Sí a la toma del pala­cio de invierno (I, II, III y IV par­te)- Borro­ka Garaia

14nreformaorevolucion

I

“El refor­mis­mo es una mane­ra que la bur­gue­sía tie­ne de enga­ñar a los obre­ros, que segui­rán sien­do escla­vos asa­la­ria­dos, pese a algu­nas mejo­ras ais­la­das, mien­tras sub­sis­ta el domi­nio del capi­tal. (…) Cuan­to mayor es la influen­cia de los refor­mis­tas en los obre­ros, tan­to menos fuer­za tie­nen éstos, tan­to más depen­den de la bur­gue­sía y tan­to más fácil le es a esta últi­ma anu­lar con diver­sas arti­ma­ñas el efec­to de las refor­mas.”

V. I. Lenin

Hoy leyen­do un artícu­lo el el dia­rio Gara me ha pare­ci­do aden­trar­me en la máqui­na del tiem­po y apa­re­cer en Ber­lín en 1850, horas antes de que nacie­ra Eduard Berns­tein. Le hubie­ra deja­do una nota para que la leye­ra cuan­do fue­ra mayor. Diría algo así: “No te lo vas a creer pero en el 2015 todo lo que dices va estar de moda en la izquier­da, y no solo eso, va a ser tra­ta­do como si fue­ra una nove­dad inno­va­do­ra de una izquier­da que nece­si­ta rein­ven­tar­se”.

El socia­lis­mo se logra­rá a tra­vés de una lucha pro­lon­ga­da, tenaz, avan­zan­do len­ta­men­te de posi­ción a posi­ción lo que pro­du­ci­rá una espe­cie de evo­lu­ción del capi­ta­lis­mo la apa­ri­ción de la demo­cra­cia y los logros de bene­fi­cios sin­di­ca­les que esa apa­ri­ción hace posi­ble sig­ni­fi­ca que el pro­le­ta­ria­do ten­dría cada vez más dere­chos a defen­der y por lo tan­to, menos razo­nes para una insu­rrec­ción. Todo lo ante­rior ha revo­lu­cio­na­do com­ple­ta­men­te las con­di­cio­nes de la lucha del pro­le­ta­ria­do. Los méto­dos de 1848 (la refe­ren­cia es al Mani­fies­to Comu­nis­ta) son obso­le­tos en todo sen­ti­do” .

Esto lo dijo Eduard, el padre del refor­mis­mo y la social­de­mo­cra­cia hace eones, antes inclu­so de muchas triun­fan­tes revo­lu­cio­nes socia­lis­tas. Y no es nada dife­ren­te a lo mis­mo que se nos vie­ne con­tan­do una y otra vez hoy en día. Pese a que la his­to­ria una y otra vez ha des­es­ti­ma­do todas estas tesis y la social­de­mo­cra­cia no haya toma­do nin­gún pala­cio de invierno ni con­se­gui­do abso­lu­ta­men­te nada, nada más que asen­tar el capi­ta­lis­mo median­te su gra­dua­lis­mo y la con­fian­za en las ins­ti­tu­cio­nes bur­gue­sas. La his­to­ria está ahí y no se pue­de fin­tar.

El caso es que se repi­ten una serie de man­tras una y otra vez y creo que va sien­do nece­sa­rio como míni­mo echar­les un vis­ta­zo.

Los man­tras que se repi­ten son estos:

- “Lo que hace años eran refor­mas bur­gue­sas al haber­se per­di­do reto­mar­las es revo­lu­cio­na­rio”
– “Lo refor­mis­ta tie­ne estra­te­gia, lo revo­lu­cio­na­rio care­ce de ella”
- “No se pue­de hacer otra cosa por­que esta­mos fatal y la socie­dad esta des­ideo­lo­gi­za­da”
– “Las ins­ti­tu­cio­nes bur­gue­sas acom­ple­jan a los revo­lu­cio­na­rios”
– “La izquier­da lati­no­ame­ri­ca­na ha con­se­gui­do alter­na­ti­vas y éxi­tos debi­do a su apues­ta ins­ti­tu­cio­nal”

– Y el mate­má­ti­co, el argu­men­to que nun­ca falla y siem­pre siem­pre apa­re­ce en este tipo de tex­tos. “La revo­lu­ción no pasa, aquí y aho­ra, por la toma del pala­cio de invierno”.

Yo no se quien habrá sido el pri­me­ro que dijo eso (aun­que me gus­ta­ría saber­lo), pero tam­bién me gus­ta­ría saber si real­men­te la legión de per­so­nas que lo adu­ce saben real­men­te qué dia­blos fue ver­da­de­ra­men­te la famo­sa toma del pala­cio de invierno. Me ima­gino que pien­san que fue algo así como una insu­rrec­ción mili­tar san­grien­ta que se lle­vó a todo por delan­te de un día a otro. Pero el caso fue que se des­car­tó una ofen­si­va arma­da y se optó por una estra­te­gia defen­si­va, ape­nas hubo nada de vio­len­cia, fue muy incruen­to. Que­dó cla­ro que una insu­rrec­ción arma­da con­tra el Gobierno pro­vi­sio­nal por par­te exclu­si­va­men­te de los bol­che­vi­ques sería recha­za­da por las masas; se apro­bó enton­ces la toma del poder pero siguien­do una estra­te­gia defen­si­va, que con­sis­tía en ase­gu­rar­se el tras­pa­so del poder duran­te el II Con­gre­so de los Sóviets a pun­to de cele­brar­se. Sería el Sóviet de Petro­gra­do el que toma­se el poder y cual­quier inten­to de resis­ten­cia del Gobierno se pre­sen­ta­ría como un ata­que con­tra­rre­vo­lu­cio­na­rio. Esta­ba todo el per­cal ven­di­do ya. Fue la orden guber­na­men­tal de enviar par­te de la guar­ni­ción lo que des­ató el esto­que final. Y es que la famo­sa toma del pala­cio de invierno no fue cosa de un día. La revo­lu­ción rusa, el hecho más influ­yen­te y deci­si­vo del siglo XX, no fue la toma de un pala­cio de invierno. Sino un pro­ce­so social que duró años, con una cade­na de cri­sis y suce­sos de una estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria exten­di­da en el tiem­po.

En cual­quier caso, vaya­mos direc­ta­men­te al artícu­lo de Iker Casa­no­va por­que creo que mere­ce la pena tra­tar­lo ya que sin­te­ti­za bas­tan­te bien en pri­me­ra ins­tan­cia el fata­lis­mo bersn­tei­niano para lue­go ante la supues­ta impo­si­bi­li­dad de cam­bios radi­ca­les ven­der tesis que lejos de una rein­ven­ción (nece­sa­ria) de la izquier­da, la retro­trae varios siglos hacia atrás. Que tenien­do en cuen­ta todo lo que ha caí­do des­de enton­ces como míni­mo es algo des­alen­ta­dor.

Si hoy un par­ti­do polí­ti­co euro­peo soli­ci­ta­ra la nacio­na­li­za­ción y el fun­cio­na­mien­to en régi­men de mono­po­lio públi­co de las tele­co­mu­ni­ca­cio­nes, la ener­gía, las redes de trans­por­te, así como del 50% de la ban­ca y par­te de la indus­tria, su pro­gra­ma sería cali­fi­ca­do de revo­lu­cio­na­rio radi­cal y utó­pi­co y ade­más cho­ca­ría con las nor­ma­ti­vas euro­peas que impe­di­rían desa­rro­llar tal pro­pues­ta en el seno de la UE. Pues bien, ese era el pano­ra­ma de la eco­no­mía en el Esta­do espa­ñol hace 25 años

Y se podría aña­dir enton­ces que Fran­co era un socia­lis­ta revo­lu­cio­na­rio por­que mucho antes de esos 25 años tenía muchas más cosas en ese sen­ti­do. Pero cla­ro, hay un peque­ño deta­lle que no se sue­le comen­tar. Es un feti­che deman­dar “lo públi­co”, o la ban­ca públi­ca, como si por ese titu­la­ri­dad públi­ca per se, ya se resol­vie­ran todos los pro­ble­mas, y se dota­ra de una cua­li­dad éti­ca, ope­ra­ti­va y de segu­ri­dad muy supe­rior a lo pri­va­do. Ni que decir tie­ne que el máxi­mo expo­nen­te públi­co del sec­tor ban­ca­rio espa­ñol, el Ban­co de Espa­ña, por muy públi­co que es, ade­más de su fun­ción máxi­ma de regu­la­dor ban­ca­rio y finan­cie­ro, ha deja­do hacer, ha mira­do para otro lado, en bene­fi­cio pre­ci­sa­men­te de la ban­ca pri­va­da. Por ejem­plo una “ban­ca públi­ca” ope­ra­rá siem­pre al com­pás de los intere­ses del gru­po en el poder, que para eso es pro­pie­ta­rio el Esta­do, su Esta­do. El dic­ta­dor Fran­co creó una red de ban­cos públi­cos sec­to­ria­les, des­de lue­go se pue­de dedu­cir que no con voca­ción de for­ta­le­cer los intere­ses popu­la­res, pre­ci­sa­men­te. Por lo tan­to lo fun­da­men­tal aquí como en casi todo es el sis­te­ma base don­de se ope­ra y que ten­tácu­los tie­ne ope­ra­ti­vos el capi­tal. Por eso lo revo­lu­cio­na­rio tan­to hace 40 años, 25 y hoy mis­mo nun­ca pue­de ser sim­ple­men­te lo públi­co sino cam­biar las bases del entra­ma­do don­de está asen­ta­do.

La con­tra­rre­vo­lu­ción libe­ral, el colap­so del blo­que socia­lis­ta y la inca­pa­ci­dad de la izquier­da occi­den­tal para rein­ven­tar­se nos han lle­va­do a esta situa­ción. (…)

Aquí es don­de está uno de los meo­llos de todo el asun­to. Aun­que pre­ci­sa­men­te no está. Se obvia. Y es que mucha izquier­da occi­den­tal sí se rein­ven­tó hace déca­das, vaya que sí lo hizo. Y eso fue pre­ci­sa­men­te uno de los moti­vos más impor­tan­te de la situa­ción en la que aho­ra nos encon­tra­mos.

La mayo­ría de los par­ti­dos comu­nis­tas se pasa­ron a la social­de­mo­cra­cia, de la revo­lu­ción se pasó al gra­dua­lis­mo, las tesis refor­mis­tas se hicie­ron hege­mó­ni­cas en casi toda la izquier­da. Se empe­zó a defen­der el esta­do del bien­es­tar, a aban­do­nar estra­te­gias revo­lu­cio­na­rias y a acep­tar la ins­ti­tu­cio­na­li­dad bur­gue­sa. Se lle­gó a pen­sar en un capi­ta­lis­mo ama­ble que a base de refor­mas mejo­ra­ría la situa­ción de la cla­se tra­ba­ja­do­ra. En Euro­pa fue cono­ci­do como euro­co­mu­nis­mo esta ola que ha lle­ga­do has­ta el día de hoy. El euro­co­mu­nis­mo mano a mano con la social­de­mo­cra­cia clá­si­ca es la mayor res­pon­sa­ble de lo suce­di­do.

Por­que del capi­tal se pue­de espe­rar pro­ce­der pero esta izquier­da hizo el res­to. Por lo tan­to vol­ver a repe­tir los para­dig­mas de esa izquier­da no pue­de mas que lle­var a una situa­ción simi­lar que debi­do al con­tex­to actual lo hace aún mas agra­van­te. La inexis­ten­cia de estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria hace que las refor­mas gra­dua­lis­tas sean par­te de un pro­ce­so refor­mis­ta y no refor­mas no refor­mis­tas de un pro­ce­so de rup­tu­ra con nin­gu­na aspi­ra­ción a asen­tar­se en la ges­tión del capi­ta­lis­mo sino a erra­di­car­lo. Este es uno de los dile­mas al que se enfren­ta la izquier­da aber­tza­le hoy en día. Que ten­drá que plan­tear sin duda una estra­te­gia de “toma del pala­cio de invierno” ( de rup­tu­ra radi­cal) don­de se pue­dan inser­tar pasos tác­ti­cos que ali­men­ten esa vía o por el con­tra­rio sucum­bir al tac­ti­cis­mo y hacer el camino que ya hicie­ron muchos otros con los resul­ta­dos enci­ma de la mesa.

( Leer segun­da par­te )

El por­qué la izquier­da no pue­de ya reto­mar el refor­mis­mo ni aun­que quie­ra como méto­do de avan­ce lo expli­ca­ba bas­tan­te bien nues­tro que­ri­do ami­go Petri­ko Barreno en un comen­ta­rio en el blog:

El padre ideo­ló­gi­co putati­vo de todos sus hijos, ale­mán y lla­ma­do Eduard Berns­tein: “Los fines, los obje­ti­vos, no son nada. El movi­mien­to es todo”. Es decir, según él, que para qué teo­ri­zar, des­cu­brir, deba­tir, expre­sar dudas o rea­li­zar una crí­ti­ca, para qué some­tar­la a la prác­ti­ca y de esta otra vez a la teo­ría y vuel­ta a empe­zar , eso no es nada, según el tal Eduar­do, lo ver­da­de­ra­men­te impor­tan­te era mover­se, la prác­ti­ca, la prác­ti­ca, hay que ser prag­má­ti­co, lo que que­ría decir es que a fin de cuen­tas hay que ser opor­tu­nis­ta, como todo buen polí­ti­co, apro­ve­char aquí o allá o mas allá, con­se­guir cosas ‑lo que sea‑, aun­que pue­de que no sig­ni­fi­quen gran cosa al final pero eso da igual. ¿y del socia­lis­mo, pa’cuando?. “El mun­do fue y sera una por­que­ría ya lo se, en el qui­nien­tos seis y en el dos mil tam­bién “, can­ta­ba el tan­go, enton­ces para que nos vamos a preo­cu­par por cosas tan dis­tan­tes, de incier­tos futu­ri­bles, el socia­lis­mo a ver­las venir, cen­tré­mo­nos en el pan de hoy, sea­mos prác­ti­cos, pues bien todo eso es el tema dis­cur­si­vo de aquel Eduar­do. Que­da­ba muy cla­ra la cosa, el orden rei­na­ba en Ber­lín, en París o don­de fue­ra, el capi­ta­lis­mo dor­mía tran­qui­lo los social­de­mó­cra­tas esta­ban en nómi­na, eran fables, dili­gen­tes, demo­crá­ti­cos y muy prác­ti­cos.

Por cier­to Rosa Luxem­bur­go le tenía un paque­te enor­me al tal Eduar­do (y este a ella, por­que tenía un pico que era una daga afi­la­da), pero esto son cosas meno­res y sin impor­tan­cia. Lo bási­co era res­pon­der a la pre­gun­ta que plan­tea­ba Rosa, ¿o refor­ma o revo­lu­ción?. Y los social­de­mó­cra­tas, res­pon­die­ron, vaya que si res­pon­die­ron, cuan­do lle­go el momen­to, eli­gie­ron no solo refor­ma, sino que se suma­ron a la reac­ción, y man­da­ron a sus miem­bros mili­tan­tes jun­to a las tro­pas pro­to-nazis de los frei­korps a masa­crar a los espar­ta­quis­tas en las calles ber­li­ne­sas en enero de 1919, y mas tar­de mirar para otro lado cuan­do ase­si­nan a Karl y a Rosa.

Cuan­do se habla de key­ne­sia­nis­mo, (o en su defec­to de neo­li­be­ra­lis­mo), se aso­cia a un con­jun­to de medi­das guber­na­men­ta­les de carác­ter eco­nó­mi­co, que en defi­ni­ti­va pare­cie­ra que se redu­ce a una “polí­ti­ca eco­nó­mi­ca” de un tipo o de otro, es decir como si tra­ta­ra de un jue­go de elec­ción. Un gobierno dado pue­de ser mas pro­cli­ve a adop­tar una polí­ti­ca eco­nó­mi­ca fren­te a otro que adop­ta­ra su con­tra­ria, vamos una espe­cie de “teo­ría de la elec­ción” suje­ta a la “volun­tad” par­ti­cu­lar de cada cual: así, hipo­té­ti­ca­men­te los social­de­mó­cra­tas serán supues­ta­men­te key­ne­sia­nos, y los libe­ra­les o los con­ser­va­do­res o de la dere­cha serán neo­li­be­ra­les. Pues bien, esto no es cier­to. Los social­de­mó­cra­tas euro­peos (o de la Con­chin­chi­na sep­ten­trio­nal) lle­van adop­tan­do medi­das neo­li­be­ra­les des­de hace déca­das, en la mis­ma Euro­pa del bien­es­tar, sin des­pei­nar­se.
No exis­te “polí­ti­ca eco­nó­mi­ca” por fue­ra del capi­ta­lis­mo; el Esta­do cum­ple una fun­ción de sujec­ción de las reglas para ese capi­ta­lis­mo ope­re en las mejo­res con­di­cio­nes. Y toda polí­ti­ca eco­nó­mi­ca se ajus­ta a sus nece­si­da­des, no adop­ta una vía sepa­ra­da ni es autó­no­ma a la evo­lu­ción del capi­tal, ¿Por qué se adop­ta el paque­te neo­li­be­ral?. Por­que así lo requie­re el capi­tal. Si se me per­mi­tes, lo resu­me en tres gran­des epí­gra­fes que defi­nen el neo­li­be­ra­lis­mo, que son: mone­ta­ris­mo, pri­va­ti­za­ción y des­re­gu­la­ción. Mone­ta­ris­mo, por­que esta­mos en una eta­pa de plef­to­ra de capi­ta­les que no pue­den valo­ri­zar­se en el pro­ce­so de pro­duc­ción, de ahí que se pro­du­ce la finan­cia­ri­za­ción, por lo tan­to, sera la regu­la­ción (o su ausen­cia) mone­ta­ria una pie­za fun­da­men­tal y nece­sa­ria (tipos de cam­bios, emi­sión mone­ta­ria, tipo de inte­rés, flu­jos finan­cie­ros, mer­ca­dos finan­cie­ros, etc.); pri­va­ti­za­ción, el capi­tal bus­ca ince­san­te­men­te, nue­vos espa­cios de ganan­cia, por eso hay que pri­va­ti­zar todo lo pri­va­ti­za­ble (y cuan­do hay pér­di­das se socia­li­za a tra­vés del Esta­do, con­ver­ti­do en deu­da sobe­ra­na); y des­re­gu­la­ción, des­mon­tar el Esta­do del bien­es­tar pero tam­bién eli­mi­nar todo el inter­ven­cio­nis­mo esta­tal de la era ante­rior key­ne­sia­na, el capi­tal no pue­de evo­lu­cio­nar con tra­bas y cau­te­las, debe sobre­pa­sar sobre ellas, de aquí la lucha con­tra mer­ca­dos pro­te­gi­dos o esta­ta­les, la OMC y la gobla­li­za­ción, el capi­tal se ha expan­di­do has­ta el final de la tie­rra, redi­men­sio­na el espa­cio para bus­car sus­tan­cia plus­va­lís­ti­ca, o ganan­cia de pira­ta, debe de ganar algo, por­que el dine­ro, el dine­ro en sí mis­mo no vale nada, sino pue­de cre­cer y mul­ti­pli­car­se.
Bien, ese es el momen­to del capi­tal, y en con­se­cuen­cia es un autén­ti­co brin­dis al sol, creer que se va a retor­nar al key­ne­sia­nis­mo o a algu­na ver­sión simi­lar de con­ten­ción del capi­tal. No lo va a hacer, el capi­tal no es un tipo malo, gor­do y cíni­co con som­bre­ro de copa y fumán­do­se un puro. El capi­tal, es una fuer­za cie­ga, obje­ti­va, autis­ta, irre­fre­na­ble, si no lo hace una frac­ción lo hace otra, tie­ne que satis­fa­cer su valo­ri­za­ción. No hay espa­cio posi­ble para una vuel­ta al ayer, no hay bille­te de regre­so a los cin­cuen­ta o sesen­ta euro­peos (a la supues­ta “eco­no­móa social” ale­ma­na ‑Wal­ter Euc­ken, etc.- o al hipo­té­ti­co “socia­lis­mo escan­di­na­vo”)

¿Y cómo es que dicen Krug­man y tan­tos otros que otra Euro­pa es posi­ble, que hay alter­na­ti­vas?. De pro­pa­gan­da esta­mos enve­ne­na­dos, sepul­ta­dos en tone­la­das de dis­trac­cio­nes. Resul­ta que Esta­dos Uni­dos o Japón y alguno más, han con­se­gui­do con menos éxi­to que publi­ci­dad sos­te­ner lige­ros rit­mos de acti­vi­dad, peque­ñas recu­pe­ra­cio­nes eco­nó­mi­cas, a base de inyec­tar en la eco­no­mía ingen­tes can­ti­da­des de recur­sos líqui­dos, en con­di­cio­nes super­fa­bu­lo­sas, dine­ro rega­la­do a inte­rés casi cero y en plan barra libre. Pues bien, esta tesis, que se supo­ne que es “key­ne­sia­na” para ello, es decir sos­te­ner una expan­sión mone­ta­ria a fal­ta de inver­sión pri­va­da para favo­re­cer la reac­ti­va­ción, se basa en una de las con­di­cio­nes que esta cri­sis esta reve­lan­do.

Si en los seten­ta se pro­du­jo una para­do­ja como lo era que simul­tá­nea­men­te se com­bi­na­ran infla­ción y rece­sión, en la enton­ces deno­mi­na­da estan­fla­cion; la medi­da a adop­tar era la res­tric­ción mone­ta­ria, para con­tro­lar la infla­ción, (pri­me­ra fase del mone­ta­ris­mo). Hoy, es un pro­ce­so dis­tin­to, se pro­du­ce la com­bi­na­ción de defla­ción y rece­sión, es decir, y aquí vie­nen los key­ne­sia­nos, quie­nes afir­man que es con­tra­rio a la lógi­ca, que en tales cir­cuns­tan­cias se pro­mue­va aus­te­ri­dad y una polí­ti­ca res­tric­ti­va, que lo que debie­ra de hacer­se es al con­tra­rio, ante el esce­na­rio defla­cio­nis­ta, se debe de des­ple­gar una polí­ti­ca expan­si­va que favo­rez­ca el cre­ci­mien­to. Por lo tan­to esta es la supues­ta alter­na­ti­va, este es el neo-key­ne­sia­nis­mo del que tan­to ale­gan los social­de­mó­cra­tas (y mona­gui­llos que les acom­pa­ñan): de ahí a supo­ner una nue­va fase alcis­ta de sala­rios, amplia­ción del gas­to social, o regu­la­ción de la eco­no­mía o desa­rro­llo del sec­tor públi­co de la eco­no­mía, eso, ya es mucho supo­ner, que mas bien va a ser que no, y no se espe­ra nada de nada (bueno, si se quie­ren pro­me­sas y pala­bras que encan­di­len, total no cues­tan, todas las nece­sa­rias)..

El mejor ejem­plo de que no fun­cio­nan las cosas son pre­ci­sa­men­te EE.UU y Japón, lo han inten­ta­do con todo, pero no hay mane­ra que des­pe­gue este gigan­tes­co paja­rra­co que es el capi­tal, está mas endeu­da­do que un aris­tó­cra­ta, pero ese no es pro­ble­ma ‑que lo es- en cual­quier momen­to se per­do­dan las deu­das, se rese­tean y ya está. El pro­ble­ma es que no se valo­ri­za lo sufi­cien­te, cada vez mas y mas capi­ta­les se ponen a la cola, en la puer­ta de la pro­duc­ción, pero no con­si­guen su peda­ci­to de plus­va­lía. Y en esa esta­mos, lle­va­mos cua­ren­ta años con el tema, unos momen­tos pare­ce que tira ‑aumen­to de ganancias‑, pero la ten­den­cia es inexo­ra­ble, inevi­ta­ble a la baja. [¿oh los BRICS?, plea­se, que Rusia ya lle­va­ba meses de cre­ci­mien­to nega­ti­vo hace un tiem­po, o sea­se rece­sión, y Putin con un pro­gra­ma de ajus­te social de mil pares de cojo­nes para los rusos ‑dice que está sobre­di­men­sio­na­do el gas­to social a su esca­la de PIB-; Chi­na, está para­li­zan­do su pro­duc­ción y la cla­se obre­ra chi­na sale mas a la calle a hacer huel­ga por aumen­tos sala­ria­les ‑lo cual es impor­tan­tí­si­mo-; Bra­sil con la estu­pi­dez del Mun­dial y en dos años las olim­pia­das, se pue­de armar una muy gor­da; etc…..]. ¿La revo­lu­ción boli­va­ria­na?, Muy bien, gra­cias, apli­can­do las medi­das neo­li­be­ra­les con­sen­sua­das con las gran­des trans­na­cio­na­les petro­le­ras, gasís­ti­cas y mine­ro-car­bo­ní­fe­ras.

Con todo este pano­ra­ma, se pue­de uno pre­gun­tar, ¿hay con­gruen­cia?. El refor­mis­mo era fun­cio­nal en la eta­pa de los trein­ta años glo­rio­sos, ser­vía la social­de­mo­cra­cia, las deman­das sala­ria­les se satis­fa­cían, los sin­di­ca­tos fun­cio­na­ban como con­tro­la­do­res de la cla­se obre­ra, y a esta la some­tían a un sue­ño de con­su­mis­mo. Hoy nada de eso ya pue­de fun­cio­nar, el pro­ble­ma del capi­ta­lis­mo, no es poder pro­du­cir una cosa u otra, sino que sea ren­ta­ble el hacer­lo…. y a final de cuen­tas, solo pue­de ser ren­ta­ble, si jus­to al final de todo el ciclo glo­bal (de todas las pro­duc­cio­nes, sec­to­res o áreas) exis­te un exce­den­te, lla­ma­do plus­va­lía, para que se reini­cie un nue­vo ciclo y así suce­si­va­men­te. Y eso es lo que ya no hay. El capi­ta­lis­mo se está reve­lan­do cada vez mas, para mas gen­te y de modo mas evi­den­te, como super­fluo, como un obs­tácu­lo, como un inú­til pará­si­to, para que se satis­fa­gan las nece­si­da­des socia­les. Sos­te­ner­lo es una pér­di­da de tiem­po, de ener­gía, y de recur­sos, enton­ces, para que endul­zar­lo, o apa­ren­tar que tie­ne alter­na­ti­vas, de que tie­ne vida, si es todo lo con­tra­rio, un decre­pi­to lleno de ven­da­jes, engra­na­jes, pró­te­sis o mucho maqui­lla­je. Que se hun­da, y se vaya por el des­ague de la his­to­ria.

