Pen­sa­mien­to crí­ti­co. ¿Vol­ver a la nor­ma­li­dad?

Por Ati­lio Boron, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 20 mayo 2020

La cruel pan­de­mia que azo­ta a la huma­ni­dad ha des­per­ta­do reac­cio­nes de todo tipo. Unos pocos la ven como la cruel pero fecun­da epi­fa­nía de un mun­do mejor y más ven­tu­ro­so que bro­ta­rá como rema­te inexo­ra­ble de la gene­ra­li­za­da des­truc­ción des­ata­da por el coro­na­vi­rus. Si Edouard Berns­tein creía que el solo des­plie­gue de las con­tra­dic­cio­nes eco­nó­mi­cas ineluc­ta­ble­men­te rema­ta­ría en el capi­ta­lis­mo, sus actua­les (e incons­cien­tes) here­de­ros apues­tan a que el virus obra­rá el mila­gro de abo­lir el sis­te­ma social vigen­te y reem­pla­zar­lo por otro mejor El tras­fon­do reli­gio­so o mesiá­ni­co de esta creen­cia sal­ta a la vis­ta y nos exi­me de mayo­res aná­li­sis. Otros la per­ci­ben como una catás­tro­fe que clau­su­ra un perío­do his­tó­ri­co y colo­ca a la huma­ni­dad ante un inexo­ra­ble dile­ma cuyo resul­ta­do es incier­to. Quie­nes abre­van en este argu­men­to están lejos de ser un con­jun­to homo­gé­neo pues difie­ren en dos temas cen­tra­les: la cau­sa­li­dad, o la géne­sis de la pan­de­mia, y el mun­do que se per­fi­la a su sali­da. En rela­ción a lo pri­me­ro hay quie­nes adju­di­can la res­pon­sa­bi­li­dad de su apa­ri­ción a una ente­le­quia: “el hom­bre”, como los eco­lo­gis­tas inge­nuos que dicen que aquél ‑enten­di­do en un sen­ti­do gené­ri­co, como ser humano- es quien con su acti­vi­dad des­tru­ye la natu­ra­le­za y enton­ces el Covid-19 habría tam­bién sido cau­sa­do por “el hom­bre.” Pero la ver­dad es que no es éste sino un sis­te­ma, el capi­ta­lis­mo, quien des­tru­ye natu­ra­le­za y socie­da­des como lo demues­tra el pen­sa­mien­to mar­xis­ta e, inclu­si­ve, aque­llos que sin adhe­rir a él son ana­lis­tas rigu­ro­sos de la reali­dad, como Karl Polan­yi. Sis­te­ma que con sus polí­ti­cas pri­va­ti­za­do­ras y de “aus­te­ri­dad” (para los pobres, más no para los ricos) hizo posi­ble la gran expan­sión de la pan­de­mia.

Prue­bas al can­to: el Covid-19 des­nu­dó la res­pon­sa­bi­li­dad de las cla­ses domi­nan­tes del capi­ta­lis­mo y sus gobier­nos, comen­zan­do por el de Esta­dos Uni­dos y sus “vasa­llos” en el res­to del mun­do. Cuan­do se com­pa­ra el núme­ro de muer­tes ocu­rri­das en los paí­ses con gobier­nos capi­ta­lis­tas con los que se regis­tran en esta­dos socia­lis­tas, como Chi­na, Viet­nam, Cuba, Vene­zue­la, los resul­ta­dos son espe­luz­nan­tes. En Chi­na los muer­tos por millón de habi­tan­tes son 3; en Viet­nam has­ta el 18 de mayo no había muer­to nadie a cau­sa del virus, y eso que tie­ne una pobla­ción de 96 millo­nes de per­so­nas; Cuba, con poco más de 11 millo­nes tie­ne una tasa de muer­tos por millón igual a 7 y en la Repú­bli­ca Boli­va­ria­na de Vene­zue­la esta ratio es de 0,4. En Argen­ti­na, con un gobierno aco­sa­do por el sica­ria­to mediá­ti­co y la gran bur­gue­sía el núme­ro es 9, pero se tri­pli­ca cuan­do se obser­va al “oasis neo­li­be­ral” de Sebas­tián Piñe­ra, con una ratio de 27 muer­tos por millón de habi­tan­tes. Méxi­co, cuyo gobierno al prin­ci­pio come­tió el error de sub­es­ti­mar al coro­na­vi­rus está con 44 dece­sos por millón, por enci­ma del pro­me­dio mun­dial que es 41,8. Pero lue­go vie­ne el escán­da­lo: Ecua­dor, don­de man­da el más ras­tre­ro lame­bo­tas de Donald Trump, se lle­va todas las fúne­bres pal­mas de Nues­tra Amé­ri­ca con 161 muer­tos por millón de habi­tan­tes, 54 veces más que Chi­na y 23 más que en Cuba. Sui­za, la ele­gan­te gua­ri­da fis­cal euro­pea, regis­tra una obs­ce­na ratio de 219 muer­tos por millón y Esta­dos Uni­dos 283 por millón, o sea, 95 veces más que Chi­na y unas 40 veces mayor que la agre­di­da y blo­quea­da Cuba. No les va mejor a la rica Bél­gi­ca, cam­peo­na mun­dial con un escan­da­lo­so récord de 790 muer­tos por millón de habi­tan­tes y a quie­nes le siguen en el podio: Espa­ña con 594, Ita­lia con 532 y el Rei­no Uni­do con 521.

