Argen­ti­na. Entre­vis­ta a Mabel Belluc­ci, ensa­yis­ta y acti­vis­ta femi­nis­ta queer

Por Mariano Pache­co, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano*, 22 de mayo. Las luchas en las calles, en las pla­zas y en las camas

Los
femi­nis­mos, los dere­chos huma­nos y las disi­den­cias sexua­les, el
archi­vo y la his­to­ria, la inves­ti­ga­ción y el acti­vis­mo. Un diálogo
a fon­do con Mabel Belluc­ci, ensa­yis­ta, inves­ti­ga­do­ra, perio­dis­ta y
acti­vis­ta femi­nis­ta queer.

Le
gus­ta que la pre­sen­ten como ensa­yis­ta, más que como teó­ri­ca o
aca­dé­mi­ca. Dice que en algún momen­to el desa­fío se le presentó,
sobre todo a media­dos de la déca­da del ochen­ta, cuan­do tuvo

la
opor­tu­ni­dad de inte­grar el Ubacyt de Dora Barran­cos en la Universidad
de Bue­nos Aires para inves­ti­gar jun­to a Cris­ti­na Camus­so sobre
muje­res anar­quis­tas y la huel­ga de inqui­li­nos en 1907. “Pre­fie­ro
inves­ti­gar por fue­ra de las ins­ti­tu­cio­nes”, comen­ta, y reivindica
el tra­za­do de genea­lo­gías, el tra­ba­jo de archi­vos, testimonios,
rela­tos de vida y el acti­vis­mo que per­mi­te ir y vol­ver. “El género
del ensa­yo en Argen­ti­na tie­ne una tra­di­ción muy fuer­te. La mayoría
de tus auto­res pre­fe­ri­dos, Mariano, han sido ensa­yis­tas de fuste”,
insis­te al comen­zar la con­ver­sa­ción con este cro­nis­ta. “A mí me
pasa como a vos: res­ca­to el ensa­yo, los gru­pos de estu­dio, los
espa­cios auto­ges­ti­vos y ese movi­mien­to de tran­si­tar diversos
terri­to­rios, publi­car un libro, car­gar la mochi­la y salir a recorrer
ciu­da­des para abrir e inter­ve­nir en deba­tes por fue­ra de Buenos
Aires”. 

Actual­men­te,
Belluc­ci ha fun­da­do jun­to al archi­vis­ta e inves­ti­ga­dor Juan Queiroz
“Molé­cu­las Malu­cas”, un sitio web dedi­ca­do al res­ca­te de
archi­vos olvi­da­dos y al tra­ba­jo de la memo­ria que no se ago­ta en
reca­pi­tu­lar los recuer­dos de las y los ante­ce­so­res, para refres­car la
memo­ria sobre las luchas y pro­duc­cio­nes de quie­nes ante­ce­die­ron los
actua­les movimientos.
Ade­más, inte­gra el Con­se­jo de redac­ción de Herra­mien­ta,
revis­ta de deba­te y crí­ti­ca mar­xis­ta, de LATFEM, un medio de
comu­ni­ca­ción femi­nis­ta digi­tal y tam­bién del Pro­gra­ma de Memorias
Polí­ti­cas Femi­nis­tas y Sexo-gené­ri­cas, Sexo y Revo­lu­ción, del
CeDin­Ci. Duran­te más de una déca­da for­mó par­te del Gru­po de
Estu­dios sobre Sexua­li­da­des (GES) en el Ins­ti­tu­to de Investigación
Gino Ger­ma­ni de la UBA, un espa­cio abier­to den­tro de la aca­de­mia para
la dis­cu­sión, pro­duc­ción inte­lec­tual e inter­ven­ción polí­ti­ca, con
reunio­nes men­sua­les con estu­dian­tes de gra­do, posgrado,
investigadores/​as, acti­vis­tas o interesados/​as. Belluc­ci res­ca­ta del
GES su poro­si­dad para socia­li­zar sabe­res y su capa­ci­dad de poner a
dia­lo­gar dife­ren­tes pro­ce­den­cias dis­ci­pli­na­rias, etáreas,
uni­ver­si­ta­rias y no uni­ver­si­ta­rias. Ha publi­ca­do, entre otros libros,
His­to­ria
de una des­obe­dien­cia. Abor­to y feminismo,