II

“Al neo­li­be­ra­lis­mo le ha suce­di­do el ultra­li­be­ra­lis­mo y la tan cacarea­da rein­ven­ción del capi­ta­lis­mo ha sido en reali­dad una pro­fun­di­za­ción en sus peo­res carac­te­rís­ti­cas. La ya famo­sa «doc­tri­na del shock» ha ser­vi­do de coar­ta­da para una eli­mi­na­ción pro­gre­si­va de dere­chos socia­les (…) creo que la defen­sa de los dere­chos exis­ten­tes se con­vier­te en la pri­me­ra obli­ga­ción y en pla­ta­for­ma impres­cin­di­ble para poder recla­mar más tar­de nue­vos avan­ces (…)”

Más impor­tan­te que las coar­ta­das y excu­sas que pue­da usar el capi­tal y sus esbi­rros, que siem­pre serán fal­sas, es ana­li­zar las razo­nes por las que se han pro­du­ci­do ¿por qué se han pro­du­ci­do recor­tes? ¿por qué ha habi­do un empeo­ra­mien­to en cuan­to a dere­chos socia­les?. ¿Es pro­duc­to de deci­sio­nes polí­ti­cas inco­rrec­tas de los dife­ren­tes gobier­nos? ¿Tie­ne el capi­ta­lis­mo mejo­res y peo­res carac­te­rís­ti­cas que se pue­den impul­sar según con­ven­ga? . Como se comen­ta­ba en el post ante­rior el capi­tal no es un tipo malo, gor­do, cíni­co con som­bre­ro de copa y fumán­do­se un puro. El capi­tal, es una fuer­za cie­ga, obje­ti­va, autis­ta e irre­fre­na­ble. Des­de hace muchí­si­mo tiem­po la izquier­da revo­lu­cio­na­ria ya ha teo­ri­za­do estas situa­cio­nes y por­qué ocu­rren las cri­sis. Un pro­ce­so que es inhe­ren­te al capi­ta­lis­mo en su camino hacia la bar­ba­rie y la des­truc­ción total de la vida. Un camino del que no pue­de des­viar­se por­que sino deja­ría de ser capi­ta­lis­mo. No exis­ten mejo­res carac­te­rís­ti­cas del capi­ta­lis­mo ni pue­de ser ama­ble. Es su esen­cia.

Es por ello que la defen­sa de dere­chos míni­mos de la cla­se tra­ba­ja­do­ra en ple­na cri­sis estruc­tu­ral no solo no ha con­se­gui­do nin­gún resul­ta­do, sino que no lo con­se­gui­rá. Y se irán api­lan­do cada vez más todo tipo de retro­ce­sos has­ta que el capi­tal arran­que su ciclo de toma de plus­va­lía en las con­di­cio­nes favo­ra­bles que requie­re. Y esas con­di­cio­nes favo­ra­bles que requie­re son las mis­mas con­di­cio­nes que requie­re el sis­te­ma para sus­ten­tar­se. Por ello mis­mo sin un cam­bio sus­tan­cial y estruc­tu­ral del sis­te­ma no habrá ya recu­pe­ra­ción de dere­chos socia­les por muy pro­gre­sis­tas que sean los gobier­nos. Pues esos dere­chos socia­les fue­ron con­se­gui­dos en un tiem­po y con­tex­to eco­nó­mi­co que en Euro­pa se fue para no vol­ver. Que ya no exis­te. Supo­ner en este con­tex­to una nue­va fase alcis­ta de sala­rios, amplia­ción del gas­to social, regu­la­ción de la eco­no­mía en cual­quier Esta­do euro­peo es sim­ple­men­te enga­ñar a la cla­se tra­ba­ja­do­ra sino se pro­du­cen ya mis­mo cam­bios estruc­tu­ra­les por­que esas polí­ti­cas key­ne­sia­nas no pue­den tener ya reco­rri­do debi­do a pasos irre­ver­si­bles y eta­pas ya que­ma­das por el capi­tal.

Por lo tan­to nos encon­tra­mos en una situa­ción en la que si no se pro­du­cen cam­bios radi­ca­les polí­ti­cos y eco­nó­mi­cos por fue­ra de la lógi­ca del capi­ta­lis­mo y del entra­ma­do bur­gués no hay espa­cio para la recu­pe­ra­ción de dere­chos ni mucho menos para recla­mar nue­vos avan­ces, enquis­tán­do­nos en un fase resis­ten­cia­lis­ta de “recla­ma­cio­nes” que es en la que esta­mos sumi­dos des­de hace déca­das en vez de des­atar una ofen­si­va social. Ese resis­ten­cia­lis­mo y ese key­ne­sia­nis­mo es lo que está asen­tan­do la pér­di­da de dere­chos. Por lo que es fun­da­men­tal que la cla­se tra­ba­ja­do­ra pase a la ofen­si­va y empie­ce a cons­truir en otros pará­me­tros no depen­dien­tes del capi­tal median­te cam­bios radi­ca­les y acción direc­ta. Esto es total­men­te simi­lar a la cons­truc­ción nacio­nal vas­ca. Lo que en el artícu­lo se está pro­po­nien­do sería la defen­sa de los “dere­chos auto­nó­mi­cos” e inten­tar parar la cen­tra­li­za­ción espa­ño­la, y una vez con­se­gui­do eso inten­tar con­se­guir nue­vas trans­fe­ren­cias . Si en el aspec­to nacio­nal se entien­de que eso sería un sui­ci­dio inde­pen­den­tis­ta, lo que esta­mos comen­tan­do es un sui­ci­dio socia­lis­ta por­que la rei­vin­di­ca­ción de dere­chos socia­les obvia­men­te es par­te sus­tan­cial de un pro­ce­so social de cam­bio, pero es par­te de , no el pro­ce­so en sí mis­mo, si no tene­mos ese pro­ce­so aquí y aho­ra, un pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio con una alter­na­ti­va y brú­ju­la hacia dón­de ir y qué cam­bios estruc­tu­ra­les son nece­sa­rios sería lo mis­mo que en un pro­ce­so de libe­ra­ción nacio­nal des­co­no­cer la auto­de­ter­mi­na­ción y la inde­pen­den­cia. Y esto es lo que en mi opi­nión no se aca­ba de enten­der o sim­ple­men­te la “cla­se media” quie­re recu­pe­rar­se un poco a cos­ta de la cla­se tra­ba­ja­do­ra y que esa sea la alter­na­ti­va. Creo que el MLNV no nació para eso ni Sor­tu tam­po­co.

(…) Defen­der el Esta­do del bien­es­tar no es refor­mis­mo si se inser­ta en una lógi­ca polí­ti­ca de tras­cen­der el sis­te­ma. (…)

El pro­ble­ma es que a par­te de que el supues­to esta­do de bien­es­tar espa­ñol no es el nues­tro y de que la eta­pa de supues­to esta­do de bien­es­tar no pue­de vol­ver por estar que­ma­da y supe­ra­da por el capi­tal, solo el idea­lis­mo que no par­te del estu­dio de la reali­dad mate­rial pue­de pen­sar lo con­tra­rio. Para trans­cen­der el sis­te­ma es obvio que es nece­sa­ria una estra­te­gia que lo tras­cien­da con obje­ti­vos estra­té­gi­cos y cons­truc­ción de la alter­na­ti­va. Cosa que hoy fal­ta no ya en el sobe­ra­nis­mo de izquier­da, sino cla­mo­ro­sa­men­te en Sor­tu.

Pues no exis­te nin­gu­na alter­na­ti­va supe­ra­do­ra del capi­ta­lis­mo de cara a Eus­kal Herria. Posi­ble­men­te si la V asam­blea de ETA escri­bió algu­na, se per­dió la direc­ción don­de se guar­da­ba seme­jan­te teso­ro. KAS y Ekin nun­ca pudie­ron lle­gar a esbo­zar el plano del socia­lis­mo vas­co, inmer­sos en tareas de cons­truc­ción nacio­nal y social, que avan­zan en ese camino pero al mis­mo tiem­po sin direc­ción con­cre­ta por no tener ni el boce­to estra­té­gi­co de las bases del esta­do socia­lis­ta vas­co. Otro tan­to ocu­rre con las orga­ni­za­cio­nes juve­ni­les revo­lu­cio­na­rias vas­cas. Y si mira­mos a LAB, bas­tan­te han teni­do con la labor resis­ten­cia­lis­ta de los dere­chos de los y las tra­ba­ja­do­ras

Las con­se­cuen­cias de que no se haya avan­za­do en ese aná­li­sis estra­té­gi­co de esta­do vas­co socia­lis­ta es que la uni­dad popu­lar ( lo voy a dejar ahí aun­que por el momen­to se está lejos de la filo­so­fía de uni­dad popu­lar y leyen­do algu­nas entre­vis­tas a repre­sa­lia­dos de ANV se cae el cora­zón al sue­lo) , mas allá del lema de esta­do socia­lis­ta y la men­ción a ins­tau­rar una eco­no­mía pla­ni­fi­ca­da toman­do como prin­ci­pio la socia­li­za­ción de los medios de pro­duc­ción en un pro­ce­so de lucha de cla­ses, no tie­ne abso­lu­ta­men­te nada desa­rro­lla­do en ese sen­ti­do y la opción hege­mó­ni­ca a día de hoy en cier­tas estruc­tu­ras y en el aca­de­mi­cis­mo es la de lograr un capi­ta­lis­mo menos feroz, ya sea a tra­vés de un “socia­lis­mo iden­ti­ta­rio”, que no supera el capi­ta­lis­mo, o en el peor de los casos apos­tan­do sin amba­ges por la social­de­mo­cra­cia pura y dura.

Es decir, a nivel estra­té­gi­co la izquier­da aber­tza­le ha sufri­do una ero­sión con­ti­nua­da des­de hace muchos años que ha hecho pasar del socia­lis­mo a la “socio­eco­no­mía”. Y hablo a nivel estra­té­gi­co don­de el balan­ce es desas­tro­so. Hay erro­res para que así sea pero tam­bién situa­cio­nes obje­ti­vas muy difí­ci­les de supe­rar rela­cio­na­das con el con­flic­to. Sin embar­go a nivel de “crear con­di­cio­nes”, del día a día, el balan­ce es bas­tan­te posi­ti­vo. A tra­vés del movi­mien­to popu­lar se ha logra­do levan­tar un espa­cio anti-sis­té­mi­co inau­di­to para su entorno y una labor ingen­te duran­te muchos años de cons­truc­ción nacio­nal y social. Todo ello, la lucha de la izquier­da aber­tza­le y el movi­mien­to popu­lar, ha crea­do unos mim­bres que hace que Eus­kal Herria sea la nación mas avan­za­da de cara a dar pasos hacia el socia­lis­mo de su entorno euro­peo. ¿Vamos a dejar que se mar­chi­te todo? ¿No vamos a ofre­cer sali­das estra­té­gi­cas y pro­ce­sos hacia ellas?. Esta­mos en el pro­ce­so y camino de per­der ese espí­ri­tu de movi­mien­to popu­lar y sin ese con­di­men­to no tene­mos nada que hacer.

Cla­ro que una cosa es tener los mim­bres, y otra muy dife­ren­te es avan­zar. El no impul­so de una teo­ría socia­lis­ta vas­ca de carác­ter revo­lu­cio­na­rio que par­tien­do de la expe­rien­cia de la lucha gene­ra­da en déca­das y la pro­pia his­to­ria, cul­tu­ra e idio­sin­cra­cia vas­ca vaya dibu­jan­do el plano de la demo­cra­cia socia­lis­ta para Eus­kal Herria y que fal­te un dise­ño estra­té­gi­co glo­bal de la lucha de cla­ses deri­va­do de ello es una rémo­ra casi insal­va­ble que inci­de en todo ello hacién­do­nos ins­ta­lar en limi­ta­cio­nes como el sectorialismo,o sub­si­dia­ris­mo de luchas que en reali­dad son estra­té­gi­cas y dejan­do por tan­to el camino libre a toda cla­se de teo­rías pos­mo­der­nas o modas ideo­ló­gi­cas que se las lle­va el vien­to. No ayu­da tam­po­co que la orga­ni­za­ción socia­lis­ta revo­lu­cio­na­ria que debe­ría estar lan­zan­do pro­pues­tas y estu­dian­do méto­dos y for­mas de avan­ce para que la cla­se tra­ba­ja­do­ra vas­ca las enri­quez­ca esté des­apa­re­ci­da.

Exis­te vida más allá del pro­gre­sis­mo y Sor­tu debe­ría pre­ci­sa­men­te estar ahí ani­man­do a la gen­te, sien­do par­te acti­va de un dis­cur­so que man­de a la mier­da todo lo que hay que man­dar y cons­tru­ya lo nue­vo, pero todo son pegas, todo difi­cul­ta­des, todo es apla­car, apa­gar, en vez de encen­der. El artícu­lo de Iker no ten­dría que estar diri­gi­do como está a los sec­to­res revo­lu­cio­na­rios de este país para sose­gar­los y des­mo­ra­li­zar­los, sino a los pro­gre­sis­tas de este país para encen­der­los y que se dejen de gai­tas y pegas, de que es nece­sa­rio cam­biar­lo todo. De que no va a pasar nada que no sea bueno si deja­mos la OTAN y la UE (tran­qui­los, Eus­kal Herria siem­pre esta­rá en Euro­pa gra­cias a las pla­cas tec­tó­ni­cas), que el capi­tal nece­si­ta pre­sión y peo­res cosas ven los niños por la TV, que el socia­lis­mo no tie­ne cuer­nos y rabo y que si algún per­so­na­je públi­co de la izquier­da aber­tza­le dice esta­do socia­lis­ta vas­co no va a ocu­rrir nin­gún terre­mo­to (pro­bar­lo), como tam­po­co ocu­rri­ría si EH Bil­du empie­za a impul­sar un movi­mien­to comu­nal o auto­ges­tio­na­rio ahí don­de gobier­na o a impul­sar leyes no escri­tas en nin­gún esta­tu­to o cons­ti­tu­ción más allá de la volun­tad de las veci­nas, o que en vez de pasar tan­tas horas abu­rri­das en los ayun­ta­mien­tos se trans­fi­rie­ra el poder a fue­ra de sus pare­des o impul­sar vivien­das de auto­cons­truc­ción por 15 euros al mes.

Me gus­ta­ría aun­que solo sea oir al res­pon­sa­ble de la dipu­tación foral de Gipuz­koa que se van a vaciar las comi­sa­rías de la ertzain­tza para abrir pro­yec­tos labo­ra­les auto­ges­tio­na­dos por actua­les para­dos y para­das y que se van a trans­fe­rir los medios de pro­duc­ción más impor­tan­tes y toda la indus­tria gipuz­koa­na a con­trol obre­ro. Si cla­ro, lo ten­dría­mos jodi­do de entra­da pero con las risas que nos iba­mos a echar con las caras que pon­drían la patro­nal y la bur­gue­sía vas­ca ten­dría­mos para rato mien­tras les vamos jodien­do con peque­ñas o gran­des cosas de un pro­ce­so que paso a paso y des­de aba­jo vaya crean­do la alter­na­ti­va al capi­ta­lis­mo, no un capi­ta­lis­mo mejo­ra­do sino su alter­na­ti­va.

Nada impi­de empe­zar a dar pasos tan­to en lo nacio­nal como en lo social.¿Por qué no libe­rar la men­te y salir de la cua­drí­cu­la del posi­bi­lis­mo, el elec­to­ra­lis­mo y del pro­gre­sis­mo vacuo? ¿Para qué enton­ces estar cohi­bi­dos y meter en vere­da cuan­do hay que rom­per­la?. Tene­mos un poten­cial que no lo que­re­mos ver. Y no hay aná­li­sis de coyun­tu­ra que ofrez­ca excu­sa posi­ble ni posi­bi­lis­ta. Pasar de la “rei­vin­di­ca­ción social” al ata­que y a la cons­truc­ción social. Nadie nos dará dere­chos. Lo para­dó­ji­co de todo esto es que las posi­bi­li­da­des, la fuer­za elec­to­ral con nue­vas alzas y el pro­gre­so social ven­drían de la mano de pre­ci­sa­men­te salir de la cua­drí­cu­la del posi­bi­lis­mo, el elec­to­ra­lis­mo y del pro­gre­sis­mo vacuo. Hay que avi­var el fue­go no apa­gar­lo. Se lo mere­ce el pue­blo tra­ba­ja­dor vas­co y tam­bién la izquier­da aber­tza­le.

III

Como dijo un repre­sen­tan­te de Syri­za en un recien­te via­je a Eus­kal Herria: «han hecho que hoy en día la dig­ni­dad sea un ejer­ci­cio revo­lu­cio­na­rio». Defen­der los dere­chos socia­les y la demo­cra­cia se ha con­ver­ti­do en algo revo­lu­cio­na­rio, en una Revo­lu­ción Demo­crá­ti­ca.

Y como está vien­do Syri­za aho­ra mis­mo su pro­gra­ma está neu­tra­li­za­do por la fuer­za cie­ga del capi­tal y la UE y su capa­ci­dad de extor­sión. Impo­si­bi­li­tán­do­le recu­pe­rar dere­chos y for­zán­do­le a seguir los cau­ces dic­ta­dos por el poder domi­nan­te. Todo ello por no tener una vía rup­tu­ris­ta con esos pode­res y haber pues­to la con­fian­za en refor­mas no rup­tu­ris­tas y haber vira­do al cen­tro median­te una pers­pec­ti­va elec­to­ra­lis­ta. No se pue­den revo­lu­cio­nar demo­crá­ti­ca­men­te estruc­tu­ras del capi­tal que en su esen­cia son anti-demo­crá­ti­cas. No exis­te capi­ta­lis­mo demo­crá­ti­co. Syri­za aho­ra mis­mo es el vivo ejem­plo de las limi­ta­cio­nes del neo-refor­mis­mo y del calle­jón sin sali­da al que está abo­ca­do de no pro­du­cir­se un gol­pe de timón. De no pro­du­cir­se una alian­za entre toda la izquier­da grie­ga, apo­ya­da en la con­fron­ta­ción popu­lar y de no dotar­se de obje­ti­vos estra­té­gi­cos rup­tu­ris­tas, en Gre­cia vamos a ver algo que hemos vis­to en Euro­pa en dema­sia­das oca­sio­nes. Lo esta­mos vien­do ya. No exis­te demo­cra­cia en Gre­cia, es un país secues­tra­do, la defen­sa de la demo­cra­cia bur­gue­sa grie­ga es más de lo mis­mo. Para empe­zar a hablar de demo­cra­cia en Gre­cia se ten­dría que rom­per con las estruc­tu­ras que la some­ten, des­de la OTAN, pasan­do por la Troi­ka y la UE y lle­gan­do has­ta la oli­gar­quía grie­ga.

La dere­cha euro­pea y el capi­tal lo sabe mejor que nadie. Por eso están aho­ra exul­tan­tes y con los ojos bri­llan­tes tras las cesio­nes con­ti­nua­das del gobierno grie­go. Des­de su cinis­mo e hipo­cre­sía se creen vic­to­rio­sos inten­tan­do hacer ver a la pobla­ción que las rei­vin­di­ca­cio­nes de Syri­za o cual­quier izquier­da euro­pea que pro­pon­ga algu­nos cam­bios son una locu­ra e invia­bles. Des­gra­cia­da­men­te no dar­les la razón sería infan­til. Tie­nen razón. Son invia­bles esos cam­bios den­tro de las estruc­tu­ras y el sis­te­ma domi­nan­te y sim­ple­men­te bas­ta la volun­tad des­al­ma­da del poder ban­ca­rio para poner las cosas en el lugar que requie­ren. Sin rup­tu­ra no va a haber cam­bios. La social­de­mo­cra­cia per­te­ne­ce a un pasa­do que no pue­de vol­ver y es inca­paz de gene­rar nin­gu­na revo­lu­ción. Ni siquie­ra demo­crá­ti­ca. No acep­tar esta reali­dad hace que la ilu­sión por el cam­bio se con­vier­ta en ilu­sio­nis­mo. Sin­ce­ra­men­te me gus­ta­ría saber de dón­de se saca la con­fian­za en que el capi­tal es refor­ma­ble por­que no hay un solo ejem­plo en la his­to­ria de la huma­ni­dad que indi­que algo pare­ci­do. Gre­cia en la zona euro, bajo el man­to de la OTAN, las direc­tri­ces de la troi­ka y acep­tan­do una deu­da mise­ra­ble crea­da por el pro­pio capi­tal segui­rá sien­do excla­va. ¿Qué revo­lu­ción demo­crá­ti­ca es posi­ble cuan­do no hay inten­ción, como se ha demos­tra­do por aho­ra, de rom­per con esos esque­mas?

El carác­ter revo­lu­cio­na­rio de un pro­yec­to no se defi­ne por la radi­ca­li­dad del pro­gra­ma polí­ti­co que es capaz de redac­tar sino por la pro­fun­di­dad de los cam­bios que es capaz de gene­rar.

No exis­te dife­ren­cia entre pro­gra­ma polí­ti­co y acción prác­ti­ca. Los cam­bios son resul­ta­do de una pra­xis suje­ta a un pro­gra­ma. De una tác­ti­ca suje­ta a una estra­te­gia con obje­ti­vos. Teo­ría y prác­ti­ca van de la mano. El carác­ter revo­lu­cio­na­rio de un pro­yec­to sí se defi­ne por la radi­ca­li­dad del pro­gra­ma polí­ti­co ya que esa es la brú­ju­la de la pra­xis revo­lu­cio­na­ria que gene­ra cam­bios.

Eli­mi­nar esa brú­ju­la es la base fun­da­men­tal del refor­mis­mo. Es pre­ci­sa­men­te eli­mi­nar la radi­ca­li­dad del pro­gra­ma y nublar­lo para de esta mane­ra cam­biar­lo por el prag­ma­tis­mo sin direc­ción estra­té­gi­ca. “Los fines, los obje­ti­vos, no son nada. El movi­mien­to es todo”. Es la fra­se de cabe­ce­ra de padre del refor­mis­mo. Según él, que para qué teo­ri­zar, des­cu­brir, deba­tir, expre­sar dudas o rea­li­zar una crí­ti­ca, para qué some­tar­la a la prác­ti­ca y de esta otra vez a la teo­ría y vuel­ta a empe­zar , eso no es nada, según el tal Eduard Berns­tein, lo ver­da­de­ra­men­te impor­tan­te era mover­se, la prác­ti­ca, la prác­ti­ca, hay que ser prag­má­ti­co, lo que que­ría decir es que a fin de cuen­tas hay que ser opor­tu­nis­ta, como todo buen polí­ti­co, apro­ve­char aquí o allá o mas allá, con­se­guir cosas ‑lo que sea‑, aun­que pue­de que no sig­ni­fi­quen gran cosa al final pero eso da igual. ¿y del socia­lis­mo, pa’cuando?. “El mun­do fue y sera una por­que­ría ya lo se, en el qui­nien­tos seis y en el dos mil tam­bién “, can­ta­ba el tan­go, enton­ces para que nos vamos a preo­cu­par por cosas tan dis­tan­tes, de incier­tos futu­ri­bles, el socia­lis­mo a ver­las venir, cen­tré­mo­nos en el pan de hoy, sea­mos prác­ti­cos, pues bien todo eso es el tema dis­cur­si­vo de aquel Eduar­do. Que­da­ba muy cla­ra la cosa, el orden rei­na­ba en Ber­lín, en París o don­de fue­ra, el capi­ta­lis­mo dor­mía tran­qui­lo los social­de­mó­cra­tas esta­ban en nómi­na, eran fables, dili­gen­tes, demo­crá­ti­cos y muy prác­ti­cos.

Algu­nos sec­to­res de la izquier­da sien­ten un cier­to pudor a la hora de defen­der la acción institucional/​electoral con el entu­sias­mo con que se impli­can en otras luchas. Es un com­ple­jo a supe­rar, como está supe­ra­do en Amé­ri­ca, don­de la izquier­da sí ha logra­do rein­ven­tar­se para cons­ti­tuir de for­ma exi­to­sa alter­na­ti­vas de poder y en don­de los mili­tan­tes más poli­ti­za­dos son los pri­me­ros en impli­car­se sin reser­vas en cada con­tien­da elec­to­ral, con­ce­bi­da como una bata­lla más del pro­ce­so de cam­bio con­ti­nen­tal.

No exis­te nin­gún pudor a la hora de defen­der la acción institucional/​electoral en la izquier­da revo­lu­cio­na­ria des­de los tiem­pos de los bol­che­vi­ques, que la pusie­ron en prác­ti­ca cuan­do fue nece­sa­rio. De haber­lo lo ha sido exclu­si­va­men­te en el anar­quis­mo clá­si­co y en la auto­no­mía obre­ra y con mati­ces. En la izquier­da aber­tza­le no ha habi­do nin­gún pro­ble­ma o pudor en ese sen­ti­do, pues para ello fue crea­da Herri Bata­su­na hace déca­das. Y duran­te todo este tiem­po has­ta hoy son inexis­ten­tes pos­tu­ras que recha­cen la lucha ins­ti­tu­cio­nal dia­léc­ti­ca como par­te del pro­ce­so de libe­ra­ción nacio­nal y social. Por lo tan­to no exis­tien­do ese pro­ble­ma y com­ple­jo no se pue­den bus­car solu­cio­nes ahí.

De hecho, si no se defien­de la lucha ins­ti­tu­cio­nal actual con entu­sias­mo habrá que bus­car las cau­sas en otra par­te. Qui­zás pue­da ser por­que esa lucha ins­ti­tu­cio­nal no se haya desa­rro­llan­do en bue­nas con­di­cio­nes.

