“Esta­do, demo­cra­cia y socia­lis­mo: Una lec­tu­ra a par­tir de Pou­lan­tzas”- Álva­ro Gar­cía Linera

La obra inte­lec­tual de Nicos Pou­lan­tzas está mar­ca­da por lo que podría­mos deno­mi­nar como una trá­gi­ca para­do­ja. Él fue un mar­xis­ta que pen­só su épo­ca des­de la pers­pec­ti­va de la revo­lu­ción, en un momen­to en el que los pro­ce­sos revo­lu­cio­na­rios se clau­su­ra­ban o habían deri­va­do en la res­tau­ra­ción anó­ma­la de un capi­ta­lis­mo esta­ta­li­za­do. Sin duda, fue un mar­xis­ta hete­ro­do­xo bri­llan­te y audaz en sus apor­tes sobre el camino hacia el socia­lis­mo, en un tiem­po en el que jus­ta­men­te el hori­zon­te socia­lis­ta se derrum­ba­ba como sím­bo­lo y pers­pec­ti­va movi­li­za­do­ra de los pueblos.

Me gus­ta­ría dete­ner­me en dos con­cep­tos cla­ves e inter­co­nec­ta­dos del mar­xis­mo pou­lan­tziano, que nos per­mi­ten pen­sar y actuar en el pre­sen­te: el Esta­do como rela­ción social, y la vía demo­crá­ti­ca al socialismo.

Esta­do y prin­ci­pio de incom­ple­ti­tud gödeliana 

En rela­ción al pri­mer pun­to (el Esta­do como rela­ción social), no cabe duda que uno de los prin­ci­pa­les apor­tes del soció­lo­go mar­xis­ta fran­cés, es su pro­pues­ta de estu­diar al Esta­do como una “con­den­sa­ción mate­rial de rela­cio­nes de fuer­zas entre cla­ses y frac­cio­nes de cla­ses” [ii] . Pues cla­ro, ¿aca­so no se eli­ge al poder eje­cu­ti­vo y legis­la­ti­vo con los votos de la mayo­ría de la pobla­ción, de las cla­ses domi­nan­tes y domi­na­das? Y aun­que, por lo gene­ral, los sec­to­res popu­la­res eli­gen por sufra­gio a repre­sen­tan­tes de las éli­tes domi­nan­tes, ¿aca­so los ele­gi­dos no adquie­ren com­pro­mi­sos res­pec­to a sus elec­to­res? ¿Aca­so no exis­ten tole­ran­cias mora­les acep­ta­das por los votan­tes, que mar­can los lími­tes de acción de los gober­nan­tes y cuyas trans­gre­sio­nes gene­ran migra­cio­nes hacia otros can­di­da­tos o hacia movi­li­za­cio­nes sociales?

Cier­to mar­xis­mo de cáte­dra sos­te­nía que los sec­to­res popu­la­res vivían per­pe­tua­men­te enga­ña­dos por el efec­to de la “ilu­sión ideo­ló­gi­ca” orga­ni­za­da por las cla­ses domi­nan­tes, o que el peso de la tra­di­ción de la domi­na­ción era tan fuer­te en los cuer­pos de las cla­ses popu­la­res, que ellas solo podían repro­du­cir volun­ta­ria e incons­cien­te­men­te su domi­na­ción. Defi­ni­ti­va­men­te esto no es cier­to. Pen­sar lo pri­me­ro deri­va inevi­ta­ble­men­te en la supo­si­ción de que las cla­ses popu­la­res son ton­tas a lo lar­go de toda su vida e his­to­ria; enton­ces, casi por defi­ni­ción, lo que cons­ti­tu­ye al menos una for­ma de bio­lo­gi­zar la domi­na­ción, clau­su­ra cual­quier posi­bi­li­dad de eman­ci­pa­ción. Por otra par­te, la tra­di­ción tam­po­co es omni­pre­sen­te, pues de ser­lo, las nue­vas gene­ra­cio­nes sola­men­te debe­rían repli­car lo hecho por las ante­rio­res, y por con­si­guien­te la his­to­ria sería una per­pe­tua repe­ti­ción del ini­cio de la his­to­ria. En ese caso, ¿cómo podría­mos enten­der, por ejem­plo, el que hoy viva­mos en ciu­da­des, a dife­ren­cia de nues­tros ante­pa­sa­dos, que vivían en cue­vas? El sobre­di­men­sio­na­mien­to de la tra­di­ción es inco­rrec­to, ya que aun­que sin duda ella impreg­na y guía todas nues­tras acti­tu­des y posi­bi­li­da­des, nun­ca clau­su­ra las opcio­nes nue­vas que pue­den aflo­rar. El papel de la tra­di­ción en la his­to­ria se pue­de enten­der per­fec­ta­men­te hacien­do refe­ren­cia al Teo­re­ma de Incom­ple­ti­tud göde­liano [iii] , de la siguien­te mane­ra: si así como demues­tra Gödel en los sis­te­mas for­ma­les de la arit­mé­ti­ca, supo­nien­do un con­jun­to de axio­mas no con­tra­dic­to­rios, exis­ten enun­cia­dos que no pue­den demos­trar­se ni refu­tar­se a par­tir de esos axio­mas; en el aba­ni­co de infi­ni­tas posi­bles accio­nes huma­nas emer­gen­tes de las con­di­cio­nes pre­vias de las per­so­nas (de la tra­di­ción), hay opcio­nes huma­nas y posi­bi­li­da­des his­tó­ri­cas que no depen­den ni deri­van direc­ta­men­te de esa tra­di­ción. Y eso es lo que per­mi­te expli­car el hecho de que la socie­dad se trans­for­ma per­ma­nen­te­men­te a sí mis­ma a pesar del peso his­tó­ri­co de las rela­cio­nes de domi­na­ción. La tra­di­ción de las rela­cio­nes de domi­na­ción que guían el com­por­ta­mien­to de las nue­vas gene­ra­cio­nes, domi­nan­tes y domi­na­das, a repro­du­cir ince­san­te­men­te esas rela­cio­nes de domi­na­ción, tie­nen espa­cios (“enun­cia­dos”) que no se deri­van de esa domi­na­ción, que no repro­du­cen la domi­na­ción. Se tra­ta de espa­cios de incer­ti­dum­bre, de grie­tas inters­ti­cia­les que esca­pan a la repro­duc­ción de la domi­na­ción y por los cua­les emer­gen las espe­ran­zas, los “enun­cia­dos” por­ta­do­res de un nue­vo orden social que pue­den afec­tar al res­to de los “enun­cia­dos” y “axio­mas” (la tra­di­ción de la domi­na­ción), has­ta trans­for­mar­los por com­ple­to. Se tra­ta de lo que podría­mos deno­mi­nar el prin­ci­pio de incom­ple­ti­tud his­tó­ri­ca, que deja abier­ta la posi­bi­li­dad de la inno­va­ción, la rup­tu­ra y el quie­bre, o, en otras pala­bras, de las revoluciones.

Enton­ces, que­da cla­ro que ni las cla­ses popu­la­res son ton­tas ni la reali­dad es úni­ca­men­te una ilu­sión, y tam­po­co la tra­di­ción es omni­pre­sen­te. En medio de enga­ños, impos­tu­ras y heren­cias de domi­na­ción asu­mi­das, la gen­te del pue­blo tam­bién opta, esco­ge, apren­de, cono­ce, deci­de y, por ello, eli­ge a unos gober­nan­tes y a otros no; reafir­ma su con­fian­za o revo­ca sus espe­ran­zas. Y así, en esta mez­cla de domi­na­ción here­da­da y de acción deci­di­da, los sec­to­res popu­la­res cons­ti­tu­yen los pode­res públi­cos, for­man par­te de la tra­ma his­tó­ri­ca de las rela­cio­nes de fuer­zas de esos pode­res públi­cos, y cuan­do sien­ten que son bur­la­dos, se indig­nan, se aso­cian con otros indig­na­dos, y si ven opor­tu­ni­dad de efi­ca­cia, se movi­li­zan; ade­más, si su acción logra con­den­sar­se en la espe­ran­za colec­ti­va de un por­ve­nir dis­tin­to, trans­for­man sus con­di­cio­nes de existencia.

Estas movi­li­za­cio­nes muchas veces se disuel­ven ante la pri­me­ra adver­si­dad o el pri­mer logro; otras veces se expan­den, gene­ran adhe­sio­nes, se irra­dian a los medios de comu­ni­ca­ción y gene­ran opi­nión públi­ca; mien­tras que en cier­tas oca­sio­nes, dan lugar a un nue­vo sen­ti­do común. Y cuan­do esas deman­das logran mate­ria­li­zar­se en acuer­dos, leyes, pre­su­pues­tos, inver­sio­nes, regla­men­tos, se vuel­ven mate­ria de Estado.

Jus­ta­men­te esto es el Esta­do: una coti­dia­na tra­ma social entre gober­nan­tes y gober­na­dos, en la que todos, con dis­tin­tos nive­les de influen­cia, efi­ca­cia y deci­sión, inter­vie­nen en torno a la defi­ni­ción de lo públi­co, lo común, lo colec­ti­vo y lo universal.

Ya sea como un con­ti­nuo pro­ce­so de mono­po­li­za­ción de la coer­ción, de mono­po­li­za­ción del uso de los tri­bu­tos, de mono­po­li­za­ción de los bie­nes comu­nes, de mono­po­li­za­ción de los uni­ver­sa­les domi­nan­tes, de mono­po­li­za­ción de la redac­ción y ges­tión de la ley que abar­ca­rá a todos; o como ins­ti­tu­ción de dere­chos (a la edu­ca­ción, a la salud, a la segu­ri­dad, al tra­ba­jo y a la iden­ti­dad), el Esta­do −que es pre­ci­sa­men­te todo lo ante­rior en pro­ce­so− es un flu­jo, una tra­ma flui­da de rela­cio­nes, luchas, con­quis­tas, ase­dios, seduc­cio­nes, sím­bo­los, dis­cur­sos que dispu­tan bie­nes, sím­bo­los, recur­sos y su ges­tión mono­pó­li­ca. El Esta­do defi­ni­ti­va­men­te es un pro­ce­so, un con­glo­me­ra­do de rela­cio­nes socia­les que se ins­ti­tu­cio­na­li­zan, se regu­la­ri­zan y se esta­bi­li­zan (por eso “Esta­do”, que tie­ne que ver con esta­bi­li­dad), pero con la siguien­te par­ti­cu­la­ri­dad: se tra­ta de rela­cio­nes y pro­ce­sos socia­les que ins­ti­tu­cio­na­li­zan rela­cio­nes de domi­na­ción polí­ti­co-eco­nó­mi­ca-cul­tu­ral-sim­bó­li­ca para la domi­na­ción polí­ti­co-eco­nó­mi­ca-cul­tu­ral-sim­bó­li­ca. El Esta­do es en casos una ins­ti­tu­ción, una máqui­na de pro­ce­di­mien­tos, pero esa máqui­na de pro­ce­di­mien­tos, esa mate­ria­li­dad son rela­cio­nes, flu­jos de luchas cosi­fi­ca­dos que obje­ti­vi­zan la cua­li­dad de las rela­cio­nes de fuer­za de esos flu­jos y luchas sociales.

La socie­dad, el Esta­do y sus ins­ti­tu­cio­nes son como la geo­gra­fía apa­ci­ble de una cam­pi­ña. Pare­cen está­ti­cas, fijas, ina­mo­vi­bles. Pero eso solo es la super­fi­cie; por deba­jo de esa geo­gra­fía hay inten­sos y can­den­tes flu­jos de lava que cir­cu­lan de un lugar a otro, que se sobre­po­nen unos fren­te a otros y que van modi­fi­can­do des­de aba­jo la pro­pia topo­gra­fía. Y cuan­do vemos la his­to­ria geo­ló­gi­ca, con fases de dura­ción de millo­nes de años, vemos que esa super­fi­cie fue tra­ba­ja­da, fue fru­to de corrien­tes de lava ígnea que bro­ta­ron sobre la super­fi­cie arra­san­do a su paso toda la ante­rior fiso­no­mía, crean­do en su flu­jo, mon­ta­ñas, valles, pre­ci­pi­cios; que con el tiem­po, se soli­di­fi­ca­ron dan­do lugar a la actual geo­gra­fía. Las ins­ti­tu­cio­nes son igual que la geo­gra­fía: soli­di­fi­ca­cio­nes tem­po­ra­les de luchas, de corre­la­cio­nes de fuer­za entre dis­tin­tos sec­to­res socia­les, y de un esta­do de esa corre­la­ción de fuer­za que, con el tiem­po, se enfrían y petri­fi­can como nor­ma, ins­ti­tu­ción, pro­ce­di­mien­to. En el fon­do, las ins­ti­tu­cio­nes nacen de luchas pasa­das y con el tiem­po olvi­da­das y petri­fi­ca­das; en sí mis­mas son luchas obje­ti­va­das, pero ade­más, sir­ven a esas luchas, expre­san la corre­la­ción de fuer­zas domi­nan­te de esas luchas pasa­das y que aho­ra, con el olvi­do fun­cio­nan como estruc­tu­ras de domi­na­ción sin apa­re­cer como tales estruc­tu­ras de domi­na­ción. Se tra­ta de una doble efi­ca­cia de domi­na­ción: son fru­to de la domi­na­ción para la domi­na­ción; pero domi­nan, con el tiem­po, sin apa­re­cer como tales estruc­tu­ras de dominación.

