Víc­tor Zava­la: “Nada me ha ven­ci­do, nada me ha doble­ga­do” (Perú, cri­men de esta­do)- Mai­té Campillo

Nada me ha ven­ci­do, nada me ha doblegado”

Víc­tor Zava­la Cata­ño, 25 años secues­tra­do en una de las maz­mo­rras ase­si­nas de Perú, don­de en vez de cul­ti­var hon­gos, el Esta­do peruano, des­com­po­ne seres huma­nos. Por vos, Víc­tor, por los que luchan toda la vida ‑y es que hay que luchar don, hay que luchar- , aun­que sea por la pro­pia vida.

Penal “Miguel Cas­tro Castro” 

(2 de sep­tiem­bre del 2013 Lima – Perú)

Actual­men­te cuen­to con 81 años y con­ti­núo en pri­sión, sin dere­cho a nin­gún bene­fi­cio; debo salir en teo­ría en el 2016, si no me inven­tan otros pro­ce­sos, como el recien­te caso Soras, un plan polí­ti­co reac­cio­na­rio para impe­dir la liber­tad de quie­nes han cum­pli­do condena.

Fui dete­ni­do en dos oca­sio­nes por la poli­cía polí­ti­ca del Esta­do peruano, lla­ma­da DINCOTE. La pri­me­ra vez el 5 de mayo de 1987, sin orden judi­cial ni requi­si­to­ria algu­na, per­ma­ne­cien­do reclui­do duran­te diez meses ile­gal­men­te, y la segun­da vez, el 22 de junio de 1991, sien­do reclui­do en el Penal, “Cas­tro Cas­tro”, don­de he sido víc­ti­ma y uno de los sobre­vi­vien­tes del ale­vo­so asal­to geno­ci­da per­pe­tra­do por la dic­ta­du­ra fuji­mo­ris­ta los días 6, 7, 8 y 9 de mayo de 1992, como par­te de la polí­ti­ca geno­ci­da del Esta­do peruano con­tra la gue­rra popu­lar y el pue­blo. En esa oca­sión, por direc­ti­vas de la dic­ta­du­ra fuji­mo­ris­ta, me bus­ca­ron para eje­cu­tar­me extra­ju­di­cial­men­te como lo hicie­ron con muchos de los 50 pri­sio­ne­ros vil­men­te ase­si­na­dos, sal­ván­do­me solo por azar al no haber sido reco­no­ci­do por los ver­du­gos eje­cu­to­res. Sobre este caso exis­te una Sen­ten­cia de la Cor­te Inter­ame­ri­ca­na de Dere­chos Huma­nos (Caso “Can­to Gran­de 92”) que res­pon­sa­bi­li­za al Esta­do peruano, la que has­ta hoy se rehú­sa a cum­plir per­ju­di­can­do a más de 500 pri­sio­ne­ros o ex-pri­sio­ne­ros polí­ti­cos y sus familiares.

El 5 de junio 1992 me tras­la­dan al penal de Yana­ma­yo en Puno, con­ce­bi­do como pri­sión de tor­tu­ra, ubi­ca­do a más de 3.800 metros de altu­ra, some­ti­do a un mons­truo­so régi­men car­ce­la­rio bus­can­do redu­cir­me a la con­di­ción de sub­hu­mano, pri­ván­do­me de toda rela­ción social, ais­lán­do­me espe­cial­men­te de mis fami­lia­res para man­te­ner­me en inde­fen­sión. En 1996 soy con­de­na­do por jue­ces “sin ros­tro” a 20 años de pena pri­va­ti­va de libertad.

Muchos pri­sio­ne­ros han muer­to en aban­dono y sin aten­ción por enfer­me­da­des como cán­cer, entre otras. En mi caso par­ti­cu­lar, estan­do en el penal de Yana­ma­yo, Puno, en 1994, me ope­ra­ron de cálcu­los en la vesí­cu­la biliar.

Debi­do a que antes y lue­go de la ope­ra­ción me deja­ron en el pasa­di­zo sobre la cami­lla por horas, sin abri­go alguno, don­de el cli­ma es 5° bajo cero, a los tres días me ata­có una bron­co­neu­mo­nía obvia­men­te pro­vo­ca­da, deján­do­me gra­ves secue­las has­ta hoy. En 1996 me tras­la­dan al penal “Cas­tro Cas­tro” en Lima, don­de debi­do a gra­ves dolo­res esto­ma­ca­les cró­ni­cos me ope­ran y des­cu­bren que esos dolo­res corres­pon­dían a una even­tra­ción deri­va­da de habér­se­me deja­do sin coser zonas de la ope­ra­ción a la vesí­cu­la biliar, ¿sim­ple olvido?.

