A 40 años del ase­si­na­to de Roque Dal­ton. Éra­se un hom­bre a su plu­ma y fusil atado

El día 14 de mayo de 1935, nace en San Sal­va­dor, capi­tal de la Repú­bli­ca de El Sal­va­dor, uno de los más bri­llan­tes poe­tas y ensa­yis­tas lati­no­ame­ri­ca­nos : Roque Dal­ton Gar­cía. Com­pro­me­ti­do con la lucha de su pue­blo, vivió las penu­rias, ale­grías y las con­tra­dic­cio­nes de una épo­ca que mar­có igual­men­te su muer­te, a manos de sus pro­pios com­pa­ñe­ros en la gue­rri­lla, el día 10 de mayo de 1975.

Hace un tiem­po, mi hijo mayor, deman­dó expli­ca­cio­nes res­pec­to a su nom­bre. El por qué de lla­mar­se Roque, de don­de pro­ve­nía tal mane­ra de lla­mar a alguien. Por qué se lla­ma­ba Roque y no Juan por ejem­plo. No tuve que hacer mucha memo­ria para recor­dar a un poe­ta y su vida, que lle­na­ron mis horas por lar­gas jor­na­das y que influen­ció esta elec­ción a la hora de dar un nom­bre sig­ni­fi­ca­ti­vo a este hijo que hoy inte­rro­ga­ba por su patro­ní­mi­co. Roque Dal­ton Gar­cía es el nom­bre del ejem­plo. Un hom­bre al cual pode­mos per­fec­ta­men­te, asi­mi­lar la pará­fra­sis de su pro­pio home­na­je a la muer­te del Che. Roque Dal­ton es: “la encar­na­ción de los más puro y lo más her­mo­so que exis­te en el seno de esa acti­vi­dad gran­dio­sa que nos impo­ne nues­tra épo­ca: la lucha por la libe­ra­ción de la huma­ni­dad; la pro­fun­da lec­ción moral y polí­ti­ca de su vida y de su muer­te for­ma par­te inapre­cia­ble del patri­mo­nio revo­lu­cio­na­rio de todos lo pue­blos del mun­do, y cuya des­apa­ri­ción físi­ca es un hecho irre­pa­ra­ble para el cual no debe­mos esca­ti­mar lágri­mas de revo­lu­cio­na­rios; la acti­tud fun­da­men­tal a que nos obli­ga su actual inmor­ta­li­dad his­tó­ri­ca es hacer­nos ver­da­de­ra­men­te dig­nos de su ejem­plar sacrificio”

Un Hom­bre como Nosotros 

“La poe­sía no se escri­be con ideas, sino con pala­bras” decla­ra­ba, a fines del siglo XIX, el poe­ta fran­cés Gui­llau­me Mallar­mé. Esta sen­ten­cia, erra­da en Lati­noa­mé­ri­ca, y supon­go que en el res­to del pla­ne­ta, sobre para todo aquel que ten­ga como arma de com­ba­te la escri­tu­ra con­tra las injus­ti­cias que se come­ten, cae estre­pi­to­sa­men­te ante la obra vital y lite­ra­ria de poe­tas, narra­do­res y todos aque­llos hom­bres y muje­res que han hecho de la lite­ra­tu­ra el modo de expre­sar ver­da­des, sen­ti­mien­tos, deseos, anhe­los e igual­men­te fra­ca­sos. Uno de esos hom­bres: vital, vigo­ro­so y tenaz fue Roque Dal­ton Gar­cía, una de las figu­ras cime­ras de la poe­sía Lati­no­ame­ri­ca­na del siglo XX. Tan genial como des­co­no­ci­do, tan bri­llan­te como com­pro­me­ti­do con las cau­sas de jus­ti­cia y liber­tad de su pue­blo: El Sal­va­dor, país en el que nació el 14 de mayo de 1935.

