Tra­ba­jo y domi­na­ción: refle­xio­nes sobre el poder

Para noso­tros, refle­xio­nar acer­ca del tra­ba­jo y la domi­na­ción impli­ca una obli­ga­ción y un desa­fío. La obli­ga­ción con­sis­te en no per­der de vis­ta que, para hacer­lo, se debe con­si­de­rar el poder como un fac­tor de aná­li­sis fun­da­men­tal. La mane­ra en la que enten­da­mos el poder defi­ni­rá un abor­da­je par­ti­cu­lar de esa rela­ción entre tra­ba­jo y domi­na­ción. El desa­fío, por su par­te, es resul­ta­do de acep­tar esa obli­ga­ción: nues­tra refle­xión debe ser capaz de ser sen­si­ble a las varia­cio­nes del ejer­ci­cio del poder en el tra­ba­jo, aun­que este parez­ca no sufrir modi­fi­ca­cio­nes. En las pró­xi­mas pági­nas acer­ca­re­mos algu­nas de nues­tras ideas res­pec­to de estas dos cuestiones.

Una refle­xión sobre el poder como relación

Toda for­ma de domi­na­ción es un modo de ejer­ci­cio del poder. Pero la pala­bra domi­na­ción encie­rra un peli­gro: el sen­ti­do común sue­le aso­ciar con dema­sia­da fre­cuen­cia la domi­na­ción con un ejer­ci­cio de poder mono­lí­ti­co, abso­lu­to y, por lo gene­ral, des­cen­den­te. Esto es, cuan­do el sen­ti­do común dice que un gru­po A domi­na a un gru­po B (o un suje­to A, a un suje­to B) pien­sa en cómo A, al que se supo­ne como un con­jun­to cohe­ren­te, deter­mi­na de mane­ra com­ple­ta y total (abso­lu­ta) y sin fisu­ras (mono­lí­ti­ca) el accio­nar de B, con­si­de­ra­do tam­bién como un con­jun­to cohe­ren­te, al que le adju­di­ca una posi­ción social infe­rior (por ello el ejer­ci­cio del domi­nio es des­cen­den­te). El gru­po A sería el de los domi­nan­tes y el B, el de los domi­na­dos. Esta idea de domi­na­ción sue­le tener como coro­la­rio que la acción pare­ce ser un pri­vi­le­gio exclu­si­vo de los inte­gran­tes del gru­po A, es decir, los que pare­cen estar en con­di­cio­nes de actuar, de tener un papel acti­vo, son los miem­bros de ese gru­po; y a los del gru­po B solo les que­da un papel pasi­vo: ser domi­na­dos, pade­cer la domi­na­ción. La apli­ca­ción de esta pers­pec­ti­va a la refle­xión sobre el tra­ba­jo impli­ca­ría que exis­te un gru­po social o, en tér­mi­nos más espe­cí­fi­cos, una cla­se, que deten­ta el pri­vi­le­gio de la acción e impo­ne su domi­nio o ejer­ce coac­ción sobre otro gru­po (u otra cla­se), que lo pade­ce; y por el pri­vi­le­gio que deri­va de ese domi­nio, la cla­se domi­nan­te impo­ne la obli­ga­ción, que se con­vier­te en inelu­di­ble para la cla­se domi­na­da, de trabajar.

Si esto fue­ra sufi­cien­te para expli­car las socie­da­des que se orga­ni­zan en torno a una cla­se que tra­ba­ja y otra que vive del tra­ba­jo ajeno, nues­tra com­pren­sión de la reali­dad no impli­ca­ría mayor desa­fío por­que sería sim­ple y lineal. Sin embar­go, todos aque­llos que coti­dia­na­men­te vivi­mos en estas socie­da­des capi­ta­lis­tas sabe­mos (por­que lo expe­ri­men­ta­mos), que esta expli­ca­ción no es útil para dar cuen­ta de nues­tra reali­dad, por­que esta es mucho menos lineal y mucho más com­ple­ja. Enton­ces, si esa for­ma de con­si­de­ra­ción de la rela­ción entre poder y tra­ba­jo no es del todo ade­cua­da, ¿cuál podría­mos adoptar?

Podría­mos par­tir, como lo hacen algu­nos pen­sa­do­res con­tem­po­rá­neos, del pun­to de vis­ta de que el poder es una rela­ción entre suje­tos que inter­ac­túan. Este pun­to de par­ti­da, a dife­ren­cia del ante­rior, nos per­mi­te pen­sar no solo en qué medi­da los domi­na­dos somos co-res­pon­sa­bles del man­te­ni­mien­to de las rela­cio­nes de domi­na­ción y en qué medi­da los domi­na­do­res depen­den de noso­tros para seguir sién­do­lo sino tam­bién en cómo las accio­nes de unos impac­tan en las de los otros. Un pun­to de vis­ta rela­cio­nal del poder per­mi­te reco­no­cer el carác­ter acti­vo en todas las par­tes1.