El Esta­do como pro­ce­so para­do­jal: mate­ria e idea, mono­po­li­za­ción y universalización 

Por lo tan­to, el Esta­do es un con­glo­me­ra­do de ins­ti­tu­cio­nes para­do­ja­les. En pri­mer lugar, repre­sen­ta rela­cio­nes mate­ria­les e idea­les; en segun­do lugar, es un pro­ce­so de mono­po­li­za­ción y de uni­ver­sa­li­za­ción. Y en esta rela­ción para­do­jal es don­de ani­da el secre­to y el mis­te­rio efec­ti­vo de la rela­ción de dominación.

Deci­mos que el Esta­do es mate­ria, por­que coti­dia­na­men­te se pre­sen­ta ante el con­jun­to de las y los ciu­da­da­nos como ins­ti­tu­cio­nes en las que se rea­li­zan trá­mi­tes o cer­ti­fi­ca­dos, como leyes que deben ser cum­pli­das a ries­go de sufrir san­cio­nes, y como pro­ce­di­mien­tos a seguir para alcan­zar reco­no­ci­mien­tos o cer­ti­fi­ca­cio­nes, por ejem­plo, edu­ca­ti­vas, labo­ra­les, terri­to­ria­les, etc. Ade­más, el Esta­do mate­rial­men­te se pre­sen­ta tam­bién como tri­bu­na­les, cár­ce­les que recuer­dan el des­tino del incum­pli­mien­to de la lega­li­dad, minis­te­rios don­de se hacen lle­gar los recla­mos y se exi­gen dere­chos, etc. Pero por otra par­te, el Esta­do asi­mis­mo es idea y sím­bo­lo. De hecho, es más idea y sím­bo­lo que mate­ria, y es el úni­co lugar del mun­do don­de la idea ante­ce­de a la mate­ria por­que la idea-fuer­za, la pro­pues­ta social, el pro­yec­to de gobierno, la enun­cia­ción dis­cur­si­va triun­fan­te en la tra­ma de dis­cur­sos que defi­ne el cam­po social, devie­nen en mate­ria esta­tal, en ley, decre­to, pre­su­pues­to, ges­tión, eje­cu­ción, etc.

El Esta­do está cons­ti­tui­do por un con­jun­to de sabe­res apren­di­dos sobre la his­to­ria, la cul­tu­ra, las cien­cias natu­ra­les o la lite­ra­tu­ra. Pero el Esta­do tam­bién repre­sen­ta las acre­di­ta­cio­nes que vali­dan las jerar­quías mili­ta­res, edu­ca­ti­vas o socia­les detrás de las cua­les orga­ni­za­mos nues­tras vidas (sin saber bien de dón­de vinie­ron); los mie­dos, las prohi­bi­cio­nes, los aca­ta­mien­tos res­pec­to a lo social­men­te correc­to y lo social­men­te puni­ble; las acep­ta­cio­nes a los mono­po­lios regu­la­do­res de la civi­li­dad; las tole­ran­cias a la auto­ri­dad poli­cial o civil; las resig­na­cio­nes ante las nor­mas que regu­lan los trá­mi­tes, los dere­chos, las cer­ti­fi­ca­cio­nes; los pro­ce­di­mien­tos lega­les, finan­cie­ros o pro­pie­ta­rios, apren­di­dos, asu­mi­dos y aca­ta­dos; las seña­li­za­cio­nes enten­di­das sobre lo debi­do o inde­bi­do; la orga­ni­za­ción men­tal pre­pa­ra­da para des­en­vol­ver­se exi­to­sa­men­te en medio de todas esas seña­li­za­cio­nes socia­les ruti­na­rias; la cul­tu­ra inte­rio­ri­za­da por la escue­la, por los ritua­les cívi­cos, por los reco­no­ci­mien­tos ins­ti­tui­dos y reco­no­ci­dos como tales; todo eso es el Esta­do. Y en ese sen­ti­do, se pue­de decir que sig­ni­fi­ca una mane­ra de cono­cer el mun­do exis­ten­te y de des­en­vol­ver­se en éste tal como ha sido ins­ti­tui­do; de saber tra­du­cir en acción posi­ble los sím­bo­los del orden domi­nan­te ins­ti­tui­do y saber des­en­vol­ver las accio­nes indi­vi­dua­les o colec­ti­vas, ya sea como obre­ros, cam­pe­si­nos, estu­dian­tes o empre­sa­rios, según esas car­tas de nave­ga­ción social que están ins­cri­tas en las ofi­ci­nas, las escue­las, las uni­ver­si­da­des, el Par­la­men­to, los tri­bu­na­les, los ban­cos, etc.

El Esta­do es el cons­tan­te pro­ce­so de esta­bi­li­za­ción de las rela­cio­nes exis­ten­tes (rela­cio­nes de domi­na­ción) en los cuer­pos y mar­cos de per­cep­ción y de orga­ni­za­ción prác­ti­ca del mun­do de cada per­so­na; es la cons­tan­te for­ma­ción de las estruc­tu­ras men­ta­les con las que las per­so­nas entien­den el mun­do exis­ten­te y con las cua­les actúan ante ese mun­do per­ci­bi­do. Esta­do son, por tan­to, las estruc­tu­ras men­ta­les, los esque­mas sim­bó­li­cos, los sis­te­mas de inter­pre­ta­ción del mun­do que hacen que cada indi­vi­duo sea uno con capa­ci­dad de ope­rar y des­en­vol­ver­se en ese mun­do, que cla­ra­men­te está jerar­qui­za­do pero que al haber­se hecho esque­ma de inter­pre­ta­ción y acción posi­ble en el cuer­po de cada per­so­na, deja de ser vis­to como extra­ño y más bien devie­ne como un mun­do “natu­ra­li­za­do” por el pro­pio sis­te­ma de orga­ni­za­ción ideal del mun­do obje­ti­va­do en la men­te y el cuer­po de cada indi­vi­duo. Por lo tan­to, el Esta­do es tam­bién un con­jun­to de ideas, sabe­res, pro­ce­di­mien­tos y esque­mas de per­cep­ción, que via­bi­li­zan la tole­ran­cia de las estruc­tu­ras de auto­ri­dad ins­ti­tui­das. En cier­ta medi­da, se podría decir que el Esta­do es la mane­ra en que la reali­dad domi­nan­te escri­be su gra­má­ti­ca de domi­na­ción en el cuer­po y en la men­te de cada per­so­na, en el cuer­po colec­ti­vo de cada cla­se social; y a la vez repre­sen­ta los pro­ce­di­mien­tos de pro­duc­ción sim­bó­li­ca, dis­cur­si­va y moral con los que cada per­so­na y cada cuer­po colec­ti­vo se mira a sí mis­mo y actúa como cuer­po en el mun­do. En ese sen­ti­do, se pue­de decir que el Esta­do es mate­ria y es idea: 50 % mate­ria, 50 % idea.

De la mis­ma for­ma, en el otro eje de su dimen­sión para­do­jal, el Esta­do es un cons­tan­te pro­ce­so de con­cen­tra­ción y mono­po­li­za­ción de deci­sio­nes, y a la vez un pro­ce­so de uni­ver­za­li­za­ción de fun­cio­nes, cono­ci­mien­tos, dere­chos y posibilidades.

El Esta­do es mono­po­lio de la coer­ción (tal como lo estu­dió Weber [iv] ), pero tam­bién pro­ce­so de mono­po­li­za­ción de los tri­bu­tos (tal como fue estu­dia­do por Nor­bert Elias [v] ), de las cer­ti­fi­ca­cio­nes edu­ca­ti­vas, de las narra­ti­vas nacio­na­les, de las ideas domi­nan­tes, es decir, de los esque­mas de per­cep­ción y acción men­tal con los que las per­so­nas entien­den y actúan en el mun­do; en otras pala­bras, es pro­ce­so de mono­po­li­za­ción del sen­ti­do común, del orden sim­bó­li­co [vi] , o siguien­do a Durkheim [vii] , de los prin­ci­pios mora­les y lógi­cos con los que las per­so­nas son lo que son en el mun­do. La mono­po­li­za­ción cons­tan­te de los sabe­res y pro­ce­di­mien­tos orga­ni­za­ti­vos del orden social, es la prin­ci­pal cua­li­dad visi­ble del Esta­do. Se tra­ta de una mono­po­li­za­ción de los prin­ci­pios orga­ni­za­ti­vos de la vida mate­rial y sim­bó­li­ca de la sociedad.

Sin embar­go, no pue­de exis­tir mono­po­lio legí­ti­mo (cua­li­dad pri­ma­ria del Esta­do), sin socia­li­za­ción o uni­ver­sa­li­za­ción de los pro­ce­di­mien­tos, sabe­res, con­quis­tas, dere­chos, e iden­ti­da­des. La alqui­mia social fun­cio­na de tal modo que la apro­pia­ción de los recur­sos (coer­ción, tri­bu­tos, sabe­res, etc.), solo pue­de fun­cio­nar median­te la comu­ni­ta­ri­za­ción gene­ral de ellos. En cier­ta medi­da, el Esta­do es una for­ma de comu­ni­dad, ya sea terri­to­rial, lin­güís­ti­ca, edu­ca­ti­va, his­tó­ri­ca, men­tal, espi­ri­tual y eco­nó­mi­ca; no obs­tan­te, esa comu­ni­dad sola­men­te pue­de cons­ti­tuir­se en tan­to se ins­ti­tu­ye para ser simul­tá­nea­men­te usur­pa­da y mono­po­li­za­da por unos pocos. El Esta­do es un pro­ce­so his­tó­ri­co de cons­truc­ción de lo común, que ni bien está en pleno pro­ce­so de cons­ti­tu­ción como común, como uni­ver­sal, simul­tá­nea­men­te es mono­po­li­za­do por algu­nos (los gober­nan­tes); pro­du­cién­do­se pre­ci­sa­men­te un mono­po­lio de lo común. El Esta­do no repre­sen­ta un mono­po­lio de los recur­sos pri­va­dos, sino un mono­po­lio de los recur­sos comu­nes, de los bie­nes comu­nes; y jus­ta­men­te en esta con­tra­dic­ción se encuen­tra la cla­ve del Esta­do, es decir, de la domi­na­ción social.

El Esta­do solo pue­de pro­du­cir­se en la his­to­ria con­tem­po­rá­nea si pro­du­ce (como fru­to de las luchas y de las rela­cio­nes socia­les) bie­nes comu­nes, recur­sos per­te­ne­cien­tes a toda la socie­dad, como la lega­li­dad, la edu­ca­ción, la pro­tec­ción, la his­to­ria cívi­ca, los apor­tes eco­nó­mi­cos para el cui­da­do de los demás, etc.; pero este común úni­ca­men­te pue­de rea­li­zar­se si al mis­mo tiem­po de pro­du­cir­se, tam­bién se ini­cia el pro­ce­so de su mono­po­li­za­ción, su con­cen­tra­ción y su admi­nis­tra­ción por unos pocos que, al rea­li­zar esa mono­po­li­za­ción, con­sa­gran la exis­ten­cia mis­ma de los bie­nes comu­nes. Aho­ra bien, no pue­de exis­tir una domi­na­ción impu­ne. Ya que los bie­nes comu­nes son crea­dos, per­ma­nen­te­men­te amplia­dos y deman­da­dos, pero solo exis­ten si son a la vez mono­po­li­za­dos; todo ello no pue­de suce­der como una sim­ple y lla­na expro­pia­ción pri­va­da; de hacer­lo, enton­ces el Esta­do deja­ría de ser Esta­do y deven­dría en un patri­mo­nio de cla­se o de cas­ta, per­dien­do legi­ti­mi­dad y sien­do revocado.

El Esta­do será Esta­do, o en otros tér­mi­nos, la “con­den­sa­ción de corre­la­ción de fuer­zas” pou­lan­tzia­na deven­drá en una ins­ti­tu­ción dura­de­ra de domi­na­ción (en Esta­do), sola­men­te en la medi­da en que los mono­po­li­za­do­res de esos bie­nes comu­nes sean capa­ces de ges­tio­nar a su favor ese mono­po­lio, hacién­do­les creer, enten­der y acep­tar a los demás que esos bie­nes comu­nes mono­po­li­za­dos en su ges­tión, son bie­nes comu­nes que favo­re­cen tam­bién al res­to (a los crea­do­res y par­tí­ci­pes de esos bie­nes comu­nes). Allí radi­ca el secre­to de la domi­na­ción: en la creen­cia expe­ri­men­ta­da de una doble comu­ni­dad, mono­po­li­za­da en su admi­nis­tra­ción por unos pocos, dejan­do por tan­to de ser una comu­ni­dad real, para con­ver­tir­se en lo que Marx lla­ma­ba una “comu­ni­dad ilu­so­ria” [viii] , pero comu­ni­dad al fin.

