El «tra­ba­jo domés­ti­co», su «repar­to des­igual» y como luchar con­tra él- Chris­ti­ne Delphy

¿Un pro­ble­ma nuevo?

Pues­to que el tra­ba­jo domés­ti­co y, más amplia­men­te, el tra­ba­jo fami­liar* está lejos de repar­tir­se entre hom­bres y muje­res en las pare­jas hete­ro­se­xua­les, y por­que en reali­dad los pro­gre­sos res­pec­to a ello son ínfi­mos, nos ha pare­ci­do útil vol­ver a difun­dir unas opi­nio­nes que, diez años des­pués de publi­car­se por pri­me­ra vez, por des­gra­cia siguen sien­do de actua­li­dad. Por con­si­guien­te, damos las gra­cias a la auto­ra y a la redac­ción de Nou­ve­lles Ques­tions fémi­nis­tes, por per­mi­tir publi­car este artícu­lo. [N. del edi­tor, Les mots sont impor­tants (lmsi​.net)]

El hecho de que el «tra­ba­jo domés­ti­co» recai­ga casi exclu­si­va­men­te sobre las muje­res es una cues­tión pelia­gu­da para todos los movi­mien­tos femi­nis­tas. En ese domi­nio es don­de se cons­ta­ta una ausen­cia casi total de cam­bios. Es unas de las mani­fes­ta­cio­nes más fla­gran­tes de la des­igual­dad entre los sexos, que se debe­ría corre­gir fácil­men­te debi­do a su pro­pia visi­bi­li­dad, y al mis­mo tiem­po es un reto para las estra­te­gias de igual­dad pues­to que es tam­bién ahí don­de la acción mili­tan­te encuen­tra sus lími­tes. En efec­to, este «repar­to des­igual» (este oxí­mo­ron que sig­ni­fi­ca la ausen­cia de repar­to) no pare­ce for­za­do, sino que es el resul­ta­do de un acuer­do amis­to­so entre dos per­so­nas adul­tas y libres. Cuan­do se le pre­gun­ta a estas per­so­nas adul­tas y libres, una bue­na par­te y, sobre todo, las víc­ti­mas de la des­igual­dad, se decla­ra muy insa­tis­fe­cha de este acuer­do, pero tam­po­co sabe cómo modi­fi­car­lo sin poner en tela de jui­cio la rela­ción con­yu­gal (Roux et al., 1999).

El tra­ba­jo «domés­ti­co» o «fami­liar» se ha estu­dia­do mucho des­de hace trein­ta años. En cam­bio, no ha habi­do avan­ces en el des­cu­bri­mien­to de solu­cio­nes al “pro­ble­ma” plan­tea­do de esta mane­ra tan­to en un mar­co mili­tan­te como en uno uni­ver­si­ta­rio, a excep­ción de la cam­pa­ña «Sala­rio por (o a veces «con­tra») el tra­ba­jo domés­ti­co» pro­mo­vi­da por Sel­ma James en la déca­da de 1970. Esta suge­ren­cia (que el Esta­do pague un sala­rio) no tuvo una reper­cu­sión favo­ra­ble en Fran­cia, todo lo con­tra­rio. Aun­que las femi­nis­tas recha­za­ron esta pro­pues­ta, la cla­se polí­ti­ca, en cam­bio, la saca a relu­cir perió­di­ca­men­te. En varios paí­ses euro­peos las medi­das socia­les «en favor de las muje­res» cons­ti­tu­yen el equi­va­len­te o, al menos, el embrión de dicho sala­rio o com­pen­sa­ción. Pero el movi­mien­to femi­nis­ta en gene­ral no las ha com­pren­di­do ni estu­dia­do como tales y se ha con­ten­ta­do con alzar­se con­tra nue­vas medi­das como el APE (siglas en fran­cés de Sub­si­dio Paren­tal de Edu­ca­ción) que reti­ran del mer­ca­do labo­ral a muje­res que ya están en él, no se exa­mi­nan las medi­das más anti­guas que tie­nen el mis­mo resul­ta­do ni tam­po­co las razo­nes por las que una can­ti­dad de muje­res cada vez más redu­ci­da pero que sigue sien­do impor­tan­te nun­ca lle­ga al mer­ca­do laboral.

No obs­tan­te, exis­ten varias vías de acción: no unos medios de acción que pue­dan cam­biar la situa­ción de un día para otro, sino unas rei­vin­di­ca­cio­nes que, si se satis­fa­cen, podrían minar por lo menos alguno de los pila­res ins­ti­tu­cio­na­les que apun­ta­lan la cons­truc­ción de esta des­igual­dad «pri­va­da». Ese es el tema del que tra­ta este artículo.

Has­ta la déca­da de 1970 nues­tras socie­da­des occi­den­ta­les ricas no per­ci­bían el tra­ba­jo domés­ti­co como una cues­tión teó­ri­ca y menos aún polí­ti­ca. El «tra­ba­jo de la casa» no se con­si­de­ra­ba ni un tra­ba­jo ni «ocio»: estas cate­go­rías, crea­das por los tra­ba­ja­do­res (los hom­bres), sim­ple­men­te no se apli­ca­ban. Y cuan­do se plan­tea­ba la cues­tión del tra­ba­jo de las muje­res «en el exte­rior», era en tér­mi­nos de alter­na­ti­va: como si las muje­res tra­ba­ja­ran o bien en casa o bien «fue­ra»; como si en cuan­to tra­ba­ja­ban «fue­ra», su tra­ba­jo en casa se eva­po­ra­ra como por encan­to. Esta nega­ción de la reali­dad era una mane­ra de pre­ten­der o, más bien, de dar a enten­der que las tareas domés­ti­cas eran facul­ta­ti­vas. Ade­más, enton­ces se habla­ba mucho de la impor­tan­cia que tenía para las muje­res tener esta «elec­ción», una elec­ción que nun­ca se le pro­po­nía a los hombres.

Des­de el momen­to en que rena­ció el movi­mien­to femi­nis­ta en los paí­ses occi­den­ta­les, entre 1968 y 1970, las femi­nis­tas plan­tean la cues­tión del tra­ba­jo domés­ti­co o fami­liar y afir­man su carác­ter de tra­ba­jo. Tres déca­das des­pués se pue­de cons­ta­tar que el femi­nis­mo ha teni­do éxi­to en este pun­to y que en la socie­dad ya no se pone en tela de jui­cio la per­cep­ción del «tra­ba­jo de la casa» como un ver­da­de­ro tra­ba­jo. Duran­te el mis­mo perio­do en todos los paí­ses occi­den­ta­les aumen­tó la pro­por­ción de muje­res que tra­ba­ja­ban «fue­ra» (que tenían un empleo remu­ne­ra­do), mien­tras que dis­mi­nu­yó la tasa de nata­li­dad. Ambas varia­bles se con­si­de­ran corre­la­ti­vas sin que se sepa toda­vía cuál es la pri­me­ra varia­ble. En Fran­cia duran­te el perio­do 1960 – 1990, antes de la intro­duc­ción del tra­ba­jo a tiem­po par­cial, las carre­ras de las muje­res han ten­di­do a ser menos discontinuas.

Tam­bién en Fran­cia, aun­que en la déca­da de 1970 las muje­res deja­ban de tra­ba­jar cuan­do tenía un segun­do hijo, aho­ra solo lo dejan con el ter­ce­ro, algo que ocu­rre en pocos casos. Se han modi­fi­ca­do las repre­sen­ta­cio­nes socia­les: antes de 1970, a pesar del hecho de que tra­ba­ja­ba una gran can­ti­dad de muje­res (el 40% de la pobla­ción acti­va en la déca­da de 1970), la ama de casa seguía sien­do la nor­ma en el sen­ti­do de ideal; hoy en día, a pesar de que una can­ti­dad impor­tan­te de muje­res no tra­ba­ja fue­ra de casa, la nor­ma social es la de la «mujer que tra­ba­ja». En efec­to, la gran mayo­ría de las muje­res en Fran­cia tie­nen un empleo en un momen­to u otro de su vida.

El movi­mien­to femi­nis­ta con­tem­po­rá­neo denun­cia des­de el prin­ci­pio la «doble jor­na­da» de las muje­res que tie­nen un empleo. A medi­da que el empleo de las muje­res se ha vuel­to legí­ti­mo a ojos de la socie­dad glo­bal, los pro­ble­mas de las muje­res tam­bién se han vuel­to legí­ti­mos. Su «doble jor­na­da» ha pasa­do al ran­go de «cues­tión de socie­dad» por la que se supo­ne que se intere­san todos y todas, en par­ti­cu­lar los gobiernos.

Las cifras de las encues­tas sobre la uti­li­za­ción del tiem­po que se hacen cada diez años en Fran­cia tie­nen mucha reper­cu­sión y los medios de comu­ni­ca­ción las comen­tan pro­fu­sa­men­te. En estas esta­dís­ti­cas lo que se con­si­de­ra per­ti­nen­te des­de el pun­to de vis­ta de la doble jor­na­da no es tan­to la can­ti­dad de horas de tra­ba­jo (remu­ne­ra­do), can­ti­dad fija­da por el emplea­dor, como la can­ti­dad de horas que los indi­vi­duos dedi­can al tra­ba­jo doméstico.

Si, como los auto­res de los estu­dios y los medios, com­pa­ra­mos la can­ti­dad de horas dedi­ca­das res­pec­ti­va­men­te por hom­bres y muje­res a las «tareas domés­ti­cas», se cons­ta­ta que la coha­bi­ta­ción hete­ro­se­xual sig­ni­fi­ca un incre­men­to de tra­ba­jo para las muje­res y, por el con­tra­rio, una reduc­ción del tra­ba­jo para los hom­bres. En una pare­ja sin hijos la mujer pasa una media de tres horas y cuar­to al día hacien­do tareas domés­ti­cas mien­tras que el hom­bre les dedi­ca una hora y cuar­to. Cuan­do la pare­ja tie­ne hijos, ya sean uno, dos o tres, la par­te del hom­bre sigue sien­do exac­ta­men­te la mis­ma. Mien­tras que con un hijo la mujer pasa de tres horas y cuar­to a cua­tro y media, con dos hijos a casi cin­co horas y con tres a cin­co horas y media al día. Si se toma la media gene­ral (inde­pen­dien­te­men­te de la can­ti­dad de hijos), las muje­res dedi­can cua­tro horas y cua­ren­ta y cin­co minu­tos al día a las tareas de coci­nar, lavar pla­tos, lim­piar, hacer las com­pras y cui­dar la ropa, mien­tras que los hom­bres los hom­bres dedi­can la mis­ma hora y cuar­to (Brous­se, 2000).

La doble jor­na­da es eso: las muje­res fran­ce­sas «acti­vas» (que tie­nen una acti­vi­dad remu­ne­ra­da) y que tie­ne entre uno y tres hijos tra­ba­jan de media 83 horas a la sema­na. La pre­gun­ta que se plan­tea en los medios femi­nis­tas y que se deno­mi­na la cues­tión del «repar­to de tareas» es la siguien­te: cómo hacer para que los hom­bres hagan más y las muje­res menos, cómo hacer para igua­lar el tiem­po de tra­ba­jo domés­ti­co de hom­bres y muje­res, y, por lo tan­to, para rea­li­zar la igual­dad en este plano en las pare­jas hete­ro­se­xua­les.

Los dife­ren­tes aná­li­sis del problema

La esca­sa par­ti­ci­pa­ción de los hom­bres en la rea­li­za­ción del tra­ba­jo domés­ti­co y las moda­li­da­des par­ti­cu­lar­men­te intere­san­tes de esta par­ti­ci­pa­ción (cuan­tas más tareas hay que hacer menos hacen en pro­por­ción) plan­tean un pro­ble­ma tan­to teó­ri­co como polí­ti­co. En efec­to, para encon­trar cómo aca­bar con esta situa­ción, en pri­mer lugar hay que tra­tar de enten­der por qué exis­te y per­du­ra, por qué las muje­res siguen hacien­do el 80% de lo prin­ci­pal del tra­ba­jo domés­ti­co a pesar del hecho de que la mayo­ría de ellas tra­ba­ja. ¿Por qué la par­ti­ci­pa­ción de los dos sexos en el tra­ba­jo remu­ne­ra­do tien­de a igua­lar­se sin lograr­lo mien­tras que el hogar sigue sien­do tan disimétrica?

