«Si eres tan inte­li­gen­te, ¿por qué no eres rico?»

«Marx era, ante todo, un revo­lu­cio­na­rio. La ver­da­de­ra misión de su vida, era coope­rar en el derro­ca­mien­to de la socie­dad capi­ta­lis­ta y de las ins­ti­tu­cio­nes polí­ti­cas crea­das por ella, y con­tri­buir a la eman­ci­pa­ción del pro­le­ta­ria­do moderno» (Engels, 1883). ¿Podría­mos hoy decir lo mis­mo de los eco­no­mis­tas mar­xis­tas? ¿Que son revo­lu­cio­na­rios cuya ver­da­de­ra misión es coope­rar en el derro­ca­mien­to del capitalismo?

Los eco­no­mis­tas mar­xis­tas se enor­gu­lle­cen de com­pren­der mejor al capi­ta­lis­mo que los no mar­xis­tas. Ellos no estu­dian la for­ma en que la con­duc­ta de los indi­vi­duos tien­de a gene­rar el mejor de los mun­dos posi­bles, y de qué for­ma la inter­ac­ción de esas con­duc­tas en el mer­ca­do los pre­mia o no. Tam­po­co ana­li­zan a las cri­sis eco­nó­mi­cas como acci­den­tes (o resul­ta­dos de algu­na con­duc­ta indi­vi­dual per­ver­sa). No ven al capi­ta­lis­mo como al fin de la his­to­ria, sino como un sis­te­ma basa­do sobre la explo­ta­ción de los tra­ba­ja­do­res, un sis­te­ma que tien­de a des­truir las fuen­tes ori­gi­na­les de la rique­za (los seres huma­nos y la natu­ra­le­za) y que tie­ne una ten­den­cia intrín­se­ca a gene­rar las crisis.

La eco­no­mía mar­xia­na es una ver­sión de la teo­ría de los sis­te­mas, y se pre­gun­ta: ¿cuál es la natu­ra­le­za de este sis­te­ma par­ti­cu­lar, cómo se repro­du­ce y cómo no se repro­du­ce? Y en par­ti­cu­lar, como dijo Engels, ¿cómo con­tri­bui­mos al derro­ca­mien­to de la socie­dad capi­ta­lis­ta y a la libe­ra­ción del pro­le­ta­ria­do? Si estas son las pre­gun­tas impor­tan­tes, ¿por qué los eco­no­mis­tas mar­xis­tas lo hacen de una for­ma tan pobre para lograr estos obje­ti­vos? En nues­tra opi­nión, su fra­ca­so en ofre­cer «alter­na­ti­vas per­sua­si­vas» al neo­li­be­ra­lis­mo y a la eco­no­mía neo­clá­si­ca que lo res­pal­da no se debe a su exclu­sión de los medios capi­ta­lis­tas de difu­sión masi­vos o a su mar­gi­na­ción, si no su com­ple­ta exclu­sión, de las cáte­dras de eco­no­mía que for­man a las nue­vas gene­ra­cio­nes para ganar pro­sé­li­tos de la lógi­ca del capi­tal. Nos incli­na­mos por otra expli­ca­ción para la irre­le­van­cia de lo que se sue­le lla­mar la eco­no­mía mar­xia­na en medio de esta gra­ve cri­sis mun­dial, que no es del capi­tal, sino de los seres huma­nos y la natu­ra­le­za, están sien­do des­trui­dos por el capital.

Los dis­cí­pu­los y la dege­ne­ra­ción teórica

A juz­gar por sus preo­cu­pa­cio­nes, una expli­ca­ción para dicha irre­le­van­cia sería que se com­por­tan como dis­cí­pu­los, o sea, una espe­cie de segui­do­res de un pen­sa­dor, que sue­len con­tri­buir a la dege­ne­ra­ción de su teo­ría. En un comen­ta­rio sobre los dis­cí­pu­los de Hegel y Ricar­do, Marx afir­ma­ba que la desin­te­gra­ción de una teo­ría comien­za cuan­do los dis­cí­pu­los se sien­ten obli­ga­dos a «expli­car» la «rela­ción a menu­do para­dó­ji­ca de esta teo­ría con la reali­dad»; que comien­za cuan­do con un «empi­ris­mo cra­so», «con fra­ses dichas en for­ma esco­lás­ti­ca», y «median­te astu­tos argu­men­tos», «se esfuer­zan peno­sa­men­te por demos­trar» que la reali­dad coin­ci­de con la teo­ría que pre­ten­den defen­der. Enton­ces, la teo­ría comien­za a desin­te­grar­se cuan­do su pun­to de par­ti­da ya «no es más la reali­dad, sino la nue­va for­ma teó­ri­ca en que el maes­tro la había subli­ma­do» (Marx, 1974: I, 76 y II, 84 – 5). ¿Quién podría negar la mag­ni­tud con la que los eco­no­mis­tas auto­de­no­mi­na­dos mar­xis­tas gas­tan su tiem­po tra­tan­do de dar la razón a Marx? En esos empe­ños, ¿quién podría negar la pre­sen­cia de un «empi­ris­mo cra­so», fra­ses esco­lás­ti­cas, y «argu­men­tos astu­tos» cuyo ver­da­de­ro pun­to de refe­ren­cia es la pro­pia teo­ría, más que la reali­dad concreta?

