Omer­tà en la polis

En el momen­to en que la vio­len­cia poli­cial, bajo man­do socia­lis­ta, se des­ata, repro­du­ci­mos una con­fe­ren­cia rea­li­za­da duran­te en Niza el Día con­tra las vio­len­cias poli­cia­les, en febre­ro de 2011, por el Comi­té Véri­té et Jus­ti­ce pour Hakim Aji­mi. Pen­sa­mos que esta inter­ven­ción con­ti­núa sien­do de total actualidad.

El pun­to de par­ti­da de mi inter­ven­ción es el títu­lo del libro de Sihem Souid, Omer­tà en la poli­cía, pero dicho dife­ren­te­men­te: omer­tà en la polis. En efec­to, polis, en grie­go anti­guo sig­ni­fi­ca la ciu­dad, la comu­ni­dad polí­ti­ca, y si hay omer­tà en la poli­cía, de la que habla Sihem Souid, ella es indi­so­lu­ble de otra omer­tà que fun­cio­na en un espa­cio mucho más vas­to que la ins­ti­tu­ción poli­cial: la omer­tà en la poli­cía exis­te por­que hay una omer­tà en la polis, es decir en la ciu­dad, en el con­jun­to de la colec­ti­vi­dad polí­ti­ca, en el mun­do polí­ti­co. Hay una doble cues­tión: la de los abu­sos, de los crí­me­nes poli­cia­les y de su impu­ni­dad, Sihem Souid habla de todo esto en su libro, y de lo que habla Mathieu Rigous­te de otra mane­ra, una cues­tión que ata­ñe a la poli­cía y a la jus­ti­cia, pero que tam­bién ata­ñe, más amplia­men­te, a la cla­se polí­ti­ca, el mun­do mediá­ti­co, es decir: todo lo que cons­ti­tu­ye un espa­cio públi­co, un lugar de deba­te y de deli­be­ra­ción en el cual cier­tas cues­tio­nes no exis­ten.

¿Qué quie­re decir omer­tà?

La pala­bra omer­tà tie­ne, en pri­mer lugar, una ven­ta­ja: per­mi­te pen­sar en actos, accio­nes que pue­den ser mino­ri­ta­rias si se con­si­de­ra des­de un pun­to de vis­ta estric­ta­men­te numé­ri­ca (Sihem Souid habla que el 30% de los poli­cías son racis­tas y/​o vio­len­tos, lo que repre­sen­ta una gran mino­ría) pero domi­nan­te en el sen­ti­do en que no son denun­cia­dos, com­ba­ti­dos e impe­di­dos de con­ti­nuar sus actos vio­len­tos, y en con­se­cuen­cia ellos dan el la –o en todo caso for­man par­te de lo ordi­na­rio del uni­ver­so poli­cial. Ten­go ganas de decir: si una mino­ría del 30% o inclu­so del 10% de los agen­tes de poli­cía pasa al acto, lan­zan pro­pó­si­tos racis­tas o come­ten abu­sos de poder, vio­len­cias ile­gí­ti­mas, y los otros no se opo­nen, esto sig­ni­fi­ca que cuan­do se jun­tan tres poli­cías, o cin­co, o diez, esta­mos segu­ros de que entre ellos se encuen­tra un racis­ta o un vio­len­to que si pasa al acto los otros tres se callan…

Esto sig­ni­fi­ca, gros­so modo, que, inclu­so si es mino­ri­ta­rio des­de un pun­to de vis­ta numé­ri­co, estos abu­sos tie­nen lugar regu­lar­men­te en todas las comi­sa­rias. De la mis­ma mane­ra pode­mos decir que hay una omer­tà en la edu­ca­ción nacio­nal, en don­de tra­ba­jo, que hace que, inclu­so si se deja de lado la vio­len­cia sis­té­mi­ca de la ins­ti­tu­ción, del deter­mi­nis­mo social (lo que Pie­rre Bour­dieu lla­ma la repo­duc­ción y la vio­len­cia sim­bó­li­ca1), pode­mos ver que si plan­tea­mos que hay una mino­ría de un pro­fe­sor sobre diez que es ver­da­de­ra­men­te mal­va­do, vio­len­to, que abu­sa de su esta­tu­to y que jode a los alum­nos, y si tene­mos en cuen­ta que cada alumno tie­ne cada año unos diez pro­fe­so­res, pode­mos lle­gar a la con­clu­sión que todos los alum­nos están expues­tos a estos abu­sos y humi­lla­cio­nes2.

Es la mis­ma estruc­tu­ra en los dos casos: una vio­len­cia sis­té­mi­ca, domi­nan­te, no cues­tio­na­da, que pue­de muy bien ser, al mis­mo tiem­po, mino­ri­ta­ria y domi­nan­te, jus­ta­men­te por­que no se la cues­tio­na. La dife­ren­cia entre la escue­la y la poli­cía es que el pro­fe­sor pue­de joder, herir moral­men­te, even­tual­men­te des­tro­zar aca­dé­mi­ca­men­te a los alum­nos (exclu­yén­do­los, ya sea por lle­var el velo o por cual­quier otra cosa), pero no tie­ne un arma de fue­go, de flash­ball, de taser (pis­to­la eléc­tri­ca)… Ni de téc­ni­ca de estran­gu­la­mien­to. El pro­fe­sor pue­de con­de­nar un joven a una muer­te esco­lar y social, o herir­lo mor­tal­men­te esca­to­ló­gi­ca­men­te, con pala­bras, notas, san­cio­nes; la poli­cía es más radi­cal, tie­ne el poder de matar sim­ple­men­te, físi­ca­men­te, irre­pa­ra­ble­men­te. Tomo como pun­to de par­ti­da que hay una omer­tà en la poli­cía, pero tam­bién en la polis, en la ciu­dad, en los espa­cios más ofi­cia­les y domi­nan­tes de la vida demo­crá­ti­ca, en los par­ti­dos, las orga­ni­za­cio­nes, las aso­cia­cio­nes, los gran­des medios de comu­ni­ca­ción, algu­nos perio­dis­tas con­cien­zu­dos, pero se pue­de decir que glo­bal­men­te exis­te un muro de silen­cio en rela­ción a las vio­len­cias poli­cia­les. Un muro que los colec­ti­vos Veri­té et Jus­ti­ce (Ver­dad y jus­ti­cia) con­si­guen regu­lar­men­te fisu­rar pero que, en cuan­to hay una fisu­ra rápi­da­men­te se tapa –es una espe­cie de com­ba­te sin fin. Como prue­va, he aquí lo que Fari­da Belghoul escri­bía hace más de vein­ti­cin­co años, duran­te la Segun­da Mar­cha por la Igualdad:

Es muy fácil con­de­nar lo que se ha con­ve­ni­do en lla­mar un cri­men racis­ta. Ese tipo de cri­men, con­si­de­ra­do en tan­to que tal (lo que ya es raro) pone en esce­na, en la bue­na con­cien­cia anti­rra­cis­ta, a un hor­te­ra demen­te sin garan­tía de repre­sen­ta­ción y una víc­ti­ma que se ha com­por­ta­do como un buen ciu­da­dano duran­te toda su vida. Des­de que un comer­cian­te o un poli­cía, sobre todo, es el autor del ase­si­na­to de un peque­ño delin­cuen­te, asis­ti­mos a una dis­per­sión total. Las con­de­nas vehe­men­tes y mora­les dan paso a un silen­cio que trans­for­ma el apa­ra­to del Esta­do y el judi­cial, los gru­pos polí­ti­cos y la opi­nión públi­ca, como diría Brecht, en cóm­pli­ces3.

