Argen­ti­na. Evi­ta a 101 años de su nata­li­cio /​Esa Mujer, por Rodol­fo Walsh

Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 7 mayo 2020

Este es qui­zás el mejor cuen­to de la his­to­ria lite­ra­ria argentina.
“Esa Mujer“, de Rofol­fo Walsh, escri­to en 1966, gira alre­de­dor de la
figu­ra míti­ca de Eva Perón y su cadá­ver embal­sa­ma­do y fan­tas­mal que
andu­vo escon­di­do por la sede de Inte­li­gen­cia del Ejér­ci­to de la calle
Via­mon­te tras el gol­pe de 1955, y lue­go tapa­do con una lona en la calle
25 de mayo, des­pués de ser roba­do de la CGT para ter­mi­nar ente­rra­do en
Ita­lia con nom­bre fal­so y ayu­da del Vaticano.

Juan Domin­go Perón esta­ba toda­vía en Espa­ña cuan­do le entre­ga­ron el cuer­po de su segun­da espo­sa: Evita.

Y llo­ró por dentro.

Aquí Walsh lee su pro­pio cuen­to y des­cri­be al coro­nel Car­los Moore
Koë­ning, enlo­que­ci­do por la cul­pa, la locu­ra y la pose­sión de la muerte.

La entre­vis­ta de Tomás a Eloy Mar­tí­nez, en 1989, al coro­nel Héctor
Caba­ni­llas, con los deta­lles de la entre­ga del cuer­po de Evi­ta a Perón
en Madrid, publi­ca­da en La Nación, el 2 de agos­to de 2002.

Cuan­do Perón estu­vo en el exi­lio, Caba­ni­llas estu­vo a pun­to de matar­lo, a pedi­do de la dic­ta­du­ra de Pedro Euge­nio Aram­bu­ru e Isaac Fran­cis­co Rojas.

Evita montonera archivos - NODAL

Esa Mujer

Un tex­to de Rodol­fo Walsh

El coro­nel elo­gia mi puntualidad:

—Es pun­tual como los ale­ma­nes —dice.

—O como los ingleses.

El coro­nel tie­ne ape­lli­do alemán.

Es un hom­bre cor­pu­len­to, cano­so, de cara ancha, tostada.

—He leí­do sus cosas —pro­po­ne — . Lo felicito.

Mien­tras sir­ve dos gran­des vasos de whisky, me va informando,
casual­men­te, que tie­ne vein­te años de ser­vi­cios de infor­ma­cio­nes, que ha
estu­dia­do filo­so­fía y letras, que es un curio­so del arte. No subraya
nada, sim­ple­men­te deja esta­ble­ci­do el terreno en que pode­mos ope­rar, una
zona vaga­men­te común.

Des­de el gran ven­ta­nal del déci­mo piso se ve la ciu­dad en el
atar­de­cer, las luces páli­das del río. Des­de aquí es fácil amar, siquiera
momen­tá­nea­men­te, a Bue­nos Aires. Pero no es nin­gu­na for­ma con­ce­bi­ble de
amor lo que nos ha reunido.

El coro­nel bus­ca unos nom­bres, unos pape­les que aca­so yo tenga.

Yo bus­co una muer­ta, un lugar en el mapa. Aún no es una bús­que­da, es
ape­nas una fan­ta­sía: la cla­se de fan­ta­sía per­ver­sa que algu­nos sospechan
que podría ocurrírseme.

Algún día (pien­so en momen­tos de ira) iré a bus­car­la. Ella no
sig­ni­fi­ca nada para mí, y sin embar­go iré tras el mis­te­rio de su muerte,
detrás de sus res­tos que se pudren len­ta­men­te en algún remoto
cemen­te­rio. Si la encuen­tro, fres­cas altas olas de cóle­ra, mie­do y
frus­tra­do amor se alza­rán, pode­ro­sas ven­ga­ti­vas olas, y por un momento
ya no me sen­ti­ré solo, ya no me sen­ti­ré como una arras­tra­da, amarga,
olvi­da­da sombra.