Algu­nas pis­tas pue­den ser que Sor­tu esté lejos de ser una uni­dad popu­lar, que en vez de ser un pun­to de encuen­tro de los inde­pen­den­tis­tas y socia­lis­tas de este país que dise­ñan estra­te­gias, las com­par­tan o no com­par­tan en dife­ren­tes gra­dos, hayan teni­do dema­sia­do peso pos­tu­ras que inten­tan pasar el rodi­llo no dejan­do espa­cio a dife­ren­cias enquis­tán­do­se un dog­ma­tis­mo mal­sano en torno a una mera estra­te­gia ofi­cial que se con­vier­te en tótem y arma arro­ja­di­za. Que en vez de un Sor­tu hete­ro­gé­neo, se haya bus­ca­do un Sor­tu homo­gé­neo. Cuan­do la izquier­da aber­tza­le no lo es. Con­vi­ven sec­to­res posi­bi­lis­tas y social­de­mó­cra­tas, con socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rios, mar­xis­tas e inclu­so liber­ta­rios. Que el dis­cur­so úni­co y el per­so­na­lis­mo ha toma­do una pre­pon­de­ran­cia nun­ca vis­ta. Que Sor­tu ha inten­ta­do abar­car más de lo que es. Casi en la línea de hacer que el MLNV sea sinó­ni­mo de Sor­tu. Sien­do el MLNV un movi­mien­to polí­ti­co de libe­ra­ción nacio­nal y social con tra­ba­jo en diver­sos ámbi­tos, con diver­sas orga­ni­za­cio­nes. Rom­per la fle­xi­bi­dad orga­ni­za­ti­va y seguir un mode­lo clá­si­co de par­ti­do cen­tris­ta aun­que se ten­gan bue­nas inten­cio­nes está abo­ca­do a ser pará­si­to de las diná­mi­cas popu­la­res y cen­tra­do en un ombli­guis­mo ins­ti­tu­cio­nal y elec­to­ral pudien­do hacer que sea el camino direc­to más rapi­do hacia la inte­gra­ción en el sis­te­ma. Una cosa es lucha ins­ti­tu­cio­nal y elec­to­ral y otra es ins­ti­tu­cio­na­lis­mo auto­cen­tra­do y elec­to­ra­lis­mo.

Si a estos posi­bles fac­to­res le uni­mos que el sobe­ra­nis­mo de izquier­da se ha cons­trui­do no como una alian­za social des­de aba­jo sino en base a dis­cu­sio­nes de des­pa­cho entre dife­ren­tes par­ti­dos que a su vez han sido los que sin una base social detrás han ido toman­do deci­sio­nes, el des­ape­go y la fal­ta de entu­sias­mo pue­de apa­re­cer no tenien­do nin­gu­na rela­ción con com­ple­jos ni supues­tos deba­tes mora­les sobre las ins­ti­tu­cio­nes pese a que los peli­gros siem­pre estén pre­sen­tes. El pro­ble­ma es que se hayan podi­do ya tras­pa­sar en algu­nos aspec­tos las líneas de peli­gro y cómo se pue­de rever­tir esa situa­ción.

Lo de Amé­ri­ca lati­na es dema­sia­do com­pli­ca­do como para hablar de un pro­ce­so úni­co, pues exis­ten muchí­si­mas dife­ren­cias de país a país en como se han ido desa­rro­llan­do las cosas. En algu­nos casos ha habi­do invo­lu­cio­nes increí­bles de manos del refor­mis­mo que aho­ra com­ba­te al movi­mien­to popu­lar dura­men­te por muchas meda­llas en el pasa­do que ten­gan algu­nos, en otros casos el pro­gre­sis­mo está cum­plien­do una estra­te­gia neta­men­te neo­li­be­ral, en otros se ha abra­za­do el capi­ta­lis­mo en un pro­ce­so simi­lar a lo rea­li­za­do por el PSOE y PCE en su día. Etc.. y ahí don­de las alter­na­ti­vas se abren paso, si qui­ta­mos a Cuba, habría que nom­brar en pri­mer lugar a Vene­zue­la y como comen­ta­ba un lec­tor, el pro­ce­so boli­va­riano es de tran­si­ción hacia el socia­lis­mo, y aho­ra mis­mo está con­tra las cuer­das ya que las refor­mas no pue­den por sí solas hacer el cam­bio nece­sa­rio para avan­zar al ser aún una eco­no­mía capi­ta­lis­ta. En esa encru­ci­ja­da están y pue­den per­der si no avan­zan deci­di­da­men­te hacia el socia­lis­mo y la bur­gue­sía vene­zo­la­na pier­de sus pri­vi­le­gios. Si no ocu­rre eso, el pro­ce­so boli­va­riano des­apa­re­ce­rá con vio­len­cia o en las urnas y algún empu­jón exte­rior.

Creo que en Eus­kal Herria exis­te cier­to mito sobre algu­nos de los “gobier­nos pro­gre­sis­tas” de lati­noa­mé­ri­ca que en reali­dad en muchos de los casos no se corres­pon­de con la reali­dad. No es que algu­nas izquier­das se hayan rein­ven­ta­do sino que sim­ple y lla­na­men­te han deja­do de ser­lo y se han esco­ra­do al neo­li­be­ra­lis­mo, un pro­ce­so que en Euro­pa ya lo vivi­mos. Lle­gan­do en algu­nos casos has­ta la dere­cha. Y creo que muchos se han tra­ga­do que el capi­ta­lis­mo pue­de fun­cio­nar con supues­tos polí­ti­cos hon­ra­dos pese a que no se ten­gan en cuen­ta a todos los fac­to­res que indi­cen en cada situa­ción.

Pre­ci­sa­men­te en los luga­res don­de se ha man­te­ni­do la lla­ma revo­lu­cio­na­ria sea Chia­pas, Cuba, Vene­zue­la o algún gobierno pro­gre­sis­ta de los poquí­si­mos que no le temen dema­sia­do al movi­mien­to popu­lar es don­de han habi­do avan­ces. En la mayo­ría de supues­tos gobier­nos pro­gre­sis­tas no se ha abier­to paso aún nin­gu­na alter­na­ti­va ni inten­to de alter­na­ti­va, se ha dila­pi­da­do el movi­mien­to popu­lar y lo que se ha asen­ta­do es la social­de­mo­cra­cia o cosas peo­res mien­tras el país es repar­ti­do por las oli­gar­quías loca­les y los anti­guos gue­rri­lle­ros están mar­gi­na­dos sal­vo a alguno que colo­can para apa­ren­tar como aquí hizo la social­de­mo­cra­cia con los Onain­dias.

Como comen­ta­ba Ricar­do Napu­rií, la mayo­ría de esos gobier­nos pro­gre­sis­tas lati­no­ame­ri­ca­nos no cam­bia­ron la natu­ra­le­za del Esta­do. Las ins­ti­tu­cio­nes siguie­ron como antes, inclu­so no se cam­bió la natu­ra­le­za de la vía par­la­men­ta­ria a un sis­te­ma de expre­sión popu­lar a tra­vés de meca­nis­mos de mani­fes­ta­ción más direc­ta de las mayo­rías popu­la­res. Se dejó la ins­ti­tu­cio­na­li­dad en pie, lo que ha per­mi­ti­do que las fuer­zas patro­na­les y del capi­tal, se hayan ido recom­po­nien­do. EEUU está pre­sen­te tra­tan­do de recap­tu­rar y reco­lo­ni­zar Amé­ri­ca Lati­na. Y que nadie se lle­ve a enga­ño, muchos de los gobier­nos supues­ta­men­te pro­gre­sis­tas cola­bo­ran con ellos por el bien de la “eco­no­mía” o mime­ti­zan pos­tu­ra median­te BRIC.

Lo nue­vo, lo impor­tan­te que hay que des­ta­car, es que estos pro­ce­sos lle­gan a estos lími­tes por­que un actor impor­tan­te, antes dor­mi­do, inter­vie­ne en la vida polí­ti­ca: las masas popu­la­res movi­li­za­das. Esos gobier­nos pro­gre­sis­tas en la mayo­ría de casos no fue­ron impul­so­res de esas masas, las recha­zan (inclu­so com­ba­ten a veces) o las “invi­tan” a que par­ti­ci­pen, pero les temen cuan­do estas masas popu­la­res van más lejos de lo que ellos podrían per­mi­tir­se en razón de sus lími­tes polí­ti­cos e ideo­ló­gi­cos. Enton­ces, crean una coyun­tu­ra en que está la reac­ción y las masas popu­la­res don­de pue­den pelean­do entre sí y muchos de los gobier­nos que ten­drían que ser con­se­cuen­tes y optar por éstas a tra­vés de medi­das no lo hacen.

Por eso no aca­ba de abrir­se paso la alter­na­ti­va en muchos de los con­si­de­ra­dos gobier­nos pro­gre­sis­tas y la his­to­ria ven­drá con su pén­du­lo.

A veces cuan­do se habla de Amé­ri­ca lati­na real­men­te pien­so si se hace real­men­te de los ejem­plos posi­ti­vos don­de extraer ense­ñan­zas o se refie­re a otras cosas.

IV

Aspi­ra­mos al socia­lis­mo, pero es obvio que, aun­que hay muchos ele­men­tos a impul­sar des­de ya, el pun­to de par­ti­da de ese cam­bio pro­fun­do debe­ría ser un esce­na­rio tác­ti­co de avan­ces socia­les simi­lar a los rela­ta­dos ante­rior­men­te. Pre­ten­der ace­le­rar el rit­mo de cam­bio, sal­tar­se eta­pas, solo con­lle­va la rup­tu­ra con la mayo­ría social, que es el suje­to impres­cin­di­ble de cual­quier trans­for­ma­ción real. (…) Las fuer­zas que debe­mos derro­tar no son, aquí y aho­ra, las bayo­ne­tas de nin­gún ejer­ci­to sino la con­vic­ción, hoy por hoy social­men­te hege­mó­ni­ca, de que el sis­te­ma actual es el úni­co posi­ble (…)

La revo­lu­ción en el actual con­tex­to geo­grá­fi­co, his­tó­ri­co y polí­ti­co no pue­de enten­der­se como una vio­len­ta toma del poder o como un cor­to e inten­so perio­do de trans­for­ma­cio­nes radi­ca­les, sino como un pro­ce­so sos­te­ni­do de lucha ideo­ló­gi­ca y cam­bios que des­em­bo­que en una inver­sión (revo­lu­ción) de los obje­ti­vos de la polí­ti­ca y la eco­no­mía: poner la eco­no­mía al ser­vi­cio de las nece­si­da­des de la gen­te y no al revés. Es un pro­ce­so ini­cial­men­te de recu­pe­ra­ción (o ins­tau­ra­ción) de la demo­cra­cia, tér­mino que eti­mo­ló­gi­ca­men­te tie­ne ya de por sí el revo­lu­cio­na­rio sig­ni­fi­ca­do de poder popu­lar. Para des­pués, en ese esce­na­rio de demo­cra­cia radi­cal, seguir avan­zan­do hacia el socia­lis­mo.

Como ya se ha comen­ta­do en los ante­rio­res artícu­los de esta serie, un esce­na­rio tác­ti­co que no está inser­to en una estra­te­gia de rup­tu­ra (que se tie­ne que teo­ri­zar, desa­rro­llar y poner en prác­ti­ca des­de aho­ra mis­mo) se con­vier­te en tac­ti­cis­mo y le impo­si­bi­li­ta salir del refor­mis­mo no sien­do obje­ti­vos tác­ti­cos de un plan estra­té­gi­co revo­lu­cio­na­rio de lar­go cala­do sino que ape­nas supera las fron­te­ras de la pro­me­sa o el opor­tu­nis­mo sin direc­ción.

Debi­do al con­tex­to actual y a los pasos irre­ver­si­bles dados por el capi­tal en Euro­pa, esos esce­na­rios tác­ti­cos de recu­pe­ra­ción de dere­chos son mate­rial­men­te impo­si­bles de lograr ya, a no ser que se reali­cen cam­bios estruc­tu­ra­les y radi­ca­les al mar­gen de la lógi­ca del capi­ta­lis­mo. Pero no solo eso, sino que no tener­lo en cuen­ta en vez de dar cuer­po y fuer­za al suje­to de cam­bio, lo que pro­du­ce es un asen­ta­mien­to de la lógi­ca del capi­tal en las masas y la des­apa­ri­ción de la pers­pec­ti­va de rup­tu­ra rom­pien­do de cua­jo el hilo entre obje­ti­vos tác­ti­cos y estra­té­gi­cos y hacien­do inco­ne­xo cual­quier tipo de supues­tas eta­pas, jus­ta­men­te lo que se dice pro­mo­ver.

El camino al socia­lis­mo es uno solo. Al igual que el camino a la inde­pen­den­cia es uno solo. Tan­to la inde­pen­den­cia como el socia­lis­mo requie­ren de aná­li­sis estra­té­gi­cos y vías en cons­tan­te cons­truc­ción nacio­nal y social sin espe­rar a días mági­cos o tram­po­li­nes que lle­ga­rían supues­ta­men­te si se cua­dran diver­sas estre­llas en el cie­lo. Olvi­dar eso es hacer inco­ne­xa la lucha y crear com­par­ti­men­tos estan­cos, que no siguen una lógi­ca.

Es com­ple­ta­men­te fal­so y supo­ne un error de trá­gi­cas con­se­cuen­cias para un movi­mien­to el pen­sar que un pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio per se, es algo que deja atrás a las masas y a las mayo­rías socia­les sal­tán­do­se etá­pas ale­gre­men­te y por ello des­car­tar un pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio en espe­ra a que las con­di­cio­nes cai­gan del cie­lo. Por­que pre­ci­sa­men­te cual­quier pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio, nun­ca en la his­to­ria ha sido cosa de un día sino pro­duc­to de estra­te­gias de lar­go alcan­ce. Y es que es pre­ci­sa­men­te ese pro­ce­so revo­lu­cio­na­rio el que ha sido el que ha crea­do median­te su dia­léc­ti­ca y pra­xis las con­di­cio­nes de su triun­fo, no un movi­mien­to uni­la­te­ral que de repen­te de la nada crea un triun­fo.

Por ello lo razo­na­ble es acti­var una estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria, que ten­ga como obje­ti­vo el cam­bio radi­cal, y en ese camino es don­de entra en jue­go la tác­ti­ca. Algo que es muy dife­ren­te a no lle­var a cabo una estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria de cam­bio radi­cal y per­der­se en la tác­ti­ca. Subir peque­ños esca­lo­nes inde­fi­ni­da­men­te cre­yen­do que de esta mane­ra en algún momen­to dado se lle­ga­rá a algún tipo de meta o tram­po­lín con­tra­di­ce a toda la his­to­ria de la cla­se obre­ra y de los pue­blos. No hay más que mirar a Eus­kal Herria por­que esa ha sido la tesis his­tó­ri­ca del PNV, afir­man­do que median­te el auto­no­mis­mo se lle­ga a la inde­pen­den­cia. Cla­ro que en reali­dad ni siquie­ra les impor­ta. Es lo mis­mo que nos ha dicho la social­de­mo­cra­cia tam­bién, que mejo­ran­do el capi­ta­lis­mo lle­ga­ría­mos al socia­lis­mo. No hay más que echar un vis­ta­zo alre­de­dor para dar­se cuen­ta del enga­ño.

En resu­mi­das cuen­tas. Es posi­ble una estra­te­gia revo­lu­cio­na­ria de cam­bio radi­cal que acu­mu­le fuer­zas, encuen­tre mayo­rías y ten­ga una pra­xis diver­si­fi­ca­da y tác­ti­ca a dife­ren­tes nive­les para­le­la­men­te que tam­bién acu­mu­len fuer­zas en un pro­ce­so poli­fa­cé­ti­co al mis­mo tiem­po. Eso es lo que crea un rit­mo y una direc­ción y eso es lo que aumen­ta el gra­do de con­cien­cia. Eso es lo que une tác­ti­ca y estra­te­gia. Lo con­tra­rio es poner en hiber­na­ción el cam­bio real, des­ar­mar ideo­ló­gi­ca­men­te a la masa crí­ti­ca y entre­gar­se a una lógi­ca de derro­ta antes de pre­sen­tar bata­lla. Que muchos pien­sen que el sis­te­ma actual es el úni­co posi­ble no se con­tra­rres­ta acep­tán­do­lo sino mos­tran­do median­te la lucha ideo­ló­gi­ca, la pra­xis y el ejem­plo que no es así.

Las fuer­zas que debe­mos derro­tar sí son, aquí y aho­ra, las bayo­ne­tas del ejer­ci­to, unas bayo­ne­tas cada día mas sofis­ti­ca­das que se hun­den has­ta en lo más recón­di­to del cora­zón de la pobla­ción. El ver­du­go de las mil caras lle­va bayo­ne­tas. De muchos tipos. Todas cor­tan­tes. La lucha por la libe­ra­ción nacio­nal y social vas­ca tie­ne que derro­tar­las. A las de los esta­dos espa­ñol y fran­cés y a las del capi­tal. Es la lucha de cla­ses his­tó­ri­ca, es la lucha de los pue­blos por su sobe­ra­nía. Aun­que se qui­te la mira­da de las bayo­ne­tas segui­rán apun­tan­do, segui­rán cla­ván­do­se, segui­rán impi­dien­do, segui­rán blo­quean­do y des­tru­yen­do. Ganar el cora­zón del pue­blo es fun­da­men­tal , igual de fun­da­men­tal que ese mis­mo pue­blo derro­te a las bayo­ne­tas. Ima­gi­nar un pro­ce­so sin con­fron­ta­ción, ima­gi­nar una tác­ti­ca sin estra­te­gia, ima­gi­nar una refor­ma sin revo­lu­ción son con­di­men­tos de una mis­ma cosa. ¿Qué cosa? Berns­tein y Laclau.

Empe­za­ba hablan­do de Berns­tein esta serie de artícu­los y voy a ter­mi­nar por Laclau. ¿Por qué?. Por­que abso­lu­ta­men­te todo lo que se des­pren­de del artícu­lo de Iker está basa­do en las teo­rías de estas dos per­so­nas. De Berns­tein ya habla­mos lar­go y ten­di­do así que aho­ra toca Laclau y su “demo­cra­cia radi­cal”.

Ernes­to Laclau nació en 1935 en Argen­ti­na y murió en- Sevi­lla el 13 de abril de 2014. Fue un teó­ri­co polí­ti­co encua­dra­do en lo que por muchos es lla­ma­do pos-mar­xis­mo, aun­que real­men­te sus teo­rías no ten­gan ape­nas rela­ción con el mar­xis­mo ya que sus pos­tu­la­dos par­ten del recha­zo de las bases no ya del mar­xis­mo sino de la izquier­da revo­lu­cio­na­ria en gene­ral. A par­tir de la caí­da del muro de Ber­lín, aun­que en un pro­ce­so de cri­sis que ya venía de antes, la izquie­ra revo­lu­cio­na­ría entró en cri­sis y vino todo aque­llo del “fin de la his­to­ria” y de las “ideo­lo­gías”, en ese con­tex­to es don­de se encua­dran los pos­tu­la­dos de Laclau. Cabe rese­ñar que pre­ci­sa­men­te en ese con­tex­to de los 90 la izquier­da aber­tza­le en su teo­ría y pra­xis tenía muy supe­ra­da esas modas ideo­ló­gi­cas que esta­ban sien­do impul­sa­das por la escue­la de Laclau.

Diga­mos que en esos momen­tos y en sus pre­vios el pro­ce­so de invo­lu­ción de la izquier­da inter­na­cio­nal se ace­le­ró bru­tal­men­te has­ta dege­ne­ra­cio­nes bas­tan­te des­agra­da­bles tales como el euro­co­mu­nis­mo, el cam­bio de cha­que­ta de infi­ni­dad de par­ti­dos comu­nis­tas por la social­de­mo­cra­cia capi­ta­lis­ta, la frag­men­ta­ción sis­te­má­ti­ca, el ins­ti­tu­cio­na­lis­mo cie­go, la acep­ta­ción del sta­tus-quo y el pac­to con el capi­tal. Otra par­te de la izquier­da revo­lu­cio­na­ria que no se dejó domar se auto-momi­fi­có, aban­do­nó la dia­léc­ti­ca y fue rema­ta­da sin com­pa­sión por el capi­tal. Nos dije­ron que la his­to­ria se había aca­ba­do.

Sin embar­go, no en todas las par­tes del mun­do el pro­ce­so de ero­sión, pese a afec­tar, logró impo­ner­se final­men­te. En Amé­ri­ca, pese al pos­mar­xis­mo ram­pan­te, núcleos de resis­ten­cia popu­la­res y el ejem­plo de Cuba han sido los vale­do­res que han impo­si­bi­li­ta­do una derro­ta total y que hoy en día algu­nas espe­ran­zas vayan sur­gien­do en el con­ti­nen­te fren­te al impe­ria­lis­mo.

En Euro­pa, mien­tras la izquier­da revo­lu­cio­na­ria se iba eva­po­ran­do o empe­zan­do a cobrar che­ques de los esta­dos y el capi­tal, hubo una izquier­da revo­lu­cio­na­ria de un peque­ño pue­blo que se que­dó prác­ti­ca­men­te ais­la­da pero que fue impo­si­ble derro­tar­la y supri­mir su influen­cia no afec­tán­do­le esa cri­sis en alto gra­do y dan­do paso jun­to al movi­mien­to popu­lar a crear el mayor movi­mien­to anti­sis­té­mi­co de su entorno. ¿Sabe­mos de quién habla­mos no?

Es curio­so por­que duran­te los 90, cuan­do estas ideas (ideo­lo­gía K,etc…) se esta­ban gene­ran­do, la izquier­da aber­tza­le las tenía muy supe­ra­das y es aho­ra en el 2015 (y algu­nos años hacia atrás) cuan­do sobre todo en el ámbi­to aca­dé­mi­co y aho­ra en par­te del ins­ti­tu­cio­nal apa­re­cen. Cier­ta­men­te una invo­lu­ción en nues­tro con­tex­to.

Pero para saber exac­ta­men­te qué es esto de la demo­cra­cia radi­cal (y fal­si­fi­ca­cio­nes de la hege­mo­nía gramns­cia­na, o con­cep­tos inven­ta­dos por Laclau como “sig­ni­fi­can­tes flo­tan­tes o vacíos, etc..) y muchos tér­mi­nos y accio­nes que pro­ba­ble­men­te muchos des­co­noz­can que lejos de ser una supues­ta rein­ven­ción actual de la izquier­da son tesis de hace varias déca­das y ya demos­tra­das inope­ran­tes en la prác­ti­ca, voy a poner un tex­to de Ati­lio A. Boron escri­to en los años 90, no sin antes vol­ver a rees­cri­bir lo que ya hice hace 3 años. El no impul­so de una teo­ría socia­lis­ta vas­ca de carác­ter revo­lu­cio­na­rio que par­tien­do de la expe­rien­cia de la lucha gene­ra­da en déca­das y la pro­pia his­to­ria, cul­tu­ra e idio­sin­cra­cia vas­ca vaya dibu­jan­do el plano de la demo­cra­cia socia­lis­ta para Eus­kal Herria, el creer que ese esfuer­zo teó­ri­co no sea nece­sa­rio en la actual fase his­tó­ri­ca del pro­ce­so de libe­ra­ción o que sea incom­pa­ti­ble con un pro­ce­so de acu­mu­la­ción de fuer­zas sobe­ra­nis­tas, no incre­men­tar la for­ma­ción polí­ti­ca. Sien­do la for­ma­ción polí­ti­ca es de las armas más pode­ro­sas del pueblo,la fal­ta de “par­ti­dos de com­ba­te” u orga­ni­za­cio­nes socia­lis­tas revo­lu­cio­na­rias. No pue­de haber uni­dad popu­lar si fal­ta esa pata…. todo ello abre espa­cio a que no haya una remas­te­ri­za­ción afi­la­da de la izquier­da revo­lu­cio­na­ria.

Laclau o la con­so­li­da­ción del capi­ta­lis­mo y el desar­me del cam­po popu­lar

- El pro­gra­ma “pos­mar­xis­ta”
Los argu­men­tos del pos­mar­xis­mo
Con­tra­dic­ción social y lucha de cla­ses en Marx
- Subor­di­na­ción, opre­sión, domi­na­ción
La cues­tión de la hege­mo­nía
¿Reno­va­ción o liqui­da­ción del mar­xis­mo?
Cró­ni­ca de una muer­te anun­cia­da
Un jue­go nada inocente:construir, decons­truir y recons­truir teo­rías
Liqui­dar la cari­ca­tu­ra
Una estra­te­gia socia­lis­ta… ¡para con­so­li­dar el capi­ta­lis­mo!
Capi­ta­lis­mo, socia­lis­mo, demo­cra­cia
Excur­sus final: las tram­pas de la coyun­tu­ra y el des­cen­so a los infier­nos del “pos­mar­xis­mo”

El pro­gra­ma “pos­mar­xis­ta”

En reite­ra­das oca­sio­nes, Laclau y Mouf­fe se preo­cu­pa­ron por seña­lar la natu­ra­le­za y el con­te­ni­do teó­ri­co y prác­ti­co de su pro­gra­ma de fun­da­ción del “pos­mar­xis­mo”. Pre­vi­si­ble­men­te, el pun­to de par­ti­da no podía ser otro que la cri­sis del mar­xis­mo. Pero, con­tra­ria­men­te a lo que sos­tie­nen muchos de los más enco­na­dos crí­ti­cos de esta tra­di­ción que esta­ble­cen la fecha de su pre­sun­ta muer­te en algun inde­fi­ni­do momen­to de la déca­da del seten­ta, para nues­tros auto­res “esta cri­sis, lejos de ser un fenó­meno recien­te, se enrai­za en una serie de pro­ble­mas con los que el mar­xis­mo se veía enfren­ta­do des­de la épo­ca de la Segun­da Inter­na­cio­nal” (1987 [b]: p. viii). El pro­ble­ma, en con­se­cuen­cia, vie­ne de muy lejos, y al explo­rar los tex­tos de Laclau y Mouf­fe se lle­ga a una asom­bro­sa con­clu­sión: en reali­dad, el mar­xis­mo estu­vo siem­pre en cri­sis. Como vere­mos más aba­jo, la cri­sis se cons­ti­tu­ye en el momen­to mis­mo en que el joven pru­siano y su acau­da­la­do y cul­to ami­go, Frie­drich Engels, ajus­ta­ban cuen­tas con la filo­so­fia clá­si­ca ale­ma­na en la apa­ci­ble Bru­se­las de 1845 y esta­lla en mil peda­zos cuan­do se for­ma la Segun­da Inter­na­cio­nal.

