Venezuela tiene una mala salud de hierro

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El mar­xis­ta aca­dé­mi­co Hans Die­trich ha diag­nos­ti­ca­do la muer­te del gobierno boli­va­riano por­que, según él, ya no pue­de cum­plir sus fun­cio­nes ele­men­ta­les como la de ase­gu­rar los ser­vi­cios bási­cos o repri­mir a su prin­ci­pal opo­si­tor ile­gal, Juan Guai­dó, el auto­pro­cla­ma­do pre­si­den­te, «hijo natu­ral pero reco­no­ci­do» de Donald Trump.

Die­trich se afa­na en seña­lar que el gobierno de Madu­ro no gobier­na, care­ce de sig­nos vita­les, es una ente­le­quia. Y ade­más el sesu­do pro­fe­sor vati­ci­na –con la dere­cha que gobier­na en Washing­ton– el fin de los gobier­nos pro­gre­sis­tas de la Región.

Pero lo intere­san­te no es lo que dice sino lo que calla, ya sea por­que su atur­di­mien­to meto­do­ló­gi­co meca­ni­cis­ta lo pri­va de una visión dia­léc­ti­ca dia­léc­ti­co de la situa­ción vene­zo­la­na, ya sea por su feroz anti­cha­vis­mo que lo lle­va a igno­rar, o a fin­gir que igno­ra, que exis­te una revo­lu­ción nacio­nal y social cuyas con­quis­tas y logros for­man par­te de la con­cien­cia de un pue­blo y un ejér­ci­to («el pue­blo que pue­de» – Bolí­var) radi­cal­men­te refrac­ta­rios a la agen­da opo­si­to­ra de vol­ver al pasa­do para ins­ta­lar un mode­lo depen­dien­te y neo­li­be­ral, ese nue­vo des­po­tis­mo que se quie­re reins­ta­lar en Lati­noa­mé­ri­ca con liber­tad total de expro­pia­ción para los ricos, escla­vi­tud total para los pobres.

Die­trich pare­ce creer, con Hegel, que «el pue­blo es la par­te del Esta­do que no sabe lo que quie­re» y por lo tan­to no lo con­si­de­ra pro­ta­go­nis­ta de lo que pasa en Vene­zue­la. Un pue­blo que inclu­ye a los cha­vis­tas que cri­ti­can a Madu­ro, pero saben que sus enemi­gos de siem­pre, sus enemi­gos de cla­se, sus decla­ra­dos enemi­gos a muer­te, no están en el gobierno sino en la opo­si­ción. Dicen «sólo el pue­blo sal­va al pue­blo», y en los pri­me­ros años de la Revo­lu­ción bro­mea­ban «menos mal que tene­mos a Chá­vez infil­tra­do en el gobierno».

El pue­blo cha­vis­ta cri­ti­ca la inefi­cien­cia y la corrup­ción, pero se sabe bene­fi­cia­rio, eco­nó­mi­ca, polí­ti­ca y cul­tu­ral­men­te, de la inver­sión social del gobierno. Y, sobre todas las cosas, es un pue­blo que recu­pe­ró su dig­ni­dad con la revo­lu­ción, esa dig­ni­dad que para los tra­ba­ja­do­res –dice Marx- es más impor­tan­te que el pan. Un pue­blo que entien­de la impor­tan­cia prác­ti­ca de los con­cep­tos de Patria y dig­ni­dad nacio­nal, des­co­no­ci­dos por la dere­cha opo­si­to­ra y, por lo que vemos, des­co­no­ci­dos tam­bién por el pro­fe­sor Die­trich.

El gigan­te Chá­vez y la imper­fec­ta y siem­pre incom­ple­ta pero mila­gro­sa revo­lu­ción boli­va­ria­na, con­vo­ca­ron al pue­blo a la refun­da­ción de la Nación, tal como Bolí­var con­vo­có al pue­blo a la fun­da­ción de la Patria, en ambos casos luchan­do con los impe­rios más pode­ro­sos del mun­do. Como a la hora de los ata­ques y con­tra­ata­ques no se tra­ta sólo del gobierno sino de un pue­blo, Vene­zue­la se segui­rá refun­dán­do­se, sin pri­sa y sin pau­sa, por­que de algu­na mane­ra se ha crea­do «la situa­ción que impi­de todo regre­so al pasa­do».

Ni los Esta­dos Uni­dos, ni los paí­ses veci­nos, ni las «fuer­zas de paz» de las Nacio­nes Uni­das o la OEA, tie­nen la capa­ci­dad para ocu­par el terri­to­rio vene­zo­lano y sos­te­ner a un gobierno anti­cons­ti­tu­cio­nal. Lo más que pue­den lograr es ini­ciar y per­der una gue­rra lar­ga con la mayo­ría de un pue­blo, uni­for­ma­do o no: los sue­ños de Trump y Guai­dó son tigres de papel mone­da. De hecho, lo úni­co que ha logra­do la dere­cha crio­lla en sus 20 años es trans­for­mar un pro­ce­so de cam­bio demo­crá­ti­co en una gue­rra social de baja inten­si­dad. Gue­rra social que final­men­te enten­die­ron no pue­den ganar, con votos o con botas, por lo que lla­man a pode­res extran­je­ros, ofre­cién­do­les Vene­zue­la a pre­cios de mer­ca­do libre, dán­do­se ellos como garan­tía, rema­tan­do a pre­cio vil su nacio­na­li­dad, hon­ra y dig­ni­dad… pidien­do una inva­sión y lla­man­do «inver­sión a futu­ro» la even­tual muer­te de sus con­na­cio­na­les.

La mario­ne­ta Guai­dó pue­de pro­cla­mar­se Empe­ra­dor de Etio­pia o rei­na de car­na­val, nadie cae­rá en sus pro­vo­ca­cio­nes y ter­mi­na­rá sien­do lo que siem­pre fue, un par­ti­cu­lar ridícu­lo; si es que sus amos no des­cu­bren, algún día, que les sir­ve más muer­to que vivo.

Vene­zue­la tie­ne una mala salud de hie­rro. Lo que Die­trich con­si­de­ra el prin­ci­pio del fin no es ni siquie­ra el fin del prin­ci­pio: el sabo­ta­je eléc­tri­co nacio­nal sólo fue una bata­lla de las muchas que la revo­lu­ción boli­va­ria­na ha gana­do. Otras ven­drán, has­ta la vic­to­ria final, que es la vic­to­ria de la Patria Gran­de, de la huma­ni­dad sobre sus ver­du­gos, de la paz sobre la gue­rra e, inclu­so, del pue­blo nor­te­ame­ri­cano sobre la dere­cha neo­li­be­ral y su pesa­di­lla de un mun­do uni­po­lar.

Mien­tras tan­to, pode­mos diver­tir­nos vien­do cómo el gobierno boli­va­riano des­mien­te, con accio­nes, el cer­ti­fi­ca­do de defun­ción emi­ti­do por el ilu­so pro­fe­sor Die­trich.

Eduar­do Rot­he

17 de mar­zo de 2019

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