Jus­ta­men­te lo que quie­ro es com­pren­der cómo este muro de silen­cio con­ti­núa a exis­tir, a pesar de todo lo que se ha hecho estos últi­mos vein­ti­cin­co años para rom­per­lo. ¿Cuá­les son los obs­tácu­los a los que nos enfren­ta­mos cuan­do se quie­re hacer emer­ger esta cues­tión de la vio­len­cia poli­cial, que es evi­den­te­men­te una cues­tión polí­ti­ca muy impor­tan­te –pero jus­ta­men­te una cues­tión que no es evi­den­te para todo el mun­do, que no es fun­da­men­tal para todo el mun­do, que no es polí­ti­ca para todo el mun­do y que no es inclu­so una cues­tión para todo el mun­do. Podría­mos refor­mu­lar el pro­ble­ma de la siguien­te mane­ra: ¿qué es lo que hace que cier­tas evi­den­cias no lo sean, que no apa­rez­can como tales?

¿Qué es lo que hace que las con­cien­cias mora­les y las inte­li­gen­cias estén has­ta ese pun­to ador­mi­la­das para que no se vea, para que no se sien­ta que el hecho de que un joven de 20 años como Hakim sea ase­si­na­do es un escán­da­lo abso­lu­to? ¿Cómo pue­de expli­car­se que esto no sea la noti­cia cen­tral en las noti­cias tele­vi­sa­das de la noche, sino sim­ple­men­te cua­tro líneas en la pági­na de suce­sos?

¿Cómo se expli­ca que esto no haga que la gen­te reaccione?

¿Y cómo se expli­ca que no sea per­ci­bi­do como un escán­da­lo abso­lu­to el hecho de que sea un poli­cía local quien le mate: el que debe­ría sal­var vidas lo que hace es aca­bar con esas vidas?

¿Quién habla, de qué y cómo?

Es a par­tir de estas pre­gun­tas que desa­rro­lla­ré mi inter­ven­ción, de esta extra­ñe­za, de esta inge­nui­dad que yo asu­mo. Y jus­ta­men­te la pala­bra omer­tà apor­ta un prin­ci­pio de repues­ta, pues­to que tie­ne tam­bién el inte­rés de poner la pre­gun­ta en tér­mi­nos de pala­bra y de silen­cio. Mi refle­xión va, jus­ta­men­te, alre­de­dor de la pala­bra: es alre­de­dor de la cir­cu­la­ción de la pala­bra, del dis­cur­so que se hace o que no se hace sobre la cues­tión de la vio­len­cia poli­cial, que se jue­ga, según mi opi­nión, algo esen­cial. Como decía Geor­ges Orwell es con las pala­bras como se lle­ga a jus­ti­fi­car lo injus­ti­fi­ca­ble4. Más en con­cre­to, a tra­vés de una cier­ta eco­no­mía de la pala­bra: a tra­vés de las pala­bras y de los silen­cios es como se con­si­gue que las cons­cien­cias y las inte­li­gen­cias se duer­men, hablan­do de cier­ta mane­ra, hablan­do de cier­tas cosas y callan­do otras, dejan­do que hablen unos y otros no.

Esto me lle­va a pre­ci­sar a par­tir de qué hablo. Soy pro­fe­sor de filo­so­fía y ense­ño a mis alum­nos que tie­nen la edad y el ori­gen de los que mue­ren en manos de la poli­cía –lo que, gra­cias a dios, no ha lle­ga­do a nin­guno de mis alum­nos has­ta aho­ra. Fre­cuen­to pues estos alum­nos en una inter­ac­ción que no está excep­ta de rela­cio­nes de poder, sino todo lo con­tra­rio, pero que per­mi­te a pesar de todo tomar con­cien­cia de esta evi­den­cia, que no lo es para todo el mun­do: tene­mos tra­tos con seres huma­nos sin­gu­la­res, que mere­cen abso­lu­ta­men­te vivir, y no es a tra­vés de un pro­ce­so de des­hu­ma­ni­za­ción, un ver­da­de­ro tra­ba­jo sobre la men­te, que lle­ga­mos a una espe­cie de indi­fe­ren­cia que sigue a los homi­ci­dios policiales.

No ten­go nin­gún títu­lo de exper­to en la cues­tión de los abu­sos y de los homi­ci­dios poli­cia­les como pue­den tener los acto­res socia­les que viven estas situa­cio­nes des­de el inte­rior (las víc­ti­mas y sus parien­tes y ami­gos por un lado y los poli­cías por otro), o aque­llos que inves­ti­gan de cer­ca este pro­ble­ma. Yo inter­ven­go más bien como ciu­da­dano, mili­tan­te, com­pro­me­ti­do des­de hace quin­ce años con­tra las vio­len­cias, los crí­me­nes y la impu­ni­dad poli­cial, espe­cial­men­te a tra­vés de un medio alter­na­ti­vo que co-diri­jo con Syl­vie Tis­sot, la web Les mots sont impor­tants (Las pala­bras son impor­tan­tes), con­sa­gra­da a la pala­bra, al deba­te públi­co –una cues­tión que me preo­cu­pa por­que se tra­ta de núcleos de poder, de pro­duc­ción y difu­sión de ideo­lo­gía, y por­que de esta mane­ra se debe actuar si que­re­mos rom­per este muro de indi­fe­ren­cia y de insen­si­bi­li­dad que exis­te sobre los crí­me­nes de la poli­cía. A tra­vés de la publi­ca­ción de libros o de tex­tos en esta web, inten­ta­mos pro­du­cir con­tra-infor­ma­ción, con­tra-cul­tu­ra, refle­xión crí­ti­ca, de mane­ra a ampliar al máxi­mo las fisu­ras de las que habla­ba antes, reco­gien­do el tra­ba­jo de los colec­ti­vos Véri­té Jus­ti­ce y plan­tean­do la cues­tión del deba­te públi­co, de su orga­ni­za­ción y del empleo de las palabras.

Es decir: las pala­bras son impor­tan­tes, de mane­ra gene­ral, pero par­ti­cu­lar­men­te sobre la vio­len­cia poli­cial, lo que sig­ni­fi­ca varias cosas: no solo que esco­ger las pala­bras es impor­tan­te, sino que se plan­tea, ade­más, la cues­tión de cómo se habla, de qué se habla y quién habla.

