Luxem­burg, Liebk­necht y la revo­lu­ción ale­ma­na

La Revo­lu­ción Ale­ma­na de noviem­bre de 1918 impli­có a millo­nes de per­so­nas, que en su mayo­ría nun­ca habían par­ti­ci­pa­do en polí­ti­ca has­ta ese momen­to. Como en Rusia, la mayo­ría de los que entra­ron a la esce­na polí­ti­ca de mane­ra tar­día se orien­tó hacia los par­ti­dos que cono­cían. En Rusia, des­pués de febre­ro, el poder pasó a los men­che­vi­ques y a los social revo­lu­cio­na­rios. En Ale­ma­nia, las masas empe­za­ron con el Par­ti­do Social­de­mó­cra­ta Ale­mán (SPD) y, en menor medi­da, los Social­de­mó­cra­tas Inde­pen­dien­tes (el USPD). Solo a tra­vés de la expe­rien­cia prác­ti­ca las más amplias masas apren­die­ron que ni los diri­gen­tes del SPD ni los del USPD podían resol­ver sus pro­ble­mas.

En una revo­lu­ción, la con­cien­cia de las masas cam­bia rápi­da­men­te pero para poder tomar el poder, la his­to­ria ha demos­tra­do que es nece­sa­rio un par­ti­do revo­lu­cio­na­rio para dotar a las masas de una direc­ción. La tarea de Rosa Luxem­burg era difí­cil. Lo que a los bol­che­vi­ques les había toma­do dos déca­das en cons­truir, ella lo esta­ba tra­tan­do de cons­truir en unos meses. Es casi impo­si­ble ensam­blar una orga­ni­za­ción revo­lu­cio­na­ria en el medio de una revo­lu­ción. Sin embar­go, esta era la tarea que tenía por delan­te.

Luxem­burg tenía sus dudas con res­pec­to a la idea de for­mar un nue­vo par­ti­do y Leo Jogi­ches direc­ta­men­te se opo­nía. Luxem­burg even­tual­men­te se con­ven­ció, pero no esta­ba de acuer­do en lla­mar al par­ti­do «comu­nis­ta». En su opi­nión, era mejor deno­mi­nar­lo par­ti­do «socia­lis­ta» ya que así sería más fácil con­ven­cer a los miem­bros de los par­ti­dos socia­lis­tas de la Segun­da Inter­na­cio­nal. Rosa temía que el nom­bre «Par­ti­do Comu­nis­ta» conec­ta­ra el nue­vo par­ti­do dema­sia­do estre­cha­men­te con los rusos y asus­ta­ría a los miem­bros poten­cia­les. Ella era toda­vía más pre­ca­vi­da y esta­ba más orien­ta­da hacia los miem­bros de la vie­ja inter­na­cio­nal que Lenin, que argu­men­ta­ba que era nece­sa­rio rom­per de mane­ra com­ple­ta con el social­cho­vi­nis­mo y por con­si­guien­te que «comu­nis­ta» era la mejor ban­de­ra. La pro­pues­ta de Luxem­burg fue pues­ta a vota­ción y per­dió en la direc­ción cen­tral de los Espar­ta­quis­tas, el Zen­tra­le, que deci­dió que el par­ti­do debía lla­mar­se comu­nis­ta. El 29 de diciem­bre de 1918, los Espar­ta­quis­tas vota­ron por 80 a 3 aban­do­nar el USPD y con­ver­tir­se en un par­ti­do inde­pen­dien­te.

El 30 de diciem­bre, 129 dele­ga­dos de los Espar­ta­quis­tas, la Orga­ni­za­ción de la Juven­tud Socia­lis­ta Libre y los Comu­nis­tas Inter­na­cio­na­les de Ale­ma­nia (IDK) se reu­nie­ron y for­ma­ron el Par­ti­do Comu­nis­ta Ale­mán, cono­ci­do como el KPD. Sin embar­go el nom­bre de «Espar­ta­quis­tas» per­du­ró.

En «Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Luxem­burg expli­có el pro­gra­ma polí­ti­co del par­ti­do y ana­li­zó la situa­ción polí­ti­ca. Empe­zó con la cone­xión del nue­vo par­ti­do con los prin­ci­pios de Marx, Engels y Mani­fies­to Comu­nis­ta, al igual que su aná­li­sis del SPD como un par­ti­do que se había dege­ne­ra­do y divor­cia­do de su base revo­lu­cio­na­ria. En su opi­nión, era hora de sal­dar cuen­tas con el lega­do del SPD:

Nues­tro pro­gra­ma se encuen­tra en opo­si­ción cons­cien­te con las posi­cio­nes defi­ni­das en el Pro­gra­ma de Erfurt, en opo­si­ción cons­cien­te a la sepa­ra­ción de las «rei­vin­di­ca­cio­nes míni­mas» inme­dia­tas de la lucha polí­ti­ca y eco­nó­mi­ca de una par­te, y de un pro­gra­ma máxi­mo, el obje­ti­vo final del socia­lis­mo, por la otra. En opo­si­ción cons­cien­te con esta mane­ra de ver [el Pro­gra­ma de Erfurt], liqui­da­mos los resul­ta­dos de los últi­mos seten­ta años de desa­rro­llo y, en par­ti­cu­lar, los resul­ta­dos inme­dia­tos de la Gue­rra Mun­dial, decla­ran­do: aho­ra, no hay para noso­tros ni pro­gra­ma máxi­mo ni pro­gra­ma míni­mo; el socia­lis­mo es una sola y mis­ma cosa; es el míni­mo que debe­mos rea­li­zar hoy día. («Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Escri­tos polí­ti­cos.)

Según Luxem­burg, la pri­me­ra fase de la revo­lu­ción había aca­ba­do. Esta fase comen­zó en el 9 de noviem­bre cuan­do los con­se­jos de obre­ros y sol­da­dos emer­gie­ron. Estos demos­tra­ron el camino a seguir pero debi­do a la debi­li­dad de la revo­lu­ción, habían per­mi­ti­do que la mitad de su poder se les fue­ra de entre las manos. La pri­me­ra fase se carac­te­ri­za­ba por ilu­sio­nes; entre los obre­ros y sol­da­dos con res­pec­to a la «uni­dad bajo la ban­de­ra del supues­to socia­lis­mo»; en la bur­gue­sía; y en la pers­pec­ti­va de que el gobierno de Ebert-Schei­de­mann podría aplas­tar a los obre­ros usan­do a los sol­da­dos. Estas ilu­sio­nes se habían disi­pa­do aho­ra:

He aquí las dis­tin­tas ilu­sio­nes que expli­can tam­bién los acon­te­ci­mien­tos de los últi­mos tiem­pos. Todas las ilu­sio­nes des­apa­re­cie­ron en la nada. Se ha demos­tra­do que la alian­za de Haa­se con Ebert-Schei­de­mann bajo el emble­ma del socia­lis­mo, no era en reali­dad más que una hoja de parra con la que se ocul­ta la des­nu­dez de una polí­ti­ca con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria. («Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Escri­tos polí­ti­cos, p. 292.)

Para Luxem­burg, que se hubie­ran disi­pa­dos las ilu­sio­nes era un paso ade­lan­te posi­ti­vo que abría el camino para una nue­va fase, don­de el gobierno per­de­ría el apo­yo no solo entre los tra­ba­ja­do­res sino tam­bién entre la peque­ña bur­gue­sía y los sol­da­dos, y la bur­gue­sía tam­bién per­de­ría con­fian­za en el gobierno. En la siguien­te fase, el gobierno iría a la ofen­si­va con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria, según Luxem­burg:

y si lee­mos el nue­vo pro­gra­ma de estos seño­res, vere­mos que van a todo vapor hacia la segun­da fase, a la de la con­tra­rre­vo­lu­ción abier­ta y has­ta podría decir, hacia la res­tau­ra­ción de las con­di­cio­nes ante­rio­res a la revo­lu­ción» («Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Escri­tos polí­ti­cos, p. 295)

Esto solo agu­di­za­ría la lucha de cla­ses:

Las cir­cuns­tan­cias obli­ga­rán a Ebert-Schei­de­mann a recu­rrir a la dic­ta­du­ra con o sin esta­do de sitio. Pero esto se des­pren­de del desa­rro­llo pro­du­ci­do has­ta aho­ra, en la lógi­ca de los pro­pios acon­te­ci­mien­tos y la vio­len­cia que pesa sobre los Ebert-Schei­de­mann nos lle­va­rán a cono­cer, en la segun­da fase de la revo­lu­ción, un con­flic­to más agu­do, luchas de cla­ses más acen­tua­das. Un con­flic­to más agu­do se pro­du­ci­rá no sola­men­te por­que las eta­pas polí­ti­cas que yo he enu­me­ra­do has­ta aho­ra, con­du­cen a reanu­dar el com­ba­te entre revo­lu­ción y con­tra­rre­vo­lu­ción, cuer­po a cuer­po, sin ilu­sio­nes, sino tam­bién por­que nue­vas lla­mas, un nue­vo incen­dio, veni­do de las pro­fun­di­da­des se pro­pa­ga cada vez más: las lla­mas de la lucha eco­nó­mi­ca. («Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Escri­tos polí­ti­cos, p. 296.)