Orgu­llo.
Car­los Jáu­re­gui, una bio­gra­fía polí­ti­ca
y
coeditó
Des­de la Cuba revo­lu­cio­na­ria: Femi­nis­mo y Mar­xis­mo en la obra de
Isa­bel Lar­guía y John Dumou­lin
.
Todos ellos fue­ron reedi­ta­dos y amplia­dos a lo lar­go de este año.
Obtu­vo la beca de Perio­dis­mo de Inves­ti­ga­ción Rodol­fo Walsh otorgada
por la Biblio­te­ca Nacio­nal Mariano Moreno y el pre­mio en el Concurso
de Letras en la cate­go­ría “Ensa­yo No Fic­ción” del Fondo
Nacio­nal de las Artes. En esta con­ver­sa­ción con revis­ta
Zoom
rei­vin­di­ca “las luchas en las calles, en las pla­zas y en las
camas”, pero tam­bién, la lucha que impli­ca estu­diar, investigar,
escri­bir y ela­bo­rar dis­cur­sos fue­ra del mar­gen. “Que cues­tio­ne el
aca­de­mi­cis­mo eli­tis­ta y hege­mó­ni­co no quie­re decir que no
rei­vin­di­que la inves­ti­ga­ción. Todo lo con­tra­rio, bási­ca­men­te rebato
su atri­bu­ción en con­si­de­rar­se y con­si­de­rar­la como úni­co modo de
pen­sar e inves­ti­gar. Lo que en los años 70 eran dis­cu­sio­nes ahora
son papers. Por eso, me iden­ti­fi­co más como acti­vis­ta feminista
queer”.

Mabel:
para empe­zar esta con­ver­sa­ción me gus­ta­ría pre­gun­tar­te, a vos que
venís tran­si­tan­do estas luchas de los femi­nis­mos, dere­chos huma­nos y
disi­den­cias sexua­les des­de hace tan­tos años, cómo estás pensando
el fenó­meno del femi­nis­mo, qué impor­tan­cia le atri­buís para pensar
la situa­ción actual.

En
pri­mer lugar, me pare­ce impor­tan­te acla­rar que ya no se habla del
femi­nis­mo: no hay un sólo femi­nis­mo, hay femi­nis­mos, en plu­ral. Es
un movi­mien­to de movi­mien­tos, con una mul­ti­pli­ci­dad de corrien­tes en
su inte­rior, que no siem­pre con­flu­yen y, ade­más, pue­den enfrentarse
entre sí. Y el uso del sin­gu­lar es un error que inclu­so comen­ten las
pro­pias feministas. 

Me
ins­cri­bo en la corrien­te del femi­nis­mo queer que tensiona
crí­ti­ca­men­te el suje­to polí­ti­co del femi­nis­mo hete­ro­nor­ma­do y, en
simul­tá­neo, implo­sio­na el bina­ris­mo sexo-gené­ri­co, indispensable
para la per­sis­ten­cia de la hete­ro­se­xua­li­dad como régi­men político.
Para mí, los femi­nis­mos son dis­po­si­ti­vos polí­ti­cos, teó­ri­cos y de
inter­ven­ción públi­ca, que cual­quie­ra pue­de hacer suyo. No se define
a tra­vés de las geni­ta­li­da­des. A mi enten­der, esa línea se ha
ago­ta­do; hay que abrir­se a lo no fami­liar, lo no nacio­nal, lo no
racial, lo no gene­ri­za­do. Con el femi­nis­mo queer pasa algo simi­lar a
lo que acon­te­ce con el suje­to uni­ver­sal en las izquier­das: así como
ya no es sólo el pro­le­ta­ria­do, aquí el suje­to ya no es tan solo la
mujer ¿se entien­de? Yo no soy sepa­ra­tis­ta, no me encua­dro en la
antí­te­sis mujer vs varón. Me pare­ce que es hora de esta­llar la
noción mis­ma de mujer, por­que es esa suje­ta polí­ti­ca el que estamos
ponien­do en dis­cu­sión. Por ejem­plo, en rela­ción al aborto
volun­ta­rio, ¿qué dice el dis­cur­so hege­mó­ni­co? Bueno, el discurso
hete­ro­cen­tra­do te dice “la mujer deci­de”. Pero resul­ta que
esta­mos ante una mul­ti­pli­ci­dad de muje­res: hete­ro­se­xua­les, bisexuales
y les­bia­nas, e inclu­so, les­bia­nas que no se asu­men como mujeres.
Igual, mere­ce un inten­to de apos­tar a la supera­ción del contenido
hete­ro­se­xual y a la prác­ti­ca coital de la deman­da del aborto
volun­ta­rio para que que­pa cual­quier cor­po­ra­li­dad que por­te un útero
indis­tin­ta­men­te de su expre­sión de géne­ro. Todo cuer­po que por­ta un
úte­ro se emba­ra­za y tam­bién abor­ta. No se pue­de dejar de lado a las
mas­cu­li­ni­da­des trans y no bina­ries en este cam­po. Lo queer arri­ma y
con­fi­gu­ra mem­bre­sías polí­ti­co-afec­ti­vas con todo lo que expul­sa la
hete­ro­se­xua­li­dad. Así se están pre­sen­ta­do los emba­tes: cru­za­dos y
rizomáticos.