La cues­tión de ¿quién habla? plan­tea de entra­da otra cues­tión: ¿quién no habla?. Es el pri­mer pro­ble­ma a plan­tear: la dis­tin­ción que se esta­ble­ce entre los que tie­nen dere­cho a la pala­bra, a los que escu­cha­mos, los que tie­nen cré­di­to, y los que no tie­nen la pala­bra –or ejem­plo: los poli­cías de un lado y del otro sus víc­ti­mas. Segui­da­men­te, antes de saber si se habla bien o mal de un cier­to pro­ble­ma, de un suce­so, de una cues­tión, en este caso en con­cre­to, de un cri­men poli­cial, será nece­sa­rio que se hable de él– de ahí mi segun­da pre­gun­ta: de qué se habla?, que tie­ne otra ver­tien­te: de qué no se habla?. Y final­men­te, una vez de que se habla de algo, se pone la cues­tión de saber cómo se habla: qué pala­bras se uti­li­zan, y aquí tam­bién la elec­ción supo­ne una eli­mi­na­ción. Se emplea una pala­bra y no otra –y en reali­dad, hay tér­mi­nos extre­ma­da­men­te per­ver­sos que con­ta­mi­nan la refle­xión, que ador­me­cen las con­cien­cias y que impi­den pen­sar la reali­dad y la gra­ve­dad de estos acontecimientos.

Pala­bras y silencios

Como decía hace un momen­to, la cues­tión ¿de qué se habla? impli­ca auto­má­ti­ca­men­te una exclu­sión: no se pue­de hablar de todo al mis­mo tiem­po, y en con­se­cuen­cia esco­ger hablar de una cosa es tam­bién excluir todo lo demás, todo de lo que no se va a hablar. Cuan­do se esco­ge un suje­to de dis­cu­sión, cuan­do se hace una pre­gun­ta, antes mis­mo de enun­ciar la res­pues­ta, ya se afir­ma algo que no esta­ba nece­sa­ria­men­te en la pre­gun­ta: se afir­ma que es una pre­gun­ta impor­tan­te, seria, gra­ve, preo­cu­pan­te como dicen los perio­dis­tas. Es ver­dad para los polí­ti­cos –es la cues­tión de lo que lla­man sus prio­ri­da­des y es ver­dad para los medios de comu­ni­ca­ción– es la cues­tión de las deci­sio­nes edi­to­ria­les, de la pers­pec­ti­va, lo que impli­ca una jerar­qui­za­ción de la infor­ma­ción: ¿que es la noti­cia más impor­tan­te en el tele­dia­rio de la noche, que es lo que se deja para el final del tele­dia­rio, en la sec­ción de Bre­vesSuce­sos, y qué es lo que sim­ple­men­te se deja de lado, se elimina?

Podría vol­ver a la fór­mu­la de un filó­so­fo, Gilles Deleu­ze, que defi­nía el con­sen­sus de mane­ra nega­ti­va: el con­sen­sus es un acuer­do en el seno de un gru­po, pero no es for­zo­sa­men­te un acuer­do abso­lu­to sobre todo lo que se dis­cu­te ‑más bien un acuer­do sobre lo que no se dis­cu­te, un acuer­do táci­to del gru­pos para que cier­tas cues­tio­nes no se plan­teen5. Me pare­ce que esta fór­mu­la corres­pon­de par­ti­cu­lar­men­te bien a lo que nos reúne hoy ‑y que resu­mo, una vez más, con la pala­bra omer­tà. Sobre la vio­len­cia y la impu­ni­dad poli­cial, lo que no se dice, lo que no se plan­tea, lo que no se inte­rro­ga, es decir: ese con­sen­sus o esta omer­tà es com­par­ti­da por el mun­do polí­ti­co y por el mun­do mediá­ti­co, que están estre­cha­men­te entre­la­za­dos, sobre todo en la cima. Si hay fisu­ras y per­so­nas que tra­ba­jan para ampliar­las (lo que es nece­sa­rio, no hemos de pen­sar que no sir­ve para nada, ni mucho menos), la cons­ta­ta­ción gene­ral es que hay un muro de silencio.

De ahí la nece­si­dad de hacer rui­do, antes mis­mo que de apun­tar a los obje­ti­vos como la jus­ti­cia, la igual­dad de tra­to, por defi­ni­ción difí­ci­les a alcan­zar pues­to que esta­mos jus­ta­men­te en el cen­tro de un sis­te­ma de domi­na­ción, o sea con armas des­igua­les. La cues­tión del rui­do o del silen­cio, del silen­cio mediá­ti­co y del rui­do mediá­ti­co, es deci­si­va, es lo que yo lla­mo la cues­tión cuan­ti­ta­ti­va (se habla mucho, un poco o nada, con pala­bras jus­tas o no). Ade­más, hay per­so­nas cuya pro­fe­sión es cal­cu­lar el rui­do mediá­ti­co, el de con­tar el núme­ro de noti­cias a la AFP [Agen­ce Fran­ce Press], el núme­ro de recor­tes de pren­sa, el tiem­po en tele­vi­sión y el tiem­po en la radio con­sa­gra­do a tal o cual suce­so, a tal o cual pro­ble­ma, a tal o cual cues­tión de socie­dad. Y cuan­do mira­mos este tra­ba­jo, nos damos cuen­ta que este rui­do mediá­ti­co mode­la las sub­je­ti­vi­da­des, las con­cien­cias, por­que deter­mi­na lo que habi­tual­men­te con­si­de­ra­mos como pro­ble­má­ti­co o no, digno de inte­rés o no, impor­tan­te o no, preo­cu­pan­te o no, gra­ve o no.

Para decir­lo con­cre­ta­men­te, tene­mos el ejem­plo, de un lado, siem­pre o en todo caso fre­cuen­te­men­te, como pri­me­ra noti­cia de las noti­cias en tele­vi­sión o en la pren­sa, la foto del poli­cía que ha muer­to en el ejer­ci­cio de sus fun­cio­nes, y cada vez más sis­te­má­ti­ca­men­te la visi­ta in situ del Pre­si­den­te de la Repú­bli­ca, lo que da una razón de más a los perio­dis­tas de hacer rui­do sobre el acon­te­ci­mien­to, y al lado opues­to tene­mos el silen­cio o el casi-silen­cio, y en cual­quier caso la ausen­cia de visi­ta del Pre­si­den­te o de cual­quier otra per­so­na­li­dad polí­ti­ca, por el obre­ro muer­to en acci­den­te de tra­ba­jo, a for­tio­ri por el joven muer­to por la poli­cía. El suce­so, pues­to que tam­bién lo es, no es tra­ta­do como tal: que­da rele­ga­do en una bre­ve rese­ña en la sec­ción de Suce­sos, sin que se publi­que nin­gu­na foto, e inclu­so, muy a menu­do, sin que se men­cio­ne el nom­bre de la víctima.

Por lo tan­to, para el suce­so –y más allá del suce­so, la per­so­na muer­ta– ten­ga un ini­cio de exis­ten­cia en el ima­gi­na­rio colec­ti­vo, en la sub­je­ti­vi­dad del tele-espec­ta­dor lamb­da, es nece­sa­rio, para empe­zar, que la per­so­na ten­ga una iden­ti­dad, un nom­bre y un ros­tro. Algu­nas veces esto pasa, pero es la excep­ción y no la regla, y esto supo­ne jus­ta­men­te que los medios de comu­ni­ca­ción alter­na­ti­vos tie­nen que hacer el rui­do que no han hecho los medios de comu­ni­ca­ción oficiales.