La res­pues­ta a esta pre­gun­ta femi­nis­ta varía según las ten­den­cias del femi­nis­mo y según el aná­li­sis que se haga del pro­pio fenó­meno del tra­ba­jo fami­liar (Delphy y Leo­nard, 1992). En el Par­ti­do Comu­nis­ta Fran­cés o en la Liga Comu­nis­ta Revo­lu­cio­na­ria, las femi­nis­tas defien­den el pun­to de vis­ta según el cual el tra­ba­jo domés­ti­co resul­ta útil e inclu­so nece­sa­rio al capi­ta­lis­mo. Según su aná­li­sis, el tra­ba­jo domés­ti­co de las muje­res per­mi­te al Esta­do aho­rrar en mate­ria de equi­pa­mien­tos colec­ti­vos y a la patro­nal pagar menos a sus asa­la­ria­dos (muje­res y hom­bres). Si las muje­res no fue­ran las úni­cas res­pon­sa­bles de este tra­ba­jo, afir­man aque­llas femi­nis­tas, habría que pre­ver una base gene­ra­li­za­da del tiem­po de tra­ba­jo para el con­jun­to de la pobla­ción (lucro cesan­te para el capi­ta­lis­mo) y el desa­rro­llo sig­ni­fi­ca­ti­vo de los equi­pa­mien­tos socia­les (gas­to para el Esta­do y los patronos).

Este razo­na­mien­to no pare­ce curio­so por­que es fami­liar. Sin embar­go, si se con­si­de­ra sin pre­jui­cios, se per­ci­be que se pre­su­po­ne que todos los tra­ba­ja­do­res tie­nen una espo­sa. En otras pala­bras, se pre­su­po­ne que cuan­do se habla de tra­ba­ja­do­res solo se pien­sa en los hom­bres y, por aña­di­du­ra, en hom­bres casa­dos. Se tra­ta de una cos­tum­bre tan­to en los sin­di­ca­tos y los par­ti­dos como en la inves­ti­ga­ción cien­tí­fi­ca, pero una cos­tum­bre no está obli­ga­to­ria­men­te jus­ti­fi­ca­da. En pri­mer lugar, algu­nos tra­ba­ja­do­res hom­bres ni tie­nen espo­sa. Pero sobre todo, las tra­ba­ja­do­ras, esto es, la mitad de la fuer­za de tra­ba­jo, no tie­nen espo­sa. Si se sigue el aná­li­sis lla­ma­do mar­xis­ta se debe­ría cons­ta­tar que, efec­ti­va­men­te, la patro­nal «com­pen­sa» su caren­cia de tener una espo­sa pagán­do­les más. Aho­ra bien, no se cons­ta­ta esta paga extra de estas pobla­cio­nes asalariadas.

Esta escue­la de pen­sa­mien­to ofre­ce tam­bién la jus­ti­fi­ca­ción más común­men­te admi­ti­da por par­te de la pobla­ción de que los hom­bres no hacen el tra­ba­jo domés­ti­co «por­que no tie­nen tiem­po». Pare­ce que se igno­ra que casi la mitad de los «tra­ba­ja­do­res» son muje­res sin espo­sas. Por con­si­guien­te, la mitad de la fuer­za de tra­ba­jo debe man­te­ner ella mis­ma, y a cuen­ta de su «tiem­po libre», su pro­pia fuer­za de tra­ba­jo. Por aña­di­du­ra, la mayo­ría de las tra­ba­ja­do­ras está casa­da, pero con hom­bres y ade­más de su pro­pia fuer­za de tra­ba­jo deben man­te­ner la fuer­za de tra­ba­jo de su cón­yu­ge. Encuen­tra tiem­po para hacer­lo, inclu­so cuan­do sus horas de tra­ba­jo asa­la­ria­do son las mis­mas que las de los hom­bres, en par­ti­cu­lar de su mari­do. ¿Cuál es el mis­te­rio? ¿Cómo pue­den encon­trar un tiem­po que, según la teo­ría del capi­ta­lis­mo-bene­fi­cia­rio, se supo­ne que como tra­ba­ja­do­ras no tienen?

Otro mis­te­rio es el hecho de que los tra­ba­ja­do­res hom­bres sol­te­ros, sin encon­trar tan­to tiem­po como las tra­ba­ja­do­ras, sin embar­go encuen­tran más que los tra­ba­ja­do­res hom­bres casa­dos. Dedi­can trein­ta minu­tos menos al día al tra­ba­jo domés­ti­co que las muje­res sol­te­ras, aun­que una hora más que los hom­bres casa­dos: dos horas y tre­ce minu­tos al día.

Por con­si­guien­te, tene­mos dos fuen­tes de varia­ción. La pri­me­ra es una dife­ren­cia debi­da al sexo: las muje­res sol­te­ras hacen más tra­ba­jo domés­ti­co que los hom­bres sol­te­ros. La segun­da se debe al matri­mo­nio, pero no solo al matri­mo­nio sino a un cru­ce del esta­tu­to matri­mo­nial con el sexo. En cuan­to dos per­so­nas de sexo dife­ren­te viven en pare­ja dis­mi­nu­ye la can­ti­dad del tra­ba­jo domés­ti­co que hace el hom­bre, mien­tras que aumen­ta la can­ti­dad del tra­ba­jo domés­ti­co que hace la mujer. Cuan­do un hom­bre empie­za a vivir en pare­ja hete­ro­se­xual, la can­ti­dad de tra­ba­jo domés­ti­co que hace se divi­de de media por dos. Cuan­do una mujer empie­za a vivir en pare­ja, hace de media una hora de tra­ba­jo domés­ti­co más que cuan­do esta­ba sol­te­ra. La mujer pier­de apro­xi­ma­da­men­te lo que gana el hom­bre en cuan­to empie­za a vivir en pare­ja y antes de que lle­guen los hijos.

El examen del empleo del tiem­po hace añi­cos el aná­li­sis «mar­xis­ta» según el cual la «fal­ta de tiem­po» es lo que impi­de a los hom­bres con­tri­buir a par­tes igua­les con su com­pa­ñe­ra al tra­ba­jo domés­ti­co: por el con­tra­rio, en cuan­to tie­nen una com­pa­ñe­ra, «ya no tie­nen tiem­po» y des­car­gan en ella su pro­pio mantenimiento.

Rara­men­te se men­cio­nan las cifras con­cer­nien­tes a las y los sol­te­ros, y a las pare­jas sin hijos, ni siquie­ra por las femi­nis­tas. Una ten­den­cia bas­tan­te uni­ver­sal lle­va a unos y otros a con­cen­trar sus aná­li­sis del tra­ba­jo domés­ti­co en el cui­da­do de los hijos y a evi­tar la cues­tión del cui­da­do de los adul­tos, a hacer como si solo los hijos crea­ran la nece­si­dad y el pro­ble­ma del tra­ba­jo domés­ti­co. Esto per­mi­te evi­tar mirar de fren­te lo que, sin embar­go, las cifras dicen cla­ra­men­te: tam­bién los adul­tos tie­nen que comer, lavar­se, lim­piar la ropa, los pla­tos, etc. Cual­quier per­so­na nece­si­ta tra­ba­jo domés­ti­co. O bien lo hace ella mis­ma cuan­do es adul­ta, como las muje­res y los hom­bres sol­te­ros; o bien, otra per­so­na lo hace por ella, total­men­te o en par­te, como hacen las muje­res casa­das para sus com­pa­ñe­ros hombres.

De estas cifras se dedu­ce que el aná­li­sis que pos­tu­la una «fal­ta de tiem­po de los hom­bres» es erró­neo en sus con­clu­sio­nes y pre­mi­sas, solo con­si­de­ra a la pobla­ción de hom­bres, igno­ra la de las muje­res y cons­tru­ye un mode­lo teó­ri­co sobre la base úni­ca­men­te del hom­bre-casa­do-que-no-hace-nada-o-casi-nada, un mode­lo que man­tie­ne la hipó­te­sis de que la acti­vi­dad remu­ne­ra­da del «tra­ba­ja­dor» (que se supo­ne que es ase­xua­do pero que de hecho tie­ne mar­ca­da la carac­te­ri­za­ción de géne­ro) absor­be todo su tiem­po. De esta hipó­te­sis se des­pren­de la teo­ría según la cual «si el tra­ba­ja­dor no tuvie­ra una mujer que hicie­ra por él estos ser­vi­cios, el patrón debe­ría pagar­le más para que se los pro­cu­re en el mercado».

Esta teo­ría y la hipó­te­sis en la que se basa solo valen si todos los tra­ba­ja­do­res fue­ran hom­bres casa­dos: si la reali­dad fue­ra así, nos limi­ta­ría­mos a «hacer hipó­te­sis» sobre lo que pasa­ría si no tuvie­ran mujer. Pero ese no es el caso. No hay nece­si­dad algu­na de hacer hipó­te­sis para saber qué ocu­rre cuan­do una espo­sa no hace el tra­ba­jo domés­ti­co por el tra­ba­ja­dor. No es una situa­ción des­co­no­ci­da, lejos de ello. Se dis­po­ne de una pobla­ción de con­trol cons­ti­tui­da por tra­ba­ja­do­res hom­bres y tra­ba­ja­do­ras sol­te­ras, y por las tra­ba­ja­do­ras casa­das. Esta pobla­ción que no tie­ne espo­sa man­tie­ne ella mis­ma su pro­pia fuer­za de tra­ba­jo. Las horas de tra­ba­jo que dedi­ca a ello demues­tran que ella mis­ma efec­túa una bue­na par­te de los ser­vi­cios que nece­si­ta. Tam­bién com­pra algu­nos, pero, por una par­te, no es segu­ro que recu­rra más que los hom­bres casa­dos a los «sus­ti­tu­tos comer­cia­les» y, por otra, es segu­ro que sus emplea­do­res no le pagan más para finan­ciar estas com­pras de sus­ti­tu­tos comer­cia­les de los ser­vi­cios domés­ti­cos de una espo­sa. Se pue­de afir­mar sin temor que aun­que esta pobla­ción no tie­ne «mujer», sin embar­go no es más cos­to­sa para los patro­nos y que la teo­ría según la cual el tra­ba­jo domés­ti­co bene­fi­cia al capi­ta­lis­mo no resis­te al aná­li­sis de los hechos.

¿A bene­fi­cio del capi­ta­lis­mo o de los hombres?

Des­de hace mucho tiem­po opon­go a la teo­ría del «bene­fi­cio para el capi­ta­lis­mo» la del «bene­fi­cio para la cla­se de los hom­bres». O, en otras pala­bras, el tra­ba­jo domés­ti­co no es una suma dis­par de rela­cio­nes indi­vi­dua­les sino el efec­to de un modo de pro­duc­ción, el modo de pro­duc­ción patriar­cal o familiar.

¿Qué es el modo de pro­duc­ción patriar­cal? Es pre­ci­sa­men­te la extor­sión por par­te del cabe­za de fami­lia del tra­ba­jo gra­tui­to de los miem­bros de su fami­lia. A este tra­ba­jo gra­tui­to rea­li­za­do en el mar­co social (y no geo­grá­fi­co) de la casa es a lo que deno­mino tra­ba­jo fami­liar. Este modo se apli­ca a cual­quier pro­duc­ción. La pro­duc­ción pue­de con­sis­tir en bie­nes y ser­vi­cios ven­di­dos por el cabe­za de fami­lia, como es el caso de los agri­cul­to­res que ven­den el pro­duc­to del tra­ba­jo agrí­co­la de su mujer, el caso de los mecá­ni­cos y otros arte­sa­nos, de los médi­cos y otras pro­fe­sio­nes libe­ra­les, que ven­den el pro­duc­to del tra­ba­jo de con­ta­bi­li­dad, de secre­ta­ría o de aco­gi­da de su mujer. Esta pro­duc­ción tam­bién pue­de con­sis­tir en tra­ba­jo para con­su­mo inme­dia­to del hogar: el tra­ba­jo domés­ti­co. El con­jun­to del tra­ba­jo fami­liar es gra­tui­to, tan­to si se ven­de (el tra­ba­jo para­pro­fe­sio­nal de las espo­sas de los «tra­ba­ja­do­res inde­pen­dien­tes (sic)»), como si se con­su­me en la fami­lia (el tra­ba­jo domés­ti­co stric­to sen­su). Hace cin­cuen­ta años este modo de pro­duc­ción toda­vía esta­ba muy codi­fi­ca­do: la fuer­za de tra­ba­jo de las muje­res per­te­ne­cía jurí­di­ca­men­te a sus mari­dos. Ya no es el caso. Pero las esca­sas posi­bi­li­da­des de empleo paga­do para las muje­res tam­bién sos­te­nía esta apro­pia­ción legal, pues­to que la impo­si­bi­li­dad para una mujer de cubrir sus nece­si­da­des pue­de ser legal (prohi­bi­ción del mari­do) o de hecho (ausen­cia de empleos abier­tos a las mujeres).