Des­de
lo que plan­teas se pue­de pen­sar tam­bién por qué se pro­du­jo la
dis­cu­sión, en los últi­mos Encuen­tros Nacio­na­les de Muje­res, para
que dejen de lla­mar­se así y pasen a ser Encuen­tros Plu­ri­na­cio­na­les y
no sólo de muje­res, incor­po­ran­do una diver­si­dad más amplia de
suje­tos minoritarios.

Por
supues­to. Cuan­do los suje­tos polí­ti­cos empie­zan a implo­sio­nar, los
dis­cur­sos comien­zan a tomar nue­vos rum­bos, la enun­cia­ción ya no es
la mis­ma. Que un encuen­tro hoy se lla­me Nacio­nal de Muje­res no me
dice dema­sia­do, más aún, atra­sa. A lo lar­go de estos años, se han
incor­po­ra­do tra­ves­tis, tra­ba­ja­do­ras sexua­les, indígenas,
afro­ac­ti­vis­tas. per­so­nas trans. Enton­ces, el con­cep­to mujer ya no te
sir­ve dado que remi­te a una sola opre­sión: la gené­ri­ca. Sin
embar­go, no hace refe­ren­cia a otras opre­sio­nes o subalternidades:
cla­se, raza/​etnia, edad, región, es decir, se des­co­no­ce la
inter­sec­cio­na­li­dad. Así, en los Encuen­tros pri­me­ro irrum­pie­ron las
tra­ves­tis, con la figu­ra este­lar de Loha­na Ber­kins. Sig­ni­fi­có una
lucha cuer­po a cuer­po que dimos un gru­po peque­ño de femi­nis­tas. A
par­tir de ahí, se fue­ron suman­do a todo este mapeo car­to­grá­fi­co de
femi­nis­mos, otros suje­tos y suje­tas. Hace unos días salió un
lla­ma­do a las per­so­nas que tra­ba­jan tenien­do en cuen­ta la perspectiva
de géne­ro, para que incor­po­ren la varia­ble étni­co racial en los
rele­va­mien­tos y tra­ba­jos infor­ma­ti­vos que pro­duz­can. Y recla­man con
razón que, si bien se ha rea­li­za­do gran­des avan­ces en tér­mi­nos de
inclu­sión de la varia­ble de géne­ro, pero aún es noto­ria la
ausen­cia de la varia­ble étnico-racial.

¿Tra­ba­ja­do­ras
sexua­les o “muje­res en situa­ción de pros­ti­tu­ción”? ¿Hay toda
una dis­cu­sión ahí, no?

La
noción de pros­ti­tu­ción es afín a los años seten­ta. ¿Qué sucede?
irrum­pe las tra­ba­ja­do­ras sexua­les, las putas femi­nis­tas, que
incor­po­ran la noción de tra­ba­jo. Y esto no sólo inter­pe­la a las
femi­nis­tas sino tam­bién a las izquier­das que dis­po­nían la imagen
del pro­le­ta­ria­do como de un varón hete­ro­se­xual, con ove­rol en la
fábri­ca. Enton­ces que una puta se asu­ma tra­ba­ja­do­ra tras­to­ca todo lo
ima­gi­na­ble. Se plan­tean que, en tan­to tra­ba­ja­do­ras, poseen derechos
como cual­quier otra per­so­na que tra­ba­ja, y se sin­di­ca­li­zan. A mí me
pare­ce total­men­te revo­lu­cio­na­rio, si lo lee­mos des­de la perspectiva
de las micro­re­vo­lu­cio­nes: ten­sio­nan la rela­ción mis­ma de
capi­tal-tra­ba­jo. En Molé­cu­las Malu­cas, Iva­na Tin­ti­lay, inte­gran­te de
nues­tro colec­ti­vo, se pre­sen­ta: “soy tra­ba­ja­do­ra sexual trans”.