Si bien una tesis tan extre­ma como ésta se halla­ba ins­crip­ta en “esta­do prác­ti­co” en algu­nos de los artícu­los que Laclau y Mouf­fe escri­bie­ran ya en la déca­da del seten­ta, es en las Nue­vas Refle­xio­nes de Laclau cuan­do este diag­nós­ti­co se plan­tea en su total radi­ca­li­dad. Por eso es que a estas altu­ras las reso­nan­cias del pen­sa­mien­to de la dere­cha con­ser­va­do­ra –Pop­per, Hayek, y otros por el esti­lo– son atro­na­do­ras, espe­cial­men­te cuan­do Laclau sos­tie­ne, en con­so­nan­cia con la pre­mi­sa fun­da­men­tal que ins­pi­ra el diag­nós­ti­co de aqué­llos, que la fatal ambi­güe­dad del mar­xis­mo “no es una des­via­ción a par­tir de una fuen­te impo­lu­ta, sino que domi­na la tota­li­dad de la obra del pro­pio Marx” (1993, p. 246)2. ¿De qué ambi­güe­dad se tra­ta? De la que yux­ta­po­ne una his­to­ria con­ce­bi­da como “racio­nal y obje­ti­va” –resul­tan­te de las con­tra­dic­cio­nes entre fuer­zas pro­duc­ti­vas y rela­cio­nes de pro­duc­ción– a una his­to­ria domi­na­da, según Laclau, por la nega­ti­vi­dad y la con­tin­gen­cia, es decir, la lucha de cla­ses. En su res­pues­ta a la entre­vis­ta que le hicie­ra la revis­ta Stra­te­gies, Laclau sos­tie­ne que “esta dua­li­dad domi­na el con­jun­to de la obra de Marx, y por­que lo que hoy tra­ta­mos de hacer es eli­mi­nar aqué­lla afir­man­do el carác­ter pri­ma­rio y cons­ti­tu­ti­vo del anta­go­nis­mo, ésto impli­ca adop­tar una posi­ción pos­mar­xis­ta y no pasar a ser ´más mar­xis­tas’, como tú dices” (1993, p. 192).

Erra­di­car esta supues­ta ambi­güe­dad es pues un obje­ti­vo esen­cial y para ello Laclau está dis­pues­to a arro­jar al niño jun­to con el agua sucia. Lo ante­rior supo­ne pos­tu­lar algo que en la pecu­lia­rí­si­ma lec­tu­ra que nues­tro autor hace de los tex­tos de Marx se encuen­tra ausen­te o, en el mejor de los casos, pobre­men­te for­mu­la­do: el “carác­ter pri­ma­rio y cons­ti­tu­ti­vo del anta­go­nis­mo” (Laclau, 1993, p. 192). Por eso su pro­pues­ta es tan sen­ci­lla como intran­si­gen­te: ante una falen­cia tan inad­mi­si­ble como ésta, que esca­mo­tea nada menos que el anta­go­nis­mo cons­ti­tu­ti­vo de lo social, se hace nece­sa­rio… ¡sub­ver­tir las cate­go­rías del mar­xis­mo clá­si­co! El hilo de Ariad­na para coro­nar exi­to­sa­men­te esta sub­ver­sión –dicen Laclau y Mouf­fe– se encuen­tra en la gene­ra­li­za­ción de los fenó­me­nos de “desa­rro­llo des­igual y com­bi­na­do” en el tar­do­ca­pi­ta­lis­mo y en el sur­gi­mien­to de la “hege­mo­nía” como una nue­va lógi­ca que hace posi­ble pen­sar la cons­ti­tu­ción de los frag­men­tos socia­les dis­lo­ca­dos y dis­per­sos a con­se­cuen­cia del carác­ter des­igual del desa­rro­llo. Esta ope­ra­ción, no obs­tan­te, esta­ría con­de­na­da al fra­ca­so si pre­via­men­te no se arro­ja­ran por la bor­da los vicios del esen­cia­lis­mo filo­só­fi­co –y el inefa­ble “reduc­cio­nis­mo cla­sis­ta” que le acom­pa­ña; se des­co­no­cie­ra el deci­si­vo papel desem­pe­ña­do por el len­gua­je en la estruc­tu­ra­ción de las rela­cio­nes socia­les; o si se deci­die­ra avan­zar en esta empre­sa sin antes “decons­truir” la cate­go­ría del suje­to (Laclau y Mouf­fe, 1987 [b]: pp. vii-viii).

Se com­pren­den así las razo­nes por las cua­les el con­cep­to de hege­mo­nía que­da ins­ta­la­do en un sitial pri­vi­le­gia­do del dis­cur­so de Laclau y Mouf­fe. En efec­to, el mis­mo pro­vee el ins­tru­men­tal teó­ri­co median­te el cual sutu­rar, fic­ti­cia­men­te en el caso de nues­tros auto­res, la caó­ti­ca e infi­ni­ta inter­tex­tua­li­dad de dis­cur­sos que cons­ti­tu­yen lo social. La noción de hege­mo­nía, ad usum Laclau y Mouf­fe, per­mi­te recons­ti­tuir, volun­ta­rís­ti­ca­men­te y des­de el dis­cur­so, la uni­dad de la socie­dad capi­ta­lis­ta que se pre­sen­ta, en sus múl­ti­ples reifi­ca­cio­nes y feti­chi­za­cio­nes, como un kalei­dos­co­pio en don­de sus frag­men­tos, par­tes, estruc­tu­ras, ins­ti­tu­cio­nes, orga­ni­za­cio­nes, agen­tes e indi­vi­duos se entre­mez­clan sólo obe­de­cien­do el azar de la con­tin­gen­cia. Es por eso que la pala­bra “hege­mo­nía” remi­te, en la teo­ri­za­ción de Laclau y Mouf­fe, a un con­cep­to no sólo dis­tin­to sino radi­cal­men­te anta­gó­ni­co del que fue­ra desa­rro­lla­do por Anto­nio Grams­ci a fina­les de la déca­da del vein­te. En su medu­lar ensa­yo sobre el fun­da­dor del PCI, Perry Ander­son recons­tru­yó la his­to­ria del con­cep­to de hege­mo­nía, des­de sus oscu­ros orí­ge­nes en los deba­tes de la social­de­mo­cra­cia rusa has­ta su flo­re­ci­mien­to en los Cua­der­nos de la Cár­cel del teó­ri­co ita­liano (1976−1977). La inser­ción de dicho con­cep­to en la teo­ría social y polí­ti­ca de Marx vino de algu­na mane­ra a com­ple­men­tar, en la esfe­ra de las super­es­truc­tu­ras com­ple­jas –la polí­ti­ca y el esta­do, la cul­tu­ra y las ideo­lo­gías – , los aná­li­sis que habían que­da­do incon­clu­sos en el capí­tu­lo 52 del ter­cer tomo de El Capi­tal. Pero para nues­tros auto­res, en cam­bio, la cen­tra­li­dad del con­cep­to de “hege­mo­nía” cer­ti­fi­ca­ría el carác­ter insal­va­ble del hia­to exis­ten­te entre el mar­xis­mo clá­si­co y el “pos­mar­xis­mo”, pues­to que según Laclau y Mouf­fe dicho con­cep­to supues­ta­men­te remi­ti­ría a “una lógi­ca de lo social que es incom­pa­ti­ble” con las cate­go­rías del pri­me­ro (1987[b]: p. 3 [sub­ra­ya­do en el ori­gi­nal]). Así, (mal) enten­di­da, la “hege­mo­nía” es la cons­truc­ción con­cep­tual que habi­li­ta el trán­si­to del mar­xis­mo al “pos­mar­xis­mo”. En sus pro­pias pala­bras:

En este pun­to es nece­sa­rio decir­lo sin amba­ges: hoy nos encon­tra­mos ubi­ca­dos en un terreno cla­ra­men­te pos­mar­xis­ta. Ni la con­cep­ción de la sub­je­ti­vi­dad y de las cla­ses que el mar­xis­mo ela­bo­ra­ra, ni su visión del cur­so his­tó­ri­co del desa­rro­llo capi­ta­lis­ta, ni, des­de lue­go, la con­cep­ción del comu­nis­mo como socie­dad trans­pa­ren­te de la que habrían des­apa­re­ci­do los anta­go­nis­mos, pue­den seguir­se man­te­nien­do hoy (1987 [b]: p. 4).

No es un dato menor cons­ta­tar que esta for­mu­la­ción sur­gi­da de la plu­ma de quie­nes se pre­ten­den con­ti­nua­do­res y reela­bo­ra­do­res del mar­xis­mo es más lapi­da­ria que la que pos­tu­la uno de los más cono­ci­dos expo­nen­tes del neo­con­ser­va­du­ris­mo esta­dou­ni­den­se, Irving Kris­tol. Para éste, la muer­te del socia­lis­mo “tie­ne con­tor­nos trá­gi­cos” por cuan­to con­lle­va la des­apa­ri­ción de un “con­sen­so civi­li­za­do”, fun­da­do en argu­men­tos serios aun­que inacep­ta­bles des­de el pun­to de vis­ta de la bur­gue­sía, en rela­ción al fun­cio­na­mien­to del capi­ta­lis­mo libe­ral (1986, p. 137). Curio­sa­men­te, la con­de­na de Laclau y Mouf­fe a los “erro­res” supues­ta­men­te incu­ra­bles del mar­xis­mo es aún más ter­mi­nan­te que la que encon­tra­mos nada menos que en la encí­cli­ca Cen­te­si­mus Annus de Juan Pablo II, en don­de éste reco­no­ce –¡cosa que muy bien se cui­dan de hacer nues­tros auto­res!– las “semi­llas de ver­dad” con­te­ni­das en dicha teo­ría. En cam­bio, éstos se hallan más pró­xi­mos a un cote­rrá­neo del papa Woj­ti­la: nos refe­ri­mos a Les­zek Kola­kows­ki, quien des­de las pos­tu­ras de una dere­cha reac­cio­na­ria que no pier­de el tiem­po con suti­le­zas argu­men­ta­les ha ful­mi­na­do al mar­xis­mo como “la mayor fan­ta­sía de nues­tro siglo”, o una teo­ría que “en un sen­ti­do estric­to fue un non­sen­se, y en un sen­ti­do lato un lugar común” (1981, vol. iii, pp. 523 – 524).

La sim­ple com­pa­ra­ción de estos diag­nós­ti­cos tie­ne un pro­pó­si­to emi­nen­te­men­te peda­gó­gi­co: ubi­car con pre­ci­sión el terreno ideo­ló­gi­co sobre el cual se cons­tru­ye el gris edi­fi­cio del “pos­mar­xis­mo”, situa­do sin duda algu­na a la dere­cha de Su San­ti­dad y en com­pa­ñía de la tar­día reac­ción de la peque­ña aris­to­cra­cia pola­ca. Nace un inte­rro­gan­te: ¿es vero­sí­mil pen­sar que a par­tir de estas arcai­cas bases ideo­ló­gi­cas pue­da ges­tar­se una genui­na “supera­ción” del mar­xis­mo, supo­nien­do que la mis­ma pudie­se diri­mir­se en el terreno de las ideas y la retó­ri­ca? Otro: ¿hay algu­nos “resi­duos” sal­va­bles, recu­pe­ra­bles, del mar­xis­mo clá­si­co? En caso afir­ma­ti­vo, ¿qué hacer con ellos y cuál es su des­tino? La res­pues­ta de nues­tros auto­res pare­ce mucho menos ins­pi­ra­da en la tra­di­ción de la filo­so­fía polí­ti­ca occi­den­tal que en las metá­fo­ras del mis­ti­cis­mo orien­tal. Tras las hue­llas de Buda, quien habría sen­ten­cia­do que así como los cua­tro ríos que desem­bo­can en el Gan­ges pier­den sus nom­bres en cuan­to mez­clan sus aguas con las del río sagra­do, el futu­ro del arro­yue­lo mar­xis­ta no pue­de ser otro que diluir­se en el gran río sagra­do de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da” […] “legan­do par­te de sus con­cep­tos, trans­for­man­do o aban­do­nan­do otros, y dilu­yén­do­se en la inter­tex­tua­li­dad infi­ni­ta de los dis­cur­sos eman­ci­pa­to­rios en la que la plu­ra­li­dad de lo social se rea­li­za” (Laclau y Mouf­fe, 1987 [b]: p. 5).

Los argu­men­tos del pos­mar­xis­mo

Lle­ga­dos a este pun­to, pare­ce con­ve­nien­te exa­mi­nar, con un poco más de dete­ni­mien­to, los argu­men­tos espe­cí­fi­cos que abo­nan este pro­gra­ma de liqui­da­ción del mar­xis­mo clá­si­co –pia­do­sa­men­te deno­mi­na­do “decons­truc­ción” por Laclau y Mouf­fe– y su sus­ti­tu­ción por una teo­ría de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da”. En esta sec­ción ana­li­za­re­mos, en con­se­cuen­cia, algu­nas de las prin­ci­pa­les jus­ti­fi­ca­cio­nes que según ellos fun­da­men­tan la nece­si­dad de “sub­ver­tir” las cate­go­rías cen­tra­les del mar­xis­mo clá­si­co.

Con­tra­dic­ción social y lucha de cla­ses en Marx

El pun­to de par­ti­da de la crí­ti­ca pos­mar­xis­ta se encuen­tra en la insal­va­ble con­tra­dic­ción y ambi­güe­dad que supues­ta­men­te des­ga­rra la obra teó­ri­ca de Karl Marx: por una par­te, la visión bri­llan­te­men­te sin­te­ti­za­da en el “Pró­lo­go” a la Con­tri­bu­ción a la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca, y en la cual se esta­ble­ce que el movi­mien­to his­tó­ri­co se pro­du­ce como resul­ta­do de las con­tra­dic­cio­nes entre las fuer­zas pro­duc­ti­vas y las rela­cio­nes socia­les de pro­duc­ción; por la otra, la afir­ma­ción que hizo céle­bre al Mani­fies­to del Par­ti­do Comu­nis­ta y que esta­ble­ce que la his­to­ria de todas las socie­da­des que han exis­ti­do has­ta nues­tros días es la his­to­ria de la lucha de cla­ses. La tesis de Laclau y Mouf­fe, tan audaz como nebu­lo­sa, es que “la con­tra­dic­ción fuer­zas productivas/​relaciones de pro­duc­ción es una con­tra­dic­ción sin anta­go­nis­mo”, mien­tras que “la lucha de cla­ses es, por su par­te, un anta­go­nis­mo sin con­tra­dic­ción” (Laclau, 1993, p. 23).

¿Cómo com­pren­der este ver­da­de­ro acer­ti­jo, que se encuen­tra en la base de –digá­mos­lo de una bue­na vez– la radi­cal incom­pren­sión que nues­tros auto­res mani­fies­tan en rela­ción al mar­xis­mo clá­si­co? A pesar de la pasión “decons­truc­ti­vis­ta” que los devo­ra, a la hora de defi­nir los con­cep­tos cen­tra­les de su arma­zón teó­ri­ca Laclau y Mouf­fe no apor­tan muchas ideas “cla­ras y dis­tin­tas”, como que­ría el bueno de Des­car­tes. En todo caso, una mira­da al con­jun­to de la obra de Laclau nos per­mi­te con­cluir que en su mode­lo teó­ri­co la con­tra­dic­ción no repo­sa en la natu­ra­le­za de las rela­cio­nes socia­les –que, para evi­tar polé­mi­cas super­fluas, diga­mos des­de el ini­cio que siem­pre se mani­fies­tan por medio de un len­gua­je– sino que aqué­lla es una cons­truc­ción mera­men­te men­tal, una pura crea­ción del dis­cur­so. Es por eso que al inten­tar repro­du­cir como un con­cre­to pen­sa­do el carác­ter con­tra­dic­to­rio y la nega­ti­vi­dad de lo real, la dia­léc­ti­ca se con­vier­te ante los ojos de los pos­mar­xis­tas en una rotun­da super­che­ría.

En efec­to, acep­tar que en la vida social lo real se pre­sen­ta, como lo seña­la­ra Marx, como una “sín­te­sis de múl­ti­ples deter­mi­na­cio­nes” o como la “uni­dad de los con­tra­rios” es algo que sobre­pa­sa irre­me­dia­ble­men­te los lími­tes suma­men­te aco­ta­dos y esté­ri­les de una tra­di­ción inte­lec­tual como la posi­ti­vis­ta, habi­tua­da a mover­se en los con­fi­nes estre­chos y esté­ri­les de la lógi­ca for­mal: exis­ten el blan­co y el negro, el día y la noche; no hay tonos gri­ses y el cre­púscu­lo y el alba son supers­ti­cio­nes pro­pias de igno­ran­tes (Kos­sik, 1967). Pre­ci­sa­men­te: esta obs­ti­na­ción por des­co­no­cer el carác­ter dia­léc­ti­co de la reali­dad social que carac­te­ri­za al “pos­mar­xis­mo” expli­ca al menos en par­te las razo­nes por las que, al exa­mi­nar el fenó­meno del popu­lis­mo, Laclau pue­de arri­bar a con­clu­sio­nes tan espec­ta­cu­la­res como la siguien­te: “Se ve, así, por qué es posi­ble cali­fi­car de popu­lis­tas a la vez a Hitler, Mao o a Perón” (1978, p. 203). No hace fal­ta ser un eru­di­to en his­to­ria polí­ti­ca com­pa­ra­da para apre­ciar el gigan­tes­co des­atino de cual­quier con­cep­tua­li­za­ción que colo­que a Hitler, Mao y Perón en un mis­mo casi­lle­ro teó­ri­co. Pero el pen­sa­mien­to lineal y mecá­ni­co es muy mal con­se­je­ro y es inca­paz de dar cuen­ta de la his­to­ria real que, como es bien sabi­do, no se des­en­vuel­ve de acuer­do a sus cáno­nes meto­do­ló­gi­cos.

Ence­rra­do en sus pro­pias pre­mi­sas epis­te­mo­ló­gi­cas, la úni­ca esca­pa­to­ria que le que­da a Laclau para dar cuen­ta del carác­ter con­tra­dic­to­rio de lo real –que esta­lla ante sus pro­pios ojos– es pos­tu­lar que las con­tra­dic­cio­nes de la socie­dad son mera­men­te dis­cur­si­vas y que no están ancla­das en la natu­ra­le­za obje­ti­va (algo que no debe con­fun­dir­se con el “obje­ti­vis­mo”) de las cosas. Con­clu­sión intere­san­te, si bien un tan­to con­ser­va­do­ra: las con­tra­dic­cio­nes del capi­ta­lis­mo se con­vier­ten, median­te la pres­ti­di­gi­ta­ción “pos­mar­xis­ta”, en sim­ples pro­ble­mas semán­ti­cos. Los fun­da­men­tos estruc­tu­ra­les del con­flic­to social se vola­ti­li­zan en la envol­ven­te melo­día del dis­cur­so, y de paso, en estos des­di­cha­dos tiem­pos neo­li­be­ra­les, el capi­ta­lis­mo se legi­ti­ma ante sus víc­ti­mas pues sus con­tra­dic­cio­nes sólo serían tales en la medi­da en que exis­tan dis­cur­sos que laca­nia­na­men­te las hablen. La lucha de cla­ses se con­vier­te en un deplo­ra­ble malen­ten­du. No hay razo­nes vale­de­ras que la jus­ti­fi­quen: ¡todo se redu­ce a un sim­ple pro­ble­ma de comu­ni­ca­ción!

Aún así, acep­te­mos pro­vi­so­ria­men­te el razo­na­mien­to de nues­tro autor y pre­gun­té­mos­nos: ¿por qué no hay anta­go­nis­mo en la con­tra­dic­ción entre fuer­zas pro­duc­ti­vas y rela­cio­nes de pro­duc­ción? Res­pues­ta: por­que según Laclau el anta­go­nis­mo supo­ne un ámbi­to externo, fac­tual y con­tin­gen­te, que nada tie­ne que ver con aque­llo que en la tra­di­ción mar­xis­ta cons­ti­tu­yen las “leyes de movi­mien­to” de la socie­dad. Vea­mos la for­ma en que Laclau plan­tea el caso:

Mos­trar que las rela­cio­nes capi­ta­lis­tas de pro­duc­ción son intrín­se­ca­men­te anta­gó­ni­cas impli­ca­ría, por lo tan­to, demos­trar que el anta­go­nis­mo sur­ge lógi­ca­men­te de la rela­ción entre el com­pra­dor y el ven­de­dor de la fuer­za de tra­ba­jo. Pero esto es exac­ta­men­te lo que no pue­de demos­trar­se […] sólo si el obre­ro resis­te esa extrac­ción (de plus­va­lía) la rela­ción pasa a ser anta­gó­ni­ca; y no hay nada en la cate­go­ría de “ven­de­dor de la fuer­za de tra­ba­jo” que sugie­ra que esa resis­ten­cia es una con­clu­sión lógi­ca (1993, p. 25).

De don­de Laclau con­clu­ye que:

En la medi­da en que se da un anta­go­nis­mo entre el obre­ro y el capi­ta­lis­ta, dicho anta­go­nis­mo no es inhe­ren­te a la rela­ción de pro­duc­ción en cuan­to tal sino que se da entre la rela­ción de pro­duc­ción y algo que el agen­te es fue­ra de ella –por ejem­plo, una baja de sala­rios nie­ga la iden­ti­dad del obre­ro en tan­to que con­su­mi­dor. Hay por lo tan­to una “obje­ti­vi­dad social” –la lógi­ca de la ganan­cia– que nie­ga otra obje­ti­vi­dad –la iden­ti­dad del con­su­mi­dor. Pero si una iden­ti­dad es nega­da, esto sig­ni­fi­ca que su ple­na cons­ti­tu­ción como obje­ti­vi­dad es impo­si­ble (1993, p. 33).

Tan preo­cu­pa­do está nues­tro autor por com­ba­tir al “reduc­cio­nis­mo cla­sis­ta” y los múl­ti­ples esen­cia­lis­mos del vul­go-mar­xis­mo que ter­mi­na cayen­do en la tram­pa del reduc­cio­nis­mo dis­cur­si­vo. En esta reno­va­da ver­sión, aho­ra socio­ló­gi­ca, del idea­lis­mo tras­cen­den­tal –cier­ta­men­te pre-mar­xis­ta, y no pos­mar­xis­ta, al menos cro­no­ló­gi­ca­men­te hablan­do– el dis­cur­so se eri­ge en la esen­cia últi­ma de lo real. El mun­do exte­rior y obje­ti­vo se cons­ti­tu­ye a par­tir de su trans­for­ma­ción en obje­to de un dis­cur­so lógi­co que le infun­de su soplo vital y que, de paso, devo­ra y disuel­ve la con­flic­ti­vi­dad de lo real. La explo­ta­ción capi­ta­lis­ta ya no es resul­ta­do de la ley del valor y de la extrac­ción de la plus­va­lía, sino que sólo se con­fi­gu­ra si el obre­ro la pue­de repre­sen­tar dis­cur­si­va­men­te o si, como decía Kautsky, alguien vie­ne “des­de afue­ra” y le inyec­ta en sus venas la con­cien­cia de cla­se. La apro­pia­ción capi­ta­lis­ta de la plus­va­lía, como pro­ce­so obje­ti­vo, no sería así sufi­cien­te para hablar de anta­go­nis­mo o lucha de cla­ses mien­tras los obre­ros no sean cons­cien­tes de ello, se rebe­len y resis­tan esa exac­ción. Con­vie­ne agre­gar que nues­tro autor pasa com­ple­ta­men­te por alto el examen de la diver­si­dad de for­mas que pue­de asu­mir la rebe­lión y la resis­ten­cia de los explo­ta­dos, algo difí­cil de enten­der dada la cen­tra­li­dad que estas cate­go­rías tie­nen en su argu­men­to y la rica varie­dad de expe­rien­cias his­tó­ri­cas dis­po­ni­bles para su aná­li­sis. Por otra par­te, y tal como lo vemos en la segun­da cita, lo que está en jue­go no es la pro­duc­ción de la rique­za social y la dis­tri­bu­ción de sus fru­tos, sino una nebu­lo­sa iden­ti­dad obre­ra como con­su­mi­dor –a la Ralph Nader– que se vería frus­tra­da por el accio­nar de un empre­sa­rio rapaz y pre­po­ten­te.

No es ocio­so recor­dar que estos temas habían sido ya abor­da­dos en los escri­tos del joven Marx sobre Proudhon y, por lo tan­to, difí­cil­men­te pue­dan ser con­si­de­ra­dos como nove­do­sas pro­ble­má­ti­cas ori­gi­na­das al calor de una sig­ni­fi­ca­ti­va reno­va­ción en el terreno de la teo­ría. En efec­to, para Marx el anta­go­nis­mo era el ras­go deci­si­vo de la con­tra­dic­ción entre el tra­ba­jo asa­la­ria­do y el capi­tal. Pero ésto de nin­gún modo sig­ni­fi­ca­ba, en su inter­pre­ta­ción, la con­for­ma­ción auto­má­ti­ca de la cla­se obre­ra como un “suje­to” pre­cons­ti­tui­do, o como una esen­cia eter­na –y pres­cin­den­te de todo dis­cur­so– pre­des­ti­na­da por un capri­cho de la his­to­ria a redi­mir a la huma­ni­dad. No con­si­de­ra­mos nece­sa­rio, a esta altu­ra de la his­to­ria, abru­mar al lec­tor con una secuen­cia inter­mi­na­bles de citas en don­de Marx pro­ble­ma­ti­za pre­ci­sa­men­te el difi­cul­to­so trán­si­to de la “cla­se en sí” a la “cla­se para sí”. Por eso nos pare­ce nece­sa­rio evi­tar toda con­fu­sión entre Jean Cal­vin, y su teo­ría de la pre­des­ti­na­ción, y la cons­truc­ción teó­ri­ca de Marx. Pre­ci­sa­men­te, por no ser una suer­te de “cal­vi­nis­ta lai­co” Marx decía que:

La domi­na­ción del capi­tal ha crea­do a esta masa una situa­ción, intere­ses comu­nes. Así, pues, esta masa es ya una cla­se con res­pec­to al capi­tal, pero aún no es una cla­se para sí. Los intere­ses que defien­de se con­vier­ten en intere­ses de cla­se. Pero la lucha de cla­se con­tra cla­se es una lucha polí­ti­ca (1970, p. 158; véa­se tam­bién Prze­wors­ki, 1985).