Pos­te­rior­men­te se me ha ido pre­sen­tan­do y agra­van­do diver­sas dolen­cias a la prós­ta­ta, micro­de­rra­mes en la cabe­za con pará­li­sis facial y pér­di­da dege­ne­ra­ti­va de visión. Lue­go de años de engo­rro­sas ges­tio­nes y tan­to bata­llar ante la indo­len­cia de las auto­ri­da­des peni­ten­cia­rias, que sim­ple­men­te no me sacan para mis aten­cio­nes opor­tu­na­men­te, pese a con­tar con segu­ro de salud, con­se­guí me hicie­ran diver­sas ope­ra­cio­nes a la vis­ta, a la prós­ta­ta, en junio del 2012, des­pués de diez años de haber­me detec­ta­do pros­ta­ti­tis agu­da. En el 2008 me des­cu­bren una enfer­me­dad en el colon: diver­ticu­losis, con un póli­po gran­de que obs­tru­ye el trán­si­to excre­tal, des­de enton­ces estoy espe­ran­do ser ope­ra­do. Últi­ma­men­te he per­di­do más de diez kilos de peso y mis defen­sas han baja­do enor­me­men­te, en con­se­cuen­cia sufrien­do cons­tan­tes enfer­me­da­des vira­les y alérgicas (. .
.).

Por Dani­lo Sán­chez Lihón

(2 de abril de 2011)

LA VISITA

A.

Hoy, 27 de mar­zo del año 2011, Día Mun­dial del Tea­tro, deci­do visi­tar en el penal Miguel Cas­tro Cas­tro, que es una de las temi­bles pri­sio­nes del Perú, ubi­ca­da en el extre­mo este, en don­de ter­mi­na el tabla­zo de Lima y comien­zan los cerros inhies­tos de roca, cas­ca­jo y nebli­na, a Víc­tor Zava­la Cata­ño, un hom­bre de tea­tro, dra­ma­tur­go, actor, pro­fe­sor uni­ver­si­ta­rio y artis­ta legen­da­rio, quien des­de hace vein­te años sufre pri­sión con­ti­nua, como pre­so político.

Hacer­lo es como tocar una fibra hon­da y heri­da, tris­te y a la vez apa­sio­na­da, de lo que es el Perú dul­ce y cruel. Es sen­tir en car­ne viva el dra­ma y la aven­tu­ra del anhe­lo de for­jar un Perú dis­tin­to, con impa­cien­cia y des­ca­la­bro, con indig­na­ción sacro­san­ta de suble­var­se ante tan­ta mise­ria y ante tan­to miserable.

Mien­tras lle­go en el ómni­bus por calles pol­vo­rien­tas, recuer­do la espec­ta­cu­lar y admi­ra­da pues­ta en esce­na de su obra “El gallo”, por el direc­tor tea­tral Her­nan­do Cor­tés, en un esce­na­rio emble­má­ti­co y cen­tral como el de La Caba­ña, allá por la mitad de los años 60.

B.

Víc­tor Zava­la Cata­ño reali­zó la proeza que en el esce­na­rio antes reser­va­do para la alta aris­to­cra­cia de las letras lime­ñas, que tie­ne sus aires, sus ges­tos y sus bucles, que selec­cio­na con sutil refi­na­mien­to sus temas y has­ta los moños de la gen­te, aho­ra lo vea­mos inun­da­do de pon­chos, chu­llos y lam­pas. Y del modo de hablar, can­do­ro­so y jocun­do, de la gen­te del ande, de peo­nes, labrie­gos y car­ga­do­res de bul­tos tam­bién con su dejo, una homé­ri­ca popu­lar pisan­do fir­me en las tablas, antes reser­va­das para lo áureo, nobi­lia­rio y que supie­ra a blasonado.

¿Qué por­ten­to ha ocu­rri­do para que de la noche a la maña­na esto cam­bia­ra? Con obras en don­de los cam­pe­si­nos eran ini­cial­men­te mal­tra­ta­dos, pero pron­to ter­mi­na­ban rei­vin­di­can­do sus dere­chos, ven­cien­do, apo­rrean­do a sus ver­du­gos y avi­zo­ran­do la auro­ra para un país vic­to­rio­so que inau­gu­ra­ba un tiem­po nue­vo de jus­ti­cia e igualdad.

Esta proeza se debía a un hom­bre que puso cali­dad en el tea­tro y que impu­so una ópti­ca y una pro­pues­ta ideo­ló­gi­ca dis­tin­ta. Logró dar­le a la esce­na perua­na de la déca­da del 70 y 80, una fiso­no­mía como no se había vis­to nun­ca antes: hacer que las gran­des salas, los gran­des acto­res y los gru­pos de tea­tro atil­da­dos, pro­fe­sio­na­les y galan­tes hicie­ran tea­tro cam­pe­sino. Una haza­ña y un terri­to­rio libe­ra­do sin que se hubie­ra dis­pa­ra­do una sola bala ni que hubie­ra bajas entre muer­tos y heridos.

C.
Algu­na vez lo vi fugaz­men­te acom­pa­ña­do de Luis Figue­roa en el bar El Paler­mo, acom­pa­ña­do de dos her­mo­sas damas, de her­mo­so color capu­lí, y ojos arro­ba­dos. Has­ta en eso era distinto.