El coro­nel sabe dón­de está.

Se mue­ve con faci­li­dad en el piso de mue­bles ampu­lo­sos, orna­do de
mar­fi­les y de bron­ces, de pla­tos de Meis­sen y Can­tón. Son­río ante el
Jong­kind fal­so, el Fíga­ri dudo­so. Pien­so en la cara que pon­dría si le
dije­ra quién fabri­ca los Jong­kind, pero en cam­bio elo­gio su whisky.

Él bebe con vigor, con salud, con entu­sias­mo, con ale­gría, con
supe­rio­ri­dad, con des­pre­cio. Su cara cam­bia y cam­bia, mien­tras sus manos
gor­das hacen girar el vaso lentamente.

—Esos pape­les —dice.

Lo miro.

—Esa mujer, coronel.

Son­ríe.

—Todo se enca­de­na —filo­so­fa.

A un poti­che de por­ce­la­na de Vie­na le fal­ta una esquir­la en la base.
Una lám­pa­ra de cris­tal está raja­da. El coro­nel, con los ojos bru­mo­sos y
son­rien­do, habla de la bomba.

—La pusie­ron en el palier. Creen que yo ten­go la cul­pa. Si supie­ran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

—¿Mucho daño? —pre­gun­to. Me impor­ta un carajo.

—Bas­tan­te. Mi hija. La he pues­to en manos de un psi­quia­tra. Tie­ne doce años —dice.

El coro­nel bebe, con ira, con tris­te­za, con mie­do, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos poci­llos de café.

—Con­ta­le vos, Negra.

Ella se va sin con­tes­tar; una mujer alta, orgu­llo­sa, con un ric­tus de neu­ro­sis. Su des­dén que­da flo­tan­do como una nubecita.

—La pobre que­dó muy afec­ta­da —expli­ca el coro­nel — . Pero a usted no le impor­ta esto.

—¡Cómo no me va a impor­tar!… Oí decir que al capi­tán N y al mayor X tam­bién les ocu­rrió algu­na des­gra­cia des­pués de aquello.

El coro­nel se ríe.

—La fan­ta­sía popu­lar —dice — . Vea cómo tra­ba­ja. Pero en el fon­do no inven­tan nada. No hacen más que repetir.

Encien­de un Marl­bo­ro, deja el paque­te a mi alcan­ce sobre la mesa.

—Cuén­te­me cual­quier chis­te —dice.

Pien­so. No se me ocurre.

—Cuén­te­me cual­quier chis­te polí­ti­co, el que quie­ra, y yo le
demos­tra­ré que esta­ba inven­ta­do hace vein­te años, cin­cuen­ta años, un
siglo. Que se usó tras la derro­ta de Sedán, o a pro­pó­si­to de Hindenburg,
de Doll­fuss, de Badoglio.

—¿Y esto?

—La tum­ba de Tutan­ka­món —dice el coro­nel — . Lord Car­na­von. Basura.

El coro­nel se seca la trans­pi­ra­ción con la mano gor­da y velluda.

—Pero el mayor X tuvo un acci­den­te, mató a su mujer.

—¿Qué más? —dice, hacien­do tin­ti­near el hie­lo en el vaso.

—Le pegó un tiro una madrugada.

—La con­fun­dió con un ladrón —son­ríe el coro­nel . Esas cosas ocurren.

—Pero el capi­tán N…

—Tuvo un cho­que de auto­mó­vil, que lo tie­ne cual­quie­ra, y más él, que no ve un caba­llo ensi­lla­do cuan­do se pone en pedo.

—¿Y usted, coronel?

—Lo mío es dis­tin­to —dice — . Me la tie­nen jurada.

Se para, da una vuel­ta alre­de­dor de la mesa.

—Creen que yo ten­go la cul­pa. Esos roño­sos no saben lo que yo hice
por ellos. Pero algún día se va a escri­bir la his­to­ria. A lo mejor la va
a escri­bir usted.

—Me gus­ta­ría.

—Y yo voy a que­dar lim­pio, yo voy a que­dar bien. No es que me importe
que­dar bien con esos roño­sos, pero sí ante la his­to­ria, ¿com­pren­de?

