La reali­dad de la tortura

Tras la muer­te el 23 de julio de 1987 de Lutxi Uri­goi­tia, a la que la Guar­dia Civil dis­pa­ró, según el dia­rio El País, «un tiro en la nuca a boca­ja­rro», el enton­ces titu­lar del Juz­ga­do de Ins­truc­ción núme­ro 2 de Donos­tia, Juan Pique­ras, fue al cuar­tel de Intxau­rron­do a inte­re­sar­se por los dete­ni­dos en la ope­ra­ción poli­cial en que resul­tó muerta. 
El juez Pique­ras, que se pre­sen­tó en Intxau­rron­do acom­pa­ña­do por un fis­cal y dos médi­cos foren­ses, pre­ten­día cum­plir dos fun­cio­nes que entra­ban de lleno en el ejer­ci­cio de sus fun­cio­nes. Por un lado, reca­bar el tes­ti­mo­nio de los dete­ni­dos en cuan­to a las cir­cuns­tan­cias en que se pro­du­jo la muer­te de Lutxi Uri­goi­tia. Por otro, com­pro­bar el esta­do en que se encon­tra­ban. De ahí que le acom­pa­ña­ran los médi­cos forenses.
Fue el pri­mer y últi­mo juez que osó pre­sen­tar­se así en el cuar­tel de Intxau­rron­do. Nun­ca antes se había atre­vi­do nin­gún otro a hacer­lo y, des­pués de lo que le suce­dió, mucho menos se ha atre­vi­do nadie a repe­tir su expe­rien­cia. Des­de enton­ces, ni un solo juez se ha pre­sen­ta­do ni en Intxau­rron­do, ni en nin­gu­na otra depen­den­cia de las Fuer­zas de Segu­ri­dad, para inte­re­sar­se por los dete­ni­dos inco­mu­ni­ca­dos. Unos dete­ni­dos que se han con­ta­do por milla­res, la mayo­ría de los cua­les ha denun­cia­do haber sufri­do tor­tu­ras y/​o malos tratos.
Cuan­do el juez Pique­ras se pre­sen­tó en el cuar­tel, los tor­tu­ra­do­res tuvie­ron que espe­rar has­ta que se reti­ra­ra para poder reanu­dar sus «hábi­les inte­rro­ga­to­rios», y está cla­ro que aque­llo les moles­tó sobre­ma­ne­ra. Tam­bién moles­tó mucho al Gobierno, cuyo por­ta­voz, Javier Sola­na, más tar­de Secre­ta­rio Gene­ral de la OTAN, se que­jó de que juez, fis­cal y foren­ses «inte­rrum­pie­ron la inves­ti­ga­ción policial». 
Según sus pala­bras tex­tua­les, la pre­sen­cia de aque­lla comi­ti­va judi­cial impi­dió que la Guar­dia Civil siguie­ra «inves­ti­gan­do». Eso sí, no expli­có el moti­vo de la inte­rrup­ción de la «inves­ti­ga­ción poli­cial», limi­tán­do­se a ase­ve­rar que era «de sen­ti­do común saber la impor­tan­cia que tie­nen las decla­ra­cio­nes en las pri­me­ras horas de detención». 
Nóte­se que esas deta­lla­das decla­ra­cio­nes de dete­ni­dos a los que se rela­cio­na con ETA sólo se han soli­do pro­du­cir en el Esta­do espa­ñol. Cuan­do esas mis­mas per­so­nas ha sido dete­ni­das en el fran­cés, los media han remar­ca­do siem­pre su «mutis­mo habi­tual». Unos media que, por lo que se ve, no han con­si­de­ra­do nun­ca nece­sa­rio pre­gun­tar­se por ese enor­me contraste.