Este artícu­lo tra­ta casi exclu­si­va­men­te del tra­ba­jo domés­ti­co. Pero es impo­si­ble com­pren­der su lógi­ca si no se recuer­da que solo es una par­te o inclu­so una moda­li­dad del tra­ba­jo gra­tui­to extor­sio­na­do en el modo de pro­duc­ción patriar­cal. De su per­te­nen­cia a un modo más gene­ral se des­pren­de que no se debe defi­nir el tra­ba­jo domés­ti­co como una sim­ple lis­ta de tareas, por­que el modo de pro­duc­ción fami­liar inclu­ye cual­quier tra­ba­jo y cual­quier pro­duc­ción efec­tua­dos gra­tui­ta­men­te cuan­do en otra par­te podrían ser remu­ne­ra­dos. Sin duda en los paí­ses indus­tria­les lo esen­cial de las horas de pro­duc­ción patriar­cal lo con­su­me hoy el tra­ba­jo domés­ti­co stric­to sen­su (una lis­ta de tareas, las «tareas domés­ti­cas», sobre la que exis­te un acuer­do gene­ral o, cuan­do menos, las encues­tas sobre la uti­li­za­ción del tiem­po hacen un reper­to­rio de ellas). Sin embar­go, no ha des­apa­re­ci­do el tra­ba­jo para­pro­fe­sio­nal, es decir, el tra­ba­jo que hacen gra­tui­ta­men­te las espo­sas (y otros parien­tes del cabe­za de fami­lia) y que lle­va a unas pro­duc­cio­nes que encuen­tran el camino del mer­ca­do vía el mari­do y que se pagan al mari­do. Se pue­de cal­cu­lar que más del 10% de las muje­res, las espo­sas de hom­bres que ejer­cen pro­fe­sio­nes libe­ra­les inde­pen­dien­tes y libe­ra­les, ade­más del tra­ba­jo domés­ti­co que efec­túan todas las espo­sas y muje­res que con­vi­ven con ellos, hacen un tra­ba­jo pro­fe­sio­nal para su mari­do sin ser remu­ne­ra­das por él. Se pue­de notar que hacen de media una hora menos de tra­ba­jo pro­pia­men­te «doméss­ti­co» al día ‑inclu­so para las muje­res, un día tie­ne solo vein­ti­cua­tro. Como las demás amas de casa, no tie­nen ni una cober­tu­ra social ni una jubi­la­ción ade­cua­da. Des­de el pun­to de vis­ta de la Segu­ri­dad Social son amas de casa, «inac­ti­vas» (aun­que a veces ten­gan un esta­tu­to en la pro­fe­sión), «inclui­das» en el núme­ro (de la Segu­ri­dad Social) del cabe­za de fami­lia, del que depen­den al mis­mo títu­lo que los hijos.

Por otra par­te, en la teo­ría del modo de pro­duc­ción fami­liar, no toda «tarea domés­ti­ca» es nece­sa­ria­men­te tra­ba­jo fami­liar: así el tra­ba­jo domés­ti­co de los hom­bres o las muje­res sol­te­ros o tam­bién de los hom­bres casa­dos cuan­do ellos y ellas se lavan su ropa o coci­nan: el tra­ba­jo que se hace para una o uno mis­mo no es tra­ba­jo gra­tui­to. En efec­to, pre­ci­sa­men­te en la medi­da que se hace para una o uno mis­mo se encuen­tra una com­pen­sa­ción inme­dia­ta. Por ejem­plo, afei­tar­se no es un tra­ba­jo gra­tui­to (explo­ta­do) por­que la per­so­na que efec­túa este tra­ba­jo es recom­pen­sa­da por el hecho de encon­trar­se afei­ta­da. El tra­ba­jo que se hace para una o uno mis­mo no está paga­do, pero se remu­ne­ra en especie.

Por con­si­guien­te, en el mar­co con­cep­tual del modo de pro­duc­ción fami­liar hablar de «repar­to de tareas» en lo que con­cier­ne al tra­ba­jo domés­ti­co es inexac­to: en efec­to, solo el tra­ba­jo gra­tui­to, es decir, el tra­ba­jo hecho gra­tui­ta­men­te por otra per­so­nas es, hablan­do con pro­pie­dad, tra­ba­jo fami­liar. El tra­ba­jo gra­tui­to es la explo­ta­ción eco­nó­mi­ca más radi­cal. No se pue­de desear repar­tir equi­ta­ti­va­men­te una explo­ta­ción. Lo úni­co que se pue­de desear es hacer de modo que nadie tra­ba­je gra­tui­ta­men­te para otra persona.

Enton­ces, ¿qué abar­ca la expre­sión «repar­to de las tareas domés­ti­cas»? En pri­mer lugar, no se apli­ca a la pro­duc­ción fami­liar tal como la he defi­ni­do, sino al sub­con­jun­to «tra­ba­jo domés­ti­co», con­si­de­ra­do una lis­ta de «cosas que hay que hacer». Estas «cosas que hay que hacer» están deli­mi­ta­das por una situa­ción implí­ci­ta: la de un hogar com­pues­to por dos adul­tos de sexo dife­ren­te (un hom­bre y una mujer) y en su caso por los hijos de la pare­ja. Se tra­ta, por lo tan­to, de lo que se deno­mi­na la fami­lia nuclear (redu­ci­da a la pare­ja) y hete­ro­se­xual. Por «repar­to» se entien­de que el tra­ba­jo que hay que efec­tuar para man­te­ner ese hogar en el modo de vida que ha ele­gi­do la pare­ja tam­bién se repar­te entre ambos adul­tos. Pode­mos pre­gun­tar­nos por qué el repar­to se con­si­de­ra un obje­ti­vo difí­cil de alcan­zar. Los dos adul­tos del hogar podrían ser con­si­de­ra­dos como dos sol­te­ros que coha­bi­tan, pero que eso no impi­da en abso­lu­to man­te­ner sus cos­tum­bres de sol­te­ros, es decir, que cada uno haga para sí mis­mo el tra­ba­jo corres­pon­dien­te a su pro­pio cui­da­do; la cues­tión del repar­to solo se plan­tea­ría a pro­pó­si­to de las tareas nece­sa­rias para el cui­da­do de los hijos. Pode­mos pre­gun­tar­nos tam­bién si es la coha­bi­ta­ción en sí mis­ma lo que indu­ce la impo­si­bi­li­dad de que cada adul­to con­ti­núe ocu­pán­do­se de su cui­da­do y en ese caso este pro­ble­ma se plan­tea­ría con la mis­ma agu­de­za si se tra­ta­ra de per­so­nas sol­te­ras que com­par­tie­ran un piso o si se tra­ta­ra del pro­pio matri­mo­nio. Las pocas indi­ca­cio­nes que posee­mos pare­cen demos­trar que la coha­bi­ta­ción, inclui­da entre per­so­nas de sexo dife­ren­te, no indu­ce por sí mis­ma a una con­fu­sión de los cui­da­dos o, en todo caso, no en el gra­do en el que lo indu­ce la coha­bi­ta­ción de per­so­nas casa­das o de pare­jas que coha­bi­tan (Roux et al., 1999: 105).

En otros tér­mi­nos, el deseo de repar­to se apli­ca a una situa­ción en la que se ha abo­li­do la sepa­ra­ción ini­cial de las dos per­so­nas y de sus cui­da­dos, en la que hay que res­ta­ble­cer un equi­li­bro que se ha roto ante­rior­men­te. Nun­ca se tie­ne en cuen­ta este ges­to ini­cial de la pare­ja hete­ro­se­xual que coha­bi­ta y, sin embar­go, es pre­vio a la cues­tión del repar­to y se debe­ría estu­diar. Se pue­den plan­tear algu­nas hipó­te­sis al res­pec­to.

Las cau­sas de la inercia

¿Por qué per­sis­te esta apro­pia­ción por par­te de los hom­bres del tra­ba­jo «tra­ba­jo domés­ti­co» de las muje­res? Pode­mos pre­gun­tar­nos por la natu­ra­le­za de los impe­ra­ti­vos, esto es, las ins­ti­tu­cio­nes y los meca­nis­mos socia­les que per­mi­ten la apro­pia­ción por par­te de los hom­bres del tra­ba­jo domés­ti­co y más amplia­men­te fami­liar de las muje­res en el matri­mo­nio e inclu­so des­pués del matri­mo­nio, pues­to que son las muje­res divor­cia­das quie­nes asu­men todo el tra­ba­jo que nece­si­ta los hijos de la pareja.

Aho­ra que los impe­ra­ti­vos lega­les han des­apa­re­ci­do, algu­nas per­so­nas se pre­gun­tan si no hay que vol­ver a las expli­ca­cio­nes psi­co­ló­gi­cas, a la hipó­te­sis de una com­pli­ci­dad de las muje­res con la domi­na­ción mas­cu­li­na, al papel del amor. Sin embar­go, antes de vol­ver sobre estos extre­mos hay que con­si­de­rar el papel de las ins­ti­tu­cio­nes: el Esta­do, el mer­ca­do labo­ral y la pro­pia divi­sión sexual del tra­ba­jo y de los «pape­les».

Toman­do los temas en sen­ti­do inver­so, revi­se­mos bre­ve­men­te los impe­ra­ti­vos que lle­van a la divi­sión sexual del tra­ba­jo en el mar­co de la coha­bi­ta­ción, algu­nos de los cua­les son exte­rio­res al mar­co fami­liar o con­yu­gal y pro­vie­nen del mer­ca­do laboral.

Matri­mo­nio, hete­ro­se­xua­li­dad y divi­sión del trabajo 

En pri­mer lugar hay que iden­ti­fi­car por una par­te lo que favo­re­ce el matri­mo­nio y por otra lo que en el matri­mo­nio favo­re­ce la divi­sión sexual del tra­ba­jo, lo cual es otra mane­ra de for­mu­lar la cues­tión de la con­fu­sión entre el tra­ba­jo nece­sa­rio para el man­te­ni­mien­to de uno y el tra­ba­jo nece­sa­rio para el man­te­ni­mien­to del otro.

La pare­ja es la úni­ca for­ma de vida acep­ta­ble en nues­tra socie­dad, que ya no cono­ce for­mas de fami­lia exten­sa, pero cono­ce pocas for­mas dife­ren­tes de gru­pos pri­ma­rios que podrían reem­pla­zar a la pare­ja des­de el pun­to de vis­ta de la coha­bi­ta­ción coti­dia­na. Nos vemos obli­ga­dos a cons­ta­tar que para no que­dar­se solas se empu­ja a las per­so­nas a for­mar pare­ja, sobre todo hete­ro­se­xua­les, aun­que aho­ra cada vez más tam­bién pare­jas homo­se­xua­les. No obs­tan­te, la «obli­ga­ción de la hete­ro­se­xua­li­dad» (Rich, 1981) hace que la mayo­ría de las pare­jas sean hete­ro­se­xua­les. Hoy esta obli­ga­ción de la hete­ro­se­xua­li­dad pare­ce en par­te basa­da, o refor­za­da, por el temor a la soledad.

En efec­to, las muje­res no empie­zan a vivir en pare­ja para vivir con per­so­nas que ganan más que ellas y bene­fi­ciar­se de su nivel de vida o no solo por ello. Pero los hom­bres apor­tan a su pare­ja su ven­ta­ja en el mer­ca­do del tra­ba­jo y, a la inver­sa, las muje­res apor­tan a la pare­ja su des­ven­ta­ja: unos ingre­sos meno­res, una con­tri­bu­ción finan­cie­ra menor a los recur­sos del hogar. Estos fac­to­res obje­ti­vos e indi­vi­dua­les son el mar­co de las nego­cia­cio­nes indi­vi­dua­les que tie­nen lugar den­tro de la pare­ja en lo que se refie­re al deno­mi­na­do «repar­to de tareas». De hecho estas nego­cia­cio­nes tra­tan de la can­ti­dad de tra­ba­jo de la que se pue­den des­car­gar los hom­bres a cos­ta de las muje­res: de la can­ti­dad de tra­ba­jo de su mujer de la que un hom­bre se pue­de apropiar.