Era un artis­ta de éxi­to, con­sa­gra­do y quien ya podía vivir de pre­ben­das y hala­gos, si lo hubie­ra que­ri­do. Podría haber­se con­ver­ti­do en un seño­ri­to, o en un seño­rón; en áuli­co del poder, medran­do aga­za­pa­do en las aca­de­mias o en los mos­tra­do­res de los medios de comunicación.

Tenía para eso con­di­cio­nes y estam­pa, que no lo tie­nen otros que sin embar­go no han teni­do escrú­pu­los para alle­gar­se y ser ras­tre­ros. Él pre­fi­rió otros cami­nos, abrup­tos, peli­gro­sos y has­ta mortales.

Eso sí, me con­mue­ve el sacri­fi­cio de una obra de arte que pudo ser más amplia, con­tun­den­te y trans­for­ma­do­ra para el Perú de base. Me con­mue­ve ¡vein­te años en prisión!

Me con­mue­ve el dra­ma de una fami­lia: espo­sa, hijos, nie­tos, que sin duda toda su vida han vis­to a su padre o ubi­ca­do a su ser que­ri­do en una pri­sión. Me con­mue­ve esa dimen­sión de leyen­da que él tiene.

Me con­mue­ve y for­ta­le­ce su cohe­ren­cia, su tajan­cia y su renun­cia. Por­que todo su tea­tro arri­ba­ba al resul­ta­do que él aho­ra pade­ce y este ser con­se­cuen­te emociona.

D.

Y me resul­ta increí­ble pen­sar que en estos tiem­pos haya escri­to­res que sufren cár­cel, des­de hace vein­te años. Creía inge­nua­men­te que eso ocu­rría en épo­cas bár­ba­ras, oscu­ras y pri­mi­ti­vas, en que se encar­ce­la­ba a los escri­to­res y artis­tas y se les hacía sufrir mil calamidades.
Pen­sa­ba que eso ocu­rrió pero en épo­cas arcai­cas y remotas.

Pero heme aquí ya con­ver­san­do con él, en la biblio­te­ca del pabe­llón 2A del penal de máxi­ma segu­ri­dad del esta­do, el Miguel Cas­tro Cas­tro. Encuen­tro en él a un ser dul­ce, humano, cor­dial, cla­ro en sus ideas, sin cor­ta­pi­sas ni ambages.

Encuen­tro en él a un ser con­vic­to y con­fe­so no de crí­me­nes sino de ideas.
Encuen­tro en él a un ser con­ven­ci­do, que pien­sa que si la vida hay que sacri­fi­car­la por las cau­sas jus­tas del pue­blo, he ahí la inmo­la­ción. He aquí un ser cabal y un hom­bre íntegro.
LA ENTREVISTA

1.
Víc­tor, ¿hace qué tiem­po sufres prisión?
Pri­me­ro fue un año, de 1987 a 1988, para des­pués vol­ver a ingre­sar el año 1991 has­ta aho­ra, que es vein­te años con­ti­nuos, que suma­dos hacen 21. Antes estu­ve en el penal de Yana­ma­yo, a 3.800 metros de alti­tud, que es una cár­cel géli­da e inhu­ma­na en el depar­ta­men­to de Puno.

¿Y, cómo te sientes?
De acuer­do al diag­nós­ti­co, acer­ca del esta­do de mi salud, debe­ría estar pos­tra­do, sin levan­tar­me de la cama. Padez­co de diver­ti­cu­li­tis al colon, que es pre­vio al cán­cer. En su esta­do actual es una enfer­me­dad feroz y ago­bian­te, con la cual la vida se tor­na en una pesa­di­lla y en un desas­tre, por­que pos­tra y limi­ta. Debie­ran ope­rar­me, pero entien­do que el pro­pó­si­to es matar­me, no reci­bien­do la aten­ción médi­ca debi­da. Y, de otro lado, padez­co de los ojos; con uno pue­do ver un 50 por cien­to y con el otro peor, veo ape­nas la cuar­ta par­te y que esta dolen­cia tam­bién está pen­dien­te de ope­ra­ción. Sin los ojos no pue­do leer ni escri­bir que es lo que más me apena.

¿Y la par­te aní­mi­ca, Víctor?
Fir­me, sóli­do, inven­ci­ble. Sé que la vida es un pro­ce­so que abar­ca nacer, cre­cer y morir. Eso lo entien­do. Todo es una evolución.
2.
En estos vein­te años, estan­do aquí pre­so, sin­tien­do la injus­ti­cia y la impo­ten­cia, ¿has llorado?
Jamás. Yo estoy de pie, incó­lu­me. Nada me ha ven­ci­do, nada me ha doble­ga­do. Estoy enfer­mo, es cier­to, pero esa es la natu­ra­le­za de la vida, sien­do la inten­ción de mis cap­to­res, y de quie­nes quie­ren que yo sufra, la de matar­me de ese modo, dejan­do que la enfer­me­dad melle mi cuer­po. Pero mi espí­ri­tu es luchar.

