EEUU: La lógi­ca del «mal menor» o como las mis­mas polí­ti­cas que hicie­ron posi­ble el esta­do de bien­es­tar están pro­vo­can­do su colapso

En 2016, des­pués de déca­das de derro­tas, podría pare­cer raro que hable­mos de los lími­tes del New Deal, y más aún de los esta­dos de bien­es­tar expan­si­vos cons­trui­dos en Euro­pa. De hecho, según el sec­tor pro­gre­sis­ta del libe­ra­lis­mo esta­dou­ni­den­se, todo lo que nece­si­ta­mos hoy es un retorno a aque­lla épo­ca menos aus­te­ra, cuan­do al menos muchos tra­ba­ja­do­res tenían una sen­sa­ción de segu­ri­dad y estabilidad.

Sin embar­go, el pac­to ori­gi­nal del New Deal no esta­ba incli­na­do total­men­te a favor de la gen­te común –y alber­gó con­tra­dic­cio­nes que con el tiem­po lo des­trui­rían. ¿Cómo hubie­ra sido un pac­to más jus­to? Y ¿qué fuer­zas socia­les hicie­ron posi­ble el New Deal y la edad de oro de la pos­gue­rra? A fina­les de diciem­bre, el edi­tor de Jaco­bin, Bhas­kar Sun­ka­ra, habló con Robert Bren­ner, pro­fe­sor de his­to­ria en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia en Los Ánge­les, sobre los mitos y reali­da­des de aquel perío­do, a menu­do idealizado.

Bhas­kar Sun­ka­ra: Cuan­do la gen­te pien­sa en el New Deal, hay dos narra­ti­vas prin­ci­pa­les. En una de ellas, Fran­klin Roo­se­velt es el héroe, diri­gien­do a los tra­ba­ja­do­res con­tra los gran­des capi­ta­lis­tas que nos habían hun­di­do en la depre­sión eco­nó­mi­ca. En el otro extre­mo, están los que creen que Roo­se­velt actuó úni­ca­men­te en inte­rés de una éli­tes lo sufi­cien­te­men­te inte­li­gen­tes como para que­rer sal­var al capi­ta­lis­mo de sí mis­mo. ¿Cual está más cer­ca de la verdad?

Robert Bren­ner: Yo diría que la cla­ve del sur­gi­mien­to de las refor­mas del New Deal fue la trans­for­ma­ción en el nivel y el carác­ter de la lucha de la cla­se obre­ra. Uno o dos años des­pués de la elec­ción de Roo­se­velt, sur­gió repen­ti­na­men­te un movi­mien­to obre­ro mili­tan­te de masas. Esto pro­por­cio­nó la base mate­rial, por así decir­lo, para la trans­for­ma­ción de la con­cien­cia y las posi­cio­nes polí­ti­cas de la cla­se obre­ra que hicie­ron posi­ble las refor­mas de Roosevelt.

Tras el auge y la radi­ca­li­za­ción de la cla­se obre­ra que se pro­du­jo a raíz de la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, la mili­tan­cia de los tra­ba­ja­do­res deca­yó, y la déca­da de 1920 fue tes­ti­go de como la cla­se capi­ta­lis­ta esta­dou­ni­den­se, lle­gó a la cima de su poder, con­fian­za y pro­duc­ti­vi­dad, con un con­trol total de la indus­tria y la polí­ti­ca. La pro­duc­ti­vi­dad fabril aumen­tó más rápi­da­men­te en esa déca­da que nun­ca antes ni des­pués, la libe­ra­li­za­ción sin­di­cal en las empre­sas (que prohi­bió los con­tra­tos colec­ti­vos nego­cia­dos por los sin­di­ca­tos) se impu­so en todas par­tes, el Par­ti­do Repu­bli­cano de las gran­des empre­sas rei­na­ba supre­mo, y la bol­sa rom­pió todos los techos.

El ini­cio de la Gran Depre­sión, que siguió al derrum­be de la bol­sa de 1929, cam­bió todo. La admi­nis­tra­ción Hoo­ver no hizo nada ante el des­em­pleo, que alcan­zó la cifra récord del 25 por cien­to y devas­tó los nive­les de vida de la pobla­ción, des­acre­di­tan­do al Par­ti­do Repu­bli­cano duran­te una generación.

Sin embar­go, la admi­nis­tra­ción Roo­se­velt entran­te tenía rela­ti­va­men­te poco que ofre­cer a la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Su buque insig­nia, la Ley de Recu­pe­ra­ción Indus­trial Nacio­nal, tenía como obje­ti­vo reac­ti­var la indus­tria apun­ta­lan­do los pre­cios y bene­fi­cios capi­ta­lis­tas a tra­vés de car­te­les y mono­po­lios. Pero no tuvo el menor efec­to para salir de la cri­sis económica.

Lo que trans­for­mó por com­ple­to el pai­sa­je polí­ti­co fue el esta­lli­do de lo que Rosa Luxem­burg habría lla­ma­do un «auge de huel­gas de masas», un fenó­meno que había pre­sen­cia­do y ana­li­za­do cuan­do la revo­lu­ción de 1905 en Rusia, que estu­vo acom­pa­ña­da por una ola de huel­gas de masas. De la nada, a par­tir de las plan­tas de auto­mó­vi­les de Detroit en la pri­ma­ve­ra de 1933, hubo una serie de huel­gas cada vez más gran­des y más amplias, que movi­li­za­ron a gru­pos cada vez más amplios de tra­ba­ja­do­res en los talle­res y las calles; orga­ni­za­dos y no orga­ni­za­dos, tra­ba­jan­do y en paro, en una ola ascen­den­te. Rei­vin­di­ca­cio­nes pro­gra­má­ti­cas e ideas que pare­cían cas­ti­llos en el aire se con­ver­tían de pron­to, con el aumen­to del poder de los tra­ba­ja­do­res, en plau­si­ble y conquistables.

Las huel­gas se exten­die­ron rápi­da­men­te a las fábri­cas tex­ti­les del sur, las minas de car­bón del este, y las fábri­cas de ace­ro del medio oes­te. Pero Roo­se­velt se man­tu­vo al mar­gen y no hizo nada cuan­do las empre­sas y las fuer­zas repre­si­vas loca­les aplas­ta­ron una huel­ga tras otra.

El año mila­gro­so para el movi­mien­to obre­ro fue 1934. Los tra­ba­ja­do­res lucha­ron y gana­ron tres gran­des huel­gas gene­ra­les urba­nas: San Fran­cis­co (diri­gi­da por los esti­ba­do­res), Min­nea­po­lis (diri­gi­da por los camio­ne­ros) y Tole­do (diri­gi­da por los tra­ba­ja­do­res de pie­zas de auto­mó­vi­les). En estas luchas, así como en otras que sacu­die­ron a las ciu­da­des en toda la nación, los orga­ni­za­do­res sin­di­ca­les cons­tru­ye­ron su poder acer­cán­do­se a los tra­ba­ja­do­res en otras indus­trias, movi­li­zan­do a los ciu­da­da­nos para apo­yar sus pique­tes, alián­do­se con los comi­tés de para­dos, y defen­dién­do­se a bra­zo lim­pio de los ata­ques de la poli­cía en las calles.