Entre los fac­to­res que expli­can la per­sis­ten­cia de la apro­pia­ción del tra­ba­jo de las muje­res, bajo la for­ma de «asig­na­ción» al tra­ba­jo domés­ti­co, según la expre­sión de Cha­baud, Fou­gey­ro­llas y Sonthon­nax (1985), hay que citar en pri­mer lugar… ¡el pro­pio sis­te­ma de divi­sión sexual del tra­ba­jo! Esta deno­mi­na­ción es inco­rrec­ta por­que no impli­ca solo una divi­sión téc­ni­ca de las tareas, sino una jerar­quía: es ante todo un sis­te­ma de explo­ta­ción. Con­tra­ria­men­te a lo que pien­san algu­nas, no es curio­so que tan­to las muje­res como los hom­bres acep­ten esta «divi­sión sexual del tra­ba­jo», esta jerar­quía que hace que tra­ba­jen gra­tui­ta­men­te para los hom­bres. En efec­to, para todos y todas divi­sión y jerar­quía son sinó­ni­mo de la iden­ti­dad de mujer y de hom­bre, for­man par­te del orden inme­mo­rial y natu­ral de las cosas, se dan por hecho.

Gene­ral­men­te, e inclu­so en medios femi­nis­tas, la ideo­lo­gía de la igual­dad (y entien­do por ello la creen­cia de que sal­vo excep­ción volun­ta­ria y cons­cien­te, se edu­ca a los niños y a las niñas de la mis­ma mane­ra) impi­de ver has­ta qué pun­to se inyec­ta una iden­ti­dad de géne­ro en las per­so­nas des­de su naci­mien­to. Esta iden­ti­dad de géne­ro no es uni­for­me según los medios, los paí­ses, las regio­nes y las cla­ses socia­les, pero posee un amplio sus­tra­to común, el que espe­ci­fi­ca las apti­tu­des, las cali­da­des, las expec­ta­ti­vas y los debe­res de cada sexo. La iden­ti­dad de géne­ro, que se admi­nis­tra muy pron­to al bebé, no es dis­tin­gui­ble de la iden­ti­dad per­so­nal: «soy una niña» y «yo soy yo» no son dos con­cien­cias dife­ren­tes; el géne­ro no es un atri­bu­to sobre­aña­di­do a una cons­cien­cia de sí mis­mo pre­exis­ten­te, sino una for­ma de arma­zón, el cua­dro mis­mo de esta con­cien­cia de sí mismo.

La divi­sión del tra­ba­jo según sexos tam­po­co es un apren­di­za­je que se hace tar­día­men­te, sino que es con­sus­tan­cial a las «cua­li­da­des» y «ras­gos» feme­ni­nos o mas­cu­li­nos. Para un hom­bre no es «natu­ral» hacer deter­mi­na­das cosas o desear hacer­las. Se con­si­de­ra con indul­gen­cia a un niño peque­ño que no quie­re orde­nar su habi­ta­ción, lo mis­mo que a una niña peque­ña que no quie­re man­char­se las manos con gra­sa del motor del coche. Cuan­do se apli­ca, el tra­ta­mien­to «igua­li­ta­rio» se apli­ca por enci­ma de este sus­tra­to que se con­si­de­ra natu­ral y sin poner­lo en tela de juicio.

Esta evi­den­cia de la divi­sión del tra­ba­jo según los sexos (uno de los aspec­tos fun­da­men­ta­les del géne­ro) es lo que cons­ti­tu­ye la base de la bue­na con­cien­cia de los hom­bres, que se sien­ten per­fec­ta­men­te jus­ti­fi­ca­dos por espe­rar los ser­vi­cios domés­ti­cos de las muje­res, has­ta uti­li­zar en algu­nos casos la vio­len­cia para obte­ner lo que se les debe. Al otro lado de la barre­ra del géne­ro, muchas muje­res, inclui­das femi­nis­tas, no con­si­de­ran cómi­ca la teo­ría (que en Fran­cia des­ta­can los socia­lis­tas) según la cual las muje­res están opri­mi­das por el «tiem­po», un pro­duc­to del que care­cen de mane­ra ineluc­ta­ble y qui­zá inclu­so bio­ló­gi­ca. Esto demues­tra has­ta qué pun­to la mayo­ría de las muje­res vive el aca­pa­ra­mien­to de su tiem­po como un tipo de des­tino sin rela­ción con los arre­glos socia­les y sin rela­ción tam­po­co con «la mayor can­ti­dad de tiem­po» de sus cón­yu­ges y compañeros.

No obs­tan­te, está a pun­to de emer­ger un hecho nue­vo: se ve lle­gar a la edad adul­ta a algu­nas muje­res jóve­nes que no solo recha­zan la idea de que deben unos ser­vi­cios a los hom­bres, sino que sim­ple­men­te no la com­pren­den. Esta incom­pren­sión es la que al final nos sal­va­rá por­que ellas no ten­drán que luchar, como sus madres, con­tra su pro­pia indul­gen­cia res­pec­to a esta injusticia.

El otro fac­tor impor­tan­te de esta per­sis­ten­cia es que aun­que en esta cul­tu­ra sexua­da y mar­ca­da por el géne­ro se empie­za a poner en tela de jui­cio la idea de que las muje­res deben estar al ser­vi­cio de los hom­bres, no se cues­tio­na la idea de que solo las madres o prin­ci­pal­men­te ellas deben ocu­par­se de los hijos. En la ley, la cos­tum­bre y, más gene­ral­men­te, la cul­tu­ra occi­den­ta­les los dere­chos y los debe­res rela­ti­vos a los hijos corres­pon­den al padre y a la madre de mane­ra indivisa.

Sin embar­go, las muje­res son quie­nes asu­men lo esen­cial de los debe­res rela­ti­vos a los hijos en lo que con­cier­ne a los cui­da­dos mate­ria­les que hay que pres­ta­res (lo que se deno­mi­na cui­da­dos), su edu­ca­ción y su ocio. Si los hom­bres se bene­fi­cian direc­ta­men­te de una par­te del tra­ba­jo domés­ti­co de las muje­res, sin embar­go el cui­da­do de los hijos absor­be una gran par­te de este, pre­ci­sa­men­te en la medi­da en que las muje­res ase­gu­ran su par­te más la del padre. A pesar de esbo­zos de cam­bio en las res­pon­sa­bi­li­da­des mate­ria­les de los padres, en los hora­rios se cons­ta­ta que las muje­res con­ser­van el mono­po­lio de las tareas no gra­ti­fi­can­tes mien­tras que inclu­so los «nue­vos padres» se reser­van los jue­gos con los hijos.

Por otra par­te, para una mujer ser madre es un ele­men­to deter­mi­nan­te de esta­tu­to social, de res­pe­to de su entorno, pero esta ven­ta­ja está miti­ga­da por la sos­pe­cha que pesa sin cesar sobre ella de que no mere­ce su esta­tu­to, de que no es una madre sufi­cien­te­men­te bue­na. A este res­pec­to se ejer­ce una pre­sión cons­tan­te pro­ce­den­te tan­to del entorno cer­cano y lejano, de los ser­vi­cios socia­les, como del Esta­do. En con­se­cuen­cia, las muje­res no tie­nen ver­da­de­ra­men­te los medios de pre­sio­nar a su vez a su cón­yu­ge para que haga su par­te por­que se inter­pre­ta como el deseo de «des­vin­cu­lar­se» de los cui­da­dos del niño y la prue­ba de que no son bue­nas madres.

El mer­ca­do laboral 

No hace fal­ta decir mucho sobre este tema: la «sobre­ex­plo­ta­ción» de las muje­res en el mer­ca­do labo­ral es bien cono­ci­da, inclu­so es uno de los temas mejor estu­dia­dos. Tam­bién se ha dis­cu­ti­do mucho la cues­tión de su arti­cu­la­ción con la extor­sión del tra­ba­jo gra­tui­to en el mar­co domés­ti­co (véa­se entre otros Cha­baud, Fou­gey­ro­llas y Sonthon­nax, 1985; Walby, 1986, 1990; Delphy y Leo­nard, 1992). Todo el mun­do está de acuer­do en que ambas explo­ta­cio­nes se apo­yan entre sí de mane­ra casi orgá­ni­ca: son nece­sa­rias la una a la otra, pero el acen­to en tér­mi­nos de fina­li­dad de sis­te­ma se pone unas veces en una y otras veces en la otra. Para esta dis­cu­sión el aspec­to más impor­tan­te es la com­ple­ta imbri­ca­ción de ambos. Lo que se deno­mi­na dis­cri­mi­na­ción con­tra las muje­res y que sería más jus­to deno­mi­nar la «pre­fe­ren­cia mas­cu­li­na» del mer­ca­do da al gru­po de los hom­bres un pri­mer pri­vi­le­gio evi­den­te y lo pone en situa­ción de extor­sio­nar en casa el tra­ba­jo domés­ti­co del otro gru­po ya que la mayo­ría de las coha­bi­ta­cio­nes se hace entre per­so­nas de gru­pos (de sexos) dife­ren­tes. Recí­pro­ca­men­te, las «car­gas natu­ra­les» que para las muje­res cons­ti­tu­yen el tra­ba­jo domes­ti­co gra­tui­to efec­tua­do todos los días a bene­fi­cio de una per­so­na del otro sexo sir­ven para jus­ti­fi­car la pre­fe­ren­cia mas­cu­li­na de los empleadores.

El papel del Estado

Los sis­te­mas del Esta­do favo­re­cen la extor­sión del tra­ba­jo patriar­cal sub­ven­cio­nan­do a los hom­bres cuyas muje­res no tie­nen ingre­sos pro­pios. Entre estos sis­te­mas en Fran­cia hay que citar de for­ma capi­tal la Segu­ri­dad Social y la fiscalidad.

La Segu­ri­dad Social en Fran­cia englo­ba el sis­te­ma de segu­ro de enfer­me­dad y el sis­te­ma de pen­sio­nes o jubi­la­cio­nes. En lo que con­cier­ne al segu­ro de enfer­me­dad, el con­cep­to de dere­cho­ha­bien­te per­mi­te a una per­so­na que tra­ba­ja y, por tan­to, que coti­za obli­ga­to­ria­men­te a la Segu­ri­dad Social (y con fre­cuen­cia a una mutua suple­men­ta­ria que gene­ral­men­te tam­bién es obli­ga­to­ria) hacer que su cón­yu­ge y sus hijos se bene­fi­cien del mis­mo segu­ro de enfer­me­dad: uno para ellos y otro para su mujer (más si tie­nen hijos, pero eso es otra cues­tión). Por supues­to, en los tex­tos este pri­vi­le­gio no tie­ne dis­tin­ción de géne­ro: en teo­ría, una mujer que tra­ba­ja y coti­za tam­bién pue­de obte­ner un segu­ro de enfer­me­dad gra­tui­to para su mari­do que no tra­ba­ja. Pero el con­cep­to de dere­cho­ha­bien­te no se inven­tó en ese espí­ri­tu: se hizo para las per­so­nas que depen­dían del cabe­za de fami­lia, y tan­to en los hechos como en la men­ta­li­dad de los legis­la­do­res, los hom­bres casi nun­ca depen­den de una mujer.

La fis­ca­li­dad fran­ce­sa, por su par­te, uti­li­za el sis­te­ma del cocien­te con­yu­gal. En este sis­te­ma la decla­ra­ción de los ingre­sos de un hogar de per­so­nas casa­das (no todas las per­so­nas que habi­tan jun­tas for­man nece­sa­ria­men­te un hogar en el sen­ti­do fis­cal) se hace glo­bal­men­te: se suman todos los ingre­sos de las per­so­nas que com­po­nen el hogar. A con­ti­nua­ción se cal­cu­la la base impo­ni­ble sobre la base de las par­tes. Cada adul­to cuen­ta como una par­te. Así, la ren­ta real de un sol­te­ro se divi­de por uno: indi­vi­sa. La ren­ta real de una pare­ja, com­pues­ta por la ren­ta de la mujer más la del mari­do, se divi­de por dos. En una pare­ja en la que ambos cón­yu­ges (o las dos per­so­nas que coha­bi­tan) tra­ba­jan, si la mujer gana 40 y el hom­bre 60, la ren­ta total es 100. La pare­ja tie­ne dos par­tes: esta ren­ta se divi­de por dos para obte­ner la base impo­ni­ble, que es de 50. Se gra­va­rá al hogar sobre una ren­ta de 50.