Duran­te su dis­cur­so en el Con­gre­so Fun­da­cio­nal del Par­ti­do Comu­nis­ta, Luxem­burg advir­tió insis­ten­te­men­te con­tra la idea de que la vic­to­ria sería fácil. Esta­ba en lo correc­to con res­pec­to a la opo­si­ción con­tra­rre­vo­lu­cio­na­ria que se iba a des­atar. Tra­tó de ins­ti­lar en los comu­nis­tas jóve­nes un sen­ti­do de reali­dad con res­pec­to a las difi­cul­ta­des que iban a encon­trar. La vie­ja cla­se domi­nan­te haría lo que fue­ra nece­sa­rio para impe­dir la revo­lu­ción, con la ayu­da del apa­ra­to esta­tal y del SPD. Y sin embar­go a los comu­nis­tas les fal­ta­ba mucho para cap­tar la aten­ción de las masas. Los obre­ros en las ciu­da­des esta­ban pro­ba­ble­men­te radi­ca­li­za­dos, pero en las áreas rura­les la revo­lu­ción ape­nas había comen­za­do.

Tal como lo expu­se, la mar­cha del pro­ce­so tie­ne un aire más len­to y pesa­do de lo que creí­mos en el entu­sias­mo de los pri­me­ros momen­tos. Creo que es bueno com­pren­der con ple­na cla­ri­dad, todas las difi­cul­ta­des y todas las com­pli­ca­cio­nes de esta revo­lu­ción. Y espe­ro que como yo, nin­guno de uste­des deja­rá que la des­crip­ción de las gran­des difi­cul­ta­des de las tareas que se acu­mu­lan, para­li­ce su ardor o su ener­gía; al con­tra­rio, cuan­to más gran­de sea la tarea, más con­cen­tra­re­mos todas nues­tras fuer­zas; y noso­tros no olvi­da­mos que la revo­lu­ción pue­de hacer su obra con una extra­or­di­na­ria rapi­dez. Yo no hago nin­gún inten­to de pre­de­cir la dura­ción nece­sa­ria de este pro­ce­so. ¡Quien de noso­tros se preo­cu­pe del tiem­po, que se preo­cu­pe de que bas­te que alcan­ce nues­tra vida para lle­gar has­ta el final! («Nues­tro pro­gra­ma y la situa­ción polí­ti­ca», Escri­tos polí­ti­cos.)

Ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas

La mayo­ría de los dele­ga­dos en el Con­gre­so Fun­da­cio­nal eran jóve­nes. Tres cuar­tas par­tes eran meno­res de 35 años y solo uno (Leo Jogis­ches) tenía más de 50. La mitad eran obre­ros indus­tria­les. Los jóve­nes mili­tan­tes del nue­vo Par­ti­do Comu­nis­ta se carac­te­ri­za­ban por ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas. Frö­lich des­cri­bió la com­po­si­ción de esta mane­ra:

La Liga Espar­ta­quis­ta era una orga­ni­za­ción poco homo­gé­nea de unos pocos de miles. Su núcleo era la vie­ja izquier­da de la social­de­mo­cra­cia, una eli­te mar­xis­ta edu­ca­da en las ideas tác­ti­cas de Rosa Luxem­burg. La mayo­ría de la juven­tud socia­lis­ta unió sus fuer­zas con la Liga [Espar­ta­quis­ta], quie­nes lue­go reclu­ta­ron apo­yo adi­cio­nal entre los muchos jóve­nes que habían sido atraí­dos al ala izquier­da del movi­mien­to obre­ro por su opo­si­ción a la gue­rra. Duran­te la gue­rra, todos estos ele­men­tos se habían arries­ga­do e incu­rri­do en peli­gros nue­vos para el movi­mien­to obre­ro en Euro­pa Occi­den­tal. Todos eran adhe­ren­tes entu­sias­tas de la revo­lu­ción aun­que muchos de ellos tam­bién tenían ideas muy román­ti­cas al res­pec­to. (Frö­lich: Rosa Luxem­burg, p. 310.)

Cuan­do Karl Radek lle­gó a Ale­ma­nia en diciem­bre de 1918, se sor­pren­dió del ultra­iz­quier­dis­mo de los Espar­ta­quis­tas:

Com­pré una ejem­plar del perió­di­co Rote Fah­ne. Mien­tras regre­sa­ba al hotel, leí el perió­di­co. ¡Me alar­mé! El tono del perió­di­co sona­ba como si el con­flic­to final estu­vie­ra a pun­to de ocu­rrir. No podía ser más ses­ga­do. ¡Si solo pudie­ran evi­tar las exa­ge­ra­cio­nes!

La cues­tión de cómo rela­cio­nar­se con la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te cau­só con­tro­ver­sia… La ten­ta­ción era con­tra­po­ner la con­sig­na de los Con­se­jos con el de la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te. Pero el Con­gre­so de los Con­se­jos esta­ba a favor de la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te. Difí­cil­men­te se podía sal­tar esta eta­pa. Rosa y Liebk­necht reco­no­cían esto… pero la juven­tud del par­ti­do esta­ba en con­tra. «Des­trui­re­mos la Asam­blea con ame­tra­lla­do­ras». (Cita­do en Deba­tes on Soviet Power, pp. 159 y 162.)

Uno de los pri­me­ros deba­tes del Con­gre­so Fun­da­cio­nal fue con res­pec­to a la par­ti­ci­pa­ción en las elec­cio­nes a la Asam­blea Nacio­nal. Paul Levi pre­sen­tó la posi­ción de la direc­ción: la bur­gue­sía ale­ma­na que­ría usar la Asam­blea Nacio­nal para liqui­dar la revo­lu­ción con la ayu­da del SPD, sin embar­go los comu­nis­tas tenían que par­ti­ci­par. Las elec­cio­nes sig­ni­fi­ca­ban que la aten­ción de las masas se diri­gi­ría hacia la Asam­blea duran­te meses y los comu­nis­tas tenían que apro­ve­char la opor­tu­ni­dad. Había des­acuer­do con res­pec­to a la pro­pues­ta de par­ti­ci­par en las elec­cio­nes entre los dele­ga­dos jóve­nes quie­nes inte­rrum­pie­ron a Levi y pro­tes­ta­ron duran­te su inter­ven­ción.

Si bien Luxem­burg había con­de­na­do a la Asam­blea Nacio­nal, esta­ba de acuer­do con Levi y el res­to de la direc­ción en que, ya que los Con­se­jos habían deci­di­do con­vo­car elec­cio­nes para la Asam­blea Nacio­nal, era nece­sa­rio par­ti­ci­par en las elec­cio­nes y usar­las para expli­car el pro­gra­ma polí­ti­co de los comu­nis­tas a las masas.

Pero Luxem­burg y el res­to de la direc­ción no pudie­ron con­ven­cer a la mayo­ría de los miem­bros de esta tác­ti­ca. La pro­pues­ta de la direc­ción fue recha­za­da en vota­ción. La res­pues­ta de Luxem­burg sigue:

Enten­de­mos y valo­ra­mos los moti­vos que ani­man a opo­ner­se al pun­to de vis­ta del Comi­té Eje­cu­ti­vo. Nues­tro pla­cer, sin embar­go, no es de todo cora­zón. Cama­ra­das, están toman­do su radi­ca­lis­mo a la lige­ra. A pesar de su impa­cien­cia tor­men­to­sa no pode­mos per­der de vis­ta la serie­dad nece­sa­ria y la nece­si­dad de refle­xión. El ejem­plo ruso con­tra la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te no es apli­ca­ble en este caso. Cuan­do se disol­vió la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, nues­tros cama­ra­das rusos tenían un gobierno de Trotsky-Lenin. Noso­tros toda­vía tene­mos a Ebert-Schei­de­mann. (Cita­do en Nettl: Rosa Luxem­burg, p. 474.)