Aho­ra, si bien abor­dar la domi­na­ción des­de el pun­to de vis­ta rela­cio­nal del poder per­mi­te una aper­tu­ra hacia la con­si­de­ra­ción de la acción de los suje­tos impli­ca­dos, redu­cir la pri­me­ra al segun­do sería un error, por­que podría lle­var­nos a sobre­es­ti­mar el poder de la acción volun­ta­ria de los suje­tos: bas­ta­ría con que­rer dejar de estar some­ti­dos al tra­ba­jo para ya no estar­lo; bas­ta­ría con renun­ciar al tra­ba­jo para salir de la socie­dad sala­rial. Esto es, bas­ta­ría sim­ple­men­te con que­rer cam­biar la rela­ción para que esta sufrie­ra, efec­ti­va­men­te, cam­bio. Sin embar­go, la cosa no es tan sen­ci­lla. Como bien seña­lan algu­nos mar­xis­tas crí­ti­cos, las rela­cio­nes socia­les pau­la­ti­na­men­te van adqui­rien­do inde­pen­den­cia de las prác­ti­cas que les die­ron ori­gen y se vuel­ven sobre los indi­vi­duos, impo­nién­do­se­les como obli­ga­cio­nes exter­nas y obje­ti­vas. La socie­dad nos impo­ne tra­ba­jar para vivir; el mer­ca­do pone un pre­cio a nues­tra fuer­za de tra­ba­jo; el esta­do regu­la nues­tra rela­ción sala­rial; la com­pe­ten­cia deter­mi­na nues­tra posi­bi­li­dad de emplea­bi­li­dad. Socie­dad, mer­ca­do, esta­do o com­pe­ten­cia cobran una exis­ten­cia que va más allá de la inter­ac­ción (y de la volun­tad) de los indi­vi­duos y, en la medi­da que logran esta inde­pen­den­cia, ejer­cen su poder sobre los suje­tos de mane­ra obje­ti­va e imper­so­nal2. En esto tam­bién se apo­ya la efi­ca­cia de las rela­cio­nes de poder, de las rela­cio­nes de domi­nio que nos ligan al trabajo.

La com­ple­ji­dad del poder en el trabajo

Si hace­mos del poder un con­cep­to fun­da­men­tal para com­pren­der las for­mas de domi­na­ción en el tra­ba­jo, y par­ti­mos de la idea de que el poder da cuen­ta de una rela­ción com­ple­ja entre suje­tos (indi­vi­dua­les y colec­ti­vos), debe­mos con­si­de­rar las diver­sas moda­li­da­des que ese poder adop­ta. Vamos a pro­po­ner que, en rela­ción con el tra­ba­jo, es posi­ble con­si­de­rar tres moda­li­da­des de poder: como coman­do, como socia­li­dad y como gobierno.

El poder como coman­do se ejer­ce cuan­do el eje del domi­nio está pues­to en el pro­ce­so de tra­ba­jo. Para el capi­ta­lis­mo, domi­nar el pro­ce­so de tra­ba­jo es un obje­ti­vo fun­da­men­tal. Ten­ga­mos en cuen­ta que el capi­tal es resul­ta­do de la apro­pia­ción uni­la­te­ral del tra­ba­jo y de los pro­duc­tos del tra­ba­jo por par­te de los capi­ta­lis­tas; del no pago del tra­ba­jo que las per­so­nas hacen por enci­ma del que nece­si­tan para su pro­pia sub­sis­ten­cia, es decir, del plus­tra­ba­jo. Para el capi­ta­lis­ta, ejer­cer el poder sobre el pro­ce­so de tra­ba­jo impli­ca domi­nar las for­mas en las que el tra­ba­jo se rea­li­za con el fin de que pro­duz­ca cada vez más plus­va­lor. Por ello, el capi­ta­lis­mo fun­cio­na apli­can­do una selec­ción natu­ral (natu­ral­men­te capi­ta­lis­ta) de los pro­ce­sos de tra­ba­jo: los que no gene­ren mer­can­cías cuyo cos­to de pro­duc­ción ase­gu­re la ganan­cia desea­ble serán aban­do­na­dos o cam­bia­dos. Y aquí vemos, tam­bién, cómo las for­mas de domi­nio se vuel­ven imper­so­na­les: serán las con­di­cio­nes gene­ra­les de la com­pe­ten­cia capi­ta­lis­ta en un deter­mi­na­do momen­to las que impon­gan carac­te­rís­ti­cas al pro­ce­so de trabajo.

