La con­ti­nua des­po­bla­ción de Detroit

A dife­ren­cia de otras muchas inno­va­cio­nes indus­tria­les, la puer­ta gira­to­ria no sur­gió en Detroit. La crea­ción de Theophi­lus Van Kan­nel, que ense­gui­da se con­vir­tió en el fun­da­dor de la Van Kan­nel Revol­ving Door Com­pany, giró por pri­me­ra vez en Fila­del­fia en 1888. El inven­to tenía un doble pro­pó­si­to: mejo­rar el ais­la­mien­to tér­mi­co de los edi­fi­cios y per­mi­tir que nume­ro­sas per­so­nas pudie­ran entrar fácil­men­te en ellos en cual­quier momento.

El pasa­do 31 de mar­zo, en la Ofi­ci­na del Teso­ro del Con­da­do de Way­ne, esa inven­ción de la épo­ca vic­to­ria­na no cum­plió nin­guno de los dos. Una vez más, nin­gu­na puer­ta de la his­to­ria de la arqui­tec­tu­ra –gira­to­ria o de otro tipo– hubie­ra podi­do alber­gar la últi­ma per­ver­si­dad que los fun­cio­na­rios de Detroit esta­ban infli­gien­do a sus resi­den­tes: el posi­ble desahu­cio de dece­nas de miles de per­so­nas, tal vez 100.000, todas des­pla­za­das al mis­mo tiempo.

No es de extra­ñar que pare­cie­se que todo el mun­do se que­da­ba atas­ca­do en las puer­tas gira­to­rias de dicho edi­fi­cio el últi­mo día para pagar o acor­dar un plan de pago del impues­to de bie­nes inmue­bles atra­sa­do. El ayun­ta­mien­to había avi­sa­do de que quie­nes no paga­ran ese día per­de­rían sus vivien­das por la vía de la eje­cu­ción fis­cal, el pro­ce­di­mien­to por el cual el gobierno local se hace con la pro­pie­dad de una vivien­da por impa­go del impues­to de bie­nes inmuebles.

«Oh, Dios mío», excla­mó una mujer muy abri­ga­da cuan­do vio aquel río de gen­te con sus docu­men­tos en sobres y car­pe­tas de todo tipo baján­do­se de coches, cami­nan­do encor­va­dos con la ayu­da de anda­do­res, con­du­cien­do ciclo­mo­to­res eléc­tri­cos, sien­do empu­ja­dos en sillas de rue­das o sim­ple­men­te agol­pán­do­se para tra­tar de lle­gar a pie al edi­fi­cio. Era una tar­de gris y exce­si­va­men­te fría para esa épo­ca del año. Al día siguien­te, en mitad de una pra­de­ra sin nie­ve de la Sie­rra Neva­da, el gober­na­dor de Cali­for­nia anun­cia­ría las pri­me­ras res­tric­cio­nes de agua de la his­to­ria de ese esta­do debi­do a una sequía sin pre­ce­den­tes vin­cu­la­da al cam­bio cli­má­ti­co. Mien­tras tan­to, en Michi­gan, los habi­tan­tes de la ciu­dad se enfren­ta­ban a otro tipo de catás­tro­fe, en cuyo ori­gen tam­bién esta­ba la acción huma­na: posi­ble­men­te la mayor eje­cu­ción fis­cal en la his­to­ria de Esta­dos Unidos.

«Es el últi­mo día para pagar», gri­tó una mujer de camino hacia el cubícu­lo acris­ta­la­do gira­to­rio diri­gién­do­se a un tran­seún­te que había ami­no­ra­do el paso al ver aquel tumul­to. En el inte­rior, un fun­cio­na­rio de la ofi­ci­na del she­riff del con­da­do de Way­ne con­ver­ti­do en «con­tro­la­dor de trán­si­to» bra­ma­ba ins­truc­cio­nes a una ser­pen­tean­te fila de gen­te. «En el octa­vo piso les darán un núme­ro. ¡Guar­den ese núme­ro! Lue­go bajen al quin­to piso».