Estos medios de comu­ni­ca­ción alter­na­ti­vos, son pági­nas web, radios loca­les, octa­vi­llas, mani­fes­ta­cio­nes, pero tam­bién son, y pue­de que en pri­mer lugar, que se lamen­te o no, los dis­tur­bios. No es un elo­gio román­ti­co de la insu­rrec­ción, sola­men­te una cons­ta­ta­ción: ¿de qué se acuer­da la gen­te real­men­te? ¿Quién tie­ne, para la gran masa de los ciu­da­da­nos fran­ce­ses, un nom­bre y un rostro?

Lo que plan­tea otra cues­tión cuan­ti­ta­ti­va: ¿cuán­tos coches hay que que­mar para que los huma­nos recu­pe­ren un nom­bre y un ros­tro, es decir, para que recu­pe­ren, en la colec­ti­vi­dad nacio­nal, la huma­ni­dad que les nie­ga la peque­ña músi­ca de las noti­cias en la tele­vi­sión y en las vitri­nas de los quios­cos de periódicos?

Lo que inten­to decir es que este tra­to mediá­ti­co des­igual cons­tru­ye las sub­je­ti­vi­da­des y nos empu­ja insen­si­ble­men­te, incons­cien­te­men­te, de mane­ra insi­dio­sa, a con­si­de­rar que hay cier­tas vidas que valen menos que otras, y cier­tas vidas que valen más que otras: se nos dice que la vida de un Hakim vale menos que una vida ordi­na­ria, y la de un poli­cía más que una vida ordinaria.

Una vida= una vida

La vida de un joven de las cla­ses popu­la­res y –casi siem­pre– des­cen­dien­te de la inmi­gra­ción no blan­ca es deva­lua­da por el silen­cio mediá­ti­co o, cuan­do el silen­cio es per­tur­ba­do por las rebe­lio­nes o por colec­ti­vos Véri­té Jus­ti­ce [Ver­dad Jus­ti­cia], por pala­bras ofi­cia­les que nos lla­man al orden legi­ti­man­do el homi­ci­dio y deni­gran­do la víc­ti­ma. Para­le­la­men­te, exis­te un tra­ba­jo ideo­ló­gi­co que nos habi­túa a pen­sar que cier­tas vidas, espe­cial­men­te de la poli­cía, valen más que otras: nos dicen por ejem­plo que la vida de un poli­cía no debe ser echa­da a per­der por la cár­cel, inclu­so cuan­do a hecho una fal­ta gra­ve ‑mien­tras esos escrú­pu­los no exis­ten para un sim­ple ladrón. Pien­so por ejem­plo en las recien­tes decla­ra­cio­nes de Bri­ce Hor­te­feux sobre el recien­te suce­so de Bobigny: unos poli­cías rea­li­zan, colec­ti­va­men­te, un fal­so tes­ti­mo­nio que pue­de enviar un ino­cen­te a la cár­cel por 30 años, son des­cu­bier­tos, juz­ga­dos y con­de­na­dos a 6 y 12 meses de cár­cel, y el minis­tro del Inte­rior sale de su reser­va para denun­ciar una pena des­pro­por­cio­na­da.

Toda­vía peor: el tra­to judi­cial de los suce­sos de Villiers-le-Bel. En julio de 2010, se envió a cin­co jóve­nes a la cár­cel, con penas de entre 5 y 15 años, sin nin­gu­na prue­ba con­tra ellos, excep­to tes­ti­gos anó­ni­mos y remu­ne­ra­dos, con enor­mes incohe­ren­cias en los tes­ti­mo­nios. ¿Qué es lo que ha per­mi­ti­do que sea acep­ta­ble este lin­cha­mien­to judi­cial? El hecho de que se haya dis­pa­ra­do a unos poli­cías duran­te los dis­tur­bios de Villiers-le-Bel. Nin­gún poli­cía ha muer­to, pero esos dis­pa­ros han sido sufi­cien­tes para que el pre­si­den­te Sar­kozy decre­te que había inten­ción de matar y para que decla­re inme­dia­ta­men­te. Pon­gan los medios que quie­ran, esto no debe que­dar sin cas­ti­go.

Y eso es lo que pasó, al pie de la letra: se han uti­li­za­do todos los medios nece­sa­rios para con­se­guir­lo, era nece­sa­rio encon­trar cul­pa­bles, poco impor­ta­ba quie­nes. No voy a desa­rro­llar aho­ra todo lo que el jui­cio ha teni­do de escan­da­lo­so, pero lo poco que he dicho deja ya entre­ver que, cuan­do se dis­pa­ra a la poli­cía, todo vale para que no impor­ta quien, o más bien para que no impor­te qué joven no blan­co del barrio, sea con­de­na­do a lar­gas penas de cárcel.

Un últi­mo ejem­plo: las repe­ti­das ofen­si­vas de los par­la­men­ta­rios de la dere­cha para res­ta­ble­cer la pena de muer­te, que se expre­san siem­pre para ser apli­ca­da en los crí­me­nes más gra­ves, entre los cua­les siem­pre se men­cio­na, sis­te­má­ti­ca­men­te, las muer­tes de niños y las muer­tes de poli­cías. Dejo de lado la cues­tión niños/​adultos, pero entre los adul­tos, este lugar común de la dere­cha ultra nos dice cla­ra­men­te que la vida de un poli­cía es más impor­tan­te que la vida de un pana­de­ro, un mecá­ni­co, un maes­tro o de un para­do. Esta jerar­qui­za­ción ha sido reco­gi­da por el pre­si­den­te estos últi­mos meses, cuan­do ha expre­sa­do su volun­tad de qui­tar la nacio­na­li­dad a algu­nos fran­ce­ses natu­ra­li­za­dos. Muchas per­so­nas han denun­cia­do con toda la razón esta dis­cri­mi­na­ción entre fran­ce­ses de naci­mien­to y fran­ce­ses de ori­gen extran­je­ro, pero se ha pres­ta­do menos aten­ción al hecho de que, en este caso inclu­so, los hechos de gra­ve­dad excep­cio­nal que jus­ti­fi­ca­ban este tra­ta­mien­to excep­cio­nal eran, nue­va­men­te, la muer­te de algún poli­cía –con­si­de­ra­da implí­ci­ta­men­te más gra­ves que cual­quier otro asesinato.

Otro ejem­plo: la muer­te de Maha­ma­dou Maré­ga, muer­to por la poli­cía el 30 de octu­bre de 2010. En las pocas noti­cias que cubrie­ron el suce­so, Maha­ma­dou Maré­ga no tenía iden­ti­dad, no se mos­tra­ba su foto, no tenía nom­bre: era un malien­se, un sin pape­les, el malien­se sin pape­les… En otros casos se decía la muer­te de un joven… Han sido nece­sa­rios varios días para fre­nar este pro­ce­so de des­hu­ma­na­ción. Es este tipo de con­tra-tra­ba­jo que inten­ta­mos hacer en la web Les mots sont impor­tants: Dar una gran impor­tan­cia a un suce­so de esta índo­le, que es tra­ta­do como un no suce­so por los medios de comu­ni­ca­ción domi­nan­tes, y dar­le un sen­ti­do polí­ti­co cuan­do las fuer­zas polí­ti­cas que pro­tes­tan lo tra­tan sola­men­te como un sim­ple acci­den­te, mini­mi­zan­do su alcan­ce polí­ti­co, o plan­teán­do­lo como una cues­tión pura­men­te téc­ni­ca sobre el uso del taser, cuan­do lo acon­te­ci­do plan­tea otras cues­tio­nes de fon­do ‑vol­ve­ré a esto en las conclusiones.