Un aná­li­sis super­fi­cial diría que los Espar­ta­quis­tas siguie­ron el ejem­plo de los revo­lu­cio­na­rios rusos. ¿Acas­so los bol­che­vi­ques no disol­vie­ron la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te?. La dife­ren­cia, como Luxem­burg seña­ló, era que los bol­che­vi­ques lo hicie­ron des­pués de ganar la mayo­ría en los soviets (tér­mino ruso para con­se­jo obre­ro) a tra­vés de la insu­rrec­ción y des­pués de que el Con­gre­so Sovié­ti­co hubie­ra toma­do el poder. En Ale­ma­nia, en 1918/​1919, la mayo­ría de las masas toda­vía apo­ya­ban al SPD y al USPD y veían a la Asam­blea Nacio­nal como un paso ade­lan­te. La tarea de los comu­nis­tas era la de ganar un apo­yo mayo­ri­ta­rio entre los tra­ba­ja­do­res. Los jóve­nes espar­ta­quis­tas ten­drían que pasar por las mis­mas expe­rien­cias que los bol­che­vi­ques. Lenin resu­mió estas expe­rien­cias en La enfer­me­dad infan­til del izquier­dis­mo en el comu­nis­mo.

Al prin­ci­pio del perío­do men­cio­na­do [febre­ro a octu­bre, 1917] no inci­ta­mos a derri­bar el gobierno, sino que expli­ca­mos la impo­si­bi­li­dad de hacer­lo sin modi­fi­car pre­via­men­te la com­po­si­ción y el esta­do de espí­ri­tu de los soviets. No decla­ra­mos el boi­cot al par­la­men­to bur­gués, a la Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, sino que diji­mos, a par­tir de la Con­fe­ren­cia de nues­tro Par­ti­do, cele­bra­da en abril de 1917, diji­mos ofi­cial­men­te, en nom­bre del Par­ti­do, que una repú­bli­ca bur­gue­sa, con una Asam­blea Cons­ti­tu­yen­te, era pre­fe­ri­ble a la mis­ma repú­bli­ca sin Cons­ti­tu­yen­te, pero que la repú­bli­ca «obre­ra y cam­pe­si­na» sovié­ti­ca es mejor que cual­quier repú­bli­ca demo­crá­ti­co bur­gue­sa, par­la­men­ta­ria. Sin esta pre­pa­ra­ción pru­den­te, minu­cio­sa, cir­cuns­pec­ta y pro­lon­ga­da, no hubié­se­mos podi­do alcan­zar ni con­so­li­dar la vic­to­ria en octu­bre de 1917 […] En pri­mer lugar, los comu­nis­tas «de izquier­da» ale­ma­nes, como se sabe, ya en enero de 1919 con­si­de­ra­ban el par­la­men­ta­ris­mo como «polí­ti­ca­men­te cadu­co», con­tra la opi­nión de diri­gen­tes polí­ti­cos tan emi­nen­tes como Rosa Luxem­burg y Car­los Liebk­necht. Como es sabi­do, los «izquier­dis­tas» se equi­vo­ca­ron. (Lenin: La enfer­me­dad infan­til del izquier­dis­mo en el comu­nis­mo.)

El boi­cot de los «comu­nis­tas» a la Asam­blea Nacio­nal sig­ni­fi­có que se ais­la­ron de las masas que toda­vía par­ti­ci­pa­ban y apo­ya­ban las elec­cio­nes, espe­cial­men­te con la intro­duc­ción del voto uni­ver­sal. Mien­tras los comu­nis­tas boi­co­tea­ron las elec­cio­nes, el 83% de la pobla­ción par­ti­ci­pó. La mayor par­ti­ci­pa­ción en la his­to­ria de Ale­ma­nia. Inclu­so des­pués de esta expe­rien­cia un ala del Par­ti­do Comu­nis­ta man­tu­vo su posi­ción. Lenin res­pon­dió así:

En efec­to, ¡¿cómo se pue­de decir que el «par­la­men­ta­ris­mo ha cadu­ca­do polí­ti­ca­men­te», si «millo­nes» y «legio­nes» de pro­le­ta­rios son toda­vía, no solo par­ti­da­rios del par­la­men­ta­ris­mo en gene­ral, sino has­ta fran­ca­men­te «con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rios»?! Es evi­den­te que el par­la­men­ta­ris­mo en Ale­ma­nia no ha cadu­ca­do aún polí­ti­ca­men­te. Es evi­den­te que los «izquier­dis­tas» de Ale­ma­nia han toma­do su deseo, su ideal polí­ti­co por una reali­dad obje­ti­va. Este es el más peli­gro­so de los erro­res para los revo­lu­cio­na­rios. (Lenin: La enfer­me­dad infan­til del izquier­dis­mo en el comu­nis­mo, p. 52.)

Con res­pec­to al gobierno, los jóve­nes comu­nis­tas tam­bién toma­ron una posi­ción ultra­iz­quier­dis­ta. De acuer­do a ellos, el par­ti­do debía pro­po­ner la con­sig­na del derro­ca­mien­to del Gobierno de Ebert-Schei­de­mann. Luxem­burg les advir­tió en el con­gre­so con res­pec­to a la idea de que esta con­sig­na fue­ra a resol­ver nada. El gobierno no podía ser derro­ca­do así como así, sino que tenía que ser soca­va­do a tra­vés de la acción de las masas des­de aba­jo. Sim­ple­men­te pro­po­ner esa con­sig­na sin estar en con­di­cio­nes de reem­pla­zar­lo no lle­va­ría al movi­mien­to a la vic­to­ria, como apren­de­rían en unas pocas sema­nas.

Es difí­cil con­de­nar com­ple­ta­men­te a los jóve­nes espar­ta­quis­tas por sus posi­cio­nes ultra­iz­quier­dis­tas. Luxem­burg tenía una posi­ción muy dura con­tra la Asam­blea Nacio­nal y el gobierno en sus artícu­los, y no había dedi­ca­do mucho tiem­po en edu­car a los jóve­nes comu­nis­tas con res­pec­to a la nece­si­dad de conec­tar con las masas. Pero ella enten­día la nece­si­dad de esta­ble­cer esos víncu­los y que los comu­nis­tas tenían que tener una acti­tud fle­xi­ble res­pec­to al gobierno y la Asam­blea Nacio­nal.

Las ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas tam­bién se expre­sa­ban en el Con­gre­so en dos mocio­nes pro­po­nien­do que la mili­tan­cia en un sin­di­ca­to era incom­pa­ti­ble con la mili­tan­cia en el Par­ti­do Comu­nis­ta. De acuer­do a los pro­po­nen­tes, los comu­nis­tas debían salir de los sin­di­ca­tos y hacer lo nece­sa­rio para abs­te­ner­se de par­ti­ci­par en los mis­mos ya que había una mayo­ría social­de­mó­cra­ta en ellos. La direc­ción del Par­ti­do Comu­nis­ta logró impe­dir la vota­ción pasan­do el pro­ble­ma a una dis­cu­sión en la comi­sión de tra­ba­jo sin­di­cal.

La direc­ción del par­ti­do enten­día que un boi­cot a los sin­di­ca­tos los ais­la­ría de las masas. Igual que en Rusia en 1905 (como lo des­cri­bió Rosa), el movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio en Ale­ma­nia sig­ni­fi­ca­ba que las masas, recien­te­men­te radi­ca­li­za­das, inun­da­ron los sin­di­ca­tos: la for­ma de orga­ni­za­ción obre­ra más bási­ca. Antes de la revo­lu­ción, había 1,5 millo­nes de obre­ros orga­ni­za­dos. Para el final de diciem­bre de 1918, el núme­ro era 2,2 millo­nes y aumen­tó has­ta 7,3 en 1919. La direc­ción del Par­ti­do Comu­nis­ta argu­men­ta­ba que la tarea de los comu­nis­tas al tra­ba­jar en los sin­di­ca­tos para poder conec­tar con las masas y ale­jar­las de la influen­cia polí­ti­ca de los social­de­mó­cra­tas. Pero debi­do a la opo­si­ción entre los mili­tan­tes, pasó un año ente­ro antes de que el KPD deci­die­ra hacer tra­ba­jo en los sin­di­ca­tos con­tro­la­dos por el SPD.

