le­ño, que es la mujer más rica de África,
due­ña de varias empre­sas tele­fó­ni­cas, entre otros negocios.

A modo de cierre

La mujer en Áfri­ca es vis­ta hoy como un motor pri­vi­le­gia­do para
alcan­zar el desa­rro­llo eco­nó­mi­co, pro­mo­ver la igual­dad social y
polí­ti­ca, y obte­ner la paz en aque­llos luga­res don­de aún hay conflictos
de algún tipo.

Tres afri­ca­nas fue­ron galar­do­na­das con el Pre­mio Nobel, en parte
bus­can­do dar­le visi­bi­li­dad a la lucha por sus dere­chos. En 1991, la
acti­vis­ta polí­ti­ca y escri­to­ra suda­fri­ca­na Nadi­ne Gor­di­mer reci­bió el de
Lite­ra­tu­ra, mien­tras que el de la Paz fue otor­ga­do a afri­ca­nas en dos
opor­tu­ni­da­des: en 2004 a la acti­vis­ta polí­ti­ca y eco­lo­gis­ta keniana
Wan­ga­ri Maathal, y en 2011 a la actual pre­si­den­ta de Libe­ria, Ellen
John­son Sir­leaf. A su vez, otras muje­res han sido reco­no­ci­das por
ins­ti­tu­cio­nes regio­na­les e inter­na­cio­na­les por su acti­vis­mo y por su
lucha, como la con­go­le­ña Rebe­ca Masi­ka Katsu­va, las gha­ne­sas Amma Asante
y Wini­fred Selby, la etío­pe Almaz Aya­na, las suda­fri­ca­nas Geraldine
Joslyn Fra­ser-Mole­ke­ti y Nko­sa­za­na Dla­mi­ni-Zuma, las nige­ria­nas Zuriel
Odu­wo­le, Obia­ge­li Ezek­we­si­li, Ola­ju­mo­ke Ade­no­wo, Mo Abu­du y Arun­ma Oteh,
y la kenia­na Wan­ji­ru Kamau-Rutenberg.

Sin la pre­sen­cia de la mujer en gene­ral, y de las afri­ca­nas en
par­ti­cu­lar, en los más altos pues­tos de res­pon­sa­bi­li­dad ya sea a nivel
local, nacio­nal y glo­bal, no es posi­ble supe­rar los gran­des retos de la
huma­ni­dad como el empo­bre­ci­mien­to de más de media huma­ni­dad, la
vio­len­cia, el abu­so de dere­chos huma­nos, el abu­so del poder y la injusta
ges­tión de los recur­sos exis­ten­tes. La par­ti­ci­pa­ción de la mujer es
impres­cin­di­ble para “huma­ni­zar” y recon­ci­liar la socie­dad a todos los
niveles.

En Áfri­ca, la recien­te his­to­ria de Bur­ki­na Faso, Malí, RDC, Nigeria,
Tan­za­nia, nos mues­tra cla­ra­men­te que las muje­res han sido las
pro­ta­go­nis­tas y el fac­tor deter­mi­nan­te para sal­var la demo­cra­cia, los
dere­chos huma­nos, la bue­na gober­nan­za y la trans­for­ma­ción de conflictos,
a tra­vés de una par­ti­ci­pa­ción acti­va en la bús­que­da de soluciones.

Sin embar­go, muchas muje­res siguen hoy mar­gi­na­das y opri­mi­das, ya sea
por las “tra­di­cio­nes” o por las nor­ma­ti­vas ema­na­das de los Esta­dos; en
situa­ción de depen­den­cia eco­nó­mi­ca­men­te de los hom­bres; sien­do víctimas
de la vio­len­cia sexual y de géne­ro, y los acto­res más vul­ne­ra­bles en
cual­quier tipo de con­flic­to. Es por ello que en la actua­li­dad la
socie­dad civil afri­ca­na tie­ne un gran desa­fío por delan­te para pro­te­ger y
cui­dar mejor a sus muje­res. Para ello, la socie­dad debe preparar
cam­pa­ñas de sen­si­bi­li­za­ción, pro­mo­ción de la cul­tu­ra de la igualdad,
refor­mas de los libros de tex­to que per­pe­túan este­reo­ti­pos dañi­nos para
los jóve­nes, el ase­so­ra­mien­to y la media­ción civil para resol­ver los
con­flic­tos fami­lia­res sin recu­rrir a la vio­len­cia. Alcan­zar esos
obje­ti­vos es un desa­fío, tan­to para la socie­dad civil como para los
Esta­dos afri­ca­nos que son los encar­ga­dos de imple­men­tar­los y así
garan­ti­zar el desa­rro­llo del continente.

Toma­do de Voces en el Fénix.com

*Licen­cia­da en His­to­ria y Magis­ter en Rela­cio­nes Inter­na­cio­na­les por
la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de Cór­do­ba. Coor­di­na­do­ra de la Carre­ra de
Espe­cia­li­za­ción en Estu­dios Afro­ame­ri­ca­nos, Maes­tría en Diversidad
Cul­tu­ral de la Uni­ver­si­dad Nacio­nal de Tres de Febre­ro (UNTREF).
Co-Direc­to­ra del Pro­gra­ma de Estu­dios Afri­ca­nos del Cen­tro de Estudios
Avan­za­dos (UNC). Docen­te e inves­ti­ga­do­ra de la UNTREF y de la UNC

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