Siem­pre hay que pre­sen­tar a la víc­ti­ma con su iden­ti­dad, su nom­bre, su ros­tro. Para Maha­ma­dou Maré­ga, fue en la pren­sa malien­se don­de final­men­te se pudo encon­trar la infor­ma­ción que se difun­dió rápi­da­men­te en las webs mili­tan­tes. Los colec­ti­vos Véri­té Jus­ti­ce son, evi­den­te­men­te, los pri­me­ros que rea­li­zan este tra­ba­jo de visua­li­zar una per­so­na con su nom­bre, una foto, una exis­ten­cia, de recor­dar que es una vida huma­na que ha sido supri­mi­da. Vein­te días des­pués, pue­de que sal­ga una noti­cia bre­ve en Libé­ra­tion, en Le Mon­de, en AFP, por­que una inves­ti­ga­ción se ha abier­to. En el caso de Maha­ma­dou Maré­ga con­ti­nua­ban hablan­do del malien­se: la víc­ti­ma con­ti­nua­ba sin tener nom­bre, bas­ta­ba con mirar un poco en inter­net para encon­tra­lo –o bas­ta­ba con poner­se en con­tac­to con el colec­ti­vo Véri­té Jus­ti­ce que ya se había constituido.

Dar a cono­cer el ros­tro y el nom­bre me pare­ce cru­cial, pues­to que detrás se encuen­tra la cues­tión fun­da­men­tal de lo que vale una vida. Se ha resu­mi­do esto en la web Les mots sont impor­tants dicien­do que una vida es igual a una vida. Es tan sim­ple que esto: es una evi­den­cia, pero al mis­mo tiem­po es una fal­sa evi­den­cia, una evi­den­cia que no lo es por­que el orden sim­bó­li­co que nos cons­tru­yen, las repre­sen­ta­cio­nes que nos impo­ne, con esta jerar­qui­za­ción de la infor­ma­ción, nos acos­tum­bran a pen­sar que una vida no vale lo mis­mo que otra. Mog­niss Abda­llah reali­zó, hace diez años, una pelí­cu­la muy impor­tan­te sobre la muer­te de Yous­sef Khaïf que murió a cau­sa de una bala dis­pa­ra­da por un poli­cía cuan­do Yous­sef huía. El poli­cía fue absuel­to. Esta pelícu­lo mues­tra la lucha que hubo en ese doble escán­da­lo: el ase­si­na­to y la abso­lu­ción. La pelí­cu­la se titu­la ¿Qué vale la vida de Yous­sef?, hacien­do refe­ren­cia a una pan­car­ta del MIB (Mou­ve­ment de l’im­mi­gra­tion et des ban­lieux): resu­mien­do, siem­pre es la mis­ma cues­tión, las repre­sen­ta­cio­nes que se impo­nen en una socie­dad, el pre­cio que una cla­se diri­gen­te da a una vida pue­de medir­se de dos mane­ras: la pena que se pone al que ha toma­do la vida, pero tam­bién la pla­za que le dedi­can los medios de comunicación.

Resu­mien­do: la víc­ti­ma es nega­da, des­hu­ma­ni­za­da y por eso la pri­me­ra acción que se impo­ne, por el bien de los fami­lia­res de la víc­ti­ma y por los mili­tan­tes que toman muy en serio la igual­dad, el prin­ci­pio de una vida = una vida, es el de vol­ver a dar esta dig­ni­dad, esta exis­ten­cia que se nie­ga tri­ple­men­te ‑una pri­me­ra vez cuan­do la per­so­na es ase­si­na­da, una segun­da cuan­do es ase­si­na­da social­men­te, sim­bó­li­ca­men­te, por el sobre­sei­mien­to o en todo caso la com­pla­cen­cia de la jus­ti­cia, y una ter­ce­ra vez por esa indi­fe­ren­cia y por el silen­cio mediático.

La dimen­sión política

Lo que se nie­ga tam­bién es la cues­tión polí­ti­ca que se plan­tea a cusa de esta muer­te. Cita­ré a Pie­rre Bor­dieu que dice que el dis­cur­so tie­ne el poder de hacer exis­tir, al menos en la men­te, de lo que habla: más se habla de algu­na cosa, más esta cosa exis­te, y menos se habla, menos exis­te6. Por ejem­plo, a fuer­za de oír hablar de un pro­ble­ma de la inmi­gra­ción, se aca­ba admi­tien­do como una evi­den­cia que la inmi­gra­ción en ella mis­ma cons­ti­tu­ye un pro­ble­ma ‑es decir que no son los inmi­gran­tes los que se enfren­tan a pro­ble­mas, como todo el mun­do, e inclu­so más que el res­to de la gen­te, sino al con­tra­rio que son los inmi­gran­tes los que son un pro­ble­ma para los otros. Resu­mien­do: a fuer­za de repe­tir unos dis­cur­sos, se aca­ba por hacer exis­tir en las men­tes un pro­ble­ma de la inmi­gra­ción, un pro­ble­ma de la inse­gu­ri­dad, un pro­ble­ma del velo o un pro­ble­ma musul­mán, o, como pasó en los años 1930 – 1949, un pro­ble­ma judio. Es así como, a fuer­za de decir­lo, a fuer­za de hablar, los no-pro­ble­mas se con­vier­ten en pro­ble­mas y que, recí­pro­ca­men­te, los ver­da­de­ros pro­ble­mas, como la vio­len­cia poli­cial, pue­den lle­gar a ser no-pro­ble­mas a fuer­za de no hablar.