El enfo­que de los eco­no­mis­tas mar­xis­tas no sólo ase­gu­ra la irre­le­van­cia de su teo­ría en una épo­ca en la que ésta debe­ría estar en el cen­tro de las dis­cu­sio­nes (como suce­de con los recien­tes estu­dios sobre la des­igual­dad), sino que con­tri­bu­ye a su estan­ca­mien­to. Pues cuan­do lo impor­tan­te es defen­der esa teo­ría, es una here­jía cues­tio­nar sus pre­mi­sas y supues­tos, aun­que el pro­pio Marx tam­bién las haya cues­tio­na­do en su momento.

Aquí hablo como uno de esos here­jes. Tra­ta­re­mos de iden­ti­fi­car algu­nos de los pro­ble­mas que vemos en la doc­tri­na tra­di­cio­nal de la eco­no­mía mar­xis­ta. ¿Cuán­to tiem­po y ener­gía han gas­ta­do los eco­no­mis­tas mar­xis­tas bus­can­do una «solu­ción correc­ta» para el deno­mi­na­do «pro­ble­ma de la trans­for­ma­ción»; una ver­da­de­ra pér­di­da de tiem­po y ener­gía, dado que Marx des­cri­bió cla­ra­men­te a los pre­cios como la mera for­ma del valor, a las ganan­cias como la for­ma de la plus­va­lía, y a la tasa de ganan­cia como la for­ma de la tasa de plus­va­lía? Pen­se­mos tam­bién en cuán­to tiem­po han gas­ta­do los eco­no­mis­tas mar­xis­tas dis­cu­tien­do sobre la inexo­ra­ble caí­da de la tasa de ganan­cia, cuan­do Marx indi­có tan cla­ra­men­te que el cur­so de la tasa de ganan­cia depen­día de las tasas rela­ti­vas del cam­bio de pro­duc­ti­vi­dad en los Depar­ta­men­tos I y II de la eco­no­mía. O con­si­de­re­mos todas las dis­cu­sio­nes sobre el desa­rro­llo de la plus­va­lía rela­ti­va, que olvi­dan que la afir­ma­ción de que el capi­tal se bene­fi­cia de los aumen­tos de pro­duc­ti­vi­dad se basa en una hipó­te­sis, a saber, que los tra­ba­ja­do­res no pue­den hacer­lo debi­do a que el patrón de sus nece­si­da­des está fija­do para un deter­mi­na­do país y una deter­mi­na­da épo­ca, una hipó­te­sis que Marx inten­tó lue­go de fle­xi­bi­li­zar en su libro iné­di­to sobre el Tra­ba­jo Asa­la­ria­do. Como he argu­men­ta­do en mi libro, Más allá de El capi­tal, cuan­do se eli­mi­na esa res­tric­ción, enton­ces el efec­to del aumen­to de pro­duc­ti­vi­dad, a igual­dad de con­di­cio­nes, es el aumen­to de los sala­rios reales (Lebo­witz, 2005: 171, 172). 

Por supues­to, si vamos a hablar de los ava­ta­res de la doc­tri­na tra­di­cio­nal de la eco­no­mía mar­xia­na, sería un des­cui­do por nues­tra par­te no men­cio­nar a la ley del valor, la que en esta doc­tri­na tra­di­cio­nal equi­va­le a la deter­mi­na­ción ricar­dia­na de los pre­cios rela­ti­vos de acuer­do a las can­ti­da­des de tra­ba­jo con­cre­to. Marx había recha­za­do com­ple­ta­men­te esta idea pre-mar­xia­na e insis­tió en afir­mar que al desa­rro­llar el con­cep­to del tra­ba­jo social homo­gé­neo y abs­trac­to, que sólo se mani­fies­ta como dine­ro, había resuel­to un enig­ma que ni siquie­ra había sido plan­tea­do por la eco­no­mía polí­ti­ca clásica.

Debi­do a la incom­pren­sión de esa dis­tin­ción esen­cial, toda­vía con­ti­núan los con­ju­ros y genu­fle­xio­nes ante este pilar de la eco­no­mía mar­xia­na tra­di­cio­nal, que es la ley del valor basa­do en el tra­ba­jo con­cre­to, olvi­dan­do que Marx ya había indi­ca­do en 1868 (en res­pues­ta a las crí­ti­cas de su dis­cu­sión del valor) que su dis­cu­sión del valor es sim­ple­men­te sobre la «nece­si­dad de la dis­tri­bu­ción del tra­ba­jo social en pro­por­cio­nes espe­cí­fi­cas» y, en par­ti­cu­lar, sobre cómo asig­na una socie­dad su tra­ba­jo entre acti­vi­da­des cuan­do no hay una mano visi­ble (Marx, 1987: 206 – 207). Todos debe­ría­mos saber, en con­se­cuen­cia, que la ley del valor es acer­ca de la mano invi­si­ble, o sea, la for­ma en que una socie­dad pro­duc­to­ra de mer­can­cías asig­na el tra­ba­jo con­te­ni­do en las mer­can­cías. Y por supues­to, todos debe­ría­mos saber que el con­cep­to del valor en Marx no se apli­ca a ese tra­ba­jo que no es asig­na­do por el mer­ca­do y por lo tan­to no está repre­sen­ta­do por el dinero.