Duran­te todo el Con­gre­so hubo nego­cia­cio­nes con los repre­sen­tan­tes de los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios, pero ellos esta­ban preo­cu­pa­dos por las ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas entre los comu­nis­tas. Por con­si­guien­te, ela­bo­ra­ron una lis­ta de con­di­cio­nes que el par­ti­do tenía que cum­plir antes de que se unie­ran. Entre ellas, la opo­si­ción al boi­cot de las elec­cio­nes, que la comi­sión dedi­ca­da al pro­gra­ma polí­ti­co tuvie­ra repre­sen­ta­ción pari­ta­ria y que cual­quier refe­ren­cia a los espar­ta­quis­tas fue­ra remo­vi­da del nom­bre del par­ti­do. Como expli­ca Pie­rre Broué, estas no eran con­di­cio­nes a las que los bol­che­vi­ques de la vie­ja guar­dia y pro­ba­ble­men­te ni siquie­ra los espar­ta­quis­tas de la vie­ja guar­dia se hubie­ran opues­to,

Pero para la mayo­ría del Con­gre­so, estas con­di­cio­nes no eran acep­ta­bles, y la acti­tud iró­ni­ca con res­pec­to a las nego­cia­cio­nes fue uno de los sín­to­mas que Radek encon­tró más alar­man­te. (P. Broué: The Ger­man Revo­lu­tion, p. 224.)

Los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios deci­die­ron man­te­ner­se fue­ra del nue­vo Par­ti­do Comu­nis­ta y se unie­ron al USPD. Esto fue un duro gol­pe que debi­li­tó seria­men­te a los comu­nis­tas. Los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios tenían los víncu­los más fuer­tes con los tra­ba­ja­do­res de las fábri­cas de Ber­lín. Sin ellos, los comu­nis­tas no tenían nin­gún víncu­lo sóli­do con la cla­se obre­ra indus­trial. Al mis­mo tiem­po, esto sig­ni­fi­có que se deja­ba a los obre­ros más radi­ca­les en las fábri­cas de Ber­lín sin direc­ción polí­ti­ca revo­lu­cio­na­ria y que­da­ron bajo la influen­cia de la izquier­da del USPD que esta­ba polí­ti­ca­men­te divi­di­da.

Luxem­burg podía ver el pro­ble­ma pero no esta­ba muy preo­cu­pa­da. Com­pa­ró la situa­ción a un bebé recién naci­do que llo­ra­ba y gri­ta­ba. Le des­cri­bió a Cla­ra Zet­kin la derro­ta de la direc­ción en la vota­ción sobre la par­ti­ci­pa­ción en la Asam­blea Nacio­nal de esta mane­ra:

Nues­tra «derro­ta» no fue sino el triun­fo de un radi­ca­lis­mo infan­til, de poco cri­te­rio y estre­cho. En cual­quier caso, esto pasó al prin­ci­pio de la con­fe­ren­cia. Esta­ble­ci­mos con­tac­tos entre noso­tros [el Comi­té Eje­cu­ti­vo] y los dele­ga­dos más tar­de y eso creó un ambien­te total­men­te dife­ren­te. Estos espar­ta­quis­tas son una gene­ra­ción joven, libre de tra­di­cio­nes cre­ti­nas del «vie­jo par­ti­do»… Deci­di­mos de mane­ra uná­ni­me no con­ver­tir este asun­to en una cues­tión car­di­nal y no tomar­lo muy en serio. (Cita­da en Nettl, p. 475.)

A pesar de la debi­li­dad del joven Par­ti­do Comu­nis­ta, su for­ma­ción era de impor­tan­cia inter­na­cio­nal. El par­ti­do ruso espe­ra­ba que esto le pon­dría fin al ais­la­mien­to de la recién naci­da nación sovié­ti­ca. Tam­bién, exis­tía aho­ra un par­ti­do que cla­ra­men­te toma­ba una posi­ción a favor de la Revo­lu­ción Rusa: «En esta hora, el socia­lis­mo es la úni­ca sal­va­ción para la huma­ni­dad. Sobre los muros cons­pi­cuos de la socie­dad capi­ta­lis­ta, las pala­bras del Mani­fies­to Comu­nis­ta bri­llan como una ame­na­za ardien­te. «Socia­lis­mo o sumer­gir­se en la bar­ba­rie». («¿Qué quie­re la Liga Espar­ta­co?», Escri­tos polí­ti­cos)

Con esta fra­se –«socia­lis­mo o bar­ba­rie»– Luxem­burg y los comu­nis­tas for­mu­la­ron la dis­yun­ti­va a la que se enfren­ta­ba la huma­ni­dad.

El par­ti­do fue fun­da­do pero esta­ba lejos de estar pre­pa­ra­do para diri­gir a la cla­se obre­ra al poder. Luxem­burg y la direc­ción no podían más que espe­rar que los acon­te­ci­mien­tos demos­tra­ran que tenían la razón y que los jóve­nes apren­de­rían a tra­vés de su pro­pia expe­rien­cia y aban­do­na­rían sus ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas. El pro­ble­ma es que la revo­lu­ción ya había empe­za­do y el tiem­po no corría a favor de los comu­nis­tas. La con­tra­rre­vo­lu­ción en Ale­ma­nia, diri­gi­da por los social­de­mó­cra­tas, esta­ba mejor orga­ni­za­da y tenía más expe­rien­cia que su homó­lo­ga rusa en 1917. La con­tra­rre­vo­lu­ción no espe­ró y el nue­vo par­ti­do se enfren­tó a un desa­fío cru­cial inme­dia­ta­men­te des­pués de su for­ma­ción.

La rebe­lión espar­ta­quis­ta

A la direc­ción del SPD y a la cla­se domi­nan­te se les había aca­ba­do la pacien­cia. El tumul­to revo­lu­cio­na­rio había dura­do ya lo sufi­cien­te y era hora de lan­zar la con­tra­rre­vo­lu­ción. Pero a los obre­ros, espe­cial­men­te en Ber­lín, tam­bién se les había aca­ba­do la pacien­cia ya que sen­tían que el poder se les esca­pa­ba de las manos. Esta impa­cien­cia en ambos lados fue el telón de fon­do de los acon­te­ci­mien­tos cono­ci­dos como la «Sema­na espar­ta­quis­ta» a pesar de que los espar­ta­quis­tas no ini­cia­ron ni orga­ni­za­ron el movi­mien­to.

La situa­ción era crí­ti­ca a prin­ci­pios de enero. El USPD se había reti­ra­do del gobierno y abun­da­ban los rumo­res de un gol­pe de esta­do mili­tar, mien­tras que la caza de bru­jas con­tra los espar­ta­quis­tas con­ti­nua­ba. El Esta­do Mayor y los minis­tros social­de­mó­cra­tas pla­nea­ban una con­fron­ta­ción san­grien­ta con los espar­ta­quis­tas quie­nes, des­de la for­ma­ción del KPD, habían diri­gi­do una cam­pa­ña para derro­car al gobierno. La meta era des­ha­cer­se de la revo­lu­ción y abrir paso a una solu­ción «mili­tar». El nue­vo minis­tro de defen­sa, Nos­ke (un social­de­mó­cra­ta) esta­ba pre­pa­ra­do para diri­gir a las tro­pas con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rias al ata­que.

El gobierno encon­tró una excu­sa para ata­car sobre una cues­tión secun­da­ria: el cese de Emil Eichhorn, el jefe de poli­cía izquier­dis­ta de Ber­lín. Eichhorn era miem­bro del USPD y era vis­to por el gobierno como una ame­na­za por­que había orga­ni­za­do una fuer­za poli­cia­ca de izquier­da com­pues­ta por 2.000 obre­ros y sol­da­dos que eran lea­les a la revo­lu­ción. Su cese no solo ser­vi­ría para des­ha­cer­se del jefe de poli­cía de izquier­das, sino que tam­bién ser­vi­ría como una pro­vo­ca­ción para los tra­ba­ja­do­res izquier­dis­tas de Ber­lín. Esto pro­vo­ca­ría una suble­va­ción y enton­ces podrían usar al ejér­ci­to para aplas­tar la insu­rrec­ción.

El gobierno inven­tó acu­sa­cio­nes fal­sas con­tra Eichhorn y se le noti­fi­có su cese el 4 de enero. Pero Eichhorn se negó, decla­ran­do que tenía el apo­yo de las masas, esta­ba ins­pi­ra­do por la revo­lu­ción y solo se reti­ra­ría si la revo­lu­ción lo reque­ría.

En la noche del 4 de enero, la direc­ción del KPD tuvo una reu­nión para deter­mi­nar su res­pues­ta a la pro­vo­ca­ción del gobierno. Ellos sabían que sería una locu­ra inten­tar derro­car al gobierno en esta situa­ción y sugi­rie­ron una huel­ga gene­ral. Broué cita a un comu­nis­ta anó­ni­mo que esta­ba pre­sen­te en la reu­nión:

Habia com­ple­to acuer­do con res­pec­to a la natu­ra­le­za de la situa­ción. Todos los pre­sen­tes pen­sa­ban que era insen­sa­to inten­tar tomar el con­trol del gobierno. Un gobierno apo­ya­do por el pro­le­ta­ria­do no dura­ría más de una quin­ce­na. Con­se­cuen­te­men­te, los miem­bros del Zen­tra­le [la direc­ción elec­ta] esta­ban de acuer­do en que debían evi­tar cual­quier con­sig­na que sig­ni­fi­ca­ra el derro­ca­mien­to del gobierno en ese momen­to. (Cita­do en Broué, p. 240.)