El octa­vo piso, sin embar­go, resul­tó no ser más que otro embo­te­lla­mien­to humano, un espa­cio para rete­ner a miles de pro­pie­ta­rios angus­tia­dos que tenían por delan­te horas de espe­ra antes de lle­gar a la mesa de alguno de los fun­cio­na­rios sobre­car­ga­dos de tra­ba­jo en el quin­to piso. Con todo, como me dijo un repar­ti­dor de la ofi­ci­na pos­tal que se que­dó boquia­bier­to ante seme­jan­te fias­co, había menos agi­ta­ción de la que había habi­do solo unos días antes, cuan­do la ofi­ci­na del teso­ro tuvo que alqui­lar la Segun­da Igle­sia Bau­tis­ta al otro lado de la calle. Allí es don­de la gen­te espe­ró para poder atra­ve­sar las puer­tas gira­to­rias y subir en ascen­sor has­ta el octa­vo piso antes de des­cen­der al quin­to para… bueno, ya se harán una idea.

Lo cier­to es que toda la sema­na fue un horri­ble caos. Corrían rumo­res de que un día antes había falle­ci­do una mujer en el ascen­sor, entre el octa­vo y el quin­to piso, cuan­do iba a «hacer arre­glos», eufe­mis­mo para «acor­dar un plan de pago» que podría sal­var tu vivienda.

«¿Y qué pasa si no pue­des pagar?» me pre­gun­tó un hom­bre del­ga­do mien­tras esqui­vá­ba­mos una nue­va ola de gen­te que salía del cilin­dro de cristal.

«Pues que subas­tan tu casa», respondí.

«¿En serio?», pre­gun­tó alucinado.

Esta­ba espe­ran­do a su her­ma­na, que había acu­di­do has­ta allí para hacer estos «arre­glos». Él no tenía que preo­cu­par­se por nada de todo eso, me expli­có, pues des­de que per­dió su tra­ba­jo, que era el que le pro­por­cio­na­ba alo­ja­mien­to, había esta­do vivien­do en mote­les. Tan­to el Vic­tory Inn, en el cora­zón de Dearn­born, como el Viking, en fren­te del casino Motor City esta­ban razo­na­ble­men­te bien, me ase­gu­ró, pero el más bara­to de todos era el Royal Inn en Eight Mile, que cos­ta­ba 35 dóla­res la noche más 10 dóla­res de fian­za. El úni­co y enig­má­ti­co comen­ta­rio en Yelp sobre ese esta­ble­ci­mien­to decía: «Sin duda el lugar esco­gi­do don­de pasan cosas abso­lu­ta­men­te normales».

Pla­ni­fi­car un infierno municipal

En algún momen­to Detroit fue famo­sa por crear las ver­sio­nes más gran­des y más espec­ta­cu­la­res de lo que sea que sus resi­den­tes se pro­pu­sie­ran, ya fue­sen cade­nas de mon­ta­je, sellos dis­co­grá­fi­cos o aso­cia­cio­nes sin­di­ca­les revo­lu­cio­na­rias. A la ciu­dad se le atri­bu­ye la inven­ción y pro­duc­ción en serie del pro­pio siglo XX, mien­tras de mane­ra simul­tá­nea sus tra­ba­ja­do­res se ponían al fren­te de las revuel­tas con­tra las injus­ti­cias de la épo­ca. Sus fábri­cas pusie­ron al mun­do sobre rue­das e impul­sa­ron la legis­la­ción labo­ral. Sus tra­ba­ja­do­res y pen­sa­do­res pro­vo­ca­ron y alen­ta­ron algu­nos de los movi­mien­tos de resis­ten­cia más influ­yen­tes del país.

Detroit: cada artícu­lo sobre ti debe­ría incluir una car­ta de amor, una nota de agra­de­ci­mien­to, una lec­ción de his­to­ria ya que sin ti…

Sin embar­go son muy pocos los que advier­ten que la ciu­dad que fue­ra el arse­nal del siglo XX tam­bién pue­de ser­vir de mode­lo para una épo­ca más pre­ca­ria. Lo que nos devuel­ve a las eje­cu­cio­nes fis­ca­les en serie del momen­to actual. Más de 60.000 vivien­das, apro­xi­ma­da­men­te la mitad de ellas ocu­pa­das, van a ser subas­ta­das. Se cal­cu­la que unos 100.000 resi­den­tes –alre­de­dor de la sép­ti­ma par­te del total– se enca­mi­na­rían hacia lo que muchos ya lla­man una «cin­ta trans­por­ta­do­ra» de desahucios.