Para el tra­ba­ja­dor, en cam­bio, ejer­cer el poder sobre el pro­ce­so de tra­ba­jo pue­de sig­ni­fi­car reta­cear al capi­ta­lis­ta espa­cios con­cre­tos de domi­nio. Cuan­do el tra­ba­ja­dor reser­va para sí y no com­par­te con el capi­ta­lis­ta todo el saber-hacer (indi­vi­dual o colec­ti­vo) de una acti­vi­dad; cuan­do disi­mu­la el tiem­po nece­sa­rio para pro­du­cir o cuan­do se resis­te a la estan­da­ri­za­ción de los pro­ce­di­mien­tos, por ejem­plo, pelea el coman­do sobre el pro­ce­so de tra­ba­jo, bus­ca ejer­cer él tam­bién el domi­nio sobre las for­mas con­cre­tas de tra­ba­jar y, muchas veces, ese accio­nar es cau­sa de cam­bios en los procesos.

La socia­li­dad es otra de las moda­li­da­des de ejer­ci­cio del poder en el tra­ba­jo. Ope­ra sobre las for­mas con­cre­tas en las que se orga­ni­za el tra­ba­jo como resul­ta­do de la coope­ra­ción del colec­ti­vo de tra­ba­ja­do­res. Cier­to es que las más de las veces la for­ma que adop­ta la dimen­sión colec­ti­va está ínti­ma­men­te rela­cio­na­da con cómo se plan­tea el pro­ce­so de tra­ba­jo: el tipo de socia­li­dad que se gene­ra en torno de una línea de mon­ta­je difie­re de la que se gene­ra en una ofi­ci­na o entre suje­tos que tele­tra­ba­jan. Pero sin impor­tar esto, lo cier­to es que el capi­ta­lis­mo bus­ca ejer­cer su poder sobre las mane­ras en las que los suje­tos inter­ac­túan jun­tos en el pro­ce­so de tra­ba­jo a fin de que, a par­tir de ese actuar, adop­ten una for­ma par­ti­cu­lar de coope­ra­ción y un ser social capi­ta­lis­ta, que res­pon­de siem­pre al obje­ti­vo de valorización.

Los tra­ba­ja­do­res, por su par­te, ejer­cen la moda­li­dad social del poder cuan­do plan­tean sus reglas de coope­ra­ción, cuan­do bus­can reco­no­cer­se como un colec­ti­vo con par­ti­cu­la­ri­da­des e intere­ses pro­pios fren­te a de los desig­nios del capi­tal, ya sea en los inters­ti­cios del poder capi­ta­lis­ta o en fran­ca opo­si­ción a él. Cuan­do plan­tean for­mas comu­nes de pro­tec­ción con­tra las adver­si­da­des del tra­ba­jo; cuan­do lle­van ade­lan­te colec­ti­va­men­te recla­mos; cuan­do apo­yan deman­das de otros gru­pos de tra­ba­ja­do­res dis­tin­tos a ellos mis­mos, por ejem­plo, los tra­ba­ja­do­res bus­can ejer­ci­tar su poder en la dimen­sión social.

Usa­re­mos el tér­mino gobierno para pen­sar una dimen­sión par­ti­cu­lar de la rela­ción poder-tra­ba­jo: aque­lla que tie­ne en cuen­ta cómo el poder se ejer­ce sobre y es ejer­ci­do por los indi­vi­duos en sí mis­mos. Reto­man­do y refor­mu­lan­do refle­xio­nes más actua­les de algu­nos pen­sa­do­res que se ocu­pan de las rela­cio­nes de poder en el con­tex­to del pre­sen­te neo­li­be­ra­lis­mo, dire­mos para pen­sar la rela­ción poder – tra­ba­jo es indis­pen­sa­ble tener en cuen­ta que los indi­vi­duos tie­nen una rela­ción con el tra­ba­jo más allá de su ins­crip­ción colec­ti­va; que en el día a día de su rela­ción, el capi­tal bus­ca ejer­cer su domi­nio sobre el tra­ba­ja­dor en tan­to indi­vi­duo par­ti­cu­lar, ligán­do­lo al tra­ba­jo por medio de prác­ti­cas muy espe­cí­fi­cas que lo des­lin­dan del colec­ti­vo más amplio en el que pue­de ins­cri­bir­se. Al mis­mo tiem­po, el tra­ba­ja­dor ope­ra sobre el tra­ba­jo capi­ta­lis­ta como indi­vi­duo: pien­sa, actúa, se sien­te, pade­ce o sufre en el tra­ba­jo en la dimen­sión más ínti­ma­men­te indi­vi­dual o pri­va­da. Por ello, no hay que per­der de vis­ta que los suje­tos se cons­ti­tu­yen y actúan no sólo como sub­je­ti­vi­dad colec­ti­va, sino tam­bién como indi­vi­duos, como sub­je­ti­vi­da­des particulares.