—Oja­lá depen­da de mí, coronel.

—Andu­vie­ron ron­dan­do. Una noche, uno se ani­mó. Dejó la bom­ba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitri­na, saca una figu­ri­ta de por­ce­la­na poli­cro­ma­da, una pas­to­ra con un ces­to de flores.

—Mire.

A la pas­to­ra le fal­ta un bracito.

—Derby —dice — . Dos­cien­tos años.

La pas­to­ra se pier­de entre sus dedos repen­ti­na­men­te tier­nos. El coro­nel tie­ne una mue­ca de fie­rro en la cara noc­tur­na, dolorida.

—¿Por qué creen que usted tie­ne la culpa?

—Por­que yo la saqué de don­de esta­ba, eso es cier­to, y la lle­vé donde
está aho­ra, eso tam­bién es cier­to. Pero ellos no saben lo que querían
hacer, esos roño­sos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo
impidió.

El coro­nel bebe, con ardor, con orgu­llo, con fie­re­za, con elo­cuen­cia, con método.

—Por­que yo he estu­dia­do his­to­ria. Pue­do ver las cosas con pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca. Yo he leí­do a Hegel.

—¿Qué que­rían hacer?

—Fon­dear­la en el río, tirar­la de un avión, que­mar­la y arro­jar los
res­tos por el inodo­ro, diluir­la en áci­do. ¡Cuan­ta basu­ra tie­ne que oír
uno! Este país está cubier­to de basu­ra, uno no sabe de dón­de sale tanta
basu­ra, pero esta­mos todos has­ta el cogote.

—Todos, coro­nel. Por­que en el fon­do esta­mos de acuer­do, ¿no? Ha lle­ga­do la hora de des­truir. Habría que rom­per todo.

—Y ori­nar­le encima.

—Pero sin remor­di­mien­tos, coro­nel. Enar­bo­lan­do ale­gre­men­te la bom­ba y la pica­na. ¡Salud! —digo levan­tan­do el vaso.

No con­tes­ta. Esta­mos sen­ta­dos jun­to al ven­ta­nal. Las luces del puerto
bri­llan azul mer­cu­rio. De a ratos se oyen las boci­nas de los
auto­mó­vi­les, arras­trán­do­se leja­nas como las voces de un sue­ño. El
coro­nel es ape­nas la man­cha gris de su cara sobre la man­cha blan­ca de su
camisa.

—Esa mujer —le oigo mur­mu­rar — . Esta­ba des­nu­da en el ataúd y parecía
una vir­gen. La piel se le había vuel­to trans­pa­ren­te. Se veían las
metás­ta­sis del cán­cer, como esos dibu­ji­tos que uno hace en una
ven­ta­ni­lla mojada.

El coro­nel bebe. Es duro.

—Des­nu­da —dice — . Éra­mos cua­tro o cin­co y no que­ría­mos mirarnos.
Esta­ba ese capi­tán de navío, y el galle­go que la embal­sa­mó, y no me
acuer­do quién más. Y cuan­do la saca­mos del ataúd —el coro­nel se pasa la
mano por la fren­te — , cuan­do la saca­mos, ese galle­go asqueroso…
Oscu­re­ce por gra­dos, como en un tea­tro. La cara del coro­nel es casi
invi­si­ble. Sólo el whisky bri­lla en su vaso, como un fue­go que se apaga
des­pa­cio. Por la puer­ta abier­ta del depar­ta­men­to lle­gan remo­tos ruidos.

La puer­ta del ascen­sor se ha cerra­do en la plan­ta baja, se ha abierto
más cer­ca. El enor­me edi­fi­cio cuchi­chea, res­pi­ra, gor­go­tea con sus
cañe­rías, sus inci­ne­ra­do­res, sus coci­nas, sus chi­cos, sus televisores,
sus sir­vien­tas, Y aho­ra el coro­nel se ha para­do, empu­ña una metralleta
que no le vi sacar de nin­gu­na par­te, y en pun­tas de pie cami­na hacia el
palier, encien­de la luz de gol­pe, mira el ascé­ti­co, geo­mé­tri­co, irónico
vacío del palier, del ascen­sor, de la esca­le­ra, don­de no hay
abso­lu­ta­men­te nadie y regre­sa des­pa­cio, arras­tran­do la metralleta.