Te
que­ría pre­gun­tar, ya que men­cio­nás a “Molé­cu­las Malu­cas”, por
el tra­ba­jo que vie­nen hacien­do res­pec­to del archi­vo en ese portal
web, sobre esas “alian­zas abe­rran­tes” que se supie­ron entretejer
en nues­tro país entre las femi­nis­tas y las disi­den­cias sexua­les, o
para decir­lo en la len­gua popu­lar, entre las femi­nis­tas, los putos y
las tortas.

Te
diría, des­de la mira­da queer resul­ta fun­da­men­tal pen­sar en términos
de alian­zas, de coa­li­cio­nes en torno a acon­te­ci­mien­tos pun­tua­les. La
noción de uni­dad plan­tea­da por las izquier­das tra­di­cio­na­les no
fun­cio­na final­men­te (sería intere­san­te pre­gun­tar­se por qué esas tan
enun­cia­das uni­da­des nun­ca se pue­den lograr). En cam­bio, la
con­fluen­cia en luchas pun­tua­les fun­cio­na, sin que cada sec­tor tenga
que ceder a sus posi­cio­na­mien­tos. Por ejem­plo, en los años noventa
uno de los pun­tos emble­má­ti­co de con­ver­gen­cia fue la Mar­cha del
Orgu­llo: a la pri­me­ra fue­ron solo mari­co­nes, homo­se­xua­les. Luego,
ingre­sa­ron algu­nas les­bia­nas. Final­men­te se pro­du­jo una convergencia
amplia don­de par­ti­ci­pa­ron movi­mien­tos estu­dian­ti­les, de derechos
huma­nos, femi­nis­tas, tra­ves­tis. Tal es el caso de Nora Cor­ti­ñas. Así
fue­ron los noven­ta: con­gre­gar­se con­tra un enemi­go común que se
sin­te­ti­za­ba en la imple­men­ta­ción de polí­ti­cas neoliberales
eco­nó­mi­cas y cul­tu­ra­les del enton­ces pre­si­den­te Car­los Menen. Por
eso se lle­gó al 2001 como se lle­gó, a dife­ren­cia de lo que muchas
veces plan­tea que los años noven­ta es puro dis­cur­so neo­li­be­ral, nada
más. Y algo de esas luchas del movi­mien­to pique­te­ro, de la CTA, de
sec­to­res de las izquier­das plan­teo en mi libro “His­to­ria de la
des­obe­dien­cia”, en el últi­mo capí­tu­lo apa­re­cen los archi­vos de
todas esas inten­sas pug­nas. Los noven­ta per­mi­tie­ron eso: alianzas,
coa­li­cio­nes fren­te a hechos pun­tua­les que ges­ta­ron todo un
entre­te­ji­do des­de aba­jo que per­mi­tió lue­go sos­te­ner la insurrección
ple­be­ya de 2001. 

Hablas
de archi­vo, y de toda esa genea­lo­gía de luchas de los pro­ce­sos menos
visi­bles. ¿Cómo ves hoy en día las posi­bi­li­da­des de esta­ble­cer un
diá­lo­go intergeneracional?

Creo
que hoy está toda la situa­ción muy ata­da a ver qué suce­de con los
estra­gos y con­vul­sio­nes que des­ata­rá esta pan­de­mia. Jus­to esta
sema­na me envia­ron un docu­men­tal en torno a los debates
par­la­men­ta­rios de 2018 por el Abor­to Legal. Y esas imá­ge­nes de
movi­li­za­cio­nes mul­ti­tu­di­na­rias que impe­ra tan fuer­te­men­te sobre las
sub­je­ti­vi­da­des polí­ti­cas ya no serán posi­bles. Pro­vo­ca mucho dolor,
no sé si se pue­den pro­du­cir nue­va­men­te. Al igual que las ron­das de
los jue­ves de las Madres de Pla­za de Mayo- Línea Fun­da­do­ra. Se
sos­tu­vie­ron des­de 1977 has­ta este últi­mo año como emble­ma de lucha
inter­na­cio­nal por la defen­sa de los dere­chos huma­nos en su más
amplio sen­ti­do. ¿Y qué pasa­rá aho­ra? A las Madres no las pudieron
que­bran­tar la dic­ta­du­ra cívi­co mili­tar ecle­siás­ti­ca, como le gusta
decir a Nora Cor­ti­ñas, pero sí el Covid 19. Esta­mos a las puertas
de una nue­va era de la huma­ni­dad que no lle­vó siglos, períodos
tem­po­ra­les, sino sim­ple 4 meses para pro­vo­car cam­bios radi­ca­les en
cuan­to a rela­cio­nes socia­les, polí­ti­cas, labo­ra­les, per­so­na­les e
ínti­mas. Des­co­no­ce­mos lo que se vie­ne, es una gran incóg­ni­ta, nada
opti­mis­ta. Y así como se avan­zó se pue­de retro­ce­der, sin lugar a
dudas. 