La domi­na­ción esta­tal es la corre­la­ción de fuer­zas socia­les que ins­ta­la en la vida coti­dia­na y en el mun­do sim­bó­li­co de las per­so­nas, una doble comu­ni­dad ilu­so­ria. Por una par­te, la comu­ni­dad de los bie­nes comu­nes que da lugar a los bie­nes del Esta­do, a saber, los tri­bu­tos comu­nes (es decir, la uni­ver­sa­li­za­ción de la tri­bu­ta­ción), la edu­ca­ción común (es decir, la uni­ver­sa­li­za­ción de la edu­ca­ción esco­lar y uni­ver­si­ta­ria), los dere­chos de ciu­da­da­nía (es decir, la uni­ver­sa­li­za­ción de los dere­chos jurí­di­cos, socia­les, polí­ti­cos), las ins­ti­tu­cio­nes y las narra­ti­vas comu­nes (es decir, la uni­ver­sa­li­dad de la comu­ni­dad nacio­nal), los esque­mas mora­les y lógi­cos de la orga­ni­za­ción del mun­do (es decir, la uni­ver­sa­li­za­ción del sen­ti­do común y el orden sim­bó­li­co de la socie­dad). Nos refe­ri­mos a bie­nes comu­nes cons­trui­dos para todos (pri­me­ra comu­ni­dad), pero que son orga­ni­za­dos, pro­pues­tos y lide­ri­za­dos por unos pocos (pri­mer mono­po­lio); aun­que a la vez, estos bie­nes comu­nes son repar­ti­dos y dis­tri­bui­dos para ser de todos los miem­bros del Esta­do (segun­da comu­ni­dad), no obs­tan­te esa dis­tri­bu­ción es al mis­mo tiem­po ges­tio­na­da y regu­la­da por unos pocos para que solo ellos pue­dan usu­fruc­tuar en mayor can­ti­dad, con mayor faci­li­dad, y con capa­ci­dad real de deci­sión y admi­nis­tra­ción, de ella (segun­do monopolio).

Así, el Esta­do se pre­sen­ta como un pro­ce­so de regu­la­ción jerar­qui­za­da de los bie­nes comu­nes. Úni­ca­men­te pode­mos hablar de Esta­do (comu­ni­dad) cuan­do exis­ten bie­nes comu­nes que invo­lu­cran a toda la socie­dad; pero esa comu­ni­dad solo pue­de ges­tio­nar­se y usu­fruc­tuar­se de mane­ra jerar­qui­za­da, y has­ta cier­to pun­to sola­men­te si es expro­pia­da por unos pocos (mono­po­lio). De ahí que Marx haga refe­ren­cia al Esta­do ade­cua­da­men­te como una “comu­ni­dad ilu­so­ria”, pues el Esta­do es una rela­ción social de fuer­zas de cons­truc­ción de bie­nes comu­nes que son mono­po­li­za­dos y usu­fruc­tua­dos, en mejo­res con­di­cio­nes, por unos pocos. Allí radi­ca no solo la legi­ti­mi­dad del Esta­do, sino la legi­ti­ma­ción o la natu­ra­li­za­ción de la dominación.

A ello se debe la con­ti­nua fas­ci­na­ción hacia el Esta­do por par­te de los dis­tin­tos gru­pos socia­les y espe­cial­men­te de los pro­yec­tos eman­ci­pa­to­rios de las cla­ses ple­be­yas; en el fon­do ahí está la bús­que­da de la comu­ni­dad. Pero tam­bién ahí se encuen­tra la con­ti­nua frus­tra­ción de los pro­yec­tos, mien­tras no sean capa­ces de supe­rar lo ilu­so­rio de esa comu­ni­dad, a saber, la mono­po­li­za­ción de la ges­tión y pro­duc­ción de la comunidad.

El pro­ce­so social lla­ma­do Esta­do es un pro­ce­so de for­ma­ción de las hege­mo­nías o blo­ques de cla­se; es decir, de la capa­ci­dad de un blo­que his­tó­ri­co de arti­cu­lar en su pro­yec­to de socie­dad, a las cla­ses que no son par­te diri­gen­te de ese pro­yec­to. Sin embar­go, en la lucha por el poder de Esta­do siem­pre exis­te una dimen­sión eman­ci­pa­do­ra, un poten­cial comu­ni­ta­rio que debe­rá deve­lar­se al momen­to de la con­fron­ta­ción con las rela­cio­nes de mono­po­li­za­ción que ani­dan en el pro­yec­to o volun­tad estatal.

Del feti­chis­mo de la mer­can­cía, al feti­chis­mo del Esta­do (for­ma dine­rofor­ma Esta­do)

Como se ve, el Esta­do no solo es una rela­ción con­tra­dic­to­ria de fuer­zas por la mis­ma diver­si­dad de fuer­zas e intere­ses que se con­fron­tan, sino que tam­bién una rela­ción con­tra­dic­to­ria por la lógi­ca de su mis­mo fun­cio­na­mien­to; en ese sen­ti­do, es mate­ria y es idea, es mono­po­lio y es uni­ver­sa­lis­mo. Y en la dia­léc­ti­ca sin fin de esas con­tra­dic­cio­nes radi­ca tam­bién la cla­ve de la con­duc­ción de las con­tra­dic­cio­nes de cla­se que se anu­dan en la rela­ción Esta­do. Esa “comu­ni­dad ilu­so­ria” (que es el Esta­do) es una con­tra­dic­ción en sí mis­ma, pero una con­tra­dic­ción que fun­cio­na, y que solo pue­de rea­li­zar­se en la mis­ma con­tra­dic­ción como un pro­ce­so de cons­truc­ción de Esta­do. Y esta magia para­do­jal solo pue­de fun­cio­nar a tra­vés de la acción de toda la socie­dad, con la par­ti­ci­pa­ción de todas las cla­ses socia­les, y para la pro­pia acción y, gene­ral­men­te, inac­ción, de ellas.

Para exis­tir, el Esta­do debe repre­sen­tar a todos, pero solo pue­de cons­ti­tuir­se como tal, si lo hace como un mono­po­lio de pocos; y a la vez, si quie­re afian­zar ese mono­po­lio, no pue­de menos que ampliar la pre­ser­va­ción de las cosas comu­nes, mate­ria­les, idea­les o sim­bó­li­cas, de todos. En ese sen­ti­do, el Esta­do se ase­me­ja en su fun­cio­na­mien­to al dine­ro. En tan­to mono­po­lio, el Esta­do no pue­de estar en manos de todos, al igual que el dine­ro, que sien­do dis­tin­to a cual­quier valor de uso o pro­duc­to con­cre­to del tra­ba­jo humano, no se pare­ce en nada a nin­guno de ellos, con los que se mide y se inter­cam­bia. Sin embar­go, el Esta­do solo pue­de ser Esta­do si garan­ti­za la uni­ver­sa­li­dad, un ser ínti­mo común a todos, un míni­mo de bie­nes comu­nes para todos; lo mis­mo pasa con el dine­ro, que úni­ca­men­te pue­de ser el equi­va­len­te gene­ral de todos los pro­duc­tos y garan­ti­zar la rea­li­za­ción social de los valo­res de uso (de las mer­can­cías), debi­do a que tie­ne algo que es común a cada uno de ellos inde­pen­dien­te­men­te de su uti­li­dad: el tra­ba­jo humano abs­trac­to (la uni­ver­sa­li­dad del trabajo).

El dine­ro pue­de cum­plir una fun­ción social nece­sa­ria: ser el medio para el inter­cam­bio entre los pro­duc­to­res, de sus res­pec­ti­vos pro­duc­tos de su tra­ba­jo, por­que repre­sen­ta algo común a todos esos pro­duc­tos: el tra­ba­jo humano abs­trac­to. Igual­men­te, el Esta­do cum­ple una fun­ción social nece­sa­ria: reu­nir y uni­fi­car a todos los miem­bros de una socie­dad en torno a una comu­ni­dad terri­to­rial, por­que ges­tio­na los bie­nes comu­nes a todos ellos. Sin embar­go, el dine­ro cum­ple su fun­ción úni­ca­men­te sus­ti­tu­yen­do el encuen­tro direc­to entre los pro­duc­to­res, y ape­lan­do a una abs­trac­ción común de las cua­li­da­des con­cre­tas de los pro­duc­tos: el tra­ba­jo humano abs­trac­to; al final, los pro­duc­to­res que inter­cam­bian sus pro­duc­tos para satis­fa­cer sus nece­si­da­des, lo hacen a par­tir de una abs­trac­ción y no a par­tir de sí mis­mos, ni tam­po­co por el con­trol común sobre los pro­duc­tos de sus tra­ba­jos o por ser par­tí­ci­pes de una pro­duc­ción direc­ta­men­te social. La rela­ción entre las per­so­nas está media­da por una abs­trac­ción (el tra­ba­jo humano abs­trac­to), que a la lar­ga es la que diri­ge y la que se sobre­po­ne a los pro­pios pro­duc­to­res direc­tos, domi­nán­do­los. Esto sig­ni­fi­ca que los seres huma­nos se encuen­tran domi­na­dos por su pro­pia obra, y así, el tra­ba­jo humano abs­trac­to (el valor de cam­bio) se con­vier­te en una enti­dad “alta­men­te mis­te­rio­sa” [ix] , que domi­na la vida de sus pro­pios pro­duc­to­res. Esto es lo que es el capi­ta­lis­mo en esencia.

Este mis­mo pro­ce­so de mis­ti­fi­ca­ción se pre­sen­ta con el Esta­do. Exis­te la nece­si­dad de la uni­ver­sa­li­dad de las rela­cio­nes entre las per­so­nas, de la inter­de­pen­den­cia y aso­cia­ti­vi­dad en el terreno de la vida coti­dia­na, de los dere­chos, de la pro­duc­ción, de la cul­tu­ra entre los miem­bros de la socie­dad; mas, has­ta el pre­sen­te, esa aso­cia­ti­vi­dad y esa comu­ni­dad no se ha mate­ria­li­za­do, de mane­ra direc­ta, como una “libre aso­cia­ción de los pro­pios pro­duc­to­res” (Marx), sino median­te la pro­duc­ción mono­po­li­za­da o la admi­nis­tra­ción mono­pó­li­ca de los bie­nes comu­nes (mate­ria­les e inma­te­ria­les), de los dere­chos socia­les de las iden­ti­da­des y coer­cio­nes, por par­te de un blo­que de la socie­dad que devie­ne en blo­que diri­gen­te y domi­nan­te. En el fon­do, las hege­mo­nías dura­de­ras tam­bién son for­mas de esta­ta­li­dad de la sociedad.

La uni­ver­sa­li­dad y la comu­ni­dad son una nece­si­dad social, huma­na. Pero esa comu­ni­dad, des­de la diso­lu­ción de la comu­ni­dad agra­ria ances­tral, has­ta nues­tros días, solo se ha pre­sen­ta­do bajo la for­ma de su admi­nis­tra­ción mono­pó­li­ca; es decir, bajo la for­ma de un blo­que diri­gen­te ins­ti­tu­cio­na­li­za­do como Esta­do. Y al igual que la abs­trac­ción del dine­ro, esta rela­ción de uni­ver­sa­li­za­ción mono­po­li­za­da, de bie­nes comu­nes mono­po­li­za­dos por pocos, lla­ma­da Esta­do, tam­bién ha deve­ni­do en una rela­ción-ins­ti­tu­ción super­pues­ta a la pro­pia socie­dad, que adquie­re vida pro­pia, no solo en la vida coti­dia­na de las per­so­nas, sino en la pro­pia vida inte­lec­tual y polí­ti­ca. En el fon­do, el “Esta­do-ins­tru­men­to” de las izquier­das del siglo XX es un efec­to de esta feti­chi­za­ción de la rela­ción social con­ce­bi­da como cosa con vida propia.

Pero, ¿por qué las per­so­nas no pue­den inter­cam­biar direc­ta­men­te los pro­duc­tos de sus tra­ba­jos a par­tir de las cua­li­da­des con­cre­tas de éstos, tenien­do que ape­lar a la for­ma dine­ro que a la lar­ga se auto­no­mi­za y domi­na a los pro­pios pro­duc­to­res? Esa es en el fon­do la gran pre­gun­ta cuya res­pues­ta atra­vie­sa los tres tomos de El capi­tal de Marx. Y esa pre­gun­ta es com­ple­ta­men­te iso­mor­fa a la siguien­te: ¿por qué las per­so­nas no pue­den cons­truir una comu­ni­dad en sus queha­ce­res dia­rios, edu­ca­ti­vos, cul­tu­ra­les, eco­nó­mi­cos y con­vi­ven­cia­les, tie­nen que hallar­la en el pro­ce­so de mono­po­li­za­ción de los bie­nes comu­nes, es decir, en el Estado?

La for­ma dine­ro tie­ne pues la mis­ma lógi­ca cons­ti­tu­ti­va que la for­ma Esta­do, e his­tó­ri­ca­men­te ambas corren para­le­las ali­men­tán­do­se mutua­men­te. Tan­to el dine­ro como el Esta­do, recrean ámbi­tos de uni­ver­sa­li­dad o espa­cios de socia­li­dad huma­nas. En el caso del dine­ro, per­mi­te el inter­cam­bio de pro­duc­tos a esca­la uni­ver­sal, y con ello faci­li­ta la rea­li­za­ción del valor de uso de los pro­duc­tos con­cre­tos del tra­ba­jo humano, que se plas­ma en el con­su­mo (satis­fac­ción de nece­si­da­des) de otros seres huma­nos. No cabe duda que ésta es una fun­ción de socia­li­dad, de comu­ni­dad. Sin embar­go, se la cum­ple a par­tir de una abs­trac­ción de la acción con­cre­ta de los pro­duc­to­res, vali­dan­do y con­sa­gran­do la sepa­ra­ción entre ellos, que con­cu­rren a sus acti­vi­da­des como pro­duc­to­res pri­va­dos. La fun­ción del dine­ro emer­ge de esta frag­men­ta­ción mate­rial de los pro­duc­to­res-posee­do­res, la reafir­ma, se sobre­po­ne a ellos y, a la lar­ga, los domi­na en su pro­pia atomización/​separación como pro­duc­to­res-posee­do­res pri­va­dos; aun­que úni­ca­men­te pue­de hacer todo ello, pue­de repro­du­cir este feti­chis­mo, por­que simul­tá­nea­men­te recrea socia­li­dad, sedi­men­ta comu­ni­dad, aun cuan­do se tra­ta de una socia­li­dad abs­trac­ta, de una “comu­ni­dad ilu­so­ria” falli­da, pero que fun­cio­na en la acción mate­rial y men­tal de cada miem­bro de la socie­dad. De la mis­ma for­ma, el Esta­do cohe­sio­na a los miem­bros de una socie­dad, reafir­ma una per­te­nen­cia y unas tenen­cias comu­nes a todos ellos, pero lo hace a par­tir de una mono­po­li­za­ción-pri­va­ti­za­ción del uso, ges­tión y usu­fruc­to de esos bie­nes comunes.