Hijo de un esta­dou­ni­den­se afin­ca­do en esas tie­rras cen­tro­ame­ri­ca­nas y una enfer­me­ra sal­va­do­re­ña, estu­dió en un Cole­gio de jesui­tas, que le entre­gó las armas de la dis­ci­pli­na y la cons­tan­cia. A pesar de esa for­ma­ción reli­gio­sa supo empa­par­se de la reali­dad trá­gi­ca de su pue­blo y abre­var su espí­ri­tu inquie­to con letras de Neru­da, Valle­jos y los repre­sen­tan­tes de la escue­la Surrea­lis­ta. Los poe­tas fran­ce­ses como Billón, Saint John Per­se, Kaf­ka, Sala­rrué y has­ta Henry Miller alle­ga­ron agua a ese molino crea­ti­vo, inquie­to, pleno de un humor des­bor­dan­te y de extre­mo rigor inte­lec­tual, como solía carac­te­ri­zar­lo el falle­ci­do escri­tor argen­tino Julio Cortázar.

Roque Dal­ton se defi­nía como uno de noso­tros, sin más ni menos: “Yo como tú amo el amor, la vida, el dul­ce encan­to de las cosas, el pai­sa­je celes­te de los días de enero. Tam­bién mi san­gre bulle y río por los ojos que han cono­ci­do el bro­te de las lágri­mas. Creo que el mun­do es bello, que la poe­sía es como el pan, de todos. Y que mis venas no ter­mi­nan en mí, sino en la san­gre uná­ni­me de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el pai­sa­je y el pan, la poseía de todos”. Poe­ta y revo­lu­cio­na­rio son dos con­cep­tos que en Roque Dal­ton se con­ju­ga­ron con per­fec­ta armo­nía. Demos­tró, median­te su temá­ti­ca como escri­tor y en la vida prác­ti­ca como inte­lec­tual com­pro­me­ti­do con las cau­sas jus­tas de su pue­blo y de Lati­noa­mé­ri­ca, que la ver­dad sí podía ser ence­rra­da en pala­bras. Median­te la poseía, sos­te­nía Dal­ton, era posi­ble decir­lo todo

“… Poe­sía, per­dó­na­me por haber­te ayu­da­do a com­pren­der que no estás hecha sólo de pala­bras…”. “…agra­de­ci­do te salu­do poe­sía por­que hoy al encon­trar­te (en la vida y en los libros) ya no eres sólo para el des­lum­bra­mien­to, gran ade­re­zo de la melan­co­lía. Hoy tam­bién pue­des mejo­rar­me, ayu­dar­me a ser­vir, en esta lar­ga y dura lucha del pue­blo…” Para Roque Dal­ton el tra­ba­jo poé­ti­co le per­mi­tía expre­sar su pro­pia vida, de la que era tes­ti­go y coau­tor, su tiem­po, los hom­bres, el medio que com­par­tían con todas su inter­de­pen­den­cias: “Camino para tal inten­to, des­de el hecho, apa­ren­te­men­te sim­ple de ser sal­va­do­re­ño, o sea, par­te de un pue­blo lati­no­ame­ri­cano que bus­ca su feli­ci­dad luchan­do con­tra el impe­ria­lis­mo y la oli­gar­quía crio­lla y que, por razo­nes his­tó­ri­cas bien con­cre­tas tie­ne una tra­di­ción cul­tu­ral suma­men­te pobre. Tan pobre, que sola­men­te en una debi­lí­si­ma medi­da la ha podi­do incor­po­rar a esa lucha que recla­ma todas las armas”. Un Poe­ta Revo­lu­cio­na­rio

Todo tipo de temas ocu­pó su men­te. Sus letras, opi­nio­nes y accio­nes son expre­sión de diver­si­dad basa­da en la rique­za en el uso del len­gua­je, y el com­pro­mi­so polí­ti­co que lo embar­ga­ba. Su rique­za oral y escri­ta se demos­tra­ba ver­bo a ver­bo, en una poe­sía de rom­pi­mien­to con los mol­des y usan­zas de la épo­ca. Sus poe­mas son ver­da­de­ros edi­fi­cios ela­bo­ra­dos con insó­li­tas rela­cio­nes, entre ele­men­tos disí­mi­les en una lucha dia­léc­ti­ca de unión y lucha de contrarios.