—Me pare­ció oír. Esos roño­sos no me van a aga­rrar des­cui­da­do, como la vez pasada.

Se sien­ta, más cer­ca del ven­ta­nal aho­ra. La metra­lle­ta ha
des­apa­re­ci­do y el coro­nel diva­ga nue­va­men­te sobre aque­lla gran esce­na de
su vida.

—…se le tiró enci­ma, ese galle­go asque­ro­so. Esta­ba ena­mo­ra­do del
cadá­ver, la toca­ba, le mano­sea­ba los pezo­nes. Le di una trom­pa­da, mire

—el coro­nel se mira los nudi­llos — , que lo tiré con­tra la pared. Está
todo podri­do, no res­pe­tan ni a la muer­te. ¿Le moles­ta la oscuridad?

—No.

—Mejor. Des­de aquí pue­do ver la calle. Y pen­sar. Pien­so siem­pre. En la oscu­ri­dad se pien­sa mejor.

Vuel­ve a ser­vir­se un whisky.

—Pero esa mujer esta­ba des­nu­da —dice, argu­men­ta con­tra un invisible
con­tra­dic­tor — . Tuve que tapar­le el mon­te de Venus, le puse una mor­ta­ja y
el cin­tu­rón franciscano.

Brus­ca­men­te se ríe.

—Tuve que pagar la mor­ta­ja de mi bol­si­llo. Mil cua­tro­cien­tos pesos. Eso le demues­tra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repi­te varias veces “Eso le demues­tra”, como un jugue­te mecá­ni­co, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

—Tuve que bus­car ayu­da para cam­biar­la de ataúd. Lla­mé a unos obreros
que había por ahí. Figú­re­se como se que­da­ron. Para ellos era una diosa,
qué sé yo las cosas que les meten en la cabe­za, pobre gente.

—¿Pobre gen­te?

—Sí, pobre gen­te —el coro­nel lucha con­tra una escu­rri­di­za cóle­ra inte­rior — . Yo tam­bién soy argentino.

—Yo tam­bién, coro­nel, yo tam­bién. Somos todos argentinos.

—Ah, bueno —dice.

—¿La vie­ron así?

—Sí, ya le dije que esa mujer esta­ba des­nu­da. Una dio­sa, y des­nu­da, y
muer­ta. Con toda la muer­te al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coro­nel se pier­de en una pers­pec­ti­va surrea­lis­ta, esa
fra­se­ci­ta cada vez más rémo­va encua­dra­da en sus líneas de fuga, y el
des­cen­so de la voz man­te­nien­do una divi­na pro­por­ción o qué. Yo también
me sir­vo un whisky.

—Para mí no es nada —dice el coro­nel — . Yo estoy acos­tum­bra­do a ver
muje­res des­nu­das. Muchas en mi vida. Y hom­bres muer­tos. Muchos en
Polo­nia, el 39. Yo era agre­ga­do mili­tar, dese cuenta.

Quie­ro dar­me cuen­ta, sumo muje­res des­nu­das más hom­bres muer­tos, pero
el resul­ta­do no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento
mus­cu­lar me pon­go sobrio, como un perro que se sacu­de el agua.

—A mí no me podía sor­pren­der. Pero ellos…

—¿Se impre­sio­na­ron?

—Uno se des­ma­yó. Lo des­per­té a bofe­ta­das. Le dije: “Mari­cón, ¿esto es
lo que hacés cuan­do tenés que ente­rrar a tu rei­na? Acor­da­te de San
Pedro, que se dur­mió cuan­do lo mata­ban a Cris­to.” Des­pués me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letre­ro, pla­ta sobre rojo. “Cola” dice
el letre­ro, pla­ta sobre rojo. La pupi­la inmen­sa cre­ce, círcu­lo rojo tras
con­cén­tri­co círcu­lo rojo, inva­dien­do la noche, la ciu­dad, el mundo.
“Beba”.