En el caso del dine­ro este pro­ce­so acon­te­ce por­que los pro­duc­to­res no son par­tí­ci­pes de una pro­duc­ción direc­ta­men­te social, que les per­mi­ti­ría acce­der a los pro­duc­tos del tra­ba­jo social sin la media­ción del dine­ro, sino como sim­pe satis­fac­ción de las nece­si­da­des huma­nas. En el caso del Esta­do este pro­ce­so acon­te­ce por­que los ciu­da­da­nos no son miem­bros de una comu­ni­dad real de pro­duc­to­res, que pro­du­cen sus medios de exis­ten­cia y de con­vi­ven­cia de mane­ra aso­cia­da, y que se vin­cu­lan entre sí de mane­ra direc­ta, sino que lo hacen media­dos por el Esta­do. Por ello, pode­mos afir­mar que la lógi­ca de las for­mas del valor y del feti­chis­mo de la mer­can­cía, des­cri­ta magis­tral­men­te por Marx en el pri­mer tomo de El capi­tal [x] , es sin duda la pro­fun­da lógi­ca que tam­bién da lugar a la for­ma Esta­do, y a su feti­chi­za­ción [xi] .

En esta con­ver­sión con­ti­nua del Esta­do como con­den­sa­ción de los bie­nes, de los dere­chos, de las ins­ti­tu­cio­nes uni­ver­sa­les que atra­vie­san a toda socie­dad, que simul­tá­nea­men­te es mono­po­li­za­da y con­cen­tra­da por unos pocos −pues si no, no sería Esta­do−, radi­ca la cla­ve del mis­te­rio del “feti­chis­mo de la dominación”.

Al final, el Esta­do, sus apa­ra­tos y sus cen­tros de emi­sión dis­cur­si­va, de edu­ca­ción, per­sua­sión y coer­ción, están bajo el man­do de un con­glo­me­ra­do redu­ci­do de la socie­dad (por eso, es un mono­po­lio), cuyo mono­po­lio solo pue­de actuar si a la vez inter­ac­túa como adhe­sión, fusión y cola­bo­ra­ción con los posee­do­res de otros mono­po­lios del dine­ro, de los medios de pro­duc­ción y, ante todo, con la inmen­sa mayo­ría de la pobla­ción que no posee mono­po­lio alguno, pero que debe sen­tir­se bene­fi­cia­da, pro­te­gi­da y guia­da por esos deten­ta­do­res del mono­po­lio estatal.

La sub­ver­sión intersticial 

Cuan­do Pou­lan­tzas nos dice que el Esta­do es una rela­ción entre las cla­ses posee­do­ras y una rela­ción con las cla­ses popu­la­res, no solo está cri­ti­can­do la lec­tu­ra del Esta­do como cosa, como apa­ra­to externo a la socie­dad, que fue la que dio ori­gen a las falli­das estra­te­gias eli­tis­tas o refor­mis­tas de des­truc­ción o de ocu­pa­ción del Esta­do que supu­sie­ron, en ambos casos, la con­sa­gra­ción de nue­vas éli­tes domi­nan­tes, ya sea por la vía arma­da o la vía electoral.

Pero ade­más, Pou­lan­tzas tam­bién nos está invi­tan­do a refle­xio­nar sobre el Esta­do como una rela­ción que bus­ca la domi­na­ción, y no como el pun­to de par­ti­da para expli­car las cosas y esta­ble­cer estra­te­gias revo­lu­cio­na­rias; más bien como el pun­to de lle­ga­da de com­ple­jos pro­ce­sos y luchas socia­les que dan lugar, pre­ci­sa­men­te, a la domi­na­ción. Enton­ces, la domi­na­ción no es el pun­to de par­ti­da para expli­car la socie­dad, sino por el con­tra­rio, el pro­ce­so, el deve­nir, el con­ti­nuo arti­fi­cio social lleno de posi­bi­li­da­des, a veces, de incer­ti­dum­bres tác­ti­cas, de espa­cios hue­cos de la domi­na­ción, que son pre­ci­sa­men­te los espa­cios que habi­li­tan la posi­bi­li­dad de la eman­ci­pa­ción o la resistencia.

Si como sos­tie­nen el refor­mis­mo y el ultra­iz­quier­dis­mo, el Esta­do es una máqui­na mono­lí­ti­ca al ser­vi­cio de una cla­se y, enci­ma, el garan­te de la domi­na­ción ya con­sa­gra­da, enton­ces, no exis­te un espa­cio para la posi­ble libe­ra­ción a par­tir de los pro­pios domi­na­dos. Y de ser así, la eman­ci­pa­ción solo pue­de venir pues de la mano de una “van­guar­dia” cons­cien­te e inmu­ni­za­da con­tra las ilu­sio­nes de la domi­na­ción; es decir, de cier­tos ilu­mi­na­dos y espe­cia­lis­tas que se encon­tra­rían al mar­gen de la domi­na­ción que aplas­ta los cere­bros de las cla­ses popu­la­res. Pero ¿cómo es que estos ilu­mi­na­dos se pue­den man­te­ner al mar­gen de la domi­na­ción?, ¿cómo es que no for­man par­te de la socie­dad, ya que solo así se expli­ca que no sean par­te de la tra­ma de la domi­na­ción? He ahí el gran mis­te­rio que los deno­mi­na­dos artí­fi­ces de las van­guar­dias nun­ca han podi­do res­pon­der para dar­le un míni­mo de serie­dad lógi­ca a sus postulados.

Siguien­do ese razo­na­mien­to, la sus­ti­tu­ción de cla­ses y la eman­ci­pa­ción de las cla­ses popu­la­res solo podría venir des­de “afue­ra” y no por obra de las pro­pias cla­ses popu­la­res; peor aún, sola­men­te sur­gi­ría des­de afue­ra de la socie­dad, des­de una espe­cie de meta-socie­dad que ani­da­ría en los cere­bros impo­lu­tos de una van­guar­dia. Ese fue jus­ta­men­te el dis­cur­so meta­fí­si­co y el falli­do camino del mar­xis­mo domi­nan­te del siglo XX y de las lla­ma­das revo­lu­cio­nes socia­lis­tas, el hori­zon­te derro­ta­do por la vic­to­ria neo­li­be­ral mun­dial de fines del siglo XX. En ese sen­ti­do, repen­sar el mar­xis­mo vivo para el siglo XXI, el socia­lis­mo en nues­tros tiem­pos, requie­re supe­rar esa tram­pa ins­tru­men­ta­lis­ta del Esta­do; y pre­ci­sa­men­te ahí se encuen­tra el apor­te de Nicos Poulantzas.

En ese sen­ti­do, si la domi­na­ción no es el pun­to de par­ti­da para expli­car el mun­do, sino un pro­ce­so que se está crean­do a dia­rio, que tie­ne que actua­li­zar­se y veri­fi­car­se a dia­rio, eso sig­ni­fi­ca que ella no es un des­tino fatal o ineluc­ta­ble. Jus­ta­men­te, es en los hue­cos de la domi­na­ción, en los inters­ti­cios del Esta­do y en su coti­dia­na incer­ti­dum­bre de rea­li­za­ción, que se encuen­tra, ani­da y sur­ge la posi­bi­li­dad de la eman­ci­pa­ción. Tal como lo mues­tra la his­to­ria de las ver­da­de­ras revo­lu­cio­nes, en medio de la pasi­vi­dad, de la tole­ran­cia con­sue­tu­di­na­ria de las cla­ses menes­te­ro­sas, de las com­pli­ci­da­des mora­les entre gober­nan­tes y gober­na­dos, es que de pron­to algo sal­ta, una memo­ria de orga­ni­za­ción se gati­lla, las tole­ran­cias mora­les hacia los gober­nan­tes esta­llan, los vie­jos dis­cur­sos de orden ya no con­vo­can, y nue­vos idea­rios e ideas (ante­rior­men­te mar­gi­na­les) comien­zan a sedu­cir y con­vo­car cada vez a más per­so­nas. La domi­na­ción se quie­bra des­de el inte­rior mis­mo del pro­ce­so de dominación.

El Esta­do como mono­po­lio de deci­sio­nes uni­ver­sa­li­zan­tes, se ve inter­pe­la­do des­de aden­tro. Es como si su fun­da­men­to escon­di­do de comu­ni­dad desea­da emer­gie­ra en las expec­ta­ti­vas de la pobla­ción, dan­do lugar a la irrup­ción de volun­ta­des colec­ti­vas que se reapro­pian de las capa­ci­da­des de deli­be­ra­ción, ima­gi­na­ción y deci­sión; sur­gen espe­ran­zas prác­ti­cas de mane­ras dis­tin­tas de ges­tio­nar lo común. Cier­ta­men­te, a veces esas accio­nes prác­ti­cas se pro­yec­tan a otros repre­sen­tan­tes que sim­ple­men­te reac­tua­li­zan el fun­cio­na­mien­to de los vie­jos mono­po­lios esta­ta­les con nue­vos ros­tros. Pero si a pesar de ello, en el hori­zon­te comien­zan a des­pun­tar nue­vas creen­cias movi­li­za­do­ras que ali­men­tan el entu­sias­mo social (al prin­ci­pio, en peque­ños sec­to­res, lue­go, en regio­nes, y tal vez más tar­de, a nivel nacio­nal). Y cuan­do este des­per­tar social no solo se con­den­sa en nue­vas per­so­na­li­da­des ele­gi­das, sino que revo­ca a las vie­jas éli­tes repre­sen­tan­tes y des­bor­da la repre­sen­ta­ción elec­to­ral con nue­vas for­mas de par­ti­ci­pa­ción, de movi­li­za­ción extra­par­la­men­ta­ria, ple­be­ya y, enci­ma, bus­ca sus­ti­tuir los pro­fun­dos esque­mas men­ta­les con los que la gen­te orga­ni­za moral y lógi­ca­men­te su vida coti­dia­na. Cuan­do todo ello suce­de, esta­mos ante pro­ce­sos revo­lu­cio­na­rios que afec­tan la estruc­tu­ra mis­ma de las jerar­quías socia­les en la toma de deci­sio­nes, que dilu­ye las vie­jas cer­ti­dum­bres sobre el des­tino, y lan­za a la gen­te a par­ti­ci­par y a creer en otras mane­ras de ges­tio­nar los asun­tos comu­nes. En otras pala­bras, esta­mos ante una cri­sis gene­ral de Esta­do, cuya reso­lu­ción solo pue­de tran­si­tar por dos vías: por una res­tau­ra­ción de las vie­jas creen­cias o rela­cio­nes de fuer­zas, o por unas nue­vas rela­cio­nes de fuer­za, creen­cias movi­li­za­do­ras y modos de par­ti­ci­pa­ción, es decir, por una nue­va for­ma esta­tal, cuyo gra­do de demo­cra­ti­za­ción social depen­de­rá de la pro­pia capa­ci­dad con la que los subal­ter­nos sean capa­ces de sos­te­ner, en las calles y en las ins­ti­tu­cio­nes, la par­ti­ci­pa­ción en la ges­tión de lo común.

La lec­tu­ra rela­cio­nal del Esta­do pro­pues­ta por Pou­lan­tzas nos per­mi­te esa refle­xión, pero tam­bién una crí­ti­ca a lo que podría­mos deno­mi­nar “la pro­pues­ta abdi­can­te res­pec­to al poder de Esta­do”, que aun­que se mos­tra­ba débil en los tiem­pos del soció­lo­go grie­go, hoy en día está muy de moda en cier­tos sec­to­res de la izquier­da desesperanzada.

Aque­llos que pro­po­nen “cam­biar el mun­do sin tomar el poder” [xii] , supo­nen que las luchas popu­la­res, los sabe­res colec­ti­vos, los esque­mas de orga­ni­za­ción del mun­do, y las pro­pias iden­ti­da­des socia­les (nacio­na­les o comu­ni­ta­rias), están al mar­gen del Esta­do; cuan­do en reali­dad se tra­ta de orga­ni­za­cio­nes de sabe­res e iden­ti­da­des, en unos casos, cons­ti­tui­dos fren­te al Esta­do, pero reafir­ma­dos y legi­ti­ma­dos pre­ci­sa­men­te por su efi­ca­cia anteen el Esta­do, cuyos logros están ins­cri­tos como dere­chos de ciu­da­da­nía en el pro­pio arma­zón mate­rial esta­tal. Y, en otros casos, pro­mo­vi­dos des­de el Esta­do, pero cuya efi­ca­cia radi­ca en su capa­ci­dad de arti­cu­lar expec­ta­ti­vas y nece­si­da­des colec­ti­vas, y que al hacer­lo se con­vier­ten en hábi­to o memo­ria prác­ti­ca de los pro­pios sec­to­res populares.