Pocos años más tar­de, en El die­cio­cho bru­ma­rio, Marx com­ple­ta­ría esta idea dicien­do que las con­di­cio­nes obje­ti­vas de la “cla­se en sí” son sólo el pun­to de par­ti­da de un lar­go y com­ple­jo pro­ce­so de for­ma­ción de la cla­se (que nada ase­gu­ra vaya a cul­mi­nar exi­to­sa­men­te) y para lo cual se requie­ren ade­más, y como míni­mo, una cla­ra con­cien­cia de sus intere­ses, una orga­ni­za­ción a nivel nacio­nal que supere la frag­men­ta­ción y dis­per­sión de las luchas loca­les y un ins­tru­men­to polí­ti­co capaz de guiar esa lucha (Marx y Engels, 1966, t. i, p. 318).

Estas ideas, que se reite­ran a lo lar­go de medio siglo en innu­me­ra­bles tex­tos de Marx y Engels, soca­van los fun­da­men­tos de toda crí­ti­ca al supues­to “deter­mi­nis­mo” de la teo­ría mar­xis­ta según el cual la cons­ti­tu­ción del pro­le­ta­ria­do asu­me un carác­ter auto­má­ti­co e inevi­ta­ble. Cabe enton­ces pre­gun­tar­se: ¿quién es el ver­da­de­ro adver­sa­rio con­tra el cual están deba­tien­do Laclau y Mouf­fe?

(…)

Subor­di­na­ción, opre­sión, domi­na­ción

En todo caso, y reto­man­do el hilo de nues­tra argu­men­ta­ción, nos pare­ce que la cla­ve para des­ci­frar el ato­lla­de­ro con­cep­tual en que caen Laclau y Mouf­fe se halla en el últi­mo capí­tu­lo de Hege­mo­nía y estra­te­gia socia­lis­ta, pues es pre­ci­sa­men­te allí don­de se pro­du­ce un des­li­za­mien­to de deci­si­va impor­tan­cia teó­ri­ca al apa­re­cer como expre­sión de la con­flic­tua­li­dad de lo social el con­cep­to de “subor­di­na­ción”. Es más, cuan­do nues­tros auto­res exa­mi­nan las con­di­cio­nes bajo las cua­les la subor­di­na­ción se con­vier­te en “una rela­ción de opre­sión y se tor­na, por tan­to, la sede de un anta­go­nis­mo” comien­zan a adver­tir­se con cla­ri­dad algu­nos de los pro­ble­mas teó­ri­cos que soca­van el ambi­cio­so pero gris edi­fi­cio cons­trui­do por Laclau y Mouf­fe (1987 [b]: p. 172). Lle­ga­dos a este pun­to, los auto­res afir­man la nece­si­dad de dis­tin­guir entre rela­cio­nes de “subor­di­na­ción”, de “opre­sión” y de “domi­na­ción”. Vea­mos esto en más deta­lle.

Exis­ti­ría “subor­di­na­ción” cuan­do “un agen­te está some­ti­do a las deci­sio­nes de otro –un emplea­do res­pec­to a un emplea­dor, por ejem­plo, en cier­tas for­mas de orga­ni­za­cion fami­liar, la mujer res­pec­to al hom­bre, etc.”. Las rela­cio­nes de “opre­sión”, a su vez, son un sub­ti­po den­tro de las pri­me­ras y su espe­ci­fi­ci­dad radi­ca en el hecho que “se han trans­for­ma­do en sedes de anta­go­nis­mos”. Final­men­te, las rela­cio­nes de “domi­na­ción” son el con­jun­to de rela­cio­nes de subor­di­na­ción con­si­de­ra­das ile­gí­ti­mas des­de la pers­pec­ti­va de un agen­te social exte­rior a las mis­mas y que pue­den “por tan­to, coin­ci­dir o no con las rela­cio­nes de opre­sión actual­men­te exis­ten­tes en una for­ma­ción social deter­mi­na­da” (1987 [b]: p. 172).

El pro­ble­ma cen­tral, a jui­cio de Laclau y Mouf­fe, es deter­mi­nar de qué modo las rela­cio­nes de subor­di­na­ción pue­den dar lugar a rela­cio­nes de opre­sión. Dado el carác­ter cru­cial de este pasa­je con­vie­ne repro­du­cir­lo en toda su exten­sión:

Está cla­ro por qué las rela­cio­nes de subor­di­na­ción, con­si­de­ra­das en sí mis­mas, no pue­den ser rela­cio­nes anta­gó­ni­cas: por­que una rela­ción de subor­di­na­ción esta­ble­ce, sim­ple­men­te, un con­jun­to de posi­cio­nes dife­ren­cia­das entre agen­tes socia­les, y ya sabe­mos que un sis­te­ma de dife­ren­cias que cons­tru­ye a toda iden­ti­dad social como posi­ti­vi­dad no sólo no pue­de ser anta­gó­ni­co, sino que habría reu­ni­do las con­di­cio­nes idea­les para la eli­mi­na­ción de todo anta­go­nis­mo –esta­ría­mos enfren­ta­dos con un espa­cio social sutu­ra­do del que toda equi­va­len­cia que­da­ría exclui­da. Es sólo en la medi­da en que es sub­ver­ti­do el carác­ter dife­ren­cial posi­ti­vo de una posi­ción subor­di­na­da de suje­to, que el anta­go­nis­mo podrá emer­ger. “Sier­vo”, “escla­vo”, etc. no desig­nan en sí mis­mos posi­cio­nes anta­gó­ni­cas; es sólo en tér­mi­nos de una for­ma­ción dis­cur­si­va dis­tin­ta, tal como, por ejem­plo, “dere­chos inhe­ren­tes a todo ser humano” que la posi­ti­vi­dad dife­ren­cial de esas cate­go­rías pue­de ser sub­ver­ti­da y la subor­di­na­ción cons­trui­da como opre­sión (1987 [b]: pp. 172 – 173).

Este plan­tea­mien­to sus­ci­ta múl­ti­ples inte­rro­gan­tes. En pri­mer lugar, lla­ma pode­ro­sa­men­te la aten­ción el vigo­ro­so idea­lis­mo que impreg­na un dis­cur­so en el cual el anta­go­nis­mo y la opre­sión de sier­vos y escla­vos depen­de de la exis­ten­cia una ideo­lo­gía que los racio­na­li­ce y que laca­nia­na­men­te los “pon­ga en pala­bras”. Si esto es así, los escla­vos del mun­do anti­guo y los sier­vos de la gle­ba medie­val apa­ren­te­men­te deben de haber igno­ra­do que su “subor­di­na­ción” a amos y seño­res encu­bría una rela­ción de anta­go­nis­mo, has­ta el afor­tu­na­do momen­to en que un apa­ra­to dis­cur­si­vo (¿el cris­tia­nis­mo, la Ilus­tra­ción?) les reve­ló que sus con­di­cio­nes de exis­ten­cia eran mise­ra­bles y opre­si­vas y que se halla­ban inmer­sos en una situa­ción de enfren­ta­mien­to obje­ti­vo con sus explo­ta­do­res. Sin embar­go, la his­to­ria no regis­tra dema­sia­dos casos de escla­vos y sier­vos bea­tí­fi­ca­men­te satis­fe­chos con el orden social impe­ran­te: de un modo u otro, ellos tenían algún gra­do de con­cien­cia acer­ca de su situa­ción y siem­pre hubo algu­na for­ma de dis­cur­so que se hizo car­go de jus­ti­fi­car su con­for­mis­mo y sumi­sión, o bien, por el con­tra­rio, de ati­zar las lla­mas de la rebe­lión. La con­se­cuen­cia del plan­tea­mien­to de Laclau y Mouf­fe es que sólo hay explo­ta­ción cuan­do exis­te un dis­cur­so explí­ci­to que la des­nu­da ante los ojos de las víc­ti­mas. Engels nota­ba con agu­de­za que las luchas cam­pe­si­nas en la Ale­ma­nia de la épo­ca de Lute­ro “apa­re­cían” como un con­flic­to reli­gio­so en torno a la Refor­ma y la suje­ción a Roma, des­li­ga­das por com­ple­to de la opre­sión terre­nal que los prín­ci­pes y la aris­to­cra­cia terra­te­nien­te ejer­cían sobre sus súb­di­tos. Sin embar­go, con­ti­núa Engels, aqué­llas eran el sín­to­ma en don­de se mani­fes­ta­ban pre­ci­sa­men­te esos anta­go­nis­mos cla­sis­tas que la des­com­po­si­ción del orden feu­dal no hacía sino exa­cer­bar, y si los cam­pe­si­nos abra­za­ban la cau­sa de la rebe­lión lo hacían menos en vir­tud de las 95 tesis cla­va­das por el mon­je agus­tino en la puer­ta de la Cate­dral de Wit­ten­berg que por la explo­ta­ción a que eran some­ti­dos por la noble­za ale­ma­na (1926, cap. 2).

En todo caso, si admi­ti­mos como váli­da la for­mu­la­ción de Laclau y Mouf­fe debe­mos tam­bién acep­tar que antes de ese momen­to pri­mi­ge­nio y enig­má­ti­co sig­na­do por la apa­ri­ción del dis­cur­so lo que pare­ce­ría impe­rar en las socie­da­des cla­sis­tas era la sere­na gra­má­ti­ca de la subor­di­na­ción. ¿Cómo com­pren­der, enton­ces, la mile­na­ria his­to­ria de rebe­lio­nes, revuel­tas e insu­rrec­cio­nes pro­ta­go­ni­za­das por sier­vos y escla­vos muchí­si­mo antes de la apa­ri­ción de sofis­ti­ca­dos argu­men­tos en favor de la igual­dad –fun­da­men­tal­men­te en el Siglo de las Luces– o con­vo­can­do a la sub­ver­sión del orden social? Pare­ce nece­sa­rio vol­ver a dis­tin­guir, tal como lo hicie­ra el joven Marx, entre las con­di­cio­nes de exis­ten­cia de una cla­se “en sí” y los dis­cur­sos ideo­ló­gi­cos que, con dis­tin­tos gra­dos de ade­cua­ción, expo­nen ante sus ojos el carác­ter obje­ti­vo de su explo­ta­ción y le per­mi­ten con­ver­tir­se en una cla­se “para sí”. Aún el lec­tor menos infor­ma­do sabe que la his­to­ria de las rebe­lio­nes popu­la­res es muchí­si­mo más lar­ga que la de los dis­cur­sos y doc­tri­nas socia­lis­tas y/​o igua­li­ta­ris­tas. El gene­ra­li­za­do sen­ti­mien­to –difu­so y, muchas veces, ape­nas oscu­ra­men­te pre­sen­ti­do– de la injus­ti­cia ha acom­pa­ña­do la his­to­ria de la socie­dad huma­na des­de tiem­pos inme­mo­ria­les. Tal vez Laclau y Mouf­fe hubie­ran podi­do plan­tear mejor el pro­ble­ma que los ocu­pa si hubie­ran teni­do en cuen­ta aque­llas sabias pala­bras de Barring­ton Moo­re –un autor cuya afi­ni­dad con el pen­sa­mien­to mar­xis­ta es inne­ga­ble– cuan­do dice que:

Duran­te las tur­bu­len­cias socia­les de los sesen­tas y comien­zos de los seten­tas se publi­có en Esta­dos Uni­dos un cier­to núme­ro de libros con varia­cio­nes en torno al títu­lo de ¿Por qué los hom­bres se rebe­lan? El énfa­sis de este capí­tu­lo será exac­ta­men­te el opues­to: habla­re­mos de por qué los hom­bres y muje­res no se lan­zan por el camino de la revuel­ta social. Dicho en tér­mi­nos gro­se­ros, la pre­gun­ta cen­tral será la siguien­te: ¿qué debe ocu­rrir­le a los seres huma­nos para que se some­tan a la opre­sión y la degra­da­ción? (1978, p. 49).

Dicho de otra for­ma, la dis­tin­ción entre subor­di­na­ción y opresión/​antagonismo tie­ne un ses­go for­mal que, en gran medi­da, obnu­bi­la y extra­vía el aná­li­sis con­cre­to del fun­cio­na­mien­to de las rela­cio­nes de subor­di­na­ción en las socie­da­des “real­men­te exis­ten­tes” y no en aque­llas que sólo exis­ten en la rebus­ca­da ima­gi­na­ción de los “pos­mar­xis­tas”. Por­que, como bien lo recuer­da Moo­re, no exis­te la subor­di­na­ción sin su con­tra­ca­ra, la rebe­lión, aun­que ésta se expre­se de modo pri­mi­ti­vo y media­ti­za­do, des­pla­za­da hacia esfe­ras celes­tia­les apa­ren­te­men­te diso­cia­das de la sór­di­da mate­ria­li­dad de la socie­dad civil. Es pre­ci­sa­men­te el per­ti­naz des­co­no­ci­mien­to de esta ele­men­tal reali­dad lo que lle­va a nues­tros auto­res a sos­te­ner que “Nues­tra tesis es que sólo a par­tir del momen­to en que el dis­cur­so demo­crá­ti­co está dis­po­ni­ble para arti­cu­lar las diver­sas for­mas de resis­ten­cia a la subor­di­na­ción, exis­ti­rán las con­di­cio­nes que harán posi­ble la lucha con­tra los dife­ren­tes tipos de des­igual­dad” (Laclau y Mouf­fe, 1987 [b]: p. 173).

Dado que dicho dis­cur­so fue ela­bo­ra­do ape­nas a par­tir del siglo xviii, ¿cómo com­pren­der el desa­rro­llo his­tó­ri­co de las luchas socia­les des­de la Anti­güe­dad Clá­si­ca has­ta el Siglo de las Luces? ¿O será tal vez que no hubo lucha algu­na con­tra “los dife­ren­tes tipos de des­igual­dad” has­ta el momen­to en que Jean-Jac­ques Rous­seau publi­ca­ra su céle­bre Dis­cours sur l’origine et les fon­de­ments de l’inegalité par­mi les hom­mes en 1755? Las cró­ni­cas his­to­rio­grá­fi­cas pare­ce­rían indi­car que no fue ése pre­ci­sa­men­te el caso, y que des­de la más remo­ta anti­güe­dad hay evi­den­cias incon­tro­ver­ti­bles de luchas y rebe­lio­nes popu­la­res en con­tra de la así lla­ma­da “subor­di­na­ción”.

Por otra par­te, nos pare­ce que con­vie­ne sub­ra­yar el indu­da­ble “aire de fami­lia” que el argu­men­to de Laclau y Mouf­fe guar­da en rela­ción a algu­nas de las expre­sio­nes más cla­ras del fun­cio­na­lis­mo nor­te­ame­ri­cano, en espe­cial con la obra de Kings­ley Davis y Wil­bert E. Moo­re sobre la estra­ti­fi­ca­ción social y las con­cep­cio­nes de Tal­cott Par­sons sobre el “sis­te­ma social”. Para los pri­me­ros, la estra­ti­fi­ca­ción social es un mero impe­ra­ti­vo téc­ni­co, median­te el cual “la socie­dad, como meca­nis­mo fun­cio­nan­te, debe dis­tri­buir de algún modo a sus miem­bros en posi­cio­nes socia­les e indu­cir­los a rea­li­zar las tareas inhe­ren­tes a esas posi­cio­nes” (1974, p. 97).

No hay lugar –como tam­po­co lo hay en el esque­ma teó­ri­co de Laclau y Mouf­fe– para pen­sar en la posi­bi­li­dad de que esa apa­ren­te­men­te ino­cen­te “dis­tri­bu­ción de tareas” pue­da depen­der de la exis­ten­cia de un sis­te­ma de rela­cio­nes socia­les que esta­ble­ce (y no cier­ta­men­te por cri­te­rios y pro­ce­di­mien­tos demo­crá­ti­cos, o por la efi­ca­cia per­sua­si­va del dis­cur­so domi­nan­te sino median­te recur­sos opre­si­vos y explo­ta­ti­vos) quién pro­du­ce qué, cómo y cuán­do, y qué par­te le corres­pon­de del pro­duc­to social3.

Las seme­jan­zas entre la con­cep­ción de Laclau y Mouf­fe y la de Tal­cott Par­sons, cuyos ses­gos con­ser­va­do­res y apo­lo­gé­ti­cos de la socie­dad capi­ta­lis­ta son sufi­cien­te­men­te cono­ci­dos, son más pro­nun­cia­das toda­vía. La por­fia­da insis­ten­cia de nues­tros auto­res en el sen­ti­do de que las rela­cio­nes de subor­di­na­ción, en su posi­ti­vi­dad, no pue­den ser anta­gó­ni­cas, es coin­ci­den­te con la con­cep­ción par­so­nia­na que con­ci­be el orden social a par­tir de la pre­emi­nen­cia de un sóli­do con­sen­so de valo­res. En la pecu­liar visión del soció­lo­go de Har­vard el disen­so y las con­tra­dic­cio­nes sólo pue­den ser des­ci­fra­das como “pato­lo­gías socia­les” pro­duc­to de fallas en el pro­ce­so de socia­li­za­ción o de rup­tu­ras en las cade­nas semán­ti­cas que impi­den que la gen­te se com­pren­da y se lan­ce a la are­na del con­flic­to social.

En efec­to, a la clá­si­ca pre­gun­ta hob­be­sia­na acer­ca de cómo es posi­ble el orden social, Par­sons res­pon­de apun­tan­do al sis­te­ma sim­bó­li­co: el orden es posi­ble por­que exis­te un acuer­do sobre valo­res fun­da­men­ta­les. El con­flic­to, aún sien­do “endé­mi­co” –como decía Par­sons en una reve­la­do­ra metá­fo­ra médi­ca– es siem­pre mar­gi­nal y para nada com­pro­me­te la estruc­tu­ra bási­ca del sis­te­ma. Como es bien sabi­do, este enfo­que ha sido cri­ti­ca­do no sólo por auto­res mar­xis­tas que seña­la­ron las insa­na­bles limi­ta­cio­nes de una teo­ría que no sólo “eva­po­ra” las cla­ses socia­les, el con­flic­to social y los fun­da­men­tos estruc­tu­ra­les de la vida social sino que, asi­mis­mo, pos­tu­la una inad­mi­si­ble frag­men­ta­ción de la tota­li­dad social en una mul­ti­pli­ci­dad de com­par­ti­mien­tos estan­cos –los famo­sos “sub-sis­te­mas” par­so­nia­nos: la eco­no­mía, la polí­ti­ca, la cul­tu­ra, la fami­lia, etc.– fun­cio­nan­do con total inde­pen­den­cia unos de otros. La “gran teo­ría” de Par­sons, como la deno­mi­na­ra C. W. Mills, tam­bién fue seve­ra­men­te cues­tio­na­da por auto­res de ins­pi­ra­ción libe­ral como Ralf Dah­ren­dorf, quien des­de fina­les de los años cin­cuen­ta iden­ti­fi­có con nota­ble pre­ci­sión las insu­pe­ra­bles limi­ta­cio­nes y el incu­ra­ble irrea­lis­mo de un esque­ma que –en sus ras­gos fun­da­men­ta­les, si bien expre­sa­do con un len­gua­je dis­tin­to– reapa­re­ce aho­ra en la obra de Laclau y Mouffe4.

En sín­te­sis, según Par­sons, la socie­dad (capi­ta­lis­ta y desa­rro­lla­da, se sobre­en­tien­de, pues ése y no otro es el para­dig­ma que orien­ta todas sus refle­xio­nes) se halla per­fec­ta­men­te inte­gra­da y sólo la pre­sen­cia de un agen­te externo –el “villano” al cual se refie­re Dah­ren­dorf, intro­duc­tor del virus de la dis­cor­dia en la utó­pi­ca socie­dad par­so­nia­na, o qui­zás el nebu­lo­so “exte­rior dis­cur­si­vo” de Laclau y Mouf­fe– pue­de hacer que la natu­ral y con­sen­sua­da subor­di­na­ción de las mayo­rías al domi­nio de la cla­se diri­gen­te sea sus­ti­tui­da por un anta­go­nis­mo. La mis­ma crí­ti­ca que a fina­les de los años cin­cuen­ta Dah­ren­dorf for­mu­la­ra a Par­sons –una socie­dad fan­ta­sio­sa­men­te “sobre-inte­gra­da”, en la cual el con­flic­to está ausen­te y cuan­do oca­sio­nal­men­te apa­re­ce es por obra de un fac­tor externo– es per­ti­nen­te para el mode­lo teó­ri­co desa­rro­lla­do por Laclau y Mouf­fe. Sólo que aho­ra el papel del “villano”, reser­va­do en la teo­ri­za­ción par­so­nia­na a cier­tos gru­pos imper­fec­ta­men­te socia­li­za­dos como los “extre­mis­tas” de diver­so signo y los enemi­gos de la pro­pie­dad pri­va­da y el Ame­ri­can Way of Life, lo pasa a desem­pe­ñar en la pro­pues­ta de nues­tros auto­res el “exte­rior dis­cur­si­vo”. Se rati­fi­ca de este modo el carác­ter externo y “con­tin­gen­te” del anta­go­nis­mo y el con­flic­to en una for­ma­ción social domi­na­da, como afir­man Laclau y Mouf­fe, por la lógi­ca de la posi­ti­vi­dad (1987 [b]: pp. 172 – 173).

A lo ante­rior habría que agre­gar tam­bién la insis­ten­cia, de filia­ción cla­ra­men­te webe­ria­na, en con­ce­bir la “acción social” o las rela­cio­nes socia­les en un ais­la­mien­to tan esplén­di­do como ilu­so­rio, inde­pen­di­za­das de sus mar­cos estruc­tu­ra­les y deter­mi­na­cio­nes fun­da­men­ta­les. El coro­la­rio de esta ver­da­de­ra “toma de par­ti­do” es que la socie­dad se con­vier­te en un mero cons­truc­to meto­do­ló­gi­co, un arte­fac­to resul­tan­te de rein­te­grar arbi­tra­ria­men­te, por el capri­cho del pen­sa­mien­to, un com­ple­jo entra­ma­do de cate­go­rías ana­lí­ti­cas poten­cial­men­te com­bi­na­bles en una varie­dad infi­ni­ta de for­mas. El “hilo de Ariad­na”, al cual alu­den Laclau y Mouf­fe, cul­mi­na pre­vi­si­ble­men­te arro­jan­do un pia­do­so man­to de olvi­do sobre el fenó­meno de la explo­ta­ción en las socie­da­des de cla­se –capi­ta­lis­tas o pre­ca­pi­ta­lis­tas por igual – , que así des­apa­re­ce como por arte de magia del pai­sa­je social, cedien­do su lugar a una asép­ti­ca “subor­di­na­ción” que a todos igua­la en su encu­bri­do­ra abs­trac­ción. La sóli­da natu­ra­le­za explo­ta­ti­va de las rela­cio­nes socia­les en las socie­da­des cla­sis­tas se disuel­ve rápi­da­men­te en el aire diá­fano del nue­vo reduc­cio­nis­mo dis­cur­si­vo, con lo cual –¡y como si fue­ra un deta­lle intras­cen­den­te!– la crí­ti­ca al capi­ta­lis­mo se con­vier­te en un asun­to adje­ti­vo y oca­sio­nal y la lucha por el socia­lis­mo, cuya estra­te­gia supues­ta­men­te debía esbo­zar­se en la obra de nues­tros auto­res, se vola­ti­li­za has­ta ato­mi­zar­se por com­ple­to en los esté­ri­les mean­dros de un dis­cur­so insí­pi­do sobre una insa­bo­ra demo­cra­cia radi­cal. Se regre­sa, de este modo, a los plan­tea­mien­tos clá­si­cos de Weber que, a pesar de no haber sido cita­do en Hege­mo­nía y estra­te­gia socia­lis­ta (al igual que Par­sons) pro­yec­ta todo el for­mi­da­ble peso de su teo­ri­za­ción sobre las supues­ta­men­te nove­do­sas recons­truc­cio­nes teó­ri­cas del “pos­mar­xis­mo”.

En reali­dad, el ocul­ta­mien­to de la opre­sión cla­sis­ta detrás de una con­cep­ción extra­or­di­na­ria­men­te abs­trac­ta de la “acción social” es una ope­ra­ción que el autor de Eco­no­mía y socie­dad había ya con­clui­do mucho antes que Laclau y Mouf­fe hubie­ran naci­do. Es el mis­mo vino vie­jo pero vol­ca­do en los nue­vos odres del “pos­mar­xis­mo”: si hay explo­ta­ción, ésta segu­ra­men­te obe­de­ce­rá a con­tin­gen­cias pun­tua­les, muy pro­ba­ble­men­te tran­si­to­rias que, tal como dije­ra Weber, nada tie­nen que ver con la estruc­tu­ra­ción com­ple­ja e inde­ter­mi­na­da del capi­ta­lis­mo moderno. La espe­ci­fi­ci­dad de éste tam­bién se dilu­ye mien­tras, por la vía con­tra­ria, se ava­la la idea de que en reali­dad este tar­do­ca­pi­ta­lis­mo de fina­les del siglo xx es, como dice Fuku­ya­ma, la socie­dad del “fin de la his­to­ria”. O, como pos­tu­la­ba Par­sons tras las hue­llas de Durkheim, el pun­to final en el dolo­ro­so y mile­na­rio trán­si­to des­de la hor­da pri­mi­ti­va hacia la socie­dad moder­na.

Del mar­xis­mo, con­ce­bi­do como el aná­li­sis con­cre­to de las tota­li­da­des con­cre­tas, se pasa a una pseu­do­to­ta­li­dad indi­fe­ren­cia­da, mera­men­te expre­si­va e inver­te­bra­da, en don­de la estruc­tu­ra­ción de lo social es resul­ta­do de una enig­má­ti­ca ope­ra­cion dis­cur­si­va… hecha por la poten­cia crea­do­ra del Len­gua­je o des­cu­bier­ta, como en Weber, por la pers­pi­ca­cia de los ela­bo­ra­do­res de heu­rís­ti­cos “tipos idea­les”. En reali­dad, el “pos­mar­xis­mo” de Laclau y Mouf­fe se pare­ce dema­sia­do a una tar­día reela­bo­ra­ción de la socio­lo­gía par­so­nia­na de los años cin­cuen­ta, sólo que con una envol­tu­ra dife­ren­te. ¿Será ésta la tan men­ta­da “supera­ción” del mar­xis­mo de la cual hablan nues­tros auto­res?

