Últi­ma car­ta del nor­ma­lis­ta ase­si­na­do a su espo­sa: “Me voy y no sé si regrese”

Julio César Mon­dra­gón, uno de estu­dian­tes tor­tu­ra­dos y ase­si­na­dos el 26 de sep­tiem­bre en Gue­rre­ro, antes de par­tir a estu­diar a Ayotzi­na­pa se des­pi­dió de su joven mujer y de su hija recién naci­da en una car­ta: “Me voy y no sé si regrese”.

Para con­ver­tir­se en maes­tro como su espo­sa, Mari­sa Men­do­za, el joven par­tió del Dis­tri­to Fede­ral, don­de ambos vivían con su hija, con des­tino al esta­do de Gue­rre­ro e ingre­só a la Nor­mal Rural de Ayotzi­na­pa, con­tó la viu­da en un home­na­je luc­tuo­so orga­ni­za­do por el Cen­tro de Dere­chos Huma­nos Fray Fran­cis­co de Vic­to­ria para ayu­dar a la fami­lia del nor­ma­lis­ta, que que­dó en la orfan­dad tras la trá­gi­ca muer­te de Julio César, infor­ma el por­tal pro​ce​so​.com​.mx.

Vivir en la dis­tan­cia era muy duro para los jóve­nes espo­sos, pero Julio César siem­pre hacía todo lo posi­ble para luchar por el bien­es­tar de su fami­lia y soña­ba con estu­diar. La últi­ma vez que se reu­nie­ron, Julio le dejó a Mari­sa una car­ta de des­pe­di­da, lle­na de amor, pero con un ras­tro de gra­ves preo­cu­pa­cio­nes por su des­tino, como si pre­sin­tie­ra que algo malo le iba a pasar. Mari­sa leyó el men­sa­je de su ama­do espo­so en la ceremonia.

normalista-asesinado

“Esta no es una típi­ca car­ta de des­pe­di­da, me atre­vo a decir­te que nun­ca me olvi­des, no olvi­des que te amo con toda mi humil­dad. […] Dile a mi hija que su papi la quie­re mucho, aun­que para maña­na ya no esté, cuí­da­la mucho, dale amor como yo que­ría dar­le a cho­rros. […] Me voy y no sé si regre­se. Ten­go mucho mie­do por mis sue­ños, pero quie­ro que sepas que a don­de yo vaya, tú y la bebé tam­bién irán […]. Pase lo que pase aprie­ta el paso y no aga­ches la mira­da para que tus espe­ran­zas nun­ca se caigan […]”.

Julio César Mon­dra­gón fue ase­si­na­do el 26 de sep­tiem­bre, cuan­do un gru­po de poli­cías repri­mió la pro­tes­ta de los estu­dian­tes de la Escue­la Nor­mal Rural de Ayotzi­na­pa. El cuer­po del mucha­cho fue iden­ti­fi­ca­do ini­cial­men­te por las pren­das que lle­va­ba, ya que su ros­tro fue des­fi­gu­ra­do por sus torturadores.

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