Vene­zue­la. Dios­da­do

Por Ramón Cen­teno, Resu­men Lati­noa­me­ri­cano, 15 mar­zo 2020

9 de mar­zo. Son las mis­mas botas con las que cami­nó en la tie­rra de Alí Pri­me­ra: en la goma está el refle­jo del uso que les ha dado en las mar­chas: «¡Bue­nas noches mucha­chos!», pau­sa el ambien­te Dios­da­do.

Iba pres­tán­do­le aten­ción a cada paso: sereno, dicha­ra­che­ro y ani­ma­do. Vol­tea el reloj que lle­va en la muñe­ca y mira hacia el cie­lo como dicién­do­le a alguien, «aquí estoy de nue­vo» y como un maes­tro de la Aca­de­mia Mili­tar vuel­ve a reme­mo­rar: Esta trin­che­ra per­te­ne­ce al coman­dan­te Chá­vez. Esto es el Pan­teón natu­ral, dijo a los inte­gran­tes de la Direc­ción Nacio­nal de la JPSUV, mien­tras la lla­ma del fue­go sagra­do deja­ba ver el ros­tro que­ma­do por un sol abra­san­te pro­pio del esta­do Fal­cón. 

El vien­to era tan fuer­te que tum­ba­ba las hojas ver­des del cedro. Ese día la luna esta­ba más cer­ca de la tie­rra. Eran las 7:30 de la noche y del cie­lo bro­ta­ba una nube roji­za que se pasea­ba de un lado a otro enga­la­nan­do un fir­ma­men­to con pocas estre­llas. Allí están: un cañón, una fla­mean­te lla­ma que no des­can­sa y una car­ga his­tó­ri­ca que res­guar­da al hom­bre que dio todo por la patria.

Sean capa­ces de estar a la altu­ra del momen­to his­tó­ri­co que vive Vene­zue­la. La Patria boli­va­ria­na está sien­do ata­ca­da por mer­ce­na­rios y no pode­mos que­dar­nos de bra­zos cru­za­dos. Es así, dijo Rod­be­xa.

El Cuar­tel

8:20 de la noche. Afue­ra hay varios asien­tos entre la gra­ma y las ace­ras. Todo está impe­ca­ble. En la ante­sa­la te reci­be un gran por­tón de made­ra y colum­nas de con­cre­to que dan solem­ni­dad y recuer­da a cual­quier pasi­llo de Mira­flo­res; es el Cuar­tel 4F. Al fon­do y en medio de una flor está el refe­ren­te de la juven­tud: Hugo Rafael Chá­vez Frías. 

«¿Saben quién venía todos los días para acá?, Elié­cer Otai­za. Él, des­pués de cada jor­na­da de tra­ba­jo lle­ga­ba y le pedía fuer­za a Chá­vez. Eso lo sabía la dere­cha».

«Otra com­pa­ñe­ra que lle­ga­ba cada sema­na era María León, ella dejó de subir por­que no podía más. Nues­tra María decía que sufría mucho al saber que el Coman­dan­te ya no esta­ba físi­ca­men­te». 

De pie, dos horas y sin inte­rrup­ción Dios­da­do rati­fi­ca: «Uste­des… (y miró hacia el fren­te) tie­nen que desa­rro­llar el ins­tin­to de pre­ver. No per­mi­tir que uno se rin­da y deben man­te­ner la lla­ma de lucha encen­di­da».

Mue­ve las manos con la mis­ma emo­ción de un cha­mo que jue­ga pelo­ti­ca de goma. Rela­ta, narra y des­cri­be en plu­ral: noso­tros.

Recor­dó a Fabri­cio Oje­da, a exmi­nis­tros lea­les a Hugo Chá­vez y exal­tó el ímpe­tu de Fidel, Evo y Nes­tor. Evo­có algu­nos epi­so­dios del gol­pe de abril 2002 y puso dos rosas sobre el sepul­cro.

Vir­gi­nia

¡Chap, chap!, cha­po­tea en silen­cio una rosa sobre el agua que cir­cun­da ‘La flor de los cua­tro ele­men­tos’. Es Rosa Vir­gi­nia quien sen­ta­da a un cos­ta­do deja lle­var­se por las ideas. Allí esta­ba: igua­li­ta con su mele­na ensor­ti­ja­da y una media son­ri­sa que te indi­ca que la tris­te­za se aco­mo­da en el alma cuan­do las ausen­cias son tan gran­des. 