Una encues­ta que cito muy a menu­do ilus­tra este fenó­meno: en 2002, en un son­deo publi­ca­do en L’Hu­ma­ni­té, se pre­gun­ta­ba a las per­so­nas de la encues­ta de jerar­qui­zar los pro­ble­mas que les preo­cu­pa­ban más en ese momen­to. Entre diez pro­po­si­cio­nes, salud, jubi­la­ción, edu­ca­ción y, cla­ro está, inse­gu­ri­dad y otros, evi­den­te­men­te sin gran­des sor­pre­sas, des­pués de la repe­ti­ción inten­si­va que se había sufri­do duran­te meses, el pro­ble­ma cita­do como el núme­ro uno era el pro­ble­ma de la inse­gu­ri­dad. Pero lo que era intere­san­te, es en la mis­ma encues­ta se plan­tea­ban las mis­mas pre­gun­tas, pero no des­de un pun­to de vis­ta gene­ral, sino sobre los pro­ble­mas pro­pios de las per­so­nas en su vida coti­dia­na: ¿usted, en su vida, cuá­les son sus pro­ble­mas? y los resul­ta­dos se inver­tían: la inse­gu­ri­dad en mi ciu­dad y en mi barrio era la últi­ma de las preo­cu­pa­cio­nes de las per­so­nas que par­ti­ci­pa­ban en la encues­ta, con sola­men­te un 20% de per­so­nas no satis­fe­chas y el 80% satis­fe­chas. Igual­men­te, en una encues­ta más recien­te, el 66% de los encues­ta­dos de 15 – 25 años decla­ra­ban que los padres no tenían sufi­cien­te auto­ri­dad sobre sus hijos y, al mis­mo tiem­po, cuan­do se les pre­gun­ta­ban por sus pro­pios padres, el 89% esti­ma­ban que tenían sufi­cien­te auto­ri­dad sobre ellos, ni mucho ni poco. Esta impo­si­ción de una jerar­quía entre lo que es pro­ble­má­ti­co o no lo es y entre lo que es polí­ti­ca (por ejem­plo, la inse­gu­ri­dad, la fal­ta de auto­ri­dad paren­tal o inclu­so la últi­ma fra­se de Ségo­lè­ne Royal o de Jean-Fra­nçois Copé, del hijo de Sar­kozy o de la mujer de Strauss-Kahn) y lo que no es polí­ti­ca (por ejem­plo la acción de la poli­cía, su vio­len­cia, sus crí­me­nes y su impu­ni­dad) nos pone fren­te a otra tarea, tan­to a los colec­ti­vos Véri­té Jus­ti­ce como a sus segui­do­res y sus apo­yos polí­ti­cos o mediá­ti­cos: lo mis­mo que hay que rehu­ma­ni­zar a los huma­nos des­hu­ma­ni­za­dos, hay que repo­li­ti­zar una cues­tión polí­ti­ca des­po­li­ti­za­da ‑vol­ve­ré a este pun­to en las conclusiones.

La eufe­mi­ni­za­ción del crimen

Me que­da poco tiem­po para evo­car otras dos cues­tio­nes: cómo se hablaquién habla. La cues­tión de cómo se habla nos lle­va al colec­ti­vo Les mots sont impor­tants a denun­ciar cier­tas expre­sio­nes par­ti­cu­lar­men­te bár­ba­ras. Por ejem­plo, des­pués de la muer­te de Karim Bou­dou­da, muer­to por la poli­cía el verano pasa­do en Gre­no­ble, la perio­dis­ta Eli­sa­beth Lévy decla­ró en RTL: Esta­mos en gue­rra y si uno de ellos mue­re, no derra­ma­ré ni una sola lágri­ma.

Des­pués hay pala­bras menos extre­mas, menos excep­cio­na­les, cuya vio­len­cia pasa des­aper­ci­bi­da por­que se han impues­to como un voca­bu­la­rio nor­mal. Por ejem­plo la pala­bra error [bavu­re], que per­mi­te no decir que se tra­ta de un cri­men, de un homi­ci­dio, que tien­de a hacer pasar de con­tra­ban­do una cier­ta inter­pre­ta­ción del suce­so, que está lejos de ser indis­cu­ti­ble: la idea de que el error ha sido la mala suer­te, que no hay nin­gu­na racio­na­li­dad polí­ti­ca, que son sim­ples acci­den­tes. Pero, inclu­so si estos crí­me­nes son rara­men­te pre­me­di­ta­dos por el poli­cía, pode­mos afir­mar, en la mayo­ría de los casos, que en una situa­ción en la que nada le obli­ga­ba, el poli­cía ha esco­gi­do poner en peli­gro la vida de su víc­ti­ma, y para la ins­ti­tu­ción [la poli­cía] estas muer­tes bene­fi­cian de un con­sen­ti­mien­to, en el sen­ti­do de que la repe­ti­ción de hechos simi­la­res no pue­de pro­du­cir­se sin un acuer­do de la ins­ti­tu­ción, que da a sus miem­bros un cier­to mar­gen, una cier­ta can­ti­dad de erro­res auto­ri­za­dos, ase­gu­ran­do de esta mane­ra la impunidad.

Se redu­ce el cri­men poli­cial al esta­tu­to de un suce­so des­gra­cia­do, en el sen­ti­do lite­ral de la pala­bra: la mala suer­te, la fata­li­dad ‑y no un suce­so con­tin­gen­te que no debe­ría haber pasa­do, que podría no haber pasa­do, y que solo era nece­sa­rio para un cier­to orden social y polí­ti­co que no tie­ne nada de nece­sa­rio. Cali­fi­car el suce­so de error es a final de cuen­tas decir que pode­mos deplo­rar­lo pero no recha­zar­lo, denun­ciar­lo, com­ba­tir­lo –como lo ha seña­la­do la filó­so­fa Han­nah Arendt:

El furor no es de nin­gu­na mane­ra una reac­ción auto­má­ti­ca ante la mise­ria y el sufri­mien­to en tan­to que tal. Nadie se enfu­re­ce ante una enfer­me­dad incu­ra­ble o un terre­mo­to, ni ante con­di­cio­nes socia­les que pare­cen impo­si­bles a modi­fi­car. Sola­men­te en el caso en el que hay bue­nas razo­nes de creer que estas con­di­cio­nes podrían cam­biar­se y que no se cam­bian es cuan­do el furor esta­lla7.

Otro eufe­mis­mo: los gol­pes y las heri­das, cuan­do son rea­li­za­das por la poli­cía es un lugar públi­co, se con­vier­ten en una inter­ven­ción bru­tal. Esta­mos en el núcleo de la mis­ma lógi­ca cuan­do se lla­ma inter­ven­ción bru­tal a una pali­za, al mal­tra­to, enton­ces no debe extra­ñar­nos que un homi­ci­dio no sea tra­ta­do como un homi­ci­dio sino como un acci­den­te lamentable.

La difa­ma­ción de las víctimas

Al mis­mo tiem­po que estas pala­bras disi­mu­lan, mini­mi­zan, eufe­mi­zan la vio­len­cia poli­cial, otras pala­bras dia­bo­li­zan la víc­ti­ma y espe­cial­men­te su acti­tud en el momen­to de los hechos, de mane­ra a poner el homi­ci­dio en una cate­go­ría que no es la que le corres­pon­de: la de la legí­ti­ma defen­sa. Al prin­ci­pio uti­li­zan sin dis­cer­ni­mien­to, sin mode­ra­ción, de mane­ra total­men­te abu­si­va, las pala­bras legí­ti­ma defen­sa. Segui­da­men­te seña­lan, exa­ge­ran­do, la vio­len­cia de la situa­ción, el páni­co del poli­cía, la agre­si­vi­dad de la víc­ti­ma, pre­sen­tán­do­la como furio­sa, o sus dimen­sio­nes impre­sio­nan­tes (encon­tra­mos estas dos pala­bras furio­so, dimen­sio­nes en las noti­cias sobre Maha­ma­dou Maré­ga). Recuer­do que en 2001, duran­te el jui­cio Hiblot se inven­tó inclu­so un con­cep­to para esto: no sé si fue la defen­sa o direc­ta­men­te el fis­cal, pero se invo­có en favor del poli­cía la legí­ti­ma defen­sa sub­je­ti­va. Todos los tes­ti­mo­nios y todos los exper­tos (autop­sia, balís­ti­ca) con­fir­ma­ron que el poli­cía había dis­pa­ra­do a un coche que huía, que esta­ba a una dis­tan­cia de más de vein­te metros y que tenía inten­ción de alcan­zar a Yous­sef Khaïf en la nuca, o sea que no se podía invo­car la legí­ti­ma defen­sa. De repen­te se sacan esa legí­ti­ma defen­sa sub­je­ti­va y lo más gra­ve es que esa enor­mi­dad con­cep­tual ha teni­do una efi­ca­cia polí­ti­ca e inclu­so jurí­di­co: el poli­cía fue absuelto.

