La éti­ca de la Repú­bli­ca Ára­be Siria

Duran­te las últi­mas sema­nas, los sirios siguie­ron con horror el avan­ce de varios gru­pos isla­mis­tas en el nor­te del país, avan­ce logra­do con apo­yo del ejér­ci­to de Tur­quía (5 ofi­cia­les tur­cos de uni­for­me fue­ron hechos pri­sio­ne­ros por los sol­da­dos sirios). Su mayor preo­cu­pa­ción eran los miem­bros de una uni­dad del Ejér­ci­to Ára­be Sirio cer­ca­dos en un hos­pi­tal, en Jisr al-Chughur. Todo indi­ca­ba que los sol­da­dos sitia­dos esta­ban a pun­to de ser tor­tu­ra­dos y eje­cu­ta­dos por los inva­so­res. En el artícu­lo que aquí repro­du­ci­mos, publi­ca­do como edi­to­rial en el dia­rio pri­va­do más impor­tan­te de Siria, la auto­ra sub­ra­ya que el enemi­go pue­de matar sirios pero que nun­ca logra­rá aca­bar con el espí­ri­tu de Siria, que resi­de en la civi­li­za­ción 10 veces mile­na­ria del vivir juntos.

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L’hôpital de Jisr al-Choughour

Mien­tras los héroes del Ejér­ci­to Ára­be Sirio (ofi­cia­les, sub­ofi­cia­les, sol­da­dos, médi­cos y sani­ta­rios) estu­vie­ron cer­ca­dos por las ban­das de mer­ce­na­rios en el hos­pi­tal de Jisr al-Chughur (noroes­te de Siria), los sirios de todas las con­fe­sio­nes reza­ban por ellos –cada uno según su pro­pio cre­do – , todos tra­ta­ban de saber de ellos y pro­po­nían su ayu­da –cada uno en fun­ción de sus pro­pios medios– para tra­tar de salvarlos.

Algu­nos de los que habían hui­do recien­te­men­te de la ciu­dad de Idlib inclu­so se pusie­ron en camino, de regre­so, arma­dos, dis­pues­tos a enfren­tar la muer­te para defen­der a sus her­ma­nos y sal­var­los de la muerte.

Otros héroes del Ejér­ci­to Ára­be Sirio no pega­ron un ojo, mul­ti­pli­can­do resuel­ta­men­te los inten­tos por libe­rar a sus com­pa­ñe­ros, sin impor­tar­les tener que pagar por ello con sus pro­pias vidas. Esa deci­sión fue expre­sa­da por el pre­si­den­te Bachar al-Assad, el 6 de mayo de 2015, cuan­do pro­me­tió que se haría todo lo posi­ble por libe­rar a los ase­dia­dos. En aquel momen­to, yo agra­de­cí a Dios. «¡Gra­cias a Dios por­que, a pesar de tan­to dolor y de todas las heri­das, el pue­blo sirio –des­de Raq­qa, Ale­po y Deir ez-Zoor has­ta Tar­tus y Suei­daa– se man­tie­ne soli­da­rio, ayu­dán­do­se entre sí como un solo cuer­po cuan­do uno de sus miem­bros está sufrien­do!»

Ayer, mien­tras escu­cha­ba la noti­cia de su libe­ra­ción, reci­bí una lla­ma­da tele­fó­ni­ca de una ami­ga cris­tia­na dicién­do­me que era la fies­ta de San­ta Rita, patro­na de los casos difí­ci­les y de las cau­sas deses­pe­ra­das, cono­ci­da como defen­so­ra de los opri­mi­dos y de quie­nes tie­nen sed de jus­ti­cia. Tam­bién reci­bí una lla­ma­da de una ami­ga musul­ma­na, recor­dán­do­me que esta­mos en la pri­me­ra sema­na del mes de shaa­bán [1]. No cabe duda de que fue­ron escu­cha­das las ple­ga­rias por los sol­da­dos cer­ca­dos, por­que las puer­tas del cie­lo están abier­tas de par en par para los oprimidos.