Via­jó, al igual que su refe­ren­te polí­ti­co y mode­lo de hom­bre: El Che, por gran par­te de Lati­noa­mé­ri­ca. Vivió en San­tia­go de Chi­le, don­de estu­dió la carre­ra de leyes y en Méxi­co, don­de se empa­pó de perio­dis­mo y ter­tu­lias lite­ra­rias. A pesar de mili­tan­cias, luchas, y ava­ta­res polí­ti­cos su visión de la poe­sía era fir­me: “El poe­ta debe ser, fun­da­men­tal­men­te fiel con la poe­sía, con la belle­za. Den­tro del cau­dal de lo bello debe sumer­gir el con­te­ni­do que su acti­tud ante la vida y los hom­bres le impon­ga como gran res­pon­sa­bi­li­dad de con­vi­ven­cia, Y aquí no caben los sub­ter­fu­gios ni la inver­sión de los tér­mi­nos. El poe­ta es tal por­que hace poe­sía, es decir, por­que crea una obra bella. Mien­tras haga otra cosa será todo lo que quie­ra menos un poe­ta. Lo cual, por supues­to, no impli­ca con res­pec­to al poe­ta una pri­vi­le­gia­da situa­ción entre los hom­bres, sino tan sólo una exac­ta ubi­ca­ción entre los mis­mos y una rigu­ro­sa limi­ta­ción de sus acti­vi­da­des, que tam­bién sería efi­caz en el caso de par­ti­cu­la­ri­zar la cali­dad de los médi­cos, los car­pin­te­ros, los sol­da­dos o los criminales”.

“La ven­ta­na en el ros­tro” escri­ta en el año 1961 fue su pri­mer libro, y en él están con­te­ni­dos las carac­te­rís­ti­cas de lo que sería todo su tra­ba­jo futu­ro: Un len­gua­je ful­gu­ran­te y de rup­tu­ra, la volun­tad con­cep­tual y una estruc­tu­ra inno­va­do­ra que empie­za a abrir­le paso en la gran cama­da de poe­tas, cuen­tis­tas, ensa­yis­ta y nove­lis­tas que ha dado Lati­noa­mé­ri­ca en el siglo XX. Le siguió “El Turno del Ofen­di­do”, don­de comien­za a per­fi­lar­se con mayor niti­dez su poe­sía ple­na de iro­nía y crí­ti­ca no sólo fren­te a otros poe­tas, sobre todo los ado­ra­do­res del sone­to, que para Dal­ton sig­ni­fi­ca­ba, en ese momen­to “una poe­sía con­ser­va­do­ra, ana­cró­ni­ca y no sólo por el for­ma­lis­mo esen­cial que el sone­tis­mo con­lle­va, sino por­que los pro­ble­mas de la vida actual no caben en vasos tan puros y estre­chos” (Car­ta de Roque Dal­ton a los auto­res de la Revis­ta “De aquí en adelante”.

En el Poe­ma “Can­to a Nues­tra Posi­ción” dedi­ca­do a su ami­go y com­pa­ñe­ro Otto René Cas­ti­llo, expre­sa su crí­ti­ca afi­la­da a esos lla­ma­dos de hacer flo­re­cer todo en el poe­ma ya que el hom­bre pare­cía ser un peque­ño dios: “…¿Cómo pudis­teis can­tar infa­me­men­te a las abs­trac­tas rosas y a la luna bru­ñi­da, cuan­do se cami­na­ba para­le­la­men­te al lito­ral del ham­bre y se sen­tía el alma sepul­ta­da bajo un vol­cán de láti­gos y cár­ce­les, de patro­nes borra­chos y gan­gre­nas y obs­cu­ros des­per­di­cios de vida sin estrellas?…Ay poe­tas que os olvi­das­teis del hom­bre, que os olvi­das­teis de lo que due­len los cal­ce­ti­nes rotos, que os olvi­das­teis del final de los meses de los inqui­li­nos, que os olvi­das­teis del pro­le­ta­rio que se que­dó en una esqui­na con un bos­te­zo eterno inaca­ba­do, lleno de balas y sin san­gre, lleno de hor­mi­gas y defi­ni­ti­va­men­te sin pan… ay poe­tas ¡como due­len vues­tras esta­tu­ras inútiles!.”