El cam­bio en el equi­li­brio de fuer­zas y en la con­cien­cia polí­ti­ca pre­pa­ró el esce­na­rio para el sur­gi­mien­to del nue­vo sin­di­ca­to, el Con­gre­so de Orga­ni­za­cio­nes Indus­tria­les (CIO), la ascen­sión de los demó­cra­tas como el par­ti­do polí­ti­co domi­nan­te en el país, y la apli­ca­ción de las refor­mas del New Deal.

En noviem­bre de 1934, los demó­cra­tas logra­ron una vic­to­ria aplas­tan­te en las elec­cio­nes legis­la­ti­vas de mitad de man­da­to, aumen­tan­do la mayo­ría elec­to­ral que habían logra­do en 1932. Los demó­cra­tas más radi­ca­les del espec­tro polí­ti­co fue­ron ele­gi­dos en núme­ros des­pro­por­cio­na­dos, e inclu­so algu­nos socia­lis­tas fue­ron ele­gi­dos. Los nue­vos acti­vis­tas obre­ros par­ti­ci­pa­ron en la polí­ti­ca muni­ci­pal y unie­ron fuer­zas con los demócratas.

Igual­men­te impor­tan­te, las aplas­tan­tes vic­to­rias en las huel­gas de 1934, dota­ron al nue­vo movi­mien­to obre­ro radi­ca­li­za­do de la con­fian­za y la capa­ci­dad para orga­ni­zar a los Tra­ba­ja­do­res de Auto­mo­ción Uni­dos (UAW) y el CIO en los siguien­tes tres años. Roo­se­velt fue trans­for­ma­do de un polí­ti­co están­dar en un refor­ma­dor, con la zanaho­ria y el palo el nue­vo movi­mien­to obre­ro empu­jó a la admi­nis­tra­ción a defen­der una serie de refor­mas socio­po­lí­ti­cas his­tó­ri­cas que inclu­ye­ron la Ley de Segu­ri­dad Social, la Ley de Nor­mas Jus­tas de Tra­ba­jo (que esta­ble­ció la jor­na­da máxi­ma y el sala­rio míni­mo para la mayo­ría de los tra­ba­ja­do­res), y la Ley Wag­ner (que amplió el reco­no­ci­mien­to sin­di­cal e ins­ti­tu­cio­na­li­zó la nego­cia­ción colectiva).

¿En qué medi­da este auge se apo­yó en las orga­ni­za­cio­nes exis­ten­tes, en par­ti­cu­lar el Par­ti­do Comu­nis­ta (PC) y tal vez en otras fuer­zas socia­lis­tas como los trots­kis­tas y el Par­ti­do Socia­lis­ta de América ?

Creo que la com­pren­sión de Rosa Luxem­burg de la psi­co­lo­gía social de la huel­ga de masas sigue sien­do el pun­to de par­ti­da indispensable.

La cues­tión es que nin­gu­na orga­ni­za­ción pue­de por sí mis­ma trans­for­mar una situa­ción de baja acti­vi­dad y con­cien­cia en una ola de huel­gas de masas, y es igual­men­te difí­cil de sos­te­ner una ola de acti­vi­dad radi­cal de masas más allá de cier­to pun­to. Cuan­do la gen­te es inca­paz de actuar jun­tos para resis­tir a sus patro­nos, el egoís­mo, deri­va­do de la situa­ción de ato­mi­za­ción de los tra­ba­ja­do­res, está a la orden del día.

La explo­sión ines­pe­ra­do y no pla­nea­da de la acción colec­ti­va de los tra­ba­ja­do­res es la cla­ve del ini­cio de un nue­vo perio­do de acti­vi­dad de masas y de polí­ti­ca radi­cal, y no es casua­li­dad que las ondas de acti­vi­dad de masas, de radi­ca­li­za­ción polí­ti­ca, y de refor­mas socia­les que han mar­ca­do la his­to­ria de Esta­dos Uni­dos han teni­do lugar de mane­ra dis­con­ti­nua, de mane­ra cícli­ca. Pien­sa en la Era Pro­gre­sis­ta, el New Deal, la Gran Sociedad.

Dicho esto, los gru­pos orga­ni­za­dos de socia­lis­tas y revo­lu­cio­na­rios han juga­do un papel indis­pen­sa­ble a la hora de des­en­ca­de­nar el poten­cial de una mayor auto-acti­vi­dad de los tra­ba­ja­dor. Han ayu­da­do a ase­gu­rar la con­ti­nui­dad entre luchas des­co­nec­ta­das tem­po­ral­men­te, han ofre­ci­do un aná­li­sis his­tó­ri­co del momen­to con­cre­to y, sobre todo, han pro­pues­to estra­te­gias de acción.

Las semi­llas de la acción de los tra­ba­ja­do­res fue­ron plan­ta­das duran­te la depre­sión cuan­do el Par­ti­do Comu­nis­ta y otros sin­di­ca­lis­tas radi­ca­les crea­ron la Liga para la Edu­ca­ción Sin­di­cal, con el obje­ti­vo de tras­cen­der la estre­chez y el con­ser­va­du­ris­mo de la Fede­ra­ción Ame­ri­ca­na del Tra­ba­jo (AFL), el sin­di­ca­lis­mo de ofi­cio y desa­rro­llar el sin­di­ca­lis­mo indus­trial, una idea que habían pasa­do a pri­mer plano en la gran ola de huel­gas de 1919.

Fun­da­men­tal­men­te, comu­nis­tas, socia­lis­tas y trots­kis­tas ocu­pa­ron posi­cio­nes estra­té­gi­cas como diri­gen­tes y orga­ni­za­do­res de los tra­ba­ja­do­res en las plan­tas de pro­duc­ción en dife­ren­tes sec­to­res indus­tria­les en los años 1920 y prin­ci­pios de los 30. Esta­ban, por tan­to, per­fec­ta­men­te situa­dos para jugar los pape­les cen­tra­les en la orga­ni­za­ción de las tres gran­des huel­gas gene­ra­les de 1934 –comu­nis­tas en San Fran­cis­co, trots­kis­tas en Min­nea­po­lis, los segui­do­res de A. J. Mus­te en Toledo.

Los mis­mos par­ti­dos polí­ti­cos radi­ca­les y redes de comu­nis­tas, trots­kis­tas y socia­lis­tas tam­bién fue­ron res­pon­sa­bles en el cora­zón de las huel­gas gene­ra­les de 1934 de la for­mu­la­ción de estra­te­gias y de la orga­ni­za­ción de base en la UAW y el CIO entre 1935 y 1937.

