Terro­ris­mo y civi­li­za­ción (Ter­ce­ra par­te)

Terrorismo capitalista

Acumulación de capital y terror

Como veremos, el terrorismo capitalista es cualitativamente más destructor que el terrorismo medieval aquí descrito en sus líneas básicas. Iremos viendo cómo surge este nuevo terrorismo, cómo va desarrollando sus tácticas y métodos respondiendo tanto a las necesidades de la acumulación de capital como a las resistencias de los pueblos trabajadores. Sin embargo, ya en la última fase medieval estaba actuando una de las características básicas del terrorismo capitalista, la de asumir los peores, los más inhumanos métodos criminales de los terrorismos pasados e integrarlos en el nuevo terrorismo. La esclavitud, por ejemplo, iniciada como hemos visto a comienzos del siglo XV tiene sus diferencias con respecto a la esclavitud grecorromana, pero también sus identidades sustantivas. Las primeras, las diferencias, consisten en que la esclavitud capitalista integra también otros métodos como la servidumbre medieval en sus diferentes modalidades.

La relación interna entre esclavitud, servidumbre y aparición de la explotación asalariada en el desarrollo del capitalismo ha sido puesta en claro por la gran investigación realizada por Y. Moulier-Boutang especialmente en lo que define como «formas deformes» refiriéndose a la «segunda servidumbre» en Europa central y oriental Yann Moulier-Boutang: De la esclavitud al trabajo asalariado, Akal, Madrid 2006, p. 127 y ss.. Las identidades aparecen también en este caso de la «segunda servidumbre» en las prácticas de los métodos de terror y de terrorismo cotidiano para maximizar los beneficios de la explotación. Zs. P. Pach detalla la práctica de las torturas más salvajes para destrozar las resistencias de las masas campesinas reducidas a la servidumbre. Pero también explica la interacción entre las diferentes violencias opresoras: «Al margen de la violencia física había otro medio de presión extra-económica de gran importancia: la violencia moral, la doctrina de la fe, la resignación, el abandono y la obediencia incondicional al señor». Este autor hace especial hincapié en el papel de la Iglesia como instrumento de la clase propietaria de las fuerzas productivas Zs. P. Pach: «El desarrollo agrario de Hungría durante los siglos XVI y XVII», en La segunda servidumbre en Europa central y oriental, Akal, Madrid 1980, pp. 230-232..

Hemos visto diferencias e identidades mediante el recurso a dos ejemplos diferentes, pero disponemos de la larga explotación de un pueblo por dos potencias imperialistas sucesivas, explotación que nos permite apreciar la evolución real del terrorismo esclavista occidental moderno dentro de una misma nación. Uno de los pueblos autóctonos que tuvieron la desgracia de servir como bisagra entre la invasión española por el sur desarrollada desde la primera mitad del siglo XVII y la invasión yanqui iniciada justo en la mitad del siglo XIX, fue la nación navaja. Cuando aparecieron los españoles, los navajos mantenían una economía mixta de ganadería, agricultura y recolección, y también de saqueo de otros pueblos indios, más débiles. Nos encontramos ante el típico caso de pueblos que son a la vez atacados y atacantes, oprimidos y opresores, sin analizar ahora su estructura interna de poder, contradicciones simultáneas que solamente pueden ser estudiadas desde la dialéctica materialista e histórica. La introducción del caballo aumentó la eficacia militar del pueblo navajo, lo que le permitió mantener una guerra defensiva de dos siglos:

«Cuando los españoles atacaban a los navajos, capturaban a las mujeres y a los niños para someterlos a la esclavitud y además alentaban a otros indios a que los apresaran y vendieran en los mercados. Cualquier familia española de cierta importancia poseía esclavos navajos. Naturalmente, los navajos se vengaban haciendo prisioneros a los españoles y a los indios que luchaban contra ellos» Clark Wissler: Los indios de los Estados Unidos de América, Paidós, Barcelona 1993, pp. 275-277..

De cualquier modo, y como en otras muchas cuestiones, Marx ya había denunciado el papel del esclavismo en el nacimiento del capital, y lo hizo como siempre, yendo a la raíz del problema, a su esencia más escalofriante, aterradora y terrorista, la esclavitud infantil:

«El sistema colonial, la deuda pública, la montaña de impuestos, el proteccionismo, las guerras comerciales, etcétera, todos estos vástagos del verdadero período manufacturero se desarrollaron en proporciones gigantescas durante los años de infancia de la gran industria. El nacimiento de esta potencia es festejado con la gran cruzada heroica del rapto de niños […] la necesidad del robo de niños y de la esclavitud infantil para abrir paso a la transformación de la manufactura en la industria fabril e instaurar la proporción justa entre el capital y la mano de obra» Marx: El Capital, op. cit., p. 644..

«A la par que implantaba en Inglaterra la esclavitud infantil, la industria algodonera servía de acicate para convertir el régimen más o menos patriarcal de esclavitud de los Estados Unidos en un sistema comercial de explotación. En general, la esclavitud encubierta de los obreros asalariados en Europa exigía, como pedestal, la esclavitud sans phrase [desembozada] en el Nuevo Mundo. Tantae molis erat [tantos esfuerzos se requirieron] para dar rienda suelta a las “leyes naturales y eternas” del régimen de producción capitalista, para consumar el proceso de divorcio entre los obreros y las condiciones de trabajo, para transformar en uno de los polos, los medios sociales de producción y de vida en capital, y en el polo contrario la masa del pueblo en obreros asalariados, en “pobres trabajadores” y libres, ese producto artificial de la historia moderna. Si el dinero, como dice Augier, “nace con manchas naturales de sangre en una mejilla”, el capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza» Marx: El Capital, op. cit., p. 646..

El modo de producción capitalista no recurrió solamente al terrorismo de la «nueva» esclavitud desarrollada desde el siglo XV que con formas «maquilladas» siguen en la actualidad Pauline Imbach: Un mundo de esclavitud maquillado al gusto de nuestra época, http://www.rebelion.org, 14 de mayo de 2009., y de la servidumbre impuesta militarmente después, sino también a otros métodos que iremos viendo. Uno de ellos era el disciplinar la fuerza de trabajo campesina, para transformarla poco a poco en fuerza de trabajo fabril. Concretamente:

«El vagabundeo, que tanto preocupaba a las clases pudientes como factor que acentuaba la atmósfera agitada y como causante de desórdenes, generó actas estatales llamadas por Marx “legislación sangrienta”. Esta legislación no sólo reconocía de hecho el problema del pauperismo, de lo cual se ha tratado más arriba, sino que consideraba oficialmente a los trabajadores expropiados como haraganes ociosos. Castigaba despiadadamente a los proletarios desfavorecidos por la haraganería, declarándola hipócritamente causa de todas las calamidades de los pobres. En los siglos XVI a XVIII fueron promulgadas en Inglaterra decenas de leyes que constituyeron un sistema de apreciaciones de las “acciones criminales” de los pobres y una escala adecuada de castigos que comprendía pena de muerte, esclavitud, fustigación pública, estigmatización y muchos otros métodos represivos. Las autoridades coloniales en la América del Norte de los siglos XVII y XVIII procuraban imitar la legislación británica contra las “personas vagabundas, ociosas y disolutas” (acta de 1672, en Virginia; resolución tomada en 1750 en Rhode Island sobre la “introducción de todos los estatutos británicos relativos a los pobres en la medida en que sean aplicables en esta colonia”. Leyes análogas se promulgaban en Francia a partir de los años cuarenta del siglo XVI. En actas legislativas posteriores, de los años 1551, 1553, 1555, 1558, etcétera, se reproducían las amenazas y prescribían duros castigos: fustigación, encarcelamiento, galeras, pena capital. Las ordenanzas de 1777 prescribían mandar a trabajos forzados a todo pobre sano de 16 a 60 años de edad. Además de disposiciones estatales se tomaban disposiciones urbanas contra las “personas ociosas y los pordioseros”. En 1561 se resolvió en Lyon que todos los mendigos y vagabundos abandonaran la ciudad bajo la amenaza de ser ahorcados sin causa ni proceso judicial. Los estatutos de los Países Bajos del siglo XVI y, luego, las leyes estatales y los “carteles” de los consejos municipales de Holanda, modelo del ordenamiento capitalista, del siglo XVII, estipulaban medidas duras contra los pobres “ociosos”. En la Suecia del siglo XVIII, el pobre que no se convertía en trabajador asalariado, era perseguido por vagabundo» AA.VV.: «Génesis del proletariado», en El movimiento obrero internacional, Edit. Progreso, Moscú 1982, tomo I, p. 51..

Otro método era el del saqueo de continentes enteros mediante el comercio realizado por empresas que eran a la vez civiles y militares, mercaderes y piratas incluso desde el siglo X en algunas zonas de Italia, en donde «esos marinos y burgueses, después de haber expulsado a los árabes, se apropian del oro africano y lo utilizan para el comercio internacional y para animar también los intercambios interiores» Jacques Attali: Historia de la propiedad, Planeta, Barcelona 1989, p. 173.. Más tarde, el poder de apropiación de los saqueadores italianos cedió a la expansión creciente de holandeses, ingleses y franceses, que además de expoliar a otros pueblos también atacaban a los imperios español y portugués en una larga guerra interimperialista, a través de compañías económico-militares:

«Sin duda alguna, se trataba de un negocio peligroso, en el cual el éxito o el fracaso estaba supeditado a la posesión de una fuerza superior. Los ladrones siempre han corrido el riesgo de ser robados por alguien más fuerte; y el recurso a la fuerza implicaba un peligro de muerte análogo al que los soldados afrontaban en tierra. Los inversionistas que hacían posible cada viaje comprando las acciones con que se cubrían los costes de equipamiento del barco y contratación de la tripulación corrían así mismo grandes riesgos, ya que muchos barcos jamás regresaban, y otros lo hacían con muy poco que mostrar a cambio del esfuerzo realizado» William H. McNeill: La búsqueda del poder, Siglo XXI, Madrid 1988, pp. 112-113..

Además, el ascenso de estas potencias burguesas se sostuvo también en guerras progresistas y en revoluciones de liberación nacional, así como en represiones duramente violentas de sus propias clases trabajadoras internas. Debemos recordar aquí lo explicado justo al comienzo de este texto sobre el método dialéctico, y la mejor forma es ver cómo fue la historia holandesa, en la que las violencias justas e injustas y el terrorismo español jugaron un papel crucial. La formación de los Países Bajos es un ejemplo de la dialéctica de las contradicciones sociales que ha creado el capitalismo más desarrollado y democrático-burgués que existe hoy en día, precisamente a partir de la interacción de todas las violencias imaginables, las justas y las injustas, las defensivas y las ofensivas, insertas en la dinámica de acumulación originaria del capital y en medio de un desarrollo científico, filosófico y cultural brillante y exquisito. Hemos escogido el ejemplo de la formación histórica de los Países Bajos precisamente porque es un ejemplo de todo lo que estamos diciendo, desde la guerra justa de liberación nacional en la que no faltan las heroicidades y el terrorismo español más brutal, hasta las continuas guerras de saqueo colonial y de robo entre ladrones. El historiador C. Tilly ha escrito que:

«La larga lucha por la construcción estato-nacional en y de los Países Bajos es un ejemplo del carácter sinérgico de este proceso cuando se conjugan positivamente todos los factores, incluidas guerras de singular virulencia. En la segunda mitad del siglo XV la riqueza de los Países Bajos, una región con diversas lenguas y versiones del cristianismo así como con fuertes diferencias socioeconómicas, era codiciada por las grandes potencias europeas, a la vez que sus contradicciones internas se expresaban en rebeliones y revoluciones endógenas como la de 1477. Aunque ya en 1483 el imperio de los Habsburgo estaba en guerra con Brujas y Gante, no logró asentar su poder en la zona hasta octubre de 1492 cuando Felipe de Cleves, último jefe resistente, se refugió en el Estado francés. En 1539 la burguesía de Gante se rebeló reiniciándose una lucha que conquistó la independencia de facto de lo que ahora es Holanda en 1609 y su reconocimiento internacional en 1648. Fue una guerra atroz, como veremos, en la que Felipe II puso precio de 25.000 coronas de oro a la cabeza de Guillermo de Orange, uno de los líderes de la guerra de liberación nacional protoburguesa holandesa, que fue asesinado cuatro años más tarde, en 1584» Charles Tilly: Las revoluciones europeas, 1492-1992, Crítica, Barcelona 1995, pp. 89-90..

De entre estas acciones queremos destacar la resistencia titánica de Haarlem en 1572. Toda la burguesía holandesa tomó las armas, incluidas 300 mujeres con arcabuces, llegando a practicar las medidas más extremas para mantener la defensa de la ciudad: «Fueron erigidas horcas sobre los baluartes y colgados todos los prisioneros a la vista de sus camaradas. Empleaban aros impregnados de pez ardiendo para rodear los cuellos españoles y una lluvia de ascuas logró desbaratar un asalto general que el de Alba ordenó después de tres días de intenso cañoneo. […] Los burgueses prosiguieron su rabiosa y desesperada resistencia hasta que fue devorada la última rata» Lynn Montross: Historia de las guerras, Jano, Barcelona 1963, p. 172 y ss.. Las mujeres estaban en primera línea de combate porque sabían qué futuro les esperaba si Haarlem caía en manos españolas: violaciones, la muerte de sus maridos, hijos y padres, cuando no de ellas mismas, y el saqueo de sus propiedades. De hecho, esto y bastante más fue lo que ocurrió en Amberes cuando el ejército español saqueó la ciudad en 1576 asesinando a 17.000 de sus habitantes, porque no habían cobrado sus sueldos por la quiebra fiscal del imperio español Roger Osborne: Civilización, op. cit., p. 263.. Las atrocidades del Duque de Alba son suficientemente conocidas como para repetirlas aquí, y el trato feroz dado por la burguesía revolucionaria a los prisioneros españoles, con los aros ardiendo en sus cuellos, debe ser estudiado dentro del contexto de una desesperada guerra defensiva.

De todos modos, esta guerra vuelve a confirmar la validez del método dialéctico e histórico que utilizamos porque muestra cómo, primero, la violencia organizada de forma creciente por el Estado burgués fue un elemento decisivo en la misma formación del Estado y de la nación que se constituía; segundo, fue un elemento inserto en la expansión capitalista y a la vez necesario para esa expansión; tercero, también lo fue para el consiguiente desarrollo científico, técnico y cultural. Volveremos más adelante a estas características. Pero nos interesa citar ahora mismo una cuarta: el hecho de que «protestantismo, democracia e infantería se complementan perfectamente» en la independencia de los Países Bajos. Mientras que las ciudades y pueblos que no reunían estas tres condiciones tenían miedo a la presencia de ejércitos en su interior, las ciudades holandesas «se disputaban el privilegio de albergar una guarnición» Roger Caillois: La cuesta de la guerra, FCE, México 1975, p. 85. porque habían creado un ejército de ciudadanos libres que defendía su país sin dudar en practicar una violencia igual o superior en dureza a la española, buscando debilitar las ansias de saqueo de los invasores con un terror igual o superior al español, pero que no era terrorismo pues su objetivo era defender los derechos nacionales de los Países Bajos.

Además de este desarrollo de la democracia burguesa armada y del papel del protestantismo, hay otro factor importante que debemos reseñar. Se trata de las profundas diferencias nacionales entre los holandeses y los castellanos en lo que concierne al trabajo asalariado. Comprenderemos con más facilidad lo que estamos diciendo si recordamos la insistencia del marxismo en la «matriz social» arriba analizada, en el peso de los «factores étnicos», de las tradiciones culturales, de la vis inertiae, del «pasado», etcétera, en la formación del capitalismo. El historiador militar J. Keegan sostiene que dadas las difíciles condiciones orográficas en las que se desarrolló la larga guerra, fueron decisivas no sólo la superioridad económica creciente de los Países Bajos con respecto al ya decadente imperio español, sino también las peculiaridades de ambos pueblos enfrentados en algo muy importante en aquellos momentos: la aceptación de buena o mala gana de los muy penosos trabajos de drenaje de los campos y trincheras, de mantenimiento de las carreteas y las murallas, de modo que mientras los holandeses veían normal trabajar de peones abriendo zanjas y trincheras, y cobrando por ello, no sucedía lo mismo entre los invasores. El Duque de Parma se quejaba de lo difícil que le resultaba poner a los castellanos a trabajar en las necesidades militares, en las imprescindibles tareas defensivas u ofensivas por un salario, porque: «consideraban más honorable pedir limosna que trabajar cobrando» John Keegan: Historia de la guerra, Planeta, Barcelona 1995, p. 392..

Con esto no estamos diciendo que los castellanos sean «vagos por naturaleza», en modo alguno, porque las clases explotadas castellanas han demostrado no serlo. Decimos que el desarrollo fracasado del capitalismo en el imperio español, la debilidad extrema de su burguesía comercial y financiera, la fuerza de la alta nobleza y de los terratenientes, el poder de la Iglesia, los efectos de la expulsión de los judíos y del desprecio engreído hacia la muy superior cultura productiva de la «España islámica», etcétera, todo esto que se define como la matriz social antes vista, hizo que se mantuviera viva buena parte de la ideología feudal contra la ideología burguesa del trabajo asalariado como un mérito, una virtud y un deber incluso religioso para con Dios. Es esto mismo lo que explica C. M. Cipolla, pero aplicado a la producción en general y de la artillería en concreto, cuando dice que en el Estado español apenas había mano de obra cualificada, que los poderes de la época no se preocupaban por formar y cuidar esta mano de obra especializada, que cuando el imperio español necesitaba artillería contrataba técnicos extranjeros expulsándolos después y abandonando «sin trabajo y sin dinero» a los «escasos trabajadores españoles» y que, «en contraste con los progresos ingleses, holandeses y suecos, las empresas privadas españolas se destacaban por su abulia y no sólo en la industria de las armas» Carlo M. Cipolla: Las máquinas del tiempo y de la guerra, Crítica, Barcelona 1999, pp. 103-105.. Una vez más, la «abulia», el rechazo de la ética burguesa del trabajo asalariado, de la importancia de la ciencia y de la tecnología, etcétera, por parte del imperio español solamente se puede entender desde el concepto marxista antes visto de la matriz social que existía antes y durante el tránsito del sistema feudal al capitalismo en éste y otros Estados.

Ahora bien, la dialéctica está en todas partes porque también en todas partes están activas las contradicciones sociales, y la burguesía holandesa, que tan heroicamente luchó por su independencia nacional capitalista, también aplicó el terror represivo contra las clases trabajadoras de su país cuando éstas se sublevaron. Por citar un sólo caso: en octubre de 1578 una alianza de diversas fracciones de las clases ricas, en la que destacaba la burguesía de Arras y Lille, masacró sin piedad la sublevación de las clases trabajadoras de esa primera ciudad Robert Lochhead: Les revolutions bourgeoises, IIRF, Amsterdam 1989, p. 12.. No fue ésta una masacre aislada sino que anteriormente, en la insurrección iconoclasta de 1566, el pueblo trabajador tuvo un papel decisivo en la lucha contra el ocupante español. Pronto surgió «el movimiento de los gueux forestales y marítimos: vengadores guerrilleros populares […] obreros, artesanos pobres, campesinos desheredados, marinos, pescadores, obreros portuarios» que llegaron a liberar importantes zonas, que con el apoyo de sectores organizados clandestinamente dentro de las ciudades ocupadas por los españoles lograban entrar en ellas impulsando el proceso revolucionario. Era tal la fuerza en ascenso del pueblo trabajador que «ya en el curso de la revolución, la burguesía temía la actividad de las capas bajas y aprobó en 1581 una ley que privaba de derechos políticos a las masas populares en los territorios liberados de extranjeros» AA.VV.: «Génesis del proletariado», en El movimiento obrero internacional, op. cit., p. 105-106..

La estrategia represiva del Duque de Alba ha sido definida como «una política de crueldad» aplicada a través de las decisiones del Consejo de Problemas: «Sus métodos y el número de problemas que causó le hicieron conocido para la población como el Consejo de Sangre. Más de doce mil personas fueron juzgadas ante él, de las cuales más de mil fueron condenadas a muerte y nueve mil a la pérdida total o parcial de sus propiedades» Pérez Zagorin: Revueltas y revoluciones en la edad moderna. II. Guerras revolucionarias, Edit. Cátedra, Madrid 1986, p. 120.. La guerra de liberación holandesa fue de una complejidad social extrema, pero en la que destaca el hecho decisivo de que fue un «levantamiento extraordinariamente popular», pese a lo cual «se abstuvieron de dar iguales derechos a las masas del pueblo» George Novack: Democracia y revolución, Fontamara, Barcelona 1977, p. 69., reinstaurando el orden social basado en la propiedad privada allí donde había sido cuestionado por las masas insurrectas.

Así, el terror inherente a la violencia defensiva enfrentada al terrorismo de la invasión española, ese terror, deviene terrorismo contrarrevolucionario aplicado por la burguesía holandesa contra la clase trabajadora insurgente holandesa también, terrorismo destinado a proteger su propiedad privada. Pero esta burguesía culta, protestante y democrática no sólo aplastaba a sus propios trabajadores cuando lo veía necesario, sino que también aplicaba el terrorismo colonialista más duro contra otros pueblos. Veamos dos ejemplos: uno, en 1620 los holandeses, para protegerse de los indios, ingleses y franceses, fundaron Fort Orange que daría vida a la ciudad de Albany en el actual Estado de Nueva York.

Más tarde los ingleses ocuparon la ciudad al derrotar a los holandeses y construyeron un fuerte mejor situado para defender sus negocios no sólo de los indios y de los franceses, sino también de la población holandesa derrotada que, pese a ello, intentó recuperar su independencia venciendo a los ingleses, pero fracasaron David Day: Conquista, Libros de Historia, Crítica, Barcelona 2006, p. 145.; y, otro, la sublevación en 1654 de los colonos portugueses afincados en Pernambuco contra la ocupación de «sus» tierras por los holandeses acaecida veinticuatro años antes, en 1630, a raíz de las guerras entre Holanda y el imperio de los Habsburgo Luis Betrán Moya y Doris Moreno Martínez: «Barroco», en Historia de la Humanidad, Arlanza Ediciones, Madrid 2000, p. 24.. Naturalmente, las tierras que los colonos portugueses de Pernambuco afirmaban eran suyas habían pertenecido a las naciones originarias afincadas en aquellas tierras del actual Brasil. Los colonos portugueses terminaron expulsando a los holandeses, con el tiempo Portugal perdería Pernambuco y Brasil. A lo largo de estos siglos han existido en aquella área procesos de violencia, terror y guerras sucesivas que no vamos a exponer aquí pero que nos remiten a la dialéctica de lo genético-estructural antes vista, por debajo de los cambios en las formas histórico-genéticas de las violencias concretas desencadenas en los distintos procesos.

La expansión del capitalismo neerlandés fue inseparable de sus guerras y de sus crímenes externos, además de su represión clasista interna y de su guerra de liberación nacional. Los tres procesos violentos, unidos a la expansión económica, nos llevan al papel del Estado como centralizador estratégico de las decisiones fundamentales para la expansión de la burguesía holandesa. Podemos hacernos una idea de lo decisiva que resultó la intervención estatal si realizamos una visión sintética de las guerras habidas en aquella época siempre en busca del beneficio económico:

«Los holandeses fueron los primeros en llegar a la costa de Coromandel al este de la India en 1601, alcanzados por los ingleses ocho años después; ambos no tardarían en enfrentarse en el Índico a los portugueses –los holandeses los combatieron también en Brasil en 1624-1629– y después se enfrentarían mutuamente en el Canal de la Mancha y en el mar del Norte en tres grandes guerras navales de 1652 a 1674; las dos naciones entraron igualmente en conflicto con los españoles por los derechos de comercio en el Caribe que, después de la introducción del azúcar en las Canarias y de los esclavos de África para su cultivo, daría origen a la zona colonial más rica del mundo. Posteriormente entrarían en guerra con los franceses que, habiendo iniciado tarde la carrera de los viajes oceánicos, establecerían factorías en la India y en África occidental y un imperio embrionario en Norteamérica a mediados del siglo XVII» John Keegan: Historia de la guerra, Planeta, Barcelona 1995, p. 406..

Posteriormente, Holanda siguió atacando a otros pueblos que resistían por todos los medios disponibles, como «la guerra de escaramuzas» sostenida en 1825-1830 por los javaneses dirigidos por Diponegoro contra la invasión holandesa María Soler Sala: «Imperialismo colonial en Insulindia», Historia Universal, Salvat, Madrid 2004, tomo 18, p. 197.. No queremos alargarnos en la historia de este país decisivo para el mito de la democracia burguesa occidental que «fue mucho más oligárquica que democrática […] del alcance extremadamente restringido de los derechos de la gente» George Novack: Democracia y revolución, Edit. Fontamara, Barcelona 1977, p. 69. trabajadora que había dado su vida por decenas de millares para independizar Holanda del imperio español. La alianza de clase entre burguesía comercial y terratenientes creó un nuevo poder que se mantuvo en medio de la abundancia pese a que, rápidamente, Inglaterra se impuso a Holanda. Pero el servicio de esta clase holandesa al mito de la democracia burguesa no había terminado todavía. Fue esta burguesía dirigida por el Príncipe Bernardo de Holanda la que en 1952 tuvo un papel insustituible en la creación del siniestro Club Bilderberg Cristina Martín: El Club Bilderberg, ArcoPresigs, Barcelona 2008, p. 39 y ss., una asociación semisecreta formada por selectos capitalistas de varios Estados imperialistas que debaten y deciden sobre cuestiones de suma importancia mundial al margen de los parlamentos de sus países, al margen de la democracia burguesa en general, cuando no contra ellos.

Las guerras libradas a múltiples bandas entre los reinos de Portugal, España, Holanda e Inglaterra, a las que se sumaría casi de inmediato el reino de Francia, no se hacían sólo por la conquista de puertos y bases militares, de ciudades y de pueblos, ni tampoco sólo para arrebatarse unas a otras colonias ricas ya establecidas, que también, sino para, por un lado, dar salida a los aventureros, piratas, maleantes y revoltosos apresados, usándolos como punta de lanza contra los pueblos invadidos; y para, por otro lado, reprimir las ansias de mayor autonomía o independencia total de las colonias, haciéndolas volver a la dominación de la metrópoli a la que debían seguir pagando impuestos cada vez más gravosos. La matriz social burguesa también actuaba individualmente: «La mayoría de europeos que se desplazan a ultramar son marinos, soldados y comerciantes, sin gran cultura, muy enérgicos, de pasiones violentas, movidos por el rabioso afán de hacer fortuna, a quienes el lucro les lleva a hacer cualquier cosa. No es de extrañar, pues, que causaran en los pueblos indígenas una impresión de horror, y que a través de ellos todos los europeos fueran juzgados mal […] estos europeos que lo abandonaban todo para satisfacer su avidez, les causaron la impresión de que eran unos salvajes» R. Mousnier, E. Labrousse y M. Bouloiseau: El siglo XVIII, Destinolibro, Barcelona 1981, tomo 1, pp. 362-363.. Incluso los revolucionarios apresados que eran deportados a otros continentes se comportaban de forma muy parecida con los indígenas, cuando no igual. No debe sorprender por tanto que la mayoría inmensa de los pueblos atacados se resistieran con todas sus fuerzas a la «civilización».

Usurpación y terrorismo inhumano

Nos haremos una idea muy aproximada de lo que buscaban las potencias europeas con la explotación de las colonias al leer un trozo del texto escrito en 1747 por Postlethwayt:

«Las colonias no deben olvidar nunca lo que deben a la madre patria por la prosperidad y riqueza de la que disfrutan. La gratitud y el deber les obligan a permanecer bajo su dependencia inmediata y subordinar sus propios intereses a los de ella. El resultado de tal interés y de tal dependencia será procurar a la madre patria:

  1. un mayor consumo de los productos de sus tierras;
  2. ocupación para el mayor números de sus industriales, artesanos, pescadores y marinos;
  3. una mayor cantidad de las mercancías que necesite» Henri Sée: Orígenes del capitalismo moderno, FCE, México 1969, p. 87.

Como se aprecia, estamos ante un calculado plan de enriquecimiento de la metrópoli a costa de las colonias. Pero un plan que no solamente estaba elaborado por las empresas privadas en connivencia con los Estados y las monarquías, así como con las clases nobles y burguesas en ascenso, sino que también estaba dentro de las cabezas y de los sueños, en su personalidad, de los individuos sin escrúpulos que, sobre todo a partir del siglo XVIII, se trasladaban a otros continentes, como hemos visto en el caso anterior. Comprendemos así la extrema facilidad con la que los colonizadores occidentales recurrían al terror y al terrorismo para superar las resistencias de los pueblos sojuzgados.

Si éstos se rebelaban eran castigados con una violencia feroz que llegaba fácilmente al terrorismo, como fue el caso del exterminio de la sublevación de las naciones andinas dirigida por la familia de Túpac Amaru II en 1780. Según M. Lucena Salmoral las cinco reivindicaciones de Túpac Amaru eran: suprimir las aduanas, la alcabala y la mita; extirpar «todo género de pensiones a mi nación»; crear una audiencia en Cuzco; suprimir los Corregidores y los repartimientos y, último, nombrar un alcalde mayor indio en cada provincia indígena Manuel Lucena Salmoral: «Las resistencias al reformismo y presión fiscal: los levantamientos de la segunda mitad del siglo XVIII», Gran Historia Universal, Madrid 1986, tomo 30, p. 147.. Tras la derrota de los sublevados a manos de un ejército español de 17.000 soldados, Túpac Amaru fue apresado y «sometido al terrible interrogatorio de Mata Linares. Finalmente fue sentenciado a morir descuartizado por cuatro caballos», sentencia que se cumplió el 18 de mayo de 1781 en Cuzco Manuel Lucena Salmoral: «Las resistencias al reformismo y presión fiscal: los levantamientos de la segunda mitad del siglo XVIII», op. cit., p. 148.. Cuenta S. Guerra Vilaboy que la familia de Túpac Amaru, que llegó a prometer la libertad a los esclavos negros de la costa, fue sometida a suplicio antes de morir Sergio Guerra Vilaboy: Breve historia de América Latina, Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2006, p. 80.. El estudio realizado por A. Lapolla sobre esta rebelión no olvida una de las razones de su derrota que apenas aparece en otros investigadores. Nos referimos al crucial papel represivo jugado por la Iglesia católica española. Constata, como es obvio, la «indudable superioridad militar de las armas de fuego españolas», pero de inmediato añade: «y en particular la participación militar directa de la Iglesia en la lucha contra el Inca. Al punto, que en la batalla final, fue decisivo el papel de las tropas armadas por la Iglesia española en América, en lucha contra el “indio hereje”». Poco después, extendiendo en el tiempo su investigación y extrayendo una especie de síntesis, afirma: «Los españoles acudieron al mismo sistema que usaron siempre para dominar a los pueblos americanos: el engaño, la doblez, la traición a los acuerdos establecidos y la violación de la palabra empeñada. También buscaron debilitar la rebelión, otorgando varios de los reclamos del Inca, y desatando una represión de exterminio sobre todos los pueblos que le apoyaban. Mataron a todos los indios que pudieron: cien mil en total entre 1781 y 1785» Alberto Lapolla: Túpac Amaru, padre de la emancipación americana, 4 de noviembre de 2006..

Tenemos el caso de la larga guerra de liberación nacional antiesclavista sostenida por el pueblo esclavizado de Haití contra diversas potencias invasoras y con tremendos costos para su población José Luciano Franco: Historia de la revolución de Haití, Ciencias Sociales, La Habana 2004, p. 157 y ss.. La misma suerte corrieron los pueblos que se enfrentaron al imperio español en América, y que tuvieron que aprender que su liberación nacional era a la vez liberación de clase, como lo constató Bolívar tras su estancia en la Haití revolucionaria y la consiguiente recapitulación de errores. Desde ese momento, Bolívar tomó decisiones de gran radicalidad social, como suprimir la esclavitud, expropiar a los ocupantes españoles y otras que le granjearon el odio de la oligarquía criolla y del ya agresivo Estados Unidos Francisco Pidival: Bolivar. Pensamiento precursor del antiimperialismo, Edic. Madres de la Plaza de Mayo, Buenos Aires 2005, p. 89 y ss.. Un siglo más tarde, los españoles batieron ampliamente este «logro» en mortandad ya que durante la guerra de independencia del pueblo cubano contra la dominación española que concluyó en 1898, se mataron aproximadamente 300.000 personas de todas las edades y sexos. Lo más terrible, como indica R. Izquierdo Canosa Raúl Izquierdo Canosa: El flagelo de las guerras, Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2005, p. 67., es que de ellas sólo 12.000, es decir un 4% del total, pertenecían al Ejército Libertador, mientras que el 96% restante, unas 288.000, eran personas civiles, desarmadas, de las cuales 260.000 muriendo de malos tratos, hambre y enfermedad en los campos de concentración españoles siguiendo la estrategia de reconcentración ideada por el general Weyler y que se adelantó a los campos de exterminio nazis. En cuanto a Filipinas, se calcula que murieron 600.000 personas nativas en la guerra de 1898-1910 contra la ocupación norteamericana D. Bleitrach, V. Dedal y M. Vivas: Estados Unidos o el imperio del mal en peor, Edit. José Martí, La Habana, Cuba 2006, p. 220., que siguió a la larga ocupación española.

Si esto sucedió en los pueblos caribeños, centro y sudamericanos, antes le había ocurrido otro tanto a los pueblos del norte de América. También aquí las reivindicaciones clasistas, antiesclavistas, indias y nacionales burguesas de los colonos se mezclaron y activaron impulsadas por el incremento de la explotación británica que utilizaba a las colonias del norte como principal recurso para pagar los gastos de la reciente guerra con Francia, de modo que estalló en 1775 una dura guerra de liberación nacional, clasista y a la vez antiesclavista, estas dos últimas con fracasos para los explotados Howard Zinn: La otra historia de los Estados Unidos, Hiru, Hondarribia 1997, pp. 56-96., que acabó con la derrota británica en 1783.

La esclavitud jugó un papel en estas luchas, siendo derrotadas bastantes de sus sublevaciones espontáneas y desorganizadas, pero al final la rebeldía humana asestó un duro golpe a la acumulación de capital. Sin embargo, a diferencia de las sociedades precapitalistas, y a diferencia también de todos sus respectivos terrorismos, el desarrollado por la burguesía tiene la «virtud» de haber desaparecido de la ideología dominante, del sistema de pensamiento oficial y del saber académico. Más adelante nos extenderemos en la crítica teórica de semejante escamoteo de la historia, ahora vamos a seguir buceando en la historia con la ayuda del método marxista, y del propio Karl Marx cuando dice que:

«Sabido es que en la historia real desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato; la violencia, en una palabra. En la dulce economía política, por el contrario, ha reinado siempre el idilio. Las únicas fuentes de riqueza han sido desde el principio la ley y el “trabajo”, exceptuando siempre, naturalmente, “el año en curso”. Pero en realidad, los métodos de la acumulación originaria fueron cualquier cosa menos idílicos» Karl Marx: El Capital, FCE, México 1973, vol. I, pp. 607-608..

Más adelante, resume el terrorismo inherente a la acumulación originaria capitalista con estas palabras:

«La depredación de los bienes de la Iglesia, la enajenación fraudulenta de las tierras del dominio público, el saqueo de los terrenos comunales, la metamorfosis, llevada a cabo por la usurpación y el terrorismo más inhumanos, de la propiedad feudal y del patrimonio del clan en la moderna propiedad privada: he ahí otros tantos métodos idílicos de la acumulación originaria. Con estos métodos se abrió paso a la agricultura capitalista, se incorporó el capital a la tierra y se crearon los contingentes de proletarios libres y privados de medios de vida que necesitaba la industria de las ciudades» Karl Marx: El Capital, op. cit., p. 624..

Marx se extiende en valiosos y necesarios pormenores sobre el contenido, formas y métodos de la acumulación originaria del capital, indicando que desde fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI se dictaron en toda Europa occidental leyes persiguiendo «a sangre y fuego el vagabundaje» Karl Marx: El Capital, op. cit., p. 625., de modo que los padres de la clase obrera europea empezaron pagando por algo de lo que ellos mismos eran las víctimas, pues habían venido al mundo ya en un nuevo contexto social caracterizado por la destrucción de las viejas formas de propiedad, producción y reproducción, destrucción impuesta con brutalidad, a sangre y fuego y recurriendo al terrorismo más inhumano. Despojados violentamente de aquellas formas de propiedad que, por lo menos, les garantizaba un mínimo de subsistencia en los peores momentos de hambruna, cuando las masas de campesinos que simultaneaban estos trabajos con otros temporales en las fábricas, o cuando los artesanos que seguían conservando su local y sus herramientas se veía arruinados y arrojados a la calle, o cuando los obreros que aún seguían manteniendo algunas tierras en propiedad o pertenecientes a la familia, clan o pueblo, tierras en las que refugiarse y de las que obtener la alimentación básica, ahora, estas clases trabajadoras expropiadas violentamente de sus medios de seguridad vital mediante la «guerra social», los nuevos trabajadores asalariados resultantes, oficialmente «libres», no tenían otro remedio que someterse a la bestial explotación capitalista, o morir de hambre, tragedia nada infrecuente.

Y Marx continúa precisando:

«Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas, a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema de trabajo asalariado. No basta con que las condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbres, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas las resistencias; la existencia constante de una superpoblación relativa mantiene la ley de la oferta y de la demanda de trabajo a tono con las necesidades de explotación del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos excepcionales» Karl Marx: El Capital, op. cit., p. 627..

Los casos excepcionales no son otros que las situaciones críticas en las que la burguesía comprende que los métodos pacíficos, la alienación, las costumbres, etcétera, ya no le garantizan su propiedad privada, y en esos casos excepcionales el capital desencadena el terrorismo.

Detengámonos en tres cuestiones decisivas que resaltan en estas últimas citas. Una, que Marx relaciona directamente el terrorismo con la violencia extrema destinada a expropiar a las masas campesinas de las tierras comunales y de otras propiedades que todavía conservan y que les garantizan una independencia vital suficiente como para no tener que aceptar por hambre la esclavización asalariada. Dos, que sostiene que antes del uso del terrorismo, las clases dominantes recurren a otros métodos para obtener los mismos resultados; y, tres, que Marx abre definitivamente la constancia teórica de que el modo de producción capitalista se reproduce y refuerza mediante una interacción de fuerzas contradictorias, interacción de una complejidad cualitativamente superior a la que existe en todos los modos precapitalistas. Recordemos lo que hemos dicho anteriormente sobre la efectividad de la «coerción sorda» y de la «presión sorda» de las relaciones socioeconómicas sobre las clases explotadas, a diferencia de la directa coerción extraeconómica que rige en los modos precapitalistas.

Precisamente, recurriendo a la última cita de Marx aquí reseñada, M. A Lebowitz insiste en una cuestión que nos parece decisiva para nuestro tema: «El interés de Marx no era entender la fragilidad del capitalismo. Más bien era entender su fuerza. El suyo fue un intento de explicar precisamente cómo el capitalismo se reproduce a sí mismo, y por qué, en consecuencia, las paredes del capitalismo no se derrumban con un grito agudo» Michael A. Lebowitz: «El grito de Holloway: todo ruido y furia», en Marx Ahora, nº 23, La Habana, Cuba 2007, p. 54., y Lebowitz repite a continuación varias frases de la cita que hemos presentado antes. Lebowitz está interesado en demostrar que las tesis reformistas y utópicas de Holloway, a las que luego volveremos, ni siquiera reflejan el verdadero pensamiento de Marx, sus objetivos teóricos, sino que lo desvirtúa y desnaturaliza. Pero lo que ahora nos interesa es que, en efecto, la visión de Marx sobre la violencia y el terrorismo es parte de una teoría más amplia destinada sobre todo a demostrar, primero, cómo y por qué el capitalismo necesita expandirse, crecer y acumular cada vez más, lo que le exige buscar medios de integración de las resistencias, y, segundo, conociendo esto, para qué y cómo el movimiento revolucionario puede volver contra el capital esa fuerza suya expansiva haciéndola destructiva, salto que exige la intervención de la conciencia política revolucionaria, exigencia que no se había planteado en ningún modo precapitalista e incluso tampoco en los comienzos de la sociedad burguesa. Para que surja la conciencia revolucionaria es necesario que «la contradicción se exalte hasta convertirse en contrasentido» Engels: Del socialismo utópico al socialismo científico, Obras Escogidas, Edit. Progreso, Moscú 1976, tomo III, p. 159..

Veamos ahora, rápidamente, una a una estas tres cuestiones comprobando cómo no se niegan sino que mantienen una conexión dialéctica que depende de la evolución de las contradicciones sociales. Según la primera cuestión, podemos y debemos calificar como puro terrorismo la siguiente descripción de la práctica «civilizadora» cristiana:

«Según una lista sometida al parlamento, la Compañía y sus funcionarios se hicieron regalar por los indios, desde 1757 a 1766, ¡6 millones de libras esterlinas! Entre 1769 y 1770, los ingleses fabricaron allí una epidemia de hambre, acaparando todo el arroz y negándose a venderlo si no les pagaban precios fabulosos.

»En las plantaciones destinadas exclusivamente al comercio de exportación, como en las Indias Occidentales y en los países ricos y densamente poblados, entregados al pillaje y a la matanza, como México y las Indias Orientales, era, naturalmente, donde el trato dado a los indígenas revestía las formas más crueles. Pero tampoco en las verdaderas colonias se desmentía el carácter cristiano de la acumulación originaria. Aquellos hombres, virtuosos intachables del protestantismo, los puritanos de la Nueva Inglaterra, otorgaron en 1703, por acuerdo de su Assembly, un premio de 40 libras esterlinas por cada escalpo de indio y por cada piel roja apresado; en 1720, el premio era de 100 libras por escalpo; en 1744 […] por los escalpos de varón de doce años para arriba, 100 libras esterlinas de nuevo cuño; por cada hombre apresado, 105 libras; por cada mujer y cada niño, 55 libras […] El parlamento británico declaró que la caza de hombres y el escalpar eran “recursos que Dios y la naturaleza habían puesto en sus manos”» Karl Marx: El Capital, op. cit., p. 640..

Sobre la segunda cuestión, E. P. Thompson nos ofrece una descripción casi perfecta de cómo se desarrolla la interacción de las diversas tácticas usadas por la burguesía para desactivar, desunir y derrotar las luchas obreras y populares mediante un proceso ascendente que empieza por algunas concesiones menores y termina en la represión implacable: «En la primera semana de febrero de 1812 expiró esta fase del luddismo, la más importante en las Midlands. Por tres razones. Primera, los ludditas habían triunfado en parte, pues la mayoría de los industriales y comerciantes medieros se decidieron a pagar mejores precios: los salarios subieron por lo general unos 2 chelines semanales. Segunda, por estas fechas ya había varios miles de soldados estacionados en el área, además de varios constables [policías] especiales y partidas de locales de vigilancia. Tercera, se acababa de presentar al Parlamento el proyecto de ley que sancionaba con pena de muerte la destrucción de máquinas, lo que obligó a poner el énfasis en la línea constitucionalista» E. P. Thompson: La formación histórica de la clase obrera, Laia B, Barcelona 1977, tomo III, p. 155.. Thompson sigue explicando que la rápida respuesta de los obreros cambiando de táctica para eludir la represión salvaje de la pena de muerte sugiere que éstos, los obreros, estaban coordinados y dirigidos por un comité luddita, y añade que a pesar de todo y aunque la derrota se produjo en aquella región, inmediatamente surgieron más luchas ludditas radicales en otras zonas.

La dialéctica le lleva a Marx a investigar el origen histórico de esta interacción entre métodos de coacción y sometimiento, de violencias y de terrorismo inherentes a la acumulación originaria de capital, es decir, a la base de explotación sobre la que descansa y se yergue el capitalismo, sosteniendo que «las diversas etapas de la acumulación originaria tienen su centro, por orden cronológico más o menos preciso, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Es aquí, en Inglaterra, donde a fines del siglo XVII se resume y sintetiza sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema de la deuda pública, el moderno sistema tributario y el sistema proteccionista. En parte, estos métodos se basan, como ocurre con el sistema colonial, en la más avasalladora de las fuerzas. Pero todos ellos se valen del poder del Estado, de la fuerza concentrada y organizada de la sociedad, para acelerar a pasos agigantados el proceso de transformación del régimen feudal de producción en sistema capitalista y acortar los intervalos. La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es, por sí misma, una potencia económica» Karl Marx: El Capital, op. cit., p. 639..

Al margen de las diferencias que existen en la aplicación de la «más avasalladora de las fuerzas» por parte, sobre todo, del colonialismo, del sistema de la deuda pública, del moderno sistema tributario y del sistema proteccionista, al margen de tales diferencias, sin embargo, lo que unifica a las prácticas e instituciones citadas es «el poder del Estado» que acelera el proceso histórico y que es inseparable de la violencia que resulta ser, ella misma, una potencia económica. La teoría marxista del terrorismo forma parte de esta visión histórica y dialéctica general sobre el modo de producción capitalista. Marx y Engels estudiaron este sistema hasta el límite de una de sus fases, la colonialista, y adelantaron algunas características de lo que sería la fase imperialista, que no conocieron. Mas lo decisivo estaba ya desarrollado en su teoría del plusvalor y de la plusvalía, que nos lleva al sobreproducto y al excedente social acumulado que hemos expuesto antes. Por tanto, la dinámica que asciende de las formas de explotación no violenta a las más violentas hasta terminar en el terrorismo, nos remite siempre, a la dialéctica entre la resistencia menos o más decisiva y desesperada del colectivo que quiere mantener su excedente, y el ataque opresor más o menos violento del colectivo que quiere expropiárselo. En este sentido, lo esencial de la acumulación originaria de capital no ha concluido aún, si bien el grueso de la plusvalía y del beneficio lo obtiene el capitalismo mediante la explotación de la fuerza de trabajo asalariada.

Como ha recordado D. Harvey, en Marx ya se encuentra una teoría de esta dinámica que aparece en una parte concreta de su visión general:

«Una mirada más atenta de la descripción que hace Marx de la acumulación originaria, revela un rango amplio de procesos. Éstos incluyen la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas; la conversión de diversas formas de derechos de propiedad –común, colectiva, estatal, etcétera– en derechos de propiedad exclusivos; la supresión del derecho a los bienes comunes; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía y la supresión de formas de producción y de consumo alternativas; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de activos, incluyendo los recursos naturales; la monetización de los intercambios y la recaudación de impuestos, particularmente de la tierra; el tráfico de esclavos; y la usura, la deuda pública y, finalmente, el sistema de crédito. El Estado, con su monopolio de la violencia y sus definiciones de legalidad, juega un rol crucial al respaldar y promover estos procesos» David Harvey: «El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión», en El nuevo desafío imperial, L. Panitch y C. Leys (edit.), Clascso, Argentina 2003, p. 113..

Veamos ahora la tercera y última cuestión, la de que Marx se preocupó especialmente por descubrir la razón de la supervivencia del capitalismo para poder así combatirlo mejor. En su obra existen, básicamente, dos grandes dinámicas que generan las violencias explotadoras: una es la ya vista de la acumulación originaria, y la otra es la que surge de la «presión sorda», de la «coerción sorda» que sufre el trabajador y que tiende a crecer hasta estallar de manera pública como lucha violenta social y, en la situación límite, con la respuesta terrorista de la clase dominante. Ambas dinámicas están a su vez dentro de la teoría general del papel de la violencia en la historia, teoría que podemos leer de forma sintetizada en Engels: «En política no existen más que dos fuerzas decisivas: la fuerza organizada del Estado, el ejército, y la fuerza no organizada, la fuerza elemental de las masas populares» Engels: El papel de la violencia en la historia, Obras Escogidas, Edit. Progreso, Moscú 1976, tomo III, p. 418.. Las masas populares deben organizarse pasando de ser una fuerza elemental a una fuerza capaz de enfrentarse al Estado burgués que dispone de una tremenda ventaja que va más allá de lo militar en el sentido cuantitativo, más armas, más técnica, etcétera, sino que también es una ventaja cualitativa, por ahora, que se basa en la fusión lograda por la burguesía entre su civilización mercantil y fabril, y su ejército. La fusión entre guerra, fábrica y civilización la expone Engels con estas lapidarias palabras: «La moderna nave de combate no es sólo un producto de la gran industria moderna, sino hasta una muestra de la misma; es una fábrica flotante –aunque, ciertamente, una fábrica destinada sobre todo a dilapidar dinero» Engels: Anti-Dühring, Grijalbo, México 1968, p. 166..

La violencia burguesa es inseparable de la lógica mercantil que busca obtener el máximo beneficio en el tiempo mínimo. La base histórica de la fusión entre violencia y dinero apareció en Grecia, se perfeccionó en Roma, fue aceptada por otras potencias durante la Alta Edad Media, y volvió a reaparecer con más fuerza en la Baja Edad Media, para dar un salto cualitativo con y mediante el desarrollo capitalista. Durante estos siglos y especialmente desde la fase colonialista del capitalismo, la violencia invasora ha destrozado pueblos mediante el terrorismo más espeluznante. Uno de sus efectos más dañinos para la humanidad, y por ello más beneficioso para el capitalismo, ha sido el de crear fronteras artificiales para delimitar territorios artificiales pero necesarios para la acumulación capitalista. Y es en este problema crucial, el de las fronteras artificiales impuestas militarmente a los pueblos, en donde la violencia burguesa se transforma más fácilmente en terrorismo. Estudiando las incongruencias del sistema oficial de fronteras Marx afirma que la historia muestra que las reclamaciones de los pueblos no acabarán nunca: «Así nos lo enseña la historia. Ocurre con las naciones lo mismo que con los individuos. Para privarles del poder de atacar, hay que quitarles todos los medios de defenderse. No basta echar las manos al cuello; hay que asesinar» Marx: La guerra civil en Francia, Obras Escogidas, op. cit., tomo II, p. 209., y Marx continúa denunciando el fracaso histórico de la «política de conquistas» realizada por Napoleón I que terminó volviéndose contra él mismo.

«No basta echar la mano al cuello; hay que asesinar»: ésta y no otra es la lógica ascendente de las violencias burguesas cuando topan con la resistencia popular en las cuestiones decisivas para el beneficio capitalista. No es casualidad que Marx escribiera esto en su celebérrimo estudio sobre el aplastamiento de la Comuna de París en 1871, ni es tampoco casual que iniciase este texto estudiando, como hemos visto, el problema del territorio, de sus fronteras, de la incapacidad de la «política de conquista» para derrotar a los pueblos aplastados, etcétera. Se trata, en esencia, del mismo problema: el de arrebatar a las naciones trabajadoras lo que es suyo. El primer paso de la burguesía es el de desarmar al proletariado, dejarlo indefenso para que no pueda atacar. El segundo paso es aplicar la coerción y la presión sordas e irlas aumentando al apretar las manos alrededor del cuello del explotado, según las tácticas de la pedagogía del miedo y del terror calculado, dosificándolos en la medida de la resistencia de quien está siendo asfixiado. Por último, si no se rinde, se le asesina de la forma más atroz posible: «Las casas en que se habían refugiado guardias nacionales eran rodeadas por gendarmes, rociadas con petróleo (primera vez que se emplea en esta guerra) y luego incendiadas; los cuerpos carbonizados eran sacados luego por el hospital de sangre de la Prensa situado en Les Ternes» Marx: La guerra civil en Francia, op. cit., p. 229..

Las clases dominantes del Estado francés comprendieron en 1871 que su poder estaba al borde de la derrota definitiva. Pidieron ayuda al invasor alemán, se aliaron con su enemigo de pocos días antes para aplastar sin piedad al enemigo común de ambas burguesías, la francesa y la alemana: la revolución comunera: «Su unión venía a eliminar las restricciones que sus discordias imponían al poder del Estado bajo regímenes anteriores y, ante la amenaza de un alzamiento proletario, se sirvieron del poder del Estado, sin piedad y con ostentación, como de una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo. Pero esta cruzada ininterrumpida contra las masas productoras les obligaba, no sólo a revestir al poder ejecutivo de facultades de represión cada vez mayores, sino, al mismo tiempo, a despojar a su propio baluarte parlamentario –la Asamblea Nacional–, uno por uno, de todos sus medios de defensa contra el poder ejecutivo» Marx: La guerra civil en Francia, op. cit., p. 232.. El Estado burgués es, según lo define Marx, «una máquina nacional de guerra del capital contra el trabajo». El Estado burgués ha creado la máquina militar de la nación burguesa para aplastar a la nación trabajadora. Vemos así la dialéctica de las dos naciones enfrentadas a muerte dentro de una nación formal, oficial. No podemos analizar aquí las tremendas implicaciones que esta tesis marxista tiene, y menos aún extendernos en los detallados análisis que hace Marx poco después mostrando cómo la Comuna es en sí la nación proletaria que lucha por su independencia, en contra de la nación burguesa que ha pactado con el invasor para que éste le ayude a recuperar su propiedad privada.

Marx hace hablar a los burgueses para mostrarnos la irreconciabilidad y el antagonismo irresoluble entre las dos clases enemigas y entre sus distintos proyectos de nación: «¡La Comuna, exclaman, pretende abolir la propiedad, base de toda civilización! Sí, caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los medios de producción, la tierra y el capital, que hoy son fundamentalmente medios de esclavización y de explotación del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado. ¡Pero eso es el comunismo, el “irrealizable” comunismo!» Marx: La guerra civil en Francia, op. cit., p. 237.. Para acabar con la Comuna y con el peligro del comunismo, la alianza burguesa franco-alemana aplicó el terrorismo contra el pueblo trabajador de París, con una ferocidad que sigue produciendo temor y escalofríos aún hoy cuando leemos no sólo el texto de Marx, sino otros igualmente estremecedores como el de P. O Lissagaray acerca de las torturas a mujeres y a niñas y niños en Versalles, con la presencia y el consentimiento de los curas católicos que recriminaban a las mujeres comuneras. «Las que estaban en cinta abortaron o dieron a luz niños muertos […] Los niños fueron encerrados en un departamento de la prisión de mujeres y tratados tan brutalmente como los hombres. El secretario de Mercereau abrió de una patada el vientre a un niño. El hijo de Ranvier, que tenía doce años, fue cruelmente apaleado por haberse negado a decir dónde estaba escondido su padre» P. P. Lissagaray: Historia de la Comuna, Edit. Laia, Barcelona 1975, tomo 2, p. 131..

Más adelante volveremos a toparnos con la crueldad terrorista de la burguesía aplicada contra la infancia al estudiar el rapto de niñas y niños por el franquismo y la Iglesia para entregárselos a familias católicas adictas al régimen, así como volveremos a ver la misma inhumanidad pero en el caso sudamericano. La denuncia de Lissagaray también habla de la humillación como método, aunque no cita esta palabra, y confirma la crítica radical de Marx a la civilización del capital, a su terrorismo. La investigadora R. Roux ha estudiado detenidamente la importancia decisiva que para Marx tenía lo que ella define como «despojo» de los bienes comunales y colectivos de las masas explotadas y de los pueblos por parte del capitalismo, en suma, despojo de la vida humana en beneficio del capital. La autora define así lo esencial de este proceso: «Mando despótico, coerción, violencia, despojo, humillación y explotación atraviesan este proceso en sus momentos constitutivos» Rhina Roux: «Marx y la cuestión del despojo. Claves teóricas para iluminar un cambio de época», Herramienta, Buenos Aires, nº 38, junio de 2008. p. 63.. Los efectos de este proceso letal sobre la vida humana son definidos de esta forma por la autora: «Despojo, desamparo, soledad y pérdida de autonomía aparecen entonces como dimensiones profundas del desgarramiento de la comunidad natural operado con la expansión del capital» Rhina Roux: Marx y la cuestión del despojo. Claves teóricas para iluminar un cambio de época, op. cit., p. 68.. Como se verá en su momento, la sensación de desamparo, soledad y pérdida de la autonomía producen miedo en las personas, generan pasividad y sumisión ante el poder opresor, y por eso mismo, el terror calculado y la pedagogía del miedo, que son consustanciales al capital, también se desarrollan respondiendo a sus necesidades represivas.

La civilización burguesa, tan radicalmente desmenuzada por Marx en su esencia terrorista e inhumana, se caracteriza también por haber inventado la humillación como método de destrucción de la personalidad. R. Roux no ha dudado en introducir la humillación en la esencia de la crítica marxista al terrorismo inherente a la acumulación de capital. S. Fernández Arregui ha estudiado el problema de la humillación desde la perspectiva de la psicología política. Sostiene que, en el sentido moderno, la humillación es un método de desarrollo muy reciente, de 1757 en concreto Saulo Fernández Arregui: «Reflexiones sobre el significado social de la humillación», Psicología Política, Valencia, nº 37, 2008, p. 31., surgido a la vez que el capitalismo. El autor recorre diversas áreas cruciales de la realidad burguesa actual, desde la explotación de la mujer hasta la globalización y el imperialismo norteamericano y europeo, pasando por el racismo, los derechos humanos, la cultura occidental, etcétera, indicando cómo, además del miedo y de otros sentimientos paralizantes, la sociedad establecida destroza el vital autorrespeto: «La humillación es un sentimiento de valor mucho más profundo, ligado a la esencia de lo que uno es. A pesar de ser un sentimiento profundamente íntimo y esencial que aparece por el simple hecho de sabernos humanos, el autorrespeto depende paradójicamente del trato y la consideración que los otros nos dispensan: si los otros –o las instituciones que conforman– nos tratan ignorando nuestra pertenencia igualitaria al grupo humano, nuestro autorrespeto puede llegar a verse amenazado. Cuando esto ocurre aparece la humillación» Saulo Fernández Arregui: «Reflexiones sobre el significado social de la humillación», op. cit., p. 33..

Una parte muy interesante del artículo es la que trata sobre la humillación como forma de tortura y sobre la personalidad de los torturadores norteamericanos en Iraq en concreto, pero más en general cuando reflexiona sobre la «psicología del mal: vulnerabilidad del individuo a la crueldad» Saulo Fernández Arregui: «Reflexiones sobre el significado social de la humillación», op. cit., p. 42.. Tortura y terror son algunas de las bases de las civilizaciones basadas en la explotación, y el terrorismo es la síntesis extrema de ambas, como expondremos detalladamente. Las reflexiones sobre la tortura y la humillación expuestas en el artículo son la respuesta a la pregunta sobre si Occidente humilla a las culturas no occidentales, lo que nos remite en directo a las relaciones entre el eurocentrismo racista y las fases colonialista e imperialista del capital, tema con el que concluimos este punto.

Mientras que en el corazón de la Europa civilizada se aplicaba el terrorismo más devastador contra el movimiento obrero revolucionario, fuera de este continente, el imperialismo europeo tampoco dudaba en aplicar diferentes dosis de terror según las necesidades de cada momento. Daniel R. Headrick explica cómo a finales del siglo XIX algunos expedicionarios y exploradores europeos preferían por diversas razones no recurrir a la primera excusa, al exterminio masivo de las poblaciones que encontraban, sino que se limitaban a aterrorizar a la gente con descargas al aire o contra muros. Por ejemplo, el explorador alemán Kling, que andaba por el África Occidental en 1893, demostró el poder de su ametralladora destrozando un muro, y Gustav Rohlfs dijo que cuando los habitantes de una zona se oponían a que su expedición acampara allí: «unos pocos disparos a ciegas les hacían entrar en razón» Daniel R. Headrick: Los instrumentos del imperio, Altaya, Madrid 1998, p. 102.. Pero no siempre era así y, sobre todo, cuando encontraban una resistencia sistemática el método aplicado nos remite a toda la tradición occidental desde griegos y romanos: «buscar al enemigo en su propio territorio, destruir sus fuerzas y su gobierno, y copar su tierra» Daniel R. Headrick: Los instrumentos del imperio, op. cit., p. 108..

Mundialización del terror burgués

Vamos a estudiar cuatro ejemplos sobre cómo, por un lado, el terrorismo capitalista había llegado a su definitiva mundialización desde finales del siglo XVIII y, por otro lado, cómo interactúan simultáneamente o en partes los múltiples niveles, facetas e instancias expuestas aquí por D. Harvey, y que hemos visto reaparecer en el análisis de la Comuna realizado por Marx, siempre bajo el control y el «rol crucial» que cumple el Estado burgués al «respaldar y promover estos procesos».

El primero trata sobre las resistencias de los pueblos aborígenes del norte de América a la invasión capitalista. En 1781, mientras Jefferson justificaba el exterminio de las naciones indias, los cherokee organizaron la «defensa numantina» de sus territorios, que se extendían por lo que ahora es Alabama, Tennessee y Georgia. La guerra fue larga y las trampas, promesas y aparentes concesiones de los invasores, que siempre terminaban en nuevas agresiones, fueron muchas. En 1838 los debilitados cherokee tuvieron que aceptar las imposiciones yanquis y durante la travesía de retirada a las reservas asignadas, murió una cuarta parte de su población David Day: Conquista, Libros de Historia, Barcelona 2006, pp. 129-130.. Mucho más al norte, en la parte que ahora se denomina Canadá, los británicos recurrieron a todos los métodos para destruir a las naciones indias que se les resistían. Los micmacs fueron uno de los pueblos que sufrieron en sus carnes «el terrible terror inglés» como lo ha definido B. Alden Cox, que el 1 de octubre de 1794 pusieron un precio de diez guineas sobre la cabeza de cada micmac vivo o muerto Bruce Alden Cox: Los indios del Canadá, Colec. Mapfre, Madrid 1992, p. 50..

Después de la independencia norteamericana se mantuvieron las resistencias indias al avance blanco, algunas facilitadas por las ayudas española y británica. La más importante de todas ellas fue la alianza de delawares, miamis, wyandots, potawatomis, iroqueses y otros pueblos realizada en los años de 1780 con la ayuda británica. Las ofensivas norteamericanas fracasaron una y otra vez, incluso con cuantiosas bajas en determinadas batallas. Pero la cultura india aún no había desarrollado el sentido de la disciplina inherente a la guerra moderna por lo que, en el ataque norteamericano de agosto de 1794, fueron cogidos por sorpresa porque la inactividad había relajado las normas de seguridad y porque muchos indios habían vuelto a sus territorios. Sin embargo, no fueron derrotados en ese momento sino sólo cuando los británicos dejaron de enviarles armas. Para 1795 la situación era insostenible y la confederación india tuvo que ceder casi todos sus territorios J. Anthony Paredes: Indios de los Estados Unidos anglosajones, Mapfre, Madrid 1992, pp. 237-238.. No sabremos nunca si esta confederación india hubiera podido avanzar hacia una especie de centralización nacional moderna, pero sí llegaron a desarrollar una especie de protoestado indio capaz de dirigir la guerra, superar las disputas internas y negociar con los británicos hasta que éstos los abandonaron.

Otro intento similar de centralización protoestatal de los pueblos autóctonos fue el llevado a cabo por el llamado movimiento de los «Palos Rojos» que agrupaba a los sectores indios que fundaron un «movimiento militar nativista» y que habían tenido discrepancias con el Consejo Nacional del pueblo creek tendente a mantener relaciones pacíficas con Estados Unidos. Se trató de una especie de «guerra civil» interna a los pueblos indios ya que una parte optó por luchar con los norteamericanos contra el «movimiento militar nativista». En marzo de 1814 el ejército yanqui, apoyado por colaboracionistas cherokees y creeks dirigidos por el mestizo William McIntosh, vencieron a los «Palos Rojos» que tuvieron que ceder muchos territorios de Alabama; Estados Unidos concedió lotes de estos terrenos a los jefes indios colaboracionistas, lotes que les fueron retirados posteriormente. En 1825, W. McIntosh firmó en secreto otro tratado con los norteamericanos por lo que fue ejecutado por el jefe Manawa J. Anthony Paredes: Indios de los Estados Unidos anglosajones, op. cit., p. 251..

Como se aprecia, las naciones indias resistieron en la medida de sus fuerzas, y aunque algunas tribus bordearon los límites de la creación de un protoestado indio, no disponían de recursos socioeconómicos, culturales y militares suficientes dada la aplastante superioridad cuantitativa de la invasión de Estados Unidos. Las tierras indias, las inmensas praderas, los bosques y el subsuelo, todo aquello era codiciado por el capitalismo yanqui no sólo por su ciega necesidad expansionista sino también porque la denominada «conquista del Oeste» o la «frontera móvil» absorbía buena parte de la mano de obra sobrante y de malestar social y clasista que estallaba cada determinado tiempo. Pero los yanquis llevaron la destrucción y privatización de lo comunal a lo absoluto, al exterminio de la esencia humana, la libertad y la cultura: en 1884 el gobierno norteamericano prohibió las reuniones sagradas indias, y cuando los indios siux se reunieron en 1890 para celebrar sus ritos, fueron atacados y exterminados por el ejército yanqui en la batalla de Wounded Knee Rafael San Martín: Biografía del Tío Sam, Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2006, tomo I, p. 324..

El segundo trata sobre el consejismo y el sovietismo en un país tan distante y diferente a Italia, Alemania o las zonas superindustrializadas de la Rusia de 1917. Se trata de la India de finales de 1947 y todo 1948. B. Moore ha demostrado que el campesinado hindú no ha sido tan pacífico y obediente como lo ha dicho la propaganda gandhiana oficial, según la cual estas masas solamente protestaban con métodos de desobediencia civil no violenta, si es que alguna vez lucharon por sus derechos. La realidad es muy diferente y el autor desvela varias formas generales de violencia que luego se expresaban cada una de ellas en múltiples variantes particulares. De todas ellas, la que más nos enseña en la cuestión que ahora estudiamos es la experiencia revolucionaria del Estado de Hyderabad a finales de 1947 y comienzos de 1948: «Surgieron de golpe multitud de soviets aldeanos que pasaron a dominar un área considerablemente extensa. Por corto tiempo los comunistas rompieron el control de los grandes propietarios y de la policía, distribuyeron tierra, cancelaron deudas y liquidaron enemigos a la manera clásica […] El 13 de septiembre de 1948, el ejército indio lo conquistó en menos de una semana. Pero reprimir a los campesinos comunistas dirigidos por Telingana llevó “algunos meses” de intensas operaciones militares y policíacas, miles de detenciones sumarias y una caza de líderes a tiro limpio» Barrington Moore, Jr.: Los orígenes sociales de la dictadura y de la democracia, Península, Barcelona 2002, pp. 542-543.. De nuevo se utilizó el terrorismo para privatizar las tierras comunales y de pequeña propiedad campesina que las masas habían recuperado con su violencia justa, para devolverlas a los grandes terratenientes.

El tercero trata sobre el golpe militar de septiembre de 1973 en Chile. Hay que empezar diciendo que Chile era hasta entonces uno de los Estado americanos con menos historial de golpes militares, que había tenido hasta entonces 160 años de política institucional burguesa pacífica, de los cuales los últimos cuarenta y un años ininterrumpidos. Debemos insistir en esta larga experiencia de democracia burguesa para poder entender mejor cómo funciona y cómo se gesta internamente el terrorismo hasta el momento de su irrupción pública destructora cuando 3.200 personas que fueron asesinadas o desaparecidas, no menos de 80.000 detenidas y encarceladas y 200.000 huidas por motivos políticos Naomi Klein: La doctrina del shock, Paidós, Barcelona 2007, pp. 110-111.. Aunque el capitalismo chileno era dependiente del imperialismo internacional, sobre todo del yanqui, a pesar de esto, el bloque de clases dominante en el país no había necesitado apenas golpes militares para mantener su poder, y menos uno de la brutalidad del de Pinochet. Posiblemente la razón básica del por qué del golpe nos la ofrezca M. Gornov cuando tras repasar las enormes cuantías de «ayuda económica» norteamericana al capitalismo chileno, afirma que «como vemos, el gobierno de Estados Unidos primero pretendió afirmarse en Chile por medio de créditos y empréstitos, y al no lograr su propósito, recurrió a la actividad subversiva. La intervención de Estados Unidos fue sobre todo evidente en la campaña de las elecciones presidenciales de 1970» M. Gornov: «La conspiración contra Chile», en Sobre la historia de las intervenciones armadas norteamericanas, Edit. Progreso, Moscú 1984, pp. 175.. Recodemos que fue en esas elecciones cuando Allende llegó a la presidencia del país con el programa de la Unidad Popular.

De entre toda la bibliografía disponible uno de los textos que mejor sintetiza las contradicciones irreconciliables que, al final, precipitaron el golpe militar es el que recoge las exigencias de la burguesía chilena, representada por el Partido Demócrata-Cristiano (PDC), a la Unidad Popular, exigencias planteadas en la reunión del 30 de julio de 1973 entre el PDC y el Presidente Allende. Fueron tres las exigencias irrenunciables del capital:

  1. la aplicación sin restricciones de la ley de control de armas;
  2. detener las reformas económicas;
  3. devolver a la burguesía las empresas ocupadas por los trabajadores Susana Bruna: Chile: la legalidad vencida, ERA, México 1976, p. 244..

Tales exigencias se redoblaban precisamente cuando Allende escoraba más y más al reformismo pacifista y parlamentario, negándose a armar al proletariado y a preparar la violencia defensiva de las masas. Las tres exigencias atañen al corazón del modo de producción capitalista:

  1. la propiedad privada de las fuerzas productivas, de las fábricas recuperadas por el proletariado porque la burguesía las había cerrado para hundir económicamente a Chile provocando así que amplios sectores de la pequeña burguesía y del pueblo trabajador sin conciencia de clase girasen hacia la contrarrevolución;
  2. restablecer la dinámica de la explotación capitalista, ligeramente debilitada por las reformas de la Unidad Popular y, especialmente, impedir que se siguiesen elaborando proyectos de nacionalizaciones y de otras formas de desarrollo socioeconómico en beneficio del pueblo; y
  3. no solamente impedir que se armase al pueblo trabajador, sino desarmarlo del todo, dejándolo indefenso frente al ejército burgués.

Si profundizamos más, descubrimos que lo que conecta a las tres exigencias burguesas es el problema del Estado, del poder político estatal como centralizador del poder de clase. La izquierda chilena estaba dividida al respecto, desde las corrientes reformistas como la del PC hasta las revolucionarias, pero el problema de qué poder estatal tenía que ir construyendo el pueblo trabajador frente al Estado burgués se acrecentaba día a día Carlos Mistral: Chile: del triunfo popular al golpe fascista, ERA, México 1974, p. 112 y ss. en la medida en que aumentaba la llamada «crisis de abastecimientos». En todos los procesos revolucionarios hay determinadas constantes que se repiten con mayor o menor exactitud, pero siempre aparecen, por ejemplo, la fuga de capitales, el cierre de empresas por parte de la burguesía, el boicot parlamentario, la guerra psicológico-propagandística para producir miedo y pánico al futuro, las llamadas crecientes al golpe militar y a la intervención extranjera, el azuzamiento de las fieras fascistas y el acaparamiento de mercancías para generar el desabastecimiento, la carestía y malestar social. La crisis de abastecimientos estaba llevando al caos a Chile y solamente quedaban dos opciones: ceder a las exigencias burguesas o avanzar en la revolución. La primera vía llevaba a la derrota popular y luego a la represión de las izquierdas que siempre sigue a toda derrota. La segunda vía llevaba inevitablemente y al instante al problema del poder armado, de la violencia de un signo o de otro, contrarrevolucionaria e injusta, o justa y revolucionaria. Llegados a ese nivel de antagonismo, no existen «terceras vías», «caminos del medio», «concesiones mutuas», etcétera.

Viendo el agravamiento de las contradicciones, los efectos del desabastecimiento, la furia burguesa en ascenso y el retroceso claudicacionista de Allende y sus seguidores, R. Mauro Marini constata un sentimiento complejo en el pueblo, mezcla de indiferencia y cansancio en algunos sectores, y de sorda irritación desorganizada y creciente en la mayoría por su indefensión en las cuestiones decisivas de la vida tras tres años de gobierno popular, y el autor plantea directamente el problema del «rearme del pueblo», de aumentar su fuerza material y moral, física y psicológica, práctica y teórica para luchar en cada problema concreto de su vida derrotando la contraofensiva burguesa batalla a batalla, desde los abastecimientos hasta el derecho de autodefensa popular, pasando por los salarios, la educación, el transporte, los servicios sociales y públicos, etcétera. Y dice: «Es por donde tendrá de pasar el rearme del pueblo» Ruy Mauro Marini: El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile, ERA, México 1976, pp. 210-215.. Sobre este mismo problema, J. D. Cockcroft ha escrito lo siguiente: «Pocos chilenos creían que las fuerzas armadas pudieran ser derrotadas a corto plazo en caso de una confrontación decisiva. No obstante, muchos también pensaban que si Allende hubiera formado unidades de milicias populares de civiles armados cuando los sentimientos de los nacionalistas contra las maquinaciones de Estados Unidos José Pablo Feinmann: Kissinger y el 11 de septiembre, http://www.rebelion.org, 15 de septiembre de 2009. eran muy fuertes (por ejemplo después del escándalo de la revelación de los documentos de la ITT, en marzo de 1972, o cuando las tomas de los obreros y campesinos iban en aumento, tras el golpe fallido de junio de 1973), los militares, por lo menos, no hubieran podido matar al azar, y las posibilidades de alianzas victoriosas entre soldados y trabajadores hubieran sido una realidad. Los izquierdistas y demócratas de Chile también se criticaron severamente a sí mismos por su falta de unidad» James D. Cockcroft: América Latina y Estados Unidos, Ciencias Sociales, La Habana 2004, p. 630..

Pero no se avanzó por esta línea sino por la contraria, la del desarme, la pasividad legalista y parlamentarista y las concesiones. Mientras tanto, la burguesía, con la inestimable ayuda de Estados Unidos, organizaba el golpe militar y su terrorismo físico apoyado por el terrorismo cultural y patriarcal que arrasó la capacidad crítica del país. N. Klein ha escrito en su estudio de las relaciones entre el neoliberalismo y el golpe fascista de Pinochet que éste llevó el terrorismo a su máxima expresión: «Una alianza de apoyo mutuo en la que un Estado policial y las grandes empresas unieron sus fuerzas para lanzar una guerra total contra el tercer centro de poder –los trabajadores–, incrementando con ello de manera espectacular la porción de riqueza nacional controlada por la alianza» Naomi Klein: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, Barcelona 2007, p. 122.. Mediante el terror se destrozaron las conquistas sociales, se multiplicó exponencialmente la pobreza y se concentró la riqueza en una reducida fracción del bloque de clases dominante: en 1975 el gasto público se recortó en un 27% y para 1980 se había recortado en un 50% con respecto a 1973. Bajo Allende, la compra de pan, la leche y los bonos de autobús suponían el 17% del salario de un empleado público, bajo Pinochet, la leche y el transporte apenas podían pagarse, y para comprar pan había que gastar el 74% del salario. La leche desapareció del programa escolar y «cada vez más estudiantes se desmayaban en clase, mientras que otros muchos dejaron de acudir a la escuela» Naomi Klein: La doctrina del shock, op. cit., p. 119..

El cuarto y último trata sobre la invasión y saqueo de Iraq, típico ejemplo de terrorismo masivo, total y aplastante, que buscaba no sólo borrar Iraq del mapa político internacional, sino servir de catalizador para otros cambios igualmente totales que el imperialismo quería acelerar en el mundo árabe. Siguiendo aquí las investigaciones realizadas por N. Klein, un consejero de la administración Bush, Michael Ledeen declaró que la invasión de Iraq era el comienzo de «una guerra para rehacer el mundo». Nada más terminada la fase oficial de la guerra, Bush declaró que el objetivo era crear una amplia zona de libre comercio entre Estados Unidos y Oriente Medio en el plazo de una década Naomi Klein: La doctrina del shock, op. cit., pp. 434-435.. Los plazos y ritmos estaban pergeñados dentro de lo posible, aunque el primer objetivo era la expropiación del crudo de petróleo iraquí a manos de las transnacionales norteamericanas y británicas, por este orden. Para comienzos de 2006, en sólo tres años de ocupación, sesenta y una empresas británicas habían obtenido unas ganancias no inferiores a 1.100 millones de libras esterlinas http://www.elpais.com, 13 de marzo de 2006..

A mediados de 2007, A. Lepic se preguntaba sobre cual sería el botín que obtendrían los ocupantes, y respondía: el 10% de las reservas mundiales de petróleo Arthur Lepic: ¿Entregará el Irak ocupado su petróleo a las grandes corporaciones?, http://www.rebelion.org, 5 de julio de 2007.. Y por no extendernos en cifras y datos sobre el saqueo material, leamos esto:

«El 19 de junio de 2008, The New York Times informaba que treinta y seis años después de que Saddam Hussein nacionalizara los pozos petrolíferos iraquíes, el gobierno títere imperialista de Iraq ha otorgado concesiones a todas las principales petroleras mundiales para “mantener” de nuevo los pozos petrolíferos iraquíes. Después de treinta y seis años, las gigantescas Exxon Mobile, Chevron, Total, British Petroleum y Shell han vuelto para saquear los pozos petrolíferos más lucrativos del mundo. Desde su estrecha perspectiva, estas medidas del actual gobierno iraquí son bienvenidas, por esa razón, para ellas la destrucción y el derramamiento de sangre valen la pena» Dekel Avshalom y Fred Weston: La aventura de Bush en Iraq: ¿quién ha ganado con ella?, http://www.elmilitante.org, 27 de julio de 2008..

Pero el saqueo no se limita a lo material. La ocupación de un pueblo por otro, u otros, busca en síntesis la esquilmación de su excedente social colectivo acumulado por el trabajo de generaciones enteras, y que dentro de este excedente hay que introducir los impropiamente denominados «valores inmateriales», es decir la cultura en su generalidad, que en su esencia es una fuerza material; y, sin extendernos, también veremos luego, al estudiar el terrorismo patriarcal, que el placer sexual es uno de los objetivos más buscados por los ocupantes. Pues bien, el imperialismo eurocéntrico está procediendo a robar cinco mil años de cultura en Iraq, como denuncia M. Lagauche. Tras mostrar la enorme superioridad cultural, artística, científica y filosófica iraquí sobre la atrasada e ignorante Europa de hasta comienzos del capitalismo, este autor pone el dedo en la llaga al narrar el expolio cultural imperialista de Iraq Malcom Lagauche: Cinco mil años de cultura robados a Bagdad, http://www.boltxe.info, 25 de marzo de 2008..