Con­clu­sión: los gobier­nos que apos­ta­ron a la “magia de los mer­ca­dos” para aten­der los pro­ble­mas de salud de su pobla­ción exhi­ben índi­ces de mor­ta­li­dad por millón de habi­tan­tes inmen­sa­men­te supe­rio­res a los de los esta­dos socia­lis­tas que con­ci­ben a la salud como un inalie­na­ble dere­cho humano. Esto se com­prue­ba aún en paí­ses como Cuba y Vene­zue­la pese a pade­cer múl­ti­ples san­cio­nes eco­nó­mi­cas y los rigo­res del cri­mi­nal blo­queo impues­to por Washing­ton. En las antí­po­das se encuen­tra Bra­sil que con sus 18.130 muer­tos ocu­pa el sex­to lugar en la luc­tuo­sa esta­dís­ti­ca de víc­ti­mas del coro­na­vi­rus y con sus 85 muer­tos por millón de habi­tan­tes regis­tra una inci­den­cia 12 veces mayor que Cuba y 28 mayor que Chi­na. A su vez Chi­le, para­dig­ma neo­li­be­ral por exce­len­cia, tie­ne una tasa 9 veces mayor que la de Chi­na y casi cua­tro veces supe­rior a la de la aco­sa­da isla cari­be­ña. Párra­fo apar­te mere­ce el Uru­guay, que gra­cias a los quin­ce años de acti­vis­mo esta­tal de los gobier­nos fren­team­plis­tas, en los cua­les la inver­sión en salud públi­ca fue prio­ri­ta­ria, regis­tra una tasa de 6 muer­tos por millón de habi­tan­tes. Es de espe­rar que su actual pre­si­den­te, Luis Laca­lle Pou, con­fe­so admi­ra­dor de Jair Bol­so­na­ro y Sebas­tián Piñe­ra, tome nota de esta lec­ción y se abs­ten­ga de apli­car sus leta­les fan­ta­sías neo­li­be­ra­les al sis­te­ma de salud públi­co del Uru­guay.

      Esta disímil respuesta ofrecida por los estados capitalistas y socialistas (más allá de algunas necesarias precisiones sobre esta caracterización, que deberían ser objeto de otro trabajo) es suficiente para fundamentar la necesidad de que el nuevo mundo que se asomará una vez concluida la pesadilla del Covid-19 se caracterice por la presencia de rasgos definitivamente no-capitalistas. Es decir, un ordenamiento socioeconómico y político que revierta el desvarío dominante durante cuatro décadas cuando al impulso de la traicionera melodía neoliberal casi todos los gobiernos del mundo se apresuraron a seguir las directivas emanadas de la Casa Blanca y privatizar y mercantilizar todo lo que fuera privatizable o mercantilizable, aún a costa de violar derechos humanos, la dignidad de las personas y los derechos de la Madre Tierra. Un mundo que, siguiendo algunos razonamientos de Salvador Allende, podría ser caracterizado como “protosocialista”; es decir, como una  imprescindible fase previa para viabilizar la transición hacia el socialismo. Este período es requerido para robustecer al estado democrático; introducir rígidas limitaciones al “killing instinct” de los mercados y su descontrolada actividad, especialmente de su fracción financiera; la nacionalización y/o estatización de las riquezas básicas de nuestros países; la estatización del comercio exterior y los servicios públicos; la desmercantilización de la salud y los medicamentos; y una agresiva política de redistribución de la riqueza que supone una profunda reforma tributaria y una muy activa política social de eliminación del flagelo de la pobreza. Habida cuenta del tendal de víctimas que ha dejado el Covid-19 (que está lejos de haber llegado a su pico) sería una monumental insensatez intentar “volver a la normalidad”. Sólo espíritus pervertidos por un insaciable afán de lucro pueden pretender reincidir en sus crímenes y volver a sacrificar a millones de personas y a la propia naturaleza en el altar de la ganancia,  considerando a tales crímenes como una “normalidad” que no puede ni debe ser puesta en cuestión. ¿Cómo pensar que un holocausto social y ecológico como el que produjo el capitalismo, potenciado hiperbólicamente por la pandemia,  pueda ahora ser concebido como algo “normal”, como una situación beneficiosa a la cual deberíamos retornar sin mayor demora? Una “normalidad” como esa debe ser definitivamente desterrada como opción civilizatoria. Solo podría ser impuesta por una recomposición neofascista del capitalismo, poco probable ante el desprestigio y la deslegitimación que éste ha sufrido en tiempos recientes y la acumulación de fuerzas sociales alineadas en contra de los verdugos del pasado. Claro que la historia no está cerrada pero estoy seguro, volviendo a las palabras de Salvador Allende, que luego de la pandemia “se abrirán las grandes alamedas para que pasen hombres y mujeres para construir una sociedad mejor.”

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