Para estos mili­tan­tes, el prin­ci­pio de par­ti­da era la inde­pen­den­cia de la cla­se obre­ra. Esto sig­ni­fi­ca­ba, de mane­ra explí­ci­ta, que el nue­vo movi­mien­to no podía depen­der de, y debe­ría espe­rar la opo­si­ción de los fun­cio­na­rios del sin­di­ca­to AFL, los jue­ces que media­ban en los con­flic­tos labo­ra­les, y de los car­gos elec­tos del Par­ti­do Democrático.

Por que tuvo que depen­der de sus pro­pios miem­bros, tenía que acu­mu­lar poder a tra­vés de la acción direc­ta en el taller y en las calles, crean­do lazos de soli­da­ri­dad con otros gru­pos de tra­ba­ja­do­res y pre­pa­rán­do­se para enfren­tar­se (sin ver­se con­di­cio­na­dos por la lega­li­dad) a un esta­do que esta­ba a favor de los patrones.

La siguien­te ola de huel­gas para con­se­guir el reco­no­ci­mien­to sin­di­cal orga­ni­za­das por estas fuer­zas cul­mi­nó con la vic­to­ria sobre Gene­ral Motors (GM), la cor­po­ra­ción más gran­de del mun­do, en la huel­ga de bra­zos caí­dos de Flint de 1936 – 1937, lo que garan­ti­zó el reco­no­ci­mien­to del CIO.

En otros luga­res, en todo el mun­do capi­ta­lis­ta avan­za­do, el movi­mien­to sin­di­cal y la orga­ni­za­ción sin­di­cal fue­ron la base de los par­ti­dos obre­ros social­de­mó­cra­tas. Pero no hubo uno en los Esta­dos Uni­dos. ¿Cómo se expli­ca esta inca­pa­ci­dad para cons­truir un par­ti­do obre­ro inde­pen­dien­te de los demó­cra­tas en los EEUU?

El ascen­so del movi­mien­to obre­ro de masas radi­cal de 1933 – 1935 gene­ró el tipo de con­di­cio­nes polí­ti­cas y con­cien­cia radi­cal que era, y segui­rá sien­do, el requi­si­to pre­vio para la for­ma­ción de un par­ti­do obre­ro estadounidense.

Sin este tipo de lucha, el sis­te­ma elec­to­ral ame­ri­cano, en el que el gana­dor se lo lle­va todo, hace casi impo­si­ble un ter­cer par­ti­do, inclu­yen­do un par­ti­do obre­ro. Esto se debe a que, en con­di­cio­nes nor­ma­les, en los que un ter­cer par­ti­do no pue­de con­ce­bi­ble­men­te obte­ner la mayo­ría, votar por él es, en efec­to, tirar el voto.

Para expli­car el asun­to de una mane­ra más gene­ral, una estra­te­gia elec­to­ral de votar a favor de un ter­cer par­ti­do no pue­de sos­te­ner­se, por­que el par­ti­do de la dere­cha típi­ca­men­te gana­rá mayo­rías elec­to­ra­les más amplias mien­tras el ter­cer par­ti­do aumen­ta su cuo­ta de voto. Sólo si el ter­cer par­ti­do pue­de lograr una mayo­ría de una sola vez, cabal­gan­do un movi­mien­to de masas titá­ni­co que pro­vo­que un giro repen­tino a la izquier­da en una gran par­te de la ciu­da­da­nía, ten­dría qui­zás una opor­tu­ni­dad de éxi­to. De lo con­tra­rio, el cálcu­lo elec­to­ral más ruti­na­rio ase­gu­ra la hege­mo­nía del mono­po­lio bipartidista.

En la con­ven­ción de fun­da­ción de la UAW en 1935, sus miem­bros tra­ta­ron de hecho de explo­tar la amplia radi­ca­li­za­ción que esta­ba tenien­do lugar y se nega­ron a apo­yar a Roo­se­velt y los demó­cra­tas, denun­cián­do­los como repre­sen­tan­tes del capi­tal. Pero este acto de desa­fío polí­ti­co no podía sos­te­ner­se más que a cor­to pla­zo y, en poco tiem­po, la UAW y el CIO de mane­ra más gene­ral se com­pro­me­tie­ron con el Par­ti­do Demó­cra­ta de for­ma permanente.

A par­tir de enton­ces, los demó­cra­tas se con­vir­tie­ron en el par­ti­do labo­ris­ta en este sen­ti­do limi­ta­do –del movi­mien­to sin­di­cal, pero en el que el movi­mien­to obre­ro estu­vo des­de el prin­ci­pio subor­di­na­do a los ele­men­tos capitalistas.

¿Cuá­les han sido las con­se­cuen­cias de no tener un par­ti­do obre­ro inde­pen­dien­te viable?

Bueno, hay algo que ya debe­ría estar cla­ro. No es nece­sa­rio un par­ti­do labo­ris­ta o social­de­mó­cra­ta para ganar refor­mas impor­tan­tes. El auge de la cla­se obre­ra de masas pro­vo­có por sí mis­mo un aumen­to sufi­cien­te del poder polí­ti­co de la cla­se obre­ra y un giro a la izquier­da sufi­cien­te de la con­cien­cia de la cla­se tra­ba­ja­do­ra como para obli­gar a la admi­nis­tra­ción Roo­se­velt a cam­biar su posi­ción polí­ti­ca y apro­bar las refor­mas legislativas.

Los mis­mos gru­pos de comu­nis­tas, trots­kis­tas, socia­lis­tas y sin­di­ca­lis­tas que pro­por­cio­na­ron la mayor par­te de los líde­res de las huel­gas gene­ra­les de 1934 y del movi­mien­to obre­ro de masas esta­ban tam­bién detrás de la lucha por el par­ti­do obre­ro. Lo con­si­de­ra­ban la cul­mi­na­ción de su obje­ti­vo de crea­ción de un movi­mien­to de base por el sin­di­ca­lis­mo indus­trial. A sus ojos, el par­ti­do obre­ro for­ma­ría el capa­ra­zón polí­ti­co para el sur­gi­mien­to del CIO.

En agu­do con­tras­te, las capas socia­les que nor­mal­men­te for­ma­ban el núcleo de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas –la cúpu­la sin­di­cal– esta­ba com­ple­ta­men­te ausen­tes de la lucha por el par­ti­do obre­ro. Los líde­res sin­di­ca­les de la AFL se opu­sie­ron en todo momen­to impla­ca­ble­men­te. E inclu­so los fun­cio­na­rios de los sin­di­ca­tos de la AFL que rom­pie­ron para ayu­dar a orga­ni­zar el CIO –y fue­ron en un pri­mer momen­to arras­tra­dos por su mili­tan­cia– lucha­ron des­de el prin­ci­pio para orien­tar el nue­vo movi­mien­to obre­ro hacia los con­fi­nes segu­ros del Par­ti­do Demócrata.

Estos fun­cio­na­rios lle­ga­rían a for­mar el cora­zón del mini-par­ti­do social­de­mó­cra­ta que ope­ra­ría duran­te todo el perío­do de pos­gue­rra den­tro del Par­ti­do Demócrata.