Se supo­ne que este sis­te­ma es «neu­tro» en lo que se refie­re al tra­ba­jo de la mujer (se supo­ne que paga lo mis­mo tan­to si su decla­ra­ción es indi­vi­dual como si está inclui­da en la del hogar). En cam­bio, cuan­do uno de los dos cón­yu­ges no tie­ne ren­ta (en gene­ral cuan­do el hogar está com­pues­to por un hom­bre que tra­ba­ja y una ama de casa) se ve cla­ra­men­te la ven­ta­ja fis­cal del hom­bre casa­do res­pec­to a todos los demás con­tri­bu­yen­tes. Si el hom­bre o la mujer sol­te­ra ganan 100, pagan impues­tos sobre 100. Si el hom­bre «que man­tie­ne» a una ama de casa gana 100, paga sobre 50. La pala­bra man­te­ner pue­de cho­car: si embar­go, Hacien­da divi­de su base impo­ni­ble por dos por­que este hom­bre tie­ne una per­so­nas adul­ta «a car­go», «depen­dien­te». Se ve tam­bién que este sis­te­ma de cocien­te con­yu­gal se mofa del prin­ci­pio de pro­gre­si­vi­dad del impues­to: se gra­va al con­tri­bu­yen­te sobre la mitad de su ren­ta real, por con­si­guien­te, cuan­to más ele­va­da es su ren­ta, más alta es tam­bién su mitad y, por tan­to, más alto es su aho­rro de impues­tos. Por otra par­te, esta divi­sión por dos de su ren­ta le hace «des­cen­der de gru­po impositivo».

Así, si el gru­po impo­si­ti­vo de 50 a 100 se gra­va al 40% y el cocien­te con­yu­gal hace des­cen­der la base impo­ni­ble a 50, mien­tras que el gru­po de 20 a 50 solo se gra­va a 25%, no sólo la base de la tri­bu­ta­ción es infe­rior (es la mitad de la ren­ta real), sino que la tasa de impues­tos es menor. Para los hom­bres que tie­nen unas ren­tas ele­va­das este aho­rro es con­si­de­ra­ble: en 1985 el máxi­mo era unos 50.000 fran­cos al año, el equi­va­len­te a un sala­rio míni­mo (Nava­rro, 1987). Estos rega­los de Hacien­da a los hom­bres casa­dos cuya mujer es ama de casa están finan­cia­dos (el 25% de las muje­res son amas de casa; INSEE, 2003); los con­tri­bu­yen­tes que sub­ven­cio­nan a los hom­bres casa­dos son todos los demás, es decir, el con­jun­to de muje­res que tra­ba­jan fue­ra de casa y los hom­bres solteros.

Un ter­cer sis­te­ma del Esta­do, que en Fran­cia tam­bién for­ma par­te de la admi­nis­tra­ción de la Segu­ri­dad Social, con­tri­bu­ye al mis­mo obje­ti­vo. Se tra­ta del sis­te­ma de pen­sio­nes o jubi­la­cio­nes, y en par­ti­cu­lar de las lla­ma­das pen­sio­nes de rever­sión por el que a la muer­te de uno de los cón­yu­ges, el cón­yu­ge super­vi­vien­te sigue cobran­do la pen­sión del difun­to has­ta un total de la mitad de su impor­te y bajo el lími­te de recur­sos. Este sis­te­ma tam­po­co hace dis­tin­ción de géne­ro en los tex­tos, pero el legis­la­dor pen­sa­ba en las muje­res y son las muje­res quie­nes se siguen «bene­fi­cian­do» hoy de él, no solo por­que las muje­res viven más tiem­po que los hom­bres, sino más fun­da­men­tal­men­te, es decir, de mane­ra intrín­se­ca al sis­te­ma, por­que en gene­ral los hom­bres tie­nen una jubi­la­ción pro­pia que supera el lími­te de recur­sos auto­ri­za­do para cobrar la pen­sión de rever­sión, mien­tras una gran pro­por­ción de muje­res jubi­la­das o que lle­gan hoy a la edad de la jubi­la­ción, o bien no ha tra­ba­ja­do y coti­za­do nun­ca, o han tra­ba­ja­do y coti­za­do de mane­ra inter­mi­ten­te y con fre­cuen­cia por unos sala­rios muy bajos: la suma de carre­ras muy incom­ple­tas con el nivel medio del sala­rio de las muje­res hace que su pro­pia jubi­la­ción, cuan­do la tie­nen, sea tan peque­ña que la pen­sión de rever­sión es indis­pen­sa­ble para su supervivencia.

La Segu­ri­dad Social en su con­jun­to y en par­ti­cu­lar la exten­sión del segu­ro de enfer­me­dad a las per­so­nas depen­dien­tes del cabe­za de fami­lia, así como el sis­te­ma fis­cal que «favo­re­ce» la vida fami­liar (sic) se con­si­de­ran unas con­quis­tas socia­les de media­dos del siglo vein­te. Estos sis­te­mas for­man par­te del con­jun­to más vas­to de lo que se deno­mi­na el Esta­do de bien­es­tar y de unos logros ame­na­za­dos por el neo­li­be­ra­lis­mo y que hay que defen­der, como todos los logros.

Pero pre­ci­sa­men­te sobre lo que es urgen­te refle­xio­nar es sobre este cali­fi­ca­ti­vo de «logro» (es decir, de algo bené­fi­co), con­cer­nien­te a los sub­sis­te­mas bre­ve­men­te des­cri­tos más arri­ba. ¿Para quién y para qué son bené­fi­cos? Hay que ana­li­zar con qué obje­ti­vo se esta­ble­cie­ron, qué resul­ta­dos pro­du­cen y a qué pre­cio. Se esta­ble­cie­ron para dar una pro­tec­ción míni­ma a las muje­res que no tra­ba­ja­ban, es cier­to. Pero al hacer­lo, tam­bién hacen más fácil a las muje­res no tra­ba­jar y, por lo tan­to, seguir tra­ba­ja­do gra­tis para su mari­do. Esta pro­tec­ción no la paga el mari­do sino el con­jun­to de los demás tra­ba­ja­do­res. Una par­te de la coti­za­ción de cada uno va al man­te­ni­mien­to del sis­te­ma patriar­cal. Y es que en estos hoga­res en los que uno tra­ba­ja mien­tras la otra es ama de casa, son los hom­bres quie­nes son man­te­ni­dos, no las mujeres.

Y, ¿qué efec­tos tie­ne al final de la vida esta sub­ven­ción dada a los hoga­res para que la mujer «no ten­ga que tra­ba­jar fue­ra»? La explo­ta­ción eco­nó­mi­ca de las muje­res, gra­ve duran­te toda su vida, es par­ti­cu­lar­men­te dra­má­ti­ca en el momen­to de la jubi­la­ción. En 1997 las muje­res de 60 años y más cobra­ban una media de 5.034 fran­cos al mes, fren­te a los 8.805 de los hom­bres (estas cifras se han obte­ni­do de Joë­lle Gay­mu, 2000). Una viu­da de cada cua­tro no había tra­ba­ja­do nun­ca y solo cobra­ba una pen­sión de rever­sión. Las tra­yec­to­rias pro­fe­sio­na­les de las muje­res, cuan­do las tie­nen, duran una media de once años menos que las de los hom­bres. Las que tie­nen carre­ras com­ple­tas solo son un 39% de su cla­se de edad (un 85% en los hom­bres) y el hecho de reci­bir un suel­do más bajo duran­te su vida acti­va, inclu­so cuan­do esta ha teni­do una dura­ción igual a la de los hom­bres, hace que su pen­sión media sea de 6.600 fran­cos al mes fren­te a los 9.300 de los hom­bres. De las muje­res que lle­ga­rán a la edad de la jubi­la­ción en 2010 menos de la mitad ten­drán una jubi­la­ción de tasa ple­na. En esta cla­se de edad que tie­ne hoy entre 52 y 56 años, un 18% no ha tra­ba­ja­do nun­ca o dejó de hacer­lo pre­coz­men­te. No ten­drán nin­gún dere­cho pro­pio y depen­de­rán del mari­do o, si está muer­to, de su pen­sión de reversión.

Las polí­ti­cas «socia­les» o «fami­lia­res»

Estas polí­ti­cas com­pren­den el con­jun­to de los equi­pa­mien­tos socia­les, guar­de­rías y jar­di­nes de infan­cia, pero tam­bién los hora­rios esco­la­res, la super­vi­sión de los niños fue­ra del hora­rio infan­til y las dife­ren­tes sub­ven­cio­nes, que son muy nume­ro­sas y tie­nen por obje­ti­vo res­pon­der a situa­cio­nes pre­ci­sas, como las de los padres solos, las de las muje­res sepa­ra­das o divor­cia­das, etc.

Tam­bién aquí hay que plan­tear­se varias pre­gun­tas. Por ejem­plo, el sub­si­dio de «padre ais­la­do» se creó por­que solo se paga un ter­cio de las pen­sio­nes que los padres divor­cia­dos deben a los hijos. Se supo­ne que el Esta­do recu­pe­ra el dine­ro de esos padres. Pero en la mayo­ría de los casos es impo­si­ble. Enton­ces, ¿quién paga?

Las guar­de­rías y jar­di­nes de infan­cia: se con­si­de­ra que están al ser­vi­cio de las muje­res, que están hechas «para las muje­res». La socie­dad con­si­de­ra que la par­te que paga el Esta­do es un rega­lo que se hace a las muje­res. Por lo que se refie­re a la par­te que no es gra­tui­ta, tam­bién se dedu­ce úni­ca­men­te del sala­rio de la mujer y no de la ren­ta del hogar, no ofi­cial­men­te, sino en la con­ta­bi­li­dad inter­na de las pare­jas. Los hoga­res con­si­de­ran que lo que se sus­ti­tu­ye es el tra­ba­jo de las muje­res y que esta sus­ti­tu­ción se debe pagar del sala­rio de las muje­res y que, por lo tan­to, las muje­res pagan esta sus­ti­tu­ción con «su» tra­ba­jo. Pero en reali­dad las guar­de­rías y jar­di­nes de infan­cia sus­ti­tu­yen una par­te del tra­ba­jo de los padres. Las muje­res hacen su par­te, los hom­bres no. Por con­si­guien­te, lo que rea­li­zan los equi­pa­mien­tos socia­les es la par­te de estos últi­mos. ¿Por qué habrían de pagar los con­tri­bu­yen­tes la par­te de los padres finan­cian­do estos equipamientos?

¿Quién paga? ¿A quién beneficia?

Un ejem­plo para acla­rar este pun­to. Admi­ta­mos que un niño con­su­me 100 horas de tra­ba­jo: 50 «domés­ti­co» (hecho en casa) y 50 «socia­li­za­do» (guar­de­ría). Los padres pagan la mitad de estas 50 horas de tra­ba­jo «socia­li­za­do»: el cos­te es de 25. La pare­ja pater­na asu­me, por lo tan­to, con­jun­ta­men­te 75 de la tota­li­dad del tra­ba­jo nece­sa­rio. Pero, ¿cómo? Cada padre debe­ría con­tri­buir con 32,5. De las 50 horas de la «casa», la mujer hace 40 y el hom­bre 10. Aun­que admi­ta­mos que ambos con­tri­bu­yen igual (lo que no es el caso), de la mitad que se paga del 50 «socia­li­za­do», la par­te total de la mujer es de: 40+12,5, es decir, un 52,5% del total; la par­te del hom­bre (siem­pre en horas) es de 10+12,5: un 22,5% del total; la par­te del Esta­do (por con­si­guien­te, de los con­tri­bu­yen­tes) es de 25% y no bene­fi­cia de nin­gu­na mane­ra a la mujer, sino que va ente­ra­men­te al hom­bre, cuyo défi­cit de tra­ba­jo domés­ti­co com­pen­sa (y toda­vía no com­ple­ta­men­te en este ejemplo).

Tam­bién se pue­de con­si­de­rar que se debe socia­li­zar una par­te de las car­gas de los hijos, efec­tua­da por la socie­dad y, de hecho, este es el caso en gene­ral. Pero, ¿qué par­te? ¿Has­ta qué pun­to se quie­ren socia­li­zar los cui­da­dos de los hijos, la edu­ca­ción y el cui­da­do de los hijos? ¿Qué par­te se cal­cu­la que debe­rían con­ser­var los padres? Y, ¿en qué medi­da la colec­ti­vi­dad debe indem­ni­zar a los padres del tiem­po y de los esfuer­zos dedi­ca­dos al cui­da­do y edu­ca­ción de los hijos cuan­do estos padres con­ser­van el con­trol de ello? Estas son las dis­cu­sio­nes (una sobre la socia­li­za­ción de la crian­za, otra sobre la car­ga finan­cie­ra de la crian­za pri­va­da de la que se debe encar­gar la colec­ti­vi­dad) que no se pue­den elu­dir cuan­do se habla de equi­pa­mien­tos sociales.