Esta fór­mu­la pue­de com­pren­der­se de dos for­mas: hay legí­ti­ma defen­sa pri­me­ra­men­te en la men­te del poli­cía, que se sen­tía ame­na­za­do, inclu­so si obje­ti­va­men­te no lo esta­ba, y segui­da­men­te por toda la socie­dad, cuyo espí­ri­tu está esta­ti­za­do, tra­ba­ja­do por una pro­pa­gan­da que le hace com­pren­der que cier­tas pobla­cio­nes son por ellas mis­mas ame­na­zan­tes, inde­pen­dien­te­men­te de sus ges­tos y hechos reales ‑inclu­so cuan­do están huyen­do y nos dan la espal­da. Es aquí cuan­do la cues­tión de la vio­len­cia poli­cial y de su impu­ni­dad se mues­tra indi­so­cia­ble con la del racis­mo: una pobla­ción decre­ta­da ame­na­zan­te por natu­ra­le­za es una de las defi­ni­cio­nes posi­bles del racismo.

Ade­más de la rees­cri­tu­ra de los hechos, hay una estra­te­gia de des­ca­li­fi­ca­ción más gene­ral y nebu­lo­sa que con­sis­te en deni­grar a la per­so­na que es la víc­ti­ma, espe­cial­men­te con la ayu­da del inevi­ta­ble cono­ci­do de los ser­vi­cios de la poli­cía. Exis­te una vio­len­cia increí­ble para las per­so­nas cer­ca­nas de la víc­ti­ma: no se les da tiem­po a rea­li­zar que un ser que­ri­do ha muer­to pues­to que rápi­da­men­te deben empe­zar a defen­der su memo­ria. Mien­tras que se está ocu­pa­do en defen­der su memo­ria, no se pue­de plan­tear la cues­tión de fon­do: la misión de la poli­cía, lo que se espe­ra de ella, lo que tie­ne dere­cho a hacer y lo que no tie­ne dere­cho a hacer. La víc­ti­ma se con­vier­te en cul­pa­ble y sus alle­ga­dos se ven obli­ga­dos a con­ver­tir­se en su abogado.

Eso es lo que pasó, por ejem­plo, con Zyed et Bou­na, muer­tos en Clichy-sous-Bois en un trans­for­ma­dor eléc­tri­co en don­de se habían refu­gia­do para huir de la poli­cía que los per­se­guía. El minis­tro del Inte­rior Sar­kozy corrió a decla­rar que se pre­pa­ra­ban a come­ter un robo. La acu­sa­ción se reve­ló fal­sa, y eso es lo que pasa gene­ral­men­te. Pero lo peor no es la men­ti­ra, ni el hecho de que se deni­gre a la víc­ti­ma: lo peor es que ade­más se tien­den a jus­ti­fi­car implí­ci­ta­men­te los dis­pa­ros mor­ta­les, la estran­gu­la­ción o cual­quier otra for­ma de aten­tar con­tra la vida de un joven por el hecho de tener algu­na cosa a se repro­char. Es una ver­da­de­ra tram­pa: pri­me­ra­men­te esta­mos obli­ga­dos a rebe­lar­nos con­tra la difa­ma­ción para defen­der la memo­ria de los des­apa­re­ci­dos, pero de gol­pe se deja pasar una idea bár­ba­ra: la idea de que un deli­to de fuga, un robo o cual­quier otro deli­to, inclu­so si se demues­tra que es cier­to, pue­da jus­ti­fi­car el ajus­ti­cia­mien­to fue­ra de la legí­ti­ma defen­sa.

Legí­ti­ma defensa

Yous­sef Khaït, cuan­do fue aba­ti­do por el poli­cía Hiblot, esta­ba en un coche roba­do ‑lo que nume­ro­sos polí­ti­cos y perio­dis­tas no se han pri­va­do de repe­tir sis­te­má­ti­ca­men­te. De repen­te su madre plan­teó cla­ra­men­te el pro­ble­ma de fon­do: Sí, había roba­do un coche, pero no debía morir por ello. Nue­va­men­te esta­mos ante una evi­den­cia que no lo es, por­que todo está hecho para que el pro­ble­ma no se plan­tee nun­ca en estos tér­mi­nos. Todo está hecho para habi­tuar­nos a jus­ti­fi­car o a excu­sar el cri­men poli­cial por el deli­to de la víc­ti­ma o en todo caso para habi­tuar­nos a no poner en cues­tión el acto del poli­cía: ¿por qué, por ejem­plo, un perio­dis­ta juz­ga nece­sa­rio pre­ci­sar que el joven ase­si­na­do había hecho algo repren­si­ble y por qué no juz­ga más nece­sa­rio pre­ci­sar que el joven esta­ba huyen­do, que daba la espal­da al poli­cía o que, en cual­quier caso, no le amenazaba?

Todo está hecho para que la legí­ti­ma defen­sa no sea plan­tea­da por la pobla­ción, enmar­ca­da por la ins­ti­tu­ción y ense­ña­da a los poli­cías en la for­ma­ción como una noción muy espe­cí­fi­ca y limi­ta­da: la legí­ti­ma defen­sa de sí mis­mo o de otra per­so­na, que es la úni­ca vio­len­cia legí­ti­ma, es el mini­mum de vio­len­cia nece­sa­ria para sal­var la vida pro­pia o la de otra per­so­na, para des­ar­mar a una per­so­na arma­da, parar el bra­zo del mari­do que pega a su mujer, etc. Fue­ra de estas situa­cio­nes de ame­na­za o de vio­len­cia efec­ti­va y más allá del míni­mo nece­sa­rio de con­tra-vio­len­cia nece­sa­ria para impe­dir o dete­ner esta pri­me­ra vio­len­cia, no hay defen­sa ni legi­ti­mi­dad.

En suma, entre las pre­gun­tas que todo el mun­do deci­de no plan­tear, está esta cues­tión, que es una cues­tión polí­ti­ca: ¿cuán­do, en los cen­tros de for­ma­ción, se va a ense­ñar cla­ra­men­te a los poli­cías, como prin­ci­pio fun­da­men­tal, que hay que dejar huir a la per­so­na que ha con­se­gui­do dar­se a la fuga, pues­to que ya ha fra­ca­sa­do en su ten­ta­ti­va de come­ter un cri­men o un deli­to, más que inten­tar neu­tra­li­zar­lo a cual­quier pre­cio, inclu­so al pre­cio de su vida? Ya sea con un taser, un arma de fue­go, un flash­ball, una lla­ve de estran­gu­la­mien­to o cual­quier otra prác­ti­ca que pon­ga su vida en peli­gro, inclu­so la persecución…

Pien­so, por ejem­plo, en la muer­te de Moham­med Berri­chi en Dam­ma­rie-les-Lys, en don­de se ha alcan­za­do el sum­mum de lo absur­do. Moham­med Berri­chi murió en mayo 2002 de una caí­da de moto, sin cas­co, como resul­ta­do de una lar­ga per­se­cu­ción y evi­den­te­men­te los poli­cías no fue­ron inquie­ta­dos. Sin embar­go, fue la poli­cía la que le empu­jó a ace­le­rar y a ir en sen­ti­do con­tra­rio al per­se­guir­lo con ries­go de su vida, pero igual­men­te con ries­go de la vida de los vian­dan­tes que habría podi­do arro­llar. ¿Y por qué la poli­cía se encar­ni­zó tan­to en esta per­se­cu­ción mor­tal? Por­que no se paró cuan­do se le inter­pe­ló. ¿Y por qué se le inter­pe­ló? Por­que iba sin cas­co. ¿Y por qué el cas­co es obli­ga­to­rio? ¡Para pro­te­ger la vida huma­na en caso de acci­den­te! Esta­mos en el núcleo de la terri­ble absur­di­dad del sis­te­ma policial.