Aun­que tam­bién fue­ron res­pon­sa­bles de gran par­te del refor­mis­mo des­ple­ga­do por el Par­ti­do Demó­cra­ta duran­te la épo­ca de pos­gue­rra, su pri­me­ra prio­ri­dad fue repri­mir las insur­gen­cias des­de aba­jo que podrían dar lugar a enfren­ta­mien­tos con los patro­nos que pudie­ran ser peli­gro­sos para los sin­di­ca­tos y la posi­ción de sus fun­cio­na­rios en ellos. Con las ame­na­zas neu­tra­li­za­das, la ruta segui­da fue una sin peli­gro: uti­li­zar el boom de la pos­gue­rra para (míni­ma­men­te) pre­sio­nar al capi­tal y tra­tar de ampliar la afi­lia­ción sin­di­cal median­te la adop­ción de tác­ti­cas no ame­na­zan­tes como la com­pe­ten­cia elec­to­ral, los gru­pos de pre­sión, y la nego­cia­ción colectiva.

¿Pue­de esbo­zar la tran­si­ción que lle­vó al movi­mien­to obre­ro des­de el pico de su poder más explo­si­vo a media­dos de la déca­da de 1930 has­ta las polí­ti­cas más ruti­na­rias de la posguerra?

En el verano de 1937, el movi­mien­to ya esta­ba en decli­ve, debi­do en par­te a las pre­sio­nes eco­nó­mi­cas obje­ti­vas y en par­te a deci­sio­nes polí­ti­cas sub­je­ti­vas. Por enci­ma de todo, antes de la mitad del año, la eco­no­mía se hun­dió en la «segun­da depre­sión», y el paro se dis­pa­ró con un efec­to devas­ta­dor sobre la com­ba­ti­vi­dad de los trabajadores.

Mucho antes, sin embar­go, la cúpu­la recién ins­ta­la­da del CIO había comen­za­do a apa­ci­guar el movi­mien­to rebel­de. La tin­ta del his­tó­ri­co con­tra­to con GM ape­nas se había seca­do reco­no­cien­do el papel del sin­di­ca­to en la nego­cia­ción colec­ti­va cuan­do los nue­vos líde­res de la UAW pre­va­le­cie­ron sobre los mili­tan­tes impi­dién­do­les exi­gir mejo­res con­di­cio­nes en la indus­tria auto­mo­triz en otros luga­res, con el fin de no poner en peli­gro la com­pe­ti­ti­vi­dad y la ren­ta­bi­li­dad de las empre­sas más débi­les. Al mis­mo tiem­po, estos mis­mos per­ma­nen­tes sin­di­ca­les comen­za­ron a repri­mir el tsu­na­mi de sen­ta­das y huel­gas sal­va­jes que los mili­tan­tes de base en los talle­res, enva­len­to­na­dos por su vic­to­ria en GM, habían desatado.

El gol­pe de gra­cia lle­gó poco des­pués, cuan­do los líde­res del CIO, John L. Lewis y Phi­lip Murray orde­na­ron a sus orga­ni­za­do­res sin­di­ca­les «con­fiar en Roo­se­velt» en su cam­pa­ña para orga­ni­zar a la indus­tria del ace­ro. La rup­tu­ra con la estra­te­gia has­ta enton­ces apli­ca­da de la inde­pen­den­cia de las bases mili­tan­tes difí­cil­men­te hubie­ra podi­do ser más evi­den­te. El resul­ta­do fue la matan­za del Memo­rial Day, cuan­do el Depar­ta­men­to de Poli­cía de Chica­go, enca­be­za­do por el alcal­de demó­cra­ta Ed Kelley, dis­pa­ró y mató a diez mani­fes­tan­tes des­ar­ma­dos e hirió a otros trein­ta en mayo de 1937, abrien­do el camino a la derro­ta de la embrio­na­ria Unión de Tra­ba­ja­do­res del Ace­ro (USW).

Fue el final efec­ti­vo del movi­mien­to de huel­ga de masas de los años 1930 y mar­có lo que fue, en retros­pec­ti­va, la increí­ble­men­te rápi­da con­so­li­da­ción de una nue­va buro­cra­cia del CIO. Este desa­rro­llo fue posi­ble por el cam­bio que tuvo lugar en la línea polí­ti­ca del Par­ti­do Comu­nis­ta a nivel internacional.

Des­pués de haber sido diri­gi­do por el Comin­tern de Sta­lin, el par­ti­do cam­bió de un pro­gra­ma de inde­pen­den­cia y auto-orga­ni­za­ción de la cla­se obre­ra a la línea lla­ma­da de Fren­te Popu­lar, que abo­ga­ba por una alian­za con «el ala pro­gre­sis­ta de la bur­gue­sía». En los EEUU, esto sig­ni­fi­có la vin­cu­la­ción con Roo­se­velt, el Par­ti­do Demó­cra­ta, y los altos diri­gen­tes, tan­to de la AFL como del CIO.

En efec­to, los mili­tan­tes del PC se subor­di­na­ron a la capa emer­gen­te de altos fun­cio­na­rios de los sin­di­ca­tos, que con­si­de­ra­ban como su prio­ri­dad ganar el reco­no­ci­mien­to de la nue­va fede­ra­ción sin­di­cal por par­te de los emplea­do­res, así como del esta­do, inclu­so si eso sig­ni­fi­ca soca­var la úni­ca fuen­te real del poder sindical.

Así que los fun­cio­na­rios sin­di­ca­les, así como los polí­ti­cos del par­ti­do, soca­va­ron las mis­mas fuer­zas socia­les en las que se basa­ban dichas orga­ni­za­cio­nes y que les per­mi­tie­ron arran­car rei­vin­di­ca­cio­nes del capi­tal y del estado.

Sí. El sur­gi­mien­to de este movi­mien­to de masas mili­tan­te pro­du­jo un nue­vo gru­po de líde­res radi­ca­les, y al mis­mo tiem­po trans­for­mó a un sec­tor de la anti­gua direc­ción ofi­cial en radi­ca­les, al menos por un tiem­po. Pero a medi­da que el movi­mien­to de masas comen­zó a disi­par­se, los mis­mos líde­res mira­ron a su alre­de­dor y vie­ron que esta­ban en peli­gro de ser aplas­ta­dos entre una cla­se capi­ta­lis­ta en un pie de gue­rra y una afi­lia­ción sin­di­cal dema­sia­do des­mo­vi­li­za­da como para res­pal­dar a sus diri­gen­tes. Para pro­te­ger a la orga­ni­za­ción sin­di­cal –de la que todo depen­de– pare­ce de sen­ti­do común hacer una reti­ra­da estra­té­gi­ca con el fin de lle­gar a algún tipo de modus viven­di con los patrones.

