Lecciones del movimiento de los «chalecos amarillos»

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¿Qué debe­mos pen­sar (lo que se lla­ma pen­sar, no ladrar) sobre la con­tra­dic­ción vio­len­ta y dura­de­ra entre el movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos y las auto­ri­da­des esta­ta­les, con­du­ci­das por el peque­ño pre­si­den­te Macron?

Dije cla­ra­men­te, des­de la últi­ma vuel­ta de las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les, que nun­ca iría ni con Mari­ne Le Pen, capi­ta­na de la extre­ma dere­cha par­la­men­ta­ria, ni con Macron, que pre­pa­ra­ba lo que lla­mé «gol­pe de esta­do demo­crá­ti­co» al ser­vi­cio seu­do­rre­for­mis­ta del gran capi­tal.

Está cla­ro que hoy no ha cam­bia­do nada en cuan­to a mi jui­cio sobre Macron: lo des­pre­cio sin vaci­lar. Pero, ¿qué ocu­rre con los cha­le­cos ama­ri­llos? Debo con­fe­sar que, des­de que empe­za­ron hace un año, nun­ca encon­tré nada en su com­po­si­ción, sus afir­ma­cio­nes o sus prác­ti­cas, que me pare­cie­ra polí­ti­ca­men­te inno­va­dor o pro­gre­sis­ta.

Veo que hay muchas razo­nes para esa revuel­ta, con lo que el movi­mien­to pue­de con­si­de­rar­se legí­ti­mo. Conoz­co la deser­ti­fi­ca­ción de las zonas rura­les, el tris­te silen­cio de las calles aban­do­na­das de pue­blos y peque­ñas ciu­da­des, el ale­ja­mien­to con­ti­nuo de los ser­vi­cios públi­cos (cada vez más pri­va­ti­za­dos) para mucha gen­te: dis­pen­sa­rios, hos­pi­ta­les, escue­las, ofi­ci­nas de correos y telé­fo­nos, esta­cio­nes de tren, etcé­te­ra. Sé que un empo­bre­ci­mien­to, pri­me­ro rápi­do y lue­go ace­le­ra­do, afec­ta a per­so­nas que hace solo cua­ren­ta años dis­fru­ta­ban de un poder adqui­si­ti­vo en pro­gre­sión casi con­ti­nua. Es cier­to que pue­den pro­vo­car dicho empo­bre­ci­mien­to nue­vas for­mas de fis­ca­li­dad más inci­si­vas. No igno­ro en abso­lu­to que la vida mate­rial de fami­lias ente­ras se con­vier­te en una pesa­di­lla, sobre todo para muchas muje­res, que ade­más están muy pre­sen­tes en el movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos.

En resu­men: exis­te en Fran­cia un enor­me des­con­ten­to de lo que podría­mos lla­mar la par­te tra­ba­ja­do­ra, mayo­ri­ta­ria­men­te de pro­vin­cias y con bajos ingre­sos, de la cla­se media. El movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos cons­ti­tu­ye una repre­sen­ta­ción sig­ni­fi­ca­ti­va, en for­ma de revuel­ta acti­va y viru­len­ta, de ese des­con­ten­to.

Para quien quie­ra enten­der­las, las razo­nes his­tó­ri­cas y eco­nó­mi­cas de ese levan­ta­mien­to están per­fec­ta­men­te cla­ras. Ade­más, expli­can por qué los cha­le­cos ama­ri­llos sitúan el ini­cio de sus des­gra­cias hace cua­ren­ta años: diga­mos los años ochen­ta, comien­zo de una lar­ga con­tra­rre­vo­lu­ción capi­ta­lo-oli­gár­qui­ca, mal lla­ma­da «neo­li­be­ral» cuan­do era sim­ple­men­te libe­ral. Es decir, vuel­ta al capi­ta­lis­mo sal­va­je del siglo XIX. Dicha con­tra­rre­vo­lu­ción era una reac­ción a los diez «años rojos» (diga­mos de 1965 a 1975), cuyo epi­cen­tro fran­cés fue Mayo del 68, y el epi­cen­tro mun­dial la Revo­lu­ción Cul­tu­ral chi­na. Y fue con­si­de­ra­ble­men­te ace­le­ra­da por el hun­di­mien­to del pro­yec­to pla­ne­ta­rio del comu­nis­mo, en la URSS y lue­go en Chi­na: ya nada se opo­nía, a esca­la mun­dial, a que el capi­ta­lis­mo y sus bene­fi­cia­rios, sobre todo la oli­gar­quía trans­na­cio­nal de mul­ti­mi­llo­na­rios, ejer­cie­ran un poder ili­mi­ta­do.

