Seamos serios, Santos- Timoleón Jiménez

El Pre­si­den­te emplea de mil modos la ban­de­ra de la solu­ción civi­li­za­da al con­flic­to arma­do. Mani­fies­ta su devo­ción por figu­rar en la his­to­ria como el hom­bre que con­si­guió la paz. Riñe inclu­so con los decla­ra­dos defen­so­res de la solu­ción mili­tar. Pac­ta con la insur­gen­cia una Agen­da sobre la cual rea­li­zar con­ver­sa­cio­nes defi­ni­ti­vas. Se ufa­na de los avan­ces alcan­za­dos y habla de per­se­ve­rar. Has­ta pro­mo­cio­na en el exte­rior el post con­flic­to.

Sin embar­go, su acti­tud y sus hechos resul­tan mucho más reve­la­do­res que sus pala­bras. Una sola idea pare­ce obse­sio­nar­lo, ren­dir la insur­gen­cia, obli­gar­la al desar­me, la entre­ga y la des­mo­vi­li­za­ción. Es el úni­co resul­ta­do que para él cabe asi­mi­lar con la paz. La Mesa de La Haba­na se reve­la así para el gobierno nacio­nal, como el esce­na­rio que faci­li­ta­rá la mecá­ni­ca orde­na­da de la admi­sión de su derro­ta por par­te de la gue­rri­lla de las FARC-EP.

No lo expre­san abier­ta­men­te, pero a estas altu­ras resul­ta impo­si­ble ocul­tar­lo. El paso del tiem­po, como las corrien­tes, va reve­lan­do lo que se escon­de bajo el agua. Bas­ta con exa­mi­nar la con­duc­ta y las pala­bras tan­to del Pre­si­den­te San­tos como del señor De La Calle, con rela­ción a los dos casos más recien­tes del accio­nar de las FARC, en Arau­ca con los dos sol­da­dos y en el Cho­có con el gene­ral, para des­pe­jar cual­quier duda al res­pec­to.

El Pre­si­den­te siem­pre fan­fa­rro­neó con la con­sig­na israe­lí de dia­lo­gar como si no hubie­ra gue­rra y hacer la gue­rra como si no hubie­ra diá­lo­gos. Nego­ciar en medio del con­flic­to ha sido su posi­ción per­ma­nen­te des­de las pri­me­ras apro­xi­ma­cio­nes. Las reglas del jue­go que siem­pre recla­mó fue­ron las que nada de lo que ocu­rrie­ra en los cam­pos de bata­lla ten­dría por qué afec­tar el cur­so de las con­ver­sa­cio­nes. Impu­so inclu­so que las con­ver­sa­cio­nes en La Haba­na fue­ran inin­te­rrum­pi­das.

Así que­da­ron exclui­das de entra­da en el Acuer­do Gene­ral las posi­bi­li­da­des de con­ge­la­mien­tos o sus­pen­sio­nes. Lo cual no exclu­yó su dere­cho a orde­nar al alto man­do mili­tar, al menos una o dos veces por sema­na en sus dis­cur­sos, arre­ciar con toda su fuer­za y poder con­tra las FARC. El Pre­si­den­te nun­ca ha cesa­do de pro­cla­mar­se como el pri­mer enemi­go nues­tro, el que más nos ha gol­pea­do, el que ha con­se­gui­do matar medio cen­te­nar de man­dos de todas las cate­go­rías.

Así que nada podía argu­men­tar en con­tra del accio­nar mili­tar de las FARC con­tra uni­da­des del Ejér­ci­to Nacio­nal, en ejer­ci­cio de sus acti­vi­da­des de gue­rra y en sus áreas de ope­ra­cio­nes. Pero deci­dió hacer­lo, orde­nan­do la sus­pen­sión del pro­ce­so y vio­lan­do en for­ma fla­gran­te no sólo su pro­pia retó­ri­ca sino los tér­mi­nos del Acuer­do Gene­ral. La gue­rra vale y se aplau­de si pro­vie­ne del Esta­do, pero resul­ta repro­cha­ble si la rea­li­za el adver­sa­rio ata­ca­do. La ley del embu­do.

Poner como con­di­ción para reanu­dar un pro­ce­so sus­pen­di­do arbi­tra­ria­men­te, que la con­tra­par­te haga rápi­da entre­ga de sus pri­sio­ne­ros de gue­rra, equi­va­le a un secues­tro del pro­ce­so de paz por el Pre­si­den­te. Y res­pon­der como lo ha hecho a sus crí­ti­cos, que ponen de relie­ve la impor­tan­cia de con­cer­tar un cese bila­te­ral de fue­gos para evi­tar ese tipo de sobre­sal­tos, pone de mani­fies­to que el pro­ce­so de paz no es más que un sim­ple ins­tru­men­to en una estra­te­gia final de gue­rra.

A la res­pues­ta afir­ma­ti­va de las FARC, que mar­ca sin duda un hito en nues­tro modo de obrar en ese tipo de situa­cio­nes, el gobierno nacio­nal corres­pon­de con una irra­cio­na­li­dad abso­lu­ta. Nues­tros voce­ros en La Haba­na se reunie­ron con los envia­dos de San­tos y los garan­tes, en un ges­to que muy pocos valo­ran si se tie­ne en cuen­ta la sus­pen­sión uni­la­te­ral de los diá­lo­gos por el gobierno, y de mane­ra ágil con­cer­ta­ron pro­ce­di­mien­tos y pro­to­co­los para las libe­ra­cio­nes.