¿Te sien­tes cul­pa­ble de algo?
De nada. Yo no inven­té la pobre­za ni la mise­ria de mi país. Yo las encon­tré aquí arrai­ga­das des­de hace siglos. Lo que no pue­do ser es insen­si­ble ni indi­fe­ren­te a ella. He escri­to y he denun­cia­do la explo­ta­ción del hom­bre por el hom­bre y los abu­sos, aspi­ran­do un mun­do mejor para mi pue­blo. No soy un des­qui­cia­do. Lo son aque­llos que pien­san que la mise­ria es nor­mal, que hay que con­vi­vir con ella. Que a unos les ha toca­do ser por­dio­se­ros y víc­ti­mas y a otros adi­ne­ra­dos y vic­ti­ma­rios. Quien pien­sa dis­tin­to a ese mode­lo no es ni loco, ni extre­mis­ta ni un ser deli­ran­te o des­qui­cia­do. El que se rebe­la con­tra la pobre­za atroz e infa­me es más bien un ser moral. Mi tea­tro y mi arte no podían ser indi­fe­ren­tes a este hecho.

3.
¿No sien­tes, aca­so, que has sacri­fi­ca­do tu vida, tu arte, tu fami­lia, tus ami­gos y toda tu rea­li­za­ción personal?
Si debo pagar con mi vida, y con otras exi­gen­cias y abne­ga­cio­nes esta pro­tes­ta y posi­ción, está bien, enton­ces pago esa cuo­ta y sacri­fi­cio. Y lo dejo como heren­cia esta obla­ción a las nue­vas generaciones.

¿Qué se te imputa?
Crí­me­nes que jamás he come­ti­do. Me die­ron pena como diri­gen­te máxi­mo. Y cuan­do a alguien se le colo­ca en ese nivel, ya no se le juz­ga sino que solo ya se le con­de­na. Y sim­ple­men­te se le hace car­go de todo, acha­cán­do­le lo míni­mo y lo mayúscu­lo. Por eso yo no he sido juz­ga­do sino sim­ple­men­te condenado.

Estar en la cár­cel, tenien­do tan­to qué hacer, es una con­di­ción que debe ser explo­si­va. ¿Es así?
Jamás he lan­za­do un que­ji­do ni menos me he retrac­ta­do de sen­tir y pen­sar como sien­to y pien­so, ni mucho menos me he arre­pen­ti­do de nada.

4.
¿Qué es para ti el Perú, Víctor?
El Perú es una pro­pues­ta a cum­plir, un desa­fío. Es un país con­vul­so, her­mo­so y for­mi­da­ble, que tie­ne que reen­con­trar su por­ve­nir y su gran­de­za. En cual­quier momen­to el Perú vol­ve­rá a ser mag­ní­fi­co, en la medi­da en que haya orga­ni­za­ción de las masas y con­cien­cia social en el pue­blo que se desa­rro­lle en el con­tex­to de nues­tra cul­tu­ra, que es pujan­te y asombrosa.

¿Y la actual situa­ción, que te parece?
Esto va a cam­biar. Mi visión del Perú es una visión del futu­ro. Hay fuer­zas ocul­tas que anun­cian gran­des cam­bios y trans­for­ma­cio­nes. Los suce­sos de Bagua y Moque­gua así lo ates­ti­guan y nos dan mues­tra de una nue­va con­cien­cia en sec­to­res que antes no se hubie­ra ima­gi­na­do que lo tuvie­ran, como las comu­ni­da­des nati­vas. ¿De dón­de han extraí­do esas lec­cio­nes? Esto va a cam­biar, tie­ne que cam­biar. Ya lo vemos que está cam­bian­do, cuan­do las pobla­cio­nes salen al fren­te a defen­der sus tie­rras, el agua de sus ace­quias y sus dere­chos en general.

5.
¿Cómo nació tu afi­ción por la literatura?
En mi comu­ni­dad, libro que encon­tra­ba era libro que leía, devo­ra­ba todo.
Tex­to que caye­ra en mis manos lo asi­mi­la­ba. Mi her­mano que ya estu­dia­ba en Lima me envió “La madre”, de Máxi­mo Gor­ki, que me fas­ci­nó tan­to que lo leí varias veces, y me dio un rum­bo muy cla­ro para lo que yo que­ría hacer y escribir.

Y ¿lo pri­me­ro que escribiste?
Fue una obra de tea­tro esco­lar, que era una recrea­ción del cuen­to Paco Yun­que de César Valle­jo. Se pre­sen­ta a un maes­tro leyen­do a sus niños aquel rela­to, pero ahí en su cla­se están todos los per­so­na­jes del cuen­to: Hum­ber­to Grie­ve, Paco Fari­ña, todos. Al final de la lec­tu­ra Paco Yun­que rom­pe a llo­rar incon­so­la­ble, sollo­zan­do de sen­ti­mien­to, pero todos lo con­sue­lan y lo alien­tan, dicién­do­le: ¡No llo­res Paco Yun­que! Es una obra muy sim­ple, pero a la vez muy enter­ne­ce­do­ra. Es como ima­gi­nar todo lo ocu­rri­do en el Perú, que alguien nos lo cuen­te, ver­nos invo­lu­cra­dos en ello, llo­rar y que alguien nos con­sue­le. Ganó el Con­cur­so de Tea­tro Esco­lar que orga­ni­za­ba el Tea­tro Uni­ver­si­ta­rio de San Mar­cos, que diri­gía el pro­fe­sor Gui­ller­mo Ugar­te Chamorro.

