La gue­rra, los medios y las palo­mas aton­ta­das- San­dra Russo

El mago lle­va déca­das ente­ras, más de un siglo, aplas­tan­do palo­mas en su man­ga, para des­pués dejar­las salir revo­lo­tean­do aton­ta­das, suel­tas entre el públi­co que lo aplau­de. “Sabe­mos cómo es el aplau­so de dos manos, pero… ¿cómo sue­na el aplau­so de una sola?”, era el acá­pi­te de un libro de Salinger.

Ese aplau­so al mago que una y otra vez hace su tru­co es un aplau­so de una sola mano. No sue­na. No cele­bra. La palo­ma aton­ta­da es la noti­cia. Nos habla a veces de gue­rras, a veces de bui­tres, a veces de cual­quier otro tipo de pul­sea­da, de puja, de con­flic­to, por­que de ese mate­rial están hechas la mayo­ría de las noti­cias. El aplau­so de una sola mano, en estos casos, con­sis­te en la mera y obs­ti­na­da creen­cia de que eso que vue­la es una palo­ma que un mago no sacó de la man­ga de su tra­je sino un con­te­ni­do que lle­na un espa­cio que esta­ba vacío.

Hay algo de hip­no­sis en esa insis­ten­cia de no ver más allá de la palo­ma aton­ta­da, de no ver su géne­sis, que es el truco.

El tru­co siem­pre tie­ne que ver con la alte­ra­ción de la ver­dad, con el reves­ti­mien­to de “la ver­dad” en fun­ción de un pun­to de vis­ta par­cial, gene­ral­men­te con intere­ses eco­nó­mi­cos y polí­ti­cos ocul­tos, que no se exhi­be en tan­to tal, jus­ti­fi­ca­do en todo caso por datos y argu­men­tos ideo­ló­gi­cos, sino como “lo que pasa”.

En el nor­te de Gaza, en Sde­rot, la sema­na pasa­da, la corres­pon­sal de la CNN, Dia­na Mag­nay, cubría un bom­bar­deo sobre un barrio de la Fran­ja y, por su ubi­ca­ción sobre una coli­na baja, pudo ver y mos­trar en una coli­na veci­na a un gru­po de colo­nos fes­te­jan­do la caí­da de las bom­bas, ubi­ca­dos en sillas como para ver un espec­tácu­lo. Poco des­pués, ese gru­po la ame­na­zó por si “con­ta­ba algo equi­vo­ca­do”. La corres­pon­sal usó su Twit­ter para dar cuen­ta del inci­den­te. Adje­ti­vó: “Esco­ria”. Fue des­pe­di­da al día siguien­te. Unos días antes, la cade­na NBC des­pla­zó de su pues­to, en el que tra­ba­ja­ba hacía muchos años, al perio­dis­ta egip­cio-ame­ri­cano Ayman Moh­yel­din. Fue tam­bién por el uso de Twit­ter, Face­book e Ins­ta­gram. Moh­yel­din fue uno de los corres­pon­sa­les que cubrie­ron el mar­tes 15 de julio el hallaz­go de los cadá­ve­res de cua­tro niños pales­ti­nos que habían sido alcan­za­dos por las bom­bas mien­tras juga­ban en una pla­ya. El video que Moh­yel­din subió a Twit­ter incluía el audio devas­ta­dor de los gri­tos de los fami­lia­res de los niños cuan­do los encon­tra­ron muer­tos. La dimen­sión de esa noti­cia se vira­li­zó jun­to con ella: ante esa esce­na mue­ren todas las pala­bras, las jus­ti­fi­ca­cio­nes, las men­ti­ras, el tra­ves­tis­mo mediá­ti­co. Esa esce­na vio­la la com­pli­ci­dad del mago con su públi­co hip­nó­ti­co. Esa esce­na no es una palo­ma aton­ta­da, como no lo eran los aplau­sos de dos manos con los que era fes­te­ja­da la muer­te en una coli­na de Sde­rot. En ambas se cue­la la impie­dad más hon­da. Moh­yel­din fue des­pla­za­do un día des­pués por la geren­cia de noti­cias de NBC, y reem­pla­za­do por otro perio­dis­ta y otro pro­duc­tor, que no habla ára­be. Su sitio de base ya no es la Fran­ja de Gaza sino Tel Aviv. Tam­bién hay que apun­tar aquí el dato que infor­ma­ba el bri­tá­ni­co Robert Fisk sobre la mane­ra en que la tele­vi­sión en ese país está mos­tran­do al públi­co las dece­nas de niños pales­ti­nos ase­si­na­dos en los bom­bar­deos: con sus caras borro­nea­das, hacien­do gala de una pan­to­mi­ma de res­pe­to por esos niños, que sería real si esos medios se opu­sie­ran o denun­cia­ran la matan­za. Pero no. Sus líneas edi­to­ria­les la disi­mu­lan entre eufe­mis­mos, pero a la hora de mos­trar los cadá­ve­res, les qui­tan sus nom­bres, les qui­tan sus his­to­rias, les qui­tan sus eda­des y sobre todo les qui­tan has­ta sus ras­gos, y no por “pro­tec­ción”, ni por “pudor”, ni por “res­pe­to”. Los vuel­ven cosas borro­nea­das cuyos ros­tros per­ma­ne­cen invi­si­bles atrás de la man­cha digital.