En 2003 P. Martin denunció la política de destrucción cultural aplicada por Estados Unidos contra Iraq:

«Existen razones comerciales urgentes para que el gobierno de Bush permita el pillaje de los tesoros culturales de Iraq. De acuerdo a un informe del 6 de abril en el Sunday Herald, periódico escocés: entre los que se reunieron con el Pentágono antes del inicio de la guerra, se encontraban los representantes del Consejo de Estados Unidos sobre la Política Cultural [ACCP, en las siglas inglesas], grupo de gran influencia para los ricos coleccionistas y comerciantes de arte, que han buscado relajar las prohibiciones para la exportación de tesoros culturales. […] El objetivo de la ocupación militar de Estados Unidos es imponerle a Iraq cierto tipo de dominio colonial y apoderarse de sus vastos recursos petroleros. Ello sirve a los intereses del imperialismo estadounidense para humillar a Iraq y condicionar a su población con tal de someterla a Estados Unidos y al régimen títere que se establecerá en Bagdad. La agresión contra los recursos culturales que vinculan al pueblo iraquí a siete mil años de historia forma parte de todo un proceso: destruir sistemáticamente su identidad nacional» Patrick Martin: Estados Unidos emprender guerra contra la cultura y la historia, http://www.wsws.org/es, 28 de abril de 2003..

Por su parte, Ch. Johnson resume la destrucción, el saqueo y el expolio cultural de Iraq realizado por Estados Unidos como una destrucción de civilizaciones, en plural, porque son las siguientes: sumerios, acadios, babilonios, asirios, caldeos, persas, griegos, romanos, partos, sasanidas y musulmanes. Johnson denuncia agriamente «la indiferencia –incluso el regocijo– mostrado por Rumsfeld y sus generales ante el saqueo del 11 y del 12 de abril de 2003 del Museo Nacional de Bagdad y el incendio del 14 de abril de 2003 de la Biblioteca y de los Archivos Nacionales, así como de la Biblioteca de Coranes en el Ministerio de Bienes Religiosos. Estos eventos, fueron, según Paul Zimansky, arqueólogo de la Universidad de Boston, “el mayor desastre cultural de los últimos 500 años”. Eleanor Robson, de All Souls College, Oxford, dijo: “Hay que retroceder siglos, a la invasión de Bagdad por los mongoles en 1258, para hallar saqueos de esta dimensión”. Pero el secretario Rumsfeld comparó el saqueo con las secuelas de un partido de fútbol y lo descartó con el comentario de que “la libertad es desprolija… La gente libre posee la libertad para equivocarse y cometer crímenes”» Chalmers Jonson: La destrucción de civilizaciones, http://www.rebelion.org, 4 de septiembre de 2005.. Y la escasa cultura que sobreviva en Iraq será colonizada Dahr Jamail: Iraq: Colonizar la cultura, http://www.rebelion.org, 4 de junio de 2009. tras tanta destrucción de civilizaciones sin contemplaciones para asentar el modelo capitalista occidental como dominante.

Aunque más adelante volveremos a la crucial tarea del Estado en la centralización estratégica del terrorismo, ahora nos interesa un pequeño adelanto al respecto porque la cita que sigue confirma al menos cuatro grandes tesis que defendemos en este texto: una, la imbricación entre Estado y terrorismo; dos, las relaciones entre terrorismo e invasión de tierras y pueblos para expropiarles el excedente social acumulados; tres, el imprescindible apoyo del racismo como justificación eurocéntrica de la invasión terrorista; y, por último, cuatro, la irreconciabilidad entre terrorismo e internacionalismo de las clases y pueblos explotados:

«Cuando llegué a Iraq en 2003, aprendí una nueva palabra: haji. Haji era el enemigo. Haji era cada iraquí. No era una persona, un padre, un maestro, o un trabajador. Es importante que se comprenda de donde proviene esa palabra. Para los musulmanes, lo más importante es hacer un peregrinaje a La Meca: el Haji. El que ha hecho el peregrinaje a La Meca es un haji. Es algo que, en el Islam tradicional, es el mayor llamado de la religión. Tomamos lo mejor del Islam y lo convertimos en lo peor. Desde la creación de este país, el racismo ha sido utilizado para justificar la expansión y la opresión. Los americanos nativos eran llamados “salvajes,” los africanos eran llamados toda clase de cosas para excusar la esclavitud, y los veteranos de Vietnam conocen la multitud de palabras utilizadas para justificar esa guerra imperialista. Así que haji es la palabra que usábamos. Era la palabra que usamos en esa misión en particular de la que voy a hablar. Hemos oído hablar mucho de incursiones, de romper puertas a patadas en las casas de la gente y del saqueo de sus casas, pero ésta era una incursión de un tipo diferente. Nunca nos daban explicación alguna por nuestras órdenes. Sólo nos decían que un grupo de cinco o seis casas era ahora de propiedad de los militares de Estados Unidos, y que teníamos que ir y hacer que esas familias se fueran de sus casas. Íbamos a esas casas e informábamos a las familias que sus hogares ya no eran suyos. No les dábamos ninguna alternativa, ni dónde ir, ni compensación. Se veían muy confundidos y muy asustados. No sabían qué hacer y no se iban, así que teníamos que sacarlos […] Nos dijeron que combatíamos a terroristas; el verdadero terrorista era yo, y el verdadero terrorismo es esa ocupación. El racismo dentro de las fuerzas armadas ha sido desde hace tiempo un instrumento importante para justificar la destrucción y ocupación de otro país. Sin el racismo, los soldados se darían cuenta de que tienen más en común con el pueblo iraquí que con los multimillonarios que nos mandan a la guerra» Aaron Glaz/Michael Prysner: Cómo los militares de EEUU en convirtieron en terroristas, http://www.rebelion.org, 22 de octubre de 2008..

Estado, producción y militarismo

Hemos visto que la maquinaria estatal es imprescindible para que funcione bien el terrorismo. Pero las palabras siempre influyen en el pensamiento y en las formas de entender e interpretar la realidad. Hablar del Estado como si fuera una «máquina» solamente es válido en muy determinados casos y dentro de unos límites muy precisos, siempre sujetos a urgentes explicaciones inmediatas. Ahora bien, no tenemos que cometer el error consistente en negar toda importancia al Estado, en negar su papel central en el capitalismo y en renegar de la necesidad de construir otro Estado alternativo y opuesto al burgués. Bastante antes que las modas reformista y reaccionaria lanzadas al mercado de las ideologías de consumo intelectual volvieran a actualizar las tesis de que el marxismo carece de una teoría del Estado, o que los micropoderes y las redes disciplinarias funcionaran sin la extinta centralidad estatal, o que se pudiera y se debiera hacer la revolución sin «tomar el poder», o que el «nuevo capitalismo» y el «imperio» funcionaran ya sin Estado alguno, etcétera, mucho antes de todo esto, Engels y Marx desarrollaron una extensa obra sobre el Estado repartida entre múltiples escritos, en los que ponían siempre el acento en la tesis de que la esencia del Estado es el poder político de clase Adolfo Sánchez Vázquez: Entre la realidad y la utopía, FCE, México 1999, p. 32 y ss.. Un poder que no se limita solamente a reprimir, sino también, y en muchos casos sobre todo, a producir más poder, más ideología, más integración y más colaboracionismo con los explotadores.

Un ejemplo entre mil: Engels le escribió a Meyer que «desde hace doscientos años, esas gentes no viven más que de las ayudas del Estado, que les han permitido sobrevivir a todas las crisis» Engels: «Carta a R. Meyer», en Cartas sobre El Capital, LAIA, Barcelona 1974, p. 306.. Engels se refería a los junkers prusianos, a la vieja nobleza que utilizaba el Estado para sobrevivir a pesar de que se habían agotado las condiciones que garantizaban automáticamente su expansión. Al margen de los cambios formales de gobiernos y ministros habidos en dos siglos, lo esencial es que el Estado aseguró la vida de una clase obsoleta, parasitaria y explotadora en grado extremo. ¿Cómo lo hizo? La explicación es muy simple: mediante una dialéctica de reproducción y de represión. J. Texier reivindica las aportaciones de Engels a la teoría del Estado, mostrando su incuestionable vigencia: «El Estado es tanto un instrumento de coerción como instrumento de clase, pero también es productor de un orden que supone las normas que lo instauran» Jacques Texier: «Estado, luchas de clases y formas del desarrollo histórico en Engels», en Marx Ahora, nº 21, La Habana 2006, p. 8.. Producir orden es reproducir las condiciones que legitiman la explotación, que la invisibilizan en buena medida, y que alienan a las clases trabajadoras.

Si Texier reivindica con razón a Engels, G. Therborn reivindica a Marx con la misma razón: «Marx mantenía que el estudio de una determinada sociedad no debe centrarse sólo en sus sujetos o en sus estructuras, sino, también y al mismo tiempo, investigar sus procesos de reproducción» Göran Therborn: ¿Cómo domina la clase dominante?, Siglo XXI, Madrid 1979, p. 161., procesos que son las prácticas, disciplinas, instituciones, aparatos, etcétera, que garantizan que la clase trabajadora siga reproduciéndose dócil y alienadamente, o con miedo a sublevarse, mientras el Estado reproduce sus fuerzas armadas, ideológicas, educativas, etcétera: «El análisis de la reproducción nos permite explicar cómo pueden estar interrelacionados los diferentes momentos del ejercicio del poder dentro de la sociedad, aun cuando no exista una conexión interpersonal consciente. Están unidos entre sí, en realidad por sus efectos reproductivos. Por ello, unas determinadas relaciones de producción pueden ser reproducidas –o favorecidas o permitidas por la intervención del Estado– aun en el caso de que la clase explotadora (dominante), tal como la definen esas relaciones, no “controle” el gobierno en ninguno de los sentidos convencionales de la expresión. El hecho de que se reproduzca una forma específica de explotación y dominación constituye un ejemplo de dominación» Göran Therborn: ¿Cómo domina la clase dominante?, op. cit., p. 162.. R. Castel ha estudiado el papel del «Estado del crecimiento» Robert Castel: Las metamorfosis de la cuestión social, Paidós, Buenos Aires 1997, pp. 375-387. en el capitalismo francés de mediados del siglo XX, como elemento clave para asegurar la reproducción del sistema evitando que la «cuestión social» girase a la izquierda.

La dialéctica entre reproducción y represión puede funcionar y de hecho funciona «aun cuando no exista una conexión interpersonal consciente» por dos razones básicas: una, porque la dinámica histórica formada durante siglos gira alrededor de los intereses objetivos de la explotación, cuyos beneficios aglutinan consciente e inconscientemente a los sectores sociales que viven bien gracias a ella; y, otra y fundamental, porque la lógica de la explotación capitalista tiende a desplazar a los sectores burgueses poco efectivos o anticuados, cambiándolos por otros más actualizados y aptos para relanzar la dinámica expansiva. Ahora bien, toda la historia del capitalismo demuestra que la clase dominante termina siendo incapaz de solucionar las crisis decisivas solamente por medios estrictamente económicos, necesitando entonces el recurso a medidas políticas y, en último caso, violentas y militares. D. Harvey sostiene que:

«El Estado desempeña un papel vital en casi todos los aspectos de la reproducción del capital. Además, cuando el gobierno interviene para estabilizar la acumulación en vista de sus múltiples contradicciones, sólo lo logra al precio de absorber en su interior estas contradicciones. Adquiere la dudosa tarea de administrar la dosis necesaria de devaluación, pero tiene alguna opción sobre cómo y cuándo hacerlo. Puede situar los costos dentro de su territorio por medio de una dura legislación laboral y de restricciones fiscales y monetarias, o puede buscar alivio externo por medio de guerras comerciales, políticas fiscales y monetarias combativas en el escenario mundial, respaldadas al final por la fuerza militar. La forma final de devaluación es la confrontación militar y la guerra global» David Harvey: Los límites del capitalismo y la teoría marxista, FCE, México 1990, p. 451..

Harvey pone la guinda de su argumento en el punto crítico de la guerra, pero no dice nada sobre cómo organiza el Estado dicha guerra aunque esta cuestión está implícita en su argumento. Tanto la guerra como la reproducción se sustentan en el trabajo diario, callado y gris de la burocracia estatal, esa plaga invisible denunciada sin piedad alguna por Marx desde sus primeros escritos Karl Marx: Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, OME, Grijalbo, Barcelona 1978, tomo 5, pp. 58-59.. Luego, otros marxistas, especialmente Lenin, desarrollaron esa crítica inicial, pero la ideología burguesa en su forma reformista fue desviando el debate hacia la trampa de la denominada «administración pública», manera aséptica y neutral, interclasista, de negar el contenido de clase de la burocracia estatal. O. Guerrero recuperó la teoría marxista demostrando la naturaleza opresora de la burocracia del Estado, de la «administración pública» como pieza decisiva en su funcionamiento cotidiano Omar Guerrero: La administración pública del Estado capitalista, Fontamara, Barcelona 1981, p. 243 y ss.. Ya sea en la tortura y en el terrorismo, como en la pedagogía del miedo y en el terror calculado, como en la elaboración y aplicación de las doctrinas de contrainsurgencia, en todas estas tareas la burocracia estatal cumple una función decisiva, como también la cumple en la tarea de impulsar las «ciencias sociales» desde los aparatos de producción de ideología, según veremos en todos estos casos.

Todo Estado, sea precapitalista o capitalista, tiene como uno de sus objetivos la preparación de la guerra tal cual se practica en su contexto y época. Desde el origen del capitalismo, el intervencionismo estatal ha ido en ascenso y la dialéctica entre reproducción y represión ha forzado dicho intervencionismo a la vez que éste ha reforzado a aquella, hasta tal punto que podemos decir que la matriz social del modo de producción capitalista está fuertemente determinada además de por esta dialéctica también por el papel del militarismo. Mumford es tajante en líneas generales:

«En cada fase de su desarrollo moderno fue más bien la guerra que la industria y el comercio, la que mostró en plan general los principales rasgos que caracterizan a la máquina. El levantamiento de planos, el uso de mapas, el plan de campaña –mucho antes de que los hombres de negocios idearan los diagramas de organización y de ventas– la coordinación del transporte, los suministros y la producción (mutilación y destrucción), la amplia división entre caballería, infantería y artillería, y la división del proceso de producción entre cada una de dichas ramas; finalmente, la distinción de funciones entre las actividades de la plana mayor y las del campo, todas estas características colocaron al arte de la guerra muy por delante de los negocios o de la artesanía con sus mezquinos, empíricos y faltos de perspicacia métodos de preparación y operación. El ejército es de hecho la forma ideal hacia la cual debe tender un sistema industrial puramente mecánico» Lewis Mumford: Técnica y civilización, Altaya, Barcelona 1998, tomo I, pp. 109-110..

La progresiva integración entre la militarización y la máquina dio un salto cualitativo durante los tiempos en los que se produjo la denominada «revolución militar» consistente en cuatro grandes avances que, al unirse, dieron la aplastante superioridad al capitalismo. Un avance fue el de crear una potente, rápida y efectiva artillería de campaña, lo que le permitía concentrar una terrible devastación en un muy reducido espacio; un segundo avance fue desarrollar buques de guerra navegables con artillería muy superior a las de los imperios precapitalistas; un tercer avance fue el de la mosquetería segura y precisa; y un cuarto y último fue el desarrollo de la logística y del abastecimiento necesarios para todo lo anterior. Para mantener esta «revolución militar», los grandes Estados europeos gastaban entre el 70 y el 90% de sus ingresos en todo lo relacionado con la guerra J. R. McNeill y W. H. McNeill: Las redes humanas, Crítica, Barcelona 2004, pp. 213-217. en su sentido amplio, lo que nos da una idea de la dialéctica entre Estado, economía y violencia. Los choques múltiples dentro de Europa y fuera de ésta entre el expansionismo colonialista y la resistencia de los pueblos e imperios, aceleraron la «revolución militar». G. Rudé nos ha legado un brillante capítulo –«Las guerras y la expansión europea» George Rudé: Europa en el Siglo XVIII. La aristocracia y el desafío burgués, Altaya, Barcelona 1998, pp. 276-298.– en el que explica el papel decisivo de la guerra tanto en las contradicciones entre nobleza decadente y burguesía ascendente en el siglo XVIII, como de las tensiones internacionales de los Estados europeos y las repercusiones de ambos en la expansión del capitalismo europeo.

La «revolución militar» impulsada desde la alianza empresarial y el Estado hizo que se creara una mentalidad militar obediente, mecánica y hasta suicida, en defensa de la clase dominante. Los militares europeos estudiaron con rigor a los militares grecorromanos y aprendieron de ellos la utilidad de la disciplina mental y psicológica antes incluso que la física: «La aceptación de las reglas establecidas desde arriba se hizo normal, no sólo porque los hombres temían los duros castigos por las infracciones de la disciplina, sino también porque los soldados rasos encontraban una satisfacción psicológica real en una obediencia ciega e irreflexiva, así como con los rituales de la rutina militar […] La creación de semejante Nuevo Leviatán –quizá casi inadvertida– fue ciertamente uno de los mayores logros del siglo XVII, tan notable como el nacimiento de la ciencia moderna o cualquiera de los grandes avances de la época» W. H. McNeill: La búsqueda del poder, Siglo XXI, Madrid 1988, pp. 146-147.. No es casualidad que fueran las clases sociales más relacionadas con el beneficio mercantil quienes comprendieron que la pérdida de tiempo es perjudicial tanto para la economía como para la guerra, y quienes buscaron en la mentalidad racional-mercantil de los militares grecorromanos los métodos para ahorrar tiempo mediante la disciplina. Esta problemática está expuesta con más detalle en el texto de Iñaki Gil de San Vicente La violencia y lo militar en Marx – La combinación de todas las formas de lucha, de 19 de marzo de 2009, a libre disposición en internet, y remito a él a las lectoras y lectores.

Durante estos siglos, el capitalismo desarrolló una totalidad en la que lo económico-militar y lo cultural-bélico se imbricó en el Estado, resultando una matriz social en la que las violencias opresivas sustentaban el ejercicio de la democracia-burguesa patriarcal y eurocéntrica, primero censitaria y muy restringida socialmente y, después, debido sólo y exclusivamente a las luchas populares, más abierta en lo aparente pero cerrada herméticamente en lo decisivo, en la política económica y en la militar. El concepto de matriz social, explicado al comienzo de este texto, muestra de nuevo su efectividad porque muestra cómo y por qué el capitalismo europeo supo asumir la lógica racional-mercantil de los militares grecorromanos, integrándola en una mentalidad superior, más compleja, pero también centrada en la denominada «abstracción-mercancía». La matriz social capitalista subsumió así la tendencia mercantil precapitalista hacia el terrorismo en la tendencia capitalista hacia el terrorismo, recuperando la ferocidad del primero pero mejorándola con la tecnociencia del segundo. Es esta misma base común la que responde a la pregunta sobre por qué la civilización burguesa eurocéntrica encuentra tanta identidad sustantiva en los crímenes brutales del esclavismo grecorromano, en su fusión entre terror y cultura, crueldad y placer, y muerte y belleza.

La matriz social capitalista en lo relacionado con las violencias y el terrorismo se sustenta, muy especialmente, en el papel del Estado burgués como el centralizador estratégico de la dialéctica entre reproducción y represión, entre consenso y coerción. Debemos tener en cuenta esta totalidad para entender por qué la violencia capitalista fue tan superior a la de otros muchos pueblos. Según G. Parker: «Los pueblos indígenas de América, Siberia, África negra y el sudeste asiático perdieron su independencia porque parecían incapaces de adoptar la tecnología militar occidental, los del mundo musulmán sucumbieron aparentemente por no poderla adaptar a su propio sistema militar. Por el contrario, los pueblos del este de Asia fueron capaces de mantener a raya a Occidente durante todo el período inicial de la Edad Moderna porque, al parecer, conocían ya las reglas del juego. Las armas de fuego, las fortalezas, los ejércitos permanentes y los barcos de guerra habían formado parte durante largo tiempo de la tradición militar de China, Corea y Japón» Geoffrey Parker: La revolución militar, Crítica, Barcelona 1990, p. 186.. Si nos fijamos, quienes no pudieron adoptar el militarismo europeo se caracterizaron por la debilidad de sus estructuras estatales; quienes no pudieron adaptar ese militarismo al suyo, se caracterizaron por el «atraso» de su estatalismo en comparación al europeo y, por último, los Estados fuertes asiáticos resistieron con cierta efectividad las agresiones europeas, hasta un límite. Por unas u otras razones, los Estados y las matrices sociales correspondientes aparecen siempre en el centro del problema. Aún así, debemos recordar siempre la larga lista de guerras de todas clases, sobre todo de contraguerrilla, que los ejércitos occidentales han tenido que librar durante muchos años –y siguen librando– desde comienzos del siglo XIX y que sólo han sido ganadas por los invasores occidentales gracias a su superioridad en armamento Gérard Chaliand: Guerras y civilizaciones, Paidós, Barcelona 2006, pp. 301-305.. No hay duda de que estas guerras han influenciado poderosamente en la ideología burguesa, en la sociología, como expondremos más adelante.

Antes de pasar a enumerar solamente cinco ejemplos que reafirman el papel fundamental del Estado por activa y por pasiva, debemos ofrecer una especie de punto comparativo, demarcador, entre el Estado burgués y el Estado proletario tal cual estuvo operativo en la Comuna de París de 1871, para así disponer de referentes que nos permitan una mejor comprensión de los cinco ejemplos que siguen. Vamos a contrastar el Estado burgués y el Estado proletario en cuatro aspectos cruciales: primero, en lo referente a los funcionarios, el Estado burgués usa empleados impuestos por la burguesía, mientras el Estado proletario usa delegados elegidos por el pueblo. Segundo, en lo referente al poder armado y al ejército, el Estado burgués los usa para oprimir al pueblo y defender a la burguesía, mientras que el Estado proletario los usa para defender al pueblo (Guardia Nacional). Tercero, en lo referente a la propiedad, el Estado burgués protege la propiedad capitalista de la tierra, las industrias, etcétera, mientras que el Estado proletario realiza la confiscación de la propiedad de los capitalistas que huyeron e instaura el control obrero sobre las industrias. Y, cuarto, en lo referente a la situación de los obreros, el Estado burgués impone largas horas de trabajo, cruel explotación, multas, opresión, etcétera, mientras que el Estado proletario asegura la jornada de ocho horas, la eliminación de la explotación, de las multas, de la opresión, etcétera Rosa María Yañez: Historia general del Estado y del Derecho, Edic. ENSPES, La Habana 1983, p. 95.. No hace falta un análisis detallado para mostrar cómo la producción y el militarismo están interrelacionados en cada uno de los cuatro aspectos expuestos y cómo, a su vez, ayudan de modo decisivo a estructurar el Estado burgués, del mismo modo que, justo lo contrario, el pueblo en armas, el control obrero y la elección de delegados garantizan una interacción muy diferente entre Estado proletario y producción económica.

Uno de los ejemplos es el de Etiopía, que se enfrentó a diversos enemigos africanos pero, sobre todo, al imperialismo italiano al que derrotó en 1896 gracias a la formación de un ejército con la tecnología militar occidental Daniel R. Headrick: Los instrumentos del imperio, op. cit., pp. 105-107.. Italia poseía desde 1882 una concesión en el puerto de Assab, junto al mar Rojo. En 1885 empezó a invadir territorios cercanos como el puerto de Massana y luego la costa de lo que hoy es Eritrea, hasta lograr imponer un protectorado en Etiopía en 1889. Pero el emperador Menelik preparó una sublevación tras pedir y obtener el apoyo militar francés. Tras la sublevación, Italia envió refuerzos a las órdenes del general Baratieri, que fueron exterminados casi en su totalidad en los desfiladeros de la región de Adua el 1 de marzo de 1896. Si bien Italia no tuvo más remedio que reconocer la independencia etíope, su venganza se realizó con la invasión de octubre de 1935. La resistencia etíope fue tenaz pese al empleo sistemático de la aviación por los italianos, con sus bombardeos indiscriminados de poblaciones civiles indefensas, adelantando lo que poco después serían los bombardeos de Durango y Gernika por el ejército internacional a las órdenes del dictador Franco. Addis Abeba fue tomada en mayo de 1936 Emile Wanty: La historia de la humanidad a través de las guerras, Alfaguara, Madrid 1972, tomo II, pp. 91-93..

Otro ejemplo, el segundo, trata de las sucesivas luchas de las poblaciones malgaches que ya hicieron fracasar el intento francés de invadir Madagascar a partir de 1642; y que de un modo u otro mantuvieron las oposiciones a los sucesivos invasores occidentales de manera que a finales del siglo XVIII no quedaba ningún establecimiento francés en la isla y ninguno europeo a comienzos del siglo XIX Rafael Sánchez Mantero: La civilización africana, en «El Siglo XIX», Historia de la Humanidad, op. cit., tomo 25, p. 129.. Esto facilitó que en la primera mitad del siglo XIX la reina Ranavalona I expulsase a los misioneros, cerrara la isla a los europeos y derrotase a un ejército anglo-francés en la batalla de Tamatave en 1846. Es innegable que las dos primeras medidas más la victoria militar son tres actos típicos de todo Estado que quiere, primero, erradicar toda influencia religioso-cultural extranjera para desarrollar su propio complejo lingüístico-cultural y religioso, es decir, identitario, en peligro de extinción; segundo, asegurar la propiedad estato-nacional del excedente social colectivo producido por el pueblo malgache, impidiendo el saqueo de los comerciantes extranjeros, y, el tercero y decisivo en última instancia, asegurar la independencia político-militar del país mediante la derrota de la coalición invasora. Sin embargo, los sucesores de Ranavalona I aceptaron de nuevo a los extranjeros, debilitando la independencia nacional y la fortaleza del Estado malgache, con el resultado de que para 1885 el Estado francés pudo declarar a Madagascar protectorado, y tras reprimir la sublevación popular de 1896 la anexionó como colonia. Los malgaches lograrían su independencia en 1947 AA.VV.: «Madagascar», en La Enciclopedia, Salvat, Madrid 2003, tomo 12, p. 9417..

El tercer ejemplo
o muestra la debilidad de un pueblo invadido por el imperialismo holandés que tuvo que aceptar las duras exigencias extranjeras debido a que su desesperada resistencia militar no pudo dar el salto a la creación de un Estado fuerte. Nos referimos al pueblo de Aceh, cuyos habitantes «aunque poco unidos, opusieron una feroz resistencia a la dominación holandesa. Tras fracasar en sus tentativas de obtener ayuda exterior, emprendieron una lucha de guerrilla que se prolongaría durante un cuarto de siglo. Aunque más adelante chocarían con algunos núcleos de resistencia, en 1898 los holandeses se sintieron lo bastante fuertes como para imponer a todos los príncipes que se hallaban bajo su dominio los Tratados Sucintos, que anulaban todos los acuerdos firmados anteriormente y estipulaban que la función de los jefes de los «Estados indígenas», pagados por el gobierno colonial, consistía en ejecutar las órdenes de éste» María Soler Sala: «Imperialismo colonial en Insulindia», en Historia Universal Salvat, Madrid 2004, tomo 18, p. 198.. Los «democráticos» Países Bajos mantuvieron una guerra injusta durante decenios para obtener unos beneficios para su burguesía, pero también para su proletariado. Lo que de nuevo confirma la valía y la necesidad del método dialéctico, es el hecho de que, como hemos visto anteriormente, mientras los Países Bajos resistían a los invasores nazis en 1940-1945 aunque de una forma «moderada» y con relativamente pocos muertos en comparación a otros países ocupados Gabriel Jackson: Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX, Crítica, Barcelona 2008, p. 259., seguía pensando y actuando como potencia imperialista en Asia. En realidad, lo mismo hicieron todas las potencias europeas ocupadas por los nazis que tenían posesiones en otros continentes, como el caso francés que endureció su imperialismo nada más liberarse para descargar buena parte de los costes de la guerra y de la reconstrucción sobre esos pueblos oprimidos.

El cuarto ejemplo es emblemático porque no solamente muestra la importancia del Estado sino también su capacidad de manipulación de las masas creyentes y de dirección estricta del proceso social. Cuando los portugueses y los jesuitas llevaron las armas de fuego a Japón en la mitad del siglo XVI, el emperador Hideyoshi hizo creer a los campesinos que iba a construir un gran templo en Kyoto para lo que necesitaba todas sus armas J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, Edic. Folio, Barcelona 1998, tomo I, p. 32., que se las entregaron convencidos de que decía la verdad; también desarmó a la nobleza. Durante tres siglos, la dinastía dominante impuso una paz muy reglamentada pero desarmó al pueblo y a la nobleza, negándose a desarrollar la tecnología militar necesaria. Por esto, cuando en 1853 la armada norteamericana y poco después la de la Gran Bretaña y Rusia impusieron severas condiciones comerciales a Japón, estalló casi de inmediato, en 1860, un movimiento de reafirmación nacional que ha sido denominado «revolución meiji», tomó el poder del Estado lanzándose a introducir el capitalismo a marchas forzadas mediante una planificación severamente dirigida por el Estado. Todo lo militar fue objeto de una meticulosa estrategia y las crecientes protestas sociales, que se mostraban con el ascenso del partido comunista japonés, fueron reprimidas ferozmente y el partido despedazado J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, op. cit., pp. 14-15. por las detenciones masivas en 1927. Derrotado el movimiento obrero y revolucionario, el nacionalismo imperialista impulsado por el Estado llegó a cambiar el propio budismo que pasó de su esencial seña de identidad pacifista y no violenta a entrenar militarmente a los monjes, mientras que los sacerdotes Shinto alistados en el ejército imperial fueron sustituidos por mujeres sacerdotisas J. R. Elting, H. C. Parish y K. Kawana: Japón en guerra, op. cit., p. 74. rompiendo la tradición religiosa.

El quinto y último es el que más contenido histórico tiene por su importancia, como veremos. Según E. Toussaint:

«La utilización de la deuda externa como arma de dominación ha jugado un rol fundamental en la política de las principales potencias capitalistas a finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX en relación con aquellas potencias de segundo orden que habrían podido pretender acceder al rol de potencias capitalistas. El imperio ruso, el imperio otomano y China solicitaron capitales internacionales para acentuar su desarrollo capitalista. Estos Estados se endeudaron fuertemente bajo la forma de emisión de bonos públicos con préstamos en los mercados financieros de las principales potencias industriales. En el caso del imperio otomano y de China, las dificultades encontradas para rembolsar las deudas contraídas los pusieron progresivamente bajo la tutela extranjera. Las cajas de deuda son creadas y gestionadas por funcionarios europeos. Estos últimos mandaban sobre los recursos del Estado a fin de que cumpliese con los compromisos internacionales. La pérdida de su soberanía financiera condujo al imperio otomano y a China a negociar el reembolso de sus deudas contra concesiones de instalaciones portuarias, líneas de ferrocarriles o enclaves comerciales. Rusia, amenazada por la misma suerte, utilizará otro camino tras la revolución de 1917, repudiando todas las deudas externas consideradas como odiosas» Eric Toussaint: La bolsa o la vida. Las finanzas contra los pueblos, Edit. Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2003, p. 97..

Mientras que en los tres casos anteriores hemos visto cómo los pueblos necesitaban recurrir bien a Estados, aunque fueran débiles, bien a una mínima autoorganización protoestatal para resistir a las invasiones que sufrían, al margen de la suerte última que tuvieron cada uno de ellos, ahora vemos un caso en apariencia diferente del todo, pero idéntico en lo esencial. La capacidad de un Estado para garantizar la independencia de su pueblo se mide, en última instancia, por su fuerza militar, pero ésta depende de principio a fin de su fuerza económica, de su capacidad productiva. Sin esta segunda, la primera se hunde tarde o temprano. Peor aún, teniendo alguna fuerza militar residual, restos de glorias pasadas, pero habiendo perdido ya su poder económico, en estos casos tan frecuentes, no pasará mucho tiempo sin que se debilite la independencia económica, sin que comience la dependencia hacia las empresas, banca y Estados extranjeros, más poderosos en lo económico y que incluso ni necesitan el recurso de la fuerza militar para explotar económicamente a la antaño potencia económico-militar.

La tragedia de Rusia, China y Turquía, que habían sido poderosos imperios con poderosos Estados y ejércitos, fue precisamente ésta, que no pudieron mantener su productividad económica al ritmo del aumento de la productividad de otras potencias, antes más débiles. Tuvieron que recurrir a préstamos en condiciones leoninas y a la larga toda deuda económica es deuda política. Su debilidad económica originó su debilidad militar, y el imperialismo se benefició de ello. Las clases y naciones oprimidas por el imperio zarista hicieron la revolución para recobrar las independencias correspondientes, y con el tiempo lo mismo tuvieron que hacer los chinos y, con diferencias, los turcos porque ésta no fue una revolución social, y menos socialista, sino una revolución política, laica y militar destinada a occidentalizar en lo posible a Turquía, buscando reinstaurar partes de su imperio perdido, como bien lo sufrieron los armenios, con el extermino de un millón y medio de personas entre 1915 y 1923 a través de un implacable genocidio http://www.genocidioarmenio.org, 5 de septiembre de 2009..

La capacidad de los Estados europeos más poderosos para moverse entre estas complejidades evitando el estallido de una guerra europea se demostró a finales del siglo XIX, en los años de negociación de «la gran rebatiña» del continente africano, troceado y repartido entre algunas potencias europeas. Leopoldo II de Bélgica, que «más que un soberano era un hombre de negocios» Alfonso Lazo Díaz: «La expansión colonial», en Historia de la Humanidad, Arlanza Edic., Madrid 2001, tomo 25, p. 163., impuso en el Congo ocupado por Bélgica una explotación atroz cercana al esclavismo, obteniendo suculentos beneficios para la burguesía belga, y después organizó el reparto de África entre algunas potencias europeas. El hecho de que todos los Estados interesados actuasen de común acuerdo evitó el estallido de la guerra en Europa en la década de 1880 Alfonso Lazo Díaz: «La expansión colonial», op. cit., p. 166.. Y esto es precisamente lo que ahora más nos interesa, a saber, la relativa eficacia de la previsión estratégica centralizada por el Estado para evitar, durante un cierto tiempo, que las contradicciones sociales no llevaran el capitalismo a una guerra internacional, como terminó sucediendo al cabo de dos décadas.

Al final, la guerra estalló porque la irrupción de la fase imperialista así lo exigía. Los Estados, sin embargo, quedaron superados por la rapidez e intensidad de la nueva forma de guerra, por la enorme letalidad de las fuerzas destructivas desencadenadas por el capitalismo. El fracaso estatal a la hora de prever las nuevas exigencias de la guerra Antonio Martínez Teixidó (dirc): Enciclopedia del Arte de la Guerra, Planeta, Barcelona 2001, p. 304. no anula la valía del Estado como garante del capital, al contrario. La readaptación de los Estados a las necesidades fue rápida e incluso un Estado podrido hasta la médula como el zarista pudo recuperarse en 1916, aunque la ofensiva de ese verano fue el canto del cisne del imperio. De cualquier modo, lo decisivo fue que los Estados europeos que supieron expandir su imperio a otros continentes, es decir, los que mejor fusionaron la militarización y el imperialismo fueron los que, a la postre, ganaron la guerra, mientras que los que se limitaron al continente la perdieron J. M. Winter: La primera guerra mundial, Aguilar, Madrid 1992, p. 40..

Quiere esto decir que si bien la planificación militar a corto plazo fracasó, la planificación imperialista y militarista a largo plazo triunfó porque enormes cantidades de carne de cañón, materias primas y alimentos fueron expropiados violentamente por el imperialismo para ser sacrificados en beneficio de algunas burguesías. Esta segunda y decisiva planificación estratégica es la que nos interesa para comprender las causas estructurales del terrorismo en el modo capitalista de producción. No vamos a extendernos aquí sobre la demostrada valía teórica del marxismo al descubrir qué era el imperialismo y qué relaciones esenciales mantenía y mantiene con la militarización, con las violencias y con la atrocidad, y también con los medios de propaganda, con la prensa, que actuaba tan al unísono con el militarismo imperialista que Lawrence, experto en manipular el sentimiento nacional árabe para lanzarlo a la guerra contra turcos y alemanes en 1914-1918, traicionándolo después, dejó escrito que la imprenta era «el arma más grande en el arsenal del comandante moderno» Eulalio Ferrer Rodríguez: De la lucha de clases a la lucha de frases, Taurus, México 1995, p. 372..

La militarización es así inseparable de las necesidades ciegas del capitalismo que le llevan a pretender explotar a toda la humanidad, y ambas son inseparables del Estado necesitándolo e impulsándolo. Dicha dinámica fue analizada en sus formas genético-estructurales por muchos marxistas, especialmente por Marx y Engels y más tarde por Rosa Luxemburg, Lenin, Bujarin, Trotsky, además de otros socialistas como Hilferding y otros. A comienzos de los años cincuenta del siglo XX, F. Sternberg avanzó la tesis, entre otros logros, de que el capitalismo se encaminaba hacia la proliferación de «guerras pequeñas» Fritz Sternberg: La revolución militar e industrial de nuestro tiempo, FCE, México 1961, pp. 82-120. que se insertaban como tácticas de una estrategia general, como ha demostrado R. González Gómez con su estudio sobre la militarización impulsada deliberadamente por Estados Unidos como parte esencial de su poder imperialista a lo largo de toda la «guerra fría», destacando determinadas constantes que se han mantenido durante estos decenios por debajo de las diferentes doctrinas elaboradas, y que buscaban un único objetivo: «la contención del comunismo» Roberto González Gómez: Estados Unidos: doctrinas de la guerra fría 1947-1991, Edit. Orbe Nuevo, Centro de Estudios Martianos, La Habana 2003, p. 241 y ss..

La militarización en todas sus formas fue teorizada en el truculento informe Iron Mountain encargado en 1961, y que fue coordinado por tres destacados miembros de la Administración Kennedy. Fue conocido en 1966 gracias a que un único diario se atrevió a publicarlo en medio del silencio cómplice de la mayoría aplastante de la prensa imperialista. Una de las propuestas del informe era popularizar la «guerra deseable»; otra la de crear miedo en la sociedad a supuestos enemigos peligrosos y amenazas de toda índole, desde extraterrestres hasta enfermedades y plagas: «además, podrían introducirse juegos violentos orientados a la sociedad y contemplaba el establecimiento de una fuerza policial internacional omnipresente y virtualmente omnipotente» Cristina Martín: El Club Bilderberg, ArcoPresigs, Barcelona 2008, pp. 164-168..

La necesidad del Estado es incuestionable a lo largo de la creciente fusión entre la economía y la militarización, por mucho que toda una corriente reformista lo niegue. Incluso un investigador que en absoluto toca para nada la militarización como es R. Jessop, que se centra exclusivamente en lo económico, hablando de lo «extraeconómico» Robert Jessop: El futuro del Estado capitalista, Catarata, Madrid 2008, pp. 265-304. para referirse al conjunto de problemas de todo tipo que influyen desde «fuera» en lo económico, demuestra que el Estado es cada vez más necesario para el modo de producción capitalista. Andrés Casas habla «de la militarización como “modo de regulación” y de guerra global como instrumento político» Aldo Andrés Casas: Guerra y Militarismo en el Siglo XXI, Herramienta, Buenos Aires, nº 33, octubre de 2006, p. 23., basándose en una tendencia innegable al militarismo en el capitalismo contemporáneo, tendencia que hemos visto ya embrionaria y latente en la civilización grecorromana, que fue dando saltos cualitativos y acelerones en siglos posteriores, con sus inevitables estancamientos, hasta llegar a la «revolución militar» antes vista. Como síntesis de todo este proceso, en lo que a nosotros nos interesa ahora, es la tesis de R. Osborne de las relaciones entre artillería y civilización, tesis ya sostenida de forma diferente por otros autores. Tras narrar el impacto destructor de los cañones de las grandes monarquías en ascenso desde finales del siglo XV, que barrieron todo el poder de la nobleza y del Vaticano, explica que la artillería, como nueva arma, exigía cambios totales en la sociedad y en el Estado y concluye: «El nuevo modelo se iba reforzando a sí mismo y condujo al nacimiento de un nuevo tipo de Estado y de una nueva civilización» Roger Osborne: Civilización, Crítica, Barcelona 2007, p. 259..

Como hemos dicho al comienzo, la civilización es la síntesis social de un modo de producción. Si éste, o mejor dicho, si el modo de producción dominante en una época histórica está basado en la explotación económica, en la opresión política y en la dominación cultural, entonces la totalidad de las relaciones dominantes y decisivas para la producción social y su reproducción simultánea estará a su vez bajo los dictados de la explotación, opresión y dominación. Toda la síntesis social que refleja, expone y a la vez refuerza la estructura civilizatoria existente, también reforzará, expondrá y reflejará esas dinámicas explotadoras, opresoras y dominadoras. Dentro de este sistema el Estado cumple una función clave y con él el resto de aparatos vitales para asegurar y acelerar la producción y la reproducción. Los casos vistos hasta ahora muestran por activa o por pasiva la necesidad de un Estado que elabore una política centralizada tanto en la dialéctica entre la reproducción y la producción, como en la dialéctica entre el consenso y la coerción, sin olvidar la defensa que garantice la independencia nacional. Así, la creación de «orden» va unida a la creación de «ley», y ambas a la planificación estratégica de los objetivos a medio y largo plazo. La civilización es, por tanto, la síntesis social de todo ello, lo que hace que la obediencia al poder opresor aparezca como «normal» porque es «civilizada» y porque, en caso de desobediencia, la civilización está apoyada en su artillería.

El Estado, esa máquina de obediencia

Portinaro define de manera general al Estado como «una máquina de obediencia» y afirma que:

«Para un análisis de la trayectoria de los Estados, es ineludible considerar las técnicas, las prácticas y las ideologías en acción a los efectos de producir obediencia. Los Estados son aparatos para producir obediencia o para persuadir a la obediencia […] Miedo, interés, honor, son los resortes que en cada coyuntura histórica resultan activados para conseguir un comportamiento adecuado: a través del monopolio de la coerción, el Estado atemoriza recurriendo a los discursos a su disposición, dispensando ventajas materiales y honorabilidad social (ya para Bodin, como se ha visto, un imprescindible requisito de la soberanía). Pero el temor, el interés material, la consideración social no bastan para garantizar la estabilidad del poder. Existe un factor ulterior: la creencia en su legitimidad, entendida como cualidad peculiar, de carácter personal, del poseedor del poder, o bien como validez de un ordenamiento impersonal […] Una vez más, el modelo de esta evolución está constituido por la Iglesia, que durante siglos había dado pruebas de su capacidad disciplinadora y de su virtuosismo para conjugar el elemento activo del mando con el pasivo de la obediencia, educando para el autocontrol a los pastores y para la obediencia a la grey» Pier Paolo Portinaro: Estado, Claves, Buenos Aires, Argentina 2003, p. 87..

No entramos ahora en el debate sobre las limitaciones del concepto de «máquina» desde la perspectiva de las visiones instrumentalistas del Estado, que lo reducen a una simple maquinaria que funciona mecánicamente, sin apenas contradicciones internas y, sobre todo, libre de las contradicciones en el seno del Estado, contradicciones que responden a las tensiones existentes entre diversos sectores del bloque de clases dominante AA.VV.: Capitalismo y Estado, Edit. Revolución, Madrid 1985, pp. 198-205.. Sí debemos decir que, en lo que respecta, a la represión y al terrorismo, estas fricciones innegables en el seno del Estado, la autonomía relativa de sus partes, tienden a desaparecer o se supeditan a la línea dominante. Dicho esto, es innegable que el miedo, el interés, el prestigio y la legitimidad son cuatro de las razones que explican la supervivencia de la explotación y del Estado que la garantiza, pero el autor olvida, al menos, el decisivo papel de la alienación, del fetichismo y de la coerción sorda del capital sobre el trabajo, a no ser que por razones de economía intelectual las incluya en las cuatro que ha citado. Sin entrar en debates bizantinos, podemos completar la tesis de este autor con la de C. Tuya sobre cómo la ideología reformista oculta la eficacia de la pedagogía del miedo mediante la fraseología sobre el consenso y la coacción, negando la realidad estructural y objetiva de la dialéctica entre «ley», «dominio» y «fuerza»:

«La “ley” expresa siempre una determinada “correlación de fuerzas” sociales. Es por decirlo de alguna manera, su tiempo “muerto”, pese a que su base es algo dinámico, “hacer cumplir la ley” tiene, por tanto, un carácter inmovilista, trata de cosificar la “correlación de fuerzas”, y se opone, con toda su fuerza –que siempre es mayor que la fuerza de la ley– al cambio de dicha correlación. La ley expresa el dominio, y la lucha contra el dominio es siempre, de una u otra forma, la lucha contra la ley (lo cual no quiere decir que esta lucha deba ser violenta, o incluso “ilegal”). Por eso, las masas en su avance histórico siempre han estado “fuera de la ley”. Toda ley presupone necesariamente una ilegalidad precedente y una posterior ilegalidad. El momento de la fuerza siempre precede y acompaña al del consenso. O si se quiere, el consenso siempre es la fuerza aceptada, la fuerza como base de la convivencia. La fuerza es la capacidad operativa, estatal por tanto, de una clase para configurar la sociedad, que es el consenso. Y sólo esa capacidad puede generar el consenso de otras clases y convertir la fuerza en función social. Por eso, el problema del famoso consenso, otra de las piedras angulares del reformismo, que utiliza así una vieja y querida categoría de la sociología y teoría burguesa, queda en la práctica reducido a la coerción y la consagración del dominio. Así, el consenso generado por la clase obrera, indispensable para su conquista del poder y la manifestación de su hegemonía, sólo puede establecerse en la fuerza, entendida como la capacidad de dotarse de organicidad estatal y, por tanto, fuerza contra el dominio burgués, que en cuanto tal se ofrece a las clases subalternas como alternativa social» Carlos Tuya: La función histórica del Estado y de la democracia, Akal, Madrid 1980, pp. 134-135..

La constatación de que las masas, en su avance histórico, siempre han estado «fuera de la ley», es decisiva para entender que el terrorismo es el último recurso del poder para introducir a las masas «dentro de la ley» a base de violencias, torturas, cárceles, campos de exterminio y desapariciones. Para introducir a las clases peligrosas «dentro de la ley» interviene la violencia del Estado, la dinámica compleja y multifacético que va de la provocación del temor al terrorismo masivo. Mientras que las masas permanecían pasivas «dentro de la ley», el sistema podía suavizar sus represiones e incluso dejar de usar las más brutales, pero cuando se reiniciaban las luchas y especialmente si se producían cambios cualitativos en la producción y en la reproducción, creando una «nueva» clase explotada que radicalizaba sus luchas, entonces el poder volvía a los métodos brutales abandonados, y creaba otros nuevos. Foucault constata una disminución del recurso al suplicio desde finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, aunque no desaparece la «acción sobre el cuerpo» Michel Foucault: Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid 1986, p. 23.. De las diversas razones que ofrece, la que ahora más nos interesa es su análisis sobre los cambios en las formas de resistencia y bandidaje sociales a lo largo del siglo XVIII en respuesta a las mejoras represivas de los Estados, lo que obliga a los bandoleros a cambiar sus formas de acción para eludir la creciente efectividad estatal Michel Foucault: Vigilar y castigar, op. cit., p. 79., intervención estatal que recurría masivamente a la propaganda criminalizadora pero que, en determinados casos, como el de un tal Montagne Michel Foucault: Vigilar y castigar, op. cit., p. 71. en 1769, podía volverse contra el Estado al producir en el pueblo trabajador empobrecido y machacado un efecto-rebote de simpatía hacia el bandolero. Siendo esto cierto, lo decisivo fue que la naciente revolución industrial empezaba ya a crear la incipiente lucha del proletariado industrial.

Era una época en la que los Estados europeos más potentes, sobre todo el británico, mantenían permanentes guerras injustas contra los pueblos a los que querían dominar y, a la vez, como hemos visto, dentro de Inglaterra el contexto social era de malestar por la pobreza. Con el ejército y la marina dedicados a exterminar pueblos y a ganar guerras interimperialistas, hacía falta una fuerza represiva interna en Europa. D. Garibaldi ha estudiado cómo las medidas «criminales» de las masas empobrecidas, como robos de barcos, de almacenes y tiendas, así como otras prácticas de defensa frente a las malas condiciones de vida Daniel Garibaldi: La seguridad interior y sus ausencias, http://www.elaleph.com, http://www.rebelion.org, 24 de julio de 2009, p. 14 y ss. realizadas por las clases explotadas, llevaron en el siglo XVIII a la aparición de las policías, primero en Inglaterra, más tarde en el Estado francés y por fin en el resto de Estados burgueses. Pero creada la policía para proteger la propiedad privada, la tendencia anterior al abandono del terrorismo en su forma más atroz empezó a revertirse, pero no en otras más suaves, es decir, en la disminución de la tortura y del suplicio, del tormento, aplicados sistemáticamente y masivamente hasta esa época. Las luchas de la clase obrera que se estaba formando al mismo ritmo en el que se formaba la burguesía y, sobre todo, en que se expandía la revolución industrial, exigían cada vez mayores medidas represivas, como hemos visto anteriormente en el análisis de Thompson, aunque, en líneas generales, el último cuarto del siglo XIX fue «relativamente “pacífico”» AA.VV.: «El movimiento obrero y socialista después de la Comuna de París», en El movimiento obrero internacional, Edit. Progreso, Moscú 1982, tomo II, p. 228. en comparación con las violencias terroristas posteriores desatadas por la burguesía.

Fue un proceso complejo, con altibajos y vaivenes, tanto como el de la formación del movimiento obrero a partir de las sectas obreras tan bien estudiadas por E. J. Hobsbawm E. J. Hobsbawm: «Las sectas obreras», en Rebeldes primitivos, Ariel, Barcelona 1974, pp. 191-226.. Hemos transcrito en su literalidad lo de contexto social «relativamente “pacífico”» en el último cuarto del siglo XIX, porque estamos de acuerdo con la advertencia de Alfonso Sastre de que si bien muchos Estados abolieron legalmente la tortura, ello no implicaba a la fuerza y automáticamente que se hubiese dejado de torturar en las oscuras e inaccesibles cloacas de los Estados. Después de citar las fechas de prohibición oficial de la tortura por algunos Estados, como los de Noruega, Bulgaria, Turquía y el Estado español en 1814, Sastre advierte que «eso no quiere decir que la tortura no se siga practicando» Alfonso Sastre: «La tortura: un poco de historia», en Tortura y sociedad, Edit. Revolución, Madrid 1982, p. 135.. De la misma opinión que Sastre es el especialista chileno D. A. Egaña que habla de «represión de baja intensidad», advirtiendo que «los gobiernos han descubierto que la represión no necesita de la espectacularidad para ser eficiente. Hubo un momento en la historia en que la tortura era legítima tanto en el proceso como en la pena. Era un acto público, ejemplificador. Pero a finales del siglo XVIII, como bien relata Foucault, junto a toda la reflexión de los derechos del hombre, nace la cárcel moderna y el carro celular. El espectáculo es sustraído de la escena pública, y aparentemente la tortura desaparece. Pero sabemos que eso es una ilusión, que la tortura nunca desapareció y sólo fue proscrita del abanico de prácticas que maneja “legítimamente” el Estado. De cierta forma, la represión de baja intensidad es un nuevo carro celular, destinado a esconder el “espectáculo” de la esfera pública. La dispersión es un ejemplo de ello. Al ubicar al detenido a grandes distancias de su familia y de sus redes sociales, no sólo se le mantiene virtualmente incomunicado, rompiendo los lazos que le vinculan a cierta comunidad, sino que se intenta eliminar o al menos limitar una serie de manifestaciones que las redes sociales del detenido pueden realizar fuera de las cárceles, evitando hacer público las razones que envuelven la detección. […] los gobiernos han descubierto que sin romper los límites de una democracia es posible articular sistemas represivos altamente selectivos. Lo que se llama represión de baja intensidad tiende a hacerse en los estrictos límites del derecho, satisfaciendo las exigencias de la comunidad internacional. Y ése es uno de los peligro de orientar los debates sobre el uso de la violencia ilegítima hacia formalismos» Daniel Andrés Egaña Rojas: La represión de baja intensidad, http://www.lahaine.org, 2 de noviembre de 2008..

E. Peters ha estudiado el proceso que va desde las mejoras cualitativas en las fuerzas policiales, en el sentido «moderno», de la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XVIII, concretamente cita el año 1754, que se precipita posteriormente al calor de la revolución industrial y de la agudización de las luchas obreras y populares, citando los disturbios de Gordon 1780 y la matanza de Paterloo de 1818, hasta finales del siglo XX, mostrando cómo ante este ascenso de las resistencias de las gentes explotadas, la autoridad establecida volvió a recurrir a la tortura a lo largo del siglo XIX. Especial mención hace este investigador de la tortura practicada por las diversas policías en Estados Unidos de Norteamérica Edward Peters: La Tortura, Alianza Editorial, Madrid 1987, p. 158., país muy avanzado en el desarrollo de las fuerzas policiales durante el siglo XIX, para concretar un poco más adelante que:

«El desarrollo de una burocracia administrativa en la mayoría de los Estados de Europa y América del Norte a finales del siglo XIX, unida a las fuerzas policiales que estaban bajo control político independiente o a fuerzas policiales encargadas específicamente de tareas políticas, ofreció un amplio espacio para el resurgimiento de la tortura, aun en Estados con una judicatura fuerte e independiente y en donde la ley prohibía expresamente la tortura. El Estado había creado otros funcionarios, además de los jueces, a quienes podía confiarse la tortura, y la prohibición legal de la tortura significaba poco si sólo regía para los jueces y funcionarios de tribunales y no para funcionarios del Estado que estaban fuera de su control. El crecimiento de la policía de seguridad del Estado, la policía política propiamente dicha, es quizá la última causa de la reaparición de la tortura en el siglo XX. Pero cronológica e institucionalmente fue precedida por el segundo de los órganos extrajudiciales del Estado moderno: el militar» Edward Peters: La Tortura, op. cit., pp. 159-160..

Recordemos que este capítulo ha empezado analizando las interacciones de fondo entre la producción y reproducción, el Estado y el militarismo y que hemos estudiado cómo la burguesía desarrolló una nueva interacción entre represión, policía, tortura y ejército en respuesta a las nuevas formas de lucha de las clases explotadas. Ha sido durante este proceso represivo innovador, intensivo y extensivo, cuando se ha creado el nuevo modelo de contrainsurgencia. En un estudio colectivo que ya es un clásico en el tema, se estudiaron los objetivos, estrategias y tácticas de Estados Unidos respecto a las luchas en Latinoamérica, y se elaboró una definición básica de la contrainsurrección: «traducida a un lenguaje no técnico, la contrainsurrección es un enfoque de cebo y castigo, cuyo objeto es contener a los movimientos sociales dentro de límites aceptables para los intereses estadounidenses, exterminando entre tanto, de modo despiadado, a los subversivos» AA.VV.: Imperialismo y Ciencias Sociales. La penetración de las fundaciones norteamericanas y la compraventa de (algunos) intelectuales latinoamericanos, Referencias, La Habana, Cuba 1970, p. 44.. La definición vale, pensamos, para todo Estado que necesite «contener a los movimientos sociales dentro de límites aceptables» para los intereses de la clase burguesa a la que representa y defiende.

Más adelante dedicaremos un capítulo a la contrainsurgencia, así que ahora vamos a cerrar éste desarrollando las conexiones estructurales, internas al Estado, entre la contrainsurgencia, las represiones y las formas «invisibles» de acción represiva estatal. No vamos a extendernos sobre la «guerra sucia» –término equívoco que da a entender que el imperialismo y el Estado burgués son capaces de practicar «guerras limpias»��, por lo que, dejando de lado algunas críticas, nos ceñimos a esta definición realizada por I. Egaña:

«La guerra sucia engloba todas las cuestiones expresamente prohibidas en la guerra convencional: ejecución de personas indefensas, ensañamiento con las víctimas, vulneración de los derechos de los prisioneros, no reconocimiento de las acciones propias, la difusión de noticias falsas, etcétera. Son elementos que, en su conjunto, comportan una forma de hacer lejana de cualquier planteamiento ético y moral, algo ya de por sí puesto en entredicho por la guerra misma. En Euskal Herria, la guerra sucia ha estado presente a lo largo de toda su historia, en función de la actividad más o menos ofensiva de los gobiernos de París y Madrid» Iñaki Egaña: Diccionario histórico-político de Euskal Herria, Txalaparta, Tafalla 1996, p. 385..

Hemos definido el Estado como el centralizador estratégico de las represiones. Quiere decir esto que existen prácticas represivas que se realizan desde fuera del Estado, o relacionadas con éste pero sin ser practicadas directamente por sus aparatos especializados. Volveremos a este tema tan importante cuando critiquemos las tesis de Foucault, Negri y Holloway. Desde la teoría marxista, las diferentes represiones son centralizadas estratégica o tácticamente en el Estado mediante un conjunto de prácticas imprescindibles para asegurar la dominación burguesa en su unidad de clase. En lo que ahora nos interesa, lo relacionado con la contrainsurgencia, las represiones más duras y directamente sociales, clasistas y nacionales, debemos decir que hace tiempo la teoría marxista dejó resuelto el asunto. Por ejemplo, y sin retroceder al siglo XIX, en 1925 V. Serge estudió la importancia de las «policías privadas» en la represión estatal: «La existencia de policías privadas, extralegales, capaces de proporcionar a la burguesía excelentes manos armadas a sueldo», tras un repaso de algunas experiencias europeas, va directamente al corazón y al cerebro del monstruo imperialista: «En Estados Unidos, la participación de las policías privadas en los conflictos entre el capital y el trabajo ha tomado una amplitud temible. Las oficinas de célebres detectives privados proporcionan a los capitalistas soplones discretos, expertos provocadores, riflemen (tiradores de elite), guardias, capataces y también “militantes de trade unions” placenteramente corrompidos» Victor Serge: Lo que todo revolucionario debe saber sobre la represión, ERA, México 1973, pp. 91-92..

Pero las acciones extralegales no se limitan únicamente a las policías privadas y a la guerra sucia sino que existe dentro del Estado, en sus subsuelos y cloacas, un poder invisible e incontrolable en gran medida, compuesto por los servicios secretos. Todas las variantes del reformismo «olvidan» obstinada y sistemáticamente la existencia de esta fuerza represiva. Hemos preferido recurrir a una frase lapidaria dicha por el que fue uno de los responsables máximos de los servicios secretos del Estado francés para zanjar este tema sin el cual no se entiende nada de lo que es el terrorismo: «Los servicios especiales, en guerra permanente, no conocen tiempo de paz» Ch. Ockrent/Conde de Marenches: Secretos de Estado, Planeta, Barcelona 1987, p. 200..

Terrorismo y Estado burgués

El Estado interviene directa e indirectamente en la violencia simbólica y cultural, que analizaremos en su momento. Uno de los objetivos de la violencia cultural es el de tergiversar la realidad imponiendo la ideología dominante, siendo considerable su efectividad para imponerla. Por ejemplo, como sostiene Ozecai, la definición de terrorismo que ofrece el Diccionario de la Real Academia de la Lengua –sintéticamente: dominación por el terror, actos violentos para infundir terror y acciones de bandas organizadas que generan terror indiscriminado– es parte de la «batalla semántica» Ozecai: Definición de terrorismo, http://www.rebelion.org, 31 de diciembre de 2008. que se libra desde el poder, y que deja fuera del concepto de «terrorismo» a muchas situaciones opresoras y violentas, precisamente las que benefician al poder establecido. Analizando una problemática muy parecida, T. Martín sostiene que «[…] la palabra terrorismo da forma léxica (no sé si contenido, pero forma seguro que sí) a una parte importante de nuestro sistema de creencias de ciudadanos españoles. En fin, todo esto es, por supuesto, una canción bien conocida. La resistencia francesa contra el ejército nazi era considerada terrorista, igual que las tropas de George Washington que resistían al imperio británico o los grupúsculos de resistencia españoles en las guerras napoleónicas. Quienes luchan militarmente contra el sistema establecido son terroristas, pero no los que luchan militarmente desde los órganos “legítimos”. Pero lo que se ha conseguido desde posiciones de dominio político es conseguir implantar un estado de cosas en la mente de las personas, conseguir que unas palabras tengan un significado y, desde ellas, construir unos discursos. Todo ello, desde luego, implica el uso del lenguaje, pero no necesariamente el uso de la lingüística, no al menos la que hace Chomsky» Salvador López Arnal: Una conversación con el lingüista barcelonés Txus Martin sobre lenguaje y política, http://www.kaosenlared.net, 13 de noviembre de 2009..

Nir Rosen, ya citado anteriormente por su justa crítica de la ética universal y kantiana dice que:

«El terrorismo es un término normativo y no un concepto descriptivo. Una palabra vacía que significa todo y nada: es utilizada para describir lo que hace el Otro, no lo que hacemos nosotros. Los poderosos, ya sea Israel, Estados Unidos, Rusia o China, siempre describirán la lucha de sus víctimas como terrorismo, pero la destrucción de Chechenia, la limpieza étnica de Palestina, la matanza lenta de los palestinos que quedan, la ocupación estadounidense de Iraq y Afganistán, con las decenas de miles de civiles que ha matado… nunca merecerán el título de terrorismo, aunque el objetivo eran civiles y aterrorizarlos era el propósito. […] Las reglas normativas son determinadas por relaciones de poder. Los que poseen poder determinan lo que es legal e ilegal. Acorralan a los débiles con prohibiciones legales para impedir que se resistan. Que los débiles se resistan es ilegal por definición. Conceptos como terrorismo son inventados y utilizados normativamente como si un tribunal neutral los hubiera producido, en lugar de los opresores. Lo peligroso en este uso excesivo de la legalidad reside en que en realidad la socava, disminuyendo la credibilidad de instituciones internacionales como las Naciones Unidas. Se hace obvio que los poderosos, los que hacen las reglas, insisten en la legalidad simplemente para preservar las relaciones de poder que les sirven, o para mantener su ocupación y colonialismo» http://www.kaosenlared.net, 31 de diciembre de 2008..

Al principio de este texto hemos citado a A. Sastre cuando dijo que el poder llama terrorismo a la guerra de los pobres y guerra al terrorismo de los ricos, y también hemos citado a los historiadores progresistas que definen como «violencia patriótica» lo que los ocupantes nazis en la Segunda Guerra Mundial denominaban «terrorismo», «crimen», «bandidos» y otros apelativos. Dicho con otras palabras, el problema del origen y sentido histórico del terrorismo siempre dependiente del modo de producción dominante, en nuestro caso el capitalista, se resuelve de inmediato cuando nos enteramos que el reciente golpe de Estado realizado contra el pueblo hondureño ha sido sufragado económicamente por las diez familias más poderosas http://www.rebelion.org, 3 de agosto de 2009. de este empobrecido y martirizado país. Precisamente el terrorismo aplicado contra el pueblo hondureño nos remite a las opiniones de B. Martínez Zerpa en las que desde una perspectiva del derecho de autodefensa ante la violencia opresora e injusta, reconocido por algunos sistemas jurídicos internacionales y escuelas políticas y filosóficas, expone la existencia de seis clases de terrorismo, además del contra-terrorismo. Son éstas:

Terrorismo de Estado, uno de cuyos ejemplos lo tenemos en la invasión de Iraq. Terrorismo de agavillamiento, que aparece cuando dos o más Estados agreden a un tercero, o a un pueblo. Terrorismo defensivo, que es la violencia de los oprimidos contra los opresores. Terrorismo mediático, que consiste en la manipulación y mentira propagandística. Terrorismo jurídico: «consiste en encarcelar o ejecutar a los adversarios con irrespeto al debido proceso en violación a las leyes del país y a las leyes internacionales. Utilizar la tortura como medio para obligar a los detenidos a declarar lo que ellos quieran, dado el terror que estas torturas producen en la persona [el submarino, electricidad en sus partes, inmovilización por largos períodos, ruidos infernales (caso de Honduras por los golpistas de Michelletti), gases asfixiantes, etcétera]». Y terrorismo económico que «consiste en tomar medidas económicas tendientes a desestabilizar un Estado; tales como el acaparamiento de productos de primera necesidad, subir exageradamente los precios de productos y servicios (para así manipular la inflación); y, en el campo externo, negar créditos, prohibir la importación de productos de ese país, negarle, en violación de contratos legalmente vigentes, piezas de repuestos médicos o de medios de transporte o militares (caso de Venezuela)» Braulio Martínez Zerpa: Terrorismo (I y II), http://www.aporrea.org, 11 de octubre de 2009..

Dejando por ahora de lado que nosotros pensamos que es más correcto hablar de violencia defensiva que de «terrorismo defensivo», como expondremos en el último capítulo, no es menos cierto que las cinco formas restantes de terrorismo nos remiten directamente a los aparatos de Estado, a las relaciones que el Estado mantiene con sistemas de control y vigilancia paraestatales y extraestatales pero que, en última instancia, necesitan de la centralidad estratégica estatal para mantener una coherencia, efectividad operativa global y visión de conjunto. Partiendo de esta base comprenderemos rápidamente lo correcto de la definición de terrorismo que nos ofrece el colectivo Lau Haizetara Gogoan, resumido por Nebera en su artículo Terrorismo, definición, y terroristas. Este colectivo elaboró su informe mediante el estudio sistemático del casi medio siglo de dictadura franquista:

  • Desapariciones forzadas.
  • Asesinatos y fusilamientos en masa clandestinos (paseos, fosas comunes, cunetas…).
  • Detenciones y encarcelamientos masivos por motivos ideológicos, discriminación racial, credo o identidad sexual.
  • Internamiento de miles de prisioneros políticos y sociales en campos de concentración y de exterminio.
  • Secuestro de niñas y niños como actos de guerra, genocidio y represalia sobre los “vencidos”.
  • Confinamientos, destierros… como medida de represión y anulación contra personas y sus actividades.
  • Castigos masivos a trabajos forzados y mano de obra esclava.
  • Secuelas físicas y mentales provocadas por el terror, la soledad, la exclusión social… siendo frecuentemente causa principal de muerte.
  • Utilización del hambre como elemento de guerra y represión.
  • Torturas y trato humillante y vejatorio por motivos ideológicos, étnicos y culturales.
  • Represión de género. La mujer sufrió una represión añadida: fue víctima de abusos sexuales y violaciones como estrategia de guerra y represión. También sufrió los efectos más opresivos de la educación y, en general, una situación de marginación y dependencia.
  • Establecimiento de tribunales militares y civiles de excepción.
  • Establecimiento de la escuela como elemento de represión, que incluye la pérdida forzada de la identidad cultural, lingüística e ideológica. – Prohibición de uso de la propia lengua y cultura.
  • Forzar a prisioneros de guerra a servir en las fuerzas de una potencia enemiga.
  • Ilegalización de partidos, sindicatos, organizaciones socioculturales, etcétera.
  • Contratación de mano de obra bajo condiciones de explotación.
  • Despidos de trabajadores y medidas de exclusión social.
  • Anulación de todos los derechos civiles, políticos, sociales, libertad de expresión…
  • Depuraciones: de funcionarios, de maestros…
  • Robo y saqueo de propiedades y bienes como medio de represión y vía de enriquecimiento de los responsables Nebera: Terrorismo, definición y terroristas, http://www.kaosenlared.net, 29 de marzo de 2009..

Si nos fijamos en el resumen que ha realizado Nebera del estudio de Lau Haizetara Gogoan, nos encontramos inmediatamente frente a algo que vertebra como un endoesqueleto a todas las áreas de intervención del terrorismo: la información previa, el servicio de inteligencia realizado anteriormente, la selección de los objetivos a destruir y sus prioridades y fases. Es obvio que la tortura, los malos tratos, los interrogatorios «normales», la acción policial permanente, los chivatos, colaboradores e infiltrados, etcétera, todo esto es decisivo para la efectividad del terrorismo que a su vez depende de la efectividad de la contrainsurgencia. Por ejemplo, esta estructura burocrática, así como la aportada por la Iglesia era necesaria para vigilar y rentabilizar la esclavización de los prisioneros. Una vez más aparece la alianza estratégica entre el dinero y dios protegida por el ejército, de manera que estas tres instituciones resuelven en la práctica la elucubración abstrusa del misterio irresoluble de la Santísima Trinidad. R. Torres presenta una lista de empresas, instituciones eclesiásticas y servicios militares que obtenían grandes beneficios con el trabajo de los 11.554 presos políticos esclavizados en 1943 en unas condiciones penosísimas Rafael Torres: Los esclavos de Franco, Oberon, Madrid 2001, pp. 147-148.. Sin embargo, es necesario decir que el secuestro de niñas y niños no se debió únicamente a una represalia como acto de guerra, sino que fue una práctica sostenida en el tiempo que respondía a un objetivo a muy largo plazo. El franquismo aplicó la doctrina nazi al respecto, raptando 30.000 niñas y niños entregándoselos a familias ricas y a la Iglesia. Leamos algunas partes del sobrecogedor artículo escrito por la investigadora Esteso Poves:

«“Lo llevaron a bautizar y no me lo devolvieron. Yo reclamaba el niño, y que si estaba malo, que si no estaba. No lo volví a ver”. Éste es el testimonio de Emilia Girón, que dio a luz en el hospital de la cárcel de Salamanca en 1941. Su delito, ser hermana de un guerrillero. […] En Santurrarán (País Vasco) las monjas mandaron salir a las presas al patio. Cuando volvieron, sus hijos habían desaparecido. Ya no existían, no habían sido inscritos en el registro de entrada. El rapto se convirtió en “legal” por la Orden de 30 de marzo de 1940 que da la patria potestad al Estado. El general y médico Vallejo Nájera, formado en Alemania e ideólogo del régimen, afirmaba que era necesario “extirpar el gen marxista” y recomendaba el traslado de los niños a hospicios para “la eliminación de los factores ambientales que conducen a la degeneración”. Para ello, aplicó descargas eléctricas a los presos y otros experimentos. La Iglesia regía todos los órdenes de la vida, los internados moldeaban a los niños, mientras el régimen los presentaba como “sacados de la miseria material y moral”. Victoriano Ceruelo, de 65 años, estuvo en Zamora: “Desde los cinco años, todos los días nos levantaban a las 5h de la mañana para ir a misa. Los domingos venían familias y las monjas nos ponían en fila. Y decían ‘me gusta ése’, y se lo llevaban. Un día me tocó a mí, pero él le daba mala vida a mi madre y ella se suicidó”. Hasta hace poco iba cada año a preguntarle a la superiora quiénes eran sus padres. Ella le decía: “No tienes derecho a remover”. El 4 de diciembre de 1941 una ley autorizó cambiar los apellidos “si no se pudiera averiguar el Registro Civil en el que figuren inscritos los nacimientos de los niños que los rojos obligaron a salir de España y que sean repatriados [23.000 volvieron]. Igual inscripción se hará a los niños cuyos padres y demás familiares murieron o desaparecieron durante el Glorioso Movimiento Nacional” […] “Falsificaban las partidas, apellidos y todo tejido por monjas, curas, secretarios, alcaldes y hasta médicos que se forraban. Era un negocio”» María José Esteso Poves: Los 30.000 menores robados del franquismo, http://www.kaosenlared.net, 6 de mayo de 2009..

Nos hemos extendido un poco en la definición de terrorismo dada por Lau Haizetara Gogoan porque pone al descubierto la totalidad del problema. Queda claro que el terrorismo no puede aplicarse sin la existencia previa de un aparato de Estado, sin una fiel burocracia o «administración pública» eficaz en la designación de los objetivos a exterminar a lo largo del proceso ascendente que concluye la represión masiva e indiscriminada. Llegamos así al penúltimo asunto que debemos tratar en este capítulo sobre la necesidad que tiene el capitalismo del Estado. Nos referimos a la decisiva importancia no sólo del conocimiento en general, ni de la información más precisa sobre las personas a reprimir, sino de los servicios de inteligencia. R. Whitaker ha definido el pasado siglo XX como «el siglo de los servicios de inteligencia» Reg Whitaker: El fin de la privacidad, Paidós, Barcelona 1999, pp. 15-44., mostrando cómo se fue estrechando la interacción entre estos servicios y el resto de instituciones y aparatados sociales que podían ser utilizados por el Estado para aumentar su poder de control y de dominación, especialmente con la ciencia, las universidades, el mundo académico, etcétera, es decir con la producción de conocimiento. En realidad, los «servicios de inteligencia» han existido prácticamente desde que se tienen datos históricos fiables, desde las sociedades mesopotámicas. Una de las obligaciones de los pequeños Estados sometidos al poderoso imperio hitita en el -3000 era darle «informaciones útiles» sobre todo lo que necesitasen los hititas para reforzar su imperio Mario Liverani: El Antiguo Oriente, Crítica, Barcelona 1995, p. 411.. Y si reducimos el concepto de «poder» a las relaciones con la naturaleza, simplemente, sin introducir las relaciones sociales, vemos que ya hace más de 13.660 años que el ser humano realizaba mapas de su entorno para maximizar el conocimiento que iba adquiriendo http://www.gara.net, 5 de agosto de 2009..

Pero ahora no hablamos tanto de «conocimiento» como de inteligencia. Para nuestro tema, la segunda es mucho más que el primero aunque ambos tienen la misma naturaleza. La Inteligencia, con mayúscula, es el conocimiento preciso y funcional a las necesidades esenciales del poder, es decir, conocer las debilidades del enemigo, que era la preocupación de los hititas y de otros muchos poderes anteriores. Necesitamos este concepto porque es uno de los pilares sobre los que descansa la contrainsurgencia, en primer lugar, y, en segundo, la eficacia del terrorismo, aunque más adelante también criticaremos el «conocimiento» de las «ciencias sociales». Whitaker reproduce la lista de once categorías de información personal realizada por O. Gandy:

  1. Información personal para identificar y cualificar.
  2. Información financiera.
  3. Información sobre pólizas de compañías de seguros.
  4. Información sobre servicios sociales.
  5. Información sobre servicios domésticos.
  6. Información sobre propiedades inmobiliarias.
  7. Información sobre entretenimiento y tiempo libre.
  8. Información sobre el consumo.
  9. Información laboral.
  10. Información educativa, y
  11. Información policial Reg Whitaker: El fin de la privacidad, op. cit., pp. 155-156..

Vemos que O. Gandy empieza por lo general y más amplio de la sociedad, y concluye con lo más preciso y concreto, la acción policial. Prácticamente, toda la vida de la persona está registrada en estas once categorías incluso antes de haber nacido, desde que su madre acude por primera vez al centro de salud para certificar su embarazo. Luego, conforme crezca, sus actos, deseos, pensamientos y relaciones quedarán registradas en las categorías correspondientes y, para no extendernos, muy probablemente todas sus comunicaciones quedarán registradas en sistemas como Echelon, que es mucho más que un efectivo sistema de espionaje porque, como ha demostrado el investigador cubano C. del Porto Blanco, es también y sobre todo un sistema de análisis Carlos del Porto Blanco: El cielo amenaza. Echelon, red de espionaje y análisis, http://www.rebelion.org, 12 dde julio de 2009., o por el denominado Frenchelon, nombre con el que los anglosajones designan al sistema de espionaje y análisis francés que este Estado ha creado Arantxa Manterola: París multiplica las escuchas y crea una red de alcance global, http://www.gara.net, 30 de marzo de 2009.. O si la persona escapa a éstos y otros sistemas de control de las comunicaciones exteriores y de análisis de sus sentimientos más íntimos, aún así seguramente quedará dentro del control y del seguimiento que se hacen ya mediante los perfiles genéticos Arantxa Manterola: Perfiles genéticos: tecnología al servicio del fichaje policial, http://www.gara.net, 30 de marzo de 2009..

Pero si tiene la desgracia de ser una persona norteamericana, tendrá que soportar el sistema de control, vigilancia y represión más sofisticado e integrado sistémicamente de los que funcionan en el mundo, un sistema que avanza en «la estrecha coordinación de múltiples agencias, incluyendo el FBI, la NASA, el Comando Norte de Estados Unidos y la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial (NGA). Teléfonos celulares y otras comunicaciones electrónicas fueron monitorizados en tiempo real y la NGA suministró análisis detallados derivados de satélites espía militares» Tom Burghardt: La ciberseguridad como fachada para la ciberguerra, http://www.rebelion.org, 30 de abril de 2009.. Desde septiembre de 2001, Estados Unidos se ha lanzado a la industrialización de la política de seguridad «antiterrorista», de control de toda persona que pudiera llegar a ser un peligro según los parámetros decididos por las grandes corporaciones yanquis para crear «un mercado para el terrorismo» Noemí Klein: La doctrina del shock, op. cit., p. 403 y ss..

Ahora bien, desde hace mucho tiempo se sabe que todos los instrumentos de control, vigilancia y represión tienen un límite estructural irresoluble. Por mucha cantidad de información que recojan y analicen, siempre terminan yendo por detrás de la evolución real de las contradicciones sociales y de las ansias de libertad. Los servicios de inteligencia se mueven en el plano cuantitativo, mientras que la libertad humana se mueve en el plano cualitativo. Para salvar este abismo, los Estados sólo tienen el recurso de la represión selectiva, primero, y de la generalizada después, es decir del terrorismo. Buscando otro método que les permita dominar sin tanta sangre, han desarrollado las doctrinas de la contrainsurgencia. I. Martí Baró ha estudiado las limitaciones inherentes a la aplicación masiva de la tortura y de otras formas de violencia extrema. Tras analizar las tácticas yanquis en Vietnam, en donde los expertos surcoreanos asesinaban a uno de cada diez pobladores de las aldeas vietnamitas según un plan científicamente diseñado, o en donde el truculento Proyecto Phoenix asesinó a más de 20.000 personas; y después de estudiar sistemáticamente el uso de todo tipo de torturas, incluidas las drogas, etcétera, en Chile y en otros países, este investigador llega a la siguiente conclusión: «Ante todo, se sabe que el castigo es más eficaz con respecto al aprendizaje de evitación que al aprendizaje de castigo propiamente dicho» Ignacio Martín Baró: Poder, ideología y violencia, Edit. Trotta, Madrid 2003, p. 279..

El aprendizaje de evitación consiste en educar, en formar con antelación a las personas y colectivos para que no realicen tal o cual acto declarado como punible, por ejemplo, ejercitar el derecho de rebelión y de autodefensa declarado como «terrorismo» por el poder opresor. Se trata de evitar que la gente llegue a conocer que ese derecho existe, y sobre todo evitar que llegue a tomar conciencia de que está oprimida y por tanto tiene el derecho a la rebelión en ausencia de vías democráticas efectivas. El aprendizaje de castigo consiste en reprimir después o durante la rebelión de los oprimidos, en machacarlos para que no vuelvan a resistirse. Dicho en otras palabras, que la simple tortura no vale a medio plazo, pues aunque destruya personas concretas, no puede destruir a un pueblo o a una clase social; y también que el terrorismo puede destruir una generación de luchadores y la dictadura posterior puede aterrorizar y alienar a dos generaciones sucesivas, pero a la larga, si perdura la injusticia, el problema volverá a surgir tarde o temprano, y posiblemente con más virulencia. El aprendizaje por evitación busca adelantarse e inculcar disciplina y obediencia sumisa, anulando o reduciendo las posibilidades de nuevos conflictos. Las doctrinas de contrainsurgencia se han pensado desde el aprendizaje de evitación aunque también incorporan el aprendizaje de castigo.

