Dos años sin Chá­vez- Hugo Montero

11025145_1023687804327154_3578390664598538227_n

Resu­men Latinoamericano/​Hugo Montero/​Revista Sudes­ta­da, 5 de mar­zo de 2015 – 1. El cie­lo de Cara­cas se des­plo­ma. Un agua­ce­ro irrum­pe en esce­na, y la fuer­za de la llu­via pare­ce capaz de pos­ter­gar­lo todo. Pero no. Ahí está. Sale Chá­vez a la tari­ma, al final de la ave­ni­da Bolí­var, y salu­da. Empa­pa­do, solo, son­ríe. Salu­da a la mul­ti­tud. Abre los bra­zos. Gri­ta: “¡Viva la revo­lu­ción! ¡Viva el socia­lis­mo! ¡Viva Vene­zue­la Libre! ¡Viva Bolí­var! ¡Viva la juven­tud! ¡Viva la llu­via! ¡Lle­gó la ava­lan­cha boli­va­ria­na a Caracas!”.

Es jue­ves, y es 4 de octu­bre, y es el cie­rre de la cam­pa­ña elec­to­ral. Tam­po­co esa tor­men­ta tro­pi­cal podría con él. Algu­na vez un adver­sa­rio de Mariano Moreno dijo aque­llo de se nece­si­tó tan­ta agua para apa­gar tan­to fue­go. Esta vez, no. No hay for­ma. El fue­go encien­de todo. No hay llu­via que pue­da con­tra él. “Las cir­cuns­tan­cias me obli­gan a ser bre­ve”, advier­te con una son­ri­sa iró­ni­ca, bus­can­do la com­pli­ci­dad de miles. Nin­guno de los allí pre­sen­tes igno­ra el tras­fon­do de esa fra­se. Ahí está Chá­vez, como pue­de. Ahí está Chá­vez, echan­do el res­to. Ahí va, has­ta el final. No hay tiem­po que per­der, aun­que siem­pre que­de tiem­po para feli­ci­tar a un batea­dor vene­zo­lano que la rom­pe en las Gran­des Ligas, para recor­dar aque­lla otra Vene­zue­la, la del ham­bre y la exclu­sión, la que sepul­ta­ron a fuer­za de una revo­lu­ción imper­fec­ta, des­pro­li­ja, con­tra­dic­to­ria, pero tre­men­da­men­te popu­lar, pro­fun­da­men­te entra­ña­ble, negra y pobre. “En ape­nas diez años hemos baja­do la pobre­za a más de la mitad. Pero en los pró­xi­mos seis años en la patria de Bolí­var debe­mos lle­var la mise­ria a cero. Y eso se debe a las polí­ti­cas del gobierno revo­lu­cio­na­rio y al tra­ba­jo de todo el pue­blo”, expli­ca. Y con la mano inten­ta secar­se el ros­tro, que empa­pa la llu­via impia­do­sa. Ahí va Chá­vez, no pue­de más con su alma, pero sigue en pie. “Chá­vez no le falla­rá a la juven­tud vene­zo­la­na. Yo sin duda he come­ti­do erro­res. ¿Quién no los come­te? ¿Aca­so les falló Chá­vez el 4 de febre­ro [de 1992]? ¿Aca­so Chá­vez se rin­dió a la bur­gue­sía? ¿Aca­so Chá­vez se dejó doble­gar por el impe­ria­lis­mo?, y saben que varias veces he esta­do a pun­to de morir por ser fiel al pue­blo vene­zo­lano… Ese es mi camino. Yo no les falla­ré”. La mul­ti­tud, empa­pa­da igual que él, deli­ra de ale­gría. Ahí va Chá­vez, a dejar en el sue­lo de su patria la con­sig­na más poten­te de su revo­lu­ción: “¡Chá­vez es uste­des, mucha­chos! ¡Chá­vez es el futuro!”.

Ya no hay for­ma. No hay quien no vea esa lucha épi­ca sobre el esce­na­rio. Una lucha entre un cuer­po que no pue­de más, y el fue­go que lo con­su­me. “Todos somos Chá­vez”, repi­te la mul­ti­tud que escu­cha, y gri­ta, y levan­ta los bra­zos, y rom­pe la llu­via con una ale­gría extra­ña, man­cha­da de tris­te­za y de preo­cu­pa­ción, urdi­da por la espe­ran­za y la ter­nu­ra infinita.

Arri­ba, Chá­vez salu­da con lo que le que­da. El fue­go lo consume.

