La mer­can­cía expli­ca­da a mis hijos- Agin­tea Hausten

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Com­prar y ven­der son actos extre­ma­da­men­te bana­les hoy, rea­li­za­dos coti­dia­na­men­te por todo el mun­do, todas las empre­sas y en todos los paí­ses. Por tan­to, unos ejem­plos de otras civi­li­za­cio­nes nos mues­tran que esta mane­ra de actuar podría ser poco fre­cuen­te o reser­va­da a cier­tos casos. De hecho, inter­cam­biar, com­prar o ven­der nos pare­ce natu­ral por­que es un acto tan exten­di­do que no nos hace­mos más pre­gun­tas al res­pec­to. Sin embar­go, mirán­do­lo más de cer­ca, hay muchas cosas que des­cu­brir bajo su apariencia.
Aque­llo que se inter­cam­bia duran­te una com­pra o una ven­ta, es una mer­can­cía. Una mer­can­cía es una cosa, un obje­to o un ser­vi­cio. El com­pra­dor desea adqui­rir­la por no saber o no poder hacer­la él mis­mo. El ven­de­dor no la nece­si­ta direc­ta­men­te sino que la ha pro­du­ci­do con el úni­co fin de ven­der­la. Aquél que la com­pra ve por tan­to la mer­can­cía des­de un pun­to de vis­ta dife­ren­te que aquél que la ven­de: el que com­pra la mer­can­cía se intere­sa por el uso que ten­drá así como el que la ven­de se intere­sa por el pre­cio que obtendrá.
Por tan­to el com­pra­dor y el ven­de­dor están de acuer­do sobre un pun­to: la mer­can­cía tie­ne un valor. Es esta base sobre la que bus­ca­rán sal­dar su tran­sac­ción. Tam­bién están de acuer­do en que todas las mer­can­cías tie­nen un valor y que, a pesar de sus dife­ren­cias, pode­mos com­pa­rar­las sobre este pun­to. ¿Dón­de encuen­tran el pun­to en común que les per­mi­te com­pa­rar todas las mer­can­cías tan dis­tin­tas entre sí? En el hecho de que las mer­can­cías son pro­du­ci­das por un tra­ba­jo al cual hace fal­ta dedi­car un deter­mi­na­do tiem­po. De la mis­ma mane­ra que el ven­de­dor y el com­pra­dor ven dos aspec­tos dife­ren­tes en la mis­ma mer­can­cía, hay tam­bién dos aspec­tos dife­ren­tes, y por tan­to inse­pa­ra­bles, en el tra­ba­jo del pro­duc­tor de mer­can­cías: aque­llo que pro­du­ce como obje­to o ser­vi­cio, y el valor que pue­de obtener.
El tra­ba­ja­dor atri­bu­ye a aque­llo que pro­du­ce algo que no exis­te y a lo cual pres­ta una gran impor­tan­cia, más gran­de que a lo pro­du­ci­do en sí mis­mo. Lo hace por­que todos los demás hacen lo mis­mo y por­que les es indis­pen­sa­ble para poner­se de acuer­do entre ellos, aun­que no se dé cuen­ta. Este tipo de fun­cio­na­mien­to, don­de algo que no exis­te aca­ba por tener efec­tos bien reales –de igual mane­ra apa­ren­te­men­te natu­ra­les y pri­mor­dia­les- a fuer­za de hacer “como si”, se pare­ce mucho a las creen­cias de los “sal­va­jes” sobre el poder de los fetiches.

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