Por cier­to, refie­re Dios­da­do: «pocas veces el Coman­dan­te com­par­tió en un cum­plea­ños de sus hijos. Él ‑en refe­ren­cia a Hugo- siem­pre estu­vo entre­ga­do al deber revo­lu­cio­na­rio. Pero, recal­có: los amo­res de su vida fue­ron ellos».

10:20 PM. La com­ba­ti­va parro­quia 23 de enero vigi­la con leal­tad. Las luces encen­di­das son el refle­jo de que allí nadie duer­me. Apro­ve­cha enton­ces para hablar de humil­dad entre com­pa­ñe­ros: comen­ta, com­pa­ra, mati­za y refle­xio­na.

Tres máxi­mas que nun­ca fallan en el andar: «Humil­dad para apren­der, cre­cer y avan­zar». Enton­ces echa la mira­da a un lado para recor­dar: en cam­pa­ña aga­rrá­ba­mos carre­te­ra sin nada en el estó­ma­go solo lle­vá­ba­mos pan y cam­búr. Chá­vez comía lo mis­mo.

No hay cáma­ras de tele­vi­sión ni micró­fo­nos.

– «¿Me escu­chan todos?», pre­gun­ta el hom­bre que más ha sido ame­na­za­do por el impe­ria­lis­mo nor­te­ame­ri­cano.

-«Sí», afir­man los que están más lejos.

Era como el tiem­po para­li­za­do. Nadie inte­rrum­pía: «No trai­cio­ne­mos al pue­blo y el que quie­ra trai­cio­nar que se ale­je, por­que noso­tros no lle­ga­mos aquí para men­tir», sen­ten­ció Cabe­llo mien­tras pedía que no se le acep­te favo­res a nadie: «Chá­vez no acep­tó nin­gún rega­lo. Por eso lo ata­ca­ron».

Corrup­ción cero

Repi­tió la pala­bra revo­lu­ción con la mis­ma inten­si­dad para decir: Olví­den­se de los ami­gos fáci­les. La gen­te se corrom­pe una vez y de allí en ade­lan­te ven­den has­ta el alma.

En este pun­to hace un alto como recor­dan­do algún momen­to de su tie­rra natal EL Furrial. Orga­ni­za algu­nas anéc­do­tas y como una for­ma de acer­car­se más a las inquie­tu­des de los jóve­nes les recuer­da que en cada res­pon­sa­bi­li­dad que les otor­gue la Revo­lu­ción Boli­va­ria­na «tie­nen que dejar una hue­lla de efi­cien­cia imbo­rra­ble» .

En El Cuar­tel, las flo­res que deja­ron al Coman­dan­te ‑por los sie­te años de su siem­bra- per­ma­ne­cen intac­tas. Solo las rosas blan­cas rega­ron sus péta­los sobre el piso del sepul­cro hacien­do una cami­ne­ría.

El vien­to entra con más fuer­za. Rosa Vir­gi­nia ya no está aba­jo, otea des­de un muro como si su padre fija­ra su mira­da en cada uno los diri­gen­tes juve­ni­les.

Tene­mos que amar al PSUV «por­que es la crea­ción del Gigan­te Hugo», siguió dicien­do – ante la mira­da expec­tan­te de los cha­mos- «y todo lo que hace­mos a dia­rio es crea­ción heroi­ca de la polí­ti­ca que nos ense­ñó este com­pa­ñe­ro» y apre­ta el puño y lo deja caer sobre el már­mol que sos­tie­ne la ins­crip­ción: Coman­dan­te Supre­mo de la Revo­lu­ción Boli­va­ria­na.

Tres horas de diá­lo­go y el Capi­tán seguía con­vir­tien­do las pala­bras en cla­se. Una ora­to­ria para un afo­ro fami­liar. Un ver­bo encen­di­do pero baji­to para que que­da­ra solo ahí por­que «hay que apren­der a guar­dar secre­tos».