2. “O inven­ta­mos o erra­mos”. La cita, de Simón Rodrí­guez, le fas­ci­na­ba a Chá­vez. La repe­tía en cuan­ta opor­tu­ni­dad se pre­sen­ta­ba. Sus cator­ce años de ges­tión no han sido otra cosa que una con­ti­nui­dad de aque­lla fra­se del maes­tro de Simón Bolí­var. Ahí está Chá­vez. El hom­bre que reins­ta­ló la idea de socia­lis­mo en todo el mun­do, cuan­do el socia­lis­mo pare­cía con­de­na­do para siem­pre a las pági­nas gri­ses de una his­to­ria frus­tra­da (con la úni­ca excep­ción de Cuba, un fós­fo­ro en la noche cerra­da), de un pro­yec­to incom­ple­to, de un sue­ño demo­ni­za­do. Socia­lis­mo boli­va­riano, socia­lis­mo del siglo XXI, socia­lis­mo que “no es ni cal­co, ni copia, sino crea­ción heroi­ca”, como sen­ten­ció Mariá­te­gui. Pero un socia­lis­mo con la par­ti­cu­la­ri­dad de estar estre­cha­men­te vin­cu­la­do a lo popu­lar, ajeno a una matriz de pen­sa­mien­to ata­da a las éli­tes inte­lec­tua­les. No, Chá­vez metió la idea de socia­lis­mo en el pue­blo, bien aba­jo: lo fusio­nó para siem­pre con la noción de poder popu­lar. Inten­tó des­de su ges­tión avan­zar en ese trán­si­to rum­bo a ese faro estra­té­gi­co. Con suer­te dis­par, con tro­pie­zos y con erro­res, pero con la con­vic­ción de haber recu­pe­ra­do la úni­ca herra­mien­ta capaz de cons­truir una alter­na­ti­va real al capi­ta­lis­mo. Bien atrás se que­dan los que tibia­men­te se ani­man hoy a susu­rrar un vue­lo bajo de “moder­ni­za­ción demo­crá­ti­ca”, de “neo­de­sa­rro­llis­mo” o –peor aún– de “capi­ta­lis­mo en serio”. No, Chá­vez que­ría el socia­lis­mo para su Vene­zue­la. Y un socia­lis­mo dis­tin­to ger­mi­na allí; impu­ro dirán los vee­do­res de revo­lu­cio­nes aje­nas que nun­ca se equi­vo­can, que esque­ma­ti­zan al socia­lis­mo y no lo ima­gi­nan un trán­si­to com­ple­jo, arduo y no exen­to de pasos atrás y nue­vos comien­zos. En Vene­zue­la avan­za, con las difi­cul­ta­des dia­rias de un pue­blo en lucha, un socia­lis­mo nue­vo, don­de Marx y Bolí­var cami­nan jun­tos, don­de el Che y Cris­to se entre­cru­zan en el ima­gi­na­rio colec­ti­vo, don­de Mar­tí y Grams­ci con­ver­san de madru­ga­da y una mul­ti­tud toma nota con aten­ción. Y una bur­gue­sía pode­ro­sa se retuer­ce del odio, que es mie­do también.

Su extra­or­di­na­ria capa­ci­dad de dia­lo­gar con las masas no regis­tra ante­ce­den­tes pró­xi­mos. Pero no fue sólo caris­ma o talen­to ora­to­rio; del otro lado había un pue­blo movi­li­za­do que que­ría escu­char y apren­der. Que no creía en las solu­cio­nes “des­de arri­ba” miran­do la his­to­ria por tele­vi­sión o espe­ran­do pasi­vo el momen­to de las urnas, sino que bajó de los cerros y salió a defen­der su revo­lu­ción (“pací­fi­ca, pero no des­ar­ma­da”, como pre­ci­só Chá­vez tan­tas veces) ante cada ame­na­za. Y cuan­do temió por la vida de un líder que jamás nego­ció y nun­ca se rin­dió ante los gol­pis­tas, fue a bus­car­lo has­ta arre­ba­tar­lo de las garras de sus cap­to­res para, dis­pues­to a todo, repo­si­cio­nar­lo en Mira­flo­res. Y des­pués de aque­llo, ya no retro­ce­dió: ocu­pó un rol pro­ta­gó­ni­co en la dispu­ta coti­dia­na. Por eso pudo derro­tar al apa­ra­to mediá­ti­co con­cen­tra­do más pode­ro­so de la región, el úni­co capaz de orga­ni­zar y asu­mir una feroz opo­si­ción a su gobierno: por­que en ese diá­lo­go entre Chá­vez y el pue­blo, sobra­ban los demás. Los empre­sa­rios del pri­vi­le­gio no le die­ron tre­gua, él tam­po­co la pidió. Por eso no dudó en some­ter su pro­yec­to y sus ideas a la volun­tad popu­lar una y otra vez, has­ta alcan­zar la cifra de 16 con­tien­das elec­to­ra­les. Ganó 15. No pudie­ron ni con las armas, ni con la espe­cu­la­ción finan­cie­ra, ni con el sabo­ta­je petro­le­ro, ni con el resen­ti­mien­to y el racis­mo. El pro­yec­to cha­vis­ta hoy gobier­na en 20 de los 23 esta­dos vene­zo­la­nos. Por eso, y más allá de lo que suce­da de aquí en ade­lan­te, no será sen­ci­llo rom­per ese víncu­lo entra­ña­ble. No habrá for­ma de arre­ba­tar­les a los pobres de la Vene­zue­la pro­fun­da el coti­diano diá­lo­go con su Presidente.

