Estras­bur­go ya avi­só a Gar­zón y al esta­do español

Igor Meltxor

El 28 de sep­tiem­bre de 2010, el Tri­bu­nal de Dere­chos Huma­nos de Estras­bur­go, sen­ta­ba un pre­ce­den­te con­tra el Esta­do espa­ñol en un caso de tor­tu­ra. El juez impli­ca­do, no podía ser otro: Bal­ta­sar Garzón.

La denun­cia por tor­tu­ras rea­li­za­da por el pre­so polí­ti­co vas­co Mikel San Argi­mi­ro, inco­mu­ni­ca­do duran­te cin­co días por la Guar­dia Civil en 2002, ha deri­va­do en que, por pri­me­ra vez, el Tri­bu­nal Euro­peo de Dere­chos Huma­nos haya con­de­na­do al Esta­do espa­ñol por un caso de tor­tu­ras a un ciu­da­dano vas­co. El fallo fija­ba un antes y un des­pués en esta mate­ria, ya que cas­ti­ga­ba a Madrid por el hecho de no inves­ti­gar las denun­cias de tor­tu­ras de San Argi­mi­ro, algo que es prác­ti­ca habi­tual. En fun­ción de ello, la sen­ten­cia no pue­de ir más lejos, ya que al no haber­se lle­va­do inves­ti­ga­ción al- guna en el mar­co juris­dic­cio­nal espa­ñol, Estras­bur­go no pue­de entrar a valo­rar la exis­ten­cia de tor­tu­ras, aun­que tam­po­co nie­ga su práctica.

El pre­so de Donos­tia fue dete­ni­do en 2002 por la Guar­dia Civil e inco­mu­ni­ca­do duran­te cin­co días, tras los que denun­ció haber sido obje­to de tor­tu­ras, lle­gan­do inclu­so has­ta la rotu­ra de una cos­ti­lla. El fallo de Estras­bur­go reco­ge cómo el día de su arres­to, 14 de mayo de 2002, fue exa­mi­na­do por un médi­co foren­se que apre­ció con­tu­sio­nes y hema­to­mas en dife­ren­tes par­tes del cuer­po, «com­pa­ti­bles con el desa­rro­llo del arres­to y las manio­bras de inmovilización».

El segun­do día de inco­mu­ni­ca­ción, el infor­me médi­co foren­se cons­ta­tó nue­vas lesio­nes «sin dar expli­ca­cio­nes sobre su posi­ble ori­gen». Cua­tro días des­pués, San Argi­mi­ro fue con­du­ci­do al tri­bu­nal espe­cial y el 27 de mayo ingre­só en la cár­cel de Bada­joz, don­de un médi­co detec­tó que tenía una cos­ti­lla rota.

El repre­sa­lia­do polí­ti­co donos­tia­rra pre­sen­tó una denun­cia por tor­tu­ras en el Juz­ga­do de Donos­tia. En el cur­so judi­cial de la que­re­lla, el Juz­ga­do de Ins­truc­ción nº 43 de Madrid orde­nó la aper­tu­ra de inves­ti­ga­ción, pero pos­te­rior­men­te sobre­se­yó y archi­vó el caso. Un año más tar­de, en noviem­bre de 2003, la Audien­cia Nacio­nal Pro­vin­cial de Madrid defen­dió el archi­vo del caso, aun­que esti­mó que «era nece­sa­ria una inves­ti­ga­ción más completa».

Así, el sub­di­rec­tor médi­co del Cen­tro Peni­ten­cia­rio de Bada­joz seña­ló en un infor­me que el dos­sier «no con­te­nía el infor­me obli­ga­to­rio del examen médi­co efec­tua­do al deman­dan­te tras su pri­me­ra entra­da en pri­sión». Con este tex­to, en el que se reco­gía que «se podía con­si­de­rar que la lesión sobre la cos­ti­lla se había pro­du­ci­do duran­te el arres­to» y que podía haber sido una auto­le­sión de San Argi­mi­ro «con un bor­di­llo o una esca­le­ra», el juez archi­vó el caso por segun­da vez.

En el argu­men­to del sobre­sei­mien­to del caso, la Audien­cia Pro­vin­cial de Madrid des­es­ti­mó emplear los vídeos del arres­to al con­si­de­rar que «serían insu­fi­cien­tes» para demos­trar las lesio­nes, y aña­dió que era impo­si­ble iden­ti­fi­car a los guar­dias civi­les que par­ti­ci­pa­ron en su detención.

Tras cons­ta­tar que no hubo inves­ti­ga­ción efec­ti­va, el tri­bu­nal de Estras­bur­go evi­den­cia que «las juris­dic­cio­nes inter­nas han recha­za­do las prue­bas que hubie­ran podi­do con­tri­buir a la acla­ra­ción de los hechos», en refe­ren­cia al vídeo del arres­to, para «iden­ti­fi­car y cas­ti­gar a los even­tua­les res­pon­sa­bles». Ade­más, cali­fi­ca de «irre­gu­la­res» las «lagu­nas» exis­ten­tes en el dos­sier del médico.
El Tri­bu­nal Euro­peo de Dere­chos Huma­nos no pue­de ahon­dar, al no exis­tir una inves­ti­ga­ción al res­pec­to, en la exis­ten­cia o no de la prác­ti­ca de la tor­tu­ra en el caso de San Argi­mi­ro. Sin embar­go, la fal­ta de inves­ti­ga­ción es sufi­cien­te para con­de­nar­le por la vul­ne­ra­ción del artícu­lo 3 del Con­ve­nio Euro­peo de Dere­chos Huma­nos, el que prohí­be la tortura.

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