Cree­mos haber expli­ca­do por qué con­si­de­ra­mos a gran par­te de la doc­tri­na tra­di­cio­nal como la obra de dis­cí­pu­los que con­tri­bu­yen a la dege­ne­ra­ción de la teo­ría del «maes­tro». Vol­va­mos, sin embar­go, a la cues­tión de las cri­sis capi­ta­lis­tas y su supues­ta rela­ción con la acti­vi­dad revo­lu­cio­na­ria. Se tra­ta de un ver­da­de­ro artícu­lo de fe, que el mis­mo Marx expre­só en artícu­los cor­tos y en su corres­pon­den­cia: jun­to a la cri­sis eco­nó­mi­ca lle­ga­rían las nue­vas opor­tu­ni­da­des para la revo­lu­ción. En con­se­cuen­cia, los eco­no­mis­tas mar­xia­nos se han con­ver­ti­do en gran par­te en los cro­nis­tas de la cri­sis eco­nó­mi­ca capi­ta­lis­ta. ¿Está lle­gan­do? ¿Ha lle­ga­do? ¿Cuán­do lle­gó? ¿Siem­pre ha esta­do aquí? Para quien arri­be con la res­pues­ta correc­ta, es mucho lo que está en jue­go. Pues si pudié­ra­mos hallar la res­pues­ta correc­ta, la tie­rra se abri­ría y tra­ga­ría al capi­ta­lis­mo. Y enton­ces, el gana­dor habría demos­tra­do que él ha con­tri­bui­do al derro­ca­mien­to del capitalismo.

La cla­se obre­ra en el capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma orgánico

Vea­mos aho­ra el tema de El capi­tal de Marx. Hay que reco­no­cer que Marx ana­li­zó al capi­ta­lis­mo como a un sis­te­ma orgá­ni­co; como un sis­te­ma de repro­duc­ción «en el que cada rela­ción eco­nó­mi­ca pre­su­po­ne a la otra bajo la for­ma eco­nó­mi­co-bur­gue­sa, y así cada ele­men­to pues­to es al mis­mo tiem­po supues­to, tal es el caso con todo sis­te­ma orgá­ni­co» (Marx, 1973: 220). Eso es lo que Marx ana­li­zó en los Grun­dris­se, que las pre­mi­sas del capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma orgá­ni­co, el capi­tal y el tra­ba­jo asa­la­ria­do, eran tam­bién sus resultados.

Así, en el capí­tu­lo XXIII del tomo I de El capi­tal, resu­mió su expo­si­ción de los capí­tu­los pre­ce­den­tes expli­can­do que el capi­ta­lis­mo es un sis­te­ma que con­tie­ne en sí mis­mo las con­di­cio­nes para su pro­pia repro­duc­ción, la que, cuan­do es vis­ta «como un todo rela­cio­na­do, y en flu­jo cons­tan­te de su reno­va­ción ince­san­te» es com­pren­di­da como «un pro­ce­so de repro­duc­ción». Y con­clu­yó el capí­tu­lo sub­ra­yan­do que el pro­ce­so capi­ta­lis­ta de pro­duc­ción «pro­du­ce y repro­du­ce la rela­ción capi­ta­lis­ta mis­ma; por un lado el capi­ta­lis­ta, por el otro el asa­la­ria­do». En resu­men, pro­du­cien­do a las pre­mi­sas esen­cia­les del capi­ta­lis­mo (Marx, 1983: 712).

Pero, ¿qué sig­ni­fi­ca decir que estos son resul­ta­dos? En el capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma orgá­ni­co, el capi­tal es el resul­ta­do de la explo­ta­ción de los tra­ba­ja­do­res. En ese sis­te­ma orgá­ni­co, el capi­tal no pro­vie­ne de nin­gún otro lado. Es el resul­ta­do de la domi­na­ción capi­ta­lis­ta de los tra­ba­ja­do­res en la esfe­ra de la pro­duc­ción, de la rea­li­za­ción del plus­va­lor laten­te con­te­ni­do en las mer­can­cías median­te la ven­ta de estas mer­can­cías y del reem­pla­zo y la amplia­ción del capi­tal con­su­mi­do en el pro­ce­so de pro­duc­ción. ¿Qué es el capi­tal? Marx res­pon­de que el capi­tal es el pro­pio pro­duc­to de los tra­ba­ja­do­res que se vuel­ve en con­tra de ellos.

La otra pre­mi­sa de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta es el asa­la­ria­do. Pero es esen­cial com­pren­der que en el capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma orgá­ni­co, los asa­la­ria­dos no caen del cie­lo. Los asa­la­ria­dos son per­so­nas que han sido pro­du­ci­das en el ámbi­to de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas de pro­duc­ción: este segun­do aspec­to, el pro­duc­to humano de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, sub­ya­ce en la denun­cia de Marx al capi­ta­lis­mo. En las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas, los tra­ba­ja­do­res no son sólo explo­ta­dos. Tam­bién son defor­ma­dos. Si olvi­da­mos este segun­do resul­ta­do de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta, como hacen muchos, jamás com­pren­de­re­mos por qué los tra­ba­ja­do­res no se suble­van espon­tá­nea­men­te cuan­do el capi­tal ingre­sa en una de sus muchas crisis.