Muchas sub­ven­cio­nes ocu­pan el lugar de padres que fallan, en tiem­po o en dine­ro, com­pen­sa­do el tiem­po o el dine­ro que ellos no dan. ¿Ali­via esto a las muje­res? No. Son de sobra cono­ci­das la car­ga de tra­ba­jo y la pobre­za de las madres solas. Esto ali­via a los hom­bres de los debe­res que tenían. Lo que se sub­ven­cio­na es la capa­ci­dad de los hom­bres de dedi­car todo su tiem­po a su tra­ba­jo o a su ocio sin que ello les cues­te nada des­de el pun­to de vis­ta pecuniario.

Los ele­men­tos de la ecua­ción y los domi­nios posi­bles del cambio

Se explo­ta a las muje­res en el mer­ca­do labo­ral de dos mane­ras com­ple­men­ta­rias y no mutua­men­te exclu­si­vas, aun­que gene­ral­men­te suce­si­vas en el cur­so de su vida: o bien exclu­yén­do­las de él o bien inclu­yén­do­las en él en unas con­di­cio­nes dis­cri­mi­na­to­rias. Están explo­ta­das en su hogar por la obli­ga­ción de rea­li­zar un tra­ba­jo gra­tui­to para su cón­yu­ge y/​o para los hijos, y por la ausen­cia de dere­chos pro­pios al segu­ro de enfer­me­dad y a la jubi­la­ción mucho tiem­po des­pués de que el divor­cio o la muer­te haya disuel­to las unio­nes y de que los hijos se hayan ido. Nada de esto sería posi­ble sin que el Esta­do lo tole­ra­ra, ya se tra­te de la ausen­cia de dere­chos pro­pios o de la dis­cri­mi­na­ción en el mer­ca­do laboral.

Es más, nada de esto sería posi­ble sin que el Esta­do lo fomen­ta­ra omi­tien­do, por ejem­plo, con­si­de­rar el tra­ba­jo de las espo­sas de tra­ba­ja­do­res inde­pen­dien­tes como lo que es es, una for­ma de tra­ba­jo en negro. Como este tra­ba­jo no es fun­da­men­tal­men­te dife­ren­te del tra­ba­jo domés­ti­co, se pue­de con­si­de­rar que el con­jun­to del tra­ba­jo fami­liar en el modo de pro­duc­ción patriar­cal es una for­ma de tra­ba­jo en negro. El Esta­do hace más que fomen­tar este sis­te­ma, lo sub­ven­cio­na. La Segu­ri­dad Social paga el segu­ro de enfer­me­dad de las amas de casa en vez de sus mari­dos que explo­tan su tra­ba­jo y paga la jubi­la­ción de las muje­res que «no tra­ba­jan» por medio de las pen­sio­nes de rever­sión, tam­bién en vez de sus mari­dos. Todos estos gas­tos, que repre­sen­tan una gran par­te del famo­so «agu­je­ro de la Segu­ri­dad Social», los sopor­tan el res­to de las y los con­tri­bu­yen­tes: en par­ti­cu­lar las muje­res que tra­ba­jan pagan por ayu­dar a la explo­ta­ción de las demás.

Por medio del cocien­te con­yu­gal Hacien­da rega­la a los hom­bres unas can­ti­da­des que les per­mi­ten tener «una ama de casa». Tam­bién en este caso, dado que el Esta­do no fabri­ca mone­da fal­sa (como nos repi­te con razón) y dado que lo que da por una par­te lo tie­ne que tomar de otra, quie­nes pagan son los demás con­tri­bu­yen­tes, fun­da­men­tal­men­te las muje­res «acti­vas».

Todo este dine­ro se podría emplear para garan­ti­zar la inde­pen­den­cia eco­nó­mi­ca de las muje­res pero cuan­do menos pode­mos exi­gir que no se gas­te para garan­ti­zar su depen­den­cia y su explo­ta­ción. Cuan­do menos pode­mos pedir que el Esta­do deje de sub­ven­cio­nar el sis­te­ma patriarcal.

Las solu­cio­nes pro­pues­tas has­ta el momen­to, inclui­das las de las femi­nis­tas, han bri­lla­do por su timi­dez y, sobre todo, por su nega­ti­va a poner en tela de jui­cio las ven­ta­jas adqui­ri­das de los hom­bres. Las rei­vin­di­ca­cio­nes se diri­gen a los patro­nos o al Esta­do, nun­ca a los hom­bres. En el nor­te de Euro­pa algu­nas femi­nis­tas pro­po­nen reco­no­cer el tra­ba­jo domés­ti­co de las muje­res ase­gu­ran­do a las madres un ingre­so garan­ti­za­do. Es tam­bién la ten­den­cia de muchos Esta­dos y se rea­li­za en par­te en Alemania.

Este tipo de solu­ción no es bien vis­ta en Fran­cia, las muje­res quie­ren tra­ba­jar. Des­de hace vein­te años el Esta­do habla de «con­ci­lia­ción del tra­ba­jo y la fami­lia» úni­ca­men­te para las muje­res (véa­se entre otros Delphy, 1995 y Jun­ter-Loi­seau, 1999). Tan recien­te­men­te como en abril de 2003, un minis­tro fran­cés decla­ra­ba al anun­ciar nue­vas medi­das para el cui­da­do de los niños de poca edad que que­ría per­mi­tir tra­ba­jar a las fran­ce­sas (apa­ren­te­men­te los padres hom­bres no tie­nen pro­ble­mas para tra­ba­jar fue­ra del hogar). La con­ci­lia­ción es hacer que la com­bi­na­ción del tra­ba­jo remu­ne­ra­do con las tareas domés­ti­cas sea más fácil para todas las muje­res. Si se siguie­ra esta vía se lle­ga­ría a la situa­ción de la anti­gua Repú­bli­ca Demo­crá­ti­ca Ale­ma­na (RDA), don­de tra­ba­ja­ban todas las muje­res: el 90% de las muje­res, la mis­ma can­ti­dad que los hombres.

¿Son satis­fac­to­rias estas solu­cio­nes, ya sean pro­pues­tas o lle­va­das a cabo? O, mejor, ¿para quién son solu­cio­nes? A menu­do se tie­ne la impre­sión de que para los polí­ti­cos o inclu­so para las intere­sa­das los equi­pa­mien­tos socia­les sus­ti­tu­yen al tra­ba­jo domés­ti­co. Pero es total­men­te fal­so. Las guar­de­rías u otros «equi­pa­mien­tos socia­les» solo se ocu­pan de los niños duran­te las horas de tra­ba­jo (ade­más, nadie pide que hagan más, por aho­ra nadie desea que los niños sean edu­ca­dos total­men­te en las ins­ti­tu­cio­nes). Los niños vuel­ven de la guar­de­ría (y no solos). Los niños comen y tam­bién los adul­tos. En efec­to, los equi­pa­mien­tos socia­les per­mi­ten a las muje­res dejar la casa para ir a tra­ba­jar fue­ra duran­te par­te del día. No sus­ti­tu­yen el tra­ba­jo que que­da por hacer cuan­do los adul­tos vuel­ven del tra­ba­jo y los niños de la guar­de­ría o de la escue­la. «Per­mi­ten» tra­ba­jar a las muje­res, pero no redu­cen el tra­ba­jo de la casa. Por lo tan­to, el pro­ble­ma del tra­ba­jo domés­ti­co sigue existiendo.

El bien docu­men­ta­do aumen­to del tra­ba­jo del muje­res en el exte­rior (véa­se, por ejem­plo, Lau­fer, Marry y Marua­ni, 2001) no ha pro­du­ci­do por sí mis­mo un nue­vo repar­to del tra­ba­jo domés­ti­co: las cifras son las mis­mas des­de hace 50 años. La téc­ni­ca no dis­mi­nu­ye las horas de tra­ba­jo domés­ti­co, casi al con­tra­rio por­que algu­nas tareas, como la lim­pie­za, han aumen­ta­do en can­ti­dad absoluta.

Es una hipó­te­sis que hay que tomar en serio. Sin duda es lo que ocu­rría en la RDA antes de la reuni­fi­ca­ción de Ale­ma­nia. Todas las muje­res tra­ba­ja­ban y todos los niños tenía un lugar en la guar­de­ría a par­tir de un año. Sin embar­go, las muje­res se dis­tri­buían en el mer­ca­do labo­ral exac­ta­men­te como en Euro­pa occi­den­tal, hacían todo el tra­ba­jo domés­ti­co y se ocu­pa­ban de todo el cui­da­do de los niños, por­que tam­po­co ahí los niños dor­mían en la guar­de­ría. Las femi­nis­tas de la Ale­ma­nia del Este antes de la reuni­fi­ca­ción habla­ban no de la doble jor­na­da, sino de la tri­ple: tra­ba­jo asa­la­ria­do, tra­ba­jo domés­ti­co y cui­da­do de los hijos (Marx Ferree, 1996).

Debe­mos tener en cuen­ta los resul­ta­dos de esta expe­rien­cia, que lle­vó has­ta el final la «polí­ti­ca de con­ci­lia­ción» hoy pre­di­ca­da en Occi­den­te. La anti­gua Ale­ma­nia del Este fue una expe­rien­cia de labo­ra­to­rio a tama­ño natu­ral: ahí se lle­va­ron a cabo todas las rei­vin­di­ca­cio­nes habi­tua­les de las feministas.

¿Qué lec­cio­nes saca­ron las ale­ma­nas del Este y qué lec­cio­nes pode­mos sacar nosotros?

Por una par­te y de una mane­ra que pue­de sor­pren­der­nos, una gran par­te de las ale­ma­nas del Este tenían envi­dia de las ale­ma­nas del Oes­te, que no tenían que tra­ba­jar fue­ra, eran madres amas de casa a tiem­po com­ple­to gra­cias a la ausen­cia de guar­de­rías, de escue­las mater­na­les, de come­do­res socia­les en pri­ma­ria y a la exis­ten­cia de un sub­si­dio de mater­ni­dad. Lo que les daba envi­dia es que estas muje­res, como las amas de casas en Fran­cia, «solo» hacen 50 horas de tra­ba­jo a la sema­na. En efec­to, la úni­ca situa­ción en la que una mujer con hijos tra­ba­ja menos de 70 horas a la sema­na es cuan­do es ama de casa.

La situa­ción de la RDA debe hacer­nos ser cons­cien­te de que nues­tra situa­ción aquí es de doble filo: en efec­to, el tra­ba­jo es la úni­ca vía de inde­pen­den­cia y es la vía que las muje­res en Fran­cia han toma­do y toman. Pero es una vía extre­ma­da­men­te cos­to­sa en tra­ba­jo y en can­san­cio físi­co y moral. La doble jor­na­da de las muje­res las lle­va al bor­de del ago­ta­mien­to. Este ago­ta­mien­to pue­de desem­bo­car en una cóle­ra que les lle­ve a exi­gir el «repar­to de tareas». Pero, ¿qué deben exi­gir y cómo? ¿Cuá­les son sus posi­bi­li­da­des de nego­cia­ción en el hogar? No son nulas, pero son débi­les. Las muje­res se can­san de estar en con­flic­to per­ma­nen­te (Cres­son y Romi­to, 1993), por­que no hay nada más duro que luchar con­tra un indi­vi­duo que te opo­ne una fuer­za de iner­cia y un chan­ta­je implí­ci­to o explí­ci­to: «Hay muchas muje­res solas que me toma­rían tal como soy».

El ago­ta­mien­to tam­bién pue­de lle­var a aban­do­nar: a acep­tar un tra­ba­jo a tiem­po par­cial o a bus­car­lo. Con el tra­ba­jo a tiem­po par­cial aumen­ta la depen­den­cia del sala­rio del cón­yu­ge, y tam­bién la can­ti­dad y, sobre todo, la legi­ti­mi­dad del tra­ba­jo domés­ti­co. El ago­ta­mien­to tam­bién lle­va a acep­tar medi­das como el APE [siglas en fran­cés de Sub­si­dio Paren­tal de Edu­ca­ción], (que en Fran­cia se va a exten­der al pri­mer hijo mien­tras que por el momen­to solo con­cier­ne a dos o más hijos), las cua­les empu­jan a las muje­res fue­ra del mer­ca­do labo­ral y ani­qui­lan el gra­do de inde­pen­den­cia adqui­ri­da antes. Cuan­do la can­ti­dad de horas de tra­ba­jo que rea­li­za una mujer hace que no solo sea impo­si­ble cual­quier ocio sino que lle­ga casi al lími­te psi­co­ló­gi­co, nos encon­tra­mos en una situa­ción en la que todo es fac­ti­ble. ¿Quién dice que un tri­buno o un gobierno de dere­cha no podría hacer la ofer­ta de un sala­rio mater­nal con­se­cuen­te que hicie­ra vol­ver atrás a todas las muje­res, solo para no tra­ba­jar como animales?

