Amé­ri­ca Lati­na. Covid-19: ¿por qué es tan impor­tan­te pro­te­ger los terri­to­rios indí­ge­nas?

Juan Manuel Cres­po /​Resu­men Lati­no­ame­ri­cano /​10 de abril de 2020

Ante el avan­ce impa­ra­ble de la pan­de­mia del Covid-19 alre­de­dor del mun­do, vale pre­gun­tar­se quié­nes están hoy entre las pobla­cio­nes más vul­ne­ra­bles y por qué su poten­cial extin­ción pue­de ace­le­rar el eco­ci­dio en el cor­to y mediano pla­zo.

La colo­ni­za­ción de Amé­ri­ca fue uno de los epi­so­dios más rele­van­tes de la his­to­ria recien­te de la civi­li­za­ción huma­na. Son bien cono­ci­das las gue­rras de la con­quis­ta y el pro­ce­so de explo­ta­ción de las pobla­cio­nes indí­ge­nas, pero poco se habla sobre el impac­to que tuvo el fac­tor epi­de­mio­ló­gi­co en todo ello, y menos aún que fue este fac­tor el que, en gran medi­da, per­mi­tió a los colo­ni­za­do­res hacer­se con vas­tos terri­to­rios y recur­sos natu­ra­les que con­tri­bu­ye­ron a fun­dar el capi­ta­lis­mo en Euro­pa.

Las enfer­me­da­des impor­ta­das por los euro­peos a Amé­ri­ca (tifus, virue­la, saram­pión o pes­te bubó­ni­ca) lle­ga­ron a diez­mar has­ta el 95% de la pobla­ción del hemis­fe­rio duran­te los pri­me­ros 130 años de la Con­quis­ta. Por poner un ejem­plo, la epi­de­mia de virue­la fue la que real­men­te derro­tó a los azte­cas, ya que tras el fra­ca­so del pri­mer ata­que espa­ñol de 1520, el nue­vo empe­ra­dor azte­ca tras la muer­te de Moc­te­zu­ma, Cuitláhuac, se había refor­za­do mili­tar­men­te y había pues­to con­tra las cuer­das al pro­pio Cor­tés. Sin embar­go, fue la virue­la, traí­da en la expe­di­ción de Pán­fi­lo de Nar­váez, el arma invi­si­ble e impre­vis­ta que real­men­te des­tru­yó al impe­rio azte­ca, liqui­dan­do bru­tal­men­te la pobla­ción, empe­zan­do por el temi­do y gue­rre­ro empe­ra­dor Cuitláhuac, con­ta­gia­do de virue­la y falle­ci­do a fines de ese mis­mo 1520, hace aho­ra 500 años.

Así fue como, en algo más de un siglo, la pobla­ción ame­rin­dia se habría redu­ci­do a tan solo una frac­ción ínfi­ma. La colo­ni­za­ción se refor­zó y esa his­to­ria de extin­ción y explo­ta­ción con­ti­nuó has­ta la lle­ga­da de las nue­vas repú­bli­cas lati­no­ame­ri­ca­nas. Tiem­po en el que lo que que­da­ba de esos pue­blos ame­rin­dios y sus terri­to­rios cam­bió de due­ños, pero el saqueo, el racis­mo y el expo­lio siguió vigen­te has­ta nues­tros días.

Hoy, en medio de una cri­sis cli­má­ti­ca y eco­ló­gi­ca, se ha cons­ta­ta­do que los terri­to­rios mejor con­ser­va­dos, en tér­mi­nos de bio­di­ver­si­dad y recur­sos natu­ra­les, son aque­llos don­de toda­vía habi­tan pue­blos indí­ge­nas. Actual­men­te, estos terri­to­rios y sus pobla­cio­nes se encuen­tran gra­ve­men­te ame­na­za­dos por indus­trias extrac­ti­vas, explo­ta­ción made­re­ra, depre­da­ción natu­ral de todo tipo y el avan­ce de infra­es­truc­tu­ras desa­rro­llis­tas. Es decir, la colo­nia­li­dad con­ti­núa ame­na­zan­do a estos pue­blos y sus terri­to­rios en for­ma de capi­ta­lis­mo neo-libe­ral.

La resis­ten­cia his­tó­ri­ca de los pue­blos indí­ge­nas en Amé­ri­ca Lati­na ha sido una bata­lla cruel y des­igual, pero al mis­mo tiem­po dig­na y ejem­plar. Han pasa­do casi 530 años des­de la lle­ga­da de Colón, y cam­pa­ñas mili­ta­res, pan­de­mias, explo­ta­ción, racis­mo y abu­sos hacía la pobla­ción indí­ge­na, así como la expo­lia­ción y des­pla­za­mien­to de sus terri­to­rios, han des­trui­do en gran medi­da sus pobla­cio­nes y cul­tu­ras. Sin embar­go, a pesar de todo, algu­nos de sus terri­to­rios y sus cul­tu­ras han resis­ti­do de mane­ra sor­pren­den­te, demos­tran­do una capa­ci­dad de resi­lien­cia admi­ra­ble.