Huel­ga decir que la bur­gue­sía fran­ce­sa siguió el movi­mien­to con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rio: inclu­so había sido capi­tal inte­lec­tual e ideo­ló­gi­ca, con la actua­ción de los «nue­vos filó­so­fos», que vela­ron por que el ideal comu­nis­ta fue­ra per­se­gui­do en todas par­tes, no solo acu­sán­do­lo de fal­so, sino de cri­mi­nal. Nume­ro­sos inte­lec­tua­les, rene­ga­dos de Mayo del 68 y del maoís­mo, fue­ron fie­les perros guar­dia­nes de la con­tra­rre­vo­lu­ción bur­gue­sa y libe­ral, esgri­mien­do inofen­si­vos tér­mi­nos feti­che, como «liber­tad», «demo­cra­cia» o «nues­tra repú­bli­ca».

Pero la situa­ción en Fran­cia ha ido degra­dán­do­se des­de los años ochen­ta. El país yo no es lo que fue duran­te los «trein­ta años glo­rio­sos» de la recons­truc­ción de pos­gue­rra. Fran­cia ya no es una gran poten­cia mun­dial, un impe­ria­lis­mo ven­ce­dor. Hoy se la com­pa­ra a menu­do con Ita­lia, inclu­so con Gre­cia. La com­pe­ten­cia hace que retro­ce­da en todas par­tes, su ren­ta colo­nial está a pun­to de ago­tar­se y para man­te­ner­la nece­si­ta innu­me­ra­bles ope­ra­cio­nes mili­ta­res en Áfri­ca, cos­to­sas e incier­tas. Ade­más, dado que el pre­cio de la fuer­za de tra­ba­jo obre­ra es muy infe­rior en otros paí­ses, como los de Asia, las gran­des fábri­cas van des­lo­ca­li­zán­do­se al extran­je­ro. Esa desin­dus­tria­li­za­ción masi­va lle­va a la rui­na social de regio­nes ente­ras, des­de Lore­na y su side­rur­gia o el Nor­te con sus fábri­cas tex­ti­les y sus minas de car­bón, has­ta los subur­bios de París, entre­ga­das a la espe­cu­la­ción inmo­bi­lia­ria en los nume­ro­sos sola­res que que­dan de las indus­trias des­apa­re­ci­das.

Como con­se­cuen­cia de todo esto, la bur­gue­sía fran­ce­sa (su oli­gar­quía domi­nan­te, los accio­nis­tas del CAC 401) ya no pue­de man­te­ner a su ser­vi­cio, en las mis­mas con­di­cio­nes que antes, sobre todo antes de la cri­sis de 2008, a una cla­se media polí­ti­ca­men­te ser­vil. En efec­to, esa cla­se media fue el apo­yo his­tó­ri­co casi cons­tan­te de la pre­emi­nen­cia elec­to­ral de las diver­sas dere­chas, pre­emi­nen­cia diri­gi­da con­tra los obre­ros orga­ni­za­dos de las gran­des con­cen­tra­cio­nes indus­tria­les, ten­ta­dos por el comu­nis­mo entre los años vein­te y, jus­ta­men­te, los años ochen­ta. De ahí el levan­ta­mien­to actual de una par­te impor­tan­te, y popu­lar, de esa cla­se media, que se ve aban­do­na­da, con­tra Macron, que es el agen­te de la «moder­ni­za­ción» capi­ta­lis­ta local, lo que sig­ni­fi­ca apre­tar las tuer­cas, aho­rrar, aus­te­ri­zar y pri­va­ti­zar, sin preo­cu­par­se, como hace trein­ta años, por el bien­es­tar de las cla­ses medias a cam­bio de su aca­ta­mien­to del sis­te­ma domi­nan­te.