Es una ima­gen que se vie­ne rápi­da­men­te a la cabe­za en una ciu­dad cuyas fábri­cas de auto­mó­vi­les fue­ron famo­sas por sus efi­cien­tí­si­mas plan­tas de pro­duc­ción. Lamen­ta­ble­men­te, estos días resul­ta dema­sia­do fácil ima­gi­nar­se la ver­sión del siglo XXI de una clá­si­ca cade­na de mon­ta­je de Detroit pro­ce­san­do a sus pro­pios resi­den­tes, tra­ba­ja­do­res, y jubi­la­dos: todos los que ya no nece­si­ta, los dema­sia­do vie­jos, los dema­sia­do jóve­nes, los poco pre­pa­ra­dos, los dema­sia­do inefi­cien­tes para una ciu­dad pos­ban­ca­rro­ta. Al pare­cer, hay que con­ver­tir a estos inde­sea­bles en un mon­tón de refu­gia­dos eco­nó­mi­cos subi­dos en una cin­ta trans­por­ta­do­ra hacia nin­gu­na par­te. Aun­que a todo el mun­do le gus­ta oír hablar de la legen­da­ria Detroit indus­trial, nadie quie­re saber nada de su des­cen­den­cia des­in­dus­tria­li­za­da y mucho menos de sus eje­cu­cio­nes: otra vez no.

Mike Sha­ne, resi­den­te en Detroit y uno de los pro­mo­to­res del gru­po anti-eje­cu­cio­nes Mora­to­rium Now! (¡Mora­to­ria Ya!), lo sabe mejor que nadie. «Lla­ma­mos a la pren­sa y res­pon­den, dad­nos cual­quier cosa menos eje­cu­cio­nes», me dice con tristeza.

Unir los puntos

El 31 de mar­zo algu­nas per­so­nas con­si­guie­ron hacer los «arre­glos» nece­sa­rios para sal­var sus hoga­res. Entre ellas se con­ta­ba una mujer con un pei­na­do al esti­lo Hillary Clin­ton que lle­va­ba vivien­do en la calle Winth­rop des­de los años sesen­ta pero que, como muchas otras per­so­nas de cla­se tra­ba­ja­do­ra, se había retra­sa­do en el pago de impues­tos. «Me pre­gun­ta­ron, “¿Por que no pagó el impues­to de bie­nes inmue­bles?” », expli­ca­ba mien­tras des­can­sa­ba en uno de los ban­cos del pri­mer piso. «Y yo dije, “por­que me dio un infarto” ».

El año pasa­do, recor­da­ba, la vivien­da de una veci­na iba a sacar­se a subas­ta públi­ca. Un hom­bre que vivía en el mis­mo blo­que reco­no­ció la direc­ción en la lis­ta de pro­pie­da­des que se subas­ta­ban y com­pró de nue­vo la casa para ella, me cuen­ta. «Le dijo a la mujer “págue­me­la cuan­do pue­da, si puede” ».

Detroit está lle­na de his­to­rias pare­ci­das reple­tas de un ter­co sen­ti­do de espe­ran­za. Pero hay muchí­si­mas más direc­cio­nes en la lis­ta de eje­cu­cio­nes que veci­nos ange­li­ca­les. A pri­me­ra hora de la tar­de de ese últi­mo día de mar­zo, con el edi­fi­cio a pun­to de reven­tar con miles de per­so­nas en su inte­rior, la ofi­ci­na del con­da­do admi­tió su inca­pa­ci­dad de hacer fren­te a la situa­ción y amplió el pla­zo de las eje­cu­cio­nes otras seis semanas.

«No sé si será por­que están abso­lu­ta­men­te des­bor­da­dos», se pre­gun­ta­ba Mary Crenshaw, una mujer de ojos hun­di­dos que se sin­tió ali­via­da con el anun­cio, pues le daba tiem­po a reci­bir el pago úni­co de jubi­la­ción de Bri­tish Air­ways, su anti­guo emplea­dor. Había veni­do a sal­var su vivien­da fami­liar en High­land Park, una peque­ña ciu­dad absor­bi­da por Detroit cuyas casas lucían anta­ño sue­los de roble y ven­ta­nas de cris­tal bise­la­do. Hoy más de la mitad están vacías, los jar­di­nes des­cui­da­dos, las ven­ta­nas clau­su­ra­das, los anti­guos pro­pie­ta­rios expul­sa­dos del vecin­da­rio des­pués de ver­se atra­pa­dos en una de esas cin­tas trans­por­ta­do­ras de ejecuciones.