Estu­dió e inves­ti­gó con rigu­ro­si­dad y con ori­gi­na­li­dad la his­to­ria de El Sal­va­dor a tra­vés de la publi­ca­ción de un libro de tes­ti­mo­nio fun­da­men­tal, para el estu­dio de los acon­te­ci­mien­tos rela­cio­na­dos con las luchas obre­ras y cam­pe­si­nas en El Sal­va­dor: “Miguel Már­mol: la insu­rrec­ción en El Sal­va­dor: año 1932”” don­de a tra­vés de la his­to­ria de este per­so­na­je real se da cuen­ta de la repre­sión al levan­ta­mien­to cam­pe­sino y que oca­sio­nó 20.000 muer­tos en ape­nas tres meses. Su queha­cer lite­ra­rio lo colo­có al ser­vi­cio de su pue­blo y cuan­do este recla­mó su pre­sen­cia en esa Inmen­sa este­pa ver­de que son las mon­ta­ñas de Mora­zán, y ellas se con­vir­tie­ron en su hogar no dudo un minu­to en con­ver­tir­las en una nue­va trin­che­ra de pala­bras y balas.

Mora­zán se con­vir­tió en el últi­mo cen­tro de su crea­ción, no sólo de dar­do­pa­la­bras mara­vi­llo­sas lan­za­das al cen­tro de la injus­ti­cia, gol­pes de ideas, de agu­de­zas sus­tan­ti­vas, ver­ba­les y adje­ti­vas, bofe­ta­das de reali­dad, sino tam­bién de plas­ma­ción de ese hom­bre nue­vo, que años atrás, en mon­ta­ñas de la sie­rra boli­via­na se empe­zó a visua­li­zar en for­ma de pája­ro de fue­go lla­ma­do Ernes­to. Mora­zán sería su esca­lón más alto en la vida de un revo­lu­cio­na­rio, su vida ple­na pero tam­bién su muer­te, tan bru­tal como absur­da a manos de una frac­ción de la orga­ni­za­ción gue­rri­lle­ra en la cual mili­ta­ba, en el trá­gi­co 14 de mayo del año 1975.

Este hom­bre, bajo en esta­tu­ra pero gigan­te como poe­ta y rebel­de en una con­ju­ga­ción prác­ti­ca y , esta­ba con­ven­ci­do que una de las vías fun­da­men­ta­les, posi­bles de trans­for­mar al inte­lec­tual en inte­lec­tual revo­lu­cio­na­rio era la acción social. Una prác­ti­ca que le daba temor, tan pre­sen­te jun­to al mie­do y la pér­di­da de la ino­cen­cia en cada uno de sus poe­mas: “27 años: Es una cosa seria tener vein­ti­sie­te años, en reali­dad es una de las cosas más serias. En derre­dor se mue­ren los ami­gos de la infan­cia aho­ga­da y empie­za a dudar uno de su inmor­ta­li­dad”. Esa pra­xis social debía hacer­se en el seno de la lucha de los pue­blos que lle­van a cabo su com­ba­te por dejar sólo de sobre­vi­vir y lle­gar a cono­cer lo que es vivir como un ver­da­de­ro ser humano. Su paso por Cuba, don­de dejó a sus dos hijos, para dedi­car­se a la lucha gue­rri­lle­ra le dio la for­ma­ción nece­sa­ria, no sólo des­de el pun­to de vis­ta polí­ti­co sino que lite­ra­rio y de reco­no­ci­mien­to expre­sa­do en su Pre­mio Casa de las Amé­ri­cas, La Haba­na, Cuba, 1969, por su poe­ma­rio “Taber­na y Otros Lugares”.