Jura­men­to

Se acer­ca­ron más a Chá­vez. Uno, dos y tres pasos evi­tan­do inte­rrum­pir el des­can­so de El Ara­ñe­ro de Saba­ne­ta: «aun­que no creo que esté des­can­sa­do. El Coman­dan­te vive pen­dien­te de su pue­blo».

Tres niños se acer­can para escu­char a Dios­da­do:
«Es el mis­mo jura­men­to que hicie­ra Bolí­var en 1815 a su anti­guo maes­tro Simón Rodrí­guez».
Alcen la mano izquier­da, invi­tó.

Juran uste­des:
Por la Patria, la vida, Chá­vez… Por Nico­lás. 

Pau­sa

Por luchar has­ta ven­cer.

Otra pau­sa

¡Patria o muer­te!

Se escu­chó en eco:

«¡Sí, lo jura­mos!»

«Este es el acto polí­ti­co de mayor serie­dad por­que aquí está este hom­bre (Chá­vez), quien nos ense­ñó de moral y com­pro­mi­so», resal­tó Dios­da­do Cabe­llo quien tenía a un lado a Rod­be­xa Poleo y del otro a Viel­ma Mora. 

Y pro­si­guió: «Esto que ter­mi­nan de hacer es un com­pro­mi­so de vida y créan­me que son uste­des (juven­tud vene­zo­la­na) los úni­cos capa­ces de seguir for­ta­le­cien­do la Revo­lu­ción Boli­va­ria­na».

Cada mano ‑una más joven que la otra- se detu­vo sobre la tapa que cubre el cuer­po de Chá­vez como si qui­sie­ran sacar­lo de allí y abra­zar­lo. El ambien­te se puso más difí­cil: opa­co y silen­cio­so.

La Guar­dia de Honor incó­lu­me. Una cara dibu­ja­da por la dis­ci­pli­na se man­tie­ne cus­to­dian­do al jefe como a la espe­ra de una orien­ta­ción. Chá­vez está ahí, dijo uno.

11:05 de la noche. Dios­da­do: «En uste­des veo las caras del 4F. Jóve­nes que no son oli­gar­cas. Son pue­blo, cha­mos del barrio y de los cerros».

«Me voy tran­qui­lo y con la espe­ran­za multiplicada»…y cami­nó con la mis­ma segu­ri­dad de que Vene­zue­la sal­drá vic­to­rio­sa del cri­mi­nal blo­queo eco­nó­mi­co.

Al ins­tan­te car­gó con­tra la apa­tía: Tie­nen que andar para arri­ba y para aba­jo con una son­ri­sa.

Enton­ces sue­nan las cuer­das de una gui­ta­rra y lo acom­pa­ña un cua­tro: todo lo hace recor­dar. El can­to, el sil­bi­do, el poe­ma y la letra. Todo es Hugo, el hom­bre de las difi­cul­ta­des.

Casi es la media­no­che. Lle­va la mira­da hacia un pun­to fijo. Se hume­de­cen los ojos pero las lágri­mas se resis­ten. Aprie­ta el ros­tro. Ese es Dios­da­do, el humano, quien sigue de pie fren­te a su maes­tro. 

Se des­pi­de una y otra vez. Sigue con­ver­san­do. En la sali­da y sin refle­jo de ago­ta­mien­to orde­na: «¡Vayan a des­can­sar mucha­chos! Segui­ré tra­ba­jan­do».

Vol­teó y vol­vió a pasar revis­ta por don­de lle­gó. Hizo algu­nos pasos. Lle­va­ba la mis­ma cami­sa que usa para las con­fe­ren­cias de pren­sa. Lo veía­mos a lo lejos mien­tras se per­día entre sus ayu­dan­tes.

Un paso, otro paso y ahí iba el hom­bre que qui­sie­ra el impe­ria­lis­mo nor­te­ame­ri­cano ase­si­nar como hicie­ron con Qasem Solei­ma­ni.

Uno de los mucha­chos mur­mu­ró al aire: «¡Écha­le bolas Dios­da­do!, noso­tros esta­mos con­ti­go».

Cró­ni­ca de un encuen­tro entre el Capi­tán Dios­da­do Cabe­llo y la Juven­tud del Par­ti­do Socia­lis­ta Uni­do de Vene­zue­la como recor­da­to­rio de aquel Jura­men­to fren­te a Hugo Chá­vez
Mar­zo, 2020

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