Los cha­le­cos ama­ri­llos, con el argu­men­to de su empo­bre­ci­mien­to real, quie­ren que se les vuel­va a pagar bien su aca­ta­mien­to. Pero eso es absur­do, ya que jus­ta­men­te el macro­nis­mo es el resul­ta­do, por un lado, de que la oli­gar­quía ya no pre­ci­sa tan­to del apo­yo de las cla­ses medias (cuya finan­cia­ción era cos­to­sa) tras la des­apa­ri­ción del peli­gro comu­nis­ta, y por otro lado no pue­de per­mi­tir­se pagar una sumi­sión elec­to­ral como la de antes. Y que, por tan­to, con la excu­sa de las «refor­mas indis­pen­sa­bles», hay que ir hacia una polí­ti­ca auto­ri­ta­ria: una nue­va for­ma del poder del esta­do podrá apo­yar una jugo­sa «aus­te­ri­dad» que cubra des­de los des­em­plea­dos y los obre­ros has­ta las capas infe­rio­res de la cla­se media. Y ello para mayor bene­fi­cio de los autén­ti­cos amos del mun­do: los prin­ci­pa­les accio­nis­tas de las gran­des cor­po­ra­cio­nes indus­tria­les, del comer­cio, de las mate­rias pri­mas, de los trans­por­tes y las comu­ni­ca­cio­nes.

En elMani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta, de 1848, Marx ya exa­mi­nó ese tipo de coyun­tu­ra y des­cri­bió con pre­ci­sión lo que son hoy nues­tros cha­le­cos ama­ri­llos. Escri­bió: La cla­se media, los peque­ños fabri­can­tes, los mino­ris­tas, los arte­sa­nos, los cam­pe­si­nos com­ba­ten la bur­gue­sía por­que com­pro­me­te su exis­ten­cia como cla­se media. No son revo­lu­cio­na­rios, sino con­ser­va­do­res; es más, son reac­cio­na­rios que piden que la his­to­ria dé mar­cha atrás.

Hoy lo piden con tan­ta mayor hos­ti­li­dad por­que la bur­gue­sía fran­ce­sa, den­tro de un capi­ta­lis­mo glo­ba­li­za­do, ya no pue­de apo­yar­los y menos aún aumen­tar su poder adqui­si­ti­vo. Es cier­to que los cha­le­cos ama­ri­llos «com­ba­ten la bur­gue­sía», como dijo Marx. Pero para res­tau­rar un vie­jo orden cadu­co, no para inven­tar un nue­vo orden social y polí­ti­co cuyos nom­bres han sido, des­de el siglo XIX, «socia­lis­mo» o, sobre todo, «comu­nis­mo». Pues, duran­te casi dos siglos, todo lo que no se defi­nía más o menos según una orien­ta­ción revo­lu­cio­na­ria se con­si­de­ra­ba jus­ta­men­te par­te de la reac­ción capi­ta­lis­ta. En polí­ti­ca solo había dos gran­des vías. Es total­men­te nece­sa­rio que vol­va­mos a esta afir­ma­ción: solo dos vías en polí­ti­ca, úni­ca­men­te dos, y nun­ca una pol­va­re­da «demo­crá­ti­ca» de seu­do­ten­den­cias bajo los aus­pi­cios de una oli­gar­quía que se decla­ra «libe­ral».

