¿Cómo se sale de este shock?

ma20151116Escu­chan­do los comen­ta­rios en pren­sa, radio y tele­vi­sión me he dado cuen­ta que Gabriel Gar­cía Már­quez murió en el 2014. Y he releí­do de nue­vo aque­lla memo­ra­ble car­ta suya a Bush (que muy bien hoy podría ser diri­gi­da al Sr. Oba­ma, lau­rea­do con el pre­mio Nobel de la Paz), refle­xión sobre aquel acia­go día 11 de sep­tiem­bre del 2001, del lla­ma­do 11‑S en Nue­va York.

Señor Bush:

¿Cómo se vive por un día en tu pro­pia casa la incer­ti­dum­bre de lo que va a pasar? ¿Cómo se sale del esta­do de shock? En esta­do de shock cami­na­ban el 6 de agos­to de 1945 los sobre­vi­vien­tes de Hiroshi­ma. Nada que­da­ba en pie en la ciu­dad lue­go que el arti­lle­ro nor­te­ame­ri­cano del Enola Gay deja­ra caer la bom­ba. En pocos segun­dos habían muer­to 80.000 hom­bres muje­res y niños. Otros 250.000 mori­rían en los años siguien­tes a cau­sa de las radia­cio­nes. Pero ésa era una gue­rra leja­na y ni siquie­ra exis­tía la televisión.

¿Cómo se sien­te hoy el horror cuan­do las terri­bles imá­ge­nes de la tele­vi­sión te dicen que lo ocu­rri­do el fatí­di­co 11 de sep­tiem­bre no pasó en una tie­rra leja­na sino en tu pro­pia patria? Otro 11 de setiem­bre, pero de 28 años atrás, había muer­to un pre­si­den­te de nom­bre Sal­va­dor Allen­de resis­tien­do un gol­pe de Esta­do que tus gober­nan­tes habían pla­nea­do. Tam­bién fue­ron tiem­pos de horror, pero eso pasa­ba muy lejos de tu fron­te­ra, en una igno­ta repu­bli­que­ta sud­ame­ri­ca­na. Las repu­bli­que­tas esta­ban en tu patio tra­se­ro y nun­ca te preo­cu­pas­te mucho cuan­do tus mari­nes salían a san­gre y fue­go a impo­ner sus pun­tos de vista.

¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país lle­vó a cabo 73 inva­sio­nes a paí­ses de Amé­ri­ca Lati­na? Las víc­ti­mas fue­ron Puer­to Rico, Méxi­co, Nica­ra­gua, Pana­má, Hai­tí, Colom­bia, Cuba, Hon­du­ras, Repú­bli­ca Domi­ni­ca­na, Islas Vír­ge­nes, El Sal­va­dor, Gua­te­ma­la y Granada.

Hace casi un siglo que tus gober­nan­tes están en gue­rra. Des­de el comien­zo del siglo XX, casi no hubo una gue­rra en el mun­do en que la gen­te de tu Pen­tá­gono no hubie­ra par­ti­ci­pa­do. Cla­ro, las bom­bas siem­pre explo­ta­ron fue­ra de tu terri­to­rio, con excep­ción de Pearl Har­bor cuan­do la avia­ción japo­ne­sa bom­bar­deó la Sép­ti­ma Flo­ta en 1941. Pero siem­pre el horror estu­vo lejos.

Cuan­do las Torres Geme­las se vinie­ron aba­jo en medio del pol­vo, cuan­do vis­te las imá­ge­nes por tele­vi­sión o escu­chas­te los gri­tos por­que esta­bas esa maña­na en Manhat­tan, ¿pen­sas­te por un segun­do en lo que sin­tie­ron los cam­pe­si­nos de Viet­nam duran­te muchos años? En Manhat­tan, la gen­te caía des­de las altu­ras de los ras­ca­cie­los como trá­gi­cas mario­ne­tas. En Viet­nam, la gen­te daba ala­ri­dos por­que el napalm seguía que­man­do la car­ne por mucho tiem­po y la muer­te era espan­to­sa, tan­to como las de quie­nes caían en un sal­to deses­pe­ra­do al vacío.

Rajoy:

En Madrid se sufrió otra tra­ge­dia, esta vez el 11 de mar­zo del 2004, la del 11‑M. Y una mujer rubia, oje­ro­sa y ves­ti­da de negro, Pilar Man­jón, les inter­pe­ló por entonces:

¿De qué se reían seño­rías? ¿Qué jalea­ban? ¿Qué vito­rea­ban?… Se está hablan­do de la muer­te y de heri­das de por vida pade­ci­das por seres huma­nos. Que nues­tro dolor cen­tre sus con­clu­sio­nes. Tie­nen la obli­ga­ción de evi­tar otro aten­ta­do». Habla­ba en rigu­ro­so luto y con el bol­so de mano la madre de Daniel, su hijo de 20 años víc­ti­ma del 11‑M en el tren del Pozo camino de la uni­ver­si­dad de aquel jue­ves, lue­go de las 7:30 de la mañana.