La dis­tri­bu­ción de la palabra

Ya no me que­da tiem­po para desa­rro­llar mi ter­cer pun­to: ¿quién habla? Pero des­de otro pun­to de vis­ta impor­tan­te del pro­ble­ma: ¿quién tie­ne la pala­bra? ¿quién no la tie­ne? ¿Quién la tie­ne de ofi­cio, quién tie­ne que luchar, orga­ni­zar­se, mani­fes­tar, o que­mar coches para tener­la? ¿Quién bene­fi­cia de una con­fian­za total, a prio­ri, quién por el con­tra­rio cho­ca ante una pro­fun­da des­con­fian­za? Es nece­sa­rio hablar de la sacro-san­ta fuen­te poli­cial que muchos perio­dis­tas han cogi­do la cos­tum­bre de ver como una ver­dad reve­la­da. Es nece­sa­rio hablar tam­bién del uso de la geo­me­tría varia­ble de las comi­llas y del con­di­cio­nal en los medios de comu­ni­ca­ción, según se cita la pala­bra de la poli­cía o la de los fami­lia­res de la víctima.

El caso de los homi­ci­dios poli­cia­les plan­tea una difi­cul­tad par­ti­cu­lar: la víc­ti­ma está muer­ta, por lo tan­to no pue­de hablar. No se pue­de dejar de hacer lo que se hace, por­que es de vital impor­tan­cia para las otras víc­ti­mas de injus­ti­cia: empe­zar por dar­les la pala­bra, en pri­mer lugar. Por ejem­plo, es lo que hemos hecho en el caso de las chi­cas con velo8. Dejar oír su voz era nece­sa­rio por­que la pri­me­ra injus­ti­cia con­tra ellas, la que per­mi­tía todas las demás, como siem­pre, era jus­ta­men­te que todo el mun­do se había otor­ga­do el dere­cho de hablar sobre ellas, sin dejar­les a ellas mis­mas la opor­tu­ni­dad de hablar y de ser oídas. Y era posi­ble hacer­se eco de esta pala­bra por­que, a pesar de todo lo que se había hecho para des­truir cual­quier dig­ni­dad en ella, cual­quier esti­ma en sí, cual­quier fuer­za, cual­quier capa­ci­dad de hablar, fue­ron nume­ro­sas las que resis­tie­ron, las que tenían cosas a decir, ganas de hacer­lo, e inclu­so nece­si­dad de decir­las. Se les había que­ri­do hacer des­apa­re­cer, pero ellas esta­ban vivas, y pre­ci­sa­men­te esto es lo que no es posi­ble hacer cuan­do la víc­ti­ma está físi­ca­men­te muer­ta, cuan­do real­men­te le han qui­ta­do la vida.

Por lo tan­to es otra eco­no­mía de la pala­bra que debe inven­tar­se, a par­tir pri­me­ro de la fami­lia, del círcu­lo cer­cano, de los tes­ti­gos de los hechos, y amplian­do segui­da­men­te, sin per­der­se, con la pala­bra de los comi­tés de apo­yo, de los mili­tan­tes, abo­ga­dos y, toda­vía más, de los perio­dis­tas, soció­lo­gos o polí­ti­cos a los que se quie­re sen­si­bi­li­zar. Nada es sim­ple, pero la impor­tan­cia de encuen­tros, como el de hoy, es que se inten­ta poner a las fami­lias, a los ami­gos y ami­gas, a los que los apo­yan en el cen­tro del dis­po­si­ti­vo de la pala­bra y que con­tri­bu­yan a que emer­ja otra pala­bra: una pala­bra difí­cil a hacer oír, una pala­bra que va con­tra­co­rrien­te, pero una pala­bra que tie­ne en ella la ver­dad y la justicia.

Es decir, fren­te a todos estas sucias pala­bras de las que aca­bo de hablar, los Colec­ti­vos Véri­té et Jus­ti­ce por

Hakim Aji­mi, Lami­ne Dieng, Maha­ma­dou Maré­ga, Umut Kiran, Hakim Dje­las­si, Abou Baka­ri Tan­dia, Reda Sem­mou­di, Zyed Ben­na et Bou­na Trao­ré, Mouh­sin et Lara­mi Sou­ma­ré, Baba Trao­ré, Mic­kaël Cohen, Fethi Trao­ré, Yakou Sano­go, Louis Mendy y de todos las otras víc­ti­mas, opo­ner las pala­bras nece­sa­rias, cua­tro pala­bras que a ellas solas ya dicen lo que es esen­cial: las pala­bras ver­dad, jus­ti­cia, la impor­tan­cia del colec­ti­vo y final­men­te el nom­bre del muerto.

Pie­rre Tevanian

18 de mayo de 2016

Fuen­te: Les mots sont importants

[Tra­du­ci­do del fran­cés por Boltxe Kolektiboa.]

  1. Pie­rre Bour­dieu, Jean-Clau­de Pas­se­ron: La repro­duc­tion, Edi­tions de Minuit, 1970.

  2. Pie­rre Mer­le: L’élève humi­lié. L’École: un espa­ce de non-droit?, Pres­ses Uni­ver­si­tai­res de Fran­ce, 2005.

  3. Fari­da Belghoul: Let­tre ouver­te aux gens con­vain­cus , en Con­ver­gen­ce 84 pour l’égalité, La ruée vers l’égalité, 1985.

  4. Geor­ge Orwell: La poli­ti­que et la lan­gue anglai­se, dans Tels étaient nos plai­sirs et autres essais, Édi­tions Ivrea, 2005.

  5. Gilles Deleu­ze: Q com­me Ques­tion, dans L’abécédaire, Édi­tions Mont­par­nas­se, 1988.

  6. Pie­rre Bour­dieu: Sur la télé­vi­sion, Édi­tions Rai­sons d’agir, 1996.

  7. Han­nah Arendt: Du men­son­ge à la vio­len­ce, Édi­tions Cal­mann Lévy, 1972.

  8. Véa­se Marian­ne: Marian­ne, ta tenue n’est pas laï­que!; Ismaha­ne Chou­der, Mali­ka Latrè­che, Céci­lia Bae­za: Inch Allah l’égalité!; ou enco­re les tren­te-six Chro­ni­ques d’une voi­lée désa­bu­sée.

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