Esta lec­tu­ra abdi­can­te del poder, en reali­dad cons­ti­tu­ye la con­tra­par­te de la lec­tu­ra ins­tru­men­tal del Esta­do, pues al igual que esta últi­ma supo­ne que la socie­dad y las cla­ses subal­ter­nas cons­tru­yen su his­to­ria al mar­gen del Esta­do, y que éste exis­te al mar­gen y por enci­ma de las cla­ses subal­ter­nas. Olvi­dan que en reali­dad el Esta­do no solo con­den­sa la pro­pia subal­ter­ni­dad de las cla­ses, sino que es la subal­ter­ni­dad mis­ma en esta­do ins­ti­tu­cio­nal y sim­bó­li­co; pero adi­cio­nal­men­te, el Esta­do tam­bién es la comu­ni­dad social, los logros comu­nes, los bie­nes colec­ti­vos con­quis­ta­dos, aun­que bajo una for­ma fetichizada.

“Cam­biar el mun­do sin tomar el poder” es pen­sar que el poder es una pro­pie­dad y no una rela­ción, que es una cosa exter­na a lo social y no un víncu­lo social que nos atra­vie­sa a todos. En ese tipo de razo­na­mien­to y visión se deja iner­me a las cla­ses subal­ter­nas ante la reali­dad de su pro­pia his­to­ria, de sus pro­pias luchas por cons­truir bie­nes comu­nes, de sus pro­pias com­pli­ci­da­des iner­tes con la esta­ta­li­dad cons­ti­tui­da. Es así enton­ces que “cam­biar el mun­do” devie­ne en una tarea de los “puros”, de los “no con­ta­mi­na­dos”, de los que no usan dine­ro, de los que no com­pran en los mer­ca­dos, de los que no estu­dian en las ins­ti­tu­cio­nes esta­ta­les, de los que no cum­plen las leyes; en otros tér­mi­nos, de los que están más allá de la socie­dad, que se les pre­sen­ta como “impu­ra”, “con­ta­mi­na­da” o “fal­sea­da”. De ahí que lo que inten­tan hacer es una revo­lu­ción social sin socie­dad, o cons­truir otro mun­do sin los habi­tan­tes reales del mun­do. No entien­den que la socie­dad real, que el mun­do social real, ha cons­trui­do la esta­ta­li­dad con sus logros y sus des­di­chas, ha labra­do los bie­nes comu­nes y ha asis­ti­do a la expro­pia­ción silen­cio­sa de esos bie­nes comu­nes suyos. Y que, si en algún momen­to ha de haber una revo­lu­ción, ésta ha de ser hecha por esas per­so­nas “con­ta­mi­na­das” y esta­ta­li­za­das que en un momen­to de su vida colec­ti­va se sien­ten asfi­xia­das con esos mono­po­lios de lo suyo, se sien­ten esta­fa­das por los mono­po­li­za­do­res de sus bie­nes comu­nes, y se lan­zan a la insu­mi­sión jus­ta­men­te por­que viven el mono­po­lio de su tra­ba­jo social y deci­den rom­per­lo des­de la expe­rien­cia mis­ma del mono­po­lio, des­de los inters­ti­cios del mis­mo Esta­do y des­de su pro­pia expe­rien­cia de la estatalidad.

“Cam­biar el mun­do sin tomar el poder” es la ple­ga­ria de una nue­va van­guar­dia espi­ri­tual de “puros”, que por ser­lo dema­sia­do no tie­nen nada que ver con las cla­ses subal­ter­nas, que en sí mis­mas son la con­den­sa­ción de luchas y de rela­cio­nes de poder; y que para dejar de ser cla­ses subal­ter­nas, lejos de apar­tar­se del “mun­do con­ta­mi­na­do del poder”, tras­to­ca­rán pre­ci­sa­men­te la estruc­tu­ra de esas rela­cio­nes de poder, es decir, se trans­for­ma­rán a sí mis­mas y, a tra­vés ello, al pro­pio Esta­do que no expre­sa sim­ple­men­te lo que ellas son en su subal­ter­ni­dad, sino que tam­bién hace de ellas lo que aho­ra son.

Por últi­mo, no deja de ser curio­so el hecho de que esta posi­ción abdi­ca­cio­nis­ta hacia el Esta­do, en su apa­ren­te radi­ca­lis­mo de man­te­ner­se al mar­gen de cual­quier con­ta­gio con el poder, lo hace dejan­do libres las manos de los sec­to­res domi­nan­tes para que con­ti­núen admi­nis­tran­do, dis­cre­cio­nal­men­te, las con­di­cio­nes mate­ria­les de la domi­na­ción esta­tal. Eso sig­ni­fi­ca que “no tomar el poder” se con­vier­te en una ele­gan­te for­ma de dejar que quie­nes tie­nen el poder de Esta­do, lo sigan tenien­do por todo el tiem­po más que lo deseen; y lo peor, des­ar­ma a las mis­mas cla­ses subal­ter­nas de sus pro­pios logros en las estruc­tu­ras ins­ti­tu­cio­na­les del Esta­do y de su pro­pia his­to­ria de luchas, que a la lar­ga atra­vie­san el mis­mo Esta­do. Se pre­ten­de cam­biar el mun­do dejan­do de lado la his­to­ria y la expe­rien­cia de las luchas de cla­ses de las per­so­nas que hacen el mun­do. Y así, la his­to­ria recae nue­va­men­te en manos de un puña­do de per­so­nas “des­con­ta­mi­na­das” de la mali­cia del poder en el mundo.

A la van­guar­dia ilus­tra­da de la izquier­da ins­tru­men­tal, le sus­ti­tu­ye hoy la van­guar­dia espi­ri­tual de la izquier­da abdi­ca­cio­nis­ta. En ambos casos, el motor de la revo­lu­ción no está cons­ti­tui­do por las cla­ses subal­ter­nas, ya sea por “igno­ran­cia” o por “impu­re­za”, sino por unos pocos que habrán de res­tau­rar un “mun­do puro”: el mono­po­lio de los ele­gi­dos; ¡o sea, curio­sa­men­te un nue­vo Esta­do!, solo que aho­ra sin las “ilu­sio­nes” y las “impu­re­zas” de la plebe.

El replie­gue a la auto­no­mía local olvi­da que los sec­to­res subal­ter­nos no son autó­no­mos res­pec­to al Esta­do: pagan impues­tos, usan dine­ro, con­su­men ser­vi­cios, van a la escue­la, usan los tri­bu­na­les, etc. Pero, ade­más, al pro­cla­mar la lucha por fue­ra del Esta­do, dejan a los que lo con­tro­lan el mono­po­lio abso­lu­to de él y de las rela­cio­nes de domi­na­ción. Cier­ta­men­te, se tra­ta de una posi­ción eli­tis­ta y, a la lar­ga, con­ser­va­do­ra, que se mar­gi­na de las pro­pias luchas socia­les popu­la­res que inevi­ta­ble­men­te pasan por el Esta­do y son Estado.

Aho­ra, per­mí­tan­me mirar con estos ojos rela­cio­na­les algo de los últi­mos acon­te­ci­mien­tos acae­ci­dos en Fran­cia [xiii] . El orden esta­tal es, tam­bién, un orden de edu­ca­ción, de sabe­res fun­cio­na­les, de terri­to­ria­li­za­ción de los ciu­da­da­nos y de pro­duc­ción de expec­ta­ti­vas lógi­cas y mora­les sobre el pro­pio orden del mun­do, de la fami­lia, de los indi­vi­duos. Sin embar­go, no se tra­ta de una pro­duc­ción cerra­da auto­má­ti­ca. Ya men­cio­na­mos que tie­ne vacíos e incer­ti­dum­bres; y es ahí, en esos espa­cios de incer­ti­dum­bre, que entran en jue­go otras pro­pues­tas de pro­duc­ción de sen­ti­do, otros hori­zon­tes posi­bles, otras expec­ta­ti­vas movi­li­za­do­ras, indi­vi­dua­les, gru­pa­les o socia­les, que pue­den ser de carác­ter polí­ti­co revo­lu­cio­na­rio, con­ser­va­dor, reli­gio­so, iden­ti­ta­rio, comu­ni­ta­rio, entre otros.

Está cla­ro que el Esta­do es el mono­po­lio de las ideas-fuer­za que orien­tan una socie­dad. Sin embar­go, si las expec­ta­ti­vas esta­ta­les no se corres­pon­den con la reali­dad expe­ri­men­ta­da por los gru­pos socia­les, se for­ma una masa crí­ti­ca de dis­po­ni­bi­li­dad hacia nue­vas creen­cias por­ta­do­ras de espe­ran­za y de cer­ti­dum­bre. Y esas dis­po­ni­bi­li­da­des a nue­vas creen­cias pue­den cre­cer más a medi­da que el Esta­do sepa­ra el orden real de las cosas res­pec­to al orden espe­ra­do. Cuan­do esta sepa­ra­ción entre lo real y lo ideal se agran­da y abar­ca a más sec­to­res (jóve­nes, obre­ros, migran­tes, estu­dian­tes, etc.), se abre el espa­cio de una amplia pre­dis­po­si­ción a la revo­ca­to­ria de las vie­jas creencias.

Depen­dien­do de la corre­la­ción de fuer­zas entre los otros emi­so­res dis­cur­si­vos alter­na­ti­vos, asis­ti­re­mos a un cre­ci­mien­to de iden­ti­da­des polí­ti­cas de dere­cha, de izquier­da, loca­les, comu­ni­ta­rias o reli­gio­sas. Y jus­ta­men­te eso es lo que está suce­dien­do en varios paí­ses de Euro­pa, y en par­ti­cu­lar en Francia.

Por otro lado, el poder de Esta­do igual­men­te pue­de ser cons­truc­tor de iden­ti­da­des socia­les, de frac­cio­nes de cla­se movi­li­za­da, y de movi­li­za­cio­nes ciu­da­da­nas en torno a mie­dos o defen­sas colec­ti­vas. Es más, en cier­tos momen­tos pue­de tener un papel alta­men­te influ­yen­te en la pro­mo­ción de iden­ti­da­des, pero nun­ca lo hace sobre la nada; es decir, nin­gu­na iden­ti­dad social pue­de ser inven­ta­da por el Esta­do. Más bien lo que hace el Esta­do es refor­zar, pro­mo­cio­nar, visi­bi­li­zar, empo­de­rar agre­ga­cio­nes laten­tes, expec­ta­ti­vas poten­cia­les, y escon­der, deva­luar, invi­si­bi­li­zar otras tan­tas iden­ti­da­des ante­rior­men­te exis­ten­tes; aun­que está cla­ro que el Esta­do no hará nada que, de una mane­ra u otra y a la lar­ga, reafir­me su pro­pia repro­duc­ción y sus pro­pios mono­po­lios. El mie­do pue­de ser un fac­tor aglu­ti­nan­te, pero no es un fac­tor de cons­truc­ción de un nue­vo orden ni de auto­de­ter­mi­na­ción. Y tar­de o tem­prano, la socie­dad debe­rá pegun­tar­se acer­ca de las con­di­cio­nes his­tó­ri­cas de la pro­duc­ción del mie­do, y las accio­nes arbi­tra­rias del Esta­do que hayan lle­va­do a que la socie­dad se sin­tie­ra como en un cas­ti­llo ase­dia­do. El ase­dio al cas­ti­llo nun­ca será una acción des­ca­be­lla­da; siem­pre resul­ta­rá ser una acción defen­si­va en con­tra de algún agra­vio his­tó­ri­co. Y esta no es la excepción.

La vía demo­crá­ti­ca al socialismo 

Final­men­te, qui­sie­ra revi­sar rápi­da­men­te un segun­do con­cep­to cla­ve en el últi­mo libro de Nicos Pou­lan­tzas; más espe­cí­fi­ca­men­te en el últi­mo capí­tu­lo de ese libro, al que titu­la: “Hacia un socia­lis­mo demo­crá­ti­co”.

Si el Esta­do capi­ta­lis­ta moderno es una rela­ción social que atra­vie­sa a toda la socie­dad y a todos sus com­po­nen­tes: las cla­ses socia­les, las iden­ti­da­des colec­ti­vas, sus ideas, su his­to­ria y sus espe­ran­zas; enton­ces, el socia­lis­mo, enten­di­do como la trans­for­ma­ción estruc­tu­ral de las rela­cio­nes de fuer­zas entre las cla­ses socia­les, nece­sa­ria­men­te tie­ne que atra­ve­sar al pro­pio Esta­do, que por otra par­te no es más que la ins­ti­tu­cio­na­li­za­ción mate­rial e ideal, eco­nó­mi­ca y cul­tu­ral, de esa corre­la­ción de fuer­zas socia­les. Y lo atra­vie­sa jus­ta­men­te como la demo­cra­ti­za­ción sus­tan­cial de las deci­sio­nes colec­ti­vas, de la ges­tión de lo común, como des­mo­no­po­li­za­ción cre­cien­te de la pro­duc­ción de los uni­ver­sa­les cohe­sio­na­do­res; es decir, como irrup­ción de la demo­cra­cia en las con­di­cio­nes mate­ria­les y sim­bó­li­cas de la exis­ten­cia social.

De acuer­do a Pou­lan­tzas, sie­te son las carac­te­rís­ti­cas de esta vía demo­crá­ti­ca al socialismo:

1) Es un lar­go pro­ce­so, en el que (…)

2) Las luchas popu­la­res des­plie­gan su inten­si­dad en las pro­pias con­tra­dic­cio­nes del Esta­do, modi­fi­can­do las rela­cio­nes de fuer­za en su seno mismo (…)

3) Las luchas trans­for­man la mate­ria­li­dad del Estado (…)

4) Las luchas rei­vin­di­can y pro­fun­di­zan el plu­ra­lis­mo polí­ti­co ideológico (…)

5) Las luchas pro­fun­di­zan las liber­ta­des polí­ti­cas, el sufra­gio uni­ver­sal de la demo­cra­cia representativa.