La efi­ca­cia del domi­nio: la natu­ra­li­za­ción del trabajo

os párra­fos ante­rio­res pre­sen­tan una visión seg­men­ta­da y por ello arti­fi­cial de la rela­ción entre domi­na­ción y tra­ba­jo, por­que esta­mos impo­nien­do un cor­te ana­lí­ti­co que sepa­ra en com­par­ti­mien­tos el ejer­ci­cio de un poder que se da, más bien, como un todo. Un suje­to tra­ba­ja lle­van­do ade­lan­te un pro­ce­so de tra­ba­jo y for­ma par­te de un colec­ti­vo. El tra­ba­jo rea­li­za­do es resul­ta­do del tra­ba­ja­dor indi­vi­dual y de la coope­ra­ción. Por ello, las rela­cio­nes de poder que se ejer­cen como coman­do, como socia­li­dad y como gobierno son soli­da­rias unas con otras. Su soli­da­ri­dad deri­va de la coin­ci­den­cia de sus obje­ti­vos. Y estos obje­ti­vos son tan­to que el tra­ba­jo social se reali­ce en tér­mi­nos capi­ta­lis­tas, es decir, logran­do la valo­ri­za­ción y la acu­mu­la­ción, como que efec­ti­va­men­te la socie­dad arti­cu­le sus rela­cio­nes en torno al tra­ba­jo. La medi­da en que se alcan­zan esos obje­ti­vos, por supues­to, depen­de tam­bién de la res­pues­ta de los suje­tos al inten­to de impo­si­ción. Y se tra­ta de una impo­si­ción por­que, a dife­ren­cia de lo que pue­da pare­cer de sen­ti­do común, el tra­ba­jo no es natu­ral ni ha sido siem­pre así, tal como lo cono­ce­mos. El tipo de tra­ba­jo que carac­te­ri­za a nues­tras socie­da­des, el hecho de que los suje­tos pon­ga­mos nues­tras capa­ci­da­des gene­ra­les de tra­ba­jo a dis­po­si­ción de otras per­so­nas a cam­bio de un sala­rio, y el que nos rela­cio­ne­mos unos con otros en fun­ción de nues­tro tra­ba­jo y de los pro­duc­tos de nues­tro tra­ba­jo es par­ti­cu­lar y espe­cí­fi­ca­men­te capi­ta­lis­ta. Tie­nen su ori­gen en el sur­gi­mien­to y difu­sión del capi­ta­lis­mo. Pero habi­tual­men­te no recor­da­mos esto. Vamos a deno­mi­nar natu­ra­li­za­ción al pro­ce­so que se ope­ra sobre los modos de pen­sar, de ser y de actuar tan­to de domi­na­do­res como de domi­na­dos, que con­tri­bu­ye a la pér­di­da (u olvi­do) de la con­cien­cia de este ori­gen, del carác­ter socio-his­tó­ri­co del tra­ba­jo. Tra­ba­jar para vivir es con­si­de­ra­do algo natu­ral, como tam­bién se con­si­de­ra natu­ral tra­ba­jar para ganar dine­ro (y para ganar cada vez más), tra­ba­jar para otro, morir­se de ham­bre si no se tra­ba­ja, no per­ci­bir sala­rio por el tra­ba­jo domés­ti­co rea­li­za­do en el pro­pio hogar, que los due­ños (de las fábri­cas, los nego­cios, las empre­sas, etc.) ganen más que los tra­ba­ja­do­res por el hecho de ser due­ños, etc. Las moda­li­da­des del poder que ligan a los suje­tos con el tra­ba­jo ope­ran con este tras­fon­do de natu­ra­li­za­ción, tras­fon­do que pue­de sufrir modi­fi­ca­cio­nes de for­ma, pero (aun­que sue­ne redun­dan­te) no de fon­do. Las modi­fi­ca­cio­nes son de for­ma por­que el man­te­ni­mien­to de cier­tas rela­cio­nes de poder para que la socie­dad siga tra­ba­jan­do y las for­mas en que ese poder (o ese domi­nio) se ejer­ce depen­den de las con­di­cio­nes gene­ra­les de la valo­ri­za­ción y de las rela­cio­nes entre los suje­tos en el con­tex­to social; y estas con­di­cio­nes y rela­cio­nes varían a lo lar­go del tiem­po (como se pone en evi­den­cia una mira­da a la his­to­ria del capi­ta­lis­mo). Pero lo que se man­tie­ne cons­tan­te es la cen­tra­li­dad del tra­ba­jo como arti­cu­la­dor social. La natu­ra­li­za­ción, enton­ces, es nece­sa­ria para que sobre el fon­do de las varia­cio­nes pue­dan man­te­ner­se sen­ti­dos o sig­ni­fi­ca­dos com­pa­ti­bles con la pre­ser­va­ción de las rela­cio­nes de poder capi­ta­lis­tas. La natu­ra­li­za­ción va a per­mi­tir la cons­ti­tu­ción de una gri­lla de racio­na­li­dad o de inte­li­gi­bi­li­dad que cons­tru­ye sen­ti­dos o sig­ni­fi­ca­dos del tra­ba­jo fun­cio­na­les al capi­ta­lis­mo en cada momen­to de su desarrollo.