Estas con­si­de­ra­cio­nes gene­ra­les nos per­mi­ten vol­ver a las carac­te­rís­ti­cas con­cre­tas del movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos. Sus carac­te­rís­ti­cas más o menos espon­tá­neas, las que no se deben a inter­ven­cio­nes exte­rio­res al núcleo del levan­ta­mien­to, son en reali­dad «reac­cio­na­rias», como dijo Marx, pero en un sen­ti­do más moderno: podría carac­te­ri­zar­se la sub­je­ti­vi­dad de ese movi­mien­to como un indi­vi­dua­lis­mo popu­lar que une las cóle­ras per­so­na­les deri­va­das de las nue­vas for­mas de ser­vi­dum­bre impues­tas hoy a todos por la dic­ta­du­ra del capi­tal.

Por ello es fal­so afir­mar, como hacen algu­nos, que el movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos sea intrín­se­ca­men­te fas­cis­ta. No: el fas­cis­mo orga­ni­za de mane­ra fre­cuen­te­men­te muy dis­ci­pli­na­da, casi mili­ta­ri­za­da, moti­vos iden­ti­ta­rios, nacio­na­les o racis­tas. En el actual levan­ta­mien­to des­or­ga­ni­za­do (como todos los de la cla­se media urba­na), y por ende indi­vi­dua­lis­ta, hay gen­te de todo tipo, de todos los ofi­cios, que a menu­do se con­si­de­ran sin­ce­ra­men­te demó­cra­tas y que ape­lan a las leyes de la repú­bli­ca (y a quie­nes no les fal­ta la comi­da hoy en Fran­cia). En el fon­do, en su inmen­sa mayo­ría, tie­nen con­vic­cio­nes polí­ti­cas flo­tan­tes. Si hay que con­si­de­rar el movi­mien­to, tal como apa­re­cía en su «pure­za» ini­cial, a par­tir de sus pocos aspec­tos colec­ti­vos, con­sig­nas y esló­ga­nes repe­ti­dos, no veo en él nada que me intere­se ni me movi­li­ce. Sus pro­cla­mas, su peli­gro­sa des­or­ga­ni­za­ción, sus for­mas de actuar, su ausen­cia asu­mi­da de pen­sa­mien­to gene­ral y de visión estra­té­gi­ca, todo ello pros­cri­be la inven­ti­vi­dad polí­ti­ca. No me con­ven­ce su hos­ti­li­dad a cual­quier direc­ción pro­cla­ma­da ni su mie­do obse­si­vo a la cen­tra­li­za­ción, al colec­ti­vo uni­fi­ca­do, mie­do que, como hacen todos los reac­cio­na­rios actua­les, con­fun­de demo­cra­cia e indi­vi­dua­lis­mo. De ese modo no pue­de opo­ner­se al asque­ro­so y mise­ra­ble Macron nin­gu­na fuer­za pro­gre­sis­ta, inno­va­do­ra ni vic­to­rio­sa a lar­go pla­zo.

Ya sé que los enemi­gos dere­chis­tas del movi­mien­to (sobre todo los inte­lec­tua­les rene­ga­dos, exre­vo­lu­cio­na­rios con­ver­ti­dos en apo­lo­gis­tas del poder poli­cía­co cuan­do la oli­gar­quía y el esta­do les garan­ti­zan pal­cos para sus char­las libe­ra­les) acu­san al levan­ta­mien­to de los «cha­le­cos ama­ri­llos» de anti­se­mi­tis­mo o de homo­fo­bia, e inclu­so de «peli­gro para nues­tra repú­bli­ca». Tam­bién sé que, si hay hue­llas de todo eso, no pro­ce­den de una con­vic­ción com­par­ti­da, sino de una pre­sen­cia, una infil­tra­ción acti­va, de la extre­ma dere­cha en un movi­mien­to des­or­ga­ni­za­do y vul­ne­ra­ble ante toda mani­pu­la­ción ima­gi­na­ble. Pero tam­po­co nos enga­ñe­mos: diver­sos indi­cios, sobre todo de ras­gos evi­den­tes de nacio­na­lis­mo de vía estre­cha, de hos­ti­li­dad laten­te a los inte­lec­tua­les, de «demo­cra­tis­mo» dema­gó­gi­co del esti­lo crip­to­fas­cis­ta «el pue­blo con­tra las eli­tes» y de con­fu­sión en los dis­cur­sos deben lle­var­nos a ser pru­den­tes en toda apre­cia­ción dema­sia­do gene­ral de lo que suce­de hoy. Si las cha­far­de­rías de las «redes socia­les» repre­sen­tan una infor­ma­ción obje­ti­va para la mayo­ría de cha­le­cos ama­ri­llos, es lógi­co que cir­cu­len en todo el movi­mien­to pul­sio­nes com­plo­tis­tas abe­rran­tes.