Des­pués de todo, esta cri­sis de eje­cu­cio­nes fis­ca­les vie­ne pisán­do­le los talo­nes al últi­mo gran des­alo­jo de la ciu­dad: el desas­tre hipo­te­ca­rio de 2008, que se expan­dió por Detroit como una mare­ja­da arras­tran­do fue­ra de ella a casi un cuar­to de millón de per­so­nas y dejan­do a su paso dece­nas de miles de pro­pie­da­des desocupadas.

El hecho de que el gobierno de la ciu­dad esté ame­na­zan­do con desahu­ciar a lo lar­go de este año a la sép­ti­ma par­te de los habi­tan­tes que le que­dan por no haber paga­do el impues­to de bie­nes inmue­bles podría pare­cer un tan­to absur­do has­ta que uno empie­za a unir los pun­tos: los cor­tes de agua masi­vos, el cie­rre de doce­nas de escue­las públi­cas, el aban­dono de las bocas de incen­dios en deter­mi­na­dos barrios y aho­ra esta ava­lan­cha de ejecuciones.

Al obser­var el patrón que apa­re­ce se ve que Detroit no es solo una ciu­dad en mitad de un «revi­val», como ase­gu­ran los inver­so­res y los medios nacio­na­les. Es ver­dad que está habien­do nue­vos desa­rro­llos urba­nís­ti­cos en algu­nos barrios y que los fun­cio­na­rios muni­ci­pa­les anun­cian gran­des cam­bios, a menu­do ilus­tra­dos con docu­men­tos colo­ri­dos que muy bien podría haber­los for­ma­tea­do un equi­po de magos del dise­ño grá­fi­co en la par­te de atrás de los auto­bu­ses de Goo­gle en San Francisco.

Pero esa es solo una par­te de la his­to­ria de Detroit. Para sus habi­tan­tes con pocos recur­sos, negros y vie­jos, Detroit no es una ciu­dad en auge sino asediada.

Una emer­gen­cia que no se aca­ba nunca

Una ven­to­sa tar­de de sába­do, jus­to dos sema­nas antes de la fecha lími­te para las eje­cu­cio­nes, en la Old Christ Church, la igle­sia pro­tes­tan­te más anti­gua de Michi­gan, tuvo lugar una asam­blea popu­lar de emer­gen­cia en con­tra de las eje­cu­cio­nes fis­ca­les don­de se tra­tó el asun­to. Era una de las varias «asam­bleas popu­la­res» que se habían con­vo­ca­do para dis­cu­tir la últi­ma cri­sis de una ciu­dad a la que no le han fal­ta­do en los últi­mos años. Antes de las asam­bleas sobre eje­cu­cio­nes fis­ca­les hubo asam­bleas en con­tra de las eje­cu­cio­nes hipo­te­ca­rias, cam­pa­ñas anti-desahu­cios (Emer­gency Pack-The-Court Actions), en defen­sa de las pen­sio­nes y los ser­vi­cios (Emer­gency Town Halls to Defend City Pen­sions & Ser­vi­ces), en con­tra de la ges­tión del direc­tor finan­cie­ro de emer­gen­cia (Emer­gency Mee­tings Against the Emer­gency Finan­cial Mana­ger), etc.

«Emer­gen­cia» ha sido la pala­bra del momen­to duran­te años y años. Ese sen­ti­do de urgen­cia inter­mi­na­ble inva­dién­do­lo todo lo encon­tra­mos tam­bién en la lite­ra­tu­ra de estos gru­pos, en las chi­llo­nas letras mayús­cu­las, en los equi­va­len­tes tipo­grá­fi­cos de los sig­nos de excla­ma­ción. Cuan­do me ente­ré del últi­mo acto que aca­ba­ba de tener lugar esta­ba en una reu­nión con Mike Sha­ne y le dije: «No ha habi­do una sola vez en los tres años que lle­vo vinien­do a Detroit que al lle­gar no fue­rais a cele­brar una asam­blea popu­lar de emer­gen­cia al sába­do siguiente».

Sha­ne se rió. «Sí, es cier­to», con­tes­tó. «Lle­va­mos así más o menos des­de 2007».