Con­si­de­re­mos la natu­ra­le­za de los tra­ba­ja­do­res pro­du­ci­dos por el capi­tal. Aun­que el capi­tal desa­rro­lla las fuer­zas pro­duc­ti­vas para lograr su obje­ti­vo pre­con­ce­bi­do (el cre­ci­mien­to de las ganan­cias y el capi­tal), Marx seña­la­ba que «todos los méto­dos para desa­rro­llar la pro­duc­ción» bajo el capi­ta­lis­mo «muti­lan al obre­ro con­vir­tién­do­lo en un hom­bre frac­cio­na­do», lo degra­dan, y lo alie­nan «de las poten­cias inte­lec­tua­les del pro­ce­so de pro­duc­ción y el tra­ba­jo manual» (Marx, 1983: 440, 515 y 804). El capi­tal expli­ca la muti­la­ción, el empo­bre­ci­mien­to, la «atro­fia inte­lec­tual y físi­ca» del obre­ro, con su «ane­xión vita­li­cia y total de un hom­bre a una ope­ra­ción de deta­lle», como suce­de en la divi­sión del tra­ba­jo carac­te­rís­ti­ca del pro­ce­so capi­ta­lis­ta de fabri­ca­ción. Pero, ¿el desa­rro­llo de la maqui­na­ria ter­mi­na­ba con esa atro­fia de los tra­ba­ja­do­res? La res­pues­ta de Marx fue que bajo las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas estos desa­rro­llos com­ple­ta­ban la «sepa­ra­ción de las facul­ta­des inte­lec­tua­les del pro­ce­so de pro­duc­ción y el tra­ba­jo manual», el pen­sar y el hacer se sepa­ran y se vuel­ven mutua­men­te hos­ti­les, y «con­fis­can toda acti­vi­dad libre, físi­ca e inte­lec­tual, del obre­ro» (Marx, 1983: 442, 516, y 589).

En el capi­ta­lis­mo se pro­du­ce un deter­mi­na­do tipo de per­so­na. La pro­duc­ción en el ámbi­to de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas es lo que Marx deno­mi­nó un pro­ce­so de un «vacia­mien­to pleno», una «ena­je­na­ción total», y «el sacri­fi­cio del obje­ti­vo pro­pio fren­te a un obje­ti­vo com­ple­ta­men­te externo» (Marx, 1973: 448). ¿Con qué otra cosa pode­mos lle­nar el vacío, sino es con dine­ro, la ver­da­de­ra nece­si­dad que crea el capi­ta­lis­mo? Lle­na­mos el vacío de nues­tras vidas con cosas; nues­tro impe­ra­ti­vo es con­su­mir. Así, ade­más de pro­du­cir mer­can­cías y al mis­mo capi­tal, el capi­ta­lis­mo pro­du­ce un ser humano frag­men­ta­do, muti­la­do, cuyo gozo con­sis­te en poseer y con­su­mir cosas; más y más cosas. En el capi­ta­lis­mo, el con­su­mis­mo no es un acci­den­te. El capi­tal gene­ra cons­tan­te­men­te nue­vas nece­si­da­des para los tra­ba­ja­do­res y sobre este hecho, seña­ló Marx, «se basa el poder actual del capi­tal». Cada nue­va nece­si­dad de mer­can­cías capi­ta­lis­tas es un nue­vo esla­bón en la cade­na dora­da que une a los tra­ba­ja­do­res con el capi­tal (Marx, 1973: 230).

¿Es posi­ble, enton­ces, que las per­so­nas pro­du­ci­das en el capi­ta­lis­mo pue­dan com­pren­der espon­tá­nea­men­te la natu­ra­le­za de este sis­te­ma des­truc­ti­vo? No. La ten­den­cia intrín­se­ca del capi­tal es pro­du­cir per­so­nas que pien­san que no hay alter­na­ti­vas. Marx expli­có en for­ma ter­mi­nan­te e ine­quí­vo­ca que el capi­tal, mien­tras se desa­rro­lla, tien­de a pro­du­cir la cla­se obre­ra que nece­si­ta, obre­ros que tra­tan al capi­ta­lis­mo como algo que for­ma par­te del sen­ti­do común: «En el trans­cur­so de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta se desa­rro­lla una cla­se tra­ba­ja­do­ra que, por edu­ca­ción, tra­di­ción y hábi­to reco­no­ce las exi­gen­cias de ese modo de pro­duc­ción como leyes natu­ra­les, evi­den­tes por sí mis­mas. La orga­ni­za­ción del pro­ce­so capi­ta­lis­ta de pro­duc­ción desa­rro­lla­do que­bran­ta toda resis­ten­cia» (Marx, 1983: 922).

El capi­tal, al gene­rar a un ejér­ci­to de reser­va de los des­ocu­pa­dos «pone su sello a la domi­na­ción del capi­ta­lis­ta sobre el obre­ro» (Marx, 1983: 922). De esa mane­ra «la osci­la­ción de los sala­rios que­da con­fi­na­da den­tro de lími­tes ade­cua­dos a la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta y final­men­te se afian­za la tan impres­cin­di­ble depen­den­cia social del tra­ba­ja­dor res­pec­to del capi­ta­lis­ta» (Marx, 1983: 960 – 961). El capi­ta­lis­ta pue­de apo­yar­se en «la depen­den­cia en que el obre­ro se encuen­tra con res­pec­to al capi­tal, que sur­ge de las con­di­cio­nes de pro­duc­ción mis­mas y es garan­ti­za­da y per­pe­tua­da por éstas» (Marx, 1983: 899).