Pero las con­di­cio­nes que hacen que los líde­res sin­di­ca­les adop­tan una pos­tu­ra con­ser­va­do­ra no son sólo coyun­tu­ra­les, sino tam­bién estruc­tu­ra­les. Mien­tras que la suer­te eco­nó­mi­ca de los miem­bros del sin­di­ca­to depen­de de lo que pue­den arran­car a los emplea­do­res a tra­vés de la lucha de cla­ses, y por lo tan­to del poder que pue­den ejer­cer sobre y con­tra el capi­tal, los fun­cio­na­rios del sin­di­ca­to encuen­tran su base mate­rial en la pro­pia orga­ni­za­ción sin­di­cal. Pue­den sobre­vi­vir, e inclu­so pros­pe­rar, siem­pre que con­si­gan el reco­no­ci­mien­to del sin­di­ca­to por par­te de los empleadores.

La cues­tión es que los diri­gen­tes sin­di­ca­les cons­ti­tu­yen una capa social dis­tin­ta situa­da entre el capi­tal y el tra­ba­jo, con enor­mes ven­ta­jas en com­pa­ra­ción con los miem­bros ordi­na­rios. Al estar con­tra­ta­dos por el sin­di­ca­to en lugar de las empre­sas, sus con­di­cio­nes de vida ya no son tan depen­dien­tes del resul­ta­do de las bata­llas del sin­di­ca­to con los patro­nes. Han sido capa­ces de libe­rar­se de tener que tra­ba­jar en el taller, por lo que sus con­di­cio­nes de tra­ba­jo ya no están deter­mi­na­das por la bru­tal lucha del día a día en el pro­ce­so de trabajo.

Es la orga­ni­za­ción sin­di­cal la que paga los sala­rios de sus per­ma­nen­tes, esta­ble­ce sus pla­nes de carre­ra, y deter­mi­na su for­ma ente­ra de vida. Tie­nen por tan­to todos los incen­ti­vos para evi­tar un enfo­que de ganar ven­ta­jas para sus miem­bros que pue­da pro­vo­car una res­pues­ta ame­na­zan­te de los patrones.

Des­de fina­les de la déca­da de 1930 duran­te la tota­li­dad del perío­do de pos­gue­rra, la cúpu­la sin­di­cal, por lo tan­to, hizo todo lo posi­ble para limi­tar la acti­vi­dad sin­di­cal a los méto­dos de lucha de no con­fron­ta­ción, de mane­ra que no se les esca­pa­se de las manos y ame­na­za­se a los empleadores.

En su lugar, esco­gie­ron la vía elec­to­ral a tra­vés del Par­ti­do Demó­cra­ta y la nego­cia­ción colec­ti­va en el mar­co de la Jun­ta Nacio­nal de Rela­cio­nes de Tra­ba­jo. Su máxi­ma aspi­ra­ción era con­se­guir que el gobierno y los empre­sa­rios se unie­ran con ellos en for­mas tri­par­ti­tas de coope­ra­ción cor­po­ra­ti­vis­ta que, por medio de acuer­dos de pro­duc­ti­vi­dad e inver­sión públi­ca defi­ci­ta­ria key­ne­sia­nas, podría hacer cre­cer el pas­tel eco­nó­mi­co, per­mi­tien­do que bene­fi­cios y sala­rios aumen­ta­ran a la par, superan­do de for­ma per­ma­nen­te el con­flic­to distributivo .

Mien­tras tan­to, hicie­ron todo lo posi­ble para entor­pe­cer e impe­dir la movi­li­za­ción sin­di­cal de base. Era una estra­te­gia que, con el tiem­po, solo podía corroer el poder y la efi­ca­cia de sus pro­pias orga­ni­za­cio­nes sindicales.

Si la para­do­ja de estos ele­men­tos refor­mis­tas fue que todo su enfo­que polí­ti­co ten­día a des­truir las mis­mas fuer­zas que les pro­por­cio­na­ban su poder, ¿cómo se expli­can sus éxi­tos en la posguerra?

Pues bien, aun­que pocos lo recuer­dan aho­ra, fue pro­ba­ble­men­te la opi­nión de con­sen­so de que, con el final de la Segun­da Gue­rra Mun­dial, el desar­me y el pro­fun­do des­cen­so en el gas­to mili­tar se pro­du­ci­ría una caí­da de la deman­da que empu­ja­ría de nue­vo a la eco­no­mía a la rece­sión o inclu­so a una depre­sión. En tales con­di­cio­nes, las pers­pec­ti­vas de un movi­mien­to obre­ro que ya había vis­to su poder ero­sio­nar­se rápi­da­men­te pare­cía sombrío.

Pero ines­pe­ra­da­men­te para muchos, lo que se con­si­guió en cam­bio fue la mayor expan­sión eco­nó­mi­ca en la his­to­ria capi­ta­lis­ta, y esto pro­por­cio­nó a la ver­sión esta­dou­ni­den­se de la social­de­mo­cra­cia, en el inte­rior del Par­ti­do Demó­cra­ta, una nue­va oportunidad.

En los Esta­dos Uni­dos, como en todas las eco­no­mías capi­ta­lis­tas avan­za­das, los cre­cien­tes exce­den­tes crea­dos por el auge de la pos­gue­rra abrie­ron el camino para que los tra­ba­ja­do­res pudie­ran dis­fru­tar de aumen­tos sala­ria­les y de un esta­do de bien­es­tar cada vez mayor sin muchos recor­tes en los bene­fi­cios capi­ta­lis­tas. Los emplea­do­res, por su par­te, encon­tra­ron que podían maxi­mi­zar sus ganan­cias median­te la con­ce­sión a los tra­ba­ja­do­res de aumen­tos cons­tan­tes en inte­rés de la paz social, en lugar de la redis­tri­bu­ción de la ren­ta a su favor a cos­ta de huel­gas per­tur­ba­do­ras y des­or­de­nes sociales.

En esta situa­ción, el Par­ti­do Demó­cra­ta, al igual que sus homó­lo­gos social­de­mó­cra­tas en el extran­je­ro, fue capaz de man­te­ner su posi­ción como el par­ti­do domi­nan­te duran­te otro cuar­to de siglo al pre­sen­tar­se como el prin­ci­pal defen­sor de los tra­ba­ja­do­res y de las refor­mas socia­les, natu­ral­men­te, den­tro de los estric­tos lími­tes esta­ble­ci­dos por las nece­si­da­des del bene­fi­cio y la inver­sión. Los repu­bli­ca­nos, por su par­te, no tuvie­ron más reme­dio que com­pe­tir con los demó­cra­tas en el terreno ele­gi­do por estos, con­de­nán­do­se inevi­ta­ble a una posi­ción subordinada.

Aún así, no hay que olvi­dar que las leyes más impor­tan­tes que mar­ca­ron el pun­to álgi­do de las refor­mas en la déca­da de 1960 y prin­ci­pios de 1970 no podrían haber sido apro­ba­da en ausen­cia de pre­sión des­de aba­jo de los gran­des movi­mien­tos socia­les de la épo­ca –espe­cial­men­te la lucha de los negros y la lucha con­tra la gue­rra en Vietnam.