En una entre­vis­ta publi­ca­da esta sema­na en Rebe­lión por Enric Llo­pis, el docu­men­ta­lis­ta sevi­llano David Sega­rra, que des­de hace cin­co años pro­du­ce y fil­ma en la Fran­ja Las cebras de Gaza, ana­li­za el tra­ta­mien­to perio­dís­ti­co que los gran­des medios euro­peos y nor­te­ame­ri­ca­nos le están dan­do a la ofen­si­va israe­lí sobre la pobla­ción civil pales­ti­na. El perio­dis­ta le hacía refe­ren­cia sobre un títu­lo de El País: “La gue­rra de Gaza vive el día más mor­tí­fe­ro para ambos ban­dos”, licuan­do en él toda asi­me­tría y en con­se­cuen­cia ali­neán­do­se con Israel. Sega­rra dice: “Hemos de vol­ver siem­pre a la his­to­ria para con­tex­tua­li­zar lo que son los medios euro­peos. Recor­de­mos que duran­te el Holo­caus­to judío nin­gún medio euro­peo y nin­gún gobierno movie­ron un solo dedo para sal­var a per­so­nas que esta­ban sien­do exter­mi­na­das. Y todos sabían lo que esta­ba suce­dien­do. La tra­di­ción euro­pea de la equi­dis­tan­cia y de colo­car al mis­mo nivel a la víc­ti­ma y al ver­du­go está a la vis­ta. El País, El Mun­do, La Van­guar­dia o las tele­vi­sio­nes per­te­ne­cen a enor­mes gru­pos empre­sa­ria­les con víncu­los direc­tos con los apa­ra­tos eco­nó­mi­cos y mili­ta­res esta­dou­ni­den­ses e israe­líes. Hacen nego­cio. Esa equi­dis­tan­cia, por otro lado, es la que está hacien­do que la ciu­da­da­nía se ale­je y se infor­me por los medios alter­na­ti­vos y las redes sociales”.

Sega­rra admi­te, sin embar­go, que por pri­me­ra vez se ha podi­do que­brar la uni­la­te­ra­li­dad en la infor­ma­ción, inclu­so en algu­nos medios nor­te­ame­ri­ca­nos que, por otra par­te, por los des­pi­dos de los que fue­ron obje­to Mag­nay y Moh­yel­din, han que­da­do extre­ma­da­men­te expues­tos. De hecho, hay un hash­tag que sigue suman­do adhe­sio­nes: #letAy­man­Re­port, en pro­tes­ta por el des­pi­do de la NBC. Con­sul­ta­do, pre­ci­sa­men­te, sobre cómo reco­mien­da infor­mar­se en lo que de ver­dad está ocu­rrien­do en Gaza, el docu­men­ta­lis­ta seña­la que hay que leer todas las fuen­tes, pero que aho­ra es insos­la­ya­ble la lec­tu­ra de los comen­ta­rios que hacen en las redes los mis­mos corres­pon­sa­les por­que, aun­que los des­pi­dos han sido dis­ci­pli­na­do­res, la reali­dad los des­bor­da. “Se tra­ta de seguir no las cró­ni­cas de los perio­dis­tas espa­ño­les o esta­dou­ni­den­ses para El País o la CNN sino sus cuen­tas de Twit­ter: allí están dicien­do la ver­dad que les cen­su­ran y mani­pu­lan en sus periódicos.”

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