La efi­ca­cia del domi­nio: la natu­ra­li­za­ción del trabajo

Qué hay de natu­ral hoy en el trabajo

¿Qué podría­mos decir de la gri­lla de racio­na­li­dad, del tras­fon­do de sen­ti­do sobre el que se ins­cri­ben hoy las moda­li­da­des del poder en rela­ción con el tra­ba­jo? Para res­pon­der esta pre­gun­ta, vamos a par­tir de tres ejem­plos sim­ples, coti­dia­nos. Nos intere­sa res­ca­tar­los por­que, jus­ta­men­te por poseer esas carac­te­rís­ti­cas, nos ser­vi­rán para mos­trar lo que se natu­ra­li­za (y pasa des­aper­ci­bi­do) de la rela­ción entre tra­ba­jo y domi­na­ción espe­cí­fi­ca­men­te capi­ta­lis­ta en la actualidad.

Ejem­plo 1) Quie­ro ir a tra­ba­jar. Una publi­ci­dad en las pági­nas del suple­men­to Empleos del dia­rio Cla­rín mues­tra la ima­gen de un reloj digi­tal que mar­ca una hora tem­pra­na de la maña­na. La ima­gen está acom­pa­ña­da por la fra­se Ten­go que ir a tra­ba­jar. Pero la par­te del Ten­go que apa­re­ce tacha­da y reem­pla­za­da por un Quie­ro. Ejem­plo 2) El amor por la belle­za paga mis cuen­tas. Este slo­gan acom­pa­ña una cam­pa­ña publi­ci­ta­ria grá­fi­ca de la empre­sa Avon, en la que se con­vo­ca a las muje­res para ser reven­de­do­ras de los pro­duc­tos de la fir­ma. Ejem­plo 3) Con­tro­lá tus apor­tes y tu obra social en segun­dos. La fra­se es el cen­tro de la cam­pa­ña que la pre­si­den­cia argen­ti­na y la AFIP3 han dise­ña­do para que cada tra­ba­ja­dor por sí mis­mo (uti­li­zan­do sim­ple­men­te el núme­ro que lo iden­ti­fi­ca como tal) che­quee si la empre­sa para la que tra­ba­ja ha rea­li­za­do los pagos con­si­de­ra­dos car­gas socia­les.