6.
Y ¿cuál crees que es la razón para que el tea­tro cam­pe­sino que tú pro­pu­sis­te, creas­te y le dis­te camino, haya teni­do tan­to impac­to e influencia?
En él se jun­ta­ban muchos fac­to­res. Por ejem­plo, en aquel tiem­po el tea­tro era un dis­cur­so hacia aden­tro, un ale­ga­to más bien psicológico.
El tea­tro cam­pe­sino en cam­bio es un dis­cur­so hacia afue­ra, hacia el pro­ble­ma social. Todo sale de aden­tro hacia afue­ra. Borra­mos la idea de esce­na­rio, de local y de tabla­di­llo. Al final lo pre­sen­ta­mos en la calle, en el sue­lo, en el llano; a veces en una hon­do­na­da, con los cam­pe­si­nos alre­de­dor, sen­ta­dos en los cerros, hacien­do noso­tros varias fun­cio­nes al día, pero los de la pri­me­ra fun­ción no se que­rían mover y veían la segun­da y la ter­ce­ra vez, cau­san­do aglo­me­ra­cio­nes. Fue épo­ca de muchas sali­das a pro­vin­cias. Mi obra “La yun­ta”, por ejem­plo se estre­nó en las altu­ras del cen­tro del Perú. Y nos dimos el lujo de citar median­te bole­ti­nes de pren­sa, que publi­ca­ron los perió­di­cos, a su estreno en Ahuac, en Huan­ca­yo. Como es lógi­co nadie lle­gó, sal­vo Jor­ge Acu­ña que la hora en que salía­mos a actuar entró gri­tan­do: “Aquí estoy, ah” “Aquí estoy, ah” “¡Que cons­te que he veni­do des­de Lima, ah!”. Tuvo que tre­par la cor­di­lle­ra de los andes para asis­tir al estreno de la obra.

7.
Mar­có mucho, ¿no es cierto?
Habían tan­tos gru­pos de tea­tro cam­pe­sino que se creó una Fede­ra­ción Nacio­nal de Tea­tro Popu­lar y que era en reali­dad de tea­tro cam­pe­sino. En el Fes­ti­val de Tea­tro del año 1981 en Cerro de Pas­co, de trein­ta gru­pos, 18 eran de tea­tro cam­pe­sino, tan­to que un comen­ta­ris­ta del exte­rior dijo: “¿Tan­to pon­cho y tan­to chu­llo en el tea­tro peruano?”

Aho­ra, ¿a qué te dedicas?
A escri­bir y leer, aun­que aho­ra seria­men­te limi­ta­do por este pro­ble­ma de los ojos, sin que pue­da hacer­lo como antes. He escri­to mucho. Ten­go obras por publi­car. Ten­go aho­ra una visión pano­rá­mi­ca de muchos hechos y cosas.

Y la fami­lia, ¿bien?
Toda mi fami­lia está ínte­gra, indem­ne e indes­truc­ti­ble. Y esto ocu­rre cuan­do los moti­vos por los cua­les se sufre cár­cel son de con­cien­cia. En un pre­so común la fami­lia aca­ba el día en que se entra a la cár­cel. Lo sé por­que con­ver­so con gen­te de otros pabe­llo­nes. En un pre­so polí­ti­co, como yo, la fami­lia per­ma­ne­ce fiel e inta­cha­ble. Por ejem­plo, estan­do en Yana­ma­yo, que es puna, con un frío géli­do, y para lle­gar al cual hay que hacer un via­je de varios días, has­ta ahí sin embar­go iba a ver­me mi fami­lia, cuan­do la visi­ta dura­ba úni­ca­men­te trein­ta minu­tos. Y era des­pués de 15 días.