La cues­tión de la hege­mo­nía

A par­tir de los plan­tea­mien­tos ante­rio­res se com­pren­de la cen­tra­li­dad que asu­me la cues­tión de la hege­mo­nía en el mode­lo teó­ri­co de Laclau y Mouf­fe: se tra­ta nada menos que del ins­tru­men­to que les per­mi­te recons­truir a su anto­jo la frag­men­ta­ción ilu­so­ria de lo social, de suer­te tal que un dis­cur­so sobre la socie­dad sea inte­li­gi­ble. Tal como era de espe­rar habi­da cuen­ta del iti­ne­ra­rio de sus razo­na­mien­tos, la con­cep­ción de la hege­mo­nía a la que arri­ban Laclau y Mouf­fe se ins­ta­la muy lejos de las fron­te­ras que defi­nen y carac­te­ri­zan al mar­xis­mo como una teo­ría cla­ra­men­te dife­ren­cia­ble y deli­mi­ta­ble en el cam­po de las cien­cias socia­les. Esto, en sí mis­mo, nada tie­ne de malo o de cen­su­ra­ble: otros auto­res han uti­li­za­do la pala­bra “hege­mo­nía” en un sen­ti­do que poco o nada tie­ne que ver con el mar­xis­mo, dan­do pie a una intere­san­te dis­cu­sión teó­ri­ca y a un escla­re­ce­dor cote­jo de poten­cia­li­da­des expli­ca­ti­vas (Keoha­ne, 1987; Nye, 1990)5. Lo que intro­du­ce un ele­men­to inacep­ta­ble de con­fu­sión –y recor­de­mos con Bacon que toda cien­cia pro­gre­sa a par­tir del error y no de la con­fu­sión– es el hecho de que Laclau y Mouf­fe pre­ten­dan refe­rir los fru­tos de su idio­sin­crá­ti­ca teo­ri­za­ción sobre la hege­mo­nía a un año­so tron­co, el mar­xis­mo, que a estas altu­ras les es com­ple­ta­men­te ajeno. Vaya­mos al grano.

En efec­to, para nues­tros auto­res la hege­mo­nía es una vapo­ro­sa “super­fi­cie dis­cur­si­va” cuya rela­ción con la teo­ría mar­xis­ta se plan­tea en estos tér­mi­nos:

Nues­tra con­clu­sión bási­ca al res­pec­to es la siguien­te: detrás del con­cep­to de “hege­mo­nía” se escon­de algo más que un tipo de rela­ción polí­ti­ca com­ple­men­ta­rio de las cate­go­rías bási­cas de la teo­ría mar­xis­ta; con él se intro­du­ce, en efec­to, una lógi­ca de lo social que es incom­pa­ti­ble con éstas últi­mas (1987 [b]: p. 3 [sub­ra­ya­do en el ori­gi­nal]).

La con­clu­sión implí­ci­ta de este razo­na­mien­to –en reali­dad una mera ocu­rren­cia– es que Grams­ci no enten­dió nada, que no tuvo la menor idea de la ver­da­de­ra natu­ra­le­za de la rela­ción entre las cate­go­rías que esta­ba for­jan­do –que él equi­vo­ca­da­men­te creía que per­te­ne­cían a la tra­di­ción mar­xis­ta– y las que habían crea­do Marx y Engels, y que el con­jun­to de su teo­ri­za­ción, que gira­ba en torno al con­cep­to cru­cial de hege­mo­nía, en reali­dad alu­día a una lógi­ca de lo social que era incom­pa­ti­ble con la que pos­tu­la­ban Marx y Engels. No hace fal­ta ser un “mar­xó­lo­go” o “grams­ció­lo­go” diplo­ma­do para caer en la cuen­ta de lo des­ca­be­lla­do de esta inter­pre­ta­ción.

Es pre­ci­sa­men­te por eso que no se com­pren­den las razo­nes por las cua­les Laclau y Mouf­fe refie­ren per­ma­nen­te­men­te sus ela­bo­ra­cio­nes a un apa­ra­to teó­ri­co y con­cep­tual como el mar­xis­mo, que pos­tu­la una lógi­ca de lo social irre­con­ci­lia­ble con la que bro­ta de sus pecu­lia­res reela­bo­ra­cio­nes argu­men­ta­ti­vas. Si esto es así, el sta­tus epis­te­mo­ló­gi­co del famo­so “pos­mar­xis­mo” se redu­ce a un dato banal: los lími­tes entre el mar­xis­mo y el “pos­mar­xis­mo” esta­rían tra­za­dos por con­si­de­ra­cio­nes bur­da­men­te cro­no­ló­gi­cas. Tal vez en el cam­po mina­do de las cien­cias socia­les ésto no sue­ne dema­sia­do absur­do, pero sin duda que en la físi­ca a nadie se le ocu­rri­ría apli­car a un mode­lo teó­ri­co el cali­fi­ca­ti­vo de “posteins­tei­niano” por el sólo hecho de haber sido desa­rro­lla­do con pos­te­rio­ri­dad a Eins­tein, y muy espe­cial­men­te si estas con­tri­bu­cio­nes abju­ran con entu­sias­mo de las pre­mi­sas cen­tra­les de la teo­ría de la rela­ti­vi­dad y pos­tu­lan un mode­lo inter­pre­ta­ti­vo anta­gó­ni­co al de aquél. En este caso el pre­fi­jo “pos” remi­ti­ría a un dato pue­ril: la mera suce­sión tem­po­ral. De este modo el “pos” ocul­ta que se tra­ta en reali­dad de una rup­tu­ra y un aban­dono, en vez de ser la con­ti­nui­dad –reno­va­da, crí­ti­ca, crea­ti­va– de un pro­yec­to teó­ri­co. Esto que­dó cla­ra­men­te expre­sa­do en la entre­vis­ta que la revis­ta Stra­te­gies le hicie­ra a Ernes­to Laclau en mar­zo de 1988, oca­sión en la cual éste reafir­mó que la cate­go­ría de “hege­mo­nía” equi­va­le a un “pun­to de par­ti­da de un dis­cur­so ‘pos­mar­xis­ta’ en el seno del mar­xis­mo”, y que per­mi­te pen­sar a lo social como resul­ta­do de “la arti­cu­la­ción con­tin­gen­te de ele­men­tos en torno de cier­tas con­fi­gu­ra­cio­nes socia­les –blo­ques his­tó­ri­cos– que no pue­den ser pre­de­ter­mi­na­das por nin­gu­na filo­so­fía de la his­to­ria y que está esen­cial­men­te liga­da a las luchas con­cre­tas de los agen­tes socia­les” (1993, p. 194).

Esta­mos pues en pre­sen­cia de un dis­cur­so neo­es­truc­tu­ra­lis­ta que recu­pe­ra la crí­ti­ca de Althus­ser a pro­pó­si­to de la “efi­ca­cia espe­cí­fi­ca” de la super­es­truc­tu­ra, pero lo hace asu­mien­do el núcleo fun­da­men­tal (y no sólo su reva­lo­ri­za­ción de los ele­men­tos super­es­truc­tu­ra­les) de la pro­pues­ta althus­se­ria­na sobre la ideo­lo­gía. Ésta es, en la inter­pre­ta­ción del autor de La revo­lu­cion teó­ri­ca de Marx, una “prác­ti­ca pro­duc­to­ra de suje­tos”, con lo cual se sien­tan las bases para una relec­tu­ra en cla­ve idea­lis­ta del mar­xis­mo que se pre­sen­ta, sin embar­go, con los ropa­jes de una supues­ta reno­va­ción “anti­rre­duc­cio­nis­ta” o, en los últi­mos tra­ba­jos de Laclau, como el mani­fies­to limi­nar del “pos­mar­xis­mo”. En su for­mu­la­ción posi­ti­va, esta posi­ción se expre­sa en la “rei­vin­di­ca­ción” de la temá­ti­ca grams­cia­na de la hege­mo­nía enten­di­da, cla­ro está, des­de la con­cep­ción althus­se­ria­na de la ideo­lo­gía que obli­ga a ima­gi­nar un Grams­ci que, en reali­dad, sólo exis­te en las cabe­zas de Laclau y Mouf­fe.

En efec­to, ¿de qué Grams­ci se tra­ta? De un Grams­ci que, como correc­ta­men­te ano­ta Laclau, con­si­de­ra a la ideo­lo­gía no como un sis­te­ma de ideas o la fal­sa con­cien­cia de los acto­res sino como un “todo orgá­ni­co y rela­cio­nal, encar­na­do en apa­ra­tos e ins­ti­tu­cio­nes que suel­da en torno a cier­tos prin­ci­pios arti­cu­la­to­rios bási­cos la uni­dad de un blo­que his­tó­ri­co”, con lo cual se cie­rra la posi­bi­li­dad de una visión “super­es­truc­tu­ra­lis­ta” de la cul­tu­ra y la ideo­lo­gía. Don­de Laclau y Mouf­fe se equi­vo­can, sin embar­go, es en su apre­cia­ción de que en Grams­ci los suje­tos polí­ti­cos se difu­mi­nan en enig­má­ti­cas volun­ta­des colec­ti­vas y en su nega­ción del hecho de que los “ele­men­tos ideo­ló­gi­cos arti­cu­la­dos por la cla­se hege­mó­ni­ca” ten­gan una per­te­nen­cia de cla­se nece­sa­ria (Laclau y Mouf­fe, 1987 [b]: p. 78).

Es pre­ci­sa­men­te por ésto que, un par de pági­nas des­pués, ambos auto­res mues­tran su desa­zón ante la per­sis­ten­cia del mar­xis­mo de Grams­ci, para quien todo dis­cur­so hege­mó­ni­co siem­pre remi­te –aun­que sea a tra­vés de una lar­ga cade­na de media­cio­nes– a una cla­se fun­da­men­tal. Este “núcleo duro” del pen­sa­mien­to del fun­da­dor del PCI cons­ti­tu­ye un obs­tácu­lo insal­va­ble para las pre­ten­sio­nes del pos­mar­xis­mo, por cuan­to el axio­ma idea­lis­ta de la inde­ter­mi­na­ción de lo social –o mejor, de su aza­ro­sa y con­tin­gen­te deter­mi­na­ción por el dis­cur­so– se estre­lla con­tra lo que con lla­ma­ti­va sober­bia deno­mi­nan una con­cep­ción “incohe­ren­te” de Anto­nio Grams­ci, pues­to que:

vemos que hay dos prin­ci­pios del orden social –la uni­ci­dad del prin­ci­pio uni­fi­can­te y su carác­ter nece­sa­rio de cla­se– que no son el resul­ta­do con­tin­gen­te de la lucha hege­mó­ni­ca, sino el mar­co estruc­tu­ral nece­sa­rio den­tro del cual toda lucha hege­mó­ni­ca tie­ne lugar. Es decir, que la hege­mo­nía de la cla­se no es ente­ra­men­te prác­ti­ca y resul­tan­te de la lucha, sino que tie­ne en su últi­ma ins­tan­cia un fun­da­men­to onto­ló­gi­co. […] La lucha polí­ti­ca sigue sien­do, final­men­te, un jue­go suma-cero entre las cla­ses (Laclau y Mouf­fe, 1987 [b]: p. 80).

Sería lar­go tra­tar de dibu­jar el abis­mo insal­va­ble que sepa­ra la con­cep­ción mar­xis­ta de la hege­mo­nía con la que carac­te­ri­za a la obra de Laclau y Mouffe6. Recor­de­mos que para el ita­liano la hege­mo­nía tenía un fun­da­men­to cla­sis­ta y se arrai­ga­ba fuer­te­men­te en el sue­lo de la vida mate­rial. No es la reli­gión quien hace a los hom­bres, ni son los dis­cur­sos hege­mó­ni­cos quie­nes crean los suje­tos de la his­to­ria. Por cier­to que, para Grams­ci, la apa­ri­ción de la hege­mo­nía no es auto­má­ti­ca ni se deri­va mecá­ni­ca­men­te del desa­rro­llo de las fuer­zas pro­duc­ti­vas. Es bien cono­ci­do el hecho de que la cons­ti­tu­ción del pro­le­ta­ria­do en fuer­za social autó­no­ma y cons­cien­te es un pro­ce­so, lar­go, com­pli­ca­do y dia­léc­ti­co. Es la prác­ti­ca his­tó­ri­ca de la lucha de cla­ses la que per­mi­te tran­si­tar ese ancho espa­cio que divi­de la cla­se “en sí” de la cla­se “para sí”, y en esta tran­si­ción no hay nada mecá­ni­co ni pre­des­ti­na­do; y antes de la cons­ti­tu­ción autó­no­ma del pro­le­ta­ria­do como fuer­za social es impen­sa­ble cual­quier inten­to de fun­dar un pro­yec­to con­tra-hege­mó­ni­co al de la bur­gue­sía.

Con­tra­ria­men­te a lo que se plan­tea en las for­mu­la­cio­nes “pos­mar­xis­tas”, Grams­ci nun­ca dejó de seña­lar el fir­me ancla­je de la hege­mo­nía en el rei­no de la pro­duc­ción. Con una sen­si­bi­li­dad que lo ale­ja del ries­go de cual­quier reduc­cio­nis­mo sos­te­nía que “si la hege­mo­nía es éti­co-polí­ti­ca no pue­de no ser tam­bién eco­nó­mi­ca, no pue­de no tener su fun­da­men­to en la fun­ción deci­si­va que ejer­ce el gru­po diri­gen­te en el núcleo deci­si­vo de la acti­vi­dad eco­nó­mi­ca” (1966, p. 31 [la tra­duc­ción es nues­tra]).

La hege­mo­nía, diría tam­bién Grams­ci en otro de sus escri­tos, es lide­raz­go polí­ti­co y “direc­ción inte­lec­tual y moral”, pero esta supre­ma­cía no es alea­to­ria sino que, en sus pro­pias pala­bras “nace de la fábri­ca”. Sur­ge en el terreno ori­gi­na­rio de la pro­duc­ción y es allí don­de se encuen­tra su raíz, aun cuan­do para su pleno desa­rro­llo debe nece­sa­ria­men­te tras­cen­der las fron­te­ras de su espa­cio pri­mi­ge­nio. Y en el mun­do de la pro­duc­ción has­ta Weber coin­ci­de con Marx en afir­mar que nos encon­tra­mos con las cla­ses socia­les. Es por eso que la hege­mo­nía de una cla­se, y el blo­que his­tó­ri­co que sobre ésta se pre­ten­da fun­dar, se enfren­ta en su mate­ria­li­za­ción con lími­tes impues­tos por las con­di­cio­nes eco­nó­mi­cas, sin que esto sig­ni­fi­que, por cier­to, con­ce­bir esta res­tric­ción en un sen­ti­do deter­mi­nis­ta, abso­lu­to y exclu­si­vo, es decir, “reduc­cio­nis­ta”. Como vemos, la con­cep­ción grams­cia­na nada tie­ne que ver con el eco­no­mi­cis­mo ni, menos aún, con el idea­lis­mo de aque­llas con­cep­cio­nes según las cua­les el dis­cur­so inven­ta sus pro­pios “sopor­tes terre­na­les”. No nega­mos que el pro­ble­ma de la hege­mo­nía pue­da –aún equi­vo­ca­da­men­te– plan­tear­se en esos tér­mi­nos. Cree­mos, sin embar­go, (a) que éste no es un modo ade­cua­do de enca­rar el asun­to, toda vez que peca de una inad­mi­si­ble uni­la­te­ra­li­dad; (b) que un abor­da­je de este tipo se sitúa más allá de los lími­tes del mate­ria­lis­mo his­tó­ri­co y que, por con­si­guien­te, resul­ta una ope­ra­ción impo­si­ble de fun­da­men­tar acu­dien­do al rico y fecun­do lega­do grams­ciano.

Esta “decons­truc­ción pos­mar­xis­ta” de la hege­mo­nía cie­rra su círcu­lo con una mis­ti­fi­ca­ción abso­lu­ta del con­cep­to, y en cuan­to tal sufre de los mis­mos defec­tos que el joven Marx advir­tie­ra en el idea­lis­mo hege­liano. Por eso es que nos pare­ce per­ti­nen­te recor­dar sus pala­bras:

Hegel adju­di­ca una exis­ten­cia inde­pen­dien­te a los pre­di­ca­dos, a los obje­tos. […] El suje­to real apa­re­ce des­pués, como resul­ta­do, en tan­to que hay que par­tir del suje­to real y con­si­de­rar su obje­ti­va­ción. La sus­tan­cia mís­ti­ca lle­ga a ser, pues, suje­to real, y el suje­to real apa­re­ce como dis­tin­to, como un momen­to de la sus­tan­cia mís­ti­ca. Pre­ci­sa­men­te por­que Hegel par­te de los pre­di­ca­dos de la deter­mi­na­ción gene­ral en lugar de par­tir del ser real [suje­to], y como nece­si­ta, sin embar­go, un sopor­te para esas deter­mi­na­cio­nes, la idea mís­ti­ca vie­ne a ser el sopor­te (Marx, 1968: p. 33).

Para resu­mir, la “reno­va­ción pos­mar­xis­ta” de la teo­ría de la hege­mo­nía tie­ne mucho más en común con el idea­lis­mo hege­liano que con la teo­ría mar­xis­ta. En cuan­to tal, se limi­ta a recor­tar capri­cho­sa­men­te cier­tos aspec­tos par­cia­les y des­con­tex­tua­li­za­dos de la temá­ti­ca grams­cia­na, los cua­les son rein­ter­pre­ta­dos en cla­ve idea­lis­ta para así fun­da­men­tar una con­cep­ción de lo social que se halla en las antí­po­das del mar­xis­mo y que, lejos de ser su supera­ción, impli­ca un gigan­tes­co sal­to hacia atrás, a las con­cep­cio­nes hege­lia­nas sobre el Esta­do y la polí­ti­ca. Laclau y Mouf­fe están en lo cier­to al pro­pi­ciar, al igual que nume­ro­sos teó­ri­cos mar­xis­tas, una radi­cal reva­lo­ri­za­cion del cru­cial papel que le caben a la ideo­lo­gía y a la cul­tu­ra, asun­tos por los cua­les el mar­xis­mo vul­gar ha demos­tra­do un injus­ti­fi­ca­ble des­pre­cio. Sin embar­go, su ten­ta­ti­va nau­fra­ga en los arre­ci­fes de un “nue­vo reduc­cio­nis­mo” cuan­do su crí­ti­ca al esen­cia­lis­mo cla­sis­ta y al eco­no­mi­cis­mo del mar­xis­mo de la Segun­da y la Ter­ce­ra Inter­na­cio­na­les rema­ta en la exal­ta­ción de lo dis­cur­si­vo como un nue­vo y hege­liano deus ex machi­na de la his­to­ria. Para su des­gra­cia, no hay un reduc­cio­nis­mo “bueno” y otro “malo”; no exis­te el reduc­cio­nis­mo vir­tuo­so –no esen­cia­lis­ta, no eco­no­mi­cis­ta– capaz de con­ju­rar los males oca­sio­na­dos por su geme­lo vicio­so.

¿Reno­va­ción o liqui­da­ción del mar­xis­mo?

A lo lar­go de toda su obra, Laclau se ha reco­no­ci­do “den­tro” del mar­xis­mo. A esta altu­ra de su tra­yec­to­ria inte­lec­tual, y tenien­do a la vis­ta las extra­va­gan­tes con­clu­sio­nes a las que lle­ga su pen­sa­mien­to, es legí­ti­mo pre­gun­tar­se acer­ca del “lugar teó­ri­co” don­de efec­ti­va­men­te se encuen­tra para­do. En este sen­ti­do, la crí­ti­ca que for­mu­la­ra Agus­tín Cue­va a los “pos­mar­xis­tas” lati­no­ame­ri­ca­nos con­ser­va en el caso de Laclau toda su per­ti­nen­cia. Decía aquél que con la expre­sión “pos­mar­xis­ta” se que­ría trans­mi­tir la equí­vo­ca impre­sión de un cor­pus teó­ri­co que era a la vez con­ti­nua­dor y supe­ra­dor del lega­do de Marx, cuan­do en reali­dad este cali­fi­ca­ti­vo resu­me la pro­duc­ción de un con­jun­to de auto­res que algu­na vez habían sido mar­xis­tas pero que ya no lo eran más. En este sen­ti­do, con­cluía Cue­va, el “pos­mar­xis­mo” debe­ría en rigor deno­mi­nar­se “ex mar­xis­mo” (1988, p. 85).

Cró­ni­ca de una muer­te anun­cia­da

Sin embar­go, es obvio que Laclau no cede posi­cio­nes muy fácil­men­te. Pese a que sus con­tra­dic­cio­nes con el pen­sa­mien­to de Marx son fla­gran­tes y sus dife­ren­cias insal­va­bles, per­sis­te empe­ci­na­da­men­te en refe­ren­ciar sus cons­truc­cio­nes con­cep­tua­les en la obra del autor de El capi­tal. En un acto de abe­rran­te necro­fi­lia inte­lec­tual extien­de un nue­vo “cer­ti­fi­ca­do de defun­ción” del mar­xis­mo para lue­go afir­mar, sin fal­sos escrú­pu­los ni remor­di­mien­tos, que se ha que­da­do con los mejo­res des­po­jos del difun­to. Según sus pro­pias pala­bras “yo no he recha­za­do al mar­xis­mo. Lo que ha ocu­rri­do es muy dife­ren­te, y es que el mar­xis­mo se ha desin­te­gra­do y creo que me estoy que­dan­do con sus mejo­res frag­men­tos” (Laclau, 1993, p. 211).

Ante lo teme­ra­rio de esta afir­ma­ción cabe for­mu­lar dos obser­va­cio­nes. Pri­me­ro, sobre la “desin­te­gra­ción” del mar­xis­mo, asi­mi­la­da por Laclau a la implo­sión de la URSS y al colap­so del blo­que de las así lla­ma­das “demo­cra­cias popu­la­res” del Este euro­peo. Cual­quier his­to­ria­dor de las ideas podría reba­tir su ase­ve­ra­ción apun­tan­do, por un lado, a la “auto­no­mía rela­ti­va” de los sis­te­mas de pen­sa­mien­to en rela­ción con sus fun­da­men­tos estruc­tu­ra­les. No deja de ser para­do­jal que un autor como Laclau, obse­sio­na­do por la mise­ria del reduc­cio­nis­mo, cai­ga en un razo­na­mien­to tan gro­se­ra­men­te reduc­cio­nis­ta como los que ha com­ba­ti­do con fie­re­za en sus adver­sa­rios. La gran­de­za de la filo­so­fía grie­ga no se derrum­bó con la deca­den­cia de Ate­nas; el cris­tia­nis­mo sobre­vi­vió pri­me­ro a la caí­da del Impe­rio Romano, que lo había pro­cla­ma­do su “reli­gión ofi­cial”, y más tar­de a la des­com­po­si­ción del orden feu­dal que había cola­bo­ra­do en sacra­li­zar; y el libe­ra­lis­mo no sucum­bió pese a las dra­má­ti­cas trans­for­ma­cio­nes expe­ri­men­ta­das por la socie­dad bur­gue­sa des­de la segun­da mitad del siglo xvii. ¿Por qué el mar­xis­mo habría de ser la excep­ción? ¿Por el colap­so de la Unión Sovié­ti­ca? No pare­ce un argu­men­to serio, digno de ser esgri­mi­do por quien se auto­pro­cla­ma como el here­de­ro de los mejo­res frag­men­tos de la obra de Marx. Podría­mos reco­no­cer, sin duda algu­na, que el derrum­be del sis­te­ma de rela­cio­nes socia­les sobre los cua­les repo­san los dis­tin­tos pro­duc­tos cul­tu­ra­les, des­de el arte has­ta la filo­so­fía, modi­fi­can en par­te su carác­ter y su fun­ción social. Pero de ahí a pre­go­nar su “desin­te­gra­ción” o su des­apa­ri­ción hay un lar­go tre­cho. Pre­via­men­te habría que demos­trar, cla­ro, que el mar­xis­mo como cien­cia y como filo­so­fía era una cria­tu­ra engen­dra­da por la revo­lu­ción de Octu­bre y que sólo sobre­vi­vi­ría como un pará­si­to cul­tu­ral del régi­men sovié­ti­co. Por supues­to que estas ele­men­ta­lí­si­mas con­si­de­ra­cio­nes no fue­ron ni siquie­ra con­tem­pla­das por nues­tro autor.

En segun­da ins­tan­cia, Laclau pare­ce­ría igno­rar que el mar­xis­mo como cor­pus teó­ri­co ya ha dado mues­tras de su capa­ci­dad para sobre­po­ner­se a las atro­ci­da­des y ban­ca­rro­ta de los regí­me­nes polí­ti­cos y par­ti­dos que se fun­da­ron en su nom­bre. Es más, en el plano de la teo­ría social se ha pro­du­ci­do un salu­da­ble des­per­tar del inte­rés por las ideas de la tra­di­ción mar­xis­ta, cosa que ya se ha hecho evi­den­te espe­cial­men­te en el mun­do anglo­sa­jón, en par­tes de Euro­pa occi­den­tal y, en menor medi­da, en Amé­ri­ca Lati­na. Esto se refle­ja, entre otras cosas, en el núme­ro cre­cien­te de cáte­dras, estu­dios, revis­tas y publi­ca­cio­nes dedi­ca­das al tema, algo emba­ra­zo­so para quie­nes, como Laclau, se empe­ña­ron en anun­ciar la muer­te del mar­xis­mo. En la con­fe­ren­cia inau­gu­ral que Eric Hobs­bawm pro­nun­cia­ra en el encuen­tro inter­na­cio­nal reu­ni­do en mayo de 1998 en París, para con­me­mo­rar el ses­qui­cen­te­na­rio de la publi­ca­ción del El Mani­fies­to Comu­nis­ta, el his­to­ria­dor bri­tá­ni­co sos­tu­vo que la inusi­ta­da reper­cu­sión mun­dial de dicha cele­bra­ción –refle­ja­da en publi­ca­cio­nes masi­vas tan poco pro­pen­sas a exal­tar los méri­tos o la vali­dez del mar­xis­mo como la revis­ta New Yor­ker o los perió­di­cos The New York Times o Los Ange­les Times– hubie­ra sido sim­ple­men­te impen­sa­ble hace menos de diez años atrás, cuan­do los fra­go­res del derrum­be del Muro de Ber­lín hicie­ron que muchos cre­ye­ran que bajo sus escom­bros yacía no sólo el “socia­lis­mo real­men­te exis­ten­te” sino tam­bién el mar­xis­mo como teo­ría social. Laclau y Mouf­fe se cuen­tan cier­ta­men­te entre aque­llos que con­fun­die­ron al mar­xis­mo con el esta­li­nis­mo. En todo caso, las ambi­güe­da­des y las incer­ti­dum­bres gene­ra­das por tan teme­ra­ria iden­ti­fi­ca­ción retor­nan por la puer­ta tra­se­ra del “pos­mar­xis­mo” cuan­do Laclau no cesa de refe­rir­se obse­si­va­men­te a un obje­to que, según sus pro­pias pala­bras, se ha desin­te­gra­do y ya no exis­te. Pues, si así fue­ra: ¿cómo enten­der tama­ña obs­ti­na­ción para pelear­se con un muer­to? En el Levia­tán Tho­mas Hob­bes recor­da­ba con su habi­tual sar­cas­mo que “los hom­bres con­tien­den con los vivos, no con los muer­tos” y que quie­nes incu­rren en tales prác­ti­cas sólo cer­ti­fi­can con su empe­ci­na­mien­to la vita­li­dad del pre­sun­to difun­to (1980, p. 80).