¿Qué pode­mos ver en estos ejem­plos? ¿Qué nos mues­tran como natu­ral?4 ¿Qué gri­lla de racio­na­li­dad pro­po­nen para el tra­ba­jo? El pri­mer ejem­plo mues­tra la natu­ra­li­za­ción de la volun­tad de tra­ba­jar. Una sim­ple tacha­du­ra es la expre­sión del paso de la obli­ga­ción a la volun­tad, de la impo­si­ción al deseo. Las expe­rien­cias sub­je­ti­vas que están atra­ve­sa­das por la obli­ga­ción no tie­nen el mis­mo cariz que las que están atra­ve­sa­das por la volun­tad o el deseo sim­ple­men­te por­que mien­tras unas impli­can gene­ral­men­te la impo­si­ción de impe­ra­ti­vos o de reglas exter­nas a los suje­tos mis­mos (esto es, resul­tan de una deter­mi­na­ción exter­na), las segun­das deri­van del cum­pli­mien­to de reglas, si que­re­mos decir­lo así, que el indi­vi­duo se pone a sí mis­mo sim­ple­men­te por­que quie­re (es decir, inter­nas). Asi­mis­mo, en este caso pode­mos ver cómo el paso de la obli­ga­ción a la volun­tad tam­bién resul­ta útil para borrar lo peno­so: el des­agra­do de levan­tar­se tem­prano por la maña­na para ir a cum­plir con la obli­ga­ción de tra­ba­jar (sen­sa­ción que todos los que tra­ba­ja­mos hemos expe­ri­men­ta­do más de una vez en nues­tra vida) se dilu­ye en el pla­cer que pue­de pro­por­cio­nar levan­tar­se tem­prano para dedi­car el día en hacer algo que se quie­re. El tra­ba­jo, enton­ces, pasa de lo impues­to a lo deseado.

El segun­do ejem­plo, en con­so­nan­cia con el ante­rior, mues­tra la natu­ra­li­za­ción de la iden­ti­fi­ca­ción de los espa­cios de tra­ba­jo con los de no tra­ba­jo. Mues­tra que la posi­bi­li­dad de pagar las cuen­tas pro­pias (hecho que en una socie­dad sala­rial se rea­li­za a par­tir de la obten­ción de un sala­rio) no se deri­va nece­sa­ria­men­te de la rea­li­za­ción de una acti­vi­dad abs­trac­ta y gene­ral que pue­de no tener nin­gu­na vin­cu­la­ción con el suje­to que la ejer­ce sino que deri­va de la pues­ta en jue­go de una acti­vi­dad conec­ta­da con el suje­to, que le pro­vo­ca una ínti­ma satis­fac­ción. Has­ta hace no mucho tiem­po atrás, lo natu­ral era con­si­de­rar una sepa­ra­ción entre el tiem­po-espa­cio de tra­ba­jo (en el que se ejer­cía una acti­vi­dad obli­ga­to­ria y no siem­pre muy gra­ti­fi­can­te) y el tiem­po-espa­cio del ocio (de la o las acti­vi­da­des vin­cu­la­das con el gus­to, el pla­cer o los afec­tos). El amor por la belle­za, que podría poner­se en jue­go en el hecho de con­cu­rrir a un taller de arte, sen­tar­se a escu­char músi­ca, visi­tar un museo o, sim­ple­men­te y más en con­so­nan­cia con el obje­to de la publi­ci­dad, en dedi­car­se al cui­da­do del pro­pio cuer­po, pue­de con­ver­tir­se aho­ra en la razón que jus­ti­fi­ca la volun­tad de tra­ba­jar. El tra­ba­jo, enton­ces, pasa de lo dis­pli­cen­te a lo placentero.

El ter­cer ejem­plo, por su par­te, natu­ra­li­za el hecho de que los tra­ba­ja­do­res mis­mos debe­mos deve­nir con­tra­lo­res del cum­pli­mien­to de cier­tas obli­ga­cio­nes labo­ra­les. En este caso, la de los apor­tes patro­na­les. Esto es, se pre­ten­de la natu­ra­li­za­ción de la idea de que los tra­ba­ja­do­res mis­mos debe­mos velar por el man­te­ni­mien­to de la cla­se tra­ba­ja­do­ra, de que los tra­ba­ja­do­res acti­vos debe­mos deve­nir con­tra­lo­res de que nues­tro dine­ro se des­ti­ne al man­te­ni­mien­to de los tra­ba­ja­do­res inac­ti­vos (por­que eso es lo que, de hecho hace­mos con nues­tros apor­tes). Sim­ple­men­te envian­do por celu­lar un men­sa­je de tex­to que noso­tros mis­mo paga­mos, cada uno pue­de hacer lo que se supo­ne que años atrás hacía, por ejem­plo, el esta­do. Y más aún, cada uno de noso­tros lo hace­mos de mane­ra indi­vi­dual y a títu­lo indi­vi­dual: ya no se tra­ta de ejer­cer en for­ma colec­ti­va un con­trol sobre la acción de la patro­nal para rei­vin­di­car un dere­cho, como pue­de hacer un sin­di­ca­to o una asam­blea a de tra­ba­ja­do­res, sino de velar por el inte­rés indi­vi­dual de mane­ra indi­vi­dual. Es cada uno como indi­vi­duo el que debe ejer­cer de mane­ra per­so­nal el con­trol. El cum­pli­mien­to de cier­tas con­di­cio­nes de tra­ba­jo, enton­ces, pasa de una ser una res­pon­sa­bi­li­dad públi­ca a ser una res­pon­sa­bi­li­dad privada.