Un anti­guo pro­ver­bio afir­ma que «no todo lo que se mue­ve es rojo». Y aho­ra no veo nada «rojo» en el movi­mien­to de los cha­le­cos, que está cla­ro que «se mue­ve»: solo veo, apar­te del ama­ri­llo, el tri­co­lor del que siem­pre he sos­pe­cha­do.

Cla­ro está que los ultra­iz­quier­dis­tas, los anti­fas­cis­tas, los sonám­bu­los de la Nuit Debout2, los que siem­pre espe­ran un «movi­mien­to» que defen­der, los hiper­ven­ti­la­dos de «la insu­rrec­ción que lle­ga» cele­bran esas pro­cla­mas demo­crá­ti­cas (de hecho, indi­vi­dua­lis­tas y mio­pes), intro­du­cen el cul­to a las asam­bleas des­cen­tra­li­za­das y pien­san vol­ver a tomar pron­to la Bas­ti­lla. Pero ese sim­pá­ti­co car­na­val no me impre­sio­na: des­de hace diez años o más siem­pre ha lle­va­do a derro­tas terri­bles, que se han paga­do muy caras. En efec­to, los «movi­mien­tos» de la últi­ma secuen­cia his­tó­ri­ca, des­de Egip­to y las «pri­ma­ve­ras ára­bes» pasan­do por Occupy Wall Street, la Tur­quía de las gran­des pla­zas, la Gre­cia de las revuel­tas, los indig­na­dos de todo pela­je, los de la Nuit Debout has­ta los cha­le­cos ama­ri­llos, y muchos otros que no cito, pare­cen igno­rar las leyes reales e impla­ca­bles que hoy gobier­nan el mun­do. Aca­ba­dos los movi­mien­tos y colec­ti­vos embria­ga­do­res y las ocu­pa­cio­nes de todo tipo, se extra­ñan de que la par­ti­da sea tan dura y de que siem­pre se fra­ca­se, inclu­so de que lle­gue a con­so­li­dar al adver­sa­rio. Pero la ver­dad es que no han lle­ga­do ni a sen­tar las bases de un anta­go­nis­mo real, de otro tipo y alcan­ce uni­ver­sal, ante el capi­ta­lis­mo con­tem­po­rá­neo.

Nada impor­ta aho­ra más que tener pre­sen­tes las lec­cio­nes de esta secuen­cia de «movi­mien­tos», inclu­so el de los cha­le­cos ama­ri­llos. Pode­mos resu­mir­los en una sola máxi­ma: un movi­mien­to cuya uni­dad es estric­ta­men­te nega­ti­va, o bien fra­ca­sa, y desem­bo­ca a menu­do en una situa­ción peor que la que pade­cía al prin­ci­pio, o bien se divi­de en dos, si sur­ge en su seno una pro­pues­ta polí­ti­ca afir­ma­ti­va real­men­te anta­gó­ni­ca al orden domi­nan­te, que sea apo­ya­da por una orga­ni­za­ción dis­ci­pli­na­da.