Por otra par­te, la des­afor­tu­na­da fra­se “que­dar­se con los mejo­res frag­men­tos” reve­la elo­cuen­te­men­te la extra­or­di­na­ria pene­tra­ción del pen­sa­mien­to posi­ti­vis­ta en las hues­tes del “pos­mar­xis­mo”, y sería difí­cil con­ven­cer a un obser­va­dor impar­cial que la adhe­sión a una tra­di­ción epis­te­mo­ló­gi­ca tan des­acre­di­ta­da en nues­tros días como el posi­ti­vis­mo pudie­ra ser inter­pre­ta­da como un signo de audaz inno­va­ción inte­lec­tual. En rela­ción a ésto remi­ti­mos al lec­tor a las obser­va­cio­nes rea­li­za­das en el capí­tu­lo ante­rior y en par­ti­cu­lar a los aná­li­sis de Gyorg Lukács sobre el tema (1971, p. 27).

El pen­sa­mien­to frag­men­ta­dor, ras­go dis­tin­ti­vo del posi­ti­vis­mo, es inca­paz de aprehen­der la reali­dad en su tota­li­dad, des­com­po­ne sus par­tes y las reifi­ca como si fue­ran enti­da­des autó­no­mas e inde­pen­dien­tes: ergo, la eco­no­mía, la socio­lo­gía, la antro­po­lo­gía, la cien­cia polí­ti­ca, la geo­gra­fía y la his­to­ria se cons­ti­tu­yen como “cien­cias socia­les” autó­no­mas y sepa­ra­das, cada una de las cua­les ofre­cen sus inú­ti­les “expli­ca­cio­nes” espe­cia­li­za­das refe­ri­das a frag­men­tos ilu­so­rios de lo social –la eco­no­mía, la socie­dad, la cul­tu­ra, la polí­ti­ca, etc.– caren­tes en su ais­la­mien­to de toda sus­tan­cia­li­dad.

Un jue­go nada inocente:construir, decons­truir y recons­truir teo­rías

Segu­ra­men­te, Laclau está con­ven­ci­do de haber­se apro­pia­do de los “mejo­res frag­men­tos” del mar­xis­mo. Pero no deja de lla­mar la aten­ción el hecho de que ya sean unos cuan­tos los estu­dio­sos que se decla­ran inca­pa­ces de des­cu­brir cuá­les son dichos frag­men­tos y toda­vía muchos más quie­nes con­fie­san su impo­si­bi­li­dad de esta­ble­cer una corres­pon­den­cia entre la cons­truc­ción teó­ri­ca empren­di­da con ellos y la tra­di­ción inte­lec­tual fun­da­da por el filó­so­fo de Tréveris7. Por otra par­te, esta pre­ten­sión de con­ser­var los inson­da­bles “mejo­res frag­men­tos” del mar­xis­mo es con­tra­dic­to­ria con la aser­ción de Laclau de que “lo impor­tan­te fue la decons­truc­ción del mar­xis­mo, no su mero aban­dono”. En ese mis­mo tra­mo de su entre­vis­ta con Stra­te­gies, Laclau sos­tie­ne (esta vez con razón) que “la rela­ción con la tra­di­ción no debe ser de sumi­sión y repe­ti­ción sino de trans­for­ma­ción y crí­ti­ca” (1993, p. 189).

En todo caso, dos cues­tio­nes podrían ser plan­tea­das en rela­ción con estas afir­ma­cio­nes. En pri­mer lugar, ¿has­ta qué pun­to es posi­ble “decons­truir” teo­rías socia­les y pro­ce­der a “reacons­truir­las” crean­do de este modo nue­vas figu­ras, for­mas e imá­ge­nes con­cep­tua­les? Los “pos­mar­xis­tas” pare­ce­rían no estar cons­cien­tes de que una ope­ra­ción inte­lec­tual como ésta repo­sa sobre una insos­te­ni­ble pre­mi­sa posi­ti­vis­ta y meca­ni­cis­ta: la idea de que las teo­rías son sim­ples colec­cio­nes de “par­tes y frag­men­tos” que, como las vigas, colum­nas, tuer­cas y tor­ni­llos de plás­ti­co de los jue­gos infan­ti­les de cons­truc­ción, pue­den ser recom­bi­na­dos ad infi­ni­tum. ¿Es razo­na­ble pen­sar que de la “decons­truc­ción” de Hob­bes resul­ta­rá un Loc­ke? ¿Podre­mos “decons­truir” a Rous­seau para así inven­tar a Toc­que­vi­lle? ¿Iría un Marx “decons­trui­do” a resu­ci­tar como un híbri­do de Lacan, Derri­da, Hegel, Weber y Par­sons? En tér­mi­nos de un aná­li­sis filo­só­fi­co rigu­ro­so una tal “decons­truc­ción” no es más que un jue­go de pala­bras, un autén­ti­co non sen­se expre­sa­do, eso sí, con la jer­ga y la apa­ren­te pro­fun­di­dad del cánon esté­ti­co y teó­ri­co del pos­mo­der­nis­mo que tan­tos estra­gos ha cau­sa­do en el pen­sa­mien­to crí­ti­co. Que­da­ría por inda­gar la fun­ción que cum­ple seme­jan­te dis­pa­ra­te. Una pri­me­ra hipó­te­sis sub­ra­ya­ría la impor­tan­cia que tie­nen las “decons­truc­cio­nes” del pos­mo­der­nis­mo para des­ar­mar ideo­ló­gi­ca­men­te –por medio de enga­ños, con­fu­sio­nes pre­me­di­ta­das y tru­cos de diver­so tipo– a los adver­sa­rios del capi­ta­lis­mo, gene­ran­do de ese modo acti­tu­des resig­na­das, esca­pis­tas o con­for­mis­tas que refuer­zan la esta­bi­li­dad del sis­te­ma. Pero pre­fe­ri­mos, por aho­ra, no aden­trar­nos en este tipo de con­je­tu­ras.

En segun­do tér­mino, lo que no está cla­ro en nin­gu­na par­te de la obra de Laclau y Mouf­fe es la demos­tra­ción de que la tra­di­ción mar­xis­ta se haya con­ver­ti­do en un obs­tácu­lo a la crea­ti­vi­dad y a la ins­crip­ción de nue­vos pro­ble­mas, lo que deja a todo su esfuer­zo por fun­dar el “pos­mar­xis­mo” en una posi­ción un tan­to des­ai­ra­da. Por­que, tal como ano­tá­ba­mos más arri­ba: ¿con quié­nes están pole­mi­zan­do estos auto­res? La impre­sión que se lle­va quien se pro­pon­ga exa­mi­nar obje­ti­va y des­apa­sio­na­da­men­te su obra, y que a su vez reco­noz­ca la inte­li­gen­cia y sis­te­ma­ti­ci­dad de su refle­xión, no pue­de sino lle­gar a la con­clu­sión de que nues­tros auto­res están enzar­za­dos en una esté­ril y ana­cró­ni­ca polé­mi­ca con­tra las peo­res defor­ma­cio­nes del mar­xis­mo de la Segun­da y la Ter­ce­ra Inter­na­cio­na­les, y muy espe­cial­men­te con­tra las diver­sas mani­fes­ta­cio­nes de la vul­ga­ta esta­li­nis­ta. Por eso, cuan­do Laclau pien­sa en el mar­xis­mo lo ima­gi­na en los mis­mos tér­mi­nos que uti­li­za­ra la tris­te­men­te céle­bre Aca­de­mia de Cien­cias de la URSS, al defi­nir­lo como:

una teo­ría que se basa en la gra­dual sim­pli­fi­ca­ción de la estruc­tu­ra de cla­ses bajo el capi­ta­lis­mo y en la cre­cien­te cen­tra­li­dad de la cla­se obre­ra (o que pro­po­ne) con­si­de­rar al mun­do como fun­da­men­tal­men­te divi­di­do entre capi­ta­lis­mo y socia­lis­mo, y que el mar­xis­mo es la ideo­lo­gía de este últi­mo (Laclau, 1993, pp. 213 – 214).

La pre­gun­ta más ele­men­tal que debe­ría­mos for­mu­lar es la siguien­te: ¿qué mar­xis­ta se reco­no­ce en una cari­ca­tu­ra como ésta en con­tra de la cual Laclau y Mouf­fe levan­tan todo su alam­bi­ca­do edi­fi­cio teó­ri­co? ¿Quién, sal­vo un buró­cra­ta de la difun­ta Aca­de­mia de Cien­cias de la URSS, podría salir a defen­der tama­ñas sim­ple­zas? Laclau y Mouf­fe ofen­den la inte­li­gen­cia de sus lec­to­res, cuan­do en su afán por cri­ti­car el mar­xis­mo se con­vier­ten en el nega­ti­vo de quie­nes con sus tris­te­men­te céle­bres “manua­les” aso­la­ron los paí­ses del Este en nom­bre del socia­lis­mo. Éstos cari­ca­tu­ri­za­ron toda la his­to­ria del pen­sa­mien­to polí­ti­co dicien­do, por ejem­plo, que Jean-Jac­ques Rous­seau fue ape­nas un “ideó­lo­go de la peque­ña bur­gue­sía”, y que como des­co­no­cía “la exis­ten­cia de la lucha de cla­ses” debió recu­rrir al con­cep­to “abs­trac­to de pue­blo” para hablar de la sobe­ra­nía polí­ti­ca. Estos dis­tin­gui­dos “aca­dé­mi­cos” –muchos de los cua­les se con­vir­tie­ron, al igual que el anti­guo Secre­ta­rio de Acción Ideo­ló­gi­ca del Par­ti­do Comu­nis­ta de la Unión Sovié­ti­ca (pcus), Boris Yel­tsin, en voci­fe­ran­tes pro­pa­gan­dis­tas del neo­li­be­ra­lis­mo– carac­te­ri­za­ron bur­da­men­te a Maquia­ve­lo como “uno de los pri­me­ros ideó­lo­gos de la bur­gue­sía”, y ter­mi­na­ron acu­sán­do­lo de sos­te­ner que la “base de la natu­ra­le­za huma­na (es) la ambi­ción y la codi­cia, y que los hom­bres son malos por natu­ra­le­za” (Pokrovs­ki et al., 1966, pp. 215 – 222 y 144 – 145, res­pec­ti­va­men­te).

Laclau y Mouf­fe pro­ce­den de la mis­ma mane­ra con el mar­xis­mo: cons­tru­yen una cari­ca­tu­ra –una teo­ría reduc­cio­nis­ta, esen­cia­lis­ta, eco­no­mi­cis­ta, obje­ti­vis­ta, etc.– y lue­go pro­ce­den ale­gre­men­te a des­truir­la. Tene­mos dere­cho a pre­gun­tar: ¿por qué y para qué?

(…)

Liqui­dar la cari­ca­tu­ra

Por el con­tra­rio, tan­to Laclau como Mouf­fe con­si­de­ran nece­sa­rio fun­dar el “pos­mar­xis­mo”, para aban­do­nar una vie­ja tra­di­ción cuyos pro­pios manan­tia­les habrían esta­do enve­ne­na­dos des­de sus orí­ge­nes. Sin embar­go, a lo lar­go de su exten­sa obra no se encuen­tran argu­men­tos vale­de­ros y con­vin­cen­tes que res­pal­den esta pre­ten­sión. Más allá de su rebus­ca­da retó­ri­ca lo que que­da, en el fon­do, es un lugar común: una crí­ti­ca en blo­que al mar­xis­mo tal como se reite­ra des­de el mains­tream de las cien­cias socia­les nor­te­ame­ri­ca­nas, sal­pi­ca­da ais­la­da­men­te con algu­na que otra intere­san­te obser­va­ción la que, sin embar­go, no alcan­za a corre­gir las dis­tor­sio­nes inter­pre­ta­ti­vas que vician el con­jun­to de sus plan­tea­mien­tos.

Una mues­tra peque­ña pero har­to sig­ni­fi­ca­ti­va de la lige­re­za con que se enca­ra la crí­ti­ca de la tra­di­ción mar­xis­ta la pro­vee, por ejem­plo, la exten­sa cita del famo­so “Pró­lo­go” de Marx a la Con­tri­bu­ción a la crí­ti­ca de la eco­no­mía polí­ti­ca que Laclau repro­du­ce en Nue­vas Refle­xio­nes (1993, p. 22). Este pasa­je fue toma­do de una tra­duc­ción al espa­ñol de un tex­to ori­gi­nal­men­te escri­to en ale­mán y a par­tir del cual se “cer­ti­fi­ca­ría” cien­ti­fí­ca­men­te el carác­ter deter­mi­nis­ta del mar­xis­mo con las prue­bas que ofre­ce una pala­bra –bedin­gen– tor­pe­men­te tra­du­ci­da, por razo­nes varias y acer­ca de las cua­les es pre­fe­ri­ble no abun­dar, como equi­va­len­te a “deter­mi­nar”, bes­tim­men en ale­mán. Sin embar­go, de acuer­do al Dic­cio­na­rio Lan­gens­cheidts Ale­mán-Espa­ñol los ver­bos bedin­gen y bes­tim­men tie­nen sig­ni­fi­ca­dos muy dife­ren­tes. Mien­tras que tra­du­ce al pri­me­ro como “con­di­cio­nar” (admi­tien­do tam­bién otras acep­cio­nes como “reque­rir”, “pre­su­po­ner”, “impli­car”, etc.), el ver­bo bes­tim­men es tra­du­ci­do como “deter­mi­nar”, “deci­dir”, o “dis­po­ner”. En el famo­so pasa­je del “Pró­lo­go” Marx uti­li­zó el pri­mer voca­blo, bedin­gen, y no el segun­do, pese a lo cual la crí­ti­ca tra­di­cio­nal del pen­sa­mien­to libe­ral bur­gués –del cual el “pos­mar­xis­mo” es cla­ra­men­te tri­bu­ta­rio– ha insis­ti­do en sub­ra­yar la afi­ni­dad del pen­sa­mien­to teó­ri­co de Marx con una pala­bra que éste pre­fi­rió omi­tir uti­li­zan­do otra en su lugar. Habi­da cuen­ta de la maes­tría con que Marx se expre­sa­ba y escri­bía en su len­gua mater­na y del cui­da­do que ponía en el mane­jo de sus tér­mi­nos, la sus­ti­tu­ción de un voca­blo por el otro difí­cil­men­te podría ser con­si­de­ra­da como una ino­cen­te tra­ve­su­ra del tra­duc­tor o como un desin­te­re­sa­do des­liz de los crí­ti­cos de su teo­ría. Que Laclau no haya repa­ra­do en un “deta­lle” como éste, en el con­tex­to de acu­sa­cio­nes teó­ri­cas tan cate­gó­ri­cas como las que for­mu­la, habla de una lige­re­za de jui­cio exce­si­va­men­te ries­go­sa.

Esta ses­ga­da inter­pre­ta­ción de la voz en cues­tión reapa­re­ce nue­va­men­te, tam­bién en Nue­vas refle­xio­nes, en el con­tex­to de una polé­mi­ca con Nor­man Geras y que lle­va a Laclau a come­ter un nue­vo error al afir­mar que “el mode­lo base/​superestructura afir­ma que la base no sólo limi­ta sino que deter­mi­na la super­es­truc­tu­ra, del mis­mo modo que los movi­mien­tos de una mano deter­mi­nan los de su som­bra en una pared” (1993, p. 128 [sub­ra­ya­do en el ori­gi­nal]). Este pasa­je da pie a dos bre­ves obser­va­cio­nes: pri­me­ro, tal como lo vimos más arri­ba, Marx empleó la pala­bra “con­di­cio­nar” y no “deter­mi­nar”. Por lo tan­to, no esta­mos aquí en pre­sen­cia de una dis­cu­sión her­me­néu­ti­ca acer­ca de la “inter­pre­ta­ción” correc­ta de lo que Marx real­men­te dijo sino de algo mucho más ele­men­tal: del per­ti­naz empe­ci­na­mien­to de sus crí­ti­cos a acep­tar que él dijo lo que que­ría decir y que al ele­gir el tér­mino bedin­gen en lugar de bes­tim­men Marx explí­ci­ta­men­te recha­zó el uso de una pala­bra que le habría impre­so un giro fuer­te­men­te deter­mi­nis­ta a todo su argu­men­to teó­ri­co. Sea por igno­ran­cia o por un arrai­ga­do pre­jui­cio lo cier­to es que la fla­gran­te ter­gi­ver­sa­ción de lo que Marx dejó pro­li­ja­men­te escri­to en buen ale­mán ha poten­cia­do los grue­sos erro­res inter­pre­ta­ti­vos de Laclau en rela­ción con la teo­ría mar­xis­ta. Segun­do, y esto pue­de ser ape­nas una curio­si­dad: ¿qué mar­xis­ta digno de ese nom­bre uti­li­za en estos días un mode­lo deter­mi­nis­ta como el de “la mano y su som­bra” que tan­to inquie­ta el sue­ño de Laclau y Mouf­fe?

Una estra­te­gia socia­lis­ta… ¡para con­so­li­dar el capi­ta­lis­mo!

A todo lo ante­rior podría agre­gar­se una afir­ma­ción del pro­pio Laclau, cuan­do dice que hay una bue­na razón polí­ti­ca para hablar de “pos­mar­xis­mo”, y es la con­ve­nien­cia de hacer con el mar­xis­mo lo mis­mo que se ha hecho con otras ideo­lo­gías (como el libe­ra­lis­mo o el con­ser­va­du­ris­mo, por ejem­plo): con­ver­tir­lo en un “vago tér­mino de refe­ren­cia polí­ti­ca, cuyo con­te­ni­do, lími­tes y alcan­ce debe ser defi­ni­do en cada coyun­tu­ra”. El mar­xis­mo, pul­cra­men­te dilui­do, se con­ver­ti­ría en un “sig­ni­fi­can­te flo­tan­te” tan mis­te­rio­so como ino­cuo que abri­ría la posi­bi­li­dad de cons­truir inge­nio­sos “jue­gos de len­gua­je”, a con­di­ción, advier­te Laclau con seve­ri­dad, de que median­te los mis­mos “no se pre­ten­da des­cu­brir el real sig­ni­fi­ca­do de la obra de Marx” pues éso care­ce de rele­van­cia (1993, p. 213).

El pró­po­si­to de esta ope­ra­ción es de una cla­ri­dad meri­dia­na: se tra­ta de liqui­dar el mar­xis­mo –y, por exten­sión, el socia­lis­mo– como uto­pía libe­ra­do­ra y como pro­yec­to de trans­for­ma­ción social, dilu­yén­do­lo en el mag­ma neo­con­ser­va­dor del “fin de las ideo­lo­gías”. En este sen­ti­do, las impli­ca­cio­nes “reac­cio­na­rias” de la obra de Laclau y Mouf­fe son evi­den­tes y que­dan cla­ra­men­te expues­tas des­de las pági­nas ini­cia­les de su Hege­mo­nía y estra­te­gia socia­lis­ta, cuan­do en el mis­mo “Pre­fa­cio a la edi­ción espa­ño­la” se sos­tie­ne que en dicho libro se plan­tea una:

rede­fi­ni­ción del pro­yec­to socia­lis­ta en tér­mi­nos de una radi­ca­li­za­ción de la demo­cra­cia; es decir, como arti­cu­la­dor de las luchas con­tra las dife­ren­tes for­mas de subor­di­na­ción –de cla­se, de sexo, de raza, así como de aque­llas otras a las que se opo­nen los movi­mien­tos eco­ló­gi­cos, anti­nu­clea­res y anti­ins­ti­tu­cio­na­les. Esta demo­cra­cia radi­ca­li­za­da y plu­ral, que pro­po­ne­mos como obje­ti­vo de una nue­va izquier­da, se ins­cri­be en la tra­di­ción del pro­yec­to polí­ti­co “moderno” for­mu­la­do a par­tir del Ilu­mi­nis­mo (1987, p. ix).

Nin­gún socia­lis­ta podría disen­tir de tan bellos pro­pó­si­tos, siem­pre y cuan­do el logro de estas metas no impli­que sacri­fi­car el obje­ti­vo de supe­rar his­tó­ri­ca­men­te el capi­ta­lis­mo, algo que ni siquie­ra Eduard Berns­tein –”revi­sio­nis­ta” pero socia­lis­ta al fin– estu­vo dis­pues­to a admi­tir. Sin embar­go, ésto es pre­ci­sa­men­te lo que encon­tra­mos al final del labe­rín­ti­co dis­cur­so de Laclau y Mouf­fe: el socia­lis­mo se ha vola­ti­li­za­do por com­ple­to toda vez que el obje­ti­vo supre­mo de la nue­va izquier­da es una demo­cra­cia “radi­ca­li­za­da y plu­ral”. De este modo se pone fin al tra­yec­to teó­ri­co-polí­ti­co reco­rri­do por nues­tros auto­res: tras comen­zar con una crí­ti­ca epis­te­mo­ló­gi­ca y abs­trac­ta a los mar­xis­mos de la Segun­da y la Ter­ce­ra Inter­na­cio­na­les se con­clu­ye con una sigi­lo­sa capi­tu­la­ción en don­de el obje­ti­vo esen­cial del socia­lis­mo, la sus­ti­tu­ción de la socie­dad capi­ta­lis­ta por otra más jus­ta, huma­na y libe­ra­do­ra, que­da defi­ni­ti­va­men­te silen­cia­do en aras de una tan eté­rea como inve­ro­sí­mil pro­fun­di­za­ción de la demo­cra­cia. Sin decir­lo, los auto­res com­par­ten las tesis de Fran­cis Fuku­ya­ma y toda la dere­cha moder­na que con­sa­gra el capi­ta­lis­mo como el esta­dio final de la his­to­ria huma­na. Así, la supues­ta reno­va­ción del mar­xis­mo se efec­tuó tan meticu­losa­men­te y con tan­to ahín­co que en su fer­vor inno­va­dor los “reno­va­do­res” ter­mi­na­ron pasán­do­se al ban­do con­tra­rio: en su rápi­do des­pla­za­mien­to arro­ja­ron por la bor­da la crí­ti­ca al capi­ta­lis­mo y la nece­si­dad de supe­rar­lo, con­vir­tién­do­se obje­ti­va­men­te en sus sibi­li­nos apo­lo­gis­tas.

Lo ante­rior sal­ta a la vis­ta cuan­do se exa­mi­na más dete­ni­da­men­te el sig­ni­fi­ca­do de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da” de Laclau y Mouf­fe y la obra pos­te­rior de ambos auto­res, en don­de su lisa y lla­na adhe­sión al libe­ra­lis­mo se mani­fies­ta sin nin­gu­na cla­se de cor­ta­pi­sas. El deba­te ya no es con “los res­tos del mar­xis­mo” sino en cómo situar­se entre Rawls y Rorty8. En todo caso, y reto­man­do el hilo de nues­tra argu­men­ta­ción, nos pare­ce cues­tio­na­ble tan­to des­de el pun­to de vis­ta de la rigu­ro­si­dad inte­lec­tual como des­de la cohe­ren­cia polí­ti­ca, tra­tar un tema como el de la radi­ca­li­za­ción de la demo­cra­cia sin por lo menos pro­ce­der a reexa­mi­nar lo que Rosa Luxem­burg, des­de el cora­zón mis­mo de la tra­di­ción mar­xis­ta, escri­bie­ra al respecto9. Una refle­xión como la que hacen Laclau y Mouf­fe, cual si fue­ran Adán y Eva el pri­mer día de la crea­ción del mun­do, poco ayu­da a su auto­de­cla­ra­do pro­pó­si­to de reno­var crí­ti­ca­men­te el pen­sa­mien­to mar­xis­ta. En segun­do tér­mino, el plan­tea­mien­to de nues­tros auto­res es por lo menos vago, y por momen­tos peli­gro­sa­men­te con­fu­so. En efec­to, no se pue­de afir­mar ale­gre­men­te que “la tarea de la izquier­da no pue­de por tan­to con­sis­tir en rene­gar de la ideo­lo­gía libe­ral-demo­crá­ti­ca sino al con­tra­rio, en pro­fun­di­zar­la y expan­dir­la en la direc­ción de una demo­cra­cia radi­ca­li­za­da y plu­ral” (1987 [b]: p. 199).