¿En
qué aspec­tos sen­tís que se pue­de retroceder?

Bueno,
uno es en redu­cir esa mul­ti­pli­ci­dad del movi­mien­to. Hay muchos
femi­nis­mos, repi­to. Yo me iden­ti­fi­co con el anticapitalista,
anti­rra­cis­ta, anti­fas­cis­ta, mien­tras que otras femi­nis­tas sien­ten que
hablar de patriar­ca­do resul­ta un cues­tio­na­mien­to al régi­men en su
tota­li­dad. Yo ten­dría mis dudas. Para mí, el con­cep­to patriarcado
es limi­ta­do ya que no colo­ca sobre el tape­te las cla­ses socia­les, las
dis­cri­mi­na­cio­nes racia­les, la hete­ro­se­xua­li­dad y el capi­ta­lis­mo. No
dis­cu­te el modo en que las ins­ti­tu­cio­nes hete­ro­ca­pi­ta­lis­tas y
bur­gue­sas regu­lan y nor­ma­ti­zan los cuer­pos. La nece­si­dad de control
de con­ce­bir al cuer­po como un cam­po de bata­lla, como un espa­cio de
poder y domi­nio. Ade­más, patriar­ca­do remi­te a la idea de patriarca.
Yo pre­fie­ro explo­rar otras nocio­nes en las que me sien­to más cómoda.
Yo no dispu­to al capi­ta­lis­mo cla­sis­ta y racis­ta cues­tio­nan­do desde
el fun­da­men­to patriar­cal, sino solo las rela­cio­nes sexo-genéricas
(hom­bre ver­sus mujer). Por eso a mí me gus­ta más la noción de
des­obe­dien­cia, que remi­te a una des­obe­dien­cia de vida, un poder de
fac­to, un poder de insu­rrec­ción civil. Un cues­tio­na­mien­to de la
domi­na­ción, pero tam­bién de la explo­ta­ción. Antes se pen­sa­ba que
con la idea de explo­ta­ción se cues­tio­na­ba tam­bién la rela­ción de
subor­di­na­ción, y no es así. O las rela­cio­nes de jerar­quía, y
tampoco.

Y
al momen­to mis­mo pre­vio a la cua­ren­te­na, ¿cómo veías esa relación
inter­ge­ne­ra­cio­nal? Vis­te que no fal­tó quien habla­ra de cuar­ta ola
femi­nis­ta, de revo­lu­ción de las hijas…

Pri­me­ro,
diría: no estoy de acuer­do con la deno­mi­na­ción de olas. Ten­go mis
dudas en ence­rrar mono­lí­ti­ca­men­te a los femi­nis­mos de Occi­den­te. Por
ejem­plo, lo que se lla­ma el Femi­nis­mo de la Segun­da Ola no es un
movi­mien­to glo­bal en tan­to en su inte­rior se pre­sen­tó peculiaridades
dis­tin­ti­vas entre el Nor­te y el Sur. Defi­nir­lo de esa mane­ra encarna
una mira­da colo­nial y euro­cén­tri­ca en la medi­da en que mien­tras los
femi­nis­mos cen­tra­les se expan­dían como nun­ca en su his­to­ria, los de
Amé­ri­ca Lati­na y el Cari­be atra­ve­sa­ban pro­ce­sos de dictaduras
cívi­co-mili­ta­res, con excep­ción de Méxi­co, Puer­to Rico, Cuba y
Vene­zue­la. En algu­nos casos dura­ron una déca­da, o más, como en
Chi­le. Acá en los seten­ta por pre­sen­tar un caso, los femi­nis­mos eran
muy peque­ños, mole­cu­la­res. La par­ti­ci­pa­ción de las muje­res se
pre­sen­ta­ba en el mar­co de otros espa­cios: en las organizaciones
polí­ti­cas arma­das pero­nis­tas o de izquier­das, en el movimiento
estu­dian­til, en los par­ti­dos polí­ti­cos de izquier­da, en los grupos
de base, en las villas. La rup­tu­ra ins­ti­tu­cio­nal en nuestro
con­ti­nen­te impi­dió cons­truir una genea­lo­gía de los activismos
femi­nis­tas nece­sa­ria para refle­xio­nar sobre el camino reco­rri­do a lo
lar­go de las últi­mas déca­das; no sólo para re-pen­sar dónde
esta­mos sino tam­bién para re-ima­gi­nar alter­na­ti­vas. Para mí, los
femi­nis­mos son inter­na­cio­na­lis­tas, glo­ba­les, rom­pen muros
permanentemente. 