Aquel trá­gi­co 11 de mar­zo, en el que murie­ron 191 per­so­nas, era jue­ves y el 14 se cele­bra­ban elec­cio­nes gene­ra­les. El Gobierno de Aznar min­tió des­ca­ra­da­men­te a la ciu­da­da­nía y acu­só men­daz­men­te a ETA de la matan­za, con­ven­ci­do de que tal acu­sa­ción le apor­ta­ría la vic­to­ria. Curio­sa­men­te quien enton­ces pro­cla­mó con voz sono­ra que no había sido ETA y des­en­mas­ca­ró con con­tun­den­cia la fala­cia azna­ril hoy está en la cár­cel y se lla­ma Arnal­do Otegi.

Aquí hubo 191 muer­tos blan­cos, pero allí, en Irak, en Afga­nis­tan, en Libia, en Siria, en Pales­ti­na… hace tiem­po que son millo­nes los muer­tos, innu­me­ra­bles los heri­dos, los tulli­dos, los lisia­dos, los tor­tu­ra­dos, los vio­la­dos. Tam­bién ellos tie­nen madres oje­ro­sas, que no son rubias, que son more­nas y que sien­ten el dolor tan­to ‑qui­zá más- que las rubias euro­peas. Son cien­tos los ase­si­na­dos a dia­rio por nues­tras gue­rras, por nues­tras armas, por nues­tros sol­da­dos, por nues­tras bom­bas de raci­mo, los ase­si­na­tos finan­cia­dos con nues­tra pas­ta y nues­tro nego­cio de dolor y muer­te. Al fren­te del minis­te­rio de Defen­sa tie­ne usted, Sr. Rajoy, un fabri­can­te del nego­cio de las armas.

En aquel jui­cio del 15 de febre­ro al 2 de julio del 2007, tras 57 sesio­nes seña­lan­do con el dedo índi­ce a 28 per­so­nas yo espe­ra­ba que en Madrid alguien se acor­da­ra de los miles de ase­si­na­dos por el Gobierno terro­ris­ta espa­ñol y otros gobier­nos terro­ris­tas occi­den­ta­les, por empre­sas de aquí y con­ciu­da­da­nos cóm­pli­ces. Espe­ra­ba que algu­na madre rubia y oje­ro­sa, algún fami­liar espa­ñol, tran­sido de dolor, se acor­da­ra, nos acor­dá­ra­mos de los ase­si­na­dos allí, de aque­llos mucha­chos masa­cra­dos en los mer­ca­dos, en la calle, en sus casas, en el bus, en la uni­ver­si­dad, de aque­llas madres ase­si­na­das ama­man­tan­do a sus hijos o reco­gien­do a sus hijas lue­go de ser vio­la­das por terro­ris­tas de acá, quién sabe si fami­lia­res de los aquí ase­si­na­dos. Espe­ra­ba que alguien dolo­ri­do y digno cla­ma­ra en la sala, alza­ra la voz y exi­gie­ra jus­ti­cia a jue­ces y al mun­do. Pilar Man­jón, ¿por qué no levan­tas­te la voz como aquel 16 de diciem­bre, por qué aplau­dis­te al oír el vis­to para sen­ten­cia? ¿Aca­so esta­ban allí todos los ase­si­nos de tu hijo, los ase­si­nos de vues­tros fami­lia­res? ¿Por qué no esta­ban sen­ta­dos en ese ban­qui­llo de muer­te Aznar y sus minis­tros, que patro­ci­na­ron el ase­si­na­to y la muer­te de un pue­blo? ¿Y el Gobierno de los EEUU y el del Rei­no Uni­do? ¿Dón­de se sen­ta­ba la Cope de los obis­pos, dón­de Pedro J. Ramí­rez y su Mun­do de men­ti­ra? ¿Aca­so esta­ban sen­ta­dos en ese lar­go ban­qui­llo vues­tro Gobierno espa­ñol y sus cóm­pli­ces de gue­rra y muer­te, los ofi­cia­les y sol­da­dos ‑par­te de ellos sud­ame­ri­ca­nos pobres, que no hijos de par­la­men­ta­rios y gene­ra­les espa­ño­les- finan­cia­dos con el dine­ro tam­bién de los que nos opo­ne­mos a esa inhu­ma­na san­gría? ¿Aca­so creen uste­des que aqué­llos no sufren? ¿Qué juz­gan uste­des? ¿Qué aplau­den uste­des? ¿Qué con­de­nan ustedes?