8.
¿Sufris­te esca­se­ces y pri­va­cio­nes en tu infancia?
Yo me rebe­lo no por haber sufri­do pri­va­cio­nes sino por ver sufrir a los demás. Yo soy de extrac­ción cam­pe­si­na, pero de comu­ni­dad y de con­di­ción media. Mi padre tenía tie­rra y toros para arar los cam­pos, lo cual otor­ga una posi­ción. El úni­co resen­ti­mien­to que guar­do es que nos cas­ti­ga­ba a sus hijos como un gamo­nal a sus peo­nes, has­ta un día en que mi madre, que era dul­ce y peque­ña, se le cua­dró y él retro­ce­dió. Pero cuan­do voy a tra­ba­jar a Hua­man­ga, a diri­gir el tea­tro de la uni­ver­si­dad, salía­mos todos los fines de sema­na a la par­te rural y ahí veía cua­dros des­ga­rra­do­res de mise­ria extre­ma. En una de esas tan­tas oca­sio­nes encon­tra­mos en ple­na puna una cova­cha don­de vivía un cam­pe­sino con sus cua­tro hijas, enfer­mas todas de tubercu­losis. La madre había muer­to escu­pien­do san­gre y todos ellos tam­bién esta­ban afec­ta­dos y lo hacían, tan­to que pare­cían cadá­ve­res. Sin embar­go, por­que así es el cam­pe­sino, nos ofre­cie­ron su comi­da. Nadie acep­tó, por su pues­to. Pero, yo sí. ¿Qué era? Agua con unas ceba­das flo­tan­do, con una piz­ca de sal, su comi­da de todo el día. Prác­ti­ca­men­te nada. Ni una papa, ni un maíz. Yo cogí el pla­to que me sir­vie­ron y lo devo­ré, como un jura­men­to, como una pro­me­sa, como una inmo­la­ción. Era como morir, ir direc­to al hos­pi­tal o al pan­teón. Fue mi elec­ción. Pero esta­ba con ellos, asu­mien­do y com­par­tien­do su des­tino. Lo con­tra­rio hubie­ra sido limi­tar­me a mirar­los y tener­les com­pa­sión. Ahí asu­mí hacer­me car­ne y alien­to de su des­tino, jun­to a ellos.
PROPUESTA

A.
En el momen­to de des­pe­dir­nos Víc­tor quie­re acom­pa­ñar­me has­ta la puer­ta final del pabe­llón, y así lo hace. Me pre­sen­ta a todo com­pa­ñe­ro que encuen­tra a su paso. Y me con­mue­ve la defe­ren­cia y el res­pe­to con que me tra­ta, su cari­ño y su dis­tin­ción. Por­que, yo me digo: ¿quién soy para una per­so­na como él, que lle­va vein­te años preso?
Ya afue­ra, sien­to para mí este día como deci­si­vo y memo­ra­ble. Y se me hace muy níti­do que la lite­ra­tu­ra no solo son tex­tos, sino las imá­ge­nes fas­ci­nan­tes y legen­da­rias de la vida de los auto­res. Para apre­ciar­lo bas­ta sin­to­ni­zar con algu­nos pasa­jes del acon­te­cer vital de César Valle­jo, José María Argue­das, Ciro Ale­gría, José Car­los Mariá­te­gui, vidas de tita­nes y gla­dia­do­res de fábula.

Res­pec­to a la tra­yec­to­ria de Víc­tor Zava­la Cata­ño la encuen­tro solo com­pa­ra­ble a la vida de Gua­mán Poma, aquel indio lacuaz, irre­den­to, quien nació el año en que los espa­ño­les ingre­sa­ban al Perú, per­dió toda su hacien­da por escri­bir con su san­gre una denun­cia, arries­gan­do su posi­ción por su afán jus­ti­cie­ro, que le depa­ró ser per­se­gui­do, encar­ce­la­do y final­men­te olvi­da­do. Encuen­tro en él la mis­ma pasión, la mis­ma per­ti­na­cia y el mis­mo deli­rio en cuan­to a su adhe­sión a los des­po­seí­dos, a su proeza crea­ti­va, al sacri­fi­cio de su vida y a su aureo­la mítica.

B.
Solo fal­ta una pági­na por agre­gar en esta vida legen­da­ria. Y es: que sal­ga libre por acción de quie­nes des­de el arte, las huma­ni­da­des y el civis­mo, pode­mos soli­da­ri­zar­nos con la ges­tión, el recla­mo y el com­pro­mi­so que pon­ga­mos en ello.
Para que que­de en la his­to­ria que el pue­blo orga­ni­za­do pudo rom­per­le sus cade­nas, en honor al tea­tro que hizo o hace, a la obra gran­dio­sa que alcan­zó a rea­li­zar, no solo por la cali­dad inmen­sa que tie­ne como docu­men­to esté­ti­co, sino por su auten­ti­ci­dad, su reper­cu­sión y su moral pro­fun­da. Haga­mos que las gene­ra­cio­nes nue­vas y las del futu­ro, con las pági­nas que él ha escri­to en su obra y en su vida, se lle­nen de orgu­llo y fortaleza.
Y que sepan que es desig­nio de los escri­to­res no poder callar. Que escri­ben, decla­ran, pro­cla­man. Y en eso su vida entra en peli­gro y corren ries­gos y pade­cen cár­cel. Pero qué her­mo­so es ver la cohe­ren­cia entre lo que se escri­be y se paga con la vida; con­si­de­ran­do que los escri­to­res son fran­co­ti­ra­do­res del ver­bo, de la pala­bra y de las ideas, no de balas, ni de bom­bas ni de mor­te­ros. No es su ejer­ci­cio ni domi­nio las mor­tí­fe­ras armas de gue­rra, sino aque­llas que crean vida y abren nue­vos hori­zon­tes como él los ha abierto.