Un ejemplo casi insoportable de aprendizaje de castigo es el de la política japonesa desde 1931. Es cierto que Japón lanzó una campaña de nacionalismo panasiático destinada a tejer una alianza de movimientos antioccidentales en la que los Estados asiáticos podrían apoyarse mutuamente. Pero este proyecto, que obtuvo algunos éxitos, fue diluyéndose en la medida en que se conocía el comportamiento real de los ejércitos japoneses y su política de saqueo económico. P. Reader describe la destrucción urbana y humana de la ciudad china de Nanking en 1937 en donde más de 200.000 personas fueron asesinadas en las primeras seis semanas de ocupación, lo que explica que nada menos que el embajador alemán calificara al ejército japonés de «bestial» Paul Reader: Cárceles, verdugos, torturas, Seuba Ediciones, Barcelona 1997, p. 188.. Poco después el autor explica que «el salvajismo y la brutalidad fueron las características primordiales del ejército japonés. A su paso sembraban la degradación, la humillación, el sadismo, las matanzas colectivas, la refinada tortura individual, la violación, mutilación y explotación. Nadie como ellos para despreciar todo sexo y condición en civiles o militares» Paul Reader: Cárceles, verdugos, torturas, op. cit., p. 189..

Estado y terrorismo burgués

Sintetizando lo que acabamos de leer nos colocamos ya directamente ante el terrorismo como una de las funciones del Estado burgués aunque no sea practicado en todo momento y de forma masiva y aplastante, ya que también la puede aplicar y de hecho la aplica con tácticas parciales, sobre objetivos concretos, aislados e individualizados, y generalmente de manera invisible, imperceptible para la sociedad en su conjunto. S. Kangas nos ofrece un ejemplo aplastante de las conexiones entre Estado y terrorismo en su historia de la CIA, desde antes de su formación en 1947, ya embrionaria desde 1929, hasta el presente Steve Kangas: Memorial de las atrocidades de la CIA, http://www.aporrea.org, 29 de diciembre de 2009.. Partiendo de esta base comprenderemos perfectamente las aportaciones de W. Schulz, que ha realizado uno de los mejores estudios críticos del Estado terrorista, mostrando cómo es más correcto definirlo así, en vez de «Estado contrainsurgente», y aunque su estudio se ciñe a América Latina, su calidad teórica trasciende este límite geográfico para poder iluminar lo esencial del Estado como centralizador y dosificador de la pedagogía del miedo hasta llegar a la aplicación masiva del terrorismo en su poder aniquilador. Según W. Schulz:

«El Estado terrorista se caracteriza por dos elementos particulares:

  1. la creación de una estructura arcana o clandestina de represión, paralela a su estructura visible o manifiesta; y
  2. el uso masivo y sistemático del terrorismo de Estado mediante los siguientes sistemas: detención ilegal (desaparición)-interrogación/tortura-desaparición definitiva

[…] En términos teóricos, se trata de un proceso de concentración y autonomización del poder en el núcleo del Estado, es decir, en su complejo militar y de inteligencia –apoyado generalmente por fracciones de la clase dominante y, a veces, por sectores medios– mediante la creación de un sistema clandestino de represión. El uso del terrorismo, procura lograr cuatro objetivos:

  1. Neutralizar los controles internos de la sociedad política (el Estado), por ejemplo, el control judicial sobre las fuerzas policíacas;
  2. Neutralizar los controles de la sociedad civil. La relación entre sociedad civil y Estado está regulada normalmente (en la sociedad burguesa) por una serie de normas definidas que explicitan los derechos de ambas entidades y estipulan sus obligaciones. Esta normatividad, expresada en la constitución, el derecho de habeas corpus, la división de poderes, los derechos humanos, la existencia de una prensa independiente, etcétera, limita la capacidad de acción del poder ejecutivo. Al actuar fuera de estos controles mediante un sistema arcano represivo, el Estado burgués puede emplear medidas totalitarias para atacar ciertos sectores de la sociedad civil o política sin tener que abandonar su fachada de democracia formal.
  3. Aumenta el efecto psicológico de la represión al volverla anónima y omnipresente.
  4. Protegerse contra la crítica a la violación de los derechos humanos tanto dentro del país como en el extranjero» William Schulz: «Estados Unidos y el terror contrarrevolucionario en América Latina», en Terrorismo de Estado. El papel internacional de EEUU, Txalaparta Argitaletxea, Tafalla 1990, pp. 127-129..

Dejando de lado ahora el debate que podríamos sostener con el autor en lo referente al uso del concepto de «sociedad civil» como algo separado de la «sociedad política» y del «Estado», en la sociedad burguesa no hay duda que prácticamente todos los Estados burgueses tienen esenciales componentes terroristas, más o menos activos, parcial o totalmente desarrollados. En todo Estado burgués duerme o permanece alerta con un ojo abierto el monstruo terrorista, fiera que se lanza con mucha más frecuencia de lo que sospechamos contra colectivos y sujetos que la sociología no incluye en los conceptos de «sociedad civil» y menos aún en los de «sociedad política», como eso que denominan «pequeña delincuencia», inmigración, prostitución, vagabundos, grupos de prácticas sexuales reprimidas, etcétera, pero que no duda en ampliar sus áreas de depredación conforme aumentan los ataques a la propiedad privada de las fuerzas productivas. El tercer objetivo citado por Schulz incluso supera a la afirmación de Foucault según la cual «el detenido no debe saber jamás si en ese momento se le mira; pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado» Michel Foucault: Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid 1986, p. 205.. Como vemos, mientras Foucault se movía en el plano del preso individual, Schulz se mueve en el de la sociedad en su conjunto, aunque en el fondo ambos dicen exactamente lo mismo.

Pero la aportación de Schulz no acaba aquí sino que profundiza en una idea que venimos desarrollando desde el comienzo de este texto: las relaciones entre terrorismo y tortura como la forma más plena de la pedagogía del miedo. El autor sigue afirmando que la segunda característica más importante del Estado terrorista es el uso de la tortura y de las desapariciones forzadas. Los objetivos que buscan estos métodos son tres: uno, obtener información para destruir a las organizaciones revolucionarias mediante el «interminable ciclo de: secuestro-tortura/interrogatorio-secuestro, etcétera» William Schulz: «Estados Unidos y el terror contrarrevolucionario en América Latina», op. cit., p. 129.. Antes de seguir con el segundo objetivo de la tortura y de las desapariciones forzadas, debemos detenernos un instante en este primero. Si bien Schulz, con toda razón, analiza la situación extrema, en la realidad cotidiana, en la que se enfrentan casi de manera permanente opresores y oprimidos tanto individual como colectivamente, en estas situaciones tan frecuentes los micropoderes usan de formas suaves de «secuestro legal» –convocar a la obrera al despacho del patrón, al soldado ante el oficial, al sospechoso ante el fiscal, etcétera– en las que se aplican múltiples tácticas de interrogatorio que bordean las presiones psicológicas o las aplican sutil o descaradamente, que amenazan velada o directamente, que, en suma, recurren a tácticas de la pedagogía del miedo en las que la violencia simbólica juega un papel central.

El segundo objetivo de las desapariciones y de la tortura, en el que vamos a detenernos un poco más por su gran importancia, es el de generar los efectos «expansivos» del terror: «su efecto de intimidación sobre la población en general», lo que se consigue no sólo con las desapariciones y torturas de las personas más comprometidas en la lucha y más famosas y conocidas por el pueblo sino, sobre todo, aplicando un «elemento aleatorio –lo que se percibe como “irracionalidad”– es decir, debe torturar, hacer desaparecer y matar a inocentes y no-involucrados. De esta manera el terror se hace omnipresente y omnipotente y no deja a la población ningún refugio psicológico: se vuelve pesadilla permanente» William Schulz: «Estados Unidos y el terror contrarrevolucionario en América Latina», op. cit., pp. 129-130.. El elemento aleatorio al que se refiere Schulz es lo mismo, en esencia, que la «represión aleatoria», en la que fueron expertos los nazis, y que consiste en que la violencia extrema, desde la detención hasta la muerte pasando por la tortura, en medio del silencio oficial absoluto, puede caer sobre cualquier persona en cualquier momento y por cualquier motivo, o, más concretamente y lo que es peor, sin motivo alguno según las leyes anteriores a las nuevas impuestas por los nazis. F. Neumann escribió un capítulo impresionante sobre derecho y terror Franz Neumann: Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo, FCE, México 1983, pp. 485-504. en el nazismo explicando cómo las violencias nazis, legalizadas, podían golpear a quien menos se lo esperase.

Uno de los efectos de la represión aleatoria es el de la provocación de un estado mental de indefensión absoluta ante un poder omnipotente y arbitrario, caprichoso e impredecible, de modo que tiende a generarse en el pueblo un estado mental que F. Neumann observó en la Alemania nazi. Este autor, siguiendo a Rudolf Otto, lo definió como anonadamiento frente al Mysterium Tremendum Franz Neumann: Behemoth. Pensamiento y acción en el nacional-socialismo, op. cit., p. 120.: «el misterio recrea el temor reverente, el miedo y el terror». Ante situaciones que no puede captar ni comprender racionalmente por la misma naturaleza azarosa y fortuita, aleatoria, de la violencia que golpea sin causa aparente, la persona busca una explicación mítica, un líder salvador. Neumann sostiene que a los hombres «se les hace deliberadamente incapaces» de comprender las causas sociales del sufrimiento que les azota, y en esa ignorancia se entregan al líder. Una vez subyugados y dominados por éste y sus secuaces ocurre que «como apunta Young, el secreto de apelar al miedo del individuo es hacerle ver que ciertas necesidades básicas no están cubiertas o están amenazadas, de modo que acepte la solución a sus ansiedades, que obviamente es la que favorece al propagandista» Carlos Quintero y Yéssica Retis Rivas: «Guerra en los medios», en Comunicación e insurgencia, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1997, p. 303., en este caso al líder, y más adelante explica que «ésta es una de las estrategias clásicas de la propaganda de guerra: la exaltación o invención de crímenes del bando enemigo con el fin de desprestigiarlo o fomentar el odio hacia él» Carlos Quintero y Yéssica Retis Rivas: «Guerra en los medios», op. cit., p. 308.. Un odio fomentado que es especialmente demoledor cuando prende en las masas y se vuelve contra otros colectivos criminalizados y, en especial, cuando se trata de un «odio sin riesgo» Gabriel Jackson: Civilización y barbarie en la Europa del siglo XX, Crítica, Barcelona 2008, p. 207. porque sus víctimas son débiles, están indefensas y atemorizadas, pasivas. Entonces, las masas alienadas se envalentonan sádicamente contra los débiles obedeciendo masoquistamente al poder.

Marx y Engels denunciaron el «odio sin riesgo» de los trabajadores ingleses contra los irlandeses, descargando en ellos sus frustraciones y cobardía. En la medida en que descargaban su rabia y desviaban sus miedos sobre los irlandeses, los trabajadores ingleses reforzaban el capitalismo explotador y, lo que es peor, reforzaban la conciencia sumisa y la lógica de la «obediencia al mal» entre sus propios hijos e hijas. Desde entonces la burguesía británica ha mejorado y ampliado la producción de miedo inducido, creado artificial y programadamente por el Estado, sin tener que llegar al uso masivo de torturas y desapariciones: «Los efectos del debilitamiento de la seguridad, la certeza y la protección son notablemente similares, y nunca resulta claro si el miedo generalizado deriva de una insuficiente seguridad, de la ausencia de certeza o de la desprotección. La angustia es inespecífica y el miedo resultante puede atribuirse a causas erróneas y realizar acciones inútiles para resolver el problema de fondo. Se tiende a la agresividad, y se buscan chivos expiatorios, porque la desconfianza es corrosiva y la identidad del yo transitoria, cambiante. La vida insegura se vive entre gente insegura y solitaria, porque, como dijo Margaret Thatcher, la sociedad no existe. La única certeza es la espera de mayores incertidumbres, de las que nadie está protegido» Enrique González Duro: Biografía del miedo, Edit. Debate, Barcelona 2007, p. 245.. Provocar la incertidumbre es uno de los objetivos de la pedagogía del miedo en su generalidad y de la represión aleatoria en concreto. Desde verano de 2005, a raíz de los atentados en el metro de Londres, el sistema británico hace lo imposible por generar miedo e indefensión, lo que le permite introducir leyes represivas http://www.insurgente.org, 17 de agosto de 2008. antes inaceptables con las que perseguir a cada vez más sectores de la «población sospechosa».

La efectividad del elemento aleatorio de la represión no se limita a lo anterior, por tremendo que sea, sino que llega a niveles más «pequeños» y cotidianos, en los que sistemas de poder basados en la obediencia a un líder, como las sectas, han recurrido y recurren a la misma táctica de azar y de falta de lógica aparente en el uso de castigos y recompensas. Quien haya sufrido torturas o malos tratos, y quien haya estudiado estos infiernos, conocerá las sutiles distancias que separan los castigos y las recompensas en la utilización de las torturas en sus muchas maneras de aplicación y las finas interacciones que se establecen entre ellas. Como ha afirmado D. Rushkoff al estudiar los mecanismos de coerción y de obediencia en la sociedad y en las sectas, grupos y colectivos: «La CIA recomienda utilizar las recompensas y los castigos al azar, de forma ilógica, para que los sujetos regresen a un estado de dependencia infantil. De esta manera, el confundido adepto acaba experimentando un estado de regresión y transfiere la autoridad paterna al líder. Por esta razón, muchos líderes insisten en ser llamados padre o madre» Douglas Rushkoff: Coerción. Por qué hacemos caso a lo que nos dicen, Edit. La Liebre de Marzo, Barcelona 2001, p. 248.. Pero esta producción de miedo social no se limita a espacios concretos y relativamente reducidos, sino que busca plasmarse en toda la sociedad siguiendo un modelo ya activado y minuciosamente investigado en el marketing de ventas y en el diseño de los grandes hipermercados: la aplicación de la «coerción pasiva» estudiada al detalle por especialistas que llegaron a la conclusión de que «el truco consiste en crear la sensación de que no existe –ni hace falta– ninguna alternativa. La atmósfera coercitiva definitiva es aquella que no se parece a una atmósfera porque recrea un mundo entero: el mundo real» Douglas Rushkoff: Coerción. Por qué hacemos caso a lo que nos dicen, op. cit., p. 117..

Pero el extremo absoluto de la represión aleatoria y sus absolutos efectos paralizantes llegan cuando se generaliza la política de la desaparición de personas. Leamos esto: «La figura extrema de la política terrorista llevada adelante por el Estado es la del desaparecido. Se puede suponer que el miedo básico del ser humano es el miedo que nos despierta la muerte. La muerte propia, que nunca es de uno sino por el otro. La desaparición de personas, la suspensión de la existencia de una persona en ese lugar ilocalizable que la separa de la muerte, se convierte en un signo distintivo del terror. Uno de los modos en el que miedo se troca en terror consiste en no dejar aparecer la muerte, cuando se la sustrae, se la oculta o niega: ni vivos ni muertos. El dolor, en este caso, tampoco tiene lugar, y tramitar el duelo implica un doble esfuerzo: aceptar la muerte, crear su imagen y luego saber que el ser amado se ha perdido. Nada lo puede devolver, salvo nuestra memoria justa, la justicia que convoca su recuerdo» Daniel Mundo: «Miedo y memoria», en Miedos y memorias en las sociedades contemporáneas, Comunicarte, Córdoba, Argentina. 2006, p. 205.. Recordemos el terror calculado asirio, con sus miles de asesinados expuestos al sol, y el terror extremo grecorromano y mongol, por no acercarnos más hacia el presente: no hacían desaparecer a los asesinados, sino que los mostraban.

Solamente cuando se deportaba en masa a las poblaciones esclavizadas, repartiéndolas en grupos por diversos territorios, y sólo cuando la compraventa de esclavos dividía a familias enteras, únicamente entonces podemos hablar de algo parecido a las actuales desapariciones, porque las personas eran separadas para siempre unas de otras, verdaderas desapariciones en masa practicadas por la civilización. Osborne cita el espantoso espectáculo de una venta de esclavos en Estados Unidos de 1846, las rupturas brutales de las familias al ser comprados sus miembros por diferentes amos y trasladados a explotaciones geográficamente distantes donde serían maltratados con una crueldad inhumana, separando para siempre a las madres de sus hijos y a los esposos de sus esposas Roger Osborne: Civilización, Crítica, Barcelona 2007, pp. 305-306.. Para cada uno de los esclavos, el resto de sus familiares, conocidos y amigos, habían desaparecido para siempre, y conociendo las feroces condiciones de explotación que sufrían, sospechando siempre lo peor sobre el presente y el futuro de sus personas queridas. Pues bien, la civilización capitalista ha superado los logros de las civilizaciones pasadas en éste y en otros muchos aspectos al mejorar «científicamente» el método de desapariciones en la Alemania nazi, el franquismo español, el terror del Cono Sur latinoamericano dirigido por expertos yanquis y, ahora mismo, en el corazón de la democrática Europa, la desaparición de vascos a manos de los Estados español y francés. Un ejemplo de la crueldad mental burguesa en estas cuestiones lo tenemos en la obstinada negativa del Estado español y de la Iglesia católica por resolver el problema de las personas desaparecidas durante el franquismo y, en concreto, por cuantificar e identificar Salvador López Arnal: Claridad y distinción cartesiana en el valle del nacional-catolicismo español, http://www.rebelion.org, 3 de octubre de 2009. los miles de cadáveres amontonados alrededor de la tumba del dictador Franco.

Nos hacemos una idea exacta del terrible efecto paralizante de las desapariciones si recurrimos a sólo dos ejemplos. Uno trata de una desaparición ya «resuelta» aunque el caso sigue siendo estremecedor por lo inhumano ya que nunca deberemos olvidar el empalamiento del joven de 14 años Floreal Avellaneda, hijo de un delegado gremial comunista argentino que apareció flotando en aguas del Río de la Plata en agosto de 1976. Los terroristas no pudieron apresar al padre y empalaron al hijo como venganza, castigo y advertencia. Floreal era militante de la Federación Juvenil Comunista http://www.insurgente.org, 14 de agosto de 2009.. Floreal fue detenido junto a su madre, que también fue torturada aunque logró salvar su vida después de dos años de encarcelamiento. Imaginémonos, primero, el impacto de terror paralizante que golpeó a la parte de la población que conoció la desaparición del joven de 14 años, sobre todo una vez que «apareció» viva su madre; segundo, el impacto causado al descubrirse el cadáver del hijo y, tercero, la permanencia del miedo y del temor durante todos los años que ha tardado la «justicia» argentina en condenar a los culpables. El segundo trata de los largos efectos destructivos del terror paralizante introducido en la población argentina por la dictadura militar, y es la simple constatación que tras ellas, tras las grandes movilizaciones de masas desorganizadas y espontáneas posteriores a la crisis de 2001, etcétera, el pueblo trabajador argentino sigue sin apenas poder articular un movimiento poderoso de lucha y avance revolucionario, padeciendo en el presente una tasa de pobreza del 23% de la población en medio del rebrote el hambre http://www.elpais.com, 21 de septiembre de 2009.. Es cierto que no se puede achacar sólo a las desapariciones de 30.000 personas, la mayoría sindicalistas y cuadros obreros, la actual hambruna y las debilidades de la izquierda revolucionaria, pero sí es cierto que hay que tener presente el miedo interno en amplios sectores populares para disponer de una teoría adecuada del por qué de la situación angustiosa.

Siendo esto cierto e incuestionable, lo peor es que no hace falta llegar a tales extremos para generar psicosis colectivas y menos aún estados estructurales de preocupación por el presente y el futuro que deriva rápidamente de la ansiedad e incertidumbre a la angustia, etcétera. Hemos analizado estos procesos en otros textos, pero siempre hay que insistir en el hecho de que la sociedad capitalista desarrolla formas sutiles y hasta imperceptibles de «terror» basadas en la realidad objetiva de la precariedad absoluta de la fuerza de trabajo, que no tiene otra opción de vida que la de asumir su dependencia e inseguridad vital, con todo lo que ello implica. La tesis de la pedagogía del miedo, que también se confirma en las aportaciones de Schulz, permite profundizar en estas cuestiones hasta llegar a su matriz última: la propiedad privada de las fuerzas productivas en manos de la clase, nación y sexo-género dominante.

Por último, el tercer objetivo de la tortura, de las desapariciones y del terrorismo estatal es «la destrucción de la identidad del disidente», afirma con toda razón Schulz, y a continuación transcribe un párrafo del libro El Estado terrorista argentino de Eduardo L. Duhalde:

«El modelo desintegrador aplicado tiene fines muy precisos: hacer de un hombre libre, un hombre sometido; de un ser sano, un ser enfermo; de un militante político, una persona desquiciada. A ello tiende su aislamiento sensorial, su descondicionamiento y reacondicionamiento permanentes, el estimular las regresiones infantiles, el provocar estados catatónicos, las profundas angustias y padecimientos, etcétera. Nada queda fuera de esta planificación que tiene como elemento conductor la relación amo-esclavo y como hábitat el campo de concentración, con la particular percepción fenomenológica del tiempo que éste transmite: el presente continuo, el pasado negado y el futuro imposible» William Schulz: «Estados Unidos y el terror contrarrevolucionario en América Latina», en Terrorismo de Estado. El papel internacional de EEUU, Txalaparta Argitaletxea, Tafalla 1990, p. 130..

Podemos hacernos una idea más exacta sobre la interrelación entre, por un lado, Estado, terrorismo y desapariciones, y, por otro, el capitalismo, al conocer que, según informó la ONU en agosto de 2009, las desapariciones forzadas se han incrementado en un 91% en 2008 con respecto a 2007. En este último año se registraron oficialmente 629 casos en todo el mundo, pero en 2008 llegaron a 1.203 desapariciones forzadas http://www.enlacesocialista.org.mx, 31 de agosto de 2009.. Pensamos que la razón básica que explica este brutal ascenso de una práctica inhumana es la agudización de las luchas sociales y el endurecimiento de la represión capitalista a escala mundial.

Estado y formación de torturadores

E. Peters ha estudiado, en base a los datos disponibles hasta mediados de la década de 1980, las relaciones entre tortura, los llamadores torturadores «normales», las escuelas de formación de torturadores y la tendencia a la normalización social de la práctica de la tortura siendo consciente de «la ambigua frontera entre la tortura y el trato estatal legítimo a los presos», haciéndose la pregunta sobre si «¿debe el torturador ser sólo un sádico nato o un sádico hecho?». Peters hace referencia a la investigación de 1963 de Ana Arendt sobre Eichmmann, en la que sostenía que si bien no hay un torturador potencial en cada hombre, sí hay en la sociedad actual la posibilidad de que un funcionario se distancie tanto de la realidad que termine practicando la tortura tranquilamente, y llega a la siguiente conclusión: «El torturador brutal –nato o creado– y el torturador distanciado son dos figuras de finales del siglo XX que pertenecen al lado oscuro de la sociedad civil» Edward Peters: La Tortura, Alianza Editorial, Madrid 1987, p. 247 y ss.. Este investigador analiza las conclusiones extraídas en 1974 por el psicólogo norteamericano Stanley Milgrand, presentadas en su texto Obediencia a la Autoridad Ana Muñoz: La obediencia a la autoridad: los experimentos de Milgrand, http://www.capvi.com, en el que sostiene que prácticamente en cada persona anida un posible torturador, que se activa y emerge en determinadas circunstancias y bajo especiales presiones. Esta tesis ha sido muy debatida por las implicaciones políticas que tiene, como vamos a ver a continuación.

Fiasche también ha estudiado el problema de la influencia del contexto sociopolítico y estatal en la formación de los torturadores, en concreto sobre Milgrand, del que dice lo siguiente: «En su contacto con los psiquiatras y psicólogos argentinos, el Dr. Milgrand dio muestras de un perfecto dominio del castellano, de una fluidez que sólo se adquiere por medio de la convivencia en determinados medios sociales y culturales. Financiado probablemente por alguna agencia norteamericana, vivió durante algún tiempo en Perú y Colombia, desarrollando esas actividades, no muy definidas, que se diseminaban por el Tercer Mundo. Era la época de auge de los «Cuerpos de Paz» (sostenidos por los fondos del Departamento de Estado norteamericano), cuyos integrantes, en general, tenían formación universitaria, preferentemente en el campo de las ciencias humanísticas. Las tareas de estas organizaciones se desarrollaron en las «villas miseria» y entre el campesino paupérrimo, especialmente en Centroamérica, pero también en América del Sur Angel Fiasche: «La obediencia al mal», en Hacia una psicopatología de la pobreza, Universidad Popular Madres de la Plaza de Mayo, Buenos Aires, Argentina. 2003, p. 277.. No hace falta tener mucha imaginación para comprender que, entre líneas, Fiasche sugiere posibles conexiones prácticas de Milgrand con el imperialismo norteamericano precisamente en las zonas de mayor conflictividad social, donde existían más condiciones objetivas y subjetivas para la expansión de las luchas revolucionarias antiimperialistas.

Hay que tener en cuenta, sobre todo, que la psicología, a la que volveremos luego al analizar el terrorismo laboral que provoca suicidios como respuestas desesperadas, fue pronto uno de los instrumentos más eficaces del control social en Estados Unidos entre otras cosas por su «organización política» en los críticos años de finales del siglo XIX Óscar Daza Díaz: «El paradigma del control social en los orígenes de la psicología», en Antipsychologicum, Virus Editorial, Barcelona 2006, p. 35 y ss.. El director de la CIA en 1977, el almirante Turner, declaró que la agencia había realizado 149 estudios sobre el control de la mente entre los años cincuenta y sesenta, con la participación de doscientos científicos de cuarenta y cuatro universidades, tres prisiones, doce hospitales, doce fundaciones y otros institutos, con un gasto de 25 millones de dólares J. M. Alvaro: El Estado policía y la democracia, Hordago, Donostia 1981, p. 132.. N. Klein ha investigado los experimentos de Ewen Cameron para mejorar la efectividad de las torturas mediante psicofármacos, aislamiento sensorial, electroshock y otros métodos, ocultando todo ello bajo rimbombantes títulos de investigación científica y académica. La CIA sufragó los gastos hasta 1961, cuando era ya imposible ocultar o negar por más tiempo lo que se estaba haciendo al amparo de esas mentiras oficiales, sobre todo cuando investigaciones públicas serias demostraron que «la CIA y Ewen Cameron habían destrozado con absoluta impunidad las vidas de los pacientes, sin ningún resultado mínimamente válido» Naomi Klein: La doctrina del shock, Paidós, Barcelona 2007, p. 65.. Sin embargo, la ciencia del terror no se amilanó por el fracaso. Subvencionada por la «democracia yanqui» siguió investigando y para 1963 estaba elaborado el manual Kubark que recogía buena parte de las experimentaciones de Cameron sobre el aislamiento sensorial. Éstas y otras investigaciones suponían un salto cualitativo en relación a la tortura medieval, «al tormento sangriento e inexacto» realizado por la Inquisición: «En todos los territorios donde el método Kubark se ha enseñado surgen los mismos modelos de comportamiento, diseñados para inducir, profundizar y mantener el estado de shock en el prisionero […] se los captura de la forma más desorientadora y confusa posible, a última hora de la noche o en veloces operaciones al amanecer […] se les pone una capucha o les ponen un trapo encima de los ojos. Les desnudan y reciben una paliza. Luego son sometidos a todo tipo de privación sensorial […] el empleo de las descargas eléctricas es omnipresente» Naomi Klein: La doctrina del shock, op. cit., p. 69..

G. Thomas explica detalladamente cómo los psiquiatras de la CIA discuten con los psicoanalistas de la misma organización sobre la efectividad de sus correspondientes teorías para aumentar los resultados de la tortura Gordon Thomas: Las torturas mentales de la CIA, Ediciones B, Barcelona 2001, p. 162 y ss.. En buena medida, como demuestran las investigadoras Moraza y Basterra, son las «batas blancas», que se esfuerzan en mejorar las técnicas de tortura que aplican los funcionarios del Estado, las responsables de que se inventen «técnicas de tortura que parecen “no-tortura” […] el dolor es una estructura compleja, subjetivamente percibida y psicológicamente condicionada […] Pero la sofisticación o cientifización, no sólo se refiere a las técnicas de tortura dirigidas a infligir intencionadamente dolor físico, sino también –y aquí entramos en lo más temido, en el terror, pues es desconocido para la inmensa mayoría y causa un poco de miedo adentrarse en estas profundidades– dolor psíquico infligido intencionadamente por medio de métodos estudiados y comprobados científicamente sin utilizar técnicas de tortura física, es decir, métodos psicológicos de tortura» Lurdes Moraza y Mertxe Basterra: La columna infame, Txalaparta Argitaletxea, Tafalla 1994, pp. 71-73.. La acción de psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas en las torturas ha sido demostrada contundentemente por multitud de experiencias concretas y denuncias en prensa.

Muy recientemente, una prestigiosa revista médica británica ha denunciado que los médicos participan en las torturas practicadas en más de cien países Manuel Ansede: Los médicos participan en torturas en más de 100 países, http://www.publico.com, 1 de agosto de 2008.. A la vez, M. Benjamin y K. Eban han denunciado que la Asociación de Psicólogos Americanos, con cerca de 150.000 afiliados, sigue permitiendo que entre éstos existan psicólogos que ayudan a los torturadores: «no sólo en los procedimientos que han dado una sacudida eléctrica a los sentimientos de la humanidad alrededor del mundo, sino que de hecho estuvieron a cargo de diseñar esas tácticas brutales y de entrenar a los interrogadores en esas técnicas. En particular, dos psicólogos desempeñaron un papel central: James Elmer Mitchell, que fue contratado por la CIA, y su colega Bruce Jessen. Ambos trabajaron en el programa de entrenamiento militar clasificado llamado Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape (SERE), que condiciona a los soldados para aguantar el cautiverio en manos enemigas. De una manera casi-científica, según psicólogos y otros con conocimiento directo sobre sus actividades, Mitchell y Jessen diseñaron la reingeniería de las tácticas infligidas a los aprendices de SERE para usarlas sobre detenidos en la guerra global al terror. Con la adopción completa de las técnicas interrogativas SERE por parte de los militares de Estados Unidos, la CIA puso a Mitchell y a Jessen a cargo del entrenamiento de los interrogadores en sus técnicas brutales, incluyendo el submarino, en toda su red de sitios negros. Mientras tanto estaba cada vez más claro que Estados Unidos ha sacrificado su conciencia y su imagen global por tácticas que en el mejor de los casos son ineficaces» Mark Benjamín y Catherine Eban: Psícologos cómplices de los torturadores de la CIA, http://www.rebelion.org, 16 de octubre de 2008..

Una vez constatadas las implicaciones de ramas enteras de la medicina con el Estado y su terrorismo, podemos volver con más fuerza a las ideas de A. Fiasche. Tras ponernos en antecedentes sobre Milgrand, resume su experimento según el cual «en ciertas oportunidades –como consecuencia de la verticalidad de un sistema– se puede torturar, matar, fusilar,etcétera», y más adelante Fiasche añade que la teoría de Stanley Milgrand «pudo llegar a ser utilizada para justificar en las organizaciones de carácter represivo, con férreos sistemas de horizontalidad (policías, fuerzas armadas, etcétera,) que los subordinados, por lo general, se permitieran ejecutar actos aberrantes y crímenes de lesa humanidad, amparados en las órdenes recibidas de sus superiores» Angel Fiasche: «La obediencia al mal», en Hacia una psicopatología de la pobreza, op. cit., pp. 278-281.. Las tesis de Milgrand pueden servir para atenuar la responsabilidad de los torturadores ya que la «posibilidad» de convertirse en un torturador está latente en toda persona según la presión de las circunstancias. De ser cierta esta hipótesis, los torturadores, o muchos de ellos, tendrían menos responsabilidades criminales o ninguna si se demostrase que habían estado sometidos a fuertes presiones psicológicas, a órdenes de la autoridad, a condiciones muy duras ante las que claudicaron.

De este modo, los torturadores o muchos de ellos podrían librarse de la condena humana, y la tortura pasaría a ser una simple «anormalidad», cuando de hecho es una práctica normal y necesaria para todo sistema explotador. Pero, destruyendo todo este montaje exculpatorio, J. C. Scott sostiene que el factor decisivo del experimento de Milgrand es que todos los sujetos eran voluntarios y no conscriptos renuentes que podían buscar cualquier pequeña oportunidad para presentar una resistencia imperceptible pero eficaz. Sigue diciendo Scott que la experiencia muestra que las personas que se niegan a aceptar la ley opresora encuentran sistemas sutiles y sinuosos para resistir, y sostiene que los resultados de las investigaciones de Milgrand cambiaban cuando las personas usadas en la investigación encontraban resquicios en la vigilancia del experimento, resquicios que les permitían mostrar su rechazo a «torturar» a otra persona James C. Scott: Los dominados y el arte de la resistencia, Txalaparta, Tafalla 2003, pp. 129-131..

M. Rosencof y E. Fernández Huidobro escribieron conjuntamente un imprescindible libro en forma de diálogo sobre sus terribles sufrimientos durante la dictadura militar argentina. En un momento intercambian sus opiniones sobre si los torturadores eran «normales» o «anormales», sádicos y psicópatas o buenos padres de familia, amigos y compañeros, así como oficiales responsables que cuidan a sus soldados. No coinciden en todo y tienen sus diferencias, pero les une la insistencia en que la ideologización contrarrevolucionaria, anticomunista y fascista era permanente y masiva en el ejército argentino, tanto que había creado un clima interno en el que la tortura y los malos tratos a los presos eran tan «normales» como la amistad y camaradería entre soldados y oficiales. Y señalan una cosa significativa: que el ejército buscaba con esa estrategia de participación colectiva en las torturas que ningún soldado u oficial pudiera echarse hacia atrás, negarse, resistirse a torturar a un semejante, y sobre todo buscaba crear una responsabilidad colectiva que impidiera que alguien denunciase o hiciese público tanto horror inhumano, imponiendo así el silencio cómplice y egoísta Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro: Memorias del calabozo, Txalaparta, Tafalla. 1993, pp. 101-104.. Los militares no estaban muy seguros de la fiabilidad de sus tropas para aplicar la tortura, por lo que las sometían a una presión psicológica e ideológica permanente. Como vemos, no se trataba de un laboratorio en el que participaban voluntarios, sino de una estructura totalmente jerarquizada, esencialmente antidemocrática, con una disciplina basada en el pánico a la acusación de insubordinación ante un consejo de guerra. ¿Qué hubieran hecho esos soldados y oficiales sin semejantes presiones? Vemos que la crítica de Scott a Milgrand tiene más razón de lo que podríamos pensar a simple vista.

Según S. Fernández, los estudios de Zimbardo sobre los torturadores norteamericanos en Iraq confirman esta tesis: «Las condiciones situacionales (el comportamiento grupal, la deshumanización y desindividualización, junto con las dinámicas de poder, conformidad y obediencia) facilitan enormemente que los carceleros llevaran a cabo un trato vejatorio, denigrante y humillante hacia los presidiarios. Dicho de otra forma: si quieres que un grupo de personas humille y maltrate a otro, no has de buscar a personas especialmente sádicas y crueles por naturaleza, sino que basta con que selecciones a personas corrientes y las introduzcas en una situación creada para fomentar la desindividualización, la conducta grupal, la deshumanización del otro, el poder de unos sobre otros y las dinámicas de obediencia y sometimiento» Saulo Fernández Arregui: «Reflexiones sobre el significado social de la humillación», en Psicología Política, Valencia, nº 37, 2008, p. 41.. Por tanto, los culpables de las torturas no son únicamente los soldados sino también el mando, toda la estructura del ejército yanqui, que anula la personalidad crítica de la tropa, que reactiva sus componentes sádicos y autoritarios y, tras desatarlos, los dirige contra el enemigo a destruir.

La experiencia de los campos de concentración refuerza estas críticas, ya que los prisioneros se dividieron en tres grandes bloques: los colaboracionistas con los nazis, los que crearon organizaciones clandestinas en su seno para organizar fugas y hasta rebeliones en su momento, y los que simplemente se hundieron en la pasividad derrotista aceptando todas las vejaciones y crueldades sin ninguna protesta. Incluso en las terribles condiciones de los campos de exterminio nazi, la rebelión individual o colectiva se producía de forma desesperada e individualista u organizada con paciencia, como nos informa Grossman: «Hubo un día feliz en Treblinka… Los prisioneros planearon un levantamiento […] Muy pocos rebeldes sobrevivieron, pero ¿qué importa? Murieron luchando, con las armas en la mano» Anthony Beevor: Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, Crítica, Barcelona 2005, pp. 372-373.. Aquí Grossman narra cómo se organizó y estalló la rebelión, y cómo terminó, pero páginas antes nos ha explicado acciones de resistencia individual contra los nazis dentro del campamento: personas que matan a cuchilladas a los guardias, personas que esconden una granada de mano y la hacen explotar entre los nazis inmolándose en el estallido, una «alta muchacha» Anthony Beevor: Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, op. cit., p. 363. que arrancó por sorpresa el fusil a un guardia y empezó a disparar, y así muchos otros casos. Todos estos actos conocidos, y otros muchos desconocidos, fueron realizados por personas que no se resignaron a morir sin matar, a dejarse asesinar impunemente por la bestia parda, personas que no querían vivir como esclavos unos segundos más para ser sacrificados luego como objetos pasivos, inertes y deshumanizados.

V. Romano ha escrito con razón sobre las personas que, sometidas a estas condiciones, han dejado de ser seres humanos:

«Por lo demás, sólo los esclavos son aptos para la represión. Como se sabe, los atenienses sólo empleaban esclavos en la policía. Quien practica la represión como oficio tiene que ser él mismo un reprimido ejemplar. Ésta es la causa profunda de que la obediencia ciega y los ejercicios absurdos de instrucción desempeñen un papel tan importante en el ejército y en la policía. Quien se ha acostumbrado a hacer preguntas es un mal represor y, por lo tanto, un mal vigilante. ¿Cómo va a golpear, clavar la espada y la bayoneta o disparar a trabajadores y manifestantes, como exigen las leyes de emergencia en ciertos casos, alguien que reflexione sobre la validez de las reglas de juego existentes? En la instrucción actual de la policía y del ejército se repite el adiestramiento de los esclavos que traicionaban a sus compañeros. Entre los vigilantes más fieles y seguros de los campos de concentración nazis estaban los propios prisioneros. La democratización del ejército no redujo nunca su fuerza de combate en caso de defensa nacional, contra el enemigo exterior; pero sí lo hizo en caso de ataque a otro pueblo. La democratización del ejército reduce la fuerza de combate sobre todo cuando se emplea contra el propio pueblo» Vicente Romano: Las formas de la mentalidad sumisa, Colección Analítica, Caracas, Venezuela 2007, pp. 34-35..

Cuanta más democracia efectiva y real, no formal, existe menos posibilidades de manipulación de las tropas para que torturen sin piedad a sus compatriotas, y a la inversa, cuanta más dictadura, silencio y obediencia jerárquica ciega, más posibilidades de volverse un torturador, siempre que exista una «educación» adecuada. J. M. Biurrun ha resumido los cinco puntos del entrenamiento para la tortura analizados por Pérez Arza:

  1. deshumanización del enemigo;
  2. habituación a la crueldad;
  3. obediencia automática;
  4. oferta de impunidad, y
  5. oferta de poder.

Y a estos puntos, Biurrun añade otros como el pensamiento maniqueo, el narcisismo instrumental, la experiencia del dolor, la humillación y el miedo, el sadomasoquismo, ideas megalomaníacas o paranoides Jesus Mª Biurrun Monreal: De cárcel y tortura, Txalaparta, Tafalla 1993, p. 64.. Dentro de un poco veremos la importancia que tienen las desapariciones de prisioneras y prisioneros torturados para garantizar tanto la impunidad como el poder de los terroristas. Ahora queremos desarrollar otro aspecto crucial en la preparación de los torturadores por parte del Estado.

Hemos visto la preparación psicológica sobre todo explotando determinadas características de la personalidad previa, ahora vamos a ver la preparación de las «condiciones laborales». Desde luego que existe una estrecha conexión entre ambas, pero aquí seguimos el análisis de Biurrun al respecto, que divide las «condiciones laborales» del trabajo del torturador en cinco aspectos:

  1. la exposición a la pérdida de los privilegios del torturador si, arrepentido, abandona su trabajo y, a la inversa, la garantía de que los mantendrá si continúa torturando;
  2. el resentimiento social y de vindicaciones del torturador contra la sociedad, lo que le permite sentirse alguien más importante sobre todo cuando la persona que tortura está más valorada socialmente, y este resentimiento es también genérico e imaginario;
  3. la implicación en el crimen de la tortura, lo que le lleva a involucrarse más y más en su práctica y en la defensa de las estructuras que la practica;
  4. la inculcación de un dispositivo circular autoconfirmador por el cual siempre se encuentran argumentos que demuestran que el torturado es el mal y el torturador el bien, que el mal debe ser torturado por el buen torturador, y
  5. «la satisfacción de necesidades no confesadas. La tortura proporciona la posibilidad de legalizar y satisfacer deseos sexuales, fantasías sadomasoquistas o exhibicionistas, u obtener sobreganancias narcisistas» Jesus Mª Biurrun Monreal: De cárcel y tortura, op. cit., pp. 66-67..

Para reprimir hay que ser un reprimido, y para torturar hay que sufrir una especial relación con el sadomasoquismo, además de otras predisposiciones. La predisposición al sadismo puede estar oculta, latente o desactivada en la vida normal, insinuándose mediante lapsus, pero la función del Estado burgués es la de activar mediante la manipulación especializada tales latencias, hacerlas emerger a la luz y volverlas operativas, que se practiquen en las torturas. Para lograrlo, el Estado tiene especialistas y sobre todo tiene instrumentos muy centralizados, autoritarios y dictatoriales, sadomasoquistas en su misma lógica interna. Algunas personas normales, sometidas a estas presiones abrumadoras en un entorno desconocido e incontrolable, del que no pueden salir sino a costa de grandes riesgos, terminan por volverse como sus amos, sádicos contra los torturados y masoquistas frente a los amos y frente a la jerarquía de mando. Se trata de la famosa «lógica del hombre sumiso» que podemos resumirla en el siguiente aforismo: «quien desea mandar, debe saber obedecer» Alejandro Dorna: «Elementos para una psicología política del fascismo», en Psicología Política, Valencia, nº 15, 1997, p. 4..

Incluso hay personas que no claudican ante las amenazas y manipulaciones que sufren dentro de estas estructuras de violencia en las que se busca que el subordinado tenga más miedo a su propio mando que al enemigo. Recordemos aquí, y volveremos a hacerlo más tarde, la cita que Jenofonte hace de Clearco sobre la importancia de que la disciplina de la tropa se asiente en el miedo al mando, antes que al enemigo. Muchos siglos más tarde, el almirante británico Nelson escribió: «Primero deben obedecer las órdenes, sin intentar formarse ninguna opinión acerca de su pertinencia. En segundo lugar, se debe considerar enemiga a toda persona que hable mal del rey; y, tercero, hay que odiar al francés como al mismo diablo» AA.VV.: Técnicas bélicas de la guerra naval 1190 a. C.-Presente, Edit. LIBSA, Madrid 2005, p. 157.. Como vemos, el nacionalismo imperialista británico se formó bajo la interacción de tres componentes disciplinarios basados tanto en el miedo al poder propio como en el odio al extranjero, en este caso al imperialismo francés. Todas las estructuras reaccionarias y autoritarias se basan en este principio, además de en otros, y especialmente los ejércitos opresores. Son estructuras que no perdonan las «traiciones» de sus miembros. El caso del ejército alemán, oficialmente «democrático» desde 1945, es estremecedor en este sentido. Durante la guerra de 1939-1945 fue creciendo la indisciplina en su seno y, según Kolko Gabriel Kolko: El siglo de las guerras, Paidós, Barcelona 2005, p. 198., para finales de la contienda casi medio millón de soldados habían sufrido diversas condenas, incluido el fusilamiento, por indisciplina, cobardía, deserción y traición. Pues bien, a pesar de la supuesta «desnazificación», el ejército alemán «democrático» ha tardado sesenta y cuatro años en «perdonar» http://www.elmundo.es, 9 de septiembre de 2009. estos «actos delictivos» cometidos contra un régimen especialmente aterrador como el nazi.

Pero otras personas no necesitan mucha preparación especial por parte del Estado o de cualquier otra institución menor –por ejemplo, la Iglesia y su jerarquía autoritaria y reprimida especialmente apta para el sadomasoquismo y la pedofilia–, sino que les basta un pequeño impulso, o ni eso. Un militar británico, G. Wolsley, que había exterminado población africana en las guerras de 1874-1876, no dudó en exponer públicamente sus ideas y sentimientos: «Es tan sólo a través de las propias experiencias que uno se da cuenta de qué intenso y encantador sentimiento de placer puede inspirar de antemano el ataque a un enemigo. Todas las otras sensaciones son como el timbre de una puerta comparado con el estruendo del Big-ben» Sven Lindqvist: Exterminar a todos los salvajes, Turner, Madrid 2004, p. 82.. El placer sádico que obtenía este criminal al exterminar a poblaciones indefensas surgía de lo más hondo de su personalidad autoritaria, pero fue el ejército británico el que le facilitó que pudiera hacerlo, y siempre respondiendo a las necesidades de la acumulación de capital de Gran Bretaña.

Grossman detalla las orgías de los nazis de Treblinka con las jóvenes más bellas: las seleccionaban de entre cada remesa, las violaban a la noche de su llegada, las torturaban y a la mañana siguiente los mismos nazis las conducían a las cámaras de gas. Grossman narra que «el comandante en jefe del campo seleccionó a varios niños de uno de los envíos, mató a sus padres, vistió a los niños con las mejores ropas, les dio montones de dulces, jugó con ellos y pocos días después dio órdenes de matarlos cuando se aburrió de ese juego». Grossman explica que a los nazis les gustaban las construcciones teóricas, los debates filosóficos, los grandes discursos frente a los prisioneros en los que les explicaban «la importancia y la justicia de su obra», y que sus mandos cuidaban mucho de su salud psicológica, dándoles permisos varias veces al año para que volvieran a Alemania a descansar Antonthony Beevor: Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, op. cit., pp. 370-371..

En su estudio sobre la masacre de Béziers por los cruzados en 1209, S. McGlynn explica cómo los oficiales azuzaron el odio sanguinario y la avaricia de las tropas asaltantes para que asesinaran a toda la población y prendiesen fuego a la ciudad al grito de «¡Quemadla! ¡Quemadla!» Sean McGlynn: A hierro y fuego, Edit. Crítica, Barcelona 2009., y cómo rápidamente los asaltantes superaron voluntariamente las órdenes recibidas, es decir, que la instigación primera fue superada más tarde por las tropas. Este mismo historiador cita las palabras de un soldado norteamericano que avanzado el siglo XX llevaba un collar de orejas humanas:

«Solíamos cortarles las orejas. Así teníamos un trofeo. Si un tío tenía un collar de orejas es que era un buen verdugo, un buen soldado. Se nos animaba a cortar orejas, a arrancar narices, a segar el pene de los tíos. A una mujer le cortamos los pechos, se nos instaba a hacer esas cosas. Los oficiales esperaban que las hiciéramos, o de lo contrario pensaban que nos pasaba algo malo» Sean McGlynn: A hierro y fuego, op., cit., p. 403..

Por su parte, el colectivo Gasteizkoak hizo un resumen muy somero de las bestialidades y crímenes cometidos por los «ejércitos humanitarios» de Estados «civilizados y democráticos» como Alemania, Bélgica, Canadá, Estado español, Estados Unidos, Estado francés, Gran Bretaña, Países Bajos, Italia y Portugal, entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, durante sus «labores humanitarias»:

«En un informe de la organización de derechos humanos African Rights se detallan los delitos cometidos por cascos azules en Somalia: asesinatos, tortura psicológica, robos, atropellos deliberados… El informe recoge el caso de tres niños que fueron arrojados al río Juba por soldados belgas» Colectivo Gasteizkoak: La abominable cara oculta de los ejércitos humanitarios, ZAP Ateneo, Gasteiz 2003, pp. 79-87..

Las violaciones masivas de mujeres no fueron una excepción de los nazis, también los japoneses las realizaron como hemos visto al estudiar el terrorismo patriarcal. Sí resulta muy interesante lo que dice Grossman sobre los discursos éticos y filosóficos de los nazis, sus reflexiones «humanitarias», porque esta costumbre reaparecerá en las torturas norteamericanas en Iraq, como veremos, y nos remite a una característica genético-estructural de la tortura y del terrorismo desde su origen histórico como instrumentos de la opresión: que buscan una autojustificación ante sus víctimas. Ahora bien, la tortura burguesa, a diferencia de la tortura preburguesa, añade cualidades nuevas a esta constante, de modo que surge una nueva forma de terror, que analizaremos en el capítulo siguiente.

Después de lo visto, podemos decir que, por término medio, para el experimento de Milgrand no vale cualquier persona que, en un laboratorio, se dedique a apretar varios botones sin saber exactamente qué está sucediendo en la otra habitación. Que V. Romano tiene razón se comprueba viendo que ya antes de los griegos, los egipcios «sintieron cierta repugnancia a emplear nacionales para este ingrato oficio», como lo indica que el nombre que daban a la «policía», ya en una época tardía como el imperio nuevo, era el mismo con el que designaban a tribus sudanesas, aunque más adelante «en la última época parece que había también egipcios» Francisco José Presedo: El imperio nuevo egipcio, en GHU CIL, Madrid 1986, tomo 3, p. 210.. Desde entonces, y hasta el presente, los Estados dedican especial atención a la formación de determinadas personas como policías o militares, y a unas cuantas de éstas, en torturadores. Los expertos nazis en tortura sabían bien cómo seleccionar en los campos de exterminio a fieles colaboradores que les simplificaban y ahorraban el trabajo. Existe una descripción estremecedora de una persona que ha estudiado detenidamente esta situación, y que debería aparecer escrita en todos los textos de ética y dignidad humana: «Y tú, pobre prisionero, te doblegas y empuñas el bastón para golpear a tus semejantes, a los miserables como tú, para merecer el honor de un puntapié por parte de tu patrón y una rebanada de pan sucio, humillándote como un perro, pensando que ese mundo no ha de acabar nunca, dando implícitamente la razón a quienes te oprimen» J. Bogatsvo: Cómo torturaban las SS, Edit. De Vecchi, Barcelona 1979, p. 148..

Fiasche analiza las decenas de miles de personas torturadas y desaparecidas en Argentina, la ley de punto final que permitió que la inmensa mayoría de esos criminales apenas recibieran castigo alguno con la excusa de la obediencia debida al mando. De este modo, Fiasche pone al descubierto tres problemas cruciales del terrorismo: la imbricación de las «ciencias sociales» con el terror estatal, creando «teorías» que forzadas más allá de sus límites justifican el terrorismo y lo amparan; la necesidad de enfrentar a estas trampas no sólo una visión científico-crítica exquisita, que impida esas manipulaciones, sino también una ética humanista que impida que la trampa de la «obediencia debida» se transforme en «obediencia al mal», y la necesidad de extender al resto de Estados terroristas la crítica que él hace al caso argentino. Tras leer estas palabras, puede parecer que hemos vuelto al comienzo de este libro, cuando desarrollábamos la ética marxista, el rechazo de la sumisión y del servilismo al poder, el carácter justo de la violencia defensiva –contra el Estado torturador, por ejemplo–, e incluso el carácter necesario en los momentos críticos de esa violencia justa, en los momentos en los que hay que optar por el mal o por el bien, por la «obediencia al mal» o por la práctica del bien.

Del mismo modo que la violencia imperialista exige y conlleva la existencia del Estado opresor, también la tortura occidental exige y conlleva la existencia del terrorismo y del Estado en el que se sustenta. Hemos visto al estudiar la «revolución militar» que ésta creaba sus propias disciplinas, las estructuras psíquicas obedientes que mataban y se dejaban matar en defensa del poder al que obedecían ciegamente. Pero antes de este «logro», algo idéntico lo habían logrado los mongoles y sobre todo los romanos y griegos. Con la tortura y el terror sucede lo mismo pero en su plano específico. Ambos casos nos remiten a los efectos de la propiedad privada sobre la psicología humana, por un lado y, por otro, al papel central del Estado. La tortura ritualizada y la violencia sacrificial ha existido en muchas culturas, y algunas de ellas eran tan inhumanas como las occidentales, pero su razón de ser, su objetivo, difería cualitativamente del de la tortura burguesa. La tortura sacrificial y ritual era religiosa y buscaba mejorar las relaciones con los dioses y diosas, mientras que la tortura europea buscaba, primero, defender el orden vigente y atemorizar al pueblo a la vez que, supuestamente, salvar del infierno eterno al torturado o torturada; y segundo, con respecto a la tortura burguesa, busca salvar al capitalismo, destruir psíquica o físicamente a la persona y atemorizar al pueblo.

Tortura antigua y tortura burguesa

Desarrollemos un poco esta importante cuestión porque nos ayuda a comprender la diferencia entre el terrorismo capitalista y el terrorismo precapitalista. Dado que la tortura es una de las bases inexcusables para definir el terrorismo, éste será diferente del otro si su práctica de la tortura es diferente de la del otro. La tortura en Roma, por ejemplo, que solamente era aplicada a los esclavos y no a las personas libres, no es lo mismo que la tortura en el capitalismo, sistema en el que además puede aplicarse a cualquier persona «libre» en el sentido burgués. La inhumanidad de la tortura romana era verdaderamente espeluznante porque, como esclavistas, sabían que no solamente su forma de vida, sino también esta misma, dependían de que las masas esclavas estuvieran paralizadas por el terror, y prefirieran aguantar una dura explotación a padecer tormentos insufribles que podían prolongarse días enteros. La tortura burguesa, que no le va a la zaga en ferocidad, es sin embargo cualitativamente diferente a la romana y a todas las torturas precapitalistas, incluida la inquisitorial. Todas ellas, también la capitalista, tienen en común que son torturas, pero la de la actual civilización tiene una esencia distintiva: la lógica de la subsunción real del trabajo en el capital.

La mejor forma de explicar esta diferencia es comparando la violencia sacrificial azteca con la española. Al principio, la violencia bélica azteca era ritualizada en grado sumo, y no tuvieron más remedio que aprender a defenderse con la misma ferocidad que los invasores, aunque inicialmente no la entendieron, al igual que les sucedió al resto de pueblos que no habían llegado a la mentalidad mercantil, que desconocían la forma asiria y grecorromana, y más tarde feudal y capitalista. Por el contrario, la violencia bélica española y occidental estaba y está orientada a la máxima destructividad en el mínimo tiempo, que no es sino la forma que adquiere la ley de la productividad del trabajo en su aplicación militar.

Se han utilizado las prácticas aztecas y mesoamericanas de sacrificios humanos y de canibalismo ritual para justificar la denominada conquista en base al mito civilizador, así como las feroces represiones que le acompañaron. El imperialismo español y el eurocentrismo han creado así toda una explicación justificatoria de sus atrocidades en base a la supuesta previa crueldad azteca. Sin embargo, estudios objetivos y críticos han desbaratado esta tramoya, concretando y contextualizando la realidad mesoamericana y azteca, demostrando cómo los invasores cristianos mintieron, falsificaron y exageraron con premeditación y alevosía. Por ejemplo, P. Moctezuma, además de mostrar cómo la propaganda cristiana ya había acusado a los judíos de comerse a niños cristianos, siendo mentira, también saca a la luz todas las contradicciones y falta de pruebas y argumentos de la «versión española». No niega los sacrificios humanos, pero minimiza su cuantía y, con toda razón, sostiene que los sacrificios y el canibalismo sagrado han sido prácticas generalizadas en la historia humana Pablo Moctezuma Barragán: Moctezuma y El Anahuac, Noriega Editores, México 2006, pp. 47-60..

Sin ir muy lejos, P. Tierney, en su impresionante estudio sobre los sacrificios humanos muestra cómo la Biblia recoge la quema de niñas y niños vivos hasta el siglo -VII, cómo la tradición judeo-cristiana está determinada por «el nacimiento del infierno» en esta época, y cómo la «comunión ritual» inventada por San Pablo nos remite directamente a la realidad del canibalismo sagrado Patrick Tierney: Un altar en las cumbres. Historia y vigencia del sacrificio humano, Muchnick Editores, Madrid 1991, p. 445 y ss.. P. Odifreddi demuestra también cuan legitimado estaba el sacrificio humano en el Antiguo Testamento para ganar los favores divinos Piergeorgio Odifreddi: Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos, RBA, Barcelona 2008, pp. 49-50. en cuestiones terrenales, como batallas y disputas familiares por el poder. Nos hemos detenido un segundo en este problema porque, por debajo de las excusas eurocéntricas y cristianas, que es lo mismo, la cuestión actual es muy simple: ¿en qué medida el rechazo eurocéntrico a aceptar la realidad histórica del canibalismo y de los sacrificios humanos –el secreto de la última cena cristiana y de la pasión– nos pone al borde del problema absoluto, a saber, que un ser humano viva gracias al dolor, al sufrimiento y a la muerte de otro, es decir, el problema de la explotación? Al fin y al cabo, ¿qué es el canibalismo sino transferir energía de un ser humano a otro por medios terroristas? ¿Y qué es el beneficio capitalista, la plusvalía, sino la succión vampiresca de trabajo vivo perteneciente a la clase obrera para mantener la forma de vida de la clase burguesa? ¿Qué es la explotación imperialista sino el «canibalismo energético» que garantiza a una minoría vivir derrochando recursos a costa de la mayoría?

Volviendo al caso azteca, tiene razón N. Davies en su brillante investigación sobre los sacrificios humanos: «En cuanto a la crueldad con sus congéneres, los aztecas carecían de los refinamientos de sus contemporáneos los inquisidores. Podemos sentirnos justificadamente impresionados por los ritos aztecas, pero ciertos horrores ideados por otros pueblos, tanto del Viejo Mundo como del Nuevo, se hallaron notablemente ausentes entre ellos. No hubo suicidios colectivos, como en la India; ni tormentos prolongados, como en Oceanía, Norteamérica o Europa; ni tribus condenadas a la extinción, devorados hasta la última mujer y el último niño, como en las islas Fidji; nunca se supo de nadie que hubiera sido enterrado vivo, como en la antigua Ur o en América del Sur; y los muertos no fueron exhumados y consumidos, como en Nueva Guinea» Nigel Davies: Sacrificios humanos, Grijalbo, Barcelona 1983, p. 219.. Con respecto a la crueldad romana, la violencia sacrificial azteca parece un candoroso juego infantil. En el circo romano, se «recomendaba» a quienes estando desarmados y medio desnudos iban a ser comidos vivos por las fieras, que les azuzasen y provocasen con gestos Roland Auguet: Crueldad y civilización: los juegos romanos, Orbis, Madrid 1984, p. 73. en el caso de que los leones, los tigres, los osos, etcétera, no tuvieran ganas, no tuvieran hambre: este mandato tenía como objetivo aumentar la truculencia macabra de la degollina para mayor solaz y diversión del público, para evitar su aburrimiento. Para festejar la muerte de un lugarteniente de Espartaco, se organizó una fiesta en la que se obligó a doscientos pares de esclavos a matarse entre ellos A. Aymard y J. Auboyer: Roma y su Imperio, Edic. Destino, Barcelona 1980, tomo I, p. 254. en medio de las risas de los asistentes.

Podemos alargar la cita con las crueldades recientes de la civilización capitalista, como por ejemplo, dejar morir a miles de personas por no darles sanidad gratuita y pública dentro mismo de los grandes Estados imperialistas, no solamente en los pueblos empobrecidos y aplastados, como es el caso reconocido por el propio presidente norteamericano, Obama http://www.elmundo.es, 18 de septiembre de 2009., de que al menos 45.000 personas mueren al año por falta de servicios médicos públicos, o el robo de órganos de prisioneros palestinos Donald Böstron: A nuestros hijos les roban sus órganos, http://www.lahaine.org, 28 de agosto de 2009. a los que las mafias sionistas asesinan después de extraérselos para venderlos en Estados Unidos mediante la colaboración de rabinos judíos. Y ya que estamos comparando la violencia sacrificial con la violencia burguesa, pongamos el ejemplo de la dictadura argentina entre 1976 y 1983: «Le cortó los testículos, se los metió en la boca y le cosió los labios» http://www.elmundo.es, 15 de noviembre de 2009.. Esto hicieron los militares argentinos con un subcomisario sospechoso de colaborar con la guerrilla. Después, y mientras la víctima agonizaba durante dos horas hasta morir desangrado, los torturadores se comieron un asado hecho a las brasas; al concluir y tras limpiar el lugar, metieron el cadáver en el maletero de un coche, cadáver que sigue «desaparecido» hasta ahora. Conviene recordar que la Iglesia argentina colaboró activamente con la dictadura militar: «El régimen militar que secuestraba y mataba por izquierda, lo hacía en nombre de Cristo. Decía defender un orden occidental y cristiano. Y (la dictadura) necesitaba la legitimidad de la Iglesia, y si bien aparecían algunos documentos críticos, rápidamente quedaban diluidos por otros mucho más ambiguos e inclusive por cantidad de actos, fotos, misas, ceremonias de todo tipo donde el Episcopado aparecía mano a mano con (Jorge Rafael) Videla, (Emilio) Massera, (Orlando) Agosti. Y eso no sólo sucedió en los años setenta sino también en los ochenta, donde ya se sabía muy bien lo que estaba pasando […] Visto desde hoy, su actitud deja muchísimo que desear. De parte de la Iglesia institucional no hubo una reacción contra, por ejemplo, la desaparición de las monjas francesas, Alice Domon y Leónie Duquet o de los curas palotinos» Cristiano Morsolin: Argentina: Plan Condor y rol de la Iglesia Católica, http://www.boltxe.info, 20 de febrero de 2009..

N. Davies muestra cómo la tortura europea tenía un significado «más profundo» que el que tuvo la tortura que practicaban los iroqueses, por ejemplo, ya que la europea buscaba «arrancar confesiones», lo que le llevaba a alargar los tormentos durante períodos «muchísimo más prolongados», además justificaba esas atrocidades basándose muchas veces en la más mínima insinuación, sospecha o prueba. Demuestra que los Autos de Fe de la Inquisición no estaban en modo alguno limitados, como lo estaban los sacrificios aztecas, por un calendario ritual que impedía realizar más de uno al mes, mientras que en la civilizada Europa bastaba que se hubiera reunido a un número de sospechosos para torturarlos, juzgarlos y, con toda probabilidad, quemarlos; es decir, era un acto de masas más frecuente y normalizado que el azteca Nigel Davies: Sacrificios humanos, op. cit., pp. 259-260.. Además, resulta casi decisivo constatar que muchas de las técnicas de tortura de los pueblos americanos provienen de los invasores europeos, que las importaron y las enseñaron con su práctica, como quemar vivas a las personas. En la sublevación de 1597 de los indios Huale, de Georgia, contra los españoles por el mal trato que recibían, fue hecho prisionero un fraile al que se le sometió a una parodia de hoguera inquisitorial, pero los indios no prendieron fuego a la madera Nigel Davies: Sacrificios humanos, op. cit., p. 266..

La tortura es la práctica institucional del terror que a su vez es clave para comprender el terrorismo como el garante de la civilización que sintetiza socialmente a la propiedad capitalista. Una vez más, para definir la tortura, como sucede con el terrorismo en su forma histórico-genética burguesa, debemos ir más allá de la ideología dominante y buscar en la praxis científico-crítica marxista. J. de la Cueva Justo de la Cueva: «Tortura, manipulación informativa, respuesta social», en Tortura y sociedad, Edit. Revolución, Madrid 1982, pp. 12-13. se basó en la definición de tortura elaborada por el Tribunal Popular contra la Tortura de Barcelona para iniciar una de sus excelentes aportaciones teóricas, siguiendo luego con otra definición de J. P. Sartre. La primera, la del Tribunal dice así: «Tortura es toda acción u omisión mediante la cual son infringidos, deliberadamente, dolores o sufrimientos físicos o mentales a una persona por los agentes de la función pública o bajo su institución, ya sea para obtener información o declaraciones, para castigar actos cometidos o que se sospeche que lo hayan sido o para intimidar». Y la definición de Sartre: «El objeto de la tortura no es solamente obligar a hablar, a traicionar. Es necesario que la víctima se reconozca a sí misma, por sus gritos y su sumisión como una bestia humana a los ojos de todos y a los suyos propios. Es necesario que su traición la aniquile, la destituya para siempre de su ser. Al que cede a la tortura no se le ha obligado solamente a hablar. Se le ha reducido para siempre a un estado, el de lo infrahumano».

Para no extendernos en las relaciones entre tortura y civilización, y poder así seguir avanzando en nuestro tema, recurrimos al minucioso informe del colectivo TAT en el que se detallan nada menos que dieciséis métodos psicológicos de tortura: impedimento de la visión; restricciones o supresión de las necesidades básicas; amenazas; humillaciones; insultos y descalificaciones; juego del policía bueno-policía malo; obligatoriedad de elegir entre los distintos métodos de tortura y departir sobre la tortura; tortura sexual; apelación a la imaginación; crear sentimientos de culpabilidad; simulacro de tortura; exponer a la persona detenida a los gritos/ver a otras personas detenidas que están siendo torturadas; cambios bruscos de temperatura; utilización de drogas; agresiones sonoras, y agresiones de luz, practicados por las diversas policías españolas, policías autonómicas, Policía Nacional y Guardia Civil Torturaren Aurkako Taldea: Tortura en Euskal Herria, TAT, Lizarra 2004, pp. 148-153.. Como se ve, estas técnicas exigen de un alto grado de dominio de las capacidades destructivas inventadas por las ciencias al servicio de la explotación humana, tema este recurrente en nuestra reflexión y al que volveremos dentro de poco.

La tortura capitalista se diferencia de las torturas precapitalistas en dos grandes bloques de cuestiones que debemos analizar con cierto detalle. Los dos se basan en el papel del método científico tal cual es elaborado y aplicado en el modo de producción capitalista, pero los dos nos remiten al proceso de subsunción del trabajo, del ser humano-genérico, en el capital. Antes de seguir, debemos definir qué es la subsunción y después desarrollaremos estos dos bloques. Por subsunción se entiende el proceso que va de la desintegración de un cosa, su disolución como unidad concreta independiente y soberana, a su posterior absorción e integración en otra cosa superior, que tras digerirla, la incorpora a ella pero como simple parte secundaria, o siquiera ni eso, como un componente más de la totalidad superior que le determina y condiciona en todos los sentidos. En lo que respecta a la sociedad humana, la primera parte del proceso de subsunción es definida por Marx como «subsunción formal», que consiste en que las clases trabajadoras aun mantienen cierta «independencia» con respecto a las clases propietarias, lo que obliga a éstas a recurrir a la coacción y a la violencia abierta para arrancarles a través del miedo el plusproducto, mientras que no ocurre así en el capitalismo, en donde la clase trabajadora es parte interna del proceso capitalista en su totalidad. Marx compara explícitamente las diferencias entre el esclavo y el obrero:

«La continuidad de la relación del esclavo y del esclavista estaba asegurada por la coacción sufrida directamente por el esclavo. En contrapartida, el obrero libre está obligado a asegurar, él mismo, la continuidad de su relación, pues su existencia y la de su familia depende de la continua renovación de la venta de su fuerza de trabajo» Marx: El Capital, libro I, sexto capítulo (inédito), Edic. Curso, Barcelona 1997, p. 81..

El «obrero libre» no tiene otra alternativa que venderse al capital para poder vivir, lo que le ata de por vida. A partir de aquí, la violencia, la coacción, no necesita ser totalmente pública y palpable, sino que, en primer lugar y sobre todo, ha de actuar dentro de la cabeza del obrero, o en palabras de Marx: «Aprende a dominarse a sí mismo, contrariamente al esclavo, el cual tiene necesidad de su amo» Marx: El Capital, libro I, sexto capítulo (inédito), op. cit., p. 83.. El esclavo tiene «necesidad» del amo porque no sabe ni puede hacer otra forma de trabajo, mientras que el obrero puede variar de una forma de trabajo a otra. Marx insiste en esta diferencia cualitativa y compara la limitación del esclavo con el trabajo del campesino libre, de los artesanos y de los gremios, que veían en el trabajo un oficio. Aún así, el esclavo, el campesino libre y el artesano están dentro de la subsunción formal, porque la subsunción real solamente surge con el capitalismo, con la producción generalizada de mercancías, con la dominación total del valor de cambio sobre el valor de uso. La subsunción formal es el «sometimiento directo del proceso de trabajo al capital» Marx: El Capital, libro I, sexto capítulo (inédito), op. cit., p. 85., lo que explica que la violencia actúa mucho más directamente que en el capitalismo, aunque se disfrace con dogmas religiosos e idealistas, la voluntad divina, etcétera. En estas condiciones domina la plusvalía absoluta, la explotación basada en las largas jornadas de trabajo y pocas máquinas, es decir, más en el agotamiento físico que en el intelectual.

Por el contrario, la subsunción real del trabajo en el capital se produce cuando toda la sociedad, todas las ramas económicas y la clase obrera en su totalidad están ya insertas en la lógica del capital, y cuando éste necesita aumentar la explotación intensiva y cualificada, la realizada mediante máquinas cada vez más modernas y productivas. Es decir: «si la producción del plusvalor absoluto corresponde a la subsunción formal del trabajo al capital, la del plusvalor relativo corresponde a la subsunción real del trabajo al capital» Marx: El Capital, libro I, sexto capítulo (inédito), op. cit., p. 72.. En estas condiciones domina la plusvalía relativa, la explotación basada en el uso intensivo de las máquinas, más en el agotamiento psicofísico que solamente físico. Quiere esto decir que, en el capitalismo, los trabajadores son «simples medios de producir, mientras que la riqueza material, devenida un fin en sí, se desarrolla en oposición del hombre y a costa de él» Marx: El Capital, libro I, sexto capítulo (inédito), op. cit., pp. 89-90.. La contradicción es, por tanto, insalvable ya que, por un lado, el trabajador ha de dominarse a sí mismo, llevar en su cabeza alienada a un policía mental que le domine internamente sin tener que recurrir a la violencia externa, mientras que, por el lado opuesto, al desarrollarse el capitalismo a costa del trabajador y contra él, tarde o temprano ha de estallar esta contradicción entre el orden impuesto por el policía mental interior y la explotación creciente que destruye al propio trabajador. La tortura y las violencias capitalistas aparecen entonces con brutalidad cualitativamente superior a las precedentes porque abarcan toda la realidad social.

Para solucionar esta contradicción irresoluble, el capitalismo introduce una novedad en la historia de la explotación con repercusiones totales sobre la historia de la tortura y del terrorismo. Demos la palabra a C. Napoleoni, que resumió magistralmente esta novedad en su estudio sobre el capítulo 6 (inédito) de El Capital: «La explotación precapitalista es estática, la capitalista es evidentemente dinámica» Claudio Napoleoni: Lecciones sobre el capítulo sexto (inédito) de Marx, ERA, México 1976, p. 168.. La subsunción real logra dos cosas que Napoleoni resalta con especial ahínco: una, que la explotación «desaparece» en su forma directa, ocultándose bajo la apariencia de «libertad», haciéndose urgente la concienciación teórico-política para destrozar la falsa «libertad» sacando la explotación a la escena pública; y, otra, que la explotación se centra no en el valor de uso, sino en el valor de cambio y más concretamente en la forma-valor, es decir, en la producción y reproducción en su conjunto: «he aquí por qué el capital es voraz de plusvalía, de trabajo excedente, cosa que nunca había sucedido» Claudio Napoleoni: Lecciones sobre el capítulo sexto (inédito) de Marx, op. cit., pp. 164-166.. La explotación capitalista es y debe ser dinámica porque necesita incrementar el plus-valor para acelerar la acumulación ampliada de capital. No es estática la explotación porque, de serlo, este sistema se desintegraría en la crisis total.

La explotación precapitalista es estática porque no gira alrededor de la acumulación de capital sino del simple atesoramiento de riqueza para el consumo suntuoso, para el despilfarro. Por tanto, el terror y la tortura precapitalista aplican métodos reiterativos en lo esencial aunque cambiantes en su forma porque no necesitan destruir una lucha dinámica, ofensiva y creativa como es la proletaria, sino destruir una resistencia estática, defensiva y circular como era la de las clases explotadas precapitalistas. Es una tortura y un terrorismo que no busca la innovación cualitativa porque este concepto sólo es pensable desde y para la necesidad de una acumulación ampliada, de un incremento del plus-valor extraído mediante la subsunción real. En las páginas que siguen y hasta el final de este ensayo veremos cómo la tortura y el terrorismo capitalista, manteniendo el fondo genético-estructural común al terror básico inherente a las violencias opresoras, añaden una cualidad nueva en su evolución histórico-genética. De hecho, una de las tareas cruciales del Estado burgués es la de mantener la innovación represiva, como hemos estado viendo hasta aquí y como veremos más en detalle.

Dado que la subsunción real exige la tecnificación y la reducción del ser humano a simple tuerca de la máquina, la tortura capitalista se caracteriza precisamente por desarrollar dos contenidos que no podían existir en las violencias y torturas antiguas, precapitalistas, que desconocían lo anterior. Dicho en términos burgueses: uno, el uso de las «ciencias naturales» y, otro, el uso de las «ciencias sociales». En cierta forma, ambas también fueron usadas muy embrionariamente en las torturas y violencias antiguas, pero de forma empírica; del mismo modo que las críticas a la efectividad de la tortura como método para descubrir la verdad también se basaban en un creciente pero limitado uso del método científico de pensamiento, llegando a la denuncia de la falibilidad de la tortura, como indica S. Mollfulleda Santiago Mollfulleda: «Estudio Preliminar», en Discurso sobre la tortura, de J.P. Forner, Crítica, Barcelona. 1990, p. 109.. La limitación en el método científico que sustentaba dicha crítica, por demás cierta como han demostrado tantos estudios, radica, como el propio autor citado explica, en el uso de la adulación como «procedimiento común» y «normal» Santiago Mollfulleda: «Estudio Preliminar», op. cit., p. 49. que practicaban grandes intelectuales del siglo XVIII. Donde hay adulación no hay dialéctica materialista, no hay método científico-crítico, aunque sí haya método científico institucionalizado.

Las violencias y torturas realizadas bajo criterios de ganancia que nos remiten a la propiedad privada, las «mejoras» aportadas por el capitalismo consisten en que las matemáticas permiten una más precisa y casi exacta medición de las dosis de terror que hay que aplicar. Si en el siglo XX la matemática ha dado un paso de gigante en su capacidad de conectar lo general con lo particular y «observar lo que de unitario hay en teorías aparentemente inconexas» demostrando su potencia para la resolución de problemas muy concretos Javier de Lorenzo: «La matemática en el siglo XX», en El legado filosófico y científico del siglo XX, Cátedra, Madrid 2005, p. 743 y ss., ese mismo paso se ha producido también en su precisión para medir las dosis de dolor y sufrimiento aplicables en cada tortura particular. Los médicos y psicólogos están para medir con mayor exactitud posible el límite del torturado y la posibilidad de endurecer la tortura: para eso están las escuelas y manuales de torturadores Arthur Lepic: Los manuales de tortura del ejército de los Estados Unidos, http://www.voltairenet.org, 4 de junio de 2004.. Otro tanto respecto al terrorismo. Un ejemplo espeluznante de la matematización del terrorismo lo tenemos en las lecciones que extrajo un general tras el exterminio de más de 100.000 personas en Guatemala en el golpe militar organizado por la CIA en 1954 para impedir la reforma agraria dirigida por un gobierno democráticamente elegido: «Basta con matar al 30% de la población para obtener la paz» D. Bleitrach, V. Dedal y M. Vivas: Estados Unidos o el imperio del mal en peor, Edit. José Martí, La Habana, Cuba 2006, p. 120..

La investigación de T. Todorov sobre la «normativa increíblemente meticulosa» de los manuales de tortura de la CIA nos permite comprender el significado de la subsunción real en el terrorismo capitalista. Todorov demuestra que «se trata de unos procedimientos pautados hasta en sus menores detalles, al milímetro, perfectamente cronometrados» Tzvetan Todorov: «Los torturadores voluntarios de Bush», Hika, 209-210, junio-agosto de 2009., lo que nos remite al hecho de que, como en el capitalismo, en la tortura la economía del tiempo es vital, como en la producción capitalista en la tortura el despilfarro de tiempo redunda en aumento de los costos y en reducción de la ganancia. En la tortura la pérdida de tiempo es pérdida de eficacia porque permite al torturado un tiempo de recuperación. La subsunción real del torturado en el torturador implica que el primero se desintegra como persona que domina su tiempo en la lógica del torturador y en su tiempo torturante, al igual que en la producción capitalista el tiempo obrero es subsumido realmente en el tiempo burgués, en el tiempo de la explotación. Además, como en el capitalismo, en la tortura actúa el componente autolegitimador, el que invisibiliza la explotación. Por no extendernos, Todorov confirma lo arriba dicho por Grossman sobre las disquisiciones filosóficas de los torturadores nazis en Treblinka pero ahora realizadas por los torturadores norteamericanos en Iraq.