Este libro de poe­mas es la expre­sión de lo que fue Roque Dal­ton, un insu­rrec­to per­ma­nen­te, un visio­na­rio, un hom­bre dota­do de gran suti­le­za. En ple­na efer­ven­cia pre- Pri­ma­ve­ra de Pra­ga en el año 1968, Roque Dal­ton solía visi­tar las vie­jas taber­nas del cen­tro de la capi­tal de la ex Che­cos­lo­va­quia, des­pués de su tra­ba­jo en la Revis­ta Inter­na­cio­nal, que reu­nía la cre­ma y nata de los ideó­lo­gos comu­nis­tas de ese enton­ces. En esas visi­tas lle­nas de espu­mo­sos bre­ba­jes, Roque, arma­do de una vie­ja máqui­na gra­ba­do­ra se delei­ta­ba escu­chan­do las con­ver­sa­cio­nes de estu­dian­tes, obre­ros y soldados.

De ese tra­ba­jo salió Taber­na y Otros Luga­res, pero tam­bién el con­ven­ci­mien­to que el socia­lis­mo, en aque­llos gri­ses paí­ses de Euro­pa del Este no eran el mode­lo natu­ral de esa visión de mun­do, que tar­de o tem­prano reven­ta­ría por sus pro­pias con­tra­dic­cio­nes, y que Lati­noa­mé­ri­ca no debía tras­la­dar mecá­ni­ca­men­te las expe­rien­cias polí­ti­cas allen­de el Atlántico.

El Gran Habi­tan­te del Peque­ño Pulgarcito 

Uno de sus hijos, Juan José Dal­ton lo des­cri­be como un tipo genial, posee­dor de sen­ti­do del humor inigua­la­ble, un hom­bre que sabía escon­der las tris­te­zas bajo una per­ma­nen­te son­ri­sa y con una deci­sión inque­bran­ta­ble. Así, cuen­ta Juan José: “En la Haba­na tenía­mos un vecino que se lla­ma­ba Fer­nan­do Mar­tí­nez, era un exper­to en mar­xis­mo-leni­nis­mo. Como en su casa se había roto el refri­ge­ra­dor, mi papá le guar­da­ba la car­ne y le pollo a cam­bio de cla­ses de mate­ria­lis­mo. Cuen­ta Fer­nan­do que en una de esas calu­ro­sas tar­des de 1972, había sali­do a la ver­ja de su casa. Bajan­do por la calle J, del Veda­do (don­de aún está nues­tra casa en La Haba­na), venía rodan­do mi padre. El pos­te de la esqui­na lo detu­vo. Fer­nan­do se le acer­có. “¿Roque, que te pasa chi­co? Mira como vie­nes…” “No voy a seguir bebien­do Fer­nan­do, por­que si no, no voy a poder ser gue­rri­lle­ro”, le con­tes­tó a modo de auto­crí­ti­ca. “Efec­ti­va­men­te, nun­ca más lo vol­ví a ver toma­do… Fue la últi­ma vez. Nun­ca creí que esa la des­pe­di­da”, me con­tó aquel cubano”. Era la últi­ma vez pues su pró­xi­mo paso era inte­grar­se a las fuer­zas gue­rri­lle­ras que actua­ban en El Salvador.

Roque era tam­bién un escri­tor del más ínti­mo liris­mo, capaz de expre­sar los dolo­res que lle­ga­ban del tes­ti­mo­nio prác­ti­co de las heri­das de su peque­ño pul­gar­ci­to, como una vez defi­nió la poe­ti­sa chi­le­na Gabrie­la Mis­tral a El Sal­va­dor. Sus letras venían del pue­blo, de la heri­da valle­jia­na que car­co­mía la vida de ese Sal­va­dor supli­can­te de ser sal­va­do. Nos legó la poli­cro­mía de su esti­lo, la rique­za y viva­ci­dad de su pro­sa reful­gen­te y diná­mi­ca, la belle­za de sus ideas y len­gua­je. Nos dejó un arma defen­si­va a la cual recu­rrir, cuan­do los sig­ni­fi­ca­dos y sig­ni­fi­can­tes nos ame­na­zan con eva­dir sus res­pon­sa­bi­li­da­des. Sus escri­tos no mar­cha­ron nun­ca al mar­gen de la hoy tan vili­pen­dia­da lucha de cla­ses pero, esa con­tra­dic­ción vital era trans­mi­ti­da en for­ma tan suge­ren­te y peda­gó­gi­ca, tan fina­men­te iró­ni­ca y genial, que podía ense­ñar más con el cora­zón que con manua­les, con su expe­rien­cia más que con citas de sesu­dos per­so­na­jes. Roque, a su mane­ra, mos­tró el esca­lón más alto del ser humano, para lle­gar a tener los dere­chos nun­ca alcan­za­dos de su pueblo:

El escri­tor y el artis­ta lati­no­ame­ri­cano pro­me­dio, lucha en dis­tin­tos nive­les con­tra el régi­men que lo dis­cri­mi­na, lo humi­lla y lo per­si­gue; y más, que el poe­ta y el escri­tor, es el sub­ver­si­vo, el per­se­gui­do, el pre­so, el tor­tu­ra­do. Y comien­za a ser el ase­si­na­do jun­to a miles de su pue­blo, y el que com­ba­te con las armas en la mano, en con­se­cuen­cia los nom­bres de Javier Heraud, Edgar­do Tello, Otto René Cas­ti­llo enca­be­zan la lista.

”Su peque­ña ama­da patria” era un tema cons­tan­te en sus letras. Mez­cla­ba en ello la rabia y la ter­nu­ra, el amor y el odio más pro­fun­do. Mien­tras su madu­rez bio­ló­gi­ca avan­za­ba inexo­ra­ble, su flo­re­ci­mien­to inte­lec­tual, nutri­do en tie­rras lati­no­ame­ri­ca­nas y euro­peas, des­bor­da­ba los cau­ces poé­ti­cos cono­ci­dos has­ta la épo­ca. Su amor por ese peda­zo de tie­rra de 20.000 kiló­me­tros cua­dra­dos, no tenía los lími­tes seña­la­dos en mapas y acuer­dos polí­ti­cos, pero se había trans­for­ma­do, con el paso de los años y el exi­lio, en un dolor que lace­ra­ba todo su ser, y lo con­ven­cía que la reden­ción de su Sal­va­dor, pasa­ba por libe­rar­lo de todo aque­llo que roía su existencia.

Roque esta­ba con­ven­ci­do, que la liber­tad de su dimi­nu­ta tie­rra era par­te de la cons­truc­ción de múl­ti­ples patrias dis­per­sas por la mes­ti­za Lati­noa­mé­ri­ca. La edi­fi­ca­ción de un ver­da­de­ro Nue­vo Mun­do, con hom­bres nue­vos era con­si­de­ra­da por Roque Dal­ton como un camino pla­ga­do de difi­cul­ta­des, una sen­da difí­cil, dura y terri­ble, que ne cesi­ta­ba de iné­di­tos y más pene­tran­tes dolo­res para lograr erra­di­car su ena­je­na­ción: “Nece­si­tas bofe­to­nes, elec­tro-Shocks, Psi­co­aná­li­sis, para que des­per­tés a tu ver­da­de­ra per­so­na­li­dad… habrá que meter­te a la cama, a pan de dina­mi­ta y agua, lava­ti­vas de cóc­tel molo­tov cada quin­ce minu­tos, y lue­go nos ire­mos a la gue­rra de ver­dad, todos jun­tos, novia encar­ni­za­da, mamá que parás el pelo”

Ser Fuer­te sin per­der la Ternura 

Roque fue tam­bién perio­dis­ta, de aquel que desolla, que ense­ña y no hace de la lison­ja el pan de cada día. Se ale­jó y bur­ló del dog­ma­tis­mo obnu­bi­lan­te, ver­da­de­ro opio del deseo y prác­ti­ca de cam­bios. Los esque­mas incues­tio­na­bles, hayan sido polí­ti­cos o lite­ra­rios no eran su ali­men­to. No exis­tía dis­yun­ti­va entre su crea­ción artís­ti­ca y su acti­vi­dad polí­ti­ca, entre ver­sos y refor­ma agra­ria, entre ensa­yos lite­ra­rios y prác­ti­cas gue­rre­ras ¿Su máxi­ma? La duda, siem­pre la duda en lugar del dog­ma que ador­me­ce. La crí­ti­ca que cons­tru­ye en lugar del aca­ta­mien­to incondicional.