Enton­ces, en la obra teó­ri­ca de Marx ¿adón­de se habla de las cri­sis que tien­den a pro­du­cir una situa­ción revo­lu­cio­na­ria? Más bien, ¿no está afir­man­do Marx que el capi­ta­lis­mo «una vez que está desa­rro­lla­do», «que­bran­ta toda resis­ten­cia»? La des­ocu­pa­ción, ¿no ase­gu­ra la depen­den­cia social del obre­ro con res­pec­to al capi­tal? Cuan­do ana­li­za­mos la par­te del tra­ba­ja­dor, la natu­ra­le­za del tra­ba­ja­dor que es el pro­duc­to del capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma, orgá­ni­co, ¿no es evi­den­te en El capi­tal que, más que ten­der a un esta­lli­do revo­lu­cio­na­rio, la cri­sis capi­ta­lis­ta debi­li­ta a los tra­ba­ja­do­res y sus organizaciones?

De aquí, pare­cen dedu­cir­se otras dos con­clu­sio­nes. La pri­me­ra es que la resis­ten­cia de los tra­ba­ja­do­res (esa resis­ten­cia que se que­bran­ta cuan­do el capi­tal está ple­na­men­te desa­rro­lla­do) es pro­ba­ble­men­te más fuer­te antes que el capi­ta­lis­mo sea un sis­te­ma orgá­ni­co, o sea, antes que el capi­ta­lis­mo haya logra­do crear a la cla­se obre­ra que nece­si­ta como una pre­mi­sa. Por lo tan­to, se podría espe­rar a ver un mayor acti­vis­mo obre­ro en los paí­ses capi­ta­lis­tas menos desa­rro­lla­dos y emer­gen­tes, cuan­do los tra­ba­ja­do­res toda­vía resis­ten la muti­la­ción y la defor­ma­ción que trae con­si­go la ver­da­de­ra subor­di­na­ción al capital.

Una segun­da con­clu­sión sería que la resis­ten­cia obre­ra es pro­ba­ble­men­te mayor en los perío­dos de auge capi­ta­lis­ta, o sea, cuan­do el ejér­ci­to de reser­va no jue­ga el papel que le han asig­na­do. Como afir­ma­ba Michal Kalec­ki en 1943, en su clá­si­co ensa­yo sobre los Aspec­tos polí­ti­cos del pleno empleo, en un perío­do de pleno empleo, la dis­ci­pli­na en los luga­res de tra­ba­jo y la esta­bi­li­dad polí­ti­ca decli­nan por­que los tra­ba­ja­do­res tien­den a «des­con­tro­lar­se»: «En ver­dad, bajo un régi­men de pleno empleo a tiem­po com­ple­to, “el des­pi­do” deja­ría de jugar su papel de medi­da dis­ci­pli­na­ria. Se soca­va­ría la posi­ción social del patrón y cre­ce­rían la con­fian­za en sí mis­ma y la cons­cien­cia de cla­se de la cla­se obre­ra» (Kalec­ki, 1972: 78 y 82).

Agre­gue­mos a estas con­clu­sio­nes algu­nos acon­te­ci­mien­tos más recien­tes: la for­ma en que el capi­ta­lis­mo glo­ba­li­za­do, en lugar de con­cen­trar a los obre­ros en deter­mi­na­dos luga­res de tra­ba­jo, tien­de a des-cen­tra­li­zar, des-unir, y des-orga­ni­zar a los tra­ba­ja­do­res, y la for­ma en la que la pre­sión cons­tan­te de las deu­das con­traí­das por los con­su­mos afec­ta a la mili­tan­cia de los tra­ba­ja­do­res. La suma de todo esto sugie­re que las pers­pec­ti­vas de una alter­na­ti­va socia­lis­ta cuan­do el capi­ta­lis­mo está ple­na­men­te desa­rro­lla­do no son muy altas. ¿Es inevi­ta­ble esta som­bría conclusión?

Par­tir de y supe­rar la eco­no­mía moral de la cla­se obrera

En gran par­te de nues­tra obra, hemos tra­ta­do de demos­trar que El capi­tal de Marx nos ofre­ce una pode­ro­sa res­pues­ta a la pre­gun­ta de qué es el capi­tal, pero que de hecho no con­si­de­ra al capi­ta­lis­mo como un todo (o no desa­rro­lla ple­na­men­te al capi­ta­lis­mo como un sis­te­ma orgá­ni­co). No lo hace por­que no desa­rro­lla la par­te de los tra­ba­ja­do­res como suje­tos, suje­tos que luchan por sus pro­pios obje­ti­vos. Ese obje­ti­vo es al que Marx se refe­ría en El capi­tal cuan­do habla­ba de «las nece­si­da­des de desa­rro­llo del tra­ba­ja­dor». En ver­dad, la uni­la­te­ra­li­dad de El capi­tal es más obvia cuan­do admi­ti­mos que no exa­mi­na las luchas sala­ria­les (exclui­das por la pre­sun­ción de una cons­tan­te inmu­ta­ble de las nece­si­da­des) ni la exi­gen­cia esen­cial del capi­tal (cuan­do fle­xi­bi­li­za­mos esa pre­sun­ción) de divi­dir y sepa­rar a los tra­ba­ja­do­res para lograr aumen­tar el plus­va­lor relativo.