El desarrollo de las ciencias ha permitido una intensificación y a la vez una extensión de las represiones y violencias, de los controles y de los sistemas de vigilancia. Como hemos dicho arriba, el Estado juega un papel clave en esta dinámica. Concretamente, en el terrorismo económico, sus burocracias altamente tecnificadas son imprescindibles para aplicar la violencia laboral, su coerción sorda, que queda expresada en el concepto de «cuota de plusvalía» o grado de explotación de la fuerza de trabajo Marx: El Capital, FCE, México 1973, vol.1, p. 160 y ss., a partir del cual se derivan otras violencias más explícitas. La «razón instrumental» capitalista puede calcular con bastante precisión la cuota de plusvalía y explotación que tendrá que imponer a las clases trabajadoras, las cantidades de bombas que tendrá que lanzar contra un pueblo antes de invadirlo, y el tanto por ciento de población que deberá ser exterminada para garantizar lo que Klare ha definido como el secreto de la política energética de Estados Unidos, cambiar «sangre por petróleo» Michael T. Klare: «Sangre por petróleo: la estrategia energética de Bush y Cheney», en El nuevo desafío imperial, Clacso, Buenos Aires 2005, p. 207 y ss.. Puede sorprender esta afirmación, pero conviene leer a N. García cuando demuestra cómo, desde su orígenes, Estados Unidos recurrió a métodos de «compra, despojo, asesinato, invasiones; todas las acciones posibles se utilizaron para asegurar ese movimiento» Néstor García Iturbe: Estados Unidos, de raíz, Centro de Estudios Martiano, La Habana, Cuba. 2007, p. 88., el de la expansión en todas las direcciones, y por qué el autor sintetiza más adelante de esta forma la naturaleza de la política exterior yanqui durante la llamada «guerra fría»: «Ingerencia y agresión» Néstor García Iturbe: Estados Unidos, de raíz, op. cit., pp. 261-301..

Por su parte, Theotonio dos Santos habla claramente de «el terror como arma de la aventura hegemónica» Theotonio dos Santos: Del terror a la esperanza, MilenioLibre, Venezuela 2006, p. 362 y ss. de Estados Unidos. Debemos acusar de lo mismo al resto de Estados imperialistas, pero explicando que, antes del modo de producción capitalista, el terror y las violencias extremas de los imperios pasados nunca pudieron llegar a los niveles de sofisticación cuantitativa aunque cambiasen sangre por mujeres, por caballos, por trigo, por esclavos o por oro. El capitalismo también hace lo mismo, pero desde y para una estructura explotadora cualitativamente más injusta.

Más aún:

«la tortura es uno de los fundamentos del actual Estado-institución; una máquina compuesta por el poder legislativo con sus leyes de excepción, por el poder judicial que no investiga los casos de tortura y por el ejecutivo que nombra, entre otros, los ministros de Justicia e Interior superiores inmediatos de los funcionarios que practican las torturas» Aiert Larrarte: «Makina, ingurimaria eta iceberga», Herria 2000 Eliza, nº 219, 2009, p. 19..

Por último, la tortura burguesa se diferencia de la precapitalista en algo que parece secundario pero que resulta central desde la perspectiva del materialismo histórico, del marxismo. Grossman nos ofrece una pista decisiva. Tras detallar las tres fases en las que los nazis dividían la entrada en Treblinka de las nuevas remesas de prisioneras y prisioneros, a cada cual más dura y atroz, dice: «Acababa la tortura de la gente con mentiras; la tortura de no saber, una fiebre que los llevaba en pocos minutos de la esperanza a la desesperación, de expectativas de vida a visiones de muerte… Y cuando llegaba el momento de la última etapa del robo a los muertos vivientes, los alemanes cambiaban de pronto la forma de tratar a las víctimas. Arrancaban los anillos de sus dedos, los pendientes de sus orejas», e imprimían una rapidez aún mayor a todo el proceso dando grandes gritos. Grossman sigue: «Sabemos por la cruel realidad de los últimos años que una persona desnuda pierde inmediatamente la fuerza de resistir, para luchar contra su destino. Cuando se la desnuda, una persona pierde inmediatamente el instinto de supervivencia y acepta su destino como inevitable» Anthony Beevor: Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, op. cit., p. 360.. E inmediatamente después los nazis les quitaban lo poco que les quedaba, un trozo de jabón y toalla, obligándoles a andar desnudos con los brazos en alto. En otro momento, Grossman dice que uno de los comandantes del campo tenía un perro amaestrado para arrancar a mordiscos los genitales de los hombres vivos, desnudos e indefensos Anthony Beevor: Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo, 1941-1945, op. cit., p. 363..

Los nazis habían concentrado en poco tiempo, y en el plano de la tortura, lo básico de la subsunción real del capitalismo: al inicio, el proceso explotador-torturador se inicia con promesas vagas, con esperanzas de que no será mucha la dureza de la explotación y de que al final se evitará lo peor. Cualquier obrero u obrera con un mínimo de conciencia va en las mismas condiciones psicológicas al trabajo: que acabe cuanto antes la jornada para poder volver a casa, a su vida libre y propia. Después, el proceso explotador-torturador se va endureciendo conforme la patronal aumenta el ritmo e intensidad del trabajo, y las esperanzas se van agotando conforme transcurre la vida del trabajador, que cae en la apatía desilusionada y derrotista, en la espera a que acabe su vida laboral, al igual que el torturado se desploma en el vacío sin fondo de la desesperación. En este mundo, el explotado-torturado sólo oye las órdenes de trabajar más y más rápido, de no perder tiempo, de cumplir los objetivos, de obedecer. Y de la misma forma que al torturado se le despoja de toda referencia a su vida interna y externa, a su identidad al ser desnudado y al arrancársele todo recuerdo por íntimo que sea, también el asalariado tiene que ponerse su uniforme, o las ropas que le manda la empresa, o mantener una imagen laboral acorde con la explotación que sufre.

Sabemos que el uniforme despersonaliza, uniformiza y extermina la identidad individual para imponer la identidad del patrón, de la máquina. Y aunque no se imponga el uniforme, sí se impone una forma de vestir acorde con la imagen que necesita la empresa, no se admite la imagen propia de la explotada y del explotado. Por esto mismo, la gente se vuelve a vestir con su ropa al acabar la jornada, buscando reencontrar su identidad personal, la que han tenido que abandonar para la explotación. La desnudez del torturado es la quintaesencia de la despersonalización absoluta del trabajador aunque éste vaya vestido. En la realidad esencial, uno y otro están despersonalizados de todo porque se les ha negado su identidad. La diferencia estriba en que al torturado se le ha llevado al límite absoluto de la desnudez física mientras que al explotado se le ha llevado a la desnudez moral y personal. Al final del proceso, el torturado es introducido en la cámara de gas o exterminado de cualquier otro modo, del mismo modo que el capitalismo destroza fuerza de trabajo agotada, mercancías obsoletas y recursos naturales. El exterminio del torturado es la quintaesencia del abandono del trabajador a su suerte con una pensión que le da justo para malvivir hasta que muere al poco tiempo.

El método marxista consiste en estudiar las contradicciones antagónicas en su máximo grado de irreconciabilidad. Marx estudió el capitalismo británico porque era el más desarrollado de su época. Para comprender la dialéctica entre terrorismo, tortura y Estado debemos estudiar el imperialismo norteamericano con la ayuda de Chomsky:

«En los sesenta años pasados, las víctimas en todo el mundo han soportado el paradigma de tortura de la CIA, desarrollado a un costo que llegó a mil millones de dólares anuales, según documenta el historiador Alfred McCoy en su libro A Question of Torture. Allí muestra cómo los métodos de tortura desarrollados por la CIA a partir de la década de 1950 aparecen, con pocas variantes, en las fotografías infames de la prisión de Abu Ghraib, en Iraq. No hay hipérbole en el título del penetrante estudio de Jennifer Harbury sobre el historial de tortura estadounidense: Truth, Torture, and the American Way. Así pues, es sumamente engañoso, por decir lo menos, que los investigadores del descenso de la banda de Bush a las cloacas del mundo lamenten que al emprender la guerra contra el terrorismo, Estados Unidos haya extraviado el rumbo. No se quiere decir con esto que Bush-Cheney-Rumsfeld, et al., no hayan incorporado innovaciones importantes. En la práctica normal estadounidense, la tortura se encomendaba a subsidiarios, no la ejecutaban estadounidenses directamente en cámaras de tortura propias, instaladas por su gobierno. En palabras de Allan Nairn, quien ha llevado a cabo algunas de las investigaciones más reveladoras y valerosas sobre el tema, lo que la [prohibición de la tortura] de Obama cancela es ese pequeño porcentaje de tortura que hoy realizan estadounidenses, pero conserva el conjunto abrumador de la tortura del sistema, que es llevado a cabo por extranjeros bajo patrocinio estadounidense. Obama podría dejar de apoyar a fuerzas extranjeras que torturan, pero ha elegido no hacerlo» Noam Chomsky: Por qué no podemos ver ni los árboles ni el bosque: tortura y amnesia histórica, http://www.rcci.net/globalizacion, junio de 2009..

¿Puede existir terrorismo sin Estado?

Hemos visto hasta aquí las bases materiales, objetivas, que sostienen la estructura del Estado como parte esencial del sistema capitalista en su conjunto, como el engarce imprescindible entre la violencia burguesa y la civilización del capital. Sin embargo, una corriente de la casta intelectual se empecina en negar o reducir el papel del Estado tanto en la sociedad capitalista como, muy especialmente, la necesidad del Estado obrero y del poder popular en el tránsito al socialismo. Debemos solventar este escollo antes de poder seguir investigando qué es el terrorismo. Si negamos la importancia del Estado o la reducimos a su mínima expresión, negamos a la vez la esencia genético-estructural de la violencia en toda sociedad explotadora y la naturaleza histórico-genética de esa violencia en el modo de producción capitalista, con lo que el terrorismo queda reducido a una simple explosión casual y azarosa del irracionalismo de los instintos asesinos de la animalidad genética de nuestra especie.

Aunque parezca una herejía, hay que admitir la responsabilidad de Foucault en el debilitamiento de las nociones de «poder de clase», «poder estatal», etcétera; o sea, de la licuación del papel del Estado como centralizador estratégico y frecuentemente táctico de los micropoderes que Foucault analizó. Desde una visión benevolente de Foucault, es innegable que podemos aprender algunas cosas por él aportadas. Ésta es la idea de F. J. Martínez que sostiene que la concepción del poder de Foucault no reside sólo en el Estado, sino en otras muchas instituciones y aparatos, siguiendo en esto a Gramsci, y criticando a la escuela althusseriana. Según la versión de este autor, entre las ontologías de Foucault destaca su última fase en la que «sustituye la concepción negativa, represora y excluyente que tenía el poder en la Historia de la locura por una noción más flexible, según la cual, el poder, más que reprimir y negar, reconduce, orienta, dirige, disciplina, en una palabra, las energías y especialmente la sexual, sobre la que se monta un cuerpo teórico y práctico considerable en el que se unen el poder religioso, el poder político y el poder médico» Francisco J. Martínez Martínez: Las ontologías de M. Foucault, FIM, Madrid 1991, p. 143.. En realidad, en estas palabras no aparece nada esencialmente novedoso, sobre todo si partimos de la dialéctica de la producción y reproducción antes vista, y si hemos sido radicalmente críticos contra las «hinchadas vaciedades» de Althusser, como las definió M. Sacristán.

Hay que decir que Foucault amplía y mejora el sendero por el que se introdujo en la progresía eurocéntrica la creencia de que el Estado ya no era necesario, ya no tenía sentido, y de que el poder de clase como unidad de objetivos centralizados en el Estado había desaparecido con éste. Agrandada esta brecha, luego vinieron los postmodernos y Negri, y toda la recua de charlatanes, mientras que el imperialismo fortalecía y ampliaba sus Estados, los relacionaba mejor entre ellos y se lanzaba a una ofensiva mundial en la que el terrorismo iba adquiriendo cotas insospechables. Una de las mejores síntesis comunes, al uso del pensamiento oficial, de la obra de Foucault en la fase de 1970 a 1980, centrada en los textos básicos de Vigilar y castigar e Historia de la sexualidad, nos la ofrece M. Poster al mostrar cómo en ambos textos Foucault sostiene que «conocimiento y poder están profundamente interrelacionados, y que su configuración gravita como una presencia imponente sobre la sociedad industrial avanzada, impregnando los repliegues más íntimos de la vida cotidiana. La forma de dominación característica del capitalismo avanzado no es la explotación, ni la alienación, ni la represión, ni la anomia, ni la conducta disfuncional. Es una nueva pauta de control social que está encastrada en la práctica de varios y numerosos puntos del campo social, formando una constelación de estructuras que está a la vez en todas partes y en ninguna» M. Poster: Foucault, el marxismo y la historia, Paidós, Buenos Aires 1987, pp. 117-118..

Según este autor, Foucault barre y echa a la basura todas las teorías anteriores. Pero si nos fijamos bien, el grueso de ellas son marxistas: explotación, alienación y represión; la anomia, pertenece a Durkheim, al que volveremos al analizar el papel de la sociología en la legitimación del terrorismo. Y la conducta disfuncional hace referencia al funcionalismo yanqui desde que Parsons le dio cuerpo Talcott Parsons: El sistema social, Alianza Editorial, Madrid 1999, pp. 239-307. en la mitad del siglo XX, en los años dorados del imperialismo yanqui, corriente oficial y dominante de la sociología en cuanto base «científica» de la ideología burguesa, corriente oficial que sigue dominando con adaptaciones sucesivas y que explica cómo y por qué hay que integrar en la reproducción del capitalismo a las «conductas anómalas». Según la versión de Poster, Foucault no deja títere con cabeza, cuando en realidad lo que hace, según este autor, es atacar lo esencial de la teoría revolucionaria, la existencia objetiva de la explotación asalariada, y embellecer el ataque central con otros ataques secundarios y nada originales a la sociología en dos de sus ramas políticas más comunes. Por último, y para no extendernos, no podemos dejar de recordar el «misterio de la Santísima Trinidad» y todo el idealismo barato cuando leemos que el control social está «a la vez en todas partes y en ninguna». Juegos de palabras típicos de la teología.

Nosotros preferimos darle la palabra a M. Ivo Delicado, que está en lo cierto al decir:

«El problema del planteamiento foucaultiano es que si resulta completamente irrelevante quién ejerza el poder, éste ya no es tal porque se disipa como el humo. Parece que se olvida del sentido del poder, esto es, de concretar hacia dónde y desde dónde surge el poder. Cuando el poder no lo ejerce nadie, ya no podemos hablar de poder. Si nadie vigila a nadie, puesto que cualquiera lo puede hacer, no hay razón lógica para sentirse vigilado. Pensar que todos llegamos a ejercer el poder del mismo modo, es una manera de decir que no hay poder y, por lo tanto, de eludir el problema. En este preciso punto es donde Foucault nos muestra su lado más nihilista o negador del límite. En el ámbito de una microfísica del poder no es posible hablar de poder. Si cualquiera puede ejercer el poder, nadie tiene por qué ejercerlo» Martín Ivo Delicado Cárdenas: «De la caverna al panóptico. Consideraciones en torno al poder», en Cuadernos de Materiales, nº 13, Poder y control social..

Desde esta perspectiva marxista, D. Krujoski profundiza en una crítica que llega a la raíz misma de la debilidad de Foucault en lo relacionado con la teoría del poder y del Estado: la ausencia de un estudio crítico de las relaciones entre lo político y lo económico: «Pero de la lectura de muchos trabajos de F (Foucault) se desprende que, para este autor, las relaciones de poder no tienen otro fundamento que ellas mismas. En tal sentido no pudo proveernos de un análisis de las fuentes del poder, puesto que sus reflexiones no encararon detalladamente las relaciones entre la política y la economía. Aunque reconociera que la existencia de las técnicas disciplinarias se vinculaba íntimamente con lo económico, esa dimensión apenas asoma en algunos de sus textos. Justamente en Vigilar y castigar su analítica del poder presenta esa inexplicación de las resistencias, cómo un individuo tan maquínicamente construido podría ser capaz de oponerse a la dominación, si bien F reconoció que el carácter relacional del poder implica una constante tensión entre el poder y la oposición, donde hay poder siempre hay resistencia, sus afirmaciones, por su indistinción y generalidad, no resuelven el problema de la ausencia de fundamento de las resistencias. Si no se puede fundamentar el poder fuera del poder mismo, si no se desvela la constelación compleja entre dominación y explotación, entre lo político y lo económico, el poder acaba por ser absolutizado y esencializado».

D. Krujoski continúa diciendo que Foucault no llega a tener una concepción verdaderamente crítica de la modernidad capitalista, sino una visión limitada por el influjo de Weber en la que desaparece la dialéctica de las contradicciones en el interior de la modernidad capitalista, que es la que permite comprender por qué surge realmente la lucha de clases. Los conceptos de explotación asalariada, de plusvalía y de mercancía son inherentes al de «modernidad», y ni Weber ni Foucault los entendieron, como tampoco Horkheimer y Adorno. Pero al desconocer la dialéctica de la explotación inherente a la modernidad capitalista, se desconoce obligatoriamente la dialéctica entre poder y Estado, otra de las limitaciones de Foucault:

«Otra de las limitaciones del planteamiento de F (Foucault) es que no nos aclara la relación entre la positividad del poder, su carácter esencialmente productivo, y ese núcleo coactivo que es también esencial a todo poder, no precisa esa naturaleza coercitiva e impositiva, el referente de la coacción que el poder representa en la sociedad capitalista. Lo que quizá le llevó a subvalorar el papel del Estado en la conformación y mantenimiento de la dominación moderna. La observancia del análisis de la lucha de clases permitió a Gramsci salvar algunas unilateralidades presentes en F, ambos coincidieron en que el poder no es algo impuesto desde arriba, comprendiendo que es producido y reproducido en los intersticios de la vida cotidiana, el poder es ubicuo, pero Gramsci al contrario de F no evoca la imagen de ubicuidades “incalificables e incuantificables” de poder, si el poder está en todas partes, no está en todas partes en la misma forma y el mismo grado, algunos grupos sociales poseen más poder económico, social y cultural que otros, y poseen estos dos últimos porque poseen el primero, y en tanto este desbalance de poder no es fácilmente subvertible, existe una direccionalidad de las relaciones de poder. Mientras Gramsci coincide con F en sus tesis sobre la ubicuidad del poder, difiere de aquel cuando especifica el carácter igualmente ubicuo de la desigualdad de las relaciones de poder. Si bien todos los individuos son sitios del poder, no todos ellos incorporan, cuantitativa y cualitativamente, la misma forma de poder. Algunos poseen más, y otros menos, y la direccionalidad del poder en las relaciones de poder tiene como finalidad la conservación de este balance desigual de poder» Diego Krujoski: Ubicuo poder: Ubicua diferencia. El legado de Foucault y el marxismo, http://www.corrientepraxis.org.ar, 19 de agosto de 2007..

Sin embargo, para conocer qué es el terrorismo debemos utilizar conceptos decisivos como los de política, economía, explotación, mercancía, Estado, etcétera, cosa que, como hemos visto en la crítica de Krujoski a Foucault, éste no emplea.

Por otra parte, es meritorio el esfuerzo de D. Pierbattisti por llenar los vacíos de Foucault en lo relacionado con el poder, mediante la ayuda de Clausewitz, dejando ahora de lado algunas discrepancias sobre todo en lo relacionado a las diferencias entre la lógica dialéctica y la «lógica estratégica» que propone el autor. Insistir en la importancia de los «objetivos políticos» es vital si la política se entiende en su sentido marxista, como quintaesencia de la explotación y del poder de clase. También es importante la recuperación del «modelo de guerra», cogido de otro autor que Pierbattisti cita:

«La importancia del modelo de guerra es que se trata de un ejercicio sobre la confrontación de fuerzas materiales, que permite observar la materialidad de las fuerzas sociales. Así, empieza a objetivarse, a tomarse conciencia del ámbito del poder como “modo de producción”. El modelo de la guerra, originado en el campo del enemigo, empieza a clarificar el ámbito del poder porque nos advierte de la materialidad de las fuerzas sociales, pero, además, porque nos indica que la fuerza material deviene no sólo de los instrumentos materiales sino de los cuerpos; y, en particular, de la relación entre el ámbito de las cosas y el ámbito de los cuerpos. Éste es el camino por el que se ha empezado a tomar conciencia del poder. El ámbito del poder es, de una manera u otra, el largo proceso de constitución de la materialidad involucrada –pero siempre mistificada, encubierta, enmascarada– en las relaciones sociales entre los cuerpos» Damián Pierbattisti: Clausewitz-Foucault: apuntes para un debate inexistente, Herramienta, nº 36, Buenos Aires, octubre 2007..

Por último, otro de los campos de investigación que permite el «modelo de guerra» es el de replantear las relaciones entre violencia-terrorismo, patriarcado y su sistema de saber, y la crítica feminista a favor del denominado «privilegio epistemológico», es decir, que para conocer bien la situación de las gentes oprimidas, hay que ser persona o colectivo oprimido, en este caso las mujeres. Además, y aquí viene la crítica a Foucault, esta corriente feminista que se declaraba deudora del materialismo histórico marxista, sostiene que Foucault «no admite que el discurso de un grupo oprimido sea mejor, en el sentido de más cercano a la realidad, que los discursos dominantes. Para él no existe ninguna perspectiva privilegiada epistemológicamente para la elaboración del conocimiento. El discurso de las mujeres sería, para Foucault, un discurso más» Carmen Magallón Pórtoles: «Privilegio epistémico, verdad y relaciones de poder», en Interacciones ciencia y género, Icaria, Barcelona 1999, p. 66.. Esta crítica, además de demoledora porque va a la raíz del problema del conocimiento desde el materialismo dialéctico e histórico, es coherente con las dos vistas anteriormente. Existe una estructura de violencia que funciona unitariamente en toda la sociedad patriarco-burguesa para garantizar el beneficio, unidad que sin embargo no anula la gran autonomía de algunas de sus partes sino que la exige para lograr mejor sus objetivos. Pero, al final del análisis, las diversas violencias no remiten al Estado como centralizador estratégico, lo que sucede también con la violencia y el terrorismo patriarcal que en lo fundamental se termina rigiendo por las grandes decisiones estatales en aspectos vitales como la política poblacional, los gastos sociales y públicos, la política sanitaria, educativa, etcétera, y la mayor o menos indiferencia legal y punitiva con respecto al terrorismo sexual que padecen las mujeres.

La visión marxista sostiene que son los grupos oprimidos, en este caso las mujeres, los más capacitados para comprender desde dentro la dinámica de explotación y violencia, porque la viven en carne propia, mientras que desde fuera es mucho más difícil entenderlo, o imposible. Ahora bien, nada de esto se comprendería si no se viese que las explotaciones que ejerce el capitalismo sobre diversos colectivos –básicamente, patriarcal, sexual, etcétera; etno-nacional, racista, etcétera, y de clase– son diferentes y específicas en su forma pero coincidentes en su objetivo básico: la obtención de beneficio material y simbólico. Es sobre todo en este segundo aspecto, el más oculto, en el que el Estado juega su papel centralizador decisivo. Dado que Foucault se despreocupa del Estado y de la centralidad de la violencia, dado que se despreocupa de las diferencias en las explotaciones, por éstos y otros motivos, su aportación al tema que tratamos –todo lo relacionado con el terrorismo–, siendo válida en lo micro y aislado, falla en lo decisivo, en lo macro y en lo estructural. El «modelo de guerra», por el contrario, permite estudiar cómo las diversas estrategias parciales y particulares de los micropoderes concretos terminan o empiezan confluyendo en el Estado para mejor obtener sus objetivos, aunque muchas de sus tácticas se ejerciten de manera tan autónoma y distante en lo cotidiano del Estado que parezcan ser plenamente independientes de éste, cuando no es cierto.

El «modelo de guerra» nos remite al Estado dominante, a las contradicciones de todo tipo, desde las de sexo-género hasta las clasistas pasando por las nacionales. Los micropoderes y las resistencias concretas que generan y a las que se enfrentan, tienen en el Estado su centralizador estratégico de modo que, como veremos en su momento, si al Estado le interesa ocultar, disminuir o manipular la realidad del terrorismo empresarial, los llamados «accidentes de trabajo», o del terrorismo racista, o del terrorismo machista, o de otros terrorismos, si quiere hacerlo, y lo quiere, tiene recursos de sobra para lograrlo. Comparando la minúscula cantidad de textos científico-críticos sobre la violencia –al margen de lo que pensemos hacia cada uno de ellos– con la enorme cantidad de toda clase de publicaciones y otros medios propagandísticos burgueses, viendo tamaña desproporción comprendemos más fácilmente la derrota de la izquierda a la hora de defender y legitimar la teoría de la violencia y rebatir la propaganda del «terrorismo». Dentro de esta desproporción de medios, también juegan a favor del sistema capitalista otros instrumentos como son la alienación y el fetichismo de la mercancía que si bien actúan en una esfera básica de la realidad social, la más profunda y decisiva como es la de la producción y reproducción, por ello mismo tienen efectos devastadores sobre la capacidad humana de conciencia crítica, anulándola muchas veces.

No podemos extendernos en una crítica general de Foucault, pero, para acabar este punto, debemos decir que precisamente es en lo relacionado con el Estado como aparato centralizador y definidor de la estrategia de violencia, miedo y terror de la burguesía, en donde han surgido opiniones duras contra este investigador al cual nadie niega sus méritos en cuestiones secundarias. J. Fontana, tras reconocer que las obras fundamentales de Foucault aportaron una crítica de los mecanismos ocultos del poder que el saber establecido, los historiadores oficiales y dominantes, había pasado por alto. Pero añade de inmediato que:

«Sorprende por otro lado que el poder, que se supone controla tan eficazmente la sociedad, consintiese que sus métodos ocultos fuesen denunciados por un hombre a quien permitían que llegase a una cátedra del Collège de France a los cuarenta y cuatro años. Se ha dicho que resultaba útil porque alejaba a los intelectuales críticos de cuestiones como las de la economía, que afectan directamente “al poder”, y los desviaba hacia el terreno de la filosofía: hacia unas teorizaciones expresadas en lenguajes codificados y con un vocabulario esotérico, apto solamente para los iniciados. Con motivo de la publicación de Surveiller et punir, Jean Léonard observó que Foucault abusaba en sus denuncias de expresiones impersonales y se preguntaba: “no se sabe quiénes son los autores: ¿poder de quién?”. Esto no significa, sin embargo, que Foucault fuese un instrumento consciente del sistema; la confusa evolución de sus ideas políticas, que pasaron en pocos años de la proximidad al maoísmo al descubrimiento, con motivo de un viaje a Irán en 1978, de “una política espiritual que era un modelo para todo el mundo” –seguida, poco después, por el desencanto ante “el gobierno sediento de sangre de un clero fundamentalista”–, refleja las fluctuaciones de su vida» Josep Fontana: La Historia de los Hombres, Crítica, Barcelona 2001, p. 289..

Después de esta demoledora andanada, Fontana continúa reconociendo que los problemas planteados por Foucault eran importantes, aunque estaban presentados confusamente y «a veces de forma tramposa», y que su influencia en los historiadores, en la mejora del método histórico gracias a sus aportaciones, fue muy reducida debido a su «conocimiento sesgado y escaso de las fuentes, agravado por el uso de citas textuales adulteradas y por la formulación de afirmaciones de forma vaga, que no permitía someterlas a crítica» Josep Fontana: La Historia de los Hombres, op. cit., pp. 289-290.. Tras extenderse un poco más en éstas y otras limitaciones de Foucault, Fontana pasa a exponer el definitivamente esclarecedor comportamiento del filósofo francés a raíz de las críticas que P. Vilar hizo a uno de sus escritos publicado en un volumen especial, Faire de l’histoire, editado por los Annales: «El primer problema lo tuvieron con la contribución de Pierre Vilar a Faire de l’histoire, que los compiladores no se habían preocupado de leer antes de darla a la imprenta. El texto contenía una denuncia de las trampas y errores de Foucault y daba a entender que eran tan grandes que sólo podían ser deliberados. La ira de Foucault ante esta denuncia le llevó a exigir a los compiladores que el texto de Vilar se retirase en la segunda edición, demanda propia de la miseria moral del personaje y que demuestra su incapacidad de enfrentarse a una crítica hecha con rigor» Josep Fontana: La Historia de los hombres, op. cit., p. 191.. Y a pie de página, Fontana explica cómo la presencia de un historiador marxista de la talla de P. Vilar servía para dar «color progresista» a una revista, los Annales, en la que escribían autores de la extrema derecha, y que otro historiador de prestigio innegable, Hamilton, salió en defensa de P. Vilar porque encontraba que su denuncia a Foucault era «totalmente apropiada».

Nos hemos extendido en estas cuestiones porque no sean «menores» o «secundarias», o porque coincidan con nuestra visión crítica de las aportaciones y limitaciones de Foucault, sino porque tocan un tema central en el debate sobre el terrorismo: en la medida en que el Estado desaparece de la teoría, o es reducido a una mera abstracción sin importancia en la opresión sociopolítica, sin incidencia en la explotación social, sin responsabilidades en la dominación cultural e ideológica, al margen de la dictadura de sexo-genero patriarcal, etcétera, en esta medida se facilita la penetración de la ideología burguesa en todos los recovecos de la sociedad. Y una de las características de la ideología burguesa es que se presenta así misma como el dechado de las virtudes del pacifismo, y condena a la teoría marxista y a la praxis revolucionaria como la quintaesencia del terrorismo.

Es cierto que Foucault no ha llegado a tanto, y que en muchas de sus obras aparecen denuncias de violencias burguesas y actos de solidaridad contra el terrorismo y el fascismo, pero sus debilidades y silencios facilitan que la ideología del capital se cuele por otros resquicios, del mismo modo que sucede lo mismo con el estructuralismo «marxista» en el que no aparece en modo alguno la voluntad consciente de la clase burguesa para causar el mayor daño posible, para aterrorizar física y mentalmente todo lo posible a la humanidad trabajadora cuando esta burguesía ve en peligro su propiedad privada, su Estado y su monopolio de la violencia. La tesis althusseriana de la «historia sin sujeto» es incapaz de entender que el terrorismo lo aplican sujetos sociales precisos, con nombres y apellidos, con domicilios, cuentas corrientes y con grandísimas propiedades privadas. Por último, tampoco el postmodernismo es capaz de criticar el terror y su papel en la historia humana porque ello le obligaría a recurrir a conceptos del materialismo histórico como «modos de producción», «clases sociales» y otros que son rechazados como «metarrelatos».

Poder popular contra terror

La evanescencia del papel del Estado en el imperialismo de finales del siglo XX y comienzos del XXI fue facilitada, en buena medida, por los «descubrimientos» de Foucault y por el rechazo explícito de la dialéctica. La tesis foucaultiana del «biopoder», que parece materializarse en la panoplia de aparatos tecnológicos y medios psicológicos de control social, desde la videovigilancia y los brazaletes electrónicos para los criterios médicos, es actualizada según D. Bensaïd por una corriente intelectual que va desde Negri hasta G. Agamben, según la cual la «omnipresencia del control uniforme» Daniel Bensaïd: Elogio de la política profana, Península, Barcelona 2009, p. 69. anularía la capacidad de lucha y resistencia de las masas explotadas en los múltiples campos en donde sufre esa explotación, lo cual no es cierto y sí es muy peligroso por cuanto desmoralizador y desmovilizador.

Las obras de Negri y de Holloway son, por ahora, la espuma hueca e inasible teóricamente de la evanescencia del Estado y del terrorismo. Hace pocos años era mucho más urgente que ahora desmontar las vaguedades de Negri pero la precipitación de la crisis capitalista desde verano de 2007, las intervenciones de los Estados capitalistas entregando al capital financiero ingentes cantidades de dinero público a costa de las clases trabajadoras, y el endurecimiento imperialista, es decir, el derrumbe de la ficción postmodernista, ha dejado a Negri en el más espantoso de los ridículos. De cualquier modo, quien desee acceder a una crítica más detenida del reformismo de Negri puede leer el texto ¿Marxismo en el siglo XXI? Iñaki Gil de San Vicente: ¿Marxismo en el siglo XXI?, Universidad Central de Ecuador, 2007, pp. 175-227, a disposición también en internet.. Sucede lo contrario en el caso de Holloway por la simple razón de que la crisis capitalista ha demostrado que el accionar del Estado burgués se acelera en situaciones como las actuales, y que, frente a ello, el movimiento obrero, los pueblos oprimidos, las mujeres explotadas, etcétera, necesitan sus propios poderes de autodefensa y de avance en la liberación.

La realidad es tozuda y recientemente se acumulan las informaciones fidedignas que indican que se están intensificando los planes imperialistas contra Venezuela, planes que van desde la amenaza externa, con las bases militares norteamericanas en Colombia, la IV Flota, hasta el entrenamiento de terroristas venezolanos para que provoquen tensiones internas que desestabilicen el país. Teniendo en cuenta todo esto, P. F. Alvarado se pregunta si Estados Unidos no estará reactivando contra Venezuela la vieja y fracasada Operación Mangosta ideada por la administración Kennedy a finales de 1962 destinada a sumir a Cuba en el caos mediante centenares de actos terroristas Percy Francisco Alvarado Godoy: ¿Desempolva la CIA la Operación Mangosta contra Venezuela?, http://www.rebelion.org, 30 de septiembre de 2009.. Lo que ahora más nos interesa de tales informaciones es que muestran, primero, cómo el imperialismo sigue existiendo y siendo uno, en contra de las afirmaciones de Negri, y, segundo, cómo la existencia de un poder que cuente con una amplísima participación y apoyo populares es decisiva para derrotar al terrorismo en sus formas permanentes, tanto en la Cuba de 1962 como en la Venezuela actual, en contra de las ideas de Holloway. Si el imperialismo fracasó contra Cuba fue debido, fundamentalmente, al poder popular cubano, y si está fracasando contra Venezuela es debido, fundamentalmente, al poder popular bolivariano. La dialéctica nos permite fundir en una sola lección teórica las experiencias cubana y venezolana, enseñándonos la importancia innegable del poder popular para vencer al terrorismo, al imperialismo, desautorizando así a Negri y a Holloway.

Holloway ataca la raíz misma de la teoría marxista del Estado y del poder obrero cuando desautoriza de forma lapidaria y sin argumento alguno toda la obra de Lenin, Rosa Luxemburg, Trotsky, Gramsci, Mao, el Che. Todos quieren luchar contra el poder burgués mediante otro poder, el proletario, y eso es un error. Holloway no analiza las tesis de cada uno de estos revolucionarios, sino que los excomulga a todos a la vez y sin pruebas, con afirmaciones genéricas John Holloway: Cambiar el mundo sin tomar el poder, Herramienta, Buenos Aires 2002, p. 37.. Exceptuando la parte dedicada al fetichismo, que puede ser leída con atención, la falta de contenido real de sus tesis reaparece nada más terminar ese tema, y llega al culmen de la nada cuando intenta describir la «realidad material» del anti-poder, afirmando que «el anti-poder es ubicuo […] su invisibilidad» John Holloway: Cambiar el mundo sin tomar el poder, op. cit., p. 226., frase de claras resonancias foucaultianas. Una empresa recuperada por los trabajadores y mantenida en su poder asambleario, defendiéndola de las agresiones del Estado burgués, esta experiencia no tiene nada de ubicuo, no es invisible, sino que es un campo de lucha absolutamente material, concreto y palpable Freteco: Apertura del Segundo Encuentro Latinoamericano de empresas recuperadas por sus trabajadores, http://www.elmilitante.org, 26 de junio de 2009., en el que se debaten de nuevo buena parte o todas las tesis clásicas del movimiento revolucionario desde el inicio del cooperativismo y del consejismo. Podríamos seguir con el resto de luchas obreras y populares que han logrado avanzar y asentarse, siquiera transitoriamente a la espera de poder resistir el contraataque burgués, para ver lo espurio de la demagogia de Holloway.

Pero flotar en una abstracción tan vaporosa a la fuerza genera contradicciones, sobre todo si su autor usa terminología marxista, como se aprecia en un texto algo posterior: «El dinero y la propiedad son formas muy violentas de lucha. Sin duda, han causado en los recientes veinte años muchas más muertes que todas las guerras libradas en el último siglo. Cada día mueren 35 mil niños, simplemente porque la propiedad y el dinero les separan de lo que necesitan para sobrevivir» John Holloway: «¿Dónde está la lucha de clases hoy?», en Antagonismo social y marxismo crítico, Herramienta, Buenos Aires 2004, p. 101.. ¿Cuáles son las mediaciones que permiten que el dinero y la propiedad maten a 35.000 niños al día en todo el mundo? No encontraremos respuesta alguna a esta pregunta, pese a que es fundamental para avanzar en las luchas concretas, nada ubicuas e invisibles, contra las causas de tantas muertes. En el mismo escrito leemos:

«El concepto de clase subraya el hecho de que detrás de las cuestiones particulares (por ejemplo: contra el sida en África, por copiar música en internet, contra la pobreza en América Latina, etcétera) existe una lucha única: la lucha del capital para extraer ganancias, es decir, la lucha de parte del capital por explotar, convertir el hacer en trabajo e imponer su forma de relaciones laborales; y la lucha de nuestra parte en contra de todo esto, por una forma diferente de hacer, una sociedad basada en el reconocimiento de la dignidad humana» John Holloway: «¿Dónde está la lucha de clases hoy?», op. cit., p. 102..

Para luchar contra el sida en África ¿es necesario disponer de poderes populares armados e internacionalmente coordinados –un Estado– capaces de vencer a las transnacionales capitalistas de la salud, y presionar en las Naciones Unidas para detener la política imperialista de patentes de los descubrimientos científicos? Holloway no responde, cuando tiene a su disposición toda la impresionante experiencia cubana, con sus logros y conquistas mundialmente reconocidas Movimiento Bolivariano de Solidaridad con Cuba: La verdad de la cooperación médica cubana, http://www.kaosenlared.net, 3 de septiembre de 2009.. ¿Cómo luchar contra la propiedad cultural y a favor de bajarse la música en internet si no es con grandes movilizaciones que presionen a las transnacionales y que, además de hablar de «dignidad humana», sobre todo reivindiquen el saber colectivo, desmercantilizado? ¿Se puede avanzar mucho en esta lucha sin un poder de masas capaz de meter en cintura al capitalismo? J. Fernández Bulté cuenta en su prólogo a un libro básico, cómo actuaron Fidel Castro y la revolución cubana en 1966 para romper el cerco económico y político imperialista que estaba a punto de dejar sin libros al pueblo: nacionalizando la cultura, saltando por encima de la legislación burguesa internacional y contactando directamente con los autores sin respetar el derecho burgués de la industria cultural capitalista Julio Fernández Bulté en Derecho de ¿autor?, de Lillian Álvarez Navarrete, Ciencias Sociales, La Habana 2004, pp. VII-XVI.. Sin un Estado independiente, Cuba jamás hubiera podido tomar aquella decisión transcendental para su futuro. ¿Cómo luchar contra el hambre en América Latina si no es frenando en seco a sus burguesías y al imperialismo? Pongamos el ejemplo de Bolivia, que es el de toda América: las sublevaciones populares en defensa del agua, del gas y de los recursos del país han puesto en el orden del día el problema del poder popular más a la izquierda que los gobiernos progresistas actuales Yasser Gómez: El marxismo tenemos que indianizarlo. Entrevista a Felipe Quispe «El Mallku», http://www.kaosenlared.net, 5 de septiembre de 2009..

Hemos respondido a cada una de las generalidades de Holloway con su correspondiente crítica concreta, basada en experiencias sociales precisas, que han costado sufrimientos y sangre, y que motivan reflexiones teóricas muy ricas y decisivas. No es éste el sitio para extendernos en esta cuestión porque necesitaríamos varias páginas más, pues someter a crítica una abstracción exige, en primer lugar, sentar las bases históricas de las que se parte, contrastadas y contrastables, para no degenerar en el mismo bizantinismo metafísico de Holloway y, después, mostrar que todas ellas nos conducen al problema del Estado, de las violencias y del terrorismo como arma última del poder burgués tanto en las cuestiones planteadas por Holloway como en todas las restantes. A. Borón ha desmontado de manera brillante el idealismo subyacente en la tesis de Holloway y de otros autores de lo que él define como un «extravío teórico-político» en un momento en el que el capitalismo está interesado en ocultar el papel criminal de su Estado mientras que, a la vez, lo refuerza y expande en sus fuerzas armadas y sus presiones económicas por todo el planeta. La crítica de Borón a Holloway es radical no sólo en el fondo sino también en la forma, porque sostiene que el planteamiento de Holloway no es utópico, sino quijotesco o quimérico, algo totalmente opuesto a la utopía Atilio Borón: «Poder, “contrapoder” y “antipoder”», en Contra y más allá del capital, J. Holloway, Edit. Milenio Libre, Caracas 2006, p. 156.. Por su parte, G. Almeyra, en su crítica a Holloway, reprochándole que desconoce lo que sucede en Argentina, en Chiapas, y en otros lugares, pone el dedo en la llaga: «Pero la política tiene a su favor que el capital, para realizarse, necesita también hacer política, necesita territorio, necesita el Estado (las leyes favorables, los jueces corruptos, los policías represivos, etcétera.)» Guillermo Almeyra: El dificultoso no-asalto al no-cielo, op. cit., p. 174.. Y por no repetirnos, D. Bensaïd, en el mismo volumen y tras repasar muchas experiencias históricas incluida la zapatista, dice que «Holloway alimenta ilusiones peligrosas» Daniel Bensaïd: ¿La revolución sin tomar el poder?, op. cit., p. 193..

Con todo, una de las críticas más demoledoras a las peligrosas ilusiones quijotescas de Holloway, la encontramos en las declaraciones de un militar argentino retirado que sí conoce desde dentro cómo es el aparato estatal en su núcleo duro, en esos jueces corruptos, en esa policía represora, en esas leyes que siempre favorecen al capital y en ese ejército formado para el golpe militar. H. Ballester dijo en 2001 que las fuerzas armadas argentinas tenían «sólo misiones represivas» contra quienes rechazan el neoliberalismo, contra las rebeliones campesinas y contra los pueblos del mundo que rechazan el orden imperialista. Sigue explicando cómo a partir de 1930 el ejército se distancia cada vez más del pueblo y tras enumerar una enervante lista de golpes militares que «van aumentando en frecuencia y virulencia», hasta llegar al de 1976-1983 concluye: «Dejaron así de ser las Fuerzas Armadas nacionales para convertirse en las fuerzas de la represión de regímenes repudiados por la mayoría de la población, ya que no sirven a intereses argentinos sino foráneos, así como de los servidores vernáculos que van sobreviviendo a todos los cambios de gobierno, sean dictaduras militares o democracias de baja intensidad» Horacio Ballester: «El poder militar», en El poder en la sociedad posmoderna, Prometeo, Buenos Aires 2001, pp. 128-129.. Una de las cosas buenas de estas palabras es que están dichas en un debate sobre la sociedad postmoderna, presentando una visión de largo alcance, una perspectiva histórica coherente que critica el mito de la desaparición del poder de clase y su difuminación entre la sociedad.

Hemos iniciado este capítulo sobre el Estado como el engarce entre la violencia y la civilización del capital, como el centro que dirige el terrorismo que garantiza la propiedad privada en los momentos críticos, y lo hemos concluido viendo la inconsistencia de las tesis que aseguran que el Estado ha dejado de existir, o ya no es importante, precisamente cuando el capital culmina la fusión entre militarismo y Estado. Pero debemos ser más precisos en nuestro análisis una vez que nos hemos liberado de los tópicos reformistas.

Terrorismo e ideología burguesa

Las ciencias de terror aplicado

Mientras que la militarización capitalista era inseparable del fortalecimiento del Estado burgués, mientras que la lista de golpes militares y de Estado se acrecentaba desde finales de la guerra mundial, en 1945, mientras que las oleadas represivas «suaves» o «duras» se sucedían en los países capitalistas desarrollados para derrotar la oleada prerrevolucionaria iniciada a finales de los años sesenta, y, por no extendernos, mientras que los Estados multiplicaban sus intervenciones económicas en los ochenta para imponer la «salida neoliberal», por el lado de la casta intelectual y académica se procedía justo en la dirección contraria: negarlo todo, o lo esencial, como hemos visto en el caso de Foucault y otros. Lo peor de este retroceso o huida es que se ha dado no solamente en el momento de mayor ofensiva imperialista a escala mundial desde el estallido de la guerra de 1939-1945, con las espeluznantes experiencias prácticas amontonadas desde entonces, sino también en un momento en el que la teoría revolucionaria abierta o encubierta estaba aportando brillantes ideas al respecto, sobre el insustituible papel del Estado para la continuidad del capitalismo.

Empezamos recurriendo a una obra colectiva sobre las relaciones entre economía, política y militarismo en Estados Unidos entre 1945 y 1985, con una crítica totalmente premonitoria de los efectos a largo plazo de la política iniciada por la administración Reagan, consistente en reactivar al máximo la doctrina Monroe, en masificar la política del miedo interno en Estados Unidos a un enemigo implacable y en pasar a la ofensiva en la lucha mundial contra el comunismo M. A. Cabrera, P. Calderón y M. P. Colchero: EEUU 1945-1985 Economía Política y militarización de la Economía, Iepala, Madrid 1985, p. 337.. Para comprender en su justo alcance las implicaciones de estas palabras tenemos el ejemplo de la tristemente Escuela de las Américas creada en 1946, trasladada de lugar en 1984, cuando fue sacada de Panamá, cambiándole el nombre en 2001 tras conocerse muchos datos sobre su responsabilidad directa en golpes de Estado, en decenas de miles de desapariciones y asesinatos, en incontables detenciones y torturas, en campañas de guerra psicológica y de violencia reaccionaria de toda índole, y en muchas otras acciones terroristas. Se calculan que ha formado en las sucesivas doctrinas de contrainsurgencia a más de 60.000 militares, policías y agentes de nada menos que veintitrés países. Lo que nos interesa de este ejemplo, que no es el único, es la triple lección consistente en, primero, que aplicaba el pensamiento elaborado por investigadores siempre relacionados con el Estado y sus fuerzas armadas; segundo, tenía una directa relación con las industrias político-mediáticas de ésos y otros países y, tercero, respondía a una visión mundial del imperialismo yanqui, no sólo a una visión estrictamente latinoamericana. Pero al final del análisis minucioso de todas las variantes, diferencias y matices que aparecen en la superficie de las prácticas geoestratégicas del imperialismo, en nuestro caso del norteamericano ejemplarizado en la Escuela de las Américas, lo que descubrimos no es otra cosa que «como resulta descaradamente patente, una vez más, éste es el verdadero sentido de los conceptos geoestratégicos: siempre tienen una finalidad principal socioeconómica y sólo secundariamente militar, política o ideológica» M. A. Cabrera, P. Calderón y M. P. Colchero: EEUU 1945-1985 Economía Política y militarización de la economía, op. cit., p. 366..

Este texto abarca una época en la que el imperialismo mantuvo grandes guerras en defensa de sus intereses pero también desarrolló nuevos métodos de dominación indirecta mediante el poder de penetración de las grandes empresas monopolísticas. No vamos a extendernos aquí en las características de los conglomerados transnacionales que, sin apenas recurrir a la violencia, invadían económicamente a los países débiles, empobreciéndolos todavía más. Durante la década de 1960 el poder efectivo de los monopolios era ya incuestionable, y su falta de escrúpulos generaba cada vez más preocupaciones en los países en los que se asentaban las transnacionales. En una brillante síntesis, J. Cambre presentó una «lista de seis temores de los países frente al poder imparable de los monopolios:

  1. Temor de que la compañía multinacional tomará mucho y dejará poco.
  2. Temor de que […] aplastará la competencia en el país penetrado y alcanzará rápidamente una dominación monopolística del mercado y tal vez del conjunto de la economía nacional.
  3. Temor del país penetrado de hacerse dependiente de las fuentes extranjeras en lo que respecta a la tecnología moderna.
  4. Temor de que las subsidiarias de las compañías multinacionales se usen como un instrumento de política exterior del gobierno del país en el que está radicada la compañía matriz.
  5. Temor de que los mejores empleos se otorgarán a los ciudadanos del país originario de la empresa multinacional y no a los ciudadanos de la nación penetrada.
  6. Temor de que la compañía matriz adopte decisiones en flagrante desconsideración […] de la economía nacional del país penetrado…
  7. Eso puede ocurrir simplemente si una empresa subsidiaria orientada hacia la exportación recibe órdenes de la casa matriz de que cese de exportar a determinado mercado extranjero debido a presiones políticas del gobierno del país originario» J. Cambre: Nuevo poder del capitalismo, ZYX, Madrid 1972, pp. 97-98..

Como se aprecia, estos temores surgían de las entrañas mismas de los pueblos ante, primero, el poder de saqueo de las multinacionales; segundo, ante su control interno creciente de los pueblos penetrados, y, tercero y especialmente, ante su pérdida de independencia económica y política de facto, que no de su independencia formal y aparente, sino de su decisiva independencia económica, superada por el poder de las transnacionales. Lógicamente, la necesidad de asegurar esta independencia real creció en respuesta a dichos temores, pero a la vez y en sentido opuesto, también creció la determinación de las multinacionales y de sus Estado-cuna, del imperialismo en suma, por aplastar de cualquier modo tales resistencias. Es en este contexto mundial de polarización entre los pueblos y el imperialismo en donde tenemos que ubicar el ascenso del militarismo capitalista en estos años.

Pero sin duda fue G. Menahem quien más «acertó» en la naturaleza de la militarización y en su tendencia expansiva en todos los sentidos, especialmente en lo que concierne a la determinación de la ciencia y del conocimiento por los intereses militares. Al final de su actual e impresionante texto, pese a los años transcurridos, el autor analiza «el control de las masas en vías de insurrección y las técnicas de la “represión suave”» constatando los «gigantescos esfuerzos para sofocar los movimientos de liberación nacional en todo el mundo» George Menahem: La ciencia y la institución militar, Icaria, Barcelona 1977, p. 258. realizado por Estados Unidos en la segunda mitad de los años setenta del siglo XX. Sostiene que a comienzos de los años sesenta Estados Unidos era consciente de que el orden mundial e interno sufría una crisis preocupante, por lo que decidió «recurrir una vez más a su valiosa aliada, la investigación científica y técnica» que, entre otras muchas medidas, tomó la de fichar en los nuevos ordenadores las características de cada uno de los hombres mayores de 14 años de la población del Sur del Vietnam, además de otras medidas de control y prevención anti insurreccional George Menahem: La ciencia y la institución militar, op. cit., p. 260.. Sigue mostrando cómo en 1973 la OTAN empezó a investigar los aspectos psicosomático, psicodiagnóstico y terapéutico de la agresividad humana, ayudada por especialistas de la Alemania Federal, con avances en el uso del método de la privación sensorial, del aislamiento total impuesto a los prisioneros, así como de la «cámara insonorizada» en la que se daban a los prisioneros productos químico-farmacéuticos. Se investigó también sobre las primeras posibilidades de manipular genéticamente a las poblaciones y aunque se decía que aquello era ciencia-ficción, el autor sostiene que «la producción de armas étnicas que atacarían selectivamente a ciertas poblaciones con características genéticas especiales y sólo a esas poblaciones, parece, por el contrario, pertenecer por completo a la realidad presente» George Menahem: La ciencia y la institución militar, op. cit., pp. 262-263..

Menahem informa que decenas de miles de policías y militares de todo el «mundo libre» fueron entrenados en estas novedades a la vez que aportaban sus experiencias prácticas. Especial importancia adquiere su crítica al comportamiento represivo del «reformismo del partido socialista francés», y hablando sobre la «represión suave» sostiene que es tímida «en comparación con aquellos procedimientos futuros que prometen los estudios del psiquismo y de los compuestos psicótropos […] La privación sensorial es reforzada por un “ruido blanco” continuo que sofoca todos los demás ruidos producidos por el prisionero en su celda, con el objeto de debilitar su resistencia psíquica a los interrogatorios». Pero, tras reconocer que todavía, a mediados de los años setenta, tales métodos eran aplicados en pequeñas dosis, no duda en sostener que su aplicación a gran escala dependerá de si se agudiza o no la lucha de clases George Menahem: La ciencia y la institución militar, op. cit., p. 268..

Por último, para lo que aquí nos interesa, el autor da cuenta de la evolución hasta ese momento de tres contradicciones en la violencia, y avanza otras tres hipótesis sobre su evolución previsible: la primera es que desde 1789 los conflictos entre las grandes potencias han adquirido la forma de guerra total, pero todo indica que la tecnificación científica de la guerra está acabando con la solidaridad y la disciplina al estilo antiguo imponiéndose la aplastante superioridad de la moderna técnica de la guerra científica; la segunda es que en las guerras contrarrevolucionarias, en las guerras contra las luchas de liberación nacional también se impone la alta tecnología destinada a aplastar y destruir a los pueblos rebeldes, mientras que la antigua «valentía colonial» es suplantada por «un diluvio de fuego y de muerte automatizado»; y la tercera es que la represión de las luchas revolucionarias en las metrópolis imperialistas también se está modernizando y tecnificando con rapidez en todos los sentidos, especialmente con la ayuda de la electrónica, y lo que es más importante, en las metrópolis se tiende a utilizar los métodos de «investigación y aniquilamiento» o de «destrucción y pacificación» experimentados en la sofocación de las guerras de liberación nacional George Menahem: La ciencia y la institución militar, op. cit., pp. 269-270..

Un tercio de siglo más tarde, las tres hipótesis sobre los desarrollos tendenciales fuertes han sido confirmandas inequívocamente tanto por la evolución del capitalismo como por otros estudios que han aportado nuevos datos. Por ejemplo, G. Piccoli ha recordado que ya en 1954 el presidente Eisenhower había constituido una comisión para estudiar formas de guerra que más tarde se denominarían de «contrainsurgencia», para atacar a los enemigos de Estados Unidos con métodos no convencionales, de guerra no declarada oficial y legalmente, métodos en los que la propaganda y lo que ahora se define como «guerra psicológica» ya estaban enunciados en su núcleo. Fue a partir de ese estudio que se avanzó en la industria del cine como arma de contrainsurgencia, de modo que Hollywood empezó años más tarde a inundar el mundo con las películas de Stallone, Schwarznegger y otros personajes idénticos, de manera que una investigación de la UNESCO de 1997 mostraba que 9 de cada 10 niños se identificaban con esos personajes Guido Piccoli: El sistema del pájaro. Colombia, laboratorio de barbarie, Txalaparta, Tafalla 2004, pp. 226-227.. Más adelante, este investigador explica cómo esa línea abierta en 1954, reforzada tras la humillante derrota imperialista en Vietnam, llevó a la creación de «ejércitos privados» asesinos y criminales en grado extremo, subvencionados por los Estados, que operaban al margen de la propia ley burguesa. Grupos terroristas que no solamente asesinaban en el Tercer Mundo sino también en Estados capitalistas «democráticos» como la red Gladio en Italia, o los GAL contra Euskal Herria Guido Piccoli: El sistema del pájaro. Colombia, laboratorio de barbarie, op. cit., pp. 229-231..

Por otra parte, asistimos a una síntesis de las tres hipótesis avanzadas por Menahem, para ser aplicada en la lucha contrarrevolucionaria en los enormes, densos, enrevesados y hasta caóticos espacios urbanos en los que las grandes zonas industriales se entremezclan con las vías de transporte, con barriadas populares y empobrecidos, con zonas de almacenamiento de toda serie de productos y mercancías, con islotes burgueses acorazados y protegidos por tropas privadas, con aeropuertos cada vez más cercanos a estas gigantescas conurbaciones y con instalaciones portuarias sitas en su mismo centro geográfico.

L. Philippe ha estudiado las nuevas estrategias militares imperialistas Leymarie Philippe: Hacia la codificación de una doctrina. Los ejércitos se preparan para el combate urbano, http://www.rcci.net/globalizacion, mayo de 2009. ante estas nuevas realidades. Los militares saben que los medios urbanos destrozados por la guerra y los bombardeos masivos son especialmente aptos para la guerra irregular urbana, en donde la moderna tecnología blindada y el control aéreo masivo pierden mucha de su efectividad. Y lo más grave para el imperialismo es que la mitad de la población mundial vive ya en estas gigantescas conurbaciones cada día más difíciles de controlar. Estas recientes mejoras represivas ahondan en las reflexiones sobre el mismo problema que ya se hacían con anterioridad y que engarzan directamente con los análisis de Menahem de hace un tercio de siglo. Aquí debemos recordar con especial interés el acierto que tuvo la Internacional Comunista cuando repartió masivamente el libro sobre la insurrección armada, arriba citado, sobre todo las páginas dedicadas a la lucha en las calles de las grandes ciudades A. Neuberg: La insurrección armada, op. cit., pp. 231-265., que adquieren cada día más importancia por la tendencia objetiva a la urbanización del mundo Informe de World Wacht Institute, en http://www.gara.net, 2 de mayo de 2007., por el crecimiento de las conurbaciones masivas en las que las enormes barriadas empobrecidas rodean a los pequeños núcleos acorazados en los que se refugia la gran burguesía mostrando la realidad del poder capitalista Aksel Álvarez: La configuración del territorio: Expresión del poder, http://www.aporrea.org, 24 de noviembre de 2007., y porque en estas luchas la clase dominante aplica buena parte de sus más recientes innovaciones represivas y planes estratégicos, como ha demostrado D. Harvey en su investigación sobre Nueva York David Hatvey: Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid 2007, p. 53 y ss. o en general sobre todos los espacios urbanos empobrecidos y en los suburbios míseros Mike Davis: Los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo, http://www.kaosenlared.net, 10 de marzo de 2007., con el agravante de que ahora las fuerzas imperialistas extienden su estrategia a los centros urbanos del capitalismo más desarrollado, en donde la pobreza avanza más y más, llevando la «guerra contra los pobres» Raúl Zibechi: Guerra contra los pobres: la militarización de las periferias urbanas, http://www.lahaine.org, 17 de febrero de 2008. a su propio interior.

Un tema que nos llevaría mucho tiempo analizar es el de los cambios premeditados introducidos por el poder en la geografía urbana para facilitar la represión. Desde hace tiempo se conoce la efectividad controladora del denominado «orden oculto» en todo espacio urbano, que busca más la función social impuesta por el sistema que la felicidad y el libre desarrollo del individuo, o usando el ejemplo del autor, el del ama de casa que ha de malvivir sin alegría ni libertad alguna en el urbanismo oficial Emile Aillaud: Orden oculto, desorden aparente, Biblioteca CIM, Madrid 1976, p. 158., en el urbanismo ideado por la clase dominante. El «orden oculto» actual es resultado de una larga evolución previa en la que la interacción de conceptos como geografía, poder y modo de producción es decisivo como se ha demostrado Joan-Eugeni Sánchez: La geografía y el espacio social del poder, Edit. Los Libros de la Frontera, Barcelona 1981, p. 211., de modo que las luchas sociales y las estrategias represivas de planificación urbana en el capitalismo llegan a fusionarse en una sola. L. E. Zavaleta investigó en 1998 la estrategia de control social dentro de la gran arquitectura precolombina en Perú Luis Enrique Zavaleta Paredes: Arquitectura y control social: los accesos en el centro urbano de Huacas del sol y la luna, valle de Moche, http://www.arqueologia.deperu.com, mostrando la unidad de intereses de dominación social y de planificación arquitectónica y urbana, que tiene cada vez más en cuenta los problemas de control y prevención de las resistencias populares en cualquiera de sus formas de acción, para lo que el poder introduce las más recientes tecnologías. P. Virilio ha analizado cómo la videovigilancia omnipresente que infecta nuestras vidas está potenciando la «delación generalizada» Paul Virilio: «Videovigilancia y delación generalizada», en La post-televisión, Icaria, Barcelona 2002, pp. 73-80..

En 2005 se publicó un estudio sobre las resistencias y luchas a escala mundial al calor del aumento de la explotación imperialista. En el capítulo dedicado a la represión de las protestas sociales se demostró el proceso de endurecimiento, en todos los sentidos, de las acciones punitivas que estaba teniendo lugar en las «democracias occidentales» contra las movilizaciones sociales. Conforme acababa el siglo XX la represión de los derechos democráticos ha ido en aumento, sobre todo cuando atañen a derechos de manifestación, organización, expresión y otros. Uno de los argumentos que el poder emplea para justificar sus tropelías es el del fin de la política en el sentido de actividad pública organizada fuera de los cauces estrictamente electorales. La ideología del fin de la política Donatella della Porta y H. Reiter: «Las medidas policíacas frente a las protestas altermundialistas», en Globalización de las resistencias, Icaria, Barcelona 2005, pp. 287-303., jaleada por la derecha neoliberal, ha sido también aceptada por la «izquierda» que se limita exclusivamente a las campañas electorales habiendo desistido ya de cualquier presencia en los conflictos, en las fábricas y en la calle, de modo que, a su amparo, el poder reprime con creciente facilidad porque aduce que toda acción no limitada al marco legal establecido sale fuera de la ley. Esta tendencia represiva al alza es definida por D. Bensaïd como «estado de excepción corriente» pensado para responder con rapidez a estallidos sociales como el de otoño de 2005 en las barriadas empobrecidas francesas Daniel Bensaïd: Elogio de la política profana, Península, Barcelona 2009, p. 57 y ss., que el autor analiza y a la que volveremos.

A la vez, las policías recurren a armamento especializado en el control de masas Pablo Elorduy: Crece el uso de las armas destinadas al control de masas, http://www.lahaine.org, 6 de noviembre de 2008., como las pistolas y porras eléctricas, gases paralizantes, cañones de agua con colorantes, entre otros, incluidas las nuevas armas sónicas todavía en experimentación y que han sido utilizadas por la dictadura hondureña y por la policía norteamericana contra los manifestantes que protestaban contra la reunión del G-20 en Pittsburg Eva Golinger: La Guerra Sónica de Washintong, http://www.rebelion.org, 30 de septiembre de 2009.. Éstas y otras armas que están en período de prueba están ideadas para reprimir las «nuevas» formas de protestas que van creciendo en las grandes conurbaciones del planeta. Por ejemplo, la quema de coches lujo que aparcan en los barrios pobres y alternativos, coches de personas que empiezan a residir en esos barrios acelerando el proceso de expulsión del pueblo y de transformación de los barrios populares en zonas burguesas residenciales, proceso de expulsión de las masas trabajadoras y de aburguesamiento que se denomina gentrificación Tageszeitung: ¿Es la quema de automóviles de lujo una acción política?, http://www.rebelion.org, 19 de septiembre de 2009.. Por su parte, D. Harvey explica así qué es la gentrificación: «expulsión de la población de un barrio deteriorado para aumentar el precio de las viviendas, que obligan a las clases populares a desplazarse» C. Prieto-D.Harvey: Esto no es el final del modelo neoliberal sino una intensificación del mismo, http://www.lahaine.org, 16 de octubre de 2008.. Los cambios urbanos en detrimento de las clases oprimidas, el aumento de la explotación y el descenso de los salarios, el aumento de la represión y de las vigilancias, etcétera, terminan generando más protestas.

No hay duda de que los gigantescos espacios urbanos empobrecidos y sobreexplotados son ya una de las mayores inquietudes de las fuerzas represivas capitalistas. B. Lima Rocha ha estudiado la explosiva situación de la «guerra urbana» en Río de Janeiro Bruno Lima Rocha: El capitalismo salvaje y la guerra urbana en Río de Janeiro, http://www.enlacesocialista.org.mex, 16 de noviembre de 2009., mostrando cómo interactúan las fuerzas policiales y militares, las bandas parapoliciales, las bandas de las drogas, bajo la indiferencia calculada del poder estatal, en medio de una realidad de pobreza y miseria en la que la delincuencia aparece como una de las formas más rápidas de obtención de recursos básicos. En esta guerra urbana cotidiana el poder estatal no duda en recurrir, cuando quiere, a las mejores armas de alta tecnología a la vez que a las tácticas más siniestras y oscuras de provocación, espionaje y guerra sucia, en un contexto brutal determinado por el capitalismo salvaje. La derecha y las fuerzas reaccionarias, que son las causantes de esta realidad, la manipulan para generar miedo y terror entre la población sin conciencia crítica con la propaganda de la «inseguridad ciudadana». En Venezuela y especialmente en Caracas pero también en otras grandes urbes, como indica M. Guaglianone Miguel Guaglianone: La violencia urbana, http://www.aporrea.org, 14 de diciembre de 2009., la reacción exagera la realidad de la «violencia urbana» para intentar debilitar el proceso bolivariano.

En el Estado francés van a funcionar los drones, aviones teledirigidos de observación, para controlar las grandes barriadas populares: «se trata más de crear un clima de desconfianza hacia los habitantes de los suburbios que de buscar la reducción de una violencia real. La metáfora es obvia: las ciudades deben estar rodeadas de muros virtuales bajo control aéreo permanente. La sensación de vivir en territorios ocupados militarmente, en una especie de colonización, ya está interiorizada por numerosos jóvenes procedentes de la inmigración desde las revueltas de noviembre de 2005 durante las cuales se instauró la ley de estado de emergencia, aplicada por primera vez desde la guerra de Argelia. […] Esta lógica de guerra colonial conduce a tragedias como la de la muerte de Chunlan Zhang Liu, un chino sin papeles que se arrojó por una ventana el 21 de septiembre de 2007 para huir de un control de la policía. Anteriormente, en dos meses, otros cuatro extranjeros también se lanzaron por las ventanas, lo que demuestra el miedo que se ha apoderado de los hogares de miles de familias que no se atreven a salir, viajar, ir al trabajo, acudir a la escuela… un escarnio de los derechos fundamentales» Noël Mamère: Los suburbios franceses bajo vigilancia teledirigida, http://www.rebelion.org, 26 de noviembre de 2008.. Sin extendernos, pero para reseñar un dato muy ilustrativo sobre el avance de la represión legalizada, tenemos las nuevas leyes coercitivas implementadas en Bélgica Jean-Claude Paye: Bélgica perfecciona su ley antiterrorista, http://www.vientosur.info, 4 de julio de 2009., país tenido por uno de los más «demócratas» de Europa, que reduce los derechos internos con la excusa de vigilar la acción política de organizaciones prohibidas en Turquía.

T. Burghardt ha investigado los recientes desarrollos militares en neurociencia destinados a crear el «guerrero perfecto», el soldado invencible en el combate urbano, en esas abigarradas extensiones de edificios, fábricas, almacenes y carreteras que invaden la geografía mundial. Deja constancia de las decisivas aportaciones realizadas por prestigiosos psiquiatras y psicólogos bien pagados por la CIA, sacando una vez más a la luz el papel de la psicología en el reforzamiento del capitalismo, tema al que volveremos al analizar los suicidios de la gente explotada para escapar del terrorismo empresarial, y añade:

«La Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de la Defensa [Estados Unidos] (DARPA, siglas en inglés) que no se siente precisamente muy conturbada por consideraciones de carácter ético, ha estado explotando y sirviéndose de los avances de la tecnología punta en neurociencia, ordenadores y robótica en su intento de construir el “guerrero perfecto”. Los investigadores de la DARPA, al ajustarse y aprovechar toda una serie de proyectos para su objetivo de “dominar” el “campo de batalla” urbano del sur global y de las ciudades de la “patria”, están pasando conscientemente desapercibidos» Tom Burghardt: Neurociencia, seguridad nacional y guerra contra el terror, http://www.rebelion.org, 7 de agosto de 2008..

Uno de los objetivos de estos estudios es el de aumentar al máximo la precisión y exactitud no sólo del material sino de las tropas:

«Los estrategas norteamericanos han desafiado el concepto de precisión dimensional completa, a partir de la consideración de la vulnerabilidad de las fuerzas armadas estadounidenses a las asimetrías y como forma de justificar el desarrollo de armamentos más sofisticados, de mayor precisión física (al impactar los blancos) y psicológica. La precisión física se deriva del perfeccionamiento de los sistemas llamados inteligentes y de la habilidad de ajustar o graduar los efectos de un armamento particular. La precisión psicológica es más compleja, pues se trata de conseguir que, en una operación militar, el enemigo y la opinión pública internacional tengan opiniones y conductas que se avengan a los intereses de los Estados Unidos […] La psicotecnología es la ciencia que desarrolla armamentos no letales de alta precisión psicológica dirigidos a manipular el pensamiento y la conducta del ser humano. En estos momentos, se está creando una tecnología que ofrezca la posibilidad de alterar las percepciones de la audiencia blanca mediante el incremento del miedo, de una total tranquilidad o de cualquier reacción requerida para lograr sus objetivos» Emiliano Lima y Mercedes Cardoso: La sicotecnología y los siniestros laboratorios del Pentágono para intervenir el cerebro humano, http://www.lahaine.org, 25 de noviembre de 2006..

La ciencia del terror no se detiene con tales logros, sino que respondiendo a las necesidades del imperialismo, que prevé una agudización de las contradicciones irreconciliables y un aumento de las resistencias mundiales, está desarrollando en los últimos tiempos diez investigaciones represivas en las que los ejércitos van a tener un papel decisivo, según informes de prensa crítica. De entre ellos queremos destacar, además del uso creciente de toda serie de drogas y psicofármacos, parapsicología incluida, también la utilización de cobayas humanas, y muy especialmente la creación del «soldado perfecto», del «guerrero 24/7», capaz de mantener su capacidad de muerte todas las horas del día durante los siete días de la semana gracias a píldoras estimulantes cada vez más eficientes y compatibles con la compleja tecnología del armamento actual http://www.rebelion.org, 5 de septiembre de 2009..

Éstos y otros planes no se realizan aisladamente sino que pertenecen a paradigmas, doctrinas y sistemas de contrainsurgencia que los Estados imperialistas van elaborando y reelaborando periódicamente, tanto a nivel general como a nivel concreto, planes globales y planes parciales, siempre dentro de una perspectiva de largo plazo. Por lo común, y hasta ahora, los restos de las viejas libertades burguesas que sobreviven mal que bien en Estados Unidos están permitiendo que se conozcan algunos de estos planes, no todos. Retrocediendo cronológicamente del presente al pasado, vemos que el investigador cubano E. Acosta Matos ha publicado recientemente sus estudios sobre el manual Countreinsurgency, de diciembre de 2006, es el que rige oficialmente la política en este campo del Ejército y el Cuerpo de Marines de Estados Unidos. A pesar de que presenta algunas páginas censuradas, la mayoría de sus 282 cuartillas pueden ser consultadas en internet. Se identifica por las siglas FM 3-24 y MCWP 3-33.5, sustituye a otros manuales semejantes de 1980 y de 2004, y está firmado por los generales David H. Peatreus y James F. Amos. En su «Introducción» reconoce que viene a llenar «la brecha doctrinal de los últimos veinte años», por lo que ha de ser considerado lo más actual y vigente del pensamiento contrainsurgente yanqui. Acosta Matos resume así este documento:

«Algunas de sus definiciones permiten entender mejor lo que ha ocurrido en Honduras, pues facilita entender la mentalidad de los jefes militares formados en tales doctrinas:

  • «En el ejército y los marines reconocen que cada insurgencia es contextual y presenta desafíos particulares. Usted no puede combatir de la misma manera a los partidarios de Saddam Hussein y a los extremistas islámicos, como combatió al Vietcong o los Tupamaros.
  • Las insurgencias, aún en nuestros días, siguen siendo guerras dentro de un mismo pueblo. Ellas utilizan variantes de los estándares, pero coinciden en formar parte de un mismo plan revolucionario.
  • Conducir operaciones de contrainsurgencia exitosas requiere de fuerzas flexibles, guiadas por jefes ágiles, bien informados y culturalmente astutos.
  • La insurgencia es un movimiento organizado que busca derrocar a un gobierno constituido mediante el uso de la subversión y de conflictos armados. La contrainsurgencia son acciones militares, paramilitares, políticas, económicas, psicológicas y cívicas tomadas para derrotar a los insurgentes. Ambas son caras de un mismo fenómeno que ha sido llamado también “guerra revolucionaria” o “guerra interna”.
  • El éxito duradero de las operaciones contrainsurgentes depende de que el pueblo acepte ser gobernado por el gobierno. Para ello el gobierno deberá eliminar tantas causas de la insurgencia como sea posible. Eso incluye eliminar a los extremistas cuyas creencias sean incompatibles con el gobierno”.
  • La respuesta (contrainsurgente) a una guerra interna no puede ser “limpia”; muchas de las reglas vigentes favorecen a los insurgentes.
  • La omnipresencia de los nuevos medios de comunicación de alcance global, afecta la conducción de las operaciones militares como nunca antes… Entrene a los soldados y marines para que consideren esa audiencia global, ellos deberán asumir que todo lo que hagan será publicado. Ayude a los reporteros a narrar su historia y ellos le ayudarán a dar una imagen militar favorable» Elíades Acosta Matos: Golpes suaves y manuales de contrainsurgencia, http://www.rebelion.org, 23 de agosto de 2009..

Nydia Egremy resumía, muy poco antes, el manual titulado Tácticas en contrainsurgencia, diciendo que:

«El manual de táctica contrainsurgente que desclasificó el Pentágono en abril pasado concentra la experiencia de décadas de lucha a nivel global y la adapta a las ciudades, futuro escenario de los conflictos. El documento, que sirve de base para combatir guerrillas de todo el mundo, dicta que la contrainsurgencia debe ser total: involucra “todas las acciones políticas, económicas, militares, paramilitares, psicológicas y cívicas que puedan ser tomadas por un gobierno para lograr su objetivo […] La urbanización, vista como el desarrollo de las zonas urbanas, debido al crecimiento poblacional y a la migración rural, avanza a un ritmo tal que en 2008 vivía en zonas urbanas casi el 50 por ciento de la población mundial, contra lo que ocurría en 1950 cuando apenas vivía en ciudades el 29 por ciento de las personas. Esa tendencia permite a los estrategas estadounidenses anticipar que, para 2050, el 60 por ciento de los habitantes del planeta residirá en ciudades, con lo que “existe un alto potencial” para que las futuras insurgencias nazcan, se nutran y se combatan en zonas urbanas» Nydia Egremy: Contrainsurgencia para el siglo XXI, http://www.rebelion.org, 1 de julio de 2009..

A mitad de 2008 se conoció un manual militar estadounidense que sintetizaba su doctrina de guerra sucia, psicológica, propagandística y otros aspectos de la guerra sucia, practicada en la década de 1994 y 2004 en prácticamente todo el mundo. J. Assange lo ha sintetizado así:

«Cómo entrenar clandestinamente a paramilitares, censurar la prensa, prohibir los sindicatos, emplear terroristas, realizar allanamientos sin mandato judicial, suspender los recursos de amparo, ocultar las violaciones de la Convención de Ginebra y hacer que la población lo adore» Julian Assange: Manual militar filtrado de EE.UU, http://www.rebelion.org, 24 de junio de 2008..

Pero de este documento nos interesa además de su valor en sí, también el hecho de que abarca una década decisiva, la que concluye poco después del 11 de septiembre de 2001.

Otros manuales y programas militares tanto de Estados Unidos como de diferentes potencias –recordemos el Plan Zona Espacial Norte elaborado por el Estado español entre finales de 1982 y comienzos de 1983 por el gobierno del partido socialista Anuario Egin 1983, Orain, Lizarra 1984, pp. 106-126., así como la estrecha colaboración mutua entre los servicios israelíes del Mossad y la policía española en esos años y posteriormente AA.VV.: Euskadi eta askatasuna, Txalaparta, Tafalla 1994, tomo 6, p. 87.– insistían en el mismo objetivo y con las mismas estrategias, aunque con tácticas algo diferentes. W. Blum ha extractado manuales militares y de la CIA desde 1950 hasta 1984. Veamos uno desclasificado en 1997 y que en sus 1.440 páginas trata sobre los métodos empleados en relación con el golpe de Estado en Guatemala: «Técnica del Salón de Reuniones: (Asesino)#1 entra en el salón rápidamente pero con calma. #2 se para en la puerta de entrada y abre fuego sobre el primer sujeto que reacciona. Hace un giro a través del grupo hacia el centro del grupo de gente. Tira varias ráfagas hasta vaciar el cargador al final del giro. #1 vigila al grupo para impedir reacciones individuales peligrosas; si es necesario, dispara ráfagas sueltas de tres tiros. #2 termina de disparar. Da la orden de “cambio”. Salta hacia atrás a través de la puerta. Sustituye el cargador vacío. Cubre el corredor. #1 al recibir el comando “cambio” abre fuego sobre el lado opuesto del objetivo. Tira una ráfaga girando a través del grupo. Deja propaganda para implicar a la oposición» William Blum: Estado villano, op. cit., p. 68..

Sería prolijo incluir aquí todos los extractos realizados por este autor, pese a que estremecen por su brutalidad fría y metódicamente diseñada. Sí debemos reseñar uno que concatena directamente con la larga experiencia de los poderes dominantes aprendida mediante el recurso de criminales y sociópatas para mejorar sus tropelías terroristas. El 17 de octubre de 1984 el diario New York Times publica un manual titulado Operaciones Psicológicas en la Guerra de Guerrilla en el que, entre otras cosas se dice: «Si es posible, debe emplearse a criminales profesionales para realizar tareas específicas seleccionadas» William Blum: Estado villano, op. cit., p. 72.. No es la primera vez que Estados Unidos recurre a criminales para luchar contra la emancipación humana. Son sobradamente conocidas las negociaciones y acuerdos mantenidos entre la mafia y el gobierno norteamericano para que los criminales mafiosos italianos ayudaran a los ejércitos norteamericanos a debilitar la retaguardia enemiga en Sicilia y en la península italiana a cambio de que la mafia recuperara y ampliara su poder, debilitado por la represión fascista, y sabemos también las diferencias de criterio entre el gobierno británico y el estadounidense al respecto Richard Deacon: Historia del servicio secreto británico, Edic. Picazo, Barcelona 1973, p. 366 y ss.. Igualmente es conocido el método nazi de reforzar sus tropas de ocupación y de lucha contra la guerrilla y los partisanos integrando en sus unidades más inhumanas a los criminales detenidos en las cárceles de los países ocupados. Pensamos que es innecesario extendernos en la inacabable bibliografía que demuestra la fusión entre servicios secretos, terrorismo y crimen organizado.

Inseparable de lo que estamos viendo, son las conexiones entre el crimen, las drogas, el fascismo y los servicios de inteligencia, no solamente en Colombia, que es el «narco Estado» por excelencia, sino en las «sociedades democráticas». Se trata de una larga historia que dio un salto significativo con la represión de la Comuna de París en 1871, que dio otro salto en las fuerzas armadas contrarrevolucionarias alemanas en la revolución de 1918-1919, y que tuvo su definitiva irrupción con el fascismo, cuando estos regímenes abrían las puertas de las cárceles para integrar en sus escuadras de asesinos a lo peor de la escoria criminal. P. Echeverria Pedro Echeverria V.: Espionaje y bandas paramilitares, armas de «inteligencia» en gobiernos fascistas, http://www.kaosenlared.net, 21 de agosto de 2009. ha hecho un seguimiento de esta historia de terror institucionalizado, y nos remitimos a ella.