El apren­di­za­je de esto fue un pro­ce­so dolo­ro­so: “Mi acti­tud ante el con­te­ni­do ideo­ló­gi­co y la tras­cen­den­cia social de la obra poé­ti­ca está deter­mi­na­da fun­da­men­tal­men­te por dos hechos extre­mos: el de mi lar­ga y pro­fun­da for­ma­ción bur­gue­sa y el de la mili­tan­cia revo­lu­cio­na­ria que man­ten­go des­de algu­nos años. La prác­ti­ca en las filas del par­ti­do ha orga­ni­za­do mi preo­cu­pa­ción e siem­pre por los pro­ble­mas de la gen­te que me rodea, del pue­blo, en últi­mo gra­do y ha ubi­ca­do con exac­ti­tud ante mi aten­ción, las res­pon­sa­bi­li­da­des fun­da­men­ta­les a las cua­les deber­se, así como a la for­ma con­cre­ta de rea­li­zar esos debe­res a lo lar­go de la vida. 

Pero los lar­gos años en el Cole­gio Jesui­ta, el desa­rro­llo de mi pri­me­ra juven­tud en el seno de la cha­ta bur­gue­sía sal­va­do­re­ña, el ape­ga­mien­to a for­mas de vida irres­pon­sa­bles, ale­ja­das con san­to horror del sacri­fi­cio o de los pro­ble­mas esen­cia­les de la épo­ca, han deja­do en mí sus mar­cas, las cica­tri­ces que aún aho­ra duelen”. 

Estas pala­bras escri­tas en su Ensa­yo “Poe­sía y Mili­tan­cia en Amé­ri­ca Lati­na” son ese ejem­plo de auto­crí­ti­ca que ani­ma­ba a Roque Dal­ton y que resu­men esa vida pla­ga­da de con­tra­dic­cio­nes pero siem­pre hones­ta. El des­tino con la revo­lu­ción mar­có su exis­ten­cia, era un indis­cu­ti­ble com­pro­mi­so de pare­ja. En un mun­do como el que se nos pre­sen­ta en este nue­vo mile­nio requie­re de nue­vos hono­res, de nue­vas for­mas de enfo­car los cam­bios nece­sa­rios para los pue­blos sub­de­sa­rro­lla­dos, pero igual­men­te se nece­si­ta de un con­cien­cia de revo­lu­cio­na­rios, de poe­tas como Roque que si la muer­te no lo tuvie­se en su seno, segui­ría con­vo­can­do a esta gene­ra­ción de móvi­les y glo­ba­li­za­ción en la nece­si­dad de ser revo­lu­cio­na­rios hoy, en la épo­ca dura, la úni­ca que da posi­bi­li­da­des de ser suje­to de epo­pe­yas: “Ser revo­lu­cio­na­rio cuan­do la revo­lu­ción ha eli­mi­na­do a sus enemi­gos y se ha con­so­li­da­do en todos los sen­ti­dos pue­de ser, sin lugar a dudas, más o menos glo­rio­so y heroi­co. Pero ser­lo, cuan­do la cali­dad de revo­lu­cio­na­rio se sue­le pre­miar con la muer­te es lo ver­da­de­ra­men­te digno de la poe­sía. El poe­ta enton­ces la poe­sía de su gene­ra­ción y la entre­ga a la historia”.