Señor Fra­nçois Hollande:

No es la refle­xión de un colom­biano pero sí la de un des­ta­ca­do escri­tor argen­tino, Car­los Arná­rez, un hom­bre bre­ga­do en el perio­dis­mo y com­pro­me­ti­do con un mun­do mejor, quien ana­li­za la matan­za del 13 de noviem­bre en París, la del 13‑N:

No es mis­te­rio para nadie y menos para los deva­lua­dos Ser­vi­cios de Inte­li­gen­cia fran­ce­sa, que muchos de los humi­lla­dos, des­em­plea­dos y per­se­gui­dos por leyes dra­co­nia­nas y racis­tas que habi­ta­ban en la Ban­lieue pari­si­na, fue­ron coop­ta­dos pri­me­ro por el Fren­te Al Nus­ra y lue­go direc­ta­men­te por el ISIS para que sean par­te de la expe­rien­cia de sem­brar el terror en Siria e Iraq y lo más para­dó­ji­co es que salie­ron des­de el terri­to­rio fran­cés en nume­ro­sas oca­sio­nes con el vis­to bueno de un gobierno que los sin­tió como sus «sol­da­dos de avan­za­da». En ese momen­to, las masa­cres que esos mer­ce­na­rios pro­du­cían en Mos­sul, Raq­qa, Alep­po, Homs o en Pal­mi­ra, no preo­cu­pa­ban a Sar­kozy ni tam­po­co a Hollan­de. Eran «daños cola­te­ra­les» lejos de la como­di­dad pari­si­na que has­ta ese momen­to pare­cía blin­da­da, invio­la­ble. Tam­po­co dije­ron nada impor­tan­te del aten­ta­do san­grien­to come­ti­do esta sema­na en El Líbano y segu­ra­men­te muy fes­te­ja­do en Tel Aviv o en la Casa Blan­ca, ya que en esa oca­sión la matan­za ocu­rría en un barrio con­tro­la­do por Hez­bo­lah. En este caso, los muer­tos eran tan ára­bes como los pales­ti­nos ase­si­na­dos en estos días en Cis­jor­da­nia o en Gaza, cuyos nom­bres no
cuen­tan para los gran­des medios, como tam­po­co el dolor de sus fami­lia­res o las imá­ge­nes dan­tes­cas de sus vivien­das arra­sa­das. Eso no tie­ne más que un nom­bre: doble rase­ro, pra­xis men­ti­ro­sa, odio al diferente.

[…] los que pagan los erro­res de los pode­ro­sos siem­pre son los ciu­da­da­nos de a pie, cuya úni­ca cul­pa­bi­li­dad, si es que la tuvie­ran, qui­zás sea votar y cata­pul­tar a la pre­si­den­cia, a esos ase­si­nos seria­les que lue­go los con­de­nan a la muerte.

*

Nues­tro minu­to de silen­cio, nues­tro gri­to soli­da­rio con los muer­tos y heri­dos, debe ir diri­gi­do tam­bién con­tra nues­tros gobier­nos ase­si­nos, expor­ta­do­res de gue­rra y des­truc­ción. Las muer­tes de allí tam­bién son muer­tes nues­tras, con­fec­cio­na­das y arro­ja­das por la rapi­ña de gobier­nos sumi­sos a intere­ses de saqueo, mafia y gue­rra. Ante noso­tros se alzan nue­vas elec­cio­nes, arro­je­mos de los par­la­men­tos y la vida públi­ca a los men­sa­je­ros, pro­mo­to­res y ase­si­nos de hom­bres y pue­blos, a los expor­ta­do­res de gue­rra. Muer­tes ni aquí ni allí.

Y para esos cien­tos de muer­tos a dia­rio, cau­sa­dos allí en gran par­te por nues­tras gue­rras de intere­ses mer­ce­na­rios, aje­nos a los ciu­da­da­nos, y nues­tras bom­bas no hay minu­tos de silen­cio delan­te de ayun­ta­mien­tos, ni velas ni rosas en las calles. Ni tam­po­co reunio­nes de gobier­nos y altos man­dos, ni inves­ti­ga­cio­nes de los ase­si­na­tos per­pe­tra­dos, ni fis­ca­les acu­sa­do­res o con­de­na de jue­ces. Las cloa­cas de los esta­dos se hallan ampa­ra­das en nues­tros gobier­nos por sie­te lla­ves. Ante ellos guar­da­mos un silen­cio cíni­co, bes­tial, toma­mos un café escu­chan­do las inter­ven­cio­nes de nues­tros minis­te­rios y gobier­nos de gue­rra y ase­si­na­to. En cam­bio nues­tros muer­tos nos qui­tan el apetito.

A veces me pre­gun­to si los aten­ta­dos en nues­tras calles y pla­zas no tie­nen un moti­vo soli­da­rio y una invi­ta­ción de huma­ni­dad, des­per­tar en noso­tros una lágri­ma soli­da­ria por las muchas derra­ma­das a dia­rio en las calles y pla­zas de allí. O no sea­mos tan cíni­cos antes las muer­tes de aquí y allí.

Mikel Ari­za­le­ta

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