Las decisiones de integrar al crimen organizado o a criminales a título individual en las estrategias represivas son tomadas por los aparatos estatales que pueden recurrir a especialistas que no trabajan en el Estado. El historiador J. Keegan define como «académicos integrados en las instituciones directrices de la política de los gobiernos occidentales» John Keegan: Historia de la guerra, Planeta, Barcelona 1995, p. 454. a los grupos de expertos en contrainsurgencia, en planificación político-militar estratégica que se insertaron permanentemente o para tareas concretas en los Estados imperialistas. En este sentido clave recurrimos a W. Blum cuando cita las palabras del historiador Christopher Simpson en su estudio Ciencia de la Coerción:

«Las agencias militares, de inteligencia y de propaganda como el Departamento de Defensa y la Agencia Central de Inteligencia, ayudaron a financiar sustancialmente todas las investigaciones de la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial en técnicas de persuasión, medición de opiniones, interrogatorio, movilización militar y política, propagación ideológica, y otras cuestiones relacionadas».

Y W. Blum continúa informando que en 1999 la Administración Clinton anunció que estaba formando un nuevo grupo de información pública internacional «para influir sobre las audiencias extranjeras» Wiliam Blum: Estado villano, Casa Editorial Abril, La Habana 2005, p. 294..

La interacción entre personas individuales, partidos políticos y aparatos de Estado juega aquí, y en todo, un papel destacado. De hecho, la teoría marxista del Estado parte de esta interacción para estudiar sus autonomías relativas con respecto a la centralidad estratégica que cumple el Estado mediante sus múltiples tentáculos. Muy recientemente, una investigación de D. Fernández ha sacado a la luz la estrecha conexión entre el terrorismo practicado por los GAL, la policía, el narcotráfico y la extrema derecha en el Estado español. El autor nos recuerda que:

«Los GAL se suman a la larga lista de siglas que antes, en el período de transición, bajo diversas siglas (BVE, ATE, GAE, AAA) y siempre conectadas con las terminales del Estado, operaron contra el independentismo vasco causando 43 muertes» David Fernández: GAL, policías, narcotráfico y ultraderecha, http://www.boltxe.info, 13 de septiembre de 2009..

Doctrinas de contrainsurgencia

Veamos ahora un ejemplo de esta interacción entre personas, partidos y Estado. G. Regan ha estudiado cómo los nazis, especialmente Goebbels, analizaron al detalle los errores cometidos por el Estado alemán en todo lo relacionado con la propaganda durante la guerra mundial de 1914-1918, así como los aciertos de las potencias enemigas. Y basándose en las opiniones de H. Trevor-Roper al respecto, afirma:

«La campaña de propaganda alemana resultó ser un error catastrófico, una lección de cómo alienar la opinión neutral. Resulta interesante comprobar que el propagandista maestro de la Segunda Guerra Mundial, Joseph Goebbels, al resumir su filosofía general, muestra lo mucho que aprendió de los fallos de sus antecesores de 1914: “El principio fundamental de toda propaganda –declaró– era la repetición de argumentos eficaces”; pero estos argumentos no debían ser demasiado refinados, habida cuenta que no se pretendía convencer a los intelectuales. De hecho, los intelectuales nunca hubieran sido convertidos y de cualquier modo acaban aceptando al más fuerte; “hay que dirigirse por tanto al hombre de la calle”. Por consiguiente, los argumentos han de ser toscos, claros y vigorosos, apelar a los instintos y emociones, no al intelecto. La verdad no importa en absoluto y está totalmente subordinada a la táctica y la psicología, pero las mentiras convenientes… siempre deben resultar creíbles. De acuerdo con estas directrices generales, se darán instrucciones precisas. “El odio y el desprecio deben dirigirse a individuos concretos…”» Geoffrey Regan: Historia de la incompetencia militar, Edic. Crítica, Barcelona 1989, pp. 191-192..

Goebbels llevaba tiempo estudiando por su cuenta el arte de la manipulación de masas, y el partido nazi le ayudó a sistematizar sus investigaciones de modo que, cuando accedieron al poder estatal, los nazis pusieron a disposición de los expertos en propaganda dirigidos por Goebbels toda la enorme fuerza burocrática del Estado alemán férreamente controlado, poniendo en funcionamiento «Los principios de la propaganda fascista:

  1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
  2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
  3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo al ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.
  4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
  5. Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
  6. Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
  7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
  8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
  9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
  10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
  11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que piensa “como todo el mundo”, creando una falsa impresión de unanimidad» Goebbels: http://www.boltxe.info, 10 de abril de 2008..

La casta intelectual burguesa ha debatido sobre si estos métodos de propaganda se pueden aplicar o no en las «sociedades democráticas» o «abiertas», ya que se supone que en éstas la «libertad de prensa y de mercado» exige que exista una variedad en la información, lo que anula toda posibilidad de una propaganda centralizada estatalmente. Pero se trata de un debate bizantino destinado a ocultar la realidad de fondo. En septiembre de 1880 el periodista neoyorquino John Swinton reconoció que:

«No existe en América prensa libre ni independiente. Ustedes lo saben tanto como yo. Ninguno de ustedes se atreve a escribir su opinión honestamente y saben que si lo hacen no serán publicadas. Me pagan un salario para que no publique mis opiniones y todos sabemos que si nos aventuramos a hacerlo nos encontraremos en la calle inmediatamente. El trabajo del periodista es la destrucción de la verdad, la mentira patente, la perversión de los hechos y la manipulación de la opinión al servicio de las Potencias del Dinero. Somos los instrumentos obedientes de los Poderosos y de los Ricos que mueven las cuerdas tras bastidores. Nuestros talentos, nuestras facultades y nuestras vidas les pertenecen. Somos prostitutas del intelecto. Todo esto lo saben ustedes igual que yo» D. Bleitrach, V. Dedaj y M. Vivas: Estados Unidos o el imperio del mal en peor, Edit. José Martí, La Habana, Cuba 2006, p. 161..

No se puede negar la actualidad de esta confesión autocrítica realizada precisamente en una fase histórica en la que la extrema corrupción socioeconómica y política dominaba en Estados Unidos, y de la reunión celebrada un tercio de siglo después. Era tanta la podredumbre que «en la elección presidencial de 1876 los republicanos tuvieron que echar mano del fraude para asegurar la continuidad en la cumbre política», al igual que lo volvería a hacer la Administración Bush a comienzos del siglo XXI. R. San Martín, autor de la cita anterior, nos ha dejado una soberbia descripción del contexto norteamericano en el que J. Swinton realizó su autocrítica en 1880. R. San Martín afirma que: «Siendo la política una rama de los negocios, la ética de éstos se convirtió en la de aquéllos […] Como en un juego de marionetas, los muñecos y sus voces obedecían a unos pocos» Rafael San Martín: Biografía del Tío Sam, Edit. Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2006, tomo I, pp. 287-288.. Por su parte, H. Zinn también explica el contexto represivo reinante en aquellos años, especialmente en las masacres de las huelgas obreras, en el endurecimiento del trato a los negros «libres» oficialmente, etcétera, mostrando cómo la clase dominante se enriqueció al máximo entre otras cosas explotando a las crecientes masas de emigrantes que llegaban desde Europa y desde Asia, y cómo esta clase propietaria supo aplicar diversos baremos, recompensas y castigos diferenciados, a unas clases explotadas multidivididas en fracciones que se enfrentaban mutuamente Howard Zinn: La otra historia de los Estados Unidos, Hiru Argitaletxea, Hondarribia 1997, p. 224..

Está claro que la autocrítica de J. Swinton expresa la dictadura burguesa en todo lo referente a la «información social», en una época decisiva para el asentamiento del imperialismo yanqui. Veamos a modo de resumen lo que dice R. San Martín:

«La prensa –con la honrosa extrañeza de casos aislados– era más que conservadora, reaccionaria. Hubo deformación, prejuicios y hostilidad hacia la incesante evolución social y, por encima de todo, incomprensión áspera por las demandas sociales. Gracias al monopolio de los medios de información, los grandes medios o cualquiera de sus emanaciones podían hacer lo que les viniera en gana, fuese o no legal, aun dentro de un sistema donde no había código que no obedeciera el deseo expreso de los mandones consagrados. Las planas de los periódicos se podían abrir sin temor, con la seguridad de no hallar allí ningún espectro shakespeariano […] y las actividades culturales –producidas, distribuidas, y aun consumidas bajo orden– se convirtieron en parte comercial del andamiaje cotidiano, y si no eran consideradas ventajosas para los custodios del sistema, entonces tenían poca o ninguna trascendencia pública. Como el pensamiento (la primordial bujía humana) era subversivo, los censores se consumían alzando diques. Como la labor obcecada de Sísifo los cercenadores trituraban, suprimían o mutilaban las expresiones creadoras, arrogándose el derecho de anunciar lo que se podía consumir como si fuera propiedad definitiva de su peculiar concepción ideológica» Rafael San Martín: Biografía del Tío Sam, op. cit., tomo I, pp. 350-351..

La rápida evolución posterior a la autocrítica de J. Swinton de la industria mediática como instrumento del poder político quedaría confirmada con la sucesión de eventos internacionales en los que diversos Estados capitalistas reglamentaban y aseguraban la propiedad burguesa de la creatividad intelectual. Así en 1886 tuvo lugar el primero y decisivo Convenio de Berna, revisado y ampliado en el Convenio de Berlín en 1908 para incluir la propiedad burguesa sobre las obras fotográficas y cinematográficas. En el Acta de Roma de 1928 se instaura la propiedad de las obras elaboradas para la radiodifusión, y así hasta la actualidad Lillian Álvarez Navarrete: Derecho de ¿autor?, Edit. Ciencias Sociales, La Habana 2006, p. 75.. Debemos insistir aquí en el papel decisivo jugado por los Estados burgueses en la regulación de la propiedad privada intelectual, propiedad imprescindible para la expansión de la industria político-mediática ya que sin ella no dispondría de las fuerzas represivas suficientes para expropiar a las clases, pueblos y mujeres explotadas de sus bienes intelectuales colectivamente creados. La producción industrial de cultura burguesa exige la expropiación de la capacidad colectiva de producción de cultura libre y crítica, anulando su valor de uso y reduciéndola a simple mercancía, a simple valor de cambio. Pero antes de extendernos con más detalle en los efectos anticulturales de la privatización burguesa, y en concreto la multiplicación de las «guerras culturales», debemos analizar con un poco de detalle la industria mediática.

Sólo treinta y siete años más tarde de la confesión de J. Swinton, en marzo de 1917, los dos capitalistas norteamericanos más grandes de aquél entonces, los banqueros Rockefeller y Morgan, organizaron una reunión con la asistencia de los doce hombres más influyentes en la industria periodística:

«Llegaron a la conclusión de que sólo era necesarios hacerse con el control de veinticinco de los periódicos más importantes […] se compró la línea editorial de los periódicos, a los que se pagaba mensualmente; se colocó a un director en cada diario, que se encargaba de supervisar y corregir adecuadamente la información sobre militarismo, políticas financieras y otros temas de naturaleza nacional e internacional considerados vitales para los intereses de los compradores» Cristina Martín: El Club Bilderberg, ArcoPresigs, Barcelona 2008, pp. 238-239..

Rockefeller y Morgan, y otros magnates, querían que Estados Unidos entrara en la guerra de 1914 y necesitaban urgentemente vencer el profundo rechazo a la guerra existente en la sociedad yanqui. La militarización material y cultural, el culto a la guerra en todos sus sentidos, fue uno de los ejes de la propaganda sistemática realizada por la prensa. Pero el control de la prensa no se limitaba al interior de Estados Unidos sino que, a los pocos años, los tentáculos yanquis dirigían muchos de los periódicos americanos bien por el directo poder económico, bien por el indirecto control político disfrazado de «libertad de expresión».

A mediados del siglo XX tuvo lugar una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa en la que la CIA dio un golpe, imponiendo el control yanqui sobre esta Sociedad que debía cuidar de la libertad de prensa e información y de un código ético, en todos los países americanos. Investigado este golpe de mano, E. Vera se pregunta:

«¿Es que se pueden promover y organizar golpes de Estado contra gobiernos democráticos sin otro riesgo que el del derecho sólo individual de no adquirir la publicación y de no ver o escuchar espacios en la radio y en la televisión? De ser así, todo quedaría reducido a la “ética” de la impunidad, como una religión de nuevo tipo con iglesias en lugar de medios. Y lo trágico es que hoy es así y de esa forma lo proclama y respalda la Sociedad Interamericana de Prensa, desde que hace cincuenta y ocho años secuestraron esa libertad mediante una maniobra de la CIA y del Departamento de Estado en el golpe organizado y dado en New York donde la perversidad imperialista pasó de tener un voto a contar con 424, mediante la reforma estatutaria, después de impedir la asistencia de los pocos miembros progresistas que la integraban desde 1943, cuando fue fundada en La Habana. El concepto de prensa como empresa privada que está en el origen y la actualidad de la SIP es la negación del periodismo y la digna y ética función de los periodistas que son fieles en la defensa de la responsabilidad social, de los intereses populares, razón principal de una profesión que, además, tratan de negar como tal mediante las más diversas formas. Esto último es así porque a los grandes propietarios les resulta incómodo estar obligados a contratar a periodistas con ética profesional. Nada de compartir la libertad de prensa es la máxima que pretenden tener sus dueños absolutos» Ernesto Vera: Doble terrorismo imperial: de Estado y mediático, http://www.alainet.org, 4 de abril de 2008..

Una vez realizado este rápido repaso necesario para disponer de una base histórica y teórica que muestre que no tiene mayor sentido perder el tiempo en disquisiciones sobre si la propaganda nazi se puede aplicar o no en la «democracia», podemos leer la opinión de W. Colby, ex director de la CIA, que declaró tranquilamente que «La CIA controla a todos los que tienen cierta importancia en los principales medios de comunicación» D. Bleitrach, V. Dedaj y M. Vivas: Estados Unidos o el imperio del mal en peor, Edit. José Martí, La Habana, Cuba 2006, p. 14.. La burguesía norteamericana no ha necesitado del nazismo para dirigir la propaganda política, porque dispone de otros mecanismos menos ostentosos y burdos, más invisibilizados pero más efectivos por ello mismo, como la CIA, además de otros métodos. Dejado esto claro, es decir, no cayendo en la trampa de la verborrea academicista, lo primero que debemos hacer antes de introducirnos en el tema de la guerra psicológica, de la contrainsurgencia político-militar y de la manipulación informativa, es dar una definición válida. F. Sierra Caballero ha hecho decisivas aportaciones al tema que tratamos, algunas de las cuales vamos a utilizar aquí. Empecemos por esta definición imprescindible para entender todo lo que sigue:

«La guerra de baja intensidad se definirá aquí como el arte y la ciencia de utilización del poder político, económico, psicológico y militar de un gobierno, incluyendo la policía y las fuerzas internas de seguridad, para evitar o vencer a la insurgencia, más allá o por encima de la oposición política y de la opinión pública nacional e internacional» Francisco Sierra Caballero: «Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas», en Comunicación en insurgencia, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1997, p. 138..

Y después:

«Si la guerra de baja intensidad se caracteriza por ser en cierto modo una forma renovada de guerra sucia encubierta que se destaca por permanecer oculta a la opinión pública, es necesario igualmente destacar la naturaleza de esta doctrina contrainsurgente como una estrategia de guerra prolongada –esto es, la doctrina de la guerra de baja intensidad viene siendo, en realidad, una guerra total y permanente– en la que se emplean todo tipo de medios psicológicos y de persuasión para la derrota político-militar de las tropas y ejércitos insurgentes. En otras palabras, la guerra de baja intensidad puede considerarse una variante militar de intervención política basada en la propaganda y la guerra psicológica. Más aún, la guerra y la propaganda son aquí una y la misma cosa. Pues la guerra psicológica constituye actualmente el factor político-militar decisivo para la victoria en la estrategia de guerra de baja intensidad. En ella se integran numerosas actividades de tipo militar, político, ideológico, cultural e informativo» Francisco Sierra Caballero: «Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas», op. cit., pp. 146-147..

A partir de esta definición podemos empezar estudiando el papel de la manipulación de masas como requisito imprescindible para garantizar la efectividad de la propaganda política y de la guerra psicológica. Nos conviene leer en este sentido, primero, la impresionante lista de mentiras realizadas por el gobierno Bush sobre Iraq:

«Según un estudio reciente del Centro para la Integridad Pública, los altos funcionarios de la Administración Bush contaron al menos 935 mentiras sobre Iraq en 532 ocasiones distintas. Estas incluyeron 259 mentiras de Bush, 254 mentiras del Secretario de Estado Colin Powell, 109 mentiras del Secretario de Defensa Donald Rumbsfeld, 109 mentiras del Secretario de Prensa Ari Fleischer, 56 mentiras de la Consejera para la Seguridad Nacional Condi Rice y 48 mentiras del Vicepresidente Cheney» Bob Fertik: ¿De cuántas mujeres y niñas prostituidas es responsable Bush?, http://www.rebelion.org, 25 de marzo de 2008..

Y después a María Victoria Reyzábal:

«Los recursos de la propaganda son tan diversos que resultaría imposible hacer una sistematización exhaustiva. F. Munné (1980, 159) sugirió los siguientes principios básicos:

  • Regla de la simplificación. Exige reducir la información al mínimo. Los lemas políticos y, en general, los eslóganes constituyen un buen ejemplo.
  • Regla de la exageración. Implica ofrecer únicamente los contenidos favorables al emisor, enfatizándolos al máximo.
  • Regla de la orquestación. Se debe repetir una y otra vez la idea central, variándola de acuerdo con las características del medio y de la audiencia.
  • Regla de contagio. Para crear unanimidad se recurre a ideas comunes (la amistad, la solidaridad…), al testimonio de personas con prestigio o populares o a expresiones masivas que favorezcan la impresión de unidad».

La investigadora continúa analizando la «especificidad de la propaganda […]:

  • Uso de estereotipos. Consiste en “tipificar” a la gente o cualquier aspecto de la realidad mediante palabras o expresiones generalizadoras, creando una impresión que, a la larga, resulta casi impermeable a los datos que aporta la experiencia directa. Así, la percepción de “los negros”, “los capitalistas”, “los vascos”, etcétera, y la reacción ante ellos no se explican por sus características como individuos, sino en función de ciertos juicios preconcebidos y generalizadores.
  • Sustitución de unos nombres por otros con fuerte connotación emocional. En muchas ocasiones, el propagandista recurre a términos con fuerte connotación emocional. Así, en lugar de “comunista” se habla de “rojo”, o de “facha” para referirse a alguien con ideas conservadoras…
  • Selección de información. Como se señaló anteriormente, la censura es el ejemplo más extremo, aunque existen formas de selección mucho más sutiles.
  • Mentira. La propaganda, en la medida que ofrece sólo determinados aspectos de la realidad favorables a los objetivos de su emisor, implica casi invariablemente la distorsión de la información, deformación que en ocasiones se convierte en engaño descarado. La materia y los mecanismos de las mentiras propagandísticas resultan variados y sutiles.
  • Repetición. La reiteración constante de ciertas cuestiones constituye un factor decisivo para que un determinado mensaje sea asimilado por el público, incluso cuando se trata de frases sin ningún contenido importante. Para evitar el aburrimiento y la pérdida de interés del público que esta técnica puede conllevar, se ha de diversificar el medio o el “envoltorio” de las ideas repetidas. Lo que se denomina “orquestación de un tema” (Domenach, J. M.: 1963, 65-71) consiste en la reproducción del mismo a través de todos los medios propagandísticos posibles, mediante las variaciones formales que resulten más adecuadas para los diversos públicos.
  • Simplificación de la información. El propagandista prescinde de cualquier argumentación racional, sustituyéndola por afirmaciones rotundas a favor de su tesis, eliminando la posibilidad de que existan dudas, cuestionamientos o alternativas frente a lo que él defiende. Para lograr esta rotundidad, simplifica al máximo la información que aporta, presentándola mediante concreciones extremadamente condensadas y concluyentes: manifiestos, profesiones de fe, declaraciones, catecismos… aunque sin duda los ejemplos más paradigmáticos son las consignas, los eslóganes y en general los símbolos de diversa naturaleza (icónicos: como banderas o insignias; gestuales: como los saludos; musicales: como los himnos, etcétera).
  • Señalar al enemigo. Las acusaciones y la designación de adversarios (incluso aunque no existan en realidad) constituyen el otro componente esencial de cualquier mensaje propagandístico. Esta maniobra tiene notables consecuencias psicológicas: favorece la cohesión grupal, estimula el instinto de autodefensa junto con las emociones asociadas a él, actuando como potente estímulo catártico, movilizador y “purificador” de numerosas frustraciones que se canalizan a través de la agresividad hacia ese enemigo externo.
  • Alusión a la autoridad. Ya nos hemos referido anteriormente a la poderosa influencia que ejerce la visión de ciertas figuras a las que el público otorga su confianza incondicional por razones heterogéneas. La referencia a tales personajes puede sustituir y tener tanto o mayor efecto que cualquier prueba, demostración o argumentación» María Victoria Reyzábal: Propaganda y manipulación, Acento Editorial, Madrid 1999, pp. 171-174..
  • Los investigadores Carlos Quintero y Jessica Retis han resumido de esta forma los diversos recursos que emplea simultáneamente la propaganda oficial:

    • «Nominación. Consiste en calificar una idea, una situación, un líder, un oponente, con un calificativo poderoso emocionalmente, positivo o negativo, según las intenciones. Así, los políticos conservadores son reaccionarios según sus adversarios, que a su vez pueden ser tachados –en el contexto de los noventa– de rojos. Las modas sociopolíticas de cada momento van dictando cuáles son las etiquetas buenas y las malas.
    • La generalidad brillante. Es el uso del estereotipo como instrumento para la descalificación. Si en la nominación la relación entre el calificativo y el objeto era arbitraria, con el uso del estereotipo el propagandista simplemente aprovecha las generalizaciones simplistas que toda comunidad tiene sobre otros grupos, nacionalidades o razas. Así tenemos al tecnócrata frío, calculador y cuadriculado, al indio (como veremos más adelante) débil, incapaz de saber lo que quiere y de organizarse y, por tanto, manipulable.
    • El llamado a la sencillez del pueblo. Este recurso se basa en la percepción –también estereotipada– del individuo sencillo, poco preparado como garante de la sabiduría popular. Al ser este segmento el que mayor cantidad de población agrupa, el propagandista se esforzará por hacer ver que la gente sencilla está con su programa y contra el del oponente, según los casos. Consecuentemente el nivel de los razonamientos se reduce al mínimo, y se trata de exponer siempre los problemas en términos simples, maniqueos y polarizados: buenos contra malos, blancos contra negros. La frase corta pero cargada de significado, el eslogan, son la muestra palpable de este reduccionismo intelectual.
    • Muy unido al anterior se encuentra el recurso de la ilusión de universalidad, también conocido como el “vagón de cola” (el más lento). Hay que esforzarse por demostrar que todo el mundo comulga con el proyecto, el líder para, apelando al sentimiento gregario del individuo, lograr la adhesión de las masas. Éste es el sentido de los mítines masivos y también del empeño de los políticos de mostrarse como ganadores en las encuestas electorales: invitar a la gente a unirse al bando al que todos van.
    • La mentira. Empleada en proporciones adecuadas y con inteligencia puede resultar el arma más persuasiva. Como afirmaba Goebbels, maestro indiscutible en su manejo, la única condición para usar la mentira –asumida la falta de escrúpulos– es que persiga el mismo objetivo que el resto de la campaña y que, sobre todo, resulte creíble. Así, la calumnia sobre la supuesta malversación de fondos del enemigo político es mucho más efectiva si ya se le ha caracterizado como deshonesto ante la opinión pública. Pero la acusación falsa es sólo una de las múltiples variantes de la mentira […] en un conflicto bélico, cuando las afirmaciones vertidas son a veces imposibles de comprobar, la mentira se hace tanto o más frecuente que la verdad» Carlos Quintero y Jéssica Retis Rivas: «Guerra en los medios», en Comunicación e insurgencia, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 1997, pp. 243-245..

    Es conveniente precisar aquí que no debemos caer en una visión errónea de la industria mediática en el sentido de que su censura y silencio, sus mentiras y manipulaciones, se basan en reducir las informaciones, en dar pocas informaciones. Al contrario, como bien advierte R. Reig:

    «El control de los medios de comunicación de masas sobre la sociedad no se produce por medio del déficit informativo sino, al revés, por medio de la hiperinflación de datos, espacios y publicaciones. Esto es posible porque el receptor carece de capacidad sincrónica o interpretativa, carece de poso cultural, documental e, incluso, ideológico (referentes). Una vez que la sociedad en su generalidad es privada de este requisito indispensable (que conlleva no la información sino el conocimiento) se puede autolegitimar cualquier segmento social dominante y cualquier medio de comunicación afirmando que el ciudadano es libre y vive en democracia. Pero la base esencial para tener ambas cualidades y ventajas en realidad no existe o apenas se da. Lo que se da es un discurso dominante porcentualmente abrumador con respecto a otros. Pero con la presencia de estos otros trata de legitimarse» Ramón Reig: El control de la comunicación de masas, Libertarias, Madrid 1995, p. 52..

    Visto lo anterior, podemos ahora pasar a una comparación más detenida de las similitudes entre la práctica represiva en Euskal Herria y las lecciones extraídas por el profesor Pizarroso tras su estudio de la primera guerra del Golfo, en 1991, «explica que:

    1. La configuración de una cobertura total a escala planetaria por la imagen monopólica estadounidense de la CNN (Global journalism).
    2. La dependencia casi total de las imágenes proporcionadas por agencias militares bajo control del Pentágono.
    3. La tendencia a editorializar la información paralelamente al plegamiento editorial de los medios periodísticos según los intereses nacionales de seguridad.
    4. La utilización de la guerra como espectáculo o como negocio informativo.
    5. La primacía de la imagen sobre la palabra en la cobertura de la guerra, ya sea a través de la participación en televisión o por medio del recurso periodístico a la infografía del ordenador, para ilustrar las maniobras militares.
    6. Y el imperio mediático de la realidad virtual en la representación informativa del conflicto.

    Todo ello asegurado y facilitado mediante “el uso intensivo de la desinformación y la propaganda, pero también de la ciencia social aplicada” lo que permitió manipular la opinión general que dudaba sobre la necesidad de la invasión de Kuwait y que “acabó convirtiéndose en un sí afirmativo unánime, por efecto intencional de la espiral de sondeos que pulsaron la opinión pública”» Francisco Sierra Caballero: «Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas», op. cit., pp. 47-48..

    Pasemos ahora a las tesis de Klare sobre la guerra de baja intensidad, y comparémoslas con la situación vasca:

    1. «La guerra de baja intensidad se caracteriza generalmente por una estrategia contrarrevolucionaria dirigida a defender los regímenes existentes y los intereses económicos del orden social dominante en los países aliados frente a los levantamientos y movilizaciones revolucionarias.
    2. La campaña contrainsurgente de intervención incluye en la lucha contrarrevolucionaria formas militares y políticas de combate. En virtud del carácter social de los movimientos revolucionarios, las acciones militares de Estados Unidos incluyen todas las formas posibles que puedan neutralizar el descontento público mediante iniciativas sociales, políticas y económicas dirigidas a ganar las mentes y corazones a favor del gobierno aliado.
    3. La participación militar comprende el despliegue de unidades y operativos especiales de elite, altamente adiestrados, con el fin de intervenir eficazmente en acciones quirúrgicas que requieren el concurso y liderazgo de Estados Unidos.
    4. La naturaleza ambivalente de la guerra de baja intensidad favorece el recurso a una amplia gama de operativos militares alternando diferentes tipos de maniobras según el contexto de intervención.
    5. El desarrollo y aplicación de la doctrina de la guerra de baja intensidad en el extranjero exige un tipo de acción militar rápida y eficaz, mediante el uso aplastante de la fuerza y la potencia de fuego.
    6. El exitoso y buen desempeño militar en la guerra exige una continua intervención política en el plano militar, ganando la batalla en el frente civil mediante la lucha política y psicológica que legitima la solución de la fuerza militar como el mejor instrumento político para combatir las amenazas desestabilizadoras de los movimientos subversivos y sediciosos, a través de una sofisticada e impactante campaña informativa, con objeto de modificar las actitudes públicas educando a la ciudadanía en los valores del orden y la seguridad nacional» Francisco Sierra Caballero: «Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas», op. cit., p. 133..

    Luego, F. Sierra Caballero continúa afirmando que ocho puntos caracterizarían en principio la nueva perspectiva de lucha contra la insurgencia en términos de estrategia militar:

    1. «El enfoque de corazones y mentes, cuyo objetivo será conquistar la voluntad de la población más que la ocupación militar de territorios.
    2. El moderado uso administrativo de la fuerza militar asumiendo la idea de que las matanzas pueden ganar las batallas, pero al final perder la guerra.
    3. El trabajo de inteligencia acerca de las condiciones políticas, sociales, económicas y culturales para tomar en cuenta las características del contexto de intervención.
    4. La estrategia de construcción nacional, basada en el establecimiento de un sistema social alternativo que haga frente a las desigualdades e injusticias sociales en el origen de la guerrilla mediante reformas parciales.
    5. La modernización y capacitación de las fuerzas locales aliadas para ganar el apoyo y prestigio nacional entre la población en aras a la participación en los proyectos de construcción nacional según la dirección política de la guerra.
    6. El enfoque regional de los conflictos, frente a la perspectiva militar localista.
    7. La coordinación dinámica de las diversas fuerzas armadas, así como de las agencias de inteligencia civil, de ayuda y desarrollo, y los sistemas de información.
    8. La política informativa de control, censura, desinformación y propaganda para lograr el apoyo de la población norteamericana y de la población extranjera durante las estrategias de contrainsurgencia en busca de la confusión de la opinión pública, opuesta a la guerra sucia en otros países» Francisco Sierra Caballero: «Antecedentes y contexto político de la guerra total. La información, la propaganda y la guerra psicológica en Chiapas», op. cit., pp. 134-135..

    Para concluir con las aportaciones de este investigador y recurriendo a otro libro suyo, leamos estas palabras:

    «Las operaciones psicológicas (PSYOP) de las fuerzas especiales comprenden, a este respecto, el recurso a estrategias de información, propaganda y desinformación a todos los niveles. La instrumentalización mediática admite grados y escalas diferentes de manipulación, control, censura y desinformación, conforme a la intensidad del conflicto y la escalada militar en el continuun de gradación de la guerra a la situación de paz, mediante la propagación de los intereses militares en la prensa, los medios audiovisuales, los líderes de opinión e incluso la comunicación interpersonal cara a cara, a fin de influir en el conjunto de las audiencias y lograr:

    1. El desarrollo a largo plazo de los objetivos estadounidenses, influyendo en las actitudes de la población de forma determinante.
    2. El control militar de las instituciones y de los poderes políticos nacionales y las agencias civiles bajo la supervisión del ejército y la Agencia de Información de Estados Unidos a través del establecimiento de la Junta de Estado (JCS).
    3. La efectividad de las campañas de planificación informativa desarrolladas por los técnicos de la división PSYOP en diferentes segmentos específicos de audiencia.
    4. La penetración de las técnicas audiovisuales entre diferentes grupos de población (target) y la difusión de los mensajes planeados para promover el respaldo o la neutralidad amistosa de las audiencias durante la misión militar, al fin de evitar las resistencias y oposiciones al cumplimiento de sus objetivos tácticos y estratégicos de guerra psicológica» Francisco Sierra Caballero: Los profesionales del silencio. La información y la guerra en la doctrina de los EEUU, Hiru Argitaletxe, Hondarribia 2002, pp. 57-58..

    M. Collon ha definido así el Hilo de Ariadna que nos guía por los vericuetos de la propaganda de guerra del imperialismo:

    «Emplee usted esta parrilla de lectura en los próximos conflictos, se sorprenderá de encontrarlos a cada vez y siempre nítidos. Veamos.

    1. Ocultar la historia.
    2. Ocultar los intereses económicos.
    3. Diabolizar al adversario.
    4. Blanquear a nuestros gobiernos y a sus protegidos.
    5. Monopolizar la información, excluir el verdadero debate.

    Aplicación al caso de Honduras – julio de 2009:

    1. Ocultar la historia. Honduras es el ejemplo perfecto de la llamada “República bananera” en las manos de Estados Unidos. Dependencia y saqueo colonial causaron una enorme brecha: ricos-pobres. Un 77% de pobres según la ONU. El ejército hondureño fue formado y adoctrinado –para los peores crímenes– por el Pentágono. El embajador estadounidense John Negroponte (1981-1985) fue apodado “el virrey de Honduras”.
    2. Ocultar los intereses económicos. En la actualidad, las multinacionales USA (plátano Chiquita, café, petróleo, farmacia…) quieren impedir a este país conquistar su independencia económica y política. Como Suramérica se une y transita hacia la izquierda, Washington quiere impedir a Centroamérica seguir la misma vía.
    3. Diabolizar al adversario. Los medios de comunicación acusaron al presidente Zelaya de querer hacerse reelegir para preparar una dictadura. Silencio sobre sus proyectos sociales: aumento del sueldo mínimo, lucha contra la ultra explotación en las fábricas-cárcel de las empresas estadounidenses, disminución del precio de los medicamentos, ayuda a los campesinos oprimidos. Silencio también sobre su negativa a cubrir los actos terroristas made in CIA. Silencio sobre la impresionante resistencia popular.
    4. Blanquear a nuestros gobiernos y sus protegidos. Se oculta la financiación del golpe por la CIA. Se presentaba a Ovada como neutro mientras que él se negaba a encontrarse y sostener el presidente Zelaya. Si hubiera aplicado la ley habría suprimido la ayuda de Estados Unidos a Honduras, lo que habría detenido rápidamente el golpe de Estado. Le Monde y la mayoría de los medios de comunicación blanqueó la dictadura militar hablando de “conflicto entre poderes”. Las imágenes de represión sangrienta no se muestran al público. En resumen, un contraste sorprendente entre la diabolización de Irán y la discreción sobre el golpe de Estado hondureño made in CIA.
    5. Monopolizar la información, excluir el verdadero debate. La palabra se reserva a las fuentes y expertos “aceptables” para el sistema. Se censura todo análisis crítico sobre la información. Es así como nuestros medios de comunicación impiden un verdadero debate sobre el papel de las multinacionales, de Estados Unidos y de la Unión Europea en el subdesarrollo de América Latina. En Honduras, los manifestantes gritan “¡TeleSur! ¡TeleSur!” para saludar al único canal de televisión que los informa correctamente» Michel Collon: Hilo de Ariadna para recorrer los hilos de las cinco reglas de propaganda de guerra, http://www.kaosenlared.net, 10 de julio de 2009..

    Para concluir este apartado sobre doctrinas de contrainsurgencia, es conveniente no sólo recordar que los Estados imperialistas mantienen desde hace décadas una creciente alianza represiva a escala mundial, sino que es necesario insistir en que tal coordinación se está estrechando en los últimos años. Un historiador como Ch. Tilly, que no puede ser definido como crítico radical del sistema capitalista, ha reconocido recientemente que «durante estos últimos años, la policía y los profesionales de la seguridad coinciden en conferencias internacionales en las que se organizan talleres sobre estrategias para controlar a las muchedumbres, asisten asesores especializados que dan a conocer las últimas novedades en “buenas prácticas” y donde los funcionarios experimentan con nuevas tecnologías de vigilancia y control fronterizo para tener bajo control las protestas políticas internacionalizadas. Esto ha desembocado en una cierta convergencia en las estrategias de control de las multitudes» Charles Tilly: Los movimientos sociales, 1768-2008, Edit. Crítica, Barcelona 2009, p. 225.. Se trata de la «globalización represiva» que va pareja a la «globalización económica».

    Pedagogía del miedo

    Son varias las constantes que reaparecen a lo largo de las doctrinas de contrainsurgencia, de las estrategias represivas, de los niveles diferentes pero coordinados de militarización social, etcétera, que hemos visto arriba, pero aquí vamos a desarrollar solamente la relacionada con el miedo provocado, con la dosificación calculada del terror en las sociedades capitalistas. Diabolizar al presidente Zelaya es introducir el miedo en la población que no tiene un nivel de conciencia política suficiente, atemorizarle de tal manera que no pueda establecer un diálogo crítico con otras personas sobre el golpe de Estado, que no pueda leer un revista o libro, u oír un programa radiofónico, etcétera, sin sentir alguna forma de angustia, temor o miedo que bloquee u oscurezca la capacidad humana de pensamiento racional y objetivo, empantanándola en el fango de la emotividad, del egoísmo y del shock paralizante incapaz de reaccionar.

    Existen dos métodos de estudio y crítica de estos procedimientos represivos. Uno es el formal, el que investiga con más o menos rigor las partes externas del problema, sin remontarse mucho en su pasado y prestando poca atención a las interacciones de ese problema con el resto de problemas relacionados con él. La dialéctica ofrece otro método que no desdeña las aportaciones del anterior, las asume y las considera válidas, pero la dialéctica no se limita a lo externo, tampoco se contenta con el pasado reciente y rechaza el aislamiento del problema tratado. Un ejemplo del primer método lo tenemos en el libro de J. F. Alcántara que define la política del miedo «como una nueva manera de entender la política en la cual los discursos políticos no enfatizan las promesas de un futuro mejor, sino que abundan en profetizar el catastrofismo derivado de no obedecer al pie de la letra lo que nos está ordenando el político de turno. Si tradicionalmente la política ha consistido en desarrollar acciones que desembocarían en un futuro mejor y en explicarlas al pueblo para ganar su apoyo, la política del miedo recurre a la seguridad (generalmente la seguridad nacional) para obtener el apoyo incondicional de la ciudadanía a una serie de medidas políticas que de otra forma no serían respaldadas» José F. Alcántara: La sociedad de control, Edic. El Cobre, Barcelona 2008, p. 57.. El autor afirma que la política del miedo es anterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, y que éstos fueron sólo una excusa para relanzarla con más fuerza y alcance. Haciéndose eco de la doctrina del shock de N. Klein dice que ésta «se relaciona íntimamente con la política del miedo, pues el shock es por definición un estado transitorio y superable. La política del miedo persigue mantener a la población sumida en un estado de shock para poder llevar a cabo medidas y reformas impopulares» José F. Alcántara: La sociedad de control, op. cit., p. 63..

    Estando de acuerdo con la definición, sin embargo nos parece limitada en cuanto a su alcance. La política del miedo no se limita sólo a la política en el sentido de gobernabilidad, es decir en el sentido burgués, sino a la política como síntesis de la explotación, como la economía concentrada, como base esencial que garantiza la acumulación ampliada del sistema. La política del miedo no es nueva, sino que se remonta precisamente al nacimiento de la misma política entendida en el sentido que nosotros le damos, es decir, como política del poder explotador. Al hablar de «político de turno» parece indicar que se trata de una cuestión de personalidades individuales en vez de una política sistemática y total. Si bien es cierto que el catastrofismo en utilizado en la política del miedo, lo más importante de ésta radica en que a partir de un momento preciso no se limita a la ambigüedad inherente a la catástrofe sino que precisa con algún detalle en qué va a consistir esa catástrofe, qué daños va a causar, y lo hace así porque busca producir no sólo miedo sino terror, o sea, miedo incontrolado e incontrolable, aterrorizar, y eso requiere advertir que, por ejemplo, si el ejército va a dar un golpe militar es para exterminar físicamente a los revolucionarios y a las personas relacionadas con ellos. Un ejemplo entre millones lo tenemos en el bando militar del general Mola sublevado en 1936.

    El método dialéctico va más lejos ya que, en este problema concreto, lo primero que hace es establecer qué relaciones existen entre la obediencia y el proceso que va de la preocupación al terror, pasando por la inquietud, para concluir en el miedo a la libertad. Tras explicar que es el poder existente en cada época quien determina e impone qué es lo racional e irracional, qué es la obediencia y la desobediencia, A. Sánchez Vázquez añade:

    «Se obedece porque es racional obedecer y es racional lo que el poder determina; o lo que es lo mismo: el poder presenta su querer, el interés particular que expresa, como racional y universal. Así, pues, obedecer por razones es, en definitiva, obedecer por las razones del poder […] en cuanto que la moral forma parte de la ideología dominante y ésta no puede ser separada del poder al que sirve, se obedece porque así lo impone el poder […] el sujeto cree que no se justifica asumir ese riesgo y entonces obedece porque no le queda otra alternativa» Adolfo Sánchez Vázquez: Entre la realidad y la utopía, FCE, México 1999, pp. 20-22..

    ¿A qué riesgo se refiere el autor? Al de sufrir daños de cualquier tipo e incluso perder la vida si no obedeciera, es decir, el problema del miedo.

    ¿Cuál es la base objetiva, material y social del miedo? La respuesta nos la da E. Fromm:

    «En la historia humana hasta el momento actual el hombre ha visto limitada su libertad de actuar por obra de dos factores: el uso de la fuerza por los gobernantes (esencialmente su capacidad de matar a quienes se oponían), y lo que es más importante, la amenaza del hambre contra quienes no estaban dispuestos a aceptar las condiciones de trabajo y de existencia social que se les imponían» Erich Fromm: Sobre la desobediencia y otros ensayos, Paidós, Barcelona 1984, p. 129..

    Sabemos que el hambre es un instinto básico, pero también existe el «hambre inducida» socialmente por la presión consumista, por lo que antes de llegar al hambre físico pueden sufrirse otras «hambres» menores pero que también nos lleven a la rendición y al miedo. Las «crisis de desabastecimiento» provocadas por la reacción burguesa para derrotar a los procesos revolucionarios, como vimos en el Chile de 1973, buscan precisamente esto, crear pánico y reacción contrarrevolucionaria mediante el miedo a las «hambres» y sobre todo al hambre físico.

    Lo mismo debemos decir con respecto al miedo al despido y por tanto del miedo a la huelga, a la lucha y a la libertad, porque el despido del trabajo nos deja desprotegidos frente al hambre socialmente definida en ese momento, frente al consumismo. Con respecto al uso de la fuerza por los gobernantes, tenemos que hablar no sólo de violencias físicas sino también de la dosificación del miedo, del terror calculado que aplica el gobernante. Scott habla de la «enorme libertad» de tienen los amos, los señores, los brahmanes para aplicar el terror de forma arbitraria sobre las personas oprimidas mediante palizas, violaciones sexuales, violencia psicológica, mediante humillaciones e insultos y muchas otras violencias. James C. Scott: Los dominados y el arte de la resistencia, Txalaparta, Tafalla 2003, p. 49.. Esta libertad no ha desaparecido en el capitalismo sino que se presenta con más métodos y por ello con más efectividad invisible. El terror arbitrario ha sido siempre uno de los métodos fundamentales en la pedagogía del miedo y en el terror calculado porque, como veremos, somete a las personas o colectivos que lo padecen a un permanente terror próximo, inmediato pero impredecible, fortuito, caprichoso e incontrolable, lo que multiplica todos los temores a lo desconocido pero terrible.

    E. Fromm ha estudiado la dinámica que concluye en el miedo a la libertad como una de las realidades que más facilitan la continuidad del capitalismo. Fromm insiste en la naturaleza dialéctica de la libertad: apreciamos los logros positivos de la libertad conquistada con respecto a las opresiones del pasado, pero no nos atrevemos a enfrentarnos a los costos y riesgos que supone conquistar la libertad en el presente, ahora mismo, y en el futuro Erich Fromm: El miedo a la libertad, Planeta-Agostini, Barcelona 1985, p. 128 y ss.. Tenemos miedo a la libertad y nos contentamos con la que otros conquistaron para nosotros pero no luchamos para mejorarla y ampliarla. Más adelante el autor explica cómo es el mercado capitalista el que define nuestra personalidad condenándonos a un aislamiento total que no es sino el reflejo de que somos simples mercancías humanas, y aquí Fromm expone la teoría marxista del fetichismo, del extrañamiento Erich Fromm: El miedo a la libertad, op. cit., p. 143., imprescindible para entender el problema del miedo a la libertad. Continúa denunciando los efectos de las técnicas de marketing para multiplicar la irracionalidad consumista, «métodos de embotamiento de la capacidad de pensamiento crítico que son más peligrosos para las libertades y la democracia que muchos ataques abiertos» Erich Fromm: El miedo a la libertad, op. cit., p. 153.. E. Fromm tras denunciar que «en su mayoría, los psiquiatras aceptan como un supuesto indiscutible la estructura de su propia sociedad» Erich Fromm: El miedo a la libertad, op. cit., p. 163., se extiende en los mecanismos de evasión desarrollados por la sociedad burguesas que nos «liberan» del problema de enfrentarnos a nuestro miedo a la libertad: el autoritarismo, la destructividad y la conformidad automática.

    No podemos extendernos en la dinámica de estos grandes mecanismos de evasión, sus conexiones y en cómo combatirlos. Debemos dar un paso más y partiendo de lo visto, definir lo que es el miedo, sabiendo que toda definición se caracteriza por detener el movimiento de lo real y, lo que es peor, por paralizar la vida bullente de las contradicciones antagónicas insertas en la realidad en cambio y en permanencia. Teniendo esto en cuenta, podemos decir que el «miedo» es una parte, un momento, del proceso general que parte del instinto de supervivencia y acaba en el pánico paralizante o con la resistencia desesperada. De entre todas las definiciones que hemos leído, empezamos con la que ofrece Enrique González Duro:

    «El miedo ha sido –y es– un sentimiento permanente, recurrente o muy frecuente en la vida y en la obra de los hombres; un miedo mayor o menor, individualizado o colectivo, según los tiempos en los que se viva. El miedo surge espontáneamente cuando algo o alguien nos amenaza con hacernos daño o destruirnos, haciéndonos reaccionar: la inhibición paralizante, la huida, la reacción catastrófica, la defensa o el ataque. El valor, cuando no es orgullo narcisista o pomposa vanidad, encubre el miedo o puede resultar suicida» Enrique González Duro: Biografía del miedo, Edit, Debate, Barcelona 2007, p. 15..

    Esta relación entre miedo y valor, entre pasividad y resistencia, entre huida aterrorizada y ataque desesperado, va a ser muy importante en todo lo que sigue porque sirve para explicarnos uno de los problemas de fondo de la pedagogía del miedo aplicada por la clase dominante y, a partir de ahí, la necesidad que tiene de dosificar la provocación del miedo mediante el terror calculado, que más adelante estudiaremos, para que no termine escapándosele la situación al generar una masiva reacción de valor entre la gente explotada que se ha hartado de aguantar pasivamente. La dosificación del miedo y el terror calculado son tanto más efectivos cuanto que se aplican no sobre grupos que pueden pensar y reaccionar colectivamente, sino sobre individuos atomizados, separados unos de otros aunque vivan en colectividad, que no pueden o no se atreven a comentar con otros individuos, con sus vecinos y otras personas conocidas, la realidad social cargada de violencia opresora y de terror represivo, sino que padecen en silencio su miedo y su terror, sin buscar apoyo en nadie y sin dar a nadie apoyo. La razón por la que el poder busca mantener y aumentar el aislamiento individualista radica en que: «el miedo compartido une y refuerza, o al menos consuela. En determinadas épocas y circunstancias hubo poblaciones que vivieron aterrorizadas y, no obstante, pudieron divertirse y hasta rebelarse» Enrique González Duro: Biografía del miedo, op. cit., p. 16..

    La investigadora María Inés Mudrovcic sostiene que:

    «En el miedo surge algo externo que parece poner en peligro la conservación del individuo o los miembros de su grupo, pero siempre de modo que –en esto estriba la diferencia con el susto y la agitación– la amenaza no es como directamente actual y palpable, sino como posible, según nos dicta la experiencia […] La angustia no sabe lo que teme. Pero el miedo siempre tiene un objeto que, o bien está presente, o bien es actualizado en tanto que representación de una amenaza futura […] Debido a las fuertes emociones de terror y sorpresa causados por ciertos eventos, la mente se disocia: es incapaz de registrar la herida de la psique porque los mecanismos ordinarios de conciencia y cognición son destruidos, por lo que dichos acontecimientos no son incorporados al espacio de experiencia del individuo…» María Inés Mudrovcic: «Trauma, miedo y memoria», en Miedos y memorias en las sociedades contemporáneas, ComunicArte Edit., Argentina 2006, pp. 207-208..

    Por su parte, Paula Rodríguez Marino, a la que hemos citado anteriormente en su afirmación de que subsisten dificultades para diferenciar angustia, miedo y terror, pero, siguiendo a Freud, más adelante sostiene que «la angustia involucra a un estado de expectativa frente a un peligro, lo que permitiría cierta preparación frente al peligro aunque éste sea desconocido mientras que el miedo requiere necesariamente la presencia del objeto que provoca este sentimiento. Lo distintivo del terror sería, entonces, la falta de preparación frente al peligro, la sorpresa». Siguiendo a Freud y a Kaufman, la autora dice que «esta ausencia de una protección anticipatoria se reconoce también en la vivencia del evento o experiencia traumática. La violencia y la masividad del acontecimiento traumático pueden producir una ausencia o incapacidad de responder de forma adecuada» Paula Rodríguez Marino: «Exilio, trauma y miedo…», en Miedos y memorias en las sociedades contemporáneas, op. cit., p. 250.. El arrollador impacto de la violencia terrorífica puede incapacitar y de hecho incapacita a las personas, anulándolas, paralizando su capacidad de respuesta racional. Emilio Crenzel sostiene esto mismo cuando dice que: «el terror interviene desmantelando o desestructurando las defensas operativas de los sujetos, quebrando sus imaginarios sociales y sus recursos personales preexistentes» Emilio Crenzel: «Cartas a Videla: una exploración sobre el miedo, el terror y la memoria», en Miedos y memorias en las sociedades contemporáneas, op. cit., p. 135..

    Otras investigaciones añaden una tesis muy importante para nuestra reflexión sobre el terrorismo. Según W. F. Stone, la teoría de la manipulación del terror permite explicar por qué son las personas autoritarias, débiles psicológicamente, con identidades poco desarrolladas y, por tanto, necesitadas de una autoridad superior que las proteja y guíe, las más manipulables por el terror inducido o provocado por el poder establecido. Haciendo referencia a otras investigaciones, Stone dice que «el autoritario tiende a utilizar la superstición y la estereotipia para desplazar la causalidad hacia fuerzas externas, fuera del control personal. El miedo a la propia debilidad le lleva a valorar exageradamente el poder y la fuerza» William F. Stone: «Manipulación del terror y autoritarismo», en Psicología Política, Valencia, nº 23, 2001, p. 8.. La «conciencia de la muerte» es manipulada, ampliada y orientada hacia los fines dictados por el poder establecido. Las personas con una autoestima e identidad sólidas, estables y democráticas pueden controlar mucho mejor el miedo a la muerte y a todo lo que le precede, como el dolor y el sufrimiento, racionalizándolo.

    Pero las personas con débil identidad y autoestima, que necesitan de la autoridad externa, tienen más dificultades para racionalizar la muerte, tienen mucho más miedo a lo desconocido, a los peligros que acechan y que pueden acelerar la muerte y los dolores insufribles que se le supone. En base a esto, el terrorismo, además de exterminar toda resistencia, también logra movilizar en su apoyo a un sector social caracterizado por su necesidad de protección. Por tanto, la propaganda burguesa busca ampliar la base social autoritaria que apoye al terrorismo capitalista, que apoye a Hitler, a Franco, a Pinochet… «La literatura sugiere cierto paralelismo con los resultados empíricos sobre el autoritarismo, en cuanto que la activación de la ansiedad, por el recuerdo o conciencia de la muerte, produce conductas que se han descrito ampliamente como características de individuos que puntúan muy alto en la escala de Autoritarismo de Derechas (RWA) y la escala F» William F. Stone: «Manipulación del terror y autoritarismo», op. cit., p. 15..

    Vamos a poner un ejemplo sobre cómo funciona la pedagogía del miedo y del terror calculado en un caso verídico que reunía el shock de la sorpresa, la violencia medida que busca que la victima salte del miedo controlado al terror incontrolable y, al final, la obtención del objetivo buscado por el agresor. Se trata de los métodos de intimidación empleados por los ejércitos napoleónicos para vivir del saqueo y del robo de los recursos de las poblaciones que invadían, para aliviar así el peso y el volumen de sus transportes adquiriendo más rapidez de movimientos y pudiendo transportar más armas y municiones. C. Summerville narra en su investigación sobre la guerra entre británicos y franceses en la Península Ibérica, cuando el ejército británico huía a toda prisa hacia Galicia para embarcar destino a Gran Bretaña perseguido muy de cerca por los franceses:

    «Pero los soldados no podían obtener nada de sus exasperados oficiales, ni de los empobrecidos campesinos que, naturalmente, solían proteger el poco forraje que poseían. Aquellos prisioneros franceses que marchaban con las columnas de Moore se divertían, aunque les sacaba de quicio la falta de experiencia que sus captores demostraban ante la dura realidad de la vida en campaña. En una ocasión, un oficial francés se ofreció voluntariamente para conseguir comida para los hombres que los escoltaban. Enseguida mandó llamar a uno de los patriarcas de una aldea y antes de decir nada lo derribó de un golpe para luego exigirle desayuno para todo el grupo. Poco después el pobre hombre volvió a aparecer con todo lo que habían pedido» Christopher Summerville: La marcha de la muerte, RBA, 2006, p. 128..

    Estamos ya, por tanto, en condiciones para pasar a estudiar qué es la pedagogía del miedo. R. Rodríguez Molas empieza su magistral obra sobre la represión y la tortura en Argentina con estas palabras extraídas de su capítulo sobre los comienzos de la pedagogía del miedo: «Como es sabido, la tortura “legal” de los códigos primitivos y la contemporánea de las sociedades represivas definen un criterio de “justicia” y poder impuestos a través del dominio y el terror» Ricardo Rodríguez Molas: Historia de la tortura. El orden represivo en la Argentina, EUDEBA S.E.M., 1984, p. 5.. Hay muy poco escrito sobre la pedagogía del miedo, aunque sea imprescindible como basamento del proceso que va de la inquietud inicial al terror último, como expresión del pánico ante la aplicación del terrorismo; proceso que en ningún momento termina de separarse del Estado aunque algunas de sus plasmaciones concretas funcionen con una autonomía tal que semeje independencia de facto con respecto al Estado. Por ejemplo, uno de los campos en donde más se aprecia el juego entre dependencia, autonomía o independencia formal con respecto al Estado es el de la educación, desde la pública ejercida directamente por funcionarios estatales hasta la privada ejercida por empresas o grupos religiosos.

    El autor al que recurrimos dice unas páginas más adelante que:

    «La pedagogía del miedo, la fuerza irracional, se expande asimismo a otros ámbitos. Los castigos en las escuelas eran tradicionales en el Antiguo Régimen. Ian Gibson, un prestigioso hispanista nacido en Irlanda, estudia en su admirable libro El vicio inglés, la costumbre de azotar a los niños en Gran Bretaña. En el ámbito español y americano esa tendencia no le iba a la zaga. Como es sabido, en las escuelas públicas y privadas los azotes y los palmetazos eran una práctica cotidiana, sin olvidarnos de otros castigos corporales a los que aluden los libros de memorias, considerándoselos de importancia fundamental para la formación del carácter de la juventud» Ricardo Rodríguez Molas: Historia de la tortura y el orden represivo en la Argentina, op. cit., p. 26..

    Más todavía y para concluir con el investigador que ha realizado una de las mejores críticas del terrorismo que hayamos leído nunca, veamos la siguiente cita en la que R. Rodríguez muestra cómo interactúan diversos niveles de la realidad represiva, sin olvidar nunca la presencia más cercana que lejana, o inserta en ellos mismo, del poder, del Estado:

    «Pero es posible decirlo mejor todavía, y es que por lógica, sin ninguna duda, la moral exclusivamente utilitaria e individualista inculcada desde el poder, una acción que no es reciente, se muestra intolerante y en el mejor de los casos indiferente ante las agresiones a los derechos humanos. Y no sólo no se compromete en la defensa de los militantes políticos, tampoco en la de aquellos que trasgreden las reglas de la sexualidad considerada, por decirlo así, como “normal”. No es necesario volver a insistir en el hecho de que la represión, todos los tipos de represión, están profundamente arraigados en la sociedad argentina. Con insistencia se trató de aniquilar por todos los modos posibles cualquier expresión racional e independiente, condicionando por todos los medios, mecánicamente se ha observado, desde las escuelas y los medios de comunicación “la enseñanza de ideales y símbolos emocionalizados, mediante la planificación y coordinación de los ambientes, los equipos de trabajo y los juegos, y después mediante una propaganda inteligente” (Mannheim 1963, 335). A este proceso de fusión y coordinación, suman la doctrina de los “valores más altos”, los de la “tradición” o los ya aludidos de la “civilización occidental y cristiana” (todos ellos formas indudables de infalibilidad), en sustento de los cuales justifican la censura y toda clase de represión y violencia.

    »En esto estriba el carácter autoritario de un amplio sector de la población. Es posible mencionar numerosos casos en relación a una situación que en gran medida motiva el desinterés en analizar las causas más profundas del autoritarismo. ¿Por qué esto? Sobre todo, quizá sea debido al hecho de que es más simple y menos complicado practicar el olvido, y ese ejercicio se ha observado con suma frecuencia. Por otra parte, tal como son las cosas, suele caerse en lo anecdótico y superficial. En ese aspecto, y frente a los problemas que afectan a nuestra realidad y que interfieren en el logro de la felicidad individual genuina, una y otra vez sectores políticos y confesionales acusan al sistema constitucional de fomentar la pornografía (“democracia pornográfica”, dicen con referencia a la mayor permisibilidad en las relaciones cotidianas y dejan a un lado las deformaciones propias de una sociedad alienante que considera a la mujer como un simple objeto sexual)» Ricardo Rodríguez Molas: Historia de la tortura y el orden represivo en la Argentina, EUDEBA S.E.M., 1984, p. 97..

    Como vemos, la pedagogía del miedo aplicada desde el poder central y los micropoderes circundantes a éste, como la Iglesia, por ejemplo, produce personas que además de autoritarias, están desinteresadas e incapacitadas para analizar las causas más profundas del autoritarismo, censura, represión y violencia que padecen y que a la vez ejercitan. Cuando el autor insiste en que estudia a la sociedad argentina, debemos concluir que no piensa que dicha sociedad sea ácrata, anarquista, sin Estado, o que incluso haya llegado ya al comunismo. Nada de esto, investiga y denuncia radicalmente el papel del Estado y del terrorismo en la historia argentina, sin olvidarse de las ayudas que ha recibido y recibe de otros micropoderes como el eclesiástico. Por tanto, podemos concluir diciendo que uno de los objetivos prioritarios de la pedagogía del miedo es protegerse a sí misma al producir sujetos tan obedientes que ni piensan en preguntar por qué obedecen, que ni siquiera sepan que cumple con uno de los mecanismos de evasión citados por Fromm: el consentimiento mecánico, y el otro objetivo es borrar para siempre el mayor rastro posible de sus atrocidades, hacerlas desaparecer tanto en la memoria y en la historia, como en los posibles restos que pudieran denunciar el crimen.

    La pedagogía del miedo se sustenta y se ejerce mediante el denominado «lenguaje del miedo», tal como lo han definido los investigadores que estudiaron el terrorismo padecido por el pueblo chileno bajo la dictadura de Pinochet. El Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo, CODEPU, elaboró un impresionante estudio de los efectos del terrorismo en el capítulo dedicado a la sociedad represiva y, especialmente, al lenguaje del miedo. Tras exponer la dinámica del terror y del terrorismo, añade:

    «El factor común a los elementos señalados de esta guerra psicológica es el Miedo. El miedo es, en todas sus modalidades de existencia, al mismo tiempo medio y fin, condición necesaria y resultado procurado. El miedo, como situación planificadamente creada y exacerbada por el poder del Estado dictatorial, ha dejado de ser una reacción natural que protege al sujeto y una vivencia puramente individual, para transformarse en trasfondo y nexo de las relaciones sedales, es decir, de la comunicación entre las personas».

    Poco después presenta las siguientes conclusiones:

    1. Para gran parte de la población en Chile bajo dictadura, el miedo dejó de ser una reacción individual transitoria y ha devenido en trasfondo y nexo comunicacional permanente.
    2. La situación general de contexto está determinada por un discurso del poder que es un continuum de mensajes doble vinculantes. Éste ha sustituido la básica confianza interaccional por desconfianza.
    3. Las distorsiones de reglas y hábitos comunicacionales se rigen predominantemente por la negación, el fingimiento y el ocultamiento.
    4. El concepto psicológico de negación no agota la explicación, ni incluye las formas principales de la comunicación del miedo.
    5. El fingimiento y el ocultamiento activo son verdaderas técnicas lúcidas de sobrevivencia. Podrán gradualmente dejar de ser utilizadas en la medida que se reconstruya la mutua confianza grupal y social.
    6. Los mecanismos de fingimiento, ocultamiento y negación intragrupales (ejemplo: familia) van fuertemente acompañados de procesos de culpa, hostilidad y soledad.
    7. Los fenómenos descritos, especialmente los de la desconfianza básica provocados por la tortura son de primera importancia en la psicoterapia CODEPU: Persona, Estado, Poder. Estudios sobre salud mental – Chile 1972-1989, http://www.derechos.org/nizkor, 5 de marzo de 2002..

    Figura del amo y de los intocables

    Por uno u otro motivo, aquí nos viene muy bien recordar el poder disciplinador que tiene la denominada «figura del Amo», según la feliz expresión de D. Sibony en su estudio sobre la indiferencia política de las gentes explotadas Daniel Sibony: «De la indiferencia en materia de política», en Locura y sociedad segregativa, Armando Verdiglione, Edit. Anagrama, Barcelona 1976, p. 108.. En la medida en que la participación en política puede llegar a cuestionar el orden establecido, en esa medida interviene la «figura del Amo» autoritario y coercitivo que el poder introdujo en nuestra personalidad, conduciéndonos a la indiferencia social. El Amo está siempre presente como figura ideal que se adapta a cualquier contexto, unas veces castigando y otras protegiendo, pero siempre asegurando la obediencia ya que:

    «Mientras obedezco al poder del Estado, de la Iglesia o de la opinión pública, me siento seguro y protegido. En verdad, poco importa cuál es el poder al que obedezco. Es siempre una institución, unos hombres, que utilizan de una u otra manera la fuerza y que pretenden fraudulentamente poseer la omnisciencia y la omnipotencia. Mi obediencia me hace participar del poder que reverencio, y por ello me siento fuerte. No puedo cometer errores, pues ese poder decide por mí; no puedo estar solo, porque él me vigila; no puedo cometer pecados, porque él no me permite hacerlo, y aunque los cometa, el castigo es sólo un modo de volver al poder omnímodo» Erich Fromm: Sobre la desobediencia y otros ensayos, Paidos Studio, Barcelona 1984, pp. 9-15..

    La «figura del Amo» es especialmente necesaria en las estructuras e instancias encargadas de garantizar el poder establecido, en las que la disciplina y la jerarquía tienen un papel clave en el control de las ansias de libertad de sus miembros, para mantenerlos siempre sumisos y obedientes a las órdenes, al margen de éstas y de a quienes afecten, al margen de quien sean sus víctimas. La «figura del Amo» es central en las fuerzas represivas, sean de represión material o espiritual. Ya hemos visto el cuidado que ponen los Estados burgueses en la formación de sus torturadores, y una preocupación similar tienen en mantener la fidelidad de sus ejércitos, para lo que no dudan en mantener formas disciplinarias aprendidas de los ejércitos antiguos porque atañen a lo más profundo de la estructura psíquica, al miedo y al terror a lo intocable, al tabú que supone la «figura del Amo». J. Zulaika ha estudiado el proceso de imposición del terror del soldado a los «intocables» Joseba Zulaika: Chivos y soldados, Edit. Baroja, San Sebastián 1989, pp. 85-92., a los oficiales, que son la expresión corpórea del tabú a la «figura del Amo», del ser superior que dispone de la vida del soldado. Recordemos que Jenofonte nos dejó escrita la importancia de este método disciplinario basado en el miedo al superior jerárquico antes que al enemigo.

    Naturalmente, aquí hablamos de los ejércitos opresores, porque la disciplina cambia cualitativamente en los ejércitos formados para las guerras justas y liberadoras. Clausewitz ya se percató de esta diferencia sustantiva aunque utilizaba una terminología un tanto confusa, en lo relacionado con la guerra justa y con la relación entre los fines y los medios, como demuestra O. Korfes Otto Korfes: «De la guerra y su influencia sobre la posteridad», en Clausewitz en el pensamiento marxista, PyP, nº 75, México 1979, p. 180 y ss.. Todo lo contrario a los «intocables», al Amo, es la práctica revolucionaria la que, según Trotsky y sus textos contra los desertores del Ejército Rojo, plantea la cuestión de la obediencia consciente en el nivel decisivo de optar entre el obrero huelguista que lucha por su país y el esquirol que vende a sus compañeros, a la empresa y a su país a los amos internos y externos por pocas monedas Trotsky: «Deserción y tribunales», en Escritos militares, Ruedo Ibérico, París 1976, tomo 2, pp. 141-146..

    Mantener activo el miedo a la transgresión del tabú al amo, a los intocables, es una prioridad vital en cualquier ejército basado en la disciplina no asumida conscientemente, basado en la disciplina coercitiva e impuesta, en la del patrón y el capital. En lo que respecta a la introducción del miedo en los ejércitos, para mantenerlos fanatizados, vamos a recurrir a la experiencia venezolana anterior al actual proceso bolivariano que precisamente consiste en lo contrario: en devolver la consciencia y libertad al pueblo y a sus fuerzas armadas; y en lo que respecta al segundo objetivo, garantizar el silencio propio y ajeno, más adelante diremos algo sobre las desapariciones forzadas. En la década de 1950 este país se encontraba en una fuerte crisis sociopolítica determinada por la opción proyanqui de su burguesía, dispuesta a vender el país y sus enormes riquezas energéticas al imperialismo para asegurar su poder y aumentar sus beneficios. El sentimiento nacional venezolano se plasmó entre otras cosas en el fortalecimiento de organizaciones armadas revolucionarias con conexiones dentro del ejército que ya desde 1957 tenía en su interior grupos simpatizantes con el independentismo progresista. En 1962 estos grupos se acercaron a las guerrillas y en 1963 se crearon las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional. Uno de sus documentos más conocidos fue el llamamiento al resto del ejército oficial venezolano, publicado en 1964, en el que se argumentaba por qué se debía optar por la democracia y la independencia nacional, ya que:

    «Venezuela es actualmente un país subdesarrollado, dependiente, por obra y gracia de nuestros gobernadores, del coloso del norte quien con la inversión de capitales en nuestro territorio, ha logrado poner a su servicio la mayoría de nuestras riquezas naturales contando con la complicidad de los círculos gobernantes y de algunos sectores económicos criollos, que medran al amparo de esa entrega. Tener conciencia nacionalista significa disposición y actitud de combate ante esa penetración y la traición de los serviles criollos. Tener conciencia nacionalista es negarse a apoyar un gobierno que no responde a la defensa de los intereses nacionales y se empeña en obstaculizar y detener la construcción del país independientemente, con sus industrias básicas elaborando nuestras materias primas; participando de mayores beneficios en la industria petrolera y realizando una efectiva reforma agraria que reivindique a nuestro campesino. Tener conciencia nacionalista es estar en conocimiento de las tremendas injusticias sociales existentes en nuestro país y trabajar por remediarlas. Es tener conciencia de que no podemos esperar de gobiernos como el actual la solución de esos problemas por su carácter antipatriótico y antinacional. […]

    »Hemos permitido que estos gobiernos vendan a Venezuela, nosotros que nos llamamos sus más ardientes defensores. Hemos permitido que trafiquen con nuestra soberanía y la mediaticen intereses extranjeros. Si por soberanía entendemos la independencia completa que deben tener los países para decidir sobre los problemas que afectan su vida interna y sus relaciones externas, debemos admitir que hemos sido unos vulgares alcahuetes de estos gobiernos; de todos es conocido la influencia que tiene el Departamento de Estado norteamericano en la política nacional y bien sabemos cómo se mueve la misión militar de ese mismo país en nuestro medio militar. Ningún pronunciamiento se ha dado sin su consentimiento: es más, muchas son las veces que lo han propiciado cuando el gobierno de turno no se aviene a sus directivas» AA.VV.: De militares para militares, Ministerio de la Cultura, Edit. El Perro y la Rana, Caracas, Venezuela 2006, pp. 199-200..

    Como respuesta al peligro que este llamamiento revolucionario suponía para la burguesía venezolana, consciente de que el sentimiento independentista en contra del dominio de Estados Unidos podía arraigar en amplios sectores del ejército, ésta respondió aplicando una auténtica pedagogía del miedo dentro de las unidades militares, método destructivo resumido así por el documento de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN) de 1963:

    «El miedo fue introducido en los sectores militares como objetivo inicial para el debilitamiento de la moral. Bajo la amenaza constante del Servicio de Información de las Fuerzas Armadas (SIFA), se creó un estado de desasosiego que luego se traduciría en la división de los cuadros permanentes. La hermandad de promoción, el espíritu de cuerpo, el simple compañerismo, fueron desterrados por la aprensión. Al crear sospechas recíprocas y psicosis persecutorias, los servicios de espionaje hicieron saltar todos los vínculos morales y fraternales que aseguraban la unidad militar. ¿Cómo estrechar la solidaridad en una familia llena de temores y acorralada por la situación? ¿Qué grado de confianza puede existir entre colegas que se temen entre sí? ¿Cómo coordinar acciones entre gente que deben protegerse los unos contra los otros? Y éste era exactamente el objetivo del SIFA: inhibirnos, desarticularnos, para luego entregarnos atados a los caprichos de políticos inescrupulosos. Sin embargo, la obra de los partidos de gobierno no está concluida. Aún quedan reservas morales para enfrentarnos a esta vil maniobra y derrotarla. Debemos calcular los riesgos de la delación y tomar providencias contra sus efectos, pero es preciso, hoy más que nunca, unirnos contra los enemigos, echar por la borda los temores y aceptar el reto que se nos está lanzando. […] Lo único que se opone a esta gran jornada es el miedo, por miedo hemos sido divididos, por miedo hemos luchado unos contra otros, por miedo hemos apoyado un gobierno de apátridas, y si continuamos buscando excusas para justificar el miedo, será el miedo al epitafio escrito sobre la tumba de una institución que no tuvo hombres que la defendieran y sobre una Patria que no tuvo hijos que la salvaran» AA.VV.: De militares para militares, op. cit., pp. 128-129..

    Si nos fijamos bien, la táctica de introducir el miedo para romper la solidaridad colectiva de un cuerpo selecto y especializado como es el militar, que aquí se describe crudamente, sirve en lo esencial para destrozar cualquier otra solidaridad colectiva, desde la de una plantilla de trabajadores en huelga, hasta la de una asociación de vecinos, pasando por un sindicato estudiantil y terminando en una poderosa movilización de masas. El valor fundamental de este ejemplo radica no sólo en que describe cómo se provoca el miedo a los demás, el recelo y la duda, la sospecha hacia los compañeros, etcétera, sino sobre todo en que todo esto responde a un plan diseñado y aplicado desde los aparatos del Estado y con el apoyo de poderes extranjeros, en este caso desde el Estado venezolano y la ayuda de los expertos yanquis. Un plan destinado a depurar de demócratas y personas críticas y libres un instrumento decisivo en la aplicación del terror como es el ejército, aparato vital para la clase burguesa. Como veremos más adelante, el Estado produce sus propios funcionarios con mentalidad estatalista, el terror estatal necesita y produce las personalidades terroristas que aplican y mejoran en la práctica dicho terror en cualquiera de sus formas. La depuración del ejército es, desde esta perspectiva, una necesidad permanente para garantizar su efectividad en el momento de aplicar el terror, como lo demostró la propia experiencia venezolana hasta la victoria del proceso revolucionario actual.

    Pero aquí, en Venezuela, como en otros muchos lugares la pedagogía del miedo falló en su efectividad y una buena parte del ejército se integró al cabo de los años a la lucha emancipadora de su pueblo. Sin embargo, la derrota del imperialismo no ha significado que éste diera por perdidos definitivamente sus intereses económicos y geoestratégicos en la región. Al contrario, como ha demostrado C. Lanz, Estados Unidos recurre a una empresa especializada en la manipulación psicológica y propagandista de masas llamada The Rendon Group, para amplificar e intensificar el uso de tácticas pertenecientes a la pedagogía del miedo contra Venezuela. Centrándose en el objetivo prioritario de destrozar física y simbólicamente al comandante Chávez, esta empresa ha ideado y aplica sistemáticamente un plan con cuatro objetivos, de menor a mayor:

    1. Criminalizar y desprestigiar la figura presidencial.
    2. Deslegitimar el cambio y el conjunto de las instituciones.
    3. Generar escepticismo o desencanto, con proyecciones electorales.
    4. Legitimar la emergencia de mecanismos violentos, armados y no armados, como preparación de un magnicidio, golpe suave o una intervención militar foránea Carlos Lanz Rodríguez: , VII Cumbre Social por la Unión Latinoamericana y Caribeña, CaracasLas operaciones de “The Rendon Group” centradas en la criminalización del Comandante Chávez 2008, p. 13..

    Como se aprecia, estamos ante una estrategia que va de ataques menores a mayores, de centrarse contra una persona, Chávez, para ir ampliándose hasta llegar a la invasión extranjera de una nación.

    A cada paso adelante en la estrategia corresponde un aumento en la provocación del miedo. Primero, se ataca a la autoridad suprema, buscando además de su desprestigio y debilitamiento político, también el aumento de la incertidumbre y desmoralización en sus inmediatos seguidores, los más sólidos y fieles. Si bien una de las reacciones de la gente cuando se siente atacada en su solidez colectiva es la de reforzarla y cohesionarla, también ocurre que surgen grietas internas en su cohesión, fisuras poco visibles que pueden agrandarse según derive el conflicto. Buscando aumentarlas, The Rendon Group lanza el segundo ataque consistente en minar la legitimidad de las instituciones elegidas por el pueblo y del proceso democrático en general, con lo que se amplía la población afectada, la mayoría incluso que apoya el proceso democrático aunque tenga algunas diferencias con respecto a Chávez, mayoría sometida a una guerra psicológica y propagandística que busca minar la estabilidad del sistema en su propia base. El objetivo no es otro que, en tercer lugar, alterar el resultado electoral, es decir, derrotar la democracia por métodos aparentemente «democráticos» obtenidos mediante la manipulación masiva de todo lo que sea susceptible de ser manipulado. Cuarto y último, tanto como resultado de lo anterior o como alternativa extrema, el poder piensa en la utilización de un capítulo en el que la violencia terrorista adquiere todas sus formas, desde el magnicidio hasta la violencia simbólica, no armada, terminando en la invasión pura y dura.

    Vemos nítidamente la pedagogía del miedo en acción desde la simple propaganda contra una persona hasta la invasión militar. La mayor parte de las veces, el poder dominante no necesita llegar al extremo del terrorismo en toda su extrema brutalidad, sino que detiene el proceso en un momento determinado porque ya ha obtenido los resultados que buscaba. Con mucha frecuencia, la efectividad de los niveles inferiores del terrorismo aplicado por micropoderes es la que evita que tengan que entrar en acción niveles superiores, más generalizados y amplios, aunque no siempre. H. Zinn nos ofrece un ejemplo del fracaso de uno de los niveles intermedios de la violencia terrorista aplicada por un micropoder como era la patronal del negocio de taxis en sus años jóvenes. Este historiador nos narra cómo impactó en su proceso de toma de conciencia de clase la paliza que le dieron al padre de su amigo León «los matones del burgués», del empresario que controlaba el negocio del taxi, «por intentar constituir con sus compañeros un sindicato de taxistas» Howard Zinn: Nadie es neutral en un tren en marcha, Hiru Argitaletxea, Hondarribia 2001, p. 235.. Pero, desgraciada y significativamente, la efectividad paralizante de estos niveles intermedios de intimidación mediante actos terroristas dirigidos contra las personas que comienzan las luchas por los derechos democráticos más elementales, como el de sindicación en este caso, es mayor de lo que sospechamos, aunque no es nunca absoluta.

    Lo decisivo es su efectividad, aunque incluso ni se hable de pedagogía del miedo. E. González Duro, basándose en la teoría de Batjin sobre el «miedo cósmico», el que tiene en sí y de por sí la especie humana hacia las fuerzas desencadenadas de la Naturaleza ingobernable, utiliza el concepto de «miedo oficial», el construido por el poder existente en cada época y sociedad, acercándose a la teoría de la pedagogía del miedo, de hecho la pone en práctica aunque sin nombrarla, al sostener desde el comienzo de su obra que «el poder, que a menudo se disfraza de Dios o pacta con alguna Iglesia, produce el miedo, somete a los miedosos, los culpabiliza por ello y los castiga» Enrique González Duro: Biografía del miedo, Edit, Debate, Barcelona 2007, p. 12.. Y mucho más adelante dice:

    «La producción de “miedo oficial” era –y es– la clave de la eficiencia del poder. El poder terrenal no venía –no viene– al rescate de los seres humanos presos del miedo, pero hacía –hace– por convencer a sus súbditos que sí lo hace. Para que el poder se congraciase y se ganase su lealtad al ser duro con lo que aquéllos temían, primero debía producir el “capital del miedo”. Para que el poder dure, hay que hacer a los seres humanos vulnerables, inseguros y temerosos, y mantenerlos en dicha situación […] Volver a la gente insegura y sumisa fue la tarea que más ocupados tuvo a la CIA y al FBI tras los atentados del 2001» Enrique González Duro: Biografía del miedo, op. cit., p. 209..

    Y más adelante:

    «El mantenimiento de la ideología del miedo se ha convertido en un arma política, en particular en las estrategias de los grandes poderes: confirmar la culpa definitiva e intrínseca del otro y la necesidad de protegerse a sí mismo mediante las medidas de seguridad o por la fuerza de las armas […] Cuando las autoridades concentran los temores del público a la amenaza terrorista, adquieren una libertad de movimientos que no sería imaginable si se tratarse de otro enemigo público, auténtico o supuesto. En ningún otro caso puede estar tan seguro el Estado, en su calidad de defensor de la ley, de que sus ciudadanos están dispuestos a tomar el no cumplimiento de los peligros como prueba de su realidad y del papel misericordioso de los organismos de seguridad del Estado que advirtieron de su inminencia» Enrique González Duro: Biografía del miedo, op. cit., p. 254..

