El racis­mo tie­ne que ver con las cla­ses socia­les, no con el color de la piel- JM Olarieta

En este tipo de deba­tes siem­pre hay que empe­zar por el prin­ci­pio: la lucha de cla­ses es el motor de la his­to­ria, a lo que yo aña­do que, en esen­cia, no hay más que dos cla­ses socia­les, la bur­gue­sía y el proletariado.

El racis­mo no es nin­gu­na excep­ción. No es un pro­ble­ma antro­po­ló­gi­co, cul­tu­ral, gené­ti­co ni reli­gio­so sino algo rela­ti­vo a las cla­ses socia­les o, dicho de otra mane­ra: los inmi­gran­tes for­man par­te de la cla­se obre­ra y quien se opo­ne o des­pre­cia a los inmi­gran­tes se opo­ne a la cla­se obre­ra. A toda ella, cabe añadir.

Digo esto por­que en una char­la en Gas­teiz me advir­tie­ron de que en mi expo­si­ción yo sólo había habla­do de la cla­se obre­ra, pero que no hacía nin­gu­na refe­ren­cia a los pro­ble­mas de la mujer o de los inmigrantes.

Pero yo sólo hablo de la cla­se obre­ra y sólo hablo de los inmi­gran­tes cuan­do for­man par­te de la cla­se obre­ra, bien por­que tra­ba­jan o por­que bus­can trabajo.

Aun­que ellos lo encu­bren, los racis­tas obran de la mis­ma mane­ra que yo.

Dicen que se opo­nen a los extran­je­ros o a los inmi­gran­tes por­que no son autóc­to­nos. O dicen que hay ‑o debe haber- una jerar­quía en la que pri­me­ro hay que poner a los de den­tro y un poco más aba­jo, en la segun­da divi­sión, a los de fuera.

Apa­ren­te­men­te los racis­tas (y los fas­cis­tas) son nacio­na­lis­tas: sepa­ran lo pro­pio, lo autóc­tono, de lo forá­neo, lo exte­rior, de tal mane­ra que hacen caer a los demás en esa mis­ma tram­pa. Pero nadie hace esa sepa­ra­ción por moti­vos nacio­na­les o nacio­na­lis­tas. No hay otra sepa­ra­ción que la que opo­ne a la bur­gue­sía con el proletariado.

Es posi­ble encon­trar muchos ejem­plos de eso. En el fút­bol los racis­tas no pre­ten­den vol­ver a la situa­ción ante­rior a la ley Bos­man para pedir que los equi­pos ali­neen úni­ca­men­te ‑o pre­fe­ren­te­men­te- a juga­do­res autóc­to­nos. Los racis­tas no pro­tes­tan por­que Mes­si o Ronal­do qui­ten el pues­to a can­te­ra­nos como Pedro o Jesé. Cuan­do pien­san en los inmi­gran­tes, pien­san en los obre­ros inmi­gran­tes. Es a ellos a los que desprecian.

A los fas­cis­tas no les gus­ta que en Cata­lun­ya los letre­ros estén en cata­lán exclu­si­va­men­te, pero no les impor­ta que en Mallor­ca estén en ale­mán, a pesar de una dife­ren­cia muy impor­tan­te para los racis­tas: los cata­la­nes son espa­ño­les y los ale­ma­nes no lo son. ¿Por qué lo admiten?

A los xenó­fo­bos no les moles­tan los estu­dian­tes que lle­gan a nues­tras uni­ver­si­da­des pro­ce­den­tes del extran­je­ro por­que traen bajo el bra­zo una beca Eras­mus, o sea, dine­ro. Les qui­tan el pues­to a los nacio­na­les, muchos de los cua­les no pue­den estu­diar por­que no tie­nen dine­ro para pagar­se la matrí­cu­la. En el capi­ta­lis­mo todo tie­ne un pre­cio y las sub­ven­cio­nes hacen que los racis­tas no se acuer­den de pro­tes­tar por esto como pro­tes­tan por otros asuntos.

Cuan­do en Madrid un vio­la­dor ava­sa­lló a varias jóve­nes que eran extran­je­ras, los racis­tas no pro­tes­ta­ron: el res­pon­sa­ble de los crí­me­nes era autóc­tono. Los fas­cis­tas iden­ti­fi­can lo nacio­nal con el autor de las agre­sio­nes. Pero, ¿qué hubie­ra ocu­rri­do a la inver­sa, si el vio­la­dor fue­ra un marro­quí y las víc­ti­mas his­pá­ni­cas? Pen­sad­lo por un momento…

Los fas­cis­tas son tan mise­ra­bles que no se sien­ten moles­tos con los turis­tas ‑que tam­bién son extran­je­ros- por­que lle­gan con tar­je­ta de cré­di­to y dine­ro para gas­tar. Lo úni­co que les moles­ta son los que lle­gan sin un cén­ti­mo en el bol­si­llo. No aco­ge­mos a los extran­je­ros en fun­ción del color de su piel sino del sal­do de su cuen­ta corrien­te. Todo lo demás es mentira.