La acti­tud de Luxem­burg era que, inclu­so si el gobierno de Ebert fue­ra derro­ca­do, sería una vic­to­ria pírri­ca por­que las pro­vin­cias no esta­ban dis­pues­tas a seguir a los tra­ba­ja­do­res en Ber­lín. Era una situa­ción muy simi­lar a las jor­na­das de julio de 1917 en Rusia. En enero de 1919, los obre­ros de Ber­lín se encon­tra­ban muy ade­lan­ta­dos con res­pec­to al res­to del país.

Cuan­do las noti­cias de la dimi­sión de Eichhorn lle­ga­ron al Comi­té Eje­cu­ti­vo del USPD en Ber­lín, este adop­tó inme­dia­ta­men­te una reso­lu­ción de apo­yo a Eichhorn. Se reu­nie­ron con repre­sen­tan­tes de los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios y diri­gen­tes del KPD para dis­cu­tir una acción con­jun­ta. Los tres gru­pos deci­die­ron pre­pa­rar una mani­fes­ta­ción para el 5 de enero. Cien­tos de miles de obre­ros salie­ron a las calles y mar­cha­ron hacia el cuar­tel de la poli­cía.

Al mis­mo tiem­po, obre­ros arma­dos habían ocu­pa­do las ofi­ci­nas edi­to­ria­les del Vor­wärts. Toda­vía no habían per­do­na­do al SPD por «robar» su perió­di­co. Si bien fue­ron per­sua­di­dos y aban­do­na­ron la ocu­pa­ción, pron­to la ofi­ci­na fue ocu­pa­da otra vez, al igual que las ofi­ci­nas edi­to­ria­les de otros perió­di­cos civi­les. Los obre­ros ocu­pa­ron otros edi­fi­cios, inclu­yen­do algu­nos a poca dis­tan­cia del edi­fi­cio del Reichs­tag. Los acon­te­ci­mien­tos no fue­ron orga­ni­za­dos por los espar­ta­quis­tas aun­que muchos de los que par­ti­ci­pa­ron eran espar­ta­quis­tas. Tam­bién había pro­vo­ca­do­res que toma­ron par­te en estas accio­nes, pero no hay duda que la situa­ción era un refle­jo de la frus­tra­ción de los obre­ros de Ber­lín.

Al día siguien­te, 500.000 salie­ron a las calles, muchos arma­dos. En muchas fábri­cas, los obre­ros orga­ni­za­ron huel­gas. Fue una de las mani­fes­ta­cio­nes más gran­des en la his­to­ria de la revo­lu­ción. La situa­ción esta­ba lle­gan­do a su cul­mi­na­ción. El minis­tro social­de­mó­cra­ta Gus­tav Nos­ke escri­bió más tar­de:

Masas de obre­ros res­pon­die­ron al lla­ma­mien­to a la lucha. Su con­sig­na favo­ri­ta, «aba­jo, aba­jo, aba­jo» (el gobierno) reso­nó una vez más. Tuve que cru­zar a tra­vés de la mani­fes­ta­ción en la Puer­ta de Bran­den­bur­go, en el Tier­gar­ten y otra vez enfren­te del cuar­tel gene­ral del alto man­do. Muchos de los obre­ros iban arma­dos. En el Sie­ges­sau­le había muchos camio­nes con ame­tra­lla­do­ras. Repe­ti­da­men­te, pedí per­mi­so para cru­zar, como si tuvie­ra un man­da­do urgen­te. Aten­ta­men­te me deja­ron cru­zar. Si esas mul­ti­tu­des hubie­ran teni­do diri­gen­tes resuel­tos y cons­cien­tes en vez de char­la­ta­nes, habrían toma­do Ber­lín hacia el medio­día. (Cita­do en Deba­te on Soviet Power, p. 248.)

Mien­tras las masas esta­ban en las calles, repre­sen­tan­tes del USPD, del KPD (Pieck y Liebk­necht) y de la direc­ción de los con­se­je­ros revo­lu­cio­na­rios de Ber­lín se reu­nie­ron para dis­cu­tir qué hacer. No tenían ni idea en qué direc­ción había que lle­var a las masas.

El mis­mo comu­nis­ta cita­do antes, des­cri­bió la situa­ción de la siguien­te mane­ra:

Las masas lle­ga­ron tem­prano, des­de las nue­ve, a pesar del frío y la nie­bla. Los diri­gen­tes esta­ban deli­be­ran­do en algún lado. La nie­bla se vol­vió más espe­sa y las masas toda­vía espe­ra­ban. Pero los diri­gen­tes con­ti­nua­ron su deli­be­ra­ción. El medio­día tra­jo ham­bre y frío. Y los diri­gen­tes deli­be­ra­ban. Las masas esta­ban deli­ran­tes y exci­ta­das. Que­rían acción, algo para saciar el deli­rio. Nadie sabía qué. Los diri­gen­tes deli­be­ra­ban. La nie­bla se hizo más espe­sa cuan­do lle­gó el cre­púscu­lo. Las masas regre­sa­ron a sus hoga­res, tris­tes. Que­rían un acon­te­ci­mien­to gran­de y no habían hecho nada. Y los diri­gen­tes deli­be­ra­ban. Habían deli­be­ra­do en el Mars­tall, con­ti­nua­ron en los cuar­te­les de la poli­cía, y seguían deli­be­ran­do. Los obre­ros se detu­vie­ron en Ale­xan­der­platz que esta­ba vacía con sus rifles en sus manos y con sus ame­tra­lla­do­ras, livia­nas y pesa­das. Den­tro, los diri­gen­tes deli­be­ra­ban. Afue­ra del cuar­tel de poli­cía, las armas esta­ban car­ga­das, habían mari­ne­ros en cada esqui­na y en cada cuar­to que daba a la calle había una masa hir­vien­te de sol­da­dos, obre­ros y mari­ne­ros. Den­tro, los diri­gen­tes esta­ban sen­ta­dos, deli­be­ran­do. Se sen­ta­ron toda la tar­de y toda la noche. Y deli­be­ra­ron. Y la madru­ga­da del día siguien­te los encon­tró sen­ta­dos, toda­vía deli­be­ran­do. Los gru­pos regre­san al Sie­ge­sa­llee otra vez y los líde­res toda­vía esta­ban sen­ta­dos y deli­be­ran­do. Deli­be­ra­ban y deli­be­ra­ban y deli­be­ra­ban. (Cita­do en Broué, p. 242.)

En la reu­nión, se esta­ble­ció un Comi­té Revo­lu­cio­na­rio con repre­sen­tan­tes del USPD, la KPD y los Con­fe­de­ra­dos Revo­lu­cio­na­rios, diri­gi­do por Georg Lede­bour, Karl Liebk­necht y Paul Schol­ze.

Los diri­gen­tes esta­ban abru­ma­dos por el movi­mien­to masi­vo y sen­tían que el tiem­po iba en su con­tra. Se les dijo que podían con­tar con apo­yo mili­tar de varios cuar­te­les, aun­que esta infor­ma­ción ter­mi­nó sien­do cues­tio­na­ble. Basa­dos en ella, sin embar­go, adop­ta­ron una reso­lu­ción para sus­ti­tuir al gobierno, pero que nun­ca se lle­gó a emi­tir. Liebk­necht, afec­ta­do por el ambien­te, apo­yó la pro­pues­ta. El úni­co pun­to de acción con­cre­to que salió de este comi­té fue el lla­ma­mien­to a otra mani­fes­ta­ción para el 6 de enero. Para ese día, sin embar­go, el comi­té enfrió el entu­sias­mo revo­lu­cio­na­rio. Se hizo evi­den­te que la mayo­ría de los obre­ros de Ber­lín esta­ban dis­pues­tos a ir a la huel­ga y mani­fes­tar­se, pero toda­vía no para lan­zar una insu­rrec­ción arma­da. En la noche del 6 de enero, el movi­mien­to era dema­sia­do len­to. Tan­to el Comi­té Cen­tral de Obre­ros y Sol­da­dos como el Comi­té Eje­cu­ti­vo del Con­se­jo de Ber­lín apro­ba­ron el cese de Eichhorn. El social­de­mó­cra­ta Nos­ke esta­ba ins­ta­la­do en el Cuar­tel Gene­ral de los Frei­korps y pre­pa­ró el con­tra­ata­que. El ímpe­tu del movi­mien­to había men­gua­do y los diri­gen­tes obre­ros per­die­ron la opor­tu­ni­dad.

En el Comi­té Revo­lu­cio­na­rio había un con­sen­so para abrir nego­cia­cio­nes con el gobierno pero Liebk­necht esta­ba en con­tra. El USPD empe­zó las nego­cia­cio­nes en la noche del 6 de enero. El obje­ti­vo del USPD era lograr un alto el fue­go para que los edi­fi­cios ocu­pa­dos pudie­ran ser eva­cua­dos. El gobierno gana­ba fuer­za hora tras hora mien­tras que el movi­mien­to decaía y tra­ta­ba de pro­lon­gar las nego­cia­cio­nes tan­to como fue­ra posi­ble. Liebk­necht visi­tó a los obre­ros que ocu­pa­ban las ofi­ci­nas de Vor­wärts y decla­ró que el USPD había trai­cio­na­do al movi­mien­to cuan­do empe­za­ron las nego­cia­cio­nes. La úni­ca opción era pelear has­ta el final. El 8 de enero, las nego­cia­cio­nes se detu­vie­ron sin acuer­do y el gobierno anun­ció que res­pon­de­ría a la vio­len­cia con vio­len­cia. En el Reichs­tag, se orga­ni­zó una uni­dad «social­de­mó­cra­ta» del ejér­ci­to con dos regi­mien­tos de seis com­pa­ñías cada uno. En el lado de la revo­lu­ción, se creó una Liga de Sol­da­dos Rojos, lla­man­do a los obre­ros arma­dos a tomar las calles. La situa­ción esta­ba a pun­to de con­ver­tir­se en una gue­rra civil. La vio­len­cia se mani­fes­tó en las calles de Ber­lín. Pero en las reunio­nes en las fábri­cas la mayo­ría abru­ma­do­ra que­ría dete­ner el com­ba­te.

Duran­te el 8 y 9 de enero, las fuer­zas del gobierno recu­pe­ra­ron la mayo­ría de los edi­fi­cios ocu­pa­dos por los obre­ros y ase­dia­ron las ofi­ci­nas del Vor­wärts con la inten­ción de tomar­las por la fuer­za si fue­ra nece­sa­rio. En la noche del 10 de enero, mien­tras las nego­cia­cio­nes con­ti­nua­ban, uno de los nego­cia­do­res, Lede­bour del USPD, fue arres­ta­do jun­to al diri­gen­te espar­ta­quis­ta Ernst Meyer.

En la maña­na del 11 de enero, las tro­pas del gobierno ata­ca­ron el edi­fi­cio de Vor­wärts. Des­pués de dos horas, los ocu­pan­tes mos­tra­ron la ban­de­ra blan­ca y man­da­ron una dele­ga­ción para nego­ciar los tér­mi­nos de la ren­di­ción. Los miem­bros de la dele­ga­ción fue­ron arres­ta­dos. Al res­to se le dio 10 minu­tos para ren­dir­se. Muchos de los pri­sio­ne­ros fue­ron ase­si­na­dos al ins­tan­te.

Entre los comu­nis­tas, había una cri­sis. Radek pro­pu­so que el par­ti­do se reti­ra­ra de mane­ra orde­na­da y lan­za­ra un men­sa­je a los obre­ros para regre­sar al tra­ba­jo y empe­zar una cam­pa­ña para ser reele­gi­dos en los con­se­jos obre­ros. Luxem­burg esta­ba de acuer­do que era nece­sa­ria una reti­ra­da pero esto no sig­ni­fi­ca­ba que los comu­nis­tas lo pudie­ran decir públi­ca­men­te, por­que eso empu­ja­ría a la direc­ción del USPD a ren­dir­se.

Luxem­burg eva­luó la suble­va­ción crí­ti­ca­men­te. En su opi­nión, era posi­ti­vo que «las masas de los obre­ros de Ber­lín y de los cen­tros prin­ci­pa­les de la revo­lu­ción» enten­die­ran que la elec­ción era entre aban­do­nar el socia­lis­mo o des­ha­cer­se del gobierno de Ebert-Schei­de­mann. Pero el movi­mien­to tam­bién había mos­tra­do debi­li­dad: ¿Como con­ti­nuar la pelea? El 8 de enero de 1919, escri­bió:

Pero lo que toda­vía no se ha acla­ra­do y en don­de se hace evi­den­te la debi­li­dad e inma­du­rez de la revo­lu­ción es la cues­tión de cómo se debe lle­var a cabo la lucha para derro­car al gobierno de Ebert y cómo con­ver­tir la madu­rez inter­na que la revo­lu­ción ya ha logra­do en accio­nes y rela­cio­nes de poder. Nada ha reve­la­do estas debi­li­da­des y defi­cien­cias tan cla­ra­men­te como los últi­mos tres días. («Neglec­ted Duties», Papers, p. 310.)

Rosa cri­ti­có de mane­ra pers­pi­caz a las dife­ren­tes orga­ni­za­cio­nes que estu­vie­ron al fren­te de las masas duran­te la insu­rrec­ción de enero. Espe­cí­fi­ca­men­te, con­de­nó a los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios y a la direc­ción del USPD en Ber­lín por aban­do­nar a las masas y empe­zar nego­cia­cio­nes con el gobierno con el que lucha­ban sin ni siquie­ra con­sul­tar a las masas mis­mas. Éstas, de acuer­do con Luxem­burg, esta­ban en las calles pero nece­si­ta­ban una direc­ción que no reci­bie­ron:

Cuan­do las masas han sido lla­ma­das a las calles y están en aler­ta, se les debe decir de mane­ra cla­ra qué hacer o por lo menos lo que se está hacien­do y lo que está sien­do pla­nea­do por alia­dos y enemi­gos. En medio de una cri­sis revo­lu­cio­na­ria, por supues­to que las masas deben estar en las calles. Ellas son las úni­cas hues­tes y la úni­ca segu­ri­dad de la revo­lu­ción. Cuan­do la revo­lu­ción está en ries­go –¡y el ries­go es más gran­de que nun­ca!– es el deber de las masas pro­le­ta­rias estar allí don­de su poder se expre­sa: ¡en las calles! Su pre­sen­cia y su con­tac­to mutuo es ya una ame­na­za y una adver­ten­cia a todos los enemi­gos escon­di­dos de la revo­lu­ción («For­gi­ven Duty», Escri­tos polí­ti­cos, p. 312.)

Luxem­burg no que­ría más pala­bras, sino acción: «La expe­rien­cia de los últi­mos tres días está exi­gien­do cla­ra­men­te a los diri­gen­tes del movi­mien­to obre­ro: ¡No más char­las! ¡No más con­sul­tas sin fin! ¡No más nego­cia­cio­nes! ¡Pasen a la acción!»

Rosa no cri­ti­co a los repre­sen­tan­tes del KPD, quie­nes tam­bién habían sido par­te de los «diri­gen­tes del movi­mien­to obre­ro». Pero dice la anéc­do­ta que cuan­do Luxem­burg se encon­tró con Liebk­necht en la ofi­ci­na del par­ti­do des­pués de una reu­nión del Comi­té Eje­cu­ti­vo Revo­lu­cio­na­rio, le dijo furio­sa­men­te: «Pero Karl, ¿como pudis­te? ¿Y nues­tro pro­gra­ma?». (Nettl, p. 482.)

Radek cri­ti­có al KPD fuer­te­men­te. En una car­ta a la direc­ción del par­ti­do, escri­ta el 9 de enero, citó el pro­gra­ma polí­ti­co ¿Que quie­re la Liga Espar­ta­quis­ta?, don­de esta­ba escri­to que el par­ti­do solo toma­ría el poder si la mayo­ría de los tra­ba­ja­do­res los apo­ya­ban, pero ese no era el caso toda­vía. Cri­ti­có a los repre­sen­tan­tes del par­ti­do en el Comi­té Revo­lu­cio­na­rio en par­ti­cu­lar:

En esta situa­ción, la acción que los dele­ga­dos revo­lu­cio­na­rios deci­die­ron el sába­do, como res­pues­ta al ata­que a los cuar­te­les de la poli­cía por par­te del gobierno social-patrio­ta, debe­ría haber teni­do solo el carác­ter de un acto de pro­tes­ta. La van­guar­dia pro­le­ta­ria, exas­pe­ra­da por la polí­ti­ca del gobierno y mal orien­ta­da por los Dele­ga­dos Sin­di­ca­les Revo­lu­cio­na­rios, cuya inex­pe­rien­cia polí­ti­ca les impe­día enten­der las rela­cio­nes de fuer­zas en el Reich en su con­jun­to, en su celo ha trans­for­ma­do el movi­mien­to de pro­tes­ta en una lucha por el poder. Esto le per­mi­te a Ebert y a Schei­de­mann ata­car al movi­mien­to en Ber­lín y debi­li­tar el movi­mien­to ente­ro. (Cita­do en Broué, p. 251.)

Radek insis­tió que los comu­nis­tas tenían que infor­mar a las masas hones­ta y abier­ta­men­te de su reti­ra­da y así, limi­tar los daños.

La úni­ca fuer­za capaz de impe­dir el desas­tre son uste­des, el Par­ti­do Comu­nis­ta. Tie­nen sufi­cien­te pers­pi­ca­cia para saber que esta lucha no tie­ne espe­ran­za. Sus miem­bros Levi y Dunc­ker me han dicho que lo saben. Nada pue­de impe­dir que aquel que es débil se reti­re ante una fuer­za supe­rior. En julio de 1917, éra­mos mucho más fuer­tes que uste­des hoy e inten­ta­mos dete­ner a las masas con todas nues­tras fuer­zas, y cuan­do no pudi­mos, con un esfuer­zo tre­men­do, diri­gi­mos una reti­ra­da de una lucha que no podía­mos ganar. (Cita­do en Broué, p. 251.)

Pero los diri­gen­tes del KPD juz­ga­ban la situa­ción de mane­ra dife­ren­te, al igual que Luxem­burg. En el que sería su últi­mo artícu­lo, «El orden rei­na en Ber­lín», ella eva­luó el movi­mien­to. Escri­bió que era natu­ral que el movi­mien­to hubie­ra sido derro­ta­do. La derro­ta era prin­ci­pal­men­te debi­da a la inma­du­rez polí­ti­ca de las masas, lo que era «un sín­to­ma de la inma­du­rez gene­ral de la revo­lu­ción ale­ma­na». Pero al mis­mo tiem­po, acla­ró que los obre­ros no podían haber reac­cio­na­do de mane­ra dife­ren­te con­si­de­ran­do las pro­vo­ca­cio­nes del gobierno.

[…] Ante el hecho de la des­ca­ra­da pro­vo­ca­ción por par­te de los Ebert-Schei­de­mann, la cla­se obre­ra revo­lu­cio­na­ria se vio obli­ga­da a recu­rrir a las armas. Para la revo­lu­ción, era una cues­tión de honor dar inme­dia­ta­men­te la más enér­gi­ca res­pues­ta al ata­que, so pena de que la con­tra­rre­vo­lu­ción se cre­cie­se con su nue­vo paso ade­lan­te y de que las filas revo­lu­cio­na­rias del pro­le­ta­ria­do y el cré­di­to moral de la revo­lu­ción ale­ma­na en la Inter­na­cio­nal sufrie­sen gran­des pér­di­das. («El orden rei­na en Ber­lín».)

Aun­que el KPD y Luxem­burg había deci­di­do que no era hora de derro­car al gobierno, los artícu­los de Luxem­burg con­te­nían ata­ques fuer­tes con­tra el gobierno y argu­men­ta­ban que era el obs­tácu­lo más gran­de para que la revo­lu­ción siguie­ra avan­zan­do.

Según Luxem­burg, los obre­ros no podían haber hecho nada excep­to tomar las armas y resis­tir el desa­fío pro­vo­ca­dor con­tra la revo­lu­ción. Era una cues­tión de sal­var el honor de la revo­lu­ción y evi­tar que la con­tra­rre­vo­lu­ción pro­gre­sa­ra. En su opi­nión, la revo­lu­ción tenía una sola direc­ción: ade­lan­te. No había lugar para una tác­ti­ca defen­si­va tem­po­ral. La vic­to­ria final sería pre­pa­ra­da a tra­vés de una serie de derro­tas.

Pero hay una ley vital inter­na de la revo­lu­ción que dice que nun­ca hay que parar­se, sumir­se en la inac­ción, en la pasi­vi­dad des­pués de haber dado un pri­mer paso ade­lan­te. La mejor defen­sa es el ata­que. Esta regla ele­men­tal de toda lucha rige sobre todos los pasos de la revo­lu­ción. («El orden rei­na en Ber­lín».)

Aquí, Luxem­burg se opu­so al con­se­jo de Radek y a las tác­ti­cas de los bol­che­vi­ques. En julio de 1917, los bol­che­vi­ques habían inten­ta­do evi­tar que los obre­ros de Petro­gra­do toma­rán las calles por mie­do a que­dar­se ais­la­dos. Cuan­do no lo logra­ron, par­ti­ci­pa­ron en las mani­fes­ta­cio­nes, jun­to a los obre­ros e inten­ta­ron orga­ni­zar­los y man­te­ner la dis­ci­pli­na por todos los medios. Y cuan­do fue evi­den­te que no podían defen­der­se con­tra la con­tra­rre­vo­lu­ción, orga­ni­za­ron una reti­ra­da orde­na­da. Radek escri­bió al Comi­té Cen­tral del KPD para con­ven­cer­los de que una reti­ra­da orga­ni­za­da por el par­ti­do era una alter­na­ti­va menos des­mo­ra­li­zan­te a que el par­ti­do ani­ma­ra a la con­ti­nua­ción de una lucha que solo ter­mi­na­ría en derro­ta.

Rosa Luxem­burg no podía per­mi­tir­se una reti­ra­da, aun­que era obvio para ella que la lucha no podía ser gana­da por aho­ra. De acuer­do con Luxem­burg, la derro­ta era debi­do no solo a la inma­du­rez de la revo­lu­ción sino tam­bién a la de la direc­ción del movi­mien­to. Esta­ba con­ven­ci­da que las masas corre­gi­rían estos defec­tos.

La direc­ción ha fra­ca­sa­do. Pero la direc­ción pue­de y debe ser crea­da de nue­vo por las masas y a par­tir de las masas. Las masas son lo deci­si­vo, ellas son la roca sobre la que se basa la vic­to­ria final de la revo­lu­ción. Las masas han esta­do a la altu­ra, ellas han hecho de esta «derro­ta» una pie­za más de esa serie de derro­tas his­tó­ri­cas que cons­ti­tu­yen el orgu­llo y la fuer­za del socia­lis­mo inter­na­cio­nal. Y por eso, del tron­co de esta «derro­ta» flo­re­ce­rá la vic­to­ria futu­ra. («El orden rei­na en Ber­lín».)

Los ase­si­na­tos

El SPD y las tro­pas con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rias habían inten­si­fi­ca­do la cace­ría con­tra Luxem­burg y Liebk­necht, quie­nes ya no podían dor­mir en sus hoga­res, y tuvie­ron que reubi­car­se en dife­ren­tes hote­les y con­tar con al apo­yo de ami­gos. El 13 de enero, el perió­di­co del SPD, Vor­wärts, publi­có un poe­ma acu­san­do a los diri­gen­tes espar­ta­quis­tas de cobar­día, al escon­der­se mien­tras que los obre­ros eran ase­si­na­dos.

Cien­tos de cadá­ve­res en fila
Pro­le­ta­rios, Karl, Rosa y com­pa­ñía, Nin­guno de ellos está pre­sen­te,
Pro­le­ta­rios. (Cita­do en Nettl, p. 484.)

Aun­que eran bien cons­cien­tes del peli­gro, Luxem­burg y Liebk­necht se nega­ron a esca­par de Ber­lín. Sen­tían que su deber era per­ma­ne­cer con los obre­ros. Esta deci­sión tuvo resul­ta­dos fata­les. Luxem­burg tenía cla­ro el peli­gro inmi­nen­te. El 25 de diciem­bre, le escri­bió a Cla­ra Zet­kin que había reci­bi­do «aler­ta inme­dia­ta» de fuen­tes ofi­cia­les «que los ase­si­nos nos están bus­can­do a Karl y a mí, y no pode­mos dor­mir en nues­tros hoga­res» (cita­do en Nettl, p. 475.)

Des­pués de las Jor­na­das de Julio en Rusia, los bol­che­vi­ques estu­vie­ron en una situa­ción simi­lar: el par­ti­do fue ile­ga­li­za­do y se emi­tie­ron órde­nes de arres­to con­tra varios de los líde­res del par­ti­do. Lenin que­ría apa­re­cer ante el tri­bu­nal para defen­der la posi­ción polí­ti­ca de los bol­che­vi­ques. Pero sus cama­ra­das los per­sua­die­ron de que debía escon­der­se en Fin­lan­dia. No se tra­ta­ba de cobar­día: era una nece­si­dad prác­ti­ca.