Esta tra­yec­to­ria no pare­ce muy dife­ren­te de la de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas euro­peos. Obvia­men­te, el Par­ti­do Demó­cra­ta es un par­ti­do capi­ta­lis­ta, pero los par­ti­dos labo­ris­tas, inclu­so sin repre­sen­tan­tes del capi­tal en sus pro­pias filas, tam­bién se enfren­ta­ron a limi­ta­cio­nes simi­la­res. ¿Qué pre­cio ha paga­do la cla­se tra­ba­ja­do­ra de EEUU por su inca­pa­ci­dad para for­mar un par­ti­do obre­ro pro­pia­men­te dicho?

Creo que la mane­ra de res­pon­der a esta pre­gun­ta es com­pa­rar la evo­lu­ción en Euro­pa, por ejem­plo en Ingla­te­rra, y la de los Esta­dos Uni­dos en los años pos­te­rio­res a la Segun­da Gue­rra Mun­dial. En el Rei­no Uni­do, hubo una tre­men­da movi­li­za­ción de masas para el esfuer­zo de gue­rra, pero hacia el final del con­flic­to, la gen­te esta­ba ago­ta­da, can­sa­da de la aus­te­ri­dad, y espe­ra­ba gran­des mejo­ras en sus nive­les de vida.

El Par­ti­do Labo­ris­ta bri­tá­ni­co fue así capaz de ganar una vic­to­ria elec­to­ral aplas­tan­te por­que era vis­to como el repre­sen­tan­te de las aspi­ra­cio­nes no sólo de la cla­se obre­ra, sino de la ciu­da­da­nía en gene­ral. En los EEUU, al mis­mo tiem­po, el Par­ti­do Demó­cra­ta fue capaz de man­te­ner su domi­nio elec­to­ral. ¿Cuál es la dife­ren­cia enton­ces entre ambos países?

La ven­ta­ja que tenían los labo­ris­tas y social­de­mó­cra­tas del Rei­no Uni­do y Euro­pa Occi­den­tal fren­te al Par­ti­do Demó­cra­ta es que no sólo podían pre­sen­tar­se como la repre­sen­ta­ción de lo que eran más o menos movi­mien­tos obre­ros polí­ti­ca­men­te homo­gé­neos, sino que, median­te la movi­li­za­ción elec­to­ral y su vic­to­ria, podían hablar legí­ti­ma­men­te en nom­bre de una base más amplia en toda la ciudadanía.

Esta­ban, por tan­to, en con­di­cio­nes de luchar en nom­bre de toda la pobla­ción a favor de refor­mas socia­les que refle­ja­sen lo que eran en defi­ni­ti­va intere­ses comu­nes y sobre esa base, con­se­guir avan­ces deci­si­vos para todo el mun­do – sani­dad públi­ca, pen­sión de jubi­la­ción, sub­ven­cio­nes por des­em­pleo. Estos bene­fi­cios, en retros­pec­ti­va, ter­mi­na­ron por ser vis­tos como nece­si­da­des huma­nas y han sido por ello bas­tan­te difí­ci­les de revertir.

En los EEUU, tam­bién se adop­ta­ron refor­mas simi­la­res, y a lo gran­de. Pero fue­ron con­se­gui­das y apli­ca­das en prác­ti­ca no por par­ti­dos polí­ti­cos nacio­na­les que tra­ta­ban de cons­truir un esta­do de bien­es­tar uni­ver­sal y finan­cia­do via impues­tos, sino por sin­di­ca­tos con­cre­tos que las arran­ca­ban a sus emplea­do­res y los incor­po­ra­ban en los con­tra­tos colec­ti­vos como bene­fi­cios de los empleados.

Así que los tra­ba­ja­do­res de la auto­mo­ción de la UAW, la Uni­ted Elec­tri­cal Wor­kers, los meta­lúr­gi­cos de la USW, y otros gran­des sin­di­ca­tos nego­cia­ban todo lo que podría­mos lla­mar un «mini-esta­do del bien­es­tar» para sus miem­bros. Estos bene­fi­cios se exten­die­ron lue­go a gran par­te del res­to de la (menos orga­ni­za­da) cla­se tra­ba­ja­do­ra, en la medi­da en que los cos­tes de los empre­sa­rios eran más que com­pen­sa­do por las ganan­cias deri­va­das de la pro­duc­ción con­ti­nua y la paz laboral.

A prin­ci­pios de 1970, la pano­plia de los avan­ces del bien­es­tar que había sido gana­dos por medio de con­tra­tos sin­di­ca­les habían sido com­ple­men­ta­dos sus­tan­cial­men­te por una impor­tan­te legis­la­ción social pro­mul­ga­da bajo John­son, Nixon, y Ford. Y aquí, tam­bién, la cúpu­la sin­di­cal, tra­ba­jan­do en gran medi­da a tra­vés del Par­ti­do Demó­cra­ta, y no como en Euro­pa a tra­vés de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas o labo­ris­tas, fue­ron agen­tes cen­tra­les de las refor­mas –a pesar de que no podrían haber teni­do el éxi­to que tuvie­ron sin los movi­mien­tos de masas de la época.

Pero el hecho es que la cla­se obre­ra de los EEUU fra­ca­só a la hora de crear su pro­pio par­ti­do obre­ro y ello tuvo, sin lugar a dudas, impor­tan­tes con­se­cuen­cias nega­ti­vas. El esta­do de bien­es­tar de Esta­dos Uni­dos –cons­trui­do en gran par­te de mane­ra ad hoc a tra­vés de los esfuer­zos de múl­ti­ples sin­di­ca­tos dis­tin­tos que actua­ban por sí mis­mos– fue sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te menos com­ple­to y dura­de­ro que el cons­trui­do por par­ti­dos obre­ros uni­fi­ca­dos en otros luga­res del mundo.

Por otra par­te, debi­do a que tenía que ser defen­di­do por los sin­di­ca­tos con­cre­tos que las habían gana­do en un prin­ci­pio, las refor­mas alcan­za­dos en los EEUU tam­bién fue­ron sig­ni­fi­ca­ti­va­men­te más vul­ne­ra­bles una vez que esta­lló la cri­sis que en gran par­te del res­to del mun­do capi­ta­lis­ta avanzado.

Sin embar­go, los par­ti­dos de cen­tro-izquier­da de Euro­pa tam­bién fue­ron inca­pa­ces de defen­der los nive­les de vida y las con­di­cio­nes de trabajo.

En últi­ma ins­tan­cia, la fuer­te caí­da de la tasa de ganan­cia, que comien­za a fina­les de 1960 y prin­ci­pios de 1970, y el pos­te­rior fra­ca­so de su recu­pe­ra­ción, des­tru­yó las pre­con­di­cio­nes para los aumen­tos sala­ria­les y las refor­mas del esta­do de bien­es­tar que pre­ten­dían los sin­di­ca­tos y los par­ti­dos socialdemócrata.