    Por otra parte, la producción de miedo está facilitada por otras fuerzas y realidades sociales que existen al margen de cómo las interpretemos o pensemos sobre ellas. Por ejemplo, tiene razón M. Brinton cuando explica cómo en los momentos angustiosos, quienes no han desarrollado suficiente independencia psicológica, afectiva y emocional, crítica y autocrítica, teórica y política, ética y moral, tienden a adoptar «actitudes infantiles cuando se ponen frente a frente con los que simbolizan la autoridad, con los que representan en la escala de la sociedad la imagen de sus padres (es decir, los dirigentes del Estado, los jefes de las fábricas, los curas, los políticos consagrados, etcétera)» Maurice Brinton: Lo irracional en política, Edit. Aguilera, Madrid 1977, p. 81..

    El potencial teórico-crítico de estas palabras es innegable y aletea en todo el texto que aquí se presenta, reapareciendo específicamente cuando analicemos la vital unión entre Estado, terrorismo y tortura. Tiene también razón P. Brückner cuando no duda en decir que:

    «La prohibición colectiva de buscar o preguntar fuera del campo de los problemas abiertos (los que están permitidos por los estilos educativos autoritarios) provoca miedo en el que se atreve a hacerlo, si es que ha llegado ya a proyectar sobre sí mismo aquellas exigencias de prohibición; incluso las desviaciones de un método establecido, llegan a producirle intranquilidad. Aquí es donde termina la formación y comienza la obediencia social» Peter Brückner: «Sobre la patología de la obediencia», en Psicología política, AA.VV., Barral Edit., Barcelona 1971, p. 182..

    Por no extendernos, L. Rozitchner sostiene en su impresionante capítulo sobre la transformación de las categorías burguesas fundamentales, que la única salida es la revolución colectiva que destruya los modelos de sometimiento. Pues bien, al plantear la urgente necesidad de introducir al sujeto en la historia, el autor afirma que «la libido, por terror y sentimiento de muerte del yo, no puede investir los objetos del mundo exterior negados por el superyó. Y el síntoma expresa dónde va a parar la libido objetal: a investir una forma sustituta, un objeto ideal o tal vez alucinado, pero siempre subjetivo. La agresividad, que el instinto de vida tendría que orientar hacia el obstáculo que se opone en el mundo a la satisfacción, es vuelto aquí también a lo subjetivo, convertido en masoquismo, contra el mismo sujeto» León Rozitchner: Freud y los límites del individualismo burgués, Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina 1972, p. 269.. El terror introducido en el yo impide al sujeto tomar conciencia de la realidad, del mundo exterior, porque el superyó se lo impide, le niega la posibilidad de ver el mundo tal cual es, mientras que sólo le permite verlo de forma alucinada, siempre subjetivamente.

    A la vez, ese terrorismo que el superyó ejerce sobre el yo, hace que la persona no se enfrente a los obstáculos, a la opresión en suma, que le aplastan con la infelicidad, sino que en esa inversión subjetiva y alucinada, el sujeto se vuelva contra sí mismo de manera masoquista en vez de contra la dominación y explotación que sufre. Pero el superyó es una construcción social impuesta generalmente por la presión de los componentes más autoritarios y reaccionarios de la sociedad burguesa, de modo que, mediante mil vericuetos, descubrimos el fino hilo que conecta el masoquismo resultante con la estructura terrorista de la sociedad del capital.

    Creación del miedo y del gran pánico

    Debemos hacer una matización crítica a estas palabras aun admitiendo la corrección de la tesis de fondo sobre los efectos del miedo. Pensamos que la efectividad de la propaganda anti «terrorista» es mucha, pero que otras manipulaciones del miedo y del terror de masas producen también los mismos efectos esenciales, beneficiosos para las clases dominantes. Se trata de analizar cada caso concreto en su situación concreta, cada creación y manipulación concreta del miedo concreto que una vez será al «terrorismo», otra vez será al «comunismo bolchevique» y otras veces será a cosas diferentes pero que cumplen la misma función. Hace tiempo F. Neumann mostró cómo la manipulación política de la ansiedad colectiva y del miedo social ha sido una de las razones de las masivas respuestas reaccionarias orientadas contra «enemigos exteriores» e «interiores» presentados en forma de «conspiración» desde el inicio del siglo XVII: la de los jesuitas, la francmasona, la comunista, la capitalista, la judía, concluyendo muy acertadamente con la tesis de que «el mundo se ha hecho más susceptible al crecimiento de movimientos de masa regresivos» Franz Neumann: «Ansiedad y política», en Miedo y sociedad, Rollo May y otros, Editorial Escuela, Argentina 1976, pp. 43-78.. Miedo y ansiedad que buscaban en el dictador la reencarnación protectora de la imagen mítica de la autoridad paterna a la que se obedece sin condiciones.

    Desde entonces, se han creado nuevas «conspiraciones» exteriores e interiores que, sin romper en absoluto con la lógica de lo expuesto, sino confirmándola, han ampliado los objetivos a criminalizar, perseguir y exterminar por los movimientos reaccionarios. Pero, antes de seguir y para contextualizar el problema, debemos remarcar una dinámica que solamente el marxismo ha estudiado con rigor y que es decisiva para entender el contexto ideológico mundial actual y el papel que cumple la pedagogía del miedo en la civilización burguesa de comienzos del siglo XXI. Nos referimos al aumento de corrientes ideológicas que van desde el irracionalismo en sus formas más toscas hasta el desprecio sutil y delicado de la valía del método científico-crítico, si comparamos su descomposición actual con su optimismo racionalista y humanista burgueses en el siglo XVIII y a comienzos del siglo XIX. Sin extendernos ahora, Engels ya demostró que la filosofía burguesa había llegado al final de su capacidad creativa progresista Engels: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Obras Escogidas, op. cit., tomo III, pp. 379-395., indicando que solamente el movimiento obrero podía abrir una nueva etapa en el conocimiento humano en el sentido verdadero del término, es decir, como liberación de las potencialidades insertas en el valor de uso. Engels concluyó el texto ahora citado en 1886 y para entonces tenía a su disposición una abundante cantidad de textos que confirmaban no sólo el agotamiento del progresismo burgués, sino su descarado retroceso.

    Conforme la burguesía mundial constataba desde la crisis revolucionaria de 1848 y especialmente desde la de 1871 que su poder era cada vez más cuestionado en el capitalismo occidental, pero también por parte de los pueblos explotados en otros continentes, desde estas fechas, dicho a grandes rasgos, se inició un retroceso teórico e ideológico que aquí solamente vamos a presentar en sus aspectos centrales. Por un lado, en la economía política burguesa se produjo un espectacular retroceso de los logros iniciales de los economistas clásicos, a las vulgaridades subjetivistas de la «teoría» marginalista y especialmente de la «escuela austriaca» en la década de 1870 en adelante AA.VV.: Historia de las doctrinas económicas, Edit. Pueblo y Educación, La Habana 1980, tomo I, pp. 561-612.. Por otro lado, el grueso de la filosofía burguesa se fue inclinando al irracionalismo, como demostró Lukács en uno de sus libros clásicos en el que extendió su crítica a la sociología, al darwinismo social y al racismo, mostrando sus conexiones de fondo con el fascismo Georg Lukács: El asalto a la razón, Grijalbo, Barcelona 1975, pp. 471-580.. Por último, sobre esta base racista y occidentalista se produjo una multiplicación de tesis sobre el control social masivo, sobre la justificación de las vigilancias y de las represiones «científicamente aplicadas», etcétera, en su mayoría de origen yanqui Stephan L. Chorover: Del génesis al genocidio, M. I. Orbis, Barcelona 1986, p. 83 y ss., desde finales del siglo XIX que tienden a reaparecer una y otra vez al calor de las urgencias económicas y militares del imperialismo, como se ha comprobado en las duras pugnas sobre el desarrollo de las investigaciones del genoma humano, con las grandes posibilidades de control político y marginación social que pueden crear si sus efectos negativos no son controlados, si el poder capitalista emplea en su beneficio una de «las dos caras de Jano» José Sanmartín: «Proyecto del Genoma Humano: de la ciencia a la sociedad», en El legado filosófico y científico del siglo XX, Cátedra, Madrid 2005, pp. 815-818..

    Esta involución se fue dando a la vez que el reforzamiento de la ideología liberal formada desde finales del siglo XVIII y que desarrollaría su núcleo central con la teoría marginalista o de la preferencia subjetiva, que abandona toda pretensión de objetividad científica inicialmente presente en la teoría clásica de la economía política burguesa, pero abandonada después. A. Vachet. sintetiza la ideología liberal en cuatro puntos decisivos para entender las justificaciones de todas las atrocidades cometidas por el terrorismo desde la irrupción burguesa:

    1. El derecho de propiedad determina todo derecho y todo deber.
    2. La prioridad de la propiedad privada exige la prioridad del individuo propietario sobre la sociedad.
    3. La naturaleza y la razón están para impulsar el desarrollo del individuo propietario.
    4. El individualismo también está bajo la férula de la propiedad privada y de las exigencias inherentes a la producción de bienes André Vachet: La ideología liberal, Edit. Fundamentos, Madrid 1973, tomo 2, p. 115..

    Y más adelante:

    «El modelo fisiocrático que califica al individualismo por la propiedad puede extenderse, sin dificultades y con pocas modificaciones, a la totalidad del liberalismo. Tanto en un caso como en otro, hay una reducción del individualismo a su contenido económico; lo que implica la subordinación previa de la expresión de los valores humanos no económicos al proceso de la producción, de la circulación y de la apropiación de bienes. De esta forma, la propiedad se ha de ver libre de controles, bien morales, en virtud de una teoría de la justicia relativa al orden económico; bien de la sociedad, por la finalidad de las funciones políticas exclusivamente limitadas a mantener el orden esencial necesario para la consecución de los intereses económicos del individuo y de la sociedad. De esta forma, la libertad, la igualdad y la seguridad se conciben tan sólo como anexos necesarios de la propiedad que, al determinarlos, los subordina» André Vachet: La ideología liberal, Edit. Fundamentos, Madrid 1973, tomo 2, p. 171..

    Fue este magma ideológico centrado en la dictadura del beneficio burgués a cualquier precio, el que, por un lado, actualizó la esencia terrorista del cristianismo platónico y agustiniano con la aparición del fundamentalismo y el integrismo; por otro lado, potenció la amplia corriente contrarrevolucionaria que va desde el fascismo al militarismo y, por último, unió lo anterior con el racismo y la creencia de la supremacía occidental. La revolución bolchevique de 1917 fue el aglutinante de esta mezcla explosiva y su estallido en una política internacional imperialista de azuzamiento del miedo a escala nunca vistas con anterioridad, ni incluso durante el terrorismo contra la Comuna de 1871. Estudiando el contexto europeo de fortalecimiento de las corrientes de izquierda y de extrema derecha tras la guerra de 1914-1918 y especialmente bajo el impacto del surgimiento de la URSS en las enfrentadas clases sociales del continente, G. Kolko escribe que:

    «Una derecha cada vez más fuerte se dedicó a extender el miedo a la Unión Soviética entre la población, logrando persuadir incluso a muchos de los que antes habían creído en el sistema parlamentario. A mitad de la década de 1920, cuando empezó a disminuir el miedo a la izquierda, éste volvió a ser alimentado por las consecuencias de la crisis económica mundial, y después por la guerra civil española y por la formación del Frente Popular en Francia» Gabriel Kolko: El siglo de las guerras. Política, conflictos y sociedad desde 1914, Paidós, Barcelona 2005, p. 169..

    Teniendo en cuenta la definición amplia, procesual e inclusiva del concepto de terrorismo como último peldaño del proceso ascendente que se inicia en la preocupación e inquietud y tras pasar por las diversas formas de miedo a la violencia, se transforma en terror y en pánico en la misma dinámica en la que las violencias se concretan en terrorismos, teniendo en cuenta esta definición dialéctica, es innegable que el proceso descrito por el historiador G. Kolko acaecido en los años veinte y treinta del siglo XX debe ser entendido como una de las formas de la dinámica del choque de contradicciones irresolubles que acabaron en el terrorismo masivo de la guerra de 1939-1945. Tanto el fascismo como la derecha en cualquiera de sus formas de poder, desde el militarismo hasta la «democracia» burguesa, se dedicaron con sistemática insistencia a producir miedo al comunismo, a la URSS y a los movimientos revolucionarios en Europa, miedo destinado a ampliar las bases de apoyo social reaccionario para golpes represivos posteriores. El nazifascismo, además de esto, concretó aún más el objetivo de su miedo y de su política de terror: preparar las condiciones adecuadas para la invasión de la URSS y su destrucción. Quiere esto decir que el inhumano terrorismo aplicado luego ya estaba in nuce, en ciernes, en su esencia, en la propagación del miedo desde la década de los años veinte.

    Aunque se trata de un colectivo de investigadores no caracterizado por su radicalidad crítica, quienes han estudiado la inducción por la burguesía internacional de un clima social masivo de miedo y terror, de derechismo fanático, militarista, racista y religioso en respuesta a la oleada revolucionaria mundial iniciada con la revolución bolchevique de octubre de 1917, no han dudado en denominar dicho clima social como el «gran pánico» provocado por una desbordante campaña propagandista que creaba «las informaciones más inverosímiles, como “la nacionalización de las mujeres”, provocaron un estado de “histeria colectiva”» Maurice Crouzet (direc.): La época contemporánea. En busca de una nueva civilización, Edic. Destino, Barcelona 1982, pp. 99-100.. Todo valía con tal de paralizar primero y luego derrotar la revolución que avanzaba por tantos países y pueblos. Muchas burguesías laicas y cultas, que habían defendido la separación entre su Estado y la Iglesia hasta 1913, en 1918-1919 se volvieron rápidamente hacia la Iglesia aliándose con ella para defender el orden y colmándola de riquezas y privilegios. Especial importancia tiene para nuestro estudio el análisis que hacen sobre el papel de la Iglesia católica que en todas partes optó por reforzar el conservadurismo y la reacción más autoritaria mediante los grupos de Acción Católica, y con respecto a Estados Unidos, citan a las iglesias protestantes con entusiasmo al ataque a «cualquier movimiento de reforma social susceptible de amenazar el orden establecido» Maurice Crouzet (direc.): La época contemporánea. En busca de una nueva civilización, op. cit., p. 107..

    Fue dentro de semejante reacción autoritaria hacia el conservadurismo en todos los sentidos, cuando irrumpió Spengler con su texto La decadencia de Occidente de 1918-1922, es decir, en pleno auge del bolchevismo y en medio del espanto de la burguesía. Luego irrumpió Toynbee con su obra Estudio de la Historia, publicada entre 1933 y 1961, ambos, sentaron la base de la ideología imperialista actual pese a las discrepancias formales que existían entre sus concepciones. J. Fontana ha mostrado la unión reaccionaria entre el irracionalismo de Spengler y el conservadurismo de Toynbee, quien primero se acercó a Hitler y después defendió los intereses de Estados Unidos como la potencia encargada de llevar la civilización occidental a su esplendor, convirtiéndose durante bastantes años en una especie de «historiador oficial», pese a la nula calidad de su obra, que puede ser definida como un gran «engaño intelectual» Josep Fontana: La historia de los hombres, Crítica, Barcelona 2001, pp. 188-191.. Como muestra de la ideología subyacente en esta obra de Toynbee vale, entre otras muchas, esta frase: «El ataque musulmán a la Cristiandad Occidental…» y todo el párrafo que sigue, que presenta a la «Cristiandad Occidental y Oriental» como agredidas por el «ataque musulmán» cuando la realidad histórica fue mucho más compleja. Otro ejemplo lo tenemos en el tono peyorativo y despectivo hacia Etiopía, pese a ser de religión cristiana monofisita, que es calificada como «fósil» estancado culturalmente sobre un «fondo de apatía» por no haber aprendido de los cuatro ataques de invasores superiores en cultura, un ataque islámico en la primera mitad del siglo XVI, y los tres siguientes católicos Arnold Toynbee: Estudio de la Historia, Planeta-Agostini, Barcelona 1985, tomo I, pp. 152-155..

    De cualquier modo, Toynbee seguirá siendo utilizado como fuente de argumentos a favor del sistema, aunque sea indirectamente y a pesar de reconocer su escoramiento prooccidentalista Adela Garzón Pérez: «Psicología política y el estudio de la historia», en Psicología Política, Valencia, nº 29, 2004, pp. 87-104., como se comprueba leyendo a A. Garzón Pérez en su artículo sobre la visión psicológica de Toynbee.

    Justo cuando Toynbee empezaba a saborear la gloria se iniciaba el lento ascenso neoliberal cuyos ideólogos –von Hayek, Friedmann, von Mises y hasta Popper durante un tiempo– se habían organizado como grupo de presión en 1947 celebrando su primera asamblea en el balneario suizo de Mont Pelerin. El documento fundacional empezaba así: «Los valores centrales de la civilización están en peligro». Vemos así su directa conexión con Spengler y con Toynbee, aunque su fuerte no era la historia sino una versión empobrecida de la economía política clásica burguesa, heredera de los grandes defensores de la teoría marginalista o «escuela austriaca». Tanto el marginalismo al final del siglo XIX como, sobre todo, el neoliberalismo a mediados del XX tenían como único objetivo acabar con la crítica marxista al capitalismo y, en menor medida, acabar también con la corriente burguesa reformista inaugurada por Keynes. D. Harvey explica cómo los sectores más reaccionarios de la alta burguesía imperialista, especialmente la norteamericana, iban aumentando su apoyo económico y político al grupo de Mont Pelerin, hasta que éste empezó a adquirir poder político en la década de los años setenta del siglo XX David Harvey: Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid 2007, pp. 26-37..

    Mientras la burguesía más reaccionaria se reorganizaba para lanzarse al contraataque, otros ideólogos reforzaban por su cuenta la tesis de la urgente respuesta occidental a la creciente amenaza oriental, identificada con el comunismo. A comienzos de 1956 el italiano J. Evola disfrazó su anterior fascismo de un occidentalismo anticomunista, dictatorial y militarizado, reactualizando el mito de Gog y Magog. Evola se dedica en su texto a adaptar el miedo y el terror apocalíptico descrito en el Antiguo Testamento como una fuerza destructora que emerge de lo más profundo de Asia a las condiciones de la mitad del siglo XX, insistiendo en la importancia de luchar contra el «enemigo interno», contra el desorden social, y «que las hordas de Gog y Magog representan en última instancia a las masas sin rostro, al reino de la cantidad, a la humanidad colectivizada y materializada, al anti-Estado afirmado por el frente de la subversión mundial» Julios Evola: Las hordas de Gog y Magog, en http://www.juliusevola.blogia.com, es decir, contra el socialismo y el comunismo.

    La occidentalización fue unida a la cristianización. A comienzos de la década de 1950, un movimiento conservador norteamericano denominado Caballeros de Colón empezó una campaña para introducir a dios en la promesa de fidelidad a Estados Unidos que todas las escuelas realizan cada mañana. Según describe S. George, en 1954 el presidente Eisenhower aprobó el cambio con estas palabras: «De este modo reafirmamos la trascendencia de la fe religiosa en la herencia y el futuro de Estados Unidos; de este modo reforzamos constantemente nuestras armas espirituales, que siempre serán el recurso más poderoso de nuestro país en la paz y en la guerra» Susan George: El pensamiento secuestrado, Público, Madrid 2009, p. 243.. Con la bendición presidencial, la irracionalidad daba un paso decisivo en el corazón del imperialismo más asesino y terrorista que padeció la humanidad hasta ese momento. Semejante decisión no es casual ya que justo en esos mismos años, la Iglesia católica europea ve con extrema preocupación cómo descienden las vocaciones sacerdotales, cómo parte del clero joven empieza a preguntarse por el socialismo y cómo, en 1952, el papa Pío XII reconoce la existencia de «una crisis bastante grave» Andrea Ricardi: El poder del papa, PPC, Madrid 1997, p. 180..

    Una vez asentada la tesis doble de que Occidente está en peligro, pese a ser la civilización superior, y que el cristianismo es un arma espiritual decisiva para su recuperación, el imperialismo endurece sus posturas en todos los planos, como el intento de invasión de Cuba en 1962, y una larga lista de agresiones que no podemos resumir aquí. La patronal yanqui da muestras extremas de inquietud a finales de esa década y en 1971 aparece el Memorando Powell Susan George: El pensamiento secuestrado, op. cit., p. 261 y ss., un llamamiento a la total movilización de la burguesía norteamericana para tomar la ofensiva social ante la crisis generalizada que debilita interna y externamente a Estados Unidos. De esta forma, va tomando cuerpo la contraofensiva ideológica reaccionaria que precederá a la contraofensiva neoliberal iniciada justo en 1973 con el golpe militar de Pinochet en Chile. A partir del acercamiento y práctica fusión en una sola dinámica de varias corrientes reaccionarias a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, se sientan las bases para el reforzamiento del irracionalismo y del eurocentrismo. La década de 1980 será la del ataque en toda regla y, tras la implosión de la URSS, el imperialismo buscará otro «peligro», otro «enemigo mortal» de la civilización cristiana, el Islam. Previamente, en 1992, Fukuyama había asegurado que la lucha de clases ya no existiría nunca más debido al fin de la historia y un año más tarde, en 1993, Huntington decretó que el nuevo enemigo sería el Islam. El caso de Toynbee con respecto a Fukuyama y Huntington ya ha sido analizado por M. Garrido Manuel Garrido: «El canto de cisne de la gran filosofía europea», en El legado filosófico y científico del siglo XX, Cátedra, Madrid 2005, p. 67. y no me extiendo al respecto, pero sí es conveniente recordar la crítica que W. D. Mignolo hace a Huntington de que «no percibe el fascismo y el nazismo como autoritarios», ni tampoco percibe los cambios en el imperialismo norteamericano desencadenados con su creciente autoritarismo Walter D. Mignolo: «La colonialidad a lo largo y a lo ancho: el hemisferio occidental en el horizonte colonial de la modernidad», en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, Clacso, Argentina 2003, p. 78. tras 1945, por ceñirnos a lo que más nos interesa ahora sobre las bases ideológicas autoritarias que sostienen el terrorismo desencadenado en las dos últimas décadas contra la humanidad por el imperialismo.

    Debe insistirse en que por debajo de los cambios y de las novedades que se han producido incluso desde inicios del siglo XVII, por admitir la fecha dada por Neumann, en el interior de estos procesos se mantiene una continuidad esencial en lo básico determinada por la continuidad de las contradicciones inherentes al capitalismo. Esta realidad de fondo es la que determina que periódicamente resurjan comportamientos de masas como los que estamos analizando, y que permanentemente exista una especie de «reserva reaccionaria» más o menos inactiva pero siempre expectante, que funciona en la cotidianeidad y hasta en niveles de la vida pública, formada por ese ramificado y polifacético universo de obediencias, sumisiones, angustias y miedos, magma irracional manipulable por el poder y que no siempre necesita de un líder carismático, del cesarismo ni de la dictadura para expresarse. No hay que despreciar la alta capacidad de las sociedades capitalistas «democráticas» y «normales», con sus sistemas político-parlamentarios y sus «derechos civiles», para reactivar las «reservas de reacción» latentes en la estructura psíquica de masas. La civilización burguesa puede recurrir a las viejas tácticas del cesarismo pero también a las modernas de la rotación periódica de los «gobiernos democráticos» elegidos electoralmente, para reactivar total o parcialmente la reserva de reacción autoritaria.

    Bien es cierto que nunca se trata de una incitación mecánica, de un plan perfecto que funciona de maravilla, porque el inconsciente colectivo, no en el sentido jungiano, tiene una autonomía apreciable y sus propios ritmos, y que sobre todo está minado por las contradicciones sociales objetivas; pero siendo esto verdad, también lo es que los Estados prestan especial atención a las técnicas de manipulación de la llamada «opinión pública», que es una de las capas superficiales del magma de reserva reaccionaria. Por ejemplo, con respecto a la historia de Estados Unidos, D. Harvey ha escrito que este país:

    «también tiene su lado oscuro sembrado de la paranoia sobre temibles amenazas de fuerzas enemigas y malignas provenientes del exterior. Se teme a los extranjeros y emigrantes, a los agitadores externos y, actualmente, por supuesto, a los “terroristas”. Esto conduce a un círculo vicioso interno y a la clausura de los derechos y libertades civiles que hemos conocido en episodios como la persecución de los anarquistas en la década de 1920, el macartismo de la década de 1950 dirigido contra los comunistas y sus simpatizantes, la veta paranoica de Richard Nixon respecto a los opositores a la guerra de Vietnam y, desde el 11 de septiembre, la tendencia a tachar toda crítica a las políticas de la Administración como una forma de ayuda y de incitar al enemigo. Este tipo de nacionalismo converge fácilmente con el racismo (más en particular hacia los árabes), con la restricción de las libertades civiles (la Patriot Act), el freno de las libertades de prensa (el encarcelamiento de periodistas por no rebelar sus fuentes), y la opción de la encarcelación y de la pena de muerte para tratar la criminalidad» David Harvey: Breve historia del neoliberalismo, op. cit., pp. 214-215..

    D. Harvey hubiera podido empezar su lista de oleadas criminalizadoras y represivas habidas en Estados Unidos no en la década de 1920 sino bastante antes, desde la fundación de las colonias en el siglo XVII y sobre todo desde 1733 con la institucionalización de la persecución y exterminio de las naciones indias, la esclavización africana y la mezcla de desprecio, odio y miedo a estas poblaciones y a los mexicanos y latinoamericanos, o el Ku Kus Klan con toda su parafernalia prefascista, sádica y absolutamente racista. Tiene razón al decir que el macartismo de los años cincuenta fue una de las oleadas reaccionarias más fuertes porque se basaba en una profunda base psicológica de masas caracterizada por el «sentimiento de miedo y de insignificancia» que dominaba a la sociedad yanqui como ya estudió E. Fromm una década antes Erich Fromm: El miedo a la libertad, Planeta-Agostini, Barcelona 1985, p. 157.. El macartismo fue también una manera de manipular la insignificancia aumentando el orgullo imperialista mediante la exacerbación del miedo al comunismo invasor; una táctica que fue parcialmente reactivada por el reaganismo en los años ochenta para recuperar el orgullo yanqui tras la aplastante derrota de Vietnam, y que fue más tarde definitivamente recuperada por la Administración Bush a comienzos del siglo XXI en su cruzada «antiterrorista» Manuel Castro Rodríguez: ¿Seguridad o Mccarthismo?, http://www.kaosenlared.org, 8 de octubre de 2007..

    J. Fontana ha expuesto cómo fue la «acción represiva» desatada contra la intelectualidad norteamericana con la excusa del «peligro comunista». Como mínimo, nada menos que 170 libros fueron denunciados por contener expresiones consideradas procomunistas. En las universidades y en la enseñanza superior se produjeron «centenares de despidos» por la misma razón Josep Fontana: La Historia de los Hombres, Crítica, Barcelona 2001, p. 263.. Muchos de esos despidos respondían también a venganzas personales de intelectuales de derechas para desalojar de los puestos superiores a los de izquierdas, quedándose con ellos. No hace falta decir que el miedo a la represión y al despido ahogó mucha de la capacidad crítica y creativa de la intelectualidad norteamericana. Pero el macartismo no ha desaparecido, sino que está activo y se ha extendido más allá de Estados Unidos para desplegarse por Latinoamérica de mano de poderes criminales y terroristas como son los que superando las fronteras colombianas se expanden y atacan a todas las organizaciones revolucionarias que combaten al imperialismo, como ha denunciado C. Casanueva Carlos Casanueva: Vuelve el macartismo, http://www.larosablindada.org, 25 de junio de 2009. con toda serie de argumentos incuestionables.

    Llegados a este punto debemos precisar un poco más la dialéctica entre lo genético-estructural de la pedagogía del miedo y del terror calculado, que hemos visto se remonta como método a la Antigüedad, con datos fiables, y lo histórico-genético, es decir, las formas particulares que adquiere en cada modo de producción basado en la propiedad privada. En concreto, debemos ver la tendencia capitalista a la intensificación del miedo y del terrorismo en los sucesivos cambios de hegemonía dentro de este modo de producción, hasta llegar a la situación presente. Arrighi y Shilver plantean sin tapujos la tendencia al aumento del «caos sistémico», es decir, de las crisis de todo tipo que al confluir en una de cualidad mayor genera contextos caóticos, especialmente propensos a la manipulación y a la provocación del miedo por las clases dominantes y sus Estados:

    «En las anteriores transiciones hegemónicas, los grupos dominantes sólo asumieron exitosamente la tarea de crear un nuevo orden mundial tras importantes guerras, la propagación del caos sistémico y las intensas presiones ejercidas por parte de los diversos movimientos de protesta y autoprotección. Esta presión desde abajo se ha ampliado y profundizado de una transición a otra, originando bloques sociales más voluminosos con cada nueva hegemonía. Así pues, cabe esperar que las contradicciones sociales desempeñen un papel mucho más decisivo que nunca en la configuración tanto de la transición misma como del nuevo orden mundial que finalmente emerja del inminente caos sistémico» G. Arrighi y B. J. Silver: Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Akal, Madrid 2001, p. 292..

    Hay que decir que las transiciones hegemónicas son, según estos autores, los procesos cada vez más tensos de reordenación de los poderes globales dentro del capitalismo, es decir, del poder del norte de Italia al español, de éste al holandés, de éste al británico, de éste al norteamericano, teniendo en cuenta los intentos desesperados de otros poderes como el francés, el alemán y el italiano, básicamente, para desplazar a los anteriores imponiéndose ellos. Los caos sistémicos que han estallado en estos tránsitos han ido agudizándose, ampliándose e intensificándose, y aunque los autores dejan abierta la posibilidad de que el actual caos no tiene por qué resolverse con un estallido peor que los anteriores, no hay que descartar esa posibilidad. Pero lo que sí es cierto es que los pocos años transcurridos desde la edición de ese libro atestiguan que el caos sistémico ha aumentado en su expresión decisiva: el agravamiento de las condiciones de vida del planeta, el aumento de la explotación, la crisis estructural del capitalismo y la tendencia a la radicalización de las luchas sociales de toda índole.

    Por tanto, en respuesta, el imperialismo está aumentando todo lo relacionado con el proceso que va de las violencias simbólicas a las físicas, y de éstas al terrorismo, pero también está aumentando otro componente del caos, el del miedo manipulado socialmente a raíz de problemas más o menos graves. Hace unos años se popularizó la denominación de «sociedad del riesgo» a partir del libro del mismo título de U. Beck, que rezumaba reformismo por todas sus páginas, cuando realmente estamos inmersos en «el peligro del miedo», como sugiere Ana Delicado que parte de la teoría del shock de N. Klein para analizar cómo los poderes aturden a la ciudadanía con la provocación de miedos para «abrir el camino a la imposición de programas económicos y a la restricción de derechos civiles» Ana Delicado Palacios: El peligro del miedo, http://www.rebelión.org, 16 de mayo de 2009..

    Hemos empezado este capítulo estudiando la necesidad creciente que el capitalismo tiene de su Estado para, entre otras cosas, centralizar cada vez mejor la amplitud, densidad y complejidad que va adquiriendo el proceso que acaba en el terrorismo. Más aún, gracias al Estado, la militarización capitalista que hemos visto arriba está penetrando en el conjunto de la sociedad, no sólo en la economía y en el Estado, en donde ya lo ha hecho hace tiempo. Podemos hablar, así, de una especie de «cultura general del miedo» que R. Vidal Jiménez define con cinco características:

    1. «conversión del “estado (social) de excepcionalidad” en “estado de normalidad”;
    2. concepción policial-delictiva del “terrorismo”;
    3. la defensa (acrítica) de la necesidad (histórica) de la “lucha permanente” entre el Bien y el Mal;
    4. manipulación e inversión neolingüística y
    5. criminalización sistemática de las víctimas de la globalización “neo-liberal”» Rafael Vidal Jiménez: Capitalismo (disciplinario) de redes y cultura (global) del miedo, Edic. del Signo, Buenos Aires 2005, pp. 105-118..

    En la medida en que el Estado burgués ha ido acaparando poderes represivos, también se ha expandido la «cultura general del miedo», y viceversa, porque miedo y Estado forman una unidad como se vuelve a comprobar en el caso argentino, por citar uno sólo:

    «La escalada fascista, alentada desde los grandes medios de comunicación masiva, necesita “domesticar” mediante el miedo y trasladar la responsabilidad de la inseguridad cotidiana a sus víctimas […] Quietud, silencio, encierro, aislamiento, desdén. La existencia condenada a balbucear entre cuatro paredes. Alguien, alguna vez, llamó sometimiento a esta situación. Someterse: acomodarse a una realidad fraguada que anula nuestros deseos e incluso ignora nuestras necesidades básicas, pero que por razones muy complejas, diríase que culturales y atávicas, aceptamos como orden natural, preestablecido e inviolable. Someter: subordinar la voluntad o el juicio propios a los de otra persona o grupo. Inculcar y propagar el temor en una sociedad, es acaso el modo más sutil y certero para mantener un estado de sometimiento que, en más de una ocasión, se asemeja a la esclavitud. Porque uno, de pronto, apenas piensa en escapar solo y a las corridas entre el maizal. Y no hay mejor bocado para el poder político y económico que la soledad, el individualismo, ponerse a responder solo y a las patadas. El temor, cuando está fundado en un recelo generalizado, crea solidaridades efímeras y echa por tierra la solidaridad franca y duradera» Hernán López Echague: Argentina: Construcción del miedo, http://www.kaosenlared.net, 30 de octubre de 2008..

    Miedo difuso y miedos concretos

    La pedagogía del miedo y la dosificación calculada del terror se extienden como una lacra por la sociedad burguesa bajo el impulso, por un lado, de las fuerzas antes analizadas pero también y por otro lado, bajo el impulso de la propia coerción sorda de la explotación capitalista. Una vez más, debemos recurrir al método dialéctico para saber cómo interactúan ambas fuerzas en la totalidad del sistema de producción y reproducción capitalista. Dos investigadoras, de innegable valía científica, estudiaron en 2003 la tendencia al aumento de los ataques de pánico entre la población argentina y mundial, contextualizando su incremento dentro de las crisis de todo tipo generadas por la evolución capitalista reciente, la que podemos definir como «globalización neoliberal». Tras un repaso de las nuevas realidades problemáticas, las investigadoras llegaron a la conclusión de que:

    «Estos cambios han gestado movimientos de dispersión social y procesos de fragilización y fragmentación subjetiva y vincular, dando lugar a numerosos síntomas patógenos y a procesos de intenso sufrimiento psíquico. Quiroga ha observado que la agudización de la crisis nos ha expuesto a quiebres y discontinuidades que implican una ruptura de nuestra cotidianidad, generando intensas vivencias de confusión, incertidumbre y ambigüedad. Y que esta crisis adquiere la calidad de emergencia social. Es una situación límite, tiene un aspecto de peligrosidad en términos de desintegración. Está afectado el proyecto, tanto en su dimensión individual como colectiva, y puede darse una pérdida del sentido, de la visión del futuro. La OMS, en 1997, planteó que estamos ante una verdadera catástrofe epidemiológica, en la que los desórdenes mentales representan el 12 por ciento de las causas de enfermedad en todo el mundo» Maria Dolores Galiñanes y Marta Hernández: Los ataques de pánico en el marco de la crisis social, http://www.corrientepraxis.org.ar, 30 de enero de 2003..

    Una de las mejores exposiciones de los efectos destructivos del capitalismo en su acción permanente sobre las clases trabajadoras a comienzos del siglo XXI nos la ofrece W. Darakjian, quien tras explicar qué es la «experiencia de ruptura» de la unidad colectiva que envuelve, protege y dota de sentido a la vida de la persona, pasa a exponer la importancia del «apuntalamiento grupal», es decir «el trabajo en grupo significa, sobre todo para aquellas personas sometidas a condiciones de carencia, aislamiento, desamparo y otras formas de violencia, los beneficios de sentirse parte de un grupo, al cumplir éste funciones de apoyatura, contención, protección y organización. El psiquismo se construye a través de la apoyatura grupal, cumpliendo el grupo una función anaclítica para el sujeto. Todo apoyo pertenece a una red de apoyaturas, significa una mutualidad de apoyos y puede explicarse a través de la noción de contrato de apoyatura: una relación de reciprocidad en el placer y el beneficio del apoyo mutuo». Pues bien, cada vez aumentan las fuerzas que destruyen lo colectivo e imponen el trauma de la ruptura del grupo vivencial, y entre ellas destaca lo que W. Darakjian define como:

    «La violencia de la desocupación. La experiencia para un sujeto de haber estado sometido a pérdidas muy significativas, a diferentes modalidades de desapuntalamiento, exclusión –expulsión– social y económica, situaciones de injusticia u otras múltiples formas de violencia que se potencian entre sí, llega a producir en el psiquismo un efecto del orden de lo traumático, de destrucción de las tramas representacionales. Sabemos que el trabajo cumple una función constitutiva determinante en los procesos de subjetivación e identitarios. Los sentimientos de fracaso de los proyectos vividos como personales y de inferioridad, cuando se pierde un empleo (sobre todo en ciertas condiciones, edad, etcétera) pueden conducir a estados de parálisis psíquica, de empobrecimiento mental progresivo, de incapacidad de imaginar y de inhibición de la creatividad […]. Tiene lugar un proceso de “avasallamiento del yo” que compromete su condición de ser pensante y deseante (V. Giorgi, 1990). Se activan, de este modo, la compulsión a la repetición, las catectizaciones frágiles y precarias, la predisposición a la (auto) agresión por los montos de agresión libre (actingout), las somatizaciones. La afección de la vida vincular constituye una dimensión central de la trama. El análisis del enorme impacto en las parejas y en los grupos familiares, sobre su (des)estructuración, sobre sus proyectos, sobre su vida, excedería los objetivos de este trabajo […] el circuito se cierra para el sujeto multidimensionalmente afectado, al producirse un desmentimiento o desentendimiento por parte de los estamentos del poder político instituido, inductores de los dispositivos de estigmatización y privatización de la culpa» Wilson Darakjian Fajardo: «“Que no haya soledad…” Acerca de la crisis y la función de los vínculos en la construcción de lo nuevo», en Salud mental y derechos humanos, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires 2004, pp. 273-274..

    El despido del puesto de trabajo, el desempleo, es presentado como desgracia personal fortuita, azarosa, sin contenido violento alguno. El marxismo afirma que el despido es una forma más de la «violencia social» que ejerce la burguesía contra el proletariado, como sostiene A. Toledo en su comentario sobre el texto colectivo titulado «El despido o la violencia del poder privado» Albert Toledo: «El despido como violencia social», en SinMuro, nº 35, diciembre 2009, pp. 29-31., en el que se demuestra la estrecha unión entre el sistema jurídico burgués y la violencia privada de la patronal, conexión que permite ocultar el hecho de que el despido laboral es una forma de violencia. Por su parte, la investigadora M.ª del R. Arregui ha estudiado detenidamente los efectos globales de la precarización en toda la vida de las clases trabajadoras y muy especialmente en su capacidad de interpretar la realidad e idear un proyecto de futuro a medio y largo plazo:

    «El fin del contrato regular es también el del tiempo de la previsibilidad del trabajo, de destinos certeros y de enraizamientos geográficos que habilitan compromisos a largo plazo y asunción del riesgo en función de un porvenir posible. Hoy el destino es de incertidumbre, configurando un gran interrogante para todos y cada uno de los trabajadores y el compromiso en la lucha una apuesta en el vacío, porque la lucha por el futuro implica la certidumbre de que el futuro existe. Las nuevas relaciones laborales han dado surgimiento a un tipo de trabajador caracterizado por una “mentalidad precarizada”. Al estar rota la posibilidad de vivir una narrativa laboral de largo aliento, porque el oficio que se ocupa tal vez dure sólo un año, algo menos o un poco más; por el despido o la búsqueda de una ocupación más ventajosa, el trabajador reconstruye simbólicamente esquemas de acción fragmentados y superpuestos, que anulan la posibilidad de una articulación estratégica» María del Rosario Arregui: «Crisis de la modernidad y culturas laborales», en Salud mental y derechos humanos, op. cit., pp. 291..

    Antes de desarrollar las potencialidades teóricas del concepto de «mentalidad precarizada» en lo referente a la explotación asalariada, debemos englobar el nivel de la explotación del trabajo en la totalidad de la precarización vital y del miedo difuso o concreto que le acompaña para disponer de una perspectiva más amplia. El aumento de la inquietud por el futuro va unido al aumento de las ansiedades y, en general, de todo el proceso que concluye en el terror y en el pánico según estamos viendo en este texto, pese a lo complejo que resulta definir formalmente sus niveles y sus interrelaciones. Conforme avanzaba la crisis de fondo del capitalismo y con ella las medidas represivas generales aplicadas por la burguesía, antes de que la crisis financiera apareciese pública, oficialmente en verano de 2007, para entonces era patente que el miedo, tal cual lo analizamos aquí, se extendía por dentro de la cotidianeidad burguesa. J. Balboa lo plasmó así:

    «Vivimos sobre el miedo. Miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo a la muerte. Miedo a la pobreza, miedo a la marginación. Miedo a las enfermedades, a la inseguridad. Miedo a la exclusión. Miedo a los delincuentes, miedo a la prisión. Miedo a los extraños, miedo a perder el trabajo, a perder la vivienda. Miedo a la violencia. Y miedo tras miedo marcan el sino de nuestras acciones, de nuestras decisiones, de nuestras opiniones y de nuestra visión de la sociedad. Una auténtica oleada de miedos y temores se expanden por el cuerpo social. Pero, antes de nada, ¿qué es el miedo? El mecanismo del miedo (según la RAE: 1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.), puede esquematizarse a partir de los siguientes elementos: el objeto que causa el miedo, cierto desconocimiento (sobre el objeto o sobre cómo afrontar el peligro), la parálisis y la reacción hacia la seguridad buscada por parte del sujeto atemorizado. El elemento común a todo temor, a todo miedo, es cierto desconocimiento sobre el objeto que lo genera: toda una aureola de ignorancia cubre el fenómeno en sí (sea una bruja, una posible pandemia, un enemigo poderoso, una amenaza natural de efectos catastróficos, un terrorista, un Dios o cualquier otra cosa). Podemos afirmar que el miedo aumenta de manera directamente proporcional al desconocimiento sobre el objeto temido o al desconocimiento (o impotencia) ante cómo afrontarlo» Jaume Balboa: Entre el miedo y la violencia. Estrategia de terror y de represión para el control social, http://www.lahaine.org, 29 de junio de 2006..

    Pedro Miguel ha realizado un estudio sobre el miedo idéntico en lo esencial al de J. Balboa, pero ciñéndose a la realidad de México, realidad que podemos extender a la de otros muchos países:

    «En las zonas del país que han tenido la desgracia de ser seleccionadas por el régimen espurio para exhibir músculo y determinación, la gente vive aterrorizada por el poderío de los cárteles, pero también por un Estado de derecho que se expresa en cateos, arrestos, torturas y hechos peores, perpetrados sin orden judicial alguna, las más de las veces, en retenes y “controles” en los que no es fácil distinguir si el enemigo a vencer es el narco o la población civil, en un aparato policial y militar que actúa libre de escrúpulos legales y humanitarios. En el devastado territorio de la economía se vive en la zozobra de perder el empleo, de enfrentar incrementos súbitos e imprevistos de precios, de padecer acosos hacendarios sin sentido ni justificación, de sufrir –bien lo saben los empresarios– peticiones de diezmos, que se llaman mordidas, en el recodo menos pensado de un trámite o autorización, de amanecer con la noticia de un nuevo endeudamiento colosal, de una devaluación sorpresiva. Sobrellevamos el temor a que cualquier día nos roben la cartera, el coche, los recursos naturales de la nación, el derecho al libre tránsito, las conquistas laborales, la playa pública, el sentido de nuestro voto. Padecemos la presencia de un gobierno que se las da de honesto pero que, siempre que encuentra la oportunidad, echa un pedacito de país a los bolsillos de sus integrantes o a los de sus socios nacionales o foráneos» Pedro Miguel: El gobierno del miedo, http://www.enlacesocialista.org.mx, 14 de julio de 2009..

    El concepto de «mentalidad precarizada» que ha estudiado Arregui es tremendamente ilustrativo de los efectos destructores de la interacción de todas las formas de presión física y psicológica del capitalismo. La creciente posibilidad de ser echado del puesto de trabajo cayendo en la categoría del precariado o subempleo, peor incluso, cayendo en el desempleo crónico o permanente según las circunstancias, esta inquietud latente en toda persona que no tiene medios de producción propios y que depende exclusivamente de vender su fuerza de trabajo por un salario, inquietud que con suma facilidad se transforma en miedo consciente y luego en terror difuso, en una locura ya que la psicopatología es consustancial al capitalismo Guillermo F. Parodi: El capitalismo como psicopatología, http://www.rebelion.org, 27 de marzo de 2008.. Son todas estas condiciones estructurales las que explican que el 73% de las personas asalariadas en el Estado español estén «quemadas», sufran estrés, según lo confirma un estudio de la UGT basado en 4.000 encuestas:

    «Las situaciones de estrés laboral, muy extendidas entre la población ocupada, pueden deberse a diversos factores, entre los que se encuentran la falta de autonomía en el puesto de trabajo, inseguridad respecto a las condiciones laborales y al futuro e indefinición sobre las tareas a desarrollar […] siete de cada diez trabajadores “se sienten quemados” por su trabajo. Esta sensación se denomina síndrome de burnout y está directamente relacionado tanto con factores físicos (cefaleas, dolores musculares, fatiga crónica, etcétera) y psicológicos (frustración, ansiedad, irritabilidad), como con aspectos organizativos (menor rendimiento, absentismo laboral)». […]

    «El informe del sindicato revela además que hablar a gritos, criticar la vida privada y ser amenazados, ignorados o asignados a lugares aislados son otras conductas que padecen algunos trabajadores en su lugar de trabajo y que pueden afectar a su salud. […] El 26% de los trabajadores se encuentran en riesgo de acoso al desarrollar su actividad en un ambiente que califican de “hostigador”. Un 2% de las personas entrevistadas son víctimas de acoso moral en el trabajo de manera permanente y un 15% reconocen haber sido víctimas puntuales […] el 43% de los encuestados dicen haber sufrido abuso por parte de sus superiores y más de la mitad de las víctimas de acoso se quejan de haber recibido un comportamiento vejatorio mediante gritos. Este tipo de comportamientos puede provocar depresiones en los trabajadores y conducir, por tanto, a la baja laboral. Dentro de los trabajadores entrevistados para el estudio que estaban de baja por depresión, el 35% se vieron sometidos a intimidaciones y amenazas, el 32% a acoso moral, el 26% a algún tipo de violencia verbal y el 23% sufrieron agresiones físicas» http://www.cincodias.com, 2 de junio de 2008..

    En verano de 2008 el INE dio a conocer datos impactantes sobre la realidad de la coerción sorda de la patronal sobre la clase trabajadora: el 80% de los trabajadores aseguró sufrir sobrecarga de trabajo o presiones de tiempo para que hicieran en menos tiempo el trabajo encargado. Además, el 11% declaraba haber sufrido violencia en el trabajo y el 7,4% haber padecido acoso o intimidación, y los porcentajes aumentaban en las mujeres, subiendo al 11,7% y al 9,4% respectivamente. Un año antes, un estudio de la OIT sobre las condiciones psicológicas de los trabajadores de la Unión Europea decía que el 75% de los trabajadores europeos padecía estrés debido al trabajo y que el 30% de las bajas laborales tenían esa causa. El mismo estudio concluía advirtiendo que para el 2020 la depresión producida por el estrés será la principal causa de bajas laborales. Sin embargo, en una demostración de la peculiaridad de la sociología oficial española, el gobierno español reducía al 30% el porcentaje de trabajadores del Estado con estrés laboral http://www.abc.es, 17 de marzo de 2007.. Deberemos recordar estas cifras cuando veamos el problema del suicidio en aumento como respuesta escapista y de protesta pasiva contra el incremento de toda serie de presiones y violencias capitalistas.

    Siendo estos datos impactantes, no descubren toda la gravedad del problema por varias razones que conciernen, por un lado, a los límites del método y, por otro, a que existen colectivos de trabajadores todavía más indefensos y presionados hasta niveles muy altos, como son los emigrantes. El objetivo de las leyes de repatriación de emigrantes no es tanto el de repatriarlos como el de aterrorizar a estas poblaciones, y a la vez introducir el miedo entre las clases trabajadoras autóctonas con denominada «deslocalización in situ», que consiste precisamente en que «el recurso al trabajo de extranjeros en situación irregular permite reconstruir en nuestras propias ciudades, en nuestros propios países, las condiciones propias de la mano de obra en los países del Tercer Mundo. Esto es, salarios muy bajos, protecciones reducidas al mínimo, nada de derechos sindicales, condiciones de trabajo espantosas, tiempo ilimitado de trabajo, contratos salariales no respetados porque los pagos se hacen siempre en mano, etcétera. Por consiguiente, las empresas que no pueden deslocalizar, recurren al trabajo ilegal como un sustitutivo de las deslocalizaciones: «esto me ha llevado a hablar de deslocalizaciones in situ. En cierta medida, la deslocalización in situ es aún más ventajosa que la deslocalización en el extranjero porque si deslocalizas en el extranjero, por una parte, puedes tener un problema de retrasos (y gastos de transporte para repatriar tu producción), y por otra estás obligado a exportar algunos directivos o algunos técnicos que cuestan muy caro. Cuando deslocalizas in situ, no hay gastos de transporte, no hay demoras ni cuadros expatriados. Pienso que este mecanismo explica la permanencia del trabajo ilegal en nuestras sociedades» Emmanuel Terray: La política aplicada no pretende expulsar a la gente, sino aterrorizarla, http://www.rebelion.org, 15 de agosto de 2008..

    Las crisis económicas multiplican las violencias que sufren las clases trabajadoras, lo que, según M. González:

    «genera sentimientos de malestar, preocupación, temor, desconcierto. Es posible que buena parte de las personas no sepan exactamente qué es lo que viene a raíz de la crisis económica, pero sí sienten en el bolsillo y en el estómago lo que está pasando. En términos estrictamente psicológicos habrá más frustración, tensión, descontento. A nivel individual la reacción depende de una serie de factores. La pérdida de estatus, nivel de vida o las mismas posibilidades de vivir puede generar una serie de reacciones, incluso equiparables a las de la pérdida de un objeto querido. La escasez de recursos genera tensión y malestar en tanto que no es posible satisfacer las diversas necesidades. […] Desorganizada muchas veces, organizada en otras, la indignación popular puede expresarse en estallidos sordos de cólera y en protestas más sostenidas y planificadas. Es necesario recordar que las personas están siendo amenazadas en su propia subsistencia y toda la ira y la desesperanza se puede canalizar a través de formas violentas de reivindicar la corporalidad sufriente. […] Se genera incertidumbre, no se sabe qué pasará, aunque usualmente se tenga cierta sensación de desesperanza y desaliento. Se buscan chivos expiatorios y se pueden tomar diversas medidas para “paliar” la crisis. Sentimientos xenofóbicos ya presentes pueden salir reforzados, entre otras posibilidades. […] El problema es que buena parte de los actores económicos fuertes (incluyendo gobiernos), pueden pensar en clave neoliberal y querer continuar “ajustando” las políticas neoliberales, no sustituyéndolas por otras alternativas. Seguir hacia el suicidio colectivo les parecerá la opción más “natural”» Mariano González: Algunos efectos psicosociales de la crísis económica global, http://www.rebelion.org, 6 de junio de 2008..

    La tendencia a algo similar al «suicidio colectivo» al que se refiere este autor ya fue teorizada por el marxismo desde hace siglo y medio, y ha ido tomando cuerpo posteriormente. Pero ahora no podemos extendernos en este problema. Si queremos estudiar por qué aumentan los suicidios y qué relación tiene este incremento con el deterioro de las condiciones de vida y trabajo debemos partir de todo lo que hemos visto hasta aquí que queda confirmado con los resultados de una reciente investigación realizada en diez grandes conurbaciones planetarias que concluye afirmando que vivimos «atrapados en el miedo», que las sociedades más «seguras» son las más atemorizadas y que los factores que más miedo producen entre la población son la precariedad de la existencia, el racismo y la tecnología. Una de sus conclusiones nos lleva directamente a la explotación patriarcal y clasista como dos causas directas del miedo:

    «Cunde un poco más entre las mujeres, y sobre todo entre los que tienen menos medios, menos cultura y más años. Lo sufren el 8% de los que viven en familias acomodadas frente al 22,5% de los que provienen de origen humilde; el 27,5% de los que sólo tienen educación primaria frente al 10% de los que han recibido una educación superior». Además: «El miedo es una ganancia permanente para los políticos que parecen arrogarse el deber de acabar con él. Lo mismo vale para las empresas que nos ofrecen seguridad privada. Unos y otros prefieren no resolver nuestros miedos, porque cada uno de ellos genera nuevos réditos». Y por no extendernos: «Sentimos un miedo nuevo que resume todos los demás. “Es el temor a no ser adecuado, a no servir. Sabemos que podemos ser excluidos si no somos lo suficientemente hábiles”. Ese miedo viene de todos los rincones del capitalismo global, concluyó el sociólogo de la modernidad líquida: “Podría desaparecer la empresa para la que trabajamos, podrían no hacer falta más nuestras competencias”» Miguel Mora: Vivimos atrapados en el miedo, en http://www.elpais.com, 3 de octubre de 2008..

    A estas conclusiones lógicas y más que previsibles, debemos añadirle, sin embargo, otros factores que pueden presionar e incitar al suicido como, por ejemplo, el empeoramiento de la salud como consecuencia del paro o del miedo al paro. Un estudio ha confirmado que el 96% de los trabajadores del Estado español tienen problemas de insomnio relacionados con el trabajo y que el 81% los tiene relacionados con la búsqueda de trabajo; también indica que entre los trabajadores ingleses que pierden su trabajo las posibilidades de infarto aumentan un 54% y que aumentan un 83% las probabilidades de sufrir algún problema de salud entre los nuevos parados que se encuentran sanos http://www.gara.net, 20 de julio de 2009.. La clara tendencia al empeoramiento de la salud como efecto de la crisis, que puede agravar otras enfermedades psicofísicas, puede a su vez tomar mayor impulso debido a las presiones muy sutiles del capitalismo contra la vida, tan sutiles que se disfrazan justo de lo contrario, de que son medidas de protección de la salud mediante la creación de supuestas enfermedades o de la proliferación de toda serie de peligros y factores patógenos que nos inducen a un sobregasto en sanidad con el consiguiente aumento de la presión psicológica y económica. Se trata de lo que Josefa Vivanco ha definido diciendo que «a la invención de enfermedades le llaman el marketing del miedo» Josefa Vivanco: http://www.gara.net, 11 de junio de 2008., o dicho en palabras de M. Jara, el marketing del miedo «es el negocio de crear temor para vender su tratamiento» Miguel Jara: La salud que viene, http://www.lahaine.org, 10 de noviembre de 2009.. Si al conjunto de presiones de todo tipo que a diario machacan nuestro equilibrio psicosomático –el 80% de personas que acuden al médico por dolor sufren algún trastorno depresivo http://www.abc.es, 26 de junio de 2008.– le sumamos las del marketing del miedo sobre nuestro estado real de salud, comprenderemos cómo y por qué se hace más resbaladiza la pendiente que nos lleva del estrés y toda serie de preocupaciones al fondo de la depresión y de otras crisis, fondo que en bastantes casos es el trampolín al suicidio.

    Tanto el marketing del miedo como la certidumbre de que la crisis capitalista daña la salud obrera como, por no extendernos, el hecho de que muchos trabajadores que saben que su salud no está bien, que empeora, éstos y otros factores empujan a las clases oprimidas a ocultar sus problemas de salud para no coger una baja por el riesgo de perder su puesto de trabajo o de ver reducido su salario. Los sindicatos alemanes han denunciado esta situación y han advertido que aumenta el dopaje entre los trabajadores para dar la sensación de que se encuentran sanos: «Las propias cajas de salud han reconocido que el temor a la pérdida de empleo ha hecho caer en picado las solicitudes de bajas laborales por enfermedad. Mientras éstas alcanzaban un porcentaje del 5,07 por ciento hace unos años, actualmente se sitúan a un nivel de 3,24 por ciento y con tendencia a reducirse aún más» http://www.rebelion.org, 16 de julio de 2009.. Pero el problema es más grave de lo que parece porque a la ocultación de sus dolencias y enfermedades por parte de los trabajadores hay que sumarle el silencio creciente de la patronal que oculta el 50,2% de las enfermedades de sus asalariados Juanjo Basterra: Los empresarios ocultan más del 50% de las enfermedades, http://www.gara.net, 17 de agosto de 2009. porque lo fundamental para el capitalismo no es la salud humana, sino la salud de los beneficios, y más en medio de una crisis tan dura como la actual. Peor aún, se ha sabido que la Seguridad Social del Estado español ha pagado 30 millones de euros para que los médicos prescriban menos bajas por enfermedad, siguiendo un programa de reducción de bajas en base a una lista de catorce patologías que abarcan el 30% de todas las incapacidades laborales http://www.rebelion.org, 23 de diciembre de 2009.

    Aquí tenemos uno de tantos ejemplos sobre el miedo cotidiano que padece la clase trabajadora por la coerción sorda del capital, por el hecho incontrovertible de que el pueblo trabajador sufre y depende de la nueva esclavización asalariada impuesta por el capitalismo. Sin el salario que recibe a cambio de una parte del producto de su fuerza de trabajo, sin ese salario el pueblo trabajador termina condenado al hambre más temprano que tarde, una vez agotados los ahorros que había acumulado a lo largo de su vida. El miedo al paro, el terror a quedarse sin medios de subsistencia, quita el sueño, como hemos visto. Y lo que es peor, ese complejo mundo de sensaciones de dependencia e indefensión absolutas en última instancia, en el momento de la verdad, aterrorizan tanto a la moderna esclavitud asalariada que ésta es capaz de hacerse el harakiri en vida, en dejarse morir poco a poco con tal de seguir obteniendo el salario esclavizante del que malviven. No hay otro calificativo que terror para designar esta mansedumbre acobardada, un terror que lleva a un suicidio lento, sostenido y consciente. Un terror reforzado por el premeditado terrorismo de la patronal que oculta la mitad de las enfermedades que ella misma provoca a sus esclavos asalariados. Como efecto de esta insoportable realidad cotidiana, surge el denominado «síndrome de fatiga crónica» Salvador López Arnal: Desde una documentada rebeldía. Reseña de Clara Valverde, http://www.rebelion.org, 27 de diciembre de 2009., que expresa el agotamiento psicosomático del ser humano debido a la sobreexplotación capitalista.

    No debe sorprender a nadie, por tanto, que se dispare el consumo ansioso y desesperado de psicofármacos y antidepresivos Noemi Navas: Las ventas de antidepresivos se incrementan por encima del mercado farmacéutico, http://www.cincodias.com, 3 de noviembre de 2008., de drogas legales e ilegales Raúl Bracho: Cuando a la felicidad la llaman droga, http://www.kaosenlared.net, 22 de julio de 2009., para paliar una vida tan mísera en el fondo. Y tampoco debe causar escándalo el que se demuestre que la cocaína arrasa entre los jóvenes trabajadores del metal en Italia, con unos efectos demoledores sobre su conciencia de clase y su futuro personal: «En la fábrica Sevel en Val di Sangro uno de cada dos obreros consume sustancias estupefacientes. Lo mismo sucede en lugares en los que la edad media es muy baja. Se esnifa para aguantar “una mierda de trabajo, una mierda de vida”, porque todo el mundo lo hace, porque la fábrica ya no es una comunidad. Trapicheo, robos, registros de la policía. El polvo blanco cambia la relación con el trabajo y el sindicato. En la cadena de montaje se han dado casos de chicas que se prostituían para pagarse la dosis. Ahora son menos. Sólo lo hacen cuando se termina el sueldo» Loris Campetti: La cocaína arrasa en las fábricas entre los más jóvenes, http://www.rebelion.org, 21 de septiembre de 2008.. La cocaína y otras drogas no son únicamente un arma de destrucción biológica del movimiento revolucionario occidental sino, a la vez, un gran negocio del imperialismo norteamericano Hernán Carrera: Estados Unidos y los quinientos mil millones de dólares del negocio de la droga, http://www.rebelion.org, 6 de diciembre de 2008. y un instrumento muy importante en la nueva división internacional del trabajo que Estados Unidos quiere imponer a otros países, lo que amenaza las luchas y las resistencias de todo tipo, porque atacan directamente la capacidad cognitiva y de pensamiento crítico Raúl Crespo: USA, Las drogas un gran negocio directo al cerebro, http://www.aporrea.org, 5 de septiembre de 2008. de estos pueblos rebeldes, como es el caso actual de la ofensiva imperialista para pudrir la revolución bolivariana en Venezuela mediante la guerra de las drogas.

    De la desesperación al suicidio

    No podemos abstraernos de estas escalofriantes realidades que, de mil maneras, pudren la vida cotidiana de las clases y de los pueblos explotados, entonteciéndolos y llevando imperceptiblemente a muchas personas a callejones sin salida, a situaciones depresivas tan prolongadas y profundas que, al final, solamente el suicidio aparece como la única salida. La alarma sobre el aumento de los suicidios a consecuencia del empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo, de la explotación, venía dada desde hace mucho tiempo, pero dio un salto significativo cuando estudios solventes mostraron que el gobierno japonés estaba tomando medidas para reducir el alarmante aumento de los suicidios que, junto con Rusia, llegaba a las cotas más altas de las estadísticas internacionales conocidas hasta ese momento. El estudio del gobierno japonés concluía que los jóvenes y los trabajadores jubilados o en paro daban las tasas más altas de suicidio en respuesta a que no alcanzaban el nivel de prestigio social impuesto por el competitivismo o por problemas económicos http://www.20minutos.es, 22 de junio de 2007. en una economía capitalista que en 2007 arrastraba una larga década de crisis. Naturalmente el estudio oficial no entraba en ningún momento a cuestionar la esencia capitalista de ambas razones fundamentales. Pero al poco tiempo se tuvo conocimiento de estudios, tanto o más concluyentes, que demuestran que la prolongada crisis económica japonesa está agudizando no sólo la muerte por agotamiento laboral, sino también los suicidios:

    «Aunque el karoshi, como se le conoce en el país asiático a esta causa de muerte, no es un fenómeno aislado, ya había dado señales alarmantes en la década de los sesenta, lo cierto es que la crisis y su particular impacto en la segunda economía del mundo aumentaron los casos y las víctimas. Especialistas aseguran que incluso ha derivado en otra manifestación, igualmente terrible: el suicidio» Nyliam Vázquez García: La crisis, ¿mata?, http://www.rebelion.org, 27 de diciembre de 2009..

    Otra investigación demostraba que en la India se habían producido unos 150.000 suicidios de campesinos entre 1997 y 2005 como consecuencia de los desastres de toda índole causados por las imposiciones del neoliberalismo, de las transnacionales agropecuarias y de los transgénicos, etcétera. O sea, un suicidio cada poco más de media hora P. Sainath: Un campesino se suicida cada 32 minutos en la India, http://www.rebelion.org, 20 de noviembre de 2007. motivado por la destrucción súbita y brusca, sin ninguna alternativa de reforma de las formas culturales y productivas que durante siglos había garantizado con muchos problemas, pero garantizado a la postre, la subsistencia del campesinado hindú. En México, en enero de 2001, se llegó a contabilizar un suicidio cada tres días, la mayoría de ellos en las barriadas empobrecidas y golpeadas por la crisis. La depresión, el «fracaso vital», el empobrecimiento, la impunidad de la violencia opresora y el aumento de las violencias criminales y delincuenciales, éstos y otros factores constituyen la base del aumento de los suicidios y del empeoramiento de la salud mental colectiva: «La mayoría de los suicidas en México son de estratos sociales pobres o marginados» A. Blanca Aguilar Plata: «Memoria cotidiana», en La violencia nuestra de cada día, PyV Editorial, México 2007, pp. 203-204..

    Uno de los ejemplos más recientes que vuelven a confirmar el complejo proceso de fases interactivas que culmina en el terror y en el terrorismo, pero que empieza en la agudización de las contradicciones sociales, pasando por la aplicación de la pedagogía del miedo, etcétera, lo tenemos en la investigación de N. Turse sobre el aumento de los efectos «en sangre», no sólo en dólares y centavos de la crisis financiera en Estados Unidos. Turse repasa las consecuencias «en sangre» de la gran crisis iniciada en 1929 y de otras menores sucedidas posteriormente, deteniéndose en la cantidad de actos desesperados que pueden culminar en asesinatos y suicidios, causados por el pánico y el terror generados por los efectos destructores de la crisis:

    «El suicidio es, sin embargo, sólo un tipo de acto extremo para el cual la catástrofe financiera parece haber sido el catalizador. Desde comienzos del año, historias de resistencia a desalojos, autodefensa armada, canicidios, incendios premeditados, heridas autoinfligidas, asesinatos, así como suicidios, especialmente como reacción a la crisis de las ejecuciones hipotecarias, se han multiplicado en las noticias locales, aunque la mayoría de los informes han pasado desapercibidos a escala nacional, como ha sucedido con todas las pautas relacionadas con estos eventos. Aunque es imposible saber qué factores, incluyendo los profundamente personales, contribuyen a semejantes actos extremos, violentos u otros, muchos parecen estar innegablemente vinculados con la crisis actual. ¡No es de extrañar! Las tasas de estrés, depresión y suicidio aumentan invariablemente en tiempos de confusión económica. Como Kathleen Hall, fundadora y directora ejecutiva del Stress Institute de Atlanta, dijo a Stephanie Armour de USA Today anteriormente durante este año: “Los suicidios tienen mucho que ver con la economía.”» Nick Turse: Comienzan a medir la catástrofe financiera en EEUU no sólo en dólares y centavos, sino en sangre, http://www.rebelion.org, 22 de octubre de 2008..

    Por economía debemos entender la totalidad del proceso de producción y reproducción al que nos hemos referido anteriormente, en el que el Estado de clase juega un papel crucial. Considerando todo lo que venimos exponiendo, resulta desgraciadamente comprensible que aumenten las tasas de suicidio juvenil en México, Colombia y Estados Unidos a la vez que aumente el uso de estupefacientes en estos países y en Canadá Javier Monagas Maita: Las juventudes mexicana, colombiana y estadounidese se suicidan, http://www.aporrea.org, 22 de agosto de 2009.. Las razones expuestas por el autor de este texto son esencialmente idénticas, y casi formalmente también, que las que ofrece por su parte P. A. Honrubia en su reciente estudio sobre las consecuencias nefastas de la alienación consumista sobre la enfermedad mental, aportando datos que corroboran lo visto hasta aquí, de entre los cuales destacamos el que muestra cómo han aumentado las depresiones infantiles en países como el Estado español, Estados Unidos y Japón Pedro Antonio Honrubia Hurtado: Alienación consumista y enfermedad mental en el Capitalismo: Análisis dialéctico de una relación evidente, http://www.kaosenlared.net, 23 de agosto de 2009.. Y como síntesis escalofriante de lo visto hasta aquí nos encontramos con la noticia de que Irlanda repartirá más de 100.000 folletos sobre salud mental para prevenir el aumento de suicidios motivados por la crisis. El desempleo creciente en Irlanda, que se ha duplicado en un año llegando casi al 12% y que se estima llegará al 15% en 2010, es el responsable de que el riesgo de suicidio se dispare un 70%. De hecho la cifra de personas que se provocaron daños por su propia voluntad subió a 200 por cada 100.000 en 2008, comparadas con las 188 por 100.000 del año anterior. Para los adultos jóvenes irlandeses el suicidio es la principal causa de muerte http://www.elmundo.es, 30 de julio de 2009., mientras que en el Estado español el suicidio es la segunda causa de fallecimiento juvenil http://www.publico.es, 2 de noviembre de 2009..

    La decisión irlandesa no es descabellada, al contrario. Las fuerzas sindicales y los trabajadores de la transnacional France Télécom están preocupados por el aumento de los suicidios en esta empresa, con una tasa que quintuplica Eduardo Febbro: Dejaron sus vidas en France Télécom, http://www.rebelion.org, 20 de septiembre de 2009. la tasa estatal de suicidios. Achacan el incremento a los cambios producidos tras la privatización de la empresa, que era de capital público y que fue vendida por el gobierno francés al capital privado en 1997 pero con un 26% de capital público. La dirección niega la importancia de los suicidios aunque reconoce que los cambios por ella introducidos han podido provocar estrés http://www.elmundo.es, 13 de agosto de 2009. entre los trabajadores, y ha tomado la solución de aumentar el número de psicólogos. La propiedad estatal de una empresa en modo alguno significa propiedad colectiva de los medios de producción ya que todo depende de a qué clase social obedece ese Estado. France Télécom era una empresa pública controlada por un Estado burgués. Aún así, mantenía una política social menos dura y explotadora que la impuesta por el capital privado, igualmente burgués. Pero los nuevos propietarios, libres por fin de todo control público por limitado que fuera, multiplicaron tanto la explotación de los trabajadores que creció la tasa de suicidios. Tras unos años de pasividad y silencio, y solamente después de que sean inocultables los efectos criminales de su política de explotación y de que se acelere el «efecto de contagio», la patronal ha decidido suspender durante mes y medio, hasta finales de octubre de 2009, los cambios de los puestos de trabajo, causa aparente de los suicidios e incrementar la plantilla de psicólogos http://www.gara.net, 15 de septiembre de 2009..

    Los suicidios en France Télécom han servido para sacar a la luz pública la existencia de un problema sistemáticamente silenciado por la prensa burguesa, como denuncia I. Piñuel, que sostiene que en el Estado español se suicidan entre 300 y 400 personas al año por problemas en el trabajo Miguel López: France telecom ¿un hecho aislado?, http://www.diagonalperiodico.net, nº 109-110.. Estas cifras suponen un incremento del 50% con respecto a las de hace tres años. Lo grave es que hay muchas «muertes naturales» que no se declaran como suicidios porque no se han estudiado sus relaciones concretas con las depresiones que habían padecido los afectados, ya que el sistema médico no tiene en cuenta éstas y otras problemáticas, y eso a pesar de que más del 50% de las personas que se quitan la vida voluntariamente acuden antes al médico http://www.elpais.com, 2 de noviembre de 2009.. La indiferencia de la salud pública hacia estos síntomas tan alarmantes es una muestra del papel que juega el sistema de salud en la explotación de la fuerza de trabajo, en la ocultación de los efectos destructores del capitalismo, en el silenciamiento del miedo y hasta del terror psíquico que sufren muchos explotados que les lleva al suicidio ante la imposibilidad de solucionar la siguiente reflexión: «Este trabajo me está matando» Julio Godoy: Este trabajo me está matando, http://www.rebelion.org, 17 de octubre de 2009..

    ¿Qué función juega aquí la psicología? Dejando ahora de lado la situación actual de esta disciplina, su crisis de perspectiva debido a los cambios habidos en el capitalismo Julio Seoane: «Psicología», en El legado filosófico y científico del siglo XX, Cátedra, Madrid 2005, pp. 821-841., hay que decir que su origen data de las inquietudes del poder ante los efectos sociales perturbadores causados por otra crisis demoledora, la de la industrialización capitalista, que destrozó la salud psicosomática del proletariado británico en el siglo XIX. Los méritos de Engels son muchos, y uno de ellos consiste en haber sido de los primeros en hacer una rigurosa investigación científico-crítica en 1845-1846 de los efectos de la industrialización capitalista sobre la clase trabajadora: «Todo cuanto mayor violencia despierta nuestra repugnancia y nuestra indignación es de origen más reciente, pertenece a la época industrial» Engels: La situación de la clase obrera en Inglaterra, Crítica, OME, Barcelona 1978, tomo 6, p. 309.. Fue la «época industrial» la que propagó el alcoholismo masivo, el hambre, la suciedad y el hundimiento de la salud de las clases explotadas. Todo esto llevó a un aumento generalizado de las «enfermedades mentales» y a la aparición del miedo a sus efectos en la burguesía, miedo que se expresaba en toda una serie de artículos aparecidos en la prensa y en las inquietudes en el interior de esta clase dominante José Luis Peset: Ciencia y marginación, Crítica, Barcelona 1983, p. 97.. La psicología tiene en este miedo burgués, una de sus razones históricas de surgimiento.

    Una respuesta más general la encontramos en la teoría sobre «la observación del hombre» Julia Valera y F. Álvarez-Uría: Las redes de la psicología, Edic. Libertarias, Madrid 1986, pp. 63-104. que describe cómo la psicología fue creada a finales del siglo XIX con el objetivo, entre otros, de aumentar el control de la fuerza de trabajo, de vigilar a las «clases peligrosas» y domesticarlas psicológicamente. A grandes rasgos, los fundamentos de la psicología, desde esta visión crítica, surgieron dentro del contexto de las necesidades de la burguesía europea y alemana en la época de Bismarck para vencer al movimiento obrero en general y especialmente al socialismo en ascenso. Y la respuesta concreta la conocemos al saber que un grupo de psicoanalistas especializados en enfermedades laborales, según les llaman, han pronosticado más suicidios si continúan aplicándose sistemas disciplinarios copiados del ejército http://www.elpais.com, 15 de septiembre de 2009., destinados a impedir que los jefes y capataces conozcan a los trabajadores y confraternicen un poco con ellos, rompiendo así posibles lazos de solidaridad y resistencia frente al aumento de la explotación. Los psicoanalistas aplican los descubrimientos de Freud y posteriores avances para mejorar el control de la fuerza de trabajo reduciendo transitoriamente las formas más inhumanas de explotación asalariada, las que provocan el suicidio, y mejorando así a la larga la tasa de explotación y la tasa de beneficios.

    En realidad, no estamos ante algo absolutamente nuevo y desconocido hasta el presente. Ya en 1921 existía el Instituto Tavistock que investigaba cómo utilizar la estructura psíquica deteriorada de los exsoldados que habían sufrido las conmociones de la guerra de 1914-1918 para producir «generaciones de idiotas» obedientes al imperialismo, y que recibió fuertes apoyos económicos de grandes capitalistas y Estados burgueses Andrés Solís Rada: Generaciones de idiotas, http://www.lahaine.org, 4 de septiembre de 2007.. Otro estudioso de esta problemática descubrió en sus buceos en la historia lo que sigue:

    «Más allá del parecido entre las líneas ideológicas de la “guerra psicológica” y las del Congreso por la Libertad de la Cultura que muestran la coherencia relativa del plan concebido por Wisner y los dirigentes de la CIA, se puede notar que los especialistas de la “manipulación de masas” son frecuentemente marxistas arrepentidos. Un ejemplo de ello es la carrera de Paul Lazarsfeld. A finales de los años veinte, el que será uno de los principales ideólogos de la “comunicación de masas” es un socialista activo. En Francia, tiene relaciones con la SFIO y con Leo Lagrange. En 1932, la Fundación Rockefeller le ofrece una beca de dos años para estudiar en Estados Unidos. Considerando que existe “una correspondencia metodológica entre la compra de jabón y el voto socialista”, se da a conocer escribiendo artículos de marketing» Denis Boneau: Las ciencias de la dominación mundial, http://www.voltaire.net, 7 de marzo de 2005..

    Al fin y al cabo:

    «Fue un sobrino estadounidense del propio Freud, Edward Bernays, el primero en percatarse del incalculable potencial que las teorías de su tío ofrecían al capitalismo y su visión del mundo, de la economía y del papel que el individuo debe jugar en la nueva sociedad consumista-capitalista que estaba emergiendo. El razonamiento propuesto por este hombre, aunque con efectos devastadores para la libertad humana, fue sencillo: si es verdad eso de que el hombre está sometido por una serie de fuerzas, pulsiones, deseos y necesidades inconscientes que ni si quiera él mismo conoce, y que operando desde un oscuro lugar de la mente tienen capacidad para influir en la conducta del hombre, también lo será que, manipulando convenientemente estas pulsiones, deseos y necesidades ocultas, quien sea capaz de realizar tal manipulación será capaz también de influir directamente, sin que ellos lo sepan, en la conducta, el pensamiento y el comportamiento de estos sujetos, y todo ello, además, mientras que por la vía de los mecanismos conscientes habituales se les está diciendo que se hace justamente lo contrario» Pedro Antonio Honrubia Hurtado: La ilusión de la libertad en el Consumismo-Capitalismo: Libre de derecho, esclavo de hecho, http://www.rebelion.org, 11 de junio de 2008..

    López Arnal ha preguntado a G. Rendueles sobre la función sociopolítica de la psiquiatría y de la psicología establecidas, y ha obtenido esta respuesta:

    «En el sentido señalado de psiquiatrizar y de psicologizar, son tareas similares. No se trata de sustituir una práctica psiquiátrica por una psicológica sino de salirse de ambas redes que limitan los análisis y soluciones populares al egoísmo y al cálculo afectivo que hoy domina la ideología popular y que psiquiatras y psicólogos refuerzan como aparatos del Estado que son. Ante un duelo o un despido ambos discursos recurren a metáforas economistas para formular sus tratamientos: desinvertir afectos del muerto o el trabajo perdido, volver a invertirlos. Cualquier situación se enmarca por ambos gremios en las oscuras aguas del cálculo egoísta que decía Marx. No conozco a nadie que haya ido al psicólogo y le haya preescrito la lucha solidaria contra sus males sino cuidar de sí en el marco intimista. Nadie que no haya ido y no le hayan dicho que él no puede arreglar el mundo ni tiene culpa de sus desarreglos y que se afane al carpe diem. De hecho leer un manual de autocuidado es una incitación al egoísmo y muchos de los manuales para mujeres una auténtica agresión a sentimientos altruistas: aprender a decir no, no amar demasiado, calcular bien el intercambio afectivo para no salir defraudadas. En fin, una especie de buen inversor no sólo en la bolsa sino en la casa o la cama» Salvador López Arnal: Entrevista con Guillermo Rendueles, psiquiatra y ensayista, http://www.kaosenlared.net, 1 de julio de 2009..

    S. L. Chorover ha escrito: «Como sucede con otras muchas etiquetas peyorativa, la palabra violencia es frecuentemente utilizada no para iluminar, sino para oscurecer fenómenos merecedores de un estudio y un análisis cuidadosos». Sigue afirmando que hay violencias justas e injustas Stephan L. Chorover: Del génesis al genocidio, M. I. Orbis, Barcelona 1986, p. 183. y continúa:

    «Durante todo el transcurso de la historia, los principios de un grupo han sido las herejías del otro, y una conducta insensatamente violenta puede convertirse en “resistencia heroica” cambiando simplemente de perspectiva. Así, cuando quienes organizan y perpetran la represión son quienes se titulan autoridad legítima, su actuación será calificada de “pacificadora” y recibe el aplauso oficial […] las víctimas de la violencia oficial son muchísimo más numerosas que las víctimas de la violencia interpersonal, y sin embargo el poder de la etiquetación es tan grande que la violencia oficial es frecuentemente redefinida para hacerla aparecer como correcta, necesaria y justa.