Laclau y Mouf­fe son pro­fe­so­res de teo­ría polí­ti­ca y no pue­den igno­rar que la posi­bi­li­dad de “pro­fun­di­zar y expan­dir” la ideo­lo­gía libe­ral-demo­crá­ti­ca no es algo que pue­da hacer­se median­te un ejer­ci­cio retó­ri­co o una invo­ca­ción a la bue­na volun­tad de hom­bres y muje­res, al mar­gen de los con­di­cio­nan­tes que dicha ideo­lo­gía tie­ne en fun­cion de su arti­cu­la­ción –nada con­tin­gen­te, por cier­to– con una estruc­tu­ra de domi­nio y explo­ta­ción cla­sis­ta, en cuyo seno dicha ideo­lo­gía se desa­rro­lló y a cuyos intere­ses fun­da­men­ta­les sir­vió dili­gen­te­men­te duran­te tres siglos. Aquí el “ins­tru­men­ta­lis­mo” de Laclau y Mouf­fe es tan bur­do que recuer­da a esa ver­da­de­ra cari­ca­tu­ra del leni­nis­mo que los auto­res cons­tru­ye­ron en su obra con el áni­mo de des­pa­char­lo sin nin­gún tipo de repa­ros. Sólo que el nue­vo “ins­tru­men­ta­lis­mo” de Laclau y Mouf­fe per­te­ne­ce, apa­ren­te­men­te, a una varie­dad benig­na que no des­pier­ta la menor preo­cu­pa­ción en nues­tros auto­res. ¿Creen éstos que es tan sen­ci­llo “hacer rom­per al libe­ra­lis­mo su arti­cu­la­ción con el indi­vi­dua­lis­mo pose­si­vo” (1987 [b]: p. 199)?

Si así fue­ra, la his­to­ria de la demo­cra­cia habría sido muchí­si­mo más pací­fi­ca y apa­ci­ble: hubie­ra bas­ta­do con ir de a poco debi­li­tan­do los víncu­los entre libe­ra­lis­mo y explo­ta­ción cla­sis­ta para que, una radian­te maña­na, los bur­gue­ses libe­ra­les hubie­sen ama­ne­ci­do como demó­cra­tas radi­ca­les ad usum Laclau y Mouf­fe. ¿Por qué si el libe­ra­lis­mo tie­ne una his­to­ria tres veces cen­te­na­ria la demo­cra­cia es una frá­gil y recien­te adqui­si­ción de algu­nas pocas socie­da­des capi­ta­lis­tas? ¿Será por­que a nadie se le ocu­rrió pen­sar en pro­du­cir esa rup­tu­ra entre libe­ra­lis­mo y domi­na­ción bur­gue­sa? ¿O será tal vez por­que esa tarea de pro­fun­di­zar y expan­dir la demo­cra­cia libe­ral en una direc­ción “radi­ca­li­za­da y plu­ral” tro­pie­za con lími­tes estruc­tu­ra­les y de cla­se que hacen que dicha empre­sa requie­ra para su mate­ria­li­za­ción lo que con mucha ele­gan­cia Barring­ton Moo­re deno­mi­na­ba “una rup­tu­ra vio­len­ta con el pasa­do”, es decir, una revo­lu­ción (1966)? ¿Por qué será que Laclau y Mouf­fe no pue­den citar ni un sólo ejem­plo de una demo­cra­cia “radi­ca­li­za­da y plu­ral” en el capi­ta­lis­mo con­tem­po­rá­neo? Res­pues­ta: por­que no exis­te.

Nues­tros auto­res pue­den for­mu­lar estas teme­ra­rias pro­pues­tas acer­ca de la ili­mi­ta­da elas­ti­ci­dad ideo­ló­gi­ca del libe­ra­lis­mo por­que su visión “pos­mar­xis­ta” del mun­do les impi­de per­ci­bir lo social como una tota­li­dad y el “efec­to embu­do” de su pers­pec­ti­va teó­ri­ca les inhi­be apre­ciar las cone­xio­nes exis­ten­tes entre dis­cur­sos, ideo­lo­gías, modos de pro­duc­ción y estruc­tu­ras de domi­na­ción. La radi­cal e insu­pe­ra­ble frag­men­ta­ción de la reali­dad social tal cual ésta apa­re­ce en los mean­dros de su argu­men­ta­ción hace que todo sea posi­ble, has­ta una con­ver­sión del libe­ra­lis­mo y su trans­for­ma­ción en una ideo­lo­gía demo­crá­ti­ca en don­de por impe­rio de los “jue­gos de len­gua­je” y los “sig­ni­fi­ca­dos flo­tan­tes” se disuel­ven todos los con­di­cio­na­mien­tos cla­sis­tas, sexis­tas, racis­tas, lin­güís­ti­cos, reli­gio­sos y cul­tu­ra­les que carac­te­ri­za­ron al libe­ra­lis­mo des­de sus orí­ge­nes. Ni siquie­ra un con­ser­va­dor ilus­tra­do como Toc­que­vi­lle creía que ésto fue­ra posi­ble, para no hablar de Max Weber, pero ésto no arre­dra la auda­cia de nues­tros autores10.

Capi­ta­lis­mo, socia­lis­mo, demo­cra­cia

¿Debe­mos, por lo tan­to, recha­zar la pro­pues­ta de “pro­fun­di­zar y exten­der la demo­cra­cia”, tan cara a los “pos­mar­xis­tas” lati­no­ame­ri­ca­nos? De nin­gu­na mane­ra. Pero un pro­gra­ma de este tipo exi­ge un plan­tea­mien­to radi­cal­men­te dis­tin­to del que sugie­ren Laclau y Mouf­fe, lo que supo­ne antes que nada una apre­cia­ción rea­lis­ta del sig­ni­fi­ca­do de la demo­cra­cia bur­gue­sa y una labor de impla­ca­ble des­mi­ti­fi­ca­ción, pues de lo con­tra­rio toda su bella pro­pues­ta repo­sa­ría sobre una ilu­sión.

En este sen­ti­do las refle­xio­nes de Rosa Luxem­burg –ya en la cár­cel y siguien­do con aten­ción los pri­me­ros pasos de la revo­lu­cion rusa– son de extra­or­di­na­ria impor­tan­cia por­que, con­tra­ria­men­te a lo que pro­po­nen nues­tros auto­res, recu­pe­ran el valor de la demo­cra­cia sin legi­ti­mar el capi­ta­lis­mo y sin arro­jar por la bor­da la uto­pía y el pro­yec­to socia­lis­tas. Decía la revo­lu­cio­na­ria pola­ca:

Lo que esto sig­ni­fi­ca es lo siguien­te: siem­pre hemos dis­tin­gui­do el núcleo social de la for­ma polí­ti­ca de la demo­cra­cia bur­gue­sa. Siem­pre hemos reve­la­do el núcleo duro de des­igual­dad social y fal­ta de liber­ta­des que se ocul­ta bajo la dul­ce envol­tu­ra de la igual­dad y las liber­ta­des for­ma­les. Pero no para recha­zar estas últi­mas sino para impul­sar a la cla­se tra­ba­ja­do­ra a no con­for­mar­se con la envol­tu­ra sino a con­quis­tar el poder polí­ti­co; a crear una demo­cra­cia socia­lis­ta para reem­pla­zar a la demo­cra­cia bur­gue­sa, no a eli­mi­nar a la demo­cra­cia (1970, p. 393).

El plan­tea­mien­to de Rosa Luxem­burg, por lo tan­to, supera crea­ti­va­men­te tan­to las tram­pas del vul­go­mar­xis­mo –que al recha­zar la demo­cra­cia capi­ta­lis­ta ter­mi­na­ba repu­dian­do in toto la sola idea de la demo­cra­cia y jus­ti­fi­can­do el des­po­tis­mo polí­ti­co– como las del “pos­mar­xis­mo”, que renie­ga del pro­yec­to de Marx para disol­ver­se y refun­dir­se ideo­ló­gi­ca­men­te en el libe­ra­lis­mo. En con­se­cuen­cia: ni des­pre­cio ni entre­ga. Lo que se requie­re es una autén­ti­ca aufhe­bung, es decir, una simul­tá­nea nega­ción, recu­pe­ra­ción y supera­ción de la demo­cra­cia capi­ta­lis­ta, en don­de el socia­lis­mo sea con­ce­bi­do como capaz de dar a luz a una for­ma cuan­ti­ta­ti­va y cua­li­ta­ti­va­men­te supe­rior de demo­cra­cia y no, como en la pro­pues­ta de Laclau y Mouf­fe, como la sim­ple “dimen­sión social” de una demo­cra­cia radi­ca­li­za­da inca­paz de des­car­tar las sos­pe­chas de que se tra­ta sim­ple­men­te de más de lo mis­mo (1987 [b]: p. 201).

En este caso, el socia­lis­mo se vería redu­ci­do al ran­go de una mera “for­ma supe­rior” de demo­cra­cia que, pese a todas las evi­den­cias, nues­tros auto­res sue­ñan que se pue­de cons­truir dejan­do intac­tos los fun­da­men­tos de la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta. Que la nues­tra no es una lec­tu­ra vicia­da por un pre­jui­cio izquier­dis­ta lo prue­ba el hecho de que nada menos que el “iro­nis­ta libe­ral” Richard Rorty, cuyo trán­si­to del trots­kis­mo de su juven­tud al filo-reaga­nis­mo de su madu­rez sigue con­ci­tan­do el asom­bro de muchos, tam­bién se decla­ra inca­paz de dis­tin­guir, “como [Ernes­to Laclau y Chan­tal Mouf­fe] que­rrían […] la ‘demo­cra­cia radi­cal’ res­pec­to de la mera ‘demo­cra­cia libe­ral’ […] No está cla­ro que la demo­cra­cia radi­cal pue­da sig­ni­fi­car otra cosa que el tipo de socie­dad que Ryan des­cri­be” (Rorty, 1998: pp. 51 – 52). El tipo de socie­dad alu­di­da por Alan Ryan, con­vie­ne acla­rar­lo, es el “capi­ta­lis­mo de bien­es­tar con ros­tro humano”.

Así las cosas, no pode­mos hacer menos que recha­zar toda ten­ta­ti­va de liqui­dar los idea­les socia­lis­tas. Como ya lo hemos expues­to en otro lugar, no se tra­ta de negar la gra­ve­dad de la cri­sis del mar­xis­mo (Boron, 1996, cap. 9). Pero sería insen­sa­to dejar de pre­gun­tar­se si no será ésto un reflu­jo tran­si­to­rio en lugar del oca­so defi­ni­ti­vo del socia­lis­mo, como sur­ge del argu­men­to desa­rro­lla­do por Laclau y Mouf­fe. Tal vez sea dema­sia­do pron­to para saber, aun­que nos resis­ti­mos a creer que el fra­ca­so en las pri­me­ras ten­ta­ti­vas de cons­truc­ción de la socie­dad socia­lis­ta pue­da sig­ni­fi­car la defi­ni­ti­va erra­di­ca­ción de una de las más bellas y nobles uto­pías jamás ges­ta­da por la espe­cie huma­na.

Tal como lo exa­mi­ná­ra­mos más arri­ba a pro­pó­si­to de los aná­li­sis de John E. Roe­mer, el fra­ca­so del expe­ri­men­to sovié­ti­co no sig­ni­fi­ca que el pro­yec­to socia­lis­ta de cons­truir una nue­va socie­dad –igua­li­ta­ria, libre, eman­ci­pa­da, auto­go­ber­na­da– haya sido archi­va­do en el lim­bo de la his­to­ria que pudo ser y que no fue (1994, pp. 25 – 26). Hay sobra­das razo­nes para creer que la eufo­ria de la bur­gue­sía, que hoy pare­ce inun­dar­lo todo, habrá de ser bre­ve, tenien­do en cuen­ta los múl­ti­ples sig­nos que por doquier hablan de la pre­ca­rie­dad del “triun­fo” capi­ta­lis­ta. ¿Cómo olvi­dar que en los últi­mos noven­ta años los ideó­lo­gos de la bur­gue­sía anun­cia­ron en tres opor­tu­ni­da­des –la belle épo­que de comien­zos de siglo, los roa­ring twen­ties y los años cin­cuen­ta– la vic­to­ria final del capi­ta­lis­mo? Y ya sabe­mos lo que ocu­rrió des­pués. ¿Por qué habría­mos aho­ra de creer que hemos lle­ga­do al “fin de la his­to­ria”?

En todo caso, una pre­gun­ta cru­cial que­da plan­tea­da con total legi­ti­mi­dad: ¿podrá el mar­xis­mo hacer fren­te al for­mi­da­ble desa­fío de nues­tro tiem­po, o debe­re­mos en cam­bio bus­car refu­gio en la vague­dad y este­ri­li­dad del “pos­mar­xis­mo” para hallar los valo­res, cate­go­rías teó­ri­cas y herra­mien­tas con­cep­tua­les que nos per­mi­ti­rían nave­gar en las aguas tor­men­to­sas del fin de siglo? Cree­mos que la teo­ría mar­xis­ta con­tie­ne los ele­men­tos nece­sa­rios para resur­gir con nue­vos bríos de la pre­sen­te cri­sis, a con­di­ción de que los mar­xis­tas rehu­sen atrin­che­rar­se en las vie­jas y tra­di­cio­na­les cer­ti­dum­bres y que lle­va­dos por el dog­ma­tis­mo o la indo­len­cia inte­lec­tual cie­rren los ojos ante las múl­ti­ples lec­cio­nes deja­das por el pri­mer ciclo de las revo­lu­cio­nes socia­lis­tas y se empe­ci­nen en igno­rar los nue­vos e iné­di­tos desa­fíos que plan­tea la agre­si­va res­truc­tu­ra­ción neo­li­be­ral del capi­ta­lis­mo a fina­les del siglo xx.

Por ello, para enfren­tar la cri­sis teó­ri­ca con cier­tas posi­bi­li­da­des de éxi­to será nece­sa­rio some­ter todo a dis­cu­sión, reexa­mi­nar la tota­li­dad del cor­pus teó­ri­co ges­ta­do a lo lar­go de más de un siglo y medio hacien­do honor a aque­lla divi­sa mar­xis­ta que iden­ti­fi­ca­ba la dia­léc­ti­ca como una crí­ti­ca des­pia­da­da de todo lo exis­ten­te, inclu­yen­do la pro­pia teo­ría. Algu­nas de las cabe­zas más lúci­das del pen­sa­mien­to mar­xis­ta ya han pues­to manos a la obra. Lo que aso­ma en el hori­zon­te es un mar­xis­mo reno­va­do, ágil, diná­mi­co, abier­to al mun­do y plu­ral, ya avi­zo­ra­do por las mira­das pene­tran­tes de Ray­mond Williams y Ralph Mili­band en algu­nos de sus últi­mos escri­tos; un mar­xis­mo, en sín­te­sis, con su ros­tro vuel­to hacia el siglo xxi y abier­to a todos los gran­des temas de nues­tra épo­ca (Williams, 1991 – 1992, pp. 19 – 34; Mili­band, 1997).

Coin­ci­di­mos, en este sen­ti­do, con la poé­ti­ca anti­ci­pa­ción que años atrás hicie­ra Mar­ce­lo Cohen, con pala­bras que hace­mos nues­tras y que alu­den a la per­sis­ten­te pre­sen­cia crea­do­ra, difu­sa y pro­fun­da del mar­xis­mo en el mun­do con­tem­po­rá­neo. Nos habló de sus lega­dos, sus pro­me­sas y sus inmen­sas posi­bi­li­da­des, y lo dijo de esta mane­ra:

Soy la voz inse­pul­ta del mar­xis­mo […] sólo algu­nos de mis ava­ta­res yacen bajo los escom­bros del Muro de Ber­lín. Otros retro­ce­den ante las imá­ge­nes pola­cas de la Vir­gen. Pero espi­ri­tual­men­te, por así decir, ando aún por todas par­tes. Mi res­pi­ra­ción empa­pa la vida del mun­do, no sólo occi­den­tal. […] Me han usa­do, como a casi todo, para per­pe­trar pesa­di­llas socia­les y bodrios de la ima­gi­na­ción. Me han invo­ca­do para tor­tu­rar. […] He dado pala­bras para nom­brar lo que hoy sigue hirien­do, he nutri­do el ner­vio, la rabia orgu­llo­sa, la agu­de­za crí­ti­ca. […] Y he pro­por­cio­na­do aper­tu­ras, fan­tás­ti­cos rela­tos inter­pre­ta­ti­vos, anchas alu­ci­na­cio­nes teó­ri­cas que ali­men­ta­ron la fan­ta­sía rebel­de y el pla­cer inte­li­gen­te. Para los aman­tes del fút­bol: soy un fino cen­tro­cam­pis­ta que crea jue­go inago­ta­ble. Y nada más. Con­mi­go se segui­rá dis­cu­tien­do. No seré cemen­to de cons­truc­cio­nes per­ver­sas, sino movi­li­dad y suge­ren­cias; pre­sien­to nue­vas meta­mor­fo­sis. El que quie­ra pue­de reci­bir­me. Y el que no, que se embro­me (1990, p. 24).

Excur­sus final: las tram­pas de la coyun­tu­ra y el des­cen­so a los infier­nos del “pos­mar­xis­mo”

Las urgen­cias de la coyun­tu­ra y la nece­si­dad de dar res­pues­tas con­cre­tas a los desa­fíos que pro­po­ne han teni­do la vir­tud de con­tri­buir a des­pe­jar el enig­ma que rodea­ba algu­nos argu­men­tos cru­cia­les de los teó­ri­cos del “pos­mar­xis­mo”. En efec­to, los alcan­ce efec­ti­vos de la fór­mu­la de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da y plu­ral” o la exhor­ta­ción a “rede­fi­nir” el pro­yec­to socia­lis­ta en tér­mi­nos de la radi­ca­li­za­ción de la demo­cra­cia, por ejem­plo, per­ma­ne­cían en las bru­mas de un dis­cur­so her­mé­ti­co y solip­sis­ta que si bien sus­ci­ta­ba muchas dudas –algu­nas de las cua­les fue­ron expues­tas más arri­ba– tam­po­co ofre­cía flan­cos dema­sia­do des­cu­bier­tos para la crí­ti­ca.

Afor­tu­na­da­men­te, un repor­ta­je rea­li­za­do a fina­les de 1997 en Bue­nos Aires per­mi­te poner pun­to final a esta situa­ción (Gon­zá­lez, 1997, p. 20).

La pro­pues­ta “pos­mar­xis­ta” de arti­cu­lar las luchas en con­tra de todas las for­mas de subor­di­na­ción sona­ba, en prin­ci­pio, como muy atrac­ti­va y no podía sino sus­ci­tar las sim­pa­tías de los socia­lis­tas y del cam­po pro­gre­sis­ta en gene­ral. Sin embar­go, había algo enig­má­ti­co e inquie­tan­te en el plan­tea­mien­to de nues­tros auto­res: ¿cómo era posi­ble teo­ri­zar sobre tan­tas for­mas de opre­sión –de cla­se, de géne­ro, de raza, reli­gio­sas, lin­güís­ti­cas, amén de las luchas en defen­sa del medio ambien­te, por la paz y el esta­do de dere­cho– hacien­do total abs­trac­ción de la estruc­tu­ra y la diná­mi­ca del capi­ta­lis­mo con­tem­po­rá­neo y sus ten­den­cias hacia la con­cen­tra­ción mono­pó­li­ca de la rique­za y el poder, la super­ex­plo­ta­ción de las masas popu­la­res, la pos­ter­ga­ción de las regio­nes peri­fé­ri­cas y la des­truc­ción del medio ambien­te? Con­tri­buía aún más a la per­ple­ji­dad de estu­dio­sos y crí­ti­cos, dis­cí­pu­los y cole­gas por igual, la lla­ma­ti­va ausen­cia de ejem­plos con­cre­tos que per­fi­la­sen los ras­gos dis­tin­ti­vos de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da y plu­ral” de Laclau y Mouf­fe que tan­tas espe­ran­zas abría supues­ta­men­te para las víc­ti­mas de todo tipo de opre­sión.

Aho­ra, gra­cias a la incur­sión de Laclau sobre la actual coyun­tu­ra argen­ti­na, el enig­ma se ha deve­la­do: por una de esas crue­les iro­nías de la his­to­ria aquel paraí­so demo­crá­ti­co y radi­ca­li­za­do tan ple­tó­ri­co de pro­me­sas que nos pin­ta­ban nues­tros auto­res no resul­tó ser otro que… el capi­ta­lis­mo neo­li­be­ral. Sí, el mis­mo que en la Argen­ti­na sur­gie­ra de un plan que, según Laclau, fue “apli­ca­do por el mene­mis­mo con un cri­te­rio estric­ta­men­te buro­crá­ti­co y con la pasi­vi­dad del res­to de la pobla­ción”. De este modo, las insa­na­bles injus­ti­cias cons­ti­tu­ti­vas del mode­lo más reac­cio­na­rio en la his­to­ria del capi­ta­lis­mo apa­re­cen como pro­duc­tos de acci­den­ta­les des­via­cio­nes buro­crá­ti­cas o “erro­res de eje­cu­ción” del mene­mis­mo y, ¿por qué no?, de la resig­na­da aquies­cen­cia del con­jun­to de la pobla­ción que según el filó­so­fo “pos­mar­xis­ta” –imper­té­rri­to ante el espe­jis­mo de los paros nacio­na­les, cor­tes de rutas, pue­bla­das, car­pas docen­tes e innu­me­ra­bles mar­chas de pro­tes­ta– habría acep­ta­do con ove­ju­na man­se­dum­bre la medi­ci­na esta­bi­li­za­do­ra de los tec­nó­cra­tas. Por eso Laclau se con­gra­tu­la de que “Cha­cho Álva­rez haya dicho que los linea­mien­tos gene­ra­les del plan de esta­bi­li­za­ción no van a ser modi­fi­ca­dos por la Alian­za”. Y ponien­do en sin­to­nía su dis­cur­so supues­ta­men­te “supe­ra­dor” del mar­xis­mo con el pen­sa­mien­to úni­co domi­nan­te con­clu­ye: “Creo que está muy bien que diga eso por­que no hay una polí­ti­ca alter­na­ti­va”. Los memo­rio­sos no deja­rán de recor­dar que fue pre­ci­sa­men­te ése –TINA, “The­re Is No Alter­na­ti­ve”– el slo­gan publi­ci­ta­rio de Mar­ga­ret That­cher en sus días de glo­ria, con­sig­na repe­ti­da entre noso­tros ad nau­seam por Ber­nar­do Neus­tadt, Daniel Hadad y Mau­ro Via­le, para no citar sino algu­nos de los más dis­tin­gui­dos “filó­so­fos” ver­nácu­los del neo­li­be­ra­lis­mo, incons­cien­tes pre­cur­so­res del “pos­mar­xis­mo” en estas dolien­tes regio­nes de la peri­fe­ria.

Debi­do a esta capi­tu­la­ción ideo­ló­gi­ca Laclau no tie­ne dudas acer­ca de lo que debe­ría hacer la Alian­za para dife­ren­ciar­se del gobierno mene­mis­ta: “ampliar el con­sen­so demo­crá­ti­co alre­de­dor del plan”. ¡Sí!, leyó bien: refor­zar la legi­ti­mi­dad de un mode­lo eco­nó­mi­co que gene­ra nive­les iné­di­tos de des­em­pleo y pobre­za mien­tras enri­que­ce a un puña­do de pri­vi­le­gia­dos y pro­vo­ca un feno­me­nal endeu­da­mien­to externo, amén de muchas otras des­gra­cias. Cla­ro, Laclau tam­bién aña­de que un futu­ro gobierno de la Alian­za debe­ría pro­mo­ver la defen­sa de “los dere­chos de los ciu­da­da­nos en una plu­ra­li­dad de esfe­ras”, pese a que en aquel momen­to tan­to el gobierno mene­mis­ta como la Alian­za se colo­ca­ron al lado de Su San­ti­dad y a la dere­cha de Hillary Clin­ton en una mate­ria tan esen­cial a la con­di­ción ciu­da­da­na de la mujer como el dere­cho a dis­po­ner libre­men­te de su pro­pio cuer­po. ¿Cómo recon­ci­liar la anti­no­mia entre dere­chos ciu­da­da­nos, abs­trac­ta­men­te defen­di­dos por Laclau y los “pos­mar­xis­tas”, y la lógi­ca de mer­ca­do en los “capi­ta­lis­mos real­men­te exis­ten­tes” ante la cual se incli­nan con tré­mu­la vene­ra­ción los “supe­ra­do­res” del mar­xis­mo? Laclau nada nos dice al res­pec­to.

Más de una vez Marx y Engels seña­la­ron en diver­sos escri­tos que la hue­ca gran­dio­si­dad de la filo­so­fía polí­ti­ca hege­lia­na ape­nas si encu­bría la mise­ra­bi­li­dad del esta­do pru­siano. No muy dis­tin­ta es la misión his­tó­ri­ca de la “demo­cra­cia radi­ca­li­za­da y plu­ral” de Laclau y Mouf­fe: edul­co­rar al neo­li­be­ra­lis­mo, pro­cla­mar sibi­li­na­men­te “el fin de la his­to­ria” eter­ni­zan­do el capi­ta­lis­mo y esca­mo­tean­do su natu­ra­le­za explo­ta­do­ra y opre­si­va y, final­men­te, endio­sar a la demo­cra­cia libe­ral. Lo que en la prác­ti­ca ter­mi­na hacien­do el “pos­mar­xis­mo”, tal como lo prue­ba la entre­vis­ta a Laclau, es legi­ti­mar la ren­di­ción incon­di­cio­nal de una cier­ta izquier­da y la liqui­da­ción de la heren­cia teó­ri­ca socia­lis­ta. Arro­ja­do al infierno de la coyun­tu­ra argen­ti­na, el “pos­mar­xis­mo” que­da des­po­ja­do de toda su hue­ca pala­bre­ría y des­nu­da el carác­ter reac­cio­na­rio de su pro­pues­ta: pro­mo­ver la resig­na­ción ante el capi­ta­lis­mo, “natu­ra­li­za­do” como un hecho incues­tio­na­ble, y alen­tar el gato­par­dis­mo de una opo­si­ción como la Alian­za que pre­fie­re ser segu­ra alter­nan­cia del mene­mis­mo a incier­ta alter­na­ti­va popu­lar, y que afir­ma que­rer “domes­ti­car” al neo­li­be­ra­lis­mo para tor­nar­lo “trans­pa­ren­te y social­men­te sen­si­ble”. La ver­dad siem­pre es con­cre­ta: el pro­yec­to refun­da­cio­nal del “pos­mar­xis­mo” reve­la, en su con­cre­ción, su ver­da­de­ra natu­ra­le­za: una nue­va y sofis­ti­ca­da estra­ta­ge­ma al ser­vi­cio del capi­tal, con­ce­bi­do para des­ar­mar ideo­ló­gi­ca­men­te el cam­po popu­lar.

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