Estra­te­gia secre­ta del terror, el arte de la guerra

El enemi­go que se escon­de en oscu­ros rin­co­nes del mun­do, como lo defi­nió en 20001 el pre­si­den­te Geor­ge W. Bush, sigue acu­mu­lan­do víc­ti­mas. Las más recien­tes caye­ron en Bru­se­las. El terro­ris­mo es un enemi­go dife­ren­te al que hemos enfren­ta­do has­ta aho­ra, pre­sen­ta­do duran­te una emi­sión de tele­vi­sión trans­mi­ti­da en vivo al mun­do ente­ro, el 11 de sep­tiem­bre de 2001, con las imá­ge­nes apo­ca­líp­ti­cas del derrum­be de las Torres Geme­las. En aras de eli­mi­nar ese enemi­go, lo que el pro­pio Bush iden­ti­fi­có como la lucha colo­sal del Bien con­tra el Mal aún pro­si­gue hoy en día. Pero cada vez que se cor­ta una cabe­za a la hidra del terror, le cre­cen otras.

¿Qué hacer? En pri­mer lugar, no creer lo que nos han con­ta­do duran­te casi 15 años. Empe­zan­do par la ver­sión ofi­cial del 11 de sep­tiem­bre, ya aplas­ta­da bajo el peso de las prue­bas cien­tí­fi­cas; prue­bas que Washing­ton, al no lograr refu­tar­las, des­car­ta sim­ple­men­te cali­fi­cán­do­las de cons­pi­ra­cio­nis­mo [o com­plo­tis­mo].

Los peo­res ata­ques terro­ris­tas per­pe­tra­dos en Occi­den­te pre­sen­tan 3 sig­nos distintivos.

  • Pri­me­ra­men­te, la pun­tua­li­dad. El ata­que del 11 de sep­tiem­bre de 2001 tie­ne lugar cuan­do Esta­dos Uni­dos ya había deci­di­do –como repor­ta­ba el New York Times el 31 de agos­to de 2001– des­pla­zar hacia Asia el cen­tro de su estra­te­gia para con­tra­rres­tar el acer­ca­mien­to entre Rusia y Chi­na: menos de un mes des­pués –el 7 de octu­bre de 2001, bajo el pre­tex­to de per­se­guir a Osa­ma ben Laden, supues­to cere­bro del 11 de sep­tiem­bre, Esta­dos Uni­dos ini­cia la gue­rra con­tra Afga­nis­tán, pri­me­ra eta­pa de una nue­va esca­la­da gue­rre­ris­ta. Actual­men­te, el ata­que terro­ris­ta de Bru­se­las se pro­du­ce cuan­do Esta­dos Uni­dos y la OTAN se pre­pa­ran para ocu­par Libia, pre­tex­tan­do la nece­si­dad de eli­mi­nar la ame­na­za que el Emi­ra­to Islá­mi­co repre­sen­ta para Europa.

  • Segun­do, el efec­to del terror. La masa­cre, cuyas imá­ge­nes se repi­ten cons­tan­te­men­te en los medios de pren­sa, crea un esta­do de opi­nión favo­ra­ble a la inter­ven­ción arma­da que supues­ta­men­te eli­mi­na­rá la ame­na­za. Sin embar­go, nadie habla de masa­cres terro­ris­tas mucho peo­res, como las per­pe­tra­das hace 2 meses en Damasco.

  • Ter­ce­ro, la fir­ma. Para­dó­ji­ca­men­te, el oscu­ro enemi­go siem­pre se toma el tra­ba­jo de fir­mar los ata­ques terro­ris­tas. En 2001, con Nue­va York toda­vía envuel­ta en el humo de las Torres Geme­las, se difun­den fotos y bio­gra­fías de los 19 miem­bros de al-Qae­da auto­res de los secues­tros de los avio­nes, varios de ellos ya cono­ci­dos del FBI y la CIA. Lo mis­mo suce­de en Bru­se­las, en 2016: antes de haber iden­ti­fi­ca­do todas las víc­ti­mas, se iden­ti­fi­ca a los auto­res de los aten­ta­dos, ya cono­ci­dos de los ser­vi­cios secretos.