Ese día la Old Christ Church tiri­ta­ba de frío. Del ban­co ubi­ca­do a mis espal­das lle­gó el cru­ji­do de los abri­gos de dos niños que se retor­cían. A su lado esta­ban sen­ta­dos su abue­la y su abue­lo, Lula y Daryl Bur­ke, que habían veni­do a con­tar cómo se ven­dió su casa en una subas­ta públi­ca el año ante­rior. Lula expli­có que con la ayu­da de la pla­ta­for­ma anti-desahu­cios Detroit Evic­tion Defen­se, un movi­mien­to de base, habían logra­do con­ven­cer al com­pra­dor de que les ven­die­se la que había sido su casa.

Su pro­pia ini­cia­ti­va tam­bién ayu­dó. La mujer recor­da­ba haber­le dicho al inver­sor que había adqui­ri­do su casa en la subas­ta que aho­ra podía inten­tar ven­der la vivien­da a otro. Pero cla­ro, antes de que pudie­ra hacer­lo, ella esta­ba dis­pues­ta a vaciar­la por com­ple­to. «No va a tener ni cal­de­ra ni baño ni puer­tas ni ven­ta­nas, ni siquie­ra inte­rrup­to­res de luz», le advirtió.

En la pared detrás del altar había tres ánge­les ves­ti­dos de blan­co pilla­dos en mitad de sus jue­gos, igno­ran­tes de las con­di­cio­nes actua­les de la que una vez fue­ra su majes­tuo­sa ciu­dad. Delan­te de ellos esta­ba el abo­ga­do Jerry Gold­berg, un des­ta­ca­do acti­vis­ta en con­tra de las eje­cu­cio­nes hipo­te­ca­rias. «¿Vamos a per­mi­tir 62.000 eje­cu­cio­nes más este año?» tro­nó su voz, su ros­tro cada vez más rojo. Me ente­ré lue­go de que, años atrás, Gold­berg había ven­di­do cacahue­tes en el vie­jo esta­dio de los Tigres de Detroit (hoy con­ver­ti­do en un apar­ca­mien­to), don­de supo sacar buen pro­ve­cho a su impla­ca­ble vozarrón.

«¡No!», res­pon­dió enfá­ti­ca­men­te a su pro­pia pre­gun­ta. «¿Vamos a per­mi­tir­les que con­vier­tan nues­tros barrios en un mon­tón de estanques?»

Qui­zá debe­ría haber comen­za­do por ahí: en algu­nos de esos últi­mos y lla­ma­ti­vos docu­men­tos de pla­ni­fi­ca­ción de la ciu­dad ela­bo­ra­dos con Ado­be InDe­sign, cier­tos barrios deca­den­tes apa­re­cen trans­for­ma­dos en estan­ques. O, para ser más pre­ci­sos, han sido con­ver­ti­dos en «depó­si­tos de reten­ción de agua», que los pla­ni­fi­ca­do­res creen que per­mi­ti­rán a la futu­ra Detroit ges­tio­nar mejor las aguas pluviales.

Minu­tos antes, Ali­ce Jen­nings, una de las más céle­bres abo­ga­das por la jus­ti­cia social de la ciu­dad, había expli­ca­do que, según los docu­men­tos de pla­ni­fi­ca­ción de Detroit, está pre­vis­to que esos depó­si­tos de reten­ción se cons­tru­yan enci­ma de barrios actual­men­te habi­ta­dos. Es decir, tam­bién habla­mos de estan­ques al hablar de eje­cu­cio­nes fis­ca­les en Detroit.

«¡No!», gri­tó Gold­berg una vez más. «Tene­mos que parar estas eje­cu­cio­nes con una mora­to­ria, una sus­pen­sión! ¡La idea de que eso no se pue­de hacer es absur­da! ¡El Tri­bu­nal Supre­mo ya decla­ró en 1934 que duran­te un perio­do de emer­gen­cia la nece­si­dad de sobre­vi­vir de las per­so­nas pre­va­le­ce sobre cual­quier con­tra­to finan­cie­ro! ¡El gober­na­dor tie­ne la res­pon­sa­bi­li­dad de decla­rar el esta­do de emergencia!»

Todas sus fra­ses ter­mi­na­ban con sig­nos de excla­ma­ción y en la igle­sia reso­na­ba aquel torren­te de pala­bras. En un uni­ver­so al revés Gold­berg habría sido un subas­ta­dor exper­to en vez de un hom­bre deses­pe­ra­do por sal­var todas esas vivien­das y a sus habitantes.