—Beba —dice el coronel.

Bebo.

—¿Me escu­cha?

—Lo escu­cho.

Le cor­ta­mos un dedo.

—¿Era nece­sa­rio?

El coro­nel es de pla­ta, aho­ra. Se mira la pun­ta del índi­ce, la demar­ca con la uña del pul­gar y la alza.

—Tan­ti­to así. Para identificarla.

—¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuel­ve roja. “Beba”.

—Sabía­mos, sí. Las cosas tie­nen que ser lega­les. Era un acto his­tó­ri­co, ¿com­pren­de?

—Com­pren­do.

—La impre­sión digi­tal no aga­rra si el dedo está muer­to. Hay que hidra­tar­lo. Más tar­de se lo pegamos.

—¿Y?

—Era ella. Esa mujer era ella.

—¿Muy cam­bia­da?

—No, no, usted no me entien­de. Igua­li­ta. Pare­cía que iba a hablar,
que iba a… Lo del dedo es para que todo fue­ra legal. El pro­fe­sor R.
con­tro­ló todo, has­ta le sacó radiografías.

—¿El pro­fe­sor R.?

—Sí. Eso no lo podía hacer cual­quie­ra. Hacía fal­ta alguien con auto­ri­dad cien­tí­fi­ca, moral.

En algún lugar de la casa sue­na, remo­ta, entre­cor­ta­da, una
cam­pa­ni­lla. No veo entrar a la mujer del coro­nel, pero de pron­to esta
ahí, su voz amar­ga, inconquistable.

—¿Encien­do?

—No.

—Telé­fono.

—Deci­les que no estoy.

Des­apa­re­ce.

—Es para putear­me —expli­ca el coro­nel — . Me lla­man a cual­quier hora. A las tres de la madru­ga­da, a las cinco.

—Ganas de joder —digo alegremente.

—Cam­bié tres veces el núme­ro del telé­fono. Pero siem­pre lo averiguan.

—¿Qué le dicen?

—Que a mi hija le aga­rre la polio. Que me van a cor­tar los hue­vos. Basura.

Oigo el hie­lo en el vaso, como un cen­ce­rro lejano.

—Hice una cere­mo­nia, los aren­gué. Yo res­pe­to las ideas, les dije. Esa
mujer hizo mucho por uste­des. Yo la voy a ente­rrar como cris­tia­na. Pero
tie­nen que ayudarme.

El coro­nel está de pie y bebe con cora­je, con exas­pe­ra­ción, con
gran­des y altas ideas que reflu­yen sobre él como gran­des y altas olas
con­tra un peñas­co y lo dejan into­ca­do y seco, recor­ta­do y negro, rojo y
plata.

—La saca­mos en un fur­gón, la tuve en Via­mon­te, des­pués en 25 de Mayo,
siem­pre cui­dán­do­la, pro­te­gién­do­la, escon­dién­do­la. Me la que­rían quitar,
hacer algo con ella. La tapé con una lona, esta­ba en mi des­pa­cho, sobre
un arma­rio, muy alto. Cuan­do me pre­gun­ta­ban qué era, les decía que era
el trans­mi­sor de Cór­do­ba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dón­de está el coro­nel. El refle­jo pla­tea­do lo bus­ca, la
pupi­la roja. Tal vez ha sali­do. Tal vez ambu­la entre los mue­bles. El
edi­fi­cio hue­le vaga­men­te a sopa en la coci­na, colo­nia en el baño,
paña­les en la cuna, reme­dios, ciga­rri­llos, vida, muerte.

—Llue­ve —dice su voz extraña.

Miro el cie­lo: el perro Sirio, el caza­dor Orión.

—Llue­ve día por medio —dice el coro­nel — . Día por medio llue­ve en un
jar­dín don­de todo se pudre, las rosas, el pino, el cin­tu­rón franciscano.

Dón­de, pien­so, dónde.