¿Es aca­so posi­ble que los ser­vi­cios secre­tos, empe­zan­do por la ten­ta­cu­lar «comu­ni­dad de inte­li­gen­cia» esta­dou­ni­den­se –que se com­po­ne de 17 agen­cias fede­ra­les con agen­tes en el mun­do ente­ro – , sean real­men­te tan inefi­cien­tes? ¿O será, por el con­tra­rio, que los engra­na­jes de la estra­te­gia del terror son muy efi­cien­tes? No esca­sean los eje­cu­to­res: vie­nen de los movi­mien­tos terro­ris­tas eti­que­ta­dos como isla­mis­tas, arma­dos y entre­na­dos por la CIA y finan­cia­dos por Ara­bia Sau­di­ta para des­truir el Esta­do libio y frag­men­tar la Repú­bli­ca Ára­be Siria, con la com­pli­ci­dad de gobier­nos europeos.

En esa cal­de­ra es posi­ble reclu­tar tan­to kami­ka­zes, con­ven­ci­dos de que estar inmo­lán­do­se por una san­ta cau­sa, como pro­fe­sio­na­les de la gue­rra o sim­ples delin­cuen­tes que serán «sui­ci­da­dos», hacién­do­los esta­llar por con­trol remo­to duran­te la acción, y cuyos docu­men­tos de iden­ti­dad siem­pre apa­re­cen –como suce­dió en la matan­za de Char­lie-Heb­do. Tam­bién es posi­ble faci­li­tar la for­ma­ción de célu­las terro­ris­tas, que ali­men­tan de for­ma autó­no­ma la estra­te­gia del terror crean­do un cli­ma de esta­do de sitio, como hoy suce­de en los paí­ses euro­peos miem­bros de la OTAN, cli­ma que jus­ti­fi­ca nue­vas gue­rras, que se libra­rán bajo las órde­nes de Esta­dos Unidos.

Otra varian­te es recu­rrir a las fal­si­fi­ca­cio­nes, como se hizo con las prue­bas sobre las armas de des­truc­ción masi­va que Colin Powell mos­tró al Con­se­jo de Segu­ri­dad de la ONU el 5 de febre­ro de 2003. Prue­bas que a la lar­ga resul­ta­ron fal­sas, fabri­ca­das por la CIA para jus­ti­fi­car la gue­rra pre­ven­ti­va» con­tra Irak Dis­cours de M. Powell au Con­seil de sécu­ri­té de l’ONU (7 par­tes), por Colin L. Powell, Réseau Vol­tai­re, 11 de febre­ro de 2003. El 5 de febre­ro de 2003, el secre­ta­rio de Esta­do esta­dou­ni­den­se, Colin Powell, pro­ta­go­ni­za­ba una far­sa ante el Con­se­jo de Segu­ri­dad de la ONU, en una sesión trans­mi­ti­da por tele­vi­sion al mun­do ente­ro. Powell pre­sen­ta­ba prue­bas de que el Irak de Sad­dam Hus­sein dis­po­nía de un gigan­tes­co arse­nal de armas prohi­bi­das (bio­ló­gi­cas, nuclea­res y quí­mi­cas), que tenía rela­cio­nes con los auto­res de los aten­ta­dos del 11 de sep­tiem­bre y que inclu­so los pro­te­gía. Duran­te su inter­ven­ción, impre­sio­nó a todo el mun­do pre­sen­tan­do un fras­co que supues­ta­men­te con­te­nía ántrax ira­quí. Años más tar­de, Colin Powell con­fe­só que todas aque­llas prue­bas –fotos sate­li­ta­les, inter­cep­cio­nes de con­ver­sa­cio­nes tele­fó­ni­cas, infor­mes de inte­li­gen­cia y tes­ti­mo­nios– eran fal­sas y que él mis­mo había men­ti­do deli­be­ra­da­men­te ante la comu­ni­dad inter­na­cio­nal. Esta­dos Uni­dos inva­dió y des­tru­yó Irak, matan­do más de un millón de ira­quíes, sin que Washing­ton haya teni­do que res­pon­der por sus men­ti­ras ni por su crimen..

Man­lio Dinucci

28 de mar­zo de 2016

Fuen­te: Il Manifesto

[Tra­duc­ción del fran­cés rea­li­za­da por Red Voltaire.]

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