Cuan­do nos con­cen­tra­mos sobre la par­te de los tra­ba­ja­do­res, des­cu­bri­mos que estos son algo más que sim­ple­men­te los pro­duc­tos y resul­ta­dos del capi­tal. Su rela­ción espe­cí­fi­ca con el capi­tal en el ámbi­to de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas de pro­duc­ción no ago­ta su natu­ra­le­za. Viven den­tro de muchas otras rela­cio­nes –fami­lias, comu­ni­da­des, nacio­nes– e inter­ac­túan con otros tra­ba­ja­do­res. A tra­vés de sus acti­vi­da­des den­tro de estas rela­cio­nes, a tra­vés de todas sus luchas para satis­fa­cer sus nece­si­da­des de desa­rro­llo, ellos se crean a sí mismos.

Cier­ta­men­te, el lugar de los tra­ba­ja­do­res en el ámbi­to de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas de pro­duc­ción es deci­si­vo por la for­ma en que su acti­vi­dad den­tro de esa rela­ción los con­fi­gu­ra y los defor­ma. Sin embar­go, el tra­ba­ja­dor expe­ri­men­ta esa rela­ción en for­ma dife­ren­te a como lo hace el capi­ta­lis­ta. Mien­tras que para el capi­ta­lis­ta, la explo­ta­ción, que él con­ci­be como la uti­li­za­ción lucra­ti­va del tra­ba­ja­dor, es esen­cial para su exis­ten­cia como capi­ta­lis­ta, el tra­ba­ja­dor sufre la explo­ta­ción como un ingre­so inade­cua­do en rela­ción a sus nece­si­da­des y con­si­de­ra a esa des­igual­dad resul­tan­te como injus­ta e inequi­ta­ti­va. Aná­lo­ga­men­te, mien­tras que para el capi­ta­lis­ta son razo­na­bles la dis­ci­pli­na y la orga­ni­za­ción ver­ti­cal en el lugar del tra­ba­jo, para el tra­ba­ja­dor es des­po­tis­mo y fal­ta de liber­tad, y quie­re redu­cir la dura­ción y la inten­si­dad de su jor­na­da labo­ral a un míni­mo absoluto.

«Un sala­rio dia­rio jus­to por cada día de tra­ba­jo», una dis­tri­bu­ción equi­ta­ti­va del ingre­so, el tiem­po y la ener­gía para uno mis­mo; estas son las for­mas que toman «las nece­si­da­des de desa­rro­llo del tra­ba­ja­dor». Y esa nece­si­dad del desa­rro­llo humano –cuya satis­fac­ción impi­de en for­ma tan cla­ra el capi­tal– va mucho más allá de lo que suce­de en los luga­res de tra­ba­jo. De hecho, va más allá de una deter­mi­na­da rela­ción direc­ta con el capi­tal. Sus hue­llas pue­den hallar­se, por ejem­plo en deter­mi­na­das nor­mas sobre la salud (inclu­yen­do la exi­gen­cia de un ambien­te sano), la edu­ca­ción, y la vivien­da, que son con­si­de­ra­das nor­mas jus­tas y equitativas.

Todas estas nor­mas cons­ti­tu­yen la eco­no­mía moral de la cla­se obre­ra. Los tra­ba­ja­do­res tien­den a luchar indi­vi­dual o colec­ti­va­men­te con­tra lo que per­ci­ben como vio­la­cio­nes de esas nor­mas tra­di­cio­na­les de jus­ti­cia y equi­dad. O sea, los tra­ba­ja­do­res luchan. Pero lo hacen den­tro de cier­tos lími­tes: mien­tras con­si­de­ran a las exi­gen­cias del capi­tal como «leyes natu­ra­les, evi­den­tes por sí mis­mas», cuan­do se enfren­tan con las cri­sis capi­ta­lis­tas, tar­de o tem­prano actua­rán para ase­gu­rar las con­di­cio­nes nece­sa­rias para la repro­duc­ción amplia­da del capi­tal. No obs­tan­te, en la medi­da en que ellos luchan, los tra­ba­ja­do­res se crean en for­ma dife­ren­te; como indi­ca­ba Marx, evi­tan «con­ver­tir­se en ele­men­tos de pro­duc­ción apá­ti­cos, incons­cien­tes, más o menos bien ali­men­ta­dos». Así, las luchas de los tra­ba­ja­do­res basa­das en su sen­ti­do de jus­ti­cia tam­bién son una par­te esen­cial de la crea­ción de los tra­ba­ja­do­res que enfren­tan al capi­tal. Ellos son el resul­ta­do de algo más que sólo la par­te del capital.

Como hemos sos­te­ni­do en un recien­te artícu­lo sobre «la equi­dad» en Stu­dies in Poli­ti­cal Eco­nomy, el pun­to de refe­ren­cia de la eco­no­mía moral es el pasa­do; sus luchas tien­den a ser defen­si­vas (Lebo­witz, 2013). Cuan­do los tra­ba­ja­do­res luchan con­tra la aus­te­ri­dad y la polí­ti­ca eco­nó­mi­ca neo­li­be­ral, su con­cep­to de «equi­dad» pue­de impli­car la espe­ran­za de vol­ver a los días de un capi­ta­lis­mo «bueno». La base de su acti­vi­dad espon­tá­nea, la eco­no­mía moral de la cla­se obre­ra, no pro­fun­di­za más allá de la super­fi­cie y, no pue­de iden­ti­fi­car lo que sub­ya­ce bajo esa política.