Los xenó­fo­bos no tie­nen mie­do al islam. La isla­mo­fo­bia euro­pea es una come­dia. Antes de que aca­be el año el gobierno espa­ñol le con­ce­de­rá una cade­na de tele­vi­sión a Al-Jazi­ra, un medio waha­bi­ta que difun­de la ver­sión islá­mi­ca más reac­cio­na­ria. ¿Se opon­drán enton­ces los isla­mó­fo­bos a dicha con­ce­sión o se mete­rán la len­gua en el culo a cam­bio de petro­dó­la­res? Una vez más lo que cuen­ta no es la reli­gión sino el dinero.

Cuan­do los jeques del Gol­fo lle­gan a Puer­to Banús en sus yates, los comer­cios de la Cos­ta del Sol abren maña­na y tar­de, sába­dos y domin­gos para que sus múl­ti­ples espo­sas vayan de com­pras. Los fas­cis­tas están encan­ta­dos por­que les lle­nan los bol­si­llos, pero ¿qué ocu­rri­ría si en lugar de los jeques des­em­bar­ca­ran los diri­gen­tes chií­tas de Irán? Segu­ra­men­te Mar­be­lla se lle­na­ría de mani­fes­ta­cio­nes de femi­nis­tas y defen­so­res de los dere­chos humanos.

Nadie se que­ja cuan­do los ára­bes se adue­ñan de los equi­pos de fút­bol, un depor­te que ‑según la ley- es de inte­rés «nacio­nal» y en con­se­cuen­cia debe­ría que­dar tan pro­te­gi­do, por lo menos, como el Museo del Pra­do o el Acue­duc­to de Sego­via. Pero ocu­rre al revés: la ban­ca­rro­ta eco­nó­mi­ca de clu­bes, como el Valen­cia, hace que sus segui­do­res se entu­sias­men cuan­do lle­ga alguien de fue­ra a sacar­los del apuro.

Pero los extran­je­ros no se van a que­dar sólo con los clu­bes: cuan­do Al-Jazi­ra ten­ga su cade­na de tele­vi­sión en Espa­ña, com­pra­rá los dere­chos de retrans­mi­sión de los par­ti­dos, como ya los tie­ne otro otros países.

Los resi­den­tes ten­drán que pagar por algo que en Ara­bia es gratuito.

Pero los xenó­fo­bos no pro­tes­ta­rán por ello por­que supo­ne otra entra­da más de divi­sas, que es lo real­men­te impor­tan­te: que entren las divi­sas, no las personas.

Los racis­tas dicen que tie­nen mie­do a per­der la iden­ti­dad nacio­nal, e inclu­so la euro­pea. Dicen que el islam es una reli­gión orien­tal enfren­ta­da a la cris­tian­dad. Sin embar­go, el islam nace jus­to en el mis­mo sitio que la cris­tian­dad: en Orien­te Medio. Ambas fue­ron expor­ta­das a Euro­pa, don­de lo úni­co real­men­te autóc­tono es el ateísmo.

Si hay algo que nos dife­ren­cia es pre­ci­sa­men­te eso. Esa ha sido nues­tra mayor apor­ta­ción al pen­sa­mien­to humano y eso es lo úni­co que debe­ría­mos defender.

La huma­ni­dad ha sido, es y será siem­pre nóma­da. Nadie es de acá o de allá. Es más nadie es, o sea, nadie tie­ne una iden­ti­dad para la toda la vida, por más que nos obli­guen a lle­var un car­net con un núme­ro de iden­ti­dad. Nace­mos en un sitio, vivi­mos en otro y nos mar­cha­mos de vaca­cio­nes por­que lo que real­men­te nos gus­ta es via­jar, cuan­to más lejos mejor. Afor­tu­na­da­men­te no sólo per­de­mos nues­tra iden­ti­dad cuan­do vie­nen a visi­tar­nos sino cuan­do noso­tros nos vamos de visi­ta: vol­ve­mos cambiados.

Tene­mos la cos­tum­bre de decir «mi país» como si real­men­te fue­ra nues­tro, pero para los tra­ba­ja­do­res tam­po­co es ese el caso. Por no tener ni siquie­ra tene­mos un país al que poda­mos con­si­de­rar como real­men­te nues­tro. Más bien has­ta eso es de otros. No nos pue­den qui­tar algo que no tene­mos, decía Marx. Sólo pode­mos per­der nues­tras cadenas.

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