Mien­tras estu­vie­ron cer­ca­dos, esos héroes nun­ca per­die­ron la fe en su Ejér­ci­to y en su Pue­blo. Por el con­tra­rio, eran ellos quie­nes ani­ma­ban a todo el que logra­ba poner­se en con­tac­to con ellos. Dece­nas de ami­gos de dife­ren­tes reli­gio­nes me decían que esta­ban rezan­do por ellos, cada cual según su cre­do. En fin, se unie­ron todos con­tra la injus­ti­cia, por amor a los hijos de la Patria.

Y eso me tra­jo paz, por­que la injus­ta cam­pa­ña con­tra Siria, que ya entra en su quin­to año, no ha logra­do afec­tar la moral de los sirios, here­de­ros de una civi­li­za­ción de 10 000 años. Y tam­po­co ha logra­do ene­mis­tar­los entre sí por cau­sa de sus dife­ren­tes credos.

Los sol­da­dos cer­ca­dos fue­ron ejem­plo de una noble éti­ca cuan­do por­ta­ron ellos mis­mos en hom­bros a sus cama­ra­das muer­tos o heri­dos mien­tras esca­pa­ban al fue­go de los cri­mi­na­les y a los cuchi­llos de los ase­si­nos. Des­pués de eso, nadie en el mun­do pue­de dar a los sirios lec­cio­nes de éti­ca, de tole­ran­cia o sobre cómo vivir juntos.

Esos héroes expre­sa­ron todo aque­llo de lo cual nos enor­gu­lle­ce­mos en nues­tra que­ri­dí­si­ma Siria: somos un pue­blo uni­do fren­te a todos los cons­pi­ra­do­res y sin impor­tar el nivel de ensa­ña­mien­to de quie­nes nos agre­den. La éti­ca siria es el orgu­llo de nues­tra iden­ti­dad y de nues­tra per­te­nen­cia. Si los cri­mi­na­les están pro­fa­nan­do Pal­mi­ra, no esta­rán pro­fa­nan­do más que pie­dras y are­na que pron­to serán lava­das por la llu­via. Tar­de o tem­prano, nues­tro valien­te ejér­ci­to libe­ra­rá la ciu­dad de los cri­mi­na­les extran­je­ros, envia­dos por poten­cias tirá­ni­cas y rencorosas.

La moral de la civi­li­za­ción de Zeno­bia y de la ruta de la seda per­te­ne­ce al Pue­blo sirio [2]. Está en los genes de sus hijos, de los actua­les y de los que ven­drán después.

Ni los inva­so­res, ni los mer­ce­na­rios podrán, hagan lo que hagan, des­po­jar de ese lega­do a Siria ni a su pueblo.

Que­rían aca­bar con nues­tro sen­ti­do de la vida en común y meter entre noso­tros la cuña de la sedi­ción. Pero, en cada rin­cón de nues­tra Patria, nues­tro Pue­blo ha sabi­do com­par­tir su ali­men­to, sus preo­cu­pa­cio­nes, sus ale­grías y tris­te­zas. Se ha man­te­ni­do uni­do en cada vira­je de la vida, recha­zan­do las ideas enve­ne­na­das, ideas que nada tie­nen que ver con nues­tra bri­llan­te civi­li­za­ción, a pesar de todas sus inva­sio­nes y de los múl­ti­ples inten­tos rea­li­za­dos, a tra­vés de la His­to­ria, por apa­gar nues­tra luz.

Siria segui­rá sien­do una fuen­te de luz para todos los ára­bes y para el mun­do ente­ro. Siria es eso, la tie­rra don­de que­re­mos vivir y por la que esta­mos dis­pues­tos a morir, si así fue­se necesario.

Fuen­te
Al-Watan (Siria)

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