Otra de las lec­cio­nes de la anti­gua RDA es que no se deben pedir los equi­pa­mien­tos socia­les «para las muje­res», con­si­de­ra­dos como algo que sus­ti­tu­ya su tra­ba­jo. Por­que no es un rega­lo. Las medi­das «para las muje­res» se uti­li­zan con­tra ellas, como des­cu­brie­ron las muje­res de la RDA. Aho­ra bien, la cues­tión de la «con­ci­lia­ción» ocu­rre entre las muje­res y el Esta­do, las muje­res y los sin­di­ca­tos, las muje­res y los patro­nos. La «con­ci­lia­ción» no con­cier­ne en abso­lu­to a los hom­bres. Haya o no equi­pa­mien­tos socia­les, su situa­ción no cam­bia por ello: su dere­cho al tra­ba­jo sigue estan­do ase­gu­ra­do, lo mis­mo que su dere­cho a no hacer nada en casa. Para que estas medi­das no sean unos rega­los enve­ne­na­dos, unos rega­los paga­dos, sería nece­sa­rio que la deman­da vinie­ra de los hom­bres tan­to como de las muje­res y aca­ba­mos de ver que ellos no tie­nen nin­gu­na moti­va­ción para hacer­lo. Me pare­ce que lo que demues­tra este calle­jón sin sali­da es que los hom­bres no pedi­rán nada mien­tras no sea asun­to suyo y esto no será asun­to suyo mien­tras no ten­gan nada que ganar con estas medi­das socia­les. Aho­ra bien, para que ten­gan algo que ganar, sería nece­sa­rio que per­die­ran con su ausen­cia. En otras pala­bras, sería nece­sa­rio que el repar­to de tareas pre­ce­die­ra a la deman­da de equipamientos. 

¿Cómo impo­ner el reparto?

Nos encon­tra­mos de nue­vo en la «casi­lla de sali­da». Hay algo de ate­rra­dor en tra­tar con deter­mi­na­ción la cues­tión del repar­to de tareas. En pri­mer lugar, por­que no se sabe por dón­de empe­zar, cómo abor­dar esta des­igual­dad res­ba­la­di­za que per­te­ne­ce al domi­nio de lo «pri­va­do» y a pro­pó­si­to de la cual no se pue­de legis­lar (¿o se podría si se qui­sie­ra?). ¿Es más fácil la tarea cuan­do, como en mi caso, en teo­ría se con­vier­te esto si no en la base del sis­te­ma patriar­cal al menos en uno de sus ele­men­tos fun­da­do­res? Al con­tra­rio, la tarea solo se vuel­ve más ardua. Y es que por defi­ni­ción un sis­te­ma es un todo en el que cada ele­men­to ais­la­do por el aná­li­sis, en la reali­dad está tan intrin­ca­do con los demás que es casi impo­si­ble des­en­re­dar la bobi­na y, para empe­zar, es casi impo­si­ble asir un hilo que per­mi­ta des­en­ro­llar toda la made­ja. Cuan­to más se estu­dia un fenó­meno y cuan­do más se cap­ta su carác­ter com­ple­jo menos (de una mane­ra que solo apa­ren­te­men­te es para­dó­ji­ca) se con­si­de­ra que se es capaz de decir cuá­les serían las accio­nes sus­cep­ti­bles de poner­le fin.

Pro con­si­guien­te, empren­do con una gran ambi­va­len­cia la tarea de loca­li­zar algu­nas pis­tas. Me pare­ce inge­nua la idea mis­ma de que pue­de haber un camino para empe­zar a entrar en la gran bola redon­da y cerra­da que es un sis­te­ma. Y, sin embar­go, exis­te el deber de encon­trar algu­na fisu­ra en la roca, algu­na pre­sa para tomar al asal­to la ciu­da­de­la que es el patriar­ca­do y más vale correr el peli­gro de equi­vo­car­se actuan­do que el de tener razón en silen­cio por­que, como decía mi madre, «solo quie­nes nun­ca hacen nada no se equi­vo­can nunca».

Los hom­bres como gru­po extor­sio­nan tiem­po, dine­ro y tra­ba­jo a las muje­res gra­cias a múl­ti­ples meca­nis­mos y en esta medi­da es en la que cons­ti­tu­yen una cla­se. La situa­ción actual de las muje­res en todos los paí­ses occi­den­ta­les es que la mayo­ría de ellas coha­bi­ta con un hom­bre (con un miem­bro de la cla­se anta­go­nis­ta) y en esta coha­bi­ta­ción es don­de se rea­li­za una gran par­te de la explo­ta­ción patriar­cal, no toda, ya que las muje­res que no coha­bi­tan tam­bién están explo­ta­das. En gene­ral las muje­res que coha­bi­tan no viven su situa­ción en tér­mi­nos de explo­ta­ción (en tér­mi­nos de sis­te­ma), pero ven que los hom­bres les deben tiem­po y dine­ro, y que­rrían recu­pe­rar esta deu­da. Hemos vis­to que no logran hacer­lo indi­vi­dual­men­te, en el mar­co de las «nego­cia­cio­nes de pare­ja» que tan­to elo­gian deter­mi­na­das auto­ras. Recla­mar la deu­da no es posi­ble en el mar­co de la pare­ja. Hay que seña­lar que tam­bién pare­ce impo­si­ble a nivel mili­tan­te: es tan posi­ble al movi­mien­to femi­nis­ta decir que las muje­res están opri­mi­das como se recha­za que los hom­bres gocen de pri­vi­le­gios, por defi­ni­ción inde­bi­dos, y que hay que des­po­jar­les de ellos. Las solu­cio­nes pro­pues­tas con­sis­ten gene­ral­men­te en tra­tar de encon­trar un ter­ce­ro que pague el cual va a igua­lar la situa­ción de ambos gru­pos a la alta de mane­ra que el cam­bio sea bene­fi­cio­so para las muje­res sin que sea per­ju­di­cial a los hom­bres. Aho­ra bien, como se ve en la actual dis­cu­sión sobre las jubi­la­cio­nes, eso es impo­si­ble: si no se quie­re que paguen las asa­la­ria­das, enton­ces debe pagar la patro­nal y viceversa.

El movi­mien­to femi­nis­ta debe tener por fin la osa­día de decir que los hom­bres tie­nen dema­sia­do, en todos los casos más que su parte 

Pero, ¿es posi­ble des­ha­cer el resul­ta­do últi­mo de un sis­te­ma sin ata­car las bases del sis­te­ma? ¿Se pue­de ata­car solo los resul­ta­dos tal como se pade­cen y se per­ci­ben: la deu­da de los hom­bres? Es una situa­ción más gene­ral tan­to en polí­ti­ca como en medi­ci­na y, en últi­ma ins­tan­cia, en todas las situa­cio­nes que se quie­re modi­fi­car sin poder ata­car por ello su etio­lo­gía. No se pue­de resol­ver aquí esta cues­tión que en defi­ni­ti­va es más filo­só­fi­ca que polí­ti­ca. Se pue­de, en cam­bio, tra­tar de supri­mir algu­nos ele­men­tos que sos­tie­nen el sis­te­ma sin poder pre­de­cir qué efec­to ten­drá eso. Pero, ¿cuá­les?

La nego­cia­ción no fun­cio­na; las muje­res com­par­ten con los hom­bres la noción de que el tiem­po de los hom­bres es más pre­cio­so, apor­ta más valor que el tiem­po de las muje­res. La expe­rien­cia coti­dia­na se lo con­fir­ma ya que pue­den ver que a su com­pa­ñe­ro se le paga más que a ellas por el mis­mo tiem­po de tra­ba­jo. Por últi­mo, el tra­ba­jo domés­ti­co no se con­si­de­ra un ver­da­de­ro tra­ba­jo, sino algo que care­ce de valor. Se con­si­de­ra algo que for­ma par­te de la natu­ra­le­za de las muje­res, que for­ma par­te de sus obli­ga­cio­nes por­que for­ma par­te de ser de una mujer. Y ser una mujer es lo menos que se pue­de exi­gir a una mujer. Así, la situa­ción está blo­quea­da por el momen­to ahí don­de se ejer­ce la extor­sión del tra­ba­jo fami­liar, en las rela­cio­nes individuales.

La mis­ma capa­ci­dad de iner­cia demues­tra el sis­te­ma her­mano, el otro pilar de la explo­ta­ción eco­nó­mi­ca de las muje­res, el mer­ca­do labo­ral, estre­cha­men­te uni­do al sis­te­ma pro­pia­men­te domés­ti­co. Resul­ta sor­pren­den­te com­pa­rar las esta­dís­ti­cas de un país euro­peo con otro. Sean cua­les sean las leyes en con­tra de la dis­cri­mi­na­ción e inclu­so ahí don­de exis­ten (lo que no es el caso de Fran­cia, que tie­ne tex­tos, pero no se pena­li­za su vio­la­ción) las dife­ren­cias de sala­rios son las mis­mas y per­ma­ne­cen cons­tan­tes a medio e inclu­so a lar­go pla­zo (Sil­ve­ra, 1996). Unos cam­bios en el mer­ca­do labo­ral y la recu­pe­ra­ción por par­te de las muje­res de los pues­tos y de los sala­rios que se les roban con­mo­cio­na­ría la situa­ción domés­ti­ca… si tuvie­ran lugar y si se supie­ra cómo pro­vo­car­los. Pero por el momen­to, tam­bién esta vía pare­ce cerra­da. Pues­to que tan­to la entra­da por medio de las nego­cia­cio­nes indi­vi­dua­les como la entra­da a tra­vés del mer­ca­do dan tan pobres resul­ta­dos, qui­zá sea el momen­to de vol­ver­se a los coad­yu­van­tes ins­ti­tu­cio­na­les y en par­ti­cu­lar esta­ta­les del «no repar­to de tareas», eufe­mis­mo que desig­na la explo­ta­ción del tra­ba­jo fami­liar de las mujeres.

Eli­mi­ne­mos para empe­zar la deman­da ilu­sa, basa­da en un aná­li­sis fal­so, según la cual habría que redu­cir el tiem­po de tra­ba­jo de los hom­bres. Esta deman­da se sigue hacien­do y es el argu­men­to que han uti­li­za­do en Fran­cia deter­mi­na­dos gru­pos mili­tan­tes, como los sin­di­ca­tos o las aso­cia­cio­nes de para­dos, para jus­ti­fi­car de mane­ra «femi­nis­ta» la reduc­ción del tiem­po de tra­ba­jo (las «35 horas»). Hemos vis­to que a los hom­bres no les fal­ta tiem­po, sin duda no más que a las muje­res. Hacer esta deman­da es sobre­en­ten­der que las muje­res pue­den tra­ba­jar 80 horas a la sema­na (es la media actual real), pero que los hom­bres no podrían tra­ba­jar 60 horas (que sería la media de los hom­bres y las muje­res si los hom­bres hicie­ran su par­te). Este argu­men­to incor­po­ra sin decir­lo un deseo de con­ser­var los pri­vi­le­gios mas­cu­li­nos y se pare­ce enor­me­men­te al argu­men­to patro­nal según el cual es nece­sa­rio que los bene­fi­cios se mul­ti­pli­quen por dos antes de que los sala­rios se mul­ti­pli­que por 1,3: «Te daré cin­co cuan­do yo ten­ga 10 francos».

Y ade­más, en el esta­do actual de cosas, ¿has­ta dón­de habría que redu­cir el tiem­po de tra­ba­jo de los hom­bres? Habría que redu­cir­lo a nada. Y es que solo cuan­do los hom­bres están en paro hacen su mitad del tra­ba­jo domés­ti­co (Céci­le Brous­se (2000: 94) indi­ca que la par­te coti­dia­na de los para­dos ascien­de a dos horas y media de más que la de los acti­vos ocu­pa­dos). Lo que se cues­tio­na real­men­te no es el tiem­po de tra­ba­jo de los hom­bres, sino su tiem­po libre y nadie quie­re tocar­lo. Se lle­ga a los lími­tes de la com­ba­ti­vi­dad de las muje­res e inclu­so de las femi­nis­tas. Pero si las muje­res quie­ren tra­ba­jar menos, será nece­sa­rio que los hom­bres tra­ba­jen más en casa y ello sea cual sea el tiem­po del tra­ba­jo asalariado.