Roque Dal­ton Gar­cía entre­gó su poe­sía a toda una gene­ra­ción de lati­no­ame­ri­ca­nos que a 40 años de su ase­si­na­to, tan bru­tal como absur­da a manos de un gru­po de dog­má­ti­cos que jamás cono­cie­ron al ver­da­de­ro Roque, camu­fla­do bajo el nom­bre de Julio Del­fus Marín en las mon­ta­ñas de Mora­zán. Quie­nes lo ase­si­na­ron jamás le per­do­na­ron su humor, su des­par­pa­jo ante las más insó­li­tas situa­cio­nes, su ima­gi­na­ción lle­na de opti­mis­mo por el mejo­ra­mien­to humano.

El poe­ta Nica­ra­güen­se Julio Valle al saber sobre la muer­te de su ami­go dijo a su hijo Juan José “Mirá her­mano, quie­nes mata­ron a Roque no tenían humor” una inge­nio­si­dad tan per­ma­nen­te y vital que hizo excla­mar a Eduar­do Galeano que Roque era capaz de hacer reír has­ta las pie­dras. Capaz de sacar son­ri­sas, pero recor­dar­nos sobre el sufri­mien­to de sus her­ma­nos en el Poe­ma de Amor: “Los que amplia­ron el Canal de Pana­má (y fue­ron cla­si­fi­ca­dos como “sil­ver roll” y no como “gold roll”) los que repa­ra­ron la flo­ta del pací­fi­co en las bases de Cali­for­nia, los que se pudrie­ron en las cár­ce­les de Gua­te­ma­la, Méxi­co, Hon­du­ras, Nica­ra­gua, por ladro­nes, con­tra­ban­dis­tas, por esta­fa­do­res, por ham­brien­tos… los sem­bra­do­res de maíz en ple­na sel­va extran­je­ra, los reyes de las pági­nas rojas, los que nun­ca sabe nadie de dón­de son, los mejo­res arte­sa­nos del mun­do, los que fue­ron cosi­dos a bala­zos al cru­zar la fron­te­ra, los que murie­ron de palu­dis­mo o de las pica­das del escor­pión o de la bar­ba amar illa en el infierno de la bana­ne­ras, los que llo­ra­ron borra­chos por el himno nacio­nal, los arri­ma­dos, los men­di­gos, los marihua­ne­ros, los gua­na­cos hijos de la gran puta… los eter­nos indo­cu­men­ta­dos, los hace­lo­to­do, los ven­de­lo­to­do, los come­lo­to­do, los pri­me­ros en sacar el cuchi­llo, los tris­tes más tris­tes del mun­do, mis com­pa­trio­tas, mis hermanos”

Roque Dal­ton murió, y aho­ra que El Sal­va­dor lue­go de muchos años de gue­rra civil empe­zó una nue­va y enig­má­ti­ca cami­na­ta por iné­di­tos derro­te­ros, es impe­ra­ti­vo recor­dar a aque­llos, que rega­ron con su fres­quí­si­ma san­gre el camino que hoy tran­si­tan otros nue­vos hom­bres. Él murió, pero está encar­na­do en muchas vidas, que encuen­tran en su ejem­plo, la luz que guía y alec­cio­na. Ha resu­ci­ta­do en este nue­vo El Sal­va­dor, tal vez un poco mejor que aquel san­gran­te país que cono­ció sus pasos terre­nos. Roque Dal­ton, hom­bre peque­ñi­to de esta­tu­ra pero gigan­te y feroz con la plu­ma y el fusil está rien­do, y lo hace hen­chi­do de pla­cer a pesar de las masa­cres y las lágri­mas jamás recuperadas.

Roque es el recuer­do de la san­gre joven pro­di­ga­da por sal­va­do­re­ños e inter­na­cio­na­lis­tas que lucha­ron por un Sal­va­dor más jus­to, que entre­ga­ron sus vidas por una cau­sa que no impor­ta­ba tener como nor­te la muer­te si de ver­dad se moría entre pája­ros y árbo­les, como decía el poe­ta Javier Heraud. Roque ha triunf ado y pron­to será: Par­ques infan­ti­les, escue­las, hos­pi­ta­les, será nue­vos poe­mas por venir, un con­ti­nen­te reidor y feliz por tener en su vien­tre a millo­nes de nue­vos Roques por nacer.

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