Sin embar­go, que reco­noz­ca­mos las limi­ta­cio­nes de la eco­no­mía moral no sig­ni­fi­ca que deba­mos con­so­lar­nos en cam­bio con el inma­cu­la­do Pro­le­ta­ria­do Abs­trac­to. En lugar de comen­zar con con­cep­tos abs­trac­tos sobre el pro­le­ta­ria­do, el pun­to de par­ti­da debe ser el de los seres huma­nos ver­da­de­ros, con sus deter­mi­na­das ideas. Por lo tan­to, en el artícu­lo de men­cio­na­do­su­ge­ri­mos que para los revo­lu­cio­na­rios que quie­ran poner fin a las estruc­tu­ras de la explo­ta­ción y la defor­ma­ción, es fun­da­men­tal reco­no­cer la impor­tan­cia de la eco­no­mía moral de la cla­se obre­ra, pero para ir más allá de ella, hacia la eco­no­mía polí­ti­ca de la cla­se obrera.

Pues­to que las per­so­nas crea­das en el ámbi­to de las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas tien­den a con­si­de­rar las exi­gen­cias del capi­tal como par­te del sen­ti­do común, las luchas espon­tá­neas enrai­za­das en la eco­no­mía moral jamás logra­rán ir más allá del capi­ta­lis­mo. Por eso una obli­ga­ción de los revo­lu­cio­na­rios es hacer lo que inten­tó Marx; con­cre­ta­men­te, demos­trar cómo estas vio­la­cio­nes de la eco­no­mía moral son intrín­se­cas en la natu­ra­le­za del capi­tal, cómo el capi­ta­lis­mo des­tru­ye a los seres huma­nos y a la natu­ra­le­za, y que las cri­sis que afec­tan las vidas de los tra­ba­ja­do­res no son meros acci­den­tes, y con­ven­cer a los obre­ros a que reem­pla­cen la ban­de­ra con­ser­va­do­ra de la eco­no­mía moral por la ban­de­ra revo­lu­cio­na­ria de «¡abo­lir el capi­ta­lis­mo!», y ade­más, cons­tru­yan los ins­tru­men­tos polí­ti­cos que pue­den faci­li­tar esto.

Demos­trar la natu­ra­le­za del capi­ta­lis­mo no es sufi­cien­te para con­ven­cer a los seres huma­nos de que hay una alter­na­ti­va. Para movi­li­zar a los seres huma­nos a la lucha para cam­biar el sis­te­ma, es nece­sa­rio arti­cu­lar lo que está implí­ci­to en las actua­les luchas para mos­trar de qué for­ma éstas con­tie­nen en su inte­rior los ele­men­tos de una nue­va socie­dad. Eso sig­ni­fi­ca que debe haber una visión orien­ta­da al futu­ro. Para luchar con­tra una situa­ción en la que los tra­ba­ja­do­res «por edu­ca­ción, tra­di­ción y hábi­to» reco­no­cen las exi­gen­cias del capi­tal «como leyes natu­ra­les, evi­den­tes por sí mis­mas», debe­mos luchar por un sen­ti­do común alter­na­ti­vo.

La esen­cia per­di­da del marxismo

Para la eco­no­mía polí­ti­ca de la cla­se obre­ra, esa visión es lo que Marx deno­mi­nó la «situa­ción inver­sa», orien­ta­da hacia las «nece­si­da­des de desa­rro­llo del tra­ba­ja­dor», o sea, una socie­dad basa­da en el logro del desa­rro­llo humano. Ese sen­ti­do inver­so es la pre­mi­sa ocul­ta de El capi­tal de Marx. La nece­si­dad de inver­tir a la inver­sión capi­ta­lis­ta, «esta con­ver­sión, es más, este tras­tro­ca­mien­to –pecu­liar y carac­te­rís­ti­co de la pro­duc­ción capi­ta­lis­ta» (Marx, 1983: 377). En resu­men, como lo sub­ra­ya­mos en La alter­na­ti­va socia­lis­ta: el ver­da­de­ro desa­rro­llo humano, la cen­tra­li­dad de las nece­si­da­des de desa­rro­llo del tra­ba­ja­dor debe estar en el núcleo de la lucha para cons­truir la alter­na­ti­va socia­lis­ta (Lebo­witz, 2012). De hecho, el desa­rro­llo humano es la «esen­cia per­di­da del marxismo».