Los per­ma­nen­tes sin­di­ca­les y los polí­ti­cos par­la­men­ta­rios en el cora­zón de todas estas orga­ni­za­cio­nes, no menos que el Par­ti­do Demó­cra­ta, acep­tan incon­di­cio­nal­men­te el sis­te­ma capi­ta­lis­ta. Han acep­ta­do sin lugar a dudas que su prio­ri­dad debe ser la recu­pe­ra­ción de la ren­ta­bi­li­dad de sus empresas.

Esto es por­que sin un aumen­to sufi­cien­te de la tasa de retorno de «sus» empre­sas, no podían espe­rar que estas empre­sas aumen­ta­sen la inver­sión y el empleo nece­sa­rios para aco­mo­dar aumen­tos sala­ria­les ade­cua­dos, direc­tos e indi­rec­tos, para sus miembros.

No es de extra­ñar, enton­ces, que al igual que los demó­cra­tas, los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas de todo el mun­do capi­ta­lis­ta avan­za­do bus­ca­ran duran­te las últi­mas tres déca­das repri­mir las rei­vin­di­ca­cio­nes de sus miem­bros de mayo­res com­pen­sa­cio­nes y bene­fi­cios de bien­es­tar social con el fin de incre­men­tar las ganancias.

La pri­me­ra mani­fes­ta­ción de la caí­da de la ren­ta­bi­li­dad y la des­ace­le­ra­ción de la acu­mu­la­ción de capi­tal en Euro­pa Occi­den­tal se pro­du­jo en la déca­da de 1960. En prác­ti­ca­men­te todos los paí­ses, los diri­gen­tes sin­di­ca­les, así como de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas y labo­ris­tas aso­cia­dos con ellos, res­pon­die­ron apro­ban­do recor­tes públi­cos y empre­sa­ria­les de varias cla­ses. El obje­ti­vo era res­tau­rar la com­pe­ti­ti­vi­dad inter­na­cio­nal y, a su vez, la ren­ta­bi­li­dad indus­trial, a expen­sas de los trabajadores.

Pero esta acep­ta­ción de la nece­si­dad de los tra­ba­ja­do­res de hacer sacri­fi­cios para res­tau­rar los libros de cuen­tas de las empre­sas no que­da­ron sin res­pues­ta. En toda Euro­pa –de Ale­ma­nia a Fran­cia, de Ita­lia al Rei­no Uni­do– los tra­ba­ja­do­res comu­nes y corrien­tes de base des­ata­ron gran­des revuel­tas con­tra las fuer­zas buro­crá­ti­cas polí­ti­cas y sin­di­ca­les que habían exi­gi­do renun­cias en sus dere­chos en inte­rés de la revi­ta­li­za­ción de la acu­mu­la­ción de capital.

En Ale­ma­nia, hubo una ola de huel­gas no ofi­cia­les que des­tru­ye­ron por com­ple­to la polí­ti­ca de con­ten­ción sala­rial apo­ya­do por los social­de­mó­cra­tas. En Fran­cia, hubo Mayo del 68 ; en Ita­lia, el oto­ño calien­te de 1969. En Ingla­te­rra, la huel­ga de los mine­ros pro­vo­có la caí­da del gobierno.

Este aumen­to de la resis­ten­cia de la cla­se obre­ra fre­nó la ofen­si­va de los capi­ta­lis­tas y la recu­pe­ra­ción de la ren­ta­bi­li­dad. Pero la pro­fun­da rece­sión de 1974 – 1975 pro­du­jo un cam­bio impor­tan­te, en con­cre­to un impor­tan­te aumen­to del des­em­pleo que ago­tó la ener­gía de los tra­ba­ja­do­res y redu­jo su com­ba­ti­vi­dad. La vía esta­ba abier­ta para ron­da tras ron­da de recor­tes sala­ria­les y en el gas­to públi­co que, más pron­to o más tar­de, reci­bie­ron el res­pal­do de los diri­gen­tes social­de­mó­cra­tas y sin­di­ca­les ofi­cia­les en todos los países.

¿Empe­zó todo a colap­sar nece­sa­ria­men­te? ¿Había una vía refor­mis­ta para supe­rar las con­tra­dic­cio­nes de las que estás hablan­do? ¿O pode­mos decir que, a menos que hubie­ra habi­do algún tipo de rup­tu­ra anti­ca­pi­ta­lis­ta en algún momen­to de la déca­da de 1970, era poco pro­ba­ble que se hubie­ra podi­do evi­tar la situa­ción que sufri­mos actualmente?

Yo creo que está cla­ro hoy que, a fal­ta de la caí­da del orden capi­ta­lis­ta, había pode­ro­sas pre­sio­nes eco­nó­mi­cas y polí­ti­cas que hacían muy pro­ba­ble que aca­bá­se­mos don­de hemos acabado.

Por un lado, las res­pues­tas eco­nó­mi­cas del pro­pio capi­tal a su pro­ble­ma de la ren­ta­bi­li­dad sólo han empeo­ra­do las cosas. La tasa redu­ci­da de retorno ha dis­mi­nui­do los incen­ti­vos de los capi­ta­lis­tas para inver­tir y emplear. Al mis­mo tiem­po, han alen­ta­do al capi­tal y al Esta­do a recor­tar el cre­ci­mien­to de los bene­fi­cios y del gas­to social con el fin de aumen­tar los bene­fi­cios median­te la reduc­ción de los cos­tes de pro­duc­ción. El resul­ta­do ha sido un cre­ci­mien­to cada vez más len­to de la deman­da de bie­nes de inver­sión, bie­nes de con­su­mo y ser­vi­cios públi­cos, y esto ha crea­do más pre­sión a la baja sobre la tasa de ganancias.

Las res­pues­tas polí­ti­cas de los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas y labo­ris­tas, así como del Par­ti­do Demó­cra­ta, han sido igual­men­te auto-ero­si­vos. Por estas fuer­zas, la acep­ta­ción de la invio­la­bi­li­dad de la pro­pie­dad capi­ta­lis­ta y la ren­ta­bi­li­dad ha hecho impen­sa­ble un aban­dono de la austeridad.

Sin embar­go, la con­ti­nua caí­da de la deman­da agre­ga­da ha hecho que la pro­tec­ción de la tasa de ganan­cias de las empre­sas se haya con­ver­ti­do en cada vez menos com­pa­ti­ble inclu­so con los aumen­tos más míni­mos de suel­dos o del gas­to social y exi­ja su reduc­ción absoluta.

Ello es debi­do a que el fun­cio­na­mien­to del sec­tor finan­cie­ro, que hace posi­ble las dis­tri­bu­cio­nes más extre­mas y dra­má­ti­cas de ingre­sos hacia arri­ba –a la par­te supe­rior del 1 por cien­to, por enci­ma y lejos de casi todo el mun­do – , es decir el giro hacia la finan­cia­ri­za­ción haya sido tan gene­ral. Al pare­cer, para los que tie­nen acce­so, es la for­ma más efec­ti­va de pro­te­ger y aumen­tar las ganan­cias capi­ta­lis­tas, la con­di­ción sine qua non para todo el mun­do y todas las cosas mien­tras pre­va­lez­ca el actual modo de pro­duc­ción. Esa expan­sión finan­cie­ra va de la mano de cri­sis finan­cie­ras-eco­nó­mi­cas cada vez más gra­ves, así como dis­mi­nu­cio­nes abso­lu­tas en los ingre­sos de cada vez mayo­res sec­to­res de la pobla­ción, que se entien­den como el cos­te inevi­ta­ble para man­te­ner la eco­no­mía sana.