Cabe remar­car que el dia­rio ABC reser­vó al juez Juan Pique­ras su recua­dro de «La figu­ra del día». He aquí lo que se decía de él: «La inte­rrup­ción de las inves­ti­ga­cio­nes enca­mi­na­das a la ple­na des­ar­ti­cu­la­ción del coman­do Donos­ti por el titu­lar del Juz­ga­do de Ins­truc­ción núme­ro 2 de San Sebas­tián ha sido aco­gi­do con estu­por en medios polí­ti­cos res­pon­sa­bles. El Gobierno ha res­pal­da­do al Gober­na­dor Goñi Tira­pu en la denun­cia de este hecho insólito». 
Era enton­ces jefe de Intxau­rron­do el bien cono­ci­do Enri­que Rodrí­guez Galin­do, más tar­de con­de­na­do por secues­trar, tor­tu­rar, ase­si­nar y ente­rrar en cal viva a los refu­gia­dos Lasa y Zaba­la, un cri­men come­ti­do a fina­les de 1983. Un año des­pués, negó tajan­te­men­te que en Intxau­rron­do se tor­tu­ra­ra y se que­jó con amar­gu­ra de que «esta­mos solos y creía­mos que el res­to del país esta­ba orgu­llo­so de nues­tro tra­ba­jo. No tene­mos pren­sa, como la tie­ne ETA, y esto es, aun­que alguien no lo crea, una guerra».
Aque­llas decla­ra­cio­nes las reali­zó al dia­rio El País, y en ellas Galin­do tam­bién anun­ció, a modo de prue­ba de la inexis­ten­cia de tor­tu­ras, que «no ten­dría­mos nin­gún incon­ve­nien­te en que exis­tie­ra una ter­ce­ra par­te, sea el Defen­sor del Pue­blo o un repre­sen­tan­te judi­cial que estu­vie­ra pre­sen­te en los inte­rro­ga­to­rios y obser­va­ra nues­tro méto­dos de tra­ba­jo policial».
Ni que decir tie­ne que aque­llas pala­bras se las lle­vó el vien­to, por­que nun­ca jamás nadie, apar­te de los tor­tu­ra­do­res, ha esta­do pre­sen­te en los inte­rro­ga­to­rios ile­ga­les que se han segui­do prac­ti­can­do duran­te déca­das en Intxau­rron­do. Ni siquie­ra el antes men­cio­na­do juez Pique­ras al que no se per­mi­tió, por supues­to, ser tes­ti­go de inte­rro­ga­to­rio alguno. Y ya hemos vis­to lo que le suce­dió por haber osa­do inte­rrum­pir momen­ta­nea­men­te las sesio­nes de tortura.
Todos los jue­ces reci­bie­ron enton­ces un cla­ro men­sa­je que se tra­du­jo en una con­sig­na que todos ellos han segui­do a pies jun­ti­llas: nada de pre­sen­tar­se ni en Intxau­rron­do, ni en nin­gu­na otra depen­den­cia poli­cial don­de se encuen­tren dete­ni­dos vas­cos inco­mu­ni­ca­dos. Y ello a pesar de que el artícu­lo 520 bis de la Ley de Enjui­cia­mien­to Cri­mi­nal dice que duran­te la deten­ción el Juez podrá cono­cer per­so­nal­men­te la situa­ción del dete­ni­do. Efec­ti­va­men­te, podría hacer­lo, pero des­de 1987 nin­gún juez ha visi­ta­do a un dete­ni­do vas­co inco­mu­ni­ca­do en depen­den­cias policiales.
Esa es la dura reali­dad de la tor­tu­ra en Eus­kal Herria duran­te las últi­mas déca­das en las que las auto­ri­da­des han repe­ti­do sin cesar que las denun­cias de tor­tu­ras res­pon­den a con­sig­nas de «ETA y su entorno». En los miles de casos de inco­mu­ni­ca­ción, en los que se han pro­du­ci­do miles de denun­cias de tor­tu­ras y/​o malos tra­tos, nun­ca un juez ha com­pro­ba­do in situ el esta­do de los dete­ni­dos. Ninguno.
Xabier Maka­za­ga, Inves­ti­ga­dor del terro­ris­mo de Estado
17 de sep­tiem­bre de 2015

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