Con una con­cep­ción del socia­lis­mo como un sis­te­ma orgá­ni­co –lo que el pre­si­den­te Hugo Chá­vez de Vene­zue­la lla­mó el trián­gu­lo ele­men­tal del socia­lis­mo: 1) la pro­pie­dad social de los medios de pro­duc­ción, 2) la pro­duc­ción social orga­ni­za­da por los tra­ba­ja­do­res, y 3) la satis­fac­ción de las nece­si­da­des y obje­ti­vos socia­les, pode­mos mos­trar de qué for­ma las luchas y aspi­ra­cio­nes actua­les están rela­cio­na­das con la visión de una socie­dad socia­lis­ta, una socie­dad cen­tra­da en la igual­dad (don­de no hay la pro­pie­dad pri­va­da de los pro­duc­tos del tra­ba­jo social pasa­do), en el desa­rro­llo de las capa­ci­da­des huma­nas (don­de hay pro­ta­go­nis­mo en todas nues­tras acti­vi­da­des pro­duc­ti­vas), y en la soli­da­ri­dad y la comu­ni­dad (don­de nues­tra mutua depen­den­cia no es la de los pro­duc­to­res mer­can­ti­les indi­fe­ren­tes en un mer­ca­do). Sobre estos ele­men­tos cons­trui­re­mos un nue­vo sen­ti­do común, que reco­noz­ca la impor­tan­cia de luchar por una socie­dad en la que la con­di­ción para el libre desa­rro­llo de cada uno es el libre desa­rro­llo de todos.

No se nece­si­ta ser un eco­no­mis­ta mar­xis­ta para hacer­lo. Es más, dados los requi­si­tos de ingre­so para el club de eco­no­mis­tas mar­xis­tas, pue­de ser mejor si uno no lo es. Sin embar­go, si los eco­no­mis­tas mar­xis­tas deja­mos de com­por­tar­nos como dis­cí­pu­los que deben demos­trar que el maes­tro tie­ne razón, pode­mos hacer impor­tan­tes apor­tes cen­trán­do­nos en la esen­cia per­di­da del mar­xis­mo, o sea, en el desa­rro­llo humano. Pode­mos par­ti­ci­par direc­ta­men­te en la Bata­lla de Ideas, cues­tio­nan­do los supues­tos y las fala­cias de la corrien­te hege­mó­ni­ca de la eco­no­mía, con­tras­tan­do la diná­mi­ca del desa­rro­llo humano en la socie­dad con la está­ti­ca ato­mís­ti­ca de la eco­no­mía neo­clá­si­ca. ¿Por qué no esta­mos hacien­do lo que hacía Marx con­tra la eco­no­mía hege­mó­ni­ca de su época?

Ade­más, podre­mos cen­trar­nos en la salud de la cla­se obre­ra en lugar de hacer­lo exclu­si­va­men­te en la salud del capi­tal, desa­rro­llan­do la teo­ría y las medi­das del desa­rro­llo humano, inclu­yen­do el examen explí­ci­to de los efec­tos ago­bian­tes de la pro­duc­ción bajo las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas. Así, tam­bién podre­mos cues­tio­nar a los defen­so­res libe­ra­les del desa­rro­llo humano que acep­tan la lógi­ca del capi­tal y cuyo obje­ti­vo implí­ci­to es un capi­ta­lis­mo más jus­to que se cen­tre en la eli­mi­na­ción de deter­mi­na­das barre­ras al desa­rro­llo humano en lugar de eli­mi­nar la barre­ra prin­ci­pal, el pro­pio capi­ta­lis­mo. Hace mucho tiem­po que debi­mos haber hecho ese cuestionamiento.

Estos son sólo algu­nos apor­tes que pue­den hacer los eco­no­mis­tas mar­xis­tas si asu­mi­mos la res­pon­sa­bi­li­dad de poner el arma de la teo­ría en las manos de la cla­se obre­ra y los acti­vis­tas revo­lu­cio­na­rios. Si lo hace­mos, demos­tra­re­mos que nues­tra ver­da­de­ra misión (como la de Marx) es «con­tri­buir al derro­ca­mien­to de la socie­dad capi­ta­lis­ta» y «con­tri­buir a la eman­ci­pa­ción del pro­le­ta­ria­do moderno».

Biblio­gra­fía

Engels, Fre­de­rick: Dis­cur­so ante la tum­ba de Marx, 17 de mar­zo de 1883 (https://www.marxists.org/espanol/m‑e/1880s/83-tumba.htm).

Kalec­ki, Michal: The Last Pha­se of the Trans­for­ma­tion of Capi­ta­lism, Nue­va York, Monthly Review Press, New York, 1972.

Lebo­witz, Michael: Más allá de El capi­tal. La eco­no­mía polí­ti­ca de la cla­se obre­ra en Marx, Madrid, Akal, 2005.

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Marx, Karl: Ele­men­tos fun­da­men­ta­les para la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca (borra­dor) 1857 – 1858, vol. I, Bue­nos Aires, Siglo XXI, 1973.

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Marx, Karl: El capi­tal, vol. I, Bue­nos Aires, Siglo XXI, 1983. 

Marx, Karl /​Engels, Frie­drich: Car­los Marx – Fede­ri­co Engels, corres­pon­den­cia, Bue­nos Aires, Car­ta­go, 1987.

Thom­pson, E. P.: «The Moral Eco­nomy of the English Crowd in the Eigh­teenth Cen­tury», Past and Pre­sent 50 (1971).

Michael A. Lebowitz

Artícu­lo publi­ca­do en Monthly Review, vol. 66, nº 11, abril de 2015. Ha sido gen­til­men­te cedi­do para su publi­ca­ción en Herra­mien­ta por «Monthly Review – Selec­cio­nes en cas­te­llano». Tra­duc­ción y edi­ción de Fran­cis­co T. Sobrino.

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