Mario Luna, auto­ri­dad yaqui, narra el momen­to de su deten­ción y encarcelamiento

Me detu­vie­ron en Ciu­dad Obre­gón a las diez de la maña­na, cuan­do tran­si­ta­ba en el vehícu­lo de un ami­go, con rum­bo a la gaso­li­ne­ra. Ini­ciá­ba­mos el día con la inten­ción de sacar varios asun­tos pen­dien­tes rela­cio­na­dos con mi tra­ba­jo de secre­ta­rio de la tri­bu yaqui. Ese día tenía yo pro­gra­ma­do hacer tres cosas en ciu­dad obre­gón: Ver a mis abo­ga­dos para que pro­mo­vie­ran un ampa­ro para el com­pa­ñe­ro Fer­nan­do Jimé­nez, quien el día ante­rior me lo había soli­ci­ta­do para dar­le cier­ta tran­qui­li­dad a su espo­sa e hijos ante la ola de rumo­res des­ata­dos sobre la inten­ción de eje­cu­tar las órde­nes de apren­sión en nues­tra con­tra por par­te de Gui­ller­mo Padrés y su poli­cía esta­tal. Pen­sa­ba tam­bién pasar al Hos­pi­tal Gene­ral de Obre­gón para acom­pa­ñar un momen­to a un fami­liar que tenía a su papá muy gra­ve debi­do a que tenía los riño­nes total­men­te des­tro­za­dos (enfer­me­dad ya muy común en la tri­bu por el con­su­mo de agua con­ta­mi­na­da). Horas des­pués de mi deten­ción supe que final­men­te falle­ció. Y, final­men­te, fui a pre­pa­rar unos docu­men­tos que pre­sen­ta­ría­mos ante un inge­nie­ro para ver si aho­ra sí satis­fa­cía­mos sus reque­ri­mien­tos buro­crá­ti­cos para dar cur­so a un pro­yec­to pro­duc­ti­vo que tie­ne todo el año en trá­mi­tes en la Secre­ta­ría de Agri­cul­tu­ra, Gana­de­ría, Desa­rro­llo Rural, Pes­ca y Ali­men­ta­ción (Sagar­pa) y en la CDI.

Tran­si­tan­do por la calle Gue­rre­ro, nos inter­cep­tó la mar­cha un vehícu­lo blan­co sin logo­ti­po. Nos atra­ve­só el carro de fren­te y por las luces cen­te­llan­tes de sus faros me ima­gi­né eran pei“s. Les dije a mis com­pa­ñe­ros “vie­nen por mí. No se preo­cu­pen, no se mue­van uste­des”. Al vol­tear a los lados me per­ca­té que nos rodea­ban otras tres camio­ne­tas con per­so­nas ves­ti­das de civil que gri­ta­ban ner­vio­sas que baja­ra del vehícu­lo. De la pic­kup que tenía­mos de fren­te baja­ron dos per­so­nas sin uni­for­me y arma­dos que me gri­ta­ron “¡baja del vehícu­lo!”. Me bajé al reco­no­cer­los como poli­cías esta­ta­les, ya que ambos habían esta­do en la base de Vícam.

En nin­gún momen­to me dije­ron el moti­vo de mi deten­ción, sólo me dije­ron que tenían órde­nes de pre­sen­tar­me en “la oficina”.