Estos ejem­plos mues­tran modos de ver la reali­dad del tra­ba­jo, sig­ni­fi­ca­dos que cir­cu­lan y a par­tir de los cua­les la com­pren­de­mos. Los sig­ni­fi­ca­dos tie­nen un papel cons­ti­tu­ti­vo en la for­ma en la que pen­sa­mos la reali­dad y, por lo tan­to, en la for­ma en la que lle­va­mos ade­lan­te nues­tras prác­ti­cas; cons­ti­tu­yen la gri­lla de racio­na­li­dad que natu­ra­li­za modos de ver, de ser y de actuar. Par­te de la efi­ca­cia de las rela­cio­nes de domi­na­ción o poder des­can­sa en la difu­sión de dicha grilla.

Aho­ra, si tam­bién pen­sa­mos estos ejem­plos en línea con las ideas que venía­mos desa­rro­llan­do des­de el comien­zo de este tra­ba­jo, podría­mos decir que evi­den­cian la moda­li­dad de socia­li­dad y la de gobierno del poder des­de el pun­to de vis­ta de los que pre­ten­den defi­nir la gri­lla de racio­na­li­dad que otor­ga sen­ti­do a la rela­ción capi­tal-tra­ba­jo. Mues­tran cómo en la actua­li­dad del poder ope­ra bus­can­do des­ar­ti­cu­lar en la expe­rien­cia del suje­to indi­vi­dual la sepa­ra­ción entre tiem­po de tra­ba­jo y tiem­po de ocio para hacer de todo el tiem­po, tiem­po de tra­ba­jo; ope­ra bus­can­do arti­cu­lar los deseos, los gus­tos y las pre­fe­ren­cias indi­vi­dua­les con las acti­vi­da­des pro­duc­to­ras de valor; ope­ra bus­can­do des­ar­ti­cu­lar ins­tan­cias de acción colec­ti­va para esta­ble­cer una rela­ción labo­ral sobre base pura­men­te indi­vi­dua­les. En defi­ni­ti­va, los ejem­plos mues­tran el ejer­ci­cio del poder en el tra­ba­jo se ejer­ce cada vez más bus­can­do estre­char el círcu­lo que encie­rra al indi­vi­duo den­tro del trabajo.

Pero si la moda­li­dad de socia­li­dad y la de gobierno son soli­da­rias con la de coman­do, ¿qué pasa esta últi­ma? ¿Cómo se des­en­vuel­ven sus mutuas rela­cio­nes en la actua­li­dad? Des­de el últi­mo ter­cio del siglo pasa­do se regis­tra una ten­den­cia a la inte­lec­tua­li­za­ción de los pro­ce­sos de tra­ba­jo, que se gene­ra­li­za cada vez más. Esto sig­ni­fi­ca que el ejer­ci­cio efi­cien­te de la acti­vi­dad, el tra­ba­jo que crea valor, está cada vez menos liga­do al ejer­ci­cio físi­co de una acti­vi­dad (pen­se­mos en el tra­ba­ja­do for­dis­ta en la línea de mon­ta­je) y cada vez más liga­do a un ejer­ci­cio inte­lec­tual del tra­ba­jo (pen­se­mos aho­ra en el tra­ba­jo en una fábri­ca robo­ti­za­da en la que el tra­ba­ja­dor regu­la y con­tro­la el pro­gra­ma infor­má­ti­co que pone en fun­cio­na­mien­to la pro­duc­ción). Esta inte­lec­tua­li­za­ción impli­ca sus­tan­cia­les modi­fi­ca­cio­nes en los pro­ce­sos de tra­ba­jo. Y, en cier­ta medi­da, cuan­to más inte­lec­tua­li­za­do está el pro­ce­so más difí­cil es para el capi­tal con­tro­lar de mane­ra direc­ta lo que hace el tra­ba­ja­dor por­que el tra­ba­jo es más difí­cil de obser­var, cono­cer y de pre­de­cir. Muchos de los pro­ce­sos de tra­ba­jo actua­les deman­dan la pues­ta en jue­go de capa­ci­da­des vin­cu­la­das con pro­ce­sos cog­ni­ti­vos (como la abs­trac­ción, la aprehen­sión de con­cep­tos y pro­ce­sos, el pro­ce­sa­mien­to efi­cien­te y no ambi­guo de la infor­ma­ción, expre­sión lin­güís­ti­ca ade­cua­da) y tam­bién afec­ti­vos (el saber par­ti­ci­par, com­par­tir, acep­tar el disen­so, etc.), que no son fácil­men­te expro­pia­bles y trans­fe­ri­bles a una máqui­na; y el hecho que estas capa­ci­da­des deban poner­se en jue­go siguien­do los pará­me­tros de pro­duc­ti­vi­dad, impli­ca un enor­me desa­fío para el capi­tal. El capi­tal bus­ca hacer fren­te a esta situa­ción que pone en ries­go su domi­nio tra­tan­do de des­ar­ti­cu­lar todas las ins­tan­cias que impli­can que el tra­ba­jo sea vis­to como algo ajeno al indi­vi­duo, que con­tri­bu­yen a que con­si­de­re­mos al tra­ba­jo como algo extra­ño. Por eso, bus­ca que lo que no pue­de expro­piar sea pues­to en jue­go de mane­ra volun­ta­ria: que el tra­ba­ja­dor acep­te volun­ta­ria­men­te el cum­pli­mien­to del tra­ba­jo y volun­ta­ria­men­te uti­li­ce de mane­ra pro­duc­ti­va sus capa­ci­da­des comu­ni­ca­cio­na­les y rela­cio­na­les, su crea­ti­vi­dad y su com­pro­mi­so con la acti­vi­dad. Y tra­ta, tam­bién, de que ese ejer­ci­cio se ges­tio­ne de la mane­ra más ais­la­da posi­ble, des­ar­ti­cu­lan­do ins­tan­cias de acción colec­ti­vas, por la poten­cia­li­dad de dis­rup­ción que ellas conllevan.