“Los que quie­ran patria, ven­gan con­mi­go”, dijo esa tar­de, bajo la llu­via, en Cara­cas. Millo­nes de almas, del otro lado del tiem­po, jura­ron defen­der esa con­sig­na. El men­sa­je había sido com­pren­di­do. “Todos somos Chá­vez”, gri­ta­ron entonces.

3. Es el 7 de diciem­bre de 2012. De fren­te a la cáma­ra, Chá­vez anun­cia en cade­na nacio­nal su par­ti­da a La Haba­na para una nue­va inter­ven­ción qui­rúr­gi­ca. Esta vez, el tono es som­brío: sub­ra­ya algu­nas pala­bras, se afe­rra a la Cons­ti­tu­ción en la mano, expli­ca cada paso seria­men­te. A su mira­da can­sa­da le fal­ta luz, pero no hay ni ras­tro de la menor vaci­la­ción cuan­do advier­te lo pro­ba­ble, lo inmi­nen­te: “Si se pre­sen­ta­ra algu­na cir­cuns­tan­cia sobre­ve­ni­da que a mí me inha­bi­li­te –oíga­se­me bien– para con­ti­nuar al fren­te de la Pre­si­den­cia de la Repú­bli­ca, bien sea para ter­mi­nar los pocos días que que­dan –un mes– y, sobre todo, para asu­mir el nue­vo perío­do para el cual fui elec­to por la gran mayo­ría de uste­des, Nico­lás Madu­ro no sólo debe con­cluir el perío­do, sino que mi opi­nión fir­me, ple­na como la luna lle­na, irre­vo­ca­ble, abso­lu­ta y total es que en ese esce­na­rio, que obli­ga­ría a con­vo­car a elec­cio­nes pre­si­den­cia­les como man­da la Cons­ti­tu­ción, uste­des eli­jan a Nico­lás Madu­ro como Pre­si­den­te de la Repú­bli­ca Boli­va­ria­na de Vene­zue­la. Yo se los pido des­de mi corazón”.

El plano cam­bia de inme­dia­to y enfo­ca el ros­tro de Nico­lás Madu­ro. Su cara lo dice todo. Como si una mochi­la de dos tone­la­das aca­ba­ra de ser col­ga­da de sus hom­bros, Madu­ro tra­ga sali­va. Chá­vez sigue hablan­do, pero se res­pi­ra en esa ima­gen un vien­to de incer­ti­dum­bre, de intrin­ca­do enig­ma, de com­ple­jo desa­fío. Esa es la ima­gen del futu­ro de Venezuela.