De ahí me tras­la­dan hacia las ins­ta­la­cio­nes de la Pro­cu­ra­du­ría Gene­ral de Jus­ti­cia del Esta­dos, a tres o cua­tro cua­dras de don­de me detu­vie­ron. Ingre­sa­mos a las ins­ta­la­cio­nes de la poli­cía esta­tal don­de me tuvie­ron sen­ta­do en una silla, en una esqui­na de una ofi­ci­na medio oscu­ra. Sólo veía como corrían de un lado a otro pre­gun­tán­do­se entre sí, qué seguía. A los 10 o 15 minu­tos me subie­ron a otro vehícu­lo, según para tras­la­dar­me (no dije­ron a dón­de) y enfi­la­mos rum­bo al Cen­tro de Readap­ta­ción Social (Cere­so) de Obre­gón, lugar don­de están las ofi­ci­nas de los jue­ces, por lo que supu­se allá me lle­va­ban, pero se siguie­ron de paso has­ta Espe­ran­za, don­de dobla­ron por una carre­te­ra veci­nal que va hacia Yeco­ra, pue­blo remon­ta­do en la sie­rra; como a cua­tro kiló­me­tros de tran­si­tar por esa carre­te­ra, se detu­vie­ron y espe­ra­ron ins­truc­cio­nes por radio y celu­la­res que no deja­ban de tim­brar. Ahí estu­vi­mos como cin­co minu­tos antes que deci­die­ran regre­sar a Ciu­dad Obre­gón. Ya no regre­sa­mos a las ofi­ci­nas. Des­pués de echar gaso­li­na a los tres vehícu­los que for­ma­ban la cara­va­na que me lle­va­ba nos diri­gi­mos con rum­bo al aero­puer­to de Ciu­dad Obre­gón, por la sali­da sur. Por telé­fono les dije­ron que no entra­ran y que se siguie­ran de paso hacia Navo­joa, ciu­dad veci­na como a 45 kiló­me­tros al sur de Obre­gón, de don­de me tras­la­da­ron a una pis­ta cus­to­dia­da por ele­men­tos del ejér­ci­to mexi­cano y ahí me subie­ron a una avio­ne­ta hacia la ciu­dad de Her­mo­si­llo. Antes de subir a la avio­ne­ta me espo­sa­ron de pies y manos y ya no me las quitaron.

Al bajar de la avio­ne­ta en Her­mo­si­llo me subie­ron a una camio­ne­ta de la Poli­cía Esta­tal Inves­ti­ga­do­ra (PEI), no sin antes per­mi­tir­les a unas per­so­nas con pin­ta de fun­cio­na­rios que me toma­ran fotos. Me lle­va­ron a las ins­ta­la­cio­nes de la PEI que esta cer­ca del aero­puer­to, ahí me toma­ron las hue­llas dac­ti­la­res, me gra­ba­ron video y voz y bus­ca­ron ante­ce­den­tes, según ellos en la Agen­cia Fede­ral de Inves­ti­ga­cio­nes (AFI).

En esas ins­ta­la­cio­nes no deja­ron de tomar­me fotos y videos con varios celu­la­res, y varios ele­men­tos se tur­na­ban para posar con­mi­go apa­ren­tan­do cus­to­diar­me (sólo espe­ro que les haya ser­vi­do para su ascen­so). Des­pués de man­te­ner­me por espa­cio de una hora en esas ofi­ci­nas me lle­va­ron a otra, don­de me entre­vis­tó un fun­cio­na­rio muy ama­ble que dijo ser sub­pro­cu­ra­dor de jus­ti­cia del esta­do y que venia por órde­nes del pro­cu­ra­dor para cer­cio­rar­se de que no me encon­tra­ra gol­pea­do y que se hubie­ran res­pe­ta­do mis dere­chos huma­nos y civi­les. Le dije que no esta­ba gol­pea­do pero que lo mis­mo me dolía ver­me humi­lla­do, espo­sa­do de pies y manos, cuan­do yo no he come­ti­do deli­to alguno; le dije que yo soy auto­ri­dad tra­di­cio­nal y que mi gen­te, mi pue­blo, se dole­ría mucho de ver­me así. Le pedí que no publi­ca­ran las fotos y videos que me habían esta­do toman­do sin mi con­sen­ti­mien­to. Me dijo sen­tir­se ape­na­do, pero que eso era un pro­to­co­lo de segu­ri­dad que no podía evi­tar; ahí me infor­mó que el moti­vo de mi deten­ción era por la orden de apren­sión gira­da hace un año por pri­va­ción ile­gal y robo de vehicu­lo, denun­cia­dos por una seño­ra Viviia­na Baca­se­gua y por Fran­cis­co Del­ga­do Romo, y que sólo has­ta hoy la habían podi­do eje­cu­tar sus ele­men­tos. Le dije que no me habían aprehen­di­do por­que no habían que­ri­do, pues yo ten­go cons­tan­te acti­vi­dad públi­ca, a la vis­ta de todos en toda la tri­bu y en varias ciu­da­des den­tro y fue­ra del esta­do. Me detu­vie­ron cuan­do qui­sie­ron por­que real­men­te yo nun­ca me escon­dí ni puse resis­ten­cia. Me dijo el sub­pro­cu­ra­dor que ellos sólo cum­plían las órde­nes del juez y que has­ta ahí lle­ga­ba su responsabilidad.