En
los ochen­ta, con la tran­si­ción demo­crá­ti­ca, retor­nan al país un
núme­ro sig­ni­fi­ca­ti­vo de mili­tan­tes que per­ma­ne­cie­ron en el exilio,
en don­de los femi­nis­mos se encon­tra­ban en alza. Es el caso
emble­má­ti­co de Dora Cole­desky. Ella se exi­lia sien­do inte­gran­te en
el Par­ti­do Obre­ro Revo­lu­cio­na­rio (POR), de ten­den­cia trots­kis­ta y
obre­ris­ta, jun­to a su com­pa­ñe­ro Ángel Fanjul.

Con
la dic­ta­du­ra cívi­co mili­tar en puer­ta, par­tían al exi­lio, en
Fran­cia, como tan­tí­si­mos mili­tan­tes polí­ti­cos argen­ti­nos. De la
mis­ma mane­ra como Bue­nos Aires le sig­ni­fi­có ingre­sar a un nuevo
mun­do, cita­dino y bri­co­la­ge, París fue aún más inten­sa: se vinculó
al efer­ves­cen­te movi­mien­to femi­nis­ta en Fran­cia. En la uni­ver­si­dad de
Vin­cen­nes, por ejem­plo –le con­tó a la perio­dis­ta Moi­ra Soto – . A
una de esas reunio­nes nos invi­ta­ron a las exi­lia­das para que
con­tá­se­mos lo que suce­día en nues­tros paí­ses, lue­go sur­gió la
idea de hacer un gru­po de muje­res lati­no­ame­ri­ca­nas que duró bastante
tiem­po en su denun­cia por la vio­la­ción de los dere­chos huma­nos. En
1984, la pare­ja retor­na a la Argen­ti­na. Y Dora vol­vía con un
com­pro­mi­so a cum­plir, sin vuel­ta atrás: luchar por el aborto
volun­ta­rio en su país. Cuan­do ella regre­sa ya lo hace con otra
cabe­za, si bien siem­pre man­tu­vo una pers­pec­ti­va obre­ril, un feminismo
de base. En ver­dad, a Dora le atraía com­par­tir deba­tes en alianzas
hete­ro­gé­neas, tal como lo expe­ri­men­tó duran­te su exi­lio parisino.
Por ejem­plo, abrió diá­lo­go con Car­los Jáu­re­gui –el principal
ada­lid del movi­mien­to homo­se­xual de los noven­ta– y con Lohana
Ber­kins –pre­si­den­ta de ALITT – . Mien­tras el grue­so del feminismo
por­te­ño pre­va­le­cía pos­tu­ras sepa­ra­tis­tas y mujeriles.

¿Los
años ochen­ta enton­ces podrían ser como un pri­mer capí­tu­lo de ese
femi­nis­mo más con­tem­po­rá­neo en Argentina?

En
los ochen­ta se pre­sen­ta un fenó­meno del sur­gi­mien­to de un feminismo
res­trin­gi­do a los cenácu­los cita­di­nos, de cla­se media, universitaria
o pro­fe­sio­nal: se orga­ni­zan gru­pos femi­nis­tas hete­ro­cen­tra­dos, que
sos­la­ya­ron tres deba­tes sig­ni­fi­ca­ti­vos: la pros­ti­tu­ción, el
les­bia­nis­mo y el abor­to volun­ta­rio como sali­da para ingre­sar a las
ins­ti­tu­cio­nes, en espe­cial, al Esta­do. Enton­ces Dora, en vez de
pelear­se con sus com­pa­ñe­ras de siem­pre, arma su pro­pia trin­che­ra: la
Comi­sión por el Dere­cho al Abor­to, y con solo ese enun­cia­do, instala
el deba­te. Eso se lla­ma lec­tu­ra polí­ti­ca de la coyun­tu­ra. Me parece
impor­tan­te aco­piar­se y apro­piar­se de aque­llas expe­rien­cias colectivas
que tras­cen­die­ron en acontecimientos.

*Nota
publi­ca­da en Revis­ta
Zoom

Itu­rria /​Fuen­te

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