Todos los movi­mien­tos de los últi­mos años, sea cual sea su loca­li­za­ción o dura­ción, han segui­do una tra­yec­to­ria muy seme­jan­te y real­men­te catas­tró­fi­ca:

  • uni­dad ini­cial cons­ti­tui­da estric­ta­men­te con­tra el gobierno que sea: es el momen­to del vete: «Muba­rak vete» o «a por Macron»;

  • uni­dad man­te­ni­da por una con­sig­na suple­men­ta­ria (y exclu­si­va­men­te nega­ti­va, tras algu­nas peleas anár­qui­cas, cuan­do la dura­ción empie­ce a pesar en la acción de masas), del tipo: «con­tra la repre­sión» o «con­tra la vio­len­cia poli­cial»; así, el «movi­mien­to», al care­cer de con­te­ni­do polí­ti­co real, solo se que­ja de sus heri­das;

  • uni­dad que­bra­da por el pro­ce­di­mien­to elec­to­ral, cuan­do solo una par­te del movi­mien­to deci­de par­ti­ci­par en él sin que nin­gún con­te­ni­do polí­ti­co autén­ti­co apo­ye una res­pues­ta posi­ti­va ni nega­ti­va (cuan­do escri­bo estas líneas, la pre­vi­sión elec­to­ral devuel­ve a Macron a sus cotas ante­rio­res al movi­mien­to de los cha­le­cos: la suma de la dere­cha y la extre­ma dere­cha lle­ga al 60%, y la úni­ca espe­ran­za de la izquier­da difun­ta, Fran­cia Insu­mi­sa, al 7%).

Con lo cual las elec­cio­nes lle­va­rán al poder a lo peor. O bien las gana­rá la actual coa­li­ción de mane­ra aplas­tan­te (como pasó en Mayo del 68 en Fran­cia) o bien gana­rá una fór­mu­la «nue­va», aje­na al movi­mien­to y muy poco agra­da­ble (en Egip­to, los Her­ma­nos Musul­ma­nes, lue­go los mili­ta­res con Al-Sisi; Erdo­gán en Tur­quía), o se ele­gi­rá a los izquier­dis­tas de boqui­lla que capi­tu­lan ense­gui­da (Syri­za en Gre­cia), o la extre­ma dere­cha gana­rá sola (Trump en Esta­dos Uni­dos), o un gru­po sur­gi­do del movi­mien­to se alia­rá a la extre­ma dere­cha para aco­mo­dar­se en el ban­que­te guber­na­men­tal (caso ita­liano, con la alian­za del Movi­mien­to de las Cin­co Estre­llas y los fas­cis­toi­des de la Liga Nor­te). Pen­se­mos que ese últi­mo caso tie­ne posi­bi­li­da­des en Fran­cia si lle­ga a fun­cio­nar una alian­za entre una orga­ni­za­ción que se pre­sen­te como pro­ce­den­te de los «cha­le­cos ama­ri­llos» y la sec­ta elec­to­ral de Mari­ne Le Pen.

Todo ello por­que una uni­dad nega­ti­va no pue­de pro­po­ner una polí­ti­ca, por lo que será aplas­ta­da en defi­ni­ti­va en el com­ba­te que empren­da. Pero para ir más allá de la nega­ción aún fal­ta iden­ti­fi­car al enemi­go, y saber lo que sig­ni­fi­ca hacer de ver­dad algo real­men­te dis­tin­to a lo que él hace. Ello impli­ca como míni­mo un cono­ci­mien­to efec­ti­vo del capi­ta­lis­mo con­tem­po­rá­neo a esca­la mun­dial, del lugar deca­den­te en el que está Fran­cia, de las solu­cio­nes de tipo comu­nis­ta sobre la pro­pie­dad, la fami­lia (la suce­sión) y el esta­do, de las medi­das inme­dia­tas que con­duz­can a esas solu­cio­nes, así como un acuer­do, resul­ta­do de un balan­ce his­tó­ri­co, sobre las for­mas de orga­ni­za­ción apro­pia­das para esos impe­ra­ti­vos.