Inclu­so, de una mane­ra que sor­pren­dió a muchos, en la segun­da mitad del siglo XX e ini­cios del XXI, los movi­mien­tos indí­ge­nas han toma­do una fuer­za polí­ti­ca sin pre­ce­den­tes. Tales han sido los casos de Ecua­dor y Boli­via, don­de estos movi­mien­tos fue­ron cen­tra­les en la cons­truc­ción de las nue­vas cons­ti­tu­cio­nes polí­ti­cas, intro­du­cien­do con­cep­tos y para­dig­mas des­de su ances­tra­li­dad que han sido com­par­ti­dos con el res­to de sus con­ciu­da­da­nos. Hoy, en medio de un hori­zon­te de muer­te y devas­ta­ción, nos han mos­tra­do un para­dig­ma de vida alter­na­ti­vo, digno y de equi­li­brio con la natu­ra­le­za, el vivir bien o buen vivir.

En esta resis­ten­cia acti­va, la pro­tec­ción de sus terri­to­rios ha sido uno de los meca­nis­mos más impor­tan­tes para su super­vi­ven­cia, espe­cial­men­te en el caso de los pue­blos indí­ge­nas ama­zó­ni­cos. La sel­va, de muchas mane­ras, ha sig­ni­fi­ca­do un espa­cio geo­grá­fi­co inac­ce­si­ble que les ha dado la posi­bi­li­dad de pro­te­ger­se, esca­par de la muer­te y la opre­sión y alcan­zar a sobre­vi­vir. Tal es el caso de los pue­blos ais­la­dos, quie­nes han vis­to que la úni­ca posi­bi­li­dad de vida era aden­trar­se lo más posi­ble en terri­to­rios “inhós­pi­tos” para la civi­li­za­ción occi­den­tal, para allí desa­rro­llar sus modos de vida como pue­blos “libres”, sin inter­fe­ren­cias tóxi­cas.

Pero aho­ra, si bien esta liber­tad sigue sien­do cer­ca­da y cada vez más redu­ci­da por todas las ame­na­zas men­cio­na­das, estos indí­ge­nas están sien­do más ame­na­za­dos que nun­ca ante la lle­ga­da del Covid-19, que está deján­do­les a los pies de los caba­llos nue­va­men­te, en situa­ción de máxi­ma vul­ne­ra­bi­li­dad.

La noti­cia del 1 de abril de 2020, que con­fir­ma un pri­mer con­ta­gio de Covid-19 en una mujer que sería par­te de una tri­bu ais­la­da en Bra­sil, pone de mani­fies­to has­ta qué pun­to esta pan­de­mia lle­ga a todas par­tes y cómo su lle­ga­da podría tener con­se­cuen­cias desas­tro­sas para todos los indí­ge­nas, pero más aún para los pue­blos ais­la­dos ama­zó­ni­cos.

Según la ONU, la alta vul­ne­ra­bi­li­dad de los pue­blos indí­ge­nas está deter­mi­na­da por el hecho de que más del cin­cuen­ta por cien­to de los indí­ge­nas mayo­res de 35 años pade­ce dia­be­tes tipo 2. Ade­más, los pue­blos indí­ge­nas expe­ri­men­tan altos nive­les de mor­ta­li­dad mater­na e infan­til, des­nu­tri­ción, afec­cio­nes car­dio­vas­cu­la­res y otras enfer­me­da­des infec­cio­sas, como el palu­dis­mo y la tubercu­losis.

En un comu­ni­ca­do emi­ti­do el 31 de mar­zo, la Coor­di­na­do­ra de las Orga­ni­za­cio­nes Indí­ge­nas de la Cuen­ca Ama­zó­ni­ca (Coi­ca) hizo un lla­ma­do de emer­gen­cia a los gobier­nos de los paí­ses miem­bros para que tomen medi­das sani­ta­rias y ela­bo­ren pla­nes de con­tin­gen­cia de acuer­do a la situa­ción espe­cí­fi­ca de los pue­blos indí­ge­nas. Entre las medi­das pro­pues­tas se plan­tea un estric­to con­trol de entra­da y sali­da a los terri­to­rios indí­ge­nas, en espe­cial de las per­so­nas que no per­te­ne­cen a estas comu­ni­da­des, así como limi­tar el acce­so de los indí­ge­nas a luga­res de turis­mo o don­de se con­cen­tren mul­ti­tu­des. Ade­más, se sugie­re ela­bo­rar pla­nes espe­cí­fi­cos de con­tin­gen­cia en los terri­to­rios ante la lle­ga­da de posi­bles bro­tes del coro­na­vi­rus.