Cuan­do se reti­ró en fun­cio­na­rio me lle­va­ron al médi­co legis­ta y de ahí me tras­la­da­ron al Cere­so núme­ro dos, que se encuen­tra a las afue­ras de Her­mo­si­llo, lugar don­de has­ta hoy me han tra­ta­do bien y en don­de por fin me han per­mi­ti­do ver a mis abo­ga­dos y fami­lia­res. Des­de que ingre­sé a este Cere­so me han tra­ta­do con res­pe­to, des­de el coman­dan­te has­ta los guar­dias. Todos se pre­gun­tan por qué me tie­nen aquí, dicen que yo no debe­ría de estar aquí, que no es un pro­ce­di­mien­to nor­mal. Me ubi­ca­ron en el área de indi­vi­dua­les, ala A, segun­do piso, cel­da 6. En esta área todos están ence­rra­dos en sus cel­das y sólo les per­mi­ten cami­nar unas horas cuan­do les abren las puer­tas por espa­cio de dos horas, creo…

Aquí de inme­dia­to reci­bí la soli­da­ri­dad y el apo­yo de los inter­nos. Me dije­ron que escu­cha­ron la noti­cia de mi deten­ción por radio y expre­sa­ron su indig­na­ción por el abu­so del gobierno; inme­dia­ta­men­te me pres­ta­ron dos cobi­jas, un tras­te con comi­da que ellos tenían de reser­va, un litro de agua bue­na, y me dije­ron que no me preo­cu­pa­ra, que ahí ellos me iban a pro­te­ger de los guar­dias. Acla­ra­ron que aun­que ahí los tra­ta­ban bien se tur­na­rían para estar pen­dien­tes de mi. Sólo pasé un día y una noche con el apo­yo y soli­da­ri­dad de mis com­pa­ñe­ros inter­nos. Al siguien­te día me cam­bia­ron a un espa­cio ale­ja­do de los demás, según por mi pro­pia segu­ri­dad y para que estu­vie­ra más a la mano, ya que esta­ría en cons­tan­tes visi­tas y lis­to para cuan­do vinie­ran por mí a decla­rar. Des­de que ingre­sé aquí no he sali­do para nada del Cere­so. Me dije­ron que me lle­va­rían a decla­rar al juz­ga­do pero ni eso, el juez y su secre­ta­rio de actas vinie­ron a tomar­me aquí la decla­ra­ción pre­pa­ra­to­ria, acom­pa­ña­dos de varios Minis­te­rios Públi­cos y de mis abo­ga­dos. Soli­ci­té la amplia­ción del tér­mino cons­ti­tu­cio­nal y me reser­vé el dere­cho a declarar.

El día lunes 15, mis abo­ga­dos tra­je­ron a decla­rar al Juz­ga­do Ter­ce­ro de lo penal a los tes­ti­gos que yo pre­sen­té, apar­te de las auto­ri­da­des tra­di­cio­na­les, para hacer cons­tar que yo no estu­ve en el lugar de los hechos y que yo no doy órde­nes en mi tri­bu, al con­tra­rio, yo estoy bajo órde­nes de mis auto­ri­da­des y del pue­blo. En esta dili­gen­cia yo no fui reque­ri­do, por lo que sólo estoy a la espe­ra de lo que indi­quen mis abogados.

Mis días aquí son muy tris­tes, me la lle­vo pen­san­do en mis hijos, temo por su segu­ri­dad, sien­to que están muy expues­tos. Por la tri­bu no me preo­cu­po tan­to, sé que no soy indis­pen­sa­ble, ellos tie­nen gran­des hom­bres y valien­tes muje­res que con­ti­nua­ran con la defen­sa del agua y el terri­to­rio, sólo estoy aten­to a que no se des­víe la aten­ción de lo ver­da­de­ra­men­te impor­tan­te, que es la sobre­vi­ven­cia mis­ma de la tri­bu yaqui. Yo pien­so que no debe­mos caer en el jue­go per­ver­so del mal gobierno de enfo­car la lucha por mi libe­ra­ción y des­cui­dar la lucha por el agua y territorio.

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