C.
Como movi­mien­tos cul­tu­ra­les, como inte­lec­tua­li­dad aler­ta, como gene­ra­ción his­tó­ri­ca sen­si­ble y cons­cien­te, bre­gue­mos por­que sal­ga a curar­se, a con­cluir y con­so­li­dar la gran obra de tea­tro cam­pe­sino, lega­do y patri­mo­nio del Perú eterno, en el cual está agre­gan­do a la cali­dad esti­lís­ti­ca el ejem­plo de ser con­se­cuen­te, al soli­da­ri­zar­se con lo más doli­do y sufri­do del Perú.
Por­que hay algo más que ser céle­bres y es ser hom­bres de con­cien­cia; hay algo más que los éxi­tos y son los prin­ci­pios; y hay algo más que la cali­dad lite­ra­ria y es ser cohe­ren­tes con una reali­dad dra­má­ti­ca como es el Perú. Y todo esto es peda­gó­gi­co, edu­ca­ti­vo y for­ma­ti­vo de con­cien­cia social.
Que­da­rá en las pági­nas inde­le­bles del Perú que el autor del tea­tro cam­pe­sino sea libe­ra­do. Y, a la inver­sa, que­da­rá como un bal­dón y un bochorno que él fenez­ca y no hici­mos nada por defen­der­lo. Por­que de lo que sí estoy segu­ro es que él que­da­rá como una pági­na pro­ver­bial, como el para­dig­ma de un escri­tor encar­ce­la­do por sus ideas. Y que todo esto lo sufrió por ser fiel al pue­blo, a aquel Perú pen­dien­te por redi­mir, el de los pobres y des­po­seí­dos, sien­do su cohe­ren­cia un valor nacio­nal que la socie­dad del futu­ro lo sabrá reconocer.

D.
Él ya hizo su par­te, aho­ra corres­pon­de que noso­tros haga­mos la nues­tra, recla­mar que él sal­ga libre a curar sus enfer­me­da­des, por­que esa es una razón míni­ma de Dere­chos Huma­nos que nos corres­pon­de por ser inhe­ren­tes a la espe­cie humana.
Que sal­ga libre y cul­mi­ne su pro­yec­to crea­ti­vo y que el tea­tro cam­pe­sino ten­ga su coro­la­rio, como la mejor épi­ca tea­tral del Perú de la segun­da mitad del siglo XX, que se sus­ten­ta ade­más en las legí­ti­mas aspi­ra­cio­nes de ser un país más justo.
Sea­mos y hagá­mo­nos gran­des en esta pági­na de la his­to­ria, en razón del glo­rio­so tea­tro cam­pe­sino que él deli­nea­ra y deja­ra como una rea­li­za­ción para el Perú y Amé­ri­ca, ya que dicha expre­sión se for­jó aquí, irra­dió aquí y gra­cias a un hom­bre pro­ve­nien­te de una comu­ni­dad cam­pe­si­na, la de Huamantanga.
En razón de todo ello, soli­ci­te­mos el indul­to para Víc­tor Zava­la Cata­ño, pidá­mos­lo en razón del cen­te­na­rio de José María Arguedas.
Haga­mos en tal sen­ti­do una movi­li­za­ción, dada la situa­ción deli­ca­da de salud en que se encuen­tra, para que la his­to­ria sea com­pa­si­va no con él sino con noso­tros. Y que en la Tie­rra y en el Perú, como él lo expre­sa­ra: “un nue­vo día amanezca”.

“Por eso reite­ro, vibro con emo­ción fran­ca en esta espe­cial y her­mo­sa oca­sión, gene­ra­da por todos quie­nes, de una u otra mane­ra han par­ti­ci­pa­do, para orga­ni­zar y hacer­la reali­dad pal­pi­tan­te de cari­ño y de reco­no­ci­mien­to ante lo que peque­ñi­to o gran­de, es nues­tro ser­vir al pue­blo de todo corazón”

“Resal­to y hago pre­sen­te el esfuer­zo de mis hijos, par­ti­cu­lar­men­te de mis hijas Yrma Yoly y María Elvi­ra, así como de mi com­pa­ñe­ra Yolan­da Mar­ga­ri­ta, para quie­nes echo a volar cam­pa­nas de ale­gría y satis­fac­ción inau­di­tas, has­ta aho­ra en este lar­go reco­rri­do de mi vida”

Para Vic­tor, a puri­to tea­tro: ver­so, arte y corazón

Con­si­de­ro hones­ta­men­te a Víc­tor Zaba­la Cata­ño, el mejor dra­ma­tur­go de Perú. Hacia él mi amor y sen­ti­mien­to más puro que jamás bron­ce tañe­re: como dra­ma­tur­go, como pro­fe­sor, como lucha­dor, como resis­ten­te, como ser humano…

Crea­dor del lla­ma­do “Tea­tro Campesino”

Que revo­lu­cio­nó la cul­tu­ra perua­na allá por los años 60 y 70. En 1991 Víc­tor Zava­la (con ‘v’) fue detenido…

Nue­va­men­te tor­tu­ra­do y encar­ce­la­do, unos 25 años en cár­ce­les inhu­ma­nas de máxi­ma segu­ri­dad, si es que algu­na maz­mo­rra en el mun­do se le pue­de lla­mar lo contrario…