—¡Está para­da! —gri­ta el coro­nel — . ¡La ente­rré para­da, como Facun­do, por­que era un macho!

Enton­ces lo veo, en la otra pun­ta de la mesa. Y por un momento,
cuan­do el res­plan­dor cár­deno lo baña, creo que llo­ra, que gruesas
lágri­mas le res­ba­lan por la cara.

—No me haga caso —dice, se sien­ta — . Estoy borracho.

Y lar­ga­men­te llue­ve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

—¿Eh? —dice— ¿Eh? —dice.

Y me mira con des­con­fian­za, como un ebrio que se des­pier­ta en un tren desconocido.

—¿La saca­ron del país?

—Sí.

—¿La sacó usted?

—Sí.

—¿Cuán­tas per­so­nas saben?

—DOS.

—¿El Vie­jo sabe?

Se ríe.

—Cree que sabe.

—¿Dón­de?

No con­tes­ta.

—Hay que escri­bir­lo, publicarlo.

—Sí. Algún día.

Pare­ce can­sa­do, remoto.

—¡Aho­ra! —me exas­pe­ro — . ¿No le preo­cu­pa la his­to­ria? ¡Yo escri­bo la his­to­ria, y usted que­da bien, bien para siem­pre, coronel!

La len­gua se le pega al pala­dar, a los dientes.

—Cuan­do lle­gue el momen­to… usted será el primero…

—No, ya mis­mo. Pien­se. Paris Match. Life. Cin­co mil dóla­res. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

—¿Dón­de, coro­nel, dónde?

Se para des­pa­cio, no me cono­ce. Tal vez va a pre­gun­tar­me quién soy, qué hago ahí.

Y mien­tras sal­go derro­ta­do, pen­san­do que ten­dré que vol­ver, o que no
vol­ve­ré nun­ca. Mien­tras mi dedo índi­ce ini­cia ya ese infatigable
iti­ne­ra­rio por los mapas, unien­do iso­ye­tas, probabilidades,
com­pli­ci­da­des. Mien­tras sé que ya no me intere­sa, y que jus­ta­men­te no
move­ré un dedo, ni siquie­ra en un mapa, la voz del coro­nel me alcanza
como una revelación.

—Es mía —dice sim­ple­men­te — . Esa mujer es mía.


Esa Mujer, por Rodol­fo Walsh

Este es qui­zás el mejor cuen­to de la his­to­ria lite­ra­ria argentina.
“Esa Mujer“, de Rofol­fo Walsh, escri­to en 1966, gira alre­de­dor de la
figu­ra míti­ca de Eva Perón y su cadá­ver embal­sa­ma­do y fan­tas­mal que
andu­vo escon­di­do por la sede de Inte­li­gen­cia del Ejér­ci­to de la calle
Via­mon­te tras el gol­pe de 1955, y lue­go tapa­do con una lona en la calle
25 de mayo, des­pués de ser roba­do de la CGT para ter­mi­nar ente­rra­do en
Ita­lia con nom­bre fal­so y ayu­da del Vaticano.

Juan Domin­go Perón esta­ba toda­vía en Espa­ña cuan­do le entre­ga­ron el cuer­po de su segun­da espo­sa: Evita.

Y llo­ró por dentro.

Aquí Walsh lee su pro­pio cuen­to y des­cri­be al coro­nel Car­los Moore
Koë­ning, enlo­que­ci­do por la cul­pa, la locu­ra y la pose­sión de la muerte.

La entre­vis­ta de Tomás a Eloy Mar­tí­nez, en 1989, al coro­nel Héctor
Caba­ni­llas, con los deta­lles de la entre­ga del cuer­po de Evi­ta a Perón
en Madrid, publi­ca­da en La Nación, el 2 de agos­to de 2002.

Cuan­do Perón estu­vo en el exi­lio, Caba­ni­llas estu­vo a pun­to de matar­lo, a pedi­do de la dic­ta­du­ra de Pedro Euge­nio Aram­bu­ru e Isaac Fran­cis­co Rojas.

Itu­rria /​Fuen­te

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