Para asu­mir todo esto, úni­ca­men­te una orga­ni­za­ción resu­ci­ta­da sobre nue­vas bases podrá en el futu­ro rein­cor­po­rar de algu­na mane­ra par­te de esas cla­ses medias des­con­cer­ta­das. Enton­ces será posi­ble, como escri­bió Marx, que [la cla­se media] actúe de modo revo­lu­cio­na­rio por temor de caer en el pro­le­ta­ria­do: enton­ces defen­de­rán sus intere­ses futu­ros y no sus intere­ses actua­les; aban­do­na­rán su pro­pio pun­to de vis­ta para colo­car­se en el del pro­le­ta­ria­do.

Aquí tene­mos una indi­ca­ción pre­cio­sa que per­mi­te una con­clu­sión par­cial­men­te posi­ti­va sobre un aspec­to esen­cial: está cla­ro que exis­te una izquier­da poten­cial en el movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos, una mino­ría muy intere­san­te: la que cons­ti­tu­yen los acti­vis­tas del movi­mien­to, que, de hecho, des­cu­bren que deben pen­sar su cau­sa en el futu­ro y no en el pre­sen­te, e inven­tar, en nom­bre de ese futu­ro, su incor­po­ra­ción a algo más que sus reivin­di­ca­cio­nes está­ti­cas sobre el poder adqui­si­ti­vo, los impues­tos o la refor­ma de la cons­ti­tu­ción par­la­men­ta­ria.

Podría decir­se enton­ces que esa mino­ría pue­de cons­ti­tuir una par­te del pue­blo real, es decir, el pue­blo que vehi­cu­la una con­vic­ción polí­ti­ca esta­ble, que encar­na una vía real­men­te anta­gó­ni­ca a la con­tra­rre­vo­lu­ción libe­ral.

Está cla­ro que, sin la incor­po­ra­ción en masa de los nue­vos pro­le­ta­rios, los cha­le­cos ama­ri­llos no pue­den repre­sen­tar, como tales, a ese «pue­blo». Eso sería redu­cir­lo a la nos­tal­gia de la par­te más des­fa­vo­re­ci­da de la cla­se media de su anti­guo esta­tus social. Hoy en día, para cons­ti­tuir polí­ti­ca­men­te «el pue­blo» es nece­sa­rio que la mul­ti­tud movi­li­za­da inclu­ya un fuer­te con­tin­gen­te cen­tral del pro­le­ta­ria­do nóma­da de nues­tros subur­bios, pro­ce­den­te de Áfri­ca, Asia, Euro­pa del este y Amé­ri­ca Lati­na; debe mos­trar seña­les cla­ras de rup­tu­ra con el orden domi­nan­te. Pri­me­ro en los sig­nos visi­bles, como la ban­de­ra roja en lugar de la tri­co­lor. Lue­go en lo que se dice, como en octa­vi­llas y pan­car­tas con direc­tri­ces y afir­ma­cio­nes con­tra ese orden. Por fin, en las reivin­di­ca­cio­nes míni­mas que deben exi­gir­se, como parar todas las pri­va­ti­za­cio­nes y anu­lar todas las que ha habi­do des­de media­dos de los ochen­ta. La idea cen­tral debe ser el con­trol colec­ti­vo de todos los medios de pro­duc­ción, de todo el sis­te­ma ban­ca­rio y de todos los ser­vi­cios públi­cos (sani­dad, edu­ca­ción, trans­por­tes, comu­ni­ca­cio­nes). Resu­mien­do, para poder exis­tir el pue­blo polí­ti­co no pue­de con­ten­tar­se con reunir a varios milla­res de des­con­ten­tos, aun­que fue­ran cien mil, lo que acep­to, y recla­mar a un esta­do (por otra par­te, jus­ta­men­te con­si­de­ra­do) que acep­te tener cier­ta «con­si­de­ra­ción», orga­ni­zar refe­ren­dos (¿cuá­les?), man­te­ner algu­nos ser­vi­cios de pro­xi­mi­dad y aumen­tar algo vues­tro poder adqui­si­ti­vo dis­mi­nu­yen­do vues­tros impues­tos.