6) Se desa­rro­llan nue­vas for­mas de demo­cra­cia direc­ta y de focos autogestionarios.

7) Todo eso acon­te­ce en la pers­pec­ti­va de la extin­ción del Esta­do [xiv] .

Cuan­do Pou­lan­tzas men­cio­na que la vía demo­crá­ti­ca al socia­lis­mo es un “lar­go pro­ce­so”, se refie­re a que no se tra­ta de un gol­pe de mano, un asal­to al Esta­do, una vic­to­ria elec­to­ral o arma­da, ni mucho menos un decre­to. Des­de la lógi­ca rela­cio­nal, el socia­lis­mo con­sis­te en la trans­for­ma­ción radi­cal de la corre­la­ción de fuer­zas entre las cla­ses ante­rior­men­te subal­ter­nas, que ha de mate­ria­li­zar­se en dis­tin­tos nodos ins­ti­tu­cio­na­les del Esta­do que con­den­san pre­ci­sa­men­te esa corre­la­ción de fuer­zas. Pero tam­bién −aña­di­ría­mos noso­tros− sig­ni­fi­ca, en esta mis­ma lógi­ca, con­ti­nuas trans­for­ma­cio­nes en las for­mas orga­ni­za­ti­vas de las cla­ses labo­rio­sas, en su capa­ci­dad aso­cia­ti­va y de par­ti­ci­pa­ción direc­ta, y, por sobre todo, en lo que deno­mi­na­mos como la dimen­sión ideal del Esta­do, es decir, en las ideas-fuer­za de la socie­dad, en el con­jun­to de esque­mas mora­les y lógi­cos con los que la gen­te orga­ni­za su vida cotidiana.

De hecho, esta dimen­sión ideal del Esta­do −a veces sos­la­ya­da por Pou­lan­tzas− qui­zás es la más impor­tan­te a trans­for­mar, pues, inclu­so lo más mate­rial del Esta­do (los apa­ra­tos de coer­ción) son efi­ca­ces sola­men­te si pre­ser­van la legi­ti­mi­dad de su mono­po­lio; es decir, si exis­te una creen­cia social­men­te com­par­ti­da acer­ca de su per­ti­nen­cia y nece­si­dad práctica.

Enton­ces, la idea de pro­ce­so hace refe­ren­cia a un des­plie­gue de muchas trans­for­ma­cio­nes en las corre­la­cio­nes de fuer­zas, en la tota­li­dad de los espa­cios den­tro de la estruc­tu­ra esta­tal y tam­bién por fue­ra de ella; aun­que sus resul­ta­dos difie­ran en el tiem­po. Pero, cier­ta­men­te, no se tra­ta de una acu­mu­la­ción de cam­bios gra­dua­les al inte­rior del Esta­do, tal como pro­pug­na­ba el vie­jo reformismo.

Inter­pre­tan­do esto des­de la expe­rien­cia boli­via­na, ese pro­ce­so sig­ni­fi­ca un des­plie­gue simul­tá­neo de inten­sas luchas socia­les en cada uno de los espa­cios de las estruc­tu­ras esta­ta­les, don­de se dan pro­fun­das trans­for­ma­cio­nes en las corre­la­cio­nes de fuer­za entre los sec­to­res socia­les con capa­ci­dad de deci­sión y en la pro­pia com­po­si­ción mate­rial de esas estruc­tu­ras esta­ta­les; esto es váli­do tan­to para los sis­te­mas de repre­sen­ta­ción elec­to­ral (vic­to­rias elec­to­ra­les), para la admi­nis­tra­ción de los bie­nes comu­nes (polí­ti­cas eco­nó­mi­cas), y para la hege­mo­nía polí­ti­ca (orden sim­bó­li­co del mundo).

La hege­mo­nía es la cre­cien­te irra­dia­ción de una espe­ran­za movi­li­za­do­ra en torno a una mane­ra social de admi­nis­trar los bie­nes comu­nes de todos los con­na­cio­na­les, pero tam­bién es la modi­fi­ca­ción de los esque­mas mora­les y lógi­cos con los que las per­so­nas orga­ni­zan su pre­sen­cia en el mun­do. Grams­ci tie­ne razón cuan­do dice que las cla­ses tra­ba­ja­do­ras deben diri­gir y con­ven­cer a la mayor par­te de las cla­ses socia­les en torno a un pro­yec­to revo­lu­cio­na­rio de Esta­do, eco­no­mía y socie­dad. Aun­que Lenin tam­bién tie­ne razón, cuan­do afir­ma que el pro­yec­to domi­nan­te debe ser derrotado.

Se dice que exis­ten dos ver­sio­nes res­pec­to a la hege­mo­nía polí­ti­ca: la de con­ven­cer, grams­cia­na; y la de derro­tar, leninista.

Nues­tra expe­rien­cia en Boli­via nos ense­ña que la hege­mo­nía es en reali­dad la com­bi­na­ción de ambas. Pri­me­ro está el irra­diar y con­ven­cer en torno a un prin­ci­pio de espe­ran­za movi­li­za­do­ra (tal como lo deman­da­ba Grams­ci). Habla­mos de un lar­go tra­ba­jo cul­tu­ral, dis­cur­si­vo, orga­ni­za­ti­vo y sim­bó­li­co, que va esta­ble­cien­do nodos de irra­dia­ción terri­to­rial en el espa­cio social, y cuya efi­ca­cia se pone a prue­ba al momen­to del vacia­mien­to y res­que­bra­ja­mien­to de las tole­ran­cias mora­les entre los gober­nan­tes y los gober­na­dos, o momen­tos de dis­po­ni­bi­li­dad social para revo­car los esque­mas mora­les y lógi­cos del orden social dominante.

Uno nun­ca pue­de saber con pre­ci­sión cuán­do emer­ge­rá ese momen­to de revo­ca­ción de las anti­guas fide­li­da­des polí­ti­cas y, de hecho, hay gene­ra­cio­nes socia­les, revo­lu­cio­na­rios, aca­dé­mi­cos y líde­res socia­les, que tra­ba­jan déca­das y mue­ren antes de ver algún resul­ta­do. Sin embar­go, esos momen­tos de la socie­dad en las que ella se abre a una revo­ca­to­ria de creen­cias sus­tan­cia­les sí exis­ten; y enton­ces es ahí cuan­do la lar­ga y pacien­te labor de cons­truc­ción cul­tu­ral, sim­bó­li­ca y orga­ni­za­ti­va pone a prue­ba su capa­ci­dad irra­dia­do­ra para arti­cu­lar espe­ran­zas movi­li­za­do­ras, a par­tir de las poten­cias laten­tes den­tro del pro­pio tra­ma­do de las cla­ses subal­ter­nas. La cons­ti­tu­ción de un “empa­te catas­tró­fi­co” [xv] , de dos pro­yec­tos socia­les con­fron­ta­dos con capa­ci­dad de movi­li­za­ción, con­ven­ci­mien­to moral e irra­dia­ción terri­to­rial pro­pia de los pro­ce­sos revo­lu­cio­na­rios, sur­gi­rá de esta estra­te­gia de “gue­rra de posi­cio­nes” [xvi] .

Sin embar­go, des­pués lle­ga un momen­to, que pode­mos lla­mar el “momen­to robes­pe­riano”, en el que se debe derro­tar la estruc­tu­ra dis­cur­si­va y orga­ni­za­ti­va de los sec­to­res domi­nan­tes −y ahí quien tie­ne razón es Lenin. Nin­gún poder se reti­ra del cam­po de fuer­zas por mera cons­ta­ta­ción o dete­rio­ro; no, al con­tra­rio, hace todo lo posi­ble, inclu­so bus­ca recu­rrir a la vio­len­cia para pre­ser­var su man­do esta­tal. Enton­ces, en medio de una insur­gen­cia social por fue­ra del Esta­do, y por den­tro de las pro­pias estruc­tu­ras ins­ti­tu­cio­na­les del Esta­do, se tie­ne que derro­tar el vie­jo poder deca­den­te, atra­ve­san­do lo que se podría lla­mar un “pun­to de bifur­ca­ción” [xvii] , en el que las fuer­zas, acu­mu­la­das en todos los terre­nos de la vida social a lo lar­go de déca­das, se con­fron­tan de mane­ra des­nu­da, dan­do lugar a una nue­va corre­la­ción y una nue­va con­den­sa­ción de ellas. Y es que una corre­la­ción de fuer­zas no devie­ne en otra sin una modi­fi­ca­ción de la fuer­za en sen­ti­do estric­to; por eso el cam­bio de direc­ción y de posi­ción de la corre­la­ción de fuer­zas requie­re un “pun­to de bifur­ca­ción” o un cam­bio en las pro­pias fuer­zas que se con­fron­tan. Por eso, la incli­na­ción leni­nis­ta por una “gue­rra de movi­mien­tos” (como la defi­nía Grams­ci), no es una par­ti­cu­la­ri­dad de las revo­lu­cio­nes en “orien­te” con una débil socie­dad civil, sino una nece­si­dad común fren­te a cual­quier Esta­do del mun­do, que en el fon­do no es más que una con­den­sa­ción de corre­la­ción de fuer­zas entre las cla­ses socia­les. La estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria radi­ca en saber en qué momen­to del pro­ce­so se apli­ca la “gue­rra de movi­mien­tos” y en qué otro la “gue­rra de posi­cio­nes”; el pun­to es que una no pue­de exis­tir sin la otra.

Una vez atra­ve­sa­do el pun­to de bifur­ca­ción que rees­truc­tu­ra radi­cal­men­te la corre­la­ción de fuer­zas entre las cla­ses socia­les, dan­do lugar a un nue­vo blo­que de poder diri­gen­te de la socie­dad, nue­va­men­te se tie­ne que vol­ver a arti­cu­lar y con­ven­cer al res­to de la socie­dad, inclu­so a los opo­si­to­res (que no des­apa­re­cen), aun­que su arti­cu­la­ción ya no será como cla­ses domi­nan­tes, sino como cla­ses derro­ta­das, es decir, des­or­ga­ni­za­das y sin pro­yec­to pro­pio. Y aquí enton­ces entra nue­va­men­te en esce­na Grams­ci, con la lógi­ca del con­ven­ci­mien­to y la refor­ma moral e inte­lec­tual. En este caso, la fór­mu­la es: con­ven­cer e ins­tau­rar, en pala­bras de Bloch, el “prin­ci­pio espe­ran­za” [xviii] ; en otros tér­mi­nos, derro­tar el pro­yec­to domi­nan­te e inte­grar en torno a los nue­vos esque­mas mora­les y lógi­cos domi­nan­tes al res­to de la socie­dad. He ahí la fór­mu­la de la hege­mo­nía polí­ti­ca, del pro­ce­so de cons­truc­ción de la nue­va for­ma estatal.

A ries­go de esque­ma­ti­zar la idea del socia­lis­mo como pro­ce­so, podría­mos dis­tin­guir entre los nudos prin­ci­pa­les, los nudos deci­si­vos y los nudos estruc­tu­ra­les que requie­re una revo­lu­cio­na­ri­za­ción de for­ma y con­te­ni­do social para un trán­si­to demo­crá­ti­co hacia el socialismo.

Los nudos prin­ci­pa­les de revo­lu­cio­na­ri­za­ción de la corre­la­ción de fuer­zas serían:

a) El gobierno

b) El parlamento

c) Y los medios de comunicación

Los nudos deci­si­vos:

d) La expe­rien­cia orga­ni­za­ti­va autó­no­ma de los sec­to­res subalternos

e) La par­ti­ci­pa­ción social en la ges­tión de los bie­nes comunes

f) El uso y fun­ción redis­tri­bu­ti­va de los recur­sos públicos

g) Y las ideas fuer­za u hori­zon­tes de épo­ca con las que las per­so­nas se movilizan.

Y los nudos estruc­tu­ra­les:

h) Las for­mas de pro­pie­dad y ges­tión sobre las prin­ci­pa­les fuen­tes de gene­ra­ción de rique­za, en la pers­pec­ti­va de su socia­li­za­ción o comunitarizacion;

i) Los esque­mas mora­les y lógi­cos con los que las per­so­nas cono­cen y actúan en el mun­do, capa­ces de ir des­mon­tan­do pro­ce­sual­men­te los mono­po­lios de la ges­tión de los bie­nes comu­nes de la sociedad.

Tene­mos, enton­ces, nudos prin­ci­pa­les, deci­si­vos y estruc­tu­ra­les; pero no se tra­ta de con­den­sa­cio­nes de fuer­zas gra­dua­les y en ascen­so, sino de com­po­nen­tes con­cén­tri­cos de las luchas de cla­ses que reve­lan la com­po­si­ción social, eco­nó­mi­ca, polí­ti­ca y sim­bó­li­ca del cam­po social, de la tra­ma social y del pro­ce­so esta­tal en marcha.