Qui­sie­ra dejar cla­ro que Gold­berg no está sugi­rien­do otra de esas decla­ra­cio­nes de emer­gen­cia que han ser­vi­do a los gober­na­do­res de Michi­gan para nom­brar a dedo direc­to­res de emer­gen­cia para los muni­ci­pios y dis­tri­tos esco­la­res des­de Detroit has­ta Mus­ke­gon Heights. En vez de eso, lo que está pidién­do­le al gober­na­dor es que decla­re el esta­do de emer­gen­cia bajo la ley 10.31 de Michi­gan, lo que per­mi­ti­ría a quien ocu­pe su pues­to «pro­mul­gar orde­nan­zas, regla­men­tos y nor­mas para pro­te­ger la vida y la pro­pie­dad» inclu­yen­do, por supues­to, la para­li­za­ción de las eje­cu­cio­nes fis­ca­les. En 1933 medi­das simi­la­res per­mi­tie­ron a la legis­la­tu­ra de Michi­gan apro­bar la Ley Mora­to­ria Hipo­te­ca­ria, lue­go con­fir­ma­da por el Tri­bu­nal Supre­mo, que impo­nía la para­li­za­ción de las eje­cu­cio­nes hipo­te­ca­rias duran­te 5 años.

Detrás de la apro­ba­ción de esa mora­to­ria hubo, entre otras cosas, un Par­ti­do Comu­nis­ta nacio­nal bien orga­ni­za­do, cien­tos de con­se­jos de tra­ba­ja­do­res, miles de desahu­cios para­li­za­dos median­te la des­obe­dien­cia civil y –me atre­ve­ría a decir, aun­que no ten­go prue­bas docu­men­ta­les– un ingen­te núme­ro de «asam­bleas de emergencia».

¡Ay de aque­llos que medi­tan iniquidad!

A últi­ma hora de la tar­de Gold­berg esta­ba des­can­san­do sus cuer­das voca­les y apro­xi­ma­da­men­te una doce­na de per­so­nas del públi­co espe­ra­ban en fila para acer­car­se al micró­fono, entre ellas Cheryl West, un peque­ña mujer de pelo gris que abra­za­ba con fuer­za una grue­sa Biblia con­tra su estó­ma­go. Cuan­do le lle­gó el turno de hablar empe­zó dicien­do: «Per­dí la que fue mi casa duran­te 60 años». No había ni ras­tro de amar­gu­ra en su voz, tan solo un toque de asom­bro e incre­du­li­dad. «Ha sido una ver­da­de­ra odi­sea. Una ver­da­de­ra odisea».

«Per­mí­tan­me hacer un poco de his­to­ria», con­ti­nuó. «Toda mi fami­lia está muer­ta. Mi padre fue el pri­mer pro­fe­sor de músi­ca afro­ame­ri­cano de Detroit, posi­ble­men­te de todo el esta­do de Michi­gan. Tra­ba­jó en las escue­las del esta­do. Vivió en esa mis­ma casa. Vivió allí las revuel­tas de 1967, está­ba­mos jus­to en el lugar don­de comen­za­ron. Mi her­ma­na era perio­dis­ta y duran­te las revuel­tas fue una de las per­so­nas que sacó la his­to­ria en los medios por­que enton­ces tra­ba­ja­ba para la UPI. Mi her­ma­na apa­re­ció en la por­ta­da del Lon­don Times, has­ta allí via­ja­ron sus noti­cias de la ciu­dad ardien­do a nues­tro alrededor».

Lue­go, des­pués de hacer unos pocos comen­ta­rios más sobre su pasa­do, abrió la Biblia. «Como esta­mos en una igle­sia…», dijo a modo de expli­ca­ción y empe­zó a leer del Libro de Miqueas. Se sal­tó el principio:

«¡Ay de aque­llos que medi­tan iniquidad,

que tra­man mal­dad en sus lechos

y al des­pun­tar la maña­na lo ejecutan,

por­que está en poder de sus manos!
Codi­cian cam­pos y los roban,

casas, y las usurpan;

hacen vio­len­cia al hom­bre y a su casa,

al indi­vi­duo y a su heredad».