Tras las exa­ge­ra­cio­nes y las fan­fa­rro­na­das, el movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos pue­de ser muy útil en el futu­ro, como dijo Marx. En efec­to, si obser­va­mos esta mino­ría de acti­vis­tas del movi­mien­to de los cha­le­cos ama­ri­llos que, tras tan­to reunir­se, actuar y hablar, ha enten­di­do de algún modo de for­ma intui­ti­va que pre­ci­sa de una visión de con­jun­to, tan­to a esca­la fran­ce­sa como mun­dial, sobre cuál es el autén­ti­co ori­gen de sus des­gra­cias, es decir, la con­tra­rre­vo­lu­ción libe­ral, y que por tan­to está deci­di­da a par­ti­ci­par en las eta­pas suce­si­vas de la cons­truc­ción de una fuer­za de tipo nue­vo; enton­ces, esos cha­le­cos ama­ri­llos, pen­san­do a par­tir de su futu­ro, con­tri­bui­rán sin duda a que exis­ta aquí un pue­blo polí­ti­co. Por ello debe­mos hablar­les y, si acep­tan, orga­ni­zar reunio­nes con ellos para cons­ti­tuir los pri­me­ros prin­ci­pios de lo que podría lla­mar­se (para hablar cla­ro, lo que debe­ría lla­mar­se, aun­que hayan con­ver­ti­do el tér­mino en mal­di­to y oscu­ro en estos trein­ta últi­mos años), un comu­nis­mo; sí: un comu­nis­mo nue­vo. Como lo mues­tra la expe­rien­cia, el recha­zo de ese con­cep­to seña­ló el comien­zo de una regre­sión polí­ti­ca sin pre­ce­den­tes, aque­lla mis­ma con­tra la que se levan­tan, sin saber­lo muy bien, todos los «movi­mien­tos» del últi­mo perio­do, inclu­so lo que hay de mejor en los «cha­le­cos ama­ri­llos»: los mili­tan­tes que espe­ran un mun­do nue­vo.

Para empe­zar, estos nue­vos mili­tan­tes apor­ta­rán lo que me pare­ce indis­pen­sa­ble: crear, don­de se pue­da, de los gran­des subur­bios a las aldeas aban­do­na­das, escue­las en las que las se ense­ñen y deba­tan cla­ra­men­te las leyes del capi­tal y lo que sig­ni­fi­ca com­ba­tir­las en nom­bre de una orien­ta­ción polí­ti­ca total­men­te dis­tin­ta. Si, más allá del epi­so­dio «cha­le­cos ama­ri­llos con­tra Macron blan­co», pero a par­tir de lo que eso repre­sen­ta­ba de mejo­ra en el futu­ro, podría nacer una red así de escue­las polí­ti­cas rojas, el movi­mien­to, por su poten­cial indi­rec­to de con­cien­cia­ción, demos­tra­ría haber teni­do una autén­ti­ca impor­tan­cia.

Nota: radu­ci­do por Boltxe Kolek­ti­boa.

Alain Badiou

Mar­zo de 2019

  1. El CAC 40 (Cota­tion Assis­tée en Con­ti­nu), que toma su nom­bre del pri­mer sis­te­ma de auto­ma­ti­za­ción de la Bol­sa de París, es un índi­ce bur­sá­til fran­cés, una refe­ren­cia para el Euro­next Paris. El índi­ce es una medi­da pon­de­ra­da según la capi­ta­li­za­ción de los 40 valo­res más sig­ni­fi­ca­ti­vos de entre las 100 mayo­res empre­sas nego­cia­das en la Bol­sa de París.
  2. Es un movi­mien­to social fran­cés sur­gi­do en la Pla­za de la Repú­bli­ca de París el 31 de mar­zo de 2016 como par­te del movi­mien­to con­tra la Ley del Tra­ba­jo. Ocu­pa­ron la Pla­za de la Rer­pú­bli­ca.

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4 Responses

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