¿Qué que­da en la lis­ta de los fac­to­res que deter­mi­nan lo que se deno­mi­na el no repar­to de las tareas domés­ti­cas, en qué se pue­de actuar? Que­da lo que es del domi­nio de las polí­ti­cas públi­cas, lo que es más sen­si­ble a la acción polí­ti­ca. Hay, pues, tres gran­des domi­nios, el sis­te­ma de pro­tec­ción social (segu­ro de enfer­me­dad y pen­sión), el sis­te­ma fis­cal y el con­jun­to de las pres­ta­cio­nes socia­les, que se deben ana­li­zar y corre­gir des­de el pun­to de vis­ta de su papel en el man­te­ni­mien­to del patriarcado.

Por el momen­to, el Esta­do paga una par­te de la deu­da de los hom­bres. En efec­to, el Esta­do no dis­mi­nu­ye la car­ga de tra­ba­jo domés­ti­co de las muje­res ni su car­ga finan­cie­ra. Hace posi­ble el tra­ba­jo paga­do de las muje­res sus­ti­tu­yen­do una par­te del tra­ba­jo y del dine­ro con los que los hom­bres debe­ría con­tri­buir a las tareas. Per­mi­te a las muje­res una medi­da de inde­pen­den­cia eco­nó­mi­ca, medi­da rela­ti­va aun­que de una impor­tan­cia sobre la cual no se insis­ti­ría sufi­cien­te. Sin embar­go, hacien­do de esta mane­ra la par­te de los hom­bres libe­ra el tiem­po de estos: para el tra­ba­jo paga­do, para el ocio, la crea­ti­vi­dad y la tele­vi­sión. Tam­bién mejo­ra su nivel de vida, les per­mi­te tener dos fami­lias con­se­cu­ti­vas, tener nue­vos hijos cuan­do se vuel­ven a casar.

Pode­mos pre­gun­tar­nos si pro­po­ner más equi­pa­mien­tos y más sub­si­dios no es tam­bién pro­po­ner que se irres­pon­sa­bi­li­ce aún más a los hom­bres, que se les sub­ven­cio­ne aún más. Por otra par­te, las ayu­das del Esta­do hacen posi­ble que algu­nas muje­res, aun­que hoy sean pocas, no depen­dan de un hom­bre para edu­car a un hijo o a varios. Enton­ces, ¿cómo hacer para que los hom­bres asu­man igual­men­te su par­te, sin impo­ner a nadie la coha­bi­ta­ción, ya sea hete­ro­se­xual u homosexual?

Se podría enun­ciar de la siguien­te mane­ra una nue­va regla para las pare­jas que ya coha­bi­tan: si los hom­bres no quie­ren hacer su par­te del tra­ba­jo domés­ti­co, enton­ces es nece­sa­rio que la paguen, en vez de que sea el res­to de la socie­dad quien la pague.

Hemos vis­to que gran par­te de las muje­res tie­ne unos dere­chos deri­va­dos a la sani­dad y a la jubi­la­ción. Pero la for­ma habi­tual de plan­tear la cues­tión de los dere­chos pro­pios de las muje­res no lle­ga a la raíz del pro­ble­ma, que es la explo­ta­ción patriar­cal, y pro­po­ne unas solu­cio­nes, vía unos dere­chos uni­ver­sa­les, que no hacen pagar a los bene­fi­cia­rios, los hom­bres. Por una par­te, estas «solu­cio­nes» no modi­fi­can en nada los fac­to­res estruc­tu­ra­les gra­cias a los cua­les los hom­bres están en situa­ción de bene­fi­ciar­se del tra­ba­jo gra­tui­to de las muje­res y por otra man­tie­nen o agra­van la car­ga de la colec­ti­vi­dad. Y la colec­ti­vi­dad tie­ne la impre­sión de con­sen­tir estos sacri­fi­cios para «con­ten­tar» a las muje­res y hacér­se­lo pagar.

Lo que podría ser obje­to de una rei­vin­di­ca­ción, no en lugar de un sis­te­ma de pro­tec­ción social basa­do en la uni­ver­sa­li­dad de los dere­chos, sino com­ple­men­tán­do­lo, es la supre­sión de todas las ven­ta­jas que los hom­bres que tie­nen a una mujer en el hogar:

las ven­ta­jas sala­ria­les: en igual­dad de con­di­cio­nes se paga más a los hom­bres casa­dos que a los solteros.

las ven­ta­jas socia­les: el esta­tu­to de dere­cho­ha­bien­te de las espo­sas per­mi­te a los hom­bres casa­dos obte­ner dos cober­tu­ras socia­les al pre­cio de una sola coti­za­ción. Sería nece­sa­rio que los hom­bres casa­dos cuya espo­sa no tra­ba­ja paguen dos coti­za­cio­nes de segu­ro de enfer­me­dad y de jubilación.

Ade­más, sería nor­mal que estas muje­res fue­ran asa­la­ria­das de su mari­do, como es el caso en Ale­ma­nia para las espo­sas de tra­ba­ja­do­res inde­pen­dien­tes, el 90% de las cua­les son asa­la­ria­das de sus mari­dos y, por lo tan­to, tie­nen todas ellas las pro­tec­cio­nes de los asa­la­ria­dos: no solo el sala­rio, sino la pro­tec­ción social com­ple­ta, enfer­me­dad y jubi­la­ción. Esto es vital para las espo­sas de inde­pen­dien­tes y de agri­cul­to­res, que se hun­den en la mise­ria cuan­do su mari­do mue­re o se divor­cia, y que debe­ría exten­der­se a todos los paí­ses de Euro­pa. Pero no hay nin­gu­na razón de dis­tin­guir entre estas muje­res que ayu­dan a sus mari­dos en su pro­fe­sión y aque­llas cuyo mari­do con­su­me toda la pro­duc­ción en vez de ven­der una par­te de ella: todas las muje­res «inac­ti­vas» son quie­nes debe­rían reci­bir un sala­rio de su mari­do o com­pa­ñe­ro. Por el momen­to no solo los hom­bres no pagan el tra­ba­jo de su espo­sa, que ellos uti­li­zan como tra­ba­jo domés­ti­co o como tra­ba­jo pro­fe­sio­nal, sino que el Esta­do le paga una bue­na par­te del cos­te de man­te­ni­mien­to de esta mujer. Evi­den­te­men­te, la obli­ga­ción de pagar el sala­rio de una espo­sa «inac­ti­va» se debe aso­ciar a la erra­di­ca­ción de la ayu­da del Esta­do. Sin esta ayu­da la mayo­ría de los mari­dos no podrían pagar el sala­rio de su mujer. Esto no garan­ti­za­rá que ellos hagan su par­te del tra­ba­jo domés­ti­co, pero garan­ti­za­rá que si no pue­den pagar un sala­rio a su espo­sa, no pue­dan «man­te­ner­la en casa». Las muje­res que hoy se con­si­de­ran inac­ti­vas (ya sean amas de casa a tiem­po com­ple­to o ayu­dan­tes de sus mari­dos) reci­bi­rán de todas mane­ras un sala­rio, de sus mari­dos o de otro emplea­dor, y podrán dis­fru­tar de una medi­da de inde­pen­den­cia finan­cie­ra. El dere­cho al tra­ba­jo (entién­da­se «al empleo remu­ne­ra­do») garan­ti­za­do por la Cons­ti­tu­ción fran­ce­sa sería por fin una reali­dad.

las ven­ta­jas fis­ca­les: hemos vis­to que la socie­dad paga­ba has­ta 50.000 fran­cos al año en 1985 (el equi­va­len­te a un suel­do) a los hom­bres cuya espo­sa no tra­ba­ja­ba gra­cias al sis­te­ma del cocien­te con­yu­gal. Para las muje­res esta sub­ven­ción es una «desin­ci­ta­ción» a tra­ba­jar y, por lo tan­to, una inci­ta­ción a per­ma­ne­cer en la depen­den­cia. Por el con­tra­rio, sería desea­ble con­ce­der una des­gra­va­ción fis­cal a las pare­jas en las que ambas per­so­nas tie­nen un empleo.

Tam­bién habría que replan­tear­se los sub­si­dios y los ser­vi­cios colec­ti­vos exis­ten­tes: ¿El tra­ba­jo de quién sus­ti­tu­yen? ¿A quién sir­ven? ¿Quién debe­ría hacer este tra­ba­jo? ¿Quién debe­ría pagar­lo? Cuan­do un ser­vi­cio o una pres­ta­ción sus­ti­tu­ye ya sea en espe­cie o en dine­ro la par­te de los hom­bres, enton­ces este ser­vi­cio o esta pres­ta­ción no bene­fi­cia a las muje­res, para quie­nes es un jue­go en el que unos ganan a expen­sas de los demás. En cam­bio, la socie­dad sub­ven­cio­na el ocio de los hom­bres, pero tam­bién su dis­po­ni­bi­li­dad para el tra­ba­jo remu­ne­ra­do. Por con­si­guien­te, las muje­res pagan por par­ti­da doble, si no tri­ple, estas pres­ta­cio­nes y ser­vi­cios: ellas pagan la par­te no sub­ven­cio­na­da (por ejem­plo, las guar­de­rías), pagan el tra­ba­jo domés­ti­co y pagan en dis­cri­mi­na­ción en el mer­ca­do labo­ral. Hoy se sabe lo sufi­cien­te sobre el repar­to de las tareas domés­ti­cas en las fami­lias de todo tipo: se sabe lo que hacen las muje­res, tam­bién se sabe lo que no hacen los hom­bres; en resu­men, se sabe lo sufi­cien­te como para esta­ble­cer un sis­te­ma por medio del cual se pena­li­ce finan­cie­ra­men­te a los hom­bres que no hagan su parte.

En un momen­to en el que no solo «el ascen­sor social» está ave­ria­do, par­ti­cu­lar­men­te en lo que con­cier­ne a las rela­cio­nes patriar­ca­les, y en el que la situa­ción eco­nó­mi­ca de las muje­res en el mer­ca­do labo­ral se degra­da a con­se­cuen­cia del neo­li­be­ra­lis­mo y del efec­to de cam­bio de tor­nas anti­fe­mi­nis­ta más gene­ral en todos los domi­nios, aquí no se plan­tean sino algu­nas suge­ren­cias para relan­zar unas accio­nes rei­vin­di­ca­ti­vas. Me pare­ce impor­tan­te reto­mar la ini­cia­ti­va al menos en algu­nos domi­nios cuan­do en muchos, ya se tra­te de la vio­len­cia o del mar­ca­do labo­ral, se ponen en tela de jui­cio, a veces feroz­men­te, los pocos logros de trein­ta años de lucha femi­nis­ta y cuan­do las fuer­zas femi­nis­tas sobre el terreno no lle­gan siem­pre a impe­dir gra­ves derro­tas, al tiem­po que pade­cen la des­mo­ra­li­za­ción que se des­pren­de el hecho de estar a la defensiva.

Chris­ti­ne Delphy

2003

[Tra­du­ci­do del fran­cés para Boltxe Kolek­ti­boa por Bea­triz Mora­les Bastos.]

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Nota de lmsi: Repro­du­ci­mos este tex­to con la ama­ble auto­ri­za­ción de la revis­ta Nou­ve­lles ques­tions fémi­nis­tes, don­de se publi­có ori­gi­nal­men­te en 2003 (volu­men 22, n° 3, Edi­tions Anti­po­des), con el títu­lo de «¿Por dón­de ata­car un “repar­to des­igual” del tra­ba­jo doméstico?».

Obras cita­das

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Cha­baud, Daniè­le, Domi­ni­que Fou­gey­ro­llas y Fra­nçoi­se Sonthon­nax (1985): Espa­ce et temps du tra­vail domes­ti­que, Méri­diens, París.

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Gay­mu, Joë­lle (2000): «Viei­llir en Fran­ce au fémi­nin», en Michel Bozon y Thé­rè­se Locoh (Eds.), Rap­ports de gen­re et ques­tions de popu­la­tion, I. Gen­re et popu­la­tion, nº 84 (pp. 73 – 88), INED, París.

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* La auto­ra hace una dis­tin­ción teó­ri­ca y empí­ri­ca entre el tra­ba­jo domés­ti­co (tra­vail ména­ger), el que hacen todas las muje­res, ocu­par­se de la casa y de los niños, y el tra­ba­jo fami­liar (tra­vail domes­ti­que) que ade­más inclu­ye el tra­ba­jo para­pro­fe­sio­nal de las muje­res que par­ti­ci­pan en el tra­ba­jo de sus mari­dos (agri­cul­tor, médi­co, mecá­ni­co, etc): tra­ba­jan en el cam­po, lle­van la con­ta­bi­li­dad, hacen de enfer­me­ra o de secre­ta­ria, etc. (N. de la t.) 

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