    »Los psicólogos, psiquiatras, psicocirujanos y otros profesionales de la salud mental se centran por lo general en el comportamiento del individuo, no en el funcionamiento del sistema. Los tipos de violencia que les preocupan son los crímenes, violaciones y disturbios callejeros que llenan nuestros medios de comunicación. La tendenciosidad social del enfoque médico de la violencia hace que los posibles candidatos a psicocirugía o a cualquier otra forma de control de la conducta sean seleccionados entre los miembros de las clases inferiores o entre los dementes o los desesperados que depositan maletines llenos de dinamita en una oficina o en un laboratorio, aduciéndose como justificación diagnóstica que el individuo en cuestión es “incapaz de controlar sus impulsos violentos”.

    »Pocas veces, sin embargo, aplican sus etiquetas y proponen sus tratamientos los profesionales de la salud mental cuando la violencia es ejercida por individuos que ocupan un puesto oficial: los altos funcionarios que ordenaron la destrucción de Indochina mediante bombardeos aéreos y navales escaparon a tales diagnósticos y tratamientos. El enfoque de la violencia desde la perspectiva de la salud mental es selectivo: lo emplean con las conductas disidentes de los débiles» Stephan L. Chorover: Del génesis al genocidio, op. cit., p. 184..

    Una de las cosas que subyace en éstos y en otros muchos ejemplos es que las contradicciones, ambigüedades y limitaciones tanto de las «ciencias sociales» como de la psicología, permiten al capitalismo desarrollar una violencia simbólica apenas perceptible que amortigua mucho los efectos concienciadores generados por las violencias físicas, de manera que el sistema puede manipular las dosis de terror, calcular su aplicación y medir las reacciones de los explotados.

    Violencia cultural y simbólica

    Harry Pross sostiene que la violencia física aparece cuando deja de ser efectiva la violencia simbólica, la que se ejerce mediante los símbolos sociales creados por la estructura del poder dominante. Existe una «dialéctica del poder» que consiste en la interacción entre la orientación vertical de los sistemas de valor, los que son construidos e impuestos por el poder desde su posición superior en la escala vertical, y la orientación horizontal de los signos, que carecen de valor en comparación al poder establecido. Pross dice que:

    «Todo orden político dispone, así, de su propia “teoría del conocimiento”, en la cual existe más o menos conformidad con las reglas. Y más o menos negación del carácter meramente simbólico de la organización. El “hacer como sí”, las mentiras tienen aquí su razón de ser […] Quien puede imponer la validez de determinados significados, determinada por jerarquías “verticales” de valor y materialización horizontal de signos, ejerce “violencia simbólica”. La violencia simbólica es el poder de imponer a otros seres humanos la validez de significado mediante signos, con el efecto de que estos otros seres humanos se identifiquen con el significado validado» Harry Pross: La violencia de los símbolos sociales, Anthropos, Barcelona 1989, pp. 112-113..

    Es cierto que la forma de expresión de Pross puede inducir a la elucubración abstracta desligada de toda realidad de explotación material, al usar exclusivamente una terminología centrada en los signos y en los significantes, en su interacción, y en sus resultados en la evolución de la simbología social. Pero si nos fijamos bien descubrimos que, por debajo de tanto fraseología, hay dos cr��ticas que nos son de gran utilidad para nuestra reflexión: que la violencia simbólica está basada en la imposición realizada por el poder dominante y que, además, este poder político elabora, en el ámbito de la política, una «teoría del conocimiento» que no es neutral sino que forma parte de la misma dominación. Esta segunda tesis es repetida más adelante:

    «Todo el énfasis puesto en la comunicación parece ser inútil si el receptor no está en condiciones de remitir las comunicaciones pretendidas a sus propias representaciones de valor. Lo decisivo es la validez; pero validez no significa verdad. Esto implica una serie de cuestiones relacionadas con la política de confianza o falaz […] El análisis de la comunicación política también significa siempre análisis de violencia simbólica» Harry Pross: La violencia de los símbolos sociales, op. cit., pp. 136-137..

    Por tanto, de lo que se trata con la violencia simbólica del poder no es desarrollar la verdad, sino la validez y efectividad del sistema de comunicación y de creación de símbolos sociales por parte del poder establecido. O sea, su objetivo no es construir verdad sino ampliar el poder que ya detenta, o al menos asegurarlo, reproducirlo. Por tanto, la «teoría del conocimiento» elaborada por el poder y que se desarrolla mediante su comunicación política y su violencia simbólica, esa «teoría» supuestamente destinada a crear verdad, solamente está en función de crear efectividad de dominación simbólica, y si esta falla la violencia simbólica deja paso a la violencia material, física.

    Sin hablar de violencia simbólica, pero sí de explotación lingüística, F. Rossi-Landi profundiza en el mismo problema crucial, ayudándonos a comprender mejor la dialéctica entre violencias, lenguaje y economía mercantil, y, más específicamente y para lo que nos interesa, la dialéctica entre deseo, privilegio y explotación en el lenguaje que da como resultado, entre otros, la existencia de un «terrorismo lingüístico» Ferrucio Rossi-Landi: «Sobre el dinero lingüístico», en Locura y sociedad segregada, Anagrama, Barcelona 1976, pp. 149-155. inseparable de la alienación. Este autor reconoce que son muchas las referencias a las conexiones internas entre dinero, saber y lenguaje, y que él solamente aporta unas ideas más. Aun así es necesario recordar ahora que la clase dominante dispone de muchos más medios de producción lingüística, usando su superioridad en esta cuestión decisiva como instrumento de dominación. Desde esta perspectiva, la educación y la escuela, por ejemplo, son instrumentos de «guerra de los ricos contra los pobres». No son simples sistemas de ideologización, que también, sino que, en lo decisivo, son armas de la guerra lingüístico-cultural del capital contra el trabajo, guerra lingüística que también existe en las instituciones científicas ya que éstas también están regidas por la guerra de «los dirigentes contra los subordinados». La explotación y el terrorismo lingüísticos son componentes decisivos de la estructura de poder existente, y condicionan en beneficio de éste la comprensión de la realidad que hacen las clases explotadas.

    Por su parte, P. Bourdieu ha estudiado críticamente la «construcción estatal de las mentalidades» insistiendo en la particular eficacia simbólica que ejerce el Estado, afirmando que «las relaciones de fuerza más brutales son al mismo tiempo relaciones simbólicas y los actos de sumisión, de obediencia, son actos cognitivos que, en tanto que tales, ponen en marcha unas estructuras cognitivas, unas formas y unas categorías de percepción, unos principios de visión y de división […] en las sociedades diferenciadas, el Estado está en condiciones de imponer y de inculcar la forma universal, a escala de un ámbito territorial determinado, unas estructuras cognitivas y evaluativas idénticas o parecidas y que debido a ello constituye el fundamento de un “conformismo lógico” y de un “conformismo moral”». El autor sigue detallando cómo el Estado logra imponer «llamadas al orden» Pierre Bourdieu: Razones prácticas, Anagrama, Barcelona 1997, pp. 115-125. que se introducen profundamente en la mentalidad social fortaleciendo un «orden simbólico» que abarca la totalidad de la existencia humana. Dejando de lado algunas críticas no necesarias ahora, esta tesis de Bourdieu facilita la comprensión de las interacciones entre las violencias físicas y simbólicas, el terrorismo lingüístico, el dinero del lenguaje, etcétera, mediante la intervención del Estado como otra fuerza violenta en la elaboración de una ideología adecuada a las necesidades de la explotación capitalista. Es aquí, en la construcción estatal de las mentalidades, y en todo este capítulo en general, en donde debemos recordar lo arriba expuesto sobre los esfuerzos del Estado burgués por imponer su definición de terrorismo, ocultando su práctica criminal, y haciendo creer que el terrorismo es la violencia defensiva de las masas explotadas contra el opresor.

    Aquí conviene recordar la feliz y acertada definición de las «ciencias sociales» como «violencia epistémica» dada por Gayarik Spivak y recordada por S. Casto-Gómez en su crítica a las «ciencias sociales» en cuanto instrumentos para crear obediencia, reforzar el orden e imponer las disciplinas de explotación Santiago Castro-Gómez: «Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la “invención del otro”», en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, Edgardo Lander (compilador), Clacso, Buenos Aires 2003, pp. 145-161.. Por violencia epistémica hemos de entender el conjunto de mecanismos que permiten al poder crear una masa dócil, obediente y pasiva que además de cumplir mecánicamente lo que está mandado, también interprete su realidad según una epísteme que en realidad no la cuestiona sino que la legitima, y viene a decir los mismo que la «teoría del conocimiento» de Pross, elaborada bajo la presión de la violencia simbólica y física, y que la tesis del «dinero lingüístico» de F. Rossi-Landi, que consiste en el lenguaje elaborado bajo la presión de la clase propietaria del dinero, de las fuerzas productivas. Las tres insisten en el peso determinante de las violencias en el desarrollo del conocimiento humano, aunque la de F. Rossi-Landi da más en el clavo, a nuestro entender. Tanto Pross como F. Rossi-Landi tienen razón si entendemos la «teoría del conocimiento» y el «dinero lingüístico» en su sentido restrictivo y muy concreto en su alcance histórico, es decir, dentro del marco de un modo de producción o dentro de la economía mercantil desde sus orígenes hace muy pocos miles de años.

    Sin embargo, yerran si las entendemos como la capacidad de la especie humana para conocer la realidad y transformarla a lo largo de su autogénesis siempre relacionado mediante el trabajo social con la tendencia objetiva de desarrollo de lo complejo a partir de lo simple. El método dialéctico asume la interacción de ambos extremos dentro de una totalidad histórica de largo alcance constreñida, a su vez, por las contradicciones internas, entre ellas la contradicción entre el efecto retardatario y reaccionario de las violencias opresoras, sean físicas o simbólicas, y el efecto progresista e impulsor de las violencias liberadoras. Dicho escuetamente, el conocimiento de lo complejo a partir de lo simple es lo que define la objetividad científica a lo largo de los modos de producción Julián Mateos Tornés: Tipos históricos de unidad del conocimiento científico, Ciencias Sociales, La Habana 1986, p. 114 y ss. mientras que la imposición de lo simple, del dogma y de las creencias mediante los sistemas de dominación material y simbólica, es lo que define tanto la «teoría del conocimiento» elaborada por las clases explotadoras dentro de cada modo de producción, como el «dinero lingüístico» a partir de los intereses de las minorías propietarias.

    Por tanto, dentro de la «teoría del conocimiento» y del «dinero lingüístico», así como de la «violencia epistémica», sistemas interpretativos todos ellos generados por el poder dominante, siempre existe un contenido de verdad objetiva que funciona en la práctica, pero tapado y supeditado por la ideología y la subjetividad socialmente impuestas por las violencias simbólicas y materiales explotadoras, y por el impacto alienante y terrorista del lenguaje del dinero. La relación entre el contenido de verdad y la estructura productiva que crea la ideología dominante, que va desde el dinero necesario para poner en marcha la producción hasta el accionar de las violencias inherentes a la propiedad privada, se hizo más compleja con la conversión de la imprenta en un negocio mercantil desde el siglo XV en adelante, sobre todo cuando los nuevos empresarios de la industria del libro empezaron a encargar por su cuenta Peter Burke: Historia social del conocimiento, Paidós, Barcelona 2002, p. 207. y en base a criterios de rentabilidad comercial textos clásicos, traducciones y libros de consulta, inaugurando así lo que llegaría a ser lo que ahora es la poderosa industria cultural, en el sentido cualitativo de industria capitalista, no el de «industria» precapitalista en la que la producción de «mercancías culturales» estaba supeditada a la supremacía última del valor de uso, como era el caso grecorromano Guglielmo Cavallo: «Entre el volumen y el codex. La lectura en el mundo romano», en Historia de la lectura en el mundo occidental, Taurus, México 2006, pp. 99-139..

    Debemos extendernos un poco más en esta cuestión, que engarza directamente con lo arriba expuesto sobre el método dialéctico y el materialismo histórico, porque hay que evitar el error de negar o reducir drásticamente la validez transformadora del conocimiento humano al sobrevalorar el impacto de las violencias en su praxis. A. Sohn Rethel avanzó una teoría muy esclarecedora que reúne lo hasta aquí visto pero que va más allá, a lo que denomina «conciencia falsa necesaria» y que expone el hecho de que, desde el surgimiento de la economía mercantil y de las violencias que le son implícitas, la clase dominante impone una conciencia falsa a las clases dominadas, pero esta conciencia falsa no anula la validez del método científico que sigue siendo capaz de descubrir la verdad, como demostró Marx entre otros muchos. Bajo la economía dineraria, bajo el «dinero lingüístico», el ser humano está engañado pero hundido en el error:

    «Es inocente de su falsa conciencia necesaria, y ni la crueldad ni la mortandad que ella provoca entre los hombres puede impedir que la humanidad desarrolle la voluntad de luchar por una sociedad sin clases» Alfred Sohn Rethel: Trabajo manual y trabajo intelectual, El Viejo Topo, Barcelona. 1979, p. 196..

    La falsa conciencia es necesaria por condiciones objetivas e históricas, porque las clases explotadas aún no han podido superar el engaño y la falsedad con la que interpretan su existencia. Pero el conocimiento científico y crítico no produce errores sino verdades, aunque la economía mercantil, la explotación y las violencias de todo tipo impidan que la crítica llegue a las masas trabajadoras. La crueldad de las clases dominantes causa mortandad entre las explotadas, y la conciencia falsa de éstas actúa como un opiáceo, una droga que les adormila y entontece. Además de estas formas violentas y crueles, según A. Sohn Rethel el capitalismo tiene otros métodos para dominar, como son la naturaleza misma del proceso productivo asalariado y, el que más nos interesa ahora, el imperialismo como alternativa de escape para evitar la guerra civil dentro de los grandes países capitalistas Alfred Sohn Rethel: Trabajo manual y trabajo intelectual, op. cit., p. 144.. Como vemos, los tres métodos nos remiten siempre a las violencias burguesas, sea en su forma ideológica y simbólica, cultural, sea en su forma violentamente física, sea mediante el imperialismo con sus guerras injustas y sus masacres. Por otra parte, el método científico en el capitalismo está sujeto al dictado de la apropiación privada, a la lógica de la producción privada, mientras que en el socialismo está sujeto a lógica de la producción colectiva Alfred Sohn Rethel: Trabajo manual y trabajo intelectual, op. cit., p. 179 y ss..

    El capitalismo contemporáneo ha logrado en buena medida ocultar esta realidad e imponer el mito, la creencia social, de que hemos entrado en la «era del saber», en la «sociedad del conocimiento». Así, en un mundo donde el «conocimiento» definido abstractamente forma la base ontológica a partir de la cual elaborar la epistemología, en este mundo ideal han desaparecido las estructuras socioeconómicas y políticas, los intereses de la clase propietaria de las fuerzas productivas, de manera que el «saber» está al alcance de todos, siendo una opción individual, de vagancia y desinterés egoísta, el no adquirirlo. Por tanto, la responsabilidad última y definitiva de la pobreza, de la enfermedad y del hambre no radica en la irracionalidad capitalista sino en los «fracasados». R. Vega Cantor sostiene, con razón, que este esquema reaccionario corresponde a la visión neoliberal que parlotea sobre la «sociedad del conocimiento», definido éste desde la «lógica mecánica» Raúl Vega Cantor: «La “sociedad del conocimiento”: una falacia comercial del capitalismo contemporáneo», en Herramienta, Buenos Aires, nº 35, junio de 2007, p. 176. que consiste en sumar la tecnología a la cantidad de información para dar como resultado el conocimiento mecánicamente entendido. La crítica de Vega Cantor llega a su culmen en la respuesta que da a la pregunta: «¿“Sociedad del conocimiento” o capitalismo de la ignorancia generalizada?». No tenemos espacio para desarrollar todas las ricas implicaciones de su respuesta, pero sí debemos reseñar la parte en la que denuncia la «destrucción de miles de lenguas», «la bestial homogeneización cultural» y «la erosión cultural» Raúl Vega Cantor: «La “sociedad del conocimiento”: una falacia comercial del capitalismo contemporáneo», op. cit., pp. 179-183. que está imponiendo el capitalismo aplicando todos sus recursos de dominación.

    Un ejemplo que confirma lo dicho aquí lo encontramos en las declaraciones de Ada Yonath, Premio Nobel de Química de 2009, en las que muestra todas las grandezas y limitaciones que chocan como unidad de contrarios en la mayoría inmensa de lo que se define como «mundo científico». Por un lado, esta investigadora reconoce sin ambages que «investigar en una empresa es perder independencia científica» http://www.elpais.com, 4 de noviembre de 2009., en el sentido de que las exigencias patronales, el dictado de la tasa de beneficios, etcétera, anulan la independencia creativa del método científico al reducirlo a simple fuerza cualificada de trabajo asalariado, sujeto a la dominación del capital y a sus necesidades de acumulación. Pero por otro lado, semejante crítica queda prácticamente reducida a una simple pataleta cuando reconoce que los y las científicas no deben inmiscuirse en política, no deben salir en defensa de las masas palestinas oprimidas por Israel y deben limitarse a su «trabajo científico». Ada Yonath hizo unas declaraciones pidiendo la liberación de las y los prisioneros políticos palestinos, y fueron tantas las advertencias recibidas que ha decidido no hacer más declaraciones «políticas», asumiendo el principio burgués de la incompatibilidad entre los «juicios de hecho» y los «juicios de valor».

    La violencia cultural y simbólica tiene en el principio burgués de una «ciencia libre de valores», de la separación absoluta entre «juicios de valor» y «juicios de hecho», uno de sus fundamentos más reaccionarios, fortalecido con el mito de la «sociedad del conocimiento». En páginas posteriores volveremos al contenido reaccionario de esta mentira sobre la separación total entre axiología y epistemología, cuestión que recorre toda nuestra reflexión desde que hemos empezado exponiendo la ética marxista y el problema de las violencias y del terrorismo. Para comprender mejor la contradicción irresoluble que mina el pensamiento de la Premio Nobel y del «mundo científico», en general, podemos recurrir a la crítica que realiza B. Easlea a este principio burgués, a la función que cumple en la dominación sociocultural y económica capitalista. A lo largo de varias páginas, Easlea argumenta cómo el capitalismo se ampara en la «ciencia libre de valores» para imponer sus intereses, para impedir el desarrollo del pensamiento científico-crítico, llegando a predecir, en sentido general, lo que podía haberle sucedido a Ada Yinath si hubiera continuado «metiéndose en política» a favor de la nación palestina. Hace más de un tercio de siglo Easlea escribió:

    «Aquellos científicos sociales que se dan cuenta de la fealdad de los fenómenos del hambre, de la privación y de la opresión, y, más aún, de que se trata de una fealdad que puede y debe eliminarse, tienen que comprometerse con un programa de investigación que cuando menos se enfrente a las estructuras institucionales básicas de diversos países, y quizá de aquellos en los que viven. En este caso se exponen a peligros físicos. La posición del científico social no es envidiable. No obstante, no hay fórmula alguna para soslayar la responsabilidad de las opciones morales y políticas. La opción de la “neutralidad” moral y política, que generalmente se adopta a partir de una situación ventajosa de bienestar material, supone igualmente un compromiso, y es un compromiso en favor del statu quo y de servicio al poder político de facto. La pretensión de que la ciencia en sí dicta la “neutralidad” moral y política supone, en el mejor de los casos, un autoengaño y, en el peor, un intento deliberado de utilizar el prestigio de la “ciencia” como medio de asegurar el statu quo» Brian Easlea: La liberación social y los objetivos de la ciencia, Siglo XXI, Madrid 1981, pp. 240-241..

    Es indudable que las declaraciones de la Premio Nobel dejan meridianamente claro que ha sentido sobre sí revolotear alguna especie de «peligro físico», o de amenazas o de «advertencias profesionales» que pudieran mermar su «situación ventajosa de bienestar material», de manera que ha retrocedido de su anterior valentía expuesta a todos los riesgos personales al seguro refugio del silencio «neutral» que se supone inherente a la «ciencia». Pero esta coerción sorda o sonora de la violencia cultural y simbólica sobre los científicos superan los límites de la tolerancia del poder, en este caso del terrorismo sionista, es solamente una parte de la totalidad de violencias inseparables del proceso de producción de pensamiento burgués. Sin extendernos, sí debemos reseñar rápidamente la violencia simbólica que opera a través de las mentiras, fraudes y engaños sistemáticos realizados por la industria tecno-científica. F. di Trocchio es implacable en la crítica del «científico como impostor» Federico di Trocchio: Las mentiras de la ciencia, Alianza Editorial, Madrid 1997, pp. 407-438.. Especial contenido inhumano tienen los fraudes que atañen a la salud realizados por las industrias de la biotecnología y la medicina, engaños imprescindibles para sostener el marketing del miedo antes analizado, industrias en las que «el fraude en la ciencia existe desde siempre» Juan Carlos López en http://www.publico.es, 6 de abril de 2008., según reconoce el director de la prestigiosa revista Nature Medicine.

    Tras este repaso de algunos autores estamos en condiciones de sumergirnos en los entresijos de la ideología burguesa, en cuanto conocimiento invertido de la realidad, buscando cuáles son sus relaciones estructurales con la coerción sorda del capital, con las violencias en todas sus formas, con los miedos y, al final, con el terrorismo. Interpretamos una realidad móvil y contradictoria con las categorías estáticas y mecanicistas de la ideología burguesa, y somos incapaces de tomar conciencia de que el miedo, en general, es una parte sustantiva del pensamiento burgués. De hecho, ahora mismo, la sociedad interpreta sus problemas desde las violencias simbólicas y epistémicas, y desde las teorías que se sustentan en los miedos inconscientes a transformar críticamente la realidad, miedos generados por esas violencias. Criticar el miedo, descubrir su origen sociohistórico, es criticar la forma de no-pensar y de obedecer mecánicamente a las reglas de la creencia miedosa, acobardada. Y es así porque la construcción del miedo es inseparable de la construcción de las reglas que convencen a la gente de que el miedo, además de necesario, también es bueno. Por esto mismo, el lenguaje no es neutral, sino que ya está condicionado por las estructuras de poder; tampoco es una construcción natural, que emerge de sí mismo, impoluto, sin depender para nada de las contradicciones sociales, de las necesidades y de las limitaciones históricas. El lenguaje, al contrario, lo mismo que el conocimiento, está determinado por las contradicciones sociales, las expresa y las reproduce, pero, desde el surgimiento del poder minoritario, condicionado por el miedo artificial que ese poder introduce con su pedagogía entre las masas a las que explota.

    Hasta ahora hemos estudiado sólo una parte de la violencia cultural, precisamente la más simbólica en el sentido de que no aparenta tener una relación directa con la materialidad física de la violencia práctica. Sin embargo, los lazos entre la violencia simbólica y la material son muy estrechos. Por ejemplo, la violencia cultural es directamente material cuando se saquea el arte y la literatura, cuando los invasores vacían las bibliotecas y museos de los invadidos. Sabemos que Roma ordenó coger vivo a Arquímedes para explotar sus conocimientos en su beneficio, pero que un legionario lo mató. Sabemos que Napoleón robaba con planificada metodología las mejores Svend Dahl: Historia del libro, Altaya, Barcelona 1997, p. 218 y ss. bibliotecas de los países que ocupaba. Nos cansaríamos citando ejemplos pasados. En el presente, otra forma de violencia cultural es la imposición por el imperialismo de la política de patentes, con casos inhumanos como el de la salud, por ejemplo, la «batalla cultural» María Victoria Kan: La batalla cultural asociada a la propiedad intelectual en la A/H1N1, http://www.rebelion.org, 27 de octubre de 2009. que se está librando a gran escala por la propiedad intelectual de las vacunas contra la gripe A/H1N1. Que nadie crea que la «batalla cultural» por las patentes sanitarias está libre de las mil violencias sutiles o abiertas que atemorizaron a Ada Yinath, Premio Nobel en Química. En absoluto. De hecho, las transnacionales de la salud, de la alimentación, y de otros sectores, patrocinan las investigaciones químicas, biotecnológicas, genéticas, etcétera, apoyadas por sus Estados respectivos. Las conexiones entre la violencia cultural y la material aparecen al desnudo en todo lo relacionado con las patentes de la salud aunque la propaganda imperialista quiera ocultarlo creando ilusiones falsas Frente de Trabajadores Socialistas Bolivarianos del MPPILCO-SAPI: Patentes, Mentiras y Medicamentos, http://www.aporrea.org, 30 de septiembre de 2008..

    A la vez, estas industrias tienen conexiones directas o indirectas con la industria cultural que fabrica modas ideológicas destinadas a legitimar la creencia en el determinismo genético, en el racismo y en la superioridad blanca para justificar el control imperialista del mundo. Siendo cierto que existe una base biológica en el proceso de conocimiento Juan B. Fuentes Ortega: «El conocimiento como hecho biológico», en Compendio de Epistemología, Edit. Trotta, Barcelona 2000, pp. 88-94, no lo es menos que dicha base está penetrada y condicionada internamente por la realidad sociohistórica humana, por su evolución y por sus contradicciones. La constante influencia de los valores sociales en el proceso de conocimiento inserto en todo lenguaje, es decir, la dialéctica entre las axiologías y los conocimientos, es especialmente problemática y a la vez cierta cuando desarrollamos las conexiones entre el terrorismo, el terror, la agresividad y la violencia, como hemos visto en el caso del patriarcado y de sus efectos en la síntesis entre valores machistas y lenguaje, así como en el rápido repaso a los sucesivos modos de producción. La cultura burguesa está muy fuertemente influenciada por el determinismo inherente a la sociobiología y el neodarwinismo, a pesar de que no se hayan podido encontrar bases científicas que los justifiquen pese a los esfuerzos desesperados por lograrlo, algunos estrambóticos y todos ellos reaccionarios Lewontin, Rose y Kamin: No está en los genes. Racismo, genética e ideología, Edit. Crítica, Barcelona 1987, p. 283 y ss.

    Lo relacionado con la violencia en cualquiera de sus formas, pero muy especialmente con la violencia defensiva aplicada por quienes sufren explotación, ha sido uno de los campos más trabajados por la elucubración reaccionaria de determinismo genético Stephan L. Chorover: «Del génesis al genocidio. La sociobiología en cuestión», Orbis, nº 21, Barcelona 1986, p. 179 y ss., pese a que tras muchos estudios, prestigiosos investigadores «neutrales» no dudan en reconocer que «la neurobiología de la agresividad humana constituye un campo de estudios que plantea grandes dificultades. A pesar de su gran interés e importancia, los avances en esta área de conocimiento son lentos y costosos […] El concepto de agresividad es difícil de acotar. Hasta la fecha no se ha establecido una definición aceptada de forma universal por la comunidad científica» D. Huertas, J.J. López-Ibor y María D. Crespo: Neurobiología de la agresividad, Ars Médica, Barcelona 2004, p. 139. A pesar de los fracasos a la hora de intentar demostrar la supuesta veracidad científica del genetismo, no desaparecerán los esfuerzos para lograrlo por dos razones: una, por necesidad ideológica y de orden social capitalista; y, otra, por necesidad de encontrar una justificación ética que oculte o legitime la creciente masa de capitales que se invierten en la industria de la biotecnología Noemí Navas: La biotecnología seduce al capital y a los fabricantes, http://www.cincodias.com, 31 de octubre de 2007., una industria que se rige por las mismas leyes económicas que el resto del capitalismo como demuestran las investigadoras Hubbard y Wald Ruth Hubbard y Elijah Wald: El mito del gen, Alianza Editorial, Madrid 1999, pp. 203-222.. Y una de las grandes barreras que frenan los avances críticos al respecto no es otra que, volviendo a la interacción «ciencia-valores», la fuerza de la opresión patriarcal en la actividad científica por la pervivencia de lo que V. Stolcke denomina el sexo de la biotecnología Verena Stolcke: «El sexo de la biotecnología», en Genes en el laboratorio y en la fábrica, Alicia Durán y J. Riechmann (coord.), Trotta, Madrid 1998, pp. 99-118.. Más adelante, cuando veamos el papel de la antropología y de la sociología en el reforzamiento del imperialismo, veremos cómo la sociobiología aparece como el puente que conecta las «ciencias naturales» con las «ciencias sociales», según la definición oficial al uso.

    No solamente en la mejora científica de la tortura, como hemos visto, que es un componente básico del terrorismo, sino también en otros de sus elementos centrales, como son los relacionados con las mejoras del armamento y del arte de la guerra en cualquiera de sus modalidades, la biotecnología, la síntesis entre nanotecnología y genética, por no extendernos Nick Turse: Choque del futuro en la Conferencia Científica del Ejército de EE.UU, http://www.rebelion.org, 20 de enero de 2009., juegan un papel clave en lo material de la letalidad, mientras que las mentiras ideológicas creadas por la sociobiología y el darwinismo social lo juegan en la guerra psicológica, propagandística y mediática. Yendo más al fondo, debido a las difusas y porosas fronteras convencionales que delimitan en la concepción burguesa los campos de las «ciencias sociales» con los de las «ciencias naturales», que en parte pero no en todo corresponde a la objetiva unidad material del mundo, hay que decir que también las «ciencias sociales» son instrumentadas por la burguesía para facilitar la acumulación de capital, en general, a la vez que en lo particular muchas de ellas sirven activamente como medios directa o indirectamente coadyuvantes a la guerra imperialista y al terrorismo.

    Colonialismo científico

    En 1970 la Universidad de La Habana publicó un texto colectivo de obligada lectura titulado Imperialismo y Ciencias Sociales en el que se detalla la profunda imbricación de las «ciencias sociales» con el terrorismo yanqui. Para lo que ahora tratamos, nos interesa especialmente la explicación del «colonialismo científico» como una de las tres formas del colonialismo en general, siendo las otras dos, el colonialismo político y el económico. Según los investigadores cubanos:

    «Nos referiremos al colonialismo científico, cuando el proceso de adquisición de conocimientos sobre un país, se encuentra fuera de él. Esto puede realizarse de diversas formas, una de ellas es reclamar el derecho de acceso ilimitado a la información de otros países; otra es la de exportar información sobre ese país a otro, procesarla allí y regresarla como una magnífica obra terminada, en forma de libros, artículos, etcétera. Esto es similar –como ha señalado el sociólogo argentino Jorge Graciarena– a lo que sucede con las materias primas exportadas a un bajo precio e importadas a un altísimo costo como excelentes productos. Las fases más importantes, más creativas, más difíciles del proceso productivo tienen lugar en cualquier otro país. Bajo el programa de asistencia técnica, vemos el éxodo de inteligencias. Es bien conocido por todos, como los jóvenes intelectuales son invitados y admitidos en sociedad, siendo persuadidos posteriormente a permanecer en esos países ricos, pasando en ellos toda su etapa creadora, después de lo cual pueden o no ser reexportados para sus respectivos países o ser enviados a una organización internacional. […] la mayoría de las veces sucede que los intelectuales de los países científicamente desarrollados conocen más sobre los países colonizados que lo que éstos conocen sobre si mismos» AA.VV.: Imperialismo y Ciencias Sociales. La penetración de las fundaciones norteamericanas y la compraventa de (algunos) intelectuales latinoamericanos, Referencias, La Habana, Cuba 1970, p. 20, también en http://www.amauta.lahaine.org.

    Esta última frase es decisiva para nuestra definición de terrorismo porque nos permite comprender en su pleno alcance cómo el imperialismo desarrolla tácticas y estrategias contrainsurgentes, de guerra psicológica, de propaganda política sistemática interna y externa, y de manipulación mediática, insertas en la pedagogía del miedo que antes hemos analizado, en base a los profundos conocimientos que posee de la cultura e identidad, de las tradiciones y costumbres, de las contradicciones, tensiones y fallas internas del pueblo al que quiere dominar. No es por casualidad que en el mismo texto se analice más adelante la función de antropólogos que recurren a trampas y sobornos, y de sociólogos que terminan asumiendo los valores de la potencia extranjera dominante AA.VV.: Imperialismo y Ciencias Sociales. La penetración de las fundaciones norteamericanas y la compraventa de (algunos) intelectuales latinoamericanos, op. cit., p. 25 y ss., como instrumentos de dicho poder imperialista. Aunque ya hemos estudiado algunos sistemas, paradigmas y estrategias de contrainsurgencia en todos los sentidos, sí es cierto que apenas nos hemos volcado en la función de las «ciencias sociales» dentro de la contrainsurgencia, tema que ahora debemos desarrollar más en extenso por su decisiva importancia.

    Tenemos así, sobre el papel, varias de las piezas del puzzle que nos van a permitir completar la visión teórica y política decisiva: el imperialismo usa las «ciencias sociales» para crear una «industria de la contrainsurgencia»:

    «En páginas atrás hemos mencionado las denuncias formuladas por Peter Henig en la NACLA Newsletter, respecto de la existencia de una formidable industria de la contrainsurgencia. Henig reveló que además de las fábricas a las que se asigna contratos para producir artículos o equipos materiales destinados a reprimir movimientos insurreccionales de toda índole, desde los tradicionales gases lacrimógenos hasta armas de guerra convencionales como helicópteros, existe la industria de la investigación de la contrainsurgencia. Señaló que en el léxico de esa industria, los “productos” se dividen en duros y blandos. Entre los productos duros figuran los armamentos, equipos y materiales electrónicos y todo lo vinculado a esa rama, incluyendo la investigación en los campos de las matemáticas, la física, la química, la biología, la astronáutica, etcétera.

    »Entre los productos blandos se cuentan tanto las recomendaciones sobre cómo manejar a campesinos que según los oficiales estadounidenses de Inteligencia están en el período de preguerrilla, cuanto los sistemas de persuasión del tipo Cuerpo de Paz o Acción Cívica Comunitaria, o los estudios de vulnerabilidad de bienes tan preciosos como podría serlo los de la Creole Petroleum Company, de Venezuela, ante la eventualidad de ataques de guerrilleros o la acción de los simples saboteadores. Existe una designación convencional para estos dos tipos de industrias: COIN R&D Industries (Counterinsurgeney líesearch and Development Industries, o Industrias de Investigación y Desarrollo Contrainsurreccional)» AA.VV.: Imperialismo y Ciencias Sociales. La penetración de las fundaciones norteamericanas y la compraventa de (algunos) intelectuales latinoamericanos, op. cit., p. 43..

    La denuncia incuestionable realizada en este libro de 1970 se ha visto confirmada, actualizada y enriquecida por muchos estudios posteriores sobre el papel reaccionario de antropólogos y sociólogos. Además, su crítica refuerza una larga corriente de denuncia del papel jugado por los famosos «viajeros», «geógrafos», «exploradores», «comerciantes» y «misioneros» desde la Antigüedad como espías de potencias extranjeras. Ya hemos dicho algo con respecto a Roma en este sentido. Más tarde, los sacerdotes y frailes españoles jugaron un destacado papel en el estudio de las debilidades de los pueblos de México Nydia Egremy: Contrainsurgencia para el siglo XXI, http://www.rebelion.org, 1 de julio de 2009. para facilitar su conquista y la de toda Latinoamérica más tarde. En otros textos ya hemos hablado sobre las directas conexiones de los antropólogos con el capitalismo en general, desde el consumismo hasta la tortura, pasando por la cultura, la explotación, etcétera; pero aquí debemos insistir sobre este particular y la mejor forma de hacerlo es recurriendo a la lucidez crítica de G. López y Rivas en su texto Antropología, contrainsurgencia y terrorismo global que reproducimos ampliamente por su extrema importancia:

    «Ya en su sesión anual en noviembre de 2006 y con la presencia de cientos de sus integrantes, la American Anthropological Association condenó por unanimidad “el uso del conocimiento antropológico como elemento de tortura física y sicológica”, ante el alegato de que los torturadores de la prisión Abu Ghraib, en Iraq, pudieron ser inspirados por la obra de un antropólogo, a partir de la idea que “hombres árabes humillados sexualmente podrían llegar a ser informantes comedidos” (Matthew B. Standard, “Montgomery McFate’Mission. Can one anthropologist possibly steer the course in Iraq?”, San Francisco Chronicle, 29 de abril de 2007).

    »En julio de 2007, el antropólogo Roberto J. González escribió un excelente artículo (“¿Hacia una antropología mercenaria? El nuevo manual de contrainsurgencia del Ejército de Estados Unidos FM-3-24 y el complejo militar-antropológico”, Anthropology Today, vol. 23, nº 3, junio de 2007), en el que detalla críticamente las contribuciones de antropólogos en la elaboración de dicho manual. González demuestra, incluso, que algunas de estas “contribuciones” no son innovadoras desde el punto de vista de la teoría antropológica y más bien parecen “un libro de texto introductorio de antropología simplificado –aunque con pocos ejemplos y sin ilustraciones.”

    »La antropología mercenaria estadounidense se caracteriza por la beligerancia y el cinismo con que justifica la estrecha colaboración entre antropólogos y militares en guerras imperialistas y violatorias de los más elementales derechos humanos y los principios fundacionales de la Organización de Naciones Unidas. Una de sus más aguerridas defensoras y autoras intelectuales es la antropóloga estadounidense Montgomery McFate, quien se impuso la tarea de “educar” a los militares y cuya misión en los últimos cinco años ha sido convencer a los estrategas de la contrainsurgencia de que la “antropología puede ser un arma más efectiva que la artillería”. McFate ignora y le exasperan las críticas de sus colegas en la academia, a quienes considera encerrados en una torre de marfil y más “interesados en elaborar resoluciones que en encontrar soluciones”. Ella es ahora la “comisaría política” de los militares, una de las autoras del citado manual de contrainsurgencia, creadora del programa Sistema Operativo de Investigación Humana en el Terreno, iniciado por el Pentágono, y consejera de la Oficina del Secretario de Defensa. Todo un éxito del American way of life.

    »En realidad, la participación de antropólogos en misiones coloniales e imperialistas es tan antigua como la propia antropología, la cual se establece como ciencia estrechamente ligada al colonialismo y a los esfuerzos por imponer en el ámbito mundial las relaciones de dominación y explotación capitalistas. Un clásico sobre el tema es el libro de Gerard Leclercq, Anthropologie et colonialisme (Paris, Librairie Artheme Fayard, 1972) que en su introducción asienta: “El nacimiento común del imperialismo colonial contemporáneo y de la antropología igualmente contemporánea puede situarse en la segunda mitad del siglo XIX. Trataremos de poner en evidencia la relación de la ideología imperialista, de la que la antropología no es sino uno de sus elementos, con la ideología colonial, y las razones por las cuales una investigación ‘sobre el terreno’ se hacía necesaria y posible por la colonización de tipo imperialista”.

    »Hay que recordar en México el papel protagonista que jugaron los antropólogos en la elaboración de las políticas indigenistas desde el momento en que Manuel Gamio –padre fundador de la disciplina en este país– definió a la antropología como “la ciencia del buen gobierno”, iniciándose un maridaje entre antropólogos y el Estado mexicano que fue roto en parte cuando el movimiento estudiantil-popular de 1968 creó las condiciones para que las corrientes críticas se manifestaran y denunciaran el papel de complicidad de la antropología mexicana postrevolucionaria en el afianzamiento del colonialismo interno que rompió la rebelión zapatista. El grotesco maquillaje cultural de la antropología contrainsurgente no cambia la naturaleza brutal de la ocupación imperialista ni ganará la mente y los corazones de la resistencia y de los millones de estadounidenses que se manifiestan de manera creciente contra la guerra» Gilberto López y Rivas: Antropología, contrainsurgencia y terrorismo global, en http://www.tlaxcala.es, 23 de julio de 2008..

    Podemos concretar el papel represor global que cumplen muchos antropólogos en base a las posibilidades tremendas que le ofrece esta «ciencia social» nada neutral, con un ejemplo muy reciente que muestra la interacción de todas las formas de opresión imperialista que facilita esta «ciencia social» inserta en el colonialismo cultural, pero cuyas capacidades de innovación teórica cualitativa están ya agotadas, como demuestra P. García Olivo en su extensa crítica a la antropología porque:

    «El análisis antropológico nunca cambia de plano, nunca afronta una verdadera “explicación”, remontando el nivel empírico-descriptivo; el análisis antropológico no pone a prueba la teoría, no elabora una teoría, quiebra la dialéctica entre la vertiente teórica y la vertiente práctica de la investigación, entre lo conceptual y lo empírico, y se limita a “ilustrar” para cada caso concreto (para cada “sociedad primitiva” particular) lo que presupone dogmáticamente, lo que prejuzga, aquello que arrastra desde el momento originario, liminar, de los a priori teórico-sociales del método de investigación –la concepción de los sistemas sociales como “todos auto-regulados”, como “unidades funcionales”, proyección del “equilibrio” y de la “armonía” que el pensamiento liberal sueña en las sociedades burguesas contemporáneas… […] Por su matriz “colonial”, por su indigencia etnocéntrica y por su solidaridad apenas velada con los fines y procedimientos del capitalismo avasallador, la antropología, saber “reclutado”, no es hoy mucho más que un zombi (también en su segunda acepción: “atontado, que se comporta como un autómata”, Diccionario de la lengua española), “muerto viviente” como las familias, los sindicatos, los partidos, las escuelas…» Pedro García Olivo: La antropología como saber reclutado, http://www.lahaine.org, 5 de agosto de 2009..

    El antropólogo P. Fuchs, que destroza los dogmas de la antropología norteamericana sobre la historia de los pueblos andinos, demostrando que el asentamiento humano es anterior a lo aceptado por ésta, no duda en denunciar su dominación cultural al respecto, reforzada por el hecho de que Estados Unidos posee los materiales de Machu Picchu, que deben ser devueltos a Perú Jacinto Antón: El enigma del círculo ritual de Sachín Bajo, http://www.elpais.com, 29 de octubre de 2008.. El colonialismo cultural muestra aquí su eurocentrismo al rechazar que existan poblamientos andinos anteriores a los asentados en territorios del actual Estados Unidos. El imperialismo político-cultural necesita un referente histórico para justificar su pretendida superioridad «natural» como base de su imperialismo económico y político-militar. A. Quijano ha mostrado cómo el aparato cultural yanqui, además de provenir directamente del aparato cultural europeo, es una pieza clave en la explotación imperialista de los pueblos de las Américas, insistiendo en el papel central que juega el eurocentrismo en la dinámica de opresión racista, de multidivisión de la fuerza de trabajo, de legitimación de los mecanismos de explotación asalariada, de desnacionalización de los pueblos y de intento de re-nacionalización a partir de la cultura burguesa norteamericana Anibal Quijano: «Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina», en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, op. cit., pp. 201- 242.. Ahora bien, no debemos olvidar que como en el resto de las «ciencias sociales», también en la antropología existen personas de bien, investigadores críticos y revolucionarios que se niegan a ser zombis del capitalismo, a que la burguesía imponga la «utilización mercenaria de la antropología» Gilberto López Rivas: Antropología latinoamericana y transnacionalización neoliberal, http://www.rebelion.org, 4 de agosto de 2008. destinada, sobre todo, a formar a los ejércitos opresores en sus guerras contra la emancipación de los pueblos indios y contra el resto de las Américas, como muy correctamente denunció G. López Rivas.

    Según Rushkoff:

    «El fundamento histórico de la comunicación de masas se encuentra en siglos de coerción cultural imperialista. Financiados principalmente por sus gobiernos, antropólogos bien intencionados –y unos cuantos no tan bienintencionados– desarrollaron métodos de análisis y dirección mientras estudiaban pueblos primitivos con culturas extrañas. Conscientes o no de las intenciones de sus patrocinadores, estos antropólogos prepararon el terreno a las posteriores invasiones militares […] Invariablemente, el proceso de dominación cultural seguía los tres mismos pasos que hoy utilizan los especialistas en relaciones públicas: primero, descubrir los mitos dominantes de la población y, durante el proceso, conseguir su confianza; segundo, encontrar supersticiones o lagunas en sus creencias; y, tercero, reemplazar la supersticiones o incrementarlas con hechos que modifiquen las percepciones o lealtad del grupo» Douglas Rushkoff: Coerción. Por qué hacemos caso a lo que nos dicen, La Liebre de Marzo, Barcelona 2001, p. 160..

    D. Rushkoff insiste mucho en el papel de los misioneros cristianos como predecesores de las invasiones posteriores, como predecesores de la antropología burguesa. Y el autor añade más adelante:

    «En la década de los ochenta, todas estas técnicas de guerra psicológica fueron reunidas en un volumen de la CIA bajo el nombre de Counter Intelligence Study Manual, utilizado principalmente en los conflictos de América Central […] Para reunir información sobre una determinada población, los agentes se mezclan entre la gente y asisten a “actividades pastorales, fiestas, cumpleaños e incluso velatorios y entierros” con el fin de estudiar sus creencias y aspiraciones. También organizan grupos de discusión para medir el apoyo local a las acciones planeadas. El proceso de manipulación se pone en marcha y los agentes identifican y reclutan a “ciudadanos bien situados” para que sirvan como modelo de cooperación, ofreciéndoles trabajos inocuos aparentemente importantes. A continuación, transmiten conceptos difíciles o irracionales a través de eslóganes simples […] En los casos en que los intereses de la CIA se oponen de modo irreconciliable a los de la población, el manual sugiere la creación de una organización que actúe como tapadera, con una serie de objetivos muy diferentes a sus verdaderas intenciones. Finalmente, todos los esfuerzos para garantizar la conversión deben adaptarse a las tendencias preexistentes de la población seleccionada: “Debemos inculcar a la gente toda esta información de forma sutil, para que esos sentimientos parezcan haber nacido por sí mismos, espontáneamente”» Douglas Rushkoff: Coerción. Por qué hacemos caso a lo que nos dicen, op. cit., pp. 164-165..

    J. Gelman afirma que desde 2003 el imperialismo está capacitando a sus servicios de inteligencia con nuevas teorías y campos de las «ciencias sociales» que antes apenas eran objeto de atención:

    «La idea originaria nació en la cabeza del antropólogo Felix Moos, un acérrimo defensor de la relación de los científicos con el Pentágono y con los servicios de inteligencia, así como del empleo de la antropología en la guerra “antiterrorista”. Durante años ha dictado cursos sobre Violencia y terrorismo en la Universidad de Kansas y después de los atentados del 11 de septiembre recurrió a la CIA para que el Senado financiara su propuesta de amalgamar antropología, academia, análisis de inteligencia y capacitación de espías. El resultado es el Prisp, los becarios estudian química, psicología o biología, además de dos idiomas por lo menos, y su empeño presente y futuro no es conocido por profesores, administradores y compañeros de aula. Así cumplen su primera misión encubierta. Los torturadores de Abu Ghraib utilizaron técnicas de humillación propias de una cultura cuando desnudaban a los prisioneros, les hacían vestir prendas femeninas, los fotografiaban en posturas inicuas y los azuzaban con perros para obtener confesiones. Algún mando de la CIA habrá leído el libro del antropólogo Raphael Patai titulado The Arab Mind (Springer, Nueva York, 2002) en el que se subraya el aborrecimiento que los árabes sienten en general por los perros y por la degradación sexual. Esto plantea problemas éticos a los profesores y especialistas civiles, similares de algún modo a los que han experimentado algunos científicos que fabricaron la bomba atómica» Juan Gelman: La invasión de los espías, http://www.rebelion.org, 29 de junio de 2009..

    La antropología es una disciplina necesaria en la «guerra cultural» que el imperialismo ha declarado a los pueblos rebeldes. La antropología oficial, dominante, tiene en su paradigma interno la obsesión de conocer «neutralmente» la cultura de los pueblos, pero siempre trabajando desde y para los intereses del imperialismo. De nuevo, es G. López el que nos explica que como las invasiones norteamericanas van contra pueblos con culturas extrañas, los «científicos sociales» yanquis han de colaborar estrechamente en la guerra.

    «La antropóloga contrainsurgente Montgomery McFate lo explica de esta manera:

    «“En un conflicto entre adversarios simétricos, en el que ambos son equivalentemente iguales y usan tecnología similar, comprender la cultura del adversario es en gran parte irrelevante. La guerra fría, con toda su complejidad, enfrentó entre sí a dos poderes de herencia europea. En una operación de contrainsurgencia contra un adversario no occidental, sin embargo, la cultura es importante” (Military Review, marzo-abril, 2005). Ya que los comandantes y estrategas militares requieren “profundizar en las culturas, percepciones, valores, creencias y procesos de toma de decisiones de individuos y grupos”, el Pentágono integró equipos de expertos en economía, antropología y ciencia política […] Los antropólogos-militares definen –con la ayuda del plagio ya denunciado– conceptos como sociedad, grupo étnico, tribu, redes, instituciones, roles y estatus, estructura y normas sociales, cultura, identidad, sistema de creencias, valores, actitudes y percepciones, lenguaje, poder y autoridad, fuerza coercitiva, capital social, participación política, entre otros. Todo para conocer lo que realmente interesa a los militares: los insurgentes, sus objetivos, motivaciones, apoyo o tolerancia de la población hacia ellos, sus capacidades y vulnerabilidades, formas de organización, líderes y personalidades claves, actividades y relaciones políticas, libertad de movimiento, sustentos logísticos, financieros y de inteligencia, nuevos reclutas, armamento y capacidades militares, entrenamiento, etcétera» Gilberto López y Rivas: Inteligencia en la contrainsurgencia, http://www.jornada.unam.mx, 14 de diciembre de 2007..

    Guerras culturales y pueblos en lucha

    La colonización cultural que hemos analizado es parte de un proceso más amplio que recurre a la guerra cultural, que a su vez es una parte de una estrategia imperialista más amplia, la de la guerra permanente. A. Recalde ha estudiado parte de esta dinámica global desde la perspectiva concreta del papel jugado por la industria del cine como elemento clave de la colonización cultural yanqui. Ha sintetizado cinco puntos: uno, hace apología del orden represivo interno a Estados Unidos; dos, construye los «enemigos externos» a los que hay que atacar, destruir y saquear por la importancia de sus recursos; tres, usando al «peligro externo» legitima el control, la vigilancia y la represión interna; cuatro, legitima el papel de las fuerzas militares norteamericanas y, cinco, insiste en que el destino yanqui es salvar al mundo Aritz Recalde: La colonización cultural. Parte I: La industria cultural norteamericana y la guerra permanente, http://www.rebelion.org, 10 de octubre de 2009..

    La «guerra cultural», según E. Acosta Matos, debe ser entendida de forma amplia, a escala mundial, y no meramente restringida a escala estatal, entre diversos componentes de la «cultura» de un país. La «guerra cultural» es así el conjunto de presiones ideológicas, culturales, artísticas, científicas, etcétera, que el imperialismo realiza contra los pueblos que se niegan a plegarse a sus exigencias:

    «Las guerras culturales forman y formarán parte destacada en las estrategias mundiales de dominación y expansión imperialistas en el siglo XXI, de hecho su originalidad radica, precisamente, en que son las que mejor expresan, y de manera más concentrada, los cambios sufridos por los mecanismos de penetración, dominación y reconquista del imperialismo en nuestros días, que a su vez reflejan, a fin de cuentas, los cambios experimentados en la profundidad de su sistema productivo y reproductivo. No son las fronteras terrestres, aéreas o marítimas las que deberán ser vulneradas para implantar el dominio universal del capital; no son ejércitos enemigos a los que hay que derrotar en el campo de batalla para izar sobre territorio ocupado las banderas de las metrópolis ni obligar a las naciones vencidas a abrirse a su insaciable sed de mercados y ganancias. Hoy los arrolladores avances en las ciencias, las telecomunicaciones y las tecnologías hacen de la esfera cultural y de la mente de los hombres el campo de batalla definitivo, la última frontera a conquistar, el último reducto enemigo a asaltar» Eliades Acosta Matos: Las guerras culturales: intimando con la historia, http://www.rebelion.org, 27 de diciembre de 2008..

    Las guerras culturales pueden ser rastreadas desde la época de Roma, si no antes, ya que ésta «toleraba las religiones ajenas mientras no supusieran una amenaza para su dominio, pero no vacilaba en aplastar las costumbres religiosas que fortalecían la identidad local de sus súbditos más revoltosos» Roger Osborne: Civilización, op. cit., p. 131.. En el esclavismo la guerra cultural tenía unas limitaciones precisas, que la burguesía ha superado porque se trata de otro modo de producción. Pero, como en la antigüedad, si falla la guerra cultural el imperialismo, fuera el romano o el yanqui, no tiene más remedio que recurrir a la guerra clásica, a la invasión militar. En la tesis de E. Acosta se echa en falta esta precisión así como la interacción entre las presiones militares, económicas y políticas, por un lado, y por otro la guerra cultural. La tesis de E. Acosta da la sensación de que lo militar ha perdido fuerza frente a lo cultural pero la realidad muestra que, primero, son las contradicciones internas de los pueblos las causantes de su derrota; segundo, que estas contradicciones son azuzadas por presiones económico-militares externas y que, tercero, la guerra cultural, siendo importante, es una parte del proceso, no el proceso mismo.

    Por ejemplo, la interacción entre servicios de inteligencia y presión cultural es innegable, como ha demostrado J. Petras en su estudio sobre las estrechas conexiones entre la CIA y la Fundación Ford James Petras: Imperio vs resistencia, Casa Editora Abril, La Habana 2004, pp. 38-42., que como es sabido tiene una especial incidencia en la evolución de las modas culturales burguesas. Teniendo en cuenta estas interacciones la guerra cultural, en sí misma una realidad, debe ser tenida como un capítulo importante de lo que muchos definen como «guerra de cuarta generación» Jutta Schmitt: Guerra de Cuarta Generación: Trastornando nuestras mentes hacia la sumisión total, http://www.lahaine.org, 25 de agosto de 2009. y que consiste en la efectiva integración en una estrategia única de agresiones económicas, políticas, culturales y propagandísticas, y militares. Pero fue F. Stonor Saunders la que en 1999 publicó la demoledora investigación sobre la guerra cultural que la CIA llevaba practicando contra el socialismo y comunismo desde hacía décadas. Intelectuales «apolíticos y neutrales» e incluso «progresistas» quedaron al descubierto como agentes voluntarios o involuntarios, inconscientes, de la CIA. Tiene razón C. M. Tur Carlos M. Tur Donatti: La CIA y la Guerra Cultural, http://www.voltairenet.org cuando dice que el libro de Saunders no presta atención a otros continentes, especialmente a Centroamérica y Sudamérica, y por eso aporta sus propias investigaciones y recomendaciones al respecto. De cualquier modo, el concepto de «guerra cultural» que ahora tratamos es más profundo que el desarrollado por Saunders y C. M. Tur.

    Pero ahora nos interesa insistir en la relación entre las guerras culturales y todo lo que hemos visto arriba sobre la «violencia epistémica» por citar uno de los varios sinónimos sobre la dialéctica entre ideología burguesa y violencia simbólica capitalista. En este sentido R. González nos ayuda mucho cuando estudiando la relación entre hegemonía imperialista y guerra cultural sostiene que debemos:

    «concebir la hegemonía como un fenómeno multidimensional, más allá de los límites del poderío económico y militar, basado en la capacidad para generalizar una visión del mundo. El poderío militar y la organización económica, para ser eficaces, deben construir “discursos de verdad” y convencer de su infalibilidad y de su inmanencia, al tiempo que deben estar integrados a una visión del mundo capaz de brindar explicaciones coherentes en todos los campos, sin olvidar el de la vida cotidiana. El soporte de la hegemonía radica en la capacidad para universalizar la concepción propia del mundo, de modo tal que desplace la perspectiva de un mundo pensado sobre otras bases, al punto de llegar a admitirlo como deseable pero imposible de alcanzar. En consecuencia, desde la perspectiva hegemónica actual, la batalla primera es contra cualquier posibilidad de organización distinta de la capitalista, sin distinguir si se trata de herencias culturales, principios religiosos o tradiciones, invenciones, utopías, indisciplinas o rebeldías» Rolando González Patricio: Hegemonía y guerra cultural, http://www.cubasocialista.cu, julio de 2005..

    El autor expone la importancia del consumo de la cultura producida por las transnacionales norteamericanas que mayoritariamente monopolizan la industria cultural, una de las más poderosas de Estados Unidos.

    La producción de «discursos de verdad» se realiza dentro de la lógica del capital, de su violencia implícita e invisible, simbólica y cultural, pero también material cuando es necesario. Y es aquí en donde tenemos que avanzar un poco más, hasta llegar a la sociología en cuanto forma «científica» de la ideología burguesa. Sobre la psicología, la psiquiatría, el psicoanálisis, etcétera, hemos visto lo fundamental anteriormente, así que ahora vamos a hablar sobre sociología, sin pretender abarcar ampliamente un problema casi inabarcable, a no ser que le dedicásemos un libro a él solo. Al igual que en la antropología y en otras ramas de las «ciencias sociales», en la sociología también existen investigadores de izquierda e incluso comunistas, pero los puntos de ruptura entre el marxismo y el grueso de la sociología radica, uno, en que el primero estructura su método alrededor del proceso de producción y el segundo lo hace alrededor del proceso de circulación, y que el primero aplica la dialéctica y el segundo no. Ahora no podemos extendernos en estos puntos de ruptura que determinan todos los demás y que se sintetizan tanto en la crítica de Marx a Comte, y que no reproducimos aquí «Carta de Marx a Engels del 7 de julio de 1866», en Cartas sobre las ciencias de la naturaleza y las matemáticas, Anagrama, Barcelona 1975, p. 48., en la que, entre otras cosas, sale en defensa de Hegel, como, profundizando en esta crítica decisiva, en el planteamiento de H. Lefrebvre cuando hunde el positivismo Henri Lefebvre: Lógica formal, lógica dialéctica, Siglo XXI, Madrid 1972, pp. 84-87. de Comte por su incapacidad para entender la dialéctica de lo social.

    Podrá objetarse que desde Comte la sociología ha variado mucho, ha asumido parte de las críticas marxistas y ha mejorado su capacidad de estudio de las contradicciones sociales. Carecemos de espacio para extendernos en esta cuestión, parte de la cual volveremos a tocar más adelante. Ahora nos interesa recomendar la síntesis demoledora sobre la sociología de Comte realizada por M. Martín Serrano, en la que demuestra la continuidad de una misma ideología burguesa a lo largo de las diversas modas sociológicas desde Comte hasta la teoría de los sistemas, siempre manteniendo «la apariencia de neutralidad […] de cientificidad […] aplicada al control social» Manuel Martín Serrano: Comte, el padre negado, Akal, Madrid 1976, p. 97.. Según dice este autor, Comte es el «padre negado» de la sociología porque no dudó en defender públicamente que el objetivo de su nueva «ciencia» era salvar el sistema capitalista. El grueso de la sociología sigue con ese mismo objetivo pero sin reconocerlo oficialmente. Para comienzos de la década de 1960 era innegable que en Estados Unidos la sociología era una «industria» con miles de trabajadores Roger Girod: «La investigación sociológica y el progreso social», en Marxismo y sociología, J. Álvarez Editor, Buenos Aires 1964, pp. 162-169. subvencionada generosamente por grandes capitalistas como Rockefeller, Carnegie y otros, por universidades privadas, por el gobierno federal y hasta por grupos financieros que buscaban, además de información para sus negocios, también la creación de pequeños centros privados de investigación sociológica que sirvieran de tapadera para invertir en bolsa y defraudar al fisco.

    Como decimos, más adelante criticaremos con más detalle el papel de la sociología en la justificación del capitalismo desde finales del siglo XX, para lo que simplemente tendríamos que leer a Weber, su defensa del imperialismo alemán de comienzos del siglo XX y su satisfecho orgullo al dar una conferencia contra el marxismo Weber: «El socialismo», en Escritos políticos, Altaya, Barcelona 1999, pp. 305-349. a la oficialidad del ejército alemán en verano de 1918; o limitarnos a ver el trabajo realizado por Durkheim en el fortalecimiento del imperialismo francés, en su defensa del socialismo utópico y en su crítica del socialismo marxista con sus vulgaridades sobre que las diferencias entre el «socialismo» y el «comunismo» radican en sus diferentes alternativas al consumo Émile Durkheim: El socialismo, Edit. Nacional, Madrid 1982, p. 145., o el papel de Pareto con el imperialismo italiano, o la opción antibolchevique de Sorokin, y un inacabable etcétera. R. Lanz ha resumido la incompatibilidad última entre marxismo y sociología negando el argumento mayor de ésta, negando que exista «lo social» Rigoberto Lanz: Marxismo y sociología, Fontamara, Barcelona 1981, pp. 163-164., que es supuestamente el objetivo propio de la sociología. Lanz sostiene que sí existe «lo económico», «lo político» y «lo ideológico-cultural», interactuando siempre dentro de la totalidad social capitalista, en la que, al final, «lo económico» determina al resto. Pero «lo social» no existe como esfera específica, cualitativamente diferenciada, porque, en realidad, está dentro de las demás. Estamos de acuerdo con esta crítica que nos explica el por qué de la supina ignorancia de los sociólogos en todo lo relacionado con la economía, con la política y con la cultura e ideología. Por su parte, A. Romero Reyes estudia las relaciones entre economía burguesa, «ciencia social», alienación y fetichismo, adelantando razones para el posterior capítulo sobre la sociología como arma del imperialismo y para el debate sobre la confrontación entre el «marxismo eurocéntrico» y el «marxismo latinoamericano» desde la perspectiva de la colonización del pensamiento crítico latinoamericano Antonio Romero Reyes: Teoría económica y ciencias sociales: Alienación, fetichismo y colonización, http://www.correntroig.org, 27 de septiembre de 2009 por la razón instrumental, mecanicista y gradualista eurocéntrica.

    Veamos solamente tres ejemplos de cómo la sociología, aislada de lo real en su burbuja «científica», elabora «teorías» en beneficio de la clase dominante. El primero es la explícita recomendación que hace el Manual de Terrorismo y Guerrilla Urbana antes citado, en su capítulo séptimo «Análisis de inteligencia del terrorismo», sobre la necesidad de usar métodos tales comos la inducción y la deducción, pero muy especialmente la denominada «teoría de los juegos», que ya fue destrozada teóricamente por D. Bensaïd cuando demostró que «luchar no es jugar» Daniel Bensaïd: Marx intempestivo, Edic. Herramienta, Buenos Aires 2003, pp. 187-243.. El segundo, es la verborrea hueca y reformista de la sociología oficial española cuando se enfrenta a uno de los problemas decisivos, el del Estado como centralizador estratégico de las diversas fracciones de la burguesía desde los intereses de la más poderosa. En una extensa compilación de textos que volveremos a usar después, aparecen varios artículos sobre el Leviatán, escrito por Hobbes en 1651. Los autores no hacen ningún esfuerzo por comparar la versión hobbesiana del Estado de la mitad del siglo XVII, progresista comparada con el poder medieval, con su evolución desde entonces hasta ahora, y menos aún reflexionan sobre la contradicción hobbesiana entre el derecho abstracto a la rebelión contra la injusticia y la defensa del poder represivo del Estado AA.VV.: Historia de la filosofía, Edit. Progreso, Moscú 1978, tomo I, pp. 212-214. por Hobbes, cuya filosofía es definida por J. M. Bermudo como «la razón del orden» José Manuel Bermudo: La Filosofía moderna y su proyección contemporánea, Barcanova, Barcelona 1983, pp. 54-60.. Tampoco analizan si Hobbes partía de una interpretación equivocada de la «naturaleza humana», según afirma E. Gellner Ernest Gellner: Antropología y política, Altaya, Barcelona 1999, p. 233.. La atemporalidad y el olvido de la historia, o sea, la negación de la dialéctica, aparece en el texto de F. Vallespín sobre todo en su capítulo sobre «el conservacionismo del miedo» Fernando Vallespín: «¿Vuelve el Leviatán?», en Lo que hacen los sociólogos, CIS, Madrid 2007, pp. 213-215. repleto de tópicos oficiales como los del miedo al «terrorismo» islamista y otros más, pero sin referencia algunas a las explotaciones y a las violencias capitalistas.

    La crítica marxista a la sociología queda confirmada al leer dos de las ponencias recogidas en este compendio. Ambas están realizadas por sociólogos relacionados de algún modo con Euskal Herria, y escritas en unos años especialmente duros y tensos. Ninguna de las dos dedica una sola palabra a la realidad vasca, que no existe para las reflexiones sociológicas sobre el Leviatán español. G. Gatti, que estudia la crisis de la sociología y la crisis del Estado-nación no intenta pisar el suelo de las contradicciones reales del Estado y los pueblos y sus clases sociales, contradicciones que en Euskal Herria estallan por todas partes, sino que se refugia en el reino de la nada proponiendo el estudio del «desacople» Gabriel Gatti: «Oiga, señor profesor, y si el Leviatán ya no existe, ¿para qué la teoría sociológica», en Lo que hacen los sociólogos, op. cit., pp. 78-79. entre la sociología y la sociedad, lo que no resuelve absolutamente nada aunque garantiza a la casta sociológica su salario a perpetuidad ya que podrá seguir divagando sobre lo inexistente. A. Gurrutxaga parece ser algo más explícito, pero esta apariencia desaparece cuando nos fijamos en su propuesta última al decir que la estatalidad «se constituye en la configuración política que permite participar en la red y en el juego del reparto del poder. Los gobiernos micro, las organizaciones meso y las redes macro, configuran un territorio donde son la interdependencia y el juego de la relación los que mantienen abierta la frontera de la relación» Ander Gurrutxaga Abad: «Sobre el Estado-nación: La Estatalidad o los Sueños de Leviatán», en Lo que hacen los sociólogos, op. cit., p. 203.. Cualquiera que conozca lo más mínimo de la realidad vasca sabe que estas palabras de A. Gurrutxaga distorsionan totalmente la realidad de represión sistemática y negación de derechos democráticos elementales impuesta por el Estado español. La sociología de este autor sirve precisamente para las contradicciones sociales en base a una palabrería asalariada que únicamente beneficia al Estado español.

    El tercer y último ejemplo sobrecoge porque muestra cómo el imperialismo utiliza todas las tácticas e instrumentos a su disposición, creando los que hagan falta, nos lo ofrece A. Brot en su tercera entrega sobre la estrategia norteamericana de la «guerra sin fin». Comentando la tesis genocida de que nada menos que 100 millones de jóvenes musulmanes son «superfluos», el autor añade que:

    «Die Zeit, que fuera otrora el principal semanario liberal, el portaestandarte del “humanismo laico” y del atlanticismo ilustrado, es ahora el buque insignia del neoconservadurismo neoliberal, un híbrido de The New Republic y National Review, es infatigable en su misión de convertir a sus lectores, en su mayoría educados, a las nuevas exigencias de la alianza alemana con Israel y Estados Unidos. Abrió sus páginas a los que se dedican a sembrar el odio disfrazado de ciencias sociales, con mercancías que tienen un parecido extraño con las que fueron pregonadas en sus días por los ideólogos de la extrema derecha. Entre ellos se encuentra el sociólogo Gunnar Heinsohn, profesor de la Universidad de Bremen, donde dirige el Instituto Raphael Lemkin de Investigación Comparativa del Genocidio. Sostiene que la “hipertrofia juvenil” –el rápido aumento de jóvenes desempleados o subempleados en los países islámicos– enfrenta a Occidente con el imperativo de seleccionarlos para evitar que la amenaza terrorista llegue a ser incontrolable: sea instigando guerras civiles en esos países o mediante la intervención (se podría calificarlas de “guerras de saneamiento demográfico”). En Die Zeit desarrolló esta tesis con referencia a los problemas que los “civilizados” israelíes encuentran al encarar a los bárbaros terroristas y, especialmente, a los atacantes suicidas. Los palestinos, sin embargo, presentan para él, en pocas palabras, no sólo el problema terrorista sino la generación de una sociedad particularmente depravada y defectuosa que incluso produce mujeres atacantes suicidas. Heinsohn no ve, por lo tanto, diferencia alguna entre la mujer hutu que enarbola un machete para matar a sus vecinos tutsi y la mujer palestina que se coloca un cinturón con explosivos para matar a inocentes civiles israelíes» Axel Brot: Preparación para la guerra sin fin, http://www.rebelion.org, 26 de marzo de 2008..

    Puede objetarse que G. Heinsohn es un sociólogo aislado entre miles de profesionales de esta «ciencia», o como ha dicho R. Girod, trabajadores de esta «industria»; pero, tras lo que hemos visto, la sociología está estructurada precisamente para facilitar la formulación de propuestas de esta índole bajo apariencia científica. Poco antes hemos repasado muy rápidamente las conexiones de sociólogos tan importantes como Weber, Durkheim, Pareto, Sorokin con el imperialismo en general y con sus respectivas burguesías en concreto, del mismo modo que hemos visto que Comte era «el padre negado» por la sociología de siempre porque su sincero conservadurismo no conviene a la imagen neutral y hasta progresista de la casta sociológica. Dentro de las ideologías particulares de éstos y otros sociólogos, la mentalidad occidental y europeísta ha sido un elemento cohesionador de sus teorías. Como siempre, debemos realizar una doble y unitaria crítica para descubrir las contradicciones del problema que analizamos. Por un lado, introducirnos en lo más profundo de sus raíces históricas y de su presente y, por otro lado, y a la vez, relacionar el movimiento de sus contradicciones internas con el contexto externo que envuelve a este problema. En el tema que tratamos, el terrorismo, podemos descubrir la conexión entre ambos pasos simultáneos siguiendo con el método que tanto hemos aplicado en estas páginas, el de estudiar la historia militar de los pueblos para descubrir en ella, en sus prácticas, lo que no pueden comprender las «ciencias sociales» dominantes.

    Las resistencias frecuentemente desesperadas de los pueblos «atrasados» a aceptar incondicionalmente los beneficios de la «superior» cultura europea, asombró y desconcertó a los occidentales, y del mismo modo en que la «cuestión social», «lo social», fue un objeto de estudio creado para explicar y vencer la resistencias de las clases explotadas internas, y del mismo modo en que el Estado y su burocracia fue otro objeto de estudio creado para explicar y vencer las resistencias de Estados europeos más débiles a las exigencias de los más poderosos, también las «ciencias sociales» se moldearon y crearon objetos de estudio destinados a comprender y vencer las resistencias de los pueblos «atrasados». Son conocidos los impactos en el pensamiento europeo de la sublevación dirigida por Túpac Amaru de 1780, de la revolución en Haití de 1789, de las intermitentes resistencias chinas a los ataques europeos durante el siglo XIX, de la sublevación de los cipayos en 1857, de la guerra de Sudán de finales del siglo XIX, e incluso de las resistencias de los boers sudafricanos de origen europeo a las invasiones inglesas entre 1880 y 1892, sin hablar de las guerras zulúes, y de la victoria de Japón sobre Rusia en 1905. Sin embargo, la lista es mucho más extensa y prolongada en el tiempo. Vamos a ver unos pocos ejemplos siguiendo un orden cronológico:

    El primero es el desprecio racista del ejército francés a los mexicanos al comienzo de su invasión en 1862, o dicho en palabras del general Latrille: «Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, organización, disciplina, moralidad y elevados sentimientos, que os ruego digáis al emperador que a partir de este momento y a la cabeza de 6.000 hombres, soy el amo de México» Carlos Roca: Sangre de valientes, RBA, Barcelona 2007, p. 143.. No hace falta recordar que, tras la primera batalla con los «inferiores» mexicanos en Puebla el 5 de mayo, el colonialismo francés tuvo que enviar a toda prisa 30.000 soldados más, y hace menos falta decir que el Estado francés perdió la guerra.

    El segundo narra cómo los norteamericanos no pudieron dar crédito a las noticias que aseguraban que los siux habían aplastado a la caballería mandada por Custer en Little Bighorn en 1876, y ante la innegable verdad de la derrota terminaron creyendo que en realidad el jefe Toro Sentado no era un indio como los demás, bárbaro, atrasado e ignorante, sino un blanco disfrazado de indio apodado Bisonte. Los norteamericanos no podían imaginar que Toro Sentado hubiera empleado tácticas utilizadas por Napoleón Evan S. Connell: Custer: La masacre del 7º de caballería, RBA, Barcelona 2006, p. 289..

    El tercero es especialmente valioso porque tuvo un efecto muy importante en la formación de la teoría leninista de la opresión nacional. Lenin sintió una profunda admiración por la resistencia nacional china Lenin: La guerra con China, Obras Completas, op. cit., tomo 4, pp. 397-402. contra la invasión internacional de finales del siglo XIX, dirigida por el Movimiento Yijetuan o Sociedad de Justicia y Armonía cuya fuerza mayoritaria era el campesinado. Los ejércitos invasores no esperaban encontrarse con una resistencia popular tan organizada e implacable, repitiéndose una especie de ley según la cual: «toda fuerza contrarrevolucionaria se sobreestima siempre y menosprecia la fuerza de la revolución popular. Los invasores salieron de Tientsin creyendo que en un par de horas podrían llegar a Pekín. Pero por la acción del Movimiento Yijetuan, su plan se vino abajo. Para llegar a Langfang, a escasos 60 kilómetros de Tientsin, emplearon cinco días y allí permanecieron inmovilizados» AA.VV.: El Movimiento Yijetuan, Edic. Lenguas Extranjeras, Pekín 1978, p. 61.. Los campesinos habían destruido las vías del tren, las carreteras y los puentes estaban cortados, y aplicaban todos los métodos de lucha contra los invasores que sólo podían moverse de noche y con muchas precauciones. Pero entonces la clase rica de la región de Tientsin negoció con el enemigo un acuerdo de colaboración, volviendo su artillería AA.VV.: El Movimiento Yijetuan, op. cit., p. 66. contra el Movimiento Yijetuan mucho más numeroso pero casi desarmado, causándole graves pérdidas. La región fue ocupada por los imperialistas hasta agosto de 1902.

    El cuarto ejemplo muestra cómo el sentimiento de superioridad eurocéntrica era tan acentuado en los servicios policiales españoles durante la invasión de Marruecos, que fueron incapaces de detectar no sólo la progresiva radicalización de las poblaciones de la zona, sino lo que es peor, que incluso siguieron creyendo en la «fidelidad a España» de muchas cabilas que ya habían decidido sublevarse en 1921, precipitando así la aplastante derrota española en Annual Antonio Carrasco García: Annual 1921, RBA, Barcelona 2007, p. 7..

    El quinto trata sobre cómo los somalíes descubrieron los puntos débiles del ejército yanqui en la batalla de Mogadiscio en octubre de 1993, venciéndolo. Dice M. Borden que los somalíes se percataron del miedo a la muerte de los soldados yanquis pese a ser las tropas escogidas más entrenadas, especializadas y armadas del mundo. Se dieron cuenta que los ataques yanquis «estaban pensados para castigar con impunidad desde lejos. Cuando los rangers hacían su aparición, bajaban deprisa de los helicópteros, se apoderaban de sus prisioneros y desaparecían antes de que se constituyera una fuerza significativa para combatirlos. Si se desplazaban por tierra, lo hacían en convoys blindados […] Para matar a los rangers, había que hacerles resistir y luchar. La respuesta estaba en derribar un helicóptero. Parte de la falsa superioridad de los estadounidenses, su reticencia a morir, significaría que harían cualquier cosa para protegerse mutuamente, algo que era intrépido pero a veces también imprudente» Marck Borden: Black Hawk derribado, RBA, Barcelona 2007, p. 124..

    Y el sexto y último, es la crisis de moral de combate del ejército yanqui en Iraq y en Afganistán, debido a las resistencias que encuentra, y que se muestra tanto en el aumento de los suicidios Mark Thompson: ¿Por qué se suicidan los reclutadores del ejército de EEUU?, http://www.rebelion.org, 5 de mayo de 2009. como en las dificultades crecientes en la invasión a Afganistán.

    Dejando de lado, como decimos, «lo social» dentro del capitalismo imperialista, éstas y otras derrotas humillantes forzaron a las «ciencias sociales» a estrechar sus lazos con el imperialismo. La antropología fue una de las respuestas y otra la sociobiología, existiendo una conexión entre ellas en lo tocante a la interpretación de las hipótesis avanzadas por los etnólogos Lewontin, Rose y Kamin: No está en lo genes, Crítica, Barcelona 2003, p. 300 y ss. sobre las costumbres de los pueblos «atrasados». La férrea visión determinista de la sociobiología Lewontin, Rose y Kamin: No está en lo genes, op. cit., pp. 13-81. garantizaba la victoria segura de la civilización occidental sobre el resto del planeta, siendo cuestión de tiempo el que éste lo aceptase. El tránsito del colonialismo al imperialismo está repleto de reflexiones occidentales sobre cómo acelerar la victoria occidental, pero también, como hemos visto anteriormente, sobre la decadencia y derrota de Occidente, así que no vamos a repetirnos.

    Pero ¿qué es el eurocentrismo? Sin grandes precisiones, podemos decir que es la ideología que justifica la superioridad del capitalismo occidental sobre el resto de la humanidad, ideología que se hace fuerte en el concepto de «civilización». D. Bensaïd sostiene que este concepto se terminó de imponer a mediados del siglo XIX y que desde entonces ha tratado a los pueblos no occidentales como «infantilizados». Dice además que hay que partir de la expansión colonial acelerada desde el mercantilismo del siglo XVII para ver cómo la moral y el derecho burgueses van imponiéndose a la vez que las conquistas y el reparto del mundo entre las potencias europeas, como se vio en el congreso de Berlín en 1884 y 1885. Y concluye diciendo que aunque han habido algunos cambios en los últimos tiempos, reconociéndose una cierta dosis de soberanía a los pueblos no occidentales descolonizados, éstos siguen siendo considerados como «menores» bajo tutela occidental Daniel Bensaïd: Elogio de la política profana, Península, Barcelona 2009, pp. 141-142.. R. Osborne dice que una «constante occidental desde el siglo XVI» es despreciar al resto de culturas definiéndolas como «atrasadas», «retrógradas» o «subdesarrolladas», descalificaciones realizadas desde una creencia en una progresión lineal que va desde la Edad de Piedra hasta el presente. Lo peor es que: «No disponemos de un aparato conceptual que nos permita enfrentarnos a una sociedad cuyo desarrollo no se ajuste a este modelo, así que obligamos a los demás a ajustarse al nuestro». Incapaces de entender a otras culturas y pueblos, les obligamos a que se ajusten a nuestras creencias, o los destruimos. La superioridad militar permite a Occidente: «infligir una brutalidad indescriptible con el objetivo de destruir otra civilización» Roger Osborne: Civilización, Crítica, Barcelona 2007, pp. 308-309..