La nece­si­dad de que las rela­cio­nes de poder que ligan al suje­to con el tra­ba­jo se incli­nen a su favor hace que el capi­tal bus­que conec­tar de mane­ra cada vez más estre­cha al tra­ba­ja­dor con el tra­ba­jo favo­re­cien­do una gri­lla de racio­na­li­dad que iden­ti­fi­que tra­ba­jo, vida y pla­cer. Cada vez que esta iden­ti­fi­ca­ción se efec­ti­vi­za se pone en evi­den­cia la efi­ca­cia del domi­nio y se mues­tra que las rela­cio­nes socia­les se des­en­vuel­ven de mane­ra favo­ra­ble al capi­tal. Cada vez que impug­na­mos esta iden­ti­fi­ca­ción, mos­tra­mos no solo la posi­bi­li­dad de enta­blar otros sig­ni­fi­ca­dos, otras prác­ti­cas y otras rela­cio­nes que aque­llas dichas como natu­ra­les, sino tam­bién que la acción no es pri­vi­le­gio de unos pocos. Mos­tra­mos, en defi­ni­ti­va, los inters­ti­cios posi­bles de lucha con­tra la dominación.

Mar­ce­la B. Zan­ga­ro, Cola­bo­ra­do­ra acti­va de Herra­mien­ta.

Artícu­lo escri­to para la revis­ta Herra­mien­ta, nº 57, pri­ma­ve­ra de 2015.

Fuen­te: Herra­mien­ta

  1. Y nos per­mi­te tam­bién ver cómo ese carác­ter acti­vo, a veces, pue­de resul­tar útil, y no con­tra­rio, a las rela­cio­nes mis­mas de domi­na­ción. Tome­mos por caso los recla­mos por tra­ba­jo o sala­rio dig­nos. Este tipo de deman­das impli­ca recla­mar por el man­te­ni­mien­to de la rela­ción labo­ral y sala­rial, esto es, por el man­te­ni­mien­to de la rela­ción de domi­na­ción capitalista.

  2. Pode­mos pen­sar esto a par­tir del ejem­plo del matri­mo­nio. El com­pro­mi­so que comien­za con la acción volun­ta­ria de dos indi­vi­duos de enca­rar una vida en común se vuel­ve una deter­mi­na­ción imper­so­nal y obje­ti­va sobre esos indi­vi­duos cuan­do, como ins­ti­tu­ción, les impo­ne un con­jun­to de obli­ga­cio­nes que ya no deri­van de ese acuer­do voluntario.

  3. Admi­nis­tra­ción Fede­ral de Ingre­sos Públi­cos de la Repú­bli­ca Argentina.

  4. Los comen­ta­rios que se inclu­yen a con­ti­nua­ción no pre­ten­den dar cuen­ta de un aná­li­sis exhaus­ti­vo de los ejem­plos dado que eso exce­de­ría el obje­ti­vo y la exten­sión espe­ra­dos de esta intervención.

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