Pero el gobierno ha dis­pues­to para­le­la­men­te una ope­ra­ción mili­tar sin pre­ce­den­tes, que no se detie­ne ni siquie­ra para posi­bi­li­tar la rea­li­za­ción de lo pac­ta­do entre las dos par­tes. La mili­ta­ri­za­ción del Atra­to, los sobre­vue­los, bom­bar­deos y ame­tra­lla­mien­tos cre­cen en fero­ci­dad. Se insis­te en un res­ca­te por la fuer­za, qui­zás en pre­ci­pi­tar una des­gra­cia que nin­guno desea. Esa es la ver­da­de­ra cata­du­ra del régi­men. No hay que lla­mar­se a enga­ños, San­tos jue­ga a lo mis­mo.

Como suce­de con la Mesa y el Pro­ce­so, San­tos pac­ta los pro­to­co­los, pero insis­te en arre­ba­tar por la fuer­za los pri­sio­ne­ros, obs­ta­cu­li­zan­do obje­ti­va­men­te el cum­pli­mien­to de aque­llos. Es decir, vio­la nue­va­men­te lo pac­ta­do. La reali­dad des­bor­dó las reglas del jue­go defen­di­das por el gobierno. El Pre­si­den­te, con su sus­pen­sión, tum­bó el table­ro don­de jugá­ba­mos la par­ti­da, des­tru­yó la con­fian­za. Las cosas no podrán reanu­dar­se así no más, habrá que hacer diver­sas con­si­de­ra­cio­nes.

Qué difí­cil, cuán com­pli­ca­do resul­ta hacer com­pren­der al Esta­do colom­biano, a su gobierno, a las cla­ses en el poder, que el con­flic­to de medio siglo al que bus­ca­mos poner fin con este pro­ce­so, se expli­ca por unas cau­sas que lo ori­gi­na­ron y sos­tie­nen. Y que entre esas cau­sas, hacien­do un poco de lado la inequi­dad y las injus­ti­cias galo­pan­tes en el país, la más des­ta­ca­ble es la into­le­ran­cia polí­ti­ca, la per­se­cu­ción decla­ra­da con­tra quie­nes plan­tean alter­na­ti­vas dis­tin­tas al régi­men.

La vio­len­cia ofi­cial, por vía mili­tar, poli­cial o para­mi­li­tar, se encuen­tra en la base del alza­mien­to arma­do nues­tro. Esta­mos con­ven­ci­dos de que esta gue­rra no se hubie­ra pro­du­ci­do jamás si el cri­men y la per­se­cu­ción no se hubie­ran ensa­ña­do sis­te­má­ti­ca­men­te con­tra los per­so­ne­ros de la opo­si­ción al régi­men oli­gár­qui­co. Ha sido tan­ta y tan reite­ra­da la inten­ción ofi­cial de ani­qui­lar la incon­for­mi­dad, que se vol­vió legí­ti­mo ape­lar al recur­so de las armas para hacer polí­ti­ca.

Allí cen­tra­mos las FARC el núcleo del pro­ce­so de paz. Des­mon­te­mos todas las for­mas de vio­len­cia polí­ti­ca en nues­tro país. La ofi­cial y la insur­gen­te. Reco­noz­ca­mos las res­pon­sa­bi­li­da­des que que­pan por ellas, ante el mun­do, la nación y las víc­ti­mas. Haga­mos has­ta lo impo­si­ble por resar­cir estas últi­mas. Pero abra­mos defi­ni­ti­va­men­te las puer­tas al ejer­ci­cio de la opo­si­ción polí­ti­ca a todas las corrien­tes, con ple­nas garan­tías, sin excluir a nin­guno, pací­fi­ca y legal­men­te.

Aun el día de hoy vuel­ven a insis­tir­nos en mues­tras de paz, en ges­tos con­tun­den­tes que demues­tren nues­tra volun­tad de recon­ci­lia­ción. Como si fue­ra poca cosa haber reci­bi­do al envia­do del Pre­si­den­te, des­pués que nos insul­ta públi­ca­men­te y sus­pen­de el pro­ce­so de paz en vio­la­ción abier­ta a lo acor­da­do. Como si no valie­ra nada haber con­ti­nua­do con­ver­san­do pese a que el Pre­si­den­te orde­nó el ase­si­na­to de nues­tro Coman­dan­te Alfon­so Cano. Ges­tos de paz. Lo que se hace insos­te­ni­ble es que el Pre­si­den­te se siga ufa­nan­do de matar y matar, mien­tras obra con his­te­ria por­que se le res­pon­de con dig­ni­dad. Sea­mos serios, San­tos.

(*) Timo­león Jimé­nez es Coman­dan­te del Esta­do Mayor Cen­tral de las FARC-EP
Mon­ta­ñas de Colom­bia, 22 de noviem­bre de 2014.
www​.farc​-ep​.co

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