Cuan­do solo se dan cam­bios en los nudos prin­ci­pa­les, esta­mos ante reno­va­cio­nes regu­la­res en los sis­te­mas polí­ti­cos den­tro del mis­mo orden esta­tal. Si los cam­bios se pre­sen­tan en los nudos prin­ci­pa­les y en los nudos deci­si­vos, esta­mos ante revo­lu­cio­nes demo­crá­ti­cas y polí­ti­cas que renue­van el orden esta­tal capi­ta­lis­ta domi­nan­te bajo for­mas de amplia­ción demo­cra­ti­za­da de sus ins­ti­tu­cio­nes y dere­chos. Y cuan­do se dan cam­bios simul­tá­nea­men­te en los tres nudos (prin­ci­pa­les, deci­si­vosestruc­tu­ra­les), nos encon­tra­mos ante revo­lu­cio­nes socia­les que ini­cian un lar­go pro­ce­so de trans­for­ma­ción esta­tal, un nue­vo blo­que de cla­ses diri­gen­te, una demo­cra­ti­za­ción cre­cien­te de la polí­ti­ca y de la eco­no­mía, y −lo que es deci­si­vo− un pro­ce­so de des­mo­no­po­li­za­ción de la ges­tión de los bie­nes comu­nes de la socie­dad (impues­tos, dere­chos colec­ti­vos, ser­vi­cios bási­cos, recur­sos natu­ra­les, sis­te­ma finan­cie­ro, iden­ti­da­des colec­ti­vas, cul­tu­ra, sím­bo­los cohe­sio­na­do­res, redes eco­nó­mi­cas, etc.).

Reto­man­do la pro­pues­ta de la vía demo­crá­ti­ca al socia­lis­mo pou­lan­tzia­na, ésta supo­ne dos cosas más. En pri­mer lugar, la defen­sa y amplia­ción del plu­ra­lis­mo polí­ti­co, de la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va. En la actua­li­dad esto es una obvie­dad; sin embar­go, hace 30 años, en la izquier­da y en el mar­xis­mo, esa afir­ma­ción era una com­ple­ta here­jía por­que la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va esta­ba aso­cia­da a la demo­cra­cia bur­gue­sa. Y segu­ra­men­te el mis­mo Pou­lan­tzas debió haber reci­bi­do, por esa afir­ma­ción, innu­me­ra­bles crí­ti­cas de la izquier­da radi­cal “ofi­cial” y las con­si­guien­tes exco­mu­nio­nes políticas.

En segun­do lugar, Pou­lan­tzas tam­bién plan­tea la amplia­ción de los espa­cios de demo­cra­cia direc­ta. Derrum­ba­das las fide­li­da­des oscu­ran­tis­tas que obli­ga­ban al pen­sa­mien­to mar­xis­ta a muti­lar­se y silen­ciar­se en el altar de la obse­cuen­te defen­sa de unos regí­me­nes que a la lar­ga se mos­tra­ron como for­mas anó­ma­las de capi­ta­lis­mo de Esta­do, aho­ra com­pren­de­mos que las liber­ta­des polí­ti­cas y la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va son, en gran medi­da, resul­ta­do de las pro­pias luchas popu­la­res; son su dere­cho de ciu­da­da­nía y for­man par­te de su acer­vo, de la memo­ria colec­ti­va y de su expe­rien­cia polí­ti­ca. Es cier­to que la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va ayu­da a repro­du­cir el régi­men esta­tal capi­ta­lis­ta, pero tam­bién con­sa­gra los dere­chos socia­les, uni­fi­ca colec­ti­vi­da­des de cla­se y, lo que es más impor­tan­te, es un terreno fér­til para des­per­tar posi­bi­li­da­des demo­crá­ti­cas que van más allá de ella. Si bien la demo­cra­cia repre­sen­ta­ti­va pue­de deve­nir en una demo­cra­cia fósil que expro­pia la volun­tad social en ritua­les indi­vi­dua­li­za­dos que repro­du­cen pasi­va­men­te la domi­na­ción, tam­bién expre­sa par­te de la fuer­za orga­ni­za­ti­va alcan­za­da de las cla­ses subal­ter­nas, de sus lími­tes tem­po­ra­les, y, ante todo, es el esce­na­rio natu­ral en el que pue­den des­ple­gar­se y des­per­tar­se for­mas demo­crá­ti­cas y capa­ci­da­des aso­cia­ti­vas que van más allá de ella y del pro­pio Estado.

Cier­ta­men­te, lo popu­lar se cons­ti­tu­ye como suje­to polí­ti­co en las elec­cio­nes y en las liber­ta­des polí­ti­cas, pero tam­bién está cla­ro que lo popu­lar reba­sa lo mera­men­te repre­sen­ta­ti­vo; la irra­dia­ción demo­crá­ti­ca de la socie­dad crea o here­da espa­cios de par­ti­ci­pa­ción direc­ta, de demo­cra­cia comu­ni­ta­ria, de expe­rien­cia sin­di­cal y asam­bleís­ti­ca terri­to­rial, que tam­bién for­man par­te del plu­ra­lis­mo demo­crá­ti­co de la socie­dad. Esta dua­li­dad demo­crá­ti­ca repre­sen­ta­ti­va y par­ti­ci­pa­ti­va-direc­ta-comu­ni­ta­ria es la cla­ve para el enten­di­mien­to de la vía demo­crá­ti­ca al socialismo.

De hecho, des­de esta pers­pec­ti­va, el socia­lis­mo no está aso­cia­do a la esta­ti­za­ción de los medios de pro­duc­ción −que ayu­da a redis­tri­buir rique­za, pero que no es un tipo de pro­pie­dad social ni el ini­cio de un nue­vo modo de pro­duc­ción− o a un par­ti­do úni­co (que en el caso de Lenin, fue una excep­cio­na­li­dad tem­po­ral ante la gue­rra y la inva­sión de sie­te poten­cias mun­dia­les). El socia­lis­mo no pue­de ser nada menos que la amplia­ción irres­tric­ta de los espa­cios deli­be­ra­ti­vos y eje­cu­ti­vos de la socie­dad en la ges­tión de los asun­tos públi­cos y, a la lar­ga, en la pro­duc­ción y ges­tión de la rique­za social.

Al inte­rior de la audaz refle­xión pou­lan­tzia­na, la cues­tión de las for­mas de pro­pie­dad de los recur­sos eco­nó­mi­cos en el socia­lis­mo, y de la com­ple­ji­dad y difi­cul­tad en la cons­truc­ción de expe­rien­cias orga­ni­za­ti­vas para imple­men­tar for­mas de pro­pie­dad social, de pro­duc­ción social de rique­za y de ges­tión social de la pro­duc­ción que vayan más allá de la pro­pie­dad esta­tal y pri­va­da capi­ta­lis­ta, cons­ti­tu­yen un tema cen­tral pen­dien­te en sus escri­tos [xix] .

Vol­vien­do a la trá­gi­ca para­do­ja con la que carac­te­ri­za­mos el tiem­po en que se desa­rro­lla la obra de Pou­lan­tzas, qui­zás tam­bién en ella radi­que la vir­tud de su pen­sa­mien­to. Él supo mirar más allá de la derro­ta tem­po­ral que se ave­ci­na­ba para pro­po­ner los pun­tos noda­les del resur­gi­mien­to de un pen­sa­mien­to socia­lis­ta; solo que para eso tuvie­ron que pasar más de 30 años. Es así que los socia­lis­tas y mar­xis­tas de hoy, tene­mos mucho aún que apren­der de este inte­lec­tual para enten­der el pre­sen­te y para poder transformarlo.

*Con­fe­ren­cia dic­ta­da por el Vice­pre­si­den­te Álva­ro Gar­cía Line­ra, en la Uni­ver­si­dad de la Sor­bo­na de París, en el mar­co del “Colo­quio Inter­na­cio­nal dedi­ca­do a la obra de Nicos Pou­lan­tzas: un mar­xis­mo para el siglo XXI”, rea­li­za­do el 16 de enero de 2015. 

Fuen­te: http://​www​.rebe​lion​.org/


[ii] “Pre­ci­san­do algu­nas de mis for­mu­la­cio­nes ante­rio­res, diré que el Esta­do, capi­ta­lis­ta en este caso, no debe ser con­si­de­ra­do como una enti­dad intrín­se­ca, sino –al igual que suce­de, por lo demás, con el ʻ que el − como una rela­ción, más exac­ta­men­te como la con­den­sa­ción mate­rial de una rela­ción de fuer­zas entre cla­ses y frac­cio­nes de cla­se, tal como se expre­sa, siem­pre de for­ma espe­cí­fi­ca, en el seno del Esta­do (…) el Esta­do, como suce­de con todo dis­po­si­ti­vo de poder, es la con­den­sa­ción mate­rial de una rela­ción”. Pou­lan­tzas, N., Esta­do, poder y socia­lis­mo , Siglo XXI Edi­to­res, Méxi­co, 2005, pp. 154 y 175.

[iii] Ver Gödel, K., Sobre sen­ten­cias for­mal­men­te inde­ci­di­bles de Prin­ci­pia Mathe­ma­ti­ca y sis­te­mas afi­nes, en Obras com­ple­tas, Alian­za Edi­to­rial, Madrid, 2006. “Como es bien sabi­do, el pro­gre­so de la mate­má­ti­ca hacia una exac­ti­tud cada vez mayor ha lle­va­do a la for­ma­li­za­ción de amplias par­tes de ella, de tal modo que las deduc­cio­nes pue­den lle­var­se a cabo según unas pocas reglas mecá­ni­cas. (…) Resul­ta por tan­to natu­ral de que estos axio­mas y reglas bas­ten para deci­dir todas las cues­tio­nes mate­má­ti­cas que pue­den ser for­mu­la­das en dichos sis­te­mas. En lo que sigue se mues­tra que esto no es así, sino que, por el con­tra­rio, en ambos sis­te­mas hay pro­ble­mas rela­ti­va­men­te sim­ples de la teo­ría de los núme­ros natu­ra­les que no pue­den ser deci­di­dos con sus axio­mas (y reglas)”; pag.54.

De mane­ra más sim­ple, expli­ca Heh­ner, “ El pun­to impor­tan­te del resul­ta­do de Gödel no es la exis­ten­cia de enun­cia­dos ver­da­de­ros, pero inde­mos­tra­bles; lo impor­tan­te es que es fácil dise­ñar una teo­ría incom­ple­ta en la que algu­nas de las sen­ten­cias impo­si­bles de demos­trar pre­ten­dan repre­sen­tar ver­da­des. El resul­ta­do de Gödel dice que no hay un for­ma­lis­mo que des­cri­be com­ple­ta­men­te todos los for­ma­lis­mos (inclui­do el mis­mo). Pero es igual­men­te cier­to que cada for­ma­lis­mo es com­ple­ta­men­te des­crip­ti­ble por otro for­ma­lis­mo (…). El Pri­mer Teo­re­ma de Incom­ple­ti­tud de Gödel dice que una teo­ría par­ti­cu­lar, si es con­sis­ten­te, es incom­ple­ta… Cuan­do se des­cu­bre que una sen­ten­cia no es ni un teo­re­ma ni anti­teo­re­ma, pue­de ser uno o el otro, a nues­tra elec­ción, median­te la adi­ción de un axio­ma. El Segun­do Teo­re­ma de Incom­ple­ti­tud de Gödel dice que este pro­ce­so de adi­ción de axio­mas no pue­de hacer a la teo­ría com­ple­ta (y seguir sien­do con­sis­ten­te). Cuan­do se aña­de un axio­ma a una teo­ría, se obtie­ne una teo­ría dife­ren­te”. Heh­ner, E., “Embe­lle­cien­do a Gödel”, Uni­ver­si­dad de Toron­to, 1990, pp. 8 y 10.

[iv] “ Una aso­cia­ción de domi­na­ción debe lla­mar­se aso­cia­ción polí­ti­ca cuan­do y en la medi­da en que su exis­ten­cia y la vali­dez de sus orde­na­cio­nes, den­tro de un ámbi­to geo­grá­fi­co deter­mi­na­do, estén garan­ti­za­dos de un modo con­ti­nuo por la ame­na­za y apli­ca­ción de la fuer­za físi­ca por par­te de su cua­dro admi­nis­tra­ti­vo. Por esta­do debe enten­der­se un ins­ti­tu­to polí­ti­co de acti­vi­dad con­ti­nua­da, cuan­do y en la medi­da en que su cua­dro admi­nis­tra­ti­vo man­ten­ga con éxi­to la pre­ten­sión al mono­po­lio legí­ti­mo de la coac­ción físi­ca para el man­te­ni­mien­to del orden vigen­te”. Weber, M., Eco­no­mía y Socie­dad. Esbo­zo de la socio­lo­gía com­pren­si­va, Fon­do de Cul­tu­ra Eco­nó­mi­ca, Espa­ña, 2002, pp. 43 – 44.

