Brecht y De André en la épo­ca del coro­na­vi­rus: «Aho­ra sabe­mos que es un deli­to no robar cuan­do tie­nes hambre»

Por Geral­di­na Colot­ti, Resu­men Lati­no­ame­ri­cano, 28 mar­zo 2020.-

¿Es peor robar un ban­co o fun­dar­lo? En el momen­to en que los poe­mas de Brecht o, al menos, los ver­sos del can­tor De André («Aho­ra sabe­mos que es un cri­men no robar cuan­do tie­nes ham­bre») fue­ron la ban­da sono­ra de un enfren­ta­mien­to de cla­ses que lite­ral­men­te bajó los pan­ta­lo­nes a la his­to­ria, hubié­ra­mos escu­pi­do en estos dos lados sór­di­dos del pro­ble­ma: la cari­dad pelu­da de aque­llos que, des­pués de ser par­te del sis­te­ma, nos invi­tan a «donar» las miga­jas, y los poli­cías de todos los res­mas que vigi­lan esta socie­dad divi­di­das en cla­ses, y para esto inven­tan cons­pi­ra­cio­nes de la mafia si el pue­blo sale de los super­mer­ca­dos sin pagar los alimentos.

En cam­bio, hoy, fren­te a miles de “sin dere­chos” que no pue­den com­prar ali­men­tos, se están pro­du­cien­do dos refle­xio­nes simul­tá­nea­men­te: la de los sepul­cros blan­quea­dos que denun­cian el «escán­da­lo» de la pobre­za sin mover un dedo, y la de los jus­ti­cia­lis­tas, que defien­den la lega­li­dad burguesa.

Una lega­li­dad que te mata con las manos lim­pias, por­que nie­ga los dere­chos bási­cos y la dig­ni­dad, con­vir­tien­do al opri­mi­do en un men­di­go que solo pue­de ser un caso humano, pero no un ser cons­cien­te del lugar que ocu­pa en la socie­dad divi­di­da en clases.

Un «caso humano» que pue­de cap­tu­rar a una peque­ña audien­cia en los medios si se sube a un puen­te para denun­ciar un des­pi­do o un abu­so, pero que de inme­dia­to se con­vier­te en un cri­mi­nal para ser encar­ce­la­do si vio­la las reglas de una socie­dad basa­da en la injus­ti­cia social y rei­vin­di­ca sus derechos.

La explo­sión de esta pan­de­mia vuel­ve a la mate­ria­li­dad de las rela­cio­nes de explo­ta­ción, des­en­mas­ca­ra las coar­ta­das y la hipo­cre­sía, y mues­tra las tram­pas en las que el con­flic­to social ter­mi­nó enjaulado.

¿Pero real­men­te hay alguien que, fren­te a los miles de millo­nes que el gran capi­tal inter­na­cio­nal ha gana­do en los últi­mos años (60 fami­lias poseen la rique­za de todo el pla­ne­ta) pue­de indig­nar­se si el pue­blo de lo “sin dere­chos” lle­na su carri­to de com­pras por­que no tie­nes algo de comer?

¿Alguien se pre­gun­tó cuán­to dine­ro se embol­sa­ron esos «bene­fac­to­res» para ser tan gene­ro­sos como para dar varios millo­nes de euros aho­ra, obvia­men­te por el temor a que el pro­le­ta­ria­do real­men­te le pida las cuen­tas como siem­pre ha suce­di­do en las revo­lu­cio­nes populares?

¿Y cuán­to dine­ro se gas­tó para ali­men­tar un cir­co igual que el “Plan Colom­bia”, de alar­mas, de jue­ces, tan­ques y poli­cías en nues­tro mal­tra­ta­do sur de Ita­lia, cuan­do ese dine­ro hubie­ra sido sufi­cien­te para dedi­car­los al tra­ba­jo, la salud o la educación?

No es el «volun­ta­ria­do» el que debe hacer­se car­go de las polí­ti­cas públi­cas. No es el ejér­ci­to el que tie­ne que con­tro­lar los super­mer­ca­dos. Son los capi­ta­lis­tas quie­nes deben devol­ver lo que han roba­do en estos años de neo­li­be­ra­lis­mo desen­fre­na­do, per­mi­ti­do por polí­ti­cas cóm­pli­ces y con­so­cia­ti­vas de las que la mayo­ría de estos ex izquier­dis­tas debe­rían avergonzarse.

¿Se pue­de hacer? Sí, se pue­de hacer, inclu­so si no tene­mos ejem­plos en Euro­pa. Pero hay otros con­ti­nen­tes. Chi­na ha dado su lec­ción. Cuba ha dado su lec­ción. La Vene­zue­la boli­va­ria­na, aun­que cri­mi­nal­men­te ase­dia­da por el Vaque­ro de la Casa Blan­ca y sus laca­yos, está dan­do una lec­ción. No ha fra­ca­sa­do el socia­lis­mo, sino el capi­ta­lis­mo. Esta pan­de­mia lo demuestra.

“No vini­mos a dar lo que nos que­da, sino a com­par­tir lo que tene­mos. Todos dan lo que tie­nen aden­tro”, dije­ron los médi­cos cuba­nos lle­gan­do a Ita­lia. Lo que, por lo con­tra­rio tie­ne den­tro del capi­ta­lis­mo lo mues­tra en esta el vaque­ro del Pen­tá­gono Trump que no ha encon­tra­do nada mejor que poner una recom­pen­sa en la cabe­za de Madu­ro para evi­tar que el pue­blo vene­zo­lano ten­ga acce­so a la medicina.

Mien­tras que en Ita­lia aumen­ta el núme­ro de muer­tos, más de 10.000, y son muer­tos gas­ta­dos en el altar del capi­ta­lis­mo, a las 6 de la tar­de, se escu­cha el himno nacio­nal des­de las ven­ta­nas. El himno de un país impe­ria­lis­ta, que ala­ba a los «már­ti­res de Nas­si­ria» pero no a los que mue­ren en el tra­ba­jo, en el mar o por cau­sa de la OTAN, de la cual somos sirvientes.

«Aho­ra sabe­mos que es un cri­men no robar cuan­do tene­mos ham­bre», can­tó Fabri­zio de André. Era la déca­da de 1970. Los tiem­pos de las «expro­pia­cio­nes pro­le­ta­rias», de las gran­des luchas por el poder, de la pri­sión polí­ti­ca como una «escue­la de lucha». La can­ción de la que se toman esos ver­sos se titu­la «En mi hora de liber­tad». Él dice: «Para res­pi­rar el mis­mo aire que un car­ce­le­ro, no ten­go ganas, así que deci­dí renun­ciar a mi hora de liber­tad …». Y can­ta la rebel­día del prisionero.

Es la «can­ción de Mayo» 1968, el Mayo fran­cés con­tra las jau­las y la hipo­cre­sía del capi­tal. Con­tra la socie­dad dis­ci­pli­na­ria. “Ce n’est qu’un debut”, No es que el ini­cio, se dijo enton­ces. Sous le pavé la pla­ge. El fue­go sale de la carre­te­ra, inclu­so aho­ra, bajo las ceni­zas el fue­go toda­vía no se ha apagado.

Itu­rria /​Fuen­te

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