    Una de las mejores definiciones del eurocentrismo es la de E. Dussel quien, tras afirmar que la «modernidad» surge al final del siglo XV con la conquista de las Américas, momento en el que el ego cogito moderno es antecedido en más de un siglo por el ego congiro, propone siete características de la «modernidad»:

    1. el eurocentrismo se define superior a otras civilizaciones y culturas;
    2. al ser superior tiene la obligación moral de desarrollar a los más primitivos, rudos y bárbaros;
    3. este desarrollo debe ser siempre copia y calco del anterior desarrollo europeo;
    4. dado que el bárbaro se resiste a ser civilizado, el eurocentrismo debe aplicar la guerra justa colonial en bien del bárbaro;
    5. las víctimas de la guerra justa colonial son por ello inevitables y tienen el sentido casi-ritual de víctimas propiciatorias en el sacrificio;
    6. la negativa del bárbaro a ser civilizado exime de toda culpa a la modernidad, traslada ésta a los bárbaros por resistirse y dota al eurocentrismo de contenido emancipador; y
    7. por esto, son inevitables los costos de la modernización de los pueblos atrasados e inmaduros Enrique Dussel: «Europa, modernidad y eurocentrismo», en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales, CLACSO, Buenos Aires 2003, pp. 48-49..

    Hay otras críticas del eurocentrismo. Por ejemplo, destaca por su precisión la de H. Moniot, aunque sin la riqueza teórica que logra Dussel gracias a la radicalidad de su método. Moniot reduce a tres las características del eurocentrismo: una, la de Occidente como la parte central del mundo; otra, la visión de vencedores, la visión lineal de la historia que ve el mundo sólo desde la perspectiva europea, y, la tercera, hablar a la ligera de las otras culturas, que son del pasado, de modo que el salvaje muestra nuestro progreso, la universalidad de nuestra civilización H. Moniot: «Eurocentrismo», en Diccionario de ciencias históricas, A. Burguèrie (coord), Akal, Madrid 1991, pp. 287-288.. También destaca la de J. M. Hobson, que ha escrito un demoledor capítulo sobre «la invención de la cristiandad» en su libro acerca de los orígenes orientales de Occidente. En esas páginas muestra cómo los poderes feudales europeos emplearon todos los recursos, desde la mentira hasta la represión pasando por las «terroríficas imágenes» del infierno, para, en primer lugar, poner orden social interno contra las masas campesinas y los pueblos; en segundo lugar, crear un mito religioso cohesionador y, por último, crear un «enemigo externo» que exigiera la unidad interna para lo que se procedió a criminalizar y falsear la religión islámica, representante de una cultura muy superior a la europea John M. Hobson: Los orígenes orientales de la civilización de occidente, Edit. Crítica, Barcelona 2006, pp. 145-165..

    Y por no extendernos, recordemos también el texto clásico de S. Amin, El eurocentrismo. Crítica de una ideología, en el que advertía a la izquierda occidental de que si no superaba su eurocentrismo: «el socialismo occidental seguirá condenado al estancamiento» Samir Amin: El eurocentrismo. Crítica de una ideología, Siglo XXI, México 1989, p. 135.. La advertencia de S. Amin ha sido confirmada por la práctica desaparición de la izquierda que existía a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa en Europa, y es que el eurocentrismo es una poderosa arma de integración en la lógica capitalista. También han sido confirmadas por el comportamiento de la «izquierda» eurooccidental cediendo ante el endurecimiento militarista del imperialismo precisamente desde finales de los ochenta y en concreto con el primer ataque a Iraq en 1991. Desde entonces, la «izquierda» eurocéntrica ha sido un fiel instrumento del imperialismo yanqui con una u otra justificación.

    La investigadora ecuatoriana E. Silva ha puesto varios ejemplos concluyentes sobre los desastrosos efectos del eurocentrismo en la capacidad de estudio crítico de la realidad latinoamericana y ecuatoriana, especialmente, en lo que ahora nos interesa a nosotros, sobre la capacidad de la intelectualidad progresista y revolucionaria para comprender la verdadera fuerza emancipadora dormida latente en las naciones indígenas, supuestamente derrotadas de manera definitiva. Tras denunciar el concepto de «blanco-mestizo introducido por las ciencias sociales del Norte» Erika Silva Charvet: Identidad nacional y poder, Edic. Abya-Yala, Quito, Ecuador 2004, p. 31., por el eurocentrismo, la investigadora procede a narrar cómo el movimiento indigenista, aparentemente extinguido de forma irrecuperable, irrumpió sin embargo en la realidad sociopolítica ecuatoriana con efectos sísmicos para sorpresa y desconcierto de los «científicos sociales», demostrando que el Mito de la Raza Vencida Erika Silva Charvet: Identidad nacional y poder, op. cit., p. 56 y ss. era sólo eso, un mito construido por la clase dominante blanca para mantener su poder. Son varias las razones que explican por qué la «ciencia social» eurocéntrica no pudo percatarse de la reorganización y extensión de la conciencia india, negando incluso que ésta existiera.

    Según E. Silva, el eurocentrismo o las «ciencias sociales del Norte», no pudo comprender nunca la efectiva y rica complejidad de las formas de defensa de las naciones originarias, dado que las despreciaba y sigue despreciándolas, que han respondido en parte y además de otras resistencias, también con una especie de táctica del judoka: «Quizá, después de todo, hayamos utilizado esa gramática de la dominación para rebelarnos sutilmente contra ese poder, para burlarnos de él, para decirle que nos damos cuenta de todas sus jugadas. Como cuando decimos “no sea malito”, juicio ético envuelto en un ruego, mediante el cual obligamos moralmente al poder que nos coacciona» Erika Silva Charvet: Identidad nacional y poder, op. cit., p. 47.. Para evitar equívocos de monocausalidad en las formas de resistencia ante la opresión, hay que decir que la autora habla de otras formas «duras» de resistencia, sublevaciones, etcétera, de la importancia clave del control del territorio por los indígenas y, por ir acabando, del valor de esta interacción de métodos de lucha en un contexto opresivo brutal, terrorista y racista, con «castigos, torturas y humillaciones» insertos en los «rituales racistas» Erika Silva Charvet: Identidad nacional y poder, op. cit., p. 29. destinados a reforzar y perpetuar la escisión social entre explotadores blancos y el resto de los explotados, especialmente los indios originarios.

    La sociología como arma imperialista

    Pero además de ser «ciencias sociales del Norte», son también «ciencias sociales» burguesas dentro del Norte, en el corazón del imperialismo. La ideología eurocéntrica funcionaba ya como unificadora del colonialismo europeo del siglo XIX cuando varios ejércitos invadían conjuntamente un país «atrasado», o cuando las potencias europeas negociaban la repartición de continentes enteros. Por ejemplo, las contradicciones entre el imperio español en decadencia y el imperialismo yanqui en ascenso, que se expresaron en dos guerras como las de Cuba y Filipinas, desaparecieron rápidamente cuando se trató de preservar los valores de la propiedad capitalista pensada en términos eurocéntricos ante los pueblos independentistas en el Caribe y en Asia. Las dos potencias que se habían enfrentado militarmente, negociaron entre ellas para impedir la verdadera independencia de los pueblos que oprimían y garantizar los intereses de un imperialismo eurocéntrico en ascenso, como era el yanqui. Se trató de la misma lógica de clase que había unido treinta años antes a la burguesía francesa y alemana para exterminar la Comuna de París de 1871, pero ahora en el contexto internacional.

    Otro tanto, en lo básico, sucedió con el nazismo en la guerra de 1939-1945, que no tuvo reparo alguno en reclutar tropas de «razas inferiores» Christopher Ailsby: Mercenarios de Hitler, Libsa, Madrid 2006, p. 105 y ss., con la excusa de defender a Occidente del comunismo. En este caso el eurcocentrismo más fanático se volvió flexible e incluyente, del mismo modo que más tarde el fundamentalismo cristiano yanqui terminó matizando sus ataques al islamismo para no indisponer a las burguesías árabes, y del mismo modo que la socialdemocracia española ha inventado la «alianza de civilizaciones» para intentar reducir el malestar antioccidental creciente en el mundo explotado por el eurocentrismo, pero sin distanciarse en lo esencial de la estrategia yanqui John Brown: «Malestar en las civilizaciones», Viento Sur, Madrid, nº 96, marzo 2008, pp. 19-27. de la «guerra contra el terrorismo», como muy bien ha argumentado J. Brown. Queremos decir con esto que partes del eurocentrismo son capaces de reconsiderar sus formas puntuales de manifestación pública, quitándoles carga negativa y excluyente.

    Una vez más hay que volver la mirada a los tentáculos del Estado, camuflados frecuentemente en la nebulosa de la «sociedad civil» que sirve para ocultar la efectiva teledirección realizada por los aparatos de poder mediante subvenciones y apoyos de todo tipo a determinadas opciones ideológicas que interesa reforzar en la lucha permanente contra la izquierda revolucionaria. Y una de las primeras tareas del Estado burgués es la de ocultar su contenido explotador, su práctica represiva, especialmente cuando ésta actúa en su forma extrema, mediante el terrorismo brutal aplicado con un golpe de Estado. Es aquí donde la denominada «ciencia política», parte de la «ciencia social», actúa abiertamente para ocultar la esencia terrorista del Estado burgués. A. Borón ha demostrado cómo en América Latina la corriente hegemónica en la «ciencia política», representada en este caso por el Informe 2009 de la Corporación Latinobarómetro, sita en Santiago de Chile, ha escamoteado los golpes de Estado habidos en los últimos treinta y un años, presentando una imagen falsa Atilio Borón: Invisibilizando golpes de Estado, http://www.rebelion.org, 4 de enero de 2010. de la realidad sociopolítica en ese continente tan luchador y tan machacado.

    Otro ejemplo de la función de la «ciencia política» nos los ofrece el Ministerio de Cultura del gobierno imperialista de España que ha subvencionado un libro de E. del Río en el que ataca el «colectivismo» antioccidental de las izquierdas europeas. Un libro que ha merecido una crítica suave de R. Touriño Roberto Touriño: Crítica de Crítica del colectivismo europeo antioccidental de Eugenio del Rio, http://www.pensamientocritico.org, 20 de abril de 2009. que no va al fondo del problema que no es otro que el desplome del autor de su antiguo maoísmo al fango de la sociología. Una de las diferencias entre la sociología, la weberiana en concreto, y el marxismo, es que la primera estructura sus ideas en base a los «tipos ideales», mientras que el marxismo lo hace alrededor del concepto de modo de producción, del que hemos dicho algo al comienzo de este libro. E. del Río no habla de «tipos ideales», pero sí de «concepto ideal» para definir lo esencial del capitalismo, «concepto ideal» Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, Talasa, Madrid 2007, p. 142 y ss. que luego tiene que ser concretado por el estudio de las sociedades particulares de forma parecida a como el concepto de modo de producción debe interactuar con el de formación socioeconómica. No tenemos espacio para exponer la diferencia absoluta entre modo de producción capitalista y concepto ideal de capitalismo, que nos remite a la diferencia entre la prioridad histórica de la producción sobre el consumo. Pero el desplome al fondo de la sociología se confirma con la aceptación de otra de las corrientes fundamentales de esta disciplina burguesa, la de Durkheim sobre la división del trabajo Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, op. cit., p. 268. y de otros sociólogos como Simmel, así como la desaparición del método marxista.

    Con el apoyo del gobierno imperialista de España, el autor intenta convencer a las izquierdas que abandonen un «colectivismo» autoritario y «premoderno» que llegó a tener gran arraigo debido a la revolución rusa cuyas contradicciones no analiza en ningún momento, sino que la considera como un proceso lineal y coherente de principio a fin. Una izquierda que ha mitificado lo premoderno e incluso lo primitivo, sin olvidar la forma de vida medieval Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, op. cit., p. 152., y que se deja subyugar por los «pronunciados rasgos colectivistas y premodernos» Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, op. cit., pp. 211-213. de los movimientos reivindicativos nacionales, como se lee en uno de los apartados que mejor explica por qué ha sido subvencionado el libro por el nacionalismo español. ¿Qué conquistas ha logrado la Europa «moderna»? Además de, por ejemplo, el keynesianismo Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, op. cit., p. 142., también «los derechos individuales, la autonomía personal, la laicidad, la igualdad de la mujer, el pluralismo, el Estado garante del Derecho, sometido él mismo al Derecho» Eugenio del Rio: Crítica del colectivismo europeo antioccidental, op. cit., p. 269.. Obviamente, la tesis del autor no es tan burda y tosca como para desconocer los costos humanos europeos y mundiales necesarios para conseguir la «tolerancia […] uno de los elementos característicos de la sociedad europea moderna».

    Vamos a concluir con otro ejemplo, de entre los muchos disponibles, de ayuda del imperialismo español al reformismo y a la sociología. Se trata del compendio de obras editado por el oficial Centro de Investigaciones Sociológicas en homenaje a C. Moya, al que ya hemos recurrido anteriormente. La primera ponencia, la de J. Almaraz, tiene la virtud de saber esquivar ágilmente la teoría marxista del imperialismo en el largo recorrido bastante ecléctico de autores en los que no pueden faltar algunos marxistas de la «escuela de la dependencia» y Wallerstein, pero que termina escorándose hacia Luhmann. Pero el eurocentrismo subyacente en su tesis se trasluce en el lenguaje, en los conceptos que usa:

    «Las sociedades avanzadas se vieron confrontadas con los aspectos y efectos no pretendidos de los procesos que habían construido su propia modernidad y que ahora ponían en cuestión la validez del modelo a exportar. En el curso de la expansión mundial, importantes elementos constitutivos de las sociedades se soltaron y cobraron autonomía propia y se generó un espacio en el que surgieron acontecimientos y procesos que ya no eran atribuidos a aquellas sociedades. El sueño de etnomundo occidental pasó a convertirse en estupor ante un universo policéntrico real ante el cual la teoría social canónica se muestra insuficiente y, acaso, inadecuada» José Almaraz: «Hacia una formulación analítica de la sociedad mundial de Rostow a Luhmann», en Lo que hacen los sociólogos, CIS, Madrid 2007, p. 513..

    De inmediato surgen algunas preguntas: ¿Las «sociedades avanzadas» no serán por un casual las sociedades capitalistas occidentales? ¿El concepto de «los aspectos y efectos no pretendidos» no suena a «efectos colaterales no deseados», excusa inventada por el ejército yanqui para lamentar-justificar los asesinatos de civiles en los masivos bombardeos «selectivos» sobre los pueblos que se resisten a sus imposiciones? ¿De qué «modelo a exportar» habla, el de los golpes de Estado, las torturas de la CIA, de los israelíes, de los franceses en Argelia y Vietnam, de la doctrina de la «guerra preventiva»…? ¿La «expansión mundial» del «modelo a exportar» no será por un casual la expansión colonial primero desde la segunda mitad del siglo XV, por no hablar de las «cruzadas» (¿?), hasta, por último, el imperialismo actual, el de la vuelta de la IV Flota estadounidense a las aguas de las Américas, el del cerco militar a Rusia y China y el de muchas otras acciones contra los pueblos del mundo entero, por parte de un Estados Unidos que se están rearmando hasta lo inconcebible Ernesto Carmona: Estados Unidos refuerza su imperio militar mundial, http://www.rebelion.org, 30 de abril de 2009.?

    ¿Qué «importantes elementos» se saltaron y cobraron autonomía propia? ¿Las empresas comerciales de los siglos XVI-XVIII, con sus ejércitos de asesinos privados, con sus negocios directos con las grandes coronas y Estados absolutistas y las ganancias de la esclavitud mundializada; o los monopolios que declararon la guerra del opio a China, las exigencias feroces a Latinoamérica, las escabechinas africanas; o los monopolios actuales que controlan los productos energéticos, los biológicos y quieren monopolizar el agua y los alimentos? ¿La práctica de los ejércitos privados de los siglos XVI-XVIII que vuelve a practicarse ahora pero con mucha mayor mentalidad mercantil e imperialista Dario Azzellini: Los nuevos mercenarios: La impunidad organizada en el marco de la guerra global permanente, http://www.herramienta.com.ar, septiembre de 2009.? ¿Qué han hecho durante todos estos siglos de inhumanidad moderna los flamantes «parlamentos democráticos» occidentales para siquiera aminorar ésas y otras brutalidades sanguinarias? ¿Acaso el asesinato de Allende y la dictadura de Pinochet, los 30.000 «desaparecidos» en Argentina, y otros muchos ejemplos atroces no son achacables directamente a Estados Unidos y al imperialismo en general? ¿Cuál era el «sueño del etnomundo occidental»: que más del ochenta por ciento de la humanidad se dejase explotar y saquear mansamente para que Occidente siguiera despilfarrando con una irracionalidad desquiciante?

    Ya que hablamos de «sociedades avanzadas» sería necesario extendernos en la exposición detallada de las tesis de Souza Silva sobre cómo se ha formado históricamente el concepto de «desarrollo», qué papel ha jugado en el asentamiento del capitalismo eurocéntrico, cómo ha reprimido y dañado la capacidad de pensamiento crítico propio de los pueblos oprimidos por el colonialismo y el imperialismo, etcétera, pero sería alargar nuestro texto en demasía:

    «En Occidente, el derecho del poder –el derecho del más fuerte– ha prevalecido sobre el poder del Derecho. Para justificar su régimen de injusticia, la civilización occidental creó una cultura cínica y otra del miedo. La cultura cínica permite a muchos gobiernos usar la mentira como filosofía de negociación pública para ocultar la injusticia que privilegia intereses particulares, mientras que con la cultura del miedo se pueden moldear mentes obedientes y cuerpos disciplinados para banalizar la injusticia social. Cambian los actores y sus estrategias, eufemismos y metáforas engañosas, pero no cambian sus falsas premisas, promesas y “buenas intenciones” en apoyar a los desfavorecidos» José de Souza Silva: Desarrollo y Dominación. Hacia la descolonización del pensamiento subordinado al conocimiento autorizado por el más fuerte, http://www.rcci.net/globalizacion, abril de 2009..

    La segunda aportación es la de F. Entrena Durán, una exposición sincera y simplona del etnocentrismo occidentalista de la sociología institucional. Aunque salva de este error a unos pocos que no cita, sí sostiene que todos los sociólogos se preocuparon por las dificultades del tránsito del Antiguo Régimen a la modernidad. La falla insuperable de su tesis radica en que repite el error común de definir a Marx y Engels como «sociólogos» aunque con «un trasfondo utópico-subversivo» o «crítico-subversivo», rebajándolos al nivel de Comte y del positivismo, y criticando a ambos en base a la «autoridad» de Popper. Tras diversas divagaciones sobre las diferencias y similitudes entre Marx, Durkheim, Weber y otros sociólogos, es decir, liquidado el marxismo como algo opuesto cualitativamente a la sociología, el autor nos lanza este párrafo:

    «Particularmente en el siglo XX, los efectos perversos del referido etnocentrismo occidentalista, que alentó las tentativas de exportar la modernización al resto del mundo, se debieron a que tal etnocentrismo no sólo sustentaba las teorías de la modernización, sino que también condicionaban fuertemente las visiones político-económicas y culturales de los encargados de llevar a cabo la puesta en práctica de dichas teorías. De ahí el rechazo visceral que en muchos casos suscitaron los procesos de modernización derivados de esa puesta en práctica. Unos procesos que, en gran medida, estaban orientados por una perspectiva de la sociedad circunscrita, más o menos explícitamente, al ámbito socio-económico, político-institucional y simbólico-cultural del Estado-nación. Perspectiva que, en lo que respecta a la era de la preponderancia del fordismo en el siglo XX, está en concordancia con el hecho de que en dicha era los principales actores de los procesos socioeconómicos, político-institucionales y simbólico-culturales fueran los Estado nacionales. Estados nacionales, a menudo acentuadamente centralistas, cuya consolidación en el contexto liberal-capitalista había estado directamente relacionada con el proceso de progresivo afianzamiento de un mercado de alcance nacional» Francisco Entrena Durán: «De la modernización occidentalista al torbellino de la globalización», en Lo que hacen los sociólogos, op. cit., pp. 525-526..

    Como vemos, se trata de la misma lógica que en el párrafo anterior, incluso con palabras casi iguales. Por lo tanto, se repite el mismo error idealista que en la cita precedente: interpretar el origen de la brutalidad imperialista en el «etnocentrismo occidentalista», en la «teoría de la modernidad», en suma, en la Idea. Según estas citas, resulta que Europa desarrolló una Idea, un Proyecto, una Teoría de lo moderno, y altruistamente quiso «exportarlo» al resto del mundo, que las rechazó de forma visceral en muchos casos porque no comprendieron que lo fundamental era la Idea de la modernidad, no las formas que se utilizaron. Esta justificación idealista oculta que no sólo los «encargados de llevar a cabo» la Idea tenían proyectos diferentes a los del ideal supuestamente dominante, sino que sobre todo los tenían los propios poderes establecidos. Como respuesta, leamos estas palabras de R. Osborne:

    «Si las atrocidades infligidas a los indígenas americanos hubieran constituido simplemente acciones de soldados profesionales europeos, es posible que el mundo no europeo hubiera salido mejor parado. Sin embargo, los eruditos europeos no sentían ninguna prisa en salir en defensa de esos paganos primitivos y atrasados que habían aparecido de súbito en su horizonte. Aquellos que habían estudiado la historia de Europa, de Asia y de las regiones conocidas de África estaban empezando a llegar a la conclusión de que los europeos y la civilización europea eran sin lugar a dudas superiores a los pueblos y a las culturas de otros continentes y que dominar a esos pueblos suponía un proceso “natural”. En realidad, los europeos tenían muy pocos motivos para sentirse superiores a los extranjeros; en el año 1500, menos de cincuenta millones de habitantes poblaban Europa occidental, mientras que la China de los Ming y la India mongol, dos sociedades muy sofisticadas, controlaban poblaciones de 200 y de 110 millones respectivamente.

    »No obstante, en 1547, el teólogo español Juan Ginés de Sepúlveda escribía: “…que con perfecto derecho los españoles imperan sobre estos bárbaros del Nuevo Mundo é islas adyacentes, los cuales en prudencia, ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores á los españoles como los niños á los adultos y las mujeres á los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como la que va de gentes fieras y crueles á gentes clementísimas, de los prodigiosamente intemperantes á los continentes y templados, y estoy por decir que de monos á hombres”» Roger Osborne: Civilización, op. cit., p. 290..

    Además de esta incontestable crítica de R. Osborne, sabemos también que la razón fundamental de la expulsión de los judíos del «católico» reino de Castilla fue el saqueo de sus riquezas para, entre otros gastos, sufragar la expedición de Colón en 1492, y sabemos que las riquezas de los judíos exterminados por los nazis sirvieron para la economía de guerra alemana. Era la misma lógica pero con una distancia de cinco siglos. Galeano nos recuerda que Hernán Cortés recibió como premio por sus hazañas nada menos que veintitrés mil indios en explotación de vasallaje Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, México 1985, p. 64., del mismo modo que los monopolios yanquis bien relacionados con la Administración Bush, especialmente las empresas de ejércitos mercenarios, están siendo las más beneficiadas por el genocidio iraquí. Conocemos la respuesta del conquistador español Francisco de Pizarro al fraile que le reprochaba sus métodos salvajes contra la población india, pidiéndole que les tratara de mejor manera:

    «No he venido aquí para eso, sino para sacarles el oro» Anthony Pagden: Pueblos e Imperios, Mondadori, Barcelona 2002, p. 92., y como consecuencia de esta obsesiva fiebre por el oro, los pueblos andinos y americanos han sido masacrados. Basta ver la sobreexplotación de las venas de plata de Sumaj Orco, Potosí, desde 1545 «por colonialistas, neocolonialistas, imperialistas y transnacionales burguesas españolas, estadounidenses, británicas y chilenas» Fernando Acosta Riveros: Las riquezas de Potosí son para los bolivianos, http://www.aporrea.org, 4 de septiembre de 2009., y siempre en detrimento del empobrecido y machacado pueblo boliviano.

    Y por no abusar, tenemos la concluyente afirmación de C. M. Cipolla sobre lo que estamos tratando: «La religión facilitó el pretexto y el oro el móvil» Carlo. M. Cipolla: Las máquinas del tiempo y de la guerra, Edit. Crítica, Barcelona 1999, p. 179.. El imperialismo quiere quedarse con el oro y el excedente social acumulado por los pueblos, el petróleo y el gas, los minerales estratégicos, el agua y los alimentos, la biodiversidad, apropiarse mediante patentes de las reservas genéticas del planeta y un largo etcétera. La diferencia entre la respuesta sincera, directa y brutal en su laconismo de Pizarro y la del imperialismo es que aquel bandolero lo decía abiertamente y los actuales dicen que actúan en nombre de lo que ellos denominan «civilización», «progreso», «derechos humanos» y «democracia».

    Discutir si la primera venta pública de esclavos en el Portugal de 1444, la expulsión de los judíos, el regalo de vasallos a Cortés, que procedía de una familia de la «baja burguesía» Roger Osborne: Civilización, op. cit., p. 283., o la sinceridad de Pizarro eran actos «modernos» o «premodernos» carece de sentido porque todos ellos, tanto las instituciones monárquicas y los Estados así como la Iglesia en cuanto poder, como los aventureros arruinados y hambrientos que cumplían sus órdenes, asumían y practicaban los valores decisivos de la economía mercantil, denunciados en su origen por Demócrito, como hemos visto. Saquear el excedente social acumulado de los pueblos conquistados ha sido y sigue siendo una de las formas de la acumulación originaria de capital, al margen de que los criminales encargados de hacerlo y quienes les mandaban fueran conscientes o no de ello, tuvieran una mezcla de mentalidad feudal y burguesas, siempre mercantil, pero que se acercaba a una visión protocapitalista. He escogido la fecha crítica de inicio del colonialismo europeo porque muestra mejor que ninguna otra la conexión estructural del protocapitalismo con la lógica del capital en su forma mercantil, que como nos dice Marx con plena razón existía ya en la Antigüedad.

    Un poco más tarde se inició la oficialización del terrorismo, con el triunfo definitivo del sistema de producción capitalista en lo militar, político y cultural, no solamente en lo económico, a partir del siglo XVII, eso que llaman «modernidad» y que no es sino una forma vergonzosa y cobarde de citar al capitalismo sin nombrar al monstruo. Moloch que fue engendrado, se formó, nació y gozó de sus primeras alegrías asesinas entre todas las formas de terrorismo y pedagogía del miedo porque, como demostró al hablar de la guerra de los Treinta Años en 1618-1648: «la guerra favoreció los avances de la centralización y del absolutismo, sobre todo a través de la intensificación y extensión del impuesto. Las experiencias y consecuencias de la guerra se hallan presentes en la mayor parte de las rebeliones de la época, sean desesperados alzamientos campesinos y urbanos, o bien movimientos de mayor enjundia política, canalizados en defensa del sistema de libertades provinciales» AA.VV.: «La guerra de los 30 años», Madrid 1985, nº 83, p. 27. . Desde sus génesis, terror y capital van juntos, son lo mismo, aunque lo tapemos con la ensangrentada seda de la modernidad.

    Por otra parte ¿qué significa «la era de la preponderancia del fordismo en el siglo XX? ¿Se refiere a la era de la expansión del imperialismo anterior a la irrupción del post-fordismo, del toyotismo y de la producción flexible, y con ella a la era de la liquidación del taylorismo y del mal llamado «Estado del bienestar»? De ser cierto ¿quiere decir que con la llamada «globalización», que dicen que ha sucedido al fordismo, ya no existe imperialismo? T. Negri y otros muchos, intentaron confirmar la misma tesis con argumentos distintos, pero la realidad les ha desmentido precisamente de la manera más directamente relacionada con todo lo que tienen que ver con el terrorismo, con el miedo oficial y con la pedagogía del miedo, o sea, con el recrudecimientos de las presiones de todo tipo, de las guerras y de las tensiones internacionales, como en los tiempos del imperialismo «clásico», ése que ya debía haberse extinguido de ser ciertas las vaguedades de la sociología. Es tan pueril la frase citada que no merece la pena seguir analizándola, y menos aún los tópicos sobre el Estado-nación.

    La tercera y última aportación es la de E. Lamo de Espinosa, la menos eurocentrista en apariencia, la que mejor se esconde tras unas pocas palabras «de izquierda» que cita alguna vez al imperialismo e incluso a Marx. Pero se trata de un imperialismo y de un Marx sin lucha de clases, sin guerras de liberación nacional y social de los pueblos, sino sólo la marcha a toque de tambor del desarrollo tecnocientífico desinfectado de toda naturaleza burguesa, de un poder tecnocientífico que es parte del capital constante y fijo, como lo demostró el Marx dialéctico, sino al contrario:

    «Pero una mirada al mundo desde fuera de los países lo que muestra es un proceso civilizatorio y homogeneizador que tiene su motor en la tecnociencia, se extiende por la economía, que tira de la cultura y éstas de la política. Marx tenía razón: no es la conciencia lo que determina el ser social, sino al contrario. Y no sería mala cosa que volviéramos a un sano materialismo: los modos y técnicas de producción se difunden antes de hacerlo los hábitos y los valores o las creencias, pero implican estilos de vida que, a la postre, alteran la conciencia ajustándola a las prácticas. […] La humanidad sigue una senda de progreso ininterrumpido […] La variable dinamizadora que tira del progreso/evolución de la humanidad es, al igual que siempre, la técnica y la ciencia en sus más variadas dimensiones […] Que ese progreso se manifiesta primero en ciertos grupos humanos más preparados para innovar, antes de difundirse a otros. No todas las sociedades están igualmente preparadas o incentivadas para innovar, de modo que son algunos países (grupos) que progresan más los que marcan el camino a los demás, los más modernos (o avanzados o evolucionados, es lo mismo) le marcan el camino a los menos modernos. Que durante muchos siglos han sido los países occidentales los mejor preparados para la innovación. Que el resto del mundo, marginado hasta hace pocos años de esta dinámica de progreso histórico-universal, ha iniciado también su modernización […] que también es una occidentalización […] hay espacios en los que se conquista dando pasos a dinámicas reactivas, usualmente de base étnico-cultural, que son la excepción que mejor prueba la validez de la regla del progreso» Emilio Lamo de Espinosa: «La globalización cultural ¿crisol, ensalada o gazpacho civilizatorio?», en Lo que hacen los sociólogos, CIS, Madrid 2007, pp. 571-572..

    Una de las cosas que hay que criticar a Lamo de Espinosa es la ¿deliberada? tergiversación que hace de Marx al reducir su teoría a un simple materialismo mecanicista y tecnicista, según el cual el motor de la historia no es la lucha de clases sino el desarrollo de la técnica. Esta falsificación, que extirpa brusca y burdamente la dialéctica consustancial al marxismo, podía tener una remota justificación al comienzo de la segunda mitad del siglo XIX, y tal vez un poco más tarde, cuando todavía era muy difícil acceder a textos básicos del marxismo. También hay que decir que el propio Engels fue consciente del error cometido al haber insistido por razones de táctica político-cultural inmediata más en los aspectos directamente económicos que en una explicación totalizante y dialéctica de sus teorías Engels: Carta a José Bloch del 22 de septiembre de 1890, Obras Escogidas, op. cit., tomo III, p. 515.. Pero actualmente ya es imposible seguir sosteniendo el determinismo tecnicista como la base del materialismo histórico.

    Otra cosa que hay que criticar al autor es su defensa del determinismo eurocéntrico al sostener que «la humanidad sigue una senda de progreso ininterrumpido […] La variable dinamizadora que tira del progreso/evolución de la humanidad es, al igual que siempre, la técnica y la ciencia en sus más variadas dimensiones…». Esto no es cierto ya que la humanidad ha sufrido estrepitosos retrocesos en su «progreso», y ha sufrido extinciones socioculturales completas, pueblos que han sido exterminados o que han desaparecido de la faz de la tierra por diversas razones. Otra cosa hubiera sido si el autor hubiese dicho que la historia humana avanza en medio de los vaivenes, estancamientos, retrocesos y extinciones de ramas evolutivas completas, debido a la compleja dialéctica entre el azar y la necesidad, pero no lo ha dicho y ha preferido una forma mecánica y lineal, rectilínea. Del mismo modo, tampoco es cierto que sea la tecnociencia, en sus más variadas dimensiones, la variable que tira del progreso. La técnica y la ciencia son partes de las fuerzas productivas y están condicionadas por la dialéctica entre éstas y las relaciones sociales de producción, es decir, por la lucha de clases como síntesis de ambas.

    Por ejemplo, buena parte del sistema tecnocientífico imperialista está pensado para vampirizar la capacidad intelectual de los pueblos empobrecidos, quitarles su fuerza de trabajo cualificada, impedir que patenten, desarrollen y comercialicen sus inventos, en suma, ahogarlos en la ignorancia funcional o absoluta para mejor explotarlos. Incluso un «crítico» del capitalismo tan blando y superficial como Stiglitz sostiene que el régimen de «propiedad intelectual», basado en el sistema de patentes, frena el avance científico y técnico Dugie Standeforg: El régimen de propiedad intelectual frena la ciencia y la innovación, según afirman laureados del Premio Nobel, http://www.rebelion.org, 24 de agosto de 2008.. Olvidar este succionamiento masivo de la inteligencia humana por el imperialismo y defender una visión idealista de la tecnociencia es uno de los mejores favores que se pueden hacer en la actualidad al sistema capitalista porque niega el efectivo control de las investigaciones en I+D+i por las transnacionales que monopolizan la tecnociencia y sus efectos políticos, económicos, militares, éticos y morales Alexis Schlachter: El saber humano: entre la ciencia y el mercantilismo, Gramma Internacional, Cuba, 2 de marzo de 2001..

    Se hace un favor inestimable al imperialismo al sostener lo anterior, porque esa falsedad es la que permite afirmaciones como ésta: «No todas las sociedades están igualmente preparadas o incentivadas para innovar, de modo que son algunos países (grupos) que progresan más los que marcan el camino a los demás, los más modernos (o avanzados o evolucionados, es lo mismo) le marcan el camino a los menos modernos». ¿Por qué unas sociedades están más o menos preparadas e incentivadas para las innovaciones tecnocientíficas que otras? El autor no lo dice pese a que todos los estudios históricos muestran que la capacidad de inventiva humana depende de los contextos sociales. Por ejemplo, es muy conocida la anécdota verídica contada por J. Needham sobre cómo un carnicero chino demostró que estudiando el Tao se podía ahorrar tiempo, trabajo y material al reducir de cincuenta golpes a sólo tres los necesarios para desollar un novillo Joseph Needham: La gran titulación. Ciencia y sociedad en Oriente y Occidente, Alianza Editorial, Madrid 1977, p. 164.. Logros como el de la drástica reducción del número de golpes para desollar un animal, existen por doquier, lo que ocurre es que el eurocentrismo de las «ciencias sociales» se ha negado a estudiar otras experiencias no europeas. Si lo hubiera hecho, hubiese descubierto desconcertada que en realidad: «durante el período de 1500-1800 Europa se limitó a acortar distancias para alcanzar a Oriente. Europa no fue una zona de desarrollo temprano, sino tardío, que gozó de las “ventajas del atraso económico”. Es decir, no abrió la senda de su propio desarrollo ella sola, sino que continuó asimilando o emulando las carteras de recursos superiores que habían sido iniciadas como consecuencia del desarrollo temprano de los orientales, y que se transmitieron gracias a la globalización oriental. Además, la incautación de los recursos de América y África por parte de Europa contribuyó también a que ésta fuera acortando distancias» John M. Hobson: Los orígenes orientales de la civilización de occidente, op. cit., pp. 222-223..

    En términos marxistas, por «ventajas del atraso económico» debemos entender simplemente el accionar de la ley del desarrollo desigual y combinado que, entre otras muchas cosas buenas, tiene que desautoriza radicalmente toda afirmación de eterna superioridad de una cultura sobre las restantes. Pero no es éste el momento para extendernos sobre esta ley, aunque indirectamente ya la estamos aplicando al preguntarnos ¿por qué algunas sociedades están más preparadas para innovar que otras? ¿Será porque las más preparadas son a la vez las más «inteligentes» y «aptas para la supervivencia» según dice la sociobiología? El autor no lo dice, aunque la respuesta es muy simple: porque en algunas de ellas se juntaron determinadas condiciones productivas que exigían y conllevaban la necesidad de la innovación. Una vez más, el contraste entre la cultura asiática, china e india, y la europea, nos ayuda a resolver este falso enigma.

    Según J. Needham y A. Haudricout:

    «Desde el punto de vista del origen de la Ciencia y de su progreso, tiene consecuencias importantes la desigualdad en la producción mercantil. Ante todo, donde esa producción se desarrolla, la práctica del comercio y de la circulación monetaria da paso al tratamiento matemático del valor de la mercancía, categoría abstracta y universal que se concreta en moneda. Efectivamente, en China a pesar de cierto desenvolvimiento bancario y de la invención del papel moneda, los impuestos y el canon de la tierra se pagaban siempre en especie. Ahora bien, sí es cierto que los chinos estaban acostumbrados a tomar medidas con precisión por lo que se refiere a los objetos concretos, sus conceptos precientíficos eran por naturaleza cualitativos y poco susceptibles de medición: por ejemplo, no es posible medir los temblores de tierra con los sismógrafos inventados en China en el siglo II, sencillamente porque esos fenómenos se deben a colisiones imprevisibles del yin y el yang» J. Needham y A. Haudricourt: «Las ciencias en la China medieval», en Historia general de las ciencias, AA.VV., Orbis, Barcelona 1988, volumen 3, pp. 581-582..

    A. W. Crosby ha explicado cómo en el siglo XVI Occidente iba detrás de Oriente en muchas cuestiones y que seguiría por detrás hasta el siglo XIX, pero no en otras que serían decisivas para el futuro, básicamente en los métodos matemáticos, administrativos, temporales, espaciales y artísticos para cuantificar Alfred W. Crosby: La medida de la realidad, Edit. Crítica, Barcelona 1988, p. 187 y ss. la realidad, métodos esencialmente unidos al crecimiento del capitalismo mercantil. Por su parte, C. M. Cipolla narra cómo era despreciado el trabajo de los artesanos en la China de la dinastía Ming: «El sistema de valores sociales dominantes en la China de los Ming obstaculizó el progreso de la tecnología» Carlo. M. Cipolla: Las máquinas del tiempo y de la guerra, op. cit., p. 71., mientras que en Europa la expansiva «ciencia de la balística» influyó en la revolución científica del siglo XVII Carlo. M. Cipolla: Las máquinas del tiempo y de la guerra, op. cit., p. 189., tesis defendida por otros muchos especialistas, incluidos los menos críticos con el capitalismo, los que minusvaloran todo lo posible la dialéctica entre opresión, guerra y tecnociencia, aunque no tengan más remedio que admitir que la mejora en la producción de cañones en Gran Bretaña fue decisiva para poder montar la máquina de vapor de Boulton y Watt T. K. Derry y Trevor I. Williams: Historia de la tecnología, Siglo XXI, Madrid 1980, tomo 2, pp. 400-401..

    Además de desdeñar la abrumadora cantidad de pruebas sobre las capacidades inventivas de otros pueblos, pero aplastados por las especiales condiciones sociohistóricas europeas, Lamo de Espinosa olvida o silencia también que esas distancias provienen, por un lado, de las férreas exigencias impuestas por la economía mercantil a los Estados europeos y, por otro, a la fusión entre guerra y tecnociencia. Entre otros muchos investigadores, H. Duchhardt demostró cómo la alianza entre el Estado absolutista y la burguesía ascendente potenciaron una decisiva unidad de conocimiento y poder al integrar geometría, artes, matemáticas, fortificaciones militares, estatalismo, Academias y cientifismo Heinz Duchhardt: La época del absolutismo, Altaya, Madrid 1997, pp. 119-123.. La fusión de poder y conocimiento, que venía de antiguo, se expandió e intensificó bajo la férrea dictadura de la ley de la acumulación ampliada de capital, siendo este proceso sistémico el que explica que cuando en 1776 Boulton invitó a Boswell a su fábrica en la que se producía en serie la máquina de vapor de Watt, parece que le dijo: «Aquí vendo señor lo que todo el mundo desea tener: poder» AA.VV.: La sinrazón en las ciencias, los oficios y las artes, Muturreko Burutazaioak, Bilbao 2000, p. 82..

    Otra característica de la expansión capitalista inserta en esta dinámica de crecimiento propio a la vez que de bloqueo y asfixia de otras potencias no occidentales, fue la deliberada política de invasiones y agresiones de todas clases que el capitalismo ha lanzado durante cinco siglos contra países y culturas que eran muy superiores a la eurocéntrica en todos los aspectos, pero a las cuales ha logrado vencer y condenar al empobrecimiento y a la dependencia, tras arruinarlas y saquearlas lo más posible. Independientemente de que todavía se siga debatiendo hasta qué grado la expansión capitalista europea se vio facilitada por las sobreganancias del colonialismo y del imperialismo para el beneficio de toda la población europea o solamente de sus clase dominante Josep Fontana: La historia de los hombres, Crítica, Barcelona 2001, p. 343 y ss., lo cierto es que sin tales beneficios la expansión capitalista hubiera sido más lenta, y otras sociedades cultural y económicamente superiores hubieran resistido más tiempo y tal vez, sin caer en la historia ficción, la evolución mundial y el presente hubiesen sido diferentes.

    El caso de la India es paradigmático: sin la ingente transferencia de valor hacia Gran Bretaña, asegurada por su superioridad militar, es discutible precisar cuándo y cómo se hubiera producido la revolución industrial inglesa. Basta leer los datos ofrecidos por J. F. C. Fuller sobre las ingentes masas de plata, oro y otras riquezas obtenidas por los ingleses sólo con la victoria en la batalla de Plassey en 1757 para comprender que:

    «La gran reserva y depósito de metales preciosos que era la India quedaba abierta y desde 1757 las enormes fortunas amasadas en Oriente fueron trasladadas a Inglaterra para financiar las demandas de la era industrial, suministrar a ésta lo que iba a ser su sangre y, a través de la misma, crear un nuevo y titánico mundo. Del mismo modo que Alejandro hizo circular el oro de Persia y los procónsules romanos se apoderaron del botín de Grecia y del Ponto, y los conquistadores españoles consiguieron la plata del Perú, a partir de entonces los nababs ingleses, los príncipes, mercaderes y aventureros, seguidores e imitadores de los Seth y de los Omichand, deshicieron el hielo que ocultaba los tesoros indostanos, dejándolos al descubierto y haciéndolos converger hacia Inglaterra: “No es exagerado afirmar –escribe Brooks Adams– que el destino de Europa dependió de la conquista de Bengala”. Los efectos fueron inmediatos y milagrosos. Antes de 1757 la maquinaria para hilar el algodón era en Inglaterra casi tan primitiva como en la India, mientras la industria del hierro se hallaba en un absoluto declinar. De pronto, todo cambió. En 1760 apareció la lanzadera; en 1764 la máquina de hilar de Hargreaves y en 1768 la maquinaria propulsora de Cartwright» J.F.C. Fuller: Batallas decisivas, RBA, Barcelona 2006, tomo III, pp. 100-111..

    También es paradigmático el caso de Haití porque sirve para analizar el problema desde una perspectiva aún más cruda y desnuda que la vista en la India. La obsesión de todas las potencias colonialistas desde mediados del siglo XVIII, como mínimo, fue controlar Haití por su alta productividad de azúcar, una de las mercancías más codiciadas de la época y que exigía una enorme masa de trabajo esclavizado. La revolución José Luciano Franco: Historia de la revolución de Haití, Ciencias Sociales, La Habana, Cuba 2004, p. 15 y ss. haitiana fue un mazazo para el colonialismo europeo porque suprimió una de las piezas claves de la división internacional del trabajo entonces existente, y sobre todo para el ya decrépito imperio español porque:

    «Haití dio apoyo material y aliento espiritual a las luchas de liberación en la América hispana. El giro radical y emancipador que adoptó Simón Bolívar en 1815 estaba directamente vinculado al apoyo que recibió de Haití. Tras sufrir una serie de derrotas entre 1811 y 1815, Bolívar apeló al presidente Pétion en petición de ayuda, y éste se la concedió bajo la condición de que se comprometiera a liberar a los esclavos de todas las tierras que consiguiera independizar de España. La política emancipadora de Bolívar radicalizó la lucha por la independencia y le hizo entrar en conflicto con muchos republicanos poseedores de esclavos» Beverly J. Silver y Eric Slater: «Los orígenes sociales de las hegemonías mundiales», en Caos y orden en el sistema-mundo moderno, G. Arrighi, Akal, Madrid 1999, p. 177..

    También fue un mazazo para el Estado francés cuyas tropas fueron vencidas en noviembre de 1803 y en enero de 1804, los nuevos dirigentes de la isla recuperaron su nombre indio. «He dado sangre por sangre a los caníbales franceses», proclamó Dessalines. «He vengado a América» Pau Farmer: Haití. Para qué, Argitaletxe Hiru, Hondarribia 1994, pp. 69-81..

    No hace falta decir que de inmediato fue también una insoportable amenaza para Estados Unidos ya que sus esclavos del sur mejoraron sus técnicas de lucha y resistencia gracias a la victoria de sus hermanos haitianos. Como síntesis de todos estos efectos, podemos decir que la revolución haitiana negó radicalmente el axioma eurocéntrico y occidentalista, la europeidad. Tiene toda la razón W. D. Mignolo cuando marca las diferencias cualitativas entre los revolucionarios criollos americanos, básicamente Bolívar y Jefferson, formados en la europeidad y defensores de la misma, pese a las diferencias secundarias entre ellos, y la praxis de los revolucionarios haitianos: «Jefferson negaba a Europa, no la europeidad. Los revolucionarios haitianos Toussaint l’Ouverture y Jean Jaques Dessalines, en cambio, negaron Europa y la europeidad» Walter D. Mignolo: «La colonialidad a lo largo y a lo ancho: el hemisferio occidental en el horizonte colonial de la modernidad», en La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Edgardo Lander (compilador), Clacso, Buenos Aires 2003, p. 69.. La crítica práctica de la europeidad era reforzada además, como hemos dicho, por la recuperación del nombre ancestral de la isla, Haití, en un acto que era mucho más que simbólico. W. D. Mignolo no habla de esta cuestión que, sin embargo, tiene para nosotros una importancia clave ya que expresa la voluntad de los revolucionarios de fusionar en la práctica liberadora dos culturas machacadas por la europeidad y el eurocentrismo.

    Por estas razones, todas las potencias colonialistas e imperialistas se volcaron para destruir cuanto antes el potencial emancipador haitiano: había que arrancar la raíz libertadora para impedir que se propagara. Ahora, Haití es uno de los Estados más empobrecidos del mundo. Otro tanto sucedió, por ejemplo, con la revolución nicaragüense casi un siglo después, que venció a un criminal terrorista como Somoza, hombre clave de Estados Unidos en Centroamérica. Los sandinistas victoriosos no pudieron aplicar su programa revolucionario porque Estados Unidos, con la ayuda de Europa, se lanzó a aplastar ese logro histórico mediante el terrorismo y la guerra. Ahora sabemos hasta dónde ha sido hundido el pueblo nicaragüense, cuánto ha retrocedido en su calidad de vida, bajo el ataque del imperialismo. ¿Y qué decir sobre Cuba?

    Silenciar la importancia clave de las guerras coloniales e imperialistas, del comercio desigual, de la transferencia de valor descaradamente beneficiosa para Occidente, etcétera, hacer esto es no sólo embellecer la historia criminal del capitalismo sino también impedir que los pueblos machacados conozcan la suya, condenándolos a seguir en la explotación. Las consecuencias desastrosas a corto y largo plazo que tuvieron que pagar los pueblos masacrados –que siguen pagando ahora en forma de eso que llaman «deuda externa» y que expresa una de las nuevas formas de agresión impuesta desde la segunda mitad del siglo XX– fueron y son estremecedoras, lo que propició toda clase de resistencias aplastadas con implacable terrorismo por Occidente: recordemos sólo la rebelión india de 1857 y los métodos británicos empleados contra ella. Muchos de esos pueblos fueron simplemente exterminados, y otros sufrieron tales presiones socioculturales que quedaron desestructurados, rotos en su identidad anterior. Aquí conviene volver a las correctas afirmaciones de Hobson:

    «La conversión cultural fue de la mano de la estrategia de contención, cuya finalidad era mantener a un nivel bajo a los pueblos y a las economías de Oriente […] la misión civilizadora debía conseguir la conversión de Oriente según las pautas marcadas por Occidente para erradicar la amenaza a su identidad que Oriente planteaba […] la conversión cultural y la contención implicaban la represión de Oriente. La conversión cultural encarnaba la esencia misma del racismo implícito, según el cual la identidad y cultura del grupo en cuestión debían ser erradicadas y reemplazadas por la cultura “superior” de la potencia imperial. De hecho, la conversión cultural es equivalente a lo que Pierre Clastres llama “etnocidio”» John M. Hobson: Los orígenes orientales de la civilización de occidente, op. cit., p. 320..

    Decir que es el país más «moderno» el que marca el camino al «atrasado», además de lo que supone de aceptación de la axiología burguesa, de sus valores y definición del «progreso», muestra también una incapacidad para comprender que pueden existir otras formas de progreso no capitalista. Ahora bien, si esto fuera cierto, ¿por qué no se han desarrollado lo suficiente? Sólo hay dos forma de responder a esta pregunta: una, la de reconocer que el dominio mundial del capital asfixia cualquier otra forma de progreso cualitativamente diferente y superior, lo que ocurre en la práctica histórica sea en la forma de etnocidio, de aculturación, pero sobre todo de obsesivo anticomunismo. La otra respuesta es deslizarse de algún modo o totalmente al cenagal de la «superioridad occidental» sea en forma explícita del racismo eurocéntrico, del genetismo y del darwinismo social, o sea de manera imprecisa, abstracta y vaga como hace el autor. La tesis de que «el resto del mundo, marginado hasta hace pocos años de esta dinámica de progreso histórico-universal, ha iniciado también su modernización […] que también es una occidentalización […]», confirma la naturaleza burguesa del planteamiento que analizamos.

    Tres preguntas sencillas muestran lo insostenible del planteamiento que criticamos: ¿es la deuda externa del llamado Tercer Mundo un efecto de esa «marginación»? ¿Ha sido la implosión de la URSS y de su bloque, y la reinstauración del capitalismo en China Popular, efectos de la «marginación» o efectos de la dialéctica entre, por un lado, la degeneración burocrática interna y, por otro, las impresionantes agresiones de todo tipo sufridas por estos pueblos desde que no obedecieron al imperialismo? Y por último ¿es el terrible panorama futuro mundial y el presente de hambre, enfermedad, catástrofe medioambiental, etcétera, efecto de la «marginación» o del capitalismo? La tesis de «marginación» estalla en pedazos cuando vemos que en la rica, culta y democrática Alemania, uno de cada seis niños y niñas crece en situación precaria Eva Usi: Advierten sobre pobreza infantil en Alemania, http://www.rebelion.org, 27 de septiembre de 2009., en un contexto social en el que va creciendo la pobreza entre la población alemana adulta Ingo Niebel: La pobreza es una realidad que también existe en la rica Alemania, http://www.gara.net, 23 de septiembre de 2009..

    La pobreza va creciendo en el centro imperialista y no precisamente por su «marginación» sino por el capitalismo, más concretamente porque el pueblo trabajador no consigue detener la ofensiva burguesa y contraatacar con sus luchas logrando una subida de los salarios directos e indirectos, de las ayudas sociales y otras conquistas. Es la lucha de clases, en suma, la responsable del empobrecimiento y no la «marginación». La fraseología sociológica fracasa de nuevo en la explicación de las contradicciones internas de «lo social», lo que le imposibilita crear una teoría crítica de las violencias burguesas y del terrorismo como su última expresión.

    Resumen

    Población sobrante peligrosa

    Al comienzo de este texto hemos definido el terrorismo como el recurso último de que dispone la clase propietaria de las fuerzas productivas para asegurar su propiedad. El terrorismo es inseparable de la propiedad privada, no puede existir sin esta forma histórica de explotación y, por tanto, la forma más brutal e inhumana, y dialécticamente la forma más civilizada y tecnocientífica de terrorismo es la capitalista, la del terrorismo consustancial a la civilización burguesa.

    Hemos definido la civilización como la síntesis social de un modo de producción. Una vez impuesta la propiedad privada de las fuerzas productivas, una vez impuesta la explotación de la mujer por el hombre en cuanto simple «instrumento de producción», desde esta derrota histórica de la especie humana, todas las civilizaciones posteriores han sido la expresión contradictoria de los intereses de sus clases dominantes. Expresión contradictoria por cuanto las clases explotadas, los pueblos oprimidos y las mujeres han dejado de algún modo huellas y rastros de sus luchas y de sus esperanzas en la cultura popular y en la identidad colectiva. Por esto, en todas las civilizaciones basadas en la propiedad privada, las violencias injustas han tenido y tienen como sus objetivos represores fundamentales a las minorías luchadoras y, si estos métodos han fracasado, el terrorismo ha tenido y tiene como objetivo la destrucción de toda capacidad de lucha, o sencillamente el aniquilamiento físico de la resistencia.

    Hemos recurrido al concepto de «población sobrante» para expresar toda aquella parte de la población no rentable para la clase dominante que, por ello mismo, debe ser marginada o dejada de lado hasta su muerte, o reprimida y exterminada si se transforma en «población sobrante peligrosa». Las y los obreros en huelga, por ejemplo, pueden llegar a ser «población sobrante peligrosa» que debe ser reprimida mediante el desempleo masivo, y si estas represiones iniciales no derrotan la lucha social, la clase dominante extiende e intensifica sus ataques, empezando por el miedo a las multas y a la cárcel, llegando a una escala de terrorismos que puede culminar en el baño de sangre. Sobre esos montones de cadáveres, el capital intentará reiniciar su proceso de acumulación ampliada.

    Hemos hablado de cómo la teoría marxista de la crisis capitalista explica la lógica del terrorismo al plantear la necesidad ciega que tiene este modo de producción de destruir fuerzas productivas obsoletas, no rentables, sobrantes, para «liberar» el mercado de la sobreproducción excedentaria, para aniquilar la competencia a cualquier precio, incluidas las guerras mundiales, para reiniciar a una escala superior el ciclo de producción, circulación y realización del beneficio. El terrorismo es parte esencial de la crisis capitalista ya que el ser humano es la principal fuerza productiva, y la salida de toda crisis exige la destrucción mediante múltiples violencias de ingentes masas de fuerza de trabajo humana acumulada en forma de mercancías, infraestructuras, ciudades, universidades, obras de arte y museos, es decir, en forma de capital constante y de trabajo muerto aunque sea trabajo altamente cualificado; y simultáneamente, a la vez, destruir la fuerza de trabajo social en forma de capital variable y de trabajo vivo. La acumulación de capital se basa, en última instancia, en el terror material, moral y simbólico inherente a la explotación asalariada, y la garantía de reinicio de la acumulación ampliada de capital se basa en el terrorismo, que no es otra cosa que el terror ampliado a su máxima letalidad.

    Hemos visto después cómo la burguesía había triunfado al imponer su definición de «terrorismo» a escala mundial, a pesar de los esfuerzos de las izquierdas revolucionarias en seguir explicando y divulgando la teoría marxista de la violencia, base inexcusable para entender el terrorismo. Lo esencial de esta teoría se basa en la dialéctica entre las contradicciones objetivas y estructurales del capitalismo y las contradicciones subjetivas que se generan en respuesta a las anteriores. Dentro de las contradicciones subjetivas, la ética, la teoría y el deseo de un mundo cualitativamente mejor, sin explotación, juegan un papel clave; es decir, el denominado «factor subjetivo» siempre inserto en el movimiento de la realidad objetiva y de sus contradicciones es imprescindible no sólo para definir qué es la realidad sino también para saber, querer y poder optar por una alternativa revolucionaria a la explotación capitalista, a su terrorismo consustancial, mediante otra forma de producción y distribución basada en la propiedad colectiva de las fuerzas productivas.

    El estudio de las violencias múltiples requiere de un método que asuma el valor de la ética tanto como el de la economía y la política, por citar las «disciplinas» más nombradas, y que asuma la historia humana material como el único escenario real de existencia. Al declarar la historicidad y la materialidad como las dos caras del mismo método, las diosas y dioses, las religiones en suma, pierden su valor explicativo aunque mantengan un decreciente valor relativo en la matriz social de cada modo de producción. Por el contrario, la propiedad, sea cual fuere su forma, aparece como el punto crítico sobre el que pivotan las violencias y los terrorismos. La violencia injusta y opresora es aquella que impone y sostiene la propiedad privada, y la violencia justa y liberadora es la que defiende o recupera la propiedad colectiva, pública. Sea en forma mítica, religiosa, utópica o milenarista, la cultura popular conserva mal que bien restos desfigurados y borrosos, pero latentes. Sin embargo, la alienación y el fetichismo tergiversan la comprensión de las causas reales de las violencias, invierten la realidad y cosifican las relaciones sociales, presentan la paz justa como la violencia de las masas trabajadoras, y el sistema de explotación y sus violencias como la paz oficial bendecida por las fuerzas del más allá. Es por esto que la lucha ético-política y teórica contra la ideología justificatoria de la propiedad privada es y debe ser permanente, porque es ella la que también justifica los terrorismos que la sostienen.

    La relación entre los fines por los que se lucha y los medios que se aplican para lograr esos fines es central en esta visión ético-política y teórica, como también lo es el criterio del mal menor necesario. Un medio malo no puede obtener nunca un fin bueno, y ambos, medio y fin, interactúan permanentemente y se transforman uno en otro durante el proceso de liberación humana. Debido a esto, todo proceso revolucionario que repita el error de aplicar medios malos termina más temprano que tarde desviándose de su objetivo y cayendo bien en el reformismo bien en la reacción, o desintegrándose. Una de las características del reformismo es precisamente la de supeditar los fines a los medios, haciendo de éstos el fin en sí mismo y renunciando a los objetivos iniciales. Por otra parte, solamente las clases explotadoras practican el criterio inmoral y antiético de que el fin justifica los medios, y el terrorismo es la expresión máxima de la doble moral que siempre ha caracterizado a las minorías propietarias de las fuerzas productivas: están dispuestas a aplicar la máxima violencia con tal de garantizar sus privilegios, aunque hablen de paz y justicia.

    Para el marxismo, la violencia justa no es un fin en sí mismo sino un medio táctico transitorio, supeditado al objetivo de la emancipación humana. La violencia justa es defensiva en su sentido histórico porque responde a una previa y fundacional violencia injusta, explotadora, que es la que sostiene el previamente instaurado orden opresor al que se combate. Es una violencia históricamente defensiva, de respuesta, aunque transitoriamente deba tomar formas ofensivas, de ataque y de iniciativa. Por esto, el marxismo siempre ha buscado, primero, los métodos no violentos y pacíficos de acción política y solamente cuando no ha tenido más remedio ha recurrido a la violencia como ultima ratio, como recurso supremo en una situación insostenible. A la vez que no tenía otra alternativa que defenderse violentamente, ha insertado esa defensa en una práctica más general en la que también había formas de lucha no violenta, pacíficas y de boicot activo y pasivo, de desobediencia civil, de obstrucción social de la mecánica del poder, de agitación cotidiana mediante la voz y la palabra, así como de una ágil escala de formas de resistencia activa, de grados de sabotaje y de autodefensa.

    La violencia revolucionaria, en cualquiera de sus formas, es sólo una táctica que se inserta en una estrategia más amplia, de modo que dicha táctica puede y debe paralizarse cuando se hayan conquistado derechos cualitativos, no formales ni huecos, que permitan la libre acción política en las mismas condiciones de que disfruta la clase burguesa. Este criterio debe ser aplicado sobre todo a la forma máxima de la violencia justa y defensiva como es la lucha armada, sea guerrillera o insurreccional, ya que, siendo una necesaria respuesta en un momento concreto, un medio táctico, pasa a ser un obstáculo y un freno para el avance revolucionario cuando se conquistan derechos democráticos elementales. El marxismo define la violencia de respuesta, defensiva, como un mal menor necesario, es decir, como un mal que hay que aplicar para evitar males mayores, innecesarios y cualitativamente más injustos e inmorales porque podrían haberse evitado si se hubiera luchado a tiempo contra la opresión, venciéndola.

    Hemos visto el ejemplo de los métodos de cura aplicados por el médico aun a sabiendas de que producen dolor, son ingratos y desagradables, tienen efectos colaterales no deseados, etcétera, pero siguen siendo desgraciadamente necesarios mientras no exista un mejor sistema de curación que reduzca el dolor inherente al tratamiento, o que sea indoloro. El médico ha de tener siempre extremo cuidado en no excederse ni en la intensidad del dolor ni en su duración, buscando reducir al máximo los efectos no deseados, y suspendiendo al instante el tratamiento cuando éste haya cumplido su objetivo, o cuando se demuestre no efectivo, cuando su prolongación injustificada empeora la vida de la persona enferma, pudiendo llevarla a la muerte. Estos principios básicos resumen el criterio del mal menor necesario, mientras que el mal mayor innecesario es el principio ético supremo de toda minoría opresora que tiene medios adecuados –su Estado y sus fuerzas armadas– para aplicar las diferentes intensidades y formas de las violencias injustas, hasta llegar a su expresión absoluta, el terrorismo, el mal mayor innecesario.

    La burguesía sostiene que sus violencias son moralmente justas porque defienden su civilización, su ley y orden, su justicia. Una gran parte del imperialismo cree en dioses y sostiene que su violencia está justificada por ese dios, y muchos sacerdotes y obispos han colaborado abiertamente con el terrorismo más inhumano, del mismo modo que el Vaticano ha permanecido mudo o ha apoyado implícitamente crueldades capitalistas. Por lo contrario, las clases explotadas y los pueblos oprimidos sostienen que la violencia justa moralmente es la suya, la de quienes se resisten y se enfrentan a la civilización burguesa. Existen, por tanto, dos visiones irreconciliables, opuestas de modo antagónico. Algunos intelectuales burgueses sostienen que no hay modo de decidir cual de las dos posturas enfrentadas tiene razón y que, por ello mismo, hay que permanecer al margen, ser neutral, ser pacifista y confiar en las bondades de la democracia, pese a sus imperfecciones secundarias. Los restantes intelectuales burgueses afirman cínicamente que la razón está en la propiedad privada y que todo ataque al «sacrosanto derecho individual» a la propiedad privada debe ser perseguido sin piedad.

    El marxismo sostiene que solamente el método dialéctico e histórico puede explicar por qué existen dos éticas, dos teorías, dos violencias, dos modelos sociales antagónicos, en suma, el que se sostiene en la propiedad privada y el que lucha por avanzar hacia la propiedad colectiva y comunal, hacia la sociedad comunista. Para la definición del terrorismo, este método es decisivo porque, además de sacar a la luz las contradicciones irreconciliables y las visiones opuestas, también demuestra que existe un criterio objetivo para designar cuál es el modelo social correcto. El criterio objetivo no es otro que la opresión de la mayoría por la minoría, la explotación de la fuerza de trabajo, la reducción de la especie humana a simple instrumento de trabajo, la apropiación del producto del trabajo social y colectivo por una minoría dominante que recurre a sus violencias injustas y al terrorismo cuando ve peligrar su propiedad privada.

    Terrorismos precapitalistas

    El primer terrorismo surgió con la victoria del patriarcado, con la explotación de la mujer y con las violencias que le son inherentes. Las sociedades en las que la división sexual del trabajo correspondía al muy escaso desarrollo de las fuerzas productivas no conocen la opresión de la mujer por el hombre. La especialización en las tareas no responde en estas sociedades a la imposición de un sexo-género, el masculino, sobre el otro, el femenino, sino a las necesidades de supervivencia de los pequeños colectivos que deben maximizar en lo posible sus capacidades productivas. Una serie de cambios globales, desde climáticos hasta el desarrollo de la agricultura, pasando por el aumento de las violencias intergrupales y el aumento del excedente social, en síntesis, van unidos a la explotación de la mujer, que se transforma en un «instrumento de producción» cualitativamente diferente de los demás.

    Las violencias machistas contra las mujeres tienden muy rápidamente al terror físico y psicológico y de aquí al terrorismo, aplicado bien de forma individual bien de forma colectiva. La esclavización de mujeres y su asesinato son prácticas que van creciendo a la vez que se impone la propiedad privada de las fuerzas productivas, y la primera propiedad fue la mujer en cuanto objeto perteneciente al hombre. El sistema patriarcal fue la primera propiedad privada existente y luego se fue adaptando a los sucesivos modos de producción, a las sucesivas formas de propiedad privada que ha habido. Las violencias machistas caen sobre las mujeres cuando los hombres quieren, pero se endurecen cuando éstos comprenden que las mujeres luchan para independizarse, para dejar de ser su propiedad. El terrorismo patriarcal es el último recurso de los hombres para impedir la libertad de las mujeres.

    En el modo de producción del comunismo primitivo, con su propiedad colectiva, las violencias intragrupales no eran equiparables a las existentes en los modos de producción basados en la propiedad privada. Los primeros grupos humanos tenían que cuidar mucho la paz interna para que las tensiones interpersonales no redujeran las escasas fuerzas productivas mediante la muerte, mutilación o discapacitación para el trabajo de algunos de sus miembros. Otro tanto sucedía con las violencias intergrupales, que se regulaban mediante complejos y efectivos sistemas negociadores y de desagravio compensatorio, para evitar en lo posible la merma de la fuerza de trabajo. Esto no quiere decir que no estallasen violencias sangrientas y mortales, pero cuando estallaban no tenían el sentido de las violencias causadas por la propiedad privada aunque llegasen a adquirir una virulencia extrema.

    Los procesos psicológicos de tensión, angustia, miedo y terror existían en estas sociedades comunales y colectivistas porque son procesos vitales para la supervivencia como especie, pero no existían con el contenido social que han adquirido posteriormente, causado por la opresión, la explotación y la dominación. La diferencia cualitativa entre terror y terrorismo, en esta primera fase, radica precisamente en el hecho de que el terrorismo surge cuando un grupo busca la destrucción física de otro, bien para quedarse con sus recursos, bien para impedir que se subleve. La aparición de la propiedad de las tierras, base de la agricultura y del pastoreo a gran escala, exige el terror patriarcal y acelera el surgimiento de la violencia bélica. Con el asentamiento del modo de producción tributario se fusionan estos componentes en uno solo y la crueldad, la maldad y la iniquidad sociales hacen su aparición de la mano de la propiedad privada, del surgimiento de la incipiente economía dineraria y mercantil, del valor de cambio y de la mentalidad individualista y egoísta que le son consustanciales.

    En el modo de producción tributario el terror y el terrorismo son prácticas recurrentes aplicadas por las minorías propietarias para aumentar su poder y sus riquezas y mantener a sus mayorías trabajadoras en la pasividad sumisa, pero también para explotar a otros pueblos, imponerles duros tributos, esclavizarlos o saquearlos sin piedad. Existían formas no materiales de violencia que facilitaban estos objetivos, como las religiones y la violencia simbólica y cultural, etcétera, destinados a justificar la explotación, pero las violencias materiales y el terror-terrorismo eran ya el recurso directo más efectivo del poder cuando sus privilegios eran amenazados seriamente. La guerra en el sentido moderno empieza a surgir en esta época aunque no desarrollará toda su letalidad hasta el modo de producción esclavista. Del mismo modo, las resistencias de las clases explotadas son de una violencia desconocida en el modo comunista primitivo, pero diferente a las violencias defensivas posteriores, de los esclavos, campesinos y siervos, y sobre todo muy diferentes a las obreras.

    De todos los Estados tributarios, el asirio fue el que más avanzó en la mercantilización de la guerra, desarrollando un efectivo «terror calculado» que superó con creces a otros Estados e imperios, como el egipcio, el chino, el indio, el maya, el azteca, el inca y otros. Y aunque las clases y los pueblos explotados se defendían con una violencia desesperada, ésta nunca llegó al grado de terrorismo porque era una violencia de respuesta justa, de resistencia a la opresión. Tales violencias buscaban causar el mayor dolor, terror y mortandad en los opresores, pero no era terrorismo sino sólo en los casos en los que, tras liberarse de la opresión, pasaban a convertirse a su vez en nuevos opresores, en nuevos invasores, cambio cualitativo muy frecuente. Hubo guerras sociales y nacionales tributarias que fueron justas y defensivas pero a la vez injustas y opresoras. Solamente el método dialéctico y el concepto de modo de producción nos explican estas contradicciones históricas. El terrorismo tributario llegó a grados extremos de brutalidad exterminadora pero siempre dentro de los límites objetivos insalvables marcados por la síntesis y matriz sociales correspondientes a aquellas civilizaciones.

    El modo de producción esclavista creó la guerra en su sentido moderno, y con ella avanzó un paso decisivo para la ulterior aparición del terrorismo capitalista. La fusión entre explotación esclavista y expansión mercantil fue la base de la guerra moderna, del arte militar inseparable de la tecnociencia esclavista, y de su cultura filosófica, estética y ética. Los bellos logros de la civilización grecorromana se basaron, en última instancia, en el terrorismo esclavista. La mentalidad mercantil de esta civilización exigía una violencia bélica total, aplastante, rápida y directa, inseparable de la lógica del capital comercial y financiero tal como existía en este modo de producción. Incluso la guerra sirvió para la aparición embrionaria de una característica esencial del capitalismo: el salario, que era originariamente el pedazo de sal que se entregaba a los legionarios romanos, y que luego se transformó en su sueldo, en su salario, aunque en el esclavismo no podía existir y de hecho no existió el concepto de trabajo asalariado en su forma jurídica y contractual burguesa.

    La limitación insalvable del terrorismo esclavista, sanguinario en extremo, nace de la ausencia objetiva del trabajo asalariado, aunque el salario funcionara embrionariamente en el ejército romano. La disciplina, la racionalidad técnica, el ahorro de tiempo y energía, la planificación estratégica y otras virtudes de la civilización burguesa existían ya en la guerra esclavista, pero no en la esencia de este modo de producción. Por esto mismo, el terrorismo esclavista llegó a grados superiores a los del terrorismo tributario cuando era practicado por los ejércitos, pero su efectividad económica última se colapsó precisamente por su incapacidad para reproducir las bases del esclavismo, desapareció no tanto por las invasiones exteriores cuanto por su agotamiento interno. Las sublevaciones de los pueblos y de las masas esclavas y campesinas explotadas fueron también violentísimas, no dudando en aplicar el terror sobre las asesinas clases oligarcas y senatoriales, pero carecían de un proyecto alternativo de sociedad excepto algunas utopías, aunque sí el de volver a sus países de origen o expulsar a los invasores, y, al igual que sucedió en el modo tributario, también se dieron casos de luchas liberadoras que se convirtieron en opresoras.

    El modo de producción feudal siguió con las pautas del terrorismo precapitalista, con la salvedad de que el Estado, decisivo para su práctica, perdió efectividad planificadora hasta la aparición del absolutismo. Al igual que los dos modos precedentes, el feudal también estaba militarizado y aunque el arte de la guerra sufrió un retroceso en su calidad llegó a alcanzar puntos de violencia criminal tan atroces como los anteriores. La inseguridad, el miedo y el terror también eran consustanciales al medioevo excepto en pequeños lugares y cortos períodos de tiempo, porque la forma de apropiación del excedente social por parte de la nobleza era la violencia directa cuando fallaban las formas previas. El terrorismo religioso jugaba un papel central aunque las gentes crearon métodos de controlar el miedo, lo que obligaba a los poderes establecidos a reactivar o innovar sus violencias físicas y morales, o a aplicar niveles altos de violencia en la represión de herejías, revueltas, sublevaciones y guerras de resistencia nacional medieval.

    La economía mercantil empezó a recuperarse desde el siglo XII y con ella las ciudades y la burguesía fueron adquiriendo poder en pugna creciente con la clase feudal. Allí donde las contradicciones sociales llegaban a su irreconciliabilidad absoluta, el poder medieval recurría a la guerra santa, a la cruzada exterminadora arrasando todo lo que encontraba a su paso. Dado que todavía no se había desarrollado la mentalidad burguesa, los poderes establecidos eran capaces de mantener largos períodos de guerra intermitente en extensas áreas, guerras en las que el terrorismo lo sufrían las masas trabajadoras mientras que las minorías propietarias se libraban en la mayoría de los casos. Incluso cuando los nobles eran hechos prisioneros en las batallas salvaban sus vidas para quedar libres tras un rescate, mientras que la tropa era exterminada en la mayoría de los casos. Al igual que las rebeliones sociales en los modos tributario y esclavista, en el medieval tampoco tenían un proyecto social alternativo si bien sí disponían de más utopías justicialistas, milenaristas y heréticas. Al final del medioevo la violencia generalizada auguraba el inicio de la transición al poder burgués.

    Terrorismo capitalista

    El terrorismo capitalista se diferencia de los anteriores por un hecho nuevo: se enfrenta a un modelo social alternativo irreconciliable y consciente de su antagonismo frontal, el comunismo. Por primera vez en la historia, la humanidad está en disposición de guiar conscientemente su autogénesis, pero choca frontalmente con la civilización burguesa, la más violenta de todas las civilizaciones. Los terrorismos anteriores, tributario, clasista y medieval, y el patriarcal recorriéndolos y adaptándose a sus exigencias, tenían la ventaja de que las masas explotadas sobrantes que había que exterminar carecían de una alternativa concreta, eran utópicas al máximo, lo que reducía grandemente su peligrosidad histórica, aunque su peligrosidad puntual fuera muy alta en cada estallido concreto. Podían asaltar templos, almacenes, palacios y castillos, degollar a los propietarios y explotadores, pero tras sus victorias, si vencían, el orden social opresor se recuperaba más o menos pronto según los casos, tal vez con algunas reformas puntuales, pero sin cambiar su esencia. La hermosa pero trágica historia de las heroicas sublevaciones campesinas chinas así lo confirma, por citar un solo ejemplo.

    El terrorismo capitalista es consciente de que debe exterminar o de que será él el que desaparezca de la historia. Los terrorismos anteriores se creían eternos y tenían razones para creerlo porque no existía una alternativa revolucionaria, y desaparecieron cuando se agotaron sus bases de existencia o cuando toparon con otra violencia más destructiva, la burguesa. Pero la civilización del capital sabe que solamente desaparecerá gracias a la política organizada de la revolución socialista, y sabe que ésta desea y necesita vencerle. Es por esto que el terrorismo burgués asume premeditadamente que debe extender la devastación y el caos como garantía de supervivencia. Sabe que el futuro de la civilización que representa depende de su efectividad exterminadora. Semejante visión es parte del proceso del capital como relación social, de la inevitabilidad de sus crisis económicas y de la urgencia creciente de la burguesía por impedir que las crisis político-económicas se transformen en revoluciones socialistas dirigidas hacia el comunismo.

    El terrorismo capitalista busca cortar de raíz la transformación de la crisis económica en revolución socialista, lo que hace que su objetivo esencial sea el aniquilamiento físico de la conciencia revolucionaria materializada en fuerza política, teórica y ética, mientras que los terrorismos precapitalistas buscaban solamente el exterminio físico de la utopía. La diferencia es sustantiva y refleja la peculiaridad única de la civilización del capital: la mercancía como síntesis y matriz sociales. El comunismo es enemigo absoluto de la mercancía, y por eso hay que exterminar al comunismo. No importan los medios para lograrlo sino el fin, que los justifica todos, sin excepción alguna. Más explícitamente, el fin, la victoria de la mercancía y de la propiedad privada, exige más y más atrocidades, mejores métodos de exterminio y, sobre todo, hace de su diseño y fabricación un negocio más, el de producir industrialmente nuevas mercancías destinadas al mercado inagotable del terrorismo y de las guerras. Es el tercer sector del capitalismo: el de producción de bienes de destrucción, un sector que lleva la irracionalidad global de este sistema a niveles cualitativamente superiores a los alcanzados por los modos precapitalistas.

    El terrorismo capitalista es la expresión más plena de la frágil racionalidad parcial que puede lograr este modo de producción esencialmente irracional. Todo terrorismo es racional porque de lo contrario su efectividad sería nula cuando lo que precisamente busca es la máxima efectividad destructiva, pero la racionalidad del terrorismo burgués se aplica para asegurar la mayor irracionalidad social existente en la historia humana, la capitalista. Del mismo modo en que cada capitalista individual intenta ser racional en la explotación de sus trabajadores, el terrorismo de su clase aplica la máxima racionalidad de la que es capaz, aunque ambas, la del empresario y la del terror, se subsuman de inmediato en la irracionalidad estructural del capitalismo. La irracionalidad global necesita para sobrevivir de la racionalidad parcial. Todo sistema explotador es irracional en su esencia por cuanto inhumano, pero todos ellos han creado instrumentos racionales para continuar existiendo mediante el terror cuando han fallado las medidas previas, desde el opio religioso hasta las represiones parciales. Pero la civilización capitalista tiene el inhumano mérito de haber industrializado el miedo, el terror y la guerra para maximizar su ganancia.

    Por tanto, concluyendo, las masas explotadas pueden estallar y estallan en actos incontrolados de terror contra los explotadores, pero no de terrorismo. La violencia defensiva busca vencer al opresor y al invasor mediante la muerte y el miedo, mediante el denominado terror rojo en cuanto mal menor necesario para evitar el mal mayor innecesario de la opresión, pero no aplica el terrorismo. La diferencia de fondo, esencial, radica en la propiedad privada. Es sobre ella desde donde se construyen las fuerzas destructivas y las justificaciones ideológicas y éticas destinadas a perpetuar su existencia, lo que hace que el proceso represivo que va de la simple advertencia amenazante al terrorismo más sanguinario sea permanente y que esté, también, inserto en la mecánica de acumulación del capital. La civilización burguesa, como síntesis social del modo de producción capitalista, se basa en la coerción sorda de la explotación asalariada, y cuando la coerción sorda no logra detener la lucha de clases, la coerción adquiere el ruido de las ametralladoras y de los cañones. La crítica del terrorismo es por tanto la crítica del capital y viceversa, crítica sostenida mediante una argumentación teórica que integra lo político, lo económico, lo ético, lo cultural, etcétera, desde la historicidad de la explotación de la mayoría por la minoría. La mayoría no necesita del terrorismo para emanciparse, y cuando no tiene más remedio que rebelarse violentamente lo hace para instaurar un sistema no explotador, no basado en las múltiples formas de la coerción burguesa, desde las sordas hasta las terroristas.

    Carlos Tupac

    2009

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