Sus obras han sido repre­sen­ta­das en todos los rin­co­nes y sel­vas del Perú como relám­pa­go que no cesa y reci­bi­das por los cam­pe­si­nos como llu­via de abril en cose­chas. Gru­pos de cam­pe­si­nos, uni­ver­si­ta­rios y pro­fe­sio­na­les de la farán­du­la se vie­ron impli­ca­dos con entu­sias­mo revo­lu­cio­na­rio de hacer del tea­tro de Víc­tor Zava­la, un can­to de lucha ideo­ló­gi­ca y social, en un país caren­te de casi todo, dón­de los niños anda­ban rotos, des­po­seí­dos, deam­bu­lan­do sin hori­zon­te, y sus padres tra­ba­jan­do para el patrón más horas que el sol.

El tea­tro crea con­cien­cia y eso es peligroso.

Perú, los malos gobier­nos que la pre­ce­den, impi­die­ron con peor saña que Víc­tor Zava­la Cata­ño, pudie­ra haber sido para el mun­do una figu­ra inmi­nen­te de las letras lati­no­ame­ri­ca­nas, de la lite­ra­tu­ra uni­ver­sal, que no es otra que la que crean los pue­blos y sus escri­to­res, pudo ¡sin nin­gu­na duda!, haber sido reco­no­ci­do como escri­tor y dra­ma­tur­go tan­to o más que Cesar Valle­jo, Ber­tolt Brecht, Neru­da, Bene­det­ti, o, un Var­gas Llo­sa (antes de roto y traicionero)…

Esta­ba bien situa­do en la Uni­ver­si­dad, en los círcu­los cul­tu­ra­les más rele­van­tes de Perú… Pero, este hom­bre, com­pa­ñe­ro, ade­más de her­mano y cama­ra­da en lucha con­tra el poder de opre­sión y sus par­tí­cu­las de la asfi­xia, que nació en las entra­ñas de la tie­rra, de los gua­ji­ros de cara que­ma­da, deci­dió dar un sal­to a favor de los fla­kos des­he­re­da­dos de todo, y en vez de subir a las pol­tro­nas cul­tu­ra­les del país, y ron­dar entre el sebo infla­do de los pan­zu­dos, bajó a la tie­rra de los pobres para unir­se a otra lucha que era a muer­te con­tra la oli­gar­quía crio­lla que mata­ba como epi­de­mia ‘a sus her­ma­nos’. Y le roba­ron 25 años de su vida, 25 años de seguir hacien­do el mejor tea­tro de Perú y par­te del hemisferio.

Qui­zá, Zava­la, si algún día sale libre no encuen­tre un monu­men­to en su honor, una escul­tu­ra, una calle cén­tri­ca o un tea­tro dedi­ca­do a su per­so­na, inte­li­gen­cia y dedi­ca­ción; una uni­ver­si­dad o un cole­gio, casa de cul­tu­ra u hos­pi­tal a favor de los que luchan por una vida don­de la humi­lla­ción no recai­ga sobre el inde­fen­so, y poder erra­di­car la dis­cri­mi­na­ción de cla­se, de unos pocos sobre los otros que lo son todo.

Qui­zá, Zava­la, si algún día sale libre, cuan­do cami­ne por su tie­rra en liber­tad, ten­drá que lle­var un farol encen­di­do, como el cie­go de la fábu­la, para no tro­pe­zar con los igno­ran­to­nes de todo pela­je y diver­sión, mili­tar o polí­ti­co cual­quie­ra se tro­pie­ce con él, y siguie­ra con su pié dan­do a los seres, el tra­to que se da a las piedras…

Y, es que fun­da­men­tal­men­te, el tea­tro entre las artes, siem­pre ha sido una odi­sea en este mun­do domi­na­do por la ava­ri­cia, “cul­tu­ra”, del dine­ro, de las éli­tes del cul­to a lo fal­so, que mar­can entre mar­cas a fue­go como al gana­do vacuno, para defi­nir recon­du­cien­do por impo­si­ción-demo­crá­ti­ca, lo que se debe y no hacer, hablar, ves­tir, comer y has­ta mirar. Pero hacer tea­tro de cla­se, des­de y para nues­tra pro­pia cla­se tra­ba­ja­do­ra, ya no es una odi­sea, mas bien un impo­si­ble, es, en muchos casos un deli­to, es un arma más poten­te que sus fusi­les, tan­ques y misi­les que apun­ta direc­ta­men­te a los explo­ta­dos del mun­do. Y, palo!, palo a los ver­da­de­ros tea­tris­tas, dra­ma­tur­gos, palo, 25 años palo tras palo segun­do a segun­do sobre todi­tos sus hue­sos y sen­ti­dos, un uni­ver­so de amor y lucha que irra­dia sobre los nadie, que un día serán par­te deto­nan­te de sol y llu­vias sobre cose­chas de futu­ro con­tra la ignorancia.

Mai­té Cam­pi­llo (Actriz y direc­to­ra de tea­tro indo­ame­ri­cano ‘Hatuey’)

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