[v] “ Nadie ha inven­ta­do los impues­tos o el mono­po­lio fis­cal. Nin­gún indi­vi­duo con­cre­to, o una serie de ellos, ha tra­ba­ja­do con un plan fijo con este obje­ti­vo a lo lar­go de los siglos en los cua­les se fue cons­ti­tu­yen­do len­ta­men­te esta ins­ti­tu­ción. Los impues­tos, como cual­quier otra ins­ti­tu­ción social, son un pro­duc­to de la inter­ac­ción social. Como si se tra­ta­ra de un para­le­lo­gra­mo de fuer­zas, los impues­tos nacen de la lucha de los diver­sos gru­pos e intere­ses socia­les, has­ta que, por últi­mo, tar­de o tem­prano aquel ins­tru­men­to que se había desa­rro­lla­do en un for­ce­jeo con­ti­nuo de las rela­cio­nes socia­les de fuer­za, se van con­vir­tien­do en una orga­ni­za­ción o ins­ti­tu­ción con­so­li­da­da, admi­ti­da por los intere­sa­dos de modo cons­cien­te y has­ta, si se quie­re, pla­ni­fi­ca­do. De este modo, y en rela­ción con una trans­for­ma­ción pau­la­ti­na de la socie­dad y con una tras­la­ción de las rela­cio­nes de fuer­za, va cam­bian­do tam­bién los suple­men­tos oca­sio­na­les que recau­dan los seño­res terri­to­ria­les para una deter­mi­na­da cam­pa­ña, o como dine­ro de res­ca­te de los pri­sio­ne­ros o para la dote de los hijos con­vir­tién­do­se en tri­bu­tos mone­ta­rios per­ma­nen­tes. A medi­da que va aumen­tan­do len­ta­men­te el sec­tor mone­ta­rio y mer­can­til en la socie­dad de eco­no­mía natu­ral, al paso que, de una casa con­cre­ta de seño­res feu­da­les sur­ge len­ta­men­te una casa real que domi­na sobre un terri­to­rio más amplio, la aide aux qua­tre cas feu­dal va con­vir­tién­do­se tam­bién en impues­tos”. Elias, N., El pro­ce­so de la civi­li­za­ción. Inves­ti­ga­cio­nes socio­ge­né­ti­cas y psi­co­ge­né­ti­cas, Fon­do de Cul­tu­ra Eco­nó­mi­ca, Madrid, 1987, p. 431.

[vi] “ La ins­ti­tu­ción del Esta­do como deten­ta­dor del mono­po­lio de la vio­len­cia sim­bó­li­ca legí­ti­ma pone, por su pro­pia exis­ten­cia, un lími­te a la lucha sim­bó­li­ca de todos con­tra todos por ese mono­po­lio (es decir, por el dere­cho a impo­ner el pro­pio prin­ci­pio de visión), y arre­ba­ta así cier­to núme­ro de divi­sio­nes y prin­ci­pios de divi­sión a esa lucha. Pero, al mis­mo tiem­po, con­vier­te al pro­pio Esta­do en una de las mayo­res apues­tas en la lucha por el poder sim­bó­li­co. En efec­to, el Esta­do es, por anto­no­ma­sia, el espa­cio de la impo­si­ción del nómos, como prin­ci­pio ofi­cial y efi­cien­te de ela­bo­ra­ción del mun­do, por ejem­plo, median­te los actos de con­sa­gra­ción y homo­lo­ga­ción que rati­fi­can, lega­li­zan, legi­ti­man, ʻomo prin­ci­pi situa­cio­nes o actos de unión (matri­mo­nio, con­tra­tos varios, etcé­te­ra) o de sepa­ra­ción (divor­cio, rup­tu­ra de con­tra­to), ele­va­dos de este modo del esta­do de mero hecho con­tin­gen­te, ofi­cio­so, inclu­so ocul­to (un ʻsit amo­ro­so’), al sta­tus de hecho ofi­cial, cono­ci­do y reco­no­ci­do por todos, publi­ca­do y públi­co. La for­ma por anto­no­ma­sia del poder sim­bó­li­co de ela­bo­ra­ción social­men­te ins­ti­tui­do y ofi­cial­men­te reco­no­ci­do es la auto­ri­dad jurí­di­ca, pues el dere­cho es la obje­ti­va­ción de la visión domi­nan­te reco­no­ci­da como legí­ti­ma o, si lo pre­fie­ren, de la visión del mun­do legí­ti­ma, de la orto­do­xia, ava­la­da por el Esta­do”. Bour­dieu, P., Medi­ta­cio­nes pas­ca­lia­nas, Edi­to­rial Ana­gra­ma, Bar­ce­lo­na, 1999, pp. 244 – 245.

[vii] “Pues si, en cual­quier coyun­tu­ra, los hom­bres no se enten­die­ran sobre estas ideas esen­cia­les, si no tuvie­ran una con­cep­ción homo­gé­nea del tiem­po, del espa­cio, de la can­ti­dad, de la cua­li­dad, etc., todo acuer­do entre las inte­li­gen­cias se vol­ve­ría impo­si­ble y, con ello toda visa común. Ade­más las socie­da­des no pue­den aban­do­nar al arbi­trio de los par­ti­cu­la­res sin aban­do­nar­se a sí mis­ma. Para poder vivir, no solo tie­nen nece­si­dad de un con­for­mis­mo moral sufi­cien­te; hay un míni­mo de con­for­mis­mo lógi­co del que tam­po­co pue­de pres­cin­dir. Por esta razón ejer­ce el peso de toda su auto­ri­dad sobre sus miem­bros para pre­ve­nir las disi­den­cias”. Durkheim, E., Las for­mas ele­men­ta­les de la vida reli­gio­sa, AKAL Edi­tor, Madrid, 1982, pp. 15 – 16.

[viii] “( …) por vir­tud de esta con­tra­dic­ción entre el inte­rés par­ti­cu­lar y el inte­rés común, cobra este últi­mo, en cuan­to Esta­do una for­ma pro­pia e inde­pen­dien­te, sepa­ra­da de los reales intere­ses par­ti­cu­la­res y colec­ti­vos y, al mis­mo tiem­po, una for­ma de comu­ni­dad ilu­so­ria, pero siem­pre sobre la base real de los víncu­los exis­ten­tes, den­tro de cada con­glo­me­ra­do fami­liar y tri­bal, tales como la car­ne y la san­gre, la len­gua, la divi­sión del tra­ba­jo en mayor esca­la y otros intere­ses y, sobre todo, como más tar­de habre­mos de desa­rro­llar, a base de los intere­ses de las cla­ses (…)”. Marx, C. y F. Engels, “Feuer­bach. Opo­si­ción entre las con­cep­cio­nes mate­ria­lis­tas e idea­lis­tas” (I capí­tu­lo de La ideo­lo­gía ale­ma­na), en Marx, C. y F. Engels, Obras esco­gi­das, Tomo I, Edi­to­rial Pro­gre­so, Mos­cú (URSS) , 1974, p. 31

[ix] “ A pri­me­ra vis­ta, una mer­can­cía pare­ce ser una cosa tri­vial, de com­pren­sión inme­dia­ta. Su aná­li­sis demues­tra que es un obje­to ende­mo­nia­do, rico en suti­le­zas meta­fí­si­cas y refe­ren­cias teo­ló­gi­cas. En cuan­to valor de uso , nada de mis­te­rio­so se ocul­ta en ella, ya la con­si­de­re­mos des­de el pun­to de vis­ta de que mer­ced a sus pro­pie­da­des satis­fa­ce nece­si­da­des huma­nas, o de que no adquie­re esas pro­pie­da­des sino en cuan­to pro­duc­to del tra­ba­jo humano (…) ¿De dón­de bro­ta, enton­ces, el carác­ter enig­má­ti­co que dis­tin­gue al pro­duc­to del tra­ba­jo no bien asu­me la for­ma de mer­can­cía ? Ob via­men­te, de esa for­ma mis­ma… Lo mis­te­rio­so de la for­ma mer­can­til con­sis­te sen­ci­lla­men­te, pues, en que la mis­ma refle­ja ante los hom­bres el carác­ter social de su pro­pio tra­ba­jo como carac­te­res obje­ti­vos inhe­ren­tes a los pro­duc­tos del tra­ba­jo, como pro­pie­da­des socia­les natu­ra­les de dichas cosas, y, por ende, en que tam­bién refle­ja la rela­ción social que media entre los pro­duc­to­res y el tra­ba­jo glo­bal, como una rela­ción social que media entre los obje­tos, exis­ten­te al mar­gen de los pro­duc­to­res”. Marx, K., El capi­tal , Tomo I, Vol. 1, Siglo XXI Edi­to­res, Méxi­co, 1987, pp. 87 – 88.

[x] Ver Capí­tu­lo I. La mer­can­cía, en Marx, K., El capi­tal , Tomo I, Vol. 1, Siglo XXI Edi­to­res, Méxi­co, 1987, pp. 43 – 102.

[xi] Por eso se pue­de afir­mar, de mane­ra cate­gó­ri­ca, que el núcleo de la teo­ría mar­xis­ta sobre el Esta­do y el poder, es la teo­ría de las for­mas del valor tra­ta­da en el capí­tu­lo pri­me­ro de El capi­tal.

[xii] Hollo­way, J., Cam­biar el mun­do sin tomar el poder. El sig­ni­fi­ca­do de la revo­lu­ción hoy. Revis­ta Herra­mien­ta, Bue­nos Aires, 2002.

[xiii] Hace refe­ren­cia al ata­que recien­te sufri­do por el sema­na­rio satí­ri­co fran­cés Char­lie Heb­do, en el que mue­ren ase­si­na­das a que­ma­rro­pa 12 per­so­nas, la mayo­ría miem­bros de la redac­ción de ese medio de comu­ni­ca­ción, inclui­do su direc­tor, Stépha­ne Char­bon­nier , cono­ci­do como Charb .

[xiv] Pou­lan­tzas, N., Esta­do, poder y socia­lis­mo , Siglo XXI Edi­to­res, Méxi­co, 2005, pp. 307 – 326.

[xv] “Se pue­de decir que el cesa­ris­mo expre­sa una situa­ción en la cual las fuer­zas en lucha se equi­li­bran de una mane­ra catas­tró­fi­ca, o sea de una mane­ra tal que la con­ti­nua­ción de la lucha no pue­de menos que con­cluir con la des­truc­ción recí­pro­ca. Cuan­do la fuer­za pro­gre­si­va A lucha con la fuer­za regre­si­va B, no sólo pue­de ocu­rrir que A ven­za a B o vice­ver­sa; pue­de ocu­rrir tam­bién que no ven­za nin­gu­na de las dos, que se debi­li­ten recí­pro­ca­men­te y que una ter­ce­ra fuer­za C inter­ven­ga des­de el exte­rior domi­nan­do a lo que res­ta de A y de B (…) En el mun­do moderno, con sus gran­des coa­li­cio­nes de carác­ter eco­nó­mi­co-sin­di­cal y polí­ti­co de par­ti­do, el meca­nis­mo del fenó­meno cesa­ris­ta es muy dife­ren­te del que exis­tió en la épo­ca de Napo­león III (…) En el mun­do moderno el equi­li­brio de pers­pec­ti­vas catas­tró­fi­cas no se veri­fi­ca entre fuer­zas que en últi­ma ins­tan­cia pudie­sen fun­dir­se y uni­fi­car­se, aun­que fue­ra lue­go de un pro­ce­so fati­go­so y san­grien­to, sino entre fuer­zas cuyo con­tras­te es incu­ra­ble des­de un pun­to de vis­ta his­tó­ri­co, y que se pro­fun­di­za espe­cial­men­te con el adve­ni­mien­to de for­mas cesa­ris­tas”. Grams­ci, A., Notas sobre Maquia­ve­lo, sobre la polí­ti­ca y sobre el Esta­do moderno, Edi­cio­nes Nue­va Visión, Madrid, 1980, pp. 71 – 72 y 74.

[xvi] “ La gue­rra de posi­ción, en efec­to, no está cons­ti­tui­da sólo por las trin­che­ras pro­pia­men­te dichas, sino por todo el sis­te­ma orga­ni­za­ti­vo e indus­trial del terri­to­rio que está ubi­ca­do a espal­das del ejér­ci­to: y ella es impues­ta sobre todo por el tiro rápi­do de los caño­nes, por las ame­tra­lla­do­ras, los fusi­les, la con­cen­tra­ción de las armas en un deter­mi­na­do pun­to y ade­más por la abun­dan­cia del reabas­te­ci­mien­to que per­mi­te sus­ti­tuir en for­ma rápi­da el mate­rial per­di­do lue­go de un avan­ce o de un retro­ce­so. Otro ele­men­to es la gran masa de hom­bres que cons­ti­tu­yen las fuer­zas des­ple­ga­das, de valor muy des­igual que jus­ta­men­te sólo pue­den ope­rar como masa”. Grams­ci, A., Notas sobre Maquia­ve­lo, sobre la polí­ti­ca y sobre el Esta­do moderno, Edi­cio­nes Nue­va Visión, Madrid, 1980, p. 80.

[xvii] Ver Gar­cía, Á., “Esta­do y revo­lu­ción: empa­te catas­tró­fi­co pun­to de bifur­ca­ción”, en Com­pen­dio. Dis­cur­sos ofi­cia­les del 22 de enero y 6 de agos­to (2006−2012), Vice­pre­si­den­cia del Esta­do Plu­ri­na­cio­nal, La Paz, 2012, pp. 35 – 44. Tam­bién Las ten­sio­nes crea­ti­vas de la revo­lu­ción. La quin­ta fase del Pro­ce­so de Cam­bio, Vice­pre­si­den­cia del Esta­do, La Paz, 2011.

[xviii] El prin­ci­pio espe­ran­za, Bloch, E., Edi­cio­nes Trot­ta, 3 tomos, Madrid, 2004.

[xix] Sobre el socia­lis­mo como puen­te entre el capi­ta­lis­mo y el comu­nis­mo, ver Gar­cía Line­ra, A., “ El Socia­lis­mo Comu­ni­ta­rio Demo­crá­ti­co del Vivir Bien” ( dis­cur­so en la Solem­ne Sesión de Honor de la Asam­blea Legis­la­ti­va Plu­ri­na­cio­nal para el acto de pose­sión pre­si­den­cial en la ciu­dad de La Paz, el 22 de enero de 2015 ).

o XXI»: Michael Löwy y Samuel Gon­zá­lezEn «Lucha de clases» 

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