Con su capa­ci­dad para con­ser­var la bio­di­ver­si­dad los pue­blos indí­ge­nas son y serán cla­ves en el con­tex­to de la cri­sis cli­má­ti­ca que enfren­ta­rá la huma­ni­dad en las pró­xi­mas déca­das.

Lo más preo­cu­pan­te es que los Esta­dos no estén toman­do las medi­das ade­cua­das ni hayan ela­bo­ra­do pro­to­co­los espe­cia­les para casos de pan­de­mia en terri­to­rios de pue­blos indí­ge­nas. Así lo ha aler­ta­do la pro­pia OMS en Ecua­dor, don­de la repre­sen­tan­te advir­tió que no exis­ten actual­men­te pro­to­co­los de vigi­lan­cia epi­de­mio­ló­gi­ca para evi­tar el con­ta­gio del coro­na­vi­rus en los pue­blos y nacio­na­li­da­des indí­ge­nas ecua­to­ria­nas.

Lo iró­ni­co de todo esto es que varios estu­dios pre­vios a esta pan­de­mia mues­tran que la apa­ri­ción de estos raros virus nue­vos, como aho­ra el Covid-19, no es más que el pro­duc­to de la ani­qui­la­ción de eco­sis­te­mas, en su mayo­ría tro­pi­ca­les, arra­sa­dos para agro­in­dus­tria, gana­de­ría o indus­trias extrac­ti­vas. Tam­bién son fru­to de la mani­pu­la­ción y trá­fi­co de la vida sil­ves­tre, en par­ti­cu­lar de espe­cies que en muchos casos está en peli­gro de extin­ción. Jus­ta­men­te, estos pue­blos indí­ge­nas, que no sobre­pa­san el 5% de la pobla­ción mun­dial, son quie­nes has­ta hoy mejor han con­ser­va­do casi el 80% de las áreas más bio­di­ver­sas del pla­ne­ta. Y es con su capa­ci­dad para con­ser­var la bio­di­ver­si­dad que ellos son y serán cla­ves en el con­tex­to de la cri­sis cli­má­ti­ca que enfren­ta­rá la huma­ni­dad en las pró­xi­mas déca­das, inclui­das nue­vas pan­de­mias como la que esta­mos atra­ve­san­do.

Los pue­blos indí­ge­nas de hoy son los que han resis­ti­do las epi­de­mias aje­nas. Lo han veni­do hacien­do des­de la lle­ga­da del Impe­rio espa­ñol con pan­de­mias y pla­gas de dis­tin­tas cla­ses, des­de la virue­la a el colo­nia­lis­mo, y las ame­na­zas forá­neas han sido una cons­tan­te para estos pue­blos en los últi­mos siglos.

La his­to­ria repu­bli­ca­na no ha sido una excep­ción, y en los paí­ses ama­zó­ni­cos dis­tin­tas “pan­de­mias” como las expe­di­cio­nes misio­ne­ras, el boom cau­che­ro y la expan­sión de acti­vi­da­des petro­le­ras lle­ga­ron a extin­guir muchas cul­tu­ras abo­rí­ge­nes. Tal es el caso de los Tete­tes y los San­sahua­ri en la Ama­zo­nía ecua­to­ria­na, que pasa­ron de ser cul­tu­ras mile­na­rias con sabe­res y terri­to­rios, a con­ver­tir­se sim­ple­men­te nom­bres de las pri­me­ras pla­ta­for­mas petro­le­ras que la empre­sa Texa­co y Gulf ins­ta­la­ron en los años sesen­ta y seten­ta.

La gran pre­gun­ta enton­ces que hoy aflo­ra ante la expan­sión del Covid-19 es si otra vez estos pue­blos más vul­ne­ra­bles serán los más afec­ta­dos. ¿No será qui­zás que esta arma “invi­si­ble” repi­te la his­to­ria y se con­vier­te en el ins­tru­men­to más efec­ti­vo para pene­trar los últi­mos rin­co­nes de vida ori­gi­na­ria que que­dan en nues­tro pla­ne­ta? ¿Cuá­les serán nues­tras prio­ri­da­des cómo socie­dad glo­bal en tiem­pos de cri­sis de la vida? ¿Será que, como huma­ni­dad, final­men­te ubi­ca­mos la vida en el cen­tro de nues­tras prio­ri­da­des, y más toda­vía aque­llos terri­to­rios don­de ésta se pre­ser­va y repro­du­ce?

Si algo nos debe que­dar cla­ro para el día des­pués de esta pan­de­mia es que, como dice la mexi­ca­na Ana Esther Cece­ña, “den­tro del capi­ta­lis­mo no hay solu­ción para la vida; fue­ra del capi­ta­lis­mo hay incer­ti­dum­bre, pero todo es posi­bi­li­dad. Nada pue­de ser peor que la cer­te­za de la extin­ción. Es momen­to de inven­tar, es momen­to de ser libres, es momen­to de vivir bien.”

Open Demo­cracy*

Itu­rria /​Fuen­te

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