Que los par­ti­dos social­de­mó­cra­tas de Euro­pa Occi­den­tal, así como el Par­ti­do Demó­cra­ta, no hayan duda­do en echar su suer­te con el sec­tor finan­cie­ro pare­ce super­fi­cial­men­te para­dó­ji­co. Pero es con­se­cuen­cia lógi­ca de su fal­ta de volun­tad para cues­tio­nar las rela­cio­nes de pro­pie­dad capi­ta­lis­ta y su acep­ta­ción, al igual que por cual­quier otro par­ti­ci­pan­te en el jue­go polí­ti­co capi­ta­lis­ta, de la pri­ma­cía de los bene­fi­cios para el dina­mis­mo de la eco­no­mía y, por lo tan­to, en el nivel de vida de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. Acep­tar que el ascen­so de las finan­zas actual­men­te for­ma par­te de la baja­da de los ingre­sos de los tra­ba­ja­do­res es sim­ple­men­te acep­tar la inevi­ta­bi­li­dad de lo que se con­si­de­ra un daño colateral.

Aún así, el hecho es que la dis­po­si­ción de la social­de­mo­cra­cia y los sin­di­ca­tos ofi­cia­les a aliar­se con el capi­tal finan­cie­ro tie­ne enor­mes impli­ca­cio­nes para las polí­ti­cas futu­ras, ya que crea opor­tu­ni­da­des reales para la resis­ten­cia. El apo­yo a la ren­ta­bi­li­dad capi­ta­lis­ta siem­pre ha sido jus­ti­fi­ca­da por la apa­ren­te exi­gen­cia de un aumen­to de la plus­va­lía apro­pia­da para que aumen­te la inver­sión y los nive­les de vida. Pero hoy en día, con la expan­sión del sec­tor finan­cie­ro, la rela­ción entre ganan­cias, cre­ci­mien­to y com­pen­sa­ción del tra­ba­ja­dor se ha roto en un gra­do significativo.

Por lo tan­to, las fuer­zas refor­mis­tas se han con­ver­ti­do en moto­res de la depre­da­ción, y super­vi­san la masi­va trans­fe­ren­cia de ingre­sos de los bol­si­llos de millo­nes de tra­ba­ja­do­res a los bol­si­llos de un puña­do de finan­cie­ros. Esto es cada vez más evi­den­te para sec­to­res cada vez más amplios de la pobla­ción. Estas con­di­cio­nes de fon­do podrían ayu­dar­nos a ver rup­tu­ras a la izquier­da de un refor­mis­mo tra­di­cio­nal que ha prác­ti­ca­men­te renun­cia­do a la lucha por reformas.

Es extre­ma­da­men­te impor­tan­te, me pare­ce, que Ber­nie San­ders vaya de un lugar para otro jun­tan­do a trein­ta mil per­so­nas en sus miti­nes. Y Jeremy Corbyn lo mis­mo. Estos son indi­ca­do­res muy impor­tan­tes de un esce­na­rio que cam­bia, por así decir­lo, para per­mi­tir la orga­ni­za­ción real.

E inclu­so sin esa orga­ni­za­ción, lo bueno de Corbyn y San­ders es el apa­ren­te recha­zo de todo el pano­ra­ma polí­ti­co por par­te de sus seguidores.

Las movi­li­za­cio­nes de masas de 2011 – 2012, que se cen­tra­ron en las pla­zas en Gre­cia y Espa­ña, ya plan­tea­ban la nece­si­dad de rom­per lim­pia­men­te por la izquier­da, más allá de la social­de­mo­cra­cia, y comen­zar a desa­fiar al capi­ta­lis­mo des­de una posi­ción de demo­cra­cia direc­ta. Sin embar­go, nun­ca fue­ron capa­ces de movi­li­zar la fuer­za nece­sa­ria para impo­ner des­de fue­ra gran­des refor­mas, como la rebe­lión obre­ra esta­dou­ni­den­se de media­dos de 1930, y mucho menos cons­ti­tuir ins­ti­tu­cio­nes de poder obre­ro como los comi­tés de fábrica.

Syri­za y Pode­mos tenía como obje­ti­vo tomar el poder, pero han defi­ni­do la toma del poder casi en su tota­li­dad en tér­mi­nos elec­to­ra­les y fra­ca­sa­ron por com­ple­to a la hora de lle­var a cabo la tarea indis­pen­sa­ble de la recons­truc­ción de los movi­mien­tos de masas en fábri­cas, ofi­ci­nas y las calles. Como resul­ta­do, han ten­di­do a sus­ti­tuir una social­de­mo­cra­cia finan­cia­ri­za­da y neo­li­be­ral por la ver­sión tra­di­cio­nal, a pesar de que duran­te cer­ca de cua­ren­ta años, esta últi­ma ha capi­tu­la­do por com­ple­to ante la austeridad.

Hoy en día nos enfren­ta­mos a un cier­to reflu­jo, pero no es señal de derro­ta. Pare­ce cla­ro que la alie­na­ción del y la opo­si­ción al sis­te­ma están cre­cien­do rápi­da­men­te. Lo que nece­si­ta­mos refle­xio­nar es por don­de van a sur­gir los nue­vos movi­mien­tos y que for­ma de orga­ni­za­ción va a ser nece­sa­ria para man­te­ner el nivel de la mili­tan­cia y crea­ti­vi­dad polí­ti­cas nece­sa­rias para desa­fiar al capitalismo.

Robert Bren­ner, es direc­tor del Cen­ter for Social Theory and Com­pa­ra­ti­ve His­tory en la Uni­ver­si­dad de Cali­for­nia-Los Ánge­les. Es autor de The Boom and the Bub­ble (Ver­so, Lon­dres, 2002), (Hay una exce­len­te ver­sión cas­te­lla­na de Juan Mari Mada­ria­ga: La expan­sión eco­nó­mi­ca y la bur­bu­ja bur­sá­til, Akal, Madrid, 2003.)

Fuen­te: https://​www​.jaco​bin​mag​.com/​2​0​1​6​/​0​3​/​b​r​e​n​n​e​r​-​i​n​t​e​r​v​i​e​w​-​s​u​n​k​a​r​a​-​s​o​c​i​a​l​-​d​e​m​o​c​r​a​t​i​c​-​r​e​f​o​r​m​i​s​m​-​n​e​w​-​d​e​a​l​-​f​dr/

Tra­duc­ción: G. Buster

Cogi­do de Sin Permiso

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