Con la muer­te de Chá­vez, se abre una nue­va eta­pa en la his­to­ria de ese país. Aho­ra será tiem­po de con­je­tu­ras y espe­cu­la­cio­nes. Más allá de la exis­ten­cia del Plan Socia­lis­ta de la Nación como guía de acción pre­vis­ta has­ta 2019, la ausen­cia del líder pone en pri­mer plano el pro­ble­ma de la uni­dad como fac­tor deter­mi­nan­te del rum­bo a seguir por la revo­lu­ción. No en vano, la exi­gen­cia de uni­dad mono­po­li­zó cada una de sus últi­mas apa­ri­cio­nes públi­cas. Y no habrá mar­gen para cami­nos inter­me­dios: o se pro­fun­di­za o se retro­ce­de. O irrum­pen en la super­fi­cie las con­tra­dic­cio­nes de un pre­sen­te mar­ca­do por los con­flic­tos eco­nó­mi­cos (una deva­lua­ción recien­te, una fuga de capi­ta­les que no se detie­ne) y el sur­gi­mien­to como actor polí­ti­co pro­ta­gó­ni­co de esa nue­va frac­ción social, la lla­ma­da “boli­bur­gue­sía”, bene­fi­cia­da por la espe­cu­la­ción y el nego­cio de la ren­ta petro­le­ra; o dan un paso hacia ade­lan­te las cien­tos de orga­ni­za­cio­nes de diver­sas ideo­lo­gías que con­flu­yen hoy en el Par­ti­do Socia­lis­ta Uni­do de Vene­zue­la (PSUV) y que empu­ja­ron duran­te 2012 un cam­bio de eta­pa que Chá­vez bau­ti­zó con el nom­bre de “gol­pe de timón”. En el dis­cur­so pos­te­rior al triun­fo elec­to­ral del 7 de octu­bre, y des­pués de citar al Che Gue­va­ra por aque­llo de “No se pue­de cons­truir el socia­lis­mo con las armas mella­das del capi­ta­lis­mo” y tam­bién a Marx (“La teo­ría se trans­for­ma en fuer­za mate­rial cuan­do se apo­de­ra de las masas”), Chá­vez anun­ció que se ave­ci­na­ba un perío­do de pro­fun­da revi­sión: “Se impo­ne una reno­va­ción en el pro­yec­to socia­lis­ta, reno­ván­do­lo, aireán­do­lo, for­ta­le­cién­do­lo, auto­cri­ti­cán­do­lo, corri­gien­do. Hay que corre­gir muchas cosas. Quie­ro con­ver­tir­me en el gran correc­tor de la comar­ca. Lla­mo a todos a ser correc­to­res, nece­si­ta­mos corre­gir muchas cosas, reno­var, reim­pul­sar, reani­mar, para dar­le más fuer­za y más vida al pro­yec­to patrio, al pro­yec­to socia­lis­ta”. Ahí esta­ba el siguien­te paso de la revo­lu­ción, el nue­vo esca­lón a supe­rar en ese trán­si­to rum­bo al socia­lis­mo. Ahí sigue pre­sen­te el plan de acción para quie­nes debe­rán garan­ti­zar la con­ti­nui­dad del pro­yec­to cha­vis­ta, cons­cien­tes de los enor­mes ries­gos pero tam­bién del desa­fío his­tó­ri­co: o se impo­nen los buró­cra­tas y corrup­tos con dis­fraz boli­va­riano y avan­zan los espe­cu­la­do­res de la dere­cha en su tarea de ero­sio­nar lo con­quis­ta­do, o toman la ini­cia­ti­va aque­llos que real­men­te com­pren­den hoy la poten­cia de la fra­se “Todos somos Chá­vez”; sin duda la con­sig­na más crea­ti­va y ori­gi­nal que se recuer­de des­de los años de “Sere­mos como el Che”, pro­nun­cia­do por Fidel Cas­tro, en La Habana.

Es cier­to: Chá­vez ha mar­ca­do un antes y des­pués en este siglo nue­vo, y su lugar en el mapa regio­nal es irrem­pla­za­ble. Tam­bién es ver­dad que no hay mane­ra sen­ci­lla de arre­ba­tar­le al pue­blo humil­de y tra­ba­ja­dor de Vene­zue­la cada una de las con­quis­tas alcan­za­das duran­te todos estos años, pero el cam­bio de eta­pa supo­ne tam­bién un pai­sa­je de peli­gro­sa incertidumbre.

Aho­ra comien­za el desa­fío que debe­rá resol­ver el pue­blo vene­zo­lano. Cuen­ta con una ven­ta­ja: el abri­go de la som­bra de Chá­vez, com­pa­ñe­ro a cada paso, corri­gien­do cada tro­pie­zo y empu­jan­do cuan­do todo parez­ca impo­si­ble. Por­que si es ver­dad, si ese “Todos somos Chá­vez” echa raí­ces fir­mes y comien­za a cre­cer, si la pesa­da som­bra del Coman­dan­te no obtu­ra la crí­ti­ca ni anu­la la chan­ce de corre­gir los erro­res, si es real que un poco de Chá­vez hoy ger­mi­na en cada uno de los tra­ba­ja­do­res y estu­dian­tes de su patria, enton­ces ten­drá la dere­cha que, de una vez por todas, com­pren­der que no hay nada que hacer­le: que al fin de cuen­tas, no es Chá­vez y nun­ca fue Chá­vez el motor prin­ci­pal de esta his­to­ria, sino un pue­blo ente­ro el que empu­ja a Vene­zue­la hacia el socialismo.

Artikulua gustoko al duzu? / ¿Te ha gustado este artículo?

Share on facebook
Share on Facebook
Share on twitter
Share on Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *