Direc­tri­ces para el movi­mien­to comu­nis­ta femenino

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Las rei­vin­di­ca­cio­nes del movi­mien­to feme­nino bur­gués han demos­tra­do ser impo­ten­tes para garan­ti­zar los ple­nos dere­chos de todas las muje­res. Natu­ral­men­te, el afian­za­mien­to de estas rei­vin­di­ca­cio­nes revis­te un sig­ni­fi­ca­do que no debe ser sub­va­lo­ra­do, ya que, por una par­te, la socie­dad bur­gue­sa y su Esta­do aban­do­nan ofi­cial­men­te el vie­jo pre­jui­cio de la infe­rio­ri­dad del sexo feme­nino y, por otra, con la equi­pa­ra­ción de la mujer reco­no­cen su igual­dad social. Sin embar­go, en la pra­xis, la rea­li­za­ción de las rei­vin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas con­du­ce esen­cial­men­te a una modi­fi­ca­ción del sis­te­ma capi­ta­lis­ta en favor de las muje­res y las ado­les­cen­tes de las cla­ses posee­do­ras, mien­tras la abru­ma­do­ra mayo­ría de pro­le­ta­rias, de las muje­res del pue­blo tra­ba­ja­dor, se ven tan expues­tas como antes, en su cali­dad de opri­mi­das y explo­ta­das, a que se mani­pu­le su per­so­na­li­dad y a que se menos­pre­cien sus dere­chos y de sus intereses.
Mien­tras el capi­ta­lis­mo exis­ta, el dere­cho de la mujer a dis­po­ner libre­men­te de su patri­mo­nio y de su per­so­na repre­sen­ta sola­men­te el últi­mo esta­dio de eman­ci­pa­ción de la pro­pie­dad y de las posi­bi­li­da­des de explo­ta­ción de las pro­le­ta­rias por par­te de los capi­ta­lis­tas. El dere­cho de la mujer a la mis­ma for­ma­ción y pro­fe­sión que el hom­bre pue­de alcan­zar, abre a las muje­res de los posee­do­res los lla­ma­dos sec­to­res pro­fe­sio­na­les supe­rio­res, ponien­do con ello en acción el prin­ci­pio de la con­cu­rren­cia capi­ta­lis­ta, con la que se agu­di­za el con­tras­te eco­nó­mi­co y social entre los sexos. Final­men­te, la más impor­tan­te y gran­dio­sa de las rei­vin­di­ca­cio­nes femi­nis­tas ‑la que pro­cla­ma la ple­na equi­pa­ra­ción polí­ti­ca de los dos sexos, y en par­ti­cu­lar el reco­no­ci­mien­to del dere­cho de voto tan­to para ele­gir como para ser ele­gi­da- es deci­di­da­men­te insu­fi­cien­te para ase­gu­rar dere­chos y liber­tad a las muje­res pobres o de pocos posibles.
Con la per­du­ra­ción del capi­ta­lis­mo, el dere­cho de voto repre­sen­ta sola­men­te la con­se­cu­ción de una demo­cra­cia polí­ti­ca pura­men­te for­mal, bur­gue­sa, y no de una demo­cra­cia real, eco­nó­mi­ca, social, pro­le­ta­ria. El dere­cho de voto gene­ral, igual, secre­to, direc­to, acti­vo y pasi­vo para todos los adul­tos sig­ni­fi­ca sola­men­te que la demo­cra­cia bur­gue­sa ha lle­ga­do a su últi­mo gra­do de desa­rro­llo y que este voto se con­vier­te por tan­to en el fun­da­men­to y la cober­tu­ra de la for­ma polí­ti­ca más com­ple­ta de domi­nio de cla­se por par­te de los posee­do­res y explo­ta­do­res. Este domi­nio de cla­se se inten­si­fi­ca en el actual perío­do de impe­ria­lis­mo, de desa­rro­llo social revo­lu­cio­na­rio ‑a pesar del dere­cho de voto demo­crá­ti­co- has­ta con­ver­tir­se en la dic­ta­du­ra de cla­se más vio­len­ta y bru­tal con­tra los pro­le­ta­rios y los explo­ta­dos. Este dere­cho de voto no eli­mi­na la pro­pie­dad pri­va­da de los medios de pro­duc­ción, y por tan­to no eli­mi­na tam­po­co la con­tra­dic­ción de cla­se entre bur­gue­sía y pro­le­ta­ria­do; y no supri­me la cau­sa de subor­di­na­ción eco­nó­mi­ca y explo­ta­ción de la gran mayo­ría de muje­res y hom­bres ante una mino­ría de muje­res y hom­bres posee­do­res. El dere­cho de voto sola­men­te escon­de esta depen­den­cia y esta explo­ta­ción con el enga­ño­so velo de la equi­pa­ra­ción polí­ti­ca. Tam­po­co la ple­na equi­pa­ra­ción polí­ti­ca pue­de ser el obje­ti­vo final del movi­mien­to y de la lucha de las muje­res pro­le­ta­rias. Para ellas la con­se­cu­ción del dere­cho de voto y de ele­gi­bi­li­dad sólo es uno más entre los dis­tin­tos ins­tru­men­tos que les posi­bi­li­tan poder­se reu­nir, pre­pa­rar­se para el tra­ba­jo y la lucha con vis­tas a la cons­truc­ción de un orden social eman­ci­pa­do del domi­nio de la pro­pie­dad pri­va­da sobre los hom­bres que sea, des­pués de la abo­li­ción de la con­tra­dic­ción de cla­se entre explo­ta­do­res y explo­ta­dos, una orde­na­ción social de tra­ba­ja­do­res libres, con igua­les dere­chos y deberes.

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