Indu­da­ble­men­te asu­mió que todos en la igle­sia esta­ban fami­lia­ri­za­dos con tales «iniqui­da­des» y las líneas bíbli­cas que las acom­pa­ña­ban. Al fin y al cabo, en los últi­mos años habían vivi­do la cri­sis de la eje­cu­cio­nes hipo­te­ca­rias de 2008, la impo­si­ción de un direc­tor de emer­gen­cia para la ciu­dad, cor­tes de agua masi­vos y recor­tes impor­tan­tes de las pen­sio­nes en el caso de los tra­ba­ja­do­res muni­ci­pa­les, por no hablar de todos los males anteriores.

En su lugar leyó los ver­sos que más le gus­ta­ban, esos que, según dijo, le había mos­tra­do Dios cuan­do per­dió su casa:

«A los que pasan seguros

vol­vien­do de la guerra,

les des­po­jáis del manto

que lle­van sobre sus vestidos.

A las muje­res de mi pueblo

echáis fue­ra de las casas de sus delicias,

y a sus niños despojáis

de mi glo­ria para siempre».

Hizo una pau­sa y de repen­te, con una voz sor­pren­den­te­men­te pode­ro­sa, gri­tó la siguien­te línea: «¡Levan­taos e idos!»

Su admo­ni­ción rever­be­ró entre aque­llas pare­des. Y enton­ces, son­rién­do­se de su pro­pia auda­cia, aña­dió: «The end».

Poco des­pués sali­mos de la igle­sia. Pero ese no fue el final. Nun­ca lo es.

Ya hay, por ejem­plo, una nue­va fecha tope, el 12 de mayo, para que los resi­den­tes acuer­den un plan de pago para no per­der sus casas a cau­sa de una eje­cu­ción fis­cal. Eso ofre­ce más tiem­po a la gen­te para atra­ve­sar las puer­tas gira­to­rias de la Ofi­ci­na del Teso­ro del Con­da­do de Way­ne, subir has­ta el octa­vo piso e ir lue­go al quin­to, todo en un inten­to de encon­trar la mane­ra de bajar­se de la cin­ta trans­por­ta­do­ra hacia nin­gu­na par­te. Y, por supues­to, tam­bién les con­ce­de más tiem­po para cele­brar asam­bleas popu­la­res con el fin de impe­dir, de una vez y para siem­pre, que siga fun­cio­nan­do esa cade­na de mon­ta­je de desahu­cios y expulsión.

Sin embar­go, inclu­so si esto suce­die­ra, es indu­da­ble que estas reunio­nes, con­vo­ca­das con muchas mayús­cu­las y sig­nos de excla­ma­ción, segui­rán exis­tien­do. Se han con­ver­ti­do en par­te inte­gran­te de esta ciu­dad, como lo son las muje­res y los hom­bres que las orga­ni­zan, las igle­sias que las alo­jan y los barrios cuya super­vi­ven­cia depen­de de ellas. Des­pués de todo, la peor injus­ti­cia no sería aque­llo que con­vo­ca­se la pró­xi­ma asam­blea popu­lar de emer­gen­cia sino la posi­bi­li­dad de una futu­ra Detroit sin tales reunio­nes, una en la que estos encuen­tros y esta gen­te hubie­ran des­apa­re­ci­do, en la que todas las his­to­rias hubie­ran sido supri­mi­das. Ima­gi­nen enton­ces la peor iniqui­dad de todas, esa con­tra la que tan­tos están luchan­do: una Detroit don­de las calles que una vez estu­vie­ron pobla­das hayan sido sumer­gi­das en el silen­cio de los depó­si­tos de reten­ción de agua, don­de los resi­den­tes de toda la vida hayan sido dis­per­sa­dos y des­pla­za­dos por la cin­ta trans­por­ta­do­ra de las eje­cu­cio­nes, y don­de no que­de nadie que sepa la his­to­ria de lo que fue anegado.

Lau­ra Got­tes­die­ner es una perio­dis­ta free­lan­ce radi­ca­da en Nue­va York. Auto­ra de A Dream Fore­clo­sed: Black Ame­ri­ca and the Fight for a Pla­ce to Call Home, ha publi­ca­do en Mother Jones, Al Jazee­ra, Guer­ni­ca, Play­boy, RollingS​to​ne​.com, y lo hace habi­tual­men­te en Tom­Dis­patch.

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