Argen­ti­na. Males que ace­chan des­de la pro­pia tie­rra

Por Clau­dia Rafael */​Resu­men Latinoamericano/​17 de mar­zo de 2020 . — –

En la cava de Villa Ita­tí, par­ti­do de Quil­mes, hay fami­lias ente­ras con tubercu­losis. Pibes con­su­mi­dos por el paco que bro­ta y ser­pen­tea en esos cuer­pos que lle­van en la fren­te el tatua­je de la pobre­za extre­ma, el ham­bre y el haci­na­mien­to. Y que son vehícu­lo de con­ta­gio y de pro­pa­ga­ción. Cuer­pos que son pre­sa fácil para otras enfer­me­da­des. “El fin de sema­na supi­mos de cua­tro casos más de den­gue en el barrio”, cuen­ta a APe Ita­tí Tedes­chi, del Cen­tro Cul­tu­ral y Edu­ca­ti­vo Jua­ni­ta Ríos. Jua­ni­ta era la madre de Ita­tí, que vivía en la villa cuan­do el cura ter­cer­mun­dis­ta Giu­sep­pe Tedes­chi lle­gó para que­dar­se y arma­ron pare­ja. Ella fue la hija de ese amor prohi­bi­do, naci­do en tiem­pos de revo­lu­cio­nes y luchas popu­la­res.

En estos días en los que un virus que lle­va a las monar­quías en sus nom­bres se expan­de y rep­ta por el mun­do, enfer­me­da­des de la pobre­za se dise­mi­nan, explo­tan ante los ojos pero a la vez se des­atien­den. Todas las mira­das están en esa nue­va pes­te que hoy esta­lla en con­di­cio­nes socio­eco­nó­mi­cas y cul­tu­ra­les per­fec­tas. El uru­gua­yo Raúl Zibec­chilas sin­te­ti­za en tres: habla de los últi­mos 30 años “de neo­li­be­ra­lis­mo, que ha cau­sa­do daños ambien­ta­les, sani­ta­rios y socia­les pro­ba­ble­men­te irre­pa­ra­bles”. Subió estre­pi­to­sa­men­te la tem­pe­ra­tu­ra (“la evi­den­cia cien­tí­fi­ca vin­cu­la la explo­sión de las enfer­me­da­des vira­les y la defo­res­ta­ción”); la des­truc­ción de los sis­te­mas sani­ta­rios y “la epi­de­mia de indi­vi­dua­lis­mo y de des­igual­dad, cul­ti­va­das por los gran­des medios que se dedi­can a meter mie­do, infor­man­do de for­ma ses­ga­da”.

Villa Ita­tí es una pin­tu­ra social. Ancla­da en una de las barria­das más cas­ti­ga­das de tie­rras conur­ba­nas tam­bién allí aso­ma des­de los tele­vi­so­res y los celu­la­res la nue­va pes­te. Los veci­nos miran alre­de­dor y saben que hay otros males que ace­chan.

El hom­bre pare­ce más vie­jo de lo que es. Los sur­cos se le ins­ta­la­ron en la cara de tan­to sol y calle acu­mu­la­dos. De empu­jar el carro y revol­ver entre la basu­ra. “Si él no sale a car­to­near, no entra pla­ta. Tie­ne infec­ción en los pul­mo­nes y ¿cómo se cui­da así?”, dice su com­pa­ñe­ra con la voz gas­ta­da y con la hue­lla de enfer­me­da­des añe­jas. “Acá tene­mos ade­más una chi­ca de 14 años, emba­ra­za­da, que tam­bién vive de la basu­ra”, agre­ga la doña, muer­ta de mie­do y de har­taz­go.

“Pasar por las calles a fumi­gar sin ingre­sar a los domi­ci­lios bási­ca­men­te es meter el den­gue en las casas”, rela­ta una veci­na del barrio Coven­diar 2, en Ezpe­le­ta Oes­te. Don­de la fie­bre aso­ma “no tene­mos con qué bajar­la. Por­que la table­ta de para­ce­ta­mol está a 100 pesos y en las sali­tas no hay medi­ca­ción. Ano­che lla­ma­mos al SAME y tar­da­ron 29 horas en venir”.

Se tra­ta de barria­das pari­das por la pobre­za. Villa Ita­tí tie­ne unos 60.000 pobla­do­res, con­ta­bi­li­zan los veci­nos del lugar. “Tene­mos al médi­co allí pero no hay medi­ca­men­tos. Y si no, tene­mos al hos­pi­ta­li­to de Don Bos­co pero el médi­co de guar­dia es el mis­mo que des­pués va en la ambu­lan­cia. Ahí hay labo­ra­to­rio pero el equi­po de rayos no fun­cio­na des­de hace 4 años”, apor­ta Ita­tí.

En el lugar el agua de red des­pi­de hedo­res que des­com­po­nen. El Cen­tro de Aten­ción al Vecino cerró el lunes con can­da­dos y ya los veci­nos no tie­nen dón­de ir. Hay –al menos en tiem­po pre­sen­te- mayo­res pro­ba­bi­li­da­des de morir de den­gue que de coro­na­vi­rus en esa villa con nom­bre de mujer.

En ese lugar del que muchas muje­res salen a tra­ba­jar como domés­ti­cas y que cobran por cada hora y día de tra­ba­jo. “El hijo de mi patrón lle­gó de Nue­va York. Pero si no voy a tra­ba­jar no cobro nada”, deta­lló la mucha­cha cuan­do una com­pa­ñe­ra le dijo “no vayas, cui­da­te. Y denun­cia­lo”. Con el temor de subir­se a un tren y a un colec­ti­vo ates­ta­dos pero con­ven­ci­da de hacer­lo por­que hay que parar la olla.

En la villa no hay cla­ses ya, como en el res­to del terri­to­rio argen­tino. Y en el cen­tro cul­tu­ral repar­ten vian­das a las fami­lias cuyos chi­cos asis­ten al come­dor a dia­rio. “Si noso­tros le damos de comer a los pibes, usa­mos 20 paque­tes de fideos. Pero si tene­mos que hacer vian­das, tene­mos que usar 40 paque­tes. Y ¿si las cosas se agra­van?… ¿Van a ser 60? ¿80?”, se pre­gun­ta Ita­tí Tedes­chi con ese nudo en la gar­gan­ta que se pare­ce dema­sia­do a la angus­tia. Es así en esos días en que ron­da por las calles esa peli­gro­sa desa­zón que hay que ven­cer a fuer­za de con­vic­cio­nes. Para no apor­tar al páni­co glo­bal que olvi­da que en los fon­dos de cada casa es más pro­ba­ble que otee, lis­to para el ata­que, un mos­qui­to aedes aegy­pti que esa extra­ña pes­te que cre­ce y des­plie­ga con maes­tría y per­ti­na­cia el ais­la­mien­to social.

Fotos: Mar­tín Acos­ta

  • Fuen­te: Agen­cia Pelo­ta de Tra­po

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