Ejem­plos innu­me­ra­bles a tra­vés de la his­to­ria han demos­tra­do que la pre­sen­cia de un par­ti­do revo­lu­cio­na­rio es cru­cial en una situa­ción revo­lu­cio­na­ria y que den­tro del mis­mo, la direc­ción del par­ti­do es vital. Los indi­vi­duos no pue­den crear una revo­lu­ción. Pero cuan­do las masas se mue­ven, los indi­vi­duos pue­den jugar un papel deci­si­vo que deci­di­rá si la revo­lu­ción triun­fa o pier­de. Lenin fue un ele­men­to cru­cial en el éxi­to de la revo­lu­ción rusa. En octu­bre, cuan­do los bol­che­vi­ques deli­be­ra­ban si empe­za­ban el levan­ta­mien­to, toda­vía había resis­ten­cia en la direc­ción del par­ti­do. Fue Lenin quien, con su auto­ri­dad orga­ni­za­ti­va y polí­ti­ca den­tro del par­ti­do, superó esta debi­li­dad. Esta auto­ri­dad no era el tipo de auto­ri­dad que se ve en un ejér­ci­to, sino una auto­ri­dad cons­trui­da a tra­vés de déca­das en las cua­les las ideas y aná­li­sis de Lenin habían sido pues­tos a prue­ba a tra­vés de la prác­ti­ca. Luxem­burg era cier­ta­men­te la auto­ri­dad polí­ti­ca más alta en el nue­vo Par­ti­do Comu­nis­ta Ale­mán y tal vez la úni­ca que podría haber supe­ra­do las ten­den­cias ultra­iz­quier­dis­tas en su seno. Pero esto nun­ca ocu­rrió.

El 12 y 13 de enero, Luxem­burg y Liebk­necht resi­dían en un apar­ta­men­to en Neu­kölln, Ber­lín, y des­pués con un sim­pa­ti­zan­te en Wil­mers­dorf. Aquí fue don­de fue­ron arres­ta­dos en la noche del 15 de enero jun­to a Pieck que tam­bién esta­ba en el apar­ta­men­to. Fue­ron lle­va­dos al Hotel Eden, el cuar­tel gene­ral del Frei­korps, don­de fue­ron seve­ra­men­te mal­tra­ta­dos. Liebk­necht fue el pri­me­ro en salir. Mien­tras salía, fue gol­pea­do en la cabe­za con un rifle por el sol­da­do Run­ge. Fue lle­va­do al par­que Tier­gar­ten don­de se lo fusi­ló. Des­pués, los sol­da­dos dije­ron que había sido ase­si­na­do «duran­te un inten­to de fuga».

Luxem­burg fue la siguien­te. Tam­bién fue gol­pea­da en la cabe­za con la cula­ta de un rifle y des­pués de ser lle­va­da a un carro que la espe­ra­ba, reci­bió un dis­pa­ro en la cabe­za. Su cadá­ver fue tira­do en el Canal Land­wehr en Tier­gar­ten y no fue encon­tra­do has­ta fina­les de mayo.

Los prin­ci­pa­les diri­gen­tes de la revo­lu­ción ale­ma­na fue­ron ase­si­na­dos a san­gre fría. La con­tra­rre­vo­lu­ción había cor­ta­do la cabe­za del movi­mien­to revo­lu­cio­na­rio.

Nadie fue con­de­na­do por los ase­si­na­tos. En mayo, se orga­ni­zó un jui­cio far­sa a los cul­pa­bles. Duran­te este «jui­cio», el sol­da­do Pflugk-Har­tung admi­tió que había dis­pa­ra­do a Liebk­necht mien­tras éste «inten­ta­ba esca­par». Pflugk-Har­tung fue absuel­to y reci­bió una gran ova­ción. Vogel, quien había sido res­pon­sa­ble de toda la ope­ra­ción, admi­tió que había tira­do el cadá­ver de Rosa Luxem­burg en el canal en Tier­gar­ten pero decla­ró que otro sol­da­do le había dis­pa­ra­do. El jura­do fue inca­paz de deci­dir si ya había muer­to del dis­pa­ro en la cabe­za y Vogel solo pasó dos años y cua­tro meses en pri­sión. Duran­te su sen­ten­cia, esca­pó y huyó hacia Holan­da, don­de per­ma­ne­ció has­ta que las aguas se cal­ma­ron y pudo regre­sar a Ale­ma­nia como hom­bre libre. El sol­da­do Run­ge, quien ase­si­nó a los pri­sio­ne­ros, pasó dos años en pri­sión.

Los comu­nis­tas diri­gie­ron la res­pon­sa­bi­li­dad polí­ti­ca por los ase­si­na­tos hacia el SPD y estos se con­vir­tie­ron en una línea divi­so­ria per­ma­nen­te entre social­de­mó­cra­tas y comu­nis­tas. Nun­ca se ha lle­ga­do a demos­trar si la orden vino de la direc­ción cen­tral del SPD, pero no hay duda algu­na de que ayu­da­ron a crear un ambien­te en el que aque­llos que per­pe­tra­ron los ase­si­na­tos no duda­ban de la acti­tud del gobierno con res­pec­to a las víc­ti­mas. Las con­de­nas indul­gen­tes lo con­fir­man. La direc­ción del SPD fue ple­na­men­te res­pon­sa­ble polí­ti­ca­men­te. Trai­cio­na­ron la revo­lu­ción y son res­pon­sa­bles del ase­si­na­to de Liebk­necht y Luxem­burg.

[…] No se pue­de esta­ble­cer la res­pon­sa­bi­li­dad direc­ta de nin­gún diri­gen­te social­de­mó­cra­ta. Pero su res­pon­sa­bi­li­dad moral es abru­ma­do­ra. Dos dias antes, Vor­wärts habia publi­ca­do lo que era nada más y nada menos que una orden, exi­gien­do el ase­si­na­to de «Karl, Rosa y com­pa­ñía, nin­guno muer­to, nin­guno, entre los muer­tos». Fue­ron los hom­bres reu­ni­dos, arma­dos y al final pro­te­gi­dos por Nos­ke y los minis­tros social­de­mó­cra­tas quie­nes lle­va­ron a cabo los ase­si­na­tos. Schei­de­mann lue­go dijo: «se pue­de ver cómo sus pro­pias tác­ti­cas terro­ris­tas se han vuel­to con­tra ellos mis­mos». (Broué, p. 257.)

El ase­si­na­to fue reci­bi­do con furia y con­mo­ción. Duran­te una reu­nión ese mis­mo día, el Con­se­jo de Obre­ros y Sol­da­dos de Ber­lín expre­só su pro­fun­do recha­zo y pro­tes­tó por el terro­ris­mo infli­gi­do por el gobierno des­pués de la derro­ta de los comu­nis­tas. El gobierno ini­ció una cam­pa­ña terro­ris­ta don­de muchos diri­gen­tes del movi­mien­to obre­ro fue­ron arres­ta­dos y ase­si­na­dos. Mani­fes­ta­cio­nes y levan­ta­mien­tos fue­ron aplas­ta­das con bru­ta­li­dad. Miles de tra­ba­ja­do­res fue­ron ase­si­na­dos en enfren­ta­mien­tos con el ejér­ci­to y el Frei­korps bajo la direc­ción del SPD.

La con­tra­rre­vo­lu­ción había dete­ni­do a la revo­lu­ción por aho­ra y ase­si­na­do a sus diri­gen­tes, pero el orden apa­ren­te fue solo tem­po­ral. El artícu­lo final de Luxem­burg resul­tó ser casi pro­fé­ti­co con res­pec­to a las luchas revo­lu­cio­na­rias de los años siguien­tes:

«¡El orden rei­na en Ber­lín!», ¡esbi­rros estú­pi­dos! Vues­tro orden está edi­fi­ca­do sobre are­na. Maña­na la revo­lu­ción «se levan­ta­rá de nue­vo con estruen­do» y pro­cla­ma­rá, para terror vues­tro, entre soni­do de trompetas:«br> «¡Fui, soy, seré!» («El orden rei­na en Ber­lín», Escri­tos polí­ti­cos.)

Marie Fre­de­rik­sen

15 de enero de 2019

Fuen­te: http://​www​.mar​xist​.se/​o​r​d​n​i​n​g​-​h​a​r​s​k​a​r​-​b​e​r​lin

Tra­duc­ción: http://​www​.mar​xist​.com/​L​u​x​e​m​b​u​r​g​-​l​i​e​b​k​n​e​c​h​t​-​y​-​l​a​-​r​e​v​o​l​u​c